LUGAR DE PIEDRA

FRED SABERHAGEN

© Fred Saberhagen, 1967

Título original: STONE PLACE

De Nueva Dimensión 66. Junio de 1975

Edición electrónica de diaspar, junio de 1999

* * *

Para la mayoría de los hombres, la guerra no trae consigo milagros de curaciones, sino una resuelta presión deformadora que parece haber existido siempre y que no parece que vaya a tener fin. Bajo sus horrores, unos hombres se embrutecen, mientras que las mentes de otros se vuelven tan terribles e implacables como las máquinas contra las que luchan.

Pero yo he tocado algunas de las raras mentes a los que parece que el hecho de afrontar los peligros mayores las hace ser mucho más humanas.

* * *

 

El espaciopuerto Gobi de la Tierra era quizás la obra más grande construida por hombres Solares y sus descendientes. Al menos, eso pensaba Mitchell Spain, que había visitado la mayoría de los puertos, en sus veinticuatro años de vida.

Pero mirándolo desde la aglomerada plataforma de lanzamiento no podía ver casi nada de los kilómetros de rampa del Gobi. La enorme multitud que les aguardaba para darles una alegre bienvenida estaba siendo contenida por hileras de policías. El descenso de las naves hubo de detenerse, al tener que buscar un espacio libre para el aterrizaje. Apiñado dentro de aquel compartimento, Mitchell Spain, amontonado junto a los demás voluntarios, prestaba muy poca atención, por el momento, al problema del aterrizaje. A aquel repleto compartimento, que en otro tiempo fuera una lujosa sala de observación, acababa de llegar el mismísimo Johann Karlsen; y era una oportunidad excepcional que se le presentaba a Mitch de ver al recientemente designado Primer Comandante de la defensa del Sol, pese a que Mitch había pilotado la nave en forma de venablo de Karlsen durante todo el trayecto, desde Austeel.

Karlsen era más joven que Mitchel Spain, y también más bajo; su pequeña estatura sorprendía a primera vista. Había llegado a ser el gobernador del planeta Austeel gracias a la influencia de su hermanastro, el poderoso Felipe Nogara, cabeza del imperio de Esteel; pero Karlsen debía su posición también a su propio talento.

- Este campo puede quedar bloqueado para el resto del día - estaba diciendo Karlsen a un terrestre de fría mirada que acababa de llegar a bordo de un vehículo aéreo -. Dejen las ventanas abiertas, deseo echar una mirada.

Vidrios y metal se descorrieron y reformaron, de forma que las ventanillas se convirtieron en pequeños balcones abiertos al aire de la Tierra, a los frescos olores de un planeta vivo; abiertos también al grito constante de la multitud que clamaba desde abajo: «¡Karlsen! ¡Karlsen!»

Al tiempo que el Primer Comandante se dirigía hacia uno de los balcones para supervisar por sí mismo las posibilidades de aterrizaje, el grupo de hombres que se amontonaban en la sala realizaron un breve movimiento semivoluntario para seguirle. Esos hombres eran, en su mayor parte, voluntarios de Austeel, más unos cuantos aventureros como Mitchell Spain, marciano vagabundo que se había enrolado en Austeel por el botín de guerra que Karlsen ofrecía.

- No os agolpéis, forasteros - dijo un hombre alto que iba delante de Mitch, dirigiéndose a él.

- Respondo al nombre de Mitchell Spain - su voz salió más áspera y sombría de lo que era habitual -. Me parece que aquí no soy más forastero que tú.

Por sus ropas y su acento se adivinaba que aquel hombre alto procedía de Venus, un planeta colonizado por la Tierra hacía un siglo, cuyos habitantes se vanagloriaban de su recién adquirida independencia y poder. El venusiano debía haber llegado allí en alguna nave procedente de alguno de los planetas gobernados por el hermano de Felipe Nogara.

- Spain... suena a nombre marciano - dijo el venusiano dulcificando el tono de su voz.

Los marcianos no tenían fama de pacientes y sufridos. Después de sostener la mirada de Mitch durante otro instante se dio la vuelta.

El terrestre de la mirada fría, cuyo rostro le resultaba familiar a Mitch, estaba hablando por el comunicador, probablemente con el capitán de la nave.

- Atraviese la ciudad para salir por Khosutu; aterrizaremos allí.

Karlsen, que se había retirado del balcón, dijo:

- Dile que no vaya a más de diez kilómetros por hora; parece que desean verme.

Si el pueblo había hecho grandes esfuerzos para ver a Johann Karlsen, permitírselo era una cuestión de cortesía.

Mitch contemplaba el rostro de Karlsen, y luego su espalda y sus fuertes brazos mientras el primer comandante se dirigía de nuevo al balcón. El griterío de la multitud se duplicó.

¿Se trata solo de eso, Karlsen, de un deseo de mostrarte cortés? Oh, no, amigo mío, tú estás actuando. Ser aclamado de forma tan atronadora ha de ser algo vital para cualquier hombre. Le exalta; puede disgustarle, o asustarle, pese a lo amistoso que era. Llevas bien tu máscara de nobleza cortés, Primer Comandante.

¿Cómo es Johann Karlsen, que ha venido para salvar al mundo, cuando ninguno de los hombres verdaderamente grandes y poderosos se preocupan demasiado de ello? ¿ Con una novia de gran belleza a quien haga suya cuando la batalla haya sido ganada?

¿Y qué estará haciendo el hermano Felipe ahora? Seguramente, intentando extender su poder económico sobre algún otro planeta.

A otro movimiento del apretado grupo, el alto venusiano se corrió un poco y Mitchell pudo ver claramente a través del balcón donde estaba Karlsen. Allí había el viejo cliché: un mar de rostros. Cómo escribir aquello... Mitch sabía que algún día habría de escribirlo. Si la necedad de los hombres no acababa para siempre tras la batalla, el botín sería suficiente como para permitirle a un hombre escribir durante algún tiempo.

En ese momento apareció ante ellos las torres de color hueso del Ulan Bator, y más allá los suburbios y los campos bañados por el sol, y una carretera; y banderolas brillantes y multicolores que portaban los coches voladores que habían salido de la ciudad para darle la bienvenida. Ahora eran coches voladores de la policía los que protegían la nave, aunque el único peligro posible sería el de exceso de entusiasmo.

Otro coche volador especial se aproximó. El vehículo de la policía se aproximó a él breve y cortésmente, y luego le dejó paso con deferencia. Mitch estiró el cuello y vio una insignia Carmpan sobre el coche. Debía tratarse de su embajador en Sol, en persona. La nave comenzaba a perder altura.

Algunos decían que los Carmpan se parecían a las propias máquinas, pero eran los mejores aliados de los descendientes de la Tierra en su guerra contra los enemigos de la vida. Si los cuerpos de los Carmpan eran lentos y cuadrados, sus mentes, en cambio, eran visionarias, si bien eran curiosamente incapaces de utilizar la fuerza contra cualquiera que fuese su enemigo, su ayuda indirecta era de gran valor.

Algo semejante al silencio inundó la vasta multitud que allí se congregaba cuando el embajador se puso en pie dentro de su coche abierto, de su cabeza y de su cuerpo salían ganglios de cables y fibras que establecían los cientos de conexiones con los animales Carmpan y el equipo que le rodeaba.

La multitud reconoció el significado de aquel entramado; había una gran expectación. En la nave espacial los hombres se agolpaban tratando de conseguir un mejor puesto de visión. El terrestre de la fría mirada susurró rápidamente algo por el comunicador.

- ¡Profecía! - dijo una voz ronca, cerca de Mitchell.

-¡... de probabilidad! - sonó la voz del embajador, súbitamente amplificada, captando solo la mitad de la frase que expresaba su pensamiento. Los Profetas de Probabilidad Carmpan eran medio místicos, medio matemáticas. Los ayudantes de Karlsen debían haber decidido, o conocido, que esta profecía les iba a ser favorable, la inspiración que la multitud debía escuchar, y habían ordenado que la voz del Embajador la difundiera por el público.

- La esperanza, la chispa viviente que extendiera la llama de la vida. - Aquella boca inhumana emitía sonoras palabras. Sus apéndices, semejantes a brazos, señalaban hacia Karlsen, que estaba en el balcón -. Los oscuros pensamientos de metal son ahora de victoria, las mortíferas cosas planean matarnos a todos. Pero en ese hombre que tenemos ahora ante nosotros hay una vitalidad superior que cualquier fuerza de metal. Un poder de vida que resuena... en todos nosotros. Con Karlsen veo la victoria...

La tensión que sufría un profeta Carmpan en acción era siempre inmensa, como inmensa era también su eficacia. Mitch haba oído que las tensiones que le envolvían eran más topológicas que nerviosas o eléctricas. Mitch había oído aquello, pero como la mayoría de los descendientes de la Tierra, no había llegado a comprenderlo nunca.

-¡Victoria! - repitió el embajador -. Victoria... y después...

Algo cambió en su cara. El terrestre de la fría mirada debía ser experto en reconocer las expresiones de los de las razas no terrestres, o quizás fuera que no quería arriesgarse. Susurró otra orden y la voz del Carmpan desapareció de los amplificadores. Un murmullo de aprobación subió hasta la nave espacial y el coche volador, procedente del gentío allí congregado, que pensaba que la profecía se había acabado. Pero el Embajador no había terminado, y solo los que se encontraban a unos pocos metros de él, dentro de la nave espacial, pudieron oír su voz.

-... después muerte, destrucción, derrota. - Su cuadrado cuerpo se inclinó, pero sus extraños ojos miraban todavía a Karlsen -. El, que lo ha obtenido todo... morirá desposeído...

El Carmpan se sentó en su coche volador y éste comenzó a moverse. Dentro de la nave espacial se hizo un profundo silencio. Los gritos de alegría procedentes del exterior parecían una horrible burla.

Tras unos interminables segundos, el Primer Comandante dejó el balcón y alzó su voz:

- Los que hemos escuchado el final de la profecía somos solo unos pocos... pero demasiados como para mantener el secreto. De forma que no voy a pedir que se guarde. Pero contad también que yo he dicho que no creo en profecías que no procedan de Dios. El Carmpan no ha dicho nunca que fuera infalible.

Nadie respondió, pero las lóbregas palabras pesaban telepáticamente en todo el grupo. Nueve veces sobre diez el Carmpan tenía razón. Habría una victoria, y después muerte y derrota.

¿Pero aquel siniestro final seria aplicable solo a Johann Karlsen o a la causa que luchaba por la vida? Los hombres de la nave espacial se miraron unos a otros, preguntando y murmurando.

Las naves encontraron finalmente espacio donde aterrizar, junto al Ulan Bator. Tras desembarcar, los hombres no tuvieron tiempo para tristezas. Una alegre multitud rodeó las naves en cuanto aterrizaron. Una encantadora joven terrestre se dirigió a Mitchell Spain, le rodeó el cuello con una guirnalda de flores y le besó. Mitch era un hombre feo, que no estaba acostumbrado a tales demostraciones.

Sin embargo, se dio cuenta de que el Primer Comandante le miraba.

- Tú, marciano, ven conmigo a la reunión del Estado Mayor. Deseo mostrar a los representantes que allí se encuentran que no soy un simple agente de mi hermano. Necesito uno o dos que hayan nacido en algún planeta solar.

- Sí, señor. - ¿Era esa la única razón por la que Johann Karlsen se había fijado en él? Permanecieron juntos en medio de la multitud, dos hombres de pequeña estatura mirándose mútuamente. Uno de ellos feo, con un collar de flores en torno al cuello, cuyo brazo rodeaba todavía a la joven que en ese momento había reconocido al otro y le miraba con admiración; este otro poseía un magnetismo por encima de cualquier consideración estética. El gobernador de un planeta, quizás el más sabio de todos los vivientes.

- Me gusta la forma como mantienes a la gente en su lugar - dijo Karlsen a Mitchell Spain -. Sin levantar la voz ni utilizar amenazas. ¿Cuál es tu nombre y rango?

