PEDRO JORGE ROMERO - LO QUE UN HOMBRE DEBE HACER



     Esta va a ser una historia normal. Ya saben: chico encuentra a chica,
     chico deja a chica, chico... No, esto es demasiado apresurado. Mejor será
     que comience por el principio.
      Fue en el año 2057 cuando conocí a Isabel. Era alta, rubia, con pómulos
     marcados y una barbilla fina. Además era inteligente y podía hablar sobre
     cualquier tema en el universo. Yo nunca he sido muy culto, más allá de las
     necesidades de mi trabajo, y he de reconocer que me atraía una mujer con
     capacidad como para pasar de contarte el cotilleo más tonto a discutir de
     mecánica cuántica sin siquiera pestañear. En aquella época ya me dedicaba
     al periodismo. Recorría el mundo grabando imágenes de los más estúpidos
     acontecimientos de nuestro siglo y entrevistando a algunos de nuestros
     locos más egregios. ¿Recuerdan "Freaks", sobre una secta que muta
     deliberadamente a sus propios hijos, o "Durmientes del horror", sobre los
     tipos que se pasan la vida experimentando una realidad virtual donde
     cometen los más atroces crímenes? Esos dos reportajes son trabajos míos.
     Admito que no hago grandes obras de arte, pero ayudan a pagar las facturas
     y de vez en cuando gano premios por el realismo; es más, mi último
     reportaje ha ganado incluso el premio Pulitzer. Soy relativamente famoso.
      Fue precisamente a raíz de uno de esos reportajes como me encontré con
     Isabel. Mi cadena, DRíMAR una de las más importante compañías en el
     negocio del entretenimiento, me encargó un reportaje sobre el proyecto de
     nave generacional. Un grupo de millonarios fanáticos, a los que, en mi
     opinión, la edad y los tratamientos de rejuvenecimiento les habían cocido
     el cerebro, decidieron combinar sus respectivas fortunas para financiar
     una misión a las estrellas. El proyecto estaba ya muy avanzando y admitían
     visitantes y turistas. Por supuesto, todo el tema era una tontería, una de
     esas ideas que se adelantan a su tiempo. Las estrellas son el futuro de la
     humanidad, está claro, pero no hasta el próximo siglo al menos. En suma,
     "vete allá arriba", me dijo Marta, mi jefa en DRíMAR, "mira de qué va el
     asunto y a ser posible búscale el ángulo popular".
      Me fui directamente a Ecuador a coger el ascensor. Hoy parte de la
     novedad ha pasado, pero en aquella época estaba recién terminado y todo el
     mundo quería subir, aunque sólo fuese para llegar hasta Clarke, el
     asteroide que utilizan como contrapeso a treinta y cinco mil kilómetros de
     altura. Al subir no pude evitar pensar que toda aquella mole estaba
     formada por millones de fibras huecas de carbono de pocos nanómetros de
     espesor, un miembro particular de la familia de las fullerenes, y aun así
     tan resistentes que se necesitaría una sierra de platino para cortar una
     de ellas, más resistentes que cualquier otro material. Entrelazadas entre
     sí y unidas por enlaces débiles entre átomos, ese armazón de fibras forma
     el tallo del ascensor por el que se sube al espacio y se baja. Ni siquiera
     cuando se inauguró se pensaba que algún día pudiese llegar a amortizarse
     en el futuro cercano; era simplemente una de esas grandes obras de
     ingeniería que deben realizarse en un momento dado para que en realidad la
     disfruten generaciones futuras. No es sino el canal de Suez de nuestro
     siglo, por el que algún día los hijos de la humanidad irán,
     definitivamente, a las estrellas. Curiosamente me enteré más tarde que
     Isabel había participado marginalmente en la construcción del ascensor
     espacial. Se dedica a asesorar sobre nanotecnología y está bien
     considerada en ese campo; parece ser que tuvieron problemas con la
     velocidad de producción de los nanotubos y ella fue una de las personas
     que llamaron para dar su opinión.
      Me había puesto en contacto con la compañía que construía la nave
     generacional (Forward Unlimited, ¿pueden creerlo?) y apenas pasé unas
     horas en Clarke, el tiempo justo para asearme y cambiarme, antes de salir
     rumbo a la nave. éramos relativamente muchos, entre ingenieros y
     trabajadores de reemplazo, periodistas o simplemente turistas que pagaban
     una fuerte suma por darse el dudoso placer de visitar la nave Beyond the
     beyonder (la verdad es que Forward Unlimited no se caracteriza por su
     habilidad para elegir nombres), comer en un restaurante muy caro y decir
     que han compartido brevemente el sueño de la humanidad por alcanzar las
     estrellas.
      Al final del camino, apenas media hora desde Clarke, BtheB, así la
     llamaban, estaba aparcada en órbita geoestacionaria, un tipo con cara de
     cansado me anunció que me habían asignado una acompañante y un camarote.
     Ella, me dijo, me enseñaría la nave y contestaría a todas mis preguntas.
