Dean R. Koontz
Jonathan,
Jessica y yo empujamos a nuestro padre, haciéndole rodar por el comedor y a
través de la coquetona cocina estilo inglés antiguo. Nos costó bastante trabajo
pasarle por la puerta trasera, porque se había puesto muy rígido. Y no me
refiero a su carácter, aunque siempre que le venía en gana había actuado como
un tirano. Ahora estaba rígido, sencillamente, porque el rigor mortis había
endurecido sus músculos. Pero no nos arredramos por ello. Le dimos unas cuantas
patadas hasta que se dobló por el medio y pudimos hacerle pasar por el marco de
la puerta. Luego, lo arrastramos por el porche y los seis escalones de la
entrada hasta dejarlo sobre el césped.
- ¡Pesa una
tonelada! - exclamó Jonathan, resoplando y jadeando mientras se secaba el sudor
que resbalaba por su frente.
- Nada de una
tonelada - dijo Jessica -. En realidad, menos de ochenta kilos.
Somos trillizos
y nos parecemos en un montón de cosas, pero también nos diferenciamos en muchos
pequeños detalles. Jessica, por ejemplo, es la más pragmática de los tres,
mientras que Jonathan tiende siempre a la exageración, a la fantasía... y a
soñar despierto. Yo estoy, en cierto modo, entre los dos extremos. ¿Una especie
de soñador pragmático, tal vez?
- Y ahora, ¿qué
vamos a hacer? - preguntó Jonathan, arrugando la nariz con disgusto y mirando
hacia el cadáver que yacía sobre la hierba.
- Qemarlo - contestó Jessica. Sus labios finos marcaban
una línea roja en la parte inferior de su rostro. Sus cabellos rubios
resplandecían bajo el sol de la mañana. Era un día maravilloso, realmente, y
Jessica lo más bello de aquel día -. Quemarlo completamente.
- ¿No sería
mejor traer aquí a madre también, y quemarlos a los dos juntos? - preguntó
Jonathan -. Nos ahorraría un montón de tiempo.
- Si hacemos
una pira demasiado grande las llamas van a subir muy alto - objetó Jessica -. Y
alguna chispa perdida podría prender fuego a la casa.
- Podemos
elegir entre todas las casas que hay en el mundo - dijo Jonathan extendiendo
los brazos y abarcando con el gesto todo el contorno veraniego y más allá
Massachussets, y detrás de Massachussets, la nación entera... y todo el resto.
Jessica le miró
fijamente, con una mirada penetrante.
- ¿No tengo
razón, Jerry? - preguntó Jonathan volviéndose hacia mí -. ¿No tenemos el mundo
entero para nosotros? Me parece que es una solemne tontería preocuparse de esta
vieja casa.
- Tienes razón
- dije yo.
- A mí me gusta
esta casa - replicó Jessica.
Y porque a ella
le gustaba esta casa precisamente, nos apartamos unos cinco o seis metros del
cadáver, que yacía allí, espatarrado, nos quedamos mirándolo, invocamos el
fuego con el pensamiento y padre comenzó a arder en el mismo instante. Las
llamas brotaron solas y envolvieron su cuerpo en un sudario rojo-anaranjado.
Siguió ardiendo bien, se ennegreció, reventó, sus gases se escaparon en siseos
y por fin quedó reducido a cenizas.
- Pienso que
tendría que sentir tristeza - dijo Jonathan.
Jessica hizo
una mueca.
- Bueno, al fin
y al cabo, era nuestro padre - insistió él.
- Estamos por
encima de los sentimentalismos fáciles - replicó Jessica, volviendo sus ojos
hacia nosotros dos, primero Jonathan y luego yo, para asegurarse de que lo
comprendíamos así -. Somos una raza nueva, con nuevas emociones y nuevas
actitudes.
- Supongo que
tienes razón - dijo Jonathan, pero no parecía muy convencido.
- Vamos ahora
en busca de madre - dijo Jessica.
Aunque sólo
tiene diez años - seis minutos más joven que Jonathan y tres minutos más joven
que yo -, es la que posee más fuerza de carácter. Generalmente se sale con la
suya.
