Félix Quintanilla
82 Eridano. Una
estrella de clase espectral G5. A medida que se acercaban, aquel sol adquiría
una geometría un tanto difícil. Un cubo resplandeciente, de luz amarillenta,
solitario en un inmenso lago de vacío cósmico, tratando de traspasar la
oscuridad con sus rayos. Un cubo colgado en el espacio...
La raza había
aprendido hacía mucho tiempo a no sorprenderse de nada. Así que un cubo
resplandeciente, flotando en la nada... ¿En la nada? Harto sabido era que la
nada no existe, que en el vacío, la energía adquiriendo diversos aspectos lo
llena todo y que todo, de algún modo, es materia a punto de manifestarse. Y
según todas las mediciones, era un sol con probabilidades de poseer vida a su
alrededor. ¿En qué grado de evolución se encontrarían los planetas?
Un cubo que tan
pronto parecía un diamante como un zafiro fue cambiando de forma. Pronto vieron
que el sol era vulgarmente circular, con un halo entre violeta y amarillento y
rojizo. Los efectos estelares son muy graciosos y cambian constantemente con
las distancias en virtud de la energía que ocupa y llena el vacío entre el
cuerpo y el observador. 82 Eridano podría tener del orden de cinco planetas,
considerados como tales, más una veintena de cuerpos de ciertas dimensiones y
características dignas de tenerse muy en cuenta. Buscaron el planeta que, según
la ley de Titius-Bode, reuniera las condiciones estipuladas a priori con
probabilidades de vida, sino en potencia, habitable al menos. Y allí estaba...
Todo, en aquel cuerpo del espacio próximo a la estrella, reunía lo
imprescindible para haber acaparado y retenido los organismos propios del
transporte de vida. Razón de masa, excentricidad, distancia de perihelio...
Todas las mediciones indicaban unas óptimas circunstancias.
Se aproximaron
a la línea orbital y realizaron las observaciones imprescindibles respecto al
sol. 82 Eridano se aproximaba tanto, en requisitos comparables, al sol que daba
vida al planeta denominado Tierra, que realmente resultaba increíble que
hubieran tenido que recorrer del orden de veinte años luz para encontrarlo,
ahí, esperándoles. Pusieron la astronave en órbita concreta y sobrevolaron el
planeta que debían reconocer. Esto se hacía en cualesquiera circunstancias y en
todas las ocasiones, antes de aproximarse a una distancia crítica al planeta en
cuestión. De esta manera podían efectuar cuantas comprobaciones estimaran
convenientes sin exponerse a la influencia directa del planeta.
El equipo,
procedente del planeta Tierra, se hallaba diezmado de ánimos. El viaje había
durado cinco meses y, aunque todo había funcionado a la perfección, los cuerpos
humanos estaban verdaderamente agotados. Se había presentado el mal comúnmente
conocido como «de estancamiento», análogo al lumbago pero que afectaba
directamente a la médula espinal, muy propio, ya de antiguo, de profesionales
sujetos a una postura incómoda por la inmovilidad obligada. Se la trataba, a la
mencionada enfermedad, mediante el vibrador celular y durante algunos períodos
regulares, a fin de situar «los huesos en su lugar». Por ello es que estaban
deseando que todo resultara bien y poder descender en aquel planeta cuanto
antes mejor para su salud. Y cuando lo hicieron, se vieron precisados a usar de
una gran paciencia, dado que si algo se apreciaba en cantidad era agua. No
obstante, pronto descubrieron algunas zonas, relativamente amplias, sólidas y
fértiles, donde posar el vehículo. Cuando la astronave fijó su brillante y
panzuda masa sobre tierra y vieron la extraña y exuberante vegetación, supieron
que se encontraban en el lugar que se les había programado. Todos los
tripulantes, navegantes y científicos, se sintieron muy felices, procediendo,
casi de inmediato, a preparar la base atendiendo al proyecto general de
exploración espacial que se llevaba a cabo desde tiempos inmemoriales sin
cambios aparentes.
Mucho tiempo
había transcurrido desde los primeros viajes espaciales. Mucho. Pero había
memoria relativa al mecanismo de navegación de hacía unos pocos cientos de
años. Al principio, la navegación espacial era muy penosa. La nave recorría los
océanos interestelares caminando a saltos, debido a que el foco tractor de
energía quedaba paralizado a cierta distancia, acumulándose al final del tramo
focal toda la energía y frenando, casi totalmente, la velocidad del vehículo.
