3. La locura del mar
Si el cielo decidiese algún día acordarme
un insigne favor, borraría totalmente de mi memoria el descubrimiento
que hice, por simple casualidad, al echar una ojeada a una hoja de periódico
que recubría un estante. Era un viejo número de Sidney
Bulletin del 18 de abril de 1925, con el cual no hubiese podido dar
en mi vida cotidiana. Había pasado inadvertido hasta para la agencia
de recortes que había estado coleccionando ávidamente durante
esa época materiales para mi tío.
Había yo casi abandonado mis investigaciones
cerca de lo que el profesor llamaba el "culto de Cthulhu" y
me encontraba de visita en casa de un docto amigo de Patterson, New Jersey,
conservador del museo local y mineralogista de renombre. Examinando un
día los ejemplares de reserva, amontonados en desorden en los estantes
de una de las salas del fondo del museo, mi mirada se detuvo en la rara
ilustración de uno de los perdiódicos extendido bajo las
piedras. Era el Sidney Bulletin que he mencionado. Mi amigo tenía
corresponsales en todos los países extranjeros imaginables. La
imagen era una fotografía en sepia de una odiosa estatuita de piedra
casi igual a la que Legrasse había encontrado en el pantano.
Despojé vivamente a la hoja de su precioso
contenido, leí el artículo con cuidado y lamenté
su brevedad. Lo que sugería, sin embargo, era de suma importancia
para mi ya vacilante búsqueda. Arranqué cuidadosamente la
noticia con el propósito de ponerme en seguida en acción.
He aquí el contenido:
EL VIGILANT ARRIBÓ REMOLCANDO A UN YATE
NEOCELANDÉS ARMADO. UN MUERTO Y UN SOBREVIVIENTE A BORDO. RELATAN
COMBATES FURIOSOS Y MUERTES EN ALTA MAR. MARINERO RESCATADO SE NIEGA
A DAR DETALLES DE LA MISTERIOSA EXPERIENCIA. ÍDOLO EXTRAÑO
ENCONTRADO EN SU PODER. SE INICIARÁ UNA INVESTIGACIÓN.
El carguero Vigilant de la compañía
Morrison, procedente de Valparaíso, arribó esta mañana
a su puesto de amarre en Darling Harbour remolcando al yate Alert
de Dunedin N.2 con serias averías, pero dotado aún de
un poderoso armamento. El yate fue avistado el 12 de abril a los 34°21'
de latitud sur, y a los 152°17' longitud oeste, con un muerto y
un sobreviviente a bordo.
El Vigilant dejó Valparaíso
el 25 de marzo, y el 2 de abril fue alejado considerablemente de su
curso, en dirección sur, por excepcionales tormenas y enormes
olas. El 12 de abril avistó el buque a la deriva. En apariencia
había sido abandonado, pero luego descubrió que llevaba
un sobreviviente en estado de delirio, y un hombre muerto por lo menos
desde hacía una semana.
El sobreviviente apretaba entre sus manos una
piedra horrible de origen desconocido, de unos treinta centímetros
de alto, cuyo origen los profesores de la Universidad de Sidney, la
Sociedad Real, y el museo de College Street no pudieron determinar,
y que el hombre afirmaba haber descubierto en la cabina del yate, en
un altarcito rudimentario.
Este hombre, ya recobrado, relató una
historia de piratería y violencia sumamente extraña. Se
trata de un noruego llamado Gustaf Johansen, de cierta cultura, segundo
oficial en la galeta Emma de Auckland, que partió para
el Callao el 20 de febrero, con una tripulación de 20 hombres.
El Emma, dijo, fue retrasado y alejado
considerablemente de su ruta por la tormenta del 1° de marzo, y
el 22 del mismo mes a los 49°51' de latitud sur y a los 128°54'
de lingitud este encontró al Alert conducido por una tripulación
de canacas y mestizos de aspoecto patibulario. El capitán Collins
no obedeció la orden de virar, y la tripulación del yate
abrió fuego sin aviso con una batería de cañones
de bronce particularmente pesada.
Los marineros del Emma, dijo el sobreviviente,
se resistieron con valentía, y aunque la goleta comenzó
a hundirse, pues varios proyectiles habían alcanzado la línea
de flotación, lograron acercarse al enemigo y lo abordaron poniéndose
a luchar en cubierta. Como los tripulantes del yate combatían
de un modo torpe y cruel, tuvieron que matarlos a todos.
