Jose Pazo - El Reflejo del Siluro
I
Siempre le había gustado que le llamaran Andrew, aunque su nombre
era Andrés, Andrés Jiménez Blanco. También le complacía su apellido,
sobre todo la segunda parte, Blanco, quizás porque su pelo era como
el azabache. Tan solo una vez, de muy joven, se había confesado a sí
mismo que no le gustaba su morenez, frente al espejo, en forma de
pensamiento que se apresuró a relegar a un aparente olvido, pero que
cimentó gran parte de su timidez. Tenía el pelo negro, cualquier
pelo del cuerpo, y nada le habría gustado más que que hubiera tenido
otro tono, más claro, más acorde con su piel y con su apellido. Sin
embargo hoy, cuando el inspector le dijo entre las cenizas aún
humeantes,"Are you Andrew Blanco?", con ese acento tan marcado,
habría deseado poder decir que no, que no era él, que se habían
equivocado y que todo era un error. Porque en el fondo eso es lo que
era.
II
Andrés la había conocido en Glasgow, mientras se especializaba en la
reproducción de los siluros. Lynn era la ayudante del doctor
Connely, el profesor que le codirigía su tesis, y los dos se habían
visto forzados a un contacto que, si bien al principio parecía
incomodar a ambos, acabó siendo el centro de su vida en Escocia.
Acostumbrado, como estaba, a un tipo de mujer oscura y meridional,
siempre proclive a accesos emocionales inesperados ---al menos así
lo sentía él---, esa mujer rubia, con los ojos azules, la piel de
una transparencia en la que se mezclaban el rosa y el azul celeste,
y un tono de voz que parecía la cadencia saltarina de un río tras el
deshielo, le transportó a un espacio de paz nuevo para él. Tras un
sábado en el que hicieron un picnic junto al río, Andrés comenzó a
pensar que estaba enamorado de Lynn.
Nunca antes había estado enamorado. Solo había tenido una fijación
con una tía suya, tía Carmen, cuando tenía trece años, un año antes
de que sus padres murieran en un accidente de tráfico, cerca de
Valencia. Tras su muerte, no se sintió especialmente conmocionado, e
incluso albergó la esperanza de que sus abuelos lo mandaran a vivir
con su tía. Sin embargo, a la que mandaron con tía Carmen fue a su
hermana Mercedes, mientras que a él lo ingresaron en un internado en
las afueras de Barcelona, con el pretexto de que sería mucho mejor
para su educación.
Los años del internado fueron un tiempo poco claro, del que lo único
que recordaba de forma determinante era el gusto que había
desarrollado por la biología en general y por los peces en
particular. De los peces le gustaba el sistema nervioso pero, sobre
todo, la forma de reproducción. Le asombraba que dejaran los huevos
sueltos en el agua, o adheridos a una roca o una planta, y que luego
fuera el pez macho quien los fecundara mediante una acción externa.
Quizás porque las chicas de su edad no le interesaban demasiado, o
porque el sexo le parecía algo lejano e intimidatorio, o incluso por
una combinación de las dos cosas, esa forma de reproducción le
parecía más perfecta, más serena, como si de alguna forma él mismo
compartiera ese mundo asordinado en el que vivían los peces.
Después de terminar los estudios de bachillerato y de haber
efectuado con éxito el examen de entrada en la universidad, Andrés
se traslado a Madrid, donde pasó cinco años sumido en el mundo
acuático de su aislamiento, tan sólo roto por su afición al ajedrez
y las conversaciones con Masami.
La afición al ajedrez le vino como algo natural. No recordaba cuándo
había aprendido a jugar. Sin embargo, en Madrid, en las horas
muertas del colegio mayor, comenzó a leer los problemas de los
periódicos, y pronto pasó a enfrentarse con otros estudiantes en la
sala de estar, junto a la entrada. Tras batirlos a todos, se apuntó
al club del colegio, y los sábados pasaron a estar ocupados por unas
visitas al extrarradio, a locales pobres y pequeños, donde pasaba
horas enfrascado en luchas mentales que solía ganar.
Lo que más le gustaba del ajedrez era el silencio que lo envolvía,
esa cualidad a la que tanto aspiraba y que era también una parte
importante de su relación con Masami.
Masami era hijo de una japonesa y un español. Físicamente, era mucho
más oriental que europeo, y quizás eso junto con una gran timidez lo
llevaba a mantener cierto alejamiento con su entorno, lo que
enseguida lo acercó a Andrés. Los dos solían pasar horas juntos,
pero muchas de esas horas las pasaban absortos en sus lecturas, sin
que mediara la mínima sensación de azoramiento o malestar. Los dos
eran bien conscientes de ello, y a los dos les parecía que era una
muestra de su madurez, de su superioridad sobre el resto de sus
compañeros.
Este sentimiento, aunque secreto y nunca compartido, los resarcía de
su inferioridad cuando llegaba el momento de relacionarse con el
otro sexo. Andrés lo resolvía con una indiferencia completa. Masami,
por el contrario, se mostraba bastante locuaz sobre el tema
---teniendo en cuenta sobre todo su habitual reserva--- , y mantenía
siempre en sus palabras un tono de seguridad que se contradecía a
todas luces con los hechos.
Masami insistía en la perversidad de la mujer, en una perversidad no
degradante, pero sí encaminada a intentar burlarse de los hombres,
sobre todos si éstos eran inteligentes. No es que Masami negara la
inteligencia en la mujer, sino que defendía que esta inteligencia
estaba siempre al servicio de intrigas sexuales o relacionadas con
el apareamiento de una forma más o menos social.
Ante estas opiniones, Andrés callaba o asentía con una sonrisa, pero
ni las rebatía ni se mostraba partidario de ellas. En el fondo
sospechaba que no era así, que el amor auténtico existía por debajo
de su propio mundo racional, y que algún día el propio Masami lo
descubriría. Igual que lo haría él mismo.
Lo cierto es que la carrera transcurrió sin que así ocurriera. Tras
ese tiempo, Masami pidió una beca para irse a Hiroshima, a estudiar
el cultivo de algas en aguas regeneradas, y Andrés obtuvo una beca
para continuar estudiando la reproducción de los siluros en la
universidad de Dundee, en Escocia.
Desde el principio, se sintió a gusto en Escocia. Le gustaron las
interminables noches, la tranquilidad de las calles, el verdor unido
a los cielos grises, el aguanieve interminable del invierno y, sobre
todo, el colorido de los escoceses, esa mezcla de blanco, oro y azul
pálido que hacía que parecieran que habían sido purificados en una
bañera de lejía.
Aunque no solo contaban esos factores; de la universidad, le
impresionó la biblioteca y, sobre todo, el laboratorio de
ictiología, con sus inmensos tanques iluminados desde atrás. Le
gustaba pasar los días hasta que anochecía en el laboratorio,
rodeado del movimiento mudo de los peces en sus acuarios, sintiendo
sus ojos posarse en él. Le parecía que eran sus compañeros, o sus
discípulos, seres con los que podía comunicarse desde el silencio y
la soledad.
Durante dos años, estudió la reproducción de los siluros. El interés
en estos peces venía de un fascinante descubrimiento que el doctor
Connely había hecho en Escocia. Un día, pescando en el lago Earn,
había atrapado un siluro. No era un ejemplar demasiado grande, pero
era un siluro auténtico. Y lo extraordinario del hallazgo descansaba
en que era el primer siluro que nunca se había visto en estado
natural no solo en Escocia, sino en todas las islas británicas. El
siluro, el siluris glanis de Lineo, era un pez originario de oriente
y del Este de Europa. Se sabía que, en los años sesenta, habían
aparecido ejemplares en los lagos italianos de Lugano, Garda y
Maggiore, y en algunos ríos de la península itálica, pero nunca en
otros paises más septentrionales. La razón era que, para
reproducirse, los siluros necesitaban una temperatura del agua de al
menos 20 grados centígrados, una temperatura que nunca se alcanzaba
en las aguas dulces escocesas.
En Italia, la aparición de los siluros se había visto como una nueva
plaga oriental. No solo esquilamaban los lagos de otros peces
gracias a su voracidad, sino que, con sus dos filas de dientes y su
gran tamaño ---se habían pescado ejemplares de más de tres
metros---, el siluro enseguida se ganó fama de asesino de pescadores
incautos o bañistas desprevenidos. Esta última actividad había sido
desmentida por gran parte de los ictiólogos del pais transalpino,
pero había bastado para dotar al siluro de un aura fatal en el
imaginario colectivo.
Andrés había llegado a Dundee para estudiar la reproducción de los
barbos. Allí, se fascinó con las luchas previas al apareamiento, y
las interpretó como representaciones psicológicas de toma de puestos
jerárquicos. Sus observaciones gustaron a Connely. Mediante ellas,
era fácil determinar los rasgos que el grupo favorecía, ya que el
barbo perdedor, de alguna forma, acataba la derrota en aras de un
desarrollo del grupo en la dirección genética del ganador. Las
luchas en los tanques transmitían a Andrés un entusiasmo que, a su
vez, él traspasaba a Connely.
Pero, sobre todo, a Andrés le fascinaban las peleas que se
desencadenaban entre los machos después de que las hembras hubieran
puesto los huevos. La forma en la que cada macho intentaba fecundar
el mayor número de huevos posibles, o su voracidad hacia los huevos
fecundados por otros machos le parecían acciones casi místicas,
desinteresadas, pues siempre se producían en el mejor interés del
grupo, en su paulatina mejor adaptación posible a las
circunstancias..
Hasta ahora, nadie había estudiado el comportamiento de los barbos
en época de reproducción de esa manera, y la minuciosidad y las
posibles conclusiones de las observaciones de Andrés le parecieron a
Connely muy sugerentes. A ello, vino a unirse el descubrimiento del
siluro. Si había siluros en el Earn era porque se podían reproducir,
y Connely quería estudiar cómo se producía ésta. Además, quería
hacerlo eliminando el factor de la cautividad, haciéndolo en un
estado de libertad o de semilibertad. Había pruebas de que la
cautividad alteraba los hábitos reproductivos de los mamíferos, y si
las conclusiones de Andrés se basaban solo en los siluros del
laboratorio, era fácil que otros investigadores las desecharan por
esta causa. Por ello, poco después de que Andrés volviera a Madrid,
el doctor Connelly le escribió para ofrecerle una plaza de profesor
asociado en el su departamento, con la misión especial de dedicarse
al intento de desarrollo de unas piscifactorias de siluros en el río
Earn, a algunas millas de la universidad. Cuando Andrés recibió la
oferta, sintió que las cosas caían en su sitio. La universidad que
lo había acogido, la ciudad que le había ofrecido una novia, le
ponía en bandeja ahora la posibilidad de crearse un futuro, de
sentar las raíces de un sólido edificio. Nada más leer la carta,
llamó a Lynn. Pero incluso antes de hacerlo, sabía que su respuesta
iba a ser un rotundo sí.
III
Decidieron casarse en Madrid. Fue algo paradójico, ya que la familia
de Lynn vivía en Cornualles, y lo tradicional también en Inglaterra
era que la boda se efectuara en la ciudad de la novia. Sin embargo,
en su decisión pesó el hecho de que se fueran a vivir a Escocia. A
Andrés, teniendo esto en cuenta, le pareció lo más normal del mundo
proponer una boda en España, y eligió Madrid sin pensarselo mucho.
Al fin y al cabo, su única familia cercana, su hermana Mercedes,
vivía cerca de Madrid, en el Escorial, y sus amigos de la
universidad todavía estaban allí.
Tras una breve conversación telefónica, se pusieron de acuerdo en
casarse por lo civil, ya que ninguno de los dos era muy creyente.
Andrés, antes de que Lynn llegara, preparó todo concienzudamente. La
primera noche, la pasarían en el mismo hotel, pero en habitaciones
diferentes. Al día siguiente, tendrían la ceremonia ante el juez a
las dos de la tarde. Volverían al hotel por su cuenta, para comer
solos y cambiarse, y a las ocho darían una cena allí mismo, a la que
habían invitado a sus amigos y a algunos familiares. Por la parte de
ella no venía nadie, ya que sus parientes habían rechazado la
invitación al poco de recibirla, alegando razones económicas. Esta
circunstancia parecía no afectar a Lynn en absoluto, lo que
extrañaba ligeramente a Andrés, aunque también le provocaba una
sensación de liberación que le gustaba. Además, como su situación
económica no era todavía la mejor, no se sintió culpable de no
ofrecer el pago de los gastos del viaje cuando menos a los padres de
Lynn.
Al día siguiente, tras pasar la noche juntos, partirían al
aeropuerto de Barajas, desde donde saldrían para Dundee. Allí les
esperaba la casa que la universidad les había alquilado: un caserón
un tanto destartalado pero de moderna construcción diez kilómetros
hacia el Oeste por la costa, por el camino hacia Arbroath. Aislado y
solitario, pero con un alquiler increiblemente bajo, Andrés esperaba
tener el espacio suficiente para montar sus propios acuarios en la
casa, y poder hacer algunas observaciones sin tener que ir a la
universidad.
Tal y como estaba previsto, Lynn llegó de Inglaterra el día anterior
a la boda. Lo primero que le chocó a Andrés, fue la blancura de su
piel bajo la luz despiadada de Madrid. En Escocia, su color tenía
algo atractivo, sugerente, una naturaleza nacarina que cuadraba
perfectamente con los cielos pálidos y con los verdes circundantes.
En Madrid, sin embargo, la luz, menos difusa, llenaba a Lynn de
bruscos contrastes y, a la vez, taladraba su piel sacando todos los
azules y verdes que se escondían bajo su epidermis. Cuando la vió
aparecer por la puerta del aeropuerto y avanzó hacia él, pensó que,
sin duda alguna, tenía una naturaleza ictínea, una existencia
sinuosa y acuática que tan bien conocía y que tanto le atraía.
Quizás, pensó mientras andaba a su lado, su ropa, delicada y de
tonos pasteles, en las antípodas de los colores fuertes que llevaban
las mujeres en España, acentuaban esa sensación de blancura irreal.
A todo ello se unió el súbito recordatorio de que Lynn no sabía ni
una palabra de español. Todo ello hizo que, por primera ve, la viera
como una extraña, como un ser ajeno a él. Sin embargo, él mismo
luchó contra esa sensación, relegándola fácilmente al olvido, sobre
todo al recordar que Lynn no había llegado sola, sino que había
salido de la zona de recogida de equipajes junto a un hombre joven,
rubio, bastante más alto y musculoso que él, y aparentemente inglés.
Andrés vió cómo salían juntos, hablando y sonriendo, y cómo se
despedían de forma muy cordial, dándose la mano.
--- ¿Quién era?--- le preguntó él nada más saludarse con un beso.
--- Nadie... Estaba sentado junto a mi asiento.
--- Al verlo, pensé que a lo mejor era algún familiar tuyo.
--- No, no...
No hablaron más sobre el asunto, pero Andrés siempre recordó ese
momento como la primera vez que conoció los celos en su vida, un
inesperado y desagradable conocimiento.
Hasta ese día, los celos no habían sido más que una palabra conocida
pero, en el fondo extraña. Ahora, lo que más le sorprendió fue el
carácter intempestivo del sentimiento. Le había llegado sin llamar a
la puerta antes, sin ningún tipo de aviso o misiva, y le había
atacado de frente, sin distracciones o aproximaciones oblicuas.
Además, se había unido de forma extraña con la sensación de
alejamiento que le había provocado su color. Por un segundo, fue
consciente de que la amaba y al mismo tiempo la odiaba, pero tan
solo por un segundo o quizás menos.
En el camino a Madrid, se dieron la mano todo el tiempo en el taxi,
y el tacto suave de su piel, así como la relativa intimidad del
coche, sirvieron para retrotraerlo a sus sentimientos anteriores, a
su estado de ánimo original, a su propio ser. Cuando bajaron del
taxi frente al hotel, pensó que todo ese cóctel de sensaciones se
debía seguramente al calor reinante.
