Jose Pazo - El Reflejo del Siluro



           I

           Siempre le había gustado que le llamaran Andrew, aunque su nombre
           era Andrés, Andrés Jiménez Blanco. También le complacía su apellido,
           sobre todo la segunda parte, Blanco, quizás porque su pelo era como
           el azabache. Tan solo una vez, de muy joven, se había confesado a sí
           mismo que no le gustaba su morenez, frente al espejo, en forma de
           pensamiento que se apresuró a relegar a un aparente olvido, pero que
           cimentó gran parte de su timidez. Tenía el pelo negro, cualquier
           pelo del cuerpo, y nada le habría gustado más que que hubiera tenido
           otro tono, más claro, más acorde con su piel y con su apellido. Sin
           embargo hoy, cuando el inspector le dijo entre las cenizas aún
           humeantes,"Are you Andrew Blanco?", con ese acento tan marcado,
           habría deseado poder decir que no, que no era él, que se habían
           equivocado y que todo era un error. Porque en el fondo eso es lo que
           era.

           II

           Andrés la había conocido en Glasgow, mientras se especializaba en la
           reproducción de los siluros. Lynn era la ayudante del doctor
           Connely, el profesor que le codirigía su tesis, y los dos se habían
           visto forzados a un contacto que, si bien al principio parecía
           incomodar a ambos, acabó siendo el centro de su vida en Escocia.
           Acostumbrado, como estaba, a un tipo de mujer oscura y meridional,
           siempre proclive a accesos emocionales inesperados ---al menos así
           lo sentía él---, esa mujer rubia, con los ojos azules, la piel de
           una transparencia en la que se mezclaban el rosa y el azul celeste,
           y un tono de voz que parecía la cadencia saltarina de un río tras el
           deshielo, le transportó a un espacio de paz nuevo para él. Tras un
           sábado en el que hicieron un picnic junto al río, Andrés comenzó a
           pensar que estaba enamorado de Lynn.

           Nunca antes había estado enamorado. Solo había tenido una fijación
           con una tía suya, tía Carmen, cuando tenía trece años, un año antes
           de que sus padres murieran en un accidente de tráfico, cerca de
           Valencia. Tras su muerte, no se sintió especialmente conmocionado, e
           incluso albergó la esperanza de que sus abuelos lo mandaran a vivir
           con su tía. Sin embargo, a la que mandaron con tía Carmen fue a su
           hermana Mercedes, mientras que a él lo ingresaron en un internado en
           las afueras de Barcelona, con el pretexto de que sería mucho mejor
           para su educación.

           Los años del internado fueron un tiempo poco claro, del que lo único
           que recordaba de forma determinante era el gusto que había
           desarrollado por la biología en general y por los peces en
           particular. De los peces le gustaba el sistema nervioso pero, sobre
           todo, la forma de reproducción. Le asombraba que dejaran los huevos
           sueltos en el agua, o adheridos a una roca o una planta, y que luego
           fuera el pez macho quien los fecundara mediante una acción externa.
           Quizás porque las chicas de su edad no le interesaban demasiado, o
           porque el sexo le parecía algo lejano e intimidatorio, o incluso por
           una combinación de las dos cosas, esa forma de reproducción le
           parecía más perfecta, más serena, como si de alguna forma él mismo
           compartiera ese mundo asordinado en el que vivían los peces.

           Después de terminar los estudios de bachillerato y de haber
           efectuado con éxito el examen de entrada en la universidad, Andrés
           se traslado a Madrid, donde pasó cinco años sumido en el mundo
           acuático de su aislamiento, tan sólo roto por su afición al ajedrez
           y las conversaciones con Masami.

           La afición al ajedrez le vino como algo natural. No recordaba cuándo
           había aprendido a jugar. Sin embargo, en Madrid, en las horas
           muertas del colegio mayor, comenzó a leer los problemas de los
           periódicos, y pronto pasó a enfrentarse con otros estudiantes en la
           sala de estar, junto a la entrada. Tras batirlos a todos, se apuntó
           al club del colegio, y los sábados pasaron a estar ocupados por unas
           visitas al extrarradio, a locales pobres y pequeños, donde pasaba
           horas enfrascado en luchas mentales que solía ganar.

           Lo que más le gustaba del ajedrez era el silencio que lo envolvía,
           esa cualidad a la que tanto aspiraba y que era también una parte
           importante de su relación con Masami.

           Masami era hijo de una japonesa y un español. Físicamente, era mucho
           más oriental que europeo, y quizás eso junto con una gran timidez lo
           llevaba a mantener cierto alejamiento con su entorno, lo que
           enseguida lo acercó a Andrés. Los dos solían pasar horas juntos,
           pero muchas de esas horas las pasaban absortos en sus lecturas, sin
           que mediara la mínima sensación de azoramiento o malestar. Los dos
           eran bien conscientes de ello, y a los dos les parecía que era una
           muestra de su madurez, de su superioridad sobre el resto de sus
           compañeros.

           Este sentimiento, aunque secreto y nunca compartido, los resarcía de
           su inferioridad cuando llegaba el momento de relacionarse con el
           otro sexo. Andrés lo resolvía con una indiferencia completa. Masami,
           por el contrario, se mostraba bastante locuaz sobre el tema
           ---teniendo en cuenta sobre todo su habitual reserva--- , y mantenía
           siempre en sus palabras un tono de seguridad que se contradecía a
           todas luces con los hechos.

           Masami insistía en la perversidad de la mujer, en una perversidad no
           degradante, pero sí encaminada a intentar burlarse de los hombres,
           sobre todos si éstos eran inteligentes. No es que Masami negara la
           inteligencia en la mujer, sino que defendía que esta inteligencia
           estaba siempre al servicio de intrigas sexuales o relacionadas con
           el apareamiento de una forma más o menos social.

           Ante estas opiniones, Andrés callaba o asentía con una sonrisa, pero
           ni las rebatía ni se mostraba partidario de ellas. En el fondo
           sospechaba que no era así, que el amor auténtico existía por debajo
           de su propio mundo racional, y que algún día el propio Masami lo
           descubriría. Igual que lo haría él mismo.

           Lo cierto es que la carrera transcurrió sin que así ocurriera. Tras
           ese tiempo, Masami pidió una beca para irse a Hiroshima, a estudiar
           el cultivo de algas en aguas regeneradas, y Andrés obtuvo una beca
           para continuar estudiando la reproducción de los siluros en la
           universidad de Dundee, en Escocia.

           Desde el principio, se sintió a gusto en Escocia. Le gustaron las
           interminables noches, la tranquilidad de las calles, el verdor unido
           a los cielos grises, el aguanieve interminable del invierno y, sobre
           todo, el colorido de los escoceses, esa mezcla de blanco, oro y azul
           pálido que hacía que parecieran que habían sido purificados en una
           bañera de lejía.

           Aunque no solo contaban esos factores; de la universidad, le
           impresionó la biblioteca y, sobre todo, el laboratorio de
           ictiología, con sus inmensos tanques iluminados desde atrás. Le
           gustaba pasar los días hasta que anochecía en el laboratorio,
           rodeado del movimiento mudo de los peces en sus acuarios, sintiendo
           sus ojos posarse en él. Le parecía que eran sus compañeros, o sus
           discípulos, seres con los que podía comunicarse desde el silencio y
           la soledad.

           Durante dos años, estudió la reproducción de los siluros. El interés
           en estos peces venía de un fascinante descubrimiento que el doctor
           Connely había hecho en Escocia. Un día, pescando en el lago Earn,
           había atrapado un siluro. No era un ejemplar demasiado grande, pero
           era un siluro auténtico. Y lo extraordinario del hallazgo descansaba
           en que era el primer siluro que nunca se había visto en estado
           natural no solo en Escocia, sino en todas las islas británicas. El
           siluro, el siluris glanis de Lineo, era un pez originario de oriente
           y del Este de Europa. Se sabía que, en los años sesenta, habían
           aparecido ejemplares en los lagos italianos de Lugano, Garda y
           Maggiore, y en algunos ríos de la península itálica, pero nunca en
           otros paises más septentrionales. La razón era que, para
           reproducirse, los siluros necesitaban una temperatura del agua de al
           menos 20 grados centígrados, una temperatura que nunca se alcanzaba
           en las aguas dulces escocesas.

           En Italia, la aparición de los siluros se había visto como una nueva
           plaga oriental. No solo esquilamaban los lagos de otros peces
           gracias a su voracidad, sino que, con sus dos filas de dientes y su
           gran tamaño ---se habían pescado ejemplares de más de tres
           metros---, el siluro enseguida se ganó fama de asesino de pescadores
           incautos o bañistas desprevenidos. Esta última actividad había sido
           desmentida por gran parte de los ictiólogos del pais transalpino,
           pero había bastado para dotar al siluro de un aura fatal en el
           imaginario colectivo.

           Andrés había llegado a Dundee para estudiar la reproducción de los
           barbos. Allí, se fascinó con las luchas previas al apareamiento, y
           las interpretó como representaciones psicológicas de toma de puestos
           jerárquicos. Sus observaciones gustaron a Connely. Mediante ellas,
           era fácil determinar los rasgos que el grupo favorecía, ya que el
           barbo perdedor, de alguna forma, acataba la derrota en aras de un
           desarrollo del grupo en la dirección genética del ganador. Las
           luchas en los tanques transmitían a Andrés un entusiasmo que, a su
           vez, él traspasaba a Connely.

           Pero, sobre todo, a Andrés le fascinaban las peleas que se
           desencadenaban entre los machos después de que las hembras hubieran
           puesto los huevos. La forma en la que cada macho intentaba fecundar
           el mayor número de huevos posibles, o su voracidad hacia los huevos
           fecundados por otros machos le parecían acciones casi místicas,
           desinteresadas, pues siempre se producían en el mejor interés del
           grupo, en su paulatina mejor adaptación posible a las
           circunstancias..

           Hasta ahora, nadie había estudiado el comportamiento de los barbos
           en época de reproducción de esa manera, y la minuciosidad y las
           posibles conclusiones de las observaciones de Andrés le parecieron a
           Connely muy sugerentes. A ello, vino a unirse el descubrimiento del
           siluro. Si había siluros en el Earn era porque se podían reproducir,
           y Connely quería estudiar cómo se producía ésta. Además, quería
           hacerlo eliminando el factor de la cautividad, haciéndolo en un
           estado de libertad o de semilibertad. Había pruebas de que la
           cautividad alteraba los hábitos reproductivos de los mamíferos, y si
           las conclusiones de Andrés se basaban solo en los siluros del
           laboratorio, era fácil que otros investigadores las desecharan por
           esta causa. Por ello, poco después de que Andrés volviera a Madrid,
           el doctor Connelly le escribió para ofrecerle una plaza de profesor
           asociado en el su departamento, con la misión especial de dedicarse
           al intento de desarrollo de unas piscifactorias de siluros en el río
           Earn, a algunas millas de la universidad. Cuando Andrés recibió la
           oferta, sintió que las cosas caían en su sitio. La universidad que
           lo había acogido, la ciudad que le había ofrecido una novia, le
           ponía en bandeja ahora la posibilidad de crearse un futuro, de
           sentar las raíces de un sólido edificio. Nada más leer la carta,
           llamó a Lynn. Pero incluso antes de hacerlo, sabía que su respuesta
           iba a ser un rotundo sí.

           III

           Decidieron casarse en Madrid. Fue algo paradójico, ya que la familia
           de Lynn vivía en Cornualles, y lo tradicional también en Inglaterra
           era que la boda se efectuara en la ciudad de la novia. Sin embargo,
           en su decisión pesó el hecho de que se fueran a vivir a Escocia. A
           Andrés, teniendo esto en cuenta, le pareció lo más normal del mundo
           proponer una boda en España, y eligió Madrid sin pensarselo mucho.
           Al fin y al cabo, su única familia cercana, su hermana Mercedes,
           vivía cerca de Madrid, en el Escorial, y sus amigos de la
           universidad todavía estaban allí.

           Tras una breve conversación telefónica, se pusieron de acuerdo en
           casarse por lo civil, ya que ninguno de los dos era muy creyente.
           Andrés, antes de que Lynn llegara, preparó todo concienzudamente. La
           primera noche, la pasarían en el mismo hotel, pero en habitaciones
           diferentes. Al día siguiente, tendrían la ceremonia ante el juez a
           las dos de la tarde. Volverían al hotel por su cuenta, para comer
           solos y cambiarse, y a las ocho darían una cena allí mismo, a la que
           habían invitado a sus amigos y a algunos familiares. Por la parte de
           ella no venía nadie, ya que sus parientes habían rechazado la
           invitación al poco de recibirla, alegando razones económicas. Esta
           circunstancia parecía no afectar a Lynn en absoluto, lo que
           extrañaba ligeramente a Andrés, aunque también le provocaba una
           sensación de liberación que le gustaba. Además, como su situación
           económica no era todavía la mejor, no se sintió culpable de no
           ofrecer el pago de los gastos del viaje cuando menos a los padres de
           Lynn.

           Al día siguiente, tras pasar la noche juntos, partirían al
           aeropuerto de Barajas, desde donde saldrían para Dundee. Allí les
           esperaba la casa que la universidad les había alquilado: un caserón
           un tanto destartalado pero de moderna construcción diez kilómetros
           hacia el Oeste por la costa, por el camino hacia Arbroath. Aislado y
           solitario, pero con un alquiler increiblemente bajo, Andrés esperaba
           tener el espacio suficiente para montar sus propios acuarios en la
           casa, y poder hacer algunas observaciones sin tener que ir a la
           universidad.

           Tal y como estaba previsto, Lynn llegó de Inglaterra el día anterior
           a la boda. Lo primero que le chocó a Andrés, fue la blancura de su
           piel bajo la luz despiadada de Madrid. En Escocia, su color tenía
           algo atractivo, sugerente, una naturaleza nacarina que cuadraba
           perfectamente con los cielos pálidos y con los verdes circundantes.
           En Madrid, sin embargo, la luz, menos difusa, llenaba a Lynn de
           bruscos contrastes y, a la vez, taladraba su piel sacando todos los
           azules y verdes que se escondían bajo su epidermis. Cuando la vió
           aparecer por la puerta del aeropuerto y avanzó hacia él, pensó que,
           sin duda alguna, tenía una naturaleza ictínea, una existencia
           sinuosa y acuática que tan bien conocía y que tanto le atraía.

           Quizás, pensó mientras andaba a su lado, su ropa, delicada y de
           tonos pasteles, en las antípodas de los colores fuertes que llevaban
           las mujeres en España, acentuaban esa sensación de blancura irreal.
           A todo ello se unió el súbito recordatorio de que Lynn no sabía ni
           una palabra de español. Todo ello hizo que, por primera ve, la viera
           como una extraña, como un ser ajeno a él. Sin embargo, él mismo
           luchó contra esa sensación, relegándola fácilmente al olvido, sobre
           todo al recordar que Lynn no había llegado sola, sino que había
           salido de la zona de recogida de equipajes junto a un hombre joven,
           rubio, bastante más alto y musculoso que él, y aparentemente inglés.


           Andrés vió cómo salían juntos, hablando y sonriendo, y cómo se
           despedían de forma muy cordial, dándose la mano.

           --- ¿Quién era?--- le preguntó él nada más saludarse con un beso.

           --- Nadie... Estaba sentado junto a mi asiento.

           --- Al verlo, pensé que a lo mejor era algún familiar tuyo.

           --- No, no...

           No hablaron más sobre el asunto, pero Andrés siempre recordó ese
           momento como la primera vez que conoció los celos en su vida, un
           inesperado y desagradable conocimiento.

           Hasta ese día, los celos no habían sido más que una palabra conocida
           pero, en el fondo extraña. Ahora, lo que más le sorprendió fue el
           carácter intempestivo del sentimiento. Le había llegado sin llamar a
           la puerta antes, sin ningún tipo de aviso o misiva, y le había
           atacado de frente, sin distracciones o aproximaciones oblicuas.
           Además, se había unido de forma extraña con la sensación de
           alejamiento que le había provocado su color. Por un segundo, fue
           consciente de que la amaba y al mismo tiempo la odiaba, pero tan
           solo por un segundo o quizás menos.

           En el camino a Madrid, se dieron la mano todo el tiempo en el taxi,
           y el tacto suave de su piel, así como la relativa intimidad del
           coche, sirvieron para retrotraerlo a sus sentimientos anteriores, a
           su estado de ánimo original, a su propio ser. Cuando bajaron del
           taxi frente al hotel, pensó que todo ese cóctel de sensaciones se
           debía seguramente al calor reinante.

