TARDE O TEMPRANO O NUNCA
JAMÁS
Gary Jennings
La tribu de los
anula, al nordeste de Australia, asocia el pájaro-dólar con la lluvia, hasta
llegar a llamarlo el pájaro de la lluvia. El hombre que tiene ese pájaro como
su tótem puede hacer llover en una charca determinada. Toma una serpiente, la
introduce viva en la charca y, tras tenerla sumergida en el agua cierto tiempo,
la saca, la mata y la deposita junto al lecho del río que quiere llenar de
agua. Luego fabrica un haz en forma de arco con tallos de hierba en imitación
del arcoiris y lo coloca sobre la serpiente. Después, lo único que hace es
cantar sobre la serpiente y el arcoiris de hierbas; tarde o temprano, la lluvia
caerá.
SIR JAMES
FRAZER
La rama dorada
Reverendísimo
Orville Dismey
Deán de Vocaciones
Misioneras
Colegio Protestante Southern Primitive
Grobian, Virginia
Reverendísimo
señor:
Ha pasado
muchísimo tiempo desde que nos despedimos, pero la cita de Frazer quizá le
ayude a recordarme: Soy Crispin Mobey, su antiguo alumno en el querido y añorado
SoPrim. Como sea que se me ha ocurrido que quizás haya oído usted sólo un
relato superficial sobre mis actividades en Australia, le envío la presente
para que así tenga un informe completo.
Por ejemplo,
debo en primer lugar refutar cualquier información que haya podido llegar a su
conocimiento procedente del Sínodo del Pacífico de los Protestantes Primitivos
sobre que la misión que he desarrollado entre la tribu de los anulas no haya
tenido ningún éxito digno de mención. Si en algo he ayudado a que los anulas se
alejen de los sortilegios paganos - y este es un hecho cierto -, creo que habré
contribuido sin duda a acercarlos mucho más a la palabra de Dios, y que mi
misión habrá valido lo que costó.
Asimismo, para
mí ha representado la realización de un sueño acariciado toda mi vida. Ya de
niño, en Dreer, Virginia, me veía como un futuro misionero que recorrería los
rincones más atrasados y faltos de luz de este mundo, y toda mi vida me
comporté de modo que pudiera llegar a realizar plenamente la visión que llevaba
en mi interior. Entre los jóvenes más incultos y rudos de Dreer a menudo se me
llamaba, con una especie de respetuosa actitud, «ese Cristo Mobey». Yo, con
toda la humildad del mundo, deploraba el hecho de que me pusieran en tal
pedestal.
Pero cuando
entré en los sagrados muros del Colegio Southern Primitive mis, hasta aquel
momento, vagas aspiraciones encontraron su verdadera dirección. Fue durante el
último curso en mi querido y añorado SoPrim cuando descubrí el compendio
antropológico en doce volúmenes «La rama dorada», escrito por Sir James Frazer,
en el que se hallaba un relato sobre la pobre y abandonada tribu de los anula.
Hice unas investigaciones y descubrí para alegría mía que la mencionada tribu
existía todavía en Australia, y que estaba aún tan desgraciadamente necesitada
de la Salvación como lo había estado en la época en que Frazer escribiera sobre
ella, y que tampoco había acudido nunca ninguna misión de los Protestantes
Primitivos a redimir a aquellas pobres almas. Era incuestionable, me dije a mí
mismo, que la necesidad, la oportunidad y el hombre se conjugaban
milagrosamente. Entonces empecé a presionar para conseguir que el Consejo
Misional me concediera el permiso para el adoctrinamiento de los olvidados
anulas.
No fue asunto
fácil. Los regidores se quejaron de que estaba a punto de sufrir un fracaso
catastrófico en asignaturas básicas de la carrera eclesiástica tales como
Gerencia de Ofertorios, Histriónica o Canto Nasal. Pero usted, deán Dismey,
vino en mi ayuda. Recuerdo todavía la discusión que tuvo usted por mí:
«Efectivamente, las notas académicas de Mobey tienden a la C, pero tengamos la
bondad de ponerle una C de celo, mas que de cero, y otorguémosle su petición.
Sería un crimen, caballeros, que no enviáramos a Crispin Mobey al Outback
australiano».
Creo que el
presente informe sobre mi misión demostrará que la fe que depositó usted en mí,
deán Dismey, no estaba fuera de lugar. Diré, modestamente, que durante mis
viajes por la gran isla fui descrito en multitud de ocasiones como «el
verdadero retrato de un misionero».
Hubiera de
buena voluntad aceptado trabajar para costearme el pasaje a Australia e
internarme en el Outback con mis propios recursos, e incluso vivir en el mismo
estado primitivo que mi grey mientras les enseñaba la palabra de Dios. En lugar
de ello, quedé muy sorprendido al encontrar una generosa aportación que la
Fundación Mundial de Misiones ponía a mi disposición; era, de hecho, demasiado
generosa, pues todo lo que pretendía llevar conmigo eran algunos abalorios y
cuentas.
- ¡Lentejuelas!
- exclamó el tesorero de buró de Misiones cuando presenté la solicitud -.
¿Pretende usted gastarse toda la ayuda económica en cuentas de cristal?
Intenté
explicarle lo que había aprendido por mis lecturas. Los aborígenes australianos,
si lo había entendido bien, son la gente más primitiva de la tierra. Son un
resto viviente de la Edad de Piedra y no han llegado en la escala evolutiva ni
a desarrollar el arco y las flechas.
- Mi querido
muchacho - dijo amablemente el tesorero -, las cuentas y abalorios son de la
época de Stanley y Livingstone. Le iría mucho mejor llevarse un carro de golf
eléctrico para el jefe y pantallas de lámpara para sus esposas... Las usan como
sombreros ¿sabe?
- Los anulas no
han oído hablar del golf, ni llevan sombreros. En realidad, no llevan nada en
absoluto.
- Todos los
mejores misioneros - dijo con tono bastante frío el tesorero - están locos por
las pantallas...
- Los anulas
son prácticamente cavernícolas - insistí yo - No tienen cucharas, ni lenguaje escrito.
Tienen que ser educados partiendo de poco más que un mono. Quiero llevarme las
lentejuelas para captar su interés, para mostrarles que soy amigo suyo.
- El rape
siempre es bien recibido - intentó mi interlocutor como último recurso.
- Lentejuelas -
repuse con firmeza.
Como podría
usted deducir de las facturas, mi asignación cubrió una tremenda cantidad de
abalorios multicolores de cristal. En realidad debería haber esperado a
comprarlas en Australia y evitarme así la excesiva factura por el trasporte,
pues llenaron un contenedor entero del barco con el que partí de Norfolk aquel
día de junio.
Al llegar a
Sydney, trasladé la carga a un almacén de la zona portuaria de Woolloomoolloo y
me presenté de inmediato al obispo de zona de nuestra Iglesia, monseñor
Shagnasty (quien gusta llamarse a sí mismo con todo el título de su autoridad,
cosa comprensible si tenemos en cuenta que durante la guerra fue capellán de la
Marina). Encontré a aquel augusto caballero, tras una serie de preguntas y
averiguaciones, en el local social de la Unión de Angloparlantes.
- Esto es una
fortaleza, un refugio entre estos australes - me dijo -. ¿Me acompañará a tomar
uno de estos deliciosos brebajes?
Decliné la
invitación y empecé a explicarle el propósito de mi visita.
- ¿Así que va a
ver a los anulas, eh? ¿A los territorios del Norte? - dijo al tiempo que
asentía juiciosamente -. Una magnífica elección. Es un territorio virgen.
Encontrará buena pesca.
Una magnífica
metáfora.
- A eso es a lo
que vine, señor - dije con todo entusiasmo.
- Sí - musitó
él -. Allí perdí un cochero real en el río Roper, hará unos tres años.
- ¡Dios se
apiade de mí! - exclamé yo, horrorizado -. No sabía que esos pobres paganos
fueran hostiles. Si incluso uno de los propios cocheros de la reina...
- ¡No, no, no!
¡Hablaba de un anzuelo para truchas! - exclamó. Se quedó mirándome y prosiguió
-: Empiezo a comprender por qué le han enviado al Outback. Supongo que deseará
partir inmediatamente hacia el Norte, ¿no?
- Antes de
partir desearía aprender el lenguaje de los nativos - repuse -. Los de la
academia Berlitz de Richmond me contaron que podía estudiar la lengua anula en
su delegación aquí, en Sydney.
El día
siguiente, cuando localicé la escuela Berlitz, descubrí para mi desgracia que
antes tendría que aprender alemán. El único maestro de lengua anula era un
sacerdote melancólico y ensotanado que pertenecía a una orden de católicos
alemanes. El hombre había sido misionero también durante una parte de su vida y
no hablaba inglés casi en absoluto.
Durante tres meses
me dediqué sin descanso y con gran energía a aprender un poco de alemán
(mientras se amontonaban las facturas por el almacenamiento de las lentejuelas)
antes de empezar a aprender del ex sacerdote el lenguaje anula. Herr Krapp, así
se llamaba el sacerdote. Como puede usted imaginarse, deán, yo me mantenía en
guardia contra cualquier sutil propaganda papista que pudiera intentar colarme
durante las lecciones, pero lo único que encontré extraño fue que todas las
palabras y frases anulas que parecía saber Herr Krapp consistían principalmente
en frases y palabras cariñosas. Con frecuencia le oía murmurar casi
descorazonado, y en su propio idioma, «Ach, das liebenwerte schwarze Madchen»,
tras lo cual siempre se relamía los labios.
A finales de
setiembre Herr Krapp me había enseñado todo lo que sabía, y ya no hubo excusa
para retrasar más mi salida hacia el Outback. Alquilé un par de conductores y
dos camiones que me llevaron a mí y a mis lentejuelas. Además disponía de una
pequeña tienda de campaña muy anticuada y propia de los misioneros, y todo mi
equipaje consistía en un Nuevo Testamento, las gafas, el diccionario
inglés-alemán, la edición en un volumen de «La rama dorada» y un libro de texto
sobre el lenguaje nativo, «Die Gliederung der australischen Sprachen», de W.
Schmidt.
Luego acudí a
despedirme del obispo Shagnasty. Le encontré otra vez, o todavía, en la Unión
de Angloparlantes, acodado en la barra.
- ¿De regreso
del campo, verdad? - me saludó -. Tómese un stingaree. ¿Que tal esos negritos?
