J.G. Ballard
Cabo Kennedy y
sus enormes instalaciones erigidas sobre las dunas ya no eran ahora más que un
mausoleo. La arena había sepultado el Banana River y todos sus riachuelos,
convirtiendo el antiguo complejo espacial en un desierto pantanoso lleno de
islas de hormigón cuarteado. Durante el verano los cazadores se emboscaban
entre los restos de los desmantelados vehículos de servicio, pero cuando
nosotros llegamos, Judith y yo, era principios de noviembre y no había ni un
alma. Tras Cocoa Beach, donde aparqué el coche, los moteles en ruinas
desaparecían a medias bajo la vegetación salvaje. Las rampas de lanzamiento
apuntaban hacia el atardecer, como los oxidados grafismos de una extraña
álgebra celeste.
- La verja de
entrada está a ochocientos metros ahí delante - dije -. Esperaremos aquí hasta
que se haga de noche. ¿Te sientes mejor?
Judith
contemplaba en silencio la enorme nube de color rojo cereza en forma de embudo
que parecía estar arrastrando consigo al muriente día hacia el otro lado del
horizonte. El día anterior, en Tampa, había sufrido un momentáneo
desvanecimiento sin ninguna causa aparente.
- ¿Y el dinero?
- dijo de pronto -. Quizá nos pidan más, ahora que estamos aquí.
- ¿Más de cinco
mil dólares? No, es suficiente. Los cazadores de reliquias son una especie en
vías de extinción. Cabo Kennedy ya no interesa a nadie. ¿Qué te ocurre? -
estaba tironeando nerviosamente con sus afilados dedos las solapas de su
chaquetón de ante.
- Bueno, es
que, pienso... quizás hubiera tenido que vestirme de negro.
- ¿Por qué?
Esto no es un entierro, Judith. Vamos, hace veinte años que Robert está muerto.
Sé lo que representaba para nosotros, pero...
Ella miraba
fijamente los destrozados neumáticos y los restos de los coches abandonados. Sus
ojos claros parecían tranquilos en su tenso rostro.
- ¿Pero es que
no lo comprendes, Philip? - murmuró -. Vuelve. Es preciso que alguien esté ahí
esperándolo. Los servicios efectuados en su memoria ante el aparato de radio no
fueron más que una farsa atroz. ¿Imaginas el shock que hubiera recibido el
pastor si Robert le hubiera respondido? Ahora, aquí, tendría que haber todo un
comité de recepción esperándole, en lugar de solo nosotros dos en medio de toda
esta ruina.
- Judith -
dije, con voz más firme -, podría haber un comité de recepción... si le
dijéramos a la NASA lo que sabemos. Sus restos serían inhumados en la cripta de
la NASA en el cementerio militar de Arlington, habría toda una ceremonia,
quizás incluso asistiera el propio presidente. Aún estamos a tiempo.
Esperé, pero
ella no dijo nada. Miraba con ojos fijos cómo la verja de entrada se diluía en
el cielo nocturno. Quince años antes, cuando el astronauta muerto, girando en
órbita en torno a la Tierra en el interior de su calcinada cápsula, fue cayendo
lentamente en el olvido, Judith se había erigido en un firme comité de
recuerdo. Quizá dentro de algunos días, cuando tuviera por fin entre sus manos
los restos de lo que había sido Robert Hamilton, se viera libre por fin de su
obsesión.
- ¡Philip! -
dijo de pronto -. Allá arriba. ¿Acaso es...?
Al oeste,
arriba en el cielo, entre Cefeo y Casiopea, un punto luminoso avanzaba hacia
nosotros como una estrella errante en busca de su zodíaco. Unos minutos después
paso por encima de nuestras cabezas, una débil baliza parpadeante entre los
cirros que coronaban el mar.
- Lo es,
Judith. - Le mostré los horarios de trayectorias que había anotado en mi bloc
-. Los cazadores de reliquias calculan mejor las órbitas que cruzan el cielo
que cualquier ordenador. Debe hacer años que observan sus pasos.
