Frederik Pohl
22 12 2213 1900
hug
Querida mamá:
Como suele
decirse aquí, en Casiopea 43-G, hay buenas y malas noticias. Las malas
noticias: no hay nuevos puestos de trabajo para graduados en astrofísica y
mecánica cuántica. Las buenas noticias: conseguí un empleo. Empecé ayer.
Trabajo como instructor para una escuela de conducción.
Ya sé que dirás
que no es ninguna carrera para un hombre de veintiséis años que cuenta con un
doctorado, pero me ayuda a pagar el alquiler. Además, es mucho mejor de lo que
tendría si me hubiera quedado en la Tierra. ¿Es cierto que la tasa de desempleo
de Chicago asciende al ochenta por ciento? ¡Jo! En cuanto cobre por adelantado
unos cuantos megadólares, os invitaré a que vengáis a visitarme para que veáis
cómo vivimos aquí. ¡Posiblemente no queráis volver a la Tierra!
No quiero que
te preocupes, pero debo decirte que me pagan extra por hacer un trabajo
peligroso. Se trata de un aspecto técnico. En los contratos de los instructores
de conducción suele figurar esta cláusula, pero en realidad no nos ganamos el
extra. Al menos, no siempre, aunque se dan casos como el de ayer. El primer
estudiante que tuve fue una joven venida directamente de la Tierra. ¡Menuda
malcriada! Ya sabes, una chica rica, y supongo que se puede decir que es guapa,
acostumbrada a hacer lo que quiere. Sé llama Tonda Aguilar. ¿Has oído hablar de
los Evanston Aguilar? ¿Los de la industria de los alimentos recombinantes?
Supongo que son verdaderamente ricos. Pues la chica tiene su propio velomotor,
y estaba furiosa porque no podía conducirlo con el permiso de la Tierra. Ya
sabes, aquí tenemos un campo supresor y en cuanto un vehículo entra en el
sistema, zas, se apaga y se queda flotando hasta que algún piloto con permiso
va a recuperarlo y lo trae hasta aquí. Me hice cargo de ella, y desde un
principio comenzó a darme la tabarra.
«¡No le des
tanto impulso al despegue! ¡Quemarás los tubos! ¡No conduzcas con el reversor
en hipermarcha! ¡Sal de la órbita baja...! ¿Quieres destrozarnos?», y cosas por
el estilo.
Uno tiene sus
límites. Un instructor es casi como el capitán de una nave, ya sabes. ¡Es quien
manda! Por eso le expliqué que no me llamaba «Cabeza de chorlito» ni «Pedazo de
animal», sino James Paul Madigan, y que se suponía que eran los instructores
los que debían gritarles a sus alumnos, y no al revés. En fin, la verdad es que
se trataba del velomotor de la chica, que por cierto está muy bien mantenido.
No la culpo por ponerse nerviosa al ver que otra persona lo conducía. Por eso
decidí que la lección fuera realmente simple. Practicamos las órbitas de
aparcamiento, porque si no eres capaz de hacerlas, no mereces que te den el
permiso. La verdad es que la chica es un desastre. Parece fácil, pero
constituye todo un arte cortar la hipermarcha justo en la velocidad residual
exacta para poder deslizarse y entrar en las coordenadas asignadas. Cuanto más
lo intentaba, más lejos se iba. Finalmente, me exigió que la llevase de vuelta
al puerto espacial.
Adujo que yo la
ponía nerviosa. Dijo que mañana conseguiría otro instructor, o bien se iría a
otro sistema dónde no hubiera chimpancés de la beneficencia dando clases de
conducción.