Volvimos a
entrar en la casa y arrastramos a madre.
2
El Gobierno
había asignado a nuestra casa un contingente de nueve hombres de la infantería
de marina y ocho agentes vestidos de paisano.
En teoría, la
misión de estos hombres era la de protegernos y evitar que nos ocurriese nada
malo. Pero la realidad era que estaban allí para vigilamos y evitar que nos
escapásemos. Cuando hubimos acabado con madre, fuimos sacando todos los otros
cuerpos al césped y quemándolos uno tras otro.
Jonathan estaba
exhausto. Se sentó entre dos esqueletos que todavía humeaban y se limpió el
sudor y las cenizas del rostro.
- Tal vez
hayamos cometido una gran equivocación - dijo.
-
¿Equivocación? - exclamó Jessica. Inmediatamente se puso a la defensiva.
- Tal vez no
deberíamos haberlos matado a todos - insistió Jonathan.
Jessica dio una
patada en el suelo. Los bucles rubios de su pelo ondearon al aire.
- ¡Eres un
verdadero idiota, Jonathan! Sabes perfectamente lo que iban a hacernos. Cuando
se dieron cuenta de lo lejos que podía llegar nuestro poder y de lo rápidamente
que íbamos desarrollando nuevas capacidades, comprendieron muy bien el peligro
que suponíamos para ellos. Estaban dispuestos a matarnos.
- Podíamos
haber matado sólo a unos cuantos, como demostración - dijo Jonathan -. ¿Era
necesario acabar con todos?
Jessica dejó
escapar un suspiro.
- Escucha, eran
como hombres del Neanderthal, comparados con nosotros. Somos una nueva raza con
nuevos poderes, nuevas emociones, nuevas actitudes. Somos los niños más
precoces de todos los tiempos; pero ellos disponían de una cierta fuerza bruta,
no lo olvides. No nos quedaba más remedio que actuar rápidamente y sin previo
aviso. Hicimos lo que teníamos que hacer.
Jonathan miró
en tomo, pasando la vista por las manchas negras de hierba quemada.
- Va a ser un
trabajo enorme. Nos ha llevado toda la mañana acabar con estos pocos. No
terminaremos nunca de limpiar el mundo entero.
- Muy pronto
habremos aprendido a levitar los cuerpos - dijo Jessica -. Ya siento un
presagio de este nuevo poder. Quizá incluso aprendamos a teletransportalos de
un sitio a otro. Todo será más fácil entonces. Además no vamos a limpiar el
mundo entero, sino tan sólo aquellas partes del mundo que queramos usar durante
los próximos años. Para entonces, el tiempo y las ratas habrán completado la
tarea.
- Seguramente
tienes razón - admitió Jonathan.
Pero yo estaba
convencido de que tenía muchas dudas al respecto, y compartía con él algunas de
ellas. Era indudable que estábamos más alto en la escala de la evolución de lo
que nadie había estado antes de nosotros. Podemos ver la mente y el porvenir
bastante bien, y somos capaces de multitud de experiencias extracorporales.
También dominamos ese truco del fuego, el poder de transformar la energía del
pensamiento en un verdadero holocausto. Jonathan es capaz de controlar el curso
de los arroyos y pequeños regueros de agua, un truco con el que suele
divertirse mucho cada vez que trato de orinar. Aunque pertenece a la nueva
raza, todavía le gusta jugar como un niño. Jessica puede predecir el tiempo con
gran exactitud. Y yo tengo un poder especial sobre los animales. Los perros
vienen a mí, y lo mismo ocurre con los gatos, los pájaros y con toda clase de
vertebrados. Aparte de esto somos capaces de poner punto final a la vida de
cualquier animal o planta con sólo pensar en su muerte.
Como pensamos
en la muerte de todo el resto de la humanidad.
Quizá, teniendo
en cuenta las teorías de Darwin, estábamos destinados a destruir a todos esos
nuevos neanderthales, una vez que desarrollásemos suficientemente esta
habilidad. Pero no puedo librarme de la duda. Presiento que, de una forma u
otra, nosotros también sufriremos con la destrucción de la vieja raza.
