EDMUNDO PAZ SOLDÁN - DOCHERA

       

       
       JOSÉ EDMUNDO PAZ SOLDÁN (Bolivia) nació en Cochabamba en 1967. Ha
       publicado la novela Días de papel (La Paz, 1992), también los libros de
       cuentos Las máscaras de la nada.(La Paz, 1990), Desapariciones
       (Cochabamba, 1994).


         a Piero Ghezzi

             Todas las tardes la hija de Inaco se llama Io, Aar es el río de
         Suiza, Somerset Maugham ha escrito La luna y seis peniques y Philip
         Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? El símbolo quím8ico
         del oro es Au, Ravel ha compuesto el Bolero y hay puntos y rayas que
         indican letras. Insípido es soso, las iniciales del asesino de Lincoln
         son JWB, las casas de campo de los jerarcas rusos son dachas, Puskas
         es un gran futbolista húngaro, Veronica Lake es una famosa femme
         fatale , héroe de Calama es Avaroa y la palabra clave de Ciudadano
         Kane es Rosebud. Todas las tardes Benjamín Laredo revisa diccionarios,
         enciclopedias y trabajos pasados para crear el crucigrama que saldrá
         al día siguiente en El Heraldo de Piedras Blancas. Es una rutina que
         ya dura veinticuatro años: después del almuerzo, Laredo se pone un
         apretado terno negro, camisa de seda blanca, corbata de moño rojo y
         zapatos de charol que brillan como los charcos en las calles después
         de una noche de lluvia. Se perfuma, afeita y peina con gomina, y luego
         se encierra en su escritorio con una botella de vino tinto y el
         concierto de violín de Mendelssohn en el estéreo para, con una caja de
         lápices Staedtler de punta fina, cruzar palabras en líneas
         horizontales y verticales, junto a fotos en blanco y negro de
         políticos, artistas y edificios célebres. Una frase serpentea a lo
         largo y ancho del cuadrado, la de Oscar Wilde la más usada, Puedo
         resistir a todo menos a las tentaciones. Una de Borges es la favorita
         del momento: He cometido el peor de los pecados: no fui feliz.
         ¡Preclara belleza de lo que se va creando ante nuestros ojos nunca
         cansados de sorprenderse! ¡Maravilla de la novedad en la repetición!
         ¡Pasmo ante el acto siempre igual y siempre nuevo!
             Sentado en la silla de nogal que le ha causado un dolor crónico en
         la espalda, royendo la madera astillada del lápiz, Laredo se enfrenta
         al rectángulo de papel bond con urgencia, como si en éste se
         encontrara oculto en su basta claridad, el mensaje cifrado de su
         destino. Hay momentos en que las palabras se resisten a entrelazarse,
         en que un dato orográfico no quiere combinar con el sinónimo de
         impertérrito. Laredo apura su vino y mira hacia las paredes. Quienes
         pueden ayudarlo están ahí, en fotos de papel sepia que parecen
         gastarse de tanto ser observadas, un marco de plata bruñida al lado de
         otro atiborrando los cuatro costados y dejando apenas un espacio para
         un marco más: Wilhelm Kundt, el alemán de la nariz quebrada (la gente
         que hace crucigramas es muy apasionada), el fugitivo nazi que en menos
         de dos años en Piedras Blancas se inventó un pasado de célebre
         crucigramista gracias a su exuberante dominio del castellano —decían
         que era tan esquelético porque sólo devoraba páginas de diccionarios
         de etimologías en el desayuno, almorzaba sinónimos y antónimos, cenaba
         galicismos y neologismos—; Federico Carrasco, de asombroso parecido
         con Fred Astaire, que descendió en la locura al creerse Joyce e
         intentara hacer de sus crucigramas reducidas versiones de Finnegans
         Wake; Luisa Laredo, su madre alcohólica, que debió usar el seudónimo
         de Benjamín Laredo para que sus crucigramas abundantes en despreciada
         flora y fauna y olvidadas artistas pudieran ganar aceptación y
         prestigio en Tierras Blancas; su madre, que lo había criado sola (al
         enterarse del embarazo, el padre de dieciséis años huyó en tren y no
         se supo más de él), y que, al descubrir que a los cinco años él ya
         sabía que agarradera era asa y tasca bar, le había prohibido que
         hiciera sus crucigramas por miedo a que siguiera su camino. Cansa ser
         pobre. Tú serás ingeniero. Pero ella lo había dejado cuando tenía
         diez, al no poder resistir un feroz delirium tremens en el que las
         palabras cobraban vida y la perseguían como mastines tras la presa.
