OPERACION TRASLADO
Joseph M. Reeds
El frenético bullicio de las oficinas centrales del Sector fue para el coordinador Vance McCune como un estallido sofocante cuando entró a regañadientes en la sala de control> que él comparaba a un ruedo.
Se detuvo y extenuadamente observó las descomunales máquinas correlacionadoras, a los empleados y a los técnicos que se movían de un lado hacia otro como hormigas ajetreadas, a los operadores de la video-comunicación, y a todo el personal de control de detección.
Una especie de repentina inmovilidad se produjo en la sala cuando todos ellos descubrieron su presencia. La reacción, aunque tardía en producirse, fue algo así como una oleada de asalto.
- El Viejo ha señalado para el jueves una reunión del consejo en el Secretariado.
- El equipo Cuarenta y Ocho necesita más escudos al sur de Denver. ¿Puedo retirar las placas de Flagstaff?
- El Sector Central Ruso desea que hagamos una inspección de la contaminación en las capas superiores.
- El comisario Carmath solicita que inspeccionemos un nuevo vertedero.
- He aquí el informe oceanográfico...
Antes de que McCune llegara a su mesa llevaba a su zaga a un séquito compuesto por más de una docena de personas, todas las cuales exigían una atención preferente.
El coordinador era un hombre alto, con líneas de abatimiento en la cara. Si su cabello parecía escaso y desgreñado, se debía mucho menos a la negligencia que a la resignación ante lo inevitable.
Tranquilamente levantó las manos y silenció a sus agitados colaboradores. Con el tiempo se había dado cuenta de que su cargo requería un poco de forzado despego, pues de otro modo habría sido insoportable.
- Hablan de uno en uno - pidió -. ¿Cuál es la situación en su tablero, Woolcut?
El supervisor de detección elevó cuatro dedos.
- Han aparecido cuatro nuevos lugares que van desde la tibieza al calor infernal. Uno de ellos, situado en la zona del este de Seattle, es muy posible que acabe exigiendo una evacuación parcial.
-¿Están todos en nuestro Sector?
- Tres. Uno de ellos cubre la zona occidental del Canadá.
-¿En qué consisten las dificultades?
Woolcut subrayó la gravedad de la situación pasándose una mano por la frente.
- Un frente lluvioso está barriendo la costa, y la lluvia parece ser más bien radiactiva. No demasiado. Probablemente la contaminación no es aún demasiado excesiva. Pero llegará a serlo si no detectamos la fuente.
McCune se dejó caer en su silla y comenzó a hojear una serie de informes.
-¿De dónde supone usted que procede?
- Probablemente de un vertedero situado a mitad de camino del Artico y que en otros tiempos fue usado para desembarazarse de los residuos de un reactor emplazado en Alaska.
Supongo que se trata de uno de esos vertederos cuyas fichas no se remontan más que a un centenar de años - dijo el coordinador desalentadamente.
Woolcut asintió con gesto de conmiseración.
- Cuando demos con él probablemente hallaremos una pila de residuos radiactivos completamente desguarnecidos. Deduzco que se trata de selenio 79, con una media vida de seiscientos mil años.
- Dedique a esa misión todos los hombres disponibles.
McCune prestó atención al segundo que esperaba en la fila. Iba a ser otro «día de prueba», tal como todos ellos venían siéndolo en los ocho años transcurridos desde que se había puesto al frente del Sector Occidental de los Estados Unidos.
Por alguna razón, todo ello se le apareció como una paradoja: la monotonía dentro de una serie de cosas siempre nuevas. Las docenas de problemas referentes a la detección y el control que surgían a la superficie cada día eran siempre enteramente diferentes. Pero esta diferencia no hacía otra cosa sino incrementar el aburrimiento de la e terna tarea que el Control de Radiactividad (o Comité de Traslado, como se le conocía jocosamente) tenía que realizar si deseaba que los biznietos fueran del mismo linaje genético que los bisabuelos.
Pero hoy, pensó, dominado por una oscura sensación de desesperación, sería distinto... Beth había ido al hospital. Esta idea, junto con la inevitable reacción de autoenvilecimiento, eran como un frío sudor que brotara de su piel bronceada.
Una vez que hubo atendido al primer alud de detalles, McCune se reclinó en el respaldo de su sillón y se aflojó el cuello de la camisa. Encendió un cigarrillo y absorbió profunda y deleitosamente una bocanada de humo. Pero su respiro fue de corta duración, pues el supervisor de detección no tardó mucho en venir hacia él por entre los empleados que, muy ajetreados, iban de un lado hacia otro.
