Eric Frank Russell
Por la gran cinta
de cemento de la pista venía rugiendo el Stutz Special de doble cilindrada de
Sampson. Detrás, acortando gradualmente la distancia que los separaba, tronaba
el «Bala de Plata», piloteado por Stanley Ferguson. Las exclamaciones de
aliento de una multitud de aficionados eran ahogadas por los crecientes
bramidos de los escapes que echaban llamas, mientras los dos punteros se lanzaban
hacia el final de la recta. Los banderines se agitaban retrasados en las
tribunas como juncos en los remolinos de una corriente tormentosa.
Ambos corredores
eran locos por la velocidad, y como locos tomaron la curva final. En lo alto
del codo se separaron sonoramente, Ferguson tratando de pasar con la trompa de
su coche la cola del otro, Sampson empleando toda su fibra para impedir que lo pasara.
Las ruedas, con veloces sombras por rayos, giraban vertiginosamente a un pie
del borde del terraplén.
Entonces sucedió.
Una rueda salió
fuera del borde, arañó desesperadamente en el vacío. La consiguiente frenada
chirrió cuando se desprendieron de la pista las torturadas gomas. Una mano
invisible aferró la cola del «Baja de Plata», y la levantó por el aire hasta
que la larga y bruñida máquina cayó clavada de trompa. Durante un espantoso
instante se mantuvo en esa posición, como si las dos toneladas desafiaran la
fuerza de gravedad, y dio una voltereta. Se oyó un horrible estrépito.
Sobre el ataúd de
metal los demonios del fuego no tardaron en erigir un obelisco de humo.
El siniestro
director de orquesta ejecutó el Lamento para un corredor. Utilizó como tambores
el ruido de pies que corrían, el jadeo de los cuerpos mientras se amontonaban y
convergían por millares como hormigas que asediaran un panal roto. Pulsó las
cuerdas de los corazones, arrancó a las mujeres hondos sollozos, que resonaron
como horrible antífona a los murmullos de los hombres de rostros pálidos. Entonces
golpeó el gong de la ambulancia de la pista, hizo sonar los estridentes
silbatos de los policías, y dio rienda suelta a la emoción de la multitud.
Las llamas
crepitaron, chisporrotearon y se extinguieron andante bajo el creciente silbido
de los extinguidores químicos. La armonía del dolor halló su metrónomo en el
chirrido de una filmadora de noticiero.
Sampson se abrió
paso murmurando: «Ferguson, Ferguson», con su rostro pálido y desencajado. Nadie
reparó en él; todos trataban de ver el coche accidentado.
Hombres
uniformados tiraban con fuerza de la pira cubierta de espuma. El cuerpo
aplastado fue extraído, colocado en una camilla, e introducido en la parte
trasera de la ambulancia de la pista, como entra un cuarto de carne en un
horno. Había sido Ferguson, pero era carne. Los cocineros estaban vestidos de
blanco.
Casi tan amante
de la sangre como del dinero, la multitud se estiraba en los estribos de los
coches, se amontonaba torpemente en la puerta del horno, clamaba, abría la boca
y se le caía baba. Algunos se paseaban con el semblante tranquilo, otros con
aires de inteligencia.
Del borde de la
muchedumbre se escabulló un cazador de recuerdos. Traía un casco abollado y muy
chamuscado. Lo llevaba con el aire furtivo de un vagabundo que se estuviera
escapando con el casco de un caballero caído.
Pero Ferguson lo
vio.
Ferguson vio, no
solo al vagabundo, sino también a la multitud, al coche accidentado, a la
ambulancia, al cadáver.
Lo que Ferguson
era ahora contemplaba con paciente desinterés aquello que Ferguson había sido. La
escena parecía carecer de sentido, no proporcionaba datos para la especulación.
Su nuevo estado de existencia traía aparejada una comprensión extramundanal que
no tenía nada en común con las mentes terrenales. El nuevo Ferguson no podía
comprender las meras superficialidades. Tenía una percepción de un vasto fondo
del cual él no era más que un miembro minúsculo; pero aún no se atrevía a
volver en su vida hacia atrás tanteando hasta llegar a su origen. Tenía un
viaje por delante, y no tenía por qué esperar. Aquello que había sido su cuerpo
también teñía un viaje por delante. Pero sus respectivos caminos divergían...
El Ferguson que
aún vivía comenzó a expandirse. Era un ente espiritual, una inteligencia
etérea, insustancial, sin forma ni figura, que no estaba sujeta a ninguna de
las leyes que se había visto obligado a obedecer cuando estaba encerrado en su
envoltura de carne y hueso.