- ¿Quién va en
ella?
- Una
cosmonauta rusa, Valentina Prokrovna. Fue lanzada hace veinticinco años desde
una base de los Urales para instalar un repetidor de televisión.
- ¿De
televisión? Espero que los espectadores hayan disfrutado con los programas.
La crueldad de
aquella observación, dicha mientras Judith descendía del coche, me hizo pensar
de nuevo en las verdaderas razones que habían empujado a Judith a realizar el
viaje hasta Cabo Kennedy. Seguí con la mirada la cápsula de la muerta hasta que
se desvaneció sobre el Atlántico en sombras, emocionado una vez más ante el
trágico pero sereno espectáculo de aquellos viajeros fantasmas regresando al
cabo de tantos años, rechazados por las mareas del espacio. Lo único que conocía
de aquella rusa, además de su nombre, era su clave: Gaviota. Sin embargo, sin
saber exactamente la razón, me sentía contento de estar allí en el momento de
su regreso. Judith, por el contrario, no experimentaba nada de aquello. A lo
largo de todos aquellos años había permanecido sentada en el jardín, en el
frescor del anochecer, demasiado cansada para subir a la habitación y
acostarse, sin preocuparse más que de uno solo de los doce astronautas muertos
que orbitaban en el cielo.
Aguardó, de
espaldas al mar, mientras yo metía el coche en un garaje abandonado, a
cincuenta metros de la carretera. Tomé las dos maletas del capó. Una de ellas,
la más ligera, contenía nuestras cosas. La otra, forrada interiormente con una
chapa metálica, provista de doble asa y con correas de refuerzo, estaba vacía.
Avanzamos en
dirección a la verja metálica, como dos viajeros retrasados llegando a una
ciudad abandonada desde hace mucho.
Hace veinte
años que los últimos cohetes abandonaron los silos de lanzamiento de Cabo Kennedy.
Por aquel entonces la NASA nos había transferido - yo era programador de vuelos
- al gran complejo espacial planetario de Nuevo Méjico. Poco después de nuestra
llegada conocimos a uno de los astronautas que se entrenaban allí, Robert
Hamilton. Han pasado dos decenios desde entonces, y lo único que recuerdo de
aquel muchacho exquisitamente educado es su penetrante mirada y su tez albina.
Tenía los mismos ojos claros y los mismos cabellos opalinos que Judith, y la
misma frialdad de comportamiento, casi ártica. Intimamos durante apenas seis
semanas. Judith se había sentido atraída por él, un capricho pasajero nacido de
esas confusas pulsiones sexuales que las mujeres jóvenes y convenientemente
educadas expresan de la misma ingenua y típica manera; viéndoles juntos en la
piscina o jugando al tenis, no era irritación lo que sentía, sino más bien
aprensión ante la idea de que, para ella, todo aquello no era más que una
efímera ilusión.
Y un año más
tarde, Robert Hamilton estaba muerto. Había vuelto a Cabo Kennedy para efectuar
uno de los últimos lanzamientos militares antes de que el lugar fuera cerrado.
Tres horas después del lanzamiento, su cápsula había entrado en colisión con un
meteorito que había averiado irrecuperablemente el sistema de distribución de oxígeno.
Vivió todavía cinco horas gracias a su traje. Aunque tranquilos al principio,
sus mensajes por radio fueron haciéndose más y más frenéticos hasta convertirse
al final en un galimatías incoherente. Ni Judith ni yo fuimos autorizados a
escucharlos.
Una docena de
astronautas habían muerto accidentalmente en órbita, y sus cápsulas seguían
girando en torno a la Tierra como las estrellas de una nueva constelación. Al
principio, Judith no se mostró tan traumatizada, pero más tarde, tras su
aborto, la imagen del astronauta muerto girando en el cielo por encima de
nuestras cabezas empezó a obsesionarla. Durante horas permanecía con los ojos
fijos en el reloj de la habitación, como si estuviera aguardando algo.
