Larry Niven
De vuelta a
casa. Los vastos espacios interestelares me han devuelto al que fuera mi
primitivo punto de partida, la cúspide de Rand's Needle. Trescientos pisos de
cristaleras relampagueando en el crepúsculo. El taxi me lleva rápidamente hacia
los lares domésticos.
De vuelta a
casa. Debería sentirme a gusto y sosegado. Sin embargo, no es así.
Un ancho tramo
de escalones de negro mármol me conducen hasta el vestíbulo. Saludo al portero
antes de que él advierta mi presencia.
- Hola,
Emilio...
Sonríe.
- Buenos días,
mister Cox. - Aguarda mientras utilizo mi llave (él no tiene ninguna, siquiera
de seguridad), y luego cierro el ascensor a mis espaldas. No ha notado nada
extraño.
Llego a mi
apartamento y guardo mi llave. ¿Tendrá él alguna visita? Eso es una estupidez.
Yo no tuve ninguna visita aquella noche.
Doce pisos.
Estoy plantado frente a la mirilla de la puerta. Llamo al timbre.
- ¿Quién es? -
pregunta una voz que conozco muy bien.
- ¿Puede usted
verme?
- Sí.
Sonrío. Mi rostro
se mantiene incólume. Mi tono de voz no pierde un cierto deje de ligereza.
- Entonces diga
usted quién soy yo.
- Estoy
intentándolo.
- No te canses
en discernir imágenes gemelas, George. Soy tú.
- Seguro que
sí.
Se muestra
escéptico. Pero no me ofendo.
- Soy tú -
insisto -. Y he conseguido una llave de mi propio apartamento. ¿Puedo probarla?
- Adelante.
Abro la puerta
y entro. El impacto que me produce el reconocer lo que pudiera haber sido una
duda me golpea en la boca del estómago. Mesas, sillas, el almohadón de
recuerdo, el sillón favorito. El cuadro original de Eddie Jones. La botella de
brandy en el bar. Veintiséis años en el espacio, la mayor parte de los mismos
en estado de hibernación, y sin embargo heme aquí. Estoy en casa. Todo está en
su sitio, incluso el inquilino, George Cox, de pie a mis espaldas, sin
tomárselo demasiado a broma. Está empuñando una navaja automática cuya hoja
semeja una daga de plata.
- Puedo decirte
dónde conseguiste eso - digo.
- También
pueden hacerlo muchos amigos míos - está intranquilo.
- No esperaba
que esto fuera fácil. George, ¿recuerdas cuando tenías... dieciocho años más o
menos? Ibas hacia Cal Tech. Una noche te encontrabas tan solo, tan jodidamente
solo, que llamaste a una chica que sólo conocías por haberla visto una vez en
una de las reuniones de cumpleaños de Glenda. Una chica rolliza y de buenas
carnes, ¿recuerdas? La llamaste y... bueno, luego te enfrentaste a sus padres.
Estabas tan nervioso y avergonzado que...
- Cállate. De
acuerdo, puedo recordar todo eso. ¿Cómo se llamaba la tipa?
- No puedo
recordarlo y se lo digo así.
- Diste en el
blanco otra vez - dice.
- Perfecto.
¿Recuerdas aquella puesta de sol en Kansas, cuando el cielo entero pareció
dividirse por la mitad en el curso de una tormenta? Un rayo cruzó el cielo y tú
intentaste seguir su trayectoria, hacia el este, sumergida en el horizonte...
- Sí, sí, sí.
Pero es increíble. Nunca creí que pudiera ocurrir dos veces aquel fenómeno. -
Sin embargo, se queda pensativo. Luego pliega el cuchillo y lo guarda en un
cajón -. Eres yo. Qué te parece beber algo para celebrarlo.
- ¿Qué te
parece a ti? ¿Un combinado?
- Voy a
prepararlo - dice.