Tres de los hombres del Emma, incluso
el capitán Collins y el primer oficial Gree, murieron; y los
ocho restantes, bajo el mando del segundo oficial, Johansen, se pusieron
a navegar en la dirección seguida originalmente por el yate,
a fin de descubrir por qué motivo se les había ordenado
cambiar de rumbo.
Al día siguiente desembarcaron en una
islita que no figuraba en ningún mapa. Seis de los hombres murieron
allí, aunque Johansen se mostró particularmente reticiente
a este respecto y dijo que habían caído en una grieta
entre las rocas.
Más tarde, parece, Johansen y sus compañeros
volvieron al yate y trataron de hacerlo navegar, pero fueron vencidos
por la tormenta del 2 de abril.
Desde ese día hasta el 12 de abril, fecha
en que fue recogido por el Vigilant, Johansen no recuerda nada,
ni siquiera cuándo murió su compañero William Briden.
La muerte no se debió aparentemente a otra causa que a privaciones.
Cables procedentes de Dunedin informan que el
Alert era muy conocido como barco de carga y tenía muy
mala reputación. Pertenecía a un curiosos grupo de mestizos
cuyas frecuentes incursiones nocturnas a los bosques atraían
no poca curiosidad. Luego de la tormenta y los temblores de tierra del
1° de marzo se había hecho apresuradamente a la vela.
Nuestro corresponsal en Auckland afirma que el
Emma y sus tripulantes gozaban de una excelente reputación
y que Johansen es un hombre digno de toda confianza.
El almirantazgo va a iniciar una investigación
sobre este asunto, durante la cual se tratará de convencer a
Johansen para que hable más libremente.
Esto era todo, además de la diabólica
imagen, ¡pero qué pensamientos despertó en mi mente!
Estas nuevas y preciosas noticias acerca del culto de Cthulhu probaban
que éste tenía fieles seguidores tanto en el mar como en
la tierra. ¿Qué motivo había impulsado a la híbrida
tripulación a ordenar el regreso del Emma mientras navegaban
con su ídolo? ¿Qué isla desconocida era aquella en
que habían muerto seis de los tripulantes, acerca de la cual el
contramaestre Johansen se mostraba tan reticente? ¿Qué resultado
había tenido la investigación del almirantazgo y qué
se sabía del odioso culto en Dunedin? Y lo más extraordinario,
¿qué profunda y natural relación de hechos era esta
que daba una significación maligna e innegable a los sucesos tan
cuidadosamente anotados por mi tío?
El 1° de marzo -el 28 de febrero de acuerdo
con el huso horario internacional- se habían producido una tormenta
y un terremoto. El Alert y su malencarada tripulación habían
dejado rápidamente Dunedin como obedeciendo un imperioso llamado,
y en el otro extremo de la Tierra poetas y artistas habían comenzado
a soñar con una ciclópea ciudad submarina mientras un joven
escultor modelaba, en sueños, la forma del terrible Cthulhu. El
23 de marzo la tripulación del Emma desembarcaba en una
isla desconocida, perdiendo allí seis hombres; y en esa misma fecha
los sueños de algunas personas alcanzaron su mayor intensidad y
se oscurecieron con el terror de un monstruo maligno y gigantesco, mientras
un arquitecto se volvía loco, y un escultor caía presa del
delirio. ¿Y qué pensar de esa tormenta del 2 de abril, fecha
en que cesaron todos los sueños de la ciudad sumergida, y Wilcox
salió indemne de aquella fiebre extraña? ¿Qué
pensar igualmente de aquellas alusiones del viejo Castro a los Antiguos
venidos de las estrellas y a su reino próximo, y a su culto, y
a su gobierno de los sueños? ¿Estaba
balanceándome en el borde de un abismo de horrores cósmicos,
insoportables para un ser humano? En todo caso no afectaron sino a la
mente, pues el 2 de abril puso término de algún modo a la
mostruosa amenaza que había sitiado el alma de los hombres.
Aquella tarde, luego de haber pasado el día
enviando telegramas y haciendo urgentes preparativos, me despedí
de mi huésped y tomé un tren para San Francisco. En menos
de un mes llegué a Dunedin, donde, sin embargo, descubrí
que se sabía muy poco de los extraños miembros del culto
que habían vivido en las posadas marineras. El vagabundeo en los
muelles era asunto demasiado común, y no valía la pena mencionarlo;
pero algo oí a propósito de una expedición terrestre
realizada por estos mestizos durante la cual se escuchó el débil
golpear de unos tambores y se vio un fuego rojo en las colinas lejanas.