Más adelante, el foco pudo lograrse se hiciese continuo, conservándose la
proyección de la energía en relación a la velocidad de la nave; de modo tal que
siempre había en el tramo suficiente potencial como para seguir absorbiendo la
nave hacia el extremo hipotético. El método o principio de Coster para este
procedimiento de transporte espacial, ahora que estaba totalmente
perfeccionado, era tan simple que parecía sencillamente increíble. Estaba
basado en la transformación de la energía eléctrica procedente de la misma nave
en un super-foco laser de gran potencial y que lanzaba esa misma energía en una
dirección deseada a enormes distancias, formando lo que se podría denominar un
puente lumínico, cuya carga continua hasta la constante y recién formada
terminal era aprovechada por el bloque-nave a modo de tractor energético, en
otras palabras: la continua emisión de electrones altamente excitados en el
vacío restituía la energía, ya aumentada, y la misma coherencia del haz formaba
lo que en el argot se había dado en llamar pasillo de las distancias. El
efecto, visto desde lejos, era fantástico e indescriptible, pues cada uno de
aquellos que lo habían visto hacían mención del fenómeno según su criterio y
concepto de lo misterioso...
Así que ya
sabemos cuán fácil les era a los hombres alcanzar las estrellas. El nivel
tecnológico y científico, en general era asombroso, únicamente comparable con
la idea que se podía tener de la magia. Todos los avances y descubrimientos
habían tenido, a partir de cierta fase, un paralelismo tan grande que podía
decirse, contundentemente, que todo era un raudal de conocimientos producidos a
manera de reacción en cadena, ¿Para qué enumerar, pues, la gran cantidad de
ventajas que aquel equipo de exploración espacial tenía a su disposición?
El primer signo
de vida, de actividad orgánica, aparte, naturalmente, de la evidente
vegetación, que pudieron experimentar fue aquel océano de insectos que cubría
la mayor parte del planeta. El equipo procuró ubicar una base inicial en un
alto de la poco amena orografía de aquel mundo super habitado. ¿Qué formas de
vida hallarían? Pronto lo supieron y quedaron satisfechos; pues aquello era lo
que formaba la premisa primordial de su expedición.
Siglos atrás,
en medio de especulaciones científicas, biológicas exactamente, acerca del
origen del ser humano, su potencial de energías intelectuales, funcionalismo
físico, valores espirituales y demás carga de esencias extraordinarias de la
especial raza, se llegó a la conclusión de que la computación de esas esencias
estaba en relación directa de una adecuación del formato estructural del ser
denominado hombre. Finalmente, prevaleció una idea que solamente podía caber en
los mecanismos de un cerebro humano. La idea, pues, era la siguiente: «Por
alguna razón, en el Universo entero existía inteligencia de tipo ordenado, no
solamente intuitivo o, en demasiados casos, instintivo o condicionado. La
inteligencia estaba ubicada en una mente específicamente idónea, estructurada
con arreglo a unas exigencias de equilibrio celular electroquímico. Y solamente
un formato humano podía cumplir con semejantes requisitos, lo que a su vez
resultaba axiomático. Luego, el expandir los formatos del hombre, tal y como se
le conocía, era premisa imprescindible para expandir la inteligencia humana en
el Universo. No podía ubicarse un cerebro en un delfín o en un antropoide o en
un animal cualquiera, por muy semejante que de algún modo fuera al hombre, por
la sencilla razón de que no era morfológicamente igual. Pero habría en el
espacio infinito, forzosamente, formas de vida idóneas para recibir toda la
información humana. El eslabón perdido no estaba en la Tierra, estaba en el
espacio sideral, esperando. De modo que, por lo tanto, se debía proceder como
la misma naturaleza estimase conveniente hacerlo y en el medio correspondiente.
Tan sólo había que sembrar la información... El resto lo haría el tiempo y el
azar. Y entre las infinitas posibilidades del mismo azar, con algún sufrimiento
de la especie, estaría aquella gran posibilidad humana que cabe en la misma
categoría de la evolución creadora de la Naturaleza».
Y es que el
hombre no ha podido jamás suponer que él estuviera sólo en el Cosmos. Cierto es
que se sabía que algunas razas dotadas de un alto índice intelectual habían
morado en algunos planetas ya investigados; pero eso era todo, no siendo
suficiente. Se ignora, por completo, lo que es capaz de hacer una inteligencia
desarrollada. Pero lo que sí se sabía ya es que la inteligencia humana, surgida
de las formas terráqueas, está proyectada para lo más inverosímil e increíble.
El cerebro humano pensó sembrar de información humana la misma fertilidad de
aquellos campos en los que era posible la vida superior.
Y esto,
exactamente, es lo que hacían diversos equipos procedentes del planeta Tierra.