La dejé que
rabiara un rato. El siguiente alumno que tuve fue un fomalhautiano. Ya conoces
a esa especie: tienen dos cabezas, escamas y colas bifurcadas, y son los que
siempre están fastidiando en los Sistemas Unidos. Si te crees lo que dicen en
el vidcom, estos seres son siempre malas noticias; de hecho, el motivo por el
que Casiopea instaló el campo supresor fue porque sospechaban que los
fomalhautianos tenían intenciones de invadirnos y apoderarse de 43-G. ¡Pero
éste es estupendo! Obedeció todas las indicaciones. Jamás me discutió nada. Se
disculpó cuando por error se acercó demasiado a uno de los miniagujeros negros,
cerca del primario. Dijo que era porque no estaba familiarizado con la nave de
la escuela, y que en la clase siguiente prefería usar su propio yate espacial.
Logró alegrarme el día, después de haber tenido a esa estúpida y malcriada
ricachona.
Para serte
sincero, fue un alivio tener un motivo de alegría. Me sentía solo y deprimido.
Probablemente se deba a que se acercan las vacaciones. Resulta difícil creer
que allá en Chicago sólo falten tres días para Navidad. Todos los escaparates
estarán llenos de holodecoraciones y en Grant Park habrá un enorme árbol, y
apuesto a que estará nevando... Aquí, en Casiopea 43-G, es como si estuvieras
en un baño turco con interludios de Cataratas del Niágara.
Mamá, te deseo
una muy feliz Navidad. Espero que mis regalos hayan llegado bien.
Un abrazo,
JIM PAUL
25 12 2213
tarde
Querida mamá:
Está a punto de
terminar el día de Navidad. Aunque aquí, en 43-G, no difiera mucho de los demás
días. Los colonos humanos son casi todos budistas o musulmanes, y los demás,
bueno... ¿Has visto a los tipos que andan por los Sistemas Unidos construyendo
Palatinos? También los has olido, ¿no? Especialmente a los arturianos. No sé si
esa gente tiene o no fiestas religiosas, y estoy segurísimo de que no quiero
saberlo.
Teniendo en
cuenta que me ha tocado trabajar todo el día, no ha sido una Navidad tan mala.
Cuando le conté a Torklemiggen - el fomalhautiano del que te hablé - que hoy
era una gran fiesta para nosotros, se echó a reír y dijo que los mamíferos
tenían unas costumbres realmente peculiares. Y cuando supo que parte de la
costumbre consistía en intercambiar regalos, se quedó pensando un rato. (Cuando
los fomalhautianos piensan, sus cabezas se murmuran cosas al oído, ¡grotesco!)
Acto seguido, declaró que le habían dicho que iba contra las leyes que un
estudiante le diera nada a su instructor de conducción, pero que si quería
conducir un rato su yate espacial, me lo dejaría. Dijo que permitiría que lo
registrasen en los libros de la escuela como una clase más, para que me
pagasen. ¡Imagínate si no iba a aceptar! Tiene un yate fenomenal. Es largo y
ahusado, más o menos con forma de tiburón, se parece al TU-Lockheed, serie
4400, con pantallas de radar-glifo y una velocidad de crucero de casi 1800 años
luz. No sé cuál es la velocidad máxima que puede alcanzar, porque al fin y al
cabo no pudimos salir de nuestro sistema.
Como verás,
utilizamos su propia nave, que, obviamente, es de fabricación fomalhautiana.
¡Para un humano no es fácil conducirla! Aunque yo sea el instructor y
Torklemiggen el alumno, al principio me sentí un poco confundido. No lograba
hacerla despegar, hasta que él me explicó cómo iban los controles y me indicó
cómo leer los instrumentos. Todavía hay muchas cosas que desconozco, pero al
cabo de unos minutos logré manejarla lo bastante bien como para que no nos
matáramos. Torklemiggen no paraba de provocarme para que orbitara los agujeros
negros. Le dije que no podíamos; en una de sus caras se le dibujó una especie
de mueca, y sus dos cabezas se pusieron a cuchichear durante un rato. Sabía que
estaba pensando en algo divertido, pero al principio no logré descifrar qué
sería. ¡Luego lo averigüé!
