LUIS G. PRADO - JOSAPHAT REY
A Jósef Korzeniowski.
Por lo que me es dado entender, la costa no tiene fin. Cuando el alto
cielo está despejado y las arenas humean con la reverberación del sol, en
esos días claros que son, ay, cada vez más raros, puede verse que la
costa, como una línea trazada con regla, se extiende imperturbable desde
el confín de levante hasta el remoto poniente. Su aspecto excita al
principio la curiosidad de los marineros recién venidos de las cubiertas
interiores, que llegan a pasar todas sus horas de ocio recorriéndola
detenidamente con la mirada, aguardando el instante huidizo en el que el
sentido de sus jeroglíficos se hará diáfano; paulatinamente el mudo enigma
de la costa les embota la imaginación y van perdiendo el interés por la
impenetrable empalizada vegetal que se alza, erizada de cañas y palmas,
paralela a la orilla. Al cabo de unos meses ya la miran sólo de soslayo,
buscando constantemente descanso para los ojos en otras formas que no
resplandezcan de ese verde selvático; en ese momento se ofrecen para
cualquier trabajo que surja, piden las tareas de enlace entre secciones y
pasan sus largos ratos de descanso hojeando postales pornográficas: se han
convertido en veteranos, y usan con soltura la blasfemia predilecta a
bordo del "Rey Salomón": ¡Maldita jungla!
¿No conocéis el "Rey Salomón"? Ah, es sin duda la nave más espléndida que
haya salido de los astilleros de Augusta la Nueva, tierra de pastores e
imperios, si bien es cierto que su presente estado no permite apreciar
toda la magnificencia de sus costados de hierro, gruesos de tres palmos, y
la gracia de su interminable hilera de chimeneas pintadas con los colores
de la patria. Naturalmente, hace mucho tiempo -tal vez años- que no
contemplo nuestro gallardo navío desde el exterior, pero mis nebulosos
recuerdos se refrescan en cada ocasión que paso la vista por las páginas
de nuestros libros y por los exquisitos grabados en sepia que contienen:
el "Rey" varado frente a bulliciosos puertos, frente a populosas ciudades,
frente a imponentes volcanes nevados, frente a desiertos iluminados por la
luna... Hoy las planchas de metal están corroídas por el óxido y largas
vetas de orín serpentean por entre las portillas de los cañones: lo sé
porque acostumbro a asomar la cabeza por encima de los "naranjeros", como
todos, y cuando la costa pierde su fascinación, los costados del "Rey
Salomón" son una alternativa para el solaz de la vista. Los cañones
enseñan el morro a trechos regulares: en nuestra propia cubierta, largos y
hermosos cañones negros con el ánima rayada hasta perderse de vista; hacia
arriba se distinguen hasta donde la neblina lo permite, y hacia abajo,
hasta la línea cuajada de algas fosforescentes que el agua traza contra el
casco del buque. Algunas portillas han desaparecido, llevadas por un golpe
de ese viento que se levanta sin previo aviso en estas latitudes; sin duda
los marineros de esas secciones artilleras deben mojarse cuando el monzón
se abate sobre esta costa desgraciada en gotas pesadas como monedas de
bronce, y cuando las tormentas hacen temblar con un rumor sordo al "Rey" y
gemir prolongadamente a sus ciclópeas cuadernas. Entonces hay que retirar
apresuradamente los cañones, valiosos pero inútiles si no se puede ver
hacia qué se dispara; incluso el capataz arrima el hombro y jala de los
cabos, como cualquier otro marinero, hasta que las poleas humean y todas
las piezas están perfectamente resguardadas. Luego cerramos las portillas
y nos arrebujamos en la penumbra, encendemos las velas que se guardan en
el armarito de los libros e iniciamos un juego de naipes; siempre hay
quien, cuando está de mala racha, levanta los ojos hacia el cielo, como
buscando atravesar las cubiertas superiores, y masculla una maldición
hacia las nubes que se arremolinan en lo alto, pero en realidad todos
agradecemos la quiebra en la rutina y la cortina de lluvia que se
interpone, por unas horas, entre nosotros y la siniestra masa de selva
virgen.