           Esa tarde, quedaron con su hermana Mercedes en una cafetería del
           centro para que se conociesen antes de la boda. El encuentro era
           algo embarazoso para ambas, ya que ni Mercedes sabía inglés ni Lynn
           español, y algo incómodo para él ya que tenía que traducir todo
           intentado de la forma más correcta posible. Y Andrés sabía bien
           inglés, pero sin que su soltura, relativa, estuviera libre de una
           sensación de incomodidad que le costaba ocultar.

           Lo peor de todo, sin embargo, fue que desde el principio notó que a
           Mercedes no le caía Lynn nada bien. Era una sensación subyacente,
           que en nigún momento su hermana verbalizó, pero que llegaba a
           impregnar hasta su mirada. Andrés vio que Mercedes, cuando Lynn no
           la miraba, posaba sus ojos en ella con una mueca de ligero asco,
           como si estuviera viendo a un ser algo repugnante. A pesar de ello,
           la reunión transcurrió por cauces normales. Excepto en un momento en
           el que Lynn se fue al cuarto de baño y Andrés, sin poder reprimirlo,
           se dirigió a Lynn directamente, sin inquirir por una opinión general.

           --- ¿Qué pasa? ¿Qué es lo que te molesta de Lynn?

           --- Nada...

           --- Vamos, Mercedes, a mí no me engañas.

           --- Es que...

           --- Es que qué.

           Andrés esperó con impaciencia.

           --- Es que... Es que no lleva sujetador.

           La carcajada de Andrés hizo que otros clientes se volvieran hacia
           ellos.

           --- Pero Mercedes, es inglesa... Además, muchas españolas no llevan
           tampoco.

           --- Ya, pero...

           En ese momento llegó Lynn y ya no volvieron a hablar del asunto.
           Mientras volvía al hotel con Lynn, Andrés pensó en el incidente. Era
           absurdo que Mercedes juzgara moralmente a su futura esposa por el
           hecho de que no llevara sujetador. Había algo incongruente en su
           explicación, no solo por los tiempos y las costumbres que corrían en
           Madrid desde hacía muchos años, sino por el hecho de que sirviera
           para despertar en ella un sentimiento tan grande de condena y
           repugnancia que hasta era visible en su cara. Lo más extraño de todo
           era que, de alguna forma, Andrés comprendía el sentimiento de su
           hermana, no le parecía tan fuera de sitio ya que, en el fondo,
           compartía algo de él.

           Y esto lo pensó cuando, tras pagar al taxista, pudo ver de refilón
           el pecho izquierdo de Lynn desde su arranque hasta el nacimiento del
           pezón a través de la abertura lateral de su camisa blanca sin mangas.

           IV

           La boda, al día siguiente, estuvo envuelta en el gris del cielo.
           Contrariamente a lo que había imaginado, en vez de preferirlo al sol
           del día anterior, el gris volvió las calles tristes y melancólicas,
           algo que le desagradó para el día de su boda. Mientras iban juntos
           al juzgado, le pareció además que había poca gente en la calle, que
           estaban algo desiertas. Le habría gustado más tener un día soleado y
           ver más actividad. Le daba la impresión de que la gente se había
           retirado el día de su boda, lo que conllevaba un sensación de
           abandono que no le gustaba nada.

           A ello, se unió el que tuvieran que esperar en el juzgado. Al
           parecer, las bodas iban con un retraso acumulado, y coincidieron en
           el hall con otra pareja y sus familias lo que hizo inevitable la
           comparación. Frente al bullicio y la naturalidad de los integrantes
           de la otra boda, los pocos amigos suyos que habían ido parecían
           medio inexistentes, y hacían que todos parecieran invitados, o más
           bien espectadores, de la otra boda.

           Lynn iba vestida con un traje de chaqueta azul celeste, que al menos
           pegaba con el gris del cielo, aunque no con el de las calles ---más
           sucio---, pero en su afán por maquillarse se había excedido con la
           sombra azul alrededor de los ojos y con el lapiz de labios de un
           rosa intenso, más propio de una niña que de una mujer ---que habría
           preferido el rojo---. A pesar de todo, estaba guapa, y Andrés no
           pudo, antes de pasar a la sala, proyectarse junto con ella en el
           futuro, y pensar que tendrían unos hijos excepcionales.

           Esta imagen se acentuó cuando pasaron a la sala y, al caminar tras
           Lynn, pudo ver sus caderas y su trasero embutido en la falda. Por
           detrás, Lynn tenía algo caballuno que le atraía de forma intensa.
           Las había visto ya, no era la primera vez, pero sus caderas estaban
           más asociadas a su tacto que a su vista, y el verlas ahora así le
           excitaron e hicieron que cuando dijo el "sí, quiero", lo hiciera con
           intensidad y dominio, anticipando un futuro prometedor.

           Masami sonrió al felicitarlo, directamente venido de Osaka para la
           ceremonia, y los otros compañeros rieron y le dieron palmadas. Hasta
           tía Carmen lo abrazó con un entusiasmo que a él le pareció un poco
           excesivo. Tan solo Mercedes se mantuvo fría y algo distante, aunque
           los besó a los dos, y a él le dió un apretón en la mano a
           escondidas, sin que lo viera nadie. Andrés sintió algo tierno en ese
           gesto. Sin casi pensarlo, le vino a cabeza algo que sabía: Lynn sí
           llevaba hoy sujetador, y era un sujetador blanco. Al hacerlo, sonrió
           para sí mismo.

           De vuelta, ya en el hotel, sin los demás, Andrés la levantó en
           brazos para entrar en la habitación. Casi no podía con ella, y los
           dos cayeron en la cama envueltos en una nube de risas. Andrés
           comenzó a besarla. Lynn respondió con un ansia desconocida para él,
           y tras unos minutos de abrazos y besos intensos se separó de él y se
           puso en pie junto a la cama, manteniendo la mirada en sus ojos todo
           el tiempo. Así, siempre frente a él, comenzó a desnudarse
           lentamente. Fue tirando una a una las prendas junto a Andrés.
           Primero la chaqueta; después, la camisa blanca, que dejó a la vista
           un sujetador blanco con bordados; tras ello, la falda que tiró sobre
           la cabeza de Andrés. Andrés se la quitó con un manotazo, y pudo ver
           sus bragas blancas bajo un liguero rojo intenso que sujetaba las
           medias también blancas. Seguía con los zapatos de tacón puestos, y
           Andrés, que estaba en plena excitación, sintió algo extraño dentro
           de él. Era como si las acciones de Lynn fueran demasiado para él,
           como si hubiera sobrepasado, por poco, la fina línea del mal gusto.
           Por supuesto que le había excitado, pero quizás más que ese
           despliegue de seducción habría preferido una caricia, algo menos
           amenazador, pues así era como se sentía.

           En ese momento, sonó el teléfono. Andrés se apresuró a cogerlo. Era
           Masami, que salía esa misma tarde para París, ya que había combinado
           el viaje por su boda con una visita a la Sorbona. Le dijo que quería
           despedirse de él antes de partir. Andrés se excusó con Lynn dándole
           un beso frío en los labios, y salió de la habitación con cierta
           sensación de alivio, mezclada sin embargo con la resaca de la
           excitación. Muchas veces después se acordó de ese momento, y
           agradeció en su fuero interno la llamada de Masami.

           De alguna forma, alargó el tiempo con Masami para que el que restaba
           tuviera que usarlo en prepararse para la cena. Cuando subió de nuevo
           a la habitación, Lynn estaba en la cama, vestida tal y como la había
           dejado pero sin los zapatos. Al entrar, la vió de espaldas, y se
           acercó y le besó en el cuello.

           --- Esta noche, mi amor...

           Lynn no dijo nada. Tan solo se volvió y sonrió, y Andrés pensó en lo
           afortunado que era por tener una mujer así, tan guapa, tan
           atractiva, tan sensual, por debajo de su aparente frialdad
           británica. Sintió que debía agarrarle la cara y darle un beso
           intenso. Pero en vez de eso, se limitó a pasarle la yema del dedo
           corazón por el contorno de la cadera, como quien toca algo con temor
           a que esté demasiado caliente. Después, se levantó y se dirigió
           hacia la ducha.

           V

           Durante la cena, Lynn estuvo más sonriente que nunca, aunque casi no
           habló con nadie. Aunque algunos amigos suyos practicaron su inglés
           por unos minutos, al final todo quedó para él, para Andrés. Andrés
           intentó dedicarle la mayor atención posible, y así lo hizo, pero no
           pudo evitar la sensación de estar partido y dividido en dos. Se daba
           cuenta de que Lynn pertenecía a otro mundo y que nunca podría entrar
           en el suyo. Sin embargo, era él el que quería entrar en el de ella,
           y sabía que lo podía hacer, que estaba dotado para ello, casi desde
           el momento en el que nació.

           Durante la cena, le gustó observar a su tía Carmen. Había sido su
           primer amor, alguien por quien había perdido los vientos en la
           soledad de su cuarto, y ahora le gustaba observarla y compararla con
           Lynn, la mujer que él había elegido para vivir su vida. Tía Carmen
           parecía bajo esta luz una mujer ya ajada, con los pechos caídos y la
           cintura ancha, y Andrés sentía un orgullo interno al constatar que
           Lynn era mucho mejor como mujer. Mucho más joven, con una piel mucho
           más delicada, con unas formas mucho más sensuales y femeninas, con
           una forma de ser más discreta y cuidada. Desde su momento actual, le
           extrañaba incluso la pasión que había sentido por su tía, le parecía
           algo remoto e inexplicable, porque él no era ya el mismo que había
           sido. Esta idea le gustaba. Ahora era un hombre con control de sí
           mismo, de su futuro y de sus acciones. Había hecho una elección
           consciente de sus consecuencias, y no le quedaba más que vivir ese
           futuro construyéndolo él mismo.

           Hacía tiempo que no bebía, y aprovechó la ocasión para resarcirse.
           El alcohol le dió un punto de vista privilegiado para mirarse a sí
           mismo y mirar a los otros: su hermana, tan enigmática siempre, tan
           seria; su tía, tan parlanchina y coqueta a pesar de su edad; sus
           amigos, tan superficiales dentro de su corrección, tan ajenos a los
           compromisos serios de la vida. Y la sombra de Masami, tan lleno de
           silencios y de sonrisas. Y, sobre todos ellos, la mirada de agua y
           miel de Lynn, y su propia barba negra, tan tupida, con los dientes
           blancos en medio creando su sonrisa.

           Del blanco y del negro pasó a sus recuerdos del ajedrez. La vida, le
           parecía, era una gran partida. Él había movido ficha, y la vida
           había movido las suyas a su alrededor, y el resultado era ese
           momento, con amigos y familiares reunidos, con una salida, un
           desarrollo, y un camino que seguir. Sus fichas quizás eran más
           escasas que las de otros, su familia exigua, sus amigos pocos, pero
           tan solo dieciseis fichas bastaban para siglos de combinaciones sin
           fin. Y su propia partida iba a ser tan apasionante como la que más,
           como la más bella partida de Capablanca contra Alekhin. Lo sabía
           porque había comenzado antes y de forma diferente a los demás, con
           una conciencia de la belleza de lo que podía hacer que estaba seguro
           que sus amigos, salvo Masami, no compartían.

           Pensando en el ajedrez, se dió cuenta de que la cabeza se le iba y
           de que todo comenzaba a dar vueltas a su alrededor. Poco antes,
           había comenzado a acariciar el muslo de Lynn por debajo de la mesa,
           y ella le había respondido con gusto y de manera juguetona. Sabía
           que, cuando se acabara la cena, le esperaba una noche de pasión, de
           ciego abandono, y ahora le daba igual el color o la forma de su
           liguero. La mezcla de rojo y blanco le recordaba a un tablero de
           ajedrez, un tablero en el que quería poner sus piezas. Lo malo era
           que, cuanto más lo deseaba, más vueltas parecía dar la habitación a
           su alrededor.

           Durante un rato, con la noción del tiempo ya perdida, deseó que
           todos se fueran y que los dejaran solos. Cuando llegaron los
           postres, alguien comezó a gritar "¡que se besen, que se besen!", y
           con problemas para mantenerse vertical, se incorporo junto a Lynn y
           la besó sin cerrar los ojos, ya que en ese momento se dió cuenta de
           que no podía cerrarlos, de que no quería cerrarlos pasara lo que
           pasara.

           Volvió a sentarse y los postres se le hicieron interminables, pero
           al fin alguien se levantó y se acercó para despedirse, y entonces
           comenzó un desfile de manos, caras, carrillos que parecían
           abalanzarse sobre él, de risas excesivas y de palabras inconclusas.
           De ahí, sin saber bien cómo, pasó al ascensor donde se vio junto a
           Lynn en el espejo, y luego al cuarto sin que existiera el pasillo
           que siempre había estado allí.

           Nada más cerrar la puerta, a pesar de la borrachera, fue consciente
           que no lo iba a poder hacer esa noche. Sin embargo, sintió un
           orgullo interno, una sensación de control que venía del simple hecho
           de que tenía allí a una mujer magnífica, una rubia imponente de
           caderas caballunas a la que no se iba a follar por el simple hecho
           de que estaba demasiado borracho, habiendo bebido él mismo, por
           decisión personal y social suya, pero que ella estaba allí, solo
           para él.

           Le pareció que la luz en el cuarto estaba apagada, que él y ella
           estaban envueltos en las sombras, y al día siguiente recordó que
           había llegado al baño y que había vomitado en el retrete un vómito
           ácido que se le metió por las narices en su camino ascendente. Luego
           recordaba la mano de Lynn sobre su frente, su ropa interior sobre
           una butaca, y las sombras allí en la pared, toda la noche,
           persiguiéndole y diciéndole algo que él era incapaz de comprender.

           VI

           Andrés se recostó en el asiento y estiró las piernas. Las turbinas
           zumbaban en la parte trasera del avión, y cuando, tras el giro a la
           izquierda, el avión retomó la horizontalidad lateral, sintió un
           alivio dentro de su cabeza, en lo más profundo de su resaca.

           Nada más entrar en el avión, se había hecho con una almohada y una
           manta y ahora, al apagarse la luz que indicaba la obligatoriedad de
           los cinturones, reclinó el asiento todo lo que pudo. Les habían dado
           unos buenos asientos, junto a una salida de emergencia y justo
           después de uno de los centros en los que las azafatas manipulan la
           comida y las bebidas, y disponía de más espacio delante para estirar
           las piernas. Por las ventanillas, se podía ver todavía el sol de la
           tarde sobre las nubes, pero pronto anochecería y la oscuridad los
           envolvería. Lo deseaba, deseaba dormir todo lo que pudiera, y
           hubiera deseado que el vuelo fuera aún más largo para tener más
           tiempo para dormir.

           Sin embargo, aunque lo deseaba, no podía. Con los ojos cerrados y la
           cara ladeada hacia Lynn, recordaba flashes del día. Se había
           despertado con un tremendo dolor de cabeza, y nada más hacerlo había
           visto que Lynn no estaba a su lado. Al cabo de un rato, entró por la
           puerta y le dijo que venía de desayunar. Cuando se sentó en la cama
           para darle un beso, Andrés vió a través del agujero del brazo de su
           camisa sin mangas que no llevaba sostén, y que el pecho derecho
           colgaba y vibraba de forma suave, como una bolsa de aceite dentro de
           una pecera de agua.

           También recordaba sus sensaciones de vergüenza y orgullo. Vergüenza
           por haber pasado así la primera noche, y orgullo por tener una mujer
           tan guapa a su lado, por estar con alguien tan atractivo, con esos
           pechos, con esa piel, y con esa capacidad de comprensión. Sabía que
           Lynn era una mujer inteligente y reflexiva, pero le había admirado
           la naturalidad con la que había sobrellevado una boda en el
           extranjero, en un país del que no conocía la lengua. Al pensarlo
           ahora, se daba cuenta de que su mezcla de sensaciones había sido
           producto de la tensión. Ante ellos se abría ahora toda una vida, un
           nuevo país con el trabajo que siempre había deseado, con la
           compañera ideal, capaz de ser no solo su mujer sino su compañera
           intelectual también, capaz de seguirle en su desarrollo personal.
           Esto era algo que no habían hablado, si ella seguiría adelante con
           su tesis doctoral y su colaboración con el departamento, pero estaba
           seguro de que así sería, al menos hasta que tuvieran hijos. La
           especialidad de Lynn era algo diferente, ya que se centraba en el
           desarrollo del sistema nervioso de los siluros, pero las
           concomitancias hacían más sugerente el futuro de su relación. Lo que
           no quería Andrés era una competencia entre los dos, pero estaba
           seguro que, en cuanto Lynn tuviera hijos su carrera se ralentizaría,
           lo que además le daría la posibilidad de ayudarla a ella, situación
           siempre agradable pues, aunque no se lo dijera abiertamente, le
           ponía en un nivel superior de control. Una situación natural que
           llegaría por sí sola.