Ya sabes que
CAS 43, nuestra primaria, es una gigante roja que posee una inmensa fotosfera.
¡Torklemiggen se jactó de que podríamos atravesar la fotosfera con su nave! Por
supuesto que me costó creerle, pero insistió tanto, que lo intenté. ¡Tenía
razón! ¡Pasamos justamente por el centro de ese plasma a treinta mil grados,
como si nada! El casco comenzó a ponerse rojo, luego amarillo, luego color de la
paja - se veía en los bordes de la pantalla del radar-glifo - y sin embargo, la
temperatura interior se mantenía en 400. Que, por cierto, es la temperatura
normal de 43-G. Hacía calor, si estás acostumbrado a Chicago, pero nada
comparado con el que hacía afuera. Y cuando volvimos a salir al vacío no se
produjo un choque térmico, ni sobrecarga de potencia, ni confusión en los
instrumentos. ¡Perfecto! Resulta difícil creer que un individuo pueda
permitirse el lujo de tener una nave así para su uso privado. ¡Fomalhaut ha de
contar con planetas riquísimos!
Cuando
aterrizamos, con más de una hora de retraso, la tal Aguilar me estaba
esperando. Le informaron que la escuela no permitía el cambio de instructores
una vez asignados. Pude habérselo dicho, forma parte de las normas. De modo que
tuvo que calmarse y esperarme. Imagino que en algún rincón de su terca
personita guardaba un poco de espíritu navideño, porque se comportó de un modo
bastante cortés. Por cierto, cuando le ordené que hiciera órbitas de aparcamiento,
noté que había mejorado mucho con respecto a la vez anterior. ¡Lo que hace un
instructor de primera!
Bueno, el viejo
cronómetro de pared me indica que ya ha terminado el día de Navidad, al menos
si se sigue la Hora Universal Greenwich, pero supongo que en Chicago aún os
faltan unas horas. Ah, mamá, una cosa. Los paquetes de Navidad que me enviaste
aún no me han llegado. Había pensado mentirte y decirte cuánto me habían
gustado, pero me educaste para que dijera siempre la verdad. (¡Además, no sabía
por qué darte las gracias!) En fin, feliz Navidad una vez más de
JIM PAUL
30 12 2213 0200
hug
Querida mamá:
Otro día, otro
kilodólar. Mi primer alumno de hoy fue un chico de dieciséis años. Uno de esos
listillos, no sé si me explico. (Probablemente no me comprendas, porque nunca
tuviste hijos así.) El padre de este chico fue piloto de combate de la marina
de Casiopea; no quieras imaginar cómo conduce el chico. Y eso no fue lo peor.
Había oído hablar de Torklemiggen. Cuando intenté explicarle que antes de ir deprisa
tenía que aprender a ir despacio, me soltó una perorata. Que cómo no me había
enterado de que su padre decía que los fomalhautianos eran enemigos
traicioneros de la forma de vida casiopeana. Que cómo no sabía que su padre
decía que esperaban tener una oportunidad para invadimos. Que cómo no sabía...
Cuando me harté
de que el mocoso me dijera todas las cosas que yo no sabía, le indiqué que él
no era tan afortunado como Torklemiggen. Porque sólo tenía un cerebro, y si no
lo usaba todo para conducir la nave, iba a suspenderlo. Eso lo hizo callar.
Las cosas no me
fueron muy bien después, porque tuve que darle clase a una señora gorda que no
debería obtener permiso para conducir nada superior a unos patines. Tiene
cuarenta y seis años, y nunca ha conducido en su vida, pero como su esposo
consiguió empleo en una mina asteroide, la mujer quiere llevarle la comida
todos los días. ¡Espero que sea mejor cocinera que piloto!