Lo dejo ir. No
quiero inmiscuirme en su terreno privado. Va a la coctelera a preparar un Navy
Grogs, algo especial. Dice que es una ocasión única. No recuerdo ese detalle la
noche en que fui él. Corto algunas pajitas, mientras él prepara el combinado y
me dirige alguna que otra cortante mirada. Nadie en el mundo podía saber
aquello.
- Eres yo -
dice cuando estamos sentados en sendos sillones saboreando la bebida -. ¿Y
cómo?
- El agujero
negro. Bauerhaus 4.
- Vaya - sin
duda lo estaba esperando -. De modo que era eso.
- Creí que no
lo habían conseguido.
- Pudieron.
Sorbe la bebida
y espera.
- Agujero
negros - digo -. Las estrellas llamadas raras porque han concentrado toda su
radiación en un punto. Fueron consideradas por la teoría general de la
relatividad desde hace cien años o más. El primer agujero negro apareció en
1972, en el Cisne, rodeando un hinchado y gigantesco sol amarillo. Bauerhaus 4
es, sin embargo, bastante más reducido.
Sacude la
cabeza. Lo había oído antes, por su propia cuenta, un par de semanas atrás,
cuando el doctor Kurt Bauerhaus daba una de sus conferencias en el Centro de
Enseñanza de Astrofísica Superior.
- Sin embargo -
añado -, ni siquiera el doctor Bauerhaus quiere hablar enteramente de lo que
ocurre en el radio Swartzchild de un agujero negro. Las estrellas raras tienen
la virtud de conmocionar a gente como Bauerhaus.
- El viaje en
el tiempo es lo que causa esa conmoción.
- No opino lo
mismo. Olvida el viaje en el tiempo y sus particularidades y céntrate en el
agujero negro. Una masa tan enorme que cuando se desploma lo hace
concentrándose en un punto tan sólo. Y todo ello en un parpadeo. ¿Puedes creértelo?
- En las
ecuaciones sí - gruñe -. Es lo que dice Bauerhaus. La teoría de la relatividad
opera justamente sobre los presupuestos en el papel, de manera que sólo sigue
el rastro de lo que ya ha sido probado.
- Eso estaría
muy bien aplicado a un agujero en otro universo, o incluso en alguna remota
parte del nuestro. Y eso se encuentra también en los cálculos al respecto. Lo
cierto es que en torno al agujero negro hay una cierta forma de rotación que te
devuelve al punto de partida sin necesidad de que te hayas acercado a la
estrella rara. Evidentemente todo esto suena a ingenuo hasta que llega el día
en que adviertes en persona cuanto ha sido tema de charlas y conferencias. Me
refiero a experimentar la presencia del punto exacto, el punto localizado en el
espacio-tiempo.
- Salud - dice
alzando el vaso.
- Salud -
replico alzando el mío -. Pues bien. He regresado a una fecha de calendario que
se sitúa por delante de la fecha en que emprendí el viaje. Muchos astrofísicos
preferirían creer que el agujero se encuentra más bien en la teoría que fuera
de ella. Las raras los ponen nerviosos.
- Los viajes en
el tiempo me ponen nervioso a mí.
- Puedes
comprobarlo por ti mismo, no obstante. - Golpeo mi pecho -. Como puedes ver
nada me ha ocurrido.
No parece estar nervioso. Ambos estamos más bien bajo la relajante
influencia de la bebida. Y aún debe pasar un largo rato antes de que
comprobemos el efecto de la fría, oscura y dulce cualidad del Navy Grog.
- Bueno - dice
-, tú sabes que yo sólo veo la posibilidad de rodear el punto. Y lanzar las
sondas.
- Lo sé. Pero
el autopiloto del Ulysses está hecho para enviar una de las sondas en el curso
de una circunvalación a través del radio Swartzchild de la estrella y hacer que
regrese a su punto de partida. Y tú y el Ulysses tomaréis justamente ese camino
en lugar de la sonda. No puedes quedarte sin saberlo desde ahora. No puedo
dejarte en la ignorancia. Regresarás aproximadamente veintiséis años en el
tiempo, devolviéndote a la Luna durante los primeros seis meses de ese período.