           A pesar de la lucidez de su pensamiento, junto con la resaca,
           permanecía en su cabeza la huella de los celos que había pasado dos
           días antes. No solo su eco no se había apagado, sino que se había
           reavivado mientras esperaban el avión cuando creyó ver al hombre
           joven y rubio que tan cordialmente había descubierto hablando con
           Lynn el día de su llegada. Estaba en la otra punta de la sala de
           espera, y lo descubrió siguiendo la mirada de Lynn en un momento en
           el que ella no se sabía observada. Nada más verlo, a Andrés le dió
           un vuelco el corazón, y sintió que comenzaba a palpitar con una
           velocidad inusitada. Sin poder evitarlo y sin decir nada a Lynn, se
           levantó y caminó hacia él para observarlo de cerca, para ver si era
           realmente el mismo hombre o se trataba de otra persona. Al verlo de
           cerca, se tranquilizó. Era rubio, en efecto, pero este hombre era
           claramente más alto y desgarbado, además de tener el pelo más largo.
           A pesar de ello, cuando se formó la cola para embarcar, hizo todo lo
           posible para ponerse junto al hombre y ver la reacción de Lynn.
           Cuando estuvieron cerca, los dos ---Lynn y el extraño--- se miraron
           como si no se vieran y no se dijeron absolutamente nada ni hicieron
           gesto o ademán de conocerse. Esto le tranquilizó. Si en realidad
           fuera el mismo hombre, sería absurdo que no se saludaran, pensó, ya
           que Lynn sabía que los había visto llegar juntos y esto no haría más
           levantar las sospechas de Andrés. No, no era posible. En realidad no
           se conocían y él estaba todavía bajo los efectos de los celos de la
           llegada, y por eso veía fantasmas donde no los había.

           Mientras recordaba esto sentado en la butaca del avión con su mujer
           a su lado, entreabría los ojos de vez en cuando, sin que Lynn se
           diera cuenta, para observarla. Le parecía increíble lo guapa que
           era, y cada vez se sentía más orgulloso de estar con ella. Se daba
           cuenta de que no hablaba de sus sentimientos, de esos sentimientos
           con ella, pero pensaba que lo haría en el futuro, que ella le
           enseñaría a ser más abierto, más comunicativo, más humano. Sabía que
           iba a ser así.

           A pesar de tener casi todo el tiempo los ojos cerrados, sintió a las
           azafatas pasando con los carritos de las comidas y las bebidas a su
           lado. De vez en cuando le golpeaban el brazo izquierdo, pero no le
           importaba mucho. Después de un rato, por las ventanillas solo se vio
           la oscuridad de la noche. Dentro de la cabina, las luces iluminaban
           tenuemente las cabezas de los viajeros. A su derecha, Lynn leía una
           revista de actualidad. Al fondo, las turbinas seguían zumbando. Todo
           tenía un aire sereno y tranquilo, una cualidad hogareña.

           En uno de esos momentos, notó que Lynn se incorporó para mirar hacia
           atrás. Por inercia, siguió haciéndose el dormido, pero con los ojos
           entornados vio cómo giraba la cabeza y miraba hacia atrás, hacia los
           baños. Luego, sin decirle nada y sin querer molestarlo, pasó sobre
           sus piernas apoyándose en el cabecero de su asiento. A pesar de la
           sacudida, siguió haciéndose el dormido. Había algo candoroso en su
           esfuerzo por no despertarlo, algo que le conmovió. Con los ojos
           entornados, vio sus piernas y sus caderas, y luego giró hacia atrás.
           Cuando ella yo no podía verlo, giró la cabeza a la izquierda, pero
           la perdió enseguida. Entonces se dió cuenta de que podía seguirla en
           el reflejo de una de las puertas entornadas del centro que las
           azafatas tenían delante de ellos.

           El reflejo era dorado, por la luz del pasillo, y pudo ver las
           piernas de Lynn bajo la falda blanca hasta la puerta del baño. Vio
           cómo Lynn la empujaba y desaparecía tras ella. Al verlo, sonrió para
           sí mismo, mientras seguía haciéndose el dormido. Pero entonces
           sucedió algo extraño, algo que no iba a olvidar en mucho tiempo. En
           el reflejo, apareció la figura del hombre rubio y caminó hacia el
           baño. Allí, esperó unos segundos, mirando hacia delante. Luego, de
           forma natural, empujó la puerta que se plegó sin resistencia y entró
           dentro del mismo baño en el que minutos antes había desaparecido
           Lynn.

           Andrés continuó mirando, esperando que él o ella salieran
           apresuradamente, muestra de que todo era un error. Sin embargo, no
           salió nadie de la puerta. Sin saber bien por qué, se sintió
           demasiado perplejo para reaccionar. ¿Debía ir a la puerta y
           forzarla? ¿Debía esperar junto a la puerta a que salieran y
           organizar una escena? ¿No sería todo un error? Lo que había visto en
           el reflejo, ¿no sería una ilusión óptica producida por la propia
           naturaleza del reflejo? Desde luego, no podía creer que fuera cierto
           lo que acababa de ver. El día después de su boda. Sin haber
           consumado todavía su matrimonio. Era sencillamente imposible.

           Esperó con los ojos entornados a que pasara algo. Con un movimiento
           imperceptible, miró su reloj de muñeca y empezó a contar. La espera
           se le hizo interminable. Deseaba que algún viajero se levantara y
           fuera hasta la puerta para ponerlos en evidencia cuando salieran, o
           simplemente para que hubiera otro testigo del hecho, pero no se
           levantó nadie. Finalmente, tras siete minutos que le parecieron una
           eternidad, la puerta del baño se abrió y salió Lynn. Caminó por el
           pasillo arreglándose la falda. Andrés volvió a poner el brazo bajo
           la manta y se hizo el dormido. Lynn se detuvo junto a él y luego,
           tras unos segundos, volvió a pasar sobre sus piernas con cuidado
           esta vez de no tocarlo y no mover el respaldo. Cuando se hubo
           sentado, Andrés volvió a mirar al reflejo y, de la misma puerta, vio
           salir al mismo hombre rubio. No le cabía duda. Lynn había pasado
           siete minutos en el baño con un hombre que él desconocía y que no
           era el mismo con el que había salido de la puerta cuando llegó a
           Madrid.

           VII

           En el aeropuerto cogieron un taxi hasta su casa. Andrés bajó del
           avión escudriñando las reacciones de Lynn y del hombre rubio, pero
           no vio en ninguno de los dos señal alguna que indicara el más mínimo
           grado de conocimiento o intimidad. Mientras recogieron las maletas
           pensó en encararse con su mujer, pero no sabía qué decirle.
           ¿Preguntárselo? Si era verdad, ella negaría todo; si era un error,
           también. Ahora se arrepentía de no haberse levantado en el avión,
           pero a la vez comprendía que, con su carácter, nunca habría podido
           hacerlo. En el fondo, la pregunta que le roía la mente era "¿por qué
           me ha hecho esto, por qué?" Si se había casado con él libremente,
           ¿por qué se encerraba con un hombre en el baño del avión al día
           siguiente de su boda?

           Por su cabeza pasaron las ideas más peregrinas. Quizás Lynn era
           drogadicta y se lo había ocultado. O traficante de algo. Quizás
           tenía una vida que él no conocía en absoluto. Lo cierto era que por
           el momento no podía ni odiarla. Lo único que sentía era cierta
           naúsea y una confusión tan profunda como era capaz.

           La casa les esperaba solitaria en el borde de una costa amenazadora.
           La universidad había preparado todo, pero Andrés no se fijó en nada.
           Lo que en cualquier otra circunstancia habría sido un divertido
           juego de sorpresas, se convirtió en un mudo paseo hasta encontrar el
           dormitorio. Allí, se tumbó sobre la cama doble, sin quitarse la
           ropa, y con los antebrazos se cubrió la cara. Desde su oscuridad
           particular, notaba la presencia de Lynn, su silencio lleno de pavor.
           Luego, tras unos instantes, oyó sus pasos sobre el suelo de madera,
           y sintió sus manos que comenzaban a desabrocharle el pantalón.
           Andrés se revolvió de forma que Lynn no pudiera seguir haciéndolo.

           --- ¿Qué te pasa?--- le preguntó ella con una voz que le pareció
           falsa.

           --- Nada, tengo sueño, estoy muy cansado.

           Tras decirlo, notó de nuevo cómo las manos de Lynn volvían a
           manipular su cinturón. Andrés volvió a sacudirselas de encima.

           --- Quiero dormir...

           --- ¿Y vas a dormir así, sin desvestirte?

           --- Sí.

           Mientras hablaba, Andrés no se quitó las brazos de los ojos. Lynn
           permaneció a su lado, en silencio, sin decir nada. "Sin atreverse a
           hacer nada", pensó Andrés antes de dormirse sobre la colcha.

           A la mañana siguiente, el sol entraba por la ventana cuando se
           despertó. Lynn no estaba a su lado, y Andrés permaneció tumbado,
           pensando en lo que acababa de ocurrirle. Nunca se habría imaginado
           que iba a estar en una situación semejante y, no sabía qué hacer. No
           podía contárselo a nadie y, a medida que pasaban los minutos, sabía
           que se alejaba la posibilidad de encararse con Lynn. Todo seguía
           estando igual, el mismo futuro profesional ante él, la misma casa,
           las mismas expectativas, pero algo importante había cambiado. Lynn
           había pasado a ser una completa extraña, y en ese cambio un castillo
           de sueños que tan solo había intuido dentro de él se había
           desmoronado dejando un solar vacío. ¿Cuáles eran esos sueños? ¿Qué
           esperaba de Lynn? Ni siquiera él lo sabía.

           Oyó ruidos fuera de la habitación, y Lynn entró llevando en las
           manos una bandeja con su desayuno preparado. Lynn iba en ropa
           interior de color verde oscuro y de corte muy sexy. En otras
           circunstancias, habría sido una sorpresa agradablemente provocadora.
           Ahora, sin embargo, lo vio como un acto procaz y algo sucio, una
           vulgar treta para intentar conseguirlo, para engatusarlo. Con un
           gesto mohino, la apartó de delante. Lynn permaneció con la bandeja
           en la mano y tan solo le dijo que le convenía comer algo. Él le
           respondió que no tenía hambre, que todavía se sentía mal.
           Lynn se acercó y le acarició la cabeza con la mano. Luego,
           despareció con la bandeja.

           Los cinco días siguientes, Andrés se los pasó en un estado casi
           semi-inconsciente. Cada acto de Lynn lo veía ahora desde un prisma
           nuevo, como si no tuviera nada que ver con la Lynn de tan solo unos
           días antes. Cada gesto tenía ahora una procacidad asombrosa. La
           inocencia de la que antes le había hecho poseedora, se había
           desvanecido por completo. Lynn se había convertido en un animal
           sexual que quería aprovecharse también de él, de una forma cruel y
           calculada. No sabía con exactitud qué quería de él, hasta que un
           día, absorto mientras miraba los siluros en la pecera que le
           acababan de traer, lo supo. Lynn quería cubrir su desliz con la
           simultaneidad, y él tenía que ser el encargado de cubrirlo, de
           borrarlo.

           Cada mañana, Lynn actuó de la misma forma con el desayuno. Aparecía
           antes de que él saliera de la cama con una bandeja y vestida tan
           solo con un camisón breve y picante. Luego, después de cenar, se
           quedaba en ropa interior, unas bragas y unos sostenes minúsculos, de
           diferentes colores, que Andrés nunca había imaginado que pudiera
           tener y que, si bien le atraían intensamente, le parecían a la vez
           un burdo señuelo, parte de una tosca estrategia encaminada a
           confundirlo. Le parecía increible que Lynn, bajo la apariencia de
           una recién casada preocupada por dar placer a su marido, escondiera
           toda aquella depravación. En cierta manera, era como ver un siluro
           más, con sus movimientos suaves y silenciosos, aunque esta vez
           estaban en la misma pecera.

           En ningún momento se le pasó por la cabeza dejar el trabajo, irse.
           Era la oportunidad de su vida, y no iba a dejarla pasar. Esos días
           siguientes, no tenía ninguna obligación en la universidad y se los
           pasó escudriñando la casa, estudiando sus cuartos y sus recovecos.
           Se dedicó también a poner en orden las peceras, los inmensos
           acuarios de su estudio. Cuando los siluros fueron llegando, los fue
           metiendo en los acuarios, y dirigió las operaciones con sumo cuidado
           y gusto. La noche en la que estuvieron todos colocados, se encerró
           en el estudio y encendió todas las luces de los acuarios. La
           habitación se sumió en una luz azul surcada por sombras grises que
           se deslizaban a su alrededor en silencio, como fantasmas inasibles.
           Andrés pasó varias horas allí, con la sensación de que estaba viendo
           una representación del mundo, de su vida, de todas las vidas. Allí
           metido, solo, tuvo la sensación de estar en el centro del universo,
           en su burbuja inicial.

           Era la sexta noche que pasaba en la casa y, como todas, adujo un
           dolor de cabeza para evitar tener que cenar juntos. Se acostó
           pronto, tras tomar un sandwich ligero, y solo, en la cama, pensó en
           su indecisión. No sabía qué hacer. Se había convertido en un
           autómata sin otra función que la puramente mecánica, la que le
           otorgaba su trabajo. Recordó algo que había leído en un libro de
           divulgación, no recordaba bien si en un ejemplar de la revista del
           Reader's Digest en una consulta de un dentista y que se le había
           quedado grabado. El artículo era sobre los samurais, y ni siquiera
           lo leyó en su totalidad. Pero recordaba que decía que, en el código
           de honor de la clase guerrera japonesa, si un hombre llegaba a una
           posición en la que no sabía qué hacer, lo correcto era el suicidio.
           Si por temor no lo llevaba a cabo, se convertía en un muerto
           viviente. El artículo también decía que los muertos vivientes eran
           seres especialmente peligrosos. Carentes de dignidad, de posición
           social que defender, sus existencias eran o bien motas de vacío, o
           bien se convertían en seres casi irracionales que buscaban la muerte
           y la mayor destrucción posible en empresas desesperadas y sin
           sentido. Él sabía que, en cierto modo, se había convertido en un
           muerto viviente.

           Esta sensación, reconfortante ya que al menos le daba una
           explicación de su situación, convivía con una excitación sexual que
           se hacía palpable de forma especial cuando se iba a la cama. Esa
           noche, la sexta, la erección de su miembro llegó a serle dolorosa, y
           lo mantuvo en vela durante un tiempo bastante largo, hasta que cayó
           dormido, antes de que Lynn viniera a la cama, tal y como deseaba.
           Mientras dormía, tuvo sueños eróticos, fantasias cargadas de
           sensualidad. Se despertó una vez en el medio de la noche, creyendo
           que había tenido una polución, pero descubrió que no. A su lado,
           Lynn dormía profundamente, y tras beber un trago de agua, volvió a
           apagar la luz. La erección seguía allí, con un dolor aceptable pero
           intenso, y deseó tener dentro de él un interruptor que sirviera para
           apagarla. Antes de caer dormido de nuevo, pensó que quizás sería
           mejor hablar con Lynn al día siguiente, confesarle todo, y acabar
           con esa parodia. Sin embargo, las mismas dudas volvieron a
           asaltarlo. ¿Qué ocurriría si Lynn negaba todo? ¿Cómo podía defender
           su posición ante los demás? ¿Hasta dónde estaba dispuesto a llegar?
           No tenía respuestas para ninguna de estas preguntas, y cuando el
           sueño se adueñó de él, deseó por un segundo que se tratara de un
           sueño eterno.

           No sabía cuándo tiempo había transcurrido cuando abrió los ojos y
           vio a Lynn encima de él. Todavía sentía el dolor de su erección,
           pero ahora era un dolor mezclado con una ola de placer que no pudo
           contener. Lynn estaba casi sudando, de rodillas sobre su vientre,
           con su miembro dentro de su vagina y, mientras con las manos le
           acariciaba los testículos, tensaba y relajaba los músculos de su
           orificio y se movía arriba y abajo con convulsiones lentas pero
           precisas. Andrés tan solo fue consciente de un momento de dolor
           agudo, y luego de una ola de fuego, un orgasmo inesperado y profundo
           que arrastró todo el dolor y todo el placer hacia afuera, hacia muy
           lejos. No se atrevió a decir nada. Mudo de placer y asombro, notó a
           Lynn ponerse tensa y luego relajarse sobre él como una flor al
           anochecer. El escaso roce de su piel le turbó más de lo que había
           podido imaginar, y le trajo, casi en contra de su voluntad, la
           imagen de un jardín, de un río y de mil pétalos de flores cayendo
           sobre él. Andrés, tumbado de espaldas y con los ojos fijos en ella,
           vio cómo Lynn lo descabalgaba y se tumbaba a su lado en silencio,
           con tan solo una mano sobre su hombro. Tuvo ganas de tocársela, pero
           se limitó a sentirla allí, suave y pesada a la vez, y pensó en un
           pájaro y en un pulpo antes de caer dormido de nuevo.