En fin,
intentaba que la mujer se sintiese cómoda, para que no acabara estampándonos en
el núcleo de un cometa o algo por el estilo, y, para ello, le comenté lo del
chico. Me escuchó, llena de comprensión, ya sabes lo frescos que son los
adolescentes de hoy en día, hasta que le mencioné que discutíamos por mi alumno
fomalhautiano ¡Tendrías que haberla oído! Mamá, juro que los casiopeanos se
vuelven psicóticos cuando se habla de este tema. Ojalá estuviera aquí
Torklemiggen, así podría comentárselo. Alguien dijo que el motivo por el que
CAS 43-G instaló el sistema supresor fue para evitar que nos invadieran,
imagínate. Pero Torklemiggen no está porque tuvo que volver a su casa. Según
dijo fue por negocios. Comentó que regresaría la semana próxima para terminar
con las clases.
Tonda Aguilar
ya está acabando el curso. Dentro de unos días volará en solitario. Fue la
última alumna que tuve hoy, quiero decir ayer, porque ya es más de medianoche.
Hice que practicara acercamientos G-cero a los asteroides de baja masa, y como
quien no quiere la cosa, le comenté que me sentía un tanto solo. Resultó que
ella también, de modo que para mí fue toda una sorpresa descubrirme
preguntándole qué hacía mañana por la noche, y ella me sorprendió más cuando
aceptó la invitación. No se trata de ningún romance, mamá, de modo que no te
hagas ilusiones. ¡Lo único que pasa es que creo que somos los únicos dos seres
de todo este sistema que saben que mañana es nochevieja!
Un abrazo,
JIM PAUL
02 01 2214 2330
hug
Querida mamá:
Esta mañana
recibí tu carta; me alegra saber que tu pierna ha mejorado. ¡Posiblemente la
próxima vez nos hagas caso a mí y a papá! Recuerda que cuando te la compraste,
los dos te rogamos que adquirieras una nueva, de fábrica, pero tú venga, a
insistir con que una reconstrucción serviría igualmente. Ahora ya lo ves.
¡Siempre se sale perdiendo cuando se quiere ahorrar en estas cuestiones de la
salud!
Lamento haberte
hablado de mis alumnos sin darte una idea de sus aspectos. En cuanto a Tonda,
tiene fácil arreglo. Te envío una holo de los dos que sacamos esta misma tarde,
para celebrar que había terminado el curso. Mañana volará en solitario. Como
podrás apreciar, es una mujer realmente guapa, y me equivoqué al juzgar que era
una malcriada. Vino hasta aquí ella sola, para trabajar como dermatóloga. No
quiso aceptar el dinero de su padre; lo único que tenía cuando llegó era el
velomotor, su título y la ropa que traía en la maleta. Es de admirar. En cuanto
llegó, se puso en contacto con uno de los mejores centros cosméticos de la
ciudad, y gana más que yo.
En cuanto a
Torklemiggen, será más difícil. Intenté sacarle una holofoto pero se enfadó
mucho y se puso realmente desagradable. ¡Dijo que los seres inferiores no
tienen ningún derecho a adorar imágenes fomalhautianas! ¿Qué te parece? Intenté
explicarle que no era mi intención, pero se echó a reír. Tiene una risa nefasta.
La verdad es que ha cambiado mucho desde que regresó del viaje de negocios a
Fomalhaut. Está peor. No quiero insinuar que haya cambiado físicamente.
Físicamente me lleva una cabeza, sólo que él tiene dos. Me refiero a las
cabezas. La de la izquierda es para hablar y respirar, y la de la derecha, para
comer y mostrar los cambios de expresión. Resulta muy extraño verlo contar un
chiste. Y ahora que lo digo, sus chistes también son muy extraños. Como
ejemplo, mira el que me contó esta tarde: «¿Qué diferencia hay entre un
mamífero y un hagensbiffik asado con salsa de murgurí?» Cuando le contesté que
ni siquiera sabía lo que eran esas cosas, y que menos iba a saber cuál era la
diferencia entre ellas, se echó a reír tontamente y me dijo: «¡No hay ninguna diferencia!»