- He aquí los últimos datos sobre el Subsector de Hawai - dijo Woolcut, empleando un tono más bien tenso -. El departamento de Geología ha dado cuenta de otro vertedero peligroso. Están estableciendo una tabla de probabilidades para saber si existe el riesgo de que Haleakala entre en erupción.
-¿Cuánto proctanio ha sido vertido hasta la fecha en ese cráter?
Woolcut hizo un gesto de inseguridad.
- Las compañías que tienen los ocho reactores en las islas no nos han dado sino unas cifras aproximadas. Digamos que algo así como unas setenta y dos mil toneladas.
El coordinador hizo una mueca.
-¡Malditos estúpidos! Hace unos cincuenta años se les advirtió que no utilizaran como vertedero ese agujero situado sobre Maui. El hecho de que un volcán no haya entrado en actividad desde 1750 no significa que no vuelva a entrar en erupción. ¿Qué son trescientos veinticinco años en la vida de un volcán?
El otro se encogió de hombros en un gesto que no le comprometía a nada.
- No hay duda de que la situación será infernal si entra en erupción ahora. No quiero ni pensar en lo que sería tener que evacuar a quinientas mil personas de esa isla.
- O quizá seis millones en toda la cadena - dijo McCune. Después de eso le indicó que podía irse, y llamó al supervisor del Control -. ¿Qué personal de repuesto tenemos en Maui? - preguntó.
- Tres equipos de traslado completos contestó Fordham.
-¿Alguna idea sobre lo que podemos hacer con todo ese Pa231 radiactivo?
Fordham extendió sus manos en un ademán de impotencia.
- El único lugar seguro que he podido hallar es el cráter Diamonnead, situado en Oahu.
McCune alzó la vista bruscamente.
- Pero eso está en el mismo Honolulú..., ¡ante la nariz de casi un millón de personas!
- Lo sé. Pero es lo mejor que hemos podido conseguir como base temporal. Cercaremos el cráter y lo taponaremos, por supuesto.
McCune se echó hacia atrás y se abstrajo en sus pensamientos. Era un juego interminable. Una vez que la situación de emergencia desapareciera, la reacción pública exigiría que el material fuera retirado de Dianionnead y vertido en otra parte. Pero probablemente el nuevo vertedero derramaría su contaminación en el medio ambiente, y en el plazo de diez años un ajetreado equipo de traslado tendría que recogerlo y buscar otro sitio para depositario. Y mientras tanto, la acumulación de residuos producidos por los reactores iría aumentando inexorablemente.
-¿Quién está al frente de la operación de Maui?
Fordham hizo una mueca que constituyó una excusa.
- Nadie. Debido a esos asuntos de Denver, Seattle y Nuevo Méjico, nos hemos quedado sin personal de supervisión.
Disgustado, McCune lanzó una maldición. Después, sus dedos romos tamborilearon sobre la mesa mientras él asumía una expresión meditabunda.
- Sé qué está pensando, jefe - dijo el otro, al ver su gesto de preocupación -. No lo intente. Si el Comisario lo descubre le expulsará del comité. Y eso significará que se quedará sin empleo.
- No será la primera vez que he tenido que supervisar una operación de traslado por cuenta de la ONU.
- Ni siquiera será la primera vez este mes. Pero, diablos, hace seis años usted sobrepasó cuatro veces el grado de contaminación permisible. Apuesto a que en los ocho años que lleva trabajando para el Comité ha absorbido ochocientos roentgenos.
- Dos o tres más no me perjudicarán - replicó McCune lacónicamente -. Ni siquiera figurarán en mi chapa... si logro hacer otro cambio.
Miró la negra chapa que llevaba cogida en la solapa. Después desvió la vista hacia el armario y contempló la chapa de miss Jarred que, a través del cristal, era visible en el ligero tejido de su abrigo... Algún día su secretaria tendría que empezar a preguntarse dónde podía haber cogido tanta radiación. Brevemente pensó en cómo reaccionaría cuando los inspectores le dijeran que estaba saliéndose rápidamente de los limites «seguros genéticamente».
Fordham frunció el ceño desdeñosamente.
- Eso puede ser bueno para usted, puesto que no espera tener hijos - dijo, disponiéndose a irse. Pero yo quiero que mi nivel de contaminación sea bajo. Tengo dos hermosos hijos. Y haré todo cuanto me sea posible para conseguir que también el tercero sea normal.
Esto hizo que McCune tuviera que volver a lo inevitable. De un modo más bien vacilante, llamó al hospital. Habló en voz baja para que los otros no pudieran oírle. En fin de cuentas, Beth no había ido a visitar a su madre.