Esa tarde, quedaron con su hermana Mercedes en una cafetería del
centro para que se conociesen antes de la boda. El encuentro era
algo embarazoso para ambas, ya que ni Mercedes sabía inglés ni Lynn
español, y algo incómodo para él ya que tenía que traducir todo
intentado de la forma más correcta posible. Y Andrés sabía bien
inglés, pero sin que su soltura, relativa, estuviera libre de una
sensación de incomodidad que le costaba ocultar.
Lo peor de todo, sin embargo, fue que desde el principio notó que a
Mercedes no le caía Lynn nada bien. Era una sensación subyacente,
que en nigún momento su hermana verbalizó, pero que llegaba a
impregnar hasta su mirada. Andrés vio que Mercedes, cuando Lynn no
la miraba, posaba sus ojos en ella con una mueca de ligero asco,
como si estuviera viendo a un ser algo repugnante. A pesar de ello,
la reunión transcurrió por cauces normales. Excepto en un momento en
el que Lynn se fue al cuarto de baño y Andrés, sin poder reprimirlo,
se dirigió a Lynn directamente, sin inquirir por una opinión general.
--- ¿Qué pasa? ¿Qué es lo que te molesta de Lynn?
--- Nada...
--- Vamos, Mercedes, a mí no me engañas.
--- Es que...
--- Es que qué.
Andrés esperó con impaciencia.
--- Es que... Es que no lleva sujetador.
La carcajada de Andrés hizo que otros clientes se volvieran hacia
ellos.
--- Pero Mercedes, es inglesa... Además, muchas españolas no llevan
tampoco.
--- Ya, pero...
En ese momento llegó Lynn y ya no volvieron a hablar del asunto.
Mientras volvía al hotel con Lynn, Andrés pensó en el incidente. Era
absurdo que Mercedes juzgara moralmente a su futura esposa por el
hecho de que no llevara sujetador. Había algo incongruente en su
explicación, no solo por los tiempos y las costumbres que corrían en
Madrid desde hacía muchos años, sino por el hecho de que sirviera
para despertar en ella un sentimiento tan grande de condena y
repugnancia que hasta era visible en su cara. Lo más extraño de todo
era que, de alguna forma, Andrés comprendía el sentimiento de su
hermana, no le parecía tan fuera de sitio ya que, en el fondo,
compartía algo de él.
Y esto lo pensó cuando, tras pagar al taxista, pudo ver de refilón
el pecho izquierdo de Lynn desde su arranque hasta el nacimiento del
pezón a través de la abertura lateral de su camisa blanca sin mangas.
IV
La boda, al día siguiente, estuvo envuelta en el gris del cielo.
Contrariamente a lo que había imaginado, en vez de preferirlo al sol
del día anterior, el gris volvió las calles tristes y melancólicas,
algo que le desagradó para el día de su boda. Mientras iban juntos
al juzgado, le pareció además que había poca gente en la calle, que
estaban algo desiertas. Le habría gustado más tener un día soleado y
ver más actividad. Le daba la impresión de que la gente se había
retirado el día de su boda, lo que conllevaba un sensación de
abandono que no le gustaba nada.
A ello, se unió el que tuvieran que esperar en el juzgado. Al
parecer, las bodas iban con un retraso acumulado, y coincidieron en
el hall con otra pareja y sus familias lo que hizo inevitable la
comparación. Frente al bullicio y la naturalidad de los integrantes
de la otra boda, los pocos amigos suyos que habían ido parecían
medio inexistentes, y hacían que todos parecieran invitados, o más
bien espectadores, de la otra boda.
Lynn iba vestida con un traje de chaqueta azul celeste, que al menos
pegaba con el gris del cielo, aunque no con el de las calles ---más
sucio---, pero en su afán por maquillarse se había excedido con la
sombra azul alrededor de los ojos y con el lapiz de labios de un
rosa intenso, más propio de una niña que de una mujer ---que habría
preferido el rojo---. A pesar de todo, estaba guapa, y Andrés no
pudo, antes de pasar a la sala, proyectarse junto con ella en el
futuro, y pensar que tendrían unos hijos excepcionales.
Esta imagen se acentuó cuando pasaron a la sala y, al caminar tras
Lynn, pudo ver sus caderas y su trasero embutido en la falda. Por
detrás, Lynn tenía algo caballuno que le atraía de forma intensa.
Las había visto ya, no era la primera vez, pero sus caderas estaban
más asociadas a su tacto que a su vista, y el verlas ahora así le
excitaron e hicieron que cuando dijo el "sí, quiero", lo hiciera con
intensidad y dominio, anticipando un futuro prometedor.
Masami sonrió al felicitarlo, directamente venido de Osaka para la
ceremonia, y los otros compañeros rieron y le dieron palmadas. Hasta
tía Carmen lo abrazó con un entusiasmo que a él le pareció un poco
excesivo. Tan solo Mercedes se mantuvo fría y algo distante, aunque
los besó a los dos, y a él le dió un apretón en la mano a
escondidas, sin que lo viera nadie. Andrés sintió algo tierno en ese
gesto. Sin casi pensarlo, le vino a cabeza algo que sabía: Lynn sí
llevaba hoy sujetador, y era un sujetador blanco. Al hacerlo, sonrió
para sí mismo.
De vuelta, ya en el hotel, sin los demás, Andrés la levantó en
brazos para entrar en la habitación. Casi no podía con ella, y los
dos cayeron en la cama envueltos en una nube de risas. Andrés
comenzó a besarla. Lynn respondió con un ansia desconocida para él,
y tras unos minutos de abrazos y besos intensos se separó de él y se
puso en pie junto a la cama, manteniendo la mirada en sus ojos todo
el tiempo. Así, siempre frente a él, comenzó a desnudarse
lentamente. Fue tirando una a una las prendas junto a Andrés.
Primero la chaqueta; después, la camisa blanca, que dejó a la vista
un sujetador blanco con bordados; tras ello, la falda que tiró sobre
la cabeza de Andrés. Andrés se la quitó con un manotazo, y pudo ver
sus bragas blancas bajo un liguero rojo intenso que sujetaba las
medias también blancas. Seguía con los zapatos de tacón puestos, y
Andrés, que estaba en plena excitación, sintió algo extraño dentro
de él. Era como si las acciones de Lynn fueran demasiado para él,
como si hubiera sobrepasado, por poco, la fina línea del mal gusto.
Por supuesto que le había excitado, pero quizás más que ese
despliegue de seducción habría preferido una caricia, algo menos
amenazador, pues así era como se sentía.
En ese momento, sonó el teléfono. Andrés se apresuró a cogerlo. Era
Masami, que salía esa misma tarde para París, ya que había combinado
el viaje por su boda con una visita a la Sorbona. Le dijo que quería
despedirse de él antes de partir. Andrés se excusó con Lynn dándole
un beso frío en los labios, y salió de la habitación con cierta
sensación de alivio, mezclada sin embargo con la resaca de la
excitación. Muchas veces después se acordó de ese momento, y
agradeció en su fuero interno la llamada de Masami.
De alguna forma, alargó el tiempo con Masami para que el que restaba
tuviera que usarlo en prepararse para la cena. Cuando subió de nuevo
a la habitación, Lynn estaba en la cama, vestida tal y como la había
dejado pero sin los zapatos. Al entrar, la vió de espaldas, y se
acercó y le besó en el cuello.
--- Esta noche, mi amor...
Lynn no dijo nada. Tan solo se volvió y sonrió, y Andrés pensó en lo
afortunado que era por tener una mujer así, tan guapa, tan
atractiva, tan sensual, por debajo de su aparente frialdad
británica. Sintió que debía agarrarle la cara y darle un beso
intenso. Pero en vez de eso, se limitó a pasarle la yema del dedo
corazón por el contorno de la cadera, como quien toca algo con temor
a que esté demasiado caliente. Después, se levantó y se dirigió
hacia la ducha.
V
Durante la cena, Lynn estuvo más sonriente que nunca, aunque casi no
habló con nadie. Aunque algunos amigos suyos practicaron su inglés
por unos minutos, al final todo quedó para él, para Andrés. Andrés
intentó dedicarle la mayor atención posible, y así lo hizo, pero no
pudo evitar la sensación de estar partido y dividido en dos. Se daba
cuenta de que Lynn pertenecía a otro mundo y que nunca podría entrar
en el suyo. Sin embargo, era él el que quería entrar en el de ella,
y sabía que lo podía hacer, que estaba dotado para ello, casi desde
el momento en el que nació.
Durante la cena, le gustó observar a su tía Carmen. Había sido su
primer amor, alguien por quien había perdido los vientos en la
soledad de su cuarto, y ahora le gustaba observarla y compararla con
Lynn, la mujer que él había elegido para vivir su vida. Tía Carmen
parecía bajo esta luz una mujer ya ajada, con los pechos caídos y la
cintura ancha, y Andrés sentía un orgullo interno al constatar que
Lynn era mucho mejor como mujer. Mucho más joven, con una piel mucho
más delicada, con unas formas mucho más sensuales y femeninas, con
una forma de ser más discreta y cuidada. Desde su momento actual, le
extrañaba incluso la pasión que había sentido por su tía, le parecía
algo remoto e inexplicable, porque él no era ya el mismo que había
sido. Esta idea le gustaba. Ahora era un hombre con control de sí
mismo, de su futuro y de sus acciones. Había hecho una elección
consciente de sus consecuencias, y no le quedaba más que vivir ese
futuro construyéndolo él mismo.
Hacía tiempo que no bebía, y aprovechó la ocasión para resarcirse.
El alcohol le dió un punto de vista privilegiado para mirarse a sí
mismo y mirar a los otros: su hermana, tan enigmática siempre, tan
seria; su tía, tan parlanchina y coqueta a pesar de su edad; sus
amigos, tan superficiales dentro de su corrección, tan ajenos a los
compromisos serios de la vida. Y la sombra de Masami, tan lleno de
silencios y de sonrisas. Y, sobre todos ellos, la mirada de agua y
miel de Lynn, y su propia barba negra, tan tupida, con los dientes
blancos en medio creando su sonrisa.
Del blanco y del negro pasó a sus recuerdos del ajedrez. La vida, le
parecía, era una gran partida. Él había movido ficha, y la vida
había movido las suyas a su alrededor, y el resultado era ese
momento, con amigos y familiares reunidos, con una salida, un
desarrollo, y un camino que seguir. Sus fichas quizás eran más
escasas que las de otros, su familia exigua, sus amigos pocos, pero
tan solo dieciseis fichas bastaban para siglos de combinaciones sin
fin. Y su propia partida iba a ser tan apasionante como la que más,
como la más bella partida de Capablanca contra Alekhin. Lo sabía
porque había comenzado antes y de forma diferente a los demás, con
una conciencia de la belleza de lo que podía hacer que estaba seguro
que sus amigos, salvo Masami, no compartían.
Pensando en el ajedrez, se dió cuenta de que la cabeza se le iba y
de que todo comenzaba a dar vueltas a su alrededor. Poco antes,
había comenzado a acariciar el muslo de Lynn por debajo de la mesa,
y ella le había respondido con gusto y de manera juguetona. Sabía
que, cuando se acabara la cena, le esperaba una noche de pasión, de
ciego abandono, y ahora le daba igual el color o la forma de su
liguero. La mezcla de rojo y blanco le recordaba a un tablero de
ajedrez, un tablero en el que quería poner sus piezas. Lo malo era
que, cuanto más lo deseaba, más vueltas parecía dar la habitación a
su alrededor.
Durante un rato, con la noción del tiempo ya perdida, deseó que
todos se fueran y que los dejaran solos. Cuando llegaron los
postres, alguien comezó a gritar "¡que se besen, que se besen!", y
con problemas para mantenerse vertical, se incorporo junto a Lynn y
la besó sin cerrar los ojos, ya que en ese momento se dió cuenta de
que no podía cerrarlos, de que no quería cerrarlos pasara lo que
pasara.
Volvió a sentarse y los postres se le hicieron interminables, pero
al fin alguien se levantó y se acercó para despedirse, y entonces
comenzó un desfile de manos, caras, carrillos que parecían
abalanzarse sobre él, de risas excesivas y de palabras inconclusas.
De ahí, sin saber bien cómo, pasó al ascensor donde se vio junto a
Lynn en el espejo, y luego al cuarto sin que existiera el pasillo
que siempre había estado allí.
Nada más cerrar la puerta, a pesar de la borrachera, fue consciente
que no lo iba a poder hacer esa noche. Sin embargo, sintió un
orgullo interno, una sensación de control que venía del simple hecho
de que tenía allí a una mujer magnífica, una rubia imponente de
caderas caballunas a la que no se iba a follar por el simple hecho
de que estaba demasiado borracho, habiendo bebido él mismo, por
decisión personal y social suya, pero que ella estaba allí, solo
para él.
Le pareció que la luz en el cuarto estaba apagada, que él y ella
estaban envueltos en las sombras, y al día siguiente recordó que
había llegado al baño y que había vomitado en el retrete un vómito
ácido que se le metió por las narices en su camino ascendente. Luego
recordaba la mano de Lynn sobre su frente, su ropa interior sobre
una butaca, y las sombras allí en la pared, toda la noche,
persiguiéndole y diciéndole algo que él era incapaz de comprender.
VI
Andrés se recostó en el asiento y estiró las piernas. Las turbinas
zumbaban en la parte trasera del avión, y cuando, tras el giro a la
izquierda, el avión retomó la horizontalidad lateral, sintió un
alivio dentro de su cabeza, en lo más profundo de su resaca.
Nada más entrar en el avión, se había hecho con una almohada y una
manta y ahora, al apagarse la luz que indicaba la obligatoriedad de
los cinturones, reclinó el asiento todo lo que pudo. Les habían dado
unos buenos asientos, junto a una salida de emergencia y justo
después de uno de los centros en los que las azafatas manipulan la
comida y las bebidas, y disponía de más espacio delante para estirar
las piernas. Por las ventanillas, se podía ver todavía el sol de la
tarde sobre las nubes, pero pronto anochecería y la oscuridad los
envolvería. Lo deseaba, deseaba dormir todo lo que pudiera, y
hubiera deseado que el vuelo fuera aún más largo para tener más
tiempo para dormir.
Sin embargo, aunque lo deseaba, no podía. Con los ojos cerrados y la
cara ladeada hacia Lynn, recordaba flashes del día. Se había
despertado con un tremendo dolor de cabeza, y nada más hacerlo había
visto que Lynn no estaba a su lado. Al cabo de un rato, entró por la
puerta y le dijo que venía de desayunar. Cuando se sentó en la cama
para darle un beso, Andrés vió a través del agujero del brazo de su
camisa sin mangas que no llevaba sostén, y que el pecho derecho
colgaba y vibraba de forma suave, como una bolsa de aceite dentro de
una pecera de agua.
También recordaba sus sensaciones de vergüenza y orgullo. Vergüenza
por haber pasado así la primera noche, y orgullo por tener una mujer
tan guapa a su lado, por estar con alguien tan atractivo, con esos
pechos, con esa piel, y con esa capacidad de comprensión. Sabía que
Lynn era una mujer inteligente y reflexiva, pero le había admirado
la naturalidad con la que había sobrellevado una boda en el
extranjero, en un país del que no conocía la lengua. Al pensarlo
ahora, se daba cuenta de que su mezcla de sensaciones había sido
producto de la tensión. Ante ellos se abría ahora toda una vida, un
nuevo país con el trabajo que siempre había deseado, con la
compañera ideal, capaz de ser no solo su mujer sino su compañera
intelectual también, capaz de seguirle en su desarrollo personal.
Esto era algo que no habían hablado, si ella seguiría adelante con
su tesis doctoral y su colaboración con el departamento, pero estaba
seguro de que así sería, al menos hasta que tuvieran hijos. La
especialidad de Lynn era algo diferente, ya que se centraba en el
desarrollo del sistema nervioso de los siluros, pero las
concomitancias hacían más sugerente el futuro de su relación. Lo que
no quería Andrés era una competencia entre los dos, pero estaba
seguro que, en cuanto Lynn tuviera hijos su carrera se ralentizaría,
lo que además le daría la posibilidad de ayudarla a ella, situación
siempre agradable pues, aunque no se lo dijera abiertamente, le
ponía en un nivel superior de control. Una situación natural que
llegaría por sí sola.