Vaya espectáculo. Su cabeza de la izquierda, la parlante, lanzaba su tonta
carcajada inexpresiva, mientras la de la derecha se le arrugaba toda por la
risa. Vaya sentido del humor. Debí decirte que la cabeza izquierda de
Torklemiggen se parece a la de un chimpancé, y la de la derecha, a la de un
zorro. O quizá a la de un lagarto, por las escamas. No es guapo, ¿me entiendes?
Pero no se puede decir lo mismo de su nave. Es lo más estupendo que he
conducido en mi vida. Tengo la impresión de que en el último viaje le hizo
agregar unos accesorios, porque noté cinco o seis lecturas nuevas y otros
controles manuales. Cuando le pregunté para qué servían, me contestó que no
tenían nada que ver con la conducción, y que no tardaría en enterarme. Supongo
que sería algún otro chiste fomalhautiano.
Seguiría
escribiendo, pero mañana tengo que levantarme temprano. Desayunaré con Tonda,
le daré las últimas instrucciones antes del vuelo en solitario. Creo que
aprobará. ¡Para haber sido Miss Illinois es muy inteligente!
Un abrazo,
JIM PAUL
03 01 2214
tarde
Querida mamá:
Tu paquete de
Navidad me ha llegado hoy. Realmente bonito.
Me encantaron
los calcetines. Me vendrán estupendamente si regresara a Chicago a visitamos
antes de que haga calor. Las galletas llegaron molidas, aunque estaban
deliciosas. Tonda dijo que eran mejores que cualquier cosa que ella lograra
cocinar; se refería a antes de que pasaran por la aduana de CAS 43-G.
Torklemiggen
está casi a punto de volar en solitario. Para serte sincero, me alegraré de no
volver a verlo. Cuanto menos falta para que obtenga su permiso de conducir, más
difícil se me hace aguantarlo. Esta mañana, en cuanto entramos en la órbita
alta, comenzó a comportarse de una manera alocada. Practicábamos curvas en
concordancia con los satélites. Ya sabes, cuando uno se acerca en una curva de
tracción asintónica, silbando a través de la atmósfera superior del satélite y
luego se vuelve al espacio. Nadie hace nada parecido cuando se pone a conducir
en serio, porque ¿qué es lo que hay en los satélites de este sistema digno de
visitarse? Pero la cuestión es que no te aprueban el examen si no sabes
hacerlas.
El problema fue
que Torklemiggen creyó que ya sabía cómo hacerlas mejor que yo. Le quité los
controles para enseñarle, y se puso hecho un basilisco. «¡En mi cuarta estrella
interior hago mejores curvas que tú!», gruñó su cabeza izquierda, mientras que
la derecha me miraba como una serpiente de cascabel dispuesta a atacar.
Realmente perverso. Cuando por fin le dejé tomar los controles, comenzó a
realizar curvas en uno de los miniagujeros negros. Es la contravención más
grave que pueda existir. «Deja de hacer eso ahora mismo - le ordené -. Está
prohibido acercarse a menos de cien mil millas de esas cosas. ¿Cómo has
aprobado el examen escrito si no sabes eso?»
«¡No excedas tu
condición, mamífero!», me espetó, y volvió a lanzarse en picado hacia el
agujero negro. Sus manos anteriores estaban posadas sobre los controles de
propulsión, mientras que sus manos posteriores se extendían para acariciar los
botones del nuevo equipo. Durante todo el rato, la cabeza de la izquierda no
cesó de reír y jadear, como si fuera un loco salido de una película de terror.
«Si no obedeces
las instrucciones - le advertí -, no te aprobaré para que vueles en solitario.»