Cinco años más
tarde, cuando presenté mi dimisión de la NASA, acudimos por primera vez a Cabo
Kennedy. Algunas unidades militares custodiaban todavía las desmanteladas
instalaciones, pero la antigua base de lanzamiento había sido convertida ya en
cementerio de satélites. A medida que iban perdiendo su velocidad orbital, las
cápsulas muertas eran llamadas de nuevo por las radiobalizas. Además de los
americanos, los satélites rusos y franceses lanzados en el marco de los
proyectos espaciales conjuntos euro-americanos regresaban a Cabo Kennedy, y las
cápsulas carbonizadas se estrellaban contra el resquebrajado cemento.
Y entonces
surgían los cazadores de reliquias, hurgando entre la requemada maleza en busca
de los tableros de control, los trajes espaciales y, lo más valioso de todo,
los cadáveres momificados de los astronautas.
Esos renegridos
fragmentos de tibias y de clavículas, de rótulas y de costillas, reliquias
únicas de la era del espacio, eran tan preciosos como los huesos de los santos
en la Edad Media. Tras los primeros accidentes mortales en el espacio, la
opinión pública había desatado una campaña para que aquellos ataúdes orbitales
fueran atraídos de nuevo a la Tierra. Desgraciadamente, cuando un cohete lunar
se estrelló en el desierto de Kalahari, los indígenas penetraron en él, tomaron
a los astronautas por dioses, cortaron cuatro pares de manos y desaparecieron
entre los matorrales. Fueron necesarios dos años para hallarlos. Después de lo
cual se deja que las cápsulas orbiten y se consuman hasta el momento en que
efectúan la reentrada por sus medios naturales.
Los vestigios
que sobreviven al brutal aterrizaje en el cementerio de satélites son
recuperados por los cazadores de reliquias de Cabo Kennedy. Esos nómadas viven
allí desde hace años, acampando en los cementerios de coches y en los moteles
abandonados, arrebatando sus iconos en las propias narices de los guardianes
que patrullan por las pistas de cemento. A principios de octubre, cuando un
antiguo compañero de la NASA me comunicó que el satélite de Robert Hamilton
había entrado en su fase de inestabilidad, me dirigí a Tampa y empecé a
informarme del precio que iba a costarme la compra de sus despojos. Cinco mil
dólares para lograr que su fantasma fuera depositado por fin bajo tierra y
dejara de atormentar el espíritu de Judith no era caro.
Franqueamos la
verja a ochocientos metros de la carretera. Las dunas habían aplastado en
algunos lugares aquella cerca de seis metros de altura, y la maleza crecía por
entre el enrejado. No lejos de nosotros se divisaba la entrada que, más allá de
un semiderruido puesto de guardia, se dividía en dos caminos pavimentados que
partían en direcciones opuestas. Cuando llegamos al lugar de la cita, los faros
de los semitractores de los guardianes iluminaron el lado de la playa.
Cinco minutos
más tarde un hombre bajo de piel curtida surgió de un coche medio sepultado en
la arena, a cincuenta metros de nosotros, y avanzó con la cabeza baja.
- ¿Señor y
señora Groves? - preguntó. Hizo una pausa para estudiarnos atentamente, antes
de presentarse a sí mismo en forma lacónica -: Quinton. Sam Quinton.
Nos estrechamos
las manos. Sus dedos parecidos a garras, palparon mis muñecas y mis antebrazos.
Su afilada nariz dibujaba círculos en el aire. Tenía los ojos huidizos de un
pájaro, unos ojos que escrutaban incesantemente las dunas y la vegetación. Un
cinturón militar mantenía en su sitio su remendado pantalón de terciopelo.
Agitaba las manos como si dirigiera una orquesta de cámara oculta tras las
arenosas colinas, y observé las profundas cicatrices que surcaban sus palmas, como
pálidas estrellas en la noche.