Intenté explicarle
que todavía no me había marchado, pero me interrumpió para presentarme a un
caballero de aspecto militar que estaba junto a él.
- El mayor
Mashworm es el Encargado de Protección de los Aborígenes. Seguro que le
interesará mucho escuchar lo que usted haya visto entre esos negritos, pues me
parece que éste es el lugar más cercano al Outback que ha pisado el mayor en su
vida.
Estreché la
mano del mayor y le expliqué que todavía no había visto a sus queridos
negritos, pero que esperaba hacerlo en un breve plazo.
- ¡Vaya, otro
yanqui! - dijo tan pronto como me oyó hablar.
- ¡Señor! -
dije yo, enojado -. ¡Yo soy sureño!
- ¡Claro,
claro! - repuso, como si no tuviera ninguna importancia -. ¿Se ha circuncidado
usted?
- ¡Señor mío! -
rugí -. ¡Soy cristiano!
- Por supuesto.
En fin, si quiere llegar a alguna parte con las tribus aborígenes, tiene que
circuncidarse o no le aceptarán como individuo adulto. El brujo curandero
aborigen le someterá a la operación, si es necesario, pero me imagino que
preferirá que se la hagan en un hospital. La ceremonia nativa también consiste
en sacarle a golpes uno o dos dientes incisivos, y luego abandonar el poblado y
vivir sin acercarse a nadie hasta que haya sanado.
Si hubiera
sabido esto de los anulas desde el principio, mi celo podría haber sido menor,
pero habiendo llegado hasta allí, no vi nada que me impidiera someterme a la
operación. A pesar de todo, debió advertírseme la situación mucho antes, y así
hubiera estado listo en el momento en que terminara el estudio del idioma. En
aquel momento ya no podía retrasar por más tiempo la partida hacia el Norte.
Así pues, fui operado aquella misma noche en Sydney Mercy por un incrédulo
doctor y dos enfermeras que no podían disimular su jolgorio, e inmediatamente
después salí con mi pequeña caravana a la carretera.
El viaje fue
una auténtica agonía, una maratón de dificultades. Durante la convalecencia era
obligado a llevar un molesto artilugio, mezcla de entabillado y braguero, que
era imposible de esconder ni siquiera bajo un mackintosh varios números mayor
que mi talla. No quiero relatar las numerosas humillaciones que me asediaron en
los puntos finales de etapa de nuestro camino. Sin embargo, usted se hará una
pequeña idea, reverendísima, si se imagina en mi tiernísima situación, montado
en un camión reliquia de la guerra mal conservado por una carretera
prácticamente inexistente, en viaje de Richmond al Gran Cañón.
Todo el vasto
interior de Australia se conoce generalmente por el Despoblado, el Outback. Sin
embargo, el territorio del Note adonde me dirigía está aún más allá del
Outback, y se conoce entre los australianos como la Tierra de Nunca Jamás. Es
un territorio del tamaño de Alaska, pero tiene tanta gente exactamente como mi
pueblo natal de Dreer, Virginia. Los territorios de la tribu anula se hallan en
el extremo norte de esa Tierra de Nunca Jamás, en la meseta de Barkley, entre
la zona de arbustos y las marismas tropicales del golfo de Carpentaria, a casi
cuatro mil terribles kilómetros de mi punto de partida en Sydney.
La ciudad de
Cloncurry (1995 habitantes) fue nuestro último vistazo auténtico a la
humanidad. Para ilustrar mis palabras, le diré que la siguiente población que
tocamos, Dobbyn, tenía un número de habitantes de unos cero, y el último lugar
que tiene nombre en aquellas tierras salvajes de Nunca Jamás, Brunette Downs,
tenía una población de menos algo.
Allí fue donde
me dejaron mis conductores, tal como habíamos acordado al salir. Era el último
punto donde podían tener alguna posibilidad de que alguien les recogiera y les
devolviese a la civilización. Me indicaron la dirección que debía tomar a
partir de allí y reanudé mi peregrinación a lo desconocido llevando yo mismo
uno de los camiones y dejando el otro en Brunette Downs para cuando hubiera
necesidad.
Los conductores
me dijeron que finalmente me encontraría con una estación experimental dedicada
a la agricultura donde los funcionarios me darían indicaciones sobre el lugar
en que habían sido vistos por última vez los nómadas anulas. Sin embargo,
cuando llegué allí una tarde a última hora encontré un lugar desierto, salvo
unos cuantos lánguidos canguros y una arrugada y patilluda rata del desierto
que salió corriendo con un extraño grito de bienvenida.
- ¡Jooo...! ¿Y
pues? ¿Y pues? Dios, es increíble encontrarse a un maldito tipo nuevo husmeando
por aquí, maldito Dios.
(No vaya usted
a horrorizarse por esta última expresión, deán. Al principio, enrojecí ante las
aparentes blasfemias y obscenidades que acostumbran a emplear los australianos
empezando por Mashworm y siguiendo por todos los demás. Después me di cuenta de
que utilizaban aquellas locuciones de un modo tan espontáneo e inocente como la
puntuación. Al ser así esta forma coloquial de diálogo, nunca he llegado a
distinguir con claridad cuándo debo enrojecer ante una palabrota, cuándo es
deliberada o no, pues no sé cuáles son las realmente ofensivas. Por ello, antes
que tratar de censurar o cambiar por eufemismos cada frase que murmuraba aquel
hombre, me limitaré a relatar las conversaciones al pie de la letra y sin más
comentarios.)
- ¡Bueno,
apalanca un poco tu culo, tipo! Tengo la manduca en el fuego. Nos partiremos
una torta y nos montaremos una buena juerga, ¿qué dices?
- ¿Cómo está
usted? - intenté intervenir.
- ¡Oh, vaya! ¡Un yanqui! - exclamó, sorprendido.
- ¡Señor! -
dije en tono digno -. ¡Sepa usted que soy virginiano!
- ¿En serio?
Pues si estás buscando perder la virtud estás en un lugar condenadamente
jodido. No hay un solo chochito a quinientos kilómetros a la redonda, como no
sea que quieras ir de juerga con una cabra.
Todo aquello no
tenía para mí ningún sentido, así que cambié de tema y me presenté.
- ¡Mierda! Otro
fastidioso Hermano. Tendría que haberío adivinado cuando me anunció que era
virgen. Ahora tendré que cuidarme la jodida lengua.
Si realmente
«cuidó» su modo de hablar, no noté que lo hiciera de un modo apreciable. Me
repitió varias veces una propuesta que sonó a obscena antes de que comprendiera
que se trataba de una invitación a tomar un taza de te («enrollarse con Betty
Lee») con él. Mientras tomábamos el te, preparado sobre un fuego de ramas, me
contó cosas de él. Al menos supongo que era eso de lo que hablaba, aunque todo
lo que saqué en claro fue que se llamaba McCubby.
- He estado
haciendo una excursión por el campo buscando wolframio, pero mi rumiante se
jodió las patas y me encontré en una buena colgada. Por eso apalanqué mi
paquete aquí en la estación experimental y esperé una matrícula, un colono,
quien fuera, aunque fuera un maldito cazador de dingos. Pero no funcionó, y
estaba ya seco como un hueso cuando asomaste el morro.
- ¿Y qué está
haciendo aquí?
- Ya dije,
estaba buscando el wolframio.
- Vaya, tienen
ustedes tantos animales extraños aquí en Australia - dije en son de disculpa -.
Nunca había oído hablar de éste.
Con un aire de
sospecha en la mirada me aclaró:
- El wolframio
es el mineral del tungsteno.
- Hablando de
la fauna australiana - respondí -, ¿podría decirme qué es un pájaro-dólar?
(El
pájaro-dólar, recordará usted, señor, es el agente totémico que mencionara
Frazer en su relato de la ceremonia de la lluvia. Había llegado hasta allí sin
lograr descubrir qué era un pájaro-dólar.)
- No es ningún
fauno - dijo McCubby -. Y puede alegrarse de que así sea. Fue un pájaro-dólar
el que se echó un tifa en su guardacocos.
- ¿Qué?
- Sigo
olvidándome de que es un recién llegado - suspiró -. El guardacocos es el
sombrero. Un pájaro-dólar ha pasado sobre usted y ha dejado caer algo...
Me quité el
sombrero y lo limpié con un patojo de hierba seca.
- El
pájaro-dólar - prosiguió en tono pedante McCubby - es llamado así por la mancha
circular de color plateado que tienen sus alas extendidas.
- Gracias -
dije yo, para a continuación empezar a contarle cómo aquel pájaro había
inspirado mi misión entre los aborígenes...
- ¡Los
aborígenes! - gritó McCubby -. Y yo que había creído que iba a predicarles a
los estúpidos roncadores de Darwin. Presumo que todo el resto de la humanidad
se ha hecho ya cristiana para que Dios se ponga a rascar el tonel y quiera
convertir a esos negros también.
- Lamentablemente,
no es así - dije -. pero los aborígenes tienen tanto derecho como los demás a
aprender la Divina Palabra. A aprender que sus dioses paganos son ilusorios
demonios que les tientan y les llevan al fuego del infierno.
- Mire,
reverendo, esos tipos esperan llegar al infierno - dijo McCubby -, que no puede
ser sino una mejora sobre el Nunca Jamás. ¿Es que no tienen todavía suficiente
desgracia sin que usted se les acerque para castigarlos con el rollo de la
religión?
- La religión
es la savia - dije yo, citando a William Penn - que penetra en el árbol de la
vida hasta las ramas más lejanas.
- Parece que
les esté trayendo usted a los binguis toda una catedral - dijo McCubby -. ¿Qué
clase de mejunjes les lleva en el carro?
- Lentejuelas -
dije yo -. Nada más que lentejuelas.
- Lentejuelas,
¿eh? - repuso, dirigiendo una mirada al enorme camión -. Debe de ser un gran
amante de los cuescos sonoros.
Antes de que
pudiera corregir su equívoco, se subió a la parte de atrás del vehículo y
empezó a abrir puertas. El remolque estaba repleto de las baratijas hasta el
techo, sin envoltorio alguno. Por supuesto, se encontró inmediatamente atrapado
por la avalancha que se le vino encima, al tiempo que varios miles de cuentas
inundaban una buena zona de la llanura en que estábamos; muchas de ellas se
esparcieron brillantes hasta formar como una nube cada vez más sutil alrededor
de la masa principal. Un rato después, apartado el montón formado bajo el
vehículo, apareció entre blasfemias la cabeza peluda de McCubby.