La organización militar tendía a ser vaga en aquella guerra en la que todo lo que vivía estaba en el mismo bando.

- Mitchell Spain, señor. Todavía no se me ha asignado ninguna graduación. Estaba en Austeel cuando usted ofreció un buen botín de guerra; por eso estoy aquí.

- ¿No para defender a Marte?

- Supongo que también por eso. Pero prefiero ser pagado por ello.

Los ayudantes de alta graduación de Karlsen discutían a gritos sobre cómo transportar al Estado Mayor. Esto le permitía a Karlsen un tiempo libre para charlar. Pensó unos instantes y en su cara se reflejó una expresión que denotaba que le había reconocido.

- ¿Mitchell Spain? ¿El poeta?

- Yo... he publicado un par de cosas. No demasiado...

- ¿Posee experiencia en combate?

- Sí, estuve en el interior de un Asesino, antes de que fuera pacificado. Fue...

- Después hablaremos. Probablemente te encomendaré el mando de algunos hombres. Los hombres tienen escasa experiencia. Hemphill, ¿dónde están esos vehículos?

El hombre de la fría mirada se volvió para responder. ¡Por supuesto que su rostro le era familiar! Era Hemphill, el héroe fanático que había participado en una docena de combates contra los Asesinos. Mitch no pudo evitar un violento sentimiento de terror.

Finalmente llegaron los vehículos que los transportarían. El control de la dirección de estos vehículos subterráneos estaba en el Ulan Bator. Los centros militares habían de estar situados en el subsuelo de las metrópolis, aprovechando así los campos de fuerza defensivos que podrían proteger mejor el área de la ciudad.

Al manejar el ascensor que descendía en zig-zag hacia la oculta Habitación de la Guerra, Mitch se encontró de nuevo cerca de Karlsen.

- Felicitaciones por su próximo matrimonio, señor - Mitch no sabía si agradaría a Karlsen o no; pero sentía que era así, como si le conociera de hacía años. Karlsen se dio cuenta de que no se trataba de una postura aduladora.

El Primer Comandante hizo un gesto.

- Gracias - dudó un momento. Después sacó una pequeña fotografía que producía la ilusión de representar la imagen en tres dimensiones, en la que estaba la cabeza de una mujer joven, de cabellos rubios peinados según la nueva moda de la aristocracia de Venus.

No hacia falta un esfuerzo de cortesía para decir:

- Es muy bella.

- Si - dijo Karlsen, mirando largamente la fotografía -. Hay quienes dicen que no es más que una alianza política. Dios sabe que necesitamos una. Pero créame, poeta, ella significa para mí mucho más que eso.

Karlsen parpadeó súbitamente y, como si le divirtiera, hizo un gesto a Mitchell con el que parecía querer expresar: no sé por qué le estoy diciendo todo esto. El ascensor llegó a su destino y las puertas se abrieron. Habían llegado a la catacumba del Estado Mayor.

 

Muchos de los generales, si no una absoluta mayoría, eran, por aquellos tiempos, venusianos. Por el recibimiento que le dedicaron se veía claramente que los miembros del Estado Mayor venusianos eran fríamente hostiles al hermano de Nogara.

La Humanidad era entonces, como siempre, un conjunto de camarillas y alianzas. Los miembros del Parlamento Solar y del Ejecutivo habían sido encargados de buscar un Primer Comandante. Si bien era verdad que algunos hablan puesto ciertas' objeciones a Johann Karlsen, ninguno dudaba de su capacidad. Traía consigo muchos hombres entrenados, y, a diferencia de la mayoría de los líderes de aquel tiempo, estaba dispuesto a tomar bajo su responsabilidad la defensa del Sol.

En la fría atmósfera con la que habla comenzado el encuentro con el Estado Mayor, no había más que ir directamente al asunto que les ocupaba. El enemigo, las Máquinas Asesinas, abandonado sus antiguas tácticas de atacar de forma individual y al azar. Durante las últimas décadas, las defensas de la vida se hablan fortalecido.

Se estimaba que en aquel momento había unos doscientos Asesinos; para hacer frente a las nuevas defensas de la humanidad se habían agrupado, formando una verdadera flota, con un poder concentrado capaz de acabar de una vez con todos los centros de resistencia humana. Dos planetas fuertemente defendidos habían sido ya destruidos. La Humanidad armada necesitaba, en primer lugar, defender el Sol, y después acabar con el poder de lo no viviente.

- Hasta aquí, entonces, estamos de acuerdo - dijo Karlsen, apoyándose sobre la enorme mesa y lanzando una mirada a todos los miembros del Estado Mayor -. No poseemos tantas naves ni tantos hombres entrenados como desearíamos. Quizás ninguno de los gobiernos de los planetas que no pertenecen al Sol haya aportado la ayuda necesaria, contribuyendo con todo lo que podían.

Kemal, el almirante venusiano, miró a sus compatriotas, pero finalmente optó por no hacer comentario alguno sobre la débil contribución que había hecho el propio hermanastro de Karlsen, Nogara. No había hombre en la Tierra, Marte o Venus con el que se pudiera contar para aquella guerra. Kemal prefirió mostrarse dispuesto a contemporizar con el hermano de Nogara.

- Contamos - prosiguió Karlsen - con doscientas cuarenta y tres naves, especialmente construidas o reestructuradas para llevar a cabo las nuevas tácticas que me propongo utilizar. Estamos agradecidos a los venusianos por haber contribuido con cien naves. Seis de ellas, como probablemente todos saben, están equipadas con el nuevo cañón hiperlumínico.

El elogio no pareció causar efecto alguno sobre los venusianos. Karlsen prosiguió:

- Parece que poseemos una ventaja numérica de unas cuarenta naves. No necesito decirles cuánto nos supera el enemigo en poder y armamento. - Hizo una pausa -. La táctica de ataque y abordaje nos proporciona el elemento de sorpresa que necesitamos.

Posiblemente, el Primer Comandante estaba eligiendo cuidadosamente sus palabras, y no quería decir que cierto elemento de sorpresa ofrecía la única esperanza lógica de éxito. Ello acabaría con las esperanzas que habían renacido incluso en aquéllos que conocían la inmensa superioridad de un Asesino sobre una nave normal.

- Uno de los mayores problemas es el entrenamiento de los hombres - continu6 Karlsen - para realizar el asalto a las máquinas asesinas. He traído conmigo lo mejor que he podido reclutar. La mayor parte de los que ya están preparados, o se hallan en proceso de entrenamiento para estos asaltos, son de Esteel.

El almirante Kemal parecía adivinar qué iba a pasar, inició un movimiento como para levantarse de su asiento, pero después se contuvo, esperando, evidentemente, estar seguro de ello.

Karlsen continuó en el mismo tono.

- Esos hombres entrenados constituirán compañías, a cada una de las cuales le será asignada una nave. Después...

- Un momento, Primer Comandante Karlsen - Kemal se había levantado.

- ¿Sí?

- ¿Debo comprender que usted pretende introducir compañías de hombres de Esteel en naves venusianas?

- En muchos casos, efectivamente, es eso lo que pretendo. ¿No está de acuerdo?

- No lo estoy - dijo el venusiano, mirando a sus compatriotas -. Ninguno lo estamos.

- Sin embargo, es eso lo que se ha dispuesto.

Kemal lanzó una breve mirada a sus Compatriotas una vez más; después se sentó, enormemente pálido. Las estenocámaras situadas en las esquinas de la habitación emitían su leve silbido, recordando a los presentes que aquella sesión estaba siendo registrada.

Un pliegue vertical se formó durante unos segundos en la frente del Primer Comandante, mientras contemplaba pensativo a los venusianos, antes de comenzar con el resumen de su alocución. Pero, ¿qué otra cosa podía hacer que no fuera poner hombres de Esteel en naves venusianas?

Estos no van a permitirte ser un héroe, Karlsen, pensó Mitchell Spain. El Universo es malo, y los hombres están locos: nunca son verdaderamente aliados en ninguna guerra.

En la bodega de la nave de guerra venusiana Solar Spot se hallaba empaquetada la armadura dentro de una caja que parecía un ataúd. Mitch estaba arrodillado junto a ella, inspeccionando las articulaciones de las rodillas y los codos.

- ¿Quiere que le pinte alguna insignia en la armadura, Capitán?

Quien hablaba era un joven de Esteel llamado Fishman, uno de los comandos recientemente formados de la compañía que Mitchell tenía a sus órdenes. Fishman había encontrado en alguna parte un bote de pintura multicolor y señalaba con él en la mano la armadura.

Mitch paseó la mirada por la bodega, llena de cajas de equipo, abiertas descuidadamente por sus hombres. Había decidido que las cosas fueran a su aire en la medida de lo posible.

- ¿Insignia? ¿Por qué? No, a menos que tenga alguna idea de hacer una insignia para toda la compañía. Eso podría ser una buena idea.

Su traje armado no parecía necesitar ningún distintivo. Era de factura marciana, de estilo diferente al de los demás, viejo, pero con los últimos y más modernos elementos incorporados; probablemente, ninguno de los hombres llevaba uno mejor. El pectoral conservaba todavía un antiguo dibujo: un círculo blanco cruzado por una barra dentada en rojo, lo cual indicaba que Mitch había participado en la «muerte» de un Asesino. El tío de Mitchell había llevado la misma armadura; los hombres de Marte frecuentaban mucho el espacio.

- Sargento McKendrick, ¿qué le parece la idea de tener una insignia para la compañía? - preguntó Mitch.

El sargento aludido, un hombre de aspecto inteligente, cesó en su paseo por la bodega y miró alternativamente a Mitch y a Fishman, intentando deducir quién llevaría la insignia antes de comprometerse. Luego su vista se dirigió hacia otro punto y su expresión se endureció.

Un venusiano de rostro alargado, evidentemente un oficial, había entrado en la bodega acompañado de seis hombres armados. Policía militar.

El oficial dio unos pasos y luego se detuvo, contemplando el bote de pintura que Fishman tenía en la mano. Cuando todos los hombres de la bodega estuvieron en silencio, contemplándole, preguntó lentamente:

- ¿Por qué ha robado eso de los almacenes de la nave?

- ¿Robado.. esto? - el joven levantó el bote de pintura, medio sonriendo, como si esperase que todo aquello no fuera más que una broma.

No solían bromear con la policía, y si ello sucedía, no era un tipo de broma que un marciano supiera apreciar. Mitch estaba aún arrodillado junto a la caja de su armadura. Había un fusil junto al traje y puso la mano sobre él.

- Estamos en guerra, y estamos en el espacio - el alargado rostro del oficial, que seguía hablando pausadamente, no expresaba ningún tipo de emoción, mientras contemplaba a la boquiabierta compañía -. Todo aquél que esté a bordo de una nave venusiana está sujeto a la ley. Robar en los almacenes de la nave mientras estamos enfrentándonos al enemigo, está penado con la muerte. Con la horca. Deténganle - ordenó con un breve gesto a sus hombres.

El bote de pintura cayó pesadamente sobre el suelo. Fishman miraba sin comprender, con la media sonrisa bailándole aún en la cara.

Mitch se levantó con el fusil bajo el brazo; se trataba de una muy potente arma de doble cañón, realmente un cañón en miniatura, destinado a utilizarse en caída libre para destruir el más duro metal.

- Un momento - dijo Mitch.

Dos de los policías habían dado ya unos pasos hacia Fishman; se detuvieron al tiempo al escuchar a Mitchell, mirándole como si pidieran excusas por hacer aquello.

El oficial lanzó a Mitch una fría mirada.

- ¿Sabe cuál es la pena por amenazarme a mí?

- No puede ser peor que la pena por volarle su fea cabeza. Soy el capitán Mitchell Spain, jefe de la compañía de comandos de esta nave, y no permito que nadie venga aquí a llevarse a mis hombres para colgarlos. ¿Quién es usted?

