M.R. James - El Maleficio de las Runas



     15 de Abril, 190_
     Estimado Señor, le avisamos a través del Consejo de la Asociación de ...
     que le regresamos la copia de un documento de "La Verdad sobre la
     Alquimia", que usted ha tenido a bien prestarnos para su lectura durante
     nuestro último encuentro, para informarle que el Consejo no ha visto la
     manera de incluirlo en el programa.
     Muchas gracias.
     ..., Secretario
     18 de Abril
     Estimado Señor:
     Le pido mil disculpas por haberle dicho que mis compromisos no me
     permitían entrevistarlo sobre el tema del citado documento. Nuestras leyes
     no permiten la materia de su discusión con el Comité de nuestro Consejo,
     como usted sugirió. Por favor, permítame asegurarle que le fue dada la
     mayor consideración a la copia que usted nos remitió, y que no es
     declinada sin haber sido referida al juicio de la autoridad de máxima
     competencia. No tengo preguntas personales (es necesario para mí
     agregarlo) y no puede haber habido la menor influencia en la decisión del
     Consejo.
     Créame (ut supra)
     20 de Abril
     El secretario de la Asociación ... ruega respetuosamente hacerle saber al
     Sr. Karswell que es imposible para él dar el nombre de cualquier persona o
     personas a quienes la copia del documento del Sr. Karswell pudo haber sido
     remitida; y mayormente dar a conocer el hecho que él no puede replicar más
     cartas sobre tal hecho.
     ===================
     - ¿Y quién es el Sr. Karswell? - inquirió la esposa del secretario. Ella
     lo había llamado a su oficina, y (quizás con desconfianza) había tomado la
     última de las tres cartas, que el tipista había entregado.
     - El Sr. Karswell es un hombre muy desagradable. Pero no se mucho acerca
     de él, excepto que es rico, su dirección es Lufford Abbey, Warwickshire, y
     aparentemente es un alquimista, y busca informarnos todo acerca de eso, y
     lo demás es que no quiero saber nada por las próximas dos semanas. Ahora,
     si tu estás lista para marcharte, yo lo estoy.
     - ¿Qué has hecho para que se ponga desagradable? - preguntó la Sra. del
     secretario.
     - Lo usual, querida: él envió una copia de un documento que quería que
     fuera leído en el siguiente encuentro, y nosotros se lo referimos a Edward
     Dunning, probablemente la única persona en Inglaterra que sabe sobre este
     tema, y sabiendo que no tenía chances, lo rechazamos. Desde entonces
     Karswell ha estado bombardeándonos con cartas. La última que me mandó,
     decía que quería el nombre de la persona a la que se le envió esta absurda
     copia; tu leíste mi respuesta a ello. Pero no digas nada, por el amor de
     Dios.
     - Creo que no, pero, ¿alguna vez hicimos algo así? Espero, sin embargo,
     que nunca sepa que fue el pobre Sr. Dunning
     - ¿Pobre Sr. Dunning? No se porque lo llamas así; él es un hombre muy
     feliz, muchos hobbies, y una casa confortable, y todo su tiempo para sí
     mismo.
     - Quise decir que deberíamos sentirnos apenados por él, si Karswell lo
     sabe y comienza a molestarlo.
     - ¡Oh, si! Entonces él sí será el "pobre" Sr. Dunning.
     El secretario y su esposa fueron a comer. Y la casa de los amigos a la que
     fueron estaba en Warwickshire. Así que la Sra. del Secretario había
     pensado que podía preguntarles juiciosamente si sabían algo acerca del Sr.
     Karswell. Pero ella se evitó el problema de encausar la conversación hacia
     el tema, ya que la anfitriona dijo, luego de algunos minutos:
     - Vi al abad de Lufford esta mañana.
     La anfitriona silbó.
     - ¿Lo viste? ¿Y qué lo trae por la ciudad?
     - Dios sabe; salía del Museo Británico.
     Fue muy natural que la sra. del Secretario preguntara si este era un
     verdadero abad.
     - Oh, no, querida: solamente un vecino nuestro en el campo que compró la
     abadía de Lufford hace unos años. Su nombre verdadero es Karswell.
     - ¿Es amigo de ustedes? -preguntó el Secretario, con un guiño a su esposa.
     La pregunta despachó un torrente de declamaciones. No había realmente nada
     que decir sobre el Sr. Karswell. Nadie lo conocía bien: sus sirvientes
     eran sin excepción un horrible grupo de personas; él había inventado una
     nueva religión, y practicaba una extraña clase de ritos que nadie podía
     describir bien; se ofendía fácilmente, y nunca perdonaba a nadie: tenía
     una cara desagradable; nunca realizó un acto de bien, y cualquier
     influencia que él ejercía era malévola.
     - Hazle un poco de justicia al pobre, querida -interrumpió el marido-. Tú
     olvidas las obras que hace por los chicos escolares.
     - ¡Olvídalas! Pero hiciste bien en nombrarlas, ya que nos dará una idea de
     la clase de hombre que es. Ahora, Florence, escucha esto. El primer
     invierno que estuve en Lufford, nuestro delicado vecino escribió al
     clérigo de la parroquia, y le ofreció dar una exhibición de magia para los
     chicos de la escuela. Dijo que tenía algunos trucos que podrían
     entretenerlos. Bien, el clérigo estaba más que sorprendido, ya que el Sr.
     Karswell habíase mostrado nada complaciente con los niños, quejándose
     siempre por las travesuras en sus terrenos o de alguna otra cosa, pero por
     supuesto él aceptó, y se arregló el evento para la tarde, y nuestro amigo
     vino personalmente para ver que todo estuviera bien. Él dijo que nunca se
     había mostrado tan agradecido por algo. Todos los niños asistieron a la
     casa, fue una fiesta infantil.
     Pero este Sr. Karswell había preparado todo con la evidente intención de
     asustar a estos pobres escolares, y como creo, si se lo hubieran
     permitido, él lo hubiera hecho. Él comenzó con algunas cosas suaves.