- Eso es un
pensamiento retrógrado - dijo Jessica. Había leído mi mente. Sus talentos
telepáticos son más fuertes y están mejor desarrollados que los de Jonathan y
los míos -. La muerte de estas gentes no significa nada. No podemos sentir
remordimiento. Nosotros somos la raza nueva, con nuevas esperanzas, nuevas
emociones, nuevos sueños y nuevas reglas de conducta.
- Desde luego -
dije yo -. Tienes razón.
3
El miércoles
bajamos a la playa y quemamos los cadáveres de los bañistas muertos. A todos
nosotros nos gusta el mar, y no queremos quedarnos sin un buen espacio abierto
de arena no contaminada. Los cuerpos putrefactos ensucian mucho la playa.
Cuando hubimos
terminado nuestra tarea, Jonathan y yo estábamos muy cansados. Pero ella quería
hacer el amor.
- Los niños de
nuestra edad no somos capaces de hacer eso - objetó Jonathan.
- Pues claro
que somos capaces - contestó Jessica -. Perfectamente capaces. Y yo tengo
ganas. Ahora.
De modo que
hicimos el amor. Primero Jonathan. Luego yo. Ella quería más, pero ninguno de
nosotros dos podíamos con un segundo round.
Jessica se
tumbó sobre la arena, desnuda, y su cuerpo, aún sin formas definidas,
resplandecía blanco sobre la arena.
- Esperaremos
un poco - dijo.
- ¿Esperar a
qué? - preguntó Jonathan.
- A que los dos
estéis listos de nuevo.
4
Cuatro semanas
después del fin del mundo, Jonathan y yo estábamos solos en la playa,
tostándonos al sol. Jonathan permaneció en silencio durante un buen rato, como
si tuviese miedo de hablar. Por fin dijo:
- ¿Crees que es
normal que una chica de diez años sea tan insaciable?
- No es
insaciable - repliqué yo.
- Pues no nos
deja en paz ni a ti ni a mí.
- Lo que pasa
es que tiene un gran apetito.
- Es más que
eso.
Jonathan tenía
razón. Yo sentía lo mismo que él. Jessica tenía la misma obsesión por el coito
que un alcohólico tiene por la botella, aunque rara vez parecía gozar con
ello...
5
Dos meses
después del fin del mundo y la quema de nuestros padres, cuando tanto Jonathan
como yo empezábamos a hartarnos de la casa Y queríamos escapar lejos, en busca
de lugares más exóticos, Jessica nos dio la gran noticia:
- No podemos
irnos aún - dijo. Su voz denotaba una gran excitación -. No podremos irnos en
varios meses. Estoy embarazada.
6
Nos dimos
cuenta de aquella cuarta conciencia entre nosotros cuando Jessica estaba en el
quinto mes de su embarazo. Nos despertamos todos en mitad de la noche, bañados
en sudor y sintiendo náuseas, al percibir claramente la presencia de aquel
nuevo ser.
- Es el bebé -
dijo Jonathan -. Un niño.
- Sí - respondí
yo, parpadeando ante el impacto de la novedad -. Y aunque está todavía dentro
de ti, Jessica, tiene conciencia. Aún no ha nacido, pero es ya totalmente
consciente.
Jessica se
retorció de dolor y gimió desconsoladamente.
7
- El bebé será
nuestro igual, no nuestro superior - insistía Jessica -. Y no quiero oír más
esas tonterías que dices, Jonathan.
Era todavía una
niña y sin embargo estaba hinchada con nuestro hijo. Cada día que pasaba su
aspecto era más grotesco.
- ¿Cómo puedes
saber que no es superior a nosotros? - le preguntó Jonathan -. Ninguno de
nosotros puede leer su mente. Ninguno de nosotros puede...
- Las nuevas
especies no evolucionan tan de prisa - dijo ella.
- ¿Y qué dices
de nosotros?
- El viene de
nosotros - contestó Jessica. Por lo visto pensaba que esta verdad denegaba la
hipótesis de Jonathan.
- Nosotros
vinimos de nuestros padres. Y ¿dónde están ellos ahora? - replicó Jonathan -.