Desde la altura a la que se encuentra nuestra sección, puede divisarse
hasta una decena de metros jungla adentro. La franja visible se extiende
entre las cañas y altos matorrales de la playa y la hilera de árboles
negros que, como una segunda línea de fortificaciones, protege al enemigo
de nuestros ataques. Pues sólo una cosa es segura en estos días inciertos
a bordo del "Rey Salomón": que el enemigo existe. ¿Qué sentido tendría si
no el que los martes y los jueves, y los domingos si hace buen tiempo,
invariablemente descarguemos sobre la costa los proyectiles del diámetro
de una naranja que dan nombre a nuestros cañones? Al mediodía, cuando no
hay sombras que engañen al ojo, recibimos la orden de disparar. Nosotros
ya estamos preparados desde largo rato antes, pues el trabajo de cargar
las balas y aprestar las piezas es una agradable distracción que nos
permite sacudirnos el sopor de la rutina. Mediante un ingenioso mecanismo
de engranajes, los geómetras de la cubierta superior nos comunican
entonces la orientación que deben adoptar los "naranjeros", y una vez
fijado el tiro, los descargamos uno tras otro. Los proyectiles trazan
arcos finísimos y se pierden más allá de la línea arbolada, donde estallan
con un bramido sordo. Y a pesar de que están diseñados para causar gran
matanza, apenas parecen conmover la quietud del coloso verde; sólo cierta
vez, muy celebrada a bordo, una de las balas topó con un tronco añoso,
arrancándole astillas y hojas, y en otra ocasión una delgada columna de
humo se elevó del lugar donde había impactado el proyectil, pero el viento
la disipó pronto.
Después de nosotros solían descargar las secciones artilleras de las
cubiertas superiores, de la misma forma que minutos antes habrían
descargado las de las cubiertas inferiores, en un rugir continuado que se
prolongaba durante horas y que producía una humareda tal que la costa se
perdía momentáneamente de vista. Hoy ya no. En los buenos tiempos, el "Rey
Salomón" hacía llover plomo sobre la jungla como un maná que trajera la
muerte y no la vida, pero paulatinamente, quizá desanimadas por los
escasos frutos de su labor, unas secciones primero y luego otras fueron
callando. Al cabo de un tiempo, sólo unas decenas acudían a la cita del
bombardeo; finalmente, un jueves de siniestra memoria ningún retumbar de
cañones precedió ni sucedió al nuestro, si descartamos los débiles
estampidos que algunos dijeron oír a lo lejos, en algún lugar de la
inconmensurable distancia hacia la proa. Poco después, para general
consternación, el mecanismo de recepción de órdenes enmudeció, y aunque el
capataz desmontó el aparato y lo revisó pieza por pieza, pronto se vio
obligado a admitir que no había fallo alguno en el engranaje y que, por
tanto, la causa del silencio se encontraba o bien en algún punto de la
cadena de transmisión o bien en la propia cubierta superior. La disciplina
de la marinería, mantenida a duras penas mediante la combinación de rutina
embrutecedora y órdenes tajantes, se resintió visiblemente por estos
acontecimientos. Para mayor contrariedad, el cielo se cerró en firme y una
niebla opresiva se extendió sobre las aguas. La ocultación de la ribera
selvática, que debería haber producido alivio, sólo acrecentó la sensación
de aislamiento que sentíamos, y las nubes que se habían adueñado de las
alturas, lejos de refrescar la costa, trajeron consigo un calor bochornoso
que llenó los días de fuego y las noches de sofoco.