- ¿A la Luna? -
pregunta removiéndose en la silla -. ¿Por qué no a la órbita de la Tierra?
- Aún no. Yo
tuve que ocultar el Ulysses en la otra cara de la Luna. Desde allí tomé un
vehículo de salvamento y busqué un cráter adecuado. Allí lo enterré. Volví a
Miami en un vehículo para turistas. Dentro de un año volveré a la Luna,
recogeré el Ulysses y volveré a casita para ser aclamado por la masa.
- Seis meses
después del despegue. Eso les hará creer que fuiste a través del radio
Swartzchild. Bauerhaus 4 está a once años luz.
- Bien, puedes
tomar tu propia decisión respecto de...
- Respecto de
la mierda. Tú eres yo, y tú has decidido ya.
- Me ha llevado
un año adaptar mi mente. Pero míralo así. La N.A.S.A. está preparada para saber
que puedes usar un agujero negro de esta manera. Ella costea el viaje. Y con
eso, ¿qué pueden hacerme?
- Claro...
- De otro modo,
estaría condenado a mantenerme oculto durante veintiséis años.
- Perfecto -
concede -. Perfecto, Ge... George. - Tembló al pronunciar su propio nombre -.
¿Cuál es el meollo de todo esto?
Sin embargo, sé
que él lo ha imaginado ya.
- Acciones.
Afortunadamente has estado comprando y vendiendo acciones, no muchas, las
suficientes para preocuparte y enterarte de cómo anda el mercado. He memorizado
las alzas y las bajas de la bolsa en los próximos seis meses. En seis meses
seremos millonarios. Luego cogeremos un montón de periódicos y tú te ocuparás
de lo mismo.
- ¿Para qué? -
pregunta con una mueca -. Si ya tendremos la pasta.
- Puedo esperar
alguna jugada de tu parte - digo con cierta incomodidad.
Cabecea
lentamente. Yo estoy tranquilo ahora. Pero de los dos yo soy el único
vulnerable. Si combinamos nuestros intereses y nuestras operaciones, puede
ocurrir que el Mecanógrafo del Tiempo opte por alterar un poco el borrador, con
lo que desapareceré convirtiéndome en polvo, en humo, en nada. ¿O no? En estos
asuntos las paradojas están a la orden del día y cuanto especulemos no pasará
de mera conjetura.
Volví de la
Luna con un nombre supuesto: C. Cretemaster. Como C. Cretemaster alquilé un
apartamento al otro extremo del diámetro que podía trazarse entre el George Cox
más joven y yo. Si lo frecuento demasiado me transformaré en un micrófono
secreto.
Y, sin embargo,
era lo que ocurría conmigo cuando yo era él. Yo temía que el George Cox más
viejo intentara asumir mi vida. Y aunque ya lo ha hecho no lo hizo entonces. Su
existencia me aprisionaba más que los barrotes de una celda. Y era lo
inevitable, pues no tenía opción. Allí donde los caminos de la vida se bifurcan,
yo no tengo más remedio que girar ese camino; todas las salidas restantes me
están vedadas. Es lo que le está ocurriendo a él ahora. Y yo estoy fuera de su
camino.
Es más, yo aún
lo estoy atravesando. Ahora soy el George Cox más viejo, lo que impide cualquier
tipo de ayuda. Mi vida está planeada hasta en el más insignificante detalle. Mi
libre voluntad - mi ilusión de poseer un «libre albedrío» - no regresará a mis
facultades hasta que el Ulysses desaparezca entre las estrellas. Pero no espero
a tal acontecimiento. Raramente tenemos contacto durante los siguientes cinco
meses. El, junto con Frank Curey y Yoki Lee, se mantiene ocupado con las
pruebas y el aprendizaje astronáutica. Yo vivo de su salario, lo que es
cojonudo para ambos porque el valor de sus acciones sube sin cesar. Yo me
encargo de las manipulaciones, en nuestro común nombre. Él no tiene tiempo.