           VIII

           La mañana siguiente, Andrés se despertó más calmado, sin la
           sensación que la había perseguido los días pasados. A su lado no
           estaba Lynn, sino un amasijo de sábanas, y tampoco le despertó, como
           los días anteriores, con el desayuno preparado y una ropa atractiva.
           Tumbado en la cama, pensó por un momento que todo había sido un
           sueño. Sin embargo, al mirarse el pene y ver manchas secas de semen
           sobre su piel, supo que todo había sido una realidad. Las sábana
           también estaba manchada, y él aún podía sentir las sensaciones tan
           fuertes que había experimentado. Tumbado, viendo los reflejos de la
           luz matinal en el techo, se sintió aliviado. Lynn se había salido
           con la suya, pero le había dado de regalo una bolsa de calma. Ahora,
           la incertidumbre descansaba en los hechos externos, en lo que
           ocurriría, pero se sentía liberado de tener que decirle algo. Lynn
           era su mujer, y si no era la mujer adecuada, los acontecimientos que
           estaban por venir lo mostrarían. Por el momento, podía relajarse,
           olvidarse de él mismo y centrarse en ella y en su vida en común.

           Esa mañana, desayunaron juntos en la cocina. Lynn vestía una bata de
           seda de color marfil, y aunque casi no hablaron, fue agradable
           desayunar juntos, como una pareja normal de recién casados. Ella se
           mostró bastante locuaz, y en un momento incluso le acarició la mano.
           Andrés lo aceptó sin apartarla, algo que sabía que no habría hecho
           los días anteriores. Ella habló del jardín y de la casa, y del
           trabajo que le esperaba, y él la escuchó por primera vez entrando en
           la fantasía de un futuro común.

           Esa tarde tenía una cita con el profesor Connelly en la universidad.
           Se preparó con calma, aprovechando el placer de la primera ducha
           tranquila que tomaba y, tras arreglarse, salió hacia la universidad.
           Conducía un viejo Morris con el volante a la derecha que era de
           Lynn. Hacía un día radiante, uno de esos días escoceses de sol y
           algunas pequeñas nubes en los que el mar reluce como una masa de
           cristal en movimiento, y en el que los verdes brillan como si
           alguien acabara de pulir cada hoja y cada brizna de hierba. Se
           sentía orgulloso de poder conducir por la izquierda, y de dirigirse
           a la universidad para tratar de un asunto profesional en una lengua
           distinta a la suya.

           El profesor Connelly le esperaba en su despacho, una habitación
           sombría y cálida forrada de madera en el viejo edificio victoriano
           del departamento. Tras los saludos, el profesor hundió su mirada en
           los papeles que tenía sobre la mesa.

           --- Mr. Andrew, me complace decirle que el consejo de la universidad
           ha autorizado la ayuda que pedimos para nuestro proyecto. Han
           comprendido que el estudio sobre la reproducción de los siluros debe
           hacerse en condiciones lo más naturales posibles, eliminando el
           factor de la cautividad. Para ello, han aceptado las cifras que les
           dimos. Podemos, por tanto, empezar a montar el criadero en el
           estuario del río.

           Andrés sonrió y emitió una interjeción de sorpresa. Sabía de lo que
           hablaba el profesor, porque él mismo le había ayudado a confeccionar
           la documentación. Se trataba de un proyecto sumanente ambicioso que
           incluía la puesta en marcha de un vivero, un criadero de siluros en
           el mismo río. El proyecto tenía diez años de duración mínima, e
           incluía la instalación en sí del criadero, una gran piscina
           flotante, un barco para efectuar las visitas y un ayudante que
           cumpliría las funciones de marinero y vigilante. Si podían probar
           que era posible la reproducción de los siluros en libertad en las
           frías aguas dulces escocesas, el hallazgo supondría un hito en la
           biología marina, así como un factor decisivo a la hora de tomar
           medidas de protección y control. El profesor levantó los ojos de los
           papeles y siguió hablándole mientras mantenía los ojos fijos en los
           suyos.

           --- Para ello, cuento con usted como investigador principal. No
           podemos dejar pasar esta ayuda, y es sumamente importante que todo
           se haga de la forma más minuciosa posible para asegurarnos su
           contiuidad. Usted ya sabe los problemas que encuentran proyectos
           como éste, y la avidez de otros departamentos en intentar menoscabar
           los proyectos ajenos para asegurar los propios. Además de sus dotes
           investigadoras, necesitaré que se convierta en un gestor efectivo.
           Creo que usted puede hacerlo.

           Andrés sintió un golpe de alegría, junto con una ola de sudor frío.

           --- Por supuesto que pondré todo mi esfuerzo en ello. Para mí es un
           honor...

           --- En cuanto al marinero, tengo una propuesta del consejo. Es un
           trabajador de la universidad, un antiguo jardinero que se
           reconvertiría para la ocasión. Tendrá que estar muy encima de él.
           Ello le exigirá el uso de dotes extraacadémicas.

           Tras decir esto, Connelly hizo una pausa, esperando una respuesta.

           --- Intentaré hacerlo lo mejor posible.

           --- Así espero. Como he dicho, el consejo ha aprobado el plan en su
           totalidad, lo que significa que su mujer también forma parte del
           proyecto.

           El resto del tiempo, lo pasaron repasando un ejemplar del proyecto,
           y viendo lo que era necesario para empezar lo antes posible.
           Revisaron los nombres de todas las compañías involucradas, y
           quedaron en que Andrés comenzaría a llamarlos lo antes posible.

           Andrés salió del despacho con una sensación de renovación. Tenía
           frente a él un serio cometido, una labor compleja y prometedora, lo
           que siempre había soñado. No cesaba de sorprenderle que hubiera
           encontrado su lugar tan lejos de su casa, en un país remoto y ajeno,
           donde habían sabido valorarlo lo suficiente como para confiar en él
           un trabajo tan importante.

           El viaje de vuelta, con el sol bajo, fue tan agradable como la ida.
           Las colinas lejanas iban cubriéndose de sombras, y él, conduciendo
           un viejo Morris que emitía un zumbido pacificador, se dirigía a su
           casa, el santuario de un investigador extranjero y valorado. Había
           algo épico en la tarde y en la propia visión de su vida, algo grave
           que se fundía con las sombras del atardecer.

           Cuando llegó a su casa, Lynn estaba leyendo en el salón. Andrés
           subió a su cuarto a cambiarse, y allí fue algo más consciente del
           estado de excitación en el que la conversación con el profesor le
           había sumido. Había dos puntos que le intrigaban. Uno, el marinero,
           el antiguo jardinero que tendría que supervisar; el otro, el
           recordatorio de que Lynn era también parte del proyecto. En cierta
           manera, pensó, era mejor así. Significaba regularizar en trato con
           su mujer, darle un cariz y una continuidad profesional que era lo
           que en ese momento más anhelaba, ya que era el camino que sabía que
           había elegido tras el suceso de la noche pasada. Lynn trabajaría con
           él, lo que haría que no fuera únicamente una mujer, su mujer, sino
           un colega más, alguien con quien compartir un fin común ajeno
           incluso a ellos.

           Esa noche, la cena fue placentera. Le contó a Lynn el contenido de
           su conversación con Connelly, y ella se mostró contenta. Al final de
           la cena, Andrés fue a buscar una botella de champán, y brindaron por
           el futuro del proyecto. Lynn le besó tras hacerlo, primero en la
           mejilla, y luego con un beso más carnal. Esa noche, hicieron el amor
           antes de dormirse, y Andrés se durmió con la sensación de que,
           después de todo, era su mujer y de que así lo aceptaba.

           IX

           Lo primero que hizo Andrés fue ponerse en contacto con el marinero.
           Connelly le había dejado un breve curriculum vitae en el que se
           especificaba su nombre, Vernon O'Brien, y sus datos personales. Su
           experiencia profesional se limitaba a su condición de jardinero. No
           se decía nada sobre su edad. Sin saber por qué, Andrés se imaginaba
           un hombre mayor, con el pelo cano. Antes de llamar por teléfono,
           notó algo de nerviosismo. Sabía por experiencias anteriores que el
           acento escocés podía llegar a resultarle casi ininteligible, y no
           deseaba que fuera así esta vez. Sin embargo, cuando tras llamar le
           respondió una voz grave pero con un acento inglés casi estándar, su
           inquietud desapareció. Fijó una cita en el embarcadero donde estaba
           amarrado el bote que la universidad había asignado al proyecto. Era
           una dársena de la desembocadura del río, en un pueblo que no
           conocía, y quedaron al día siguiente a las tres de la tarde.

           Llegar al embarcadero le costó más de lo que había imaginado. Estaba
           al final de una zona industrial, escondido en una pequeña bahía.
           Había un muelle de piedra que acababa en una plataforma de madera
           junto a la que estaba un viejo bote de madera blanco, de unos ocho
           metros de eslora con una pequeña camareta barnizada. A su lado,
           estaba sentado un hombre de edad indefinida, totalmente calvo.
           Cuando se incorporó, vió que era muy delgado y más alto que él. En
           su cara había una mueca de displicencia, como si estuviera allí por
           obligación y quisiera que lo supiera desde el principio. Se adelantó
           hacia él y le extendió la mano.

           --- Vernon, Vernon O'Brien.

           --- Andrés Blanco.

           Vernon giró la cabeza hacia el bote.

           --- Supongo que ésta va a ser nuestra querida. Una buena viejecita...

           Dijo "old lady" de una forma cariñosa, con un tono que le extrañó a
           Andrés.

           --- ¿Sabe algo de navegación?--- le preguntó Andrés.

           --- No más que usted, imagino. Pero sé de maderas...

           A Andrés, la contestación le pareció un tanto estrambótica, pero
           había en él algo extraño que casaba con su respuesta. Cuando Vernon
           retiró el brazo, vio el inicio de un tatutaje en su antebrazo.
           Habría preferido encontrarse con alguien más acorde con lo que había
           imaginado, un viejo jardinero cercano a la jubilación, y no con un
           hombre joven con aspecto de haber salido de un penal, el ejército o,
           cuando menos, de una sala de billares. Vernon saltó al bote, y tiró
           de la amarra para acercarlo a la plataforma y facilitar que Andrés
           saltara a bordo. Cuando lo hubo hecho, se echó por un segundo encima
           de Vernon y pudo sentir un intenso olor a alcohol. Se retiró
           enseguida con una desagradable sensación de inseguridad bajo sus
           pies.

           Andrés caminó por la cubierta haciendo equilibrios y en un momento
           tropezo y se agachó intentando agarrarse a algo. Cayó en la bañera,
           y Vernon le ayudó a incorporarse.

           --- Tendremos que acostumbrarnos---, le dijo.

           El barco no tenía lineas de seguridad, sino unas tiras agarramanos
           que corrían sobre la camareta. Vernon se aferró a una.

           --- Si el tiempo se pone mal, solo nos queda agacharnos y agarrarnos
           a éstas.

           En la proa, sin embargo, el bote tenía un pequeño balcón de proa.
           Andrés observó todo sentado, y su interés se dirigió luego hacia el
           cajón de madera en el centro de la bañera que Vernon se disponía a
           abrir.

           --- El motor ---dijo éste---, vamos a ver cómo respira.

           Se dirigió a la camareta y allí inspeccionó el cuadro de mandos.

           --- Hace falta la llave.

           Andrés recordó la llave que le habían entregado en un sobre. La sacó
           del bolsillo de su chaqueta y se la dio a Vernon. Éste volvió a
           entrar en la camareta, y se oyó a el gruñido del motor al intentar
           ponerse en marcha varias veces de forma infructuosa. Vernon volvió a
           salir de la camareta y se dirigió al cajón abierto.

           --- ¿Sabe algo de motores?, ---preguntó Andrés.

           --- Supongo que no será muy diferente al de una segadora.

           Manipuló algo durante un instante, y luego volvió a desaparecer en
           la camareta. Esta vez, tras dos intentos y unas explosiones, el
           motor comenzó a rugir. De la popa comenzó a salir un humo azulado
           que los cubrió por unos instantes.

           --- ¿Quiere llevar la rueda?

           --- Mejor llévelo usted--- le respondió Andrés.

           --- Entonces suelte las amarras. Vamos a ver cómo se porta.

           Andrés soltó las dos amarras y empujó la plataforma para separarse
           de ella. Vernon, de pie, comenzó a manipular la rueda del timón. El
           bote comenzó a moverse, y el volumen del motor subió.

           --- ¿Cómo se llama?--- gritó Andrés.

           --- Old Lady.

           --- ¿Cómo?

           --- Old Lady.

           La "Viejecita" avanzaba por aguas de la dársena rumbo al estuario.
           Andrés se vio súbitamente envuelto en un sentimiento de euforia. El
           viento le azotaba la cara, y casi le impedía hablar, pero la
           sensación de libertad y movilidad le hacía sentirse bien. Sin
           embargo, no pasaron unos minutos antes de que comenzara a sentir una
           pesadez en el estómago que pronto se convirtió en una naúsea.
           Intentó aguantarse, pero cuando ya no pudo más, se asomó hacia la
           popa y comenzó a vomitar ruidosamente. Allí pintado en el espejo de
           popa, en una letras caligrafiadas azules con un ribete blanco, pudo
           leer "Old Lady". La Viejecita seguía navegando manteniendo el rumbo.
           A Andrés le embargaba ahora un sentimiento de vergüenza. No se
           atrevía a mirar hacia Vernon por miedo a encontrarse con una sonrisa
           sarcástica. De improviso, notó un golpe en su costado, y cuando miró
           a su lado vio a Vernon que le sostenía el hombro. Andrés estaba muy
           cansado para sostenerse a sí mismo, y agradeció la ayuda del
           jardinero. Lo que no esperaba es que Vernon, tras ayudarle, le
           apartara de la borda y él mismo se pusiera a vomitar ruidosamente.
           Su vómito olía intensamente a alcohol. Vernon vomitó hasta que no le
           salió nada más por la boca. Entonces se sentó junto a Andrés.

           --- Menudos marineros estamos hechos.

           Mientras tanto, Old Lady seguía avanzando sola sin variar ni un
           ápice su rumbo. Pasaron de largo un faro flotante pintado de rojo y
           blanco. Tras un rato, Vernon volvió a coger la rueda, y viró hacia
           el muelle.

           Esa experiencia le valió a Andrés para lograr cierta camaradería con
           Vernon que estaba seguro que no la habría logrado de no haberse
           mareado los dos. Tras atracar, Vernon le ofreció ir a tomar un trago
           juntos, pero Andrés declinó la invitación. Sin embargo, de vuelta,
           sabía que eran más amigos que antes, que había logrado romper un
           hielo invisible. También sabía que debía aprender a acostumbrarse al
           mar.

           Las dos semanas siguientes, las pasó llamando a las compañías y
           organizando la instalación del vivero. Fue una labor complicada,
           llena de retrasos y problemas. Todos los días, por la tarde,
           reservaba unas horas para salir en el bote con Vernon. No solían
           hablar mucho, pero los dos parecían disfrutar con los paseos.
           Repasaron unos nudos básicos, que Vernon ya conocía, y
           sistematizaron la manipulación de la "Viejecita". Los dos
           practicaron cómo ponerla en marcha, y Andrés se divirtió
           especialmente el día que cogió la rueda ---situada a la derecha--- y
           se pudo sentir dueño de una parte del mundo por unos segundos. No
           hablaron mucho hasta que un día Vernon le preguntó a Andrés si
           estaba casado. Andrés dijo que sí, a lo que Vernon respondió:

           --- Cosa complicada, ésa del matrimonio.

           Andrés no respondió nada, pero sus palabras le sonaron como el ruido
           de dos navajas al rozarse. No le quiso decir que su mujer vendría
           pronto al barco, como sabía que pasaría. Pero este sentimiento se
           vio pronto compensado por la euforia y la sensación de vigor y
           bienestar que le proporcionaba la navegación.

           Una de esas tardes, volvió a casa decidido a decirle Lynn ella se
           vendría al día siguiente en el barco con él. No quería que viniera
           Vernon, quería ser él el primero que se lo mostrara, que viera su
           pericia. Sin embargo, nada más llegar, Lynn le dijo que le tenía que
           decir algo muy importante. Andrés pasó al salón con ella, y allí
           Lynn le abrazó y se lo espetó con una sonrisa: estaba embarazada. Su
           primera reacción fue de júbilo, pero nada más separarse de ella,
           volvió a sumirse en el pozo de sospechas que había dejado olvidado.
           En esos meses, Lynn no había dado muestras de nada sospechoso, no
           había actuado de forma extraña con ningún hombre, y Andrés había
           relegado el incidente y sus consecuencias a un prudente segundo
           plano. Ahora, sin embargo, todo parecía revolverse de nuevo. Aunque
           bien era cierto que el sentimiento principal era de alegría y
           satisfacción. Porque sabía que, después de todo, aunque el incidente
           del avión hubiera sido cierto, podía ser su hijo.