Los ánimos se encresparon, y pronto comenzaron a estallar riñas por
minucias. Después de una reyerta a navajazos particularmente sañuda,
algunas voces se alzaron contra el capataz, y por unos momentos incluso
peligró su cuello. Siendo cobarde, pero en modo alguno idiota, vio que,
como representante más visible de las frustraciones de los marineros, era
el más interesado en resolver nuestra problemática situación. Fue entonces
cuando acudió a mí.
-Josaphat, necesito que subas al puente.
Yo pestañeé y le miré sin comprender.
-Necesito que subas al puente -repitió.
¡Subir al puente, nada menos! Igual me podría haber pedido que volase a la
Luna, o que convirtiese el agua en vino. ¡Subir al puente! Era inútil
explicarle que yo no sabía cómo ir al puente, que de hecho nunca había
estado ni remotamente cerca de la cubierta superior; era inútil porque él
lo sabía perfectamente. Ninguno de nosotros, en condiciones normales,
tenía por qué salir de la sección, e incluso existían gravosas
penalizaciones para el marinero que fuera sorprendido haciéndolo.
-No son éstas condiciones normales -respondió cuando le señalé esto
último-. El "Rey" parece un barco fantasma, Josaphat. Se me hielan los
huesos con este silencio. ¿Y no has oído los nuevos rumores?
Me acaricié la barba y reflexioné. Efectivamente, la ruidosa algarabía de
las secciones vecinas, que en los días de fiesta se solía filtrar a través
de las mamparas en forma de canciones procaces, blasfemias y maldiciones,
había dado paso a un silencio inmaculado que hacía resonar nuestras
propias interjecciones como si la nave estuviera hueca. Por contra, en las
cubiertas inferiores habían nacido nuevos ruidos, vagos resonares de voces
que lanzaban prolongados parlamentos antes de extinguirse súbitamente,
estrépitos lejanísimos de madera quebrada y golpes amortiguados, y al
menos una vez, de madrugada, un solemne retumbar de tambores en alguna
sección a no mucha distancia de la nuestra. Nada de esto, naturalmente,
había escapado a los tensos oídos de los marineros, y así tuve que
reconocérselo al capataz.
-Hay que averiguar qué sucede -continuó-. Lo que ha pasado en el barco.
Yo asentí. Había pasado mucho tiempo en los últimos días meditando
atribuladamente acerca de los misterios que nos rodeaban, y no había
llegado a ninguna conclusión satisfactoria. ¿Era una peste, acaso, lo que
había enmudecido al "Rey Salomón"? ¿Una acción del enemigo, quizás? ¿Las
dos cosas a la vez? Ninguna de estas respuestas me satisfacía, pero en
todas estaba implícita una nítida impresión: fuese lo que fuese, no sería
agradable. Arriesgarse a salir de nuestra sección supondría sin duda un
peligro, así que, ¿por qué yo?
-Mira y dime si puedo confiar en algún otro.
Paseé la mirada por toda la longitud de la cámara, y vi lo que el capataz
quería decir. Algunos hombres, derrotados por el calor, miraban con aire
suicida la orilla, mascullando maldita jungla entre bostezo y bostezo;
otros se reunían en conciábulos secretos sobre una partida de dados,
mirando desconfiadamente por encima del hombro a cada rato; el resto yacía
de cualquier manera sobre las tablas desnudas, narcotizados por un inmundo
brebaje alcohólico que un marinero poco escrupuloso había preparado con
azúcar y fruta estropeada. De cuando en cuando alguno, seguramente acosado
por pesadillas, dejaba escapar un prolongado gemido. Resultaba del todo
punto evidente que entre toda aquella patulea de rufianes acanallados no
había, como el capataz había indicado, ni un solo marinero capaz de
cumplir la misión que me proponía: si por ventura alguno hubiera
conseguido llegar a las cubiertas superiores, cosa ya harto dudosa, no era
improbable que, una vez a salvo su pellejo, hubiera decidido abandonarnos
a nuestra suerte. Había de confesarlo: yo, como hombre de letras y de
natural honrado, parecía un candidato mas ajustado a la tarea.