Todo es como
jugar al póker con la facultad de leer las cartas. Y, de veras, no me siento
culpable, todo lo más un poco alegre. Sin embargo, durante la última operación
llegue a preguntarme por qué el dinero no aumentaba a mayor velocidad. Ahora
que manejo el asunto he llegado a saberlo. Hay un límite para la rapidez con
que puedes mover el dinero, aun cuando sepas exactamente dónde va a parar. La masa
monetaria está regulada socialmente.
- Me siento
triste por Yoki y Frank - me dice -. Trabajan tan esforzadamente como yo, y
todo para nada.
- Tómalo como
una predestinación - le respondo. Aunque deseaba poder darle una respuesta
mejor. Recordaba, lo mucho que se desilusionarían y lo bravamente que
intentarían ocultarlo.
Los tres tardan
aún dos meses en prepararse con el Ulysses. El viaje está ya listo; sólo queda
el entrenamiento de los pilotos. Puedo ver la oscuridad de la noche cruzada por
una astilla de luz que se desliza lentamente entre las estrellas. Y comienzo a
recordar:
Dejo atrás los
planetas y la zona de los cometas conocidos. Meses enteros empleados en los
detalles más elementales, como la depuración del oxígeno, el ajuste de los
controles de seguridad y la comprobación del perfecto funcionamiento de los
accesorios automáticos. Finalmente, el inmenso lienzo del cosmos se extiende
ante mí, exhibiendo sus colores próximos a la locura. Luego, la hibernación.
Despierto a mitad de trayecto, poseído por el miedo de que la ruta de las
estrellas haya cambiado, enfrentándome a los fantásticos chisporroteos y
relámpagos del espacio que rodean la nave. Esta surca océanos de rojo oleaje
para abordar puertos de azules y cárdenas ensenadas. Luego regreso al nicho del
frío sueño.
Despierto
nuevamente descubriendo que las estrellas han vuelto a su apariencia cotidiana.
Uso el Indicador de Masa para intentar localizar Bauerhaus 4. Está aquí miro y
vuelvo a mirar por el telescopio... y nada veo.
Tomo las sondas
indicadas. Dentro de la ergosfera, la región elíptica del torbellino que
circunda el radio Swartzchild. El tamaño de la ergosfera me indicará cuántas
estrellas están afectadas por el torbellino de absorción del negro agujero, es
decir, las dimensiones completas de la rara.
La primera
sonda gira en torno al negro agujero cientos de veces un segundo antes de
desaparecer. La segunda sigue el mismo camino, incendiándose antes de penetrar
en el radio Swartzchild, disparándose luego a una velocidad poco menor que la
de la luz.
Todavía me
recuerdo preparando el lanzamiento de la tercera sonda. La sonda fue lanzada.
¿Cometí
realmente aquella locura?
Mierda,
realmente la cometí.
Recuerdo que
las estrellas se oscurecían en las proximidades del Punto hueco. En un momento
una estrella se situó a mis espaldas y en una ráfaga de segundo se convirtió en
un suspiro de luz. No hubo la menor colisión mientras atravesaba el radio
Swartzchild, tan sólo un aumento de la fuerza calórica... y de algún modo supe
que había abandonado el universo.
Libre al fin.
Libre del George Cox más viejo.
Estaba seguro.
- Hemos estado
manejando pasta de la buena durante cinco meses - le digo cuando regresa -,
tanto que hemos sobrepasado el millón. ¿Cómo te sienta ser millonario?
- Bastante bien
- contesta mientras sonríe triunfalmente a través del montón de libros que le
rodea. Sin embargo, su sonrisa parece un tanto forzada al volver la cabeza
hacia mí.
- Perfecto,
chico. Ahora, a tu trabajo. - Le pongo delante todo un fardo de, periódicos -.
A memorizar la quincalla bursátil.
- ¿De todas las
compañías?