- Soy el señor Salvador - dijo el venusiano. Sus ojos escrutaron a Mitchell, y no debió pasarle por alto que era marciano. En el tranquilo cerebro del señor Salvador los planes estaban cambiando. Finalmente dijo:

- Si hubiera sabido que había un hombre al mando de este... grupo... no hubiera considerado necesario dar una lección. Vamos. - Esta última palabra estaba dirigida al pequeño grupo de sus hombres y de nuevo fue acompañada de un elegante ademán. Los seis hombres no perdieron el tiempo y salieron tras él. Con un gesto, Salvador invitó a Mitch a seguirle hasta la puerta. Tras un momento de duda, Mitch se dirigió hacia él. Salvador le aguardaba, sin mostrar irritación alguna.

- Ahora sus hombres le seguirán incondicionalmente, capitán Spain - dijo en voz muy baja, para que los demás no pudieran oírle -. Pero llegará el momento en que usted me seguirá gustosamente a mi. - Con una ligera sonrisa en los labios se retiró.

Hubo un momento de silencio; Mitch permaneció mirando la puerta cerrada, asombrado. Luego se alzó un jubiloso clamor y todos corrieron a palmearle la espalda.

Cuando el clamor iba decreciendo, uno de los hombres le preguntó:

- Capitán... ¿qué ha querido dar a entender llamándose a sí mismo «señor»?

- Entre los venusianos demuestra una especie de rango político. ¡Eh, muchachos, miren aquí! Puedo necesitar testigos honestos -. Mitch levantó su carabina para que todos pudieran verla; luego abrió las recámaras para mostrarles que estaba descargada. Se desencadenaron de nuevo clamorosos gritos de alegría y mofas a expensas de los acobardados venusianos.

Pero Salvador no se consideró vencido.

- McKandrick, dígale al capitán de la nave que deseo verle. El resto de ustedes sigan desempaquetando las cosas.

El joven Fishman, sosteniendo de nuevo en su mano el bote de pintura, quedó con la mirada perdida, pensativo, como si estuviera ideando algún diseño para la insignia del grupo.

¿Una lección?

 

El capitán de la nave mantenía unas frías y taciturnas relaciones con Mitch, pero no tenía la más mínima intención de ahorcar a ningún Esteeliano en el Solar Spot. En adelante, Mitch colocó centinelas armados durante las horas de sueño en los aposentos de los comandos.

Al día siguiente fue llamado a la nave insignia. Desde la lancha podían observarse una serie de puntitos luminosos, brillando a la luz del distante Sol. Parte de la flota hacía prácticas.

Tras la mesa del Primer Comandante no se sentaba ni un crítico en poesía ni un novio soñador, sino el gobernador de un planeta.

- Capitán Spain... siéntese.

El hecho de que le ofreciera una silla le pareció buena señal. Mientras aguardaba a que Karlsen acabara algunas cosas que estaba haciendo, Mitch se puso a recordar ciertas costumbres sobre las que había leído algo, ceremonias de bienvenida, poses que habían adoptado los hombres en el pasado, un tiempo en que existían organizaciones permanentes destinadas únicamente a matar a otros hombres y a destruir su propiedad. Ciertamente que los hombres eran todavía tan ambiciosos como siempre; y ahora la guerra contra el Asesino les estaba habituando de nuevo a la destrucción masiva. ¿Seria posible que volvieran aquellos días en los que la vida luchaba contra la vida?

Con un gesto, Karlsen retiró hacia un lado sus papeles.

- ¿Qué fue lo que sucedió ayer entre usted y el señor Salvador?

- Dijo que tenía la intención de ahorcar a uno de mis hombres -. Mitch le relató el suceso de la forma más simple que pudo. Omitió únicamente las palabras que le dijera Salvador al marcharse, pero sin saber a ciencia cierta por qué lo hacía -. Si me he hecho responsable de ellos – terminó - no es para que alguien vaya allí y los ahorque. Aunque no estoy totalmente convencido de que se atrevieran a llegar tan lejos, me mostré tan serio como ellos en ese asunto.

El Primer Comandante tomó un papel de un pequeño cajón.

- Dos esteelianos han sido ya ahorcados. Por pelearse.

- Malditos venusianos engreídos.

- ¡No admito anda de eso, capitán!

- Sí, señor. Pero ya le he dicho que ayer estuvo a punto de provocarse una verdadera guerra a bordo del Solar Spot.

- Me doy cuenta de ello. - Karlsen hizo un expresivo gesto -. Spain, resulta imposible para la gente de esta armada cooperar, incluso en un momento en que la supervivencia de... ¿Qué sucede?

Hemphill, el terrestre, había entrado en la estancia sin ceremonia alguna. Sus finos labios se encontraban más apretados que de costumbre.

- Acaba de llegar un correo con noticias. Astog ha sido atacado.

La vigorosa mano de Karlsen se cerró sobre los papeles que tenía ante sí, en un gesto involuntario.

- ¿No hay detalles?

- El capitán que ha traído las noticias cree que toda la flota Asesina estaba allí reunida. Las defensas del planeta todavía resistían tenazmente cuando el correo partió de allí. Tuvo el tiempo justo de atravesar la línea enemiga antes de que quedaran aislados.

El enemigo debía haber pensado que Atsog era el planeta más cercano al Sol. De forma que su objetivo era el Sol. Debían de saber que era el centro de los humanos.

Habían llegado más personas a la puerta del compartimento. Hemphill se apartó para dejar paso al almirante Kemal. El señor Salvador, lanzando una breve mirada a Mitch, le siguió.

- ¿Conoce ya las noticias, Comandante? - comenzó a decir Salvador. Kemal, que iba a hablar, dirigió a su oficial político, que le había cortado, una mirada glacial. Pero no dijo nada.

- ¿Que Atsog ha sido atacado? Sí - dijo Karlsen.

- Mis naves están preparadas para ir allí en dos horas - dijo Kemal.

Karlsen movió la cabeza.

- He observado las maniobras de hoy. La flota no estará preparada antes de dos semanas.

La sorpresa y la irritación de Kemal parecían auténticas.

- ¿Va a permitir que un planeta venusiano sea destruido solo porque no estamos sometidos al poder de su hermano? ¿Porque castigamos a su maldito esteeliano ...?

- ¡Almirante Kemal, controle sus palabras! Usted, al igual que todos, estarán sujetos a una disciplina mientras sea yo quien mande.

Kemal se contuvo aparentemente con gran esfuerzo.

La voz de Karlsen no era demasiado profunda, pero la cabina pareció vibrar con ella.

- Usted sostiene que las ejecuciones son parte de su disciplina. Juro por el nombre de Dios, que llegaré incluso a ahorcar si ello es preciso para mantener la unidad de esta flota. Entiendan de una vez que esta flota es el único poder militar que podemos oponer a los Asesinos reunidos. Bien entrenada y unida, será capaz de destruirlos.

Por el momento, ninguno de los que le escuchaban lo ponía en duda.

- Y aunque caiga Atsog, Venus o Esteel, no arriesgaré esta flota hasta que considere que está preparada para presentar batalla.

Rompiendo el silencio, Salvador dijo, respetuosamente:

- Comandante, el correo ha traído también otra noticia. Lady Christina de Dulcin se encontraba de visita en Atsog cuando comenzó el ataque, y seguramente debe estar todavía allí.

Karlsen cerró los ojos dos segundos. Luego miró a los hombres allí reunidos.

- Si no tienen ningún asunto militar más que tratar, señores, retírense. - Su voz sonó aún vacilante.

Caminando junto a Mitch por el corredor de la nave capitana, Hemphill le dijo:

Karlsen es el hombre que la causa necesita ahora. Algunos venusianos han intentado que me sumara a ellos en un complot que habían planeado, pero me negué. Debemos cuidar que Karlsen continué al mando.

- ¿Un complot?

Hemphill no añadió nada más.

- ¿Por qué han cometido la bajeza - continuó Mitch - de dejarle hablar hasta llegar a decir que no intervendría pasara lo que pasara, para luego decirle que su novia estaba en Atsog?

Hemphm respondió.

- El ya sabía que ella se encontraba allí. Esa noticia llegó en el correo de ayer.

 

Existía una oscura nebulosa, formada por millones de rocas, y más vieja que el sol, llamada por el hombre Lugar de Piedra. Los que se habían instalado allí ahora no eran hombres y no le habían dado ningún nombre; no esperaban nada, no tenían nada, no se asombraban por nada. No tenían alegrías ni sentimientos, pero poseían planes... un millón de propósitos sutiles originados por presión eléctrica... y el objetivo para el que habían sido construidos, hacia el cual se dirigían sus circuitos de planificación. Como por instinto, las Máquinas Asesinas se habían agrupado formando una flota en el momento en que su eterno enemigo, la Vida, había logrado aumentar su poder.

El planeta denominado Atsog en el lenguaje de la vida contenía aún un cierto número de unidades-de-vida-que-todavía-funcionaban en sus refugios más profundos, aunque millones de ellas habían sido destruidas, mientras sus defensas eran aniquiladas. Las unidades de vida eran fuente de valiosa información. La simple amenaza de cierto estímulo motivaba generalmente la cooperación de cualquier unidad de vida.

La unidad de vida (autodenominada General Bradin) que había controlado la defensa de Atsog, estaba entre los que habían sido capturados casi indemnes. Su disección había sido comenzada a la vista de las demás unidades de vida capturadas. Su fina cubierta exterior había sido delicadamente apartada y colocada de forma que luego sirviera a ulteriores estudios. Las unidades de vida que controlaban a otras eran cuidadosamente examinadas.

Tras este estimulo ya no fue posible comunicarse inteligiblemente con el General Bradin; en cuestión de horas, cesaba totalmente de funcionar.

Liberar aquella pequeña unidad de materia acuosa de la aberración llamada vida era en sí mismo una victoria. Pero, además, la corriente de información procedente de las unidades cercanas que presenciaban el proceso aumentaba.

Pronto quedó confirmado que las unidades de vida habían constituido una flota. A esto siguieron informaciones más detalladas. Una parte importante se refería a la unidad de vida que controlaba esa flota. Gradualmente, a partir de los interrogatorios y de los informes obtenidos, se fue formando una imagen.

Un nombre: Johann Karlsen. Una biografía. Sobre él se decían cosas contradictorias, pero los hechos mostraban que había alcanzado pronto una posición desde la que controlaba millones de unidades de vida.

- A lo largo de aquella larga guerra, las do destruidas, mientras sus defensas eran computadoras de los Asesinos habían ido recogiendo toda una serie de datos útiles acerca de los hombres que llegaban a ser líderes de la Vida. Ahora comparaban, punto por punto, con aquellos datos todos los detalles que llegaron a saber acerca de Johann Karlsen.

La conducta de esas unidades-jefes resistía frecuentemente a los análisis, como si en ellos existiera una cierta cualidad de enfermedad-vida que escapara a la investigación de las máquinas. Esos individuos utilizaban la lógica, pero a veces parecía que no se basaban en ella. Las unidades de vida más peligrosas actuaban a veces en una forma que parecía contradecir el conocimiento supremo de las leyes de la física y el azar, como si sus mentes poseyeran una auténtica voluntad libre.

Y Karlsen era una de ellas, y una en la que se daban esas características de la forma más elevada. Su peligroso modelo no tenía comparación.

En el pasado, tales unidades de vida habían causado ciertos problemas locales. Pero que una de ellas tuviera bajo su mando a la totalidad de la flota de la vida y que pretendiera presentar una batalla decisiva era demasiado peligroso para la causa de la Muerte.

Parecía, sin embargo, que la batalla les iba a ser favorable, puesto que la flota de la Vida no contaba probablemente más que con unas doscientas naves. Pero los Asesinos no se sentían seguros del todo mientras una unidad de vida como Johann Karlsen tuviera el mando. Y cuanto más se pospusiera la batalla, más fuerte podía hacerse el enemigo Vida. Había indicios de que la intención de la Vida era desarrollar nuevas armas y fabricar naves nuevas y más poderosas.