- No, míster mecen - dijo la enfermera jefe de la maternidad -. Su esposa no está aún en la sala de ritual desenterrar un hueso. Primero lo enterraba a partos. Le llamaremos en cuanto sea trasladada a ella.
-¡No! - gritó él. Después, en tono más suave, añadió -: No. Volveré a llamar yo.
Desolado, dejó que el aparato pendiera de su mano durante un largo rato... Su intención no había sido jamás tener un hijo. Beth, en cambio, siempre había querido tenerlo. Y, después de su descuido, había mantenido en secreto su estado hasta que fue demasiado tarde para hacer algo al respecto... ¡Maldita fuera!
Era media mañana cuando miss Jarred hizo pasar al reportero de la agencia de noticias. El coordinador reconoció a Neil Lancer, uno de los periodistas más importantes.
McCune le envolvió en una medio venenosa mirada de resignación y a regañadientes le ofreció una silla.
Desconfiadamente, el otro se retiró de la frente el sombrero y encendió un cigarrillo
- Mi oficina desea que recoja sus puntos de vista sobre esas declaraciones hechas por el doctor Puang.
-¿Quién es el doctor Puang?
- El genético pakistaní. - Lancer se inclinó hacia delante -. Quizá no ha leído usted sus artículos. Así pues, le resumiré el contenido de todos ellos. Los jerifaltes de la oficina de Los Ángeles están muy interesados en conocer su reacción.
Como si él pudiera tragarse eso, pensó McCune. Lancer era un periodista al que no le hubieran confiado una misión insignificante. Por lo tanto, no había duda alguna de que se habla enterado de cuál era la situación en Hawai.
- Puang - dijo el periodista, cruzando las piernas- ha escrito un tratado sobre la evolución adaptativa. Parece pensar que la raza humana está inherentemente dotada para acomodarse a cualquier cambio razonable que se produzca en su medio ambiente.
McCune tenía la seguridad de que, si hubiera existido un Puang, habría oído hablar de él. Además, teniendo en cuenta lo muy alertamente que el periodista miraba en torno suyo, era evidente que estaba intentando recoger respuestas a preguntas que no iba a formular.
- Procure ser breve - dijo el coordinador secamente -. Estoy muy ocupado.
- Bien, Puang cree que al final la humanidad evolucionará de tal manera que podrá vivir en un medio ambiente radiactivo. - Lancer tocó abstraídamente la chapa en la que figuraba el grado de contaminación que había alcanzado -. Considera que la evolución adaptativa produce un esfuerzo que irá ofreciendo una creciente resistencia a los más altos niveles de radiactividad, sin correr con ello el riesgo de sufrir una serie de mutaciones profundas.
Woolcut se acercó a la mesa.
-¡Hemos localizado ese montón de residuos en el Artico!
-¿El que está produciendo la lluvia radiactiva?
El supervisor de detección asintió ansiosamente.
- Tal como yo sospechaba, se trata de selenio. Metido en cápsulas, lo tenían bajo el borde de un glaciar en la isla Victoria. Pero la erosión ha desenterrado el vertedero y los vientos árticos están empezando a recoger la contaminación.
- Buen trabajo. Dele los datos a Fordham. Dígale que entre en contacto con el Sector Occidental del Canadá y que vuelva a meter en cápsulas el material hasta que pensemos qué se puede hacer con él.
McCune volvió a encararse con el periodista.
- Muy bien, Lancer. Olvidémonos de ese Puang y pongamos fin a la comedia. Pero primero le leeré la ley antidisturbios... La Sección Veintiuna concerniente a la Ley sobre el Pánico Público obliga...
Lancer gimió melancólicamente, y prosiguió:
-. . obliga a todos los miembros del Comité de Traslado a clasificar ciertos datos como prohibidos en interés de la seguridad pública... ¡Pero, diablos, McCune, no sea conmigo tan rígido!
- Con arreglo a las disposiciones preventivas de la Sección Veintiuna - continuó el coordinador desapasionadamente -, le hago saber, con lo que ello entrañar que una situación crítica se está creando en las islas Hawai. El cráter de un volcán apagado que ha estado siendo usado como vertedero para los residuos de los reactores ha empezado a dar signos de ir a entrar en erupción.
Uno de los ayudantes de Woolcut le llamó desde una mesa que había a cierta distancia de allí.
-¡Otro aumento del nivel R en las aguas costeras de Oregón!