- Mire lo que
ha hecho - dije, con una exasperación bien justificada.
- Por todos los
diablos - repuso él -. Es la primera vez que las lentejas casi me ahogan.
Recogió una de
las cuentas, la probó con los dientes y dijo:
- Le harían
daño hasta a un casuario, reverendo.
Luego la
observó más detenidamente y se me quedó mirando desde el otro lado del montón,
al tiempo que se sacaba de todos los pliegues y bolsillos los cristales que le
quedaban.
- Mire, hijo -
prosiguió -, alguien se la ha dado a usted con queso. Lo que tiene ahí no son
lentejas, sino pedazos de cristal.
Me temo que le
contesté con un ladrido.
- ¡Ya lo sé!
¡Son para los nativos!
Me miró,
demudado. Se volvió, todavía sin expresión en el rostro, y miró poco a poco la
brillante extensión que parecía llegar hasta el horizonte por todas
direcciones.
- ¿Y de qué
religión dice que es? - preguntó con cautela.
Le ignoré.
- Bueno -
suspiró -. No tiene sentido que nos pongamos a recogerlas antes del amanecer.
¿Le importa si acampo aquí hasta mañana?
Durante la
noche me despertó en varias ocasiones un ruido horrible y crujiente en la zona
extrema del mar de cristal donde nos hallábamos, pero, al ver que McCubby no se
inmutaba, intenté que tal sonido no me perturbara.
Nos levantamos
con el sol, y toda la parte del mundo en que nos hallábamos brillaba «como la
puñetera tierra de Hoz», según McCubby. Tras el desayuno me dediqué a la labor,
digna de Hércules, de recoger toda la mercancía con una pala oxidada que hallé
en una caseta derruída de la estación. McCubby me abandonó un rato para
deslizarse por encima de las lentejuelas hasta donde ya casi no había. Cuando
volvió, sonreía de felicidad con toda una brazada de jirones de piel
sanguinolentos.
- Son pieles de
dingo - rió con gran satisfacción -. Valen cada una un pavo de prima.
Reverendo, igual ha cambiado el curso de todo este maldito continente. Por ahí
está repleto de cadáveres de dingos, conejos y ratas de arena que han estado
intentando digerir sus baratijas. ¡Bien, mierda!
Se sentía tan
contento ante el repentino golpe de su suerte que aún volvió a por otra carga y
luego me ayudó a recoger las que quedaban. Para cuando tuvimos cargado el
camión era ya casi de noche otra vez, y solo habíamos logrado recoger la mitad
de lo que había caído. El terreno que rodeaba la estación experimental parecía
todavía Disneylandia.
- Bueno - dije
en tono filosófico -. Menos mal que todavía tengo otro camión bien cargado en
Brunette Downs.
McCubby pegó un
salto, se me quedó mirando y se fue murmurando para el cuello de su camisa.
La mañana
siguiente me enteré de los últimos detalles que me interesaban para la piadosa
misión que me había impuesto. McCubby me contó que se había encontrado con la
tribu anula en el viaje que le llevara a la estación. Estaban acampados en un
pequeño grupo de acacias, dijo, y se dedicaban a escarbar en busca de bulbos y
raíces, la única comida que podían encontrar en la estación seca.
Y allí les
encontré, precisamente al anochecer. La tribu entera no tendría más de setenta
y cinco almas, cada una de ella más inquietante que la anterior. Si no hubiera
sabido de la desoladora necesidad que tenían de mí, me hubiera echado atrás.
Los hombres eran tipos de hombros cuadrados y anchos, de color negro cobrizo,
con unas barbas aun más negras y una cabellera que peinaban alrededor de sus
frentes huidizas, con ojos taciturnos y una nariz chata con el hueso
agujereado. Las mujeres tenían más cabello y no llevaban barba. Sus pechos
colgaban fláccidos y vacíos de los cuerpos como si fueran un par de medallas
allí colgadas. Los hombres llevaban solamente una especie de correajes en la
cintura, de los que colgaban los boomerangs, los palos de música, los plumas de
honor y cosas parecidas. Las mujeres llevaban nagas, una especie de falditas de
cortezas vegetales. Los niños iban con baberos.
Alzaron la
cabeza con semblantes sombríos cuando paré el camión. No tenía constancia
alguna de ser bienvenido ni tampoco hallaba gesto alguno de hostilidad. Me subí
al capó del camión y grité en su lengua:
- ¡Hijos míos,
venid a mí! ¡Os traigo una buena nueva que os llenará de alegría!
Algunos de los
niños se acercaron un poco más y se me quedaron mirando extasiados. Las mujeres
volvieron a su búsqueda de raíces entre las acacias con sus varas de ñame. Los
hombres continuaron simplemente sin hacer nada. Pensé que todos eran muy
tímidos y que nadie quería ser el primero.
En vista de
ello, di unas zancadas hacia el centro del grupo y tomé del brazo a un adulto
arrugado y dotado de una barba blanca y larga. Le empujé hacia la cabina del
camión, abrí la trampilla que daba acceso al remolque y forcé al viejo a que
metiera la mano en el interior, a lo que se resistía. Por fin la sacó con un
puñado de polvo y una lentejuela verde, a la vista de la cual parpadeó con
perplejidad.
Como esperaba,
la curiosidad hizo que se acercara el resto de la tribu.
- ¡Hay muchas
para todo el mundo, hijos míos! - les grité en su idioma.
Tiré de ellos,
les empujé, y uno a uno les fui obligando a subir a la cabina. Con gran
obediencia fueron alargando el brazo por la trampilla, tomaron un cristal cada
uno y regresaron a sus ocupaciones como si afortunadamente la ceremonia hubiera
concluido.
- ¿Qué sucede?
- le pregunté a una joven vergonzosa, la última del desfile y la única que
había tomado dos cristales -. ¿Es que estas preciosas maravillas no gustan a
nadie?
La chica bajó
la cabeza como si se sintiera culpable, dejó una de las lentejuelas y escurrió
el bulto.
Yo me sentí
pasmado ante aquella falta de entusiasmo. En aquellos momentos, los anulas
tenían una pieza cada uno, y yo alrededor de seiscientos mil millones.
Empecé a
sospechar que algo andaba mal, lo que pude comprobar al colocarme entre ellos y
escuchar su conversación, furtiva y secreta. No entendía una sola palabra.
«horror», pensé. Si no podíamos comunicarnos no habría esperanza de que
llegaran a aceptar los cristales... ni mi presencia... ni la del Evangelio.
¿Acaso me había topado con otra tribu, o es que deliberadamente hacían ver que
no me comprendían y hablaban entre ellos en argot para que no supiera lo que
decían?
Había una
manera de descubrirlo, y la puse en práctica sin más. Di la vuelta con el
camión y regresé atropelladamente hacia la estación, con la esperanza de que
McCubby no se hubiera marchado aún.
En efecto, allí
estaba. Los perros salvajes seguían suicidándose en masa por el sistema de
comerse los cristales, y McCubby no proyectaba marcharse hasta que se agotara
aquel magnífico negocio. Cuando llegué a la estación se levantaba el sol, y le
encontré ocupado en la recogida de los cadáveres de aquella noche. Salté del
camión y le expliqué el problema en que me encontraba.
- Ni yo les
entiendo a ellos, ni ellos a mí. Antes se ufanó usted de que conocía la mayor
parte de lenguas aborígenes. ¿Qué hago mal, dígame? - Le solté una frase en
anula y luego le pregunté con gran ansiedad -: ¿Lo ha entendido usted?
- Cojonudamente
- respondió -. Me acaba de ofrecer treinta pfennings para que meta mi negro
culo en la cama con usted. Sucio bastardo - añadió.
Yo le rogué, un
tanto desconcertado:
- No tiene importancia
lo que dijera. ¿Qué es lo que falla? ¿Es mala mi pronunciación?
- No, no.
Chamulla usted un pitjantjatjara perfecto.
- ¿Qué?
- Que es un
idioma considerablemente diferente del anula. Los anula tienen nueve clases
distintos de nombres. El singular, el dual, el trial y el plural se expresan
mediante prefijos que se colocan a los pronombres. Los verbos transitivos
incluyen los pronombres con la función de complemento directo. Los verbos
tienen gran cantidad de tiempos y modos y también poseen una conjugación
negativa diferente de las demás.
- ¿Qué?
- En cambio, en
la lengua pitjantjatjara, los sufijos que indican el pronombre personal se
colocan al final de la primera palabra de la frase, y no simplemente tras la
raíz verbal.
- ¿Qué?
- No quiero
reírme de sus logros lingüísticos, compañero, pero el pitjantjatjara, aunque
tenga cuatro declinaciones y cuatro conjugaciones, está considerado el menos
complicado de todos los malditos dialectos australoides.
Me había
quedado sin habla.
- ¿Cuántos son
treinta pfennings en peniques y chelines? - me preguntó finalmente McCubby.
- Quizá sea
mejor - murmuré pensativo - que dirija mis esfuerzos evangelizadores a la tribu
pitjantjatjára, visto que conozco su lengua.
McCubby se
encogió de hombros.
- Esos tipos
viven en el quinto coño, al otro lado del Gran Desierto de Arena, y no son
pacíficos recolectores de raíces como estos anulas. Ahora están todos liados
con el pastoreo y el arreo de animales en las estaciones ganaderas de ovejas
merinas de la bahía de los Tiburones. Además, sus curas harían lo posible por
convertirle a usted a su religión, y seguro que eso no le gustaría, porque son
sus odiados católicos.
Bueno, al menos
aquello tenía sentido, y yo empezaba a comprender por qué Herr Krapp me había
confundido de aquella manera.
Mi siguiente
movimiento estaba clarísimo: tomé como intérprete a McCubby para que me ayudara
a entenderme con los anulas. Al principio se negó. La bolsa de gastos que me
habían otorgado estaba por aquel entonces tan vacía que no podía ofrecerle una
cantidad lo bastante elevada para tentarle y alejarle de su floreciente negocio
con las pieles de dingo. Finalmente, pensé en ofrecerle todos los cristales que
tenía en el segundo camión, «suficiente para acabar con todos los dingos del
Outback», según le expliqué. Aquello le convenció para dejar sus ocupaciones y
tomar el volante (pues yo estaba mortalmente cansado de conducir). A
continuación salimos de nuevo hacia el territorio anula.