A pesar de la lucidez de su pensamiento, junto con la resaca,
permanecía en su cabeza la huella de los celos que había pasado dos
días antes. No solo su eco no se había apagado, sino que se había
reavivado mientras esperaban el avión cuando creyó ver al hombre
joven y rubio que tan cordialmente había descubierto hablando con
Lynn el día de su llegada. Estaba en la otra punta de la sala de
espera, y lo descubrió siguiendo la mirada de Lynn en un momento en
el que ella no se sabía observada. Nada más verlo, a Andrés le dió
un vuelco el corazón, y sintió que comenzaba a palpitar con una
velocidad inusitada. Sin poder evitarlo y sin decir nada a Lynn, se
levantó y caminó hacia él para observarlo de cerca, para ver si era
realmente el mismo hombre o se trataba de otra persona. Al verlo de
cerca, se tranquilizó. Era rubio, en efecto, pero este hombre era
claramente más alto y desgarbado, además de tener el pelo más largo.
A pesar de ello, cuando se formó la cola para embarcar, hizo todo lo
posible para ponerse junto al hombre y ver la reacción de Lynn.
Cuando estuvieron cerca, los dos ---Lynn y el extraño--- se miraron
como si no se vieran y no se dijeron absolutamente nada ni hicieron
gesto o ademán de conocerse. Esto le tranquilizó. Si en realidad
fuera el mismo hombre, sería absurdo que no se saludaran, pensó, ya
que Lynn sabía que los había visto llegar juntos y esto no haría más
levantar las sospechas de Andrés. No, no era posible. En realidad no
se conocían y él estaba todavía bajo los efectos de los celos de la
llegada, y por eso veía fantasmas donde no los había.
Mientras recordaba esto sentado en la butaca del avión con su mujer
a su lado, entreabría los ojos de vez en cuando, sin que Lynn se
diera cuenta, para observarla. Le parecía increíble lo guapa que
era, y cada vez se sentía más orgulloso de estar con ella. Se daba
cuenta de que no hablaba de sus sentimientos, de esos sentimientos
con ella, pero pensaba que lo haría en el futuro, que ella le
enseñaría a ser más abierto, más comunicativo, más humano. Sabía que
iba a ser así.
A pesar de tener casi todo el tiempo los ojos cerrados, sintió a las
azafatas pasando con los carritos de las comidas y las bebidas a su
lado. De vez en cuando le golpeaban el brazo izquierdo, pero no le
importaba mucho. Después de un rato, por las ventanillas solo se vio
la oscuridad de la noche. Dentro de la cabina, las luces iluminaban
tenuemente las cabezas de los viajeros. A su derecha, Lynn leía una
revista de actualidad. Al fondo, las turbinas seguían zumbando. Todo
tenía un aire sereno y tranquilo, una cualidad hogareña.
En uno de esos momentos, notó que Lynn se incorporó para mirar hacia
atrás. Por inercia, siguió haciéndose el dormido, pero con los ojos
entornados vio cómo giraba la cabeza y miraba hacia atrás, hacia los
baños. Luego, sin decirle nada y sin querer molestarlo, pasó sobre
sus piernas apoyándose en el cabecero de su asiento. A pesar de la
sacudida, siguió haciéndose el dormido. Había algo candoroso en su
esfuerzo por no despertarlo, algo que le conmovió. Con los ojos
entornados, vio sus piernas y sus caderas, y luego giró hacia atrás.
Cuando ella yo no podía verlo, giró la cabeza a la izquierda, pero
la perdió enseguida. Entonces se dió cuenta de que podía seguirla en
el reflejo de una de las puertas entornadas del centro que las
azafatas tenían delante de ellos.
El reflejo era dorado, por la luz del pasillo, y pudo ver las
piernas de Lynn bajo la falda blanca hasta la puerta del baño. Vio
cómo Lynn la empujaba y desaparecía tras ella. Al verlo, sonrió para
sí mismo, mientras seguía haciéndose el dormido. Pero entonces
sucedió algo extraño, algo que no iba a olvidar en mucho tiempo. En
el reflejo, apareció la figura del hombre rubio y caminó hacia el
baño. Allí, esperó unos segundos, mirando hacia delante. Luego, de
forma natural, empujó la puerta que se plegó sin resistencia y entró
dentro del mismo baño en el que minutos antes había desaparecido
Lynn.
Andrés continuó mirando, esperando que él o ella salieran
apresuradamente, muestra de que todo era un error. Sin embargo, no
salió nadie de la puerta. Sin saber bien por qué, se sintió
demasiado perplejo para reaccionar. ¿Debía ir a la puerta y
forzarla? ¿Debía esperar junto a la puerta a que salieran y
organizar una escena? ¿No sería todo un error? Lo que había visto en
el reflejo, ¿no sería una ilusión óptica producida por la propia
naturaleza del reflejo? Desde luego, no podía creer que fuera cierto
lo que acababa de ver. El día después de su boda. Sin haber
consumado todavía su matrimonio. Era sencillamente imposible.
Esperó con los ojos entornados a que pasara algo. Con un movimiento
imperceptible, miró su reloj de muñeca y empezó a contar. La espera
se le hizo interminable. Deseaba que algún viajero se levantara y
fuera hasta la puerta para ponerlos en evidencia cuando salieran, o
simplemente para que hubiera otro testigo del hecho, pero no se
levantó nadie. Finalmente, tras siete minutos que le parecieron una
eternidad, la puerta del baño se abrió y salió Lynn. Caminó por el
pasillo arreglándose la falda. Andrés volvió a poner el brazo bajo
la manta y se hizo el dormido. Lynn se detuvo junto a él y luego,
tras unos segundos, volvió a pasar sobre sus piernas con cuidado
esta vez de no tocarlo y no mover el respaldo. Cuando se hubo
sentado, Andrés volvió a mirar al reflejo y, de la misma puerta, vio
salir al mismo hombre rubio. No le cabía duda. Lynn había pasado
siete minutos en el baño con un hombre que él desconocía y que no
era el mismo con el que había salido de la puerta cuando llegó a
Madrid.
VII
En el aeropuerto cogieron un taxi hasta su casa. Andrés bajó del
avión escudriñando las reacciones de Lynn y del hombre rubio, pero
no vio en ninguno de los dos señal alguna que indicara el más mínimo
grado de conocimiento o intimidad. Mientras recogieron las maletas
pensó en encararse con su mujer, pero no sabía qué decirle.
¿Preguntárselo? Si era verdad, ella negaría todo; si era un error,
también. Ahora se arrepentía de no haberse levantado en el avión,
pero a la vez comprendía que, con su carácter, nunca habría podido
hacerlo. En el fondo, la pregunta que le roía la mente era "¿por qué
me ha hecho esto, por qué?" Si se había casado con él libremente,
¿por qué se encerraba con un hombre en el baño del avión al día
siguiente de su boda?
Por su cabeza pasaron las ideas más peregrinas. Quizás Lynn era
drogadicta y se lo había ocultado. O traficante de algo. Quizás
tenía una vida que él no conocía en absoluto. Lo cierto era que por
el momento no podía ni odiarla. Lo único que sentía era cierta
naúsea y una confusión tan profunda como era capaz.
La casa les esperaba solitaria en el borde de una costa amenazadora.
La universidad había preparado todo, pero Andrés no se fijó en nada.
Lo que en cualquier otra circunstancia habría sido un divertido
juego de sorpresas, se convirtió en un mudo paseo hasta encontrar el
dormitorio. Allí, se tumbó sobre la cama doble, sin quitarse la
ropa, y con los antebrazos se cubrió la cara. Desde su oscuridad
particular, notaba la presencia de Lynn, su silencio lleno de pavor.
Luego, tras unos instantes, oyó sus pasos sobre el suelo de madera,
y sintió sus manos que comenzaban a desabrocharle el pantalón.
Andrés se revolvió de forma que Lynn no pudiera seguir haciéndolo.
--- ¿Qué te pasa?--- le preguntó ella con una voz que le pareció
falsa.
--- Nada, tengo sueño, estoy muy cansado.
Tras decirlo, notó de nuevo cómo las manos de Lynn volvían a
manipular su cinturón. Andrés volvió a sacudirselas de encima.
--- Quiero dormir...
--- ¿Y vas a dormir así, sin desvestirte?
--- Sí.
Mientras hablaba, Andrés no se quitó las brazos de los ojos. Lynn
permaneció a su lado, en silencio, sin decir nada. "Sin atreverse a
hacer nada", pensó Andrés antes de dormirse sobre la colcha.
A la mañana siguiente, el sol entraba por la ventana cuando se
despertó. Lynn no estaba a su lado, y Andrés permaneció tumbado,
pensando en lo que acababa de ocurrirle. Nunca se habría imaginado
que iba a estar en una situación semejante y, no sabía qué hacer. No
podía contárselo a nadie y, a medida que pasaban los minutos, sabía
que se alejaba la posibilidad de encararse con Lynn. Todo seguía
estando igual, el mismo futuro profesional ante él, la misma casa,
las mismas expectativas, pero algo importante había cambiado. Lynn
había pasado a ser una completa extraña, y en ese cambio un castillo
de sueños que tan solo había intuido dentro de él se había
desmoronado dejando un solar vacío. ¿Cuáles eran esos sueños? ¿Qué
esperaba de Lynn? Ni siquiera él lo sabía.
Oyó ruidos fuera de la habitación, y Lynn entró llevando en las
manos una bandeja con su desayuno preparado. Lynn iba en ropa
interior de color verde oscuro y de corte muy sexy. En otras
circunstancias, habría sido una sorpresa agradablemente provocadora.
Ahora, sin embargo, lo vio como un acto procaz y algo sucio, una
vulgar treta para intentar conseguirlo, para engatusarlo. Con un
gesto mohino, la apartó de delante. Lynn permaneció con la bandeja
en la mano y tan solo le dijo que le convenía comer algo. Él le
respondió que no tenía hambre, que todavía se sentía mal.
Lynn se acercó y le acarició la cabeza con la mano. Luego,
despareció con la bandeja.
Los cinco días siguientes, Andrés se los pasó en un estado casi
semi-inconsciente. Cada acto de Lynn lo veía ahora desde un prisma
nuevo, como si no tuviera nada que ver con la Lynn de tan solo unos
días antes. Cada gesto tenía ahora una procacidad asombrosa. La
inocencia de la que antes le había hecho poseedora, se había
desvanecido por completo. Lynn se había convertido en un animal
sexual que quería aprovecharse también de él, de una forma cruel y
calculada. No sabía con exactitud qué quería de él, hasta que un
día, absorto mientras miraba los siluros en la pecera que le
acababan de traer, lo supo. Lynn quería cubrir su desliz con la
simultaneidad, y él tenía que ser el encargado de cubrirlo, de
borrarlo.
Cada mañana, Lynn actuó de la misma forma con el desayuno. Aparecía
antes de que él saliera de la cama con una bandeja y vestida tan
solo con un camisón breve y picante. Luego, después de cenar, se
quedaba en ropa interior, unas bragas y unos sostenes minúsculos, de
diferentes colores, que Andrés nunca había imaginado que pudiera
tener y que, si bien le atraían intensamente, le parecían a la vez
un burdo señuelo, parte de una tosca estrategia encaminada a
confundirlo. Le parecía increible que Lynn, bajo la apariencia de
una recién casada preocupada por dar placer a su marido, escondiera
toda aquella depravación. En cierta manera, era como ver un siluro
más, con sus movimientos suaves y silenciosos, aunque esta vez
estaban en la misma pecera.
En ningún momento se le pasó por la cabeza dejar el trabajo, irse.
Era la oportunidad de su vida, y no iba a dejarla pasar. Esos días
siguientes, no tenía ninguna obligación en la universidad y se los
pasó escudriñando la casa, estudiando sus cuartos y sus recovecos.
Se dedicó también a poner en orden las peceras, los inmensos
acuarios de su estudio. Cuando los siluros fueron llegando, los fue
metiendo en los acuarios, y dirigió las operaciones con sumo cuidado
y gusto. La noche en la que estuvieron todos colocados, se encerró
en el estudio y encendió todas las luces de los acuarios. La
habitación se sumió en una luz azul surcada por sombras grises que
se deslizaban a su alrededor en silencio, como fantasmas inasibles.
Andrés pasó varias horas allí, con la sensación de que estaba viendo
una representación del mundo, de su vida, de todas las vidas. Allí
metido, solo, tuvo la sensación de estar en el centro del universo,
en su burbuja inicial.
Era la sexta noche que pasaba en la casa y, como todas, adujo un
dolor de cabeza para evitar tener que cenar juntos. Se acostó
pronto, tras tomar un sandwich ligero, y solo, en la cama, pensó en
su indecisión. No sabía qué hacer. Se había convertido en un
autómata sin otra función que la puramente mecánica, la que le
otorgaba su trabajo. Recordó algo que había leído en un libro de
divulgación, no recordaba bien si en un ejemplar de la revista del
Reader's Digest en una consulta de un dentista y que se le había
quedado grabado. El artículo era sobre los samurais, y ni siquiera
lo leyó en su totalidad. Pero recordaba que decía que, en el código
de honor de la clase guerrera japonesa, si un hombre llegaba a una
posición en la que no sabía qué hacer, lo correcto era el suicidio.
Si por temor no lo llevaba a cabo, se convertía en un muerto
viviente. El artículo también decía que los muertos vivientes eran
seres especialmente peligrosos. Carentes de dignidad, de posición
social que defender, sus existencias eran o bien motas de vacío, o
bien se convertían en seres casi irracionales que buscaban la muerte
y la mayor destrucción posible en empresas desesperadas y sin
sentido. Él sabía que, en cierto modo, se había convertido en un
muerto viviente.
Esta sensación, reconfortante ya que al menos le daba una
explicación de su situación, convivía con una excitación sexual que
se hacía palpable de forma especial cuando se iba a la cama. Esa
noche, la sexta, la erección de su miembro llegó a serle dolorosa, y
lo mantuvo en vela durante un tiempo bastante largo, hasta que cayó
dormido, antes de que Lynn viniera a la cama, tal y como deseaba.
Mientras dormía, tuvo sueños eróticos, fantasias cargadas de
sensualidad. Se despertó una vez en el medio de la noche, creyendo
que había tenido una polución, pero descubrió que no. A su lado,
Lynn dormía profundamente, y tras beber un trago de agua, volvió a
apagar la luz. La erección seguía allí, con un dolor aceptable pero
intenso, y deseó tener dentro de él un interruptor que sirviera para
apagarla. Antes de caer dormido de nuevo, pensó que quizás sería
mejor hablar con Lynn al día siguiente, confesarle todo, y acabar
con esa parodia. Sin embargo, las mismas dudas volvieron a
asaltarlo. ¿Qué ocurriría si Lynn negaba todo? ¿Cómo podía defender
su posición ante los demás? ¿Hasta dónde estaba dispuesto a llegar?
No tenía respuestas para ninguna de estas preguntas, y cuando el
sueño se adueñó de él, deseó por un segundo que se tratara de un
sueño eterno.
No sabía cuándo tiempo había transcurrido cuando abrió los ojos y
vio a Lynn encima de él. Todavía sentía el dolor de su erección,
pero ahora era un dolor mezclado con una ola de placer que no pudo
contener. Lynn estaba casi sudando, de rodillas sobre su vientre,
con su miembro dentro de su vagina y, mientras con las manos le
acariciaba los testículos, tensaba y relajaba los músculos de su
orificio y se movía arriba y abajo con convulsiones lentas pero
precisas. Andrés tan solo fue consciente de un momento de dolor
agudo, y luego de una ola de fuego, un orgasmo inesperado y profundo
que arrastró todo el dolor y todo el placer hacia afuera, hacia muy
lejos. No se atrevió a decir nada. Mudo de placer y asombro, notó a
Lynn ponerse tensa y luego relajarse sobre él como una flor al
anochecer. El escaso roce de su piel le turbó más de lo que había
podido imaginar, y le trajo, casi en contra de su voluntad, la
imagen de un jardín, de un río y de mil pétalos de flores cayendo
sobre él. Andrés, tumbado de espaldas y con los ojos fijos en ella,
vio cómo Lynn lo descabalgaba y se tumbaba a su lado en silencio,
con tan solo una mano sobre su hombro. Tuvo ganas de tocársela, pero
se limitó a sentirla allí, suave y pesada a la vez, y pensó en un
pájaro y en un pulpo antes de caer dormido de nuevo.