           --- ¿Estas segura?--- le preguntó--- puede ser una falsa alarma.

           --- Es la segunda vez, Andrés, no hay duda. Además, ayer me hice las
           pruebas. Fueron positivas.

           Esa noche, decidió tomar una determinación. Su trabajo le gustaba y
           estaba a gusto con Lynn a pesar de todo. Seguiría adelante con lo
           que viniese. No había, por otro lado, razones claras para hacer lo
           contrario, y en cualquier caso, si no había dicho nada antes, ¿por
           qué hacerlo ahora?

           También, como Lynn estaba embrazada, decidió no decirle nada acerca
           de la salida en el barco. Estaba decidido a comportarse como un
           marido responsable, y sabía que no le convenía exponerla a riesgos
           como el de caerse. Por otro lado, su embarazo cambiaba las cosas en
           cuanto a su colaboración en el proyecto.

           Mientras tanto, el vivero fue avanzando. En un mes y medio estuvo
           terminada la instalación, en la otra margen del río, en el estuario,
           a casi una hora en el bote. A los dos meses, los primeros siluros
           fueron llevados a la piscina flotante.

           Por aquel entonces, el otoño ya se había echado encima, y los días
           se reducían de forma vertiginosa. Las salidas en el barco dejaron de
           ser lo plácidas que habían sido hasta entonces. Algunos días, las
           aguas estaba picadas, y lo que habían sido agradables excursiones a
           veces pasadas por agua se convirtieron en aventurados pasajes bajo
           el viento, los rociones y el incesante caer de la lluvia. Vernon,
           además, a medida que el tiempo se había ido oscureciendo, se había
           ido volviendo más y más taciturno, y a veces daba muestras de estar
           claramente bebido. Un día, de vuelta, le preguntó algo agresivo.

           --- ¿Tiene hijos?

           --- No,--- respondió Andrés.

           --- Mejor así.

           Andrés comenzaba a estar algo cansado del antiguo jardinero. Su
           hosquedad así como su falta de comunicación le parecían difíciles de
           aguantar, y decidió hablar con Connelly para intentar que lo
           sustituyeran por otra persona. La respuesta del profesor fue
           descorazonadora. O'Brien estaba contratado por la universidad, y a
           no ser que hubiera una causa mayor de por medio, no se podía
           prescindir de él.

           Andrés había pasado ya un invierno en Escocia, pero no lo recordaba
           tan duro. Lynn comenzaba ya a estar claramente embarazada lo que
           íntimamente le reconfortaba. Sentía, de forma casi secreta, que
           cuanto más visible fuera su embarazo más seguro estaba él, de una
           forma difícil de explicar. Sus inquietudes se disiparon cuando, a
           comienzos de diciembre, vino una semana excepcionalmente buena. Los
           siluros parecían sobrevivir en las aguas frías sin problemas, y las
           visitas con el sol y el aire frío le dieron un nuevo vigor que
           recibió encantado.

           X

           Durante esos meses, Andrés se refugió en la rutina. Las excursiones
           en bote se mezclaron con las horas en su estudio, horas dedicadas a
           controlar los siluros, a vigilar sus hábitos, a estudiar sus
           personalidades.

           Tras unos meses, tenía la sensación de conocer los distintos
           animales como si fueran sus hijos o sus hermanos. Las tres parejas
           de los tres acuarios mostraban comportamientos diferentes. Eran
           animales jóvenes, lejos de su plenitud, pero con idiosincrasias
           propias. La primera, en la que el macho era un impresionante
           cachorro con formas ya de adulto y la hembra un delgado animal
           tímido y poco activo, casi no tenían contacto entre ellos. El macho,
           desde la mañana, se dedicaba a pasearse lejos de su compañera, dando
           interminables vueltas por el recinto en el que estaba cautivo.
           Mientras lo hacía, la hembra solía descansar apoyada en el fondo,
           cerca de alguna roca lisa. La segunda, estaba formada por dos
           ejemplares casi iguales, en su tamaño y forma y en sus actividades.
           Solían nadar juntos, rozando sus lomos uno contra otro, y
           describiendo movimientos que se asemejaban a una danza o a un juego.
           En la tercera, la dama era el ejemplar más espectacular. Tenía una
           boca hiperdesarrollada, un nerviosismo en sus movimientos casi
           contagioso, mientras que el macho era corto y algo redondo, y
           gustaba de acercarse a la superficie y quedarse quieto, como
           esperando algo.

           Alguna vez pensó que quizás se había equivocado en el
           emparejamiento. Era extraño que los peces parecieran tener
           personalidad, y que ésta pudiera influir en su vida en común y en su
           deseada fecundidad. Cuando pensaba esto, era inevitable que no
           considerara su propia situación. En algún momento se dijo que él era
           como un siluro más en un acuario: alguien lo había puesto allí, en
           esa casa, con Lynn, y sin saberlo los dos estaban describiendo algo
           similar a lo que él estudiaba, un baile de acciones y palabras
           encaminado a la reproducción de su especie. Pero como los siluros,
           ambos lo ignoraban.

           Uno de los días que salió con Vernon, le ocurrió algo desagradble.
           Era un día gris, con mucho viento, y las aguas estaban muy
           revueltas. Habían salido tarde, y cuando se acercaban a la piscina
           flotante el día se había puesto muy oscuro, casi como si estuviera
           anocheciendo.

           Una de sus tareas, lo primero que hacían nada más llegar, era
           amarrar el barco al pequeño muelle flotante contiguo a la piscina.
           Allí había una caseta que había montado una compañía japonesa con la
           que el trato había sido especialmente enojoso, y, una vez amarrados,
           entraban para controlar la temperatura, la distribución de la
           comida, y observar los siluros en unos monitores conectados a unas
           cámaras submarinas.

           Ese día, Vernon estaba especialmente taciturno, posiblemente a causa
           del alcohol. Vernon iba a la rueda, y Andrés se fue a proa para
           llevar a cabo el amarre. La maniobra no había presentado problemas
           hasta entonces. Esta vez, sin embargo, llegaron dando más tumbos de
           los normal debido a las olas, y a demasiada velocidad. Andrés,
           asustado por el choque que veía inminente, se agarró con una mano al
           balconcillo y se volvió para gritar a Vernon que diera marcha atrás.
           Vernon, pareció no oirlo, pero cuando la Old Lady estaba casi encima
           de la plataforma aplicó la reversa de forma brusca. Andrés sintió
           que sus piernas hacían palanca contra el balcón, y a continuación se
           vio volando por la borda, con una mano todavía agarrada al balcón.
           Sintió un golpe en el pecho, y luego cómo se sumergía en el agua
           helada. Con los ojos abiertos, se vio rodeado de espuma y vio
           también el casco oscuro del bote junto a él, amenazador. Salió a la
           superficie en cuanto pudo, y comenzó a gritar. No era un buen
           nadador, y sentía el peso de sus ropas empapadas empujar hacia el
           fondo. Sobre sus gritos, y sobre el pandemonium del ruido del motor
           y de las olas, pudo oir las carcajadas de Vernon. Mientras el barco
           se acercaba, se giró y se agarró con una mano a la plataforma de la
           caseta. Allí estuvo, exhausto, tragando agua con cada ola, hasta que
           Vernon atracó y vino a ayudarlo.

           Tras esta experiencia, pasó una semana sin salir de casa. De golpe,
           el agua se había convertido en algo hostil, peligroso, y no tenía
           ganas de repetirlo. Se dijo a sí mismo que no era más que un
           accidente de trabajo, algo normal teniendo en cuenta el medio, pero
           a partir de entonces perdió el sentido de hermandad que tenía hacia
           sus animales. La sensación del agua fría y el desamparo allí solo,
           le habían hecho ver que su medio era otro, y que lo que hasta
           entonces habían sido excursiones más o menos agradables eran también
           parte de un trabajo peligroso.

           El peligro, además, le dio una nueva sensación con respecto al
           embarazo de Lynn. Al fin y al cabo, Lynn lo necesitaba, el niño que
           iba a nacer lo necesitaba, y esa necesidad le otorgaba un sentido
           del valor propio. Tenía que cuidarse por otros y para otros, no por
           sí mismo. Se debía a alguien. Paradójicamente, el accidente le
           asentó más en la aceptación del embarazo y en su postura de
           comprensión y olvido.

           Lynn, mientras tanto, seguía engordando de acuerdo con su estado. Al
           principio, le ayudaba con los papeles del proyecto, pero luego
           comenzó a sentirse fatigada por cualquier actividad, y se pasaba las
           horas sentada en sofá, leyendo o viendo la televisión, algo que
           ponía nervioso a Andrés, y que lo empujaba más al aislamiento de su
           estudio. Andrés rehusó incluso a forzarla a que siguiera la tabla de
           ejercicios que el doctor le había prescrito como conveniente de cara
           al parto.

           El noveno mes, un día que volvió tarde de la universidad, Lynn le
           dijo que creía que debían ir al hospital, que estaba rompiendo
           aguas. Andrés la montó en el Morris y en el camino se mostró
           tranquilo y sereno. Sabía que había llegado el momento. Había
           hablado antes con Lynn sobre la conveniencia de estar él presente en
           el quirófano. Lynn, en contra de su propia opinión, insistía en que
           prefería estar sola, que quería ahorrarle un espectáculo fuerte,
           sobre todo en caso de necesitar cesárea. Andrés, había dudado en
           imponer su punto de vista pero, ahora allí, pensó que prefería
           verlo, ser testigo directo.

           Así se lo comunicó a la enfermera que se hizo cargo de ellos nada
           más llegar. Ésta le dijo que tenía que consultarlo con el doctor.
           Andrés esperó en una sala solo hasta que la enfermera volvió.

           --- Creo que será mejor que espere aquí.

           --- ¿Ha hablado con mi mujer?

           --- El doctor lo ha hecho. Y ella prefiere que usted espere aquí.

           Andrés permaneció callado hasta que la enfermera hubo salido. Luego,
           se dijo un "mierda" en voz muy baja, y comenzó a pasear por la
           habitación. Quería ver a su hijo, quería verlo nacer, y se lo
           negaban. De golpe, se vio presa de una ansiedad extrema, de una
           sensación de nerviosismo. ¿Y si le ocurría algo? ¿Y si se lo
           cambiaban? Sabía que se habían dado casos, y no quería que éste
           fuera uno de ellos. Especialmente cuando había pasado lo que había
           pasado. Quería verlo y saber que era él, que nacía de Lynn, que no
           había duda de ello. Y tenía que verlo en persona.

           Pasó dos horas interminables. En ese tiempo, entró otro hombre que
           intentó entablar una conversación, pero él estuvo incluso grosero, y
           evitó cualquier cruce de palabras. No tenía nada que decirle.

           Por fin, otra enfermera apareció en la sala, y le preguntó si era
           Andrés Blanco. Le preguntó si todo había ido bien, pero ella se
           limitó a guiarlo por el pasillo hasta una habitación en la que Lynn
           estaba tumbada en una cama con un niño envuelto en pañales en sus
           brazos. Lynn sonreía mirando al niño, y le acariciaba el pelo.
           Andrés se acercó y vio una bola de carne pálida con el pelo
           totalmente rubio, el más rubio que había visto en su vida.

           --- ¿Está bien?--- preguntó.

           --- Perfectamente, --- respondió la enfermera--- tiene el peso
           ideal. Y es tan guapo... Un niño muy guapo.

           Andrés notó cierto rechazo.

           --- ¿Está segura de que es el nuestro, de que no ha habido ningún
           cambio?

           --- Por supuesto. A todos los niños, nada más nacer, les tomamos las
           huellas de los pies. Ahí las tiene --- y señaló unos papeles sobre
           un sillón--- puede comprobarlas si quiere.

           Andrés se acercó a los papeles sin pensar en ellos. Cuando los tomó,
           una sola frase se repetía en su cabeza: "es rubio, totalmente rubio".

           XI

           Los meses que siguieron fueron tan agitados interiormente como las
           aguas del estuario el día que cayó en ellas. Sus sospechas internas,
           sus dudas, su constante merodear alrededor de la certeza de que el
           niño no era suyo contrastaba con la naturalidad con que todos los
           que veían el niño aceptaban su paternidad. Para todos los
           visitantes, escoceses en su mayoría, el que esa bola estilizada de
           pelo rubio fuera su fruto, su hijo, no parecía presentar el menor
           problema. Él era el único convencido de que no era así, de que el
           niño era de otro, de un desconocido (para él) del que nunca
           olvidaría su cautela, sus movimientos suaves pero seguros al entrar
           en el cuarto de baño del avión.

           En sus aluviones nocturnos y medidativos, la vida le parecía un
           sinsentido monstruoso, en el que lo único que cabía, por el momento,
           era dejarse arrastrar. Escudriñó sus sentimientos con todo el
           detalle del que era capaz, y vio que, rondando la nebulosa de su
           confusión, existía también un grano de orgullo, un átomo de piedad
           hacia el niño, hacia ese ser indefenso e inconsciente de su origen.
           Este grano, servía en algunos momentos de simiente de un orgullo de
           padre, que le asombraba que no tuviera relación con la unión
           biológica, con los lazos de sangre. Al fin y al cabo, el niño era
           hermoso como un ángel, tranquilo como un sabio, y estaba adornado de
           todas las gracias que los niños suelen tener, de las sonrisas, los
           gestos, los leves movimientos de afecto y llamada a la atención que
           las crías indefensas manejan con inteligencia y sensibilidad.

           Entre los siluros, un día, viendo su piel oscura y lisa, su silencio
           sigiloso, decidió un día, casi como un acto involuntario, que el
           niño, si no era suyo, lo sería, y que él, Andrés Blanco, sería su
           padre. Un padre que sabía más de lo que nadie pensaba, un padre real
           porque su paternidad se basaba en la asunción consciente de una
           relación, no en la ciega aceptación de un accidente biológico. Se
           preguntaba a sí mismo, cuántos hombres habrían estado en su
           situación antes, y cuántos de ellos lo habrían estado
           conscientemente. Le parecía indudable que él no había sido el
           primero y que no sería el último, pero le dolía el saberlo, el tener
           que arrastrar el lastre de la conciencia del hecho. Habría
           preferido, sin duda, no saber nada, ser simplemente el orgulloso
           padre de un hijo sorpresivo pero, en vez de eso, tenía que arrastrar
           el el conocimiento, el recuerdo doloroso de un reflejo, la
           representación especular de una farsa hecha a su costa. Mil veces
           maldijo la sucesión de acontecimientos: la borrachera de su noche de
           bodas, el fingimiento de su sueño, la oportunidad de la azafata al
           dejar la puerta de acero bruñido del armario abierta con el ángulo
           justo para ofrecerle la imagen reflejada... Pero lo peor era que,
           por debajo de todo ello, maldecía a Lynn, a su mujer, por un hecho
           que le parecía simplemente incomprensible y que sabía que nunca
           llegaría a comprender. Toda la animalidad que racionalizaba en su
           estudio de los siluros, en su comportamiento reproductivo, era un
           arcano en el caso de su propia mujer. Sabía que ella era un animal,
           que él mismo lo era, y que por tanto sus comportamientos seguían
           unas estrategias invasivas, similares a las de los siluros o
           cualquier otro ser vivo, pero en su caso se resistía a aceptarlas, a
           objetivarlas. ¿Dónde estaban los sentimientos? ¿Dónde se quedaba
           todo el fino entramado cultural humano, contrario a un
           comportamiento tan rudo y descarnado?

           Él era su víctima, la víctima de un impulso ajeno hacia el que solo
           sentía rencor. Lynn era la madre de su hijo, de un hijo aceptado y
           por éste solo hecho era más suyo que de ella. Lynn era la ciega,
           quizás inconsciente, culpable de un simple hecho vital: la
           consecución de la mejor materia genética para darle el mejor cobijo
           posible, para otorgarle las mayores probabilidades de supervivencia.
           Él, Andrés Blanco, era el encargado de dar ese cobijo, de otorgar
           esa supervivencia. Ése era su cometido, ésa era su función, y la iba
           a cumplir. Aunque esa función naciera del rechazo a su propio
           contenido genético. De ser un siluro, habría sido un siluro atípico,
           un ser encargado de defender un huevo ajeno que, contra su voluntad
           instintiva no debía devorar. Curiosamente, este pensamiento le
           produjo una sensación de alienamiento frente a sus animales, de
           superioridad sobre ellos, que pensó que le sería de utilidad en el
           futuro ya que suponía el fin de una peligrosa identificación. Aunque
           también, sospechaba, suponía la ruptura de una armonía soterrada con
           el mundo que le rodeaba, el de los seres vivos. Los meses
           siguientes, sepultó esta ruptura bajo el manto de sus actividades
           cotidianas, bajo una capa de cieno similar al que cubría el fondo
           del estuario.