Los hombros de McCune se abatieron con desaliento. Dale un golpe a la pelota por un lado y se forma un bulto por el otro lado. Era imposible vencer; incluso era imposible obtener los suficientes resultados para poder relajarse.
El ayudante se acercó.
-¿Cree que puede tratarse del grupo de reactores de Portland?
-¿Qué otra cosa podría ser? Por medio del río Columbia han estado vertiendo en el Pacífico Fe55 soluble. Pero investigue bien el asunto antes de que nos decidamos a hacer algo al respecto.
El ayudante vaciló.
-¿Sí? - preguntó McCune.
- Simplemente me preguntaba qué harán ahora con el material.
- Ese no es nuestro problema. Probablemente podrán aún desembarazarse de la mitad de su vertedero. Nosotros tendremos simplemente que buscar un lugar para la otra mitad.
Mientras observaba al hombre regresar a su mesa, McCune dejó que sus pensamientos le hicieran volver a la época en que había vivido en la granja de su tío. Habían tenido un perro perdiguero para quien era un ritual desenterrar un hueso. Primero lo enterraba aquí; después decidía que, en fin de cuentas, el lugar no le gustaba; sacaba el hueso del agujero medio excavado, e intentaba meterlo en otro sitio. Tras haber hecho esto cuatro o cinco veces, acababa por llevar el hueso a lo que consideraba un escondrijo adecuado.
El Comité de Traslado se hallaba enfrentado a un problema muy parecido al del perro perdiguero. Sólo que el lugar adecuado parecía eternamente alusivo, con lo cual la operación de traslado era inacabable.
Recordó al periodista.
- Muy bien, Lancer. Ahora se halla en posesión de una información altamente confidencial. Si eso aparece en la prensa, usted y el jefe de su oficina serán condenados a veinte años de presidio.
Disgustado, Lancer echó a andar hacia la puerta, pasando junto a Woolcut, que venia hacia la mesa de McCune.
La cara del supervisor de la detección estaba estirada y macilenta.
- El departamento de Vulcanología ha confirmado la existencia de rugidos subterráneos en las proximidades del cráter del Haleakala.
McCune se irguió bruscamente.
- Envíe los equipos Cuatro, Siete, Treinta y Tres, Treinta y Cuatro y Cuarenta y Uno.
Poniéndose las manos en torno a la boca, gritó hacia la sección de comunicación:
- Póngase en contacto con Vulcanología y entérense de cuándo podremos introducir a nuestros hombres en el cráter.
A continuación, le dijo a su secretaria:
- Miss Jarred, llame a Aprovisionamiento y que envíen todo el material protector disponible al Subsector Hawaiano.
Se volvió hacia Woolcut.
- Woolcut, dígale al departamento de Vuelo que prepare mi nave.
A causa de estas órdenes, en el departamento de Coordinación había ido creándose una agitada actividad, y ahora todo el mundo parecía estar yendo de un lado hacia otro en la inmensa sala.
En cuanto a McCune, lo único que podía hacer era esperar que de Vulcanología le diesen la luz verde. No podía desembarazarse de la sensación de impotencia y frustración que producía en él aquella espera. Impaciente, aferró con fuerza los brazos de su sillón.
Sin embargo, al recordar a Beth se puso erecto bruscamente y cogió el teléfono.
- Sí, míster McCune - dijo la enfermera indulgentemente -, su esposa está ahora en la sala de partos. Pero habrá de pasar otra hora antes de que...
Dejó el aparato... También él había sido un maldito estúpido. Hubiera tenido que precaverse contra una cosa como aquella. Con eso se hubiera ahorrado los meses de preocupación..., meses durante los cuales no se había atrevido a ir a ver a un doctor por temor a que su identidad fuese descubierta y se convirtieran en objeto de curiosidad pública.
A los periódicos les hubiera gustado poder contar con una noticia así. Casi le pareció estar viendo los titulares: Coordinador de Sector, que ha rebasado cuatro veces el nivel de peligrosidad genética, va a tener un hijo.
El hecho de no haber ido a ver a un médico hasta el último momento había sido un motivo de aprensión constante. Tenía la seguridad de que Beth había estado tan preocupada como él desde que se dio cuenta de que su peso había aumentado en más de cincuenta libras.
El rugido de los cohetes fue aumentando de un modo atronador, pero cesó bruscamente, y lo único que se oyó entonces fue algo así como los últimos ecos de un trueno. La nave, que se hallaba a una milla de altura sobre el departamento que el Sector Occidental tenía en Los Ángeles, pasó a hacer uso de su rotor y mecen escuchó el zumbido de las aspas cuando el helicóptero empezó a descender hacia la plataforma exterior.