Y tal vez eso mismo es lo que estarían haciendo, desde lo más profundo del
tiempo, otros representantes de otros mundos posibles, ya en pleno lanzamiento
intelectual, en pleno avance universal, en todo el Cosmos inmenso. Repartir y
preñar el Universo de vida no era suficiente; la vida había de tener y contener
mente, y la mente una proyección espiritual... Se vislumbraba, en este diseño
abstracto, un proyecto a largo plazo y desde unos comienzos desdibujados en la
misma imprecisa creación: la glorificación del Ser. Y ante este vislumbre, tal
vez exagerado, aparatoso, fantástico, ningún moralista tenía nada que oponer;
pues en las reglas que señalan el azar en la Gran Evolución Creadora, un
moralista era, per se, un diseño universal con grandes y esperanzadoras
perspectivas. Ahí era nada... ¡Era dar vida! No quitarla, que es lo que siempre
se había tendido a hacer. Y ya era distinto. Se siembra vida en una granja, se
siembra vida en una plantación... ¿Por qué no sembrar vida en el espacio?
Los primeros
tanteos dieron, como resultado, la observación de analogías anatómicas en otros
mundos. La vida estaba distribuida de forma tal que siempre podía hallarse un a
modo de común denominador y no solamente en las estructuras moleculares, sino
en el macro-organismo plural y masivo. Se estaba profundizando demasiado en el
enigma que velaba el mismo misterio total del Cosmos; pero se imponía seguir
adelante. Los animistas, de algún modo siempre afiliados a la idea de la ley
kármica, recibieron una satisfacción con la misma idea de creación de formatos
perfectos que aproximasen el ser a más elevadas posibilidades espirituales. Por
lo demás, la vida, la síntesis de la vida, podía muy bien partir de
micro-organismos, de virus a medio camino, de bacterias en suspensión, de
células más o menos complejas conservadas en el vacío, de esporas viajeras con
destino de ignorados azares; pero, en esencia, había un punto indeterminado de
certidumbre existencias en la actividad múltiple y total de las formas en el
espacio, al igual que la había, en la escala de vitalidad, en el fondo de los
mares, en el magma fangoso, en las más altas cumbres del planeta Tierra... ¿Qué
elemento primordial, prodigioso, es el que suponía el comienzo de la actividad?
En este aspecto, la distancia o diferencia entre algunas unidades
pertenecientes al reino vegetal y algunas pertenecientes al reino animal, era
ínfima y confusa. Seguía dudándose acerca de la teoría de la generación
espontánea, precisamente porque la misma observación de ciertas materias
inorgánicas había arrojado saldos dudosos. Eran los cristales de la vida que
estaban desparramados por doquier... Tal vez sí - decían unos -; pero sigue
faltando algo. El catalizador es el hidrógeno - decían otros -. ¿El hidrógeno?
¿Por el hecho de que se encuentre, aunque en distintos estados o presencias, en
el espacio todo?
Bien. Eso no
importaba demasiado, a fin de cuentas. Era importante, sin embargo, que la vida
estuviese presente por doquier y que las formas múltiples rellenasen el
requisito imprescindible de la expresión INFINITO. Nunca se terminaba de
catalogar las formas de vida halladas. Nunca... Y tampoco esto importaba al
equipo que había de prodigar la inteligencia a imagen y semejanza suya, de los
hombres que siendo de la Tierra procedían, asimismo, de lo ignoto.
Se habían
producido ácidos nucleicos a partir de la célula bien definida como apropiada
al problema. Un largo recorrido, en efecto; de moléculas extremadamente
simples, como el metano y el amoníaco, hasta las grandes formaciones
moleculares organizadas en espiral de ácidos ADN y RNA. Del aminoácido al ácido
nucleico, un paso; del cristal a la molécula viviente, un paso; de la
inactividad a la vida, un paso... Luego, el código genético fue puesto al
descubierto. Se tomó la información. Se organizaron bancos de material genético
de ambos signos, con mayor riqueza astrógena, empero. Había, no obstante, un
imponderable, el de la reacción hormonal de las formas que se trataba de
fecundar. No se podía saber, a priori, el índice de secreción hormonal, aparte
de que tanto en el instante de la fecundación como en el proceso de gestación
pueden producirse cambios en la estructura química de las formas en cuestión a
partir de las mutaciones de las hormonas. Pero se podría apreciar, como así
estaba ocurriendo ya en otros planetas, durante el progreso generacional, a
partir de las primeras apariciones de los nuevos especimenes.