La muda conferencia llegó a una conclusión. Existían reservas de Máquina que habían esperado durante milenios en el límite de la galaxia, muertas y abandonadas en sus ocultos lugares entre nubes de polvo y pesadas nebulosas, y sobre estrellas apagadas. Habían de ser puestas en funcionamiento. El poder de resistencia de la Vida había de ser destruido para siempre.

Desde la flota Asesina situada en el Lugar de Piedra, entre Atsog y el Sol, máquinas correo partieron en dirección a los extremos más alejados de la galaxia.

Habría que esperar algún tiempo hasta que llegaran las reservas. Entretanto, los interrogatorios continuarían.

- Escuchad, he decidido ayudaros, ¿comprendéis? Sé que queréis saber cosas acerca de ese Karlsen y yo tengo información que proporcionaros. Pero tengo un cerebro delicado. Si algo me daña, mi cerebro deja de funcionar, así que no me hagáis nada, ¿comprendido? No os serviré de nada si me hacéis daño.

El prisionero estaba fuera de lo común. La computadora encargada de los interrogatorios estableció nuevos circuitos por sí misma, escogiendo símbolos que luego presentaba ante la unidad de vida.

- ¿Qué puedes decirme acerca de Karlsen?

- Escucha, tú me vas a tratar bien, ¿eh?

- La información útil será recompensada. La falsa te proporcionará estímulos desagradables.

- Bien, te diré esto: la mujer con la que Karlsen se va a casar está aquí. La habéis apresado viva en el mismo compartimento en el que se encontraba el General Bradin. Ahora bien, si me proporcionáis el control sobre algunos otros prisioneros me facilitaréis mucho las cosas, porque así podré utilizarla a ella mucho mejor en vuestro favor. Si le decís que la tenéis, puede no creeros, ¿comprendéis?

En los márgenes de la galaxia, las señales de los heraldos gigantes llegaron hasta las ocultas reservas de los no-vivientes. Sutiles detectores captaron las señales. Los campos de fuerza cerebrales de las estrategias despertaron. Cada una de las máquinas de reserva comenzó a moverse con pereza metálica, liberando sus kilómetros cúbicos de masa y extrayendo su poder del polvo, o del hielo, o del barro de milenios, o de la sólida roca; luego fueron poco a poco orientándose en el espacio. Entonces comenzaron su carrera más rápida que la luz hacia el Lugar de Piedra, donde los destructores de Astog les esperaban.

Con la llegada de cada una de las máquinas de reserva, las computadoras de los Asesinos vieron más posible la victoria. Pero, aún así, la calidad de una de las unidades de vida hacia todos sus cálculos inciertos.

Felipe Nogara levantó una de sus fuertes y velludas manos y la pasó cuidadosamente a través del cálido segmento del panel situado frente a su asiento. El centro de su estudio privado estaba ocupado por tina enorme esfera en la que ahora aparecía una representación de la parte explorada de la galaxia. A un gesto de Nogara, la esfera se oscureció, para después comenzar a iluminarse de nuevo en una lenta e intrincada secuencia. Un gesto de su mano había eliminado teóricamente la flota asesina como factor en el juego del poder. Dejarlo, se dijo, disminuía demasiado las probabilidades. Lo que en realidad ocupaba su mente era la competencia que le hacía Venus y dos o tres planetas más, agresivos y prósperos.

Bien aislado en su habitación privada del ruido de la ciudad de Esteel, y de la rutina de los negocios, Nogara contemplaba cómo la nueva predicción de sus computadoras tomaba forma, mostrándole la estructura de poder político que podía existir dentro de un año, de dos, de cinco. Como había esperado, esta secuencia mostraba que la influencia de Esteel se extendería. Podía posible, incluso, que llegara a gobernar toda la galaxia humana.

Nogara se extrañaba de su propia calma ante una idea de tales características. Quince o veinte años atrás había utilizado todo el poder de su inteligencia para gobernar y había sacado buenos beneficios. Gradualmente, los movimientos de aquel juego de poder se habían hecho cada vez más automáticos. En aquel momento existía la posibilidad de que casi todos los seres pensantes le reconocerían como gobernante... y ello era menos importante para él que la primera elección local que había ganado.

Claro que ello no significaba, por supuesto, que deseara volver a aquellos años. Cuanto mayores eran las ganancias, mayor era la necesidad de obtener más. Si sus ayudantes vieran esa predicción, se sentirían felices. Y quería privarles de esa felicidad.

Pero ahora estaba solo. Y sabía que la flota Asesina no se desvanecería a un movimiento de su mano. En aquel momento, lo que constituía probablemente el objetivo principal de su ayuda era la Tierra. El problema era que garantizar más, ayuda al Sol significaba que tendría que restantes naves, hombres y dinero a sus proyectos de expansión. El viejo Sol tendría que sobrevivir al ataque que se cernía sobre él sin contar con más ayuda de Esteel.

Nogara se daba cuenta de que prefería ver a Esteel destruido que permitir que se le escapara su control de las manos. ¿Por qué? No podría decir que amaba a su planeta ni a su gente, pero hasta entonces había sido un buen gobernante, no un tirano. Buen gobierno era, ante todo, una buena política.

De su escritorio surgieron las melodiosas notas que indicaban que había algo que podía divertirle. Nogara se dispuso a contestar.

- Señor - dijo una voz de mujer - hay dos nuevas posibilidades en la habitación de las duchas.

Proyectada por cámaras ocultas, una escena cobró vida sobre el escritorio de Nogara: cuerpos brillando bajo una rociada de agua.

- Están en prisión, señor, ansiosos por cualquier indulto.

Contemplando aquello, Nogara no sintió más que aburrimiento. Y, si, algo así como desprecio hacia sí mismo: ¿en qué lugar de todo el universo habría una razón por la que él no pudiera buscar el placer que deseara? Y después, ¿es que voy a caer en el sadismo? Y si lo hago, ¿qué?

¿Y después?

La voz preguntó de nuevo:

- ¿Quizás esta noche prefiere algo diferente?

- Más tarde - respondió. La escena se desvaneció. Quizás, pensó, podría intentar ser un creyente por algún tiempo. ¡Qué emoción tan intensa debe sentir Johann al pecar! Si es que alguna vez lo hace.

Un placer auténtico lo había representado el ver a Johann al mando de la flota solar y contemplar la irritación de los venusianos. Pero ello le había hecho pensar en que podría surgir otro problema. Si Johann vencía a los Asesinos, ¿no aparecería ante todos como el mayor héroe de la historia de los humanos? ¿Y no haría eso de Johann un ser ambicioso? Lo que tenía que hacer era darle algún trabajo honesto, pero penoso y sin gloria, apartándole de la atención popular. El de controlar a los hombres fuera de la ley en algún sitio, por ejemplo. Johann lo aceptaría siendo como era. Pero si Johann aspiraba al poder galáctico podría tener posibilidades de ganar. Y no cambiaría de lugar ni un solo peón sobre el tablero.

Nogara agitó la cabeza. Supongamos que Johann pierde la batalla. Y una vez perdido el Sol, ¿qué sucedería? Una victoria de los Asesinos no sería algo que supusiera alternativas. Representaría el fin de los terrestres en la galaxia, probablemente en unos pocos años. No necesitaba la ayuda de computador alguno para comprender aquello.

Había una pequeña caja sobre el escritorio. Nogara la abrió y miró dentro. El final de la partida de ajedrez estaba allí, el fin de todo placer y de todo dolor. Contemplar la pequeña ampolla no le causaba la menor emoción. Se trataba de una poderosa droga que arrastraba al hombre a una especie de éxtasis, una excitación trascendental que en pocos minutos reventaba el corazón o las venas del cerebro. Algún día, cuando todo hubiera acabado, cuando el Asesino constituyera todo el universo...

Apartó de su vista la ampolla y la llamada final de la Tierra. ¿Qué le importaba aquello? ¿No era, en realidad, ya el universo una máquina asesina, en donde do estaba determinado por las leyes del azar de los gases al condensarse, antes que nacieran las estrellas?

Felipe Nogara se recostó en su sillón, contemplando como sus computadoras seguían con su ajedrez galáctico.

Por toda la flota corrió el rumor de que Karlsen se negaba a ayudar al planeta atacado porque se trataba de una colonia venusiana. En el Solar Spot, Mitch no descansaba. No tenía tiempo más que para trabajar, comer apresuradamente y dormir. Al acabar su trabajo, Mitch estaba demasiado cansado como para hacer otra cosa que no fuera descansar. Y descansó sin inquietudes ni temores cuando el Spot dirigió su rumbo, con otras cuarenta naves, hacia las profundidades del espacio, a velocidad hiperlumínica, a la caza del enemigo.

Días atrás, la rutina había sido rota por el sonido de la alarma de combate. A Mitch le despertó su ruido; antes de que sus ojos estuvieran del todo abiertos se había metido dentro de su traje-armadura, que guardaba bajo la litera. Junto a él había comandos que no habían hecho prácticas de alertas, pero ninguno de ellos se movió con lentitud.

- Es el comandante Karlsen quien les habla - sonó su voz a través de los altavoces -. No se trata de una práctica de alerta; repito, no es una práctica. Han sido vistos dos Asesinos. El Noveno Escuadrón está persiguiendo a uno de ellos.

»El otro está tratando de escapar. En cuestión de minutos le habremos dado alcance en el espacio normal. No vamos a intentar destruirle bombardeándole; vamos a templarle un poco, para después intentar el abordaje. Si hay algo que no marcha bien en nuestra táctica, enseguida vamos a saberlo. Los escuadrones Dos, Cuatro y Siete enviarán cada uno una nave para el ataque.

- Escuadrón Cuatro - suspiró el sargento McKandrick -. Hay más hombres de Esteel en nuestra compañía que en ninguna otra. No podemos fallar.

Los hombres parecían dientes de dragón sembrados en la oscuridad, atados a sus asientos almohadillados de aceleración, que antes fueran sus literas, mientras la psicomúsica sonaba como un arrullo, y aquéllos que eran creyentes oraban. En la oscuridad Mitch escuchaba a través de un intercomunicador los detalles de la batalla, que le eran reportados como jefe del comando, y se los transmitía a sus hombres.

Estaba asustado. ¿Qué cosa era la muerte que llegaba a asustar de aquella manera a los hombres? No podía ser más que el fin de toda experiencia. Este fin era inevitable. Sin embargo, él estaba asustado.

El primer bombardeo no tardó mucho en producirse. Doscientas treinta naves de la Vida tenían acorralado a un único enemigo en el centro de su formación esférica. Escuchando en la ose un dad voces lacónicas, Mitch supo cómo el Asesino respondía a su ataque. ¿Acaso se podía luchar contra las máquinas, cuando era de todo punto imposible hacerles sufrir daño o miedo?

Pero podían ser derrotadas. Y ahora, por primera vez, la humanidad poseía una gran cantidad de armas. Tenía que resultar fácil reducir a una nube de vapor a aquel Asesino. ¿No sería mejor hacer eso? En los abordajes siempre pueden presentarse problemas, constituyen un peligro, por mucha ventaja que se tenga sobre el enemigo. Pero se necesitaba probar que el esquema del abordaje funcionaba antes de presentar la batalla decisiva. Además, aquel enemigo podía llevar prisioneros vivos que podrían ser rescatados. Un Primer Comandante debía probar la certeza de sus afirmaciones.

La orden fue dada. El Spot y las otras dos naves seleccionadas cayeron sobre el castigado enemigo.

Las correas sujetaban firmemente a Mitch, pero la gravedad había sido eliminada para efectuar el ataque, y la ingravidez le dio la impresión de que su cuerpo iba a volar y vibraba como si fuera una bolita agitada en una botella. Oscuridad, silencio, sensación almohadillada y música sosegante; pero unas palabras suenan en el interior del casco y el cuerpo se acobarda, sabiendo que fuera están las armas negras y las terribles máquinas, fuerzas inimaginables en oposición. Entonces...