Por el camino
le conté a McCubby la manera en que tenía pensado introducir a los aborígenes
al moderno protestantismo primitivo. Le leí en voz alta el párrafo de Sir James
Frazer referente a la invocación a la lluvia:
«Y después de
eso lo único que hace es cantar sobre la serpiente y el arcoiris de hierbas...»
- ¡Lo único que
hace! - gritó McCubby.
«Tarde o
temprano, la lluvia caerá» - terminé, cerrando el libro -. Y ahí es donde entro
yo. Si la lluvia no cae, los nativos verán claramente que su magia no funciona
y yo podré lograr que sus ojos se vuelvan con interés hacia la cristiandad. Si
la lluvia cayera, simplemente les explicaría que a quien en realidad dirigían
sus plegarias, aunque no lo supieran era al verdadero Dios, el de los
protestantes, y que el pájaro de la lluvia no tenía nada que ver en el asunto.
- ¿Y cómo
pretende convencerles para que monten el aquelarre con el pájaro de la lluvia?
- Cielos, lo
más seguro es que lo hagan todos los días. El buen Dios sabe lo mucho que
necesitan el agua. Todo este territorio está quemado y cruje como el papel.
- Si realmente
llega a llover - murmuró con tono cavernoso McCubby -, vaya, hasta yo me pondré
de rodillas.
Desafortunadamente,
no podía suponer por aquel entonces qué quería decir con aquello.
La recepción en
el campamento anula fue bastante distinta esta vez. Los aborígenes se acercaron
corriendo para dar la bienvenida a McCubby; tres de las muchachas más jóvenes
parecieron alegrarse especialmente de su llegada.
- ¡Ah, mis
queridas pollitas! - les dijo él en tono afectuoso. Luego, tras una pequeña
charla con los más ancianos de la tribu, me dijo -: Quieren ofrecerle una lubra
a usted también, reverendo.
Una lubra es
una hembra, y yo había previsto ya aquella oferta de hospitalidad, pues sabía
que era una costumbre entre los anulas. Le pedí a McCubby que les explicara las
razones de tipo religioso por las que no podía aceptar el ofrecimiento, y me
fui a trabajar en el montaje de la tienda de campaña sobre un otero que
dominaba el campamento de los nativos. Cuando me dispuse a entrar en ella,
McCubby me preguntó:
- ¿Ya se va a
sobar?
- No, sólo voy
a quitarme las ropas - respondí -. Donde fueres, haz lo que vieres. Mire a ver
si me puede conseguir una de correas que se ponen en la cintura.
- ¡Un misionero
desnudo! - exclamó, escandalizado.
- Nuestra
iglesia enseña que el cuerpo no significa nada - le contesté -. No es sino una
máquina que contiene un alma. Además, creo que un verdadero misionero no debe
colocarse nunca por encima de su rebaño en asuntos de vestir o de
comportamiento social.
- Un verdadero
misionero - dijo secamente McCubby - no tiene la piel de cocodrilo como estas
gentes.
A pesar de sus
observaciones, me trajo por fin una cinta manufacturada con crines. Me la até a
la cintura y coloqué en ella el Nuevo Testamento, un peine de bolsillo y el
estuche de las gafas.
Cuando me
encontré desnudo de aquella manera me sentí muy vulnerable y vagamente vulgar.
A una persona tan pudibunda e introvertida como yo le resultaba doloroso pensar
en mostrarme en público, especialmente a la vista de aquellas hembras, con
aquella desnudez blanquecina y total. Sin embargo no lo era tanto, me consolé,
como la de mi rebaño pues, de acuerdo con las órdenes del médico de Sydney,
tenía que seguir llevando mi artilugio de vendas durante una semana más por lo
menos.
Salí a rastras
de la tienda y me levanté bailando ligeramente debido al daño que me producían
los guijarros del suelo al clavárseme en los pies. ¡Señor, todos aquellos ojos
blancos tan grandes y visibles en aquellos rostros tan negros! McCubby me
miraba con la misma atención e incredulidad que todos los demás. Estuvo un rato
moviendo los labios antes que surgiera alguna palabra de su boca.
- ¡Hostia! ¡No
me extraña que sea virgen, desgraciado!
Los aborígenes
empezaron a cerrar el círculo en cuyo centro me encontraba y a balbucear y a
medir el aparato como si se les estuviera pasando por la cabeza hacerse una
copia para ponérsela, al fin, bastante preocupado, le pregunté a mi intérprete,
que todavía se reía por lo bajo, a qué venía tanto alboroto.
- Ellos creen
que o estás fanfarroneando o eres un farsante, y, maldita sea, yo también.
Así pues le
conté lo de la operación a que me había sometido según la costumbre anula.
McCubby repitió mis palabras a la concurrencia. Los negros asintieron y se
miraron maliciosamente entre ellos, parlotearon en un tono todavía más alto que
antes y se acercaron uno por uno hasta donde me encontraba para darme un ligero
toque en la cabeza.
- ¡Ah! Dan su
aprobación, ¿no es cierto? - dije, Heno de una gran satisfacción.
- Más bien
piensan que está más chalado que un chorlito - dijo llanamente McCubby -. Creen
que trae buena suerte acariciar a un tonto.
- ¿Cómo?
- Si quiere
echarle una mirada a su grey - me sugirió -, se dará cuenta de que la costumbre
de la circuncisión pasó de moda hace algún tiempo.
Miré, y era
cierto. Me descubrí formando unos propósitos muy poco cristianos dedicados al
mayor Mashworm. Para elevar un poco mis pensamientos, propuse tratar de
distribuir las lentejuelas otra vez. No sé lo que les diría McCubby a los
negros, pero la tribu entera echó a correr en bloque hacia el camión y regresó
con las manos repletas de cuentas y abalorios. Hubo varios que realizaron dos o
más viajes. Me sentí muy complacido.
El breve
crepúsculo tropical se cernía ya sobre nosotros; los fuegos donde los anula
cocinaban empezaron a asomar bajo las acacias. Yo ya no podía hacer nada más
aquel día, así que preparé junto con McCubby nuestro propio fuego y algo de
comer. Apenas nos habíamos sentado, enormemente fatigados, cuando se nos acercó
uno de los aborígenes y con una sonrisa me tendió un pedazo de corteza en la
que había una especie de comida nativa. Fuera lo que fuese, tenía un aspecto
asqueroso, como gelatina, y al mirarlo no pude evitar un gesto de disgusto.
- Es grasa de
emú - me dijo McCubby -. Es un plato muy especial para ellos. Se lo ofrecen a
cambio de las lentejuelas.
A mí me gustó
mucho el gesto, pero aquel manjar era nauseabundo y difícil de ingerir. Era
como comerse un plato de labios.
- Si yo fuera
usted me lo zamparía - me advirtió McCubby, tras una corta visita a los fuegos
de los nativos -. Dan la impresión de que vendrán y se lo quitarán en cuanto se
cansen de los cristales.
- ¿Qué?
- Que llevan
dos horas hirviéndolos y parece que todavía no tienen muy buen sabor.
- Pero... ¿se
están comiendo las lentejuelas?
Pareció
comprender mi consternación y añadió, casi con amabilidad:
- Reverendo, lo
único que hacen estos negros es vivir para comer para poder seguir viviendo. No
tienen casas, ni tampoco bolsillos, así que carecen también de sentido de la
propiedad. Saben que son feos como el pecador, así que no tienen utilidad
alguna para ellos las cosas bellas. Si descubren algo nuevo, tratan siempre de
comérselo, por si acaso.
Me sentía
demasiado deprimido como para preocuparme; me arrastré a la tienda con el único
deseo de hundirme bajo tierra. Tal como fueron las cosas, sin embargo, no tuve
ocasión de dormir mucho. Tuve que estar toda la noche deshaciéndome de una
larga procesión de jóvenes negras que, supongo, tenían un capricho infantil por
dormir bajo la lona, por el cambio que tal cosa representaba para ellas.
La mañana
siguiente me desperté muy tarde y encontré a todos los anulas reunidos todavía,
gruñendo y tendidos sobre sus esteras waga.
- Hoy me temo
que no verá el aquelarre del pájaro de la lluvia - me dijo McCubby -. Las
difíciles lentejuelas les deben haber pegado una buena patada en el hígado.
Ahora sí que
estaba yo realmente preocupado. ¡Imagínese usted que hubieran muerto todos como
había sucedido con los dingos!
- Mire,
reverendo, esto no lo haría por nadie más que por usted - dijo McCubby,
hurgando en sus pertenencias -, pero voy a malgastar unas cuantas chucherías
con ellos.
- ¿Qué?
- Chocolate.
Eso es lo que yo uso para comerciar y sobornar a los binguis. Lo prefieren a
cualquier abalorio.
- ¡Pero eso es
chocolate purgante! - exclamé cuando lo sacó.
- Así es como
les gusta. Un placer por ambos extremos.
De los sucesos
del resto del día más vale no hablar. El ocaso recogió los brillantes reflejos
de pequeños montones de cristales aquí y allá por las onduladas tierras de las
cercanías, y yo me enfrentaba con mis propias dificultades también: me había
empezado a picar todo el cuerpo de un modo intolerable. McCubby no se mostró
sorprendido.
- Pueden ser
las hormigas de la carne - teorizó -, o las del azúcar, o las hormigas blancas,
o las moscas del búfalo, o las de los pantanos. También hay por aquí mosquitos
anófeles. Ya se lo dije, reverendo, que los misioneros no están hechos para ir
por ahí con el culo al aire.
Así pues, y sin
demasiados remordimientos, abandoné la idea de vivir de un modo tan primitivo
como mi desnudo rebaño lo hacía y volví a ponerme mis ropas.
Sin embargo,
aquel día no fue baldío del todo. Le recordé a McCubby que necesitaríamos un
pozo de agua para el ritual previsto, y me llevó al oasis tribal de los anula.
- No es más que
un riachuelo en la estación seca - admitió. La charca tenía una anchura y
profundidad muy respetables, pero sólo contenía una capa de barro fétida y
llena de verdín, por la que serpenteaba un hilillo de agua verdosa y triste,
del grosor de un lápiz -. Pero espere a que llegue la estación húmeda y pensará
usted en imitar a Noé. Sea como sea, supongo que éste es el punto que buscaba.
Es la única agua que hay en ciento cincuenta kilómetros a la redonda.