Por un momento,
pareció inquieto y como casi sin deseos de continuar. Luego, con un gesto
brusco, se giró y avanzó a buen paso entre las dunas, mientras nosotros
trastabillábamos tras él, sin que pareciera preocuparle lo más mínimo. Al cabo
de una media hora llegamos a una especie de depresión cercana a una instalación
transformadora de amoníaco. Tanto Judith como yo estábamos agotados de
transportar las maletas por en medio de todos aquellos montones de neumáticos
de desecho y piezas metálicas oxidadas.
Algunos
bungalows, edificados originalmente junto a la playa, habían sido transportados
al interior de una hoya. Su equilibrio era más bien precario debido a la
pendiente, y sus paredes exteriores estaban adornadas con cortinas y papeles
estampados.
La hoya estaba
llena de material espacial recuperado: elementos de cápsulas, protectores
térmicos, antenas, fundas de paracaídas. Dos hombres de rostro pálido, vestidos
con monos, estaban sentados en un asiento trasero de coche, junto a la abollada
carcasa de un satélite meteorológico. El de más edad de los dos llevaba un
rajado casco de aviador hundido hasta los ojos, y sus manos llenas de
cicatrices pulían el visor de un casco espacial. El más joven, cuya boca
permanecía oculta por una pequeña pero espesa barba, miró como nos acercábamos
con la misma fría e indiferente mirada de un empresario de pompas fúnebres.
Entramos en la
mayor de las cabañas, dos habitaciones construidas a partir de uno de los
bungalows de la playa. Quinton encendió una lámpara de petróleo y, haciendo un
gesto vago hacia el deteriorado interior, murmuró sin excesiva convicción:
- Estarán bien
aquí. - Al ver la expresión visiblemente disgustada de Judith, añadió -: Bueno,
no tenemos demasiados visitantes, ¿saben?
Dejé nuestro
equipaje sobre la cama metálica. Judith se dirigió a la cocina, y Quinton
señaló la maleta vacía.
- ¿Están ahí?
Saqué del
bolsillo dos fajos de billetes de a cien dólares y se los tendí.
- La maleta
es... para los restos. ¿Es lo bastante grande?
Me miró, a la
rojiza claridad de la lámpara de petróleo, como si nuestra presencia allí le
desconcertara.
- Hubiera
podido ahorrarse toda esta molestia, señor Groves. Hace un montón de tiempo que
están ahí arriba, ¿sabe? Después del impacto... - una misteriosa razón le hizo
dirigir una mirada fugaz a Judith -... una caja de las usadas para guardar las
piezas de un juego de ajedrez hubiera bastado.
Cuando se fue,
me reuní con Judith en la cocina. De pie ante el hornillo, con las manos
apoyadas sobre una caja de latas de conserva, estaba mirando a través de la
ventana todos aquellos detritus del cielo donde Robert Hamilton seguía girando
todavía. Tuve la fugitiva sensación de que toda la tierra estaba recubierto de
detritus, y que era precisamente allí, en Cabo Kennedy, donde habíamos hallado
por fin la fuente.
Apoyé mis manos
en sus hombros.
- ¿Por qué todo
esto, Judith? ¿Por qué no regresamos a Tampa? Lo único que tendríamos que hacer
sería volver otra vez dentro de diez días, cuando ya todo hubiera terminado...
Se giró y frotó
su chaqueta de ante, como si quisiera borrar la huella dejada por mis manos.
- Quiero estar
aquí, Philip. Por penoso que sea. ¿Acaso no puedes comprenderlo?
A medianoche,
cuando terminé de preparar nuestra parca cena, ella estaba de pie en lo alto de
la pared de hormigón del silo de fermentación. Los tres cazadores de restos,
sentados sobre el asiento trasero de coche, la contemplaban sin moverse, con
sus manos llenas de cicatrices parecidas a llamas en medio de la noche.