La realidad pasa a través de los almohadillados, de las protecciones. La carga atómica ha abierto la piel del Asesino. Tras cinco segundos de estremecedor impacto, el casco del Solar Spot se hunde como una lanza en el cuerpo del enemigo.

Mitch hablaba por última vez con el puente del Solar Spot cuando sus hombres pasaron sobre él en caída libre, con las luces de sus trajes brillando.

- Mi panel muestra que la única que no está bloqueada es la salida número trece – dijo -. Nosotros vamos a salir.

- Recuerde - dijo una voz venusiana - su principal tarea es proteger su nave de cualquier contraataque.

Se sintió herido por aquel recordatorio ofensivamente innecesario, pero no había tiempo para discusiones. Cerró el contacto y se apresuró tras sus hombres.

Las otras dos naves estaban enviando a sus hombres hacia el lugar donde residía la estrategia del Asesino. Los marines del Solar Spot se lanzaron a la tarea de encontrar y rescatar posibles prisioneros que el Asesino hubiera podido capturar Generalmente, los Asesinos guardaban a sus prisioneros cerca de su superficie, no en su interior, de modo que buscaron primero por los cientos de kilómetros cuadrados del casco.

En el oscuro caos de maquinaria destruida aún no había ningún signo de contraataque. Lo más probable es que los Asesinos no hubieran sido construidos para librar batallas en el interior de su propia piel metálica... o al menos eso era lo que esperaba la flota, y su única posibilidad de lograr el éxito en la batalla decisiva.

Mitch dejó cuarenta hombres para defender el casco del Spot, introduciéndose él con diez hombres más en el laberinto. No acostumbraba a situarse en un puesto de mando; las comunicaciones serían imposibles, una vez fuera de la línea de visibilidad.

- Tengo una pista, capitán - dijo el encargado del espectrómetro, a los cinco minutos de búsqueda en el sector que tenía asignado dentro del moribundo Asesino.

- No la pierdas - Mitch iba el segundo, con el fusil preparado.

El hombre del detector les llevó a través de un universo oscuro, mecánico e ingrávido. Unas veces se detenía para reajustar su instrumento, otras aceleraba el paso. Los hombres marchaban en caída libre, moviéndose con rapidez.

Algo en forma de torre apareció ante el hombre del detector, blandiendo arcos blancoazulados como espadas. Antes de que Mitch supiera lo que aquello se proponía, su fusil había disparado dos veces. Su corazón se abrió; no era más que una máquina semirrobótica, que no estaba construida para combatir.

El hombre del detector se lanzó hacia delante; los demás le siguieron, mientras las luces de sus trajes proyectaban sombras extrañas e iluminaban distancias inquietantes, recortando figuras sobre el vacío.

- ¡Nos estamos acercando!

Llegaron enseguida. Era un lugar semejante a un enorme pozo seco. Una cosa ovoide semejante a un bote de salvamento con un grueso casco, parecía haber ascendido por el pozo desde las profundidades del Asesino, y semejaba estar anclada ahora a un dique.

- ¡Es una lancha! ¡Rezuma oxígeno!

- Capitán, por este lado hay una especie de entrada de aire; la puerta exterior se abre.

Parecía la entrada de una trampa.

- Mantened los ojos bien abiertos.- Mitch atravesó la puerta -. Estad preparados a sacarme de aquí si no salgo en un minuto.

Se trataba de una compuerta ordinaria, probablemente extraída de alguna nave espacial humana. Vio que la puerta interior también se abría.

En el interior había un único compartimento. En el centro había una litera de aceleración con un maniquí desnudo con forma de mujer. Acercándose más vio que la cabeza había sido rapada, y que aún había pequeñas manchas de sangre en el cuero cabelludo, como si acabaran de arrancárselo.

Cuando la lámpara de su traje le dio en la cara, abrió unos ojos azules que parpadearon mecánicamente. Dudando de si realmente aquello era un ser humano, Mitch se acercó más a ella y le tocó un brazo con sus dedos metálicos. Entonces, súbitamente, su rostro se volvió humano y sus ojos volvieron de las profundidades de la muerte a la realidad. Entonces ella le miró y gritó. Antes de que pudiera liberarla en el aire ingrávido aparecieron las gotas cristalinas de sus lágrimas.

Al escuchar sus rápidas órdenes, ella levantó instintivamente una mano para cubrirse, llevándose la otra a la cabeza. Luego se introdujo en la boca el final de un tubo que conectaba con los tanques de aire de Mitch. Unos segundos después la envolvió en una manta de rescate, temporalmente a prueba de vacío y congelación.

El hombre del detector no había encontrado otra fuente de oxígeno más que la lancha. Mitch dio a su grupo orden de regresar.

En la salida pudieron escuchar que las cosas no iban demasiado bien. Robots preparados para luchar estaban defendiendo el lugar donde residía la estrategia unos ocho hombres habían muerto ya allí Se acercaban dos naves más para reforzar el abordaje.

Mitch atravesó con la chica varias compuertas, dirigiéndose a la salida. El monstruosamente grueso casco de la nave se estremecía y zumbaba. Concluida su misión el Solar Spot comenzó a apartarse de Asesino. Volvió la gravedad y la luz.

- Ahí, capitán.

Un letrero decía «Cuarentena». Un prisionero del Asesino podía haber sido deliberadamente infectado de algo contagioso. Los hombres conocían muy bien tales trampas.

La dejó dentro de la enfermería. Mientras médicos y enfermeras iban y venían en torno a ella, apartó la manta de la cara de la joven, dejándole intencionalmente cubierta la rapada cabeza, y se quitó el casco.

- Ya puede dejar el tubo del aire - le dijo a la mujer.

Ella lo hizo, y abrió los ojos de nuevo.

- ¿Es usted real? - murmuró la joven. Sacó una mano de la manta que la cubría la pasó por el traje espacial de él -. Oh, permítame tocar de nuevo a un ser ¡humano! - dijo, llevando la mano hacia su rostro.

- Soy real. Ahora todo va bien.

En ese momento se acercó uno de los médicos, miró a la mujer y dijo:

- ¿Qué es lo que le sucede?

Luego otros la rodearon, tratando de tranquilizarla. Pero ella no quería que Mitch se fuera, y se puso casi histérica cuando ellos trataron de separarla, con sumo cuidado, de él.

- Creo que será mejor que se quede - le dijo uno de los médicos.

Estuvo allí, con una de las manos de a joven entre las suyas. Se había quitado sus metálicos guantes. Miró hacia otro lado mientras los médicos la examinaban. Estos hablaban normalmente, por lo que dedujo que ella no debía de tener nada grave.

- ¿Cuál es su nombre? - le preguntó ella cuando los médicos la dejaron por un momento. Tenía la cabeza vendada.

- Mitchell Spain - ahora pudo mirarla con más detenimiento. No sintió ninguna prisa por marcharse -. ¿Cuál es el suyo?

Una sombra cruzó su cara.

- No estoy... no estoy segura. Súbitamente se produjo una conmoción en la entrada de la enfermería; el primer comandante Karlsen se empeñaba en atravesar el área de cuarentena pese a las protestas de los médicos. Karlsen llegó a donde estaba Mitchell, pero no le miraba a él.

- Chris - dijo dirigiéndose a la joven -. Gracias a Dios -. Había lágrimas en sus ojos-

Lady Christina de Dulcin apartó los ojos de Mitch y miró a Karlsen. Entonces gritó llena de abyecto terror.

- Ahora, capitán, cuénteme cómo la encontró.

Mitchell comenzó a relatar lo sucedido. Los dos hombres estaban solos en la monástica cabina de Karlsen, junto al puente. La batalla había concluido y el Asesino ya no era más que un montón de chatarra. No habían encontrado dentro más prisioneros.

- Pensaban devolvérmela - dijo Karlsen, con la mirada perdida, mientras Mitch acababa su relato -. Les atacamos antes de que pudieran hacerlo. La tenían alejada del lugar de la batalla, y pensaban devolvérmela.

Mitchell guardaba silencio.

Los ojos enrojecidos de Karlsen le miraban ahora.

- Le han lavado el cerebro, poeta. Ya sabe que se puede hacer con cierta permanencia aprovechando las tendencias naturales del sujeto. Supongo que nunca pensó mucho en mí. Consintió a nuestro matrimonio por razones políticas... Ahora grita con solo que los doctores mencionen mi nombre. Me han dicho que es posible que le hayan hecho esas terribles cosas por medio de una máquina modelada a mi imagen. A los demás los tolera hasta cierto punto. Solo con usted desea estar. Le necesita.

- Gritó cuando me aparté de ella, pero... ¿por qué yo?

- La tendencia natural, ¿comprende? Para ella es... amor... al hombre que la ha salvado. Las máquinas dispusieron su mente para que atribuyera todo el valor de su rescate al primer varón que contemplaran sus ojos. Los doctores me aseguran que se pueden hacer tales cosas. Le han aplicado drogas, pero incluso en el sueño, los instrumentos muestran que ella tiene pesadillas, que tiene miedo, que grita para que usted vuelva a su lado. ¿Qué es lo que usted siente hacia ella?

- Señor, haré lo que pueda. ¿Qué es lo que desea de mí?

- Deseo que acabe con su sufrimiento. ¿Qué otra cosa he de querer? - La voz de Karlsen se hizo áspera -. Quédese a solas con ella, ¡acabe con su miedo, si es que puede!

Logró controlarse. Luego prosiguió:

- Vaya. Los doctores le llevarán junto a ella. Luego le llevarán sus cosas.

Mitch permaneció indeciso. Todas las palabras que se le ocurrían le parecían de un humor enfermizo. Asintió con la cabeza y salió.

- Es tu última oportunidad de unirte a nosotros - dijo Salvador, el venusiano, mirando receloso a un lado y a otro de los mal iluminados corredores de aquella remota sección de la nave -. Nuestra paciencia se ha acabado y queremos entrar ya en batalla. Con la De Dulcin en las presentes condiciones, el hermano de Nogara es incapaz de llevar el mando.

El venusiano llevaba, sin duda, un interceptor de rayos espías; un gemido ultrasónico le estaba poniendo los nervios de punta a Hemphill. Y también el venusiano.

- Karlsen es vital para la causa humana, nos guste o no - respondió Hemphill, a punto de perder la paciencia, aunque su voz sonaba tranquila y razonable -. ¿No se da cuenta de lo lejos que han ido los Asesinos para acabar con él? Han llegado a sacrificar una máquina en perfecto estado solo para traernos a su mujer, a la que han lavado el cerebro para atacarle psicológicamente.

- Bien. Si eso es cierto, lo han logrado. Si Karlsen era antes de algún valor, ahora lo ha perdido en absoluto. No es capaz de pensar más que en su mujer y en el marciano.

Hemphill insistió:

- Recuerde que se negó a llevar la flota a Astog, pese a que sabía que ella estaba allí. Hasta ahora no nos ha fallado. Hasta que lo haga, usted y los otros deberán abstenerse de todo complot contra él.

Salvador dio un paso atrás, encolerizado. Un gesto calculado, pensó Hemphill.

- ¡Preocúpate de ti mismo, terrestre! - exclamó Salvador -. Los días de Karlsen están contados, así como los de aquéllos que le apoyan tan incondicionalmente! - Se dio la vuelta y comenzó a alejarse.

- ¡Espere! - llamó Hemphill, en voz baja. El venusiano se detuvo y se dio la vuelta, con un aire de reluctante arrogancia. Hemphill le atravesó el corazón con el rayo láser de su pistola. El arma hizo un ruido chasqueante en la atmósfera.

Hemphill golpe6 el cuerpo del hombre muerto con el pie para asegurarse de que no necesitaba hacer un segundo disparo.

- Eras bueno hablando - murmuró sordamente -. Pero no hubieras sabido llevar la guerra contra las malditas máquinas.