Eso lo puso en su lugar. Por lo menos se calmó. Pero se pasó engurruñado el
resto de la clase. Como no me gustaba la forma en que se estaba comportando, le
quité los controles para el aterrizaje. Simplemente por curiosidad intenté ver
qué eran los nuevos botones. «¡Mamífero retardado! - chilló su cabeza
izquierda, mientras la de la derecha se volvía prácticamente rosa pálido de
terror -. ¿Quieres destruir el planeta?»
Para entonces,
ya me habían entrado ciertas sospechas, de modo que le pregunté sin más rodeos:
«¿Qué es esto, una especie de arma?»
Se quedó sin
palabras. Sus dos cabezas se pusieron a cuchichear durante un minuto y luego me
contestó, muy tieso y formal: «¿Me hablas de armas cuando vosotros, mamíferos,
tenéis en órbita esos agujeros negros? ¿Habéis considerado el potencial que
encierran como armamento? ¿Podéis imaginaros lo que uno de esos agujeros haría
si fuese dirigido hacia un planeta?» Hizo una pausa, y luego dijo algo que me
dio que pensar: «¿Por qué crees que los míos quieren traer la cultura a este
sistema? Sólo para demostrar la utilidad de estos objetos.»
A partir de ese
momento no nos dijimos gran cosa, pero yo no podía dejar de pensar.
Después del
trabajo, cuando Tonda y yo estábamos en el parque, dándole de comer a los
cangrejos voladores y escuchando el canto de los árboles, se lo comenté. Se
quedó callada durante un momento. Luego me miró y dijo seriamente: «Jim Paul,
es muy feo decir lo que voy a decirte de cualquier persona o ser, pero suena
como si Torklemiggen tuviera intención de conquistar este sistema.»
«Pero, ¿quién
querría hacer algo así?», le pregunté.
Tonda se
encogió de hombros. «Sólo era una idea», se disculpó. El resto del día no
hicimos otra cosa que pensar en aquello, a pesar de lo ocupados que estuvimos
procurando sacar las pruebas genéticas y todo eso... pero ya te lo contaré más
adelante.
Un abrazo,
JIM PAUL
05 01 2214 2200
hug
Querida mamá:
Fíjate bien en
la fecha, 5 de enero, porque tendrás que recordarla durante mucho tiempo. Esta
noche, grandes noticias de CAS 43-G... Pero antes, como dicen en el tubo,
dedicaremos nuestra atención a otros temas.
Déjame que te
cuente lo de ese pájaro llamado Torklemiggen. Esta mañana voló en solitario. Yo
asistí en calidad de piloto de comprobación desde una nave de la escuela, y
volé en órbitas concordantes a las de él, mientras realizaba todo el examen
desde su propio yate. Debo admitir que era casi tan bueno como él mismo creía.
Entraba y salía de la hipermarcha sin que se pudiera detectar ninguna
sobrecarga de potencia. Lanzó su nave en un tirabuzón y apagó todos los
motores; de repente, la nave comenzó a girar, a dar tumbos, a precipitarse;
salió de esa situación dibujando una órbita limpia, utilizando solamente los
propulsores laterales. Hizo órbitas de aparcamiento, y pasó por toda la serie
de pruebas sin ningún error. Seguía enfadado con él, pero no cabía ninguna duda
de que había demostrado poseer todas las habilidades necesarias para obtener el
permiso. Lo llamé por la frecuencia privada TBS y le dije: «Has aprobado, Torklemiggen.
¿Quieres un informe por escrito cuando aterricemos, o prefieres que te solicite
el permiso ahora mismo?»
«¡En este mismo
instante, mamífero!», me gritó, y luego añadió algo en su propia lengua que no
pude entender, como es lógico. Nadie más logró oírlo, porque los circuitos de
comunicación entre naves no tienen un alcance demasiado extenso. Supongo que
jamás lo sabré, pero la verdad, mamá, no me sonó amistoso. De todos modos,
había pasado.