     Caperucita Roja fue una, y según dijo después el Sr. Farrer, el lobo fue
     tan horroroso que varios de los niños pequeños se escaparon de allí. Él
     dijo que el Sr. Karswell comenzó a contar la historia produciendo un ruido
     como el aullido del lobo a la distancia, lo que fue la cosa más
     escalofriante que jamás había escuchado. Todas las transparencias fueron
     mostradas y, según el Sr. Farrer, fueron todas muy claras y absolutamente
     realistas, y donde las había obtenido o como las había producido, él no se
     podía imaginar. Bien, el show continuó, y las historias empezaron a ser
     cada vez más aterrorizantes, y los chicos estaban como hipnotizados en
     completo silencio. A lo último presentó una serie de imágenes que
     representaba a un niño paseando a través de su propio parque, es decir
     Lufford, en la tarde. Cada niño en el salón pudo reconocer el lugar de las
     fotografías. Y este pobre niño era seguido, y luego perseguido y
     capturado, y hasta desmembrado por una extraña criatura blanca, que se
     veía primero desde acechando por los árboles, y gradualmente va
     apareciendo más y más clara. El sr. Farrer dijo que fue una de las peores
     pesadillas que jamás pueda recordar, y de lo que pudo haber significado
     para los niños, no tenía idea. Por supuesto esto había sido demasiado, y
     él le dijo muy claramente al Sr. Karswell que no continuara. Y él dijo:
     - ¡Oh! ¿Usted piensa que es tiempo de terminar nuestro pequeño festival, y
     enviar a todos a casa, a sus camas? ¡Muy bien!
     Y entonces cambió a otra imagen que mostraba una gran masa de serpientes,
     cienpiés, y otras desagradables criaturas con alas, y algo parecía que
     estuviera trepando y saliendo de la fotografía, como para lanzarse sobre
     la audiencia; y esto fue acompañado de una especie de crepitante sonido
     seco, que transtornó tanto a los niños, que todos salieron corriendo en
     estampida. Incluso algunos se lastimaron al chocar contra los muebles, y
     supongo que ninguno habrá podido cerrar los ojos aquella noche. Esa fue el
     peor escándalo en el pueblo. Por supuesto las madres le echaron una buena
     parte de la culpa al pobre Sr. Farrer, y, si ellas hubieran visto el show,
     creo que los padres hubieran ido a destrozar cada ventana de la Abadía.
     Bien, este es el Sr. Karswell, esta es su Abadía de Lufford, querida, y tu
     te podrás imaginar como suspiramos por su sociedad.
     - Si, pieno que él tiene todos las características de un criminal.
     - Es este el hombre, ¿o estoy mezclando con algún otro? -preguntó el
     Secretario (quien durante algunos minutos había estado con el ceño
     fruncido como si estuviera buscando algo)- ¿Es este el hombre que compró
     la "Historia de la Brujería" hace mucho tiempo, algo así de diez años
     atrás?
     - Es el mismo hombre; ¿recuerdas los comentarios sobre él?
     - Ciertamente; y conocí al autor del más incisivo de los libros. Tu
     deberías recordar a John Harrington.
     - Oh, muy bien, a pesar que no recuerdo haber visto o escuchado nada de él
     entre el tiempo desde que me fui hasta que leí el relato de su caso.
     - ¿Caso? -dijo una de las damas- ¿Qué pasó con él?
     - Lo que le pasó fue que se cayó de un árbol y se partió el cuello. Pero
     el enigma fue, que lo pudo haber inducido a subirse allí. Fue un asunto
     misterioso. Aquí estaba este hombre, un tipo atlético, y sin
     excentricidades que se supieran, caminando hacia su casa a través de una
     calle, era tarde por la noche, no había vagabundos por ahí. Súbitamente
     comienza a correr como un loco, pierde su sombrero y bastón, y finalmente
     se trepa a un árbol, dificil de subir, por cierto, que estaba cerca de un
     cerco, se agarra de una rama seca, y el se va para abajo, rompiéndose el
     cuello, y es encontrado a la mañana siguiente con el rostro desencajado de
     terror, con la mueca más escalofriante que te puedas imaginar. Fue
     evidente, por supuesto, que él había estado corriendo por algo, y la gente
     habló de perros salvajes, y de bestias que se escaparon de algún
     zoológico, pero no había nada en concreto. Esto fue en el '89, y creo que
     su hermano Henry (a quien lo recuerdo en Cambridge) ha estado tratando de
     encontrar una explicación desde entonces. Él, por supuesto, insistió en
     que hubo algo raro, malicia, pero no lo sé. Es dificil de ver como pudo
     haber pasado algo así.
     Luego de un tiempo la charla se revirtió sobre la "Historia de la
     Brujería".
     - ¿Leyó alguna vez ese libro? -dijo la anfitriona.
     - Si, lo hice -dijo el Secretario-, tanto como pude leer.
     - ¿Es tan malo como parece?
     - Oh, en mi opinión al respecto, poco interesante. Merece toda la fama que
     tiene. Pero, más allá de esto, era un libro diabólico. El autor cree cada
     palabra de lo que ha escrito, y si no estoy muy equivocado, él ha
     intentado de llevar a cabo la mayor parte de sus recetas.
     - Bien, yo solo recuerdo la opinión de Harrington, y debo decir que si yo
     hubiera sido el autor me hubiera servido para terminar definitivamente con
     mis ambiciones literarias.
     - No tuvo tal efecto en el presente caso. Pero, venga, son las tres y
     media. Tenemos que irnos.
     En el camino a casa la esposa del Secretario dijo:
     - Espero que ese horrible hombre no se entere que el Sr. Dunning tuvo algo
     que ver con el rechazo de su documento.
     - No se si haya riesgo de tanto -dijo el Secretario-. Dunning no se
     menciona, es algo confidencial, y nadie de nosotros lo hace por la misma
     razón. Karswell no sabe su nombre, Dunning no ha publicado nada sobre el
     mismo tema aún. El único peligro es que Karswell pueda haber ido al Museo
     Británico preguntando si había alguien que tuviera por costumbre consultar
     manuscritos de alquimia. Ahí no puedo decirte con seguridad si el nombre
     de Dunning no se mencionará. Espero que no ocurra.
     A pesar de todo, el Sr. Karswell era un tipo muy astuto.