El comisario Carmath, formidablemente corpulento y rebosante de intensa determinación, echó a andar hacia el edificio principal.
McCune lo recibió en la entrada, pero tuvo que retirarse cuando el jefe de la Comisión de Control de Radiactividad pasó por su lado para abrirse paso entre una serie de trabajadores e ir a situarse ante el principal tablero de información.
- Ese asunto de Hawai, ¿es la única situación de emergencia en la que usted está trabajando? - preguntó.
- La única de verdadera importancia. Tenemos en marcha otras veintiséis operaciones que...
El comisario le hizo callarse posando en él una mirada llena de indignación.
- Lo mejor será que ese problema quede inmediatamente solucionado, McCune - amenazó -. ¡Le hago a usted responsable de todo el asunto!
-¡Pero han estado vertiendo residuos en ese cráter durante toda una generación!
- Si usted tenía aun cuando no sea más que la mínima sospecha de que una cosa así podía llegar a suceder, debería haber tomado medidas para impedirlo - observó Carmath inflexiblemente.
A causa de su resentimiento, McCune se puso rígido.
-¿Es así como opina la Comisión?
-¡Es así como opinan todos los miembros del consejo, excepto usted!
El coordinador sonrió amargamente. No habían tardado mucho tiempo en encontrar una víctima propiciatoria. Bien, al diablo con el empleo. Para variar> que se ocupara otro de trasladar de un lado a otro el material. En todo caso, no había duda de que, si hubieran tenido la suma total de su verdadera contaminación, le habrían dado el retiro varios años antes.
- Obremos de un modo razonable en todo esto, comisario - dijo -. En la última semana este Sector ha tenido que controlar un aumento de radiactividad de más de un centenar...
Carmath elevó sus manos impulsivamente y echó a andar hacia la puerta.
- No dispongo de tiempo para oír sus quejas sobre rutinarias medidas de control. Debido a que hace quince años un estúpido coordinador eligió en el Pacífico un mal lugar para verter en él niobio34, hoy han tenido que ser declaradas contaminadas diez mil millas cuadradas de aguas pesqueras japonesas. Y en Francia todo un sector poblado de granjas ha tenido que ser totalmente evacuado. ¿Y por qué? Porque los pastos están recogiendo radiactividad de Dios sabe dónde... Probablemente de la lluvia radiactiva de algún vertedero oculto en los Alpes.
Deteniéndose, se colocó las manos en las caderas.
- Usted creyó que trasladar americo241 a un lugar situado a cien millas del interior de las Everglades sería una buena solución para Miami, ¿no es así? Pero, ¿qué ha sucedido? Los insectos de aquella zona se han contaminado, y ahora tendremos que meter en nuevas cápsulas todo el material. ¡Y menos mal si no nos vemos obligados a trasladarlo a otra parte! - Frunció el ceño -. ¡Y usted pretende hablarme de sus pequeños problemas!
McCune hubiera deseado que se fuera con mil demonios. Si el visto bueno sobre la operación que había que realizar en el cráter del Haleakala llegaba mientras el comisario se encontraba aún allí, éste podría llegar a enterarse de que nadie sino él mismo podía supervisar la operación.
Por suerte, el jefe de la Comisión giró en redondo y se fue impetuosamente.
McCune se dirigió a su mesa, y casi chocó con el supervisor de la detección.
Woolcut dio paso a una sonrisa de satisfacción.
- Al fin hemos solucionado el problema que nos planteaba el agua artesiana contaminada en la zona de Clovis-Tucumcari.
-¡Bien, no me dé la lata con ello! - dijo McCune, despidiéndolo rudamente -. Hable del asunto con Fordham.
Inmediatamente contrito, le cogió por el brazo.
- Lo siento. El comisario me ha puesto los nervios de punta... ¿Cuál es ese asunto de Nuevo Méjico?
Woolcut sonrió.
- Un pozo petrolífero se quedó seco hace unos setenta y cinco años y alguien lo llenó de prometio'45. Ese material tiene una breve media vida, pero no lo bastante breve. Al final consiguió mezclarse con el agua subterránea.
McCune se encogió de hombros desalentadamente.
- No es mucho lo que podemos hacer, excepto cerrar los pozos artesianos y llevar agua de una zona incontaminada.
Desconsolado, volvió a su mesa. ¿Estaba aumentando astronómicamente el nivel radiactivo del mundo? ¿O le parecía simplemente así porque estaba profundamente cansado de hacer frente a los problemas cotidianos?