Le ordené que
anulara sus controles y acto seguido pasé las notas de su examen a la
computadora maestra de 43-G. Al cabo de dos segundos, comenzó a chillar por el
TBS: «¡Vil mamífero! ¿Qué has hecho? Mi luz verde se ha apagado, los controles
no responden. ¿Se trata de alguna asquerosa treta de animal de sangre caliente?»
Sabía muy bien
cómo exasperarle. «Tranquilízate, Torklemiggen - le dije con tono de pocos
amigos, porque ya empezaba a herir mis sentimientos -. La computadora está
corrigiendo tu estado. Han eliminado tu permiso temporal para el vuelo en
solitario, así podrán levantar el campo supresor de forma permanente. En cuanto
vuelva a encenderse la luz, estarás plenamente autorizado y podrás volar por el
sistema sin supervisión alguna.»
«Ah», gruñó, y
por un momento oí el cuchicheo de sus dos cabezas. Entonces... mamá, iba a
decirte que se echó a reír estentóreamente por el TBS. Pero fue algo más que
una risa. Era nefasta, dejaba entrever como un placer maligno. «Mamífero
retardado y depravado - me gritó -, mi luz está encendida. ¡Toda Casiopea es
mía!»
Estaba
enfadadísimo con él. Es lógico esperarse un comentario así de un impulsivo
adolescente de dieciséis años que acaba de obtener su primer permiso. Pero no
de un alienígena de dieciocho mil años, que ha volado por toda la Galaxia. Me
pareció una locura. Y me llenó de preocupación. No sabía muy bien cómo
tomármelo. «Torklemiggen, no hagas ninguna tontería», le advertí por el TBS.
«¿Tonterías? -
me gritó -. Yo no hago tonterías, mamífero. ¡Observa lo poco tonto que soy!»
Acto seguido, se lanzó en picado hacia el hiperespacio... sin dejar rastro. Ni
una señal. Hice todo lo que pude para seguirlo, seis alfas de profundidad y
más. Por un momento creí que llegaríamos a Fomalhaut y todo. Pero siguió en ese
rumbo sólo durante un minuto. En medio de uno de los cinturones de asteroides,
lo abandonó, y cuando salí de los alfas para subir, vi su estilizado yate verde
lanzándose en picado contra un trozo de roca del tamaño de un edificio de
oficinas.
Cuando había
vuelto de su viaje, noté que una de las cosas nuevas que tenía el yate era un
círculo de husillos de color rubí alrededor del morro de la nave. Comenzaron a
brillar cada vez más. En un instante, emitieron una docena de haces luminosos
color rubí que se dirigieron hacia el asteroide. Se produjo un enorme destello brillante
y el asteroide desapareció.
Naturalmente,
aquello me preocupó mucho. Le grité como un loco por el TBS: «¡Torklemiggen, te
vas a meter en un gran lío! Ignoro cómo hacen las cosas en Fomalhaut, pero por
aquí, lo que acabas de hacer es motivo suficiente para que te suspendan el
permiso. ¡Por no mencionar que podrían hacerte pagar por el asteroide!»
«¿Pagar? -
chilló - ¡No seré yo quien pague, portador de vida funcionalmente inepto,
seréis tú y los tuyos! Y pagaréis de un modo espantoso, ¡porque ahora los
agujeros negros son nuestros!» Y volvió a salir al hiperespacio, y, una vez
más, lo único que pude hacer fue seguirlo.
Como es obvio,
en el hiperespacio no tiene sentido efectuar ningún tipo de transmisión. Tuve
que esperar hasta que estuvimos arriba, fuera de las alfas para contestarle, y
para entonces, no me importa decírtelo, yo estaba irritadísimo. Jamás habría
logrado encontrarlo visualmente, si no fuera porque el radar-glifo lo captó
cuando se disponía a apuntar hacia uno de los agujeros negros. ¡El muy bruto!