     Esto fue a manera de prólogo. Una tarde, bien tarde, durante la misma
     semana, el Sr. Edward Dunning estaba regresando del Museo Británico, donde
     había estado trabajando e investigando, a la confortable casa del suburbio
     en la que vivía solo, atendido por dos excelentes mujeres que venían
     trabajando desde hacía tiempo con él. No hay nada más para agregar a
     manera de descripción de él que ya no hayamos oído. Sigámoslo en su sobrio
     camino a casa.
     Un tren lo recogió a una milla o dos de su hogar, y luego hacía
     combinación con un tranvía eléctrico. La línea terminaba en un punto a
     trecientas yardas de la puerta de su casa. Ya estaba cansado de leer
     cuando entró en el tranvía. La luz era escasa y solamente le alcanzaba
     para observar las publicidades sobre los cristales de los vidrios frente a
     donde él estaba sentado. Como era usual, las publicidades de esta
     particular línea de tranvías eran objeto de sus frecuentes
     contemplaciones, y, con la posible excepción del brillante y convincente
     diálogo entre el Sr. Lamplough y un eminente Asesor Legal de la Corona
     sobre las sales piréticas, ninguna le proveía de mayor campo de acción a
     su imaginación. Estoy equivocado, había uno en una de las esquinas del
     tranvía que no le era familiar. Estaba escrito en letras azules sobre
     fondo amarillo, y todo lo que se podía leer era un nombre, John
     Harrington, y algo así como una fecha. Podría no ser de ningún interés
     para él, pero a todo esto, el vagón estaba vacío, él solamente tenía
     curiosidad de acercarse a algún lugar en donde pudiera leerlo bien. Sintió
     una ligera pero imperiosa curiosidad por este problema; la publicidad no
     era del tipo usual. Rezaba:
     «En memoria de John Harrington, FSA, de The Laurels, Ashbrooke. Muerto el
     18 de Septiembre de 1889. Tres meses fueron permitidos»
     El vehículo paró, el Sr. Dunning, aún contemplando las letras azules sobre
     el fondo amarillo, le dirigió algunas palabras al guarda.
     - Le pido perdón -dijo-, estaba leyendo este aviso, es un poco peculiar,
     ¿no?
     El conductor lo leyó lentamente.
     - Bien, -dijo- nunca antes lo había visto. Creo que es una broma, ¿no?
     Alguien que dejó aquí sus bromas, creería.
     Sacó un trapo y, luego de remojarlo con saliva, lo aplicó sobre el vidrio,
     tanto desde dentro como desde fuera.
     - No, -dijo- no es una calcomanía; parece como si estuviese en el vidrio,
     digo, en la sustancia. ¿No lo cree usted, señor?
     El señor Dunning lo examinó y restregó con su guante, concordando con el
     guarda.
     - ¿Quién vigila estos anuncios, o les da permiso? Deseo que usted
     pregunte. Voy a tomar nota de las palabras.
     En este momento el guarda tuvo un llamado del chofer:
     - ¡Adelante, George, estamos atrasados!
     - ¡Está bien, está bien! Es que hay algo raro en este vidrio. Ven y echa
     un vistazo.
     - ¿Qué tiene el vidrio? - preguntó el chofer, arrimándose.
     - Bien, ¿y quién e' Arrington?
     - Solo estaba preguntando quien sería el responsable de poner este tipo de
     avisos en su coche, y que sería conveniente hacerle algún pleito - dijo
     Dunning.
     - Bien, señor, eso se hace en la orficina de la Compañía, creo que es del
     Sr. Timms, creo. Esta noche le avisaremo' y tal vez podamo' darle una
     respuesta mañana, si uste' viene con este carro.
     Esto todo lo que pasó aquella noche. El Sr. Dunning se pusó a averiguar
     sobre Ashbrooke, y supo que podría estar en Warwickshire.
     Al siguiente día, cuando partía por la mañana, el tranvía (el mismo de la
     noche anterior) estaba lleno como para permitir que él pudiera dirigirle
     la palabra al guarda. Él únicamente pudo notar que el curioso aviso había
     sido removido. Al final del día apareció un nuevo elemento misterioso:
     perdió el tranvía o bien, se propuso caminar hacia su casa. Una hora
     después, la criada había aparecido anunciando la visita de dos empleados
     de la compañía de tranvías que estaban muy ansiosos de hablar con él. Le
     dijo que era sobre el aviso, que casi había olvidado. Eran el guarda y el
     chofer del coche, y cuando hubo recordado el asunto del aviso, preguntó
     que tenían que decir acerca del tema.
     - Bien, señor, nos tomamos la libertad de investigar -dijo el conductor-.
     El Sr. Timms dio a William aquí lo' detalle' sobre el aviso. Según él, no
     hubo avisos con esa descripción enviado', ordenado' o pagado' por nadie.
     "Bien," le dije, "si este 's el caso, todo lo que le pido, Sr. Timms, es
     que averigüe por su cuenta," le dije, " y cuando quiera nos llama."
     "Seguro, " dijo, "lo haré": y nos fuimos. Ahora, le dejo, señor, la
     inquietud de si este anuncio, con letras azules sobre fondo amarillo,
     estaba tan claramente adherido al cristal, ya que usted debe recordarme
     fregándolo con el trapo.
     - Si, absolutamente, ¿bien?
     - Uste' dirá bien, no lo se. El Sr. Timms entró en el carro con una
     lámpara, no, él le dio la lámpara a William. "Bien, " dijo, "¿dónde está
     su precioso anuncio, del que hemos escuchado tanto?" y le dije "Aquí, aquí
     está, Sr. Timms, " y le señalé con mi mano -el conductor hizo una pausa.
     - Bien, -dijo el Sr. Dunning- se había ido, supongo. ¿Se rompió?
     - ¿Roto? No. Nada de eso. Este aviso, créame, ya no estaba. No había más
     trazas de ninguna letra azul en aquella parte del cristal, más... bien, no
     es bueno para mí que siga hablando. Nunca había visto una cosa así antes.
     Lo dejo a William aquí.
     - Y ¿Qué tiene que decir el Sr. Timms?
     - Nos llamó de cualquier manera, y no se, pero no lo culpo. Lo que
     pensamos William y yo es que usted también tomó nota de aquellas letras.