           Al niño lo llamaron Andrés, por insistencia de la propia Lynn. Era
           Andrew junior, Andy para todos, y por fin pudo Andrés saborear la
           sonoridad plena de su nombre en otra lengua. Aunque seguía
           recibiendo un placer casi secreto al ser llamado Andrew, se resistía
           a referirse a sí mismo de esa manera, le parecía una negación
           demasiado obvia de sí mismo. Sin embargo, ahora podía referirse a su
           hijo como Andy en cualquier momento y con pleno derecho. Al hacerlo,
           se le llenaba la boca de placer, de un placer con raíces en su
           adolescencia y en sus deseos más recónditos de ser otro, de ser
           mejor, de ser más blanco, y de ser reconocido así por los demás, por
           los auténticamente blancos.

           Andy era un niño precioso y tremendamente silencioso y tranquilo.
           Esta cualidad la había heredado tanto de la madre como del padre.
           Era raro que llorara y, cuando lo hacía, emitía unos gemidos
           cadenciosos y tranquilos, más parecidos a una risa que a un llanto
           real. La contradicción entre la ignominia de su origen y la alegría
           y satisfacción que el niño mostraba le producía sensaciones
           encontradas. Le parecía que no debía de ser así pero, al mismo
           tiempo, le parecía maravilloso que así fuera ya que era como un
           bálsamo, como un regalo para su dolor y sus dudas.

           De toda la gente conocida, tan solo Vernon no le felicitó, ni dio
           muestras de querer ver al niño. Cuando le dijo que había sido padre,
           una tarde de lluvia los dos solos en el bote, se limitó a emitir un
           gruñido y señalar hacia la bandada de pájaros que merodeaban el
           vivero. Habían tenido problemas con ellos, y habían tenido que
           acabar poniendo un cañón de salvas en la plataforma para mantenerlos
           alejados. El cañón funcionaba con un programa informático que no
           había dejado de darles problemas y que exigió que la primera semana
           Vernon durmiera en la caseta y que manipulara el cañón manualmente.
           La obligación no pareció molestarle. Antes al contrario, le sirvió
           para pasar una semana entregado a una borrachera constante y a unos
           estados de euforia que contrastaban con otros de completa misoginia.
           Esos días Andrés visitaba la plataforma patroneando él solo a Old
           Lady, y, cuando Vernon estaba de lo que se podría llamar buen humor,
           le recibía apuntándole con el cañón y disparando algunas salvas,
           simulando un ataque en toda regla, acompañado de unas carcajadas
           sonoras. Cuando Andrés se acercaba a atracar, le gritaba "I'm a brit
           pirate against the spaniards", y luego le ofrecía su brazo tatuado
           para que saltara a bordo de la plataforma flotante.

           Andrés había acabado aceptando el comportamiento de Vernon. Sabía,
           por Connelly, que no iban a poder cambiarlo sin el consentimiento
           del consejo de la universidad, y eso solo ocurriría si incurría en
           una falta grave. Y Vernon parecía conocer bien los límites de su
           actuación, de forma que no pudiera ser expulsado. Su existencia era
           un hecho estrambótico, pensaba Andrés, pero inevitable. Era algo que
           no iba a poder cambiar. Y el manejo del bote se había convertido en
           una rutina tan grande, en la que él había llegado a ser tan experto,
           que le daba igual que Vernon estuviera operativo o que simplemente
           se tumbara en uno de los bancos de la bañera acunando la borrachera
           de turno.

           Los primeros meses tras el nacimiento, Lynn se ocupó principlamente
           del cuidado de Andy. Las ocupaciones de Andrés con los siluros eran
           la coartada perfecta para que éste se pudiera mantener en un segundo
           plano observador. Además, a sus obligaciones habituales se sumaba la
           añadida de escribir un artículo que intentaba publicar en una
           prestigiosa revista estadounidense sobre los primeros resultados de
           su proyecto. Esto añadía un punto de estrés a su vida ya que, si
           bien era cierto que los siluros, en general, iban bien, también era
           cierto que no habían logrado, ni en forma de tímido avance, ninguno
           de los resultados a los que aspiraban. En una coversación con el
           profesor Connelly éste le había dicho:

           --- Si no hay resultados, tendremos que hacerlos nosotros mismos.

           Este comentario no había gustado a Andrés, quien veía en él el eco
           del fraude. Si los resultados no llegaban, había que hacerlos.
           ¿Significaba ello que tenían que inventárselos? ¿Hasta ese punto
           llegaban las presiones sobre el futuro del proyecto? Andrés no
           dudaba de la integridad del profesor, pero reconocía en él un miedo
           nuevo, quizás el reverso de una ambición que no se iba a resignar al
           fracaso.

           Paralelamente, Lynn había vuelto a hacerse cargo de más funciones en
           el equipo. Ahora, ella llevaba todo el proceso de datos, y lo hacía
           con una meticulosidad envidiable. Varias veces, además, había
           mostrado su interés por visitar el vivero en el barco, algo a lo que
           Andrés se resistía. Quizás era el temor a Vernon y a revivir las
           dolorosas experiencias del avión. Tan solo un día, pasados más de
           siete meses tras el nacimiento de Andy, Lynn vio a Vernon cuando
           vino a buscar a Andrés, algo fuera de sus planes habituales. Andrés
           había sido testigo del encuentro y le pareció ver, cuando se
           saludaron, un brillo en los ojos de Lynn que abrió de nuevo las
           viejas heridas. Una vez que la sospecha volvió a adueñarse de su
           espíritu, no había encuentro de Lynn con otro hombre que no las
           reabriera. Mantenía con ella una reducida actividad sexual, aunque
           constante, debido a sus ocupaciones, pero tenía la sensación de que
           lo que había pasado una vez podía pasar más. Y la sensación era de
           pánico, una sensación terrible, un miedo que le llevaba a querer su
           aislamiento a cualquier precio. Y sabía que el aislamiento era
           imposible que Lynn no era un siluro que podía meter en una acuario,
           que el agua que los rodeaba era un espacio abierto al que no podía
           poner barreras, o que las que podía levantar eran fácilmente
           escamoteables.

           Esta sensación ya no le abandonaría. Intentó y logró no contratar a
           ninguna mujer de ayuda para así mantener a Lynn ocupada en casa,
           pero aún así no pudo evitar que la actividad, cada vez creciente de
           Lynn, implicara trato con otros hombres. Andrés sentía unos celos
           excruciantes, pero no hacia la persona de Lynn, sino hacia su
           posesión en general, hacia la idea de verse suplantado de nuevo por
           otro hombre.

           Aunque las relaciones sexuales eran escasas, ansiaba dejarla
           embarazada, que tuviera ahora un hijo que se pareciera a él, pero no
           lo lograba. En algunos momentos, dudó de su fertilidad, y se dijo
           que quizás, de forma para él misteriosa, Lynn había sabido verlo y
           que ésa había sido y era la causa de su comportamiento. Andrés llegó
           incluso a atormentarse con la idea de que le fuera infiel con el
           profesor, un hombre mayor pero todavía atractivo. En su mente no
           había otra seguridad que la de su rutina diaria. Ir a comprar
           cualquier cosa con Lynn le parecía la mayor de las torturas porque
           todos los hombres le parecían atractivos incluso rodeados de su
           vulgaridad, y en todos ellos veía razones físicas para que Lynn
           volviera a desear un contacto rápido y momentáneo pero con
           consecuencias duraderas. El odio hacia Lynn creció dentro de él, un
           odio que se volvía contra él porque descansaba en la inseguridad
           hacia sí mismo, y que era como un clavo ardiente en su cerebro.

           Pero, igual que antes, el odio no afectaba a su hijo, sino que se
           dirigía hacia la madre. Andy era suyo, y era algo puro. En sus
           fantasías, soñaba con poder prescindir de ella para ser él quien lo
           educara, quien lo formara, quien lo hiciera a su imagen y semejanza.
           Andrés se sentía seguro de poder leer sus propios sentimientos, pero
           esta seguridad no le otorgaba ni paz ni descanso. Reconocía su
           situación como inestable, como hecha de una maraña de hilos finos y
           frágiles y sabía que en algún momento tenía que explotar, aunque no
           sabía cuándo.

           XII

           Un día de febrero, que el sol brillaba en el cielo, Lynn insistió en
           ir con él en el bote hasta la plataforma. Andrés se negó, e
           iniciaron una discusión que acabó con Lynn llorando. Andrés se
           recluyó en su estudio, y desde allí llamó por teléfono a Vernon.
           Éste tardó en venir a buscarlo más de los habitual y, cuando lo
           hizo, se dió cuenta de que estaba totalmente borracho. Andrés
           mientras miraba las evoluciones de los siluros, decidió que no
           saldría a la piscifactoria o que, en todo caso, iría solo. Así se lo
           dijo a Vernon, quien se mostró más incongruente que de costumbre y
           acabó la conversación con una mezcla de gruñidos y sonidos
           absolutamente incomprensibles.

           Andrés sentado en un sillón orejero, se abstrajo observando el
           bolígrafo que tenía en la mano. Tenía la costumbre de hablar siempre
           sosteniendo un bolígrafo con el que escribir en caso de necesitarlo
           y, tras colgar, posó los ojos en él. Se trataba de un bolígrafo
           barato, de plástico amarillo y con la mitad superior transparente y
           llena de líquido. En ese líquido había una mujer vestida de blanco
           que, según cómo se orientara la punta del bolígrafo, hacia arriba o
           hacia abajo, aparecía o desaparecía. La observó con detenimiento. Se
           trataba de una mujer joven, con una cabeza desproporcionadamente
           grande y rubia, vestida con una traje blanco que le ocultaba los
           pies, lo que casi le hacía parecer una sirena. Cuando aparecía, si
           efectuaba todo el recorrido, acababa cayendo en un círculo formado
           por las cabezas de siete enanitos. Entre ellas, medio cuerpo de la
           mujer desaparecía y quedaba su torso tan solo, asomando casi como un
           menhir. Se imaginó que en el lado oscuro, cuando desaparecía,
           estaría el príncipe esperándola, en las tinieblas. No sabía cómo
           había llegado el bolígrafo hasta su estudio. Se levantó, lo dejó en
           la mesa y se dirgió al dormitorio. Allí estaba Lynn.

           --- Lynn, he cambiado de opinión, vente conmigo si quieres.

           Lynn estaba tumbada, mirando al techo, sin decir nada.

           --- Vente, anda. No sé qué me pasa. Últimamente estoy muy nervioso.

           Lynn siguió sin responder y Andrés se sentó a su lado. No sabía qué
           hacer, pero sintió que debía ser cariñoso con ella. La veía tan
           ajena, que algo en él se resistía incluso al contacto. Sin embargo,
           venciéndolo, alargó la mano y le acarició el pelo.

           Lynn permaneció en silencio unos segundos, y luego giró la cabeza
           hacia él.

           --- ¿Y qué hacemos con Andy?

           --- Podemos dejarlo con Sean.

           Sean era uno de los estudiantes que era ahora parte del proyecto.
           Pelirrojo y menudo, tenía un carácter extrovertido. Más de una vez
           les había ofrecido cuidar de Andy si ellos necesitaban dejarlo con
           alguien. Sean, además, había sido también el objeto de algunas de
           las fantasías celosas de Andrés. Sin embargo, ahora le pareció
           adecuado que fuera él quien se quedara con Andy. En cinco minutos,
           circulaban con el Morris hacia su apartamento.

           Sean les abrió la puerta vestido con un gordo jersey de lana verde y
           unos pantalones azules de lona muy desgastados. Aunque su aspecto
           era el de alguien muy descuidado, bastaron unas palabras suyas para
           envolverles en una nube de cordialidad que hacía que su aspecto
           pasara a un segundo plano.

           Andrés detectó en sus ojos un brillo peculiar cuando se dirigían a
           Lynn, y se sintió aliviado cuando Sean desapareció en el interior
           del apartamento empujando el coche-cuna de Andy. Volvió a salir
           enseguida.

           --- No os preocupéis. Se queda en buenas manos. Lo que me inquieta,
           si váis al barco, son esas nubes. Quizás sería mejor dejarlo para
           otro día.

           Los tres miraron las amenazadoras nubes negras que se cernían en el
           horizonte. Aunque lejanas, sobre ellas se extendían otras nubes
           blancas, deshilachadas como finas hileras de algodón y que
           significaban fuertes vientos en las capas altas.

           Andrés musitó unas palabras quitándoles importancia, y también
           mencionó la necesidad de ir. Sean lo escuchó con una sonrisa y se
           limitó a decirles que tuvieran cuidado. En el coche, mientras
           conducía hasta el embarcadero de Old Lady, Andrés sintió algunas
           rachas que zarandearon el vehículo y que varias veces le hicieron
           tener que corregir la dirección con el volante.

           Al llegar al embarcadero, el cielo ya estaba totalmente cubierto, y
           las rachas formaban olas pequeñas que se estrellaban contra el
           costado del bote. Andrés fue el primero en saltar a bordo, y una vez
           allí, como el primer día que salió con Vernon, jaló de las amarras
           para permitirle saltar con más facilidad. Ninguno de los dos vestía
           ropa de aguas, pero en el barco había dos impermeables y dos pares
           de botas de goma que, aunque no eran los mejores, los tenían allí
           Vernon y él para casos en los que el tiempo cambiaba sin avisar.

           Andrés entró en la camareta para sacarlos y, mientras lo hacía, oyó
           el ruido de una respiración profunda. En el fondo de la camareta,
           Vernon descansaba tumbado.

           --- ¿Qué haces aquí?, --- le preguntó, pero Vernon ni siquiera miró
           hacia él. Se acercó y le zarandeó los hombros. Vernon abrió los
           ojos, exhaló una especie de suspiro y sonrió. Andrés, enfadado,
           sintió ganas de darle un puntapié, pero en vez de ello, lo arrastró
           hacia fuera. Lynn estaba sentada en un banco de la bañera, sin decir
           nada. Andrés empujó a Vernon afuera y le ayudó a que se incorporara.
           Vernon se puso de pie, miró hacia Lynn y con una cara sonriente,
           haciendo movimientos convulsivos para no caerse, inclinó la cabeza
           como en una mueca de reverencia. Mientras lo hacía dijo "Adios,
           señora.". Luego, a duras penas, se volvió hacia Vernon y repitió la
           operación con otro Adiós como final. Empezaba a llover, y Andrés lo
           empujó fuera del barco. Vernon se sentó en el suelo y comenzó a
           reirse y señalar hacia las nubes. Andrés intentó mantenerse calmado.
           Le dió uno de los impermeables a Lynn y un par de botas que le
           venían grandes, y puso en marcha el bote antes de ponérselos él
           mismo. Luego desamarró, y entre golpes de agua y viento salió hacia
           el estuario. Solo cuando se dejó de oir a Vernon logró apaciguarse.

           Lynn se había acurrucado junto a la camareta, y estaba totalmente
           empapada. Miraba todo con ojos temerosos, pero no decía nada.
           Andrés, aunque ya estaba empapado, se puso el impermeable y las
           botas y dejó que Old lady se gobernara sola entre las olas. Cuando
           volvió a coger la rueda, Lynn habló.

           --- ¿No sería mejor que volviéramos?

           Andrés le hizo un gesto negativo con la cabeza, pero la verdad es
           que el día se había puesto feo. La visibilidad se había reducido
           mucho, y el viento y las olas zarandeaban el barco haciendo
           dificultoso su avance. Cuando llevaban un rato navegando, oyó la
           campana de la boya del centro del estuario, y el sonido renovó su
           confianza: estaba en su terreno, y las condiciones daban igual.
           Pero, a medida que se acercaba a la piscina se dio cuenta de que
           Lynn no sabía manejar el barco y de que él solo tendría que hacer el
           atraque. En otras condiciones, sabía que la maniobra no presentaba
           ninguna dificultad, pero hoy era diferente. Debían acercarse a la
           plataforma, y uno de los dos tendría que saltar a bordo con un cabo
           de amarre. Una vez hecho, no había problemas, pero no sabía si
           saltar él y dejarle a Lynn el gobierno del barco durante unos
           segundos, o dejar que ella fuera la que saltara. Todavía no se veía
           el vivero. Se dirigió a Lynn:

           --- Ven. Toma la rueda. ¿Crees que puedes manejarlo cuando
           lleguemos? Yo saltaré a bordo con un cabo. Éstos son los mandos del
           motor. Tienes que ponerlos a cero, llevarlos hasta esta posición.