- No, sólo las
que están en alza y el momento preciso de producirse. Encuéntralas, señálalas y
comienza a metértelas en la cabeza.
Gruñe, tal como
yo hiciera una vez.
- Tú tienes más
tiempo libre que yo - dice.
- ¿No hemos
discutido ya bastante ese punto? Esto viviendo una pesadilla pensando que si
nos saltamos el orden natural de las cosas desapareceré como la luz de una
bombilla que se funde. Por favor, ¿no harás esto por el mejor amigo que jamás
podrás tener?
Cogió los
periódicos.
Lo pierdo de
vista durante una semana.
Una tarde
contesto al teléfono que suena. Es él. Por la pantalla puedo ver que sus ojos
arden y su rostro está pálido. Antes de que pueda yo pronunciar la menor
palabra, se me adelanta con no evitada precipitación.
- ¡Han escogido
a Frank!
- ¿Qué? Una
mierda para ellos. Me escogieron a mí.
- ¡Pero han
escogido a Frank! George, ¿qué haremos? - Su voz se desvanece en un murmullo.
Se introduce en mi cabeza como una cantinela pegadiza. La habitación también
comienza a desvanecerse entre un sordo zumbido. Mis rodillas tiemblan y caigo
al suelo. Quiero gritar, pero no puedo.
Tengo frío.
Aprecio un cosquilleo bajo mi mandíbula La toco con mis propias manos y
compruebo que la mandíbula está allí, que es real. Sin duda me he desmayado. El
otro George chilla al otro lado del teléfono: ¡George! ¡George!, de modo que
consigo incorporarme lo suficiente como para exhibir mi rostro en la cámara.
- Tranquilízate
- le digo -. En seguida me recuperaré
Esta vez
estamos sentados. Nos dedicamos a pasear inconexamente por la habitación sin
tener en cuenta lo que el otro dice o hace, como en una mediocre comedia sobre
el hastío contemporáneo.
- Podemos
olvidarlo - dice -. Repartamos el dinero. Ignoremos la paradoja.
- Casualmente
es algo que no puedo olvidar. George, métete de una vez en la cabeza que la
paradoja soy yo. Si esta vez no ocurre como tiene que ocurrir, desaparezco.
Tenemos que hacer algo.
- ¿Por ejemplo?
¿Tal vez robar la nave?
- Pues mira,
eso...
- Si yo robo el
Ulysses te formarán consejo de guerra.
- ¡A tí!
- Nana. Ni me
verán el pelo si eso ocurre.
- Entonces,
¿cómo narices podrías retirar el dinero impuesto a mi nombre?
Condenación.
Está en lo cierto. Todos los esfuerzos, todas las precauciones tomadas, se
convertirán al cabo en agua de borrajas.
- Quizás no
sospechen de mí - dije deteniéndome a mitad de una larga zancada.
- Vete por ahí.
Se nos ha visto la cara demasiado.
- Vete tú por
ahí ahora. Alguien puede haberme suplantado. Yo tengo una coartada.
- ¿Una
coartada? - exclamó comenzando a reír -. Escucha, voy a preparar unos tragos.
Todo esto carece de sentido para un hombre sereno.
Un mes de
espera. Un mes haciendo planes. Ese era el cálculo. Pero no resultó así; los
sinvergüenzas adelantaron la fecha del despegue un par de semanas. Cuando hay
dinero por medio uno comienza a perder la fe en la consistencia del universo al
enterarse de tales alteraciones, por las noches temo dormirme. Cada mañana es
una sorpresa llena de arrobo. Aún estoy aquí.
Deseo hablar
con Bauerhaus.
Caeríamos sobre
él después de su charla. Pequeño, rechoncho flemático, se dedica a prodigar
largas conferencias sobre cosmología en general. El gran empuje que puede o no
haber dado comienzo al universo, y de paso haber sembrado algunos negros
agujeros más pequeños que un átomo y más pesados que el mayor asteroide... la
posibilidad de que el universo mismo contenga alguno de esos negros agujeros...
agujeros blancos que vomitan materia de la nada...