En Auckland me enteré de que Johansen había
vuelto a Sidney, donde acababa de sometérsele a un inútil
interrogatorio, con el pelo totalmente cano, y que luego de vender
su casita de West Street había regresado con su mujer a su viejo
hogar, en Oslo. De su aventura no dijo a sus amigos más de lo que
ya sabían los oficiales del almirantazgo, y todo lo que pudieron
hacer fue darme su nueva dirección.
Volví entonces a Sidney, y hablé
sin éxito con gente de mar y miembros de la corte. Vi el Alert
en Circular Quay, en la bahía de Sidney, pero nada me reveló
su casco. La imagen en cuclillas, de cabeza de pulpo, cuerpo de dragón,
alas escamosas, y pedestal con jeroglíficos, se conservaba en el
museo de Hyde Park. La examiné con cuidado, y descubrí que
estaba exquisitamente labrada, y tenía el mismo profundo misterio,
terrible antigüedad, y sobrenatural rareza de material que el ejemplar
más pequeño de Legrasse. Para los geólogos, me dijo
el conservador del museo, la estatua era un enigma monstruoso, y juraban
que no había en el mundo una roca parecida. Recordé, estremeciéndome,
lo que había dicho el viejo Castro a Legrasse a propósito
de los primeros Grandes Antiguos: "Vinieron de las estrellas, y trajeron
consigo sus imágenes".
Profundamente perturbado resolví visitar
al oficial Johansen en Oslo. Llegué a Londres, me reembarqué
en seguida para la capital de Noruega, y un día de otoño
eché pie a tierrra en un limpio desembarcadero, a la sombra del
Egeberg.
La casa de Johansen, descubrí, estaba situada
en la Ciudad Vieja del rey Harold Haardrada, que había conservado
el nombre de Oslo durante los siglos en que la ciudad principal adoptara
el nombre de Cristianía. Hice el corto viaje en un taxi, y golpeé
con el corazón tembloroso la puerta de una casa vieja y limpia
de frente enyesado. Salió a recibirme una mujer de cara triste,
vestida de negro, quien me comunicó en un inglés vacilante
que Gustav Johansen no era ya de este mundo.
No había sobrevivido mucho a su regreso,
pues su aventura marina de 1925 le había destrozado la salud. La
mujer no sabía más que el público, pero Johansen
había dejado un largo manuscrito, que trataba "asuntos técnicos",
escrito en inglés con la intención manifiesta de que su
esposa no lo entiendiese. Mientras paseaba por una callejuela, cerca del
muelle de Gothenburg, un atado de viejos periódicos, salido de
la ventana de un altillo, lo golpeó y lo hizo caer. Dos marineros
indios lo ayudaron en seguida a levantarse, pero el hombre murió
antes que llegase la ambulancia. Los médicos, incapaces de precisar
la causa del deceso, lo habían atribuido a un malestar del corazón
y a un debilitamiento general.
Sentí entonces que un oscuro terror, que
no me abandonaría hasta que a mí también me fuese
acordado el eterno reposo, "accidentalmente" o por otro motivo,
me traspasaba los huesos. Habiendo persuadido a la viuda de que mi conocimiento
de esos "asuntos técnicos" me autorizaba a poseer el
manuscrito, me llevé el documento y comencé a leerlo en
el barco que me conducía a Londres.
Era un relato simple, desordenado; un diario de
mar redactado de memoria en que se intentaba recoger día a día
aquel último y terrible viaje. No lo transcribiré literalmente
a causa de sus oscuridades y redundancias, pero mi resumen bastará
para explicar por qué el rumor de las aguas contra los costados
del buque se me hizo tan intolerable que tuve que taponarme los oídos.
Johansen, gracias a Dios, no lo sabía todo,
aunque vio la ciudad y el mosntruo; pero yo ya no podré dormir
en paz mientras recuerde el horror que espera emboscado del otro lado
de la vida, en el tiempo y el espacio, y aquellas malditas criaturas que
vinieron de los astros más antiguos y que sueñan en las
profundidades del mar, conocidas y favorecidas por un culto de pesadilla
decidido a lanzarlas sobre nuestro planeta cada vez que algún terremoto
vuelva a elevar la mosntruosa ciudad de piedra al aire y la luz del sol.