El equipo
explorador de 82 Eridano procedió a examinar las probabilidades de inseminación
por siembra en las colonias de formas más definidas. El grado de salinidad era
sumamente importante. Y la estabilidad del medio también. Se rechazaron los
grandes mares y las grandes extensiones de agua por ser más difícil la
observación. Se hallaron lagos que reunían las condiciones imprescindibles para
la siembra. El material genético, dentro de unas bolsas térmicas que
conservaban el medio ambiente en condiciones genuinamente inmutables, y que se
disolvían al contacto con el líquido elemento, fue cayendo y expandiéndose en
el agua, fuente de vida.
Y ahí estaban
los enjambres de insectos... Parecían surgir de la superficie de la masa
acuática que, a su vez, despedía irisaciones extrañas. A la vista de aquel
fenómeno se comentaba entre los hombres de la expedición si no se había
descartado prematuramente la idea de la posibilidad común de desarrollo en
todas las especies de todo el Universo.
Se observó
alguna forma de grata memoria para los terrestres. Alguien insinuó que lo más
parecido a una nutria estaba en aquellos instantes dando saltos sobre un banco
de arena y lodo. Otro sostuvo que había descubierto una especie de marsupiales
muy simpáticos aunque diminutos. Se descubrieron algunas formas relativamente
gigantes; pero, en general, 82 Eridano era un planeta idílico por excelencia.
Eran formas de vida muy fecundas. Al cabo de unos meses, los hombres comenzaron
a separar seres con ligeras diferencias respecto a sus progenitores y
congéneres y había unas esperanzadoras discrepancias de comportamiento respecto
a los más viejos seres de la misma especie... Se separaron madres e hijos del
resto de la colonia, pasándolos a unas reservas acondicionadas al efecto. No se
podía saber cuál de todos aquellos nuevos seres podría ser el más apto para la
continuación del ensayo. Se continuó el trabajo de siembra en las antiguas
colonias y en las reservas. No había otra posibilidad para llegar al encuentro
con el ser idóneo y tenían que arriesgarse a producir desviaciones en los
formatos. Excitar la evolución tenía sus riesgos. Pero era el juego de la vida.
Transcurrió el
tiempo. Y de las nuevas formas, de algunas de ellas, de las más revolucionadas
en el sentido apetecible, surgieron otras tan antiguas como las primeras
observadas. La naturaleza efectuaba el fenómeno de regreso. Había lógica
también en los procesos evolutivos, por muy provocados que fueran; pero no se
podía desmayar. Estaba la certidumbre de que solamente en una estructura igual
a la humana, humana por tanto, era capaz de progresar el mecanismo del
intelecto. Había que seguir adelante. La inoculación de la información humana
había empezado y no podía paralizarse nada más comenzar. Muchas formas se
quedaban atrás, otras progresaban, señalando el triunfo del hombre dentro del
engranaje de la creación.
Y cuando el coeficiente
de formas ya en curso de auto-selección, de apareamiento en virtud de la norma
de afinidad electiva, estuvo en marcha, los hombres decidieron regresar a su
planeta, dejando al proceso de la naturaleza el trabajo inmediato.
Y
transcurrieron muchos años en la Tierra y mucho tiempo en 82 Eridano. El
programa de información intelectual en el espacio seguía adelante. Aquel primer
equipo trabajó en otros planetas y otros equipos fueron sucediendo a los
primeros en el trabajo. Hasta que un día, los hombres volvieron al planeta
paradisíaco de 82 Eridiano con el fin de observar la evolución de los seres y
acelerar los mismos resultados obtenidos a consecuencia de los trabajos
realizados por el primer equipo.
En la Tierra,
tras penosos ensayos, se había logrado no la inmortalidad, pero sí una larga
vida. Los hombres eran casi inmortales. Del orden de trescientos años era la
existencia del ser humano. Gran cosa, con objeto de obtener resultados.
Anteriormente, con una vida tan corta como el promedio de sesenta años, el
hombre no llegaba a alcanzar resultados en sus proyectos e ideas.
Nada había
cambiado en el sol. El mismo cubo resplandeciente colgado en el espacio, a modo
de faro, guió a los hombres hasta el mundo objeto de su viaje. Llevaban los
informes del primer equipo y se sorprendieron del desarrollo, en líneas
generales, de algunas formas. No pudieron encontrar las reservas. Cambios
geológicos habían alterado la topografía del planeta. No reconocieron en la
realidad las descripciones trazadas en los mapas. Pero decidieron colocar el
gran campamento base sobre una extensa planicie en lo alto de una loma desde la
que se divisaba un gran lago sin límites aparentes. Volvieron a sembrar
información genética y se dedicaron a efectuar exploraciones. Lograron capturar
algunos seres sumamente avanzados y les situaron en una reserva próxima a la
base. La curiosidad era la característica de estos seres, los cuales seguían,
al cabo de un tiempo, dócilmente al lado de los hombres. Algunos ejemplares
podían ser adiestrados e incluso se familiarizaron con los objetos y utensilios
de sus instructores.