Se inclinó para examinar rápidamente el cuerpo, y se reincorporó, contento. Había encontrado una lista con los nombres de los oficiales. Algunos estaban subrayados y otros, incluyendo el suyo propio, seguidos de un signo de interrogación. En otro papel había una detallada relación de las unidades que estaban bajo el mando de ciertos oficiales venusianos. Había también algunas notas más; en suma, la más completa evidencia para arrestar a los conspiradores. Podía intentar dividir la flota, pero...

Hemphill levantó bruscamente la vista, pero luego se tranquilizó. El hombre que se aproximaba era uno de los suyos, que había puesto a vigilar cerca de allí.

- Vamos a entregar a todos estos al Primer Comandante - Hemphill agitó los papeles -. Tendremos el tiempo justo para limpiar esto de traidores y reorganizar el mando antes de entrar en batalla.

Permaneció aún un rato más mirando el cadáver de Salvador. Aquel conspirador había sido demasiado confiado y un inepto, pero no dejaba de ser, por ello, peligroso. Sin embargo, ¿habría sido acertado proteger a Karlsen? Este, en realidad, no cuadraba con el ideal de jefe que tenía Hemphill; no era cruel como las máquinas ni frío como el metal. Sin embargo, esas malditas máquinas habían hecho grandes sacrificios para destruirle.

Hemphill se encogió de hombros y se marchó apresuradamente de allí.

- Mitch, te amo. Conozco la explicación que dan a esto los doctores, pero, ¿qué saben ellos realmente de mí?

Christina de Dulcin, vestida con un sencillo traje azul y cubierta con un tocado a modo de turbante, estaba reclinada sobre una lujosa litera de aceleración, en lo que era nominalmente la habitación del Primer Comandante. Karlsen no había ocupado nunca aquella estancia, prefiriendo una cabina más pequeña.

Mitchell Spain retrocedió tres pasos, temeroso de tomarle la mano, temeroso de lo que él podía hacer, de lo que ella podía hacer. Estaban solos y tenía la certeza de que nadie les vigilaba. Lady Christina habla exigido la seguridad de que no sería espiada y Karlsen habla accedido a su petición. Además, ¿qué tipo de nave habría construido mecanismos de observación en las habitaciones de los oficiales de mayor graduación?

La situación podía parecer de comedia, pero no cuando había que vivirla. El hombre que estaba fuera, haciendo un enorme esfuerzo por contenerse, poseía más de doscientas naves que ahora dependían de él, así como multitud de planetas habitados por humanos, los cuales sucumbirían en menos de cinco años si la batalla decisiva se perdía.

- ¿Qué es lo que realmente sabes acerca de mí, Chris? - le preguntó.

- Sé que tú significas para mí la propia vida. Oh, Mitch, ahora no tengo tiempo de ser coqueta, amanerada, una señora. He sido todas esas cosas. Y, alguna vez, me hubiera casado con un hombre como Karlsen por razones políticas. Pero todo eso era antes de lo de Astog.

Su voz se quebró al pronunciar la última palabra y su mano hizo un gesto convulsivo, como de asirse a algo. El hubo de aproximarse y tomarla entre las suyas.

- Chris, Astog es algo que pertenece ya al pasado.

- Para mí, Astog no quedará nunca completamente olvidado. Cada vez me acuerdo más y más de ello. Mitch, las máquinas nos obligaron a mirar mientras desollaban vivo al general Bradin. Yo he visto eso. Y ya no quiero saber nada de cosas como la política; la vida es demasiado corta. Y ya no temo a nada, excepto que tú te vayas...

El sintió piedad, y deseo, y media docena de locuras más.

- Karlsen es un buen hombre - dijo, finalmente.

Ella contuvo un estremecimiento.

- Lo supongo - dijo, haciendo grandes esfuerzos por controlarse -. Pero Mitch, ¿qué es lo que sientes tú por mi? Dime la verdad; si ahora no me amas, puedo tener la esperanza de que lo hagas algún día.

- Ella sonrió tímidamente -. Cuando mi cabello crezca de nuevo.

- Tu cabello - su voz se quebró. Llegó a tocar su cara, pero retiró los dedos inmediatamente, como si se hubiera quemado -. Chris, tu eres su mujer, y hay demasiadas cosas que dependen de él.

- Nunca he sido suya.

- Todavía... No puedo engañarte, Chris, pero es posible que tampoco pueda decirte la verdad acerca de mis sentimientos. Todo queda pendiente de la batalla que ha de presentarse. Nadie puede hacer planes... - Hizo un gesto ambiguo.

- Mitch - su voz era comprensiva -. Todo esto te resulta horrible, ¿no es cierto? No te preocupes. No haré nada que te lo haga peor. ¿Quieres llamar al doctor? Mientras sepa que tú estás cerca, creo que podré descansar, ahora.

Karlsen examinó en silencio los documentos de Salvador durante algunas minutos, como alguien que estuviera ponderando un problema dé ajedrez. No parecía muy sorprendido.

- Tengo preparados algunos hombres en los que confío - dijo finalmente Hemphill -. Podemos arrestar... rápidamente, a los líderes de este complot.

Los ojos azules de Karlsen buscaron los suyos.

- Comandante, ¿era realmente necesario matar a Salvador?

- Así lo consideré yo - dijo Hemphill suavemente -. Intentó sacar su pistola.

Karlsen lanzó de nuevo una ojeada a los papeles y tomó una decisión.

- Comandante, quiero que tome cuatro naves e inspeccione toda la nebulosa Lugar de Piedra. No quiero que salgamos de ella sin saber dónde se encuentra el enemigo y darle la oportunidad de situarse entre nosotros y el Sol. Tenga cuidado... con saber la localización general del grueso de su flota tenemos suficiente.

- Muy bien - asintió Hemphill. Aquel reconocimiento era una decisión acertada; y si Karlsen deseaba alejar a Hemphill para tratar a sus oponentes humanos con sus propios métodos, mejor dejarle. Esos métodos le parecían a Hemphill inútiles, pero parecían funcionar cuando los utilizaba Karlsen. Si por alguna razón aquellas malditas máquinas habían considerado a Karlsen insoportable, entonces Hemphill le soportaría, hasta el punto de convertirse en asesino, o en lo que hiciera falta.

¿Qué otra cosa importaba en el universo sino acabar con las malditas máquinas?

 

Mitch pasaba horas todos los días a solas con Chris. No le mencionó los siniestros rumores que corrían por la flota. La noticia del violento fin de Salvador se extendió rápidamente, y se colocó vigilancia especial en las habitaciones de Karlsen. Algunos decían que el Almirante Keal estaba a punto de estallar en abierta revuelta.

Y ahora el Lugar de Piedra estaba muy cerca, sobre la flota, ocultando la mitad las estrellas; polvo y fragmentos negros como el ébano, como un millón de planetas hechos añicos. Ninguna nave podría desplazarse a través de Lugar de Piedra; cada kilómetro cúbico contenía suficiente materia como para impedir desplazarse a velocidad hiperlumínica.

La escuadra se mantenía al borde de la nube, en torno a la cual inspeccionaba el escuadrón de Hemphill.

- Ella está cada vez mejor, más calmada - dijo Mitch entrando en la pequeña cabina del Primer Comandante.

Karlsen le miró desde su escritorio. Los apeles que tenía ante él parecían ser listas de nombres, escritos en venusiano.

- Gracias por venir a decírmelo, poeta. ¿Habla alguna vez de mí?

- No.

Se miraron a los ojos, el pobre y feo cínico y el afamado y hermoso creyente.

- Poeta - preguntó inesperadamente Karlsen -, ¿qué haría usted si tuviera a sus mortales enemigos en su poder?

- Se considera a los marcianos un pueblo violento. ¿Espera de mi que me sentencie a mí mismo?

Por un momento, Karlsen pareció no comprender.

- Oh, no. No me refería a... usted, a mi y a Chris. No hablo de cuestiones personales. Creo que pensaba en voz alta, esperando una revelación.

- Entonces no me pregunte a mí. Pregúntele a su Dios. ¿Acaso no dijo él que había que perdonar a los enemigos?

- Sí, es cierto. - Karlsen bajó la cabeza pensativo -. El espera mucho de nosotros. Mucho.

Era una sensación peculiar darse cuenta de pronto de que el hombre a quien estaba mirando era un creyente auténtico, no un hipócrita. Mitch no estaba seguro de haber encontrado ninguno antes.

Tampoco había visto nunca a Karlsen así, pasivo, esperando una señal, como si, de hecho, hubiera algún Propósito fuera de la mente del hombre que pudiera inspirarle. Mitch se puso a pensar en ello. Si...

Pero aquello era un misticismo absurdo.

El comunicador de Karlsen sonó en aquel momento. Mitch no se fijó en lo que la voz estaba diciendo porque estaba concentrado mirando el efecto que producía en el Primer Comandante. La energía y la determinación volvieron de nuevo a su rostro; aparecieron signos sutiles de que recobraba la fuerza, una tremenda convicción de estar en lo cierto. Era como la llama que surgía vivaz cuando una lámpara de fusión se encendía.

- Sí - estaba diciendo Karlsen -. Sí, bien hecho.

Luego levantó los papeles del venusiano de su escritorio; parecía como si los hubiera levantado únicamente mediante la fuerza de la voluntad y los dedos se limitaran a moverse cerca de ellos.

- Son noticias de Hemphill - le dijo a Mitch, con una expresión casi ausente -. La flota asesina se encuentra justo en el limite del Lugar de Piedra. Hemphill estima que hay unos doscientos y que no se han dado cuenta de nuestra presencia. Atacaremos finalmente. Vaya a su puesto, poeta; que Dios le acompañe. - Se volvió de nuevo hacia su comunicador -. Que el Almirante Kemal venga a mi cabina. Dile que traiga a sus ayudantes también. En particular... - echó una ojeada a los papeles del venusiano y leyó unos cuantos nombres.

- Buena suerte, señor - dijo Mitchell, que había permanecido aún allí para deseársela. Antes de salir vio cómo Karlsen quemaba los papeles en su desintegrador.

Antes de que Mitch llegara a su cabina, las sirenas que daban la señal de combate estaban sonando. Se vistió y se armó y se dirigió a través de los corredores, repentinamente atiborrados de hombres, hacia el puente. La voz de Karlsen sonaba por los altavoces.

-... por todas las faltas que hayamos cometido contra ti, de palabra o de hecho, o aquellas cosas que hayamos omitido hacer, perdónanos ahora, Señor. Y en nombre de todos los hombres que me llaman amigo o guía, te pido que cualquier falta que hayan cometido contra ti la borres desde este momento de tu memoria.

Los hombres arremolinados en los repletos corredores dudaban hacia dónde dirigirse. Mitchell se encontró mirando frente a frente a un policía de la nave venusiana, bien armado, que posiblemente se encontraba allí en calidad de protector de algún oficial.

La voz del almirante Kemal sonó por los altavoces.

- Nosotros... somos todos hermanos, esteelianos y venusianos. Nuestra causa es común ahora, en contra de los Asesinos. ¡Destruyamos esas malditas máquinas, muerte a sus constructores! ¡Que todos los hombres recuerden lo sucedido en Astog!

- ¡Recordad Astog! - bramó la voz de Karlsen.

En el corredor hubo un instante de calma y silencio, como el que precede a la tempestad. Luego un inmenso griterío; Mitch se dio cuenta de que tenía lágrimas en los ojos y que también estaba gritando algo.

- Recordemos al general Bradin - gritó un enorme venusiano, abrazando a Mitch y levantándole del suelo con armadura y todo -. ¡Muerte a esos canallas!

- ¡Muerte a los canallas! - El grito se extendió como el fuego por el corredor. Nadie necesitaba que le dijeran que lo mismo estaba sucediendo en todas las naves de la flota. Súbitamente ya no había más sentimientos que los de fraternidad, no había tiempo más que para la gloria.

- ¡Destruyamos las malditas máquinas! Cerca del centro de gravedad de la nave insignia estaba el puente, inmenso dosel que contenía los carros de combate, cada uno con sus controles y diales.