     Amablemente me acompañó a mi camarote, en el nivel más bajo, contando
     desde el centro, y cerca del casco. Apenas contenía un camastro y dos
     sillas. El tipo se dio la vuelta y se fue, supongo que a buscar más
     visitantes.
      Como ya supondrán al rato apareció Isabel.
      -Hola. Bienvenido a BtheB. Soy la doctora Azevedo, Isabel Azevedo.
      -Encantado de conocerla. Puede llamarme Corzo -vacilé un segundo-.
     Perdone que se lo pregunte, ¿doctora en qué?
      -Nanotecnología. Mi ocupación normal es la asesoría a empresas. Me
     encuentro aquí para ayudar en el diseño del sistema de soporte vital.
      -¿No es un poco exagerado utilizar a una doctora de guía? Estoy seguro
     que tendrá mejores cosas que hacer.
      -En esta fase del proyecto no hay suficiente personal, y todos los que
     participamos en él nos turnamos para servir de guía a los visitantes. Por
     supuesto, depende del nivel. Si sólo le interesan detalles generales un
     encargado de relaciones públicas sería suficiente, pero nos dijeron que
     usted estaría interesado en aspectos técnicos. Y aquí estoy.
      -Bien. Le importa si descanso un poco. Podemos quedar para más tarde, si
     no es problema.
      -No, por supuesto. ¿Le parece bien que vuelva dentro de dos horas?
      -Sí. Muy bien, gracias.
      Aunque parezca mentira así es como nos conocimos. Reconozco que no fue
     una conversación muy allá, pero a partir de ese momento nos vimos
     continuamente. Como todos los que trabajaban en BtheB, conocía muchos
     detalles de su construcción. Me lo fue enseñando todo, desde el sistema de
     propulsión iónica, pasando por el soporte vital, hasta las cuestiones
     mundanas del entretenimiento. La nave es sí no era más que un cilindro
     hueco, similar a una colonia O'Neill pero a una escala mayor. Una vez en
     vuelo, la nave giraría sobre si misma y el interior del cilindro sería
     ocupado por los pasajeros, los valientes que se atreviesen a firma para
     dejar por siempre la Tierra. Sobre el papel, y en las visitas, el concepto
     era muy bonito, pero dudaba que llegase realmente a funcionar. En el
     fondo, la solución que representaba para el viaje espacial no era muy
     original y exigía demasiado de la salud mental de los pasajeros. En más de
     una ocasión expresé mis dudas en voz alta. Isabel compartía algunas de
     ellas.
      -La verdad es que yo no construiría nada tan voluminoso como esta nave.
     En unos pocos años tendremos nanomáquinas capaces de resistir el paso por
     regiones interplanetarias. Yo me limitaría a esperar y enviaría un montón
     de ellas a crear la infraestructura necesaria en las estrellas más
     cercanas. Incluso, en cuanto sean algo más avanzadas, podrían crear seres
     humanos directamente en esos planetas. Treinta años, no más -me explicó.
      -O simplemente podemos esperar a saber como crear agujeros de gusano y
     realizar el viaje a las estrellas instantáneamente -ése era el reportero
     al tanto de los adelantos tecnológicos y científicos.
      Se dio la vuelta y me miró.
      -Primero -dijo-, a pesar de lo que creen los escritores de ciencia
     ficción el viaje en el interior de un agujero de gusano duraría un tiempo
     que depende de la longitud del "túnel" que une las dos bocas y del límite
     de la velocidad de la luz, que sigue existiendo aun en esas condiciones. Y
     segundo, todavía tendríamos que arrastrar la otra boca del agujero de
     gusano hasta el punto de destino. Me parece que no está muy al corriente
     de cosmología cuántica -no pudo evitar sonreír un poco.
      Me lo merecía. Justo castigo por abrir mi estúpida bocaza.
      -Aun así -dijo conciliadora-. Estoy de acuerdo con usted. No creo que
     este cacharro llegue a partir hacia las estrellas.
      Tenía toda la razón. Seis meses después el sentido regresó a los cerebros
     reblandecidos de los millonarios y decidieron reconvertir el BtheB en una
     inmensa combinación de hotel espacial y yate de recreo con el fin de
     realizar tours por el sistema Tierra-Luna. Dicen que ganan mucho dinero
     con el negocio, por lo que no me sorprendería que todo el rollo del viaje
     a las estrellas no hubiese sido más que una complicada argucia
     publicitaria.
      Pero volviendo al tema: así es como empece a intimar con Isabel. A partir
     de ese momento nos fuimos acercando poco a poco. Yo seguía haciendo
     preguntas insidiosas sobre la nave y los procesos necesarios para
     mantenerla, y ella a cambio lo explicaba todo con paciencia y se dejaba
     grabar defendiendo el proyecto. Cuando terminábamos la jornada nos íbamos
     a cenar a un restaurante situado en uno de los extremos del valle
     interior. Mientras degustábamos la comida sintetizada a bordo, que no
     sabía tan mal como suena, contemplábamos la puesta de sol, o más bien,
     como enormes paneles iban cubriendo la parte sobre nuestras cabezas de la
     larguísima llama de fusión que atravesaba el interior del cilindro y hacía
     las veces de sol. Dos semanas después, hicimos el amor por primera vez con
     la Tierra de fondo ejerciendo de muda espectadora. Fue maravilloso.