     No debemo' robar su tiempo de esta manera, señor; pero si uste' tuviera
     algún tiempo pa' darse una vuelta por la orficina de la Compañía, en la
     mañana, y decirle al Sr. Timms lo que uste' vio, nosotro' quedaríamo' muy
     agradecido' . Usted sabrá, que hemo' sido llamado'... bien, una cosa y
     otra. Ellos creen que nosotro' vemo' cosas, una cosa lleva a la otra, y...
     usted comprenderá lo que quiero decir.
     Luego de las siguientes elucidaciones del propósito, George dejó la
     estancia.
     La incredulidad del Sr. Timms (quien conocía de vista al Sr. Dunning) se
     modificó con el suceso del siguiente día, por el cuál este último pudo
     referir y mostrar; y cualquier antecedente que pudiera haber sido agregado
     a los legajos de William y George no quedó en los libros de la Compañía;
     pero tampoco se dieron explicaciones.
     El interés del Sr. Dunning en la materia fue mantenido vivo por un
     incidente que ocurrió durante la tarde siguiente. Él estaba caminando
     desde su club hasta el tren, y se dio cuenta de que un hombre con un
     puñados de folletos tales como los que eran distribuidos como publicidad
     por las empresas. Este distribuidor no había elegido una calle muy
     populosa para su operación. De hecho, el Sr. Dunning no notó que haya
     otorgado ningún panfleto hasta que él mismo pasó a su lado. Al pasar cerca
     hubo un roce y la mano de este individuo lo tocó, sintiéndose áspera y
     caliente de manera no natural. Esta impresión no fue muy clara. Él
     caminaba rápidamente, y cuando miró en el papel, pudo distinguir una tinta
     azul. El nombre de Harrington en letras capitales cautivó su vista. Se
     paró, sobresaltado y se palpó en busca de los anteojos. Al siguiente
     instante el panfleto fue arrebatado de su mano por un hombre que pasó
     apresuradamente y se escapó de manera irreparable. Él corrió un par de
     pasos, pero ¿dónde estaba el hombre? y ¿dónde estaba el distribuidor?
     Fue en alguna estado de ánimo reflexivo que el Sr. Dunning pasó el
     siguiente día al Salón de Manuscritos Selectos del Museo Británico, y
     llenó las fichas de solicitud para Harley 3586 y algunos otros volúmenes.
     Luego de un par de minutos estos le fueron traídos. Él se sentó en una de
     las mesas y al darse vuelta precipitadamente, chocó sin querer su pequeño
     portafolio, el cual cayó al piso. No vio a nadie que pudiera reconocer
     excepto uno de los empleados del salón, quien le ayudó a recoger los
     papeles. Pensó que los tenía todos y estaba por volver al trabajo cuando
     un fornido caballero de la mesa que estaba detrás de él, que estaba justo
     por irse y había recolectado sus cosas, le tocó en el hombro diciendo:
     - ¿Puedo darle esto? Pienso que es suyo -y le dio unas hojas de papel.
     - Es mío, gracias -dijo el Sr. Dunning.
     Al siguiente momento el hombre había abandonado el salón. Antes de
     finalizar su trabajo en el Salón, el Sr. Dunning tuvo alguna conversación
     con el asistente, y tuvo ocasión de preguntarle quien era el gentil
     caballero.
     - Oh, es un hombre llamado Karswell -dijo el asistente-, estuvo aquí hace
     una semana quienes eran las grandes autoridades en alquimia, y por
     supuesto le respondí que usted era el único en el país. Veré si puedo
     alcanzarlo, él se interesa por conocerlo, estoy seguro.
     - Por amor de Dios, ni lo sueñes -dijo el Sr. Dunning-. Estoy
     particularmente deseoso por evitarlo.
     - ¡Oh! Muy bien -dijo el asistente-, él no viene aquí seguido: Diré que
     usted no quiere conocerlo.
     Más que otras veces en el camino a casa ese día, el Sr. Dunning se
     autoconfesó, que no miraba el solitario atardecer con su usual jocundidad.
     Le parecía que algo impalpable y indefinido estaba entre él y todos los
     demás. Intentó sentarse cerca de otra gente en el tren y el tranvía, pero
     su suerte fue tal que en ambos viajaba muy poca gente. El guarda George
     estaba pensativo y parecía estar calculando el número de los pasajeros.
     Casi llegando a su hogar, encontró al Dr. Watson, su médico de cabecera.
     - Tengo que alterar tus tranquilidad hogareña, lamento decirlo, Dunning.
     Tus domésticas, ambas, han sido conducidas a la enfermería.
     - ¡Cielos santos! ¿Qué pasó?
     - Es algo como ptomanía venenosa, creería. Pero como veo, tu no la has
     padecido, o no estarías caminando solo.
     - ¿Tienes alguna idea de qué lo provocó?
     - Bien, ellas me dijeron que compraron algunas ostras a un buhonero
     durante su hora de comida. Es lamentable. He hecho algunos relevamientos,
     pero no puedo encontrar a ningún buhonero que haya estado en otras casas
     en la misma calle. Ven y cena conmigo esta noche, y mañana haremos
     arreglos hasta que vuelvan tus empleados.
     Una tarde solitaria fue de esta manera evitada; a la expensa de algunos
     desastres e inconvenientes, es verdad. El Sr. Dunning pasó el tiempo
     pacientemente con el doctor, y regresó a su hogar a eso de las 11:30. La
     noche que pasó no fue una de esas que uno busca recordar con satisfacción.
     Estaba en la cama, con las luces apagadas. Se estaba preguntando si la
     señora de la limpieza vendría temprano por la mañana para traerle el agua
     caliente, cuando escuchó inconfundible la puerta de su estudio abrirse. No
     había escuchado pasos en el pasillo, pero el sonido había sido claro, y él
     sabía que había cerrado la puerta aquella noche, luego de poner sus
     papeles en el escritorio. Fue más vale vergüenza que coraje lo que lo
     indujo a deslizarse al pasillo y reclinarse sobre la balaustrada de la
     escalera en su bata de noche, escuchando. Ninguna luz era visible; ningún
     sonido era audible: solamente una bocanada de aire caliente, que trepó por
     un instante a través de su espina. El volvió a su dormitorio y decidió
     poner traba a la puerta. Hubo más cosas desagradables empero. Quizás la
     Compañía había decidido que la luz no era necesaria en las horas de la
     madrugada, y habían detenido su suministro, o quizás algo se había
     descompuesto, el resultado fue que, de cualquier modo, la luz se había
     ido. Encontró un reloj y consultó cuantas horas de malestar le restaban
     pasar. Así que puso su mano en el bien conocido recodo bajo la almohada:
     únicamente, no irá tan lejos.
