Raquel Saguier - Esta zanja está ocupada




          A mis seres queridos y con especial gratitud a mi hijo Mauricio,
     quien supo encontrar la zanja adecuada y ocuparla en calidad de muerto
     durante el tiempo que hizo falta para que el arte fotográfico de Alexa lo
     fijara no sólo en el recuerdo, sino en la escena que ilustra la portada de
     este libro.



          Ni siquiera Lumina Santos hubiera podido reconocer en aquel sujeto
     allí tendido, con la mirada sin rumbo y el pecho cortado en dos por una
     raya oscura y tambaleante de sangre coagulada, al mismo Onofre Quintreros
     que durante un año corrido la había hecho gritar de clandestino placer.
     Grito que siempre se prolongaba más de lo necesario porque era el modo más
     directo de glorificar la virilidad del amo; y sobre todo porque ese
     aullido visceral y espeso, de torturado a quien extirpan confesiones, era
     el único en su género que se cotizaba en verdes.
          Según su intensidad y su longitud de ondas, cada uno valía una joya,
     este abrigo de leopardo para que nunca te me apartes del buen clima,
     querida, o la pundonorosa envidia que suscitaba entre sus amigas el
     departamento último modelo. La compra del cual Onofre había resuelto de
     una vez y sin más trámites, después de haberla considerado un soberano
     disparate, primero; una pésima inversión propia de eunucos y dominados, en
     segundo lugar, dando finalmente aquel giro prodigioso que sobrepasó todos
     los ángulos habilitados en geometría, y que ningún conocido suyo acertó a
     explicarse muy bien.
          Aunque lo más probable es que, al cabo de cuarenta y seis días de
     sitio, a él no le quedó otra salida que capitular, arrebatado por la dulce
     perspectiva con que lo venía acicateando ella: la de transformar aquel
     pisito algo neutro, demasiado convencional para su gusto, en delicioso
     antro de perdiciones mutuas, donde podrían amarse sin retaceos, hasta la
     consumación de sus fuerzas, en lugar de recurrir a estratagemas y de tener
     que delinquir eternamente con el Jesús en la boca.
          Para que los cuerpos se explayen a conciencia y demuestren el
     preciosismo de que son capaces, lo fundamental es contar con el sitio
     adecuado, solía murmurar ella, pasándose los labios carnosos por la golosa
     lengua, procurando convencerlo de que el tal desembolso no sólo resultaría
     altamente rentable, desde un punto de vista que él ya tendría ocasión de
     comprobar, sino que únicamente así, habitando un techo nuestro, decía, nos
     veremos libres de la coacción ambiental inevitable, y de los infundios
     malignos de las beatas y los enemigos políticos, siempre dispuestos a
     profanar la intimidad ajena en beneficio propio.
          Y como eficaz ilustración de esto último, bastaba mencionar al
     flamante Director de los Servicios Sanitarios y de Fumigación Estatal, que
     era lo mismo que decir Recaredo Anodino Flores, o ese hijo de una gran
     floresta que lo floreció, quien aprovechándose del revés político sufrido
     por Onofre, y tras haberse proclamado su incondicional amigo del alma (de
     esos que están prontos a batirse con cualquier arma y sobre el terreno que
     fuese, en salvaguarda de una amistad que en este caso llevaba veinte años
     de existencia), dio un vuelco inesperado, haciendo que aquella demagogia
     de fraternidad barata se convirtiera en una encarnizada lucha, donde el
     adversario no sólo desconocía lo que era tregua, sino que debió ser
     enfrentado en todas direcciones y con los mismos proyectiles que él
     utilizaba.
          Y de socio en juergas, gallos y trasnochadas, y en la prosperidad
     miti miti de sus tres más florecientes empresas, Flores pasó a ser el
     dueño absoluto de la torta y, en consecuencia, el único beneficiario de la
     destilería San Cristóbal, del negocio de la exportación de whisky, y de
     los copiosos dividendos aéreamente dejados por las dos pistas de
     aterrizaje.
          Así es la vida, mi estimado, le dijo el día que Onofre, descompuesto
     por la indignación, se presentó en su despacho para exigirle
     explicaciones. La vida se lo pasa dando vueltas. A veces te toca estar
     arriba y a veces estar fregado, de manera que lo más prudente será que te
     mantengas en el molde, sin levantar demasiada polvareda, ni olvidar que
     ninguna canonización de los más estrepitosos santos hubiera sido posible
     sin una perseverada sobredosis de resignación cristiana.
          Y ahora, como si el triple despojo no le fuera todavía suficiente,
     pretendía arrebatarle el monopolio de los videos franja verde y de las
     películas ginseng. Llamadas así porque restauraban en un tramo de tiempo
     igual al que requería su proyección, la virilidad perdida a consecuencia
     de la edad o de lo que sería una imperdonable infidencia que se divulgara
     aquí.
          Lo único que al muy canalla le restaba por hacer era inmiscuirse en
     los asuntos internos de Lumina, esa verdadera joyería carnal, esos
     panales, esa piel en constante ebullición, ese chisperío, ese néctar que
     parecía fluir al calor de sus más íntimos rincones. Allí donde Recaredo
     hubiera dado cualquier cosa por estar y donde sólo estaría pasando sobre
     su cadáver.
          Después de haber tenido que afrontar un año con muchas más
     oscuridades que brillos, Lumina era algo así como ese toque de sol que
     tanta falta le hacía a su momentánea penumbra, y no estaba dispuesto a
     cederla por ningún dinero.
          En ese tema nunca habría vacas flacas para Onofre, ni resbalones
     políticos, ni nada caído que sirviera para hacer leña. En el rubro sexo
     débil, él mandaba con plenitud de poderes, así le tocara estar arriba o
     estar fregado o donde fuese. Y si alguien necesitaba comprobarlo, no tenía
     más que remitirse a las pruebas, y a las tantas veces por semana que, con
     el júbilo repartido por igual entre las dos partes, dichas pruebas se
     venían realizando.
          Pero entonces, en una cama todavía convulsionada por el continuo
     cambio de posiciones, Lumina Santos y Onofre se hallaban en puntos
     equidistantes de esa muerte tersa que sobreviene luego del amor saciado, o
     por lo menos así se lo imaginaban ambos.
          Mientras que Onofre ahora espera; estaba aguardando el auxilio de
     nadie en ese despoblado al pie de la miseria, donde la ciudad había
     perdido sus atuendos de etiqueta y se oxidaba entre charcos, exhalaciones
     hediondas, objetos en ruinas, una colina de escombros que parecía reírsele
     en la cara:
          Hasta aquí hemos llegado, Onofre Quintreros; se nos ha vencido el
     permiso para seguir conduciendo. Estamos juntos en esto, los dos cautivos
     de la misma trampa y en cumplimiento ambos de idéntico suplicio. Dicen que
     por haber pretendido dar un salto mayor al empuje de nuestras piernas.
     Aunque te llevo una apreciable ventaja: yo he alcanzado una altura a la
     que tú, desde la inmovilidad de tu zanja, no te atreverías a aspirar
     siquiera. Y nada hace dudar de que aquí nos quedaremos, demasiado lejos de
     todo para valernos de señas. Tú, con esa asfixia en el pecho, que no es
     aún la definitiva pero sí el primer impulso hacia ella, y yo, con mis
     nostalgias y mis demoliciones a cuestas.
          Tuvo la sensación de despertar de una pesadilla que seguía
     cumpliéndose en la realidad, con los ojos desorbitadamente abiertos a lo
     que le estaba sucediendo, y a lo que sin duda habría de venir después.
          Porque no soñaba, no, ni debía hacerse ilusiones. Estaba aquí y
     ahora. Era este hombre que respiraba jadeando, este despojo inútil
     reducido al tamaño de una zanja, que más bien semejaba una mortaja
     confeccionada a su medida. Era esta camisa de seda italiana, ahora
     irreconocible bajo el maquillaje de sangre. Estos brazos que habían sido
     capaces de instrumentar tantos abrazos, de levantar pesas de vértigo, que
     le habían ayudado a sacudirse de los hombros la pobreza, y que así,
     repentinamente, parecían haber cortado toda vinculación con su cuerpo para
     yacer distantes junto a él, en la nueva dimensión de su impotencia.
          Era estos labios azulosos, empeñados en capturar un aire cada vez más
     enrarecido y flaco, y poco a poco aquella sed devoradora plantándole un
     desierto en los repliegues de la boca, calcinándolo por dentro. Acaso la
     piedad de alguna nube le proveyera de una limosna de agua, de una tajadita
     al menos, pero la oscuridad empezaba a deglutir las nubes y el cielo
     quedaba reflejando el mismo gris harapiento que le circulaba en la cara.
          Una cara roída por la intemperie, ligeramente inclinada hacia
     adelante, como si estuviera examinando las heridas de pistola en su propio
     cuerpo, o la angustia de unos dedos que apretaban ciegos aquí y allá,
     tratando de taponar la muerte que le fluía de algún lado. Y que seguía
     fluyendo aunque Onofre permaneciera quieto, con el mismo apuro lento y
     pertinaz de aquellos astros que se ven como enclavados en su sitio, y sin
     embargo ruedan, obstinada e infatigablemente hasta completar su rutina.
          Era esta atroz ausencia de reflejos que le dejaba un largo espacio
     vacío donde debían estar los pulmones, el corazón, los deseos. Qué se
     había hecho de aquellos deseos que avanzaban insaciables, eliminando una
     tras otra las barreras que obstaculizaban sus proyectos, y haciendo que a
     su paso todo adquiriese fantástica existencia. La misma que sentía
     languidecer ahora en las venas, en idéntica medida en que se sucedían los
     instantes y empezaba otra vez la confusión, otra vez lo ganaba aquel mareo
     con el que también se mareaban los contornos de su historia.
          Porque entre tanta incertidumbre, ya no había un hoy del cual poder
     aferrarse, sino esa masa huyente y gelatinosa que su cerebro sólo
     receptaba a medias. Mientras que el ayer resultaba todavía más remoto que
     la cada vez más remota posibilidad de acceder a algún mañana.
          De qué le había servido tanta euforia, tanta avidez de poder, tanta
     codicia, si todo lo hecho hasta entonces y por lo que tanto había luchado,
     terminaba siendo apenas los fragmentos inconexos de un pasado vivido por
     otro.
          Estaba allí, en la trastienda de un mundo en decadencia, como
     observándose desde su propia lejanía, todavía preguntándose quién, cómo,
     por qué, luchando por disipar de su interior aquel biombo compacto que le
     distorsionaba los hechos, hasta no saber en cuáles había participado y
     cuáles eran meros inventos de su delirio. Luchando porque se quedara
     quieto ese minuto de gracia concedido a su memoria, ya que de pronto algo
     se insinuaba con relación a Lumina, una especie de sonido intermitente que
     parecía arrojar la basura, o quizá fueran los movimientos escabullidos de
     una manada de ratas repercutiéndole en las sienes.
          Sí, algo pendiente que jamás le sería revelado, porque el sopor
     lentamente oscurecido de una laguna se le instalaba ahora en la mente,
     interponiéndose entre su afán por recordar y sus recuerdos.
          Mientras la soledad crecía hasta no caber casi en sus ojos, y se
     juntaba al dolor sordo y universal del abandono, ése que va corriendo
     apareado a las gastadas luces que la tarde reclinaba sobre el suelo. Y en
     medio de todo aquello, la convicción de que no podía hacer nada. Sólo era
     cuestión de horas, de minutos, de segundos, que se iban destiñendo al
     compás de sus latidos, si tal nombre merecían esos menudos titubeos,
     imperceptibles casi, que avanzaban más bien reculando, bajando y bajando
     de tono, hasta que uno de ellos quedase interrumpido en sus comienzos. No
     por fallas técnicas, como se habría de asegurar después, sino por no haber
     podido completar el recorrido que hace falta recorrer para seguir
     viviendo. Y la idea retumbaba en sus oídos como una paradoja enloquecida.