VIII
La mañana siguiente, Andrés se despertó más calmado, sin la
sensación que la había perseguido los días pasados. A su lado no
estaba Lynn, sino un amasijo de sábanas, y tampoco le despertó, como
los días anteriores, con el desayuno preparado y una ropa atractiva.
Tumbado en la cama, pensó por un momento que todo había sido un
sueño. Sin embargo, al mirarse el pene y ver manchas secas de semen
sobre su piel, supo que todo había sido una realidad. Las sábana
también estaba manchada, y él aún podía sentir las sensaciones tan
fuertes que había experimentado. Tumbado, viendo los reflejos de la
luz matinal en el techo, se sintió aliviado. Lynn se había salido
con la suya, pero le había dado de regalo una bolsa de calma. Ahora,
la incertidumbre descansaba en los hechos externos, en lo que
ocurriría, pero se sentía liberado de tener que decirle algo. Lynn
era su mujer, y si no era la mujer adecuada, los acontecimientos que
estaban por venir lo mostrarían. Por el momento, podía relajarse,
olvidarse de él mismo y centrarse en ella y en su vida en común.
Esa mañana, desayunaron juntos en la cocina. Lynn vestía una bata de
seda de color marfil, y aunque casi no hablaron, fue agradable
desayunar juntos, como una pareja normal de recién casados. Ella se
mostró bastante locuaz, y en un momento incluso le acarició la mano.
Andrés lo aceptó sin apartarla, algo que sabía que no habría hecho
los días anteriores. Ella habló del jardín y de la casa, y del
trabajo que le esperaba, y él la escuchó por primera vez entrando en
la fantasía de un futuro común.
Esa tarde tenía una cita con el profesor Connelly en la universidad.
Se preparó con calma, aprovechando el placer de la primera ducha
tranquila que tomaba y, tras arreglarse, salió hacia la universidad.
Conducía un viejo Morris con el volante a la derecha que era de
Lynn. Hacía un día radiante, uno de esos días escoceses de sol y
algunas pequeñas nubes en los que el mar reluce como una masa de
cristal en movimiento, y en el que los verdes brillan como si
alguien acabara de pulir cada hoja y cada brizna de hierba. Se
sentía orgulloso de poder conducir por la izquierda, y de dirigirse
a la universidad para tratar de un asunto profesional en una lengua
distinta a la suya.
El profesor Connelly le esperaba en su despacho, una habitación
sombría y cálida forrada de madera en el viejo edificio victoriano
del departamento. Tras los saludos, el profesor hundió su mirada en
los papeles que tenía sobre la mesa.
--- Mr. Andrew, me complace decirle que el consejo de la universidad
ha autorizado la ayuda que pedimos para nuestro proyecto. Han
comprendido que el estudio sobre la reproducción de los siluros debe
hacerse en condiciones lo más naturales posibles, eliminando el
factor de la cautividad. Para ello, han aceptado las cifras que les
dimos. Podemos, por tanto, empezar a montar el criadero en el
estuario del río.
Andrés sonrió y emitió una interjeción de sorpresa. Sabía de lo que
hablaba el profesor, porque él mismo le había ayudado a confeccionar
la documentación. Se trataba de un proyecto sumanente ambicioso que
incluía la puesta en marcha de un vivero, un criadero de siluros en
el mismo río. El proyecto tenía diez años de duración mínima, e
incluía la instalación en sí del criadero, una gran piscina
flotante, un barco para efectuar las visitas y un ayudante que
cumpliría las funciones de marinero y vigilante. Si podían probar
que era posible la reproducción de los siluros en libertad en las
frías aguas dulces escocesas, el hallazgo supondría un hito en la
biología marina, así como un factor decisivo a la hora de tomar
medidas de protección y control. El profesor levantó los ojos de los
papeles y siguió hablándole mientras mantenía los ojos fijos en los
suyos.
--- Para ello, cuento con usted como investigador principal. No
podemos dejar pasar esta ayuda, y es sumamente importante que todo
se haga de la forma más minuciosa posible para asegurarnos su
contiuidad. Usted ya sabe los problemas que encuentran proyectos
como éste, y la avidez de otros departamentos en intentar menoscabar
los proyectos ajenos para asegurar los propios. Además de sus dotes
investigadoras, necesitaré que se convierta en un gestor efectivo.
Creo que usted puede hacerlo.
Andrés sintió un golpe de alegría, junto con una ola de sudor frío.
--- Por supuesto que pondré todo mi esfuerzo en ello. Para mí es un
honor...
--- En cuanto al marinero, tengo una propuesta del consejo. Es un
trabajador de la universidad, un antiguo jardinero que se
reconvertiría para la ocasión. Tendrá que estar muy encima de él.
Ello le exigirá el uso de dotes extraacadémicas.
Tras decir esto, Connelly hizo una pausa, esperando una respuesta.
--- Intentaré hacerlo lo mejor posible.
--- Así espero. Como he dicho, el consejo ha aprobado el plan en su
totalidad, lo que significa que su mujer también forma parte del
proyecto.
El resto del tiempo, lo pasaron repasando un ejemplar del proyecto,
y viendo lo que era necesario para empezar lo antes posible.
Revisaron los nombres de todas las compañías involucradas, y
quedaron en que Andrés comenzaría a llamarlos lo antes posible.
Andrés salió del despacho con una sensación de renovación. Tenía
frente a él un serio cometido, una labor compleja y prometedora, lo
que siempre había soñado. No cesaba de sorprenderle que hubiera
encontrado su lugar tan lejos de su casa, en un país remoto y ajeno,
donde habían sabido valorarlo lo suficiente como para confiar en él
un trabajo tan importante.
El viaje de vuelta, con el sol bajo, fue tan agradable como la ida.
Las colinas lejanas iban cubriéndose de sombras, y él, conduciendo
un viejo Morris que emitía un zumbido pacificador, se dirigía a su
casa, el santuario de un investigador extranjero y valorado. Había
algo épico en la tarde y en la propia visión de su vida, algo grave
que se fundía con las sombras del atardecer.
Cuando llegó a su casa, Lynn estaba leyendo en el salón. Andrés
subió a su cuarto a cambiarse, y allí fue algo más consciente del
estado de excitación en el que la conversación con el profesor le
había sumido. Había dos puntos que le intrigaban. Uno, el marinero,
el antiguo jardinero que tendría que supervisar; el otro, el
recordatorio de que Lynn era también parte del proyecto. En cierta
manera, pensó, era mejor así. Significaba regularizar en trato con
su mujer, darle un cariz y una continuidad profesional que era lo
que en ese momento más anhelaba, ya que era el camino que sabía que
había elegido tras el suceso de la noche pasada. Lynn trabajaría con
él, lo que haría que no fuera únicamente una mujer, su mujer, sino
un colega más, alguien con quien compartir un fin común ajeno
incluso a ellos.
Esa noche, la cena fue placentera. Le contó a Lynn el contenido de
su conversación con Connelly, y ella se mostró contenta. Al final de
la cena, Andrés fue a buscar una botella de champán, y brindaron por
el futuro del proyecto. Lynn le besó tras hacerlo, primero en la
mejilla, y luego con un beso más carnal. Esa noche, hicieron el amor
antes de dormirse, y Andrés se durmió con la sensación de que,
después de todo, era su mujer y de que así lo aceptaba.
IX
Lo primero que hizo Andrés fue ponerse en contacto con el marinero.
Connelly le había dejado un breve curriculum vitae en el que se
especificaba su nombre, Vernon O'Brien, y sus datos personales. Su
experiencia profesional se limitaba a su condición de jardinero. No
se decía nada sobre su edad. Sin saber por qué, Andrés se imaginaba
un hombre mayor, con el pelo cano. Antes de llamar por teléfono,
notó algo de nerviosismo. Sabía por experiencias anteriores que el
acento escocés podía llegar a resultarle casi ininteligible, y no
deseaba que fuera así esta vez. Sin embargo, cuando tras llamar le
respondió una voz grave pero con un acento inglés casi estándar, su
inquietud desapareció. Fijó una cita en el embarcadero donde estaba
amarrado el bote que la universidad había asignado al proyecto. Era
una dársena de la desembocadura del río, en un pueblo que no
conocía, y quedaron al día siguiente a las tres de la tarde.
Llegar al embarcadero le costó más de lo que había imaginado. Estaba
al final de una zona industrial, escondido en una pequeña bahía.
Había un muelle de piedra que acababa en una plataforma de madera
junto a la que estaba un viejo bote de madera blanco, de unos ocho
metros de eslora con una pequeña camareta barnizada. A su lado,
estaba sentado un hombre de edad indefinida, totalmente calvo.
Cuando se incorporó, vió que era muy delgado y más alto que él. En
su cara había una mueca de displicencia, como si estuviera allí por
obligación y quisiera que lo supiera desde el principio. Se adelantó
hacia él y le extendió la mano.
--- Vernon, Vernon O'Brien.
--- Andrés Blanco.
Vernon giró la cabeza hacia el bote.
--- Supongo que ésta va a ser nuestra querida. Una buena viejecita...
Dijo "old lady" de una forma cariñosa, con un tono que le extrañó a
Andrés.
--- ¿Sabe algo de navegación?--- le preguntó Andrés.
--- No más que usted, imagino. Pero sé de maderas...
A Andrés, la contestación le pareció un tanto estrambótica, pero
había en él algo extraño que casaba con su respuesta. Cuando Vernon
retiró el brazo, vio el inicio de un tatutaje en su antebrazo.
Habría preferido encontrarse con alguien más acorde con lo que había
imaginado, un viejo jardinero cercano a la jubilación, y no con un
hombre joven con aspecto de haber salido de un penal, el ejército o,
cuando menos, de una sala de billares. Vernon saltó al bote, y tiró
de la amarra para acercarlo a la plataforma y facilitar que Andrés
saltara a bordo. Cuando lo hubo hecho, se echó por un segundo encima
de Vernon y pudo sentir un intenso olor a alcohol. Se retiró
enseguida con una desagradable sensación de inseguridad bajo sus
pies.
Andrés caminó por la cubierta haciendo equilibrios y en un momento
tropezo y se agachó intentando agarrarse a algo. Cayó en la bañera,
y Vernon le ayudó a incorporarse.
--- Tendremos que acostumbrarnos---, le dijo.
El barco no tenía lineas de seguridad, sino unas tiras agarramanos
que corrían sobre la camareta. Vernon se aferró a una.
--- Si el tiempo se pone mal, solo nos queda agacharnos y agarrarnos
a éstas.
En la proa, sin embargo, el bote tenía un pequeño balcón de proa.
Andrés observó todo sentado, y su interés se dirigió luego hacia el
cajón de madera en el centro de la bañera que Vernon se disponía a
abrir.
--- El motor ---dijo éste---, vamos a ver cómo respira.
Se dirigió a la camareta y allí inspeccionó el cuadro de mandos.
--- Hace falta la llave.
Andrés recordó la llave que le habían entregado en un sobre. La sacó
del bolsillo de su chaqueta y se la dio a Vernon. Éste volvió a
entrar en la camareta, y se oyó a el gruñido del motor al intentar
ponerse en marcha varias veces de forma infructuosa. Vernon volvió a
salir de la camareta y se dirigió al cajón abierto.
--- ¿Sabe algo de motores?, ---preguntó Andrés.
--- Supongo que no será muy diferente al de una segadora.
Manipuló algo durante un instante, y luego volvió a desaparecer en
la camareta. Esta vez, tras dos intentos y unas explosiones, el
motor comenzó a rugir. De la popa comenzó a salir un humo azulado
que los cubrió por unos instantes.
--- ¿Quiere llevar la rueda?
--- Mejor llévelo usted--- le respondió Andrés.
--- Entonces suelte las amarras. Vamos a ver cómo se porta.
Andrés soltó las dos amarras y empujó la plataforma para separarse
de ella. Vernon, de pie, comenzó a manipular la rueda del timón. El
bote comenzó a moverse, y el volumen del motor subió.
--- ¿Cómo se llama?--- gritó Andrés.
--- Old Lady.
--- ¿Cómo?
--- Old Lady.
La "Viejecita" avanzaba por aguas de la dársena rumbo al estuario.
Andrés se vio súbitamente envuelto en un sentimiento de euforia. El
viento le azotaba la cara, y casi le impedía hablar, pero la
sensación de libertad y movilidad le hacía sentirse bien. Sin
embargo, no pasaron unos minutos antes de que comenzara a sentir una
pesadez en el estómago que pronto se convirtió en una naúsea.
Intentó aguantarse, pero cuando ya no pudo más, se asomó hacia la
popa y comenzó a vomitar ruidosamente. Allí pintado en el espejo de
popa, en una letras caligrafiadas azules con un ribete blanco, pudo
leer "Old Lady". La Viejecita seguía navegando manteniendo el rumbo.
A Andrés le embargaba ahora un sentimiento de vergüenza. No se
atrevía a mirar hacia Vernon por miedo a encontrarse con una sonrisa
sarcástica. De improviso, notó un golpe en su costado, y cuando miró
a su lado vio a Vernon que le sostenía el hombro. Andrés estaba muy
cansado para sostenerse a sí mismo, y agradeció la ayuda del
jardinero. Lo que no esperaba es que Vernon, tras ayudarle, le
apartara de la borda y él mismo se pusiera a vomitar ruidosamente.
Su vómito olía intensamente a alcohol. Vernon vomitó hasta que no le
salió nada más por la boca. Entonces se sentó junto a Andrés.
--- Menudos marineros estamos hechos.
Mientras tanto, Old Lady seguía avanzando sola sin variar ni un
ápice su rumbo. Pasaron de largo un faro flotante pintado de rojo y
blanco. Tras un rato, Vernon volvió a coger la rueda, y viró hacia
el muelle.
Esa experiencia le valió a Andrés para lograr cierta camaradería con
Vernon que estaba seguro que no la habría logrado de no haberse
mareado los dos. Tras atracar, Vernon le ofreció ir a tomar un trago
juntos, pero Andrés declinó la invitación. Sin embargo, de vuelta,
sabía que eran más amigos que antes, que había logrado romper un
hielo invisible. También sabía que debía aprender a acostumbrarse al
mar.
Las dos semanas siguientes, las pasó llamando a las compañías y
organizando la instalación del vivero. Fue una labor complicada,
llena de retrasos y problemas. Todos los días, por la tarde,
reservaba unas horas para salir en el bote con Vernon. No solían
hablar mucho, pero los dos parecían disfrutar con los paseos.
Repasaron unos nudos básicos, que Vernon ya conocía, y
sistematizaron la manipulación de la "Viejecita". Los dos
practicaron cómo ponerla en marcha, y Andrés se divirtió
especialmente el día que cogió la rueda ---situada a la derecha--- y
se pudo sentir dueño de una parte del mundo por unos segundos. No
hablaron mucho hasta que un día Vernon le preguntó a Andrés si
estaba casado. Andrés dijo que sí, a lo que Vernon respondió:
--- Cosa complicada, ésa del matrimonio.
Andrés no respondió nada, pero sus palabras le sonaron como el ruido
de dos navajas al rozarse. No le quiso decir que su mujer vendría
pronto al barco, como sabía que pasaría. Pero este sentimiento se
vio pronto compensado por la euforia y la sensación de vigor y
bienestar que le proporcionaba la navegación.
Una de esas tardes, volvió a casa decidido a decirle Lynn ella se
vendría al día siguiente en el barco con él. No quería que viniera
Vernon, quería ser él el primero que se lo mostrara, que viera su
pericia. Sin embargo, nada más llegar, Lynn le dijo que le tenía que
decir algo muy importante. Andrés pasó al salón con ella, y allí
Lynn le abrazó y se lo espetó con una sonrisa: estaba embarazada. Su
primera reacción fue de júbilo, pero nada más separarse de ella,
volvió a sumirse en el pozo de sospechas que había dejado olvidado.