             Todos los días Laredo mira al crucigrama en estado de crisálida, y
         luego a las fotos en las paredes. ¿A quién invocaría hoy? ¿Necesitaba
         la precisión de Kundt? Piedra labrada con que se forman los arcos o
         bóvedas, seis letras. ¿El dato entre arcano y esotérico de Carrasco?
         Cinematográfico de John Ford en El Fugitivo, ocho letras. ¿La
         diligencia de su madre para dar un lugar a aquello que se dejaba de
         lado? Preceptora de Isabel la Católica, autora de unos comentarios a
         la obra de Aristóteles, siete letras. Alguien siempre dirige su mano
         tiznada de carbón al diccionario y enciclopedia correctos (sus
         preferidos, el de María Moliner, con sus bordes garabateados, y la
         Enciclopedia Británica desactualizada pero capaz de informarlo de
         árboles caducifolios y juegos de cartas en la alta edad media), y
         luego ocurre la alquimia verbal y esas palabras yaciendo incongruentes
         una al lado de otra -dictador cubano de los 50, planta dicotiledónea
         de Centro América, deidad de los indios Mohauks-, de pronto cobran
         sentido y parecen nacidas para estar una al lado de la otra.
             Después, Laredo camina las siete cuadras que separan su casa del
         rústico edificio de El Heraldo, y entrega el crucigrama a la
         secretaria de redacción, en un sobre lacrado que no puede ser abierto
         hasta minutos antes de ser colocado en la página A14. La secretaria,
         una cuarentona de camisas floreadas y lentes de cristales negros e
         inmensos como tarántulas dormidas, le dice cada vez que puede que sus
         obras son joyas para guardar en el alhajero de los recuerdos, y que
         ella hace unos tallarines con pollo para chuparse los dedos, y a él no
         le vendría mal un paréntesis en su admirable labor. Laredo murmura
         unas disculpas, y mira al suelo. Desde que su primera y única novia lo
         dejó a los dieciocho años por un muy premiado poeta maldito -o, como
         él prefería llamarlo, un maldito poeta-, Laredo se había pasado la
         vida mirando al suelo cuando tenía alguna mujer cerca suyo. Su natural
         timidez se hizo más pronunciada, y se recluyó en una vida solitaria,
         dedicada a sus estudios de arqueología (abandonados al tercer año) y
         al laberinto intelectual de los crucigramas. La última década pudo
         haberse aprovechado de su fama en algunas ocasiones, pero no lo hizo
         porque él, ante todo, era un hombre muy ético.
             Antes de abandonar el periódico, Laredo pasa por la oficina del
         editor, que le entrega su cheque entre calurosas palmadas en la
         espalda. Es su única exigencia: cada crucigrama debe pagarse el día de
         su entrega, excepto los del sábado y el domingo, que se pagan el
         lunes. Laredo inspecciona el cheque a contraluz, se sorprende con la
         suma a pesar de conocerla de memoria. Su madre estaría muy orgullosa
         de él si supiera que podía vivir de su arte. Debiste haber confiado
         más en mí, mamá. Laredo vuelve al hogar con paso cansino, rumiando
         posible definiciones para el siguiente día. Pájaro extinguido, uno de
         los primeros reyes de Babilonia, país atacado por Pedro Camacho en La
         tía Julia y el escribidor, isótopo radiactivo de un elemento natural,
         civilización contemporánea de la nazca en la costa norte del Perú,
         aria de Verdi, noveno mes del año lunar musulmán, tumor producido por
         la inflamación de los vasos linfáticos, instrumento romo, rebelde sin
         causa.