Con un suspiro, me puse a disposición del capataz. Entre exclamaciones de
aliento y camaradería, el buen hombre me entregó un saco con provisiones y
un detallado plano que luego demostraría ser completamente inservible, al
referirse al otro costado del "Rey". Ceremoniosamente, se sacó por encima
de la cabeza la cadena en la que estaba engarzada la llave maestra y la
colocó alrededor de mi cuello. Luego me despidió con dos sonoros besos y,
arropado por los hipidos y los vítores de algunos borrachos, atravesé la
compuerta de poniente.
El corto pasillo, sumido en una oscuridad sólo aliviada por un piloto de
emergencia, no me deparó ninguna sorpresa. A la tenue luz rosada, podía
verse pintado sobre la compuerta de la sección contigua el mismo diseño
estilizado que sobre la nuestra, una cruz germánica rodeada por una corona
de laurel, y debajo la siguiente inscripción:
H.T.T.L.
Salomon Rex
mm.dccc/lxxx.iv
Encajando la llave maestra en el orificio octogonal, descorrí los cerrojos
de la compuerta y me introduje en la sección. Al oír mis pasos, tres o
cuatro pájaros verdiazules del tamaño de gaviotas salieron volando por las
portillas de los "naranjeros", abiertas de par en par. Una pieza de buen
tamaño de carne picoteada asomaba fuera de la alacena como una lengua
monstruosa. Los cañones estaban manchados de guano, y el contenido del
armario de los libros, forzado, había desaparecido, pero por lo demás todo
en la sección seguía en su sitio... salvo, naturalmente, la tripulación,
de la que no quedaba el más mínimo rastro ni pista alguna sobre su
paradero.
La sección contigua a ésta también estaba desierta, pero los marineros,
antes de desaparecer, habían tenido al menos buen cuidado de cerrar y
asegurar las portillas. Pasé rápidamente a través de la siguiente sección,
perseguido por un penetrante olor putrefacto que emanaba de la alacena y
cuyo origen (posiblemente una rata muerta) no quise comprobar. Al salir al
correspondiente pasillo se puso de manifiesto la inutilidad de mi prolijo
mapa, que señalaba una inexistente escalera ascendente donde sólo había un
sólido tabique. Pensé que quizá había equivocado las cuentas y había
recorrido un trecho menor del que suponía, pero cuando hube atravesado
otra media docena de secciones, tan o más vacías que las que dejaba atrás,
sin encontrar escalera alguna, tuve que reconocer que era el plano, y no
yo, el que erraba. Descarté volver sobre mis pasos, convencido de que
tarde o temprano daría con la forma de ganar la cubierta superior.
Las ulteriores secciones pasaron en una sucesión desesperantemente
repetitiva de silencio y soledad, y tras caminar a buen paso durante dos o
tres horas, decidí hacer un alto en un pasillo que, excepcionalmente,
disponía de una suerte de cubículo con un ventanal abierto sobre la selva.
Mientras comía con apetito las magras raciones que extraje de mi saco,
observé con asombro que una amplia zona de la orilla y aun algunos altos
árboles aparecían completamente calcinados, como si un incendio los
hubiera devorado recientemente. Tuve que reconocer, no sin cierta envidia,
que a los artilleros de estas secciones les había sonreído la fortuna allí
donde nosotros habíamos fracasado rotundamente.
Reanudé la marcha, siempre sin hallar la subida que buscaba. En ciertos
pasillos se abría, entre las dos compuertas enfrentadas y con el signo de
la cruz y el laurel, una tercera algo más estrecha que conducía a las
zonas interiores del "Rey Salomón". Probé mi llave, que efectivamente
encajaba a la perfección en las cerraduras, pero no me atreví a abrir
ninguna de estas compuertas, amedrentado por las ominosas advertencias
que, escritas en grandes letras rojas, prohibían el paso.