Real o imaginario, pensó, lo cierto era que cada vez reinaba un desorden más infernal. La humanidad civilizada había quedado reducida a cuatro billones de chapas en las que se hallaba consignado el grado de contaminación de que cada una de las personas que las llevaban. En todo caso, ésa era la burlesca impresión que él tenía. Cuatro billones de placas que tenían que ser reemplazadas mensualmente, al objeto de que pudiera ser medida la radiactividad que había absorbido cada persona y las cifras fueran asentadas en un millón de libros de cuentas. Esa era la única manera de poder llevar un control para tener la seguridad de que la frecuencia de la mutación natural no estaba saliéndose de los límites tolerables.
Cuando alzó la vista, vio que Fordham se hallaba ante su mesa.
Volcanología dice que lo mejor será que iniciemos cuanto antes esa operación en el Haleakala - anunció tensamente el supervisor del Control -. Estiman que disponemos de diez o once horas para retirar del cráter el Pa231.
McCune asintió resignadamente y miró hacia el abrigo de miss Jarred. Silbando distraídamente, se levantó y fue hacia el armario.
Con la espalda vuelta hacia la secretaria, retiró su chapa y se la colocó en la solapa. En el abrigo puso su propia chapa. Puesto que la había puesto del revés, era muy improbable que ella se diera cuenta de que la chapa del abrigo no era la suya.
Antes de abandonar el edificio volvió a llamar al hospital... No, la señora McCune no había salido aún de la sala de partos.
Cinco minutos después, la plataforma exterior del departamento central del Sector fue rezagándose mientras las aspas de su helicóptero a propulsión batían el aire con un sofocado rugido. Al encontrarse a una milla de altitud, accionó un conmutador. El rotor cesó de funcionar y los propulsores se pusieron en marcha con una furiosa capacidad de aceleración.
Una hora más tarde, el coordinador McCune estaba en el irregular borde del cráter, terminando de subir la cremallera de su traje de plástico. Mientras abría la válvula de aire comprimido, pensó con fatiga que la operación de traslado del material del Haleakala iba a ser una de las más difíciles operaciones que él había visto jamás.
Los equipos de emergencia habían montado ya su equipo en torno a la circunferencia del cráter. Situados tras escudos móviles, la posición que ocupaban era aquella que él mismo les había asignado desde el helicóptero por medio del videocomunicador.
M otro lado del cráter, una pala a vapor y media docena de bulldozers comenzaron a descender por la pendiente, dirigiéndose hacia las pilas de Pa231, que bajo los resplandores del sol mañanero, relucían como collados de color azul acerado. Más allá aún, podía verse a mucho personal de traslado, que esperaba a ser llamado para iniciar la carga.
El cráter era como un triste agujero infernal. Allí estaba todo excepto el calor... No, también el calor estaba allí. Sólo que era una clase de calor que jamás había reinado en el infierno tradicional. Los rizos de humo grisáceo que brotaban por las hendiduras del suelo de la concavidad eran una burlona indicación de que muy pronto podría decirse con toda seguridad que aquello se había convertido en un verdadero infierno.
- Atención todos los equipos - dijo por radio, mientras comenzaba a descender por la pendiente -. Procuren mantenerse bien protegidos con sus escudos. Tomen primero las pilas de delante y vayan sacándolas.
El suelo gruñó cuando los tractores comenzaron a subir hacia el borde, arrastrando consigo cápsulas vacías. Después de eso se oyó un gruñido más suave pero también más ominoso, y un humo más denso surgió por entre las fisuras.
Dos bulldozers se unieron a uno de los escudos móviles y avanzaron hacia las pilas más cercanas. La pala a vapor y tres tractores con cápsulas vacías entraron entonces en acción y fueron descendiendo.
¡Aquel equipo de la izquierda! - gritó McCune, entrecerrando los ojos para poder distinguir el número de su escudo -. Equipo Cuarenta y Uno..., ¡su flanco está expuesto! Remedien eso o retrocedan.
De nuevo echó a andar, sintiéndose hipnóticamente atraído hacia la intensa actividad. Pero un especial instinto de temor y de peligro le inducía a retroceder. Atrapado entre aquellos dos impulsos, que eran como imanes, se sentía flotar penosamente en la indecisión.
- Ustedes... los del equipo Siete - ordenó -. Vuelvan a colocarse detrás de su escudo... Los del Puesto Exterior, envíen dos palas más... Equipos Treinta y Tres, Dieciséis y Dos..., ataquen la tercera pila de la izquierda... Equipo de traslado número Uno..., prepárense para cargar.
Aprensivamente, movió por delante de él su detector radiactivo. El zumbido que emitió fue firme y alarmante.