      Decidimos vivir juntos. A ella le faltaban todavía unas semanas para
     terminar el proyecto, así que volví a la Tierra a buscar un lugar
     adecuado. Mi trabajo me permite vivir en cualquier sitio, mientras
     disponga de un equipo para editar mis reportajes. Al final me decidí por
     un apartamento en la costa del Sahara, con un inmenso jardín, y mientras
     esperaba a que Isabel se uniese a mí me dediqué a terminar el reportaje:
     "A las estrellas, ¿mito o realidad?". No me quedó mal.
      Una vez instalados nos amoldamos a una cómoda rutina. Isabel se trajo
     todo su equipo informático y llenó con él una habitación; podía hacer
     muchos trabajos directamente en la casa, gran parte de la asesoría en
     nanotecnología consiste simplemente en ejecutar una simulación de la
     nanomáquina en cuestión y preparar un informe, pero aun así tenía que
     viajar mucho. No es que importase, porque yo también pasaba mucho tiempo
     fuera por cuestiones de trabajo, aunque a veces coincidíamos por ahí: es
     curioso cuantos reportajes interesantes puedes descubrir en los lugares a
     donde va la mujer que amas. Pero de cualquier forma siempre volvíamos a
     aquella casa, que se convirtió en cierta forma en el atractor extraño de
     nuestras caóticas trayectorias, el centro que daba sentido a nuestras
     vidas.
      Nuestros gustos no coincidían demasiado, pero Isabel tenía una forma de
     atraerme que hacia que todo me pareciese interesante. Si yo ponía cara de
     remolón al ofrecerme ir a ver a Londres un revival de Shakespeare, ella me
     miraba fijamente y me decía:
      -Venga Corzo, no sea conservador. ábrete un poco de miras.
      El reproche siempre surtía efecto y yo accedía a ir a una representación
     dispuesto a aburrirme mucho. Normalmente, sin embargo, volvía feliz de la
     experiencia y con ganas de repetir. Así pasamos dos años, los dos años más
     felices de mi vida.
     Todo se rompió en una fiesta. La cadena celebraba un nuevo premio y yo
     tuve que asistir. Isabel estaba en la India y me encontraba un poco solo
     sin nadie con quien compartir la noche. Busque a mi amigo Rudy, pero se ve
     que el muy zorro había conseguido colarle a Marta una excusa muy buena
     porque no lo encontré por ningún sitio. Así estaba: solo, vulnerable, con
     una copa en la mano, atrapado en el piso 130 de un rascacielos de Madrid,
     rodeado de periodistas tan egocéntricos como yo y teniendo que saludar a
     todo el mundo. Fue en ese momento cuando me presentaron a Eva. Era una
     periodista joven y no particularmente guapa, pero tenía una forma de
     mirarme que me sorprendía. Conozco a mucha gente en la profesión, muchos
     me admiran, otros me odia y algunos me ignoran, pero nadie me había mirado
     nunca como si fuese dios. Mi estado de ánimos no era el más adecuado y me
     pilló con las defensas bajas.
      Pasamos la noche hablando y bebiendo. Entre copa y copa me contó sus
     proyectos y sueños. Yo la interrumpía a intervalos razonables para
     salpicar la conversación con una anécdota cuidadosamente escogida que
     dejaba claro mi valor, fuerza y capacidad intelectual. No sé como acabamos
     en una de las oficinas vacías. Todo fue muy rápido. Me bajó los
     pantalones, se metió el pene en la boca y comenzó a chupar. Supongo que en
     ese momento todo el semen se me fue al cerebro para bloquearlo y las
     gónadas, súbitamente liberadas, se dedicaron a pensar por si solas. No sé
     como explicarlo, de pronto sentí que amaba a aquella mujer y que sería la
     madre de mis hijos. Acabamos haciendo el amor un par de veces.
      Al día siguiente nos vimos otra vez. Y un día más y otro. Al final decidí
     que estaba enamorado de Eva y decidí dejar a Isabel. Cuando llegué a
     nuestra casa la encontré trabajando en el ordenador. Estaba de espaldas a
     la puerta, con el pelo rubio suelto. Me acerqué un poco. Tenía en el
     rostro esa mirada de concentración que sólo pone cuando el problema le
     interesa de verdad.
      -Isabel -dije-, tengo que hablar contigo.
      Le costó un poco reaccionar. Estaba realmente concentrada. Apartó el
     rostro del monitor y me miró.
      -Ya ha vuelto. ¿Cómo está Madrid? Dime.
      No sabía por donde empezar. ¿Qué podía decirle? Al final me decidí por la
     verdad.