Se movió a la vez
en tres dimensiones, viajando por un camino que aumentaba rápidamente de tamaño,
con la misma rapidez de la velocidad del pensamiento. Avanzó por expansión
hacia una meta que conocía, y avanzó con seguridad y urgencia, como alguien
que, habiendo estado durante largo tiempo en el desierto, encuentra la ruta que
lleva a un lejano oasis.
La fecunda Tierra
cayó debajo de él, y observó cómo se alejaba con un desapego total. Todos su
amores, todos sus miedos y todo su bullicioso tumulto estaban más desprovistos
de significado que el aullido de un perro abandonado a medianoche.
Iba quedando
atrás rápidamente. Una mota de polvo errante, maravillada, gimiente, belicosa,
que rogaba los domingos para robar los lunes, semana tras semana, año tras año,
era tras era. Aquello que una vez se había llamado Ferguson no pensaba, no se
preocupaba, no lloraba. El Universo del cual había formado parte en otro tiempo
parecía ahora formar parte de él; era una inversión total de la percepción y
quizá también de la realidad. La inquieta mota de polvo que había sido la
Tierra, con sus colonias de gérmenes, había cumplido su momentánea finalidad. La
vio atravesar la boca de la aspiradora celeste.
Y desapareció.
El sistema solar
y sus sistemas gemelos se encogieron, se fundieron en una simple chispa de luz,
se redujeron luego a un punto increíblemente diminuto que fue absorbido
finalmente por la remota lejanía, y desaparecieron.
Entre los torvos
riscos de los espacios que separan a las nebulosas, la Vía Láctea brillaba como
un gran lago de fuego plateado, y Algo sacó el tapón. El lago fluyó en un
evanescente torrente hacia cavernas invisibles situadas más abajo. Se convirtió
en un estanque, en un charco, en una salpicadura de saliva, y luego hasta la
última gota dejó de verse.
El Universo y la
suma de todos los Universos, junto con todas las cosas que han estado y han
sido, estaban comprimidos en un barril. La compresión en continuo crecimiento
los volcó, del barril, en una jarra. Una copa contenía todo lo que contenía la
jarra; un dedal era la unidad de medida del contenido de la copa. El dedal, al
ser vaciado, produjo una película de ígnea humedad, que enseguida se secó.
Todo había
desaparecido. La idea llamada Ferguson había retornado a la inteligencia que la
había concebido.
En la
constelación de Perseo había un sol con siete planetas. Según una medida, éstos
eran unas inmensas creaciones. Según otra medida, eran unas mariposas nocturnas
alrededor de una llama. Delta era el quinto en antigüedad a partir del
progenitor incandescente.
Delta no tenía
tierras ni mares; su paisaje mostraba en todas partes la triste monotonía de un
terreno fangoso interrumpido por charcas estancadas y sembrado de los productos
de ese mismo fango.
Por debajo del
fango había cosas retorcidas que habían desarrollado patas y pies; en la
superficie, cosas salidas de huevos que tenían alas y membranas con las que
podían aletear. El cálido fango bullía de abundante pestilencia, hacía crecer
cosas con falsos troncos, ramas de imitación y hojas que no eran hojas; cosas
que podían caminar, y correr, sobre sus raíces.
Todos los
productos del fango eran poco exigentes y voraces. Todos comían carne en todo
momento, y hasta a veces comían la carne de su propia carne. Tener rápidos
miembros, alas o membranas era el único requisito para alcanzar el derecho a la
vida. Todas ha especies eran a la vez vencedores y víctimas. Todas las razas
corrían tras el premio que significaba una raza más lenta.
La base de la pirámide
de la vida descansaba sobre la base de una pirámide invertida. Criaturas pequeñas
en grado inimaginable subsistían sobre la base de la substancia de sus vecinos
inmediatamente mas grandes, incluso hasta los relativamente gigantescos cóccidos,
que se alimentaban con bacterias, que se alimentaban con parásitos, que se alimentaban
de la base común a ambas pirámides.
La base común
estaba constituida por las pequeñas ranas. Todos vivían de ellas, desde los de
más arriba hacia abajo, y desde los de más abajo hacia arriba. Las pequeñas
ranas no tenían de qué vivir, fuera de los insectos y de las revelaciones
divinas. Por lo cual engullían a unos y tragaban las otras, Y se conservaban
por su propia fecundidad.
El ritmo de la
vida era rápido y agitado. Tan grandes eran los ruidos del estómago de los que
comían a los que comían ranas que el deber obligatorio de las ranas era
convertirse en la causa original de más ranas, y confirmar de este modo las
fulgurantes verdades de la providencia.