Sin embargo,
habla claro respecto a uno de los temas.
- Caballeros,
debemos reconocer que no sabemos lo que ocurre en el interior del radio
Swartzchild de un agujero negro. No sabemos lo que ocurre con la materia que se
aproxima al punto exacto. Posiblemente sea detenida por una fuerza más potente
que todas las cosas conocidas.
¿Y qué pasa con
lo que atraviesa el área del agujero negro? El carcamal sonríe como si le
gastaran una broma.
- Esperamos
encontrar un agujero teórico. Nosotros postulamos una Ley de Censura Cósmica
que nos habla sobre ello, demostrando que nada que caiga en un agujero negro
puede salir de él. De no ser así, obtendríamos agujeros negros con tal índice
de rotación que no permitiría la existencia del radio Swartzchild alrededor de
la rara. Y una rara desnuda atraería demasiadas miradas. Las matemáticas se
muestran aquí inconsistentes, como si quisiéramos dividir cero por cero.
Si el carcamal
pudiera verme ahora, si nos viera a ambos de seguro que los raros seriamos
nosotros. Pero no podemos arriesgarnos a ser vistos juntos. El George Cox más
joven continúa su entrenamiento. Los periodistas preguntan a Yoki y al George
más joven sobre la necesidad de vehículos apropiados para recorrer los mundos
semejantes a la tierra que hallen en el espacio. El otro George juega a la
bolsa y espera.
Frank Curey
habla estado tanto tiempo como yo en el espacio, preparándose para el vuelo del
Ulysses, lo que aún no había sucedido. Apenas mide cinco pies de estatura, su
complexión es musculosa y la cuadratura de sus hocicos lo asemeja al perro. Su
peso es menor que el mío o el de Yoki. Y esto es proporcional a la cantidad de
alimento y oxígeno que deberá mantenerlo vivo durante el año y medio que tiene
que pasar fuera.
No había razón
alguna en todo el Centro para que tuvieran que preferirlo a mí; aún me lo
pregunto. ¿Cuál es la diferencia esta vez? ¿Que el George más joven se ha
dedicado con mayor ahínco a la bolsa que al entrenamiento? ¿Que ha refrenado su
entusiasmo al enterarse a mi costa de lo que luego va a ocurrir?
Ya es demasiado
tarde. Algo gordo va a pasar. Yo soy escogido para pilotar la nave de
transporte y para ayudar a Frank en las últimas pruebas con el Ulysses.
Frank y yo
caminamos juntos hacia el lugar de lanzamiento. Los vigilantes nos dejan paso
sin el menor comentario. El campo de lanzamiento está iluminado con luces
artificiales bajo un cielo oscuramente agrisado.
Frank está nervioso, agitado. Habla demasiado. Se le
contraen los músculos y a menudo hace muecas.
- Veintiséis
años - dice -. ¿Qué puede ocurrir en veintiséis años? Podéis descubrir la
fórmula de la vida eterna mientras tanto. O convertiros en una dictadura
mundial. O conseguir la teleportación de materia. O viajes a velocidades
mayores que la luz.
- Podemos
conseguir lo mismo que tú si la sonda tercera da resultado.
- Sí. Claro. Si
la sonda tercera regresa a través del tiempo yo dejaré... pero no veo muy clara
la aplicación que eso pueda tener en un viaje espacial, George. A fin de
cuentas no hay tantos agujeros negros. Bromas aparte, George, ¿qué crees que encontraré
cuando regrese?
A ti mismo,
desgraciado, pienso. Lo tengo en la punta de la lengua, pero me lo trago.
- Me
encontrarás a mí, esperándote en el campo de aterrizaje. Siempre que no te
vayas demasiado lejos.
- Descuida -
dice riendo.
- ¿Mantendrás intacta
la pureza de tu cuerpo, perdido en la soledad del cosmos? ¿No retrocederá tu cerebro?
- Oh, vamos.