A las tres de
la madrugada, mientras permanecíamos tendidos en la estrecha cama, inmóviles,
sin dormir, Valentina Prokrovna regresó del cielo. Realizó su última vuelta en
un esplendoroso catafalco de aluminio incandescente de casi trescientos metros
de longitud. Cuando salí, los cazadores de reliquias ya no estaban allí. Los vi
correr entre las dunas, saltando como liebres por encima de los neumáticos
viejos y de la chatarra.
Volví a entrar
en la habitación.
- Está
llegando, Judith. ¿Quieres verla?
Con sus rubios
cabellos sujetos con un pañuelo blanco, tendida boca arriba sobre la cama,
contemplaba fijamente el resquebrajado yeso del techo. Poco después de las
cuatro, mientras yo permanecía sentado a su lado, un resplandor fosforescente
inundó la hoya. A lo lejos resonaron una serie de explosiones que atronaron a
lo largo de la muralla de dunas. Se encendieron algunos proyectores, seguidos
por el estruendo de motores y sirenas.
Los cazadores
de reliquias regresaron al amanecer, con sus destrozadas manos envueltas en vendajes
hechos a toda prisa, arrastrando su botín.
Tras aquel
melancólico ensayo general, Judith pareció ser presa de una febril actividad
tan inesperada como repentina. Como si preparara la casa para alguna visita,
colgó las cortinas y barrió las dos habitaciones con un meticuloso cuidado.
Incluso le pidió a Quinton un producto para abrillantar el suelo. Durante
horas, sentada frente al tocador, cepillaba sus cabellos, probando uno tras
otro nuevos peinados. La observé varias veces palpando sus hundidas mejillas,
como buscando en ellas los contornos de un rostro que había desaparecido hacía
veinte años. Cuando hablaba de Robert Hamilton, parecía tener miedo de
parecerle demasiado vieja. En otras ocasiones lo evocaba como si él fuese un
niño, el hijo que no habíamos podido tener tras su aborto. Aquellos papeles
contrapuestos se iban encadenando como las peripecias de un psicodrama íntimo.
Sin embargo, y sin saberlo, ambos utilizábamos a Robert Hamilton desde hacía
años, cada uno por distintas razones personales. Esperando su regreso con la
certeza de que, después, Judith ya no tendría a nadie más hacia quien volverse
excepto a mí, yo esperaba y callaba.
Durante todo
aquel tiempo, los cazadores de reliquias trabajaban sobre los restos de la
cápsula de Valentina Prokrovna: la deformada porcelana térmica, el chasis de la
unidad telemétrica, varias cajas de película en las que había quedado
registrada la colisión y la muerte de la cosmonauta (si la película estaba
intacta, recibirían elevados precios por ellas: los cines clandestinos de Los
Angeles, Londres y Moscú se disputarían aquellas imágenes de violencia y horror
que crisparían a sus públicos). Al pasar ante la cabina adyacente a la nuestra,
vi un plateado traje espacial desgarrado cuidadosamente extendido sobre dos
asientos de coche. Quinton y sus compañeros, con los brazos metidos en las
mangas y las perneras de la escafandra, me miraron con una expresión extática
en sus ojos.
Una hora antes
del amanecer fui despertado por el ruido de motores procedentes de la playa.
Los tres cazadores de reliquias estaban escondidos tras el silo, con sus
crispados rostros iluminados por sus lámparas frontales. Un largo convoy de
camiones y de semitractores evolucionaba por el área de lanzamiento. Algunos
soldados saltaron de sus vehículos y empezaron a descargar tiendas y material.
- ¿Qué están
haciendo? - le pregunté a Quinton -. ¿Acaso nos están buscando?
El hombre
colocó una costurada mano formando visera sobre sus ojos.
- Es el
ejército - dijo con voz insegura -. Quizás estén de maniobras. Es la primera
vez que veo al ejército aquí.
- ¿Y Hamilton?
- murmuré, aferrando su descarnado brazo -. ¿Está seguro de que...?
