Juan José Plans
- Un poco más y
me hubiera sentado en las escaleras. Estoy desfallecida.
- Parecemos
caracoles. Llevamos la casa encima en cuanto salimos de vacaciones. No sé para
qué complicarnos la vida de esta forma.
Elena frota sus
manos doloridas y profiere un gemido.
- ¡Oh, una
ampolla!
César se limpia
el sudor de la frente con un pañuelo, después de dejar las maletas casi al lado
de la puerta.
- A ver... No
es nada, mujer.
- Achaques de
la vejez.
- Cuando seas
realmente una anciana, no lo dirás...
- Aquí hace
demasiado calor; abriré la ventana. ¡Y huele a pintura!
- Ya no
recordaba que antes de irnos habíamos pintado las habitaciones. No han quedado
mal, ¿verdad?
- No, no...
- Ya que estás
dispuesto a trabajar, abre también la del dormitorio.
- Como ordene
la señora. ¡Con tal de mandar!
- No seas
exagerado. Si vieras a otras cómo se portan. Por ejemplo, ¿sabes lo que...
- Prefiero no
enterarme.
César entra en
el dormitorio. Elena, mientras tanto, se sienta cómodamente en un butacón y
enciende un cigarrillo. Habla como para sí misma:
- Adiós al sol
y al mar... ¡Lástima que todo hay finalizado!
El regresa a la
sala y se sienta al lado de ella.
- ¿Decías algo?
- Nada de
particular. Estoy tan cansada que acabaré durmiéndome aquí mismo.
Elena se quita
los zapatos ayudándose con los pies.
- ¡Quién
pudiera contemplar el mar desde el hotelito!
- Vale más
olvidar; le entra a uno el mal humor. Mañana, a las nueve en punto, a la
oficina. Lo que más odio es tener que fichar. Es como si a uno le convirtieran
en autómata.
- Y yo tendré
que limpiar todo esto. ¡Vaya trabajo! El próximo año, ¿volveremos?
- ¡Pero si aún
apenas hemos regresado!
- Bueno, no te
excites.
Los dos se
quedan en silencio.
Un agudo
silbido, que les obliga a taparse los oídos, les despierta.
- ¿Qué ha sido?
- pregunta Elena.
- ¿También tú
lo has escuchado? Creí, creí... que se trataba de una pesadilla. Vaya, nos
hemos quedado dormidos...
- ¿Y el
silbido?
- No tengo ni
la menor idea.
- ¿Algún
choque?
- No es ruido
de accidente.
César se
levanta y se asoma a la ventana.
- ¿Ves algo?
- Lo de
siempre. Es como si el tiempo se hubiera detenido mientras estuvimos fuera.
- ¿Y en el
cielo?
- Miles de
estrellas.
- Pero esa
especie de silbido ha venido de alguna parte...
- Desde luego.
Sería, no sé, algún escape de... ¡Cualquier cosa! ¿Y si desalojamos las
maletas?
- ¡Por favor!
Mañana; hoy no, te lo ruego.
- Los trajes se
arrugarán demasiado.
- Yo los
plancharé; por eso no te preocupes. El que llevas puesto te sirve para ir a la
oficina. Un día es un día.
- ¡Si no queda
otro remedio!
César la toma
por una mano y la levanta. Ambos entran en el dormitorio. El enciendo la luz.
- Veo montañas
de trabajo por todas partes - dice Elena.
César se fija
en algo que hay en la pared.
- ¡Estos
pintores! ¡Mira lo que han dejado!
- Una mancha...
Pues no me había dado cuenta al marchar.
- Por culpa de
las prisas. Mañana les avisaremos, por muy amigos que sean. A la hora de cobrar
fueron bien exigentes.
- ¿No habrá
salido a causa de tener cerrada la habitación?
- Supongo que
no.
- ¿Y por
humedad?
- ¿En este
tiempo? Además, aquí no padecemos de ese mal.
César pasa la
mano por la pequeña mancha. La retira alarmado.
- ¿Qué ocurre?
- Ha sido una
extraña sensación...
- ¡Estás
pálido!
- No esperaba
esa viscosidad.
- Déjame a
mí...
- ¡No la
toques!
- Pero si yo...