- Preparado el coordinador de abordajes - reportó Mitch.

La esfera visualizadora que había cerca del centro del puente mostraba el avance de los humanos, dispuestos en dos líneas de cien naves cada una. A cada una de las naves le correspondía un punto verde en la esfera, localizado lo más exactamente posible que las computadoras de la nave insignia podían. La irregular superficie del Lugar de Piedra se movía junto a la formación de combate en series de vibraciones. La nave insignia marchaba a microsaltos hiperlumínicos, de forma que su aparición en la esfera resultaba una sucesión de puntos fijos a intervalos de un segundo y medio. Retardada por la masa de su cañón hiperlumínico, los seis símbolos verdes de las fuertemente armadas naves venusianas aparecían después; finalmente, el resto de la flota.

Por los auriculares de Mitch, alguien estaba diciendo:

- Aproximadamente dentro de diez minutos esperamos alcanzar...

La voz se cortó. Inmediatamente, apareció un punto rojo en la esfera, luego otro, una docena, como pequeños soles en torno a la oscura nebulosa. Durante largos segundos, los hombres que estaban en el puente permanecieron en silencio. Los Asesinos iban apareciendo en la esfera. La patrulla de exploración de Hemphill debía de haber sido detectada, porque la flota asesina no viajaba, sino que atacaba. Era una formación de unos cien, o más, puntos rojos, de forma que se formaron dos líneas netas como las de la flota humana. En cuanto la flota enemiga apareció a la vista sus formaciones aumentaron, desplegándose para englobar y destruir una flota más pequeña.

- Son trescientas máquinas - dijo una voz pedante y algo afeminada, rompiendo el silencio con fría precisión. En otro momento, el simple conocimiento de que eran trescientos los Asesinos habría destruido las esperanzas de los humanos. En ese lugar, a esa hora, el propio miedo no asustaba a nadie.

Llegaban voces a través de los auriculares de Mitch que iban relatando las vicisitudes de la batalla. Mitch no podía, en aquel momento, hacer más que escuchar y observar.

Las seis grandes marcas verdes se precipitaban contra las máquinas. Sin vacilación, Karlsen dirigía toda su flota hacia el centro de la formación enemiga. La potencia del enemigo estaba siendo desestimada, pero parecía que el mando de los Asesinos estaba cometiendo el mismo error, porque las formaciones rojas estaban reagrupándose, haciéndose más compactas.

La distancia existente entre ambas formaciones era aún demasiado grande como para que las armas normales resultaran efectivas, pero las naves armadas con su cañón hiperlumínico estaban ahora en línea, y podían abrir fuego a través de las formaciones aliadas sin dañarlas; a cada disparo Mitch pensaba que el espacio era sacudido a su alrededor; era uno de los efectos secundarios que detectaba el cerebro humano, pero no era más que la detección de un gasto de energía. Cada proyectil, impulsado por explosivos a cierta distancia de su nave, llevaba su propia impulsión hiperlumínica, que después aceleraba el proyectil, mientras este centelleaba dentro y fuera de la realidad en microtiempos.

Con su masa aumentada por la velocidad, las enormes balas atravesaban la existencia como piedras rebotando en el agua, pasando como fantasmas a través de la flota de los humanos, emergiendo a la realidad en el espacio normal solo cuando se aproximaban a su objetivo, avanzando entonces como ondas de De Broglie, mientras su materia se agitaba internamente en una fase de velocidad mayor que la de la luz.

Casi inmediatamente después de que Mitch hubiera sentido el fantasmagórico paso de los proyectiles, uno de los puntos rojos comenzó a expandirse y convertirse en una especie de nube. Alguien lanzó un suspiro de alivio. Unos instantes después, las armas de la nave insignia entraron en acción.

El centro del enemigo se detuvo, a tres millones de kilómetros de distancia, pero sus flancos siguieron avanzando, tratando de englobar la primera línea de la flota de los humanos.

Karlsen no vaciló, y en un segundo hubo un momento decisivo. La flota de los humanos embistió, dirigiéndose deliberadamente hacia la trampa.

El espacio se retorció en torno a Mitchell Spain. Todos las naves de la flota estaban abriendo fuego ahora, y cada una de las respuestas del enemigo, así como las pérdidas de energía, atravesaban su armadura como dedos fantasmagóricos. Tanto los puntos verdes como los rojos se desvanecieron de la esfera.

Las voces que sonaban dentro del casco de Mitch se debilitaron, como acontecimientos que sucedieran demasiado rápido para que el pensamiento humano pudiera seguirlos. Durante unos instantes, la batalla parecía desarrollarse entre computadores, fieles seguidores de la Vida contra los enemigos de la misma, sin cuartel.

La esfera visualizadora del puente de la nave insignia mostraba líneas casi reducidas a simples vibraciones. Uno de los puntos rojos estaba solo a un millón de kilómetros, luego a la mitad, y de nuevo a la mitad. Entonces la nave insignia entró en el espacio normal para la fase final del ataque, digiriéndose como una bala contra el enemigo.

De nuevo la esfera dibujó una línea más cercana y el enemigo elegido dejo de ser un simple punto rojo, para convertirse en un inmenso castillo inexpugnable, recortando su negra silueta contra las estrellas. Solo a cien kilómetros, luego a la mitad. La velocidad disminuyó a menos de un kilómetro por segundo. Como se esperaba, el enemigo estaba acelerando, intentando alejarse de lo que debía parecerle una carga suicida. Por última vez Mitch inspeccionó su silla, su traje, sus armas. Chris había de estar a salvo. El Asesino vibró en la esfera, mostrando en torno a sus entrañas de acero relámpagos de disparos. Buscaban, como había siempre en todos ellos, alguna herida en su casco que les permitiera penetrar en él. Intenta huir, monstruosidad obscena, inténtalo en vano.

Mas cerca, cada vez más cerca. ¡Ahora! Las luces desaparecieron, cayendo en la oscuridad durante un segundo eterno...

Impacto. La silla de Mitch le sacudió, y los suaves almohadillados del interior de su armadura le golpearon, magullándole. La doble proa de impacto debía de estar vaporizándose, dispersando energía para que aguantara la quilla de la nave.

Cuando cesó el choque continuaron los ruidos, produciendo una sinfonía de metal desgarrado y gases y aire escapándose como aliento entrecortado. Las grandes máquinas se hallaban unidas en ése momento, la nave insignia incrustada hasta su mitad en el Asesino.

Ninguno de los que estaban en el puente resultó herido. El control de daños informó que las fugas de aire estaban siendo controladas. El de armamento informó de que no podía introducir ninguna torreta dentro de la herida del Asesino. Máquinas afirmó que realizaría el máximo esfuerzo.

La nave se retorcía en la herida que había hecho. Aquello podía ser una victoria, teniendo al enemigo abierto, con sus entrañas de metal dispersas por el espacio. El puente se retorció junto con la estructura de la nave; era el aparato más sólido que se había construido. Por un momento Mitch pensó que podría comprender el poder de las máquinas construidas por los hombres.

- Comandante, estamos empotrados en él.

El enemigo resistía. La memoria del Asesino debía de estar buscando el mejor contraataque, sin miedo ni piedad.

El comandante de la nave volvió la cabeza para mirar a Johann Karlsen. Debía estar previsto que, una vez llegado a este punto del combate, quedaban pocas cosas que hacer para un Primer Comandante. Aunque la nave no estuviera empotrada en el casco enemigo, todo el espacio n torno a ella era un verdadero infierno de confusa destrucción, en la que toda comunicación resultaría imposible. Si Karlsen se encontraba ahora indefenso, tampoco las computadoras del Asesino podían penetrar en un solo cerebro.

- Defienda su nave, señor - dijo Karlsen. Se echó hacia atrás, con las manos crispadas sobre los brazos de su sillón, mirando a la nublada esfera como si estuviera intentando encontrarle algún sentido a las vibrantes luces que se movían en ella.

El comandante de la nave ordenó a la tripulación que procediera inmediatamente al abordaje.

Mitch los vio en las compuertas de salida. Estar sentado era peor que cualquier acción.

- Señor, pido permiso para unirme a los hombres que van a emprender el abordaje.

Karlsen pareció no haberle oído. Quería inhibirse de hacer uso de su poder, ya fuera para poner a Mitchell Spain al frente de la batalla como para apartarle de ella.

El comandante de la nave consideró la petición. Deseaba conservar en el puente a un coordinador de abordaje; pero para la batalla se necesitaba desesperadamente hombres experimentados.

- Está bien, puede ir. Haga lo que pueda por defender los accesos de esta nave.

El Asesino se defendía bien por medio de robots-soldados. Apenas habían avanzado algo los comandos en el interior cuando comenzó el contraataque, dejándolos aislados a la mayoría de ellos.

En un estrecho pasaje zigzagueante que partía de la entrada en la que la batalla era más encarnizada, una figura salió al encuentro de Mitch.

- ¿Capitán Spain? Soy el sargento Broom, comandante de defensas activas en este punto. El puente ha dicho que usted ha venido a incorporarse. Esto se presenta difícil. La artillería no logra encontrar un lugar donde establecerse en el interior de la herida. Las máquinas tienen todo tipo de posibilidad de maniobra y están llegando hasta nosotros.

- Quitémoslas de allí, entonces.

Los dos hombres apresuraron la marcha por el pasadizo. La nave estaba empotrada allí, como una espada clavada en una gruesa armadura.

- Todo está bien aquí - dijo Mitch. Se veían relámpagos distantes de luz y metal ardiente, en medio de todo lo cual estaba encajada la nave.

- ¿Eh? No. - Broom debía estar preguntándose de qué hablaba. Pero el sargento permaneció atento a su labor, indicando a Mitchell hacia donde se encontraban unos cien hombres entre el caos de metal retorcido y escombros.

- Las máquinas no utilizan pistolas. Sencillamente se abalanzan y se nos enfrentan cuerpo a cuerpo, si pueden. En el último ataque hemos perdido seis hombres.

Bocanadas de gas procedían del interior de las profundas cavernas y burbujas de líquido, mezcladas con destellos de luz, que penetraban profundamente en el metal. Aquella maldita cosa debía de estar agonizando, o bien preparada para un ataque inminente; pero no había forma de saber cuál de las dos cosas sucedería.

- ¿Han regresado algunos de los comandos de abordaje? - preguntó Mitch.

- No. No parece que les haya ido muy bien.

- Defensa. Aquí Artillería - sonó una voz en la radio -. Hemos conseguido hacer funcionar la torreta delantera.

- Bien, ¡utilícenla! - respondió Mitch -. Estamos en el interior. No pueden evitar darle a algo.

Un minuto después penetraron en una inmensa y caótica caverna.

- ¡Vuelven de nuevo! - gritó Broom. A unos cientos de metros más allá se perfilaba cada vez con más claridad una línea de figuras. Los reflectores las iluminaron. No eran hombres. Mitch iba a abrir la boca para gritar a la Artillería cuando la torreta abrió fuego, produciendo una confusión de corazas reventadas entre las filas de máquinas que avanzaban.

Pero aparecieron muchas más. Los hombres se veían obligados a abrir fuego en todas direcciones contra aquellas máquinas que se acercaban a centenares.

Mitch se apartó de la entrada, moviéndose a brincos, hacia los puestos avanzados, trasladando hombres cuando era necesario.

- ¡Mantenedlos alejados de las puertas! - Los hombres se enfrentaban a toda una diversidad de cañerías mecanizadas y soldaduras en movimiento; esos desperdicios habían sido construidos, de una forma u otra, para luchar.

Mientras se movía por los puestos avanzados, algo semejante a una enorme cadena se enroscó para interceptar a Mitch; la rompió en dos al segundo disparo. Una mariposa metálica se lanzó hacia él; la abatió de cuatro disparos.

Encontró uno de los puntos clave abandonados, y miró hacia el portón de salida.

- Broom, ¿qué pasa por allí?