«Escucha, Torklemiggen, - le dije, procurando mantener un tono firme y calmado
-, te daré un consejo. Vuelve a la base. Aterriza tu nave. Dile a la policía
que te dejaste llevar por la alegría de haber pasado el examen. Posiblemente no
sean muy estrictos contigo. De lo contrario, te advierto que te estás buscando
una suspensión de treinta días, y podrían demandarte por daños y prejuicios los
de la empresa de asteroides.» Se volvió a oír el chiflido de su nefasta risa. Y
agregué: «¡Y ya te lo dije, no te acerques a los agujeros negros!». Pero Volvió
a reír y dijo: «Eres menos que un esmigstro vosotros, los mamíferos, seréis
unos animalitos de compañía muy divertidos ahora que poseemos estos agujeros
como armamento... ¡Para mí será un placer adiestrarte!» Creo que hablaba más
consigo mismo que conmigo. «¡En primer lugar, reduciremos este planeta! y
cuando el campo supresor haya desaparecido, nuestras fuerzas vendrán y
prepararán los agujeros negros. Luego, lanzaremos uno sobre cada planeta deshabitado
hasta que hayamos destruído vuestro poder militar. Y entonces...»
No acabó la
frase, sino que lanzó sus risitas cacareantes y nefastas.
Me sentía
incómodo. Aquello comenzaba a parecer como que Torklemiggen se proponía algo
más que unas jugarretas y diabluras bulliciosas. Se acercaba al agujero negro
al tiempo que canturreaba en su propio idioma, pero, de vez en cuando, en el
nuestro: «¡Hermoso navío de asalto, cuánta destrucción sembrarás! ¡Precioso
agujerito negro, qué catastrófico serás! Si serán idiotas estos mamíferos, que
creen que pueden prohibirme que me acerque a ti...»
En ese momento,
como suele decirse, se me encendió la bombilla. «Torklemiggen - le grité -, te
equivocas, ¡la prohibición de acercamos a los agujeros negros no es una mera
ordenanza de tráfico! ¡Es algo mucho más serio!»
Demasiado
tarde. No logré terminar porque ya había entrado en el límite Roche.
Al parecer, en
Fomalhaut no tienen agujeros negros. Si se lo hubiera pensado dos veces, se
habría dado cuenta de lo que ocurriría... Claro que si los fomalhautianos se
pensaran las cosas dos veces, entonces no serían fomalhautianos.
Es muy
desagradable contarte lo que ocurrió luego. Fue algo muy fuerte. Las fuerzas
gravitatorias atraparon su nave y la estiraron.
A través del
TBS me llegó un aullido asombrado, como de felino. Su transmisor falló. La nave
se partió en pedazos en el límite del Schwarzschild y los trozos se
convirtieron en plasma. Se produjo un veloz resplandor enceguecedor debido a la
energía de caída en el agujero negro, y eso fue todo lo que Torklemiggen diría,
o haría por el resto de su vida.
Salí de allí
todo lo rápido que pude. No es que me diera demasiada pena. Hacia el final, por
cómo hablaba, me dio la impresión de que se le habían ocurrido unas ideas
bastante peligrosas.
Cuando
aterricé, en el campo se ponía el sol, y la gente estaba señalando y mirando
hacia el sitio en el cielo en donde Torklemiggen se había estrellado contra el
agujero negro. Era todo nubes de plasma de color púrpura y naranja. ¡Había
logrado una puesta de sol realmente hermosa, y al menos debo reconocerle eso!
Aunque no tuve demasiado tiempo para admirarla, porque Tonda me estaba
esperando, y sólo disponíamos de unos minutos para presentarnos ante el
Director de Censos Suplente, de la división de Reclasificación, antes de que
cerraran la oficina.
Pero lo
logramos.
Bueno, te dije
que tenía grandes noticias, ¿no? Así es, porque ahora, tu adorado hijo es... tu
seguro servidor,
JAMES PAUL
AGUILAR-MADIGAN,
¡El recién
casado!
FIN
Edición
electrónica de Sadrac
Buenos Aires, Abril de 2001