     ***



          Porque precisamente para seguir viviendo se había pasado la vida
     cuidando el frente y la retaguardia. Onofre venía tomando esas
     precauciones desde la época de sus penosos comienzos, cuando todavía era
     pobre pero ya soñaba con hacerse rico.
          Despierto se soñaba poseyendo una cuantiosa fortuna, un Rolls Royce
     encarnado y a la gringuita Leonor. Aunque la hija de don Walter, su
     germánico patrón, ocupaba el palco oficial de su sueño, porque allí, en
     aquel recinto encantado, en lugar de rechazarlo y de mostrarse esquiva,
     ella se tendía abierta en la hierba y se dejaba hacer. Era una cueva
     abrigada y húmeda dentro de la cual él apaciguaba los primeros reclamos de
     su hombría.
          Sus dieciséis años forjados a soledad y machete soñaban que tarde o
     temprano cruzaría esa tremenda injusticia, y se pasaría, carajo, como
     había Dios que se pasaría hacia el bando de los ricos.
          Y las manos de Gumersinda ya no tendrían que lavar ropa en el puente,
     y podré pagarte la operación de cataratas con el mejor oculista, y no sé
     si alguna vez pueda pagarte el que le hayas servido de cuna, Gumersinda, y
     de techo y de esa sombra donde encontraron alivio las ardientes
     escaldaduras de su orfandad primera. Ni habrá dinero que abarque la
     inagotable ternura con que le hiciste de madre, Gumersinda. Su única, su
     verdadera madre, porque la puta que lo había parido se fue sin dejar dicho
     adónde ni si pensaba volver.
          Eso rumoreaba la gente: que no bien se deshizo del estorbo, y sin que
     el remordimiento le voltease ni una sola vez la cara, ella partió en busca
     del autor de su embarazo. Un tal Cándido Bienvenido Rotela, quien para
     nada hacía juego con ninguno de sus nombres ya que a su vez se había
     marchado tras los amores de otra, y cuya captura era solicitada en varias
     dependencias policiales de la zona, así fuese vivo o muerto, por tratarse
     el individuo de un resbaladizo cuatrero que periódicamente visitaba las
     haciendas para robar ganado.
          En medio de una gruesa polvareda, dicen que llegaba, profiriendo
     palabrotas y rubricando su presencia con una rociada de tiros al aire.
          ¡Ábranle cancha a Bienvenido Rotela y sus jinetes del Apocalipsis,
     que vienen a festejar el juicio final de sus vacas y el bautizo de sus
     hembras!, exclamaba entre relinchos y risotadas que hacían circular el
     pavor y lo aumentaban en la misma medida en que cristianos y hasta perros
     desaparecían con la terrorífica expresión de haber avistado al Maligno.
          Porque la verdad es que nadie se atrevía con aquel hombre de
     entrecejo arrugado y ojitos donde la lascivia parecía arder bajo los meros
     auspicios del infierno. Ni nadie lo hubiera delatado por temor a sus
     represalias, que solían cobrarse más vidas que el hambre y los impuestos,
     y a las cuales se sumaban también las de su banda: forajidos todos de la
     peor ralea que al dos por tres estaban volviendo: o para reprisar la
     fechoría, o para exhumar alguna cuenta pendiente, o para demorarse hasta
     el alba en el catre de alguna Antonia, o Rosalía, o vaya a saber si de la
     tal Clemencia que resultó siendo después la misma de la huida.
          Lo cierto es que así fue como Onofre, a quien naturalmente hubiera
     correspondido apellidarse Rotela, tuvo que soportar la vergüenza del
     sobreapellido Quintreros, debido a que éste, como acontecía a menudo entre
     los lugareños, una vez que se puso a echar raíces, desplazó sin
     miramientos al apellido verdadero. Para todos era y sería siempre no
     Rotela, sino Quintreros, por esa rima infamante de haber nacido quinto
     entre los hijos de un cuatrero.
          Oye, Onofre, le decían, si te hubiera tocado nacer de la tercera de
     aquellas demoras forajidas, te habrías tenido que llamar Tertrero, y si de
     la sexta Sextrero, y conforme las demoras fueran creciendo se enanizarían
     tus posibilidades de llamarte de algún modo. Así es que debes estarle
     agradecido al ciudadano ése, no sólo por el entusiasmo que mostró al
     hacerte, con todas tus partes en regla y muy bien proporcionadas por
     cierto, sino por el orden en que te hizo. Pues lo que mejor le combina a
     tu nombre es sin ninguna duda, Quintreros, por haber nacido quinto entre
     los hijos de un cuatrero.
          Últimamente ya no podía soportarlas: esas burlas dolían igual que la
     propia orfandad, o la desarrapada miseria que venía entorpeciéndole los
     pasos y engrillándole los sueños. Por eso, para no verse obligado por la
     herencia a repetir el cariado prontuario de su padre, con alguna paliza
     bien dada o alguna bala bien puesta, juntaría sus escasas pertenencias y
     se borraría del pueblo, emprendiendo el mismo trayecto de tantos otros
     antes que él: el de ir a probar fortuna a la capital, allá donde no
     existieran vientos cotorreros que divulgaran su origen. Pero
     principalmente donde a fuerza de sudor consiguiera desprenderse hasta del
     último vestigio de aquellos que lo habían engendrado. Y no habría barreras
     ni lamentos de Gumersinda capaces de detenerlo.
          Porque la vieja, como si hubiera poseído el don de acertarle el
     pensamiento, se pasaba el santo día con la misma cantinela:
          Que tu ambición ya no cabe en este rancho ni en el negocio de hacer
     dulce. Que te has dejado encandilar por ella, y debes tener mucho cuidado,
     mi hijo, porque esa ambición te está creciendo deforme, y algún día, si no
     la frenas a tiempo, acabará también por deformarte el alma.
          ¿A cuál alma se estaría refiriendo Gumersinda?, cuando lo único que
     él sentía allá en el fondo, a varias leguas de sí mismo, era una especie
     de puntada intermitente, como si en lugar de alma le estuviera supurando
     un susu'a. Y, para ser sincero, lo único que él notaba que se le iban
     deformando eran los huesos, y no precisamente de la ambición que
     preocupaba a Gumersinda, sino de tanto estarse agachando para recolectar
     guayabas.
          Todas las que haya en el vecindario, le recomendaba ansioso don
     Walter, sin hacer discriminaciones, tanto las pintonas como las pasadas,
     que el verano dura poco y ningún paladar es tan exigente como para
     advertir la tramoya.
          Y también las de piel fina, e incluso las chamuscadas, hasta llenar
     todas las bolsas que te aguante el espinazo, y te permita esa lomada mal
     nombrada «Cuesta dulce». Seguro por algún despistado que sólo habría
     tenido con ella un trato superficial, porque los otros, que la conocían a
     fondo, juzgaban que mucho mejor «Arisca» la hubieran debido llamar, por el
     hecho de que así, prácticamente de entrada, te ponía cara de Gólgota y
     apenas se dejaba subir. Por cada seis intentos que uno daba hacia
     adelante, la maldita te estiraba dos y medio para atrás.
          Era un tire y afloje desigual y fraudulento, que siempre terminaba
     con Onofre arrojando la toalla, y aquel sabor amargo, como de pasto
     molido, que le amargaba primero la boca, y un rato después las rodillas,
     al comprobar que el viento, su cómplice, el mismo que le había enseñado
     las ventajas de ser libre, hasta ese viento algunas veces se pasaba al
     enemigo.
          De llegar llegaba, pero a duras penas, con el tanque seco y la fuerza
     justa para volcar su acalambrado botín en aquellos tachos cobrizos donde,
     bajo el atento control del tirano y sobre el temblor de las brasas, debía
     hervir durante horas enteras, junto a la mitad de su peso en azúcar y al
     doble de su volumen en agua.
          ¡Vamos, repítelo!, y jamás lo olvides ni lo comentes con nadie, ni
     siquiera con tu almohada, y con la Gumersinda menos que con nadie, que es
     información ultra secreta, y como tal deberá ser archivada como se
     archivan los muertos, con dos vueltas de soplete y tres remaches de
     estaño, para asegurar el soldaje por un lado, y por el lado más triste, el
     encierro.
          ¿Y todavía me preguntas que archivarla dónde, so animal? Pues en el
     único escondite al que no acceden los espías: en la memoria. ¡Anda!
     ¡Vamos! Memoriza bien y repite: del estricto cumplimiento de la fórmula
     depende el éxito de la empresa. Del estricto cumplimiento de la fórmula
     depende el éxito de la empresa…
          Confidencia de la que también participaba una espátula de madera, que
     si seguía en vías de tan notable crecimiento, ninguna oposición hubiera
     encontrado para ascender a la escala superior de ser un remo. Un remo
     hecho y derecho, al que ni por un instante debes dejar de moverlo. Ni tú
     apartarte del tacho, ni al remo dejar de moverlo. Aunque aquella
     mezcolanza comience a dar muestras de querer impacientarse y después vaya
     en aumento, y al final no se contenga y se ponga a maldecir con un ploc
     ploc alarmante.
          Pero tú no le hagas caso. Pon los oídos bien sordos y tú sigue
     adelante que para eso te pago. Revuelve como te lo estoy mostrando, sin
     desviarte del rumbo en que se desplaza el tiempo. Siempre detrás del
     movimiento horario. Todo lo cual sin apartarte del tacho, ¿me entiendes?
     Aunque sospeches que el volcán algo se trae entre manos (sí, algo sucio
     está tramando), y aterrado lo veas crecer, detenerse a tomar aire y de
     nuevo crecer…
          Pero tú no te resbales de ti mismo ni cometas la gallinada de
     defecarte encima. Mentalízate en positivo y mantente firme en tu puesto,
     que cualquier subversión se reprime aplicando una receta muy simple:
     rasurar los impulsos primero, y después bloquearles la salida.
          Entonces, ¿qué te detiene? Por más hora de ir saliendo que sea, por
     mucha oscuridad, prosigue. Aunque sepas que el volcán no tardaría en
     soltar sus amarras, rebasar su orilla y en cuestión de unos pocos segundos
     empezaría a reventar en cráteres, engendrando mil infiernos por cada uno
     de tus temblores. Entonces serías tú, pobre infeliz, el blanco perfecto
     contra el cual se pondría a afinar su puntería.
          Así y todo, persiste. No abandones la contienda. Aunque se te
     acribillen los brazos con balas incandescentes, y el dolor te anestesie la
     sensación de dar vueltas. Y de pronto no te sientas revolver, porque a
     partir de ese momento será la inercia y no tú quien realice la tarea.
     Ella, automáticamente, irá ordenando las atropelladas indicaciones en que
     se ha enredado don Walter, las registrará en sus respectivas casillas y
     sin un error empezará a ejecutarlas. Apenas le da caza al vocablo remar y
     revuelve, hasta que lo remado experimente un tangible viraje de color y
     consistencia. Vale decir, que se vuelva sangre espesa. Pese a lo cual
     debes seguir revolviendo y revolviendo, porque del número de quemaduras
     depende el éxito de la empresa.
           Tres quemaduras en un brazo son pocas                                
           cuatro formando una cruz en el otro mejora
           doce entre ambas mejillas excelente
           y allá abajo ninguna
           allá abajo sólo Leonor le dolía…