             Ese atardecer, Benjamín Laredo volvía a casa más alegre de lo
         habitual. Todo le parecía radiante, incluso el mendigo sentado en la
         acera con la descoyuntada cintura ósea que termina por la parte
         inferior el cuerpo humano (seis letras), y el adolescente que apareció
         de improviso en una esquina, lo golpeó al pasar y tenía una grotesca
         prominencia que forma el cartílago tiroides en la parte anterior del
         cuello (cuatro letras). Acaso era el vino italiano que había tomado
         ese día para celebrar el fin de una semana especial por la calidad de
         sus cuatro últimos crucigramas. El del miércoles, era el film noir,
         con la foto de Fritz Lang en la esquina superior izquierda y a su lado
         derecho la del autor de Double Indemnity, había motivado numerosas
         cartas de felicitación. Estimado señor Laredo: le escribo estas líneas
         para decirle que lo admiro mucho, y que estoy pensando en dejar mis
         estudios de ingeniería industrial para seguir sus pasos. Muy
         Apreciado: Ojalá que Sigas con los Crucigramas Temáticos. ¿Qué Tal Uno
         que Tenga como Tema las Diversas Formas de Tortura Inventadas por los
         Militares Sudamericanos el Siglo XX? Laredo palpaba las cartas en su
         bolsillo derecho y las citaba de corrido como si estuviera leyéndolas
         en Braille. ¿Estaría ya a la altura de Kuntz? ¿Había adquirido la
         inmortalidad de Carrasco? ¿Lograba superar a su madre para así
         recuperar su nombre? Casi. Faltaba poco. Muy poco. Debía haber un
         Premio Nobel para artistas como él: hacer crucigramas no era menos
         complejo y trascendental que escribir un poema. Con la delicadeza y la
         precisión de un soneto, las palabras se iban entrelazando de arriba
         abajo y de izquierda a derecha hasta formar un todo armonioso y
         elegante. No se podía quejar: su popularidad era tal en Piedras
         Blancas que el municipio pensaba bautizar una calle con su nombre.
         Nadie ya leía a los poetas malditos, y menos a los malditos poetas,
         pero prácticamente todos en la ciudad, desde ancianos beneméritos
         hasta gráciles Lolitas -obsesión de Humbert Humbert, personaje de
         Nabokov, Sue Lyon en la pantalla gigante-, dedicaban al menos una hora
         de sus días a intentar resolver sus crucigramas. Más valía el
         reconocimiento popular en un arte no valorado que una multitud de
         premios en un campo tomado en cuenta sólo por unos pretenciosos
         estetas, incapaces de reconocer el aire de los tiempos.
             En la esquina a una cuadra de su casa una mujer con un abrigo
         negro esperaba un taxi (piel usada para la confección de abrigos,
         cinco letras). Las luces del alumbrado público se encendieron, su
         fulgor anaranjado reemplazando pálidamente la perdida luz del
         atardecer. Laredo pasó al lado de la mujer; ella volcó la cara y lo
         miró. Era joven, de edad indefinida: podía tener diecisiete o treinta
         y cinco años. Tenía un mechón de pelo blanco que le caía sobre la
         frente y le cubría el ojo derecho. Laredo continuó la marcha. Se
         detuvo. Ese rostro...
             Un taxi se acercaba. Giró y le dijo:
             -Perdón. No es mi intención molestarla, pero...
             -Pero me va a molestar.
             -Sólo quería saber su nombre. Me recuerda a alguien.
             -Dochera.
             -¿Dochera?
             -Disculpe. Buenas noches.
             El taxi se había detenido. Ella subió y no le dio tiempo de
         continuar la charla. Laredo esperó que el destartalado Ford Falcon se
         perdiera antes de proseguir su camino. Ese rostro... ¿a quién le
         recordaba ese rostro?
             Se quedó despierto hasta la madrugada, dando vueltas en la cama
         con la luz de su velador encendida, explorando en su prolija memoria
         en busca de una imagen que correspondiera de algún modo con la nariz
         aguileña, la tez morena y la quijada prominente, la expresión entre
         recelosa y asustada. ¿Un rostro entrevisto en la infancia, en una sala
         de espera en un hospital, mientras, de la mano de su abuelo, esperaba
         que le informaran que su madre había vuelto de la inconsciencia
         alcohólica? ¿En la puerta del cine de barrio, a la hora de la entrada
         triunfal de las chicas de minifalda rutilantes, de la mano de sus
         parejas? Aparecía la imagen de senos inverosímiles de Jayne Mansfield,
         que había recortado de un periódico y colado en una página de su
         cuaderno de matemáticas, la primera vez que había intentado hacer un
         crucigrama, un día después del entierro de su madre. Aparecían rubias
         y de pelo negro oloroso a manzana, morenas hermosas gracias al
         desparpajo de la naturaleza o a los malabares del maquillaje,
         secretarias de rostros vulgares y con el encanto o la insatisfacción
         de lo ordinario, mujeres de la realeza y desconocidas con las que se
         había cruzado por la calle, la piel no tocada varios días por el agua.
             La luz se filtraba, tímida, entre las persianas de la habitación
         cuando apareció la mujer madura con un mechón blanco sobre la cabeza.
         La dueña de El Palacio de las princesas dormidas, la revistería del
         vecindario donde Laredo, en la adolescencia, compraba los Siete Días y
         Life de donde recortaba las fotos de celebridades para sus
         crucigramas. La mujer que se le acercó con una mano llena de anillos
         de plata al verlo ocultar con torpe disimulo, en una esquina del
         recinto oloroso a periódicos húmedos, una Life entre los pliegues de
         la chamarra de cuero marrón.
             -¿Cómo te llamas?
             Lo agarraría y lo denunciaría a la policía. Un escándalo. En su
         cama, Laredo revivía el vértigo de unos instantes olvidados durante
         tantos años. Debía huir.
            -Te he visto muchas veces por aquí. ¿Te gusta leer?
             -Me gusta hacer crucigramas.
             Era la primera vez que lo decía con tanta convicción. No había que
         tenerle miedo a nada. La mujer abrió sus labios en una sonrisa
         cómplice, sus mejillas se estrujaron como papel.
             -Ya sé quién eres. Benjamín. Como tu madre, Dios la tenga en su
         gloria. Espero que no te guste hacer otras cosas tontas como ella.
             La mujer le dio un pellizco tierno en la mejilla derecha. Benjamín
         sintió que el sudor se escurría por sus sienes. Apretó la revista
         contra su pecho.
             -Ahora lárgate, antes de que venga mi esposo.
             Laredo se marchó corriendo, el corazón apresurado como ahora,
         repitiéndose que nada le gustaba más que hacer crucigramas. Nada.
         Desde entonces no había vuelto a El palacio de las princesas dormidas
         por una mezcla de vergüenza y orgullo. Había incluso dado rodeos para
         no cruzar por la esquina y toparse con la mujer. ¿Qué sería de ella?
         Sería una anciana detrás del mostrador de la revistería. O quizás
         estaría cortejando a los gusanos en el cementerio municipal. Laredo
         repitió, su cuerpo fragmentado en líneas paralelas por la luz del día:
         nada me más que. Nada. Debía pasar la página, devolver a la mujer al
         olvido en que la tenía prisionera. Ella no tenía nada que ver con su
         presente. El único parecido con Dochera era el mechón blanco. Dochera,
         susurró, los ojos revoloteando por las paredes desnudas de la
         habitación. Do-che-ra.
             Era un nombre extraño. ¿Dónde podría volver a encontrarla? Si
         había tomado el taxi tan cerca de su casa, acaso vivía a la vuelta de
         la esquina: se estremeció al pensar en esa hipotética cercanía, se
         mordió las uñas ya más que mordidas. Lo más probable, sin embargo, era
         que ella hubiera estado regresando a su casa después de visitar a
         alguna amiga. O a familiares. ¿A un amante? Dochera. Era un nombre muy
         extraño.
             Al día siguiente, incluyó en el crucigrama la siguiente
         definición: Mujer que espera un taxi en la noche, y que vuelve locos a
         los hombres solitarios y sin consuelo. Siete letras, segunda columna
         vertical. Había transgredido sus principios de juego limpio y su
         responsabilidad para con sus seguidores. Si las mentiras que poblaban
         las páginas de los periódicos, en las declaraciones de los políticos y
         los funcionarios de gobierno, se extendían al reducto sagrado de las
         palabras cruzadas, estables en su ofrecimiento de verdades fáciles de
         comprobar con una buena enciclopedia, ¿qué posibilidades existían para
         que el ciudadano común se salvara de la generalizada corrupción?
         Laredo había dejado en suspensión esos dilemas morales. Lo único que
         le interesaba era enviar un mensaje a la mujer de la noche anterior,
         hacerle saber que estaba pensando en ella. La ciudad era muy chica,
         ella debía haberlo reconocido. Imaginó que ella, al día siguiente,
         haría el crucigrama en la oficina en la que trabajaba, y se
         encontraría con ese mensaje de amor que la haría sonreír. Dochera,
         escribiría con lentitud, paladeando el momento, y luego llamaría al
         periódico para avisar que había recibido el mensaje, podían tomar un
         café una de esas tardes.
             Esa llamada no llegó. Sí, en cambio, las de muchas personas que
         habían intentado infructuosamente resolver el crucigrama y pedían
         ayuda o se quejaban de su dificultad. Cuando, un día después, fue
         publicada la solución, la gente se miró incrédula. ¿Dochera? ¿Quién
         había oído hablar de Dochera? Nadie se animó a preguntarle o
         discutirle a Laredo: si él lo decía, era por algo. No por nada se
         había ganado el apodo de El Hacedor. El Hacedor sabía cosas que la
         demás gente no conocía.
             Laredo volvió a intentar con: Turbadora y epifánica aparición
         nocturna, que ha convertido un solitario corazón en una suma salvaje y
         contradictoria de esperanzas y desasosiegos. Y: De noche, todos los
         taxis son pardos, y se llevan a la mujer de mechón blanco, y con ella
         mi órgano principal de circulación de la sangre. Y: A una cuadra de la
         Soledad, al final de la tarde, hubo el despertar de un mundo. Los
         crucigramas mantenían la calidad habitual, pero todos, ahora, llevaban
         inserta, como una cicatriz que no acababa de cerrarse, una definición
         que remitiera al talismánico nombre de siete letras. Debía parar. No
         podía. Hubo algunas críticas; no le interesaba (autor de El criticón,
         siete letras). Sus seguidores se fueron acostumbrando, y comenzaron a
         ver el lado positivo: al menos podían comenzar a resolver el
         crucigrama con la seguridad de tener una respuesta correcta. Además,
         ¿no eran los genios extravagantes? Lo único diferente era que a Laredo
         le había tomado veinticinco años encontrar su lado excéntrico. Al
         Beethoven de Piedras Blancas bien podían permitírsele acciones que se
         salían de lo acostumbrado.
             Hubo cincuenta y siete crucigramas que no encontraron respuesta.
         ¿Se había esfumado la mujer? ¿O es que Laredo se había equivocado en
         el método? ¿Debía rondar todos los días la esquina de su casa, hasta
         volverse a encontrar con ella? Lo había intentado tres noches, la
         gomina Lord Cheseline refulgiendo en su cabellera como si se tratara
         de un ángel en una fallida encarnación mortal. Se sintió ridículo y
         vulgar acosándola como un asaltante. También había visitado, sin
         suerte, las compañías de taxis en la ciudad, tratando de dar con los
         taxistas de turno aquella noche (las compañías no guardaban las
         listas, hablaría con el director del periódico, alguien debía escribir
         una editorial al respecto). ¿Poner un aviso de una página en El
         Heraldo, describiendo a Dochera y ofreciendo dinero al que pudiera
         darle información sobre su paradero? Pocas mujeres debían tener un
         mechón de pelo blanco, o un nombre tan singular. No lo haría. No había
         publicidad superior a la de sus crucigramas: ahora toda la ciudad,
         incluso quienes no hacían crucigramas, sabía que Laredo estaba
         enamorado de una mujer llamada Dochera. Para ser un tímido enfermizo,
         Laredo ya había hecho mucho (cuando la gente le preguntaba quién era
         ella, él bajaba la mirada y murmuraba que en una tienda de libros
         usados había encontrado una invaluable y ya agotada enciclopedia de
         los Hititas).
             ¿Y si la mujer le había dado un nombre falso? Esa era la
         posibilidad más cruel.
             Una mañana, se le ocurrió visitar el vecindario de su
         adolescencia, en la zona noroeste de la ciudad, profusa en sauces
         llorones. El entrecruzamiento de estilos creaba una zona de
         abigarradas temporalidades. Las casonas de patios interiores
         coexistían con modernas residencias, el kiosko del Coronel, con su
         vitrina de anticuados frascos de farmacia para los dulces y las gomas
         de mascar perfumadas (siete letras), estaba al lado de una peluquería
         en la que se ofrecía manicura para ambos sexos. Laredo llegó a la
         esquina donde se encontraba la revistería. El letrero de elegantes
         letras góticas, colgado sobre una corrediza puerta de metal, había
         sido sustituido por un basto anuncio de cerveza, bajo el cual se leía,
         en letras pequeñas, Restaurante El palacio de las princesas. Laredo
         asomó la cabeza por la puerta. Un hombre descalzo y en pijamas azules
         trapeaba el piso de mosaicos de diseños árabes. El lugar olía a
         detergente de limón.
             -Buenos días.
             El hombre dejó de trapear.
             -Perdone... Aquí antes había una revistería.
             -No sé nada, sólo soy un empleado.
             -La dueña tenía un mechón de pelo blanco.
             El hombre se rascó la cabeza.
             -Si es en la que estoy pensando, murió hace mucho. Era la dueña
         original del restaurante. Fue atropellada por un camión distribuidor
         de cervezas, el día de la inauguración.
             -Lo siento.
             -Yo no tengo nada que ver. Sólo soy un empleado.
             -¿Alguien de la familia quedó a cargo?
             -Su sobrino. Ella era viuda, y no tenía hijos. Pero el sobrino lo
         vendió al poco tiempo, a unos argentinos.
             -Para no saber nada, usted sabe mucho.
             -¿Perdón?
             -Nada. Buenos días.
             -Un momento... ¿No es usted...?
             Laredo se marchó con paso apurado.
             Esa tarde, escribía el crucigrama cincuenta y ocho de su nuevo
         período cuando se le ocurrió una idea. Estaba en su escritorio con un
         traje negro que parecía haber sido hecho por un sastre ciego (los
         lados desiguales, un corte diagonal en las mangas), la corbata de moño
         rojo y una camisa blanca manchada por gotas del vino tinto que tenía
         en la mano -Merlot, Les Jamelles-. Había treinta y siete libros de
         referencia apilados en el suelo y en la mesa de trabajo; los violines
         de Mendelssohn acariciaban sus lomos y sobrecubiertas ajadas. Hacía
         tanto frío que hasta Kundt, Carrasco y su madre parecían tiritar en
         las paredes. Con un Staedtler en la boca, Laredo pensó que la
         demostración de su amor había sido repetitiva e insuficiente. Acaso
         Dochera quería algo más. Cualquiera podía hacer lo que él había hecho;
         para distinguirse del resto, debía ir más allá de sí mismo. Utilizando
         como piedra angular la palabra Dochera, debía crear un mundo. Afluente
         del Ganges, cuatro letras: Mars. Autor de Todo verdor perecerá, ocho
         letras: Manterza. Capital de Estados Unidos, cinco letras: Deleu.
         Romeo y... seis letras: Senera. Dirigirse, tres letras: lei. Colocó
         las cinco definiciones en el crucigrama que estaba haciendo. Había que
         hacerlo poco a poco, con tiento.
             Adolescentes en los colegios, empleados en sus oficinas y ancianos
         en las plazas se miraron con asombro: ¿se trataba de un error
         tipográfico? Al día siguiente descubrieron que no. Laredo se había
         pasado de los límites, pensaron algunos, rumiando la rabia de tener
         entre sus manos un crucigrama de imposible resolución. Otros
         aplaudieron los cambios: eso hacía más interesantes las cosas. Sólo lo
         difícil era estimulante (dos palabras, diez letras). Después de tantos
         años, era hora de que Laredo se renovara: ya todos conocían de memoria
         su repertorio, sus trucos de viejo malabarista verbal. El Heraldo
         comenzó a publicar, aparte del crucigrama de Laredo, uno normal para
         los descontentos. El crucigrama normal fue retirado once días después.
             La furia nominalista del Beethoven de Piedras Blancas se fue
         acrecentando a medida que pasaban los días y no oía noticias de
         Dochera. Sentado en su silla de nogal noche tras noche, fue
         destruyendo su espalda y construyendo un mundo, superponiéndolo al que
         ya existía y en el que habían colaborado todas las civilizaciones y
         los siglos que confluían, desde el origen de los tiempos, en un
         escritorio desordenado en Piedras Blancas ¡Preclara belleza de lo que
         se va creando ante nuestros ojos nunca cansados de sorprenderse!
         ¡Maravilla de la novedad en la novedad! ¡Pasmo ante el acto siempre
         nuevo y siempre nuevo! Se veía bailando los aires de una rondalla en
         el Cielo de los Hacedores -en el que los Crucigramistas ocupaban el
         piso más alto, con una vista privilegiada del Jardín del Paraíso, y
         los Poetas el último piso-, de la mano de su madre y mientras Kundt y
         Carrasco lo miraban de abajo a arriba. Se veía desprendiéndose de la
         mano de su madre, convirtiéndose en una figura etérea que ascendía
         hacia una cegadora fuente de luz.
             La labor de Laredo fue ganando en detalle y precisión mientras sus
         provisiones de papel bond y Staedtler se acababan más rápido que de
         costumbre. La capital de Venezuela, por ejemplo, había sido primero
         bautizada como Senzal. Luego, el país del cual Senzal era capital
         había sido bautizado como Zardo. La capital de Zardo era ahora Senzal.
         Los héroes que habían luchado en las batallas de la independencia del
         siglo pasado fueron rebautizados, así como la orografía y la
         hidrografía de los cinco continentes, y los nombres de presidentes,
         ajedrecistas, actores, cantantes, insectos, pinturas, intelectuales,
         filósofos, mamíferos, planetas y constelaciones. Cima era ruda, sima
         era redo. Piedras Blancas era Delora. Autor de El mercader de Venecia
         era Eprinip Eldat. Famoso creador de crucigramas era Bichse. Especie
         de chaleco ajustado al cuerpo era frantzen. Objeto de paño que se
         lleva sobre el pecho como signo de piedad era vardelt. Era una labor
         infinita, y Laredo disfrutaba del desafío. La delicada pluma de un ave
         sostenía un universo.
             El atardecer doscientos tres, Laredo volvía a casa después de
         entregar su crucigrama. Silbaba La caballería rústicana desafinando.
         Dio unos pesos al mendigo de la doluth descoyuntada. Sonrió a una
         anciana que se dejaba llevar por la correa de un pekinés tuerto
         (¿pekinés? ¡zendala!). Las luces de sodio del alumbrado público
         parpadeaban como gigantescas luciérnagas (¡erewhons!). Un olor a
         hierbabuena escapaba de un jardín en el que un hombre calvo y de
         expresión melancólica regaba las plantas. En algunos años, nadie
         recordará los verdaderos nombres de esas buganvillas y geranios, pensó
         Laredo.
             En la esquina a cinco cuadras de su casa una mujer con un abrigo
         negro esperaba un taxi. Laredo pasó a su lado; ella volcó la cara y lo
         miró. Era joven, de edad indefinida. Tenía un mechón de pelo blanco
         que le caía sobre la frente y le cubría el ojo izquierdo. La nariz
         aguileña, la tez morena y la quijada prominente, la expresión entre
         recelosa y asustada.
             Laredo se detuvo. Ese rostro...
             Un taxi se acercaba. Giró y le dijo:
             -Usted es Dochera.
             -Y usted es Benjamín Laredo.
             El Ford Falcon se detuvo. La mujer abrió la puerta trasera y, con
         una mano llena de anillos de plata, le hizo un gesto invitándolo a
         entrar.
             Laredo cerró los ojos. Se vio robando ejemplares de Life en El
         palacio de las princesas dormidas. Se vio recortando fotos de Jayne
         Mansfield, y cruzando definiciones horizontales y verticales para
         escribir en un crucigrama. Puedo resistir todo menos a las
         tentaciones. Vio a la mujer del abrigo negro esperando un taxi aquel
         lejano atardecer. Se vio sentado en su silla de nogal decidiendo que
         el afluente del Ganges era una palabra de cuatro letras. Vio el
         fantasmagórico curso de su vida: una pura, asombrosa, traslúcida línea
         recta.
             ¿Dochera? Ese nombre también debería ser cambiado. ¡Mukhtir! Se
         dio la vuelta. Prosiguió su camino, primero con paso cansino, luego a
         saltos, reprimiendo sus deseos de volcar la cabeza, hasta terminar
         corriendo las dos cuadras que le faltaban para llegar al escritorio en
         el que, en las paredes atiborradas de fotos, un espacio lo esperaba.