Al caer la tarde fugaz de los trópicos, comencé a buscar un lugar donde
pasar la noche que se avecinaba. Distraídamente, me abrí paso a una nueva
sección, y casi me di de bruces con un grupo de marineros que
intercambiaban pullas en la penumbra. Los saludé con gran alborozo, y
ellos respondieron con abrazos y amplias sonrisas. Supe que su experiencia
no había sido muy distinta a la mía y de mis compañeros: el mismo cese
paulatino de las descargas contiguas, y luego el mismo brusco corte en las
comunicaciones. Sacando cuentas, hallé con sorpresa que su mecanismo de
transmisión había fallado dos semanas antes que el nuestro, pero no llegué
a extraer ninguna conclusión de tal hecho porque en ese momento fui
entusiásticamente conducido ante la presencia de su capataz, un hombre de
facciones porcinas que llevaba un cuchillo de matarife al cinto. Al sentir
mi mirada posarse sobre la afilada hoja, se permitió una estentórea
carcajada y me confesó que, en la vida civil, había sido carnicero. A
continuación me explicó que mi llegada coincidía con los últimos
preparativos de una expedición similar a la mía que se estaba aprestando,
y me preguntó por las condiciones de las secciones que había atravesado en
mi camino. Escuchó con atención mi relato, asintiendo solemnemente, aunque
por alguna razón me pareció que la noticia de mis pasos no era una novedad
para él; luego, viendo mi cansancio, llamó a un marinero e hizo que me
acompañase a una hamaca que estaba libre. Antes de despedirse, me prometió
continuar la conversación a la mañana siguiente.
El marinero era un cuarterón bizco que reía tontamente, haciendo muecas y
mojigangas, y que parecía desempeñar el papel de bufón en la corte del
carnicero.
-¿Sabes qué hay en el puente? -me preguntó, medio de guasa.
-No -respondí con absoluta sinceridad-. ¿Qué hay?
-¡Mujeres!
Y al decir esto último, se relamió significativamente. Asqueado, me tumbé
en la hamaca e ignoré su cháchara hasta que decidió irse. Tras la
agotadora jornada, me hundí sin dificultad en un sueño cálido y
confortable.
A medianoche, me despertó una curiosa sensación. Creí percibir, en
duermevela, una línea fría subiendo lentamente por mi abdómen, pero lo
deseché como algo propio de un sueño... hasta que oí, nítido y seco, el
inconfundible chasquear de unas tijeras. Me desvelé de golpe, y al abrir
los ojos encontré al carnicero y al cuarterón inclinados sobre mí. No sé
qué me aterrorizó más, si la expresión de hambrienta anticipación del
capataz, o el hecho de que el bufón estuviese abriendo en dos mi camisa
con unas largas tijeras de hojas plateadas. Dejando escapar un alarido
incrédulo, aparté al marinero e intenté, irreflexivamente, incorporarme;
suerte tuve de no clavarme las tijeras hasta la empuñadura. Sólo conseguí
darme la vuelta en la hamaca y caer al suelo, donde una afilada hoja,
fresca como una brisa, atravesó mi camisa, rozándome el costado y
clavándome al suelo de tablas. Rasgué la tela e intenté levantarme, pero
unas fuertes manos me aferraron. Pateé furiosamente y me zafé como pude,
liberándome de la presa que el carnicero ejercía sobre mí el tiempo
suficiente como para levantarme y echar a correr a lo largo de la sección.
El resto de la marinería, por lo que alcancé a ver, no levantó un dedo
para impedir mi huída, y todo lo más la celebró con largos lamentos
inarticulados. Alcancé así la compuerta de poniente, que estaba abierta, y
la cerré tras de mí con la llave maestra, que había tenido el buen sentido
de no sacarme del cuello. Resonaban los primeros golpes y sordas amenazas
en el pasillo cuando entré en la sección contigua y bloqueé la compuerta a
mi paso.