      -He conocido a otra mujer.
      No dijo nada. Se limitó a quedarse callada, mirándome. No podía leer nada
     en sus ojos, estaban fijos y fríos. Comprendí que se había retirado al
     interior de su cabeza, que estaba meditando la situación, deduciendo las
     inevitables consecuencias de lo que le había dicho. Al rato, certera,
     preguntó:
      -¿Vas a dejarme?
      Asentí.
      Ella se volvió hacia el monitor. En la pantalla se veía la imagen de unas
     barras, las partes diminutas de un nanoordenador, que calculaban su
     secreta lógica. Los hombros de Isabel se elevaron y empezó a sollozar.
      No podía soportarlo. No sabía si acercarme a ella y pedirle perdón. No
     sabía si decirle que no la dejaría, que la amaba demasiado. No sabía si
     quedarme allí y aguantar. Finalmente, para mi infinita vergüenza, me
     levanté y salí de la habitación. Al día siguiente se fue, una semana
     después vinieron a buscar todas sus cosas. Me dijo que no me guardaba
     rencor. Al principio intercambiábamos mensajes breves, pero pronto lo
     dejamos.
      Creí que al estar con Eva todo pasaría pronto. Y al principio así
     parecía. Nos llevábamos razonablemente bien y como trabajábamos para la
     misma empresa podíamos compaginar mejor nuestro tiempo libre. Sin embargo,
     pronto quedó claro que no teníamos nada en común. Lo mismo me sucedía con
     Isabel, pero donde ella hubiese lanzado una puya amable para hacerme
     cambiar de opinión, Eva se enfadaba y yo a continuación. Muchas de
     nuestras citas acababan en peleas. Sólo el sexo era bueno.
      Peor aun, descubrí que Eva me utilizaba para promocionarse. No es que yo
     tenga ningún poder real en DRíMAR, pero si soy razonablemente conocido y
     respetado. Por tanto, si Eva deslizaba un "a Corzo le gustaría" o "yo
     podría hacerlo con la ayuda de Corzo" normalmente conseguía lo que quería.
     A los seis meses me cansé y le planté cara. Tuvimos una pelea
     espectacular. Ella me reprochó todas las veces en que habíamos estado en
     desacuerdo. Yo le recriminé por utilizar mi nombre. Después de una hora de
     gritos di un portazo y me fui de allí.
      Comprendía ahora que había cometido un error. Había despreciado dos años
     de absoluta felicidad con Isabel por irme con una tía con la que ni podía
     hablar y que sólo pretendía aprovecharse de mi nombre. Me llamé imbécil
     durante horas. Pasaron los días, luego los meses, me instalé en otra casa,
     seguí trabajando, pero no podía evitar seguir pensando en mi estupidez.
      No sabía que hacer, así que hice lo que suelo hacer en esas situaciones:
     llamé a Rudy.
      Rudy es periodista científico. Sus reportajes son tan espectaculares como
     los míos, pero menos sensacionalistas. Se mueve tanto por el mundo como yo
     y no me sorprendió cuando su rostro apareció en la pantalla y descubrí que
     se encontraba en medio del Gobi, a cientos de kilómetros del lugar
     civilizado más cercano. No es que eso importe demasiado; con el cielo
     cubierto de satélites no es difícil encontrar a cualquier persona sobre la
     superficie de la Tierra, a varios metros bajo ella o incluso en la Luna si
     hiciese falta. Le pedí que nos viésemos. él me dijo que en un par de días
     pasaría unas cortas vacaciones en Asturias. Quedamos en un café.
      Rudy fue puntual. Nos sentamos en una de las mesas interiores y pedimos
     dos tazas de java. El camarero nos trajo dos tazas autotérmicas y la
     cuenta; hay cosas que nunca cambian.
      Comenzamos la charla con las típicas preguntas sobre la vida, la familia
     y los amores. En nuestro caso también nos pusimos al tanto sobre nuestros
     últimos reportajes. Cumplida esa parte, Rudy dijo:
      -Venga, cuéntame. ¿Qué te pasa?.
      -Tengo un problema y me gustaría consultarlo contigo.
      Rudy es ciertamente el mejor amigo que tengo en la profesión, lo cual
     viene a ser equivalente a decir que posiblemente es mi mejor y único amigo
     en el mundo. Nos conocimos quince años antes, cuando los dos empezábamos
     en el negocio y apenas sabíamos apuntar las cámaras de entonces. Yo creo
     tener talento para este trabajo, pero Rudy tiene algo a la larga mejor:
     perseverancia. Yo me convertí rápidamente en reportero, pero sus primeros
     trabajos eran tan malos que fue un milagro que no lo echasen a patadas de
     la cadena. Pero aguantó, aprendió y hoy ha ganado tantos premios como yo.
     Supongo que pronto me superará.
      Se lo conté todo.
      -Eres un idiota, un completo idiota. Siempre lo has sido. Basta con que
     una tía te sonría para que le des tu clave criptográfica y el código de
     acceso a tu cuenta.