Si el héroe de
Frazer había estado tan desesperado para intentar conjurar la lluvia, me
pregunté cómo se las había ingeniado para encontrar un pozo donde hacerlo. Sin
embargo, lo que murmuré fue:
- Bueno,
maldita sea, ya está.
- Reverendo, me
siento sorprendido ante su intemperante y sucio lenguaje...
Me expliqué.
Haríamos una presa artificial y temporal que cruzara el extremo inferior del
charco. Para cuando los anulas se recuperasen de sus deficiencias
gastrointestinales, el agua habría negado al nivel que queríamos. Nos pusimos a
trabajar, tanto McCubby como yo: alzamos y amontonamos piedras y rellenamos los
orificios entre las piedras con barro, que el fiero sol convirtió en una
especie de adobe. Al llegar la noche lo dejamos, cuando el agua nos cubría ya
por encima de los tobillos.
La mañana
siguiente me desperté al oír un tumulto de gritos, alaridos y estrépito
procedente del campamento de los anulas. «Ah», pensé yo, estirándome con
complacencia, «acaban de descubrir su nueva y mejorada presa y lo están
celebrando». En aquel instante McCubby introdujo su cabeza peluda por la puerta
de la tienda y me anunció con gran excitación:
- ¡Se ha
declarado una guerra!
- ¿No será con
América? - dije yo, pues el tono en que me había dicho lo anterior sonó bastante
acusatorio, pero mi interlocutor había ya desaparecido de la vista.
Me calcé las
botas y me reuní con él en el otero. Allí me di cuenta de que se había referido
a una guerra tribal.
Había allí
abajo el doble de aborígenes de los que yo recordaba, y cada uno de ellos
estaba ululando como si fueran dos o tres más. Se movían en masa, acosándose
los unos a los otros con lanzas y porras de ñame, lanzándose piedras y
boomerangs y tirando brasas que tomaban de las hogueras a los ensortijados
cabellos de sus enemigos.
- Es la tribu
vecina, los bingbingas - dijo McCubby -. Viven más abajo, en la cañada, según
se sigue la corriente, y al levantarse esta mañana han visto que no les llegaba
agua. Ahora culpan a los anula de que han querido cometer un asesinato premeditadamente,
a fin de apoderarse de sus territorios de yamé. ¡Si no son esas unas buenas
razones para una guerra...!
- Pero,
¡tenemos que hacer algo!
McCubby
revolvió un poco su macuto y sacó una pistola como de juguete.
- Es sólo un
calibre veintidós, pero sólo con que vean las armas del hombre blanco
comprenderán que les conviene más
Los dos juntos
bajamos la pendiente y llegamos al campo de batalla, McCubby disparando al aire
ferozmente con su pequeño revólver y yo blandiendo el Nuevo Testamento para
proclamar que el Derecho estaba de nuestro lado. Naturalmente, los invasores
bingbingas retrocedieron ante aquella intensa y furiosa embestida. Se separaron
de aquella confusión retirando consigo a sus heridos. Los perseguimos hasta la
cima de una colina cercana, desde donde nos mostraron amenazadoramente los
puños y nos gritaron insultos y amenazas durante un rato, antes de retirarse,
vencidos, en dirección a su territorio.
McCubby se
paseó por el campamento anula echando polvos para pies de atleta - única medicina
de que disponía - sobre los que mostraban heridas más graves. En realidad, los
lesionados no eran muchos, y la mayor parte tenían o bien la nariz partida o
bien el cráneo magullado o heridas superficiales, y zonas donde el pelo o las
patillas se veían arrancados. Hice de capellán castrense lo mejor que pude en
un show mudo, con gestos que les proporcionaron el alivio espiritual que
necesitaban. Hubo un hecho positivo: todos los anulas parecían haberse
recuperado magníficamente de la dieta de lentejuelas que les había tenido
postrados la jornada anterior. Aquel ejercicio matinal les había resultado muy
provechoso.
Cuando las
cosas se hubieron calmado, y tras desayunar, envié a McCubby a que buscara
entre los varones de la tribu que no estuvieran ocupados alguno que tuviera por
kobong, por tótem, al pájaro dólar. Encontró a un joven, y me lo trajo,
venciendo su tenaz resistencia.
- Este es
Yartatgurk - me dijo McCubby.
Yartatgurk
caminaba renqueante, como recuerdo de un golpe de bastón que le había propinado
un bingbinga en la espinilla, y sólo llevaba barba en el lado izquierdo del
rostro, como consecuencia de una brasa arrojada por otro bingbinga. El resto de
la tribu nos rodeó y se quedó expectante alrededor de nosotros tres, como si
estuvieran dispuestos a ver qué nueva amenaza individual tenía guardada para el
joven.
- Ahora tenemos
que montar todos los preparativos - dije, empezando a leer la descripción de
«La rama dorada» en la que aparecía la ceremonia, y que McCubby se encargó de
traducir frase por frase. Al terminar, el joven Yartatgurk se levantó de
repente y, pese a la cojera, inició una vigorosa carrera en dirección al lejano
horizonte. Los demás anulas empezaron a murmurar entre ellos y a tocarse las
frentes con el índice.
Cuando McCubby
hizo volver al joven Yartatgurk, que todavía se mostraba desconfiado, le dije a
mi intérprete:
- Seguramente
todos ellos están familiarizados con la ceremonia.
- Dicen que si
tienes una sed tan jodida como para pasar por todo este follón, te hubiera
costado mucho menos traer lo necesario para excavar un pozo artesiano en lugar
de todos esos abalorios. Y tienen toda la razón.
- No se trata
de eso - dije yo -. Según Frazer, existe la creencia de que hace mucho tiempo
el pájaro-dolar tenía por compañera a una serpiente. Esta vivía en una charca y
hacía llover escupiendo al cielo hasta que aparecían las nubes y un arcoiris y
la lluvia caía sobre los campos.
Aquella frase,
una vez traducida, hizo que los anulas iniciaran un frenesí de comentarios aun
más agitado que antes, sin que por un momento cesaran de llevarse los dedos a
la frente.
- Dicen -
tradujo McCubby - que les enseñe usted un pájaro que se aparee con una
serpiente y le traerán toda el agua que quiera, aunque tengan que trasvasar el
maldito golfo de Carpentaria sobre las manos.
Era una frase
muy deprimente.
- Estoy
totalmente seguro de que un antropólogo de tan reputada fama como Frazer no
mentiría nunca sobre las creencias tribales de esta gente.
- Si tiene
algún parentesco con el Frazer que conocí hace mucho tiempo, el viejo
«Chaquetas» Frazer, le diré que éste mentía hasta en cuál era su mano derecha y
cuál su izquierda.
- Bueno -
repuse, insaciable -. He recorrido dieciocho mil kilómetros para repudiar esa
costumbre y no me voy a rendir. Bueno, dile a Yartatgurk que acabe con esos
gemidos y sigamos adelante.
McCubby se las
ingenió para convencer a Yartatgurk, mediante un gran pedazo del chocolate, de
que la ceremonia - asunto estúpido desde su ignorante punto de vista -, no iba
a hacerle daño alguno. Los tres fuimos primero a comprobar cómo estaba la
charca y la encontramos gratamente llena de una repulsiva agua marrón y de una
profundidad y anchura suficiente incluso para sumergir nuestro camión. A partir
de ahí, nos internamos en la interminable sabana.
- En primer
lugar - dije - necesitamos una serpiente. Una serpiente viva.
McCubby se mesó
las barbas.
- Va a resultar
complicado, reverendo. Los aborígenes se han comido la mayoría de las
serpientes de sus territorios de caza. Además, ellos las cazan desde una
cautelosa distancia, mediante el boomerang o una lanza. De las serpientes que
hay en la tierra de Nunca Jamás, no quisiera encontrarme ninguna viva.
- ¿Y eso?
- Bueno, pues
te puedes encontrar la serpiente tigre y la víbora de la muerte, cuyo veneno se
ha demostrado que es veinte veces más poderoso que el de la maldita cobra.
Luego está la taipán, que una vez vi morder a un caballo y matarlo en menos de
cinco minutos. Luego están...
Se interrumpió
para agarrar a Yartatgurk, que estaba tratando de escabullirse otra vez.
McCubby señaló la pradera y envió al negro hacia el horizonte con instrucciones
muy detalladas. Yartatgurk se marchó cojeando, mirando nerviosamente alrededor
y dándole lametones escandalosos a su pedazo de chocolate. McCubby no parecía muy
contento mientras seguíamos a distancia al nativo.
- Me gustaría
que fuera ese jodido Frazer el que caminara delante de nosotros en esta
expedición - murmuró lleno de disgusto.
- ¡Oh, vamos! -
le dije para animarle -. Seguro que debe haber alguna variedad de serpiente no
venenosa que sirva a nuestros propósitos
- No habrá
ninguna que nos vaya bien si antes nos encontramos con una de las otras - dijo
McCubby.
Hubo una súbita
conmoción frente a nosotros, en el lugar donde habíamos visto por última vez a
Yartatgurk avanzar con cautela, encorvado, entre los montículos de hierba.
- ¡Tiene una! -
grité, al ver surgir de entre la hierba al negro y escuchar su grito
estrangulado.
Su silueta
quedaba marcada contra el cielo y se vio que luchaba trabajosamente con algo
enorme cuya cola le golpeaba, algo que era un temible asomo de cómo era el
animal en realidad.
- ¡Que el
diablo me lleve! - suspiró McCubby con un deje de sorpresa y temor -. Nunca
había visto una pitón de Queensland tan al oeste...
- ¡Una pitón!
- Así es -
repuso, admirado de verdad -. Si es un macho puede llegar a los siete metros.
Eché una mirada
a la escena espeluznante que tenía lugar ante nosotros, y que parecía una
reproducción de Laoconte. Yartatgurk casi resultaba invisible entre los anillos
que le presionaban, pero se le podía oír con toda claridad. Por un momento me
pregunté si no habríamos ido más allá de nuestras posibilidades, pero alejé
fríamente aquel asomo de incertidumbre. Era evidente que el buen Señor seguía
fielmente el guión de Frazer.
- Yartatgurk
pregunta - dijo tranquilamente McCubby - que a qué estamos esperando.
- ¿Crees que
romperemos el hechizo si le echamos una mano?
- Lo que se
romperá será el negro como no se la prestamos. Mire allí.