Aldek era una
rana y un huérfano. La mayor parte de las ranas eran huérfanos o ranas muertas.
Aldek había visto cómo su madre era engullida por un veloz árbol. Deseaba
seguir su ejemplo en la mayoría de las cosas, pero solo en la mayoría. Así se
agazapó en la campana de una enorme flor de myra, masticó un jugoso insecto, y
reflexionó acerca del misterioso modo en que se realizan los milagros.
El flexible
estambre de la flor de myra acaricio de arriba abajo su verrugosa espina. Las
flores de myra pasaban gran parte del tiempo acariciando a las pequeñas ranas. A
Aldek nunca se le ocurrió asociar este reconfortante proceso con la polinización.
Un pequeño
arbusto- vampiro apareció tambaleándose y chorreando fango. Se detuvo ante la
flor de myra y contempló fijamente a Aldek. Sus cien hojas golpearon el
centenar de labios que tenía, mientras las bayas rojas que eran sus piernas se
movían de un lado a otro. Chapoteó un poco más cerca, pero no demasiado cerca. Le
gustaban las rana pequeñas, pero no las flores de myra. Estas eran plantas
sumamente desagradables: tenían mal olor y atrapaban presas. De modo que se
sentó sobre sus raíces, y esperó. Aldek siguió masticando su insecto y esperó también.
Un haz de
hinchados dedos incoloros, como los de un ahogado, tomaron al arbusto por las
raíces, y lo hundieron. El arbusto se hundió con su rama más alta levantada en
un gesto de desesperada súplica al cielo indiferente. El fango baboseó y aspiró,
y luego subió y bajó como si estuviera a punto de vomitar. Una enorme burbuja subió
hasta la superficie, chapaleó, y se reventó. Aldek expectoró, y se dejó
acariciar.
Dos gurns
salieron volando del cielo gris, batiendo con fuerza sus amplias alas,
semejantes a las de los murciélagos. Siempre cazaban en parejas, y conocían a
sus myras. Un gurn descendió hasta el fango, y aterrizó con un sonido apagado. Fijó
la vista en Aldek, e hizo ademán de atraparlo. La flor de myra se preparó. El
gurn extendió un largo tentáculo, semejante a un látigo, y pinchó con él a
Aldek. Aldek se aplastó contra el fondo de su campana, y dejó que la naturaleza
hiciera el resto.
La flor de myra
se cerré malévolamente, y atrapó cinco pulgadas de tentáculo enroscado. El
segundo gurn arrancó un pétalo con un diestro manotón de una pata provista de
uñas. Cerrándose súbitamente, la flor comenzó a hundirse buscando refugio
debajo del fango. Un gurn penetró por el hueco que había dejado el pétalo
arrancado, y extrajo a Aldek como a un maní de una bolsa.
Aldek siguió el
camino de todos los maníes. Lo hizo aterrorizado, protestando. Se infló, se
puso a croar, luchó furiosamente, se infló aún más; pero siguió el camino de
sus antepasados.
Entonces supo que
no tenía de qué preocuparse.
Con la serena mirada
de un Buda de bronce, contempló cómo su propio cuerpo se disolvía en los jugos
gástricos de un reptil que volaba. Percibió este hecho en una forma muy impersonal;
en realidad, no lo comprendió. Su comprensión hubiera sido de un alcance
demasiado grande como para medir la mezquina significación de la comida de un
gurn.
No le interesaban
las ranas, ni nada relativo a ellas. La chispa de vida que había animado a la
comida estaba ahora libre, llena de sapiencia, y henchida de un intenso deseo
de viajar. Y viajó.
La excelencia de
la vida con sustancia nada significaba frente a la excelencia de la vida sin
sustancia. Creció, y se expandió considerablemente, extendiéndose con enorme
rapidez, y excedió fácilmente el tamaño de la esfera en la que había vivido en
otro tiempo. Delta se sumergió en la oblicuidad de la huidiza perspectiva, se
redujo a un insignificante punto, y se borró.
Los
resplandecientes copos de nieve esparcidos sobre las baldosas de la creación
fueron barridos y amontonados por la escoba de la compresión en expansión. Los
montones fueron reunidos en uno solo, y la masa del total no era más grande que
la masa de uno. Con el montón se formó una bola de nieve, y la bola fue
arrojada a distancias ilimitadas, derritiéndose y decreciendo a medida que
volaba, hasta que finalmente sólo el núcleo de una punta de alfiler penetró en
la abertura de la Nada... y fue tragado.
PORQUE EL FIN ERA
UN COMIENZO
Y EN ESE COMIENZO
HABIA UN PROPOSITO.
FIN
Escaneado por
Sadrac 1998