      Continuó explicándome durante un rato todos lo defectos de mi
     personalidad. No era exactamente lo que yo buscaba pero esa es la forma en
     que le gusta hacer las cosas. Deberían ver como trata a sus ayudantes. Es
     incluso capaz de plantarle cara a la directora, Marta.
      -Te agradezco tus esfuerzos por ampliar mi vocabulario de insultos -le
     interrumpí-, pero no he venido a eso.
      -Pues yo he venido a verte a ti, idiota -sonrió-. ¿Qué quieres que te
     diga exactamente?
      -Me gustaría tu consejo.
      -A ver si lo he entendido correctamente. Conoces a esa chica, ¿Isabel?,
     que es maravillosa, estupenda y llena de virtudes. Te lo pasas bien con
     ella y eres feliz. De pronto conoces a la otra. Te la mama bien mamada,
     pierdes la cabeza por ella y rompes con Isabel. Pasa el tiempo y descubres
     que la segunda era una jodida groupie descerebrada y que a la que
     realmente querías era a la primera. ¿Es eso?
      -Exactamente.
      -¿Dónde está el problema?
      Levanté la vista sorprendido. Rudy se bebió el java de un trago y
     aprovechó mi desconcierto para pedir otra bebida. Whisky esta vez.
      -No lo has pensado bien, ¿verdad? -Me dijo.
      -Yo... me gustaría volver con Isabel, pero... -me callé.
      -Pero temes que ella te diga que no -dio un sorbo a su bebida.
      Miré por la ventana. Regulé la taza para rebajar un poco la temperatura
     del java.
      -Mira, desde mi punto de vista tienes dos opciones. Puedes portarte como
     un hombre, admitir que cometiste un error, intentar olvidarla y vivir. Por
     otra parte, podrías arrastrarte como un perro hasta ella, suplicarle que
     te perdone y esperar a ver que decide. Tú eliges. Pero en cualquier caso
     recuerda: "fuerza Corzo, sufre y no llores, que un hombre macho no debe
     llorar".
      Eso debía ser una de las referencias estúpidas e infantiles que a Rudy le
     gusta meter si que vengan a cuento. La ignoré.
      -¿Crees que volverá conmigo?
      -No es que te portases muy bien con ella, pero cualquiera lo
     suficientemente loca como para salir contigo podría ser capaz de cualquier
     cosa, incluso volver contigo.
      Llamé al camarero. Le di el número de mi cuenta y autentifiqué la
     transacción en la pantalla que llevaba en el pecho. El robot me dio las
     gracias y se volvió al mostrador.
      Rudy y yo nos pusimos en pie y salimos del local. Fuera hacia una mañana
     de verano espléndida, de esas que normalmente te ponen alegre y de buen
     humor sólo con su presencia, aunque hoy no estaba funcionando.
      -Mira chico, siento no poder acompañarte más, pero he quedado con un
     chica y... bueno, tengo que aprovechar los pocos días.
      -Lo entiendo. Gracias por venir.
      -De nada, para eso están los amigos.
      Se dio la vuelta e hizo una señal. Inmediatamente un taxi descendió y se
     quedó flotando justo a su lado. Rudy no perdió tiempo en meterse dentro,
     la chica debía ser verdaderamente guapa, pero tuvo el detalle de decirme
     adiós con la mano. El taxi se elevó hacia el tráfico y pronto lo perdí de
     vista.
      Yo doblé una esquina y me dirigí hacia el mar. La playa estaba llena de
     bañistas de piel oscura. Es increíble, después de décadas vacías por culpa
     del cáncer de piel, bastó el descubrimiento de una protección genética
     para que volviesen a quedar repletas.
      El mar era, como siempre, de un azul intensísimo. Mirando fijamente al
     horizonte podías creer que eras la única persona sobre la Tierra. La línea
     de agua ejerce una atracción hipnótica sobre mí, por lo que decidí
     aprovechar para sentarme en la arena y pensar.
      Estuve allí durante horas. Al final decidí hablar con Isabel. Levanté la
     muñeca para utilizar el ordenador y le pedí que me pusiese con ella,
     estuviese donde estuviese. La luz de estado se encendió y apareció la
     indicación del progreso de la llamada.
      Reconozco que soy algo chapado a la antigua; sé que mucha gente lleva el
     ordenador en la chaqueta pero yo la ropa la prefiero no demasiado
     inteligente. Una cosa es que la camisa le pueda decir a la lavadora que
     tiempo de lavado precisa y otra muy distinta es que te interrumpa
     continuamente para aclararte que lo que te estás poniendo no combina. Y
     definitivamente no quiero que el abrigo sea capaz de llamar a mis
     conocidos. Por esa razón llevo el ordenado en la muñeca. Algún día me lo
     haré implantar en el pecho con el equipo de grabación, pero por el momento
     ahí se queda.