El viaje de Johansen había comenzado tal
como lo declarara él mismo ante el almirantazgo. El Emma
había dejado Auckland en lastre el 20 de febrero, y sintió
todo el impacto de esa tempestad consecutiva al terremoto que arrancó
a los abismos marinos el horror que pobló los sueños de
los hombres. Recobrado el gobierno, el buque navegó favorablemente
hasta encontrarse con el Alert el 22 de marzo (y sentí la
pena del oficial al describir el bombardeo y el hundimiento de su nave).
De los mestizos del yate, Johansen hablaba con un horror relamente significativo.
Había algo abominable en ellos que hacía que su destrucción
pareciese casi un deber, y Johansen se sorprende ante la acusación
de crueldad que contra él y sus compañeros hizo la corte.
Ya en el yate capturado, Johansen y sus hombres, impulsados por la curiosidad,
prosiguen viaje hasta avistar una alta columna de piedra que emerge del
océano, y a los 49°9' de latitud oeste, y 126°43' de longitud
sur, se encuentran ante una costa barrosa, y una albañilería
ciclópea cubierta de algas que no puede ser sino la sustancia tangible
del terror supremo del universo: la ciudad muerta de R'lyeh, construida
hace millones de años, antes de los comienzaos de nuestra historia,
por las enormes y espantosas criaturas que descendieron desde unos astros
desconocidos. Allí yacen el gran Cthulhu y sus compañeros,
ocultos en unas bóvedas verdes y húmedas desde donde envían,
luego de incalculables ciclos, pensamientos que aterrorizan a los hombres
sensibles y reclaman imperiosamente a los fieles del culto que inicien
el peregrinaje de la liberación y la restauración. El oficial
Johansen ignoraba todo esto, ¡pero Dios sabe bien que había
visto bastante!
Creo que emergió de las aguas sólo
la cima de la ciudadela, coronada por un enorme monolito, donde yace el
gran Cthulhu. Cuando imagino el tamaño de todo lo que puede
esconder el fondo del océano, siento deseos de morir sin esperar
ya más. Johansen y sus hombres se sintieron aterrados ante la majestad
cósmica de esta húmeda Babilonia habitada por demonios,
y debieron sospechar, instintivamente, que no pertenecía ni a éste
ni a ningún otro planeta similar. En todas las líneas de
la estremecida descripción de Johansen se advierte el mismo pavor;
ante el tamaño indescriptible de los bloques de piedra verde, ante
la altura vertiginosa del monolito labrado, ante la asombrosa identidad
de esas colosales estatuas y bajorrelieves con la rara imagen encontrada
en la sentina del Alert.
Sin conocer el futurismo, Johansen describe, al
hablar de la ciudad, algo muy parecido a una obra futurista. En vez de
referirse a una estructura definida, algún edificio, se reduce
a hablar de vastos ángulos y superficies pétreas... superficies
demasiado grandes para ser de este mundo, y cubiertas por jeroglíficos
e imágenes horribles. Menciono estos ángulos pues
me recuerdan los sueños que me relató Wilcox. El joven escultor
afirmó que la geometría de la ciudad de sus sueños
era anormal, no euclidiana, y que sugería esferas y dimensiones
distintas de las nuestras. Ahora un marino ilustrado tenía ante
la terrible ralidad la misma impresión.
Johansen y sus hombres desembarcaron en la playa
de esta monstruosa acrópolis, y se treparon, resbalando, por los
titánicos y musgosos escalones que ningún ser humano hubiera
podido edificar. El sol mismo parecía deformado cuando se lo miraba
a través de las miasmas polarizadas que emanaban de esta perversión
submarina; una amenaza tortuosa acechaba en esos ángulos desconcertantes
donde una segunda mirada descubría una concavidad donde se había
creído ver la convexidad.
Todos los exploradores, aun antes de ver algo definido
(salvo las rocas, los musgos y las algas) se sintieron presas de un indefinible
terror. Todos habrían escapado si no hubiesen temido la burla de
los otros, y sólo de mala gana se decidieron a buscar -vanamente,
como comprendieron más tarde- algo que sirviese de recuerdo.