En esos meses, Lynn no había dado muestras de nada sospechoso, no
había actuado de forma extraña con ningún hombre, y Andrés había
relegado el incidente y sus consecuencias a un prudente segundo
plano. Ahora, sin embargo, todo parecía revolverse de nuevo. Aunque
bien era cierto que el sentimiento principal era de alegría y
satisfacción. Porque sabía que, después de todo, aunque el incidente
del avión hubiera sido cierto, podía ser su hijo.
--- ¿Estas segura?--- le preguntó--- puede ser una falsa alarma.
--- Es la segunda vez, Andrés, no hay duda. Además, ayer me hice las
pruebas. Fueron positivas.
Esa noche, decidió tomar una determinación. Su trabajo le gustaba y
estaba a gusto con Lynn a pesar de todo. Seguiría adelante con lo
que viniese. No había, por otro lado, razones claras para hacer lo
contrario, y en cualquier caso, si no había dicho nada antes, ¿por
qué hacerlo ahora?
También, como Lynn estaba embrazada, decidió no decirle nada acerca
de la salida en el barco. Estaba decidido a comportarse como un
marido responsable, y sabía que no le convenía exponerla a riesgos
como el de caerse. Por otro lado, su embarazo cambiaba las cosas en
cuanto a su colaboración en el proyecto.
Mientras tanto, el vivero fue avanzando. En un mes y medio estuvo
terminada la instalación, en la otra margen del río, en el estuario,
a casi una hora en el bote. A los dos meses, los primeros siluros
fueron llevados a la piscina flotante.
Por aquel entonces, el otoño ya se había echado encima, y los días
se reducían de forma vertiginosa. Las salidas en el barco dejaron de
ser lo plácidas que habían sido hasta entonces. Algunos días, las
aguas estaba picadas, y lo que habían sido agradables excursiones a
veces pasadas por agua se convirtieron en aventurados pasajes bajo
el viento, los rociones y el incesante caer de la lluvia. Vernon,
además, a medida que el tiempo se había ido oscureciendo, se había
ido volviendo más y más taciturno, y a veces daba muestras de estar
claramente bebido. Un día, de vuelta, le preguntó algo agresivo.
--- ¿Tiene hijos?
--- No,--- respondió Andrés.
--- Mejor así.
Andrés comenzaba a estar algo cansado del antiguo jardinero. Su
hosquedad así como su falta de comunicación le parecían difíciles de
aguantar, y decidió hablar con Connelly para intentar que lo
sustituyeran por otra persona. La respuesta del profesor fue
descorazonadora. O'Brien estaba contratado por la universidad, y a
no ser que hubiera una causa mayor de por medio, no se podía
prescindir de él.
Andrés había pasado ya un invierno en Escocia, pero no lo recordaba
tan duro. Lynn comenzaba ya a estar claramente embarazada lo que
íntimamente le reconfortaba. Sentía, de forma casi secreta, que
cuanto más visible fuera su embarazo más seguro estaba él, de una
forma difícil de explicar. Sus inquietudes se disiparon cuando, a
comienzos de diciembre, vino una semana excepcionalmente buena. Los
siluros parecían sobrevivir en las aguas frías sin problemas, y las
visitas con el sol y el aire frío le dieron un nuevo vigor que
recibió encantado.
X
Durante esos meses, Andrés se refugió en la rutina. Las excursiones
en bote se mezclaron con las horas en su estudio, horas dedicadas a
controlar los siluros, a vigilar sus hábitos, a estudiar sus
personalidades.
Tras unos meses, tenía la sensación de conocer los distintos
animales como si fueran sus hijos o sus hermanos. Las tres parejas
de los tres acuarios mostraban comportamientos diferentes. Eran
animales jóvenes, lejos de su plenitud, pero con idiosincrasias
propias. La primera, en la que el macho era un impresionante
cachorro con formas ya de adulto y la hembra un delgado animal
tímido y poco activo, casi no tenían contacto entre ellos. El macho,
desde la mañana, se dedicaba a pasearse lejos de su compañera, dando
interminables vueltas por el recinto en el que estaba cautivo.
Mientras lo hacía, la hembra solía descansar apoyada en el fondo,
cerca de alguna roca lisa. La segunda, estaba formada por dos
ejemplares casi iguales, en su tamaño y forma y en sus actividades.
Solían nadar juntos, rozando sus lomos uno contra otro, y
describiendo movimientos que se asemejaban a una danza o a un juego.
En la tercera, la dama era el ejemplar más espectacular. Tenía una
boca hiperdesarrollada, un nerviosismo en sus movimientos casi
contagioso, mientras que el macho era corto y algo redondo, y
gustaba de acercarse a la superficie y quedarse quieto, como
esperando algo.
Alguna vez pensó que quizás se había equivocado en el
emparejamiento. Era extraño que los peces parecieran tener
personalidad, y que ésta pudiera influir en su vida en común y en su
deseada fecundidad. Cuando pensaba esto, era inevitable que no
considerara su propia situación. En algún momento se dijo que él era
como un siluro más en un acuario: alguien lo había puesto allí, en
esa casa, con Lynn, y sin saberlo los dos estaban describiendo algo
similar a lo que él estudiaba, un baile de acciones y palabras
encaminado a la reproducción de su especie. Pero como los siluros,
ambos lo ignoraban.
Uno de los días que salió con Vernon, le ocurrió algo desagradble.
Era un día gris, con mucho viento, y las aguas estaban muy
revueltas. Habían salido tarde, y cuando se acercaban a la piscina
flotante el día se había puesto muy oscuro, casi como si estuviera
anocheciendo.
Una de sus tareas, lo primero que hacían nada más llegar, era
amarrar el barco al pequeño muelle flotante contiguo a la piscina.
Allí había una caseta que había montado una compañía japonesa con la
que el trato había sido especialmente enojoso, y, una vez amarrados,
entraban para controlar la temperatura, la distribución de la
comida, y observar los siluros en unos monitores conectados a unas
cámaras submarinas.
Ese día, Vernon estaba especialmente taciturno, posiblemente a causa
del alcohol. Vernon iba a la rueda, y Andrés se fue a proa para
llevar a cabo el amarre. La maniobra no había presentado problemas
hasta entonces. Esta vez, sin embargo, llegaron dando más tumbos de
los normal debido a las olas, y a demasiada velocidad. Andrés,
asustado por el choque que veía inminente, se agarró con una mano al
balconcillo y se volvió para gritar a Vernon que diera marcha atrás.
Vernon, pareció no oirlo, pero cuando la Old Lady estaba casi encima
de la plataforma aplicó la reversa de forma brusca. Andrés sintió
que sus piernas hacían palanca contra el balcón, y a continuación se
vio volando por la borda, con una mano todavía agarrada al balcón.
Sintió un golpe en el pecho, y luego cómo se sumergía en el agua
helada. Con los ojos abiertos, se vio rodeado de espuma y vio
también el casco oscuro del bote junto a él, amenazador. Salió a la
superficie en cuanto pudo, y comenzó a gritar. No era un buen
nadador, y sentía el peso de sus ropas empapadas empujar hacia el
fondo. Sobre sus gritos, y sobre el pandemonium del ruido del motor
y de las olas, pudo oir las carcajadas de Vernon. Mientras el barco
se acercaba, se giró y se agarró con una mano a la plataforma de la
caseta. Allí estuvo, exhausto, tragando agua con cada ola, hasta que
Vernon atracó y vino a ayudarlo.
Tras esta experiencia, pasó una semana sin salir de casa. De golpe,
el agua se había convertido en algo hostil, peligroso, y no tenía
ganas de repetirlo. Se dijo a sí mismo que no era más que un
accidente de trabajo, algo normal teniendo en cuenta el medio, pero
a partir de entonces perdió el sentido de hermandad que tenía hacia
sus animales. La sensación del agua fría y el desamparo allí solo,
le habían hecho ver que su medio era otro, y que lo que hasta
entonces habían sido excursiones más o menos agradables eran también
parte de un trabajo peligroso.
El peligro, además, le dio una nueva sensación con respecto al
embarazo de Lynn. Al fin y al cabo, Lynn lo necesitaba, el niño que
iba a nacer lo necesitaba, y esa necesidad le otorgaba un sentido
del valor propio. Tenía que cuidarse por otros y para otros, no por
sí mismo. Se debía a alguien. Paradójicamente, el accidente le
asentó más en la aceptación del embarazo y en su postura de
comprensión y olvido.
Lynn, mientras tanto, seguía engordando de acuerdo con su estado. Al
principio, le ayudaba con los papeles del proyecto, pero luego
comenzó a sentirse fatigada por cualquier actividad, y se pasaba las
horas sentada en sofá, leyendo o viendo la televisión, algo que
ponía nervioso a Andrés, y que lo empujaba más al aislamiento de su
estudio. Andrés rehusó incluso a forzarla a que siguiera la tabla de
ejercicios que el doctor le había prescrito como conveniente de cara
al parto.
El noveno mes, un día que volvió tarde de la universidad, Lynn le
dijo que creía que debían ir al hospital, que estaba rompiendo
aguas. Andrés la montó en el Morris y en el camino se mostró
tranquilo y sereno. Sabía que había llegado el momento. Había
hablado antes con Lynn sobre la conveniencia de estar él presente en
el quirófano. Lynn, en contra de su propia opinión, insistía en que
prefería estar sola, que quería ahorrarle un espectáculo fuerte,
sobre todo en caso de necesitar cesárea. Andrés, había dudado en
imponer su punto de vista pero, ahora allí, pensó que prefería
verlo, ser testigo directo.
Así se lo comunicó a la enfermera que se hizo cargo de ellos nada
más llegar. Ésta le dijo que tenía que consultarlo con el doctor.
Andrés esperó en una sala solo hasta que la enfermera volvió.
--- Creo que será mejor que espere aquí.
--- ¿Ha hablado con mi mujer?
--- El doctor lo ha hecho. Y ella prefiere que usted espere aquí.
Andrés permaneció callado hasta que la enfermera hubo salido. Luego,
se dijo un "mierda" en voz muy baja, y comenzó a pasear por la
habitación. Quería ver a su hijo, quería verlo nacer, y se lo
negaban. De golpe, se vio presa de una ansiedad extrema, de una
sensación de nerviosismo. ¿Y si le ocurría algo? ¿Y si se lo
cambiaban? Sabía que se habían dado casos, y no quería que éste
fuera uno de ellos. Especialmente cuando había pasado lo que había
pasado. Quería verlo y saber que era él, que nacía de Lynn, que no
había duda de ello. Y tenía que verlo en persona.
Pasó dos horas interminables. En ese tiempo, entró otro hombre que
intentó entablar una conversación, pero él estuvo incluso grosero, y
evitó cualquier cruce de palabras. No tenía nada que decirle.
Por fin, otra enfermera apareció en la sala, y le preguntó si era
Andrés Blanco. Le preguntó si todo había ido bien, pero ella se
limitó a guiarlo por el pasillo hasta una habitación en la que Lynn
estaba tumbada en una cama con un niño envuelto en pañales en sus
brazos. Lynn sonreía mirando al niño, y le acariciaba el pelo.
Andrés se acercó y vio una bola de carne pálida con el pelo
totalmente rubio, el más rubio que había visto en su vida.
--- ¿Está bien?--- preguntó.
--- Perfectamente, --- respondió la enfermera--- tiene el peso
ideal. Y es tan guapo... Un niño muy guapo.
Andrés notó cierto rechazo.
--- ¿Está segura de que es el nuestro, de que no ha habido ningún
cambio?
--- Por supuesto. A todos los niños, nada más nacer, les tomamos las
huellas de los pies. Ahí las tiene --- y señaló unos papeles sobre
un sillón--- puede comprobarlas si quiere.
Andrés se acercó a los papeles sin pensar en ellos. Cuando los tomó,
una sola frase se repetía en su cabeza: "es rubio, totalmente rubio".
XI
Los meses que siguieron fueron tan agitados interiormente como las
aguas del estuario el día que cayó en ellas. Sus sospechas internas,
sus dudas, su constante merodear alrededor de la certeza de que el
niño no era suyo contrastaba con la naturalidad con que todos los
que veían el niño aceptaban su paternidad. Para todos los
visitantes, escoceses en su mayoría, el que esa bola estilizada de
pelo rubio fuera su fruto, su hijo, no parecía presentar el menor
problema. Él era el único convencido de que no era así, de que el
niño era de otro, de un desconocido (para él) del que nunca
olvidaría su cautela, sus movimientos suaves pero seguros al entrar
en el cuarto de baño del avión.
En sus aluviones nocturnos y medidativos, la vida le parecía un
sinsentido monstruoso, en el que lo único que cabía, por el momento,
era dejarse arrastrar. Escudriñó sus sentimientos con todo el
detalle del que era capaz, y vio que, rondando la nebulosa de su
confusión, existía también un grano de orgullo, un átomo de piedad
hacia el niño, hacia ese ser indefenso e inconsciente de su origen.
Este grano, servía en algunos momentos de simiente de un orgullo de
padre, que le asombraba que no tuviera relación con la unión
biológica, con los lazos de sangre. Al fin y al cabo, el niño era
hermoso como un ángel, tranquilo como un sabio, y estaba adornado de
todas las gracias que los niños suelen tener, de las sonrisas, los
gestos, los leves movimientos de afecto y llamada a la atención que
las crías indefensas manejan con inteligencia y sensibilidad.
Entre los siluros, un día, viendo su piel oscura y lisa, su silencio
sigiloso, decidió un día, casi como un acto involuntario, que el
niño, si no era suyo, lo sería, y que él, Andrés Blanco, sería su
padre. Un padre que sabía más de lo que nadie pensaba, un padre real
porque su paternidad se basaba en la asunción consciente de una
relación, no en la ciega aceptación de un accidente biológico. Se
preguntaba a sí mismo, cuántos hombres habrían estado en su
situación antes, y cuántos de ellos lo habrían estado
conscientemente. Le parecía indudable que él no había sido el
primero y que no sería el último, pero le dolía el saberlo, el tener
que arrastrar el lastre de la conciencia del hecho. Habría
preferido, sin duda, no saber nada, ser simplemente el orgulloso
padre de un hijo sorpresivo pero, en vez de eso, tenía que arrastrar
el el conocimiento, el recuerdo doloroso de un reflejo, la
representación especular de una farsa hecha a su costa. Mil veces
maldijo la sucesión de acontecimientos: la borrachera de su noche de
bodas, el fingimiento de su sueño, la oportunidad de la azafata al
dejar la puerta de acero bruñido del armario abierta con el ángulo
justo para ofrecerle la imagen reflejada... Pero lo peor era que,
por debajo de todo ello, maldecía a Lynn, a su mujer, por un hecho
que le parecía simplemente incomprensible y que sabía que nunca
llegaría a comprender. Toda la animalidad que racionalizaba en su
estudio de los siluros, en su comportamiento reproductivo, era un
arcano en el caso de su propia mujer. Sabía que ella era un animal,
que él mismo lo era, y que por tanto sus comportamientos seguían
unas estrategias invasivas, similares a las de los siluros o
cualquier otro ser vivo, pero en su caso se resistía a aceptarlas, a
objetivarlas. ¿Dónde estaban los sentimientos? ¿Dónde se quedaba
todo el fino entramado cultural humano, contrario a un
comportamiento tan rudo y descarnado?
Él era su víctima, la víctima de un impulso ajeno hacia el que solo
sentía rencor. Lynn era la madre de su hijo, de un hijo aceptado y
por éste solo hecho era más suyo que de ella. Lynn era la ciega,
quizás inconsciente, culpable de un simple hecho vital: la
consecución de la mejor materia genética para darle el mejor cobijo
posible, para otorgarle las mayores probabilidades de supervivencia.
Él, Andrés Blanco, era el encargado de dar ese cobijo, de otorgar
esa supervivencia. Ése era su cometido, ésa era su función, y la iba
a cumplir. Aunque esa función naciera del rechazo a su propio
contenido genético. De ser un siluro, habría sido un siluro atípico,
un ser encargado de defender un huevo ajeno que, contra su voluntad
instintiva no debía devorar. Curiosamente, este pensamiento le
produjo una sensación de alienamiento frente a sus animales, de
superioridad sobre ellos, que pensó que le sería de utilidad en el
futuro ya que suponía el fin de una peligrosa identificación. Aunque
también, sospechaba, suponía la ruptura de una armonía soterrada con
el mundo que le rodeaba, el de los seres vivos. Los meses
siguientes, sepultó esta ruptura bajo el manto de sus actividades
cotidianas, bajo una capa de cieno similar al que cubría el fondo
del estuario.