      Por fin contestaron a la llamada. Isabel estaba en Australia. Su rostro
     apareció en la diminuta pantalla y el corazón me dio un salto.
      -Isabel, soy yo, Corzo, quería decirte...
      -La señorita Isabel no está disponible en estos momentos. Puedo ayudarle
     en algo.
      Maldita sea, era un simulacro. Yo no lo uso, no me gusta que una copia
     más o menos inteligente de mí conteste a las llamadas cuando yo no puedo.
     Si alguien quiere realmente hablar conmigo que llame de nuevo. Peor aun,
     en lo que a inteligencia artificial algorítmica se refiere un simulacro
     puede entender muchas cosas, pero nada realmente importante y ciertamente
     no lo que tenía que decir.
      -Me gustaría dejar un mensaje a la señorita Isabel.
      -Bien. Comience el mensaje.
      Lo solté todo. Que lo sentía, que quería volver con ella. Le ofrecí todo
     tipo de explicaciones y excusas. Le ofrecí todo, le prometí una nueva
     vida. Me disculpé mil veces. Después de seis minutos de incoherencias le
     pedí vernos en una bar de Sydney, el Miracle Ingredient, dos días después.
     Colgué.
      Una hora más tarde me avisó el ordenador. Tenía un mensaje. Era corto,
     sólo texto, y simple. Confirmaba lugar, día y hora. Corrí al aeropuerto.
     Llegué una hora antes. Me senté y pedí una taza de java. El Miracle
     Ingredient es uno de esos lugares de moda en medio de Sydney. Uno puede
     pedir cualquier bebida inimaginable sobre la Tierra, si estaba disponible
     ese día, porque el menú varía al azar diariamente. Es un local tan
     elitista y caro que puede permitirse camareros humanos. Uno ellos me trajo
     la bebida.
      Se hizo la hora de la cita. Los nervios no me dejaban en paz. Jugaba con
     la taza moviéndola de un lado a otro, no corría peligro de enfriarse, y mi
     estómago estaba a punto de devorarse a sí mismo. Cada treinta segundo
     echaba un vistazo a la puerta. No llegaba.
      Sonó el ordenador. Temí que fuese ella anulando el encuentro, pero sólo
     era una aviso de recepción del nuevo número de una de las revistas, en
     este caso Breakthrough!, a las que estoy suscrito. Nada realmente técnico,
     que no podría entender, pero así sé que nuevos adelantos se han producido
     y puedo decidir si alguno merece un reportaje. Al colgar un tipo inmenso
     se plantó frente a mí. Me miró durante un rato y luego, sin decir nada, se
     sentó.
      -No firmo autógrafos -le dije-. Además, no tengo tiempo para charlar.
     Espero a alguien.
      Siguió mirándome. Su rostro me resultaba lejanamente familiar. Por fin,
     habló.
      -Corzo, ¿no me reconoces? -Dijo con una sonrisa.
      Juro que durante unos segundos consideré seriamente la posibilidad de que
     hubiese cambiado a un universo alternativo. Simplemente, no podía ser.
      -¿Isabel? -Me atreví a decir.
      -Sí, soy yo. ¿Te gusta mi nuevo cuerpo? Te aseguro que está completo en
     todos sus detalles.
      Busque rápidamente algo que decir.
      -Por todos los santos Isabel, eso es para maricas.
      "Eso no, estúpido, eso no", me dije demasiado tarde. Ella, quiero decir
     él, dejó claro su disgusto.
      -No seas conservador Corzo. Abre un poco tu mente. Sólo una fracción de
     los homosexuales quieren cambiar de sexo y esos ya lo hicieron en cuanto
     anunciaron la técnica. El cambio es ahora completo y total en cualquier
     medida que puedas exigir. No se parece en nada a las carnicerías
     disponibles hasta ahora. A todos los efectos prácticos ahora soy un hombre
     y si quisiera podría dejar embarazada a una mujer.
      »Reconozco que puede parecer desconcertante. Pero créeme, ahora es una
     opción como otra cualquiera, como cambiarse de ropa. Y con el tiempo será
     aun más fácil.
      Creí que iba a volverme loco.
      -¿Y el simulacro?
      -No he tenido tiempo ni ganas de cambiarlo. También he de reconocer que
     cuando recibí tu mensaje me sentí algo conmovido y un poco cruel. Quería
     ver como reaccionabas.
     »Sé que soy un pionero en este campo. No somos muchos los que simplemente
     hemos decidido cambiar de sexo porque nos apetecía. Pero en el futuro
     seremos más.
     -No habré sido yo el responsable de esto, ¿verdad?
     Ella... él rió alegremente.
     -Corzo, dios mío, a veces eres tan tonto.
     No me sentía con ánimo de discutir esa parte y lo tomé como un no.
     -Supongo que será reversible -era lo único en que podía pensar-. Vamos,
     que podrás volver a ser una mujer en cualquier momento.
     -Completamente reversible. Pero sabes, por el momento no tengo intención
     de volver a ser una mujer. He de admitir que al principio fue algo
     desconcertante, sobre todo eso colgándote entre las piernas, pero me he
     acabado acostumbrando.