- Es demasiado
desagradable.
- Siempre has
sido muy aprensivo.
- No se trata
de una mancha corriente.
- Pues no
parece otra cosa.
- Hace un mes
que hemos salido de vacaciones. Tenía que estar seca, como el resto de la
pintura.
- Anda,
descansa.
- Además, ¿no
se mueve?
- ¡Qué
tontería!
César estudia
detenidamente la mancha mientras se desviste.
- Llamaré al
pintor - dice - por pura curiosidad.
- Ya es
bastante tarde...
- Las once.
Estará despierto.
- Si así dejas
de contemplar la mancha como un papamoscas, llama.
- ¿Diga?
- Oye, soy
César...
- Se acabaron
las vacaciones, ¿eh?
- Sí, ya
sabes...
- ¡Qué suerte
tienen los que van sin los días contados! ¿Para qué me llamas, a todo esto? ¿No
te ha gustado la pintura?
- ¡Oh sí, por
supuesto! Pero, atiende, me he encontrado en el dormitorio con una mancha en la
pared. Una mancha no muy grande y de un color... de un color como el de la
sangre...
- La habitación
está pintada de verde...
- Es raro, ¿no?
Y no se encuentra seca.
- Entonces,
amigo, eso no es una mancha.
- ¿Qué opinas?
- Yo sólo
entiendo de pintura. Si lo deseas, puedo pasar mañana.
- Muchas
gracias, será lo mejor. Adiós.
César cuelga el
auricular con gesto pensativo. La voz de Elena le hace volver a la realidad.
- ¿Has acabado?
- Voy, voy
ahora mismo.
Elena, cuando
César entra en el dormitorio, ya está acostada.
- Quiero
dormir...
- Joaquín me ha
dicho que pasará mañana.
- Muy bien.
El mira
nuevamente la mancha. Frunce las cejas.
- ¡Juraría que
ha crecido de tamaño!
- Apagaré la
luz.
César se
acomoda en el lecho.
Las cortinas de
la ventana son mecidas por el viento. Algunos anuncios luminosos,
intermitentes, destacan por encima de los tejados. Los débiles rayos de la luna
penetran en la habitación, recortando los objetos.
En la cama,
Elena duerme profundamente abrazada a la almohada. A su lado, César apoya la
cabeza en las manos. Está despierto y fuma un cigarrillo. Procurando no
molestar a Elena, se levanta. Ante la mancha, susurra:
- Palpita,
palpita...
Duda si tocarla
nuevamente. Lo hace y siente la misma sensación que la vez anterior. Sale con
cuidado de la habitación. Y marca una cifra en el teléfono.
- ¿Esteban?
- ¿A quién
diablos se le ocurre...?
- Soy César. Ya
sé que son las dos de la madrugada...
- Algo es
algo...
- Déjame
explicarte antes de que me cuelgues: en mi dormitorio hay una mancha que...
vive.
- ¿Una mancha
que vive? Has tomado el sol, ¿no tendrás fiebre?
- ¡Me encuentro
perfectamente, no te burles!
- Te escucho,
te escucho...
- La mancha...
¡Crece!
- No comprendo
absolutamente nada.
- Ni yo. ¿Has
visto en tu vida algo semejante?
- Claro que no.
¿Y por qué me llamas a mí?
- Como eres
biólogo he pensado que...
- Los biólogos
y las manchas de la pared, como comprenderás, tenemos muy poco en común.
- ¡Si se mueve!
- Mañana tengo
que levantarme temprano. Así que te ruego...
- Está bien.
Perdona si te he molestado...
- Tal vez te
visite... ¡Uf!
César oye cómo
Esteban cuelga con brusquedad. Da unos cuantos pasos, sin saber hacia dónde ir.
- Tal vez yo
reaccionara de la misma manera...
- Primero, un
agudo y extraño silbido; después, la mancha... ¿Puede haber algo de común entre
ambos fenómenos?
Sus ojos
contemplan las estrellas.
- Una noche
demasiado... silenciosa. ¿Dónde podría encontrar la respuesta?
Del portal de
la casa sale un hombre encorvado. César lo llama.
- ¡Doctor!
El hombre mira
distraídamente hacia otras partes.