     Lo que tocó fue, según su explicación, una boca, con dentadura, y con
     cabello alrededor de ella, y, según declaró, no era la boca de un ser
     humano. No creo que tengamos que conjeturar lo que dijo o hizo; pero él
     estaba dentro de una habitación con la puerta cerrada y sus sentidos
     estaban bien alertas. El resto de la noche, miserable noche, lo pasó
     mirando a cada momento hacia la puerta. Pero nada pasó.
     A la mañana, los sonidos escalofriantes continuaron. La puerta seguía
     abierta, afortunadamente, y las persianas abiertas (las sirvientas habían
     sido llevadas al sanatorio antes de la hora de bajarlas); no había, para
     ser breves, rastros de ningún intruso. El reloj, también, estaba en su
     lugar habitual; nada estaba alterado, solamente la puerta del armario que
     se había abierto, lo cual era un hábito muy usual. Un ring en la puerta de
     servicio, estaba anunciando a la señora de la limpieza, que había sido
     llamada la noche anterior, y el nervioso Sr. Dunning, luego de pagarle,
     continuó su búsqueda en otras partes de la casa. Pero fue igualmente
     infructuosa.
     El día comenzó de manera deprimente. No se atrevió a ir nuevamente al
     Museo: mortificado por lo que el asistente había dicho, Karswell podía
     volver, y Dunning sintió que no podría encarar a un extraño posiblemente
     hostil. Su propia casa era odiosa; él odiaba ir al doctor. Pasó algún
     tiempo llamando al sanatorio, donde estaban su ama de llaves y sirvienta.
     Cerca de la hora del almuerzo, fue a su club, para volver a experimentar
     una intensa satisfacción al ver al Secretario de la Asociación. En el
     almuerzo Dunning reveló a sus amigos el más concreto de sus temores, pero
     trató de no dejarse llevar y hablar de aquellos que más pesaban sobre su
     espíritu.
     - ¡Mi pobre hombre -dijo el Secretario- qué perturbado se lo ve!. Mire
     esto, estamos solos en casa, absolutamente. Usted debe quedarse con
     nosotros. ¡Si! No hay excusa, envíe por sus cosas en la tarde.
     Dunning fue incapaz de negarse. Él, en verdad, se ponía más ansioso a
     medida que las horas pasaban, pensando en que le depararía la noche.
     Estaba casi feliz mientras se apuraba en ir a empacar.
     Sus amigos, cuando ellos tuvieron tiempo de tomar nota de él, se
     sorprendieron de su apariencia, e hicieron el mejor esfuerzo para que no
     le baje el ánimo. Más tarde, cuando quedaron solos fumando, Dunning dijo
     súbitamente:
     - Gayton, creo que ese alquimista sabe que fui yo quien rechazó su
     documento.
     - ¿Qué le hace pensarlo? -Gayton susurró-.
     Dunning le relató su conversación con el asistente del museo, y Gayton
     solo pudo concordar con su invitado, que podría estar en lo correcto.
     - No me interesa demasiado -prosiguió Dunning-, debe ser fastidioso
     conocerlo. Pero me imagino que es de mala entraña.
     La conversación recayó de nuevo; Gayton se impresionó más y más con la
     desolación que atacó el rostro de Dunning y finalmente, con considerable
     esfuerzo, le preguntó directamente si no había algo serio que lo estaba
     molestando. Dunning pegó una exclamación de asombro.
     - Trato de tenerlo fuera de mi mente -dijo-, ¿sabes algo acerca de un
     hombre llamado John Harrington?
     Gayton quedó atónito, y en el momento solo pudo preguntar por qué.
     Entonces Dunning contó su experiencia, sobre lo que le sucedió en el
     tranvía, y en su propia casa, y en la calle, el problema de la sombra que
     lo acechaba; y al final terminó con la pregunta que desencadenó todo.
     Gayton no sabía como responderle. Narrarle la historia de Harrington
     hubiera sido lo correcto, solo que Dunning estaba muy nervioso, y la
     historia por cierto era bastante macabra. Y él no podría dejar de
     preguntarse si no habría una conexión entre ambos casos a través de la
     persona de Karswell. Era una concesión difícil para un hombre de ciencia,
     pero podría ser facilitada a través de una 'sugestión hipnótica'.
     Finalmente decidió que esta respuesta debería quedar guardada esa noche;
     él podría más tarde hablar de la situación con su esposa. Así que le dijo
     que había conocido a Harrington en Cambridge, y que creía que había muerto
     de manera súbita en 1889, añadiendo un par de detalles sobre la persona y
     su vida pública. Él había hablado de esto con la Sra. Gayton, y ella llegó
     a la conclusión que podía haber estado revoloteando detrás suyo. Fue ella
     quien le recordó acerca de su hermano, Henry Harrington, y ella también
     sugirió que el podía tener más datos de sus anfitriones del día anterior.
     - Debe ser un chalado irrecuperable -objetó Gayton-.
     - Eso podría ser asegurado por los Bennetts, quienes lo conocen -replicó
     la Sra. Gayton, y ella marchó a ver a los Bennetts al día siguiente.
     No es necesario agregar ni entrar en mayores detalles acerca de los pasos
     que se siguieron para que Henry Harrington se encontrara con Dunning.
     La siguiente escena que tampoco requiere ser narrada es una conversación
     que tomó lugar entre los dos. Dunning le contó a Harrington sobre la
     extraña forma en que el nombre del muerto le había seguido, y también le
     relató algunas de sus propias subsecuentes experiencias. Al final le
     preguntó si estaba dispuesto a recordar cualquiera de las circunstancias
     conectadas con la muerte de su hermano. La sorpresa de Harrington por lo
     que escuchó puede ser imaginada: pero replicó rápidamente.