- ¡Dios tenga
piedad de nosotros! ¡Está escupiendo sangre!
- No es sangre.
Si se hubiera comido usted cien gramos de chocolate purgante y luego se viera
abrazado por una pitón, también lo escupiría.
Nos adelantamos
hasta el lugar donde se desarrollaba la pelea y por fin logramos que la
criatura aflojara su abrazo mortal. Nos costó la fuerza de los tres abrir los
anillos y procurar que no volvieran a cerrarse. Yartatgurk se había puesto casi
tan pálido como yo, pero se colgó valientemente de la cola de la pitón que lo
movía y zarandeaba, a veces muy por encima del suelo, mientras McCubby, en la
parte de la cabeza, y yo agarrado a su parte central, parecida a un tonel, la
transportábamos hacia la charca.
Cuando llegamos
allí, los tres habíamos sido lanzados al aire en alguna ocasión y habíamos
caído y tropezado innumerables veces.
- Y ahora -
dije entre las convulsiones de la serpiente - tiene que mantenerla debajo
del... ¡uf!... debajo del agua...
- No creo -
dijo McCubby a mi izquierda - que le guste mucho - prosiguió, esta vez desde
detrás de mí -. Cuando grite ¡ya! - dijo, ahora a mi derecha - la soltamos
todos a la vez. - Esta vez su voz me llegaba de arriba -. ¡Buenooo...! ¡Ya!
A la voz de
McCubby, éste y yo balanceamos las partes de la pitón que teníamos asidas sobre
el agua y las soltamos. La serpiente cayó con el desdichado Yartatgurk, que
agitaba desesperadamente los brazos, y ambos desaparecieron con un ruido sordo.
Al instante la
charca se transformó en un hirviente caldo marrón.
- Las pitones -
dijo McCubby cuando recuperó el aliento - odian el agua más aun que los gatos.
En aquel
momento advertí que la tribu anula entera se había aproximado y formaba un
racimo en el otro lado de la presa, y seguían con gran atención la función, con
los ojos abiertos como platos.
- Si me lo
preguntara - me dijo al cabo de un momento, ya más descansado - me resultaría
difícil decidir quién mantiene a quién debajo del agua.
- Supongo que
ya ha habido suficiente - decidí.
Nos metimos
hasta la cintura en la charca y, tras unos cuantos golpes, nos las ingeniamos para
asir los escamosos anillos del reptil y volver a situarlo en la orilla.
Yartatgurk, según comprobamos con complacencia, saltó también, comprimido en
uno de los anillos de la cola de la pitón.
En un punto de
la obra que habíamos construido, la presa hecha a mano se derrumbó. El barro de
que estaba compuesta se había erosionado gradualmente por la presión de las
aguas durante la noche y la mañana. La agitación producida por la serpiente
había desmontado la ya de por sí débil estructura y toda el agua recogida se
fue con un rugido. Aquello resultaría muy positivo para los sedientos
bingbingas de más abajo, reflexioné, en el caso de que no se ahogasen con la
primera oleada del agua.
La prolongada
inmersión había debilitado las fuerzas del animal, aunque no gran cosa. McCubby
y yo nos llevamos unos cuantos morados y contusiones durante esa parte de la
lucha, mientras intentábamos inmovilizar la parte de la cabeza de aquella cosa.
Yartatgurk no nos servía de gran ayuda, pues estaba ya totalmente sin fuerzas y,
con el movimiento ondeante de la cola de la pitón, era golpeado como una
cachiporra contra los árboles de los alrededores y contra el suelo.
- Es hora de
que nuestro amigo la mate - le grité a McCubby.
Este escuchó lo
que Yartatgurk le murmuraba de un modo casi inaudible y finalmente me informó:
- Dice que nada
le causaría un placer mayor.
Nuestra
fantástica batalla duró todavía un buen rato, hasta que se hizo evidente que
nuestro amigo aborigen no estaría en condiciones de acabar con la bestia en
bastante tiempo, y llamé a McCubby para preguntar qué hacer a continuación.
- Yo la
agarraré lo mejor que pueda - respondió, entre maldiciones y gruñidos -. Vaya a
buscar mi macuto y coja la pistola. Luego dispárele a esa maldita cosa..
Le obedecí,
pero con recelo. Tenía miedo de que los dos blancos que estábamos en el asunto
estuviéramos interviniendo demasiado en aquella ceremonia - quizá confiados
inconscientemente en nuestra superioridad - y que arruináramos lo que de
significación mística tuviera para los nativos.
Volví a la
carrera con la pistola sostenida con ambas manos. La pitón parecía haberse
recuperado del mal rato que pasara en el agua y hacía ahora esfuerzos más
enérgicos que nunca, hasta llegar a alzar al mismo tiempo por los aires a los
dos hombres que la sujetaban. Con toda aquella confusión, y debido también a mi
propia excitación, así como al nerviosismo y la impericia en el uso del arma,
realicé un disparo sin ton ni son y le di en pleno pie a Yartatgurk.
Este no se
quejó en voz alta (aunque creo que lo hubiese hecho, de haber podido) pero sus
ojos eran todo elocuencia. Sentí que estaba a punto de llorar al ver la
expresión helada de decepción con que me miró. Era algo aleccionador
contemplarlo, pero supongo que incluso el líder espiritual con mayor
inspiración divina debe haberse encontrado con algo así a lo largo de su
carrera. Nadie es perfecto.
Mientras tanto,
McCubby se había apartado del lío formado por hombres y bestia. Me arrebató la
pistola y vació el cargador en la terrible cabeza del animal. Luego estuvimos
un largo rato apoyados el uno en el otro, jadeantes, mientras la serpiente y el
negro yacían en el suelo, uno al lado del otro, ambos sumidos en fuertes
convulsiones.
La herida de
Yartatgurk, tengo que decirlo, no era muy seria. En realidad, había sufrido más
por su permanencia bajo el agua que a causa del disparo. McCubby tomó sus
fláccidos brazos y los movió arriba y abajo, lo que le hizo devolver una
cantidad realmente asombrosa de agua, barro, semillas y restos vegetales,
mientras yo me dedicaba a envolverle el agujero del pie con un fragmento de mis
propias vendas.
El calibre
veintidós dispara, al parecer, unas balas increíblemente pequeñas, y la que nos
ocupaba había atravesado limpiamente el pie del indígena sin siquiera dañar un
tendón. Como el plomo no había quedado dentro y sangraba limpiamente, no
parecía haber mucho de lo que quejarse, aunque cuando recobró la conciencia
comenzó a vociferar como un condenado.
Decidí dejar
disfrutar al muchacho de un corto descanso y de la condolencia de sus
cloqueantes compañeros de tribu. Además, en aquel momento yo estaba tan metido
en la ceremonia que supuse que el hecho de que éstos intervinieran un poco más
no haría daño alguno. Por ello fui yo mismo a realizar el paso siguiente del
ritual: construir una «imitación del arcoiris» con hierbas y colocarla sobre la
difunta serpiente.
Tras un rato
considerable de infructuosos esfuerzos en aquel proyecto, regresé y le dije
desesperadamente a McCubby:
- Cada vez que
trato de liar las hierbas para hacer un arco, se me desmenuzan hasta hacerse
polvo.
- ¿Y qué coño
esperaba - me repuso agriamente - si lleva más de ocho meses sin llover?
Aquella era
otra evidencia, como la de las charcas secas, que no podía conciliar con el
relato de Frazer. Si la hierba aquella estaba lo bastante seca como para
justificar la ceremonia de la invocación de la lluvia, también estaba tan seca
que resultaba imposible doblarla.
Entonces tuve
una inspiración y fui a mirar el limo de la charca donde habíamos instalado la
presa. Como esperaba, había allí unas cuantas hierbas que habían crecido
dispersas, y que estaban magníficamente cargadas de agua por haber pasado toda
una noche sumergidas. Recogí todas las que pude y las até en un arcoiris
utilizando los cordones de las botas. Coloqué después aquel objeto cuya forma
recordaba la herradura de un caballo alrededor del cuello de la serpiente,
dispuesto de un modo tan airoso que parecía la herradura de un caballo de
carreras en el círculo de ganadores.
Sintiéndome muy
satisfecho de mí mismo, me volví hacia McCubby. Este, como el resto de los
anulas, contemplaba a Yartatgurk con simpatía mientras el aborigen relataba,
imagino, toda la historia de su herida a partir del día en que nació.
- Ahora dile
que todo lo que ha de hacer es cantar - le indiqué por primera vez, McCubby
pareció resistirse a seguir mis instrucciones. Tras dedicarme una larga mirada,
se cruzó las manos a la espalda. Luego, dejó vagar su mirada por la orilla de
la charca rezongando para sí. Por último se encogió de hombros, emitió una
especie de risa entrecortada y se arrodilló junto al excitado y harto
Yartatgurk, interrumpiendo su discurso.
Mientras
McCubby le explicaba el próximo y definitivo paso, la cara de Yartatgurk fue
asumiendo gradualmente la expresión de un caballo malherido al que se le
pidiera que se diese a sí mismo el coup de grace. Tras lo que me pareció un
diálogo innecesariamente largo entre los dos, McCubby dijo:
- Yartatgurk le
ruega que le excuse, reverendo. Dice que estos últimos días le han dado mucho
en que pensar. Primero tuvo que meditar en la naturaleza de esas lentejuelas
que usted le dio; luego tuvo que tragar que los bingbingas le quemaran la
barba, que le había costado tres años cultivar para desaparecerle ahora en un
abrir y cerrar de ojos; luego ha sido medio reducido a pulpa, tres cuartos
ahogado y nueve décimos vapuleado hasta morir, sin hablar del agujero del pie.
Dice que su pobre y primitivo cerebro negro está tan lleno de materias en que
pensar que se le ha olvidado la letra de todas las canciones.
- No hace falta
que le ponga letra, cualquier melodía un poco animada servirá, si la canta
mirando hacia el cielo y de forma correcta y respetuosa.
Se produjo un
corto silencio.
- En este
desierto - repuso McCubby, conteniendo el aliento - hay un ser humano cada
quince kilómetros cuadrados, y tenía que ser precisamente usted el que me
tocara a mí.
- McCubby - le
expliqué con tono paciente -, ésta es la parte más importante de todo el
ritual.
- Bueno. Ahí va
mi último chocolate.