- ¡Señor Canal,
aquí arriba!
- ¡Caramba!
Buenas noches, vecino. Apenas le he oído.
- Es que, si
grito más, despertaría a Elena.
- ¿Y cómo a
estas horas despierto?
- No acabo de
conciliar el sueño.
- Tome una de
esas pastillas que le he recomendado; le irán bien.
- ¿Qué
pastillas?
- Entonces, ¿no
ha sido a usted? ¡Siempre tan distraído!
- Doctor,
¿podría subir un momento?
- ¿Se encuentra
mal su mujer?
- Todo lo
contrario. Es que...
- ¿Diga?
- Hay una cosa
rara en la pared, como una mancha... Pero no es una mancha.
- Hijo, acaban
de llamarme urgentemente para ir a un parto. El niño no se presenta en buena
posición... César, ¿qué puedo hacer?
- Es que esa
cosa... ¡palpita!
- Interesante.
¿Le parece bien que entre cuando regrese?
- Se lo
agradecería. Crece. Ya ha aumentado de tamaño varias veces.
El doctor
consulta su reloj.
- ¡Se está
haciendo tarde!
- Hasta
luego... ¡Y no se olvide!
- Haré todo lo
posible... Ya sabe que mi memoria...
El doctor
desaparece por una esquina. César se acerca a la mancha, que ya le falta poco
para ocupar casi toda la pared. César mira angustiado a Elena. Después de un
momento de duda toma un candelabro entre sus manos. Lo levanta y da a la mancha
con él. El candelabro, rebota. La mancha ha quedado intacta. En cambio el
candelabro, ante el asombro de César, se ha roto.
- Es
imposible...
Elena se
remueve. Pregunta entre sueños:
- ¿Qué haces?
- iOh... he...
he tropezado! No acabo de poder dormir y fumo.
- Bien...
César espera a
que la respiración de Elena le indique que duerme de nuevo. Deja el candelabro
y pasa a la sala de estar. Su frente está bañada en sudor, así como las palmas
de las manos.
Ninguno de los
libros de la biblioteca le puede informar. Lanza el último de los consultados,
con rabia. Se sienta.
- ¿Y si no es
nada? Parece una pesadilla, una cruel pesadilla. En cambio, estoy seguro de que
algo ocurre. ¿Por qué esta noche tan silenciosa? Suposiciones mías. Esa mancha
vive... ¿Qué es? ¿Cómo ha llegado hasta aquí? Tal vez el silbido fuera....
La mano de
Elena en su hombro, le sorprende. Ella parece un tanto nerviosa.
- César... he
visto esa mancha. Ocupa la pared... ¿Le has dado algún golpe?
- ¿Por qué lo
dices?
- El
candelabro...
- Sí, le he
dado un golpe. Pero se quedó impertérrita. Ni un gemido, ni un movimiento... El
candelabro, roto...
- Me parece que
no te has fijado muy bien.
- ¿Mas sucesos?
- El
candelabro... se funde.
- ¿Eh?
César corre
precipitadamente hacia el dormitorio.
Encima de la
mesa, el candelabro se deshace entre una nube azulada. César se acerca a la
mancha.
- ¡Monstruo!
¡Di, qué ser se esconde en esas palpitaciones! ¡Quién eres! ¡Qué deseas de
nosotros! ¡Habla! ¡Contesta!, ¡Criatura de los infiernos!
Elena le toma
por el brazo.
- Salgamos de
aquí...
César se deja
llevar. Elena cierra con llave la puerta del dormitorio.
- ¿Te enciendo
un cigarrillo? - le pregunta.
- Sí... sí...
Pero, ¿qué es?
- Tampoco yo lo
sé. Algo sucede en nuestra casa. Tenías razón, esa mancha no es corriente.
Es...
- ¡Un ser vivo!
- No habla, no
escucha, no le importa nuestra presencia.
- ¡Se ha
instalado en la habitación y somos incapaces de destruirlo! El candelabro...
¿Cómo puede hacer eso, qué poder tiene?
- Llama a la
Policía.
- ¿A la
Policía? ¿Lo creerán?
- Al menos se
acercarán hasta aquí.
- Buenas
noches. Servicio Nocturno.
- Algo grave
está ocurriendo en mi hogar...