Mas 82 Eridano
no era un planeta tan estable como en principio les pareció a ellos, los
exploradores. Se produjeron algunos movimientos de acoplamiento geológico que
pusieron en peligro la vida de los hombres. La vida de los hombres... La nave
nodriza que les había llevado cómodamente hasta el planeta desapareció en las
entrañas de aquel maravilloso mundo. Salvaron tres campamentos, de los siete
que habían montado, y con ellos algunas pequeñas naves de observación. Ellos y
ellas tuvieron que trabajar como demonios para sobrevivir con lo que les había
quedado. Algunas máquinas construyeron y algunas construcciones de piedra
hicieron. Y los hombres se dispusieron a esperar que una nave llegara desde la
Tierra a rescatarles.
No se aburrían,
no. Fueron componiendo verdaderas colonias de animales que se adaptaron
perfectamente a su presencia y que podría afirmarse no podían pasar sin su
ayuda. Muchos animales avanzaron rápidamente, significándose el grado de
evolución positivo en las sucesivas y frecuentes generaciones. Algunas especies
fueron quedándose ostensiblemente retrasadas y se comportaban de un modo hostil
respecto a los hombres y también respecto a los más avanzados individuos de
algunas especies. Tras un período de unos doscientos años, lo que suponía del
orden de unas cuarenta generaciones de aquellas tres o cuatro variedades de
seres más avanzados, los hombres se vieron satisfechos en su obra, en parte
positivamente acelerada y encaminada hacia el propósito inicial. Observaron la
selección y la elección entre los individuos, los cuales, aunque tendían al
apareamiento heterogéneo, difícilmente hacían progenie estéril, inclinándose
las especies hacia un género específicamente diferenciado de los otros.
Observaron también el comportamiento de antiguas colonias de animales
relativamente desarrollados, donde el grado de convivencia señalaba la
significativa inconsciencia de los seres primitivos...
Pasaron largos
años. Y los hombres, a pesar de su longevidad y de que eran ayudados por los
más avanzados individuos de la reserva, fueron dejando de existir. Ninguna nave
había dado fe de vida y ningún indicio de rescate se había producido. Fueron
muriendo uno a uno, todos...
Y Evos de
tiempo transcurrieron. El planeta de 82 Eridano cubrió ciclos y más ciclos
orbitales. El sol estaba ahí, perenne, para que el tiempo no fuese más que un
simple concepto ideado por los hombres.
Un día, un día
de 82 Eridano, una gran nube gris, metálica, se posó en un prado desde el cual
se divisaba un lago. Salieron hombres de la nave, idénticos a los anteriores.
Descendieron por una suave colina y...
Allí estaban,
correteando de un lado para otro, mirándoles fijamente, acercándose a ellos,
unos seres que caminaban casi erectos sobre sus dos extremidades inferiores,
manoteando y ofreciéndoles frutos. Los hombres no fueron esquivos. Habían
llegado al planeta lejano para algo. Los pequeños aborígenes les tomaron de la
mano y les condujeron colina abajo, hacia un llano. Y allí mismo, como saliendo
de la misma tierra, aparecieron cuarenta y nueve estatuas de piedra. Eran los
cuarenta y nueve dioses de 82 Eridano, aquellos cuarenta y nueve dioses de
larga vida que un día anduvieron por la tierra sirviendo de instructores
divinos de aquellos seres que ahora ofrecían su ofrenda a otros dioses recién
llegados.
- ¡Son ellos! -
exclamó uno de los que iban en cabeza del equipo exploratorio de la Tierra.
- Sí: son
ellos... Continuemos su tarea.
Y continuaron;
porque el trabajo no había concluido. ¡Faltaba tanto por hacer!
- Un día serán
igual que nosotros - comentó el que parecía ir al mando de la expedición.
-
Efectivamente, un día serán igual que nosotros...
Los pequeños
aborígenes se postraron ante las cuarenta y nueve estatuas, y un inefable y
potente sonido gutural ascendió por las colinas hasta perderse en los cielos
con ecos de humanos dioses que llegaban desde los confines del insignificante
universo que habitaban. Y desde universos, impregnando el Cosmos entero, otros
ecos comenzaban seguramente a proyectarse hacia la gran lejanía.
¿Quién sabe?
Sí, ¿quién
sabe?
FIN
Edición electrónica
de Sadrac
Buenos Aires,
Octubre de 2001