          Pero a don Walter no le gustaba que él la anduviera rondando.
     ¡Apártate de ella!, le decía, y lo mismo le decía Gumersinda, que la
     gringuita no era para él, que por varios cielos le quedaba grande, y que
     ya no malgastara saliva intentando conquistarla.
          Entonces, en vista de que no podía tenerla de otro modo, optó por
     idear lo de los sueños. Cada uno de los cuales formaba un espacio
     hermético, un verdadero mundo aparte donde no cabía el tiempo, ni don
     Walter, ni nada que no fueran sólo ellos.
          Tampoco debía esperar a estar dormido para soñar. Bastaba mantener
     los ojos prendidos a un objeto cualquiera durante no más de tres minutos,
     pasados los cuales, algo principiaba a saberle dulce en la punta de la
     lengua, a la vez que lentamente, como si de aquella dulzura se descorriera
     un telón, el sortilegio se ponía en marcha.
          Todas las veces comenzaba igual, con un gran fuego en el centro de
     una habitación tapizada de hierbas frescas y tupidas, y otro que sin
     descanso subía y bajaba de un espejo circular, de una de cuyas esquinas,
     formando una leve y dorada angulación, y como creados por las llamas, uno
     tras otro iban surgiendo los primeros esbozos de Leonor, y de inmediato
     una Leonor tan íntegra y cabal, que todo a su alrededor mudaba de
     perspectiva, todo ardía luminosamente.
          Pero lo realmente increíble radicaba en el hecho de que estando fuera
     del sueño, verlo y echarse a correr eran ejecutados por ella en un solo
     acto, veloz e instantáneo. En cambio en su interior permanecía quieta,
     dócil, accesible. Los dos salpicados de reflejos, allí mirándose y oyendo
     sin oír el eco del aullido de don Walter extinguiéndose a lo lejos.
          Mirándose a través del crepitar del fuego, cuyo rojo sangre hacía que
     la piel de ella pareciera aún más blanca, y sus ojos aún más claros, y más
     apetecibles aún sus pecas.
          Ambos atrapados por el hechizo in crescendo de un deseo que latía más
     a prisa que ningún pulso, que ningún corazón de galopar tendido. Cuando de
     pronto ellos mismos eran las llamas que veían subir y bajar y entrar y
     salir desde el fondo tumultuoso del espejo. Hasta que todo se volvía
     incandescente, estallaba en mil pedazos, para finalizar sumido en untuosa
     somnolencia.
          También el fuego había cesado, y en su lugar sólo quedaba un efímero
     aleteo desvaneciéndose y desvaneciéndose cristal adentro. Y al cabo de un
     rato, la habitación entera se iba como diluyendo, como replegándose sobre
     ese tono macilento de las fotografías viejas, hasta desaparecer por
     completo.
          Entonces Leonor era otra vez la de la cabeza llena de humos, y Onofre
     otra vez la suma de sus miserables restas, y érase ahí otra vez don
     Walter, que para recuperar el capital que él había dilapidado en
     ensoñaciones vacuas lo ponía a revolver más de prisa y más de prisa, sin
     importarle que las quemaduras fueran pasando de grado a medida que se
     hacían más profundas, porque precisamente esa era la mixturación perfecta
     con la cual se exorcizaban los problemas financieros.



     ***



          Y al mismo tiempo que soñaba y se perdía entre ambiciosos
     rascacielos, Onofre era consciente de que para llegar a rico y ocupar un
     lugar de privilegio había muchos trámites que cumplir, muchas reglas que
     debían ser transgredidas.
          Empezando por la promesa hecha a Gumersinda de visitarla tan pronto
     hallase algún empleo seguro, al cual desde luego accedería mediante la
     oportuna intervención de aquel que, además de Benemérito del Transporte e
     Hijo Dilecto del Barrio, era considerado como el auxilio de todos los
     desprotegidos que se aventuraban en la capital: el generoso compueblano
     don Eusebio Sotomayor. Hombre semianalfabeto pero de una capacidad
     inventiva tan prodigiosa, que en poco tiempo supo amasar una considerable
     fortuna construyendo carrocerías para ómnibus, camiones, camionetas, o
     «cualquier bicho que anduviera sobre ruedas», como él mismo se jactaba en
     afirmar. Y a cuyo nombre iba dirigida la recomendación, que según el
     parecer de Gumersinda, le abriría todos los portones de la gran ciudad, y
     que le fue cosida dos veces en el bolsillo trasero, para que no la
     pierdas, le dijo, al menos mientras no pierdas el pantalón.
          En seguida vinieron los llorados adioses que, con intervalos de
     varios silencios, se fueron superponiendo al adiós de los grillos y las
     súplicas a San Onofre, patrono de lo imposible, a cuya devoción debía
     Gumersinda una hilera impresionante de milagros, y a la que Onofre quedó
     debiendo, no solamente el nombre, sino la cura de tres dolencias
     infantiles, tenidas por aquella época como parientas muy cercanas de la
     muerte.
          Yo te lo entrego, santito, se la escuchó rezar cuando alguien pasó
     con la orden terminante de abordar sin más dilación el vehículo. Pongo en
     tus manos a tu tocayo. Presérvalo de todo mal y de todas las acechanzas
     del Maligno…
          No te preocupes, en cuanto consiga algo te vendré a ver, la
     interrumpió Onofre, sin lágrimas y sin imaginar siquiera que, mucho antes
     de lo pensado, apenas la ciudad comenzara a perfilarse tras la cresta de
     los cerros, un impulso incontenible lo llevaría a hacer añicos la carta, y
     a cambiar su reciente juramento por la decisión irrevocable de no volver
     jamás.
          Él sabía a lo que se estaba exponiendo: acaso a la peor de las
     soledades, ésa que no se deja oír en mitad del despoblado, y a medida que
     el gentío aumenta, también crece y va creciendo hasta volverse
     insoportable. Pero cualquier cosa hubiera sido mejor que contraer deudas
     con santos, así fueran los de esta tierra, o de los que vivían
     inquilinando el cielo. Ni a don Eusebio, ni a San Onofre. Prefería
     debérselo todo a sí mismo.
          No le quedaba por lo tanto ninguna otra salida: tendría que resistir
     sin doblegarse los rigores del comienzo, y las tantas humillaciones que le
     impone la ciudad al pajuerano, las cuales no siempre se encuadraban en los
     marquitos dorados de barrer las escaleras o higienizar retretes. Muchas
     veces, como bien lo pudo comprobar Onofre, el hedor de las letrinas
     resultaba ampliamente superado por la pestilencia que exudaban aquellos
     puestos degradantes, de ínfima categoría, donde nadie sabía a ciencia
     cierta quién era el jefe.
          Aunque demasiado bien se sabía a cuáles requerimientos estaban
     subordinadas las solicitudes de ingreso. Era indispensable manejar con
     encomiable destreza las diferentes corrupciones y los diversos tipos de
     sobornos, de adulaciones y de coimas, a todo lo cual se llegaba luego de
     un exhaustivo aprendizaje en esa universidad a tiempo completo que es la
     calle, y que ofrece al educando -previo test vocacional obligatorio ya que
     el mismo permitía descubrir a cuál corrupción cada quien era propenso- una
     extensa gama de recursos para aprender no sólo a defenderse, sino para
     saber también cómo atacar.
          Algunos demostraban una notable inclinación hacia las aguas fangosas,
     otros se diplomaban en todo lo concerniente a albañales, cloacas y
     derivados, otros se hacían peritos en un sinfín de triquiñuelas para
     desviar los fondos públicos hacia rumbos más privados, y otros en
     adulteraciones y fraudes.
          Y tanto unos como otros salían aprobando con óptimas calificaciones
     el difícil arte de borrar, en apenas contados segundos, toda clase de
     evidencia que hubiera podido alertar al olfato policíaco.
          Salir adelante a cualquier precio y a costa de quien fuera, era la
     consigna, el único escape para que esa logia hermética denominada sociedad
     jamás fuera a apartarlo de su seno, ni le dedicara esa mirada desdeñosa y
     fría que reserva a quienes no se ajustan a sus normas.
          «La sociedad no hace trato con los débiles sino con los audaces»,
     había leído Onofre en alguna parte, y la experiencia le fue enseñando que
     para obtener el título de audaz y las subsiguientes condecoraciones, de
     ninguna manera había que apresurarse, sino trepar con callado aguante por
     la estrechez de esa escalera relegada a la servidumbre, hasta encontrar su
     lugar en el ascensor.
          Los años más duros fueron indudablemente los primeros, cuando
     trabajaba al por mayor, encadenando una tarea con otra y cumpliendo aquel
     horario demente de casi dieciséis horas por día. Aunque eso no era lo
     peor. Lo peor era saberse miserablemente explotado y no poder hacer nada
     al respecto, porque cualquier entrenamiento hubiera sido demasiado blando
     si no lo reforzaba una buena explotación. Y una excelente explotación era
     aquel mal chiste de los tres billetes chiflados, que no tardaban en
     sucumbir ante la brutal intransigencia de los precios.
          Por una semana completa de romperse «aquello» podían adquirirse siete
     días infectados de alimañas de un cuartucho de pensión, veinticuatro
     cigarrillos directamente importados del suelo, y dieciocho cervecitas
     nacionales y calientes, porque si se las pretendía a otra temperatura,
     pues entonces, vaya, elemental mi querido Watson, ese lujo se marcaba con
     un precio diferente.