Me apartó con
un gesto irritado que revelaba su inquietud.
- Seremos los
primeros, no se preocupe. Va a llegar antes de lo que ellos creen.
Como
profetizara Quinton, Robert Hamilton emprendió su último descenso dos noches
más tarde. Lo vimos surgir de entre las estrellas y efectuar su última pasada.
Reflejado miles de veces en los cristales de los coches apilados, su cápsula
llameó entre la vegetación que nos rodeaba. Una difusa estela plateada dejó un
fantasmagórico rastro a su paso.
Se produjo una
repentina y febril actividad en el campamento militar. Los haces luminosos de
los faros se entrecruzaron sobre las pistas de hormigón. En contra de la
opinión de Quinton, yo había comprendido que no se trataba de maniobras, sino
que los soldados estaban allí preparándose para el aterrizaje de la cápsula de
Robert Hamilton. Una docena de semitractores patrullaban entre las dunas,
incendiando los bungalows abandonados y aplastando las viejas carcazas de los
automóviles. Equipos especializados reparaban la verja y reemplazaban los
elementos de señalización desmantelados por los cazadores de reliquias.
Robert Hamilton
apareció por última vez un poco después de medianoche, a una elevación de 42
grados noroeste, entre la Lira y Hércules. Judith se levantó de un salto y
lanzó un grito. Al mismo instante, un gigantesco dardo de claridad desgarró el
cielo. El deslumbrante halo que no dejaba de aumentar de tamaño se precipitaba
sobre nosotros como un gigantesco cohete luminoso, mostrando el paisaje hasta
sus más mínimos detalles.
- ¡Señora
Groves! - Quinton se lanzó sobre Judith, que echaba a correr hacia el satélite
en caída libre, y la tiró de bruces al suelo. A trescientos metros, en la
cúspide de una duna, se erguía la aislada silueta de un semitractor; el llamear
del meteoro ahogaba sus luces de posición.
La cápsula
incandescente, el ataúd del astronauta muerto, pasó sobre nuestras cabezas con
un sordo y metálico suspiro, haciendo llover gotas de metal derretido. Al cabo
de unos segundos, mientras yo me protegía los ojos, una columna de arena surgió
tras de mí, y un chorro de polvo se elevó hacia el cielo en medio de la noche, como
un inmenso espectro hecho de huesos pulverizados. El sonido del impacto
repercutió de duna en duna. Cerca de las rampas se elevaron llamaradas allá
donde caían fragmentos de la cápsula. Un sudario de gases fosforescentes
flotaba centelleando en el aire.
Judith corría a
toda velocidad, pisándoles los talones a los cazadores de reliquias, cuyas
luces zigzagueaban. Cuando los alcancé, los últimos braseros provocados por la
explosión morían entre las instalaciones. La cápsula había aterrizado al lado
de las antiguas rampas del cohete Atlas, excavando un pozo poco profundo de
unos cincuenta metros de diámetro, cuyas paredes estaban sembradas de puntos de
luz que brillaban como ojos que se fueran cerrando lentamente. Judith corría en
todos sentidos, escarbando entre los restos de metal aún incandescentes.
Alguien me
empujó. Quinton y sus hombres, con sus requemadas manos cubiertas de cenizas
calientes, me rebasaron. Corrían como locos, con una luz salvaje brillando en
sus ojos. Mientras nos alejábamos a toda velocidad de los proyectores que
taladraban las tinieblas, me giré hacia la playa. Una pálida luminosidad
plateada envolvía las instalaciones. Aquella nube resplandeciente fue
arrastrada hacia lo lejos, como un fantasma moribundo, en dirección al mar.
Al amanecer,
mientras los motores gruñían y resoplaban entre las dunas, recogimos los restos
de Robert Hamilton.
Quinton entró
en nuestra casa y me tendió una caja de zapatos. Judith, en la cocina, se secó
las manos con un pañuelo.
Tomé la caja.
- ¿Es todo lo que
han encontrado?