Rodríguez, el portugués, fue el primero
en llegar a la base del monolito y les gritó a los otros lo que
acababa de descubrir. Poco más tarde los hombres contemplaron curiosamente
una enorme puerta de piedra labrada con el ya familiar bajorrelieve del
pulpo-dragón. Se parecía, dice Johansen, a la enorme puerta
de un granero. Todos vieron allí una puerta, ya que estaba encuadrada
en un umbral, un dintel y dos montantes, pero nadie pudo decidir si estaba
situada horizontalmente, como la puerta de una trampa, o algo inclinada,
como la puerta exterior de un altillo. Como lo hubiese dicho Wilcox, la
geometría del lugar era errónea. Uno no podía estar
seguro de que el mar y el suelo fueran horizontales, de modo que la posición
relativa de todo el resto parecía variar fantásticamente.
Briden presionó sobre la piedra en diversos
sitios sin resultado. Luego Donovan palpó con delicadeza los bordes,
apretando separadamente cada punto. Subió con lentitud a lo largo
de la grotesca moldura de piedra -puede decirse que subió si se
admite que la puerta no era al fin y al cabo horizontal-, y los hombres
se preguntaron cómo una puerta podía ser tan enorme. Al
fin, muy suavemente, muy lentamente, la parte superior del panel comenzó
a inclinarse hacia adentro, y todos vieron que la piedra se balanceaba.
Donovan se deslizó o trepó de algún
modo a lo largo de uno de los montantes, y los hombres se pusieron a observar
el curioso retroceso de la puerta monstruosa. En este fantástico
mundo de deformaciones prismáticas, la piedra se desplazaba anormalmente
en diagonal, despreciando todas las leyes de la materia y la perspectiva.
La abertura mostraba una oscuridad casi material.
Estas tienieblas tenían realmente una cualidad positiva,
pues ocultaban algunas partes de las paredes interiores que debían
ser visibles. Al fin surgió de aquella cárcel milenaria
algo así como una humareda que oscureció la luz del sol
mientras se elevaba hacia el cielo, empequeñecido y arrogado, con
la ayuda de sus alas membranosas. El olor que salía de aquellos
abismos recién abiertos era insoportable, y Hawkins, que tenía
el oído fino, creyó oír allá abajo un sonido
chapoteante e inmundo. Todos escucharon, y todos escuchaban aún
cuando el monstruo se hizo visible, babeando y apretando su inmensidad
verde y gelatinosa a través de la tenebrosa abertura hasta elevarse
pesadamente en el aire corrompido de aquella ciudad de pesadilla.
La letra del pobre Johansen es apenas inteligible
en esta parte. De los seis hombres que nunca llegaron al barco, cree que
dos murieron simplemente de miedo en aquel instante maldito. El monstruo
está más allá de toda posible descripción.
No hay lenguaje aplicable a ese abismo de horror inmemorial, a esa pavorosa
contradicción de todas las leyes de la materia, la fuerza y el
orden cósmicos. Una montaña que caminaba. ¡Dios! ¿Puede
extrañar que en el otro lado de la Tierra enloqueciese un gran
arquitecto, y que en aquel telepático instante la fiebre devorara
al pobre Wilcox? El monstruo de los ídolos, el verde y viscoso
demonio venido de otros astros, había despertado para reclamar
sus derechos. Las estrellas eran otra vez favorables, y lo que un viejo
culto no había podido lograr por su voluntad, un puñado
de inocentes marineros lo hacía por accidente. Luego de millones
y millones de años el gran Cthulhu era libre otra vez.
Tres hombres fueron barridos por aquellas patas
membranosas antes que nadie tuviese tiempo de volverse. Que descansen
en paz, si hay algún desacanso en el universo. Eran Donovan, Guerrera
y Angstrom. Parker resbaló mientra los otros tres sobrevivientes
se precipitaban frenéticamente en un escenario infinito de rocas
verdosas. Johansen jura que fue absorvido hacia arriba por un ángulo
que no debía estar allí; un ángulo agudo que se había
comportado como si fuese obtuso. De modo que sólo Briden y Johansen
llegaron al bote, y se dirigieron desesperadamente hasta el Alert
mientras la montañosa monstruosidad descendía por los escalones
de piedra resbaladiza y se detenía, titubeando, a orillas del agua.
Las calderas habían quedado funcionando
a pesar de que todos habían bajado a tierra, y bastaron unos pocos
segundos de frenéticas corridas entre ruedas y motores para poner
en marcha el Alert. Lentamente, entre los horrores distorsionados
de esa escena indescriptible, la hélice comenzó a golpear
las aguas. Mientras tanto, en la costa mortal, sobre aquellas construcciones
que no eran de este mundo, el monstruo gigantesco venido de las estrellas
emitía unos gritos inarticulados, como Polifemo al maldecir el
veloz navío de Ulises. En seguida, con más audacia que los
cíclopes de la leyenda, el gran Cthulhu penetró en las aguas
e inició la persecución con unos golpes que levantaron unas
enormes olas. Briden volvió la vista y enloqueció. Desde
entonces rió a intervalos hasta que la muerte lo alcanzó
en su cabina mientras Johansen vagaba delirando de un lado a otro.