     ***



          Así, pulgada tras pulgada, se fue ganando un espacio, a fuerza de
     transar, de arreglarse con las sobras rechazadas por los otros, y de
     aprender, a fuerza de vivir a la espera de instrucciones, que la vida es
     un gigantesco trueque donde nadie da nada a cambio de nada que no vaya en
     proporción directa de su angurria personal.
          Si yo pongo la orientación técnica, tú corres toda la cancha y
     empapas la camiseta. Si nosotros ponemos el capital, tú, que no tienes más
     capital que el pellejo, no sólo lo pones sino además lo expones. Puesto
     que yo soy el astro rey, tú debes girarme en torno sin perderme jamás la
     distancia, ni hacerme perder la paciencia, como un aplicado satélite, ¿me
     entiendes?
          Siempre la balanza actuando en desnivel. Siempre con ostensible
     ventaja hacia el platillo contrario. Porque nivelar una balanza lleva su
     tiempo, y también rupturas, injertos, trasplantes, y por cada trasplante
     un rechazo que termina introduciendo otro hombre dentro del hombre.
          Unos cuantos semestres le tomaría, por ejemplo, el ir mudando de
     piel, y durante todo ese lapso tuvo la impresión de estar viviendo una
     experiencia extraña, completamente inédita para él. Algo como un
     descascararse gradual y progresivo, que lo despojó primero de la envoltura
     externa, y luego de la que sangró más, porque con ella también se
     perdieron las distintas capas de recuerdos que se habían venido acumulando
     en etapas sucesivas de aquel entonces y ahora.
          Y aprovechar el dolor para acabar de una vez para siempre con la
     indiscreción de aquella pigmentación verdosa, que no dudaba en exhibir
     ante cualquiera el cercano parentesco que él tenía con el monte.
          Claro que para la siguiente reforma era preciso acudir al artista
     plástico de más renombre, hipocráticamente hablando, ya que sólo aquél que
     luciera un prestigio sólido, conseguido a través de una larga trayectoria,
     sería capaz de practicarle al mismo tiempo, y sin ulteriores desgracias
     que lamentar, una triple lipoaspiración: del yo antiguo primero, de las
     marcas de su pasada pobreza después, y finalmente de la doble papada.
          Y con anestesia local someterse a la cirugía de aquellos vicios que,
     pese a ser tachados de menores por la ciencia, debían necesariamente
     extirparse, al menos si uno pretendía no estar en desacuerdo con las
     elementales normas de cualquier urbanidad, tales como el hábito privado de
     usar escarbadientes en público, o hablar exagerando las eses, o ponerlas
     al mayoreo en los lugares proscritos. En pocas palabras, terminar con todo
     aquello que pusiera a ventilar su heredada propensión al conventillo.
          Aunque lo más difícil de todo, y lo que le gastó más energía fue
     aprobar la asignatura de mantener bajo control las emociones, liberándolas
     sólo de a una, con preferencia durante las horas de sueño, en forma de
     sacudidas, de calambres, de lamentos, de llorosas pesadillas que lloraban
     por haber extraviado el rumbo de volver a la realidad.
          Eso de noche, cuando lo oscuro atenúa la falsedad de las cosas y hace
     que incluso lo blanco se vea como ennegrecido. Porque bajo esa luz que no
     miente, había que permitirles la fuga sólo en dosis muy restringidas y
     bastante mineralizadas por cierto.
          Vale decir que cualquier emoción, por intensa que fuera, antes de ser
     expulsada debía quedar reducida a su mínima expresión, limitándose a
     transmitir por intermedio del rostro exactamente lo mismo que hubiera
     trasmitido una piedra, si una piedra hubiera podido transmitir algo, desde
     luego.
          Acto seguido venía el capítulo referente a domar los sentimientos, y
     someterlos periódicamente a toda clase de torturas y vejaciones sin
     límites, haciéndoles probar inclusive el inefable sabor del orgasmo
     eléctrico, sitial al que se llegaba copulando con esa hembra insaciable y
     tristemente conocida bajo el nombre de picana.
          Ninguna traición sobrevivía a la muerte líquida que arrojaban
     aquellos grifos minuciosamente extendidos a todo lo largo del cuerpo,
     aunque con especial hincapié en las zonas donde el dolor se hace más vivo.
     Grifos que al recibir la orden de abrirse, obedecían todos en bloque,
     produciendo algo así como una marejada, como una devastadora y eléctrica
     inundación.
          Los resultados eran por demás efectivos: casi ningún sentimiento
     volvía a ponerse de pie, y los pocos que lograban hacerlo adquirían con el
     tiempo una extraña cualidad de manifestación invertida, ya que les era
     dado comunicar por el lado de afuera precisamente lo contrario a lo que
     acontecía por dentro.
          Entonces, aunque se te estuviera achicharrando la casa con la familia
     entera incluida, en lugar de recurrir a los bomberos o de gritar
     ¡auxilio!, había que improvisar una careta de aquí no pasa nada,
     compañero, rematando con aquella frase célebre que cimentó la inmortalidad
     de Carlos Quinto, y que fuera utilizada infinidad de veces por los otros
     tantos carolingios: nada por aquí, nada por allá, y por acullá todo bajo
     absoluto control.



     ***



          Y cuando a la última imagen de Gumersinda, que él había venido
     guardando entre las dos o tres chucherías de su equipaje primero, con el
     correr de la vida, se le hubiese disecado el llanto. Y cuando la víspera
     de su partida, impresa con rosados indelebles contra las convulsas
     variaciones de un azul crepuscular e intenso, el mismo que vio retorcer su
     adolescencia sobre el rechazo instintivo de otro cuerpo que también se
     retorcía, ondulaba, gemía, tratando de impedir que aquel objeto punzante
     consiguiera introducirse entre sus piernas. Y toda esa larga escena,
     repentinamente alumbrada por el chicotazo brillante que sobrevino después,
     se volviera, al deslizarse los años, sólo un vago remordimiento, cada vez
     menos preciso, más frágil, y Onofre se alegrara de que así fuera, porque
     no pensando más en eso tampoco estaría pensando en los capítulos iniciales
     de su propia historia. Y cuando de su antiguo yo no quedara sino un
     minúsculo terrón de barro que rara vez daba señales de vida, entonces
     había llegado el momento de construir un nuevo yo para reemplazarlo.
          Un yo más suelto, más agresivo, con más ínfulas mundanas, más swing,
     y una mirada atrevida que iba ganando cada vez más cantidad de distancia.
     Aunque estratégicamente escondida tras el luto cerrado que guardaban sus
     lentes, a fin de descubrir sin ser descubierto, no sólo el lugar de las
     ganancias inmediatas, de esas que se van multiplicando solas, sin el
     concurso de nadie, sino el de las mujeres más atractivas, económicamente
     hablando. Para de inmediato escoger una cualquiera, porque las
     propietarias de ese tipo de atracción, salvo muy honrosas excepciones, son
     casi todas lo mismo: adolecen de una falta de armonía irreversible.
          Por lo tanto se vio obligado a dirimir tan engorrosa cuestión
     recurriendo al conocido acertijo de con esta sí, con esta no, con esta
     cuenta bancaria me caso yo. Después de un muy breve noviazgo, que por lo
     mismo dio lugar a toda clase de especulaciones, morbosas conjeturas, y
     cálculos de últimas fechas que pusieron en rápido movimiento unos cuantos
     meses del año sobre la yema de varios dedos.
          Algo que por su magnitud llegó a opacar incluso a los recientes
     destapes de ollas, porque imagínense, Sofía Bernal se casa con él a
     espaldas de su familia. Un padre, una madre, tres hermanos, y una extensa
     variedad de consanguíneos, quienes acababan de celebrar su quinto
     centenario de prosapia ininterrumpida, ya que la misma quedó oficialmente
     instaurada en época de las carabelas. Y desde tan memorable fecha, no hubo
     uno solo de sus integrantes que no viviera con un Diploma del Desembarco
     colgado al cuello, y la mirada desasida del contorno, como en perenne
     regresión hacia un pasado donde todo era definitivamente mejor, hasta la
     calidad de los trinos.
          De manera que resultó muy comprensible aquel rechazo instantáneo
     hacia un sujeto con un apellido tan poco elegante, un nombre tan de
     almanaque Bristol, y quién sabe cuántas otras ordinarieces aparte de las
     captadas a simple vista. Y durante varios días el bloque Bernal se ocupó
     muy especialmente de hacer toda clase de averiguaciones, que al final
     nadie logró responder: ¿Quién era el tal Onofre Quintreros? ¿De cuál
     confín procedía? ¿Qué propósitos abrigaba? Aunque sobre esto último ya no
     cabía ninguna duda: él quería abrigarse con el dinero de ella, y con tanta
     prisa por cierto, que a lo único que conducía esa urgencia era a confirmar
     lo que ya estaba en boca de todos: la novia pretendía calzar en los nueve
     meses canónicos los cuatro meses de adelanto que tenía su gravidez.
          Está bien que su apuro sea justificado, pero eso no le confiere el
     derecho de apurar a los demás. Especialmente a las sacrificadas modistas a
     quienes ni siquiera les alcanzó el tiempo para recargarlas de bordados a
     sus clientes, señoras todas ellas de alto vuelo que, a pesar de vivir
     sobrealimentando el guardarropa, cuando para tal ocasión tienen que
     abrirlo, nunca encuentran allí nada ponible.
          Porque no sé si se dieron cuenta, pero el dieciocho del corriente no
     cae dentro de un mes sino de poquísimas horas. Para ser más precisos y de
     acuerdo a lo que informa en dorado una graciosa tarjeta, la boda se
     realizará a la hora nona, en la Basílica Nuestra Señora Alcurniosa,
     durante una misa concelebrada por la investidura de tres Obispos y tres
     Acólitos por cada Obispo.
          Lo cual vino a generar un lamentable entrevero de preguntas sin
     responder, respuestas que no contestaban al eco de ninguna de las
     preguntas, extraviadas tal vez, entre los tantos campanillazos y las paces
     sean contigo que se dieron a destiempo.
          En fin, esos pequeños desajustes muy propios de cuando hay un solo
     altar para tanta cantidad de santos, que no opacaron sin embargo el brillo
     de la ceremonia. Todo lo contrario. Ella se desarrolló dentro de un marco
     de gran emotividad, hasta arribar a feliz término, al compás de violines,
     sonrisas, las mismas «demoradas» de siempre que, arrimándose lo más
     posible, se tomaban todo el tiempo que les hacía falta para evaluar los
     detalles y accesorios del vestido, entre arroces, disparos de flashes,
     tintineos de joyas y criticheos, vale decir la crítica mordaz expresada a
     través del cuchicheo, y algunas contusiones morales que tampoco hubieran
     podido faltar.
          Debido a que los novios tuvieron sumo placer en recibir sólo a la
     porción más empinada de la alta sociedad, con los bombos y platillos
     retumbando en esos casos: una fiesta descomunal donde corrió libremente el
     vino, corrieron los licores, fue corrida la cerveza por no pertenecer al
     linaje de la mayoría, corrió el champagne de las viudas más recientes,
     corrieron los manjares nacionales e importados, y detrás de estos se
     pusieron a correr los comensales, corrió el libre albedrío como antes
     nunca lo hizo, se corrió el cierre de varias durante el infaltable
     intercambio de parejas. Sin olvidar un montón de correrías todavía más
     audaces, cuyo estallido coincidió con los primeros disparos de una
     orquesta, que luego de desenfundar sus instrumentos y alinearlos en orden
     de ataque, emprendió una guerra frontal de saxofones, clarinetes,
     platillos, maracas, timbales, flauta dulce y la amarga arremetida de un
     cantor que parecía estar dispuesto a no dejar oído en sus cabales ni
     tímpano que sirviera.
          Mientras que la porción en el exilio tuvo que conformarse con
     saborear ese inmenso despilfarro desde la resignación de sus termos
     cebadores de tereré, y sus respectivos aparatos televisivos, dado que la
     fiesta fue íntegramente filmada, desde el cabo San José hasta el escotado
     rabo de cada una de las ampulosas damas. Y per sécula seculorum, a los
     apartheid les cupo la maravilla de volver a agotarse viendo lo visto y
     volverse a plaguear en diferido.