Ante mí se extendía un osario de vastas proporciones. Apilados pulcramente
y desprovistos de todo rastro de carne, tres docenas de esqueletos
mostraban a todas luces que el capataz, nostálgico, había vuelto a su
antigua profesión. Aquí y allá, un cráneo agujereado o una tibia
fracturada atestiguaban pretéritas luchas por la supervivencia, a la
postre inútiles. Me pasé las manos por la camisa, rajada hasta el
esternón, y me estremecí al recordar el ancho cuchillo del carnicero. No
me detuve: continué la carrera a través de una sección tras otra, hasta
que juzgué que había puesto la suficiente distancia entre mis
perseguidores y yo y, relajándome, me senté a recuperar el aliento.
Con cierta morbosa satisfacción, pensé que al menos parte del misterio
estaba resuelto. Repasé mis posibilidades. Detrás había dejado el saco de
provisiones y el grueso libro del mapa, pero las primeras no eran
difíciles de encontrar, y el segundo había resultado del todo
prescindible. A oriente no cabía ni pensar en volver, de manera que mi
camino estaba claro. Me sequé el sudor y, sacudiéndome el polvo, encaminé
mis pasos hacia poniente.
El relato de mis viajes en los meses que siguieron ha de ser
necesariamente breve. Baste reseñar como hechos mas notables que atravesé
una serie de secciones en las que toda la marinería había desaparecido, y
el suelo estaba cubierto de sangre seca y plumas doradas. También
secciones quemadas, inundadas, saqueadas. En ciertas zonas, los tabiques
habían desaparecido, y para atravesarlas tuve que realizar peligrosos
equilibrios sobre las vigas. Recuerdo también de forma especial una
sección, cuyo maderamen aparecía sistemáticamente arañado, que estaba
presidida por la enigmática inscripción CROATOAN tallada en bajorrelieve
sobre la mampara.
Entre las interminables hileras de secciones desiertas, encontré también
algunas habitadas. Secciones en las que los marineros eran reyes por
turnos, y por turnos caían al romper el día bajo el hacha del verdugo.
Secciones en las que un hombre solo, sentado sobre un montón formado por
sus propios excrementos, recitaba para sí, en alta voz, las Ordenanzas de
la Marina, sin detener su retahíla ni siquiera cuando agité las manos
frente a sus ojos nebulosos. Secciones en las que largas cadenas de
marineros se entregaban a la sodomía, menos el primero, que se conformaba
con la masturbación. Secciones donde hombres que se habían autoproclamado
sacerdotes de una nueva ciencia predicaban a los marineros que el "Rey
Salomón" era una ilusión, y que cuando llegase la liberación, todos
veríamos la realidad, que no decían cuál era.
Y cuando, hastiado de la degeneración sin tregua que hallé en las
secciones de artillería, me aventuré por fin a atravesar las compuertas
prohibidas y penetrar en los largos pasillos que conducían a las zonas
interiores, encontré secciones pestilentes atestadas de carne agusanada
hasta tocar el techo; secciones pobladas por mecanismos articulados que
cliqueaban en secuencias descompasadas; secciones en completa oscuridad
donde sólo se oía, conteniendo la respiración, el batir de unas alas
diminutas y delicadas; secciones con las mamparas cubiertas de una
secreción gomosa parecida a la cera que formaba enormes cápsulas lechosas,
latentes como corazones, con formas grises agitándose dentro; y en lo más
profundo del interior, en un pasillo iluminado por burbujas fluorescentes
que se desplazaban sobre ventosas con un ruido de succión, encontré una
cámara donde una criatura sin ojos y sin boca que había sido humana se
debatía espasmódicamente contra su propia ceguera y mudez, estrellando una
y otra vez su cabeza en las paredes. Al advertirme, me aferró con dos
manos descarnadas, como garras, y me sopló una pegajosa serpentina de
mucosidades. Me desasí y retrocedí, espantado, volviendo por donde había
venido mientras oía los sonidos que la criatura emitía estranguladamente y
los golpes que se propinaba al intentar seguirme por el estrecho pasadizo.