Pero Johansen no había abandonado la partida.
Comprendiendo que el monstruo alcanzaría seguramente el Alert
antes que la presión llegase al máximo, resolvió
intentar algo desesperado, y, acelerando los motores, subió rápidamente
a la cubierta e hizo girar el timón. En la superficie de las aguas
hubo un remolino espumoso, y mientras crecía la presión
del vapor, el valiente noruego dirigió el navío contra aquella
montaña gelatinosa que se alzaba sobre las sucias espumas como
la popa de un galeón demoníaco. La horrible cabeza de pulpo,
envuelta en tentáculos, llegaba casi hasta la punta del bauprés;
pero Johansen no retrocedió.
Hubo un estallido como el de un globo que se desinfla,
un líquido inmundo como el que surge de un hendido pez luna, una
hediondez que el cronista no se atrevió a describir. Durante un
instante una nube verde, acre y enceguecedora, envolvió al buque,
y un hervor maligno quedó a popa, donde -Dios del cielo- la esparcida
plasticidad de aquella entidad celeste estaba recombinándose
y recobrando su forma primitiva, mientras el Alert se alejaba más
y más, y ganaba velocidad.
Eso fue todo. Desde ese momento Johansen se contentó
con meditar sombríamente sobre el ídolo de la cabina y preparar
unas pocas comidas para él y su enloquecido compañero. No
trató de dirigir el navío; después de aquel incidente
había perdido alguno de los resortes de su alma. Luego sobrevino
la tormenta del 2 de abril, que terminó de nublar su conciencia.
Recordaba confusamente infinitos abismos líquidos de espectrales
paredes giratorias, vertiginosos desplazamientos por mundos huidizos en
la cola de un cometa, y saltos convulsivos de las profundidades del mar
hasta la luna y luego otra vez hasta el mar, todo envuelto en el coro
de carcajadas de las antiguas divinidades y de los verdes demonios del
Tártaro, de alas de murciélago.
Luego de esas pesadillas vino el rescate, el Vigilant,
el tribunal del almirantazgo, las calles de Dunedin y el largo viaje de
retorno a la casa natal, junto al Egeberg. Nada podía contar; pasaría
por loco. Lo escribiría todo antes de morir, pero su mujer no debería
sospechar nada. La muerte sería para él beneficiosa sólo
si borraba los recuerdos.
Tal era el documento que leí. Lo he guardado
en la caja de lata junto con el bajorrelieve de arcilla y los papeles
del profesor Angell. Incluiré este relato, esta prueba de mi propia
cordura donde se ha unido lo que espero nunca volverá a unirse.
He contemplado todo lo que en el universo puede haber de horroroso, y
aun los cielos de la primavera y las flores del verano me parecerán
desde ahora impregnados de veneno. Pero no creo que viva mucho. Como desaparecieron
mi tío y el pobre Johansen, así desapareceré yo.
Conozco demasiado, y el culto todavía existe.
Cthulhu existe también, supongo, en ese
refugio de piedra que le sirve de abrigo desde que el sol era joven. Su
ciudad maldita se ha hundido otra vez, pues el Vigilant navegó
por aquel lugar después de la tormenta de abril; pero sus ministros
en la Tierra bailan aún, y cantan y matan en lugares aislados,
alrededor de monolitos de piedra coronados de imágenes. Cthulhu
tuvo que haber sido atrapado por los abismos submarinos pues si no el
mundo gritaría ahora de horror. ¿Quién conoce el
fin? Lo que ha surgido ahora puede hundirse y lo que se ha hundido puede
surgir. La abominación espera y sueña en las profundidades
del mar, y sobre las vacilantes ciudades de los hombres flota la destrucción.
Llegará el día... ¡pero no debo ni puedo pensarlo!
Ruego que si no sobrevivo a este manuscrito, mis ejecutores testamentarios
cuiden de que la prudencia sea mayor que la audacia e impidan que caiga
bajo otros ojos.
FIN
En: Lovecraft, H.P. (1974, 3a Edición) "El Color que cayó del
cielo", Buenos Aires: Minotauro.
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