           Lynn tomó la rueda. Las olas azotaban el costado de babor, y Lynn la
           soltó enseguida.

           --- No puedo, no puedo controlarlo.

           Andrés volvió a tomar la rueda. Hacía falta fuerza para mantener el
           rumbo, y se daba cuenta, pero le vino a la cabeza una ola de rabia
           hacia ella por su debilidad.

           --- Entonces tendrás que saltar.

           --- ¿Cómo?

           --- Saltar, tú. Te vas a proa y coges un cabo que hay allí y cuando
           nos acerquemos a la plataforma saltas con el cabo.

           --- ¿Adónde? ¿Con qué?,--- musitó Lynn con desesperación.

           --- A la parte de delante, donde hay esa pequeña barandilla. El cabo
           es una cuerda. La coges y saltas desde allí.

           Lynn no dijo nada, pero se puso de pie, a su lado. Entre la niebla,
           surgió la silueta de la plataforma con su caseta. No se escuchaba
           más que el ruido del mar y el viento que silbaba contra la cubierta.
           Con el fondo monótono del motor, Andrés sintió que ellos dos eran
           los únicos pobladores del mundo.

           Lynn avanzó por un lateral de la camareta. El impermeable amarillo
           vibraba con el viento y las grandes botas azules oscuras
           dificultaban su avance. Dos veces estuvo a punto de caerse, pero las
           dos se incorporó y siguió avanzando hasta que llegó al balcón de
           proa. Cada vez estaban más cerca de la plataforma. Andrés quitó
           motores, y la Old Lady pareció frenarse en seco.

           --- ¡Cuando estemos cerca saltas! --- gritó Andrés.

           Lynn se volvió hacia él, sosteniendo el cabo de amarre en una de sus
           manos y sujetándose a la barandilla con la otra. Andrés casi no
           podía verla desde el puesto de mando. Veía su pelo alborotado al
           viento, y la mancha amarilla de su impermeable que, de vez en
           cuando, recibía un roción que parecía querer borrarla de la cubierta.

           --- ¡No puedo, no puedo!, --- gritó Lynn.

           Andrés quiso decirle "Aguanta", pero permaneció en silencio. Estaba
           demasiado ocupado manteniendo el control. La Old Lady seguía
           avanzando despacio. En ese momento, sintió una ola venir desde atrás
           que parecía querer empotrar el barco en la plataforma. Todo se
           sucedió muy rápido, con una cadencia que recordaría bien. La popa se
           levantó y él dió la reversa a tope para evitar el encontronazo con
           la plataforma. El barco reculó mientras la ola lo levantaba.
           Entonces, se escuchó un grito de Lynn y las piernas saltaron por la
           borda. Cuando miró de nuevo, la mancha amarilla de su impermeable
           había desaparecido de la cubierta.

           Se seguían escuchando sus gritos, e incluso le pareció ver una mano
           asida a la barandilla del balcón de proa. Andrés empujó entonces la
           palanca de avante y Old Lady, con Lynn colgada por la proa, se
           abalanzó contra la plataforma, que crujió entre las olas. El bote
           resonó como si le hubieran dado un martillazo gigante. Se escucharon
           varios gritos más, que pronto se acallaron con el ruido del mar y
           del viento. El barco seguía junto a la plataforma, y Andrés volvió a
           dar marcha atrás para separarlo. Miró al agua buscando una sombra
           amarilla, pero no vio nada. Permaneció allí varios minutos,
           aguantando los golpes de mar y escudriñando el agua y el aire en
           busca de una señal de Lynn, pero no alcanzó a ver ni a escuchar
           nada. Cuando estuvo tan oscuro que parecía de noche, puso rumbo
           hacia el embarcadero. Durante el trayecto, no cesó de imaginar a
           Lynn sumiendose en el fondo del estuario como un ser blanco y
           amarillo, similar al del bolígrafo que había tenido entre las manos.

           XIII

           El inspector estaba sentado en su mesa, y no dejaba de fumar con
           movimientos lentos y pausados que enervaban a Andrés.

           --- O sea que decidieron salir a pesar del tiempo.

           --- Mi ayudante no estaba en condiciones de ir, y yo había prometido
           a mi mujer que la llevaría al criadero de los siluros. Esa misma
           mañana habíamos discutido por esa razón.

           --- ¿Por esa?

           --- ¿Insinúa algo?, --- Andrés se revolvió en la silla, incómodo.

           --- Me limito a preguntarle. Es mi trabajo. Usted ha venido aquí a
           denunciar la muerte de su esposa, y debo tener todos los datos.

           A Andrés no le gustó la palabra muerte. Pensó por un segundo en el
           bolígrafo. La luz gris de la mañana día entraba por la ventana
           situada a la espalda de la silla del inspector, y le habría gustado
           que hubiera podido dar la vuelta a la habitación, ponerla boca
           abajo, y hacer así que el inspector desapareciera igual que lo había
           hecho la mujer del bolígrafo.

           --- La muerte no, su desaparición.

           El inspector miró hacia la secretaria que transcribía la
           conversación.

           --- ¿Muerte o desaparición, señorita Wesley?

           La secretaria se ajustó las gafas y revisó la transcripción.

           --- Dijo muerte, inspector.

           El inspector, dejó que la ceniza cayera suavemente en un cenicero de
           cristal.

           --- Está bien, su desaparición. Continuemos. Hábleme de su ayudante.

           --- ¿Mi ayudante? Estaba totalmente borracho. Hablé por teléfono
           unas horas antes de partir. Cuando llegamos al barco, estaba dentro,
           borracho.

           --- Y usted no lo llevó.

           --- En esas condiciones habría sido un estorbo.

           --- ¿Un estorbo?, --- el inspector volvió a encender un cigarrillo
           sin filtro que sacó de una cajetilla de Craven. Andrés siguió todos
           sus movimientos con la mirada --- ¿Para qué?

           --- Para todo. Cuando Vernon está en ese estado, es mejor que se
           quede en tierra.

           --- O sea que no era la primera vez.

           --- Por supuesto que no.

           --- Vernon ha declarado que le dijo que no saliera.

           Andrés vio en esta afirmación una ventana para lo que quería decir.

           --- Es cierto. Fue una imprudencia. Una imprudencia que nunca me
           perdonaré.

           El inspector se tomó un respiro antes de seguir.

           --- ¿Qué pasó después?

           --- Cuando estábamos en el estuario, el tiempo empeoró.

           --- Y aún así, usted siguió adelante.

           --- Sí. Había ido antes días con similares condiciones...

           --- Pero nunca antes con su mujer, una completa inexperta.

           --- Ya le he dicho que había ido antes. Es fácil juzgarlo ahora.

           La mueca que el inspector hizo al acabar su frase no le gustó a
           Andrés. Había algo de cinismo en él, de quien sabe algo o cree
           saberlo.

           --- Se equivoca, señor Blanco, lo difícil es juzgarlo ahora.

           --- Mi mujer ha desaparecido y probablemente esté muerta, como usted
           mismo ha dicho antes. Me he quedado solo con mi hijo. ¿No merezco
           algo de compasión?

           El inspector dejó el cigarrillo en el cenicero y se entretuvo
           mirándose las uñas.

           --- Voy a hablar claro. Soy el primero que lamenta este accidente.
           Pero mi labor es simplemente investigar si ha sido un accidente.
           Usted es el único testigo, y la persona más cercana a la víctima.
           Siento que le resulte duro, pero no hay otra posibilidad.

           --- Pero usted parece dudar de mí.

           --- Yo dudo de todo el mundo, a veces incluso después de que me
           demuestren lo contrario. Y usted, señor Blanco, debe demostrármelo.

           A Andrés le subió la sangre a la cabeza. No podía creer que el
           inspector le estuviera hablando así.

           --- Creo que, en cualquier caso, el asunto es exactamente al revés.
           Soy biólogo marino, como sabe, pero alcanzo a saber que cualquier
           persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario.

           --- Así es, ante la ley. Pero yo no soy la ley, en este caso. Soy
           alguien que busca la verdad, y que casi nunca la encuentra.

           --- La verdad es que mi mujer cayó al agua mientras yo llevaba la
           rueda.

           --- ¿Cuándo cayó?

           --- Cuando estábamos junto a la plataforma. Ella estaba a proa
           preparada para saltar, con el cabo de amarre. Una ola nos empujó
           contra la plataforma. Yo dí marcha atrás, pero no pude evitar la
           colisión. Cuando pude controlar de nuevo la embarcación, Lynn no
           estaba en la cubierta.

           --- O sea que no tuvo oportunidad de ayudarla.

           --- No. De ninguna manera.

           El inspector giró su silla y estuvo mirando a la ventana unos
           instantes. Luego se volvió hacia él.

           --- Y entonces se volvió al embarcadero.

           --- Sí.

           --- Y denunció los hechos esa noche.

           --- Así fue. Ya conté todos los detalles. Los puede verificar.

           --- Ya lo he hecho, y todo encaja. --- El inspector volvió a mirarse
           las uñas--- Dígame, su mujer no tenía ningún seguro de vida, ¿verdad?

           --- No. Es decir, hay una pequeña cantidad que recibiremos del
           banco, una póliza por valor de cinco mil libras que otorgan a todos
           los titulares de una cuenta en caso de muerte por accidente. Aparte
           de eso, no hay nada más.

           --- ¿Se llevaban bien?

           Andrés sintió por un momento un alivio al recordar la edad de Andy y
           pensar que no podía hablar. Que nadie podía hablar, incluido su
           padre, el hombre rubio del avión.

           --- Si. Como una pareja normal.

           --- Ahora, tendrá usted que ocuparse de su hijo.

           --- Lo sé. Estoy preparado para ello.

           La cara del inspector pareció relajarse. Se adelantó sobre la mesa y
           cruzó las manos.

           --- En fin. Sabe que hasta que no encuentren el cuerpo, el caso no
           quedará cerrado. Al menos, por lo que a la ley respecta.

           Andrés cruzó una pierna. Se sentía más relajado.

           --- ¿Y por lo que respecta a usted?

           Un momento de hieratismo pareció sacudir el cuerpo del inspector,
           como si todos sus músculos se hubieran tensado.

           --- Yo soy otro cantar. En cualquier caso, lo importante es su
           conciencia.

           * * *

           Andrés salió del despacho con la sensaciónd de que el inspector
           sospechaba algo, pero con la certeza de que no iba a encontrar nada.
           No le gustó, sin embargo, su última frase. Un asunto de conciencia.
           ¿Es que él la tenía? ¿Es que Lynn la había mostrado en vida? Esa
           noche, soñó con la mano de Lynn, una mano agarrada a la barandilla
           del balcón de proa, una mano crispada y tensa, una mano sin cuerpo.

           Los días siguientes, los pasó ocupado en un sinfín de cosas. El
           funeral, la ceremonia en la universidad, la visita de los padres de
           ella, todo fueron ceremonias en las que mostraba una pena contenida
           verdadera, o al menos así lo creía él mismo. Y el cuidado de Andy.
           Realmente, su cuidado fue lo que le salvó de sucumbir a la ansiedad,
           al menos durante las dos primeras semanas, hasta que recibió una
           llamada para decirle que habían encontrado el cuerpo de Lynn.

           Tuvo que ir a reconocerlo, y fue terrible tener que verla una vez
           más. Aún tenía puestos el impermeable y las botas. La cara estaba
           totalmente hinchada y desfigurada, y la mano derecha había
           desaparecido. Tan solo tenía la izquierda, de una blancura
           espectral.

           Al cuerpo le hicieron la autopsia, y decretaron que la muerte había
           sido por ahogamiento. Hubo un juicio rápido, en el que tan solo
           compareció el inspector. El juez decidió que se trataba de un
           accidente, y Andrés no fue culpado ni siquiera de imprudencia
           temeraria, aunque tuvo que aguantar un discurso moral del juez
           reconviniéndole, de forma velada, por su actuación. A la salida, se
           le acercó el inspector y le estrechó la mano. Andrés esperaba que le
           dijera algunas palabras formales de felicitación o de despedida. Sin
           embargo, se limitó a decir:

           --- Nos volveremos a ver.

           XIV

           Seis años después, la casa había tomado un olor y un sabor propios.
           Olores y sabores sin ruido, porque era la casa de los silencios.
           Andy había crecido en esos años. Se había convertido en un niño
           rubio y delgado, en todo diferente a su padre. Lo único que los unía
           era un silencio constante y denso, una relación hecha de hábitos y
           de costumbres pero cimentada en una falta total de comunicación.
           Aunque sabía que era prematuro, Andrés juzgaba que a Andy no le
           gustaba nada de lo que le gustaba a él. Odiaba los siluros, y tenía
           un pánico tremendo hacia su estudio, que veía como una cueva
           misteriosa y lúgubre, en la que no quería entrar a ninguna costa.

           Andrés había quitado todas las fotos de Lynn de la casa, "para no
           regodearse en el dolor del recuerdo", había dicho alguna vez, y tan
           solo había huellas de ella en el dormitorio de Andy. De hecho, el
           cuarto era como un santuario dedicado a su madre muerta. Había fotos
           por todos lados, en las paredes, en su mesilla de noche, en su mesa
           de juegos y estudios. Como casi no tenían fotos juntos, Andy había
           elegido varias estampas de vírgenes con el niño Jesús, y las había
           colocado en los sitios principales de su cuarto. Insistía en que él
           era el niño y la virgen era su madre.

           A Andrés, esto último le asombraba y dolía. Le parecía increíble que
           un niño, a los siete años, pudiera ejercer su elección de símbolos e
           imágenes de una forma tan acentuada. Además, le inquietaban las
           relaciones que esa imagen tenía. Era como si Andy mantuviera viva
           una relación en la que él no cabía de ninguna manera, en la que el
           padre era un dios generador apersonal, y en la que existía una base
           de sacrificio, dolor y abnegación.

           Una vez intentó quitar las estampas de su cuarto, pero tuvo que
           volver a ponerlas después de ver la reacción de Andy. Lo curioso era
           que el niño no hablaba de ello. Simplemente insistía en ponerlas, de
           una forma ciega e instintiva, lo que lo hacía más agresivo para
           Andrés. Creía ver en el mantenimiento y la adoración muda de las
           estampas un mensaje soterrado hacia él mismo: él estaba fuera, no
           existía, y la auténtica relación era otra, un lazo invisible pero
           indisoluble con una madre muerta a la que nunca había tratado siendo
           amo de su propia razón.

           Andrés veía en ello la confirmación espiritual de su nacimiento
           biológico. De alguna misteriosa manera, por alguna oculta razón,
           Andy sabía, intuía, que Andrés no era su verdadero padre, y que la
           desaparición de su madre se debía a un sacrificio supremo. El niño
           era, de alguna forma, la prueba de su ignominia. Ignominia que tenía
           sus raíces en su propio victimismo inicial y en su comportamiento el
           día de la muerte de su mujer.

           Durante esos años, Andrés pensó mucho en la naturaleza de la
           paternidad. Ser padre, se dijo, no era únicamente ser el padre
           biológico. Era mucho más, un cuidado y una atención constantes, la
           transferencia de una serie de conocimientos y sensibilidades que
           estaba por encima del mero lazo genético. Sin embargo, a pesar de
           haberselo dicho de forma que él mismo creía definitiva, notaba que
           debajo de ese pensamiento descansaba una sospecha diferente que se
           fortalecía con el trato diario: Andy era diferente, su mente era
           consciente de ello, y se lo hacía saber.

           Estas diferencias se agudizaron cuando Andy cumplió ocho años. Lo
           que había sido silencio se convirtió en discusiones secas que,
           aunque no siempre, alcanzaban una violencia inesperada y difícil de
           aguantar. Andy tenía un carácter fuerte, independiente, y cuando
           quería o no quería hacer algo se lo hacía saber de una forma tajante
           y expeditiva que no aceptaba ninguna alteración. Además, por esas
           fechas, Andy comenzó a frecuentar la compañía de amigos, todos
           escoceses, lo que sirvió tan solo para alejarlo más. Era una deriva
           sutil y leve, hecha de movimientos internos que los de fuera, los
           otros, no veían, pero que él sentía consciente de que Andy también
           lo hacía.

           Un día, mientras desayunaban, Andy, le hizo una pregunta incómoda:

           --- ¿Por qué hablas así?

           --- ¿Cómo?

           --- De esa forma tan rara, --- y Andy remedó su acento español al
           hablar inglés.

           Andrés se puso rígido en la silla. Nunca le había gustado tener
           acento, y no le gustaba que su propio hijo se lo pusiera de
           manifiesto después de tantos años.

           --- Yo no nací aquí, ya lo sabes, nací en España.

           --- Y ¿dónde está España?