- ¿Sí?
- Es... difícil
de explicar. Se trata de algo que se ha adherido a la pared y que crece... Era
como una mancha de pequeñas dimensiones. Y ahora, gigantesca...
- ¿Ha robado? -
se oye con cierto deje de ironía.
- ¡No! ¡Se
limita a crecer! ¿Es que le parece poco?
- Una mancha
viva...
- Exacto,
exacto...
- Atendiendo a
lo que me acaba de decir, yo le recomendaría llamar a los Bomberos. Si no ha
cometido ningún delito y se trata tan sólo de una mancha, que crece y palpita,
nada podemos hacer nosotros.
- ¡Estoy seguro
de que es un ser, una amenaza!
- No se
excite...
- ¡Todos igual!
César cuelga
malhumorado el teléfono. Elena, que ha seguido la conversación, lo abraza.
- ¿Vendrán?
- Me dice que
llamemos a los Bomberos.
- ¿No piensan
ayudarnos?
- No es de
incumbencia de ellos. Me han preguntado, si molesta, si roba... ¡Ridículo!
Ridículo mundo. Nadie piensa en nadie. En cuanto le cuentas a uno un problema,
lo único que desea es que acabes pronto para poderse ir. Tal vez el doctor
venga pronto; he hablado con él desde la ventana. Tenía que asistir a un
parto... Pero, tan solo, «tal vez» como el pintor y mi amigo el biólogo...
- ¡Llama a los
Bomberos! ¡Llama a todas las partes! Alguien... alguien nos atenderá.
- ¿Tú crees?
Elena no
contesta.
- Bien,
probaremos.
- ¿Dónde está
el fuego?
- Calma, se
trata de...
- ¿No hay
fuego? ¿Es una broma?
- Fuego,
fuego... ¡Algo peor!
- Un
derrumbamiento... ¿Peor que el fuego? No es posible.
- Han de venir
urgentemente para acabar con una mancha que hay en la pared. ¡Espere, no es una
mancha!
- Le advierto
que si piensa divertirse a costa nuestra le costará caro.
- Hablo en
serio, señor, demasiado en serio. ¡Y estoy cansado de que nadie me haga caso!
- O sea, que ya
se ha dirigido a otros organismos.
- Sí.
- Y le han
tomado por un loco...
- Pues...
exactamente...
- ¡Lo está!
- Se lo ruego,
un momento. Yo...
Pero el bombero
ya ha colgado. Mira desesperado a Elena.
- Me ha
dicho... que estoy loco.
- Tampoco
ellos. Y ahora, ¿a quién?
- ¿Y si estamos
locos? ¿Será todo producto de alucinaciones nuestras?
- ¡Eso no es
cierto! Lo que han visto nuestros ojos existe.
- Nadie nos
comprende.
- Lo mejor será
irnos. A un hotel.
- Tengo clavada
aquí esa criatura - señala la cabeza -. No me iré sin saber qué es.
Elena, al oír
la llamada, abre la puerta. Aparece ante ella el doctor, que busca
aparatosamente las gafas por sus bolsillos.
- ¡Ajá! Ha sido
un buen parto... un buen parto. Me siento feliz. Un nuevo ser siempre hace
feliz a un doctor. Y hasta es guapo. Eso sí, un chico guapo. Ehhh...
¿preocupados?
- ¿No se
acuerda? - le pregunta César.
- La verdad es
que me he dado cuenta, de pura casualidad de que había quedado en pasar por
aquí. Pero ¡qué distraído soy!... en estos momentos...
- Una mancha
que crece, que crece, ¡que crece!
- ¡Ah, ya!
Veamos de qué se trata.
La mancha se
extiende ya por el suelo y por el techo.
- ¿La ve? ¡Es
monstruosa! Y ahí, en su centro, palpita.
- Me pondré las
gafas... Ando bastante mal de la vista. El doctor se acerca a la mancha y la va
a tocar.
- ¡No lo haga!
- exclama César.
- Joven, usted
tiene la virtud de asustarme.
El doctor toca
la mancha. Retira la mano con un gesto de asco.
- ¡Viscosa!
- Ya le
advertí...
- Parece
viva...
- ¿Qué podemos
hacer?