Iba a ser una tarea desastrosa para los hombres de aquella operación de traslado. Ya no sería cuestión de luchar para mantenerse dentro de una seguridad genética. McCune se dio cuenta de que esa clase de consideración había sido descuidada con mucho, pues, al hablar de pureza genética, se hablaba tan sólo en términos de cuarenta o cincuenta roentgenos. Y la radiactividad que aquellos hombres iban a absorber sería del orden de centenares de roentgenos. Así pues, ahora se trataba de una lucha por la supervivencia física.
El helicóptero de traslado número Uno descendió, quedando sobre la pala a vapor que estaba metiendo en las cápsulas Pa231.
De repente, un millar de voces frenéticas se elevaron en ronca alarma.
McCune lanzó desesperadamente una maldición de ver que las ráfagas del rotor de la nave se expandían sobre las pilas de color azul acerado y esparcían el protactinio pulverizado.
La arremolinada nube de polvo grisáceo se extendió sobre el cráter como un paño mortuorio.
-¡Saquen de aquí a ese helicóptero! - bramó el coordinador, retirándose del polvo mortal -. ¡Afuera todos los equipos!
Pero los hombres se habían anticipado ya a su orden y corrían en frenético desorden pendiente arriba.
Él subió en el momento en que el helicóptero se alejaba más allá del borde.
-¡Puesto Exterior! Llamen a todos los helicópteros a propulsión y que bajen al cráter tractores oruga. Tendremos que sacar con remolques el material.
En ese momento Volcanología entró en contacto con él.
- Esperamos que en un plazo de ocho horas se produzca una gran erupción, coordinador. Lo mejor será que se dé prisa.
McCune olvidó que llevaba el traje de plástico e intentó limpiarse la frente. Lo único que consiguió fue que el sudor se extendiera sobre la superficie transparente, en forma tal que ahora apenas podía ver.
-¡Comunicaciones! - llamó urgentemente -. Den la alarma general. Que todos los Sectores envíen hombres y equipo para hacer frente a una emergencia de doble escudo y plataformas móviles. Tenemos que meternos hasta el cuello en ese material. Control Civil, evacuen Maui y que sus fuerzas en las otras islas se preparen para intervenir.
Echó otra mirada a su detector de radiactividad y estimó la cantidad de contaminación que estaba siendo absorbida por la chapa de miss Jarred, que seguía llevando en la solapa. ¡No había duda de que al final del mes iba a haber una investigación! Un civil que en un plazo de treinta días acusaba en su chapa la presencia de ciento nueve roentgenos por fuerza tenía que despertar sospechas en alguna parte. Y con ello se descubriría que durante años él había estado cambiando de chapa.
Los últimos equipos que estaban abandonando el cráter pasaron con dificultad junto a él. Al verlos subir por la pendiente, pálidos y sucios, pensó que había sido por su parte una buena idea ordenar que todo un contingente médico fuera asignado al Puesto Exterior.
Cerciorándose sumamente bien de que en el cráter no había ya ningún hombre, subió al borde.
Un enorme helicóptero a propulsión, de color rojo y blanco, apareció rugiendo por el este y tan sólo a mil pies por encima del cráter. Las ráfagas de su rotor agitaron mucho más el polvo contaminado, y el coordinador lanzó una serie de maldiciones.
-¡McCune! - le respondió una voz furiosa -. ¿Es usted el que está ahí abajo?
El hizo una mueca al reconocer la pesada voz del comisario y ver en el helicóptero las siglas del Comité de Control.
Mientras veía descender al helicóptero, se desprendió con fatiga de su traje de plástico y, cogiéndolo por uno de sus pliegues interiores, lo dejó caer en uno de los grandes cubos de basura.
Carmath vino hacia él coléricamente y procurando examinar el terreno con un detector de radiactividad.
-¡McCune, desde este mismo momento queda despedido! Tomaré yo el mando hasta que llegue otro supervisor de la operación.
El coordinador se encogió de hombros indiferentemente y echó a andar hacia su helicóptero a propulsión.
Carmath le siguió tenazmente.
- Le he dicho al jefe de Correlación que usted estaba fraguando una cosa así. Pero Ronson ha dicho que no. Ha dicho que había investigado y no había encontrado nada.
McCune no le prestó la menor atención. En lugar de ello, sonrió al darse cuenta repentinamente de que los imanes contra los que había estado luchando durante casi la mitad de su vida - los polos opuestos de deber y consideración hacia sí mismo- no tiraban ya de él. Era como si se hubiera producido un gran estallido liberador. Nunca más volvería a tener que preocuparse de operaciones como las que en ese mismo momento se hallaba en marcha.