     »Más aun, no sólo soy un hombre, también soy heterosexual. Pueden alterar
     tu cerebro para que tengas cualquier preferencia sexual inimaginable.
     Elegí el cambio completo -imitó mi voz-; "ya no me gusta chuparla, ahora
     prefiero una buena tía".
     »Lo siento de verdad, Corzo, pero has llegado demasiado tarde. Acepto tus
     disculpas, ya casi lo había olvidado, pero no quiero ni puedo volver
     contigo.
     Lo escuché todo con calma y con la boca abierta. Me encontraba en medio de
     una profunda depresión; de pronto, la mujer que amaba se había convertido
     en un ser inalcanzable, en un personaje sacado de uno de mis reportajes.
     Es más, estoy seguro que la cadena me hubiese respaldado si le hubiese
     ofrecido allí mismo un contrato para rodar 24 horas de su vida; para
     seguir durante ese tiempo cada uno de sus movimientos: como iba al baño,
     como se masturbaba, etc...
     Sólo supe quedarme en silencio.
     -Adiós -dijo y se levantó.
     Se alejó lentamente de la mesa. Yo la seguí con la mirada, a él, quiero
     decir. La verdad es que había invertido bien su dinero: había comprado el
     cuerpo que todo hombre quiere tener a los dieciocho años.
     No sé cuanto tiempo pasé con la cabeza entre las manos. No sabía que hacer
     y sólo sentía ganas de desenchufarme. Pedí una botella del alcohol más
     fuerte que tenían ese día y me emborraché cuidadosamente. Cuando me
     echaron del local me fui a un hotel.
     Pasé un par de días en aquella habitación. En ocasiones veía la holo e
     intentaba enterarme de las noticias. Pero la mayor parte del tiempo lo
     pasaba pensando. Finalmente tomé una decisión. Bajé al bar del hotel y me
     emborraché otra vez antes de hacer nada.
     Dos horas después me levanté y llamé a Rudy. No sé ni como pude decírselo
     a la máquina, pero dos segundos después lo encontré preparando un
     reportaje en medio del Yucatán.
     -Estás borracho -me dijo.
     Le conté lo sucedido desde la última vez que nos vimos y le hice cientos
     de preguntas. Creo que repetí muchas de ellas y que tuve que intentarlo
     varias veces. Rudy conocía todas las respuestas; es más, había hecho un
     reportaje sobre el tema, cuando las técnicas empleadas eran todavía
     experimentales. En su descargo, debo decir que intentó convencerme para
     que me fuese a una habitación de hotel a dormir la borrachera, pero
     finalmente claudicó y me recomendó una clínica cercana.
     Subí a un taxi y quince minutos después estaba hablando con un médico. No
     debía sonar muy coherente y él también intentó convencerme para que
     durmiese la mona y lo pensase mejor. Doy por supuesto que no di mi brazo a
     torcer y acabaron inyectándome algo.
     Desperté al día siguiente casi sin resaca. El mismo médico volvió y me
     hizo las mismas preguntas. ¿Estaba seguro? Sí, estaba seguro. Me explicó
     que todo el proceso llevaría alrededor de un mes. En ese tiempo harían
     crecer algunos órganos. A mí, mientras tantos, me inyectarían más de
     doscientas nanomáquinas distintas que realizarían cientos de cambios en mi
     interior. Eso no sería problema, cuando terminasen saldrían a la
     superficie y la luz del sol las destruiría, pero mientras tanto yo tendría
     ataques continuos de fiebre; una nanomáquina genera poco calor, pero
     millones de ellas provocan un aumento de temperatura apreciable. También
     me conectarían a un sistema de realidad virtual para enseñar a mi cerebro
     a manejar un cuerpo femenino. Un par de operaciones finales y listo. Dije
     sí a todo, les di el código de mi cuenta y autentifiqué cientos de
     documentos. Iba a ser muy caro, pero podía permitírmelo. Me aseguraron,
     con una sonrisa, que a pesar de los múltiples pasos no sería doloroso en
     absoluto.
     Me llevaron a otra sala a elegir los detalles. Supongo que escogí un
     cuerpo que era el sueño de todo hombre aunque creo que no me pasé. Tuve
     que firmar más papeles asegurando que eso era exactamente lo que quería.
     Como último paso llamé a Marta.
     -Necesito un mes más de vacaciones -dije-. No me importa que sea sin
     sueldo.
     -¿Para que las quieres? Pensaba enviarte a cubrir el próximo Congreso
     Mundial de Física. Parece que alguien ha conseguido abrir un agujero de
     gusano estable en una estación espacial. Ya conoces todo ese asunto de la
     materia exótica y el rollo de unir dos singularidades...
     -Manda a Rudy -la interrumpí-, está más en su línea -le expliqué todo el
     asunto.
     Cuando terminé los ojos le brillaban con el signo del dólar.