Le entregó la
tableta al aborigen y se lanzó a una larga y convincente argumentación. Por
fin, con un extraño brillo rojizo en los ojos, se volvió hacia mí y se entregó
a un extraño y clamoroso cántico, de un modo tan súbito que sobresaltó a todos
los presentes. Los demás nativos parecían ligeramente inquietos y empezaron a
retirarse hacia el campamento.
- ¡Hostia! Está
usted escuchando algo que pocos blancos han oído alguna vez - dijo McCubby -.
Es el antiquísimo canto de la muerte de los anula.
- ¡Tonterías! -
repliqué -. No va a morir ni mucho menos.
- ¡No, él no!
¡Usted!
Moví la cabeza
en señal de desaprobación y continué:
- No tengo
tiempo para bromas. Debo ponerme a trabajar en el sermón que predicaré cuando
todo esto haya concluido.
Se dará usted
cuenta, deán Dismey, que me había impuesto una considerable tarea. Debía tener
dos versiones preparadas, según tuviera éxito o no la ceremonia. Sin embargo,
los sermones tenían ciertos puntos en común; por ejemplo, en ambos me refería a
la oración como a «un talonario de cheques en el banco de Dios». Esto, desde
luego, planteaba el problema de explicar qué es un talonario en términos
comprensibles para un aborigen del Outback.
Mientras
trabajaba en la soledad de mi tienda, no dejé de prestar oídos al cántico de
Yartatgurk. Conforme avanzaba la noche, empezó a enronquecer. Y en varias
ocasiones pareció estar a punto de abandonar. En cada una de estas ocasiones,
dejaba mi pluma a un lado y bajaba hasta el otro lado de la charca a animarle
por señas a que siguiera. Y en cada una de ellas también, esta indicación de mi
continuado interés no dejó de inspirarle y prestarle fuerzas para continuar su
canto.
El resto de los
anula permanecía sin dar señales de indigestión, fatiga u otras molestias.
Agradecí al Cielo que ningún clamor extraño interrumpiera mi concentración en
los sermones y así se lo hice notar a McCubby:
- Los nativos
parecen tranquilos esta noche.
- No es cosa de
cada día que esos pobres diablos llenen su estómago de buena carne de pitón.
- ¡¿Se han
comido la serpiente ceremonial?! - exclamé.
- No importa -
repuso para consolarme - aún está el esqueleto entero bajo su arquito de
hierbas.
«Bueno», pensé,
«a estas alturas ya no hay nada que hacer». Y, como McCubby indicaba, el
esqueleto debería ser un símbolo tan potente como el cadáver entero.
Bastante
después de medianoche, justo cuando acababa mis notas para el servicio
religioso del día siguiente, se presentó una delegación de los ancianos de la
tribu.
- Dicen que le
quedarían muy agradecidos, reverendo, si se diera prisa en morir, como está
mandado, o si no que calme a Yartatgurk de alguna manera. No pueden pegar ojo
con tanto aullido.
- Dígales -
repliqué, con un gesto magistral de la mano - que todo terminará muy pronto.
No supe cuánta
verdad encerraban mis palabras hasta que, pocas horas más tarde, me vi
bruscamente despertado por mi tienda, que se plegaba como un paraguas - fuac -
y desaparecía en la oscuridad.
En el mismo
instante, y con la misma brusquedad, la oscuridad fue eliminada por la más
brillante, culebreante, chispeante y crepitante cascada de relámpagos que jamás
esperé ver. A continuación volvió una oscuridad aún más densa, inundada por el
acre olor del ozono y un rugir de truenos que parecía sacudir como una sábana
todo el Nunca Jamás.
Cuando pude oír
de nuevo, distinguí la voz de McCubby que surgía de la oscuridad con una nota
de horror.
- ¡Así me
vuelva ciego!
Eso me pareció
lo más probable. Iba a reconvenirle para que moderase su impiedad cuando un
segundo cataclismo cósmico, aún más impresionante que el primero, atravesó la
reverberante cúpula celestial.
No había
logrado recobrarme de la impresión cuando un viento huracanado me cogió por la
espalda y me envió rodando por los suelos. Fui rebotando dolorosamente por
eucaliptos, acacias y otros obstáculos inidentificables hasta que tropecé con
otro cuerpo humano. Aunque nos agarramos el uno al otro, seguimos viajando
hasta que el viento amainó unos instantes.
Por una
maravillosa fortuna, mi compañero resultó ser McCubby, aunque debo decir que él
no pareció ver la fortuna de aquel encuentro por ningún lado.
- ¿Pero qué
coño ha hecho usted? - preguntó estremeciéndose.
- ¿Qué ha hecho
el Señor? - le corregí yo.
Aquello
provocaría una reacción inolvidable entre los anulas cuando les explicara que
todo lo que sucedía no era obra realmente del pájaro-dolar.
- Ahora - no
pude evitar la exclamación - ¡si tan sólo cayera algo de lluvia!
Aún no había
acabado de pronunciar estas palabras cuando McCubby y yo nos vimos otra vez
aplastados contra el suelo. La lluvia caía como la bota de Dios. Me aplastaba
sin piedad contra el suelo, hasta casi impedirme respirar. Eso, pensé en mi
agonía, era más de lo que había pedido. Tras un lapso de tiempo incalculable,
logré acercar mis labios a la oreja de McCubby y gritar con la suficiente
fuerza para que me oyera:
- ¡Tenemos que
encontrar las notas para mi sermón antes de que la lluvia las arruine!
- Sus malditas
notas deben estar en Fiji, a estas horas - me respondió también a gritar - Y
ahí es adonde iremos a parar también si no nos damos el piro cagando leches.
Traté de argüir
que no podíamos dejar a los anulas ahora, cuando todo iba tan bien y cuando se
me presentaba una ocasión tan providencial de lograr la espléndida conversión
de la tribu en pleno.
- ¿Es que no se
lo puede meter en su estúpida cabezota? - gritó -. ¡Es el Cockeye Bob! Llega
anticipado y con más furia que jamás lo he visto. Toda esta región quedará
inundada, y nosotros con ella, a no ser que el viento nos arrastre mil
kilómetros o nos destroce en la espesura.
- Pero toda mi
misión habrá sido en vano - contesté entre el rugir de la tormenta - y los
pobres anulas quedarán privados de...
- ¡A la mierda
esos malditos bastardos negros! - aulló. Luego continuó -: Hace ya horas que se
han marchado. Debemos alcanzar el camión, si es que no ha volado, y llegar a
las tierras altas en la zona de la estación experimental.
Siempre
agarrados, conseguimos a duras penas abrimos camino a través de lo que parecía
una sólida masa de agua. Los rayos y los truenos se producían simultáneamente,
cegándonos y ensordeciéndonos en el mismo momento. Ramas desgajadas, matorrales
arrancados, y árboles de tamaño cada vez mayor cruzaban el cielo de Nunca Jamás
como oscuros meteoritos. Pasamos rozando uno de los misiles más extraños: el
esqueleto de la pitón de Yartatgurk, misteriosamente aerotransportado, adornado
aún con su elegante collar de hierba.
Me pareció
extraño no encontrar a ninguno de los negros. Lo que sí encontramos por fin fue
el camión, que trepidaba sobre sus ballestas y gemía en cada uno de sus
remaches como pidiendo auxilio. El agua transportada por el viento azotaba el
lado que quedaba a la intemperie y formaba una nube sobre el techo como el
rocío que desplazan los huracanes marinos. En realidad creo que sólo el peso
muerto de las lentejuelas que quedaban, y que llenaban todavía tres cuartas
partes del remolque, hizo que el camión no volcara.
McCubby y yo
alcanzamos a duras penas la puerta más resguardada y la abrimos, en cuyo
momento el viento casi la arrancó de sus goznes al batir sobre ella. El
interior de la cabina no estaba más tranquilo que fuera, con el rumor terrible
y enloquecedor del trueno y la lluvia mordiendo prácticamente la carrocería,
pero el aire más tranquilo hacía más fácil respirar.
Cuando dejó de
jadear, McCubby se escurrió el agua de las patillas, que formó otro chaparrón
de menor entidad, y puso finalmente en marcha el motor.
- No podemos
abandonar así a los anulas - dije -. ¿No podríamos desprendemos de las
lentejuelas y cargar en el remolque a las mujeres y a los pequeños?
- Ya le dije
que hace horas que todos ellos se dieron el piro.
- ¿Eso quiere
decir que se han marchado?
- En cuanto
usted se metió en la tienda. Y ya estaban bien apartados de las tierras bajas
para cuando llegó el Cockeye Bob.
- Mmm - repuse,
un tanto herido -. Es algo muy desagradado por su parte eso de desertar de su
consejero espiritual sin avisarle.
- Reverendo, le
aseguro que le están agradecidos - se apresuró a afirmar McCubby -. Por eso se
marcharon sin hacerle nada; usted les ha hecho ricos. Dios mío, si ahora tienen
una fortuna. Han tomado el camino a Darwin, donde venderán la piel de esa
serpiente a una fábrica de calzado.
Yo sólo pude
susurrar:
- Los caminos
del Señor son inescrutables...
- Al menos,
esas fueron las razones que me dieron - continuó McCubby mientras el camión
empezaba a avanzar -. Pero ahora sospecho que olfatearon la tempestad que se
acercaba y desparecieron a toda prisa, como hacen los animales cuando se
aproxima un incendio.
- ¿Sin
avisarnos?
- Bueno, verá: Yartatgurk
había invocado al diablo para que se lo llevase a usted con aquella canción de
muerte.
Al cabo de un
instante prosiguió en tono cavernoso.
- Y no
comprendí que ese maldito tipo me estaba jodiendo a mí también.
Tras esto,
dirigió el camión hacia la estación experimental. Ni los limpiaparabrisas ni
los faros nos servían de nada. No había carreteras, y el ligero rastro que
habíamos seguido al venir estaba ahora totalmente perdido. El aire estaba lleno
todavía de escombros. El camión experimentaba de vez en cuando fuertes
sacudidas cuando a consecuencia del viento huracanado chocaba con un eucalipto,
o con un pedazo de roca, o con un canguro. Fue un verdadero milagro que no nos
entrara nada por el parabrisas.
Poco a poco el
terreno fue elevándose a medida que avanzábamos por las suaves pendientes de
una meseta. Cuando llegamos a la máxima altura nos dimos cuenta de que
estábamos a salvo de las aguas, y cuando enfilamos la bajada por el otro lado
pudimos advertir que la extrema violencia del viento y la lluvia disminuía
ligeramente, al encontrarnos protegidos por la meseta que nos servía de
pantalla.