- Es todo lo
que había. Si quiere puede ir a mirar usted mismo.
- Está bien.
Nos iremos dentro de media hora.
Agitó la
cabeza.
- Imposible.
Están por todas partes. Si se mueven nos descubrirán.
Esperó a que yo
alzara la tapa de la caja, hizo una mueca, y salió al exterior.
Nos quedamos
allí otros cuatro días. El ejército rastreaba las dunas. Día y noche, los
semitractores cruzaban entre los bungalows y los coches abandonados. En una
ocasión, mientras espiaba la danza de vehículos desde detrás de una torre de
aguas, un semitractor y dos jeeps llegaron a menos de cuatrocientos metros de
nuestra hoya. Sólo el olor de los silos de sedimentación y el mal estado de las
calzadas de hormigón les impidieron acercarse más.
Durante todo
aquel tiempo, Judith permaneció sentada en la habitación, con la caja de cartón
posada sobre su regazo. No decía nada. Como si ni yo ni el basurero de Cabo
Kennedy le interesáramos ya. Se peinaba con gestos mecánicos, se maquillaba y
volvía a maquillarse una y otra vez, incansablemente.
Al segundo día,
me reuní con ella tras ayudar a Quinton a enterrar sus cabañas en la arena
hasta las ventanas. Estaba de pie junto a la mesa.
La caja estaba
abierta. En medio de la mesa estaban apilados una serie de bastoncillos carbonizados,
como si hubiera estado intentando encender un fuego. Comprendí bruscamente que
así había sido. Mientras removía las cenizas con sus dedos, vi asomar un
fragmento de caja torácica, una mano y una clavícula.
Ella me miró
con aire aturdido.
- Están negros
- dijo.
La tomé en
brazos y la obligué a tenderse en la cama. Me tendí a su lado. Fragmentos de
órdenes amplificadas por los altavoces y cuyo eco era retransmitido por las
dunas golpeaban contra los cristales.
- Ahora podemos
irnos - dijo Judith cuando la columna de soldados se hubo alejado.
- Un poco más
tarde, cuando ya no haya nadie - dije yo -. ¿Qué hacemos con esto?
- Enterrarlo.
En cualquier lugar, ya no tiene importancia.
Parecía haber
recuperado finalmente la tranquilidad. Me dedicó una breve sonrisa, como
admitiendo que aquella macabra comedia por fin había terminado.
Sin embargo,
una vez hube colocado de nuevo los huesos en la caja de zapatos y recuperado
las cenizas de Robert Hamilton con ayuda de una cucharilla de postre, tomó de
nuevo la caja de cartón y se la llevó a la cocina cuando fue a preparar la
cena.
La enfermedad
apareció al tercer día.
Tras una larga
y agitada noche, encontré a Judith peinándose ante el espejo. Tenía la boca
abierta, como si sus labios estuvieran impregnados de ácido. Cuando se sacudió
la falda para eliminar los cabellos que habían caído en ella me sorprendí ante
la leprosa blancura de su rostro.
Me levanté a
duras penas, me dirigí pesadamente a la cocina, y me quedé contemplando el pote
lleno de café frío. Sentía un cansancio indefinible, parecía como si mis huesos
se hubieran reblandecido, estaba extenuado. Mi cuello y hombros estaban llenos
de cabellos.
Judith se
acercó a mí con paso vacilante.
- Philip... ¿Te
encuentras mal?... ¿Qué es esto?
- El agua -
murmuré. Vacié el café en la fregadera y me apreté la garganta -. Debe estar
contaminada.
- ¿Podemos
irnos ya? - Se llevó una mano a la frente y, con sus uñas quebradizas, se
arrancó un mechón de cabellos color ceniza -. ¡Philip! ¡Por el amor del cielo!
¡Se me está cayendo todo el cabello!
Ambos nos
sentíamos incapaces de comer nada. Tras forzarme a tragar un poco de carne
fría, tuve que salir a vomitar fuera de la cabaña.