- Un animal...
- ¡Qué cosas,
doctor! Un animal...
- Elena, rocíe
un trapo con gasolina.
Ella se va.
César le susurra:
- Doctor, estoy
asustado.
- ¡No sea
ingenuo! Esto ha de tener una explicación sencilla, lógica, natural... ¿O cree
en fantasmas?
- Al menos los
fantasmas son incorpóreos.
- Debe ser
resistente.
- ¡Y tanto!
- Vamos,
vamos..., tenga paciencia.
- Me trata
usted como a un enfermo.
- En el fondo,
todos estamos enfermos de algo...
Elena entra con
el trapo. El doctor lo prende y lo arroja al centro de la mancha.
- ¿Y qué
consigue así? - le pregunta César.
- Esto acabará
con la mancha.
Pero el fuego
se apaga y la mancha prosigue palpitando.
- ¡Qué terca es
la Naturaleza algunas veces! - exclama el doctor -. curioso, curioso. Si se
tratara de un ser vivo hubiera tenido que dar muestras ante el fuego...
- ¿La
Naturaleza? Esto es antinatural... Algo nuevo, distinto, diferente...
La mancha llega
a los pies del doctor.
- ¡Cuidado! -
grita Elena, dando un empujón al hombre.
El doctor
retrocede y se la caen las gafas.
- ¡Qué
contrariedad! Están rotas... Sin gafas soy incapaz de hacer nada, absolutamente
nada.
- Dígame a
mí...
- Mañana,
mañana será todo más lúcido. ¡Qué pena de gafas!
- ¿Va a dejar
esto así, conformándose con haberle lanzado un trapo ardiendo?
- No hay
peligro... ¿O quiere que le tome el pulso?
- ¡Es usted
médico!
- Miren, lo más
prudente es que descansan.
- ¿Con esa
criatura?
- Dejen la
puerta cerrada. En cuanto amanezca compraré unas gafas. Y ya veremos qué se
puede hacer.
- Mañana,
Mañana... Mañana se reunirán aquí un puñado de gente... ¡Pero mañana puede ser
tarde!
- ¡No sea
melodramático!
César cierra la
puerta tras el doctor con evidente enojo.
- Despertarás a los vecinos - le dice Elena.
- ¡No importa!
- Puede ser que
el doctor tenga razón, que lo que necesitamos es descansar. Así, nos agotaremos
en vano. César, te lo repito, vámonos de aquí.
- ¿Por qué nos
habrá caído a nosotros esta desgracia? ¡Acabaré con esa mancha, con esa bestia,
con esa criaturas. Abre un mueble y saca un hacha.
- ¡No entres,
es...!
- Una locura,
no te lo calles.
César abre la
puerta del dormitorio lentamente. Desaparece tras de ella. Elena se queda en la
sala paralizada, presa de angustia. Y escucha los golpes. Uno, otro...
Esteban llama
repetidamente a la puerta. Por las escaleras, el doctor vacila en cada peldaño.
- Perdone,
¿usted sabe si están los señores Rodríguez?
- Me he dormido,
me he dormido estúpidamente. ¿Eh, eh?
- Si sabe si
están los señores Rodríguez?
- Pues... ¿Ha
llamado?
- No contestan.
- Habrán
salido. Son jóvenes como usted... La vida por delante. Por cierto... yo, ayer,
por la noche... ¡Ah, sí! ¡Qué torpeza qué torpeza! Sí, estuve con ellos...
- A mí me llamó
César. Que si una mancha en la pared...
- ¡Recuerdo,
recuerdo! Eso, una mancha en la pared. ¿Sabe? Es curioso, curioso. Si no están
es que ha desaparecido...
Esteban llama
otra vez.
- No contestan.
Vaya con lo que me supuso encontrar un poco de tiempo en el laboratorio para
acercarme aquí.
- ¿Se va?
- Sí, claro.
- Entonces
ayúdeme a bajar las escaleras. Es que se me rompieron las gafas... ¿Dónde se me
rompieron? Qué cabeza, qué cabeza...
- Le acompañaré
con mucho gusto...
A los pocos
meses, el mundo fue una mancha roja, que palpitaba.
FIN
Escaneado
por Sadrac 2000