Cuando fue
quedando atrás el estrépito, rompí el silencio para preguntarle a McCubby qué
iba a ser de los anulas a partir de entonces. Aventuré que tenía la esperanza
de que gastaran su recién hallada riqueza en herramientas y aparatos que
mejoraran su nivel de vida.
- Quizá
construir una iglesia rústica - musité -, y apuntarse a un circuito de
predicadores...
McCubby soltó
un juramento.
- Para ellos la
riqueza es poseer un par de pavos, que es todo lo que les van a dar por esa
piel. Y se lo gastarán todo en una gran farra. Se comprarán unas cuantas
botellas del matarratas más barato que encuentren y estarán borrachos una
semana entera. Lo más probable es que se despierten sobrios en el calabozo
entre unos cuantos chorizos.
Aquello era de
lo más descorazonador. Parecía que no había cumplido nada de lo que viniera a
hacer allí, y así lo dije.
- Bueno, tenga
por seguro que nunca le olvidarán, reverendo - dijo McCubby con los dientes
apretados -. Ni tampoco lo harán todos los demás tipos de este territorio a los
que ha cogido con los pantalones bajados. Ha traído usted la estación húmeda
con dos meses de adelanto, y ha surgido como una venganza. Es probable que haya
ahogado todas las ovejas del Nunca Jamás, que haya barrido la línea permanente
del ferrocarril, arruinado a los cosecheros, hecho evacuar a los que cultivan
cacahuetes y a los de las plantaciones de algodón...
- Por favor -
supliqué -. No siga...
Hubo otro
silencio largo y lóbrego. Entonces McCubby sintió lástima por mí. Y realmente
me elevó el ánimo, al tiempo que daba razón de ser a mi misión, con una especie
de palabras de consuelo un tanto indirectas:
- Si vino usted
aquí - dijo - con la idea primordial de apartar a los binguis de la costumbre
de conjurar a los diablos paganos para que hagan llover, le aseguro que puede
apostar la mejor Biblia que tenga a que nunca más volverán a hacerlo.
Y con esa nota
cargada de optimismo podré ya llevar la historia hacia su feroz conclusión.
Varios días
después, McCubby y yo llegamos a Brunette Downs. Transportó la carga de
lentejuelas a una caravana de Land Rovers y puso rumbo otra vez al Outback. No
dudo de que desde entonces se habrá convertido en un auténtico multimillonario
a base de acaparar el mercado de pieles de dingo. Yo pude contratar a otro
conductor y entre ambos devolvimos a Sydney los camiones que había alquilado.
Cuando regresé
a la ciudad, no tenía ni un penique y en cambio presentaba una apariencia pintoresca
y escuálida. Me dirigí enseguida, antes de nada, a la Unión de Angloparlantes a
buscar al obispo Shagnasty. Tenía la intención de hacer una solicitud para
algún empleo de poca importancia en la organización eclesial de Sydney y pedir
un pequeño adelanto. Sin embargo, en el momento en que encontré al obispo
Shagnasty, quedó absolutamente claro que no estaba de un humor muy caritativo.
- No hago otra
cosa que recibir estas cartas tan apremiantes de las autoridades portuarias de
Sydney - me dijo malhumorado -. Hay allí una consignación de carga a su nombre.
No puedo retirarla, ni siquiera enterarme de qué se trata, pero no dejan de
enviarme unas facturas fantásticas en concepto de almacenamiento.
Iba a decir que
yo estaba tan a oscuras en aquel asunto como podía estarlo él, pero el obispo
no me dejó hablar.
- No le
recomendaría que se quedase por aquí, Mobey. El mayor Mashworm vendrá de un
momento a otro y va tras usted. De momento ya me ha estado pegando la paliza a
mí.
- Yo también
tengo algo pendiente con él - no pude reprimir.
- No dejan de
llegarle cartas de reconvención del Comisario encargado del territorio del
Norte en las que se le pregunta a santo de qué autorizó la presencia de usted
entre los aborígenes, a los que ha corrompido. Parece que toda una tribu bajó
en masa a Darwin, se emborrachó totalmente y destrozó media ciudad antes de que
pudiesen reducirla. Cuando se recuperaron y estuvieron lo bastante sobrios para
explicarse, dijeron que un nuevo Hermano - sin duda se referían a usted - les
había proporcionado el dinero para la juerga.
Intenté musitar
una explicación, pero el obispo siguió hablando sin darme una oportunidad.
- Y aún hay
más. Uno de los negros dijo que el Hermano le había disparado y herido en un
pie. Otros contaron que el misionero había provocado una guerra entre tribus.
Otros más afirmaron que había bailado desnudo ante ellos y que les había dado
alimentos envenenados, aunque esto último no ha quedado muy claro.
Traté de
intervenir, pero una vez más me resultó imposible.
- No sé
exactamente qué es lo que hizo usted, Mobey, y para ser franco no me importa en
absoluto. Sin embargo, me sentiría eternamente agradecido de escuchar de sus
labios una cosa.
- ¿Cuál,
reverendísima? - pregunté, con voz ronca. Alzó la mano y dijo:
- Adiós.
Al no tener
mucho más que hacer, me llegué a los almacenes de Woolloomoolloo para preguntar
por el misterioso cargamento. Resultó haber sido enviado por el querido y
añorado Gabinete Mundial de Misiones del SoPrim, y consistía en un carrito
eléctrico para golf de dos asientos marca Westinghouse, siete gruesas de
pantallas para lámparas Lightolier, con un total de 1.008 pantallas, y varios
cartones de rapé Old Crone.
En aquellos
momentos estaba demasiado paralizado y descorazonado para evidenciar sorpresa
alguna. Firmé una hoja y me dieron un comprobante. Lo llevé al barrio de los
marinos, la parte baja de la ciudad, donde se me acercaron varios individuos de
aspecto sospechoso. Uno de ellos, jefe de un transporte marino ocupado en
introducir lujos capitalistas para los subdesarrollados comunistas de la China
roja, me compró todo el cargamento, sin siquiera mirarlo. No me cupo duda
alguna de que resulté timado en aquella transacción, pero me sentía satisfecho
con sólo poder pagar las tasas de almacenamiento acumuladas, y me quedó lo
suficiente para comprarme un pasaje de tercera clase en el primer mercante que
salía para los queridos Estados Unidos.
La única escala
que realicé en este país fue Nueva York, así que ahí fue donde desembarqué,
apenas hace unas noches. De ahí el sello de la presente carta, ya que todavía
estoy en esta ciudad. Cuando llegué estaba nuevamente sin un centavo, pero se
dio la afortunada coincidencia de que visité el Museo de Historia Natural de la
ciudad (sólo porque la entrada es gratuita) precisamente cuando preparaban una
nueva sala de aborígenes en el ala del museo dedicada a Australia. Cuando
mencioné mi reciente estancia entre los anulas, fui contratado de inmediato
como consejero técnico.
El sueldo era
modesto, pero me las he ingeniado para ahorrar un poco con la esperanza de
volver pronto a Virginia y al querido y añorado Southern Primitive para
descubrir cuál ha de ser mi siguiente misión. Sin embargo, en los últimos días
he descubierto que hay una misión que me llama precisamente aquí.
El artista que
pintaba el telón de fondo de la sala aborigen, resultó ser un tipo italiano; se
hace llamar Daddio y me ha introducido en lo que llama su «grupo in», que son
los habitantes de una barriada en los mismos confines de la ciudad de Nueva
York. Me llevó a una especie de celda, sucia y llena de humo (su «guarida»),
que estaba llena de gente de ese tipo, barbudos, malolientes y apenas capaces
de hablar, y yo me sentí casi transportado a los aborígenes que dejara en
Australia. Daddio me dio un codazo y me susurró:
- Venga, dilo.
En voz alta, y tal como te he enseñado, tío.
Así pues, me
puse a declamar ante toda la concurrencia la introducción tan peculiar que me
había hecho aprender de memoria antes de llegar al antro:
- Soy Crispin
Mobey, hermano misionero. Acabo de ser circuncidado y he aprendido
pitjantjatjara de un sacerdote que colgó la sotana cuyo nombre es Krapp.
Las personas
que había en la habitación, y que hasta aquel momento habían estado charlando
sin interés entre ellos, se quedaron silenciosos de inmediato. Entonces dijo
uno, con un susurro tímido y reverente:
- Este Mobey
está tan in, que todos nosotros quedamos out...
- Es como si de
repente - respiró otro -, el Aullido no fuese más que un ejercicio literario...
Una muchacha de
cabello lacio se levantó de un cojín y se puso a garabatear en la pared con su
lápiz de labios verde: «Leary no, Larry Welk, sí».
- El Almuerzo
desnudo - dijo otro - es, en comparación, un tentempié de Pascua.
- Tíos -
dijeron varios a la vez -, se nos ha dado un líder.
Ninguna de
estas cosas me dicen más de lo que me decían los murmullos arcanos de McCubby o
de Yartatgurk, pero en este lugar he sido aceptado como nunca lo fui entre los
anulas. En la actualidad siempre esperan con sus barbudos rostros boquiabiertos
a que pronuncie las palabras más trilladas, y atienden con más avidez que
cualquier otra congregación que nunca haya visto mis sermones más recónditos.
(El de la oración que es como un talonario de cheques; lo he recitado en varias
ocasiones en las tabernas de mi nueva tribu, acompañado de música de cuerda
auténticamente tribal.)
Así pues, deán
Dismey, la voluntad divina me ha guiado sin preguntas ni vacilaciones a la
segunda Misión de mi carrera. Cuanto más aprendo de la vida de esos pobres diablos
del barrio y de sus pobres e ilusorios ídolos, más siento la certeza de que,
tarde o temprano, les resultaré de ayuda.
He escrito a
las oficinas centrales del sínodo local de la Iglesia de los Protestantes
Primitivos para que me concedan las credenciales adecuadas. Me he tomado la
libertad de poner el nombre de usted, deán reverendísimo, y el del obispo
Shagnasty, como referencias. Cualquier palabra que su reverendísimo fuera tan
amable de decir en mi favor sería más que apreciada por:
su hijo en
obediencia.
Crispin Mobey
FIN
Edición
elecrónica de Sadrac
Buenos Aires,
Junio de 2001