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EL OBSERVADOR
Rheim se sentía
triste y, curiosamente, solo. Hacía mucho tiempo que no tenía ninguna compañía,
pero ahora su tarea había terminado. Rheim era, había sido hasta entonces, el
"Observador de la Nueva Humanidad". Los suyos le habían designado
antes de irse hacia los límites de la estrellas.
Los antepasados de Rheim fueron humanos, los
últimos humanos de su estirpe, una estirpe que se extinguió hace algunos años,
hace algunos miles de millones de años... Lo aprendió en su infancia.
Siguiendo el
curso evolutivo de la vida sobre la Tierra, la raza humana se convirtió en la
especie predominante del planeta. Poco a poco fue desarrollando su inteligencia
y tecnología. Su dominio sobre el planeta se fue haciendo cada vez más patente.
Muchas veces las cosas se escaparon de las manos de los hombres, pero nunca
había sido irremediable, pues hasta entonces nunca habían tenido demasiado
poder. Al ir adquiriendo más capacidad, sus equivocaciones se fueron haciendo
importantes. Se tomaban medidas para evitarlas, aunque se seguían teniendo
fallos, algunos cruciales..., el último irreparable.
Con fundadas
esperanzas se iniciaba la exploración espacial, cuando en la Tierra la máquina
de la guerra fue puesta en marcha. Se tenía tanto miedo a que esto ocurriese...
Se habían tomado tantas precauciones para evitarlo... Un error desencadenó
todo. Una secuencia de errores que era imposible que sucediesen. Pero
sucedieron. Se vaciaron los arsenales sin que nadie, casi nadie supiese por
qué.
Cuando esto
pasaba, los antepasados de Rheim vivían bajo el mar. Eran una comunidad de
científicos que pretendían demostrar que su colonia submarina era totalmente
autosuficiente. Una experiencia piloto. Un experimento de insospechados
resultados.
Las
consecuencias de la catástrofe se notaron más tarde bajo el mar y la colonia
tuvo algún tiempo para prepararse. Fue difí
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cil, pero sobrevivieron. Fueron los
únicos.
Poco a poco la
erosión fue borrando toda huella de vida. Los restos orgánicos desaparecieron
primero. Las construcciones humanas tardaron muchos años más, pero ya el tiempo
no tenía importancia.
Los científicos
de la colonia se preocuparon primordialmente de su propia supervivencia, que
fue muy incierta durante los primeros años. Cuando ésta estuvo asegurada estudiaron
el futuro del planeta, pues tenían consciencia de ser los únicos seres vivos
sobre él. Tomaron la difícil decisión de progresar sin intervenir en los
procesos que acontecerían en la Tierra. No la repoblarían, dejarían que la vida
volviese a surgir por sí sola. Ni ellos, ni sus hijos, ni los hijos de sus
hijos lo verían, pero sus descendientes serían testigos de un fenómeno que
siempre había suscitado la curiosidad humana. Su nueva tarea consistía ahora en
prepararse para la aparición de la vida y seguir su posterior evolución.
La
radioactividad fue desapareciendo. La superficie de la Tierra cambió
notablemente de aspecto. Las lluvias fueron arrastrando todo tipo de materia al
mar, convirtiendo la superficie terrestre en un yermo desierto y el mar en un
oscuro y espeso líquido. Las reacciones químicas que proliferaban en su
interior fueron produciendo moléculas de complejidad creciente y, mucho tiempo
después, (si Oparin y Haldane hubiesen podido verlo...) las primeras
protocélulas comenzaron a reproducirse. La vida apareció y evolucionó siguiendo
los pasos que marcaba la historia con curiosa exactitud.
Los
descendientes de los científicos no se sorprendieron demasiado, pues las
condiciones habían vuelto a ser casi las mismas y la evolución siguió cursos
parecidos. Tanto es así que la especie predominante volvió a ser humanoide.
Para entonces
Rheim ocupaba ya su puesto de observador. Su propia raza había evolucionado
mucho, dominaron la ciencia, vencieron la enfermedad y aprendieron a prescindir
de la materia. Ahora los humanos de la estirpe de Rheim eran energía pura y se
expandían por un universo sin límites para ellos.
En la vieja
Tierra sólo quedó Rheim. El vio evolucionar la vida, asistió al nacimiento de
estos nuevos seres humanos (¡tan parecidos a los anteriores!), orgullosos de sí
mismos, convencidos de su perfección... Vio cómo progresaban, cómo sucumbían a
la tentación de la guerra y vio cómo una vez más caían en los mismos errores
que les llevaron a la destrucción total.
Rheim tuvo
tentaciones de actuar para evitarlo, pero no lo hizo. Su deber era observar sin
intervenir. Además no hubiera servido de nada.
El Sol, la
fuente de la vida en el planeta, llegaba al fin
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de su ciclo. El hidrógeno se
agotaba en favor del helio. La temperatura del núcleo alcanzaba valores que
fundían la misma estrella, calcinando toda su cohorte de planetas y con ellos
las esperanzas de los supervivientes de la Tierra. El Sol se convertía en una
"gigante roja" que haría las delicias de quién pudiese observarlo
desde lejanos cielos.
Rheim se sentía
solo. Había sido testigo del fin de una civilización. Los resultados habían
sido comunicados. Su trabajo había terminado.
Hacía mucho
tiempo que sabía lo que haría en estos momentos. Si él había estado observando
cómo se desarrollaba la vida en la Tierra, bien podría haber existido una raza
anterior que les hubiese investigado a ellos. Una raza que como ellos hubiese
tenido su origen evolutivo en la Tierra, pero que se hubiese desarrollado en su
plenitud fuera de los límites materiales. Una raza que les llevaba miles de
millones de años de adelanto y de la que tendría mucho que aprender.
En su mente
resonaban unos versos que no recordaba haber aprendido:
"Todo lo
que es, ya ha sido.
Todo lo que ha
sido, será.
Todo lo que
será, ya fue." (1)
Rheim emprendió
su búsqueda sabiendo que tenía toda la eternidad por delante.
(1) Del
Eclesiastés.
Bajado de Hal
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