Al niño lo llamaron Andrés, por insistencia de la propia Lynn. Era
Andrew junior, Andy para todos, y por fin pudo Andrés saborear la
sonoridad plena de su nombre en otra lengua. Aunque seguía
recibiendo un placer casi secreto al ser llamado Andrew, se resistía
a referirse a sí mismo de esa manera, le parecía una negación
demasiado obvia de sí mismo. Sin embargo, ahora podía referirse a su
hijo como Andy en cualquier momento y con pleno derecho. Al hacerlo,
se le llenaba la boca de placer, de un placer con raíces en su
adolescencia y en sus deseos más recónditos de ser otro, de ser
mejor, de ser más blanco, y de ser reconocido así por los demás, por
los auténticamente blancos.
Andy era un niño precioso y tremendamente silencioso y tranquilo.
Esta cualidad la había heredado tanto de la madre como del padre.
Era raro que llorara y, cuando lo hacía, emitía unos gemidos
cadenciosos y tranquilos, más parecidos a una risa que a un llanto
real. La contradicción entre la ignominia de su origen y la alegría
y satisfacción que el niño mostraba le producía sensaciones
encontradas. Le parecía que no debía de ser así pero, al mismo
tiempo, le parecía maravilloso que así fuera ya que era como un
bálsamo, como un regalo para su dolor y sus dudas.
De toda la gente conocida, tan solo Vernon no le felicitó, ni dio
muestras de querer ver al niño. Cuando le dijo que había sido padre,
una tarde de lluvia los dos solos en el bote, se limitó a emitir un
gruñido y señalar hacia la bandada de pájaros que merodeaban el
vivero. Habían tenido problemas con ellos, y habían tenido que
acabar poniendo un cañón de salvas en la plataforma para mantenerlos
alejados. El cañón funcionaba con un programa informático que no
había dejado de darles problemas y que exigió que la primera semana
Vernon durmiera en la caseta y que manipulara el cañón manualmente.
La obligación no pareció molestarle. Antes al contrario, le sirvió
para pasar una semana entregado a una borrachera constante y a unos
estados de euforia que contrastaban con otros de completa misoginia.
Esos días Andrés visitaba la plataforma patroneando él solo a Old
Lady, y, cuando Vernon estaba de lo que se podría llamar buen humor,
le recibía apuntándole con el cañón y disparando algunas salvas,
simulando un ataque en toda regla, acompañado de unas carcajadas
sonoras. Cuando Andrés se acercaba a atracar, le gritaba "I'm a brit
pirate against the spaniards", y luego le ofrecía su brazo tatuado
para que saltara a bordo de la plataforma flotante.
Andrés había acabado aceptando el comportamiento de Vernon. Sabía,
por Connelly, que no iban a poder cambiarlo sin el consentimiento
del consejo de la universidad, y eso solo ocurriría si incurría en
una falta grave. Y Vernon parecía conocer bien los límites de su
actuación, de forma que no pudiera ser expulsado. Su existencia era
un hecho estrambótico, pensaba Andrés, pero inevitable. Era algo que
no iba a poder cambiar. Y el manejo del bote se había convertido en
una rutina tan grande, en la que él había llegado a ser tan experto,
que le daba igual que Vernon estuviera operativo o que simplemente
se tumbara en uno de los bancos de la bañera acunando la borrachera
de turno.
Los primeros meses tras el nacimiento, Lynn se ocupó principlamente
del cuidado de Andy. Las ocupaciones de Andrés con los siluros eran
la coartada perfecta para que éste se pudiera mantener en un segundo
plano observador. Además, a sus obligaciones habituales se sumaba la
añadida de escribir un artículo que intentaba publicar en una
prestigiosa revista estadounidense sobre los primeros resultados de
su proyecto. Esto añadía un punto de estrés a su vida ya que, si
bien era cierto que los siluros, en general, iban bien, también era
cierto que no habían logrado, ni en forma de tímido avance, ninguno
de los resultados a los que aspiraban. En una coversación con el
profesor Connelly éste le había dicho:
--- Si no hay resultados, tendremos que hacerlos nosotros mismos.
Este comentario no había gustado a Andrés, quien veía en él el eco
del fraude. Si los resultados no llegaban, había que hacerlos.
¿Significaba ello que tenían que inventárselos? ¿Hasta ese punto
llegaban las presiones sobre el futuro del proyecto? Andrés no
dudaba de la integridad del profesor, pero reconocía en él un miedo
nuevo, quizás el reverso de una ambición que no se iba a resignar al
fracaso.
Paralelamente, Lynn había vuelto a hacerse cargo de más funciones en
el equipo. Ahora, ella llevaba todo el proceso de datos, y lo hacía
con una meticulosidad envidiable. Varias veces, además, había
mostrado su interés por visitar el vivero en el barco, algo a lo que
Andrés se resistía. Quizás era el temor a Vernon y a revivir las
dolorosas experiencias del avión. Tan solo un día, pasados más de
siete meses tras el nacimiento de Andy, Lynn vio a Vernon cuando
vino a buscar a Andrés, algo fuera de sus planes habituales. Andrés
había sido testigo del encuentro y le pareció ver, cuando se
saludaron, un brillo en los ojos de Lynn que abrió de nuevo las
viejas heridas. Una vez que la sospecha volvió a adueñarse de su
espíritu, no había encuentro de Lynn con otro hombre que no las
reabriera. Mantenía con ella una reducida actividad sexual, aunque
constante, debido a sus ocupaciones, pero tenía la sensación de que
lo que había pasado una vez podía pasar más. Y la sensación era de
pánico, una sensación terrible, un miedo que le llevaba a querer su
aislamiento a cualquier precio. Y sabía que el aislamiento era
imposible que Lynn no era un siluro que podía meter en una acuario,
que el agua que los rodeaba era un espacio abierto al que no podía
poner barreras, o que las que podía levantar eran fácilmente
escamoteables.
Esta sensación ya no le abandonaría. Intentó y logró no contratar a
ninguna mujer de ayuda para así mantener a Lynn ocupada en casa,
pero aún así no pudo evitar que la actividad, cada vez creciente de
Lynn, implicara trato con otros hombres. Andrés sentía unos celos
excruciantes, pero no hacia la persona de Lynn, sino hacia su
posesión en general, hacia la idea de verse suplantado de nuevo por
otro hombre.
Aunque las relaciones sexuales eran escasas, ansiaba dejarla
embarazada, que tuviera ahora un hijo que se pareciera a él, pero no
lo lograba. En algunos momentos, dudó de su fertilidad, y se dijo
que quizás, de forma para él misteriosa, Lynn había sabido verlo y
que ésa había sido y era la causa de su comportamiento. Andrés llegó
incluso a atormentarse con la idea de que le fuera infiel con el
profesor, un hombre mayor pero todavía atractivo. En su mente no
había otra seguridad que la de su rutina diaria. Ir a comprar
cualquier cosa con Lynn le parecía la mayor de las torturas porque
todos los hombres le parecían atractivos incluso rodeados de su
vulgaridad, y en todos ellos veía razones físicas para que Lynn
volviera a desear un contacto rápido y momentáneo pero con
consecuencias duraderas. El odio hacia Lynn creció dentro de él, un
odio que se volvía contra él porque descansaba en la inseguridad
hacia sí mismo, y que era como un clavo ardiente en su cerebro.
Pero, igual que antes, el odio no afectaba a su hijo, sino que se
dirigía hacia la madre. Andy era suyo, y era algo puro. En sus
fantasías, soñaba con poder prescindir de ella para ser él quien lo
educara, quien lo formara, quien lo hiciera a su imagen y semejanza.
Andrés se sentía seguro de poder leer sus propios sentimientos, pero
esta seguridad no le otorgaba ni paz ni descanso. Reconocía su
situación como inestable, como hecha de una maraña de hilos finos y
frágiles y sabía que en algún momento tenía que explotar, aunque no
sabía cuándo.
XII
Un día de febrero, que el sol brillaba en el cielo, Lynn insistió en
ir con él en el bote hasta la plataforma. Andrés se negó, e
iniciaron una discusión que acabó con Lynn llorando. Andrés se
recluyó en su estudio, y desde allí llamó por teléfono a Vernon.
Éste tardó en venir a buscarlo más de los habitual y, cuando lo
hizo, se dió cuenta de que estaba totalmente borracho. Andrés
mientras miraba las evoluciones de los siluros, decidió que no
saldría a la piscifactoria o que, en todo caso, iría solo. Así se lo
dijo a Vernon, quien se mostró más incongruente que de costumbre y
acabó la conversación con una mezcla de gruñidos y sonidos
absolutamente incomprensibles.
Andrés sentado en un sillón orejero, se abstrajo observando el
bolígrafo que tenía en la mano. Tenía la costumbre de hablar siempre
sosteniendo un bolígrafo con el que escribir en caso de necesitarlo
y, tras colgar, posó los ojos en él. Se trataba de un bolígrafo
barato, de plástico amarillo y con la mitad superior transparente y
llena de líquido. En ese líquido había una mujer vestida de blanco
que, según cómo se orientara la punta del bolígrafo, hacia arriba o
hacia abajo, aparecía o desaparecía. La observó con detenimiento. Se
trataba de una mujer joven, con una cabeza desproporcionadamente
grande y rubia, vestida con una traje blanco que le ocultaba los
pies, lo que casi le hacía parecer una sirena. Cuando aparecía, si
efectuaba todo el recorrido, acababa cayendo en un círculo formado
por las cabezas de siete enanitos. Entre ellas, medio cuerpo de la
mujer desaparecía y quedaba su torso tan solo, asomando casi como un
menhir. Se imaginó que en el lado oscuro, cuando desaparecía,
estaría el príncipe esperándola, en las tinieblas. No sabía cómo
había llegado el bolígrafo hasta su estudio. Se levantó, lo dejó en
la mesa y se dirgió al dormitorio. Allí estaba Lynn.
--- Lynn, he cambiado de opinión, vente conmigo si quieres.
Lynn estaba tumbada, mirando al techo, sin decir nada.
--- Vente, anda. No sé qué me pasa. Últimamente estoy muy nervioso.
Lynn siguió sin responder y Andrés se sentó a su lado. No sabía qué
hacer, pero sintió que debía ser cariñoso con ella. La veía tan
ajena, que algo en él se resistía incluso al contacto. Sin embargo,
venciéndolo, alargó la mano y le acarició el pelo.
Lynn permaneció en silencio unos segundos, y luego giró la cabeza
hacia él.
--- ¿Y qué hacemos con Andy?
--- Podemos dejarlo con Sean.
Sean era uno de los estudiantes que era ahora parte del proyecto.
Pelirrojo y menudo, tenía un carácter extrovertido. Más de una vez
les había ofrecido cuidar de Andy si ellos necesitaban dejarlo con
alguien. Sean, además, había sido también el objeto de algunas de
las fantasías celosas de Andrés. Sin embargo, ahora le pareció
adecuado que fuera él quien se quedara con Andy. En cinco minutos,
circulaban con el Morris hacia su apartamento.
Sean les abrió la puerta vestido con un gordo jersey de lana verde y
unos pantalones azules de lona muy desgastados. Aunque su aspecto
era el de alguien muy descuidado, bastaron unas palabras suyas para
envolverles en una nube de cordialidad que hacía que su aspecto
pasara a un segundo plano.
Andrés detectó en sus ojos un brillo peculiar cuando se dirigían a
Lynn, y se sintió aliviado cuando Sean desapareció en el interior
del apartamento empujando el coche-cuna de Andy. Volvió a salir
enseguida.
--- No os preocupéis. Se queda en buenas manos. Lo que me inquieta,
si váis al barco, son esas nubes. Quizás sería mejor dejarlo para
otro día.
Los tres miraron las amenazadoras nubes negras que se cernían en el
horizonte. Aunque lejanas, sobre ellas se extendían otras nubes
blancas, deshilachadas como finas hileras de algodón y que
significaban fuertes vientos en las capas altas.
Andrés musitó unas palabras quitándoles importancia, y también
mencionó la necesidad de ir. Sean lo escuchó con una sonrisa y se
limitó a decirles que tuvieran cuidado. En el coche, mientras
conducía hasta el embarcadero de Old Lady, Andrés sintió algunas
rachas que zarandearon el vehículo y que varias veces le hicieron
tener que corregir la dirección con el volante.
Al llegar al embarcadero, el cielo ya estaba totalmente cubierto, y
las rachas formaban olas pequeñas que se estrellaban contra el
costado del bote. Andrés fue el primero en saltar a bordo, y una vez
allí, como el primer día que salió con Vernon, jaló de las amarras
para permitirle saltar con más facilidad. Ninguno de los dos vestía
ropa de aguas, pero en el barco había dos impermeables y dos pares
de botas de goma que, aunque no eran los mejores, los tenían allí
Vernon y él para casos en los que el tiempo cambiaba sin avisar.
Andrés entró en la camareta para sacarlos y, mientras lo hacía, oyó
el ruido de una respiración profunda. En el fondo de la camareta,
Vernon descansaba tumbado.
--- ¿Qué haces aquí?, --- le preguntó, pero Vernon ni siquiera miró
hacia él. Se acercó y le zarandeó los hombros. Vernon abrió los
ojos, exhaló una especie de suspiro y sonrió. Andrés, enfadado,
sintió ganas de darle un puntapié, pero en vez de ello, lo arrastró
hacia fuera. Lynn estaba sentada en un banco de la bañera, sin decir
nada. Andrés empujó a Vernon afuera y le ayudó a que se incorporara.
Vernon se puso de pie, miró hacia Lynn y con una cara sonriente,
haciendo movimientos convulsivos para no caerse, inclinó la cabeza
como en una mueca de reverencia. Mientras lo hacía dijo "Adios,
señora.". Luego, a duras penas, se volvió hacia Vernon y repitió la
operación con otro Adiós como final. Empezaba a llover, y Andrés lo
empujó fuera del barco. Vernon se sentó en el suelo y comenzó a
reirse y señalar hacia las nubes. Andrés intentó mantenerse calmado.
Le dió uno de los impermeables a Lynn y un par de botas que le
venían grandes, y puso en marcha el bote antes de ponérselos él
mismo. Luego desamarró, y entre golpes de agua y viento salió hacia
el estuario. Solo cuando se dejó de oir a Vernon logró apaciguarse.
Lynn se había acurrucado junto a la camareta, y estaba totalmente
empapada. Miraba todo con ojos temerosos, pero no decía nada.
Andrés, aunque ya estaba empapado, se puso el impermeable y las
botas y dejó que Old lady se gobernara sola entre las olas. Cuando
volvió a coger la rueda, Lynn habló.
--- ¿No sería mejor que volviéramos?
Andrés le hizo un gesto negativo con la cabeza, pero la verdad es
que el día se había puesto feo. La visibilidad se había reducido
mucho, y el viento y las olas zarandeaban el barco haciendo
dificultoso su avance. Cuando llevaban un rato navegando, oyó la
campana de la boya del centro del estuario, y el sonido renovó su
confianza: estaba en su terreno, y las condiciones daban igual.
Pero, a medida que se acercaba a la piscina se dio cuenta de que
Lynn no sabía manejar el barco y de que él solo tendría que hacer el
atraque. En otras condiciones, sabía que la maniobra no presentaba
ninguna dificultad, pero hoy era diferente. Debían acercarse a la
plataforma, y uno de los dos tendría que saltar a bordo con un cabo
de amarre. Una vez hecho, no había problemas, pero no sabía si
saltar él y dejarle a Lynn el gobierno del barco durante unos
segundos, o dejar que ella fuera la que saltara. Todavía no se veía
el vivero. Se dirigió a Lynn:
--- Ven. Toma la rueda. ¿Crees que puedes manejarlo cuando
lleguemos? Yo saltaré a bordo con un cabo. Éstos son los mandos del
motor. Tienes que ponerlos a cero, llevarlos hasta esta posición.