- Es difícil de decir, capitán. Jefes de escuadrón, verifiquen qué sucede, jefes de escuadrón...

La cosa recobró vida de nuevo; Mitch la atravesó con su pistola láser; mientras se aproximaba al portón de salida, las armas abrían fuego en torno a él. El combate interior era como una reproducción en microcosmos del que se estaba desarrollando en el exterior entre las dos flotas. Sabía que estaba sucediendo, porque los fantasmagóricos dedos de las fluctuaciones energéticas producidas por pesadas armas atravesaban su armadura continuamente.

- Aquí vienen de nuevo... Dog, Easy, Nine-o'clock.

Un ataque coordinado se dirigió contra el portón de salida. Mitch encontró un lugar donde asentarse y sacó de nuevo su fusil. Muchas de las máquinas de esta nueva oleada llevaban un escudo de metal. Mitch disparó una y otra vez.

Una de las torretas utilizables de la nave insignia abrió fuego, y una casi continua línea de explosiones se produjo entre las filas de las máquinas en el silencio del vacío, bajo el rayo del reflector. Los cañones automáticos de la torreta eran mucho más potentes que las armas de los comandos. Allí donde los cañones hacían impacto, todo se deshacía en astillas. Súbitamente, aparecieron máquinas junto al casco de la nave insignia que atacaron a la torreta por su lado ciego.

Mitchell se apercibió de ello y lanzó un juramento. Entonces, súbitamente, el enemigo le rodeó. Dos de aquellas cosas apresaron a un hombre que se encontraba junto a él con sus garras metálicas intentando llevárselo. Mitch abrió fuego rápidamente sobre aquellas dos figuras y alcanzando al hombre en una pierna, volándosela. Un momento después, una de aquellas máquinas volaba con el casco hecho pedazos. La otra destrozó al hombre contra una viga, y se volvió para seguir con su tarea.

Aquella máquina estaba armada como una nave de guerra. Detectó a Mitch y se dirigió hacia él, caminando sobre chatarra y en medio de una lluvia de metal que no le detuvo. La cosa brilló a la luz de la lámpara del traje de Mitch, mientras este vaciaba su arma contra la caja donde suponía se encontraba el mecanismo cibernético.

Logró esquivar la máquina, pero, como un gato, ésta se volvió hacia él. Le agarró por la mano izquierda y por el casco, haciendo que el metal crujiera. Mitch disparó su pistola láser contra lo que suponía era la caja que contenía el cerebro. Pero la máquina no le soltó, y siguió oprimiendo su enguantada mano y su casco.

La caja-cerebro, la pistola y los dedos de su guante derecho estaban al rojo. Algo fundido salpicó el visor de su casco, medio cegándole. El láser seguía disparando contra el enemigo, fundiéndolo.

La cosa le estaba aplastando su guante derecho

... su mano...

Pese al dolor de su mano izquierda, soltó la pistola láser y tomó una de las granadas que pendían de su cinturón.

El brazo izquierdo estaba entumecido, y no mejoró ni cuando la garra de la máquina soltó su triturada mano, tratando de agarrarse a otra cosa. Súbitamente, la máquina comenzó a temblar como un hombre agonizando. Mitch balanceó su brazo para fijar una granada al lado más apartado de la caja-cerebro. Luego con los brazos y las piernas, se deshizo de las garras que le aprisionaban. Los servos de su traje gimieron, excesivamente forzados; dos segundos, cerró los ojos, tres...

La explosión le aturdió. Se encontró libre. Las luces brillaban. En algún lugar había un portón que tenía que defender.

Su cabeza se fue aclarando lentamente. Tenía la impresión de que alguien estaba oprimiendo con los dedos su pecho. Esperó que se tratara solo de alguna reacción procedente de la mano. Le resultaba casi imposible ver nada, con el cristal de su casco medio cubierto por la mancha de metal derretido, pero finalmente pudo llegar junto al casco de la nave. Apoyado en un trozo de algo que encontró junto al casco, se dirigió hacia el portón de salida. Entonces se dio cuenta de que había perdido su arma.

El espacio que rodeaba el portón de salida estaba cubierto por una bruma de materias pulverizadas. Los hombres seguían todavía allí, disparando sus armas en el interior de la gran caverna. Mitch reconoció la armadura de Broom a la luz de las lámparas de los trajes y recibió una oleada de bienvenidas.

- ¡Capitán! Han logrado abatir la torreta y la mayor parte de los focos. Pero nosotros hemos acabado con una buena parte de ellos. ¿Cómo está su brazo?

- Parece como si fuera de madera. ¿ Me puede proporcionar un arma?

- ¿Cómo dice?

Broom no podía oírle. Aquella maldita cosa había dañado su casco y, probablemente, su radio transmisor. Puso su casco contra el de Broom y dijo:

- Le dejo a cargo de todo esto. Voy dentro. Regresaré, si puedo.

Broom asintió y le guió hacia la puerta. En torno a ellos brillaban los resplandores de los disparos, cada vez más frecuentes, pero él no podía hacer nada, con aquellos dos dedos presionándole el pecho. Deliraba. ¿Volver a salir? Suerte si lograba entrar sin ayuda.

Logró penetrar en la nave. Un médico le vio y llegó junto a él para ayudarle.

 

Todavía no estoy muerto, pensó, consciente de las luces y los hombres que había en torno a él. Se dio cuenta de que su mano izquierda estaba vendada. Y también constató que ya no sentía el contacto de aquellos dedos fantasmagóricos: las armas habían cesado de funcionar. Después se dio cuenta de que le estaban sacando del dispensario, y que la gente tenía los rostros iluminados por el triunfo. Se hallaba aún demasiado aturdido como para hacer preguntas coherentes, pero por las palabras que escuchaba le pareció entender que otra nave se les había unido en el ataque al Asesino. Era una buena señal que hubiera naves desocupadas en torno a ellos.

Le llevaron cerca del puente, a un área que estaba siendo utilizada como sala de recuperación; allí se encontraban muchos otros heridos y le proporcionaron un tubo que conectaba con tanques de aire dispuestos allí por si fallaba la gravedad o el aire. Mitch pudo ver señales de los daños recibidos en la contienda a su alrededor. Se preguntó cómo podía ser aquello, si esa zona estaba en el interior de la nave. Los portones de las entradas habían sido tomados. Hubo una violenta sacudida. y

- Han logrado desincrustarla – dijo alguien junto a él.

Mitch permaneció semiinsconciente durante un momento. Lo siguiente que pudo escuchar fue que la gente se estaba concentrando, procedente de todas direcciones, sobre el puente. Sus rostros se mostraban alegres y esperanzadores, como si alguna señal feliz les llamara la atención. Muchos de ellos llevaban lo que a Mitch le parecieron las cargas más extrañas: armas, libros, cascos, vendajes, sacos de comida, botellas, e incluso niños que debían haber sido rescatados de las garras del Asesino.

Mitch se incorporó sobre su codo derecho, haciendo caso omiso de los dolores que sentía en su vendado tórax y los heridos dedos de su mano derecha. Sin embargo, no pudo divisar los carros de combate que estaban sobre el puente, porque la gente que pasaba se lo impedía.

De todos los corredores de la nave llegaba gente, solemnemente feliz, hombres y mujeres bajo las radiantes luces.

Alrededor de una hora después, Mitch despertó de nuevo y vio que habían situado cerca de allí una esfera de visualización. El espacio donde se había producido la batalla era una nebulosa de metal gaseoso, una pequeña mancha que se recortaba contra la negrura del Lugar de Piedra.

Alguien cerca de Mitch estaba relatando, algo cansado pero con animación, lo sucedido.

... quince naves y cerca de ochocientos hombres es el balance de nuestras pérdidas. La totalidad de nuestras naves parece haber sido dañada. Estimamos que han sido noventa los Asesinos destruidos. El último recuento arrojaba la cifra de setenta y seis capturados, o autodestruidos. Apenas puede creerse. Un día como éste... debemos recordar que treinta de ellos, o quizás, han escapado, y que son tan mortíferos como siempre. Deberemos pasar aún mucho tiempo persiguiéndolos y luchando contra ellos, pero su poder como flota organizada se ha acabado para siempre. podemos esperar que capturándolos al fin encontraremos alguna pista definitiva sobre su origen. Ah, lo mejor de todo son los doce mil prisioneros humanos que hemos liberado.

»Ahora bien, ¿cómo explicar este éxito? Aquellos de nosotros que no son creyentes dicen que la victoria ha sido posible porque los cascos de nuestras naves son más fuertes y nuevos, nuestras armas de largo alcance superiores, que nuestras tácticas han sorprendido al enemigo... y que nuestros hombres son capaces de acabar con cualquiera de los Asesinos que se les pongan delante.

»Sobre todo, la historia destacará la valía del Primer Comandante Karlsen, por su decisión de atacar en el preciso momento en que su reconciliación con los venusianos dio moral y unión a la flota.

»EI Primer Comandante se encuentra ahora aquí, visitando a los heridos que yacen en hileras...

Los movimientos de Karlsen eran tan lentos y fatigados que Mitch pensó que él también debía estar herido, aunque no se le veía ningún vendaje. Pasaba entre las filas de heridos, teniendo para todos ellos una palabra o un gesto. Se detuvo ante la camilla de Mitch, como si haberle reconocido allí le hubiera supuesto un duro golpe.

- Ella ha muerto, poeta - fueron las primeras palabras que dijo.

La nave giró en torno a Mitch durante unos instantes; después logró tranquilizarse, como si hubiera esperado escuchar eso. La batalla le había destrozado.

Karlsen le estaba diciendo, en voz queda, que el enemigo había logrado introducir en el casco de la nave un cierto tipo de torpedo, una máquina infernal que parecía saber cómo estaba construida la astronave, una pila atómica que había abrasado a su paso hasta las habitaciones del Primer Comandante y la mayor parte del puente antes de que pudiera ser detenido y destruido.

Mitch había visto ya señales de la batalla en el interior, pero había sido incapaz de pensar lo que habla sucedido. El shock y las drogas le impedían ahora sentir realmente lo que había pasado, pero podía ver el rostro de la joven, recordándola en el momento en que la habla rescatado.

Rescatado.

- Soy un hombre débil y perturbado - estaba diciendo Karlsen -. Pero yo nunca le he considerado como un enemigo. ¿Lo he sido yo para usted?

- No, usted perdonó á todos sus enemigos, los supo manejar. Ahora usted no tiene enemigos, no tiene ninguno, por un tiempo. Es usted un héroe galáctico. Pero no le envidio.

- No. Descanse en paz. - Pero el rostro de Karlsen resultaba todavía vivaz, pese a su sufrimiento y a su debilidad. Solo la muerte podría abatir definitivamente a aquel hombre. Esbozó una sonrisa.

- Y ahora, la segunda parte de la profecía, ¿eh? Yo he de ser derrotado y he de morir habiéndolo perdido todo. Como si un hombre pudiera morir de otra forma.

- Karlsen, tiene usted razón. Creo que usted puede sobrevivir a su propio éxito. Morir en paz algún día, incluso con la esperanza de alcanzar el paraíso de sus creencias.

- El día que yo muera - dijo Karlsen volviendo la cabeza lentamente y mirando a la gente a su alrededor -, recordaré este día. Esta gloria, esta victoria para todos los hombres. - Bajo su abatimiento, todavía mostraba una tremenda seguridad -. Poeta, cuando tengas tiempo, ven y trabaja para mí.

- Algún día, tal vez. Ahora puedo vivir del botín. Y tengo trabajo. Si los doctores no pueden devolverme la mano, puedo todavía escribir con una. - De pronto Mitch se sintió muy cansado.

Una mano tocó su hombro sano y una voz dijo:

- Dios sea con usted. - Johann Karlsen se marchó.

Mitch solo quería descansar. Luego, a su trabajo. El mundo era malo y todos los hombres estaban locos; pero había algunos que se negaban a dejarse aplastar. Y esta era una cosa de la que valía la pena hablar.

FIN