     -De vez en cuando -dijo-, John estuvo muy extraño, durante sus últimas
     semanas. Hubo varios detalles; el principal fue que sospechaba que lo
     seguían. Sin ninguna duda él era un hombre impresionable, pero nunca había
     tenido tales manías. No puedo sacarme de la cabeza que aquello fue
     resultado de un "trabajo", y lo que usted me dice sobre su caso me
     recuerda mucho a lo de mi hermano. ¿Puede decirme si hay alguna relación
     entre ambos?
     - Hay una, que ha estado tomando forma vagamente en mi mente. He sabido
     que su hermano había reseñado muy severamente un libro, no mucho tiempo
     antes de su muerte, y hace poco se ha cruzado en mi camino el hombre que
     escribió ese libro y que me guarda cierto rencor.
     - No me diga que el nombre de esta persona es Karswell.
     - ¿Por qué no? Ese es exactamente su nombre.
     Henry Harrington se reclinó.
     - Le voy a explicar. Por algo que él dijo, me quedó la seguridad de que mi
     hermano John estaba comenzando a creer, muy contra su voluntad, que este
     Karswell estaba en el fondo del problema. Mi hermano era un gran músico y
     acostumbraba asistir a los conciertos de la ciudad. Tres meses antes de su
     fallecimiento, volvió de uno de estos y me dio su programa para echarle un
     vistazo. Él siempre los guardaba: "casi lo pierdo", dijo "supongo que se
     me habrá caído, de cualquier manera, lo estaba buscando bajo mi asiento, y
     en mis bolsillos y, en eso, el que se sentaba atrás mío me dio el suyo;
     dijo si podía darme su podía darme su propio programa, ya que él no le
     daría ninguna utilización. No se quien era, un hombre fornido, bien
     afeitado. Me hubiera lamentado tanto por perderlo; por supuesto podía
     haber comprado uno, pero este no me costó nada." En otra ocasión me contó
     que había pasado una noche muy incómoda, tanto en el camino como en el
     hotel en el que estaba. Puse todas estas piezas juntas luego, pensando en
     ello. Tiempo después, no mucho, él estaba ordenando todos sus programas,
     clasificándolos y encuadernándolos. Y cuando revisó este en particular,
     encontró el principio de una tira de papel que unas extrañas letras
     escritas, en rojo y negro (muy cuidadosamente), y cuando me las mostró me
     parecieron letras rúnicas más que nada. "Esto" dijo, "debe pertenecer a mi
     vecino robusto. Creo que vale la pena devolvérselo; puede ser la copia de
     algo, evidentemente algo valioso para él. ¿Cómo haré para encontrar su
     dirección?" Luego de algunas elucidaciones, concluímos que lo mejor sería
     que él lo busque en el próximo concierto, que tendría lugar muy pronto. El
     papel estaba puesto sobre el libro; y ambos estábamos cerca de la
     chimenea; hacía frío, y era una noche ventosa. Supongo que la puerta se
     abrió, ni me di cuenta; lo cierto fue que entró una ráfaga de aire, una
     corriente de aire caliente era, y se llevó el papel, que fue a parar
     derecho al fuego: era un papel tan liviano y débil, que se inflamó de
     inmediato y se convirtió de inmediato en cenizas. "Bien" dije "ya no
     puedes devolverle nada." No dijo nada por un minuto, luego más bien
     enfadado: "No, no puedo, pero no se porque me lo tienes que decir así." Le
     remarqué que no diría más nada. "No más que cuatro veces" fue todo lo que
     dijo. Recuerdo esto muy claramente, sin ninguna razón o motivo; y ahora
     vamos al punto: no se si usted vio o no el libro de Karswell que mi
     infortunado hermano revisó. Yo lo hice, tanto antes como después de la
     muerte de él. La primera vez fue muy divertida y lo hojeamos juntos.
     Carece de un estilo, verbos infinitivos, y una redacción que haría que
     alguien de Oxford se tire de una montaña. No había nada que el autor no
     hubiera tragado, mezclando mitos clásicos e historias de la Leyenda Dorada
     con reportes de costumbres salvajes de hoy en día, todo muy correcto, sin
     duda, pero si uno sabe como ensamblarlas; y él no tenía la más pálida
     idea: parecía como poner la Leyenda Dorada y la Rama Dorada exactamente a
     la par, y creer en ambas. En definitiva, una patética demostración. Bien,
     luego de la tragedia, volví a hojear el libro. No estaba mejor que antes,
     pero la impresión que esta vez me provocó fue diferente. Sospeché, como le
     dije, que este Karswell había llevado a cabo algún tipo de "trabajo" sobre
     mi hermano, como en venganza por lo que había pasado con el libro. Y ahora
     me daba esa siniestra impresión. Un capítulo en particular me sobrecogió,
     en el que habla sobre los "maleficios de las Runas" sobre la gente, tanto
     con el propósito de ganar un querer o llevarlos a la perdición, quizás más
     especialmente lo último. El autor habla de todo esto como si realmente
     denotara conocimiento palpable. No voy a entrar en mayores detalles, pero
     la conclusión mía es que estoy seguro que el buen hombre del concierto no
     era otro que este Karswell: sospecho, y más que eso, que el papel tuvo
     mucha importancia, y creo que si mi hermano hubiera podido devolvérselo,
     aún estaría vivo. Así que ahora le pregunto que puede decirme usted sobre
     su caso.
     A manera de respuesta, Dunning le relató el episodio de la Sala de
     Manuscritos del Museo.
     - Entonces él realmente metió mano en sus papeles; ¿los ha examinado
     últimamente? ¿No? Debemos, si usted me lo permite, mirar todo y muy
     cuidadosamente.
     Ellos fueron a la casa de Dunning, que aún estaba vacía, ya que sus dos
     sirvientas aún estaban convalescientes. El portafolio de Dunning estaba
     acumulando polvillo sobre el escritorio. Ahí estaban las hojitas de papel
     que había utilizado para tomar sus notas: y de una de ellas se deslizó con
     pasmosa rapidez a través del cuarto, un pedazo de papel sumamente liviano.
     La ventana estaba abierta, pero Harrington la azotó, justo a tiempo para
     interceptar el papel, que pudo atrapar.