Quinton y sus
hombres estaban agachados junto al silo. Me acerqué a ellos y tuve que apoyarme
contra la carcasa del satélite meteorológico para mantener el equilibrio.
Quinton se acercó a mí. Cuando le dije que era probable que los depósitos de
agua estuvieran contaminados, sus acerados e inquietos ojos de pájaro se me
quedaron mirando fijamente.
Una hora más
tarde se habían ido todos.
A la mañana
siguiente, nuestro último día en aquel lugar, nuestro estado empeoró. Judith,
temblando bajo su chaqueta de ante, permaneció tendida en la cama, con la caja
de zapatos sujeta entre sus brazos. Yo pasé horas enteras buscando agua potable
en los bungalows. Mi agotamiento era tal que tuve que trabajar lo indecible
para alcanzar el borde opuesto de la hoya. Las patrullas militares no habían
estado nunca tan cerca. Podía oír el sonido de los semitractores cuando
cambiaban de marcha. Los ladridos de los altavoces martilleaban mi cráneo como
puños de acero.
Mientras miraba
a Judith a través de la puerta abierta, algunas palabras llegaron hasta mi
conciencia:
- ...zona
contaminada... evacúen... radiactividad...
Fui junto a
Judith y le arranqué la caja de las manos.
- Philip... -
me miró con expresión abatida -. Devuélvemela...
Su rostro era
una máscara abotagada. Manchas lívidas marcaban sus muñecas. Su mano izquierda
se tendió hacia mí como la garra de un cadáver.
Agité
rabiosamente la caja. En su interior, los huesos entrechocaron.
- ¡Maldita sea,
es esto! ¿No comprendes... no comprendes por qué estamos enfermos?
- ¿Dónde están
los demás, Philip? El viejo, los otros... Ve a buscarlos... Diles que nos
ayuden.
- Se han ido.
Ayer. Ya te lo dije.
Dejé caer la
caja de cartón sobre la mesa. La tapa se abrió, dejando escapar un fragmento de
caja torácica. Las costillas parecían un manojo de ramas secas.
- Quinton sabía
qué era lo que pasaba. El porqué el ejército estaba aquí. Intentó prevenirnos.
- ¿Qué quieres
decir? - Se irguió. Parecía como si tuviera que esforzarse para mantener su
visión clara -. No hay que dejarles que se lleven a Robert. Entiérralo en
cualquier parte. Ya vendremos a buscarlo en otra ocasión.
- ¡Judith! - me
incliné sobre la cama -. ¿Acaso no te das cuenta? ¡Había
una bomba a bordo! ¡Robert Hamilton llevaba consigo en su cápsula un proyectil
atómico! - Me acerqué a la ventana y aparté las cortinas -. Ha sido una buena
broma. Veinte años aguantando porque no podía tener la certeza...
- Philip...
- No te
preocupes. Yo también lo utilicé. Creía que sólo él podía permitirnos
continuar. ¡Y, durante todo este tiempo, él ha estado esperando ahí arriba la
hora de arreglar cuentas con nosotros!
Un tubo de escape
petardeó en el exterior. Un semitractor, en cuyas puertas y capota había
pintada una enorme cruz roja, apareció en el borde de la hoya. Dos hombres
vestidos con trajes protectores saltaron al suelo. Esgrimían contadores geiger.
- Judith, antes
de que se nos lleven, dime... Nunca te lo he preguntado...
Sentada en la
cama, Judith acariciaba distraídamente los cabellos esparcidos sobre la
almohada. La mitad de su cráneo estaba casi desnudo. Miraba como sin ver sus
manos de epidermis cada vez más pálida y desprovistas casi de fuerza. Nunca
había visto en su rostro aquella expresión: la rabia sorda que engendra la
traición.
Cuando sus ojos
se posaron en mí y en los huesos esparcidos sobre la mesa, supe finalmente la
respuesta a mi pregunta.
FIN
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