     ***



          Sin embargo, el tiempo que los otros malgastaban en lamentaciones
     estériles, lo fertilizaba Onofre consiguiendo ascensos. Él avanzaba, ajeno
     a todo lo que no fuera el siguiente escalón de la próxima escalera, sólo
     avanzaba. Sin errores y sin pausas y sin haberle errado ni una sola vez al
     peldaño, en impecable ascensión avanzaba. ¿Hacia dónde? Hacia el viaje de
     bodas: un crucero afrodisíaco que en su triple vuelta carnero alrededor
     del globo iría tocando un poco de esto y un poco de aquello, haciendo
     luego un brevísimo paréntesis de cuarenta y tres días escasos entre los
     verdores de esas playas que se hicieron tan famosas por llamarse una Poder
     y la otra por denominarse Gloria.
          ¿Y después?, se interrogaban con los ojos, mientras que con la boca
     guardaban silencio. Un silencio expectante, suspendido del más silencioso
     suspenso. Después hacía trocar en realidad aquel sueño que los llevó en
     seguida a investigar: ¿cuál sueño?, ¿soñado cuándo?, ¿originario de dónde?
     Un sueño soñado tan lejos que nadie podría nunca ni siquiera arrimarse a
     él.
          Fue entonces cuando se dejó oír una voz potente, que no era sino la
     de su propia adolescencia dándole forma y color y un par de alas a aquella
     ilusión secreta, que seguía manteniéndose joven a pesar del tiempo. Y
     hágase el Rolls Royce encarnado, se lo escuchó ordenar, y el Rolls Royce
     encarnado fue hecho, para que el club de la cuota inicial más vaporosa, al
     verlo aparecer en tan relevante compañía, le abriera de inmediato sus
     portones, sin que ningún desubicado se atreviera a formularle la perimida
     pregunta de ¿dónde están sus pergaminos? laterilerilerón, ¿dónde están sus
     pergaminos? laterilerilerón pon pon. Sino todo lo contrario. Nos es muy
     grato comunicarle, señor Quintreros, que la Comisión Directiva reunida en
     magna asamblea se complace en poner a la entera disposición de sus
     caudalosos bolsillos todas las instalaciones de nuestra entidad sin
     excepción alguna: los versallescos campos de golf, la dicharachera
     cantina, el salón de los cristales bifurcándose de tal manera que permitía
     verse a los calvos con pelos y a los congresistas sin liberación de
     impuestos; el empedernido salón de los fumadores, que tenía proscrito
     echar el humo para donde se dirigía el viento, ya que éste había adquirido
     el mal hábito de dirigirse hacia el salón de los no fumadores; el de los
     masajes intergalácticos a cuyo través se apreciaban las estrellas
     dolorosas y también las preferidas, con la engañifa ocular de tenerlas al
     alcance de las manos; los renombrados gimnasios donde se levantaban pesas
     a ritmo de valses, y ensanchando un poco la respiración y apurando un
     tanto el paso se podía concretar otro tipo de levante.
          Aunque todavía estaba faltando lo que invariablemente era dejado para
     el final: muchos placeres por los cuales no había transitado todavía.
     Faltaba el rubro sexo débil. Y para que la cosecha de mujeres nunca se
     acabara, era preciso ir sembrando en cada surco la semillita de ¿se
     enteraron féminas casadas o solteras o en el estado en que se hallaren al
     recibir el mensaje?, ¿se enteraron de lo buen fornicador que es Onofre, de
     lo bien que se comporta en la cama? Se rumorea que en ese sitio tiene el
     récord de permanencia, a juzgar por el renovado desfile de visitantes que
     pasa por su departamento, donde es rarísimo ver dos veces la misma cara.
     Ese es un sentido en el cual ha logrado superar las mejores marcas, y ante
     cualquier comparación, no te quepa la menor duda, saldría siempre ganando,
     y quién sabe si hasta por varios cuerpos.
          Por supuesto, mi estimado, el marido tiene ciertos deberes de
     fidelidad para con la esposa, pero los deslices no registrados tampoco
     pueden considerarse «cornadas», ¿no te parece? Por otra parte, ¿de qué
     sirve la honradez del cuerpo si el pensamiento es ladrón por naturaleza? Y
     todavía digo más, mejor dicho, pregunto: ¿cuándo se ha visto que el sexo
     admita riendas? El sexo es intrínsecamente ingobernable, compañero, nunca
     va para donde debería sino para donde se le antoja. Era su tesis. Y se
     recibió de doctor en trasnochadas, y obtuvo el máster en canas al aire y
     en esclavo de Lumina Santos, su más reciente y oxigenada adquisición, la
     cual, para ser honestos, empezó como simple relleno, o acaso para parchar
     los claros que su señora dejaba, y de pronto sucedía que se estaba
     convirtiendo en lo mejor del espectáculo.
          Pero el Gran Cambio no se detuvo allí. Todo su empeño se concentraba
     ahora en elegir los más originales disfraces, con los cuales podría
     ingresar en cada una de las comparsas del permanente carnaval político, y
     ser a veces Arlequín y a veces Epaminondas, y de tanto en tanto Lobo Feroz
     con antifaz de los Tres Chanchitos.
          Si uno quería llegar a político de primera línea, con activa
     participación en la cosa pública y activante cúpula, tenía que
     transformarse a cada rato con tanta rapidez, que ni el mismo transformado
     podía establecer con claridad sobre qué personaje estaba instalado en el
     momento de la actuación.
          Ya no faltaba dar sino un paso muy corto hacia la misión cumplida,
     siempre acordado a un ritmo vertiginoso, absolutamente contrario a aquel
     otro, demorado y lento, que lo habría de conducir después, aunque no
     demasiado después, a protagonizar el drama entre cuyos bastidores ya
     empezaba a insinuarse el brutal advenimiento de su propia muerte.
          Pero a quién podría amedrentar la muerte, ¡zape muerte!, en una hora
     así, tan hinchada de espejismos, con tantos rayos y centellas
     proyectándolo hacia alturas hasta entonces ignoradas.
          Morir era una palabreja absurda, una incumbencia de otros que no
     estaban como él, afanados en abarcar el control de todo, ni pretendían
     levitar al mismo Olimpo de esa gente en la cual se había inspirado la
     homilía de Pa'i Gervasio, pronunciada algunas horas antes de que lo
     destituyeran, precisamente por haber dicho lo que decían que dijo en su
     última homilía: «esa gente, mis queridos feligreses, que se yergue aquí y
     allá como si hubiera sido transportada en zancos», finalizando luego con
     aquel remate histórico, que cumplió la función de fosforito haciendo
     estallar la bomba, con el saldo de un cura inexorablemente expulsado y una
     parroquia navegando a la deriva: «esas gentes, mis queridos feligreses,
     con altivez de rascacielos e ínfulas catedralicias, y que a los ojos de
     Dios no pasan de ser simples pigmeos coloreados a brochazo limpio y con
     apenas una mera zoncerita de barniz».
          Sus queridos feligreses, como era de esperarse, pusieron sus
     amotinadas voces en el cielo y su cuartel general en el atrio,
     emprendiendo lo que consideraron una genuina guerra santa, realizada a
     través del campanazo, ya que cada cuarto de hora, un muchacho contratado
     para tal efecto, sacudía el aire ciudadano echando a volar la campana
     mayor de la torre, hasta que ésta arrojaba chispas y a aquél se le
     acalambraba el brazo. En airada señal de protesta ante semejante atropello
     que lesionaba, en lo más profundo, sus derechos de católicos, apostólicos,
     romanos. Negándose además, y de un modo terminante, a participar de
     cualquier liturgia presidida por alguien distinto de Pa'i Gervasio, quien
     con tanta generosidad y durante tantos años había sabido ser el mejor
     consuelo para sus peores congojas.
          ¡Él y ningún otro!, coreaban exaltados. Y para que lo sepan de una
     vez, queremos advertirles que el tercer mandamiento está a partir de hoy
     en rigurosa huelga y lo seguirá estando mientras Pa'i Gervasio no sea
     debidamente reivindicado e inmediatamente restituido en su puesto.
          Muy pronto se caldearon también las plumas de los periodistas,
     quienes acusaron como únicas responsables de que el religioso en cuestión
     estuviese ahora oficiando misa para las tunas del Chaco, a aquellas
     personas que se calzaron tan bien el sayo, que nadie hubiera podido decir
     que no se lo hubieran confeccionado a medida.
          Por arribar al Olimpo de esa gente es que Onofre se había extenuado
     durante años y años. Él quería, lo que más quería, era formar parte del
     Grupo, moverse en su misma órbita, compartir sus reuniones, sus santos y
     señas, el aire que respiraban sus cumbres. Para luego, como colofón a tan
     tesonera labor, poder estrechar las manos del empresario Fulano, del
     hacendado Mengano, del industrial Perengano, del uniformado Yogano, del
     diputado Nogano; y estrecharlas en un mismo y mancomunado abrazo a las
     amantes multiuso, intercambiables, rotativas, con inclusión de aquellas
     que podían ser manejadas a control remoto. Tan necesarias todas ellas con
     sus tantas martingalas, para robustecer el debilitado sistema y debilitar
     las robustas cuentas bancarias de quienes solicitaban sus artes.
          Era un sacrificio económico que valía la pena realizar, aunque a
     veces se pasaba de cruento, y otras veces precisaba ser sufragado, parcial
     o íntegramente, por los Fondos del Socorro del Erario Municipal.
          Pero devolvían en pepitas lo que en billetes pesaban, sobre todo
     cuando se las ponía a comparar con esas esposas exangües, más empeñadas en
     buscarse una pierna timbera que en cumplir con su deber. Tan parecidas por
     eso a ciertos discursos rayados, que vivían jorobando la paciencia, dale
     que dale, eternamente varados sobre la misma oratoria.
          En tanto que las orfebres del placer, como ellas mismas se hacían
     llamar, por la filigrana de su labor, explicaban, tenían plena conciencia
     de que para retener la clientela e impedir que se pasara a la vereda de
     enfrente debían ofrecer un producto que combinara de manera tripartita el
     talento natural, el talento adquirido y el currículum renovado, por lo
     menos cada tanto.
          Porque era primordial que se superaran constantemente, incluso a
     ellas mismas, para poder superar después a la competencia. Podría decirse,
     sin temor a equivocaciones, que ellas conocían todo lo que al sexo de este
     mundo se refiere, poseyendo asimismo algunas nociones rudimentarias, pero
     nociones al fin, sobre sexo extraterrestre.
          Lo cierto es que disponían de una extensa gama de piruetas para antes
     de entrar en materia, y sabían acomodar el lenguaje a las exigencias del
     usuario, y al ritmo de cada quien su inagotable repertorio lúdico, de
     manera que cada quien pudiera marcharse a los acordes de su propio arroz
     con leche. Y gracias al fraternal convenio de lo tuyo es mío y lo mío es
     mío, entronizado por el «Merquemos todos juntos», practicaban con pasmosa
     habilidad y sin ningún tipo de rechazo, los últimos avances importados, ya
     que podían ejercer su profesión horizontal, vertical e inclinadamente,
     hasta los ciento ochenta grados centígrados sobre sus ejes de gravedad.