Sobre su maltrecho cuerpo deformado, aún llevaba el uniforme blanco y los
galones de capitán.
No sin dificultades, conseguí retornar a las secciones artilleras,
recibiendo como una bendición el reencuentro con la luz del sol e incluso
la visión renovada de la jungla virgen. Me aposenté en una sección que los
hombres y la naturaleza habían dejado relativamente intacta, y me procuré
el sustento realizando periódicas incursiones por las zonas vecinas.
Asentado de esta forma, por fin pude reflexionar sobre todo lo que había
visto y oído en los últimos meses a bordo del "Rey Salomón".
En mis viajes, encontré a quien decía que los grabados de los libros
mienten, y que el "Rey" se asemeja en realidad a una inmensa tortuga,
forjada en metal y corroída por el óxido, varada en un mar poco profundo.
El "Rey" es, para otra doctrina, como una fruta que se pudre en círculos
cada vez más amplios. Si es así, yo estuve en su corazón. Pero si, como
susurran algunos, es el barco el que rodea toda la jungla, y no al revés,
entonces su auténtico centro se encontraría tras la hilera de árboles
negros, y sería del todo punto inaccesible. No sé gran cosa acerca de la
forma exacta del buque, pero una verdad me parece evidente: el "Rey
Salomón" es tan interminable como la costa. O, dicho de otra manera: allí
donde comienza la costa, comienza el "Rey", y allí donde acaba, acaba el
barco. No intentaré explicar cómo es posible, pero me embarga la certeza
de que al menos uno de los dos es obra del ingenio humano. Cuál, ya no lo
sé.
Hoy ha aparecido algo nuevo bajo el sol. Como preparándose para su entrada
en escena, las nubes se han ido deshaciendo lentamente, y la luz entra de
nuevo a raudales por las portillas y hace resplandecer vívamente las olas.
Inclinado sobre el "naranjero", la he visto llegar, abriéndose camino con
un largo machete por entre las cañas y las matas de la orilla,
deteniéndose al llegar a la playa y mirando durante largo rato al "Rey
Salomón" antes de decidirse a montar su pequeño campamento.
Es una mujer negra, espléndida, completamente desnuda, pintada de la
cabeza a los pies con estrechas franjas blancas. De manera muy poco
imaginativa, la he bautizado Zebra. He observado cómo prepara su comida,
consistente en unos trozos de carne curada que extrae de su pequeño
zurrón; cómo se ejercita con una gran lanza verde, exhibiendo fieramente
sus habilidades con una suerte de orgullo profesional; cómo después de
orinar cubre cuidadosamente la mancha con arena, de una forma automática y
casi animal; cómo luce su pequeña hoguera durante toda la noche, pues
permanece despierta, vigilando nuestro buque.
¿Es éste el enemigo que debíamos batir? ¿Es Zebra el motivo por el que el
"Rey Salomón" ha permanecido fondeado durante tanto tiempo frente a la
jungla, bombardeándola intensamente? Quizá sea así, y por eso ella ha
aguardado hasta este momento, cuando el barco está completamente inerme,
para aparecer. Pero, entonces, ¿por qué no ataca? ¿A qué espera?
¿Me espera a mí?
O quizá Zebra no tiene nada que ver con el "Rey". Quizá ha venido atraída
por los rumores acerca del descomunal e interminable buque que hasta hace
poco arrojaba fuego sobre la selva. Quizá espera algo, o a alguien que
tiene que reunirse con ella.
¿A mí, a Josaphat?
He tomado una decisión. Me he encaramado al "naranjero" y, sin mirar
abajo, me he arrojado por la borda. El mar me ha recibido como una vieja
amante, en un reencuentro sorprendentemente cálido y dulce. Mis
intenciones no alcanzan a formularse de manera coherente. Puede que la
buena salvaje me mate; puede que yo la mate a ella. O, ¿quién sabe?, quizá
congeniemos.
Nado hacia ella. Todavía lo estoy haciendo.