Escucha, imagina que nosotros no somos la nueva raza. Imagina que somos sólo un
paso intermedio, muy breve, como el estado de crisálida entre el gusano y la
mariposa. Quizá el bebé será...
- No tenemos
nada que temer del bebé - insistió ella, acariciándose el vientre con las dos
manos -. Aunque sea cierto lo que tú dices, nos necesitará. Para la
reproducción.
- Te necesitará
a ti - dijo Jonathan -. Pero no a nosotros.
Yo permanecía
allí sentado, escuchando la discusión y sin saber qué pensar. Realmente me
resultaba un tanto divertido, pero al mismo tiempo me asustaba un poco. Traté
de hacerles ver el lado cómico del asunto:
- Tal vez no lo
hemos entendido bien. Quizá el bebé representa el Segundo Advenimiento.
Ninguno de
ellos lo encontró gracioso.
- Nosotros
estamos por encima de todas esas supersticiones - dijo Jessica -. Somos la
nueva raza, con nuevas emociones, nuevos sueños, nuevas esperanzas y nuevas normas
de conducta.
- Se trata de
una verdadera amenaza, Jerry - dijo Jonathan -. No es para tomarlo a broma.
Y de nuevo se
pusieron a discutir, gritándose el uno al otro. Lo mismo que solían hacer madre
y padre cuando se presentaban problemas en el presupuesto de la casa. Hay cosas
que no cambian nunca.
El bebé nos
despertaba muchas veces durante la noche, como si gozara en interrumpir nuestro
sueño y tenernos inquietos. Durante el séptimo mes del embarazo y cerca ya del
alba, nos despertamos todos sobresaltados ante el trueno de energía de
pensamiento que brotó del nuevo ser, todavía enclaustrado en el vientre de
Jessica.
- Creo que
estaba equivocado - dijo Jonathan.
- ¿En qué? - le
pregunté yo. Apenas si podía distinguir su rostro en la oscuridad de la habitación.
- Es una niña,
no un niño.
Forcé mi mente
intentando conseguir una imagen de la criatura. No pude, porque se me resistía
con fuerza, lo mismo que se resistía a las tentativas psíquicas de Jonathan y
de Jessica. Pero, a pesar de todo, estaba seguro de que se trataba de un macho,
no de una hembra. Así lo dije.
Jessica se
incorporó en la cama y se quedó con la espalda apoyada en la cabecera, con las
dos manos sobre su vientre, que palpitaba.
- Os equivocáis
los dos. Creo que se trata de un niño y una niña. O tal vez no sea ni una cosa
ni otra.
Jonathan
encendió la lamparita de noche, en aquella casa junto al mar, y se quedó
mirando a Jessica.
- ¿Qué quieres
decir con eso?
Jessica
contrajo el rostro al sentir los fuertes golpes que la criatura daba contra sus
paredes abdominales.
- Yo estoy más
en contacto con él que ninguno de vosotros dos. Yo puedo sentirlo. No es como
nosotros.
- Entonces
tenía yo razón - dijo Jonathan.
Jessica no dijo
nada.
- Si es
bisexual, o asexuado, no necesita de ninguno de nosotros - murmuró al cabo de
un momento Jonathan, y apagó de nuevo la luz.
No había nada
que hacer.
- Quizá
podríamos matarlo - dije yo.
- No, no
podemos - dijo Jessica.
- ¡Jesús! - exclamó Jonathan -. ¡No podemos siquiera leer su
mente! Si es capaz de mantenernos a los tres a raya de esta manera, seguro que
es capaz de protegerse a sí mismo. ¡Dios mío!
En la
oscuridad, mientras la invocación resonaba aún en el aire, se oyó la voz de
Jessica:
- No uses esa
palabra, Jonathan. Está por debajo de nuestro nivel. Nosotros estamos ya por
encima de todas esas viejas supersticiones. Somos la nueva raza. Tenemos
emociones nuevas, creencias nuevas, reglas nuevas.
- Durante un
mes más, o cosa así - dije yo.
FIN
Escaneado por Sadrac 2000