     ***



          Hasta que un día cualquiera el espejo le devolvería la imagen de un
     Onofre que por fin había alcanzado las proporciones exactas: autoridad,
     audacia, cinismo y aquel cebo provocador de tantas ronchas femeninas, que
     tantos habían intentado sin éxito imitar: su total dominio de saber ser
     seductor, a toda hora y en toda ocasión, al punto de que no parecía
     existir, sobre un radio aproximado de cien kilómetros a la redonda,
     ninguna otra seducción por encima de la suya. Era el seductor número uno.
          Pero aún le quedaba algo pendiente. Algo que había venido
     postergando, y que debía aguardar alguna noche sin luna, de modo que
     ninguna mirada pudiera asistir a la realización de un acto con el cual
     quedaría definitivamente sellada una etapa de su existencia.
          El acto de cavar un pozo lo suficientemente profundo a fin de guardar
     en él sus propios pozos y deslizamientos, y aquellos pasajes secretos para
     que nadie supiera llegar adonde ellos llevaban. Y aquellas grietas
     internas, rebosantes de abandono, y todos y cada uno de sus atajos y de
     sus recónditas guaridas, que hubieran dejado entrever lo que tan
     celosamente había venido escondiendo.
          ¿Quién lo hubiera sospechado, no es cierto?, que Onofre Quintreros no
     fuera en realidad el que todo el mundo creía, sino nada más y nada menos
     que un cabal almacén de complejos, con varios gramos de cobardías, muchas
     docenas de miedos, y un estante repleto de las dudas que cada uno
     prefiera. Por lo tanto, sí señor, un firme candidato a la siquiatría.
          No, nadie lo hubiera dicho contemplando aquella figura altanera de
     mirar insondable, ese hijo del arroyo que por fin estaba llegando adonde
     se había propuesto. Se levantó en su propia estatura, decían unos, y
     todavía sigue creciendo, opinaban otros. Y en política, ni te imaginas,
     hizo meteóricos progresos. Yo diría más bien que hizo lo que le convenía
     hacer: alianzas por ambas puntas. Pero todo sin dejarse invadir el
     territorio. Desde el vamos conservó su independencia, para evitar en lo
     posible cualquier intermediario. O por temor quizá a que cuando estuviese
     comiendo alguien fuera a birlarle la mejor presa.
          Todos coincidían en lo mismo: Onofre Quintreros no tiene límites.
     Parece estar embarcado en un viaje sin fondo. Es un vulgar andinista.
     Aunque no me discutan que también es un gran estratega, y perseverante
     como ninguno, y tan increíblemente atractivo a pesar de ser tan feo, que
     todas sus oscuridades se blanquean por adelantado.
          Claro que ha dejado de ser lo que era antes. Ahora está atravesando
     una angina política que lo tiene bastante postrado. Se diría que volvió
     otra vez a la llanura. ¿Y a quién podría importarle la llanura cuando ya
     la cumbre le otorgó el alpiste necesario para disfrutar el equivalente de
     tres vidas sin obligación de mover un solo dedo? No te lo discuto: podrían
     haberlo acusado de esto y de aquello y de cien mil fechorías, si quieres,
     pero lo que ocurre es que a nadie le conviene remover demasiado el fango.
     Quién más, quién menos hizo sus formidables agostos antes del dos de
     febrero. Y lo continúan haciendo. Total, después se procede a hacer tres
     cosas: arrepentirse con vehemencia, abjurar de los pecados con voz lo
     suficientemente estentórea como para que llegue sin tropiezos a los oídos
     de la prensa, y por último organizar un propósito de enmienda con tres mil
     invitados en un club social de alto rango, y los turnos de cinco orquestas
     ejecutando las preferencias caribeñas del momento.
          Aquella fue sin duda su mejor época. Se paró frente a la maquinita y
     ésta le empezó a soltar plata a raudales. Y puesto que al dinero hay que
     lucirlo, de ahí en más se dedicó a saturar su guardarropa con confecciones
     de marca, inaugurando la moda de las camisas llovidas, con motivos
     espaciales, y los pantalones inspirados en el protagonista masculino de
     «Los pobres también ríen», para que incluso extraterritorialmente se le
     apreciara la facha. Y hasta consiguió que lo nominasen para los diez más
     elegantes del año.
          Todo lo cual en modo alguno le atenúa los defectos. ¿O todavía no se
     han dado cuenta de que es un tipo reversible? Onofre Quintreros puede ser
     usado de los dos lados, en el buen sentido del uso, desde luego. Observen
     lo rápido que se está poniendo a tono con Doña Transición Democrática.
     Sólo falta que la reconozca como única mujer de su existencia. Es evidente
     que tiene una tenacidad a toda prueba y una vocación de poder indomable. Y
     nada me extrañaría que pronto se encuentre instalado en la misma poltrona
     de la que tuvo que apearse urgentemente por las razones de todos
     conocidas. Está tratando de recuperar a grandes zancadas la titularidad
     perdida. Dicen que tiene muy buenos contactos, y muchas afinidades
     deportivas con gente importante. Y hasta se murmura que deja que el
     Supremo le coma los puntos en los partidos de paddle.
          Claro que sí, que los demás hablen, comenten, hagan conjeturas,
     indaguen. Que se vayan atorando con su propia bilis. Total, era él quien
     llevaba la sartén por donde debía llevarse. Pero no por eso iría a perder
     la cabeza. No, señor. Ahora era cuando más debía estar prevenido porque si
     el número de sus conquistas iba en aumento, igual cosa ocurría con la
     envidia de sus adversarios. Cuando se es atractivo y se tiene plata y
     leyenda, de todos lados brotan peligros, por lo tanto su propósito
     inmediato fue encontrar la forma de neutralizarlos. Y sólo al cabo de
     agotadores días de concentración y análisis dio exactamente con lo que
     debía hacer: encajarse como una cuña entre los varios peligros que lo
     cercaban, en una posición donde ninguno podría alcanzarlo.
          Por otra parte, Onofre no compartía la creencia bíblica según la
     cual, luego de haber trabajado seis días completos, al séptimo le
     corresponde un recreo. De ninguna manera. Él había necesitado muchos años
     de sufrimiento y miseria para obtener los privilegios que ningún descanso
     del séptimo día le vendría ahora a desbaratar.
          Mucha vida se había pasado cuidando el frente y la retaguardia,
     durmiendo con el arma puesta, pese a las quejas superadas de sus
     anteriores amantes, pero sobre todo pese a las actuales y cada vez más
     reiteradas quejas de Lumina Santos, quien opinaba que el hombre debía
     presentarse al amor sin más armadura que la que Dios le había otorgado en
     su inmensa sabiduría.
          Pero entonces me quedaría casi indefenso, tan destechado como arribé
     a este mundo, le replicaba él, y seguía durmiendo con el arma puesta.
     Seguía con el oído y el olfato a tal extremo sin descuidar la guardia, que
     llegó inclusive a percibir el menudo rumor de una mariposa al posarse
     sobre el aire, y a detectar una tormenta a varios cielos de distancia, y a
     presentir desde lejos, no sólo cualquier conspiración que se estuviera
     fraguando en su contra, sino en qué fase del crepúsculo conspiraban
     aquellas sombras que él llevaba consigo mismo.
          Sin embargo no fue capaz de adivinar que nada de lo hecho
     anteriormente había tenido objeto, ni sus miserias, ni sus ascensos, ni el
     haberse rodeado por una fortaleza que él había creído inexpugnable.
     Multitud de cosas construidas a cambio de un montón de nada.
          No supo percatarse de que aquel terreno que pisara con tantas
     precauciones iba mostrando cada día una grieta diferente, un nuevo
     deslizamiento, rajaduras por tantas partes que amenazaba convertirse en la
     trampa más siniestra de cuantas él había tratado justamente de evitar.
          No quiso darse cuenta de que el escenario ya estaba preparado, las
     salidas a escena ensayadas, la emboscada lista, los actores elegidos y,
     entre ellos, uno en especial confabulando a sus espaldas. Alguien
     encargado de ejecutar una fatalidad que lo estuvo rondando desde siempre,
     porque ella había estado desde siempre incorporada a su destino. Aquel
     oscuro personaje maquillado de verdugo, que con una mano parecía rogar
     silencio, y con la otra principiaba lentamente a descorrer el telón.
          Absolutamente todo había sido en vano…