     - Creo - dijo -, que este papel puede ser idéntico al que le dio a mi
     hermano. Lo examinaremos, Dunning, esto puede ser algo serio para usted.
     Un largo exámen tomo lugar. El papel fue inspeccionado y Harrington dijo
     que los caractéres eran runas, pero no le era posible descifrarlas. Y
     ambos vacilaron en copiarlas en un papel, por temor, según confesaron, a
     perpetuar cualquier propósito malévolo que pudierar ocultar. Así que les
     fue imposible (si puedo anticipar un poco) descifrar este curioso mensaje.
     Ambos, Dunning y Harrington estaban firmemente convencidos que el papel
     tenía el efecto de traerle a su propietario una muy indeseable compañía.
     Así que debía ser regresado a su fuente de origen, y la única y más segura
     manera de hacerlo era a través del contacto personal; y aquí fue necesario
     una estratagema, para Dunning que había sido visto por Karswell. Él tenía
     que alterar su aspecto afeitándose la barba. Harrington pensó que ellos
     aún tendrían tiempo para esto. Él sabía la fecha del concierto en la que
     la 'esquela negra' había sido dada a su hermano: había sido un 18 de
     Junio. La muerte acaeció el 18 de Septiembre. Dunning le recordó que
     habían pasado tres meses de la inscripción en la ventana del carruaje.
     - Quizás -añadió, con una sonrisa apesadumbrada-, el mío también puede ser
     un pagaré a tres meses. Creo que puedo recordarlo a través de mi diario.
     Si, el 23 de Abril fue el día de lo del Museo; esto nos lleva al 23 de
     Junio. Ahora, como usted sabe, se hace extremadamente importante para mí
     saber todo sobre el proceso que sufrió su hermano, si le es posible hablar
     sobre el tema.
     - Por supuesto. Bien, la sensación de ser observado cuando se encontraba
     solo fue lo más desagradable que manifestó. Luego de un tiempo comencé a
     dormir en su dormitorio, y el se sintió mejor por ello: aún, hablaba de
     que tenía grandes pesadillas. ¿Sobre qué? No fue muy claro al hacer
     hincapié en aquello. Pero se lo puedo decir: dos cosas vinieron para él
     por correo durante aquellas semanas, ambas con estampillas de Londres, y
     dirigidas en una manera comercial. Una fue una grabado en madera de
     Bewick, toscamente recortado de una página: exhibía un camino nocturno y
     un hombre caminando a través de él, seguido por una horripilante y
     demoníaca criatura. Bajo esta imagen estaban escritas unas palabras del
     "Antiguo Marino" (que supongo el grabado ilustraba) acerca de alguien
     quien, habiendo una vez mirado a su alrededor--
     caminó,
     Y volvió nada más que su cabeza,
     Porque el sabía que un demonio terrorífico
     que estaba muy cerca suyo por detrás.
     - La otra postal era un calendario, tal y como los que los hombres de
     negocios algunas veces envían. Mi hermano no prestó atención a estas
     postales, pero yo las volví a mirar luego de su fallecimiento, y comprendí
     todo lo que pasó antes del 18 de Septiembre. Usted puede sorprenderse ya
     que la noche que fue muerto, se encontraba solo, pero el hecho fue que
     durante los últimos diez días aproximadamente, él sintió aún más esas
     sensaciones de ser observado o seguido por alguien.
     El fin de la conversación fue este. Harrington, que conocía a los vecinos
     de Karswell, pensó que podría tener vigilados sus movimientos. Y la parte
     de Dunning sería estar listo en cualquier momento para cruzarse en el
     camino de Karswell, y tener el papel en un lugar seguro y de rápido acceso.
     Ellos partieron. Las siguientes semanas sin duda hubo una severa tensión
     sobre los nervios de Dunning: las intangibles barreras que parecían
     encimarse sobre él a partir del día que recibió el papel, gradualmente se
     convirtieron en una creciente negrura que iba opacando sus vías de escape
     hacia cualquier cosa que podría ser considerada como un refugio. Nadie
     quería estar cerca suyo, y él parecía carecer de toda initiativa. Esperó
     con inexpresiva ansiedad durante Mayo, Junio y principios de Julio, según
     el consejo de Harrington. Pero todo este tiempo Karswell permaneció
     inamovible de Lufford.
     Al final, a menos de una semana que la fecha se cumpliera el plazo de sus
     actividades terrenales, llegó un telegrama: «Deja Victoria por tren,
     Viernes Noche. No lo pierda. Llegaré a la Noche. Harrington.»
     Él arribó a tiempo, y ambos tramaron su plan. El tren dejaría la estación
     Victoria a las nueve de la noche y su última parada antes de Dover sería
     Croydon West. Harrington marcaría a Karswell en Victoria, y buscaría a
     Dunning en Croydon, llamándole, si fuera necesario, por otro nombre que
     acordarían de antemano. Dunning se disfrazaría tanto como pueda, y sin
     ningún equipaje o iniciales, llevaría el papel consigo.
     El suspenso de Dunning mientras esperaba en la plataforma de Croydon no es
     necesario describirlo. Su sentido del peligro durante los últimos días
     había sido agudizado solo por el hecho de que la nube que lo cubría se
     había difuminado perceptiblemente; pero este alivio era un síntoma
     ominoso, y, si Karswell le eludía ahora, toda esperanza se habría
     terminado; y había mucha probabilidad de que así fuera. El rumor del día
     podía ser solo un truco. Los veinte minutos que pasó en el andén,
     perseguido por cada porteador llevando sobres fueron los más amargos que
     nunca había vivido. Al final el tren llegó, y Harrington apareció por una
     ventana. Era muy importante, por supuesto, que no hubiera ningún tipo de
     reconocimiento, y Dunning se ubicó al final del corredor del equipaje, y
     fue gradualmente avanzando hacia el compartimento en donde estaban
     Harrington y Karswell. También comprobó que el tren estaba bastante vacío.
     Karswell estaba alerta, pero no dio señales de reconocerlo. Dunning tomó
     el asiento no inmediatamente opuesto a él, e intentó, vanamente al
     principio, luego con gran exigencia de sus facultades, realizar la deseada
     transferencia. Opuesto a Karswell y al lado de Dunning, estaban
     depositados una serie de abrigos de Karswell. No sería muy certero
     introducir el papel en estas prendas. No podría hacerlo inadvertidamente,
     y Karswell podía dejar el vagón sin las mismas, así que él tendría que
     darselo en persona. Ese fue el plan que pensó. ¡Si aunque fuera, pudiera
     hablar con Harrington! Pero eso no podía ser posible. Los minutos pasaban.