Lynn tomó la rueda. Las olas azotaban el costado de babor, y Lynn la
soltó enseguida.
--- No puedo, no puedo controlarlo.
Andrés volvió a tomar la rueda. Hacía falta fuerza para mantener el
rumbo, y se daba cuenta, pero le vino a la cabeza una ola de rabia
hacia ella por su debilidad.
--- Entonces tendrás que saltar.
--- ¿Cómo?
--- Saltar, tú. Te vas a proa y coges un cabo que hay allí y cuando
nos acerquemos a la plataforma saltas con el cabo.
--- ¿Adónde? ¿Con qué?,--- musitó Lynn con desesperación.
--- A la parte de delante, donde hay esa pequeña barandilla. El cabo
es una cuerda. La coges y saltas desde allí.
Lynn no dijo nada, pero se puso de pie, a su lado. Entre la niebla,
surgió la silueta de la plataforma con su caseta. No se escuchaba
más que el ruido del mar y el viento que silbaba contra la cubierta.
Con el fondo monótono del motor, Andrés sintió que ellos dos eran
los únicos pobladores del mundo.
Lynn avanzó por un lateral de la camareta. El impermeable amarillo
vibraba con el viento y las grandes botas azules oscuras
dificultaban su avance. Dos veces estuvo a punto de caerse, pero las
dos se incorporó y siguió avanzando hasta que llegó al balcón de
proa. Cada vez estaban más cerca de la plataforma. Andrés quitó
motores, y la Old Lady pareció frenarse en seco.
--- ¡Cuando estemos cerca saltas! --- gritó Andrés.
Lynn se volvió hacia él, sosteniendo el cabo de amarre en una de sus
manos y sujetándose a la barandilla con la otra. Andrés casi no
podía verla desde el puesto de mando. Veía su pelo alborotado al
viento, y la mancha amarilla de su impermeable que, de vez en
cuando, recibía un roción que parecía querer borrarla de la cubierta.
--- ¡No puedo, no puedo!, --- gritó Lynn.
Andrés quiso decirle "Aguanta", pero permaneció en silencio. Estaba
demasiado ocupado manteniendo el control. La Old Lady seguía
avanzando despacio. En ese momento, sintió una ola venir desde atrás
que parecía querer empotrar el barco en la plataforma. Todo se
sucedió muy rápido, con una cadencia que recordaría bien. La popa se
levantó y él dió la reversa a tope para evitar el encontronazo con
la plataforma. El barco reculó mientras la ola lo levantaba.
Entonces, se escuchó un grito de Lynn y las piernas saltaron por la
borda. Cuando miró de nuevo, la mancha amarilla de su impermeable
había desaparecido de la cubierta.
Se seguían escuchando sus gritos, e incluso le pareció ver una mano
asida a la barandilla del balcón de proa. Andrés empujó entonces la
palanca de avante y Old Lady, con Lynn colgada por la proa, se
abalanzó contra la plataforma, que crujió entre las olas. El bote
resonó como si le hubieran dado un martillazo gigante. Se escucharon
varios gritos más, que pronto se acallaron con el ruido del mar y
del viento. El barco seguía junto a la plataforma, y Andrés volvió a
dar marcha atrás para separarlo. Miró al agua buscando una sombra
amarilla, pero no vio nada. Permaneció allí varios minutos,
aguantando los golpes de mar y escudriñando el agua y el aire en
busca de una señal de Lynn, pero no alcanzó a ver ni a escuchar
nada. Cuando estuvo tan oscuro que parecía de noche, puso rumbo
hacia el embarcadero. Durante el trayecto, no cesó de imaginar a
Lynn sumiendose en el fondo del estuario como un ser blanco y
amarillo, similar al del bolígrafo que había tenido entre las manos.
XIII
El inspector estaba sentado en su mesa, y no dejaba de fumar con
movimientos lentos y pausados que enervaban a Andrés.
--- O sea que decidieron salir a pesar del tiempo.
--- Mi ayudante no estaba en condiciones de ir, y yo había prometido
a mi mujer que la llevaría al criadero de los siluros. Esa misma
mañana habíamos discutido por esa razón.
--- ¿Por esa?
--- ¿Insinúa algo?, --- Andrés se revolvió en la silla, incómodo.
--- Me limito a preguntarle. Es mi trabajo. Usted ha venido aquí a
denunciar la muerte de su esposa, y debo tener todos los datos.
A Andrés no le gustó la palabra muerte. Pensó por un segundo en el
bolígrafo. La luz gris de la mañana día entraba por la ventana
situada a la espalda de la silla del inspector, y le habría gustado
que hubiera podido dar la vuelta a la habitación, ponerla boca
abajo, y hacer así que el inspector desapareciera igual que lo había
hecho la mujer del bolígrafo.
--- La muerte no, su desaparición.
El inspector miró hacia la secretaria que transcribía la
conversación.
--- ¿Muerte o desaparición, señorita Wesley?
La secretaria se ajustó las gafas y revisó la transcripción.
--- Dijo muerte, inspector.
El inspector, dejó que la ceniza cayera suavemente en un cenicero de
cristal.
--- Está bien, su desaparición. Continuemos. Hábleme de su ayudante.
--- ¿Mi ayudante? Estaba totalmente borracho. Hablé por teléfono
unas horas antes de partir. Cuando llegamos al barco, estaba dentro,
borracho.
--- Y usted no lo llevó.
--- En esas condiciones habría sido un estorbo.
--- ¿Un estorbo?, --- el inspector volvió a encender un cigarrillo
sin filtro que sacó de una cajetilla de Craven. Andrés siguió todos
sus movimientos con la mirada --- ¿Para qué?
--- Para todo. Cuando Vernon está en ese estado, es mejor que se
quede en tierra.
--- O sea que no era la primera vez.
--- Por supuesto que no.
--- Vernon ha declarado que le dijo que no saliera.
Andrés vio en esta afirmación una ventana para lo que quería decir.
--- Es cierto. Fue una imprudencia. Una imprudencia que nunca me
perdonaré.
El inspector se tomó un respiro antes de seguir.
--- ¿Qué pasó después?
--- Cuando estábamos en el estuario, el tiempo empeoró.
--- Y aún así, usted siguió adelante.
--- Sí. Había ido antes días con similares condiciones...
--- Pero nunca antes con su mujer, una completa inexperta.
--- Ya le he dicho que había ido antes. Es fácil juzgarlo ahora.
La mueca que el inspector hizo al acabar su frase no le gustó a
Andrés. Había algo de cinismo en él, de quien sabe algo o cree
saberlo.
--- Se equivoca, señor Blanco, lo difícil es juzgarlo ahora.
--- Mi mujer ha desaparecido y probablemente esté muerta, como usted
mismo ha dicho antes. Me he quedado solo con mi hijo. ¿No merezco
algo de compasión?
El inspector dejó el cigarrillo en el cenicero y se entretuvo
mirándose las uñas.
--- Voy a hablar claro. Soy el primero que lamenta este accidente.
Pero mi labor es simplemente investigar si ha sido un accidente.
Usted es el único testigo, y la persona más cercana a la víctima.
Siento que le resulte duro, pero no hay otra posibilidad.
--- Pero usted parece dudar de mí.
--- Yo dudo de todo el mundo, a veces incluso después de que me
demuestren lo contrario. Y usted, señor Blanco, debe demostrármelo.
A Andrés le subió la sangre a la cabeza. No podía creer que el
inspector le estuviera hablando así.
--- Creo que, en cualquier caso, el asunto es exactamente al revés.
Soy biólogo marino, como sabe, pero alcanzo a saber que cualquier
persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario.
--- Así es, ante la ley. Pero yo no soy la ley, en este caso. Soy
alguien que busca la verdad, y que casi nunca la encuentra.
--- La verdad es que mi mujer cayó al agua mientras yo llevaba la
rueda.
--- ¿Cuándo cayó?
--- Cuando estábamos junto a la plataforma. Ella estaba a proa
preparada para saltar, con el cabo de amarre. Una ola nos empujó
contra la plataforma. Yo dí marcha atrás, pero no pude evitar la
colisión. Cuando pude controlar de nuevo la embarcación, Lynn no
estaba en la cubierta.
--- O sea que no tuvo oportunidad de ayudarla.
--- No. De ninguna manera.
El inspector giró su silla y estuvo mirando a la ventana unos
instantes. Luego se volvió hacia él.
--- Y entonces se volvió al embarcadero.
--- Sí.
--- Y denunció los hechos esa noche.
--- Así fue. Ya conté todos los detalles. Los puede verificar.
--- Ya lo he hecho, y todo encaja. --- El inspector volvió a mirarse
las uñas--- Dígame, su mujer no tenía ningún seguro de vida, ¿verdad?
--- No. Es decir, hay una pequeña cantidad que recibiremos del
banco, una póliza por valor de cinco mil libras que otorgan a todos
los titulares de una cuenta en caso de muerte por accidente. Aparte
de eso, no hay nada más.
--- ¿Se llevaban bien?
Andrés sintió por un momento un alivio al recordar la edad de Andy y
pensar que no podía hablar. Que nadie podía hablar, incluido su
padre, el hombre rubio del avión.
--- Si. Como una pareja normal.
--- Ahora, tendrá usted que ocuparse de su hijo.
--- Lo sé. Estoy preparado para ello.
La cara del inspector pareció relajarse. Se adelantó sobre la mesa y
cruzó las manos.
--- En fin. Sabe que hasta que no encuentren el cuerpo, el caso no
quedará cerrado. Al menos, por lo que a la ley respecta.
Andrés cruzó una pierna. Se sentía más relajado.
--- ¿Y por lo que respecta a usted?
Un momento de hieratismo pareció sacudir el cuerpo del inspector,
como si todos sus músculos se hubieran tensado.
--- Yo soy otro cantar. En cualquier caso, lo importante es su
conciencia.
* * *
Andrés salió del despacho con la sensaciónd de que el inspector
sospechaba algo, pero con la certeza de que no iba a encontrar nada.
No le gustó, sin embargo, su última frase. Un asunto de conciencia.
¿Es que él la tenía? ¿Es que Lynn la había mostrado en vida? Esa
noche, soñó con la mano de Lynn, una mano agarrada a la barandilla
del balcón de proa, una mano crispada y tensa, una mano sin cuerpo.
Los días siguientes, los pasó ocupado en un sinfín de cosas. El
funeral, la ceremonia en la universidad, la visita de los padres de
ella, todo fueron ceremonias en las que mostraba una pena contenida
verdadera, o al menos así lo creía él mismo. Y el cuidado de Andy.
Realmente, su cuidado fue lo que le salvó de sucumbir a la ansiedad,
al menos durante las dos primeras semanas, hasta que recibió una
llamada para decirle que habían encontrado el cuerpo de Lynn.
Tuvo que ir a reconocerlo, y fue terrible tener que verla una vez
más. Aún tenía puestos el impermeable y las botas. La cara estaba
totalmente hinchada y desfigurada, y la mano derecha había
desaparecido. Tan solo tenía la izquierda, de una blancura
espectral.
Al cuerpo le hicieron la autopsia, y decretaron que la muerte había
sido por ahogamiento. Hubo un juicio rápido, en el que tan solo
compareció el inspector. El juez decidió que se trataba de un
accidente, y Andrés no fue culpado ni siquiera de imprudencia
temeraria, aunque tuvo que aguantar un discurso moral del juez
reconviniéndole, de forma velada, por su actuación. A la salida, se
le acercó el inspector y le estrechó la mano. Andrés esperaba que le
dijera algunas palabras formales de felicitación o de despedida. Sin
embargo, se limitó a decir:
--- Nos volveremos a ver.
XIV
Seis años después, la casa había tomado un olor y un sabor propios.
Olores y sabores sin ruido, porque era la casa de los silencios.
Andy había crecido en esos años. Se había convertido en un niño
rubio y delgado, en todo diferente a su padre. Lo único que los unía
era un silencio constante y denso, una relación hecha de hábitos y
de costumbres pero cimentada en una falta total de comunicación.
Aunque sabía que era prematuro, Andrés juzgaba que a Andy no le
gustaba nada de lo que le gustaba a él. Odiaba los siluros, y tenía
un pánico tremendo hacia su estudio, que veía como una cueva
misteriosa y lúgubre, en la que no quería entrar a ninguna costa.
Andrés había quitado todas las fotos de Lynn de la casa, "para no
regodearse en el dolor del recuerdo", había dicho alguna vez, y tan
solo había huellas de ella en el dormitorio de Andy. De hecho, el
cuarto era como un santuario dedicado a su madre muerta. Había fotos
por todos lados, en las paredes, en su mesilla de noche, en su mesa
de juegos y estudios. Como casi no tenían fotos juntos, Andy había
elegido varias estampas de vírgenes con el niño Jesús, y las había
colocado en los sitios principales de su cuarto. Insistía en que él
era el niño y la virgen era su madre.
A Andrés, esto último le asombraba y dolía. Le parecía increíble que
un niño, a los siete años, pudiera ejercer su elección de símbolos e
imágenes de una forma tan acentuada. Además, le inquietaban las
relaciones que esa imagen tenía. Era como si Andy mantuviera viva
una relación en la que él no cabía de ninguna manera, en la que el
padre era un dios generador apersonal, y en la que existía una base
de sacrificio, dolor y abnegación.
Una vez intentó quitar las estampas de su cuarto, pero tuvo que
volver a ponerlas después de ver la reacción de Andy. Lo curioso era
que el niño no hablaba de ello. Simplemente insistía en ponerlas, de
una forma ciega e instintiva, lo que lo hacía más agresivo para
Andrés. Creía ver en el mantenimiento y la adoración muda de las
estampas un mensaje soterrado hacia él mismo: él estaba fuera, no
existía, y la auténtica relación era otra, un lazo invisible pero
indisoluble con una madre muerta a la que nunca había tratado siendo
amo de su propia razón.
Andrés veía en ello la confirmación espiritual de su nacimiento
biológico. De alguna misteriosa manera, por alguna oculta razón,
Andy sabía, intuía, que Andrés no era su verdadero padre, y que la
desaparición de su madre se debía a un sacrificio supremo. El niño
era, de alguna forma, la prueba de su ignominia. Ignominia que tenía
sus raíces en su propio victimismo inicial y en su comportamiento el
día de la muerte de su mujer.
Durante esos años, Andrés pensó mucho en la naturaleza de la
paternidad. Ser padre, se dijo, no era únicamente ser el padre
biológico. Era mucho más, un cuidado y una atención constantes, la
transferencia de una serie de conocimientos y sensibilidades que
estaba por encima del mero lazo genético. Sin embargo, a pesar de
haberselo dicho de forma que él mismo creía definitiva, notaba que
debajo de ese pensamiento descansaba una sospecha diferente que se
fortalecía con el trato diario: Andy era diferente, su mente era
consciente de ello, y se lo hacía saber.
Estas diferencias se agudizaron cuando Andy cumplió ocho años. Lo
que había sido silencio se convirtió en discusiones secas que,
aunque no siempre, alcanzaban una violencia inesperada y difícil de
aguantar. Andy tenía un carácter fuerte, independiente, y cuando
quería o no quería hacer algo se lo hacía saber de una forma tajante
y expeditiva que no aceptaba ninguna alteración. Además, por esas
fechas, Andy comenzó a frecuentar la compañía de amigos, todos
escoceses, lo que sirvió tan solo para alejarlo más. Era una deriva
sutil y leve, hecha de movimientos internos que los de fuera, los
otros, no veían, pero que él sentía consciente de que Andy también
lo hacía.
Un día, mientras desayunaban, Andy, le hizo una pregunta incómoda:
--- ¿Por qué hablas así?
--- ¿Cómo?
--- De esa forma tan rara, --- y Andy remedó su acento español al
hablar inglés.
Andrés se puso rígido en la silla. Nunca le había gustado tener
acento, y no le gustaba que su propio hijo se lo pusiera de
manifiesto después de tantos años.
--- Yo no nací aquí, ya lo sabes, nací en España.