     ***



          Porque de golpe alguien elabora un plan maestro, se esmera en
     bosquejar sus horarios, en hacer un croquis de su rutina, en diseñar uno
     por uno sus movimientos, marcando con cruces rojas sus lugares
     vulnerables, con negras sus actividades políticas, con xx las
     extramatrimoniales, con ocre intenso las clandestinas. Ensayándolo todo
     hasta en sus últimos detalles, hasta la minucia de que no debe morir de
     inmediato, tal como señalaría más adelante el informe del forense: «sino
     paso a paso, debido a que ninguno de los dos proyectiles le interesó
     partes vitales. Aunque de seguro el primer disparo, el que le había
     entrado por el pecho y salido por la espalda, a la altura de la espina del
     omóplato derecho, ya debió haberlo diezmado, dejándole pocas fuerzas para
     el segundo, que le pulverizó prácticamente la pierna. De haber llegado en
     el momento exacto, quizá hubiera sido posible aplicar un torniquete para
     contener la hemorragia y de ese modo impedir que se fuera en sangre».
          Pero así como estaban las cosas, el destacado profesional ni siquiera
     tuvo que recurrir a la avizora idoneidad de su ojo clínico, sino a un
     elemental olfateo de practicante, para determinar que el ciudadano en
     cuestión llevaba días enteros de haberse pasado a la otra orilla.
          «La verdad es que ya no había nada que hacer. Ya no era un asunto mío
     sino de la autoridad celestial. A ese despojo humano lo único que le
     seguía latiendo era el anillo».
          Aquel rubí cuyos destellos parecían fraccionarse en menudos arcoiris
     al ser tocado por la última llamarada de sol. Y que estaba allí,
     absolutamente ileso, sin siquiera haber sufrido un rasguño, como vivo
     testimonio de vaya a saber qué ascenso de categoría y poder.
          Lo que escapó sin embargo al control facultativo fue, por un lado, el
     calibre del arma con que se habían inferido tales heridas y que sólo un
     perito en balística hubiera podido esclarecer, y por el otro, la real
     identidad del fallecido, cuyas características se avenían a las de Onofre
     Quintreros en cuanto a edad, sexo y altura, pero también podían ser
     aplicadas a cualquiera de los tantos advenedizos rematados diariamente en
     los zanjones.
          Un último párrafo agregaba luego, y sólo a guisa de observación, que
     «aparte de los dos balazos ya descritos y que fueron los que a la larga le
     ocasionaron la muerte», el forense sospechó un tercero, «aunque éste
     disparado a quemarropa por esa madre desnaturalizada que resulta a veces
     la naturaleza, en forma de lo que en medicina se conocía como aneurisma de
     la aorta, pero que en realidad no era más que una fiera solapada
     aguardando el menor descuido para devorar al amo. Si bien se volvía casi
     imposible establecer un diagnóstico certero, teniendo en cuenta los
     síntomas de avanzada descomposición y rigidez que presentaba el cadáver en
     el momento de redactar este informe».
          Sobre todo lo cual estampó un intrincado firulete con pretensiones de
     firma, donde lo único discernible eran los tres puntos suspensivos
     colocados inmediatamente después del aforismo final: «quienquiera que haya
     sido, el pobre desgraciado debe haberse ido extinguiendo con los mismos
     pataleos de una lámpara sin querosén».
          Exactamente del modo en que se ha urdido la trama: un desenlace al
     que se avanza a cuentagotas, con interminables deterioros que a su vez
     irían naciendo de renuncias sucesivas, por la sencilla razón de que ambos
     proyectiles parecían haberse confabulado para no dañar centros vitales. Y
     porque el asesino sabe que a mayor cantidad de agonía le corresponde un
     mayor número de muertes.
          Ha organizado la estrategia como esas guerras de trinchera en que el
     enemigo está invisible pero está, y espera, a escasos diez metros de aquel
     edificio gris de departamentos, que Onofre Quintreros recupere sus fuerzas
     devastadas por el ritual amoroso de todos los jueves.
          Quizá sea una forma ambigua, todavía en la etapa de silueta, que
     lentamente va cobrando movimiento, se agita, se despereza las manos,
     escupe, se va y vuelve, en una monótona e inagotable sucesión de pasos,
     repetitivos, casi simétricos. De manera que uno tras otro van rebotando
     contra un silencio en que el sonido choca y se apaga, choca y se apaga.
     Como si anduviera reconociendo un territorio en el que más tarde se
     habrían de efectuar operaciones decisivas, o como si se limitara a cumplir
     una consigna que había empezado a gestarse mucho antes del amor de
     aquellos adolescentes que al dos por tres se detienen para besarse a
     conciencia.
          Espera que el trajín de la calle vaya amainando despacio, que el
     último rezagado termine de pasar y después ya no pase absolutamente nadie,
     y sólo quede, allí flotando, aquel lamento desbordado en el que confluyen
     miles de perros ladrando su platónico romance de adoradores lunares.
          Quizá se interrumpa de tanto en tanto para encender un cigarrillo o
     espiar la hora en su muñeca, desde la luz de alguna esquina deshabitada y
     honda. Quizá prosiga luego, acariciando siempre la pistola enfundada en su
     costado, sin apartar los ojos de la ventana aquella, apenas iluminada,
     tras la cual hay una figura vaga que gesticula, completamente ajena a las
     intenciones de quien la mira.
          Una espera que se inició con bastante posterioridad a la cautelosa
     disciplina adoptada por Lumina Santos de bajar ella primero, para impedir
     el cotorreo vecinal de las solteronas ociosas. De esas que engordan con la
     desgracia ajena y se precian siempre de saberlo todo: cuáles son las
     fortunas sospechosamente aumentadas en menos de lo que dura un parpadeo y
     cuáles las derruidas durante el mismo espacio de tiempo. Cuáles
     matrimonios viven en sórdida incompatibilidad y cuáles transcurren los
     fines de semana gritándose improperios. Si la señora de los balcones
     verdes o si aquella otra de la muralla tupida de obscenidades siguen
     conservándose tan sin tacha como al principio. Quiénes son los más
     corruptos, por qué y a cuáles corrupciones son afines.
          Tanto es así, que quien desea conocer los traumas, las culpas, las
     dudas y deudas, las apetencias, los rechazos, las virtudes y propensiones,
     los vicios, el árbol genealógico o el debe y haber del primer infortunado
     que pase, no tiene más que preguntárselo a ellas, y aquello que por
     casualidad ha escapado a su registro, lo pueden averiguar en segundos
     solamente.
          Para evitar todo eso es que Lumina Santos baja primero, y aquel gato
     errabundo de mirar electrificado ni siquiera se inmuta cuando la ve
     indignada, echando el riñón por la boca, y el hígado y los intestinos,
     junto a las abominaciones más gruesas que es capaz de ofrecer el idioma,
     al tiempo que descarga esa furia contra la puerta de su Mercedes:
          ¡Qué se habrá creído ese excremento de puta, que soy un estorbo
     cualquiera del que puede desprenderse cuando él lo disponga! No te hagas
     ilusiones, Onofre Quintreros, que todavía no engendraron al valiente que
     se atreva a deshacerse de Lumina Santos. Y antes de que eso suceda, te lo
     juro por el reuma de mi madre que primero se lo cuento todo a tu esposa, y
     después de que ella te mate, te remato yo con mis propias manos.
          Menos mal que la noche estaba vacía, sin nadie que no fuera aquel
     viento colándose furtivo entre fantasmagóricas presencias inventadas por
     las sombras, porque de lo contrario todas las cabezas se hubieran volteado
     para individualizar al dueño de semejante responso. Lo cierto es que
     Lumina continuó gritando hasta que voces y automóvil se extinguieron en el
     fondo de la calle.