     -Nada de vacaciones. Estarás trabajando. Pagaremos la operación, pero
     quiero que grabes cada segundo de ese mes. Va a ser un reportaje cojonudo.
     -Pero a estas alturas cientos de personas han sufrido la operación. No vas
     a ganar nada. Además, la clínica pondrá objeciones...
     -Yo me ocuparé de la clínica. Y será un reportaje sobre un famoso
     reportero de televisión que se somete a una operación nueva para cambiar
     de sexo por completo y todo contado por el mismo. Vamos a ganar otro
     Pulitzer.
     Qué podía hacer. Firmé allí mismo el contrato en la pantalla. No sé que le
     ofreció a la clínica pero no pusieron la más mínima pega. Al día siguiente
     comenzaron el proceso y yo tuve que permanecer despierto contando hasta
     los más pequeños detalles y mis reacciones. Marta tenía razón: el
     reportaje no sólo fue un éxito de audiencia, sino que además ganó el
     Pulitzer.
     He llamado a Isabel y hemos vuelto a quedar en el mismo bar de Sydney. Yo,
     como siempre, he llegado una hora antes. Para pasar el tiempo y calmar los
     nervios he dictado la historia al ordenador. Ya casi es la hora de nuestra
     cita.
     Isabel conoce mi situación, por supuesto. Aunque yo no se lo hubiese dicho
     habría visto el reportaje y lo sabría. Me echó una mirada muy extraña
     cuando lo llamé, como si no estuviese convencido del asunto. Pero estoy
     seguro que superará sus recelos. Si yo he podido adaptarme... Al principio
     me costó un poco, lo reconozco, sobre todo la ropa. Para eso no me habían
     preparado; no entiendo por qué la ropa de hombre y de mujer es tan
     radicalmente distinta. Por suerte, todas las prendas están bien
     programadas, mejor que las de hombre, y han sido una gran ayuda, aunque
     los zapatos siguen quejándose de que no los uso correctamente. Yo
     persevero, no soy demasiado alta y creo que llevar tacones es lo que más
     me conviene.
     Tengo un poco de miedo. Supongo que la ansiedad no se calmará hasta que
     llegue y me diga que sí. él no podrá rechazarme ahora. Estoy segura que
     comprenderá que lo he hecho porque estaba enamorada. La situación se
     arreglará, ¿no? Después de todo, he hecho lo que cualquier otro hombre
     hubiese hecho en mi lugar.
     NOTA FINAL
     El responsable de la existencia de este relato es Rodolfo Martínez. Él
     escribió una novela de terror llamada El abismo te devuelve la mirada. El
     protagonista es un escritor de ciencia ficción, llamado Corzo, que un día
     se vuelve loco y asesina a toda su familia. El escritor en cuestión
     organiza una vez al año un taller de ciencia ficción en su casa, al que
     asisten varios escritores españoles del género. Entre ellos se pueden
     reconocer a varios que realmente existen, aunque yo me quedé sorprendido
     por uno: un tal Pedro, que según Rudy está basado en mí, que escribe
     ciencia ficción dura. Bien, la cuestión es que el ejercicio planteado en
     el taller consiste en escribir un cuento que tenga el siguiente argumento:
     él conoce a una chica, él conoce a otra chica y deja a la primera, él
     descubre que realmente quería a la primera e intenta volver con ella, la
     primera lo acepta o lo rechaza (eso es opcional). Mi sorpresa fue
     descubrir que En el abismo te devuelve la mirada están descritos los
     cuentos de varios de los escritores "ficticios", pero no el "mío". En
     julio del 96, andando por Asturias, hablé con Rudy:
      -Oye Rudy [aquí van unos insultos que no vale la pena repetir], ¿por qué
     no está descrito "mi" cuento en la novela?
     -Es que no se me ocurría nada -contestó mirándose los pies avergonzado.
     -Vale, entonces lo escribiré yo mismo.
     -Pero tiene que ser ciencia ficción dura... -fue su débil objeción.
     -Será ciencia ficción dura, no te preocupes -dije yo.
     Pues escribí el cuento y se lo envié a Rudy. A él le gustó tanto que ahora
     en la escena del taller literario de la novela (que espero se publique
     algún día, porque vale la pena) se citan párrafos del cuento. Yo por mi
     lado decidí enviarlo al concurso Domingo Santos de 1996 donde recibió una
     primera mención. No está mal para ser el primer cuento que escribía en
     seis años.
     No quiero dejar esta nota sin mencionar otra influencia. El personaje
     protagonista de "Lo que un hombre debe hacer" debe mucho al escritor
     australiano Greg Egan, al que admiro muchísimo y que considero uno de los
     mejores autores de ciencia ficción actuales. Su antología Axiomatic es
     simplemente una de las mejores recopilaciones de cuentos que he leído
     nunca. Espero que algún editor español, ¿me escuchas Miquel?, tenga el
     detalle de publicar algo suyo en nuestra lengua (por ejemplo, Permutation
     City no sería mala elección).