--- Y ¿dónde está España?
--- En el Sur.
--- ¿Y por qué no he ido nunca allí?
Andrés se quedó callado por un momento. Era cierto que nunca había
llevado a su propio hijo a su país natal. Al principio, tras la
muerte de Lynn, le había resultado cómodo no tener que dar más
explicaciones de los hechos a nadie, aparte de las pertinentes
cartas. Después, se había convertido en un hábito, en una forma de
vida. Estaba bien sin volver a España, a la que veía como un lugar
seco y con demasiada luz. Temía, en sus fantasías, que la luz lo
expusiera a los demás, que mostrara la fina película de temores y
remordimientos que era su propia piel.
--- Estamos mejor aquí.
Con esta respuesta creyó dar por zanjado el asunto. Pero Andy
continuó.
--- ¿Y cómo son los españoles?
Andy se quedó pensativo unos instantes, sin saber qué contestar.
--- ¿Son como tú?
--- ¿Cómo?
--- Oscuros.
Andrés permaneció en silencio, y solo dijo un "sí" que casi se
perdió con el ruido de la silla al levantarse.
Vernon había desaparecido de su vida dos años tras el incidente del
vivero. A partir de la muerte de Lynn había comenzado a distanciarse
de forma progresiva, distanciamiento que el propio Andrés había
fomentado. No se sentía cómodo con él, y se lo hacía ver
continuamente. Vernon bebía cada vez más, y muchos días, mientras él
se iba en el barco, Vernon se quedaba en tierra, merodeando el
muelle y diciéndole cosas incomprensibles en escocés. Sufrió,
además, un deterioro físico grande. Había adelgazado mucho, y
parecía no comer nunca. A los dos años, un buen día, dejó de dar
señales de vida y nunca volvió a saber de él. La universidad no lo
había sustituido porque él no lo había declarado. Prefería seguir
solo.
Durante un tiempo, formó a una de sus ayudantes, Cynthia Thorn, una
alumna ambiciosa, en las labores del criadero. Cynthia era morena y
menuda, de origen galés, y pronto se desenvolvió mejor que el propio
Vernon con el gobierno de Old Lady. Quizás por el tiempo que pasaban
juntos, acabaron teniendo una relación sentimental que se alargó en
el tiempo pero que acabó muriendo por desidia de los dos, pero sobre
todo de Andrés. Éste se había quedado dolido, no por la carga
afectiva de la relación en sí, sino por la sensación de fracaso que
le siguió. No había sido un buen amante, su capacidad sexual era muy
limitada, y ni siquiera había sido un guía espiritual o profesional.
Tenía más bien la sensación de que era él el que había sido seducido
y utilizado en una acción que como mucho había constituido una
prueba de poder de Cynthia frente a las otras estudiantes.
Pero, seguramente, lo que más pesaba a Andrés era el fracaso del
proyecto de los siluros. Tanto con los siluros en cautividad como
con los que estaban en el criadero, en un estado de relativa
libertad, no habían logrado resultados reseñables. Ningún siluro
había llegado a nacer y, aunque los peces parecían vivir bien, la
falta de fertilidad invalidaba las propuestas de su proyecto.
El profesor Connelly, con muy buena vista profesional, pensaba
Andrés ahora, se había retirado del proyecto hacía más de un año,
alegando el inicio de un retiro de la investigación. Aspiraba a
seguir siendo parte de la vida académica, pero desde posiciones más
fronterizas. Este hecho, que en un principio había halagado a Andrés
ya que era él quien le sucedía al mando del proyecto, se había
convertido en una fuente de desánimo e inseguridad. Le quedaba hacer
frente a los restos, a la ausencia de resultados, al finiquito de
una larga ilusión.
A pesar del fracaso, el equipo había logrado mantener el proyecto
gracias a repetidos artículos descriptivos, que habían sido acogidos
con entusiasmo por los elementos más estrambóticos de la comunidad
de biólogos marinos. El consejo de la universidad, una vez hecha la
asignación inicial de las partidas presupuestarias, se había
limitado a dejar que el dinosaurio siguiera su marcha, pero en la
última reunión anual, con Andrés como cabeza del equipo, ya se
habían alzado voces en contra de mantenerlo un año más.
Todo esto había conducido a Andrés a una situación extraña, un
estanque turbio en el que no se reconocía a sí mismo. Con cuarenta
años, se sentía confuso, indefenso e inútil, y tenía la sensación de
que así era como había pasado los últimos diez años. Su vida había
sido algo extraño, un afán por estudiar la reproducción de unos
animales extraños, y un descuido total por la suya propia. La vida
seguía su curso, encontraba sus cauces de avance, y solo él no lo
hacía, o lo hacía de una manera que le parecía totalmente
infructuosa. Tenía un buen trabajo, una casa bonita, un coche casi
nuevo y todo lo que siempre había deseado, pero carecía de todo lo
que no había deseado, al menos de forma consciente, pero había
esperado que le hubiera sido otorgado en el camino. Su camino no le
había dado nada, más que un secreto incomunicable y una mala
conciencia.
Para colmo, a pesar de sus fracasos con la reproducción de los
siluros, por el río corría el rumor de que los siluros estaban
invadiendo la zona. Aparentemente, algunos pescadores los habían
capturado, y enseguida culparon a su proyecto por la aparición de
los peces. Para Andrés, todo ello no pasaba de ser una fantasía,
pero lo cierto es que, de ser cierto, suponía el aldabonazo final a
sus esperanzas profesionales. El desorden natural se había acabado
imponiendo al orden y al rigor científico.
En estas circunstancias, hasta su estudio había dejado de ser su
refugio. Los siluros nadaban en la penumbra de una habitación
solitaria. Andrés prefería la compañía de Andy, pero solo para
mantener un estado de beligerancia y execrarlo luego en privado. Se
daba cuenta de que hacer eso con un niño era poco honroso, pero lo
prefería al vacío que sentía en sí mismo, a la nada que le rodeaba.
En estas circunstancias, una tarde, tras una discusión con Andy por
sus gustos musicales, el niño se enfadó y se levantó airado para
salir de la habitación. Andrés parecía tener un placer malsano en
llevarlo al límite, en hacerle daño con sus comentarios. Esa tarde,
antes de salir de la habitación, Andy se volvió y con un tono lleno
de autoridad y control le grito:
--- ¡Tú no eres mi padre!
--- ¿Cómo?, --- le respondió Andrés.
Andy volvió a repetir la frase, esta vez sin gritar, pero con más
decisión, como si saliera de la experiencia de años.
--- No, tú no eres mi padre.
XV
El veintiuno de junio, un día de verano escocés, Andrés salió de
casa temprano, como de costumbre, camino de la universidad. Andy
dormía todavía en su cuarto, y como ya tenía vacaciones en el
colegio sabía que se despertaría más tarde, sobre las diez. Tenía
dos horas y media. Condujo su Rover hasta la gasolinera, donde él
mismo llenó el depósito. Antes de ir a pagar, sacó del maletero un
bidón de plástico de cinco litros y lo llenó también. Lo metió en el
maletero y, tras pagar, compró en una máquina expendidora de tabaco
una caja de cerillas. Después, en vez de tomar la dirección a la
universidad, volvió hacia su casa. El sol brillaba en el cielo,
junto a unas pequeñas nubes. Hizo el camino maquinalmente,
disfrutando del calor que los rayos transmitían a través del
parabrisas.
Al llegar a la casa, detuvo el coche en la entrada del garaje. Bajó
y sacó el bidón del maletero. Lo abrió, y roció con la gasolina la
entrada. Luego, sacó la caja de cerillas del bolsillo, encendió una
y la arrojó al suelo. Las llamas comenzaron casi con una explosión
que produjo una onda de calor que le llegó a la cara. Luego, caminó
por el jardín hacia el ventanal del salón, y repitió la operación.
En el piso de arriba, justo encima del ventanal, estaba la ventana
del dormitorio de Andy, cerrada. Después, se alejó unos metros.
Las llamas no tardaron en invadirlo todo. La madera con la que
estaba construida la estructura de la casa, así como los materiales
sintéticos, se consumían con una rapidez increíble. A través de los
cristales, podía ver el humo negro que se había formado en el
interior, y cómo iba saliendo por los resquicios formando columnas
cónicas invertidas. En algún momento, le pareció oir una tos. Luego,
nada más. Ni gritos, ni lamentos. En unos minutos, la casa era una
pira roja y negra, y una columna de humo negro y denso subía en el
horizonte. Las crepitaciones inundaban todo. Entonces se acordó del
coche, y corrió hacia él. Cuando lo puso en marcha, varias pavesas
ardían sobre la pintura del capó. Al dar marcha atrás, creyó oir
varias explosiones sordas en el interior de la humareda.
En la carretera, se cruzó con un coche de bomberos que corría en
dirección contraria, hacia su casa. Aminoró la marcha y, sobre la
duna solitaria, vio elevarse la columna de humo negro. Llegó a la
universidad minutos después. Se sentó en la mesa de su despacho,
esperando a que sonara el teléfono. Mientras lo hacía, se entretuvo
pintando peces en un papel con membrete de la universidad. Luego se
llevó las manos a la nariz, y decidió ir al cuarto de baño para
intentar quitarse el olor a humo y gasolina. Tras varios minutos,
volvió a su despacho con la impresión de no haberlo logrado.
XVI
El inspector había engordado con los años, pero seguía fumando los
mismos cigarrillos, Craven A sin filtro en cajetilla roja. Tras
encender uno, lo miro con la misma sonrisa, similar al gesto afable
de un vendedor de coches, pero con un fondo sarcástico demasiado
evidente.
--- Le dije que volveríamos a vernos.
--- Y yo no le dije que no.
Andrés estaba relajado esta vez, con la seguridad de quien se siente
invencible.
--- Esta vez todo va a ser diferente.
--- ¿Por qué?
--- ¿Me lo pregunta? Hay testigos de lo que hizo. Los empleados de
la gasolinera. El fuego acabó con todo, pero los expertos saben que
fue intencionado.
Andrés se sentía seguro, con la seguridad que le daba la locura de
un secreto guardado demasiado tiempo.
--- ¿Y qué hay de malo en que una persona queme su propia casa?
--- Casi nada. Con la excepción de si uno lo hace con su hijo dentro.
--- En mi casa no había nadie.
--- Llama nadie al esqueleto de un niño de ocho o nueve años.
--- Yo no sabía que hubiera nadie.
--- ¿Y su hijo?
--- Mi hijo está en España, con su familia.
El inspector pareció incomodarse con la respuesta. Esta vez no
estaba relajado, y la ceniza del cigarrillo cayó fuera del cenicero.
--- En cualquier caso, usted ha matado a un niño. Además, usted sabe
que ese niño era su hijo. Dios sabrá las razones por las que lo ha
hecho.
--- Cuando me enseñaron los restos, ya dije que no eran los de mi
hijo. Y no hay nadie que pueda declarar lo contrario. En cuanto a
que alguien muriera en el fuego, es un accidente. Yo no sabía que
alguien se había colado allí.
--- ¿Colado? Como puede decir algo así.
--- Colado. Sería un extraño. Júzguenme por ello.
--- No se preocupe, le juzgarán. He ordenado que hagan las pruebas
del ADN. Tiene que personarse hoy en el hospital para que le saquen
sangre.
Andrés estaba esperando algo así. Sentía que, por fin, había llegado
su liberación, después de tantos años.
--- Por supuesto que iré. Le repito que no es mi hijo. Soy y seré en
todo momento el primero en colaborar con la justicia.
--- No lo ha hecho para indicar el paradero de su hijo.
--- Ni tengo que hacerlo. Le repito que el cadaver no es de mi hijo.
Ignoro totalmente de quien se puede tratar. En cuanto a la casa, me
haré cargo de las responsabilidades oportunas. Ya he hablado con mi
seguro. Todo el mundo sabe que he pasado por un mal momento. Y
cuando se esclarezca la identidad del muerto, indemnizaré a su
familia.
El inspector pareció perder los nervios. Tras quemarse con la
colilla, intentó apagarla en el cenicero de cristal, pero no logró
más que quemarse más los dedos.
--- Me asombra su sangre fría. Pero esta vez, todo está en su
contra. Sabe que la prueba del ADN no deja lugar a dudas. Además, se
hará dos veces, para evitar posibles errores.
Andrés permaneció callado, mirándole fijamente a los ojos. Esta vez
era él que sonreía con una mueca irónica.
--- Sé perfectamente cómo funciona. Esta misma tarde iré al
hospital. Buenos días.
Andrés se levantó y salió del despacho sintiéndose más ligero. Se
había liberado de un peso gigante, de un peso de siglos, de una
opresión que había amenazado con hundirlo de forma irremediable
hasta ese momento. Era paradójico que, ahora, su salvación viniera
de la persona que con más ahinco le perseguía. La busqueda de la
verdad iba a sacar a la luz su propia verdad, iba a eliminar su
sufrimiento de todos esos años, iba a limpiar una mancha antigua de
la que solo ahora comprendía su significado y su verdadero sentido.
Todo lo que había pasado iba, por fin a tomar todo su sentido. El
hecho incomprensible que había sido su condena, la condena de su
matrimonio y del simulacro de vida familiar se iba a ver sustituido
por otro hecho incomprensible, solo que esta vez sería
incomprensible para los demás, no para él. Él sabía lo que estaba
ocurriendo y por qué. Para los demás, todo no sería más que un lío
del que solo él tendría la clave. Antes de tomar el ascensor, pudo
oir la voz del inspector.
--- Le llamaré cuando tenga los resultados.
Eso era lo que él quería escuchar.
XVII
Cuando le llamó el inspector, quedó con él en lo que había sido su
casa. Quería ver los restos por última vez, para, de alguna forma,
acabar con todos esos años. Al llegar, vio un coche de policía
aparcado en la carretera. Lo que había sido su casa, era ahora unos
restos calcinados con tres muros de ladrillo aún en pie. Parecía
salir humo todavía de los trozos de madera, de las tuberías rotas,
del suelo.
El inspector estaba de pie junto a uno de los muros. Andrés avanzó
hacia él. En las paredes, encastrados, los acuarios se mantenían aún
en pie. Los cristales de seguridad habían aguantado el fuego. El
inspector estaba fumando, con una mano apoyada en uno de los
pilares. No hizo ademán de caminar hacia él. Andrés miró las
peceras, con la esperanza inconsciente de encontrar un huevo, solo
uno. Los siluros se movían suavemente, como siempre, como si nada
hubiera ocurrido. El inspector habló de soslayo, exhalando una
bocanada de humo.
--- Are you Andrew Blanco?
Andrés no se molestó en responder. Se limitó a saborear la
pronunciación de su nombre en inglés, algo que siempre le había
gustado.
--- Mister Andrew Blanco, como le dije, han llegado los resultados
de las pruebas del ADN del laboratorio.
Andrés sonrió levemente, por oir su nombre, y por el sonido de las
tres letras. Esas tres letras eran para él una salvación, un
salvavidas cuya pronunciación le hacía sentirse bien. El inspector
se volvió hacia él, sacó un sobre de la americana y se lo dió.
Andrés, al tomarlo, vio que estaba abierto. Cuando lo leyó, la
sombra de uno de los siluros, proyectada por el sol, bailó junto a
sus pies y pasó sobre el papel. Dos policias comenzaron a avanzar
hacia ellos. La voz del inspector se superpuso a su lectura.
--- Tiene derecho a llamar a su abogado. No tiene que decir nada en
su contra, si no quiere hacerlo.
Los policías llegaron junto a él con unas esposas en las manos. Pero
Andrés no quería soltar el papel ya que no podía creer lo que decía,
que la prueba había sido positiva las dos veces que se había
practicado. Por fin, el mismo inspector se lo arrancó de las manos.
Sintió ganas de decir que había habido algún error, pero la frase se
le ahogó en la garganta. Por supuesto que había habido un error,
pero ¿dónde? Le pareció que las suelas de sus zapatos estaban
empezando a arder. Entonces miró hacia abajo y, antes de que los
policías lo empujaran hacia el coche, pudo ver la sombra del siluro
deslizarse de nuevo junto a sus pies, como si nada nunca hubiera
pasado.