     ***



          Mientras, Onofre seguía tumbado en la cama, planeando entre bostezos
     una campaña gracias a la cual podría reingresar en la actividad política
     por otro punto de la circunferencia. Ya verían sus detractores, los mismos
     que en un ayer todavía no muy bien cicatrizado se hubieran dejado amputar
     los dedos por él, para ofrecérselos luego en bandeja a fin de reforzar los
     lazos de una imperecedera amistad.
          Flores, Osorio, Leguizamón, Benegas y aquel grupito de falsetes, que
     le habían conferido por aclamación la Vicepresidencia del Partido, y
     ahora, por aclamación otra vez, le achacaban todos los descalabros
     ocurridos en el país.
          Parecía cosa de chiste, pero de todos y cada uno de los incendios, de
     las huelgas, de los desfalcos, de los desvíos de dólares y de ríos, de la
     escasez o exceso de lluvias, de los robos, de la deuda externa, de la
     crisis interna, del lamentable estado de la educación, la salud, las rutas
     y hospitales, de las violaciones, los cuernos y demás catástrofes
     vernáculas, era él el único responsable, en opinión de aquellos camaleones
     que no tardaron en investirse con los colores partidarios y acomodar sus
     posaderas a la renovada derecha de Dios, para desde allí juzgar a los
     vivos del pasado por las mismas irregularidades cometidas por ellos en
     presente.
          Ya verían cómo Onofre, sin dejarse amedrentar por nadie (que para eso
     era bien macho y bien reconocido además), tenía cuerda suficiente para
     salir de aquel eclipse momentáneo, y de inmediato ir a ubicarse al calor
     del nuevo sol.
          Sólo era cuestión de táctica, de afinar serenamente los detalles del
     retorno, y de un retorno triunfal, si fuera posible. Previo pago, desde
     luego, del reenganche pertinente, y de un blanqueo general de sus
     negocios, así como de todo cuanto le pertenecía en realidad, aunque
     estuviese registrado bajo el nombre de terceros, con mucha discreción y
     abundante talco, para sacarles la suciedad anual que se les había quedado
     pegada.
          Ya que no existía negociado al cual Onofre no hubiera estado
     prendido: el de las operaciones comerciales de extramuros, realizadas en
     pistas clandestinas, el de las vitaminas impúdicas simuladas en espigados
     frascos del mejor café soluble, el de los polideportivos con masajes
     vibratorios, baños turcos, saunas órficas, casas de empeño y préstamos
     prendarios, y de timbas nacionales e importadas que, al estar
     terminantemente prohibidas por la ley, hacían aún más llevadero el tedio
     de las noches ciudadanas; el de fascículos de desnudos que llegaban
     camuflados a veces de gacetilla ecuestre, y a veces de manual filatélico,
     y eran vendidos furtivamente en inocentes locales de todo lo que el bebé
     necesita: chupones, mamaderas, baberitos, sonajeros, bacinillas y un
     sinfín de trucos angélicos destinados a aplacar los extemporáneos
     berrinches del recién nacido; el que atentaba directamente contra la
     ecología nacional, ya que estaba relacionado con el asesinato masivo de
     infortunados caimanes, para contrabandearles luego el pellejo en una flota
     de camiones, que ostentaban los enigmas siguientes: S.V.E.C. bis
     S.V.P.L.F., y de los cuales se sospechaba que no eran sino las siglas de
     aquella canción legendaria que más de algún entonado habrá entonado alguna
     vez: Se va el caimán, se va el caimán. Se va para la frontera. Y de varios
     otros por el estilo que en poco tiempo le permitieron reunir una fortuna
     de proporciones grotescas, además del coraje suficiente para emprender el
     negocio más lucrativo y enternecedor que se había dado sobre la tierra:
     Lumina Santos.
          O mejor dicho, el que en algún momento creyó el más lucrativo, porque
     de un tiempo a esta parte y de acuerdo con un meticuloso cálculo mental,
     la relación llevaba varios meses arrojando sólo pérdidas. Y si alguna vez
     hubo ganancias, éstas se volvieron tan flacas, tan desnutridas, que
     terminaron desapareciendo en el alud del despilfarro.
          Lo urgente, lo imperioso era entonces gritar ¡basta!, y aplicar los
     frenos, y para hacerlo necesitaba deshacerse de Lumina. Estaba harto de
     sus protestas, de sus deseos jamás satisfechos que resonaban con el fragor
     de verdaderos edictos. Siempre andaba exigiendo cosas que había de
     procurarle en el acto, de modo que él tenía que inventar nuevas fórmulas
     de crear billetes a medida que ella más exigía.
          ¿Para qué otra cosa sirve el dinero si no para gastarlo y darse la
     gran vida y todos los atracones que se te vayan poniendo a tiro?,
     exclamaba festejándose a sí misma con su horrorosa carcajada de flamante
     nueva rica.
          Pero lo que en verdad lo irritaba era haber descubierto que el
     contrato de amante firmado con tanta lucidez, casi como un embarque de
     pieles, resultó ser con el tiempo mil veces más opresivo que un anillo de
     bodas.
          Esa mujer se le había convertido en una enfermedad no solamente
     crónica sino además progresiva, que corroe mi bolsillo, pensaba, acapara
     mi tiempo y ha infectado mi espacio de toxinas. Por lo tanto era preciso
     someterla a la acción de un bisturí bien afilado y si te he visto me he
     olvidado. Una epidemia a la que debía ponerle fin cuanto antes, que
     termina ahora, y repitió con lentitud: que termina ahora. Pero ya no pudo
     pensar largo rato en Lumina ni en nada porque, algo aturdido por las tres
     copas de cognac que se tomó de un solo trago y la mucha altitud que fue
     ganando su sueño, terminó por quedarse irremediablemente dormido.



     ***



          La relación de Lumina Santos y Onofre, como toda relación prohibida,
     empezó siendo de una precisión pitagórica. Desde la primera vez que se
     vieron ella comprendió que aquel hombre de cuarenta y seis años todavía
     espléndidos, atlético, bien proporcionado, dueño de sí mismo y de un
     irresistible encanto financiero, era el pez gordo con el que siempre había
     soñado. Máxime si se tenía en cuenta que de un buen tiempo a esta parte su
     pesca no había ido más allá de unos pocos bagres insípidos, sobre cuya
     insignificancia jamás hubieran podido asentarse los fundamentos nupciales
     de un genuino amor.
          En cambio Onofre era harina de otra bolsa. Un hombre elegante,
     imaginativo, audaz y no sólo muy bien dotado, en más de un sentido, (había
     escrito sobre él una notable periodista, de quien se dijo que fue su
     querida) sino caballero como no hay otro, fotogénico como ninguno, y cuyo
     único defecto, al parecer incorregible, en realidad era su esposa.
          Pero en los planes de Lumina los atributos de Onofre proyectaban
     extenderse todavía hasta más lejos. Para ella él representaba algo así
     como una suerte de inversión, un capital del que esperaba recibir no sólo
     un interés determinado, sino un interés incalculable. Y llevada por esas
     motivaciones se consagró en cuerpo y alma a la tarea de atraparlo,
     arreglando encuentros que parecieran casuales, concertados por el destino,
     empleando la estrategia más seductora para atraerlo a sus mieles.
          De una manera u otra, así o asado, Lumina Santos se las ingenió para
     estar siempre entre el público de los pubs de moda, exposiciones,
     vernissages o cinematógrafos que solía frecuentar Onofre. Improvisó una
     abultada agenda con reuniones y citas de su exclusiva invención que la
     pusieron en su inmediata cercanía. Entonces, bajo cualquier pretexto, lo
     retenía más de la cuenta, prodigándole todas las atenciones que le
     escatimaba su esposa, desviviéndose por anticiparse a sus deseos y
     alimentar esa necesidad de fantasía que en todo varón normal se agudiza al
     trasponer los cuarenta.
          Y como ésa era también la edad del infarto y de la temible apoplejía
     que, cuando no ocasionaba la muerte ocasionaba el castigo de que medio
     cuerpo se quedara sin memoria, entonces la sagaz Lumina se vio forzada a
     resolver aquel embrollo mediante dos estratagemas diametralmente opuestas:
     la de estimularlo por un lado, desplegando todo su ingenio a fin de hacer
     esto y también aquello, y hacer mil cosas menos una, no tanto para que
     Onofre fuera feliz, como se lo hizo creer a él, sino para irlo llevando
     arrolladoramente hasta que la pared se encargara de hacer el resto. Y por
     el otro, la de mantenerle la vida entre mullidos algodones y cotidianas
     sobredosis de mimitos, evitándole cualquier tipo de sobresalto que
     alterara el ritmo normal de su coronaria.
          Lo fue gradualmente envolviendo con palabras lánguidas terminadas en
     una especie de susurro, con miradas huidizas y a la vez certeras, en las
     que se escondía ese sigiloso matiz de serpiente que ha localizado a su
     presa; con cada uno de aquellos tentáculos invisibles que emanaban de su
     cuerpo.
          Era un remanso de placidez y afecto. Era tierna como un caracol de la
     playa, tan leve, tan curtida y hábil en sus maniobras, que apenas si dejó
     entrever la carnada que Onofre debía ir mordiendo despacio, en la dichosa
     ignorancia de que a medida que aumentaban los bocados, aumentaba también
     el peligro del anzuelo.
          Empezó a tocarlo con los ojos, a dejarse mirar con los dedos, a
     permitirle que él la desvistiera prenda por prenda y llegara a todos los
     extremos con el pensamiento, pero en realidad sin otorgarle licencia para
     ir más allá de la barbilla. Y con la estricta obligación de que hubiera
     entre ambos cuerpos una luz separatoria de por lo menos diez centímetros.
     Porque sin tentación ninguno es ladrón, decía, o porque la que empieza
     dando un beso acaba por ceder también el queso.
          De modo que Onofre tuvo que ajustarse al consuelo de emergencia de
     ver, tocar y sentir circunscrito al pensamiento, cuyo punto de ebullición
     llegó a superar incluso al de la ebullición del agua, arrojando por los
     aires todo aquello que pudiera interponerse entre la lúbrica ansiedad de
     él y la ardiente desnudez de ella.
          Puras divagaciones oníricas a las que se entregaba Onofre, cada vez
     con más frecuencia, tratando de resistir al acoso de sus instintos, los
     cuales, no pudiendo manifestarse por la vía que les era habitual,
     recurrían a la astucia incomparable y tan gastada como el mundo, de que a
     falta de pan una opción es hacer dieta.
          En tanto Lumina, con el propósito evidente de apuntalar sus cimientos
     a medida que se desbarataban los de Onofre, proseguía con el mismo plan
     socavador del kupi'i, apelando durante todo el proceso a la fórmula
     excitante de te doy y no te doy, o te doy un poquito y después te lo
     quito, o lo que te muestro es una pálida muestra de lo que te oculto.
          Pequeños sorbitos de Lumina Santos, minúsculos anticipos, una magra
     semientrega inicial y en seguida pretextos, demoras, reticencias de último
     momento que no tenían otro motivo que acrecentarle el deseo. Porque ella
     sabía que por cada negativa su posición se iría fortificando, se
     ensancharían sus dominios. Y que una vez ganada la batalla del primer
     round, lo demás quedaría expuesto a la misma atracción magnética de una
     avalancha hembra, que precisamente por serlo, no persigue otra ambición
     que despeñarse cuanto antes en la erguida masculinidad del insondable
     abismo.
          Porque cuando la imaginación ha trabajado durante un breve espacio de
     tiempo, fluye sin detenerse ni conocer riberas. Se vuelve un telar
     entretejiendo sueños; es inconmensurable y por lo mismo no empieza ni
     termina jamás. En pocas palabras: entran a funcionar ciertos mecanismos
     poéticos y la ficción acaba superando por varios cuerpos a la empobrecida
     realidad.
          Y al cabo de dos semanas, Onofre ya no pensaba sino en Lumina, ese
     nombre iluminado a cuya dueña nadie le daría más de veinte bien cumplidas
     primaveras, cuando en verdad empezaba a alejarse de los treinta. Ni nadie
     hubiera podido calificarla de bonita, al menos en el sentido clásico de la
     palabra. Pero tenía la belleza distribuida en otra parte: desde esa manera
     tan suya de entreabrir los labios, el inferior adelantado apenas sobre el
     temblor del otro, en una mezcla de queja y un no sé qué distraído que
     propendía al bostezo, hasta la soberana amplitud de sus caderas. Desde la
     insinuación turgente de los senos, hasta los interiores febrilmente
     imaginados bajo la pollera estrecha.
          Toda ella componía un voluptuoso laberinto en que predominaban las
     líneas curvas, los ángulos perplejos y tanta variedad de geometrías que
     bien merecía los descarrilamientos pasionales del señor Quintreros.
          Pasión que en un principio fue tratada por Onofre como una debilidad
     transitoria, una especie de brotación eruptiva que lo atacaba
     preferentemente de noche, pero que tarde o temprano superaría como había
     superado tantas otras en circunstancias similares. Porque este
     incomparable planeta, se jactaba, está repleto de mujeres de toda
     condición y laya, y lo mejor es que se vayan alternando, ya que la única
     receta para que el hombre se mantenga afinado siempre es cambiar de
     guitarra a cada rato.
          Pero muy pronto tuvo que rendirse ante una evidencia que no admitía
     réplