Edmundo Paz Soldan - La Frontera




           A la entrada de la mina La Frontera, que creía abandonada, se hallan
           dos hombres. Tienen el rostro terroso, apariencia de mineros en la
           vestimenta desastrada, y pancartas en alto condenando el cierre de
           las minas decretado por Paz Estenssoro. La escena me parece curiosa;
           detengo el jeep, me bajo y me acerco a ellos. Hace años que no venía
           por este camino abandonado, hace años que no visitaba la finca de
           Sergio. Bien puede esperar unos minutos, me digo, y perdonar al
           periodista que siempre hay en mí.
           De cerca, confirmo que son mineros. Los rayos del sol refulgen en
           todas partes menos en sus cascos, tan viejos y oxidados que carecen
           de fuerzas para reflejar cualquier cosa. Los mineros no mueven un
           músculo cuando me acerco a ellos, no pestañean, miran a través de
           mí. Sus pies de abarcas destrozadas se hallan encima de huesos
           blanquinegros. Miro el suelo, y descubro que yo también estoy
           posando mis pies sobre huesos: de todos los tamaños y formas,
           algunos sólidos y otros muy frágiles, pulverizándose al roce de mis
           zapatos. En mi corazón se instala algo parecido al pavor.
           Las minas fueron cerradas hace más de siete años.
           Muchos mineros entraron en huelga, pero al final terminaron
           aceptando lo inevitable y marcharon hacia su forzosa
           relocalización, a las ciudades o a cosechar coca al Chapare.  

           ¿Podía ser, me pregunto, que la noticia del fin de la huelga no
           hubiera llegado hasta ahora a los mineros de esta mina? La región de
           Sergio progresó con la inauguración del camino asfaltado, y aquí
           quedaron, abandonados, esta mina y el camino viejo.
           Les pregunto qué están protestando.
           Silencio.
           Después de un par de minutos insisto esta vez tartamudeando, acaso
           dirigiendo la pregunta más a mí mismo que a ellos. Y entonces veo un
           leve movimiento en la boca de uno de ellos. Un par de músculos
           faciales se estiran, quiere decirme algo.
           Pero el esfuerzo es demasiado. Boquiabierto, veo el quebrarse de la
           reseca piel de las mejillas y el pesado caer de la pancarta: luego,
           súbitamente, el rostro se contrae sobre sí mismo y la carne se torna
           polvo y se derrumba y del minero no queda más que un montón de
           huesos blancos y secos.
           Pienso que es hora de no hacer más preguntas, de reemprender mi
           camino, de aparentar, una vez más, no haber visto nada.