     Más de una vez, Karswell se levantó y fue hacia el corredor. La segunda
     vez Dunning estaba casi por intentar tirar alguno de los abrigos fuera del
     asiento, pero él miró a los ojos a Harrington y leyó una señal de alerta.
     Karswell, desde el corredor, estaba mirando: probablemente para ver si los
     dos hombres se reconocían entre sí. Él regresó, pero estaba evidentemente
     intranquilo: y, cuando se levantó por tercera vez, la esperanza surgió,
     con algo que se deslizó del asiento y cayó casi silenciosamente al piso
     del compartimiento. Karswell se había retirado una vez más, y Dunning tomó
     aquello que había caído, y vio que la salvación estaba en su mano, en la
     forma de un talonario de tickets, con varios tickets y una especie de
     sobre en la tapa. En cuestión de breves segundos el papel del cual
     estuvimos hablando estaba ya en el sobre del talonario. Para hacer esta
     operación más segura, Harrington permaneció cerca de la puerta del
     compartimento y espió con el rabillo del ojo. Se había hecho, y se había
     hecho en el momento justo, ya que el tren estaba aminorando su marcha para
     detenerse en Dover
     En un momento más, Karswell reingresó en el compartimiento. En ese momento
     Dunning se las ingenió, no supo como, para suprimir el temblor de su voz,
     y le alcanzó el talonario, diciendo:
     - ¿Le doy esto, señor? creo que es suyo.
     Luego de una breve ojeada a los tickets que contenía, Karswell susurró una
     respuesta.
     - Sí, lo es; le agradezco mucho, sr. -y lo guardó en el bolsillo de su
     chaqueta.
     Luego, en los siguientes momentos, momentos de tensa ansiedad, ya que
     ellos no sabían que podía pasar si Karswell prematuramente encontraba el
     papel, ambos hombres se dieron cuenta de el vagón pareció oscurecerse y
     caldearse en torno a ellos; y Karswell estaba oprimido e inquieto; sacó el
     montón de capas y abrigos de cerca suyo alejándolos lo más posible, como
     si lo repeliera; y luego se volvió a sentar, mirando a los otros dos
     hombres angustiosamente. Ellos, ya con una ansiedad enfermiza, se ocuparon
     de recolectar sus propios bultos, y ambos pensaron que Karswell estaba a
     punto de decir algo cuando el tren se frenó en Dover.
     En el muelle ellos salieron, pero como el tren había estado tan vacío de
     pasajeros, se vieron forzados a demorarse en la plataforma, hasta que
     Karswell hubiera pasado frente a ellos con su porteador, camino al bote;
     cuando se sintieron seguros, intercambiaron un aprentón de manos y una
     palabra de concentrada congratulación. El efecto sobre Dunning fue como
     para dejarlo casi exánime. Harrington le hizo apoyarse contra la pared,
     mientras él se acercó a algunas yardas del muelle para ver mejor. El
     hombre a cargo examinó el ticket de Karswell, y luego bajó al bote.
     Súbitamente el oficial llamó a Karswell.
     - Usted, señor, discúlpeme, pero el otro caballero ¿mostrará su ticket?
     - ¿Qué diablos quiere decir con el otro caballero? -resonó como un gruñido
     la voz de Karswell bajo el muelle-.
     El hombre se dobló y lo miró.
     - ¿El diablo? Bien, no lo sé.
     Harrington lo escuchó hablar a sí mismo y luego en voz alta.
     - ¡Fue un error, señor; deben ser sus bultos! Le pido perdón. -y luego
     dijo a un subordinado, cerca de él- Él lleva un perro consigo, ¿o qué? Es
     gracioso: hubiera jura'o que no estaba solo. Bien, cualquier cosa que haya
     sido, lo tendremo' que ver a bordo. La semana que viene estaremo'
     recibiendo lo' cliente del verano.
     Luego de cinco minutos ya no se veía más que la atenuada luz del bote, y
     una larga línea de faroles de Dover, el rocío de la noche y la luna.
     Mucho más tarde, ambos se sentaron en la habitación en el 'Lord Warden'. A
     pesar de que ya no estaban tan ansiosos como antes, aún sufrían la
     opresión de una gran duda. ¿Estaban justificados en enviar a un hombre a
     la muerte, como ellos creían haber hecho? ¿Le tendrían que haber avisado,
     al menos?
     - No -dijo Harrington-, si él es el asesino que pienso, no hemos hecho
     otra cosa que justicia. Aún, si usted cree que hubiera sido mejor, ¿cómo y
     dónde le hubiera advertido?
     - Solamente sabemos que se ha anotado en Abbéville -dijo Dunning-, si le
     telegrafío al hotel algo como "examine su talonario, Dunning" me sentiría
     mucho mejor. Hoy es 21: él aún tiene un día más.
     Así que se enviaron algunos telegramas a la oficina del hotel en cuestión.
     No quedó claro si alcanzaron su destino, o qué. Todo lo que se supo fue
     que en la tarde del 23, un viajero inglés mientras estaba paseando frente
     a la Iglesia de St. Wulfram, en Abbéville, por entonces en obras de
     refacción, fue golpeado en la cabeza e instantáneamente muerto por una
     piedra que cayó de uno de los andamios de la torre noroeste, aunque luego
     se comprobó que no había ningún obrero en el andamio en aquel momento: y
     los papeles del viajero lo identificaban como el Sr. Karswell.
     Únicamente un detalle debe ser añadido. Cuando se vendieron las cosas de
     Karswell el juego de grabados de madera de Bewick fue adquirido por
     Harrington. La página con el grabado del viajero y el demonio estaba, tal
     y como esperaba, mutilada. También, luego de esperar un tiempo prudencial,
     Harrington repitió a Dunning algo acerca de lo que había podido escuchar
     sobre las cosas que dijo su hermano en sueños. Pero no dijo mucho, ya que
     Dunning lo frenó de inmediato.