Estaba dormida. Bajo la blanca sábana, la esposa de McCune parecía extrañamente pequeña y desvalida. Su cara estaba pálida, y el olor persistente del anestésico flotaba pesadamente en la habitación.
Durante meses, él había estado temiendo aquel momento. Pero ahora que había llegado, no sentía emoción alguna. La niña había nacido. Y ahora que todo había terminado, ya no sentía ansiedad, a pesar de que todavía no había visto a su hija.
Lo único que predominaba en él era la tranquilizadora convicción de que Beth había estado en lo cierto desde el principio: los dos habían necesitado desesperadamente un hijo. Y aun cuando la niña tuviera una apariencia no del todo humana, no por eso iban a dejar de quererla.
Sus hombros estaban tan erguidos como nunca lo habían estado en toda su vida cuando besó en la frente a su esposa.
- El doctor Logan dice que ahora puede ver a su hija, míster McCune.
-¿Está... está bien la niña?
- Yo... - La enfermera vaciló -. El doctor Logan le espera.
Echó a andar por el pasillo y él la siguió. De manera que algo marchaba mal. Sin embargo, no se sentía desalentado. Después de todo, ¿no había esperado sinceramente alguna especie de deformidad?
La enfermera le indicó que se detuviera delante del cristal del cuarto destinado a los niños y entró. Él la vio acercarse a un doctor que estaba inclinado sobre una de las cunas. Se puso la mano junto a la boca y le habló. El doctor elevó bruscamente la vista, y echó a andar ansiosamente hacia McCune.
Pero se detuvo y le hizo una seña a la enfermera para que le siguiera con la niña. Los ojos de la enfermera se agrandaron aprensivamente, y sacudió la cabeza.
Poniéndose tenso, McCune hizo esfuerzos para mirar por encima del borde de la cuna. De repente se sintió muy incómodo ante la portentosa pantomima que estaba presenciando. A gritos hubiera querido preguntar por qué le daba a ella miedo coger a la niña.
La enfermera quedó descargada de la obligación de realizar una tarea que aparentemente le era repulsiva cuando cinco hombres que llevaban brazaletes de la Comisión de Investigación Médica de la ONU entraron en el cuarto. Tres de ellos se congregaron en torno a la cuna, mientras que los otros dos miraban al trasluz unas placas de Rayos X. Asombrados, señalaron con dedos temblorosos algunos detalles de las placas.
¡Santo Dios!
Él se lanzó hacia la puerta abierta y entró a toda prisa. Pero su presencia pasó desapercibida en medio de aquel clamor de voces excitadas.
- ...compensador desarrollo muscular...
- ... envuelve completamente el estoma y reemplaza a la membrana serosa...
- ...podría ser confundida por esplenomegalía si no fuera porque hay otros detalles decisivos que...
Apartando con los codos a dos de los médicos, McCune se cogió al borde de la cuna y miró hacia abajo.
El doctor Logan se acercó a él y le cogió por el hombro.
- Este no es el primer caso. Hace once años hubo uno en Alemania. Pero ése murió. Oh, no fue a causa de esto - se apresuró a añadir, agitando la mano por encima de la niña -. Fue un caso perfectamente normal de mortalidad infantil. Hace cinco años hubo otro caso. Dos más se produjeron hace tres años y cinco en el año 2974. Este es el décimo cuarto caso en este ano... Naturalmente, la ONU ha clasificado como prohibida toda la información sobre los casos hasta que hayan podido ser estudiados bien a fondo.
- Pero ¿de qué se trata? - preguntó McCune, exasperado.
- Coja a su hija. míster McCune - sugirió uno de los hombres de la Investigación Médica.
McCune puso sus manos en la espalda y los muslos de la niña y la levantó, suavemente al principio. La sor presa se reflejó en su cara y acto seguido se apresuro a depositar a la niña en la cuna.
- Oh - murmuró, completamente desconcertado -. Por lo menos debe pesar...
- Veintitrés libras y cuarto exactamente - dijo Logan.
Alguien le mostró una de las placas de Rayos X que tenía en la mano.
- Ese es el bazo de la niña, y aquí están los ovarios.
En el lugar de la placa que el doctor le señalaba, lo único que McCune pudo ver fue unas manchas intensamente blancas.
FIN
De EL REINO DE LOS TELEMUÑECOS
Colección INFINITUM ciencia-ficcion
Producciones editoriales 1976
Version J.M.Cañas
Escaneado por diaspar en Junio de 1998