           --- En el Sur.

           --- ¿Y por qué no he ido nunca allí?

           Andrés se quedó callado por un momento. Era cierto que nunca había
           llevado a su propio hijo a su país natal. Al principio, tras la
           muerte de Lynn, le había resultado cómodo no tener que dar más
           explicaciones de los hechos a nadie, aparte de las pertinentes
           cartas. Después, se había convertido en un hábito, en una forma de
           vida. Estaba bien sin volver a España, a la que veía como un lugar
           seco y con demasiada luz. Temía, en sus fantasías, que la luz lo
           expusiera a los demás, que mostrara la fina película de temores y
           remordimientos que era su propia piel.

           --- Estamos mejor aquí.

           Con esta respuesta creyó dar por zanjado el asunto. Pero Andy
           continuó.

           --- ¿Y cómo son los españoles?

           Andy se quedó pensativo unos instantes, sin saber qué contestar.

           --- ¿Son como tú?

           --- ¿Cómo?

           --- Oscuros.

           Andrés permaneció en silencio, y solo dijo un "sí" que casi se
           perdió con el ruido de la silla al levantarse.

           Vernon había desaparecido de su vida dos años tras el incidente del
           vivero. A partir de la muerte de Lynn había comenzado a distanciarse
           de forma progresiva, distanciamiento que el propio Andrés había
           fomentado. No se sentía cómodo con él, y se lo hacía ver
           continuamente. Vernon bebía cada vez más, y muchos días, mientras él
           se iba en el barco, Vernon se quedaba en tierra, merodeando el
           muelle y diciéndole cosas incomprensibles en escocés. Sufrió,
           además, un deterioro físico grande. Había adelgazado mucho, y
           parecía no comer nunca. A los dos años, un buen día, dejó de dar
           señales de vida y nunca volvió a saber de él. La universidad no lo
           había sustituido porque él no lo había declarado. Prefería seguir
           solo.

           Durante un tiempo, formó a una de sus ayudantes, Cynthia Thorn, una
           alumna ambiciosa, en las labores del criadero. Cynthia era morena y
           menuda, de origen galés, y pronto se desenvolvió mejor que el propio
           Vernon con el gobierno de Old Lady. Quizás por el tiempo que pasaban
           juntos, acabaron teniendo una relación sentimental que se alargó en
           el tiempo pero que acabó muriendo por desidia de los dos, pero sobre
           todo de Andrés. Éste se había quedado dolido, no por la carga
           afectiva de la relación en sí, sino por la sensación de fracaso que
           le siguió. No había sido un buen amante, su capacidad sexual era muy
           limitada, y ni siquiera había sido un guía espiritual o profesional.
           Tenía más bien la sensación de que era él el que había sido seducido
           y utilizado en una acción que como mucho había constituido una
           prueba de poder de Cynthia frente a las otras estudiantes.

           Pero, seguramente, lo que más pesaba a Andrés era el fracaso del
           proyecto de los siluros. Tanto con los siluros en cautividad como
           con los que estaban en el criadero, en un estado de relativa
           libertad, no habían logrado resultados reseñables. Ningún siluro
           había llegado a nacer y, aunque los peces parecían vivir bien, la
           falta de fertilidad invalidaba las propuestas de su proyecto.

           El profesor Connelly, con muy buena vista profesional, pensaba
           Andrés ahora, se había retirado del proyecto hacía más de un año,
           alegando el inicio de un retiro de la investigación. Aspiraba a
           seguir siendo parte de la vida académica, pero desde posiciones más
           fronterizas. Este hecho, que en un principio había halagado a Andrés
           ya que era él quien le sucedía al mando del proyecto, se había
           convertido en una fuente de desánimo e inseguridad. Le quedaba hacer
           frente a los restos, a la ausencia de resultados, al finiquito de
           una larga ilusión.

           A pesar del fracaso, el equipo había logrado mantener el proyecto
           gracias a repetidos artículos descriptivos, que habían sido acogidos
           con entusiasmo por los elementos más estrambóticos de la comunidad
           de biólogos marinos. El consejo de la universidad, una vez hecha la
           asignación inicial de las partidas presupuestarias, se había
           limitado a dejar que el dinosaurio siguiera su marcha, pero en la
           última reunión anual, con Andrés como cabeza del equipo, ya se
           habían alzado voces en contra de mantenerlo un año más.

           Todo esto había conducido a Andrés a una situación extraña, un
           estanque turbio en el que no se reconocía a sí mismo. Con cuarenta
           años, se sentía confuso, indefenso e inútil, y tenía la sensación de
           que así era como había pasado los últimos diez años. Su vida había
           sido algo extraño, un afán por estudiar la reproducción de unos
           animales extraños, y un descuido total por la suya propia. La vida
           seguía su curso, encontraba sus cauces de avance, y solo él no lo
           hacía, o lo hacía de una manera que le parecía totalmente
           infructuosa. Tenía un buen trabajo, una casa bonita, un coche casi
           nuevo y todo lo que siempre había deseado, pero carecía de todo lo
           que no había deseado, al menos de forma consciente, pero había
           esperado que le hubiera sido otorgado en el camino. Su camino no le
           había dado nada, más que un secreto incomunicable y una mala
           conciencia.

           Para colmo, a pesar de sus fracasos con la reproducción de los
           siluros, por el río corría el rumor de que los siluros estaban
           invadiendo la zona. Aparentemente, algunos pescadores los habían
           capturado, y enseguida culparon a su proyecto por la aparición de
           los peces. Para Andrés, todo ello no pasaba de ser una fantasía,
           pero lo cierto es que, de ser cierto, suponía el aldabonazo final a
           sus esperanzas profesionales. El desorden natural se había acabado
           imponiendo al orden y al rigor científico.

           En estas circunstancias, hasta su estudio había dejado de ser su
           refugio. Los siluros nadaban en la penumbra de una habitación
           solitaria. Andrés prefería la compañía de Andy, pero solo para
           mantener un estado de beligerancia y execrarlo luego en privado. Se
           daba cuenta de que hacer eso con un niño era poco honroso, pero lo
           prefería al vacío que sentía en sí mismo, a la nada que le rodeaba.

           En estas circunstancias, una tarde, tras una discusión con Andy por
           sus gustos musicales, el niño se enfadó y se levantó airado para
           salir de la habitación. Andrés parecía tener un placer malsano en
           llevarlo al límite, en hacerle daño con sus comentarios. Esa tarde,
           antes de salir de la habitación, Andy se volvió y con un tono lleno
           de autoridad y control le grito:

           --- ¡Tú no eres mi padre!

           --- ¿Cómo?, --- le respondió Andrés.

           Andy volvió a repetir la frase, esta vez sin gritar, pero con más
           decisión, como si saliera de la experiencia de años.

           --- No, tú no eres mi padre.

           XV

           El veintiuno de junio, un día de verano escocés, Andrés salió de
           casa temprano, como de costumbre, camino de la universidad. Andy
           dormía todavía en su cuarto, y como ya tenía vacaciones en el
           colegio sabía que se despertaría más tarde, sobre las diez. Tenía
           dos horas y media. Condujo su Rover hasta la gasolinera, donde él
           mismo llenó el depósito. Antes de ir a pagar, sacó del maletero un
           bidón de plástico de cinco litros y lo llenó también. Lo metió en el
           maletero y, tras pagar, compró en una máquina expendidora de tabaco
           una caja de cerillas. Después, en vez de tomar la dirección a la
           universidad, volvió hacia su casa. El sol brillaba en el cielo,
           junto a unas pequeñas nubes. Hizo el camino maquinalmente,
           disfrutando del calor que los rayos transmitían a través del
           parabrisas.

           Al llegar a la casa, detuvo el coche en la entrada del garaje. Bajó
           y sacó el bidón del maletero. Lo abrió, y roció con la gasolina la
           entrada. Luego, sacó la caja de cerillas del bolsillo, encendió una
           y la arrojó al suelo. Las llamas comenzaron casi con una explosión
           que produjo una onda de calor que le llegó a la cara. Luego, caminó
           por el jardín hacia el ventanal del salón, y repitió la operación.
           En el piso de arriba, justo encima del ventanal, estaba la ventana
           del dormitorio de Andy, cerrada. Después, se alejó unos metros.

           Las llamas no tardaron en invadirlo todo. La madera con la que
           estaba construida la estructura de la casa, así como los materiales
           sintéticos, se consumían con una rapidez increíble. A través de los
           cristales, podía ver el humo negro que se había formado en el
           interior, y cómo iba saliendo por los resquicios formando columnas
           cónicas invertidas. En algún momento, le pareció oir una tos. Luego,
           nada más. Ni gritos, ni lamentos. En unos minutos, la casa era una
           pira roja y negra, y una columna de humo negro y denso subía en el
           horizonte. Las crepitaciones inundaban todo. Entonces se acordó del
           coche, y corrió hacia él. Cuando lo puso en marcha, varias pavesas
           ardían sobre la pintura del capó. Al dar marcha atrás, creyó oir
           varias explosiones sordas en el interior de la humareda.

           En la carretera, se cruzó con un coche de bomberos que corría en
           dirección contraria, hacia su casa. Aminoró la marcha y, sobre la
           duna solitaria, vio elevarse la columna de humo negro. Llegó a la
           universidad minutos después. Se sentó en la mesa de su despacho,
           esperando a que sonara el teléfono. Mientras lo hacía, se entretuvo
           pintando peces en un papel con membrete de la universidad. Luego se
           llevó las manos a la nariz, y decidió ir al cuarto de baño para
           intentar quitarse el olor a humo y gasolina. Tras varios minutos,
           volvió a su despacho con la impresión de no haberlo logrado.

           XVI

           El inspector había engordado con los años, pero seguía fumando los
           mismos cigarrillos, Craven A sin filtro en cajetilla roja. Tras
           encender uno, lo miro con la misma sonrisa, similar al gesto afable
           de un vendedor de coches, pero con un fondo sarcástico demasiado
           evidente.

           --- Le dije que volveríamos a vernos.

           --- Y yo no le dije que no.

           Andrés estaba relajado esta vez, con la seguridad de quien se siente
           invencible.

           --- Esta vez todo va a ser diferente.

           --- ¿Por qué?

           --- ¿Me lo pregunta? Hay testigos de lo que hizo. Los empleados de
           la gasolinera. El fuego acabó con todo, pero los expertos saben que
           fue intencionado.

           Andrés se sentía seguro, con la seguridad que le daba la locura de
           un secreto guardado demasiado tiempo.

           --- ¿Y qué hay de malo en que una persona queme su propia casa?

           --- Casi nada. Con la excepción de si uno lo hace con su hijo dentro.

           --- En mi casa no había nadie.

           --- Llama nadie al esqueleto de un niño de ocho o nueve años.

           --- Yo no sabía que hubiera nadie.

           --- ¿Y su hijo?

           --- Mi hijo está en España, con su familia.

           El inspector pareció incomodarse con la respuesta. Esta vez no
           estaba relajado, y la ceniza del cigarrillo cayó fuera del cenicero.

           --- En cualquier caso, usted ha matado a un niño. Además, usted sabe
           que ese niño era su hijo. Dios sabrá las razones por las que lo ha
           hecho.

           --- Cuando me enseñaron los restos, ya dije que no eran los de mi
           hijo. Y no hay nadie que pueda declarar lo contrario. En cuanto a
           que alguien muriera en el fuego, es un accidente. Yo no sabía que
           alguien se había colado allí.

           --- ¿Colado? Como puede decir algo así.

           --- Colado. Sería un extraño. Júzguenme por ello.

           --- No se preocupe, le juzgarán. He ordenado que hagan las pruebas
           del ADN. Tiene que personarse hoy en el hospital para que le saquen
           sangre.

           Andrés estaba esperando algo así. Sentía que, por fin, había llegado
           su liberación, después de tantos años.

           --- Por supuesto que iré. Le repito que no es mi hijo. Soy y seré en
           todo momento el primero en colaborar con la justicia.

           --- No lo ha hecho para indicar el paradero de su hijo.

           --- Ni tengo que hacerlo. Le repito que el cadaver no es de mi hijo.
           Ignoro totalmente de quien se puede tratar. En cuanto a la casa, me
           haré cargo de las responsabilidades oportunas. Ya he hablado con mi
           seguro. Todo el mundo sabe que he pasado por un mal momento. Y
           cuando se esclarezca la identidad del muerto, indemnizaré a su
           familia.

           El inspector pareció perder los nervios. Tras quemarse con la
           colilla, intentó apagarla en el cenicero de cristal, pero no logró
           más que quemarse más los dedos.

           --- Me asombra su sangre fría. Pero esta vez, todo está en su
           contra. Sabe que la prueba del ADN no deja lugar a dudas. Además, se
           hará dos veces, para evitar posibles errores.

           Andrés permaneció callado, mirándole fijamente a los ojos. Esta vez
           era él que sonreía con una mueca irónica.

           --- Sé perfectamente cómo funciona. Esta misma tarde iré al
           hospital. Buenos días.

           Andrés se levantó y salió del despacho sintiéndose más ligero. Se
           había liberado de un peso gigante, de un peso de siglos, de una
           opresión que había amenazado con hundirlo de forma irremediable
           hasta ese momento. Era paradójico que, ahora, su salvación viniera
           de la persona que con más ahinco le perseguía. La busqueda de la
           verdad iba a sacar a la luz su propia verdad, iba a eliminar su
           sufrimiento de todos esos años, iba a limpiar una mancha antigua de
           la que solo ahora comprendía su significado y su verdadero sentido.
           Todo lo que había pasado iba, por fin a tomar todo su sentido. El
           hecho incomprensible que había sido su condena, la condena de su
           matrimonio y del simulacro de vida familiar se iba a ver sustituido
           por otro hecho incomprensible, solo que esta vez sería
           incomprensible para los demás, no para él. Él sabía lo que estaba
           ocurriendo y por qué. Para los demás, todo no sería más que un lío
           del que solo él tendría la clave. Antes de tomar el ascensor, pudo
           oir la voz del inspector.

           --- Le llamaré cuando tenga los resultados.

           Eso era lo que él quería escuchar.

           XVII

           Cuando le llamó el inspector, quedó con él en lo que había sido su
           casa. Quería ver los restos por última vez, para, de alguna forma,
           acabar con todos esos años. Al llegar, vio un coche de policía
           aparcado en la carretera. Lo que había sido su casa, era ahora unos
           restos calcinados con tres muros de ladrillo aún en pie. Parecía
           salir humo todavía de los trozos de madera, de las tuberías rotas,
           del suelo.

           El inspector estaba de pie junto a uno de los muros. Andrés avanzó
           hacia él. En las paredes, encastrados, los acuarios se mantenían aún
           en pie. Los cristales de seguridad habían aguantado el fuego. El
           inspector estaba fumando, con una mano apoyada en uno de los
           pilares. No hizo ademán de caminar hacia él. Andrés miró las
           peceras, con la esperanza inconsciente de encontrar un huevo, solo
           uno. Los siluros se movían suavemente, como siempre, como si nada
           hubiera ocurrido. El inspector habló de soslayo, exhalando una
           bocanada de humo.

           --- Are you Andrew Blanco?

           Andrés no se molestó en responder. Se limitó a saborear la
           pronunciación de su nombre en inglés, algo que siempre le había
           gustado.

           --- Mister Andrew Blanco, como le dije, han llegado los resultados
           de las pruebas del ADN del laboratorio.

           Andrés sonrió levemente, por oir su nombre, y por el sonido de las
           tres letras. Esas tres letras eran para él una salvación, un
           salvavidas cuya pronunciación le hacía sentirse bien. El inspector
           se volvió hacia él, sacó un sobre de la americana y se lo dió.
           Andrés, al tomarlo, vio que estaba abierto. Cuando lo leyó, la
           sombra de uno de los siluros, proyectada por el sol, bailó junto a
           sus pies y pasó sobre el papel. Dos policias comenzaron a avanzar
           hacia ellos. La voz del inspector se superpuso a su lectura.

           --- Tiene derecho a llamar a su abogado. No tiene que decir nada en
           su contra, si no quiere hacerlo.

           Los policías llegaron junto a él con unas esposas en las manos. Pero
           Andrés no quería soltar el papel ya que no podía creer lo que decía,
           que la prueba había sido positiva las dos veces que se había
           practicado. Por fin, el mismo inspector se lo arrancó de las manos.
           Sintió ganas de decir que había habido algún error, pero la frase se
           le ahogó en la garganta. Por supuesto que había habido un error,
           pero ¿dónde? Le pareció que las suelas de sus zapatos estaban
           empezando a arder. Entonces miró hacia abajo y, antes de que los
           policías lo empujaran hacia el coche, pudo ver la sombra del siluro
           deslizarse de nuevo junto a sus pies, como si nada nunca hubiera
           pasado.