Casi hemos
alcanzado el hangar. La nave se destaca ante nosotros, resplandeciente, no
demasiado ancha, mostrando a un costado la escala que comunica con la cabina de
mando de proa. Mientras caminamos no hago más que hablar conmigo mismo. Estoy
tan nervioso como Frank. Afortunadamente hay dos puertas. De no ser así,
hubiera estado del todo convencido de nuestra detención por los guardias de
seguridad. El otro ya estará dentro, evidentemente, después de haber pasado sin
que se le presentara el menor obstáculo. O se ha determinado a no hacerlo.
Frank está a
punto de adentrarse en la rampa cuando el otro George Cox se desliza como una
sombra a sus espaldas. Empuña una pesada llave inglesa.
Antes de que
alcance a Frank, éste consigue apartarse e incrusta su puno en el vientre de
George, luego cruza el golpe con un buen derechazo que lanza a George contra el
suelo. Entonces Frank ve su cara y se queda helado.
Yo no tengo
ninguna llave inglesa. Rápidamente, le suelto un golpe en el cuello con el filo
de la mano. Frank gira sobre sí, los ojos fuera de las órbitas; se dobla y
acabo mi faena con otra sacudida en la nuca. Se desploma.
Tomo su pulso.
No se ha detenido.
El corazón de
George Cox aún late, pero es el único signo de vida que manifiesta. No necesito
tomar mi propio pulso; está zumbándome en los oídos. El otro George Cox puede
necesitar un hospital. No está en forma para pilotar una nave interestelar.
¿Entonces?
El Ulysses,
gigantesco, se desplaza por el espacio. Ningún sonido llega hasta mí, ni
siquiera el producido por el regenerador de aire o el destilador de hidrógeno
para el combustible. Ya no estoy nervioso.
Mientras que
las consideraciones morales pueden hacer de mí un amable objeto de iracundia,
las razones por las que he procedido a escogerme a mí mismo son muy simples. He
secuestrado el Ulysses porque no tengo la menor esperanza de regresar. Seguiré
el camino primitivo nuevamente porque es la única manera de arreglar lo que de
algún modo puede ser catastrófico.
Puedo resultar
muerto en este último viaje hacia el agujero negro. Puedo resultar muerto esta
vez. Pues el alma del George Cox más viejo no vivirá ya mucho conmigo. Y el
George Cox más joven, al que dejé tendido en el suelo junto a Frank Curey, se
convertirá en el George Cox real. Nada ha sido trastocado en su coherencia
temporal, y ningún fragmento de esa coherencia habita en mí. Puede decirse que
nadie me ha engendrado, que soy un espíritu sin origen.
Si George Cox
sabe arreglárselas se salvará de la cárcel. Puede declarar que descubrió a un
impostor, su propio doble, caminando junto a Frank en dirección a la nave. Él
estaba a punto de hacer cualquier cosa con la ayuda de una magnánima llave inglesa
cuando Frank le atizó en la cara. Eso es todo cuanto sabe.
¿Cómo acabará
todo esto? ¿Habrá siempre un George Cox que seguirá a la perfección el plan de
vuelo? Evidentemente, y de la misma manera un segundo George Cox que vigila
atentamente la trayectoria de la tercera sonda que acaba apareciendo antes del
lanzamiento del Ulysses. Esto me da una idea. Si la sonda puede retornar antes
de que todo comience, él también podrá hacerlo.
¿Se habrá
mantenido el George Cox más viejo llamando a la puerta de mi apartamento
durante toda su vida? ¿O lo habrá estado haciendo eternamente?
¿Qué pasaría si
yo siguiera el plan de vuelo esta vez? No, no me atrevo a hacerlo. Nuevamente
sobrevendría la eterna repetición. ¿O no sería así?
Quiero
preguntárselo a Bauerhaus. Pero a la gente como el no le gusta hablar de las
raras. No lo culpo.
FIN
Edición
electrónica de Sadrac
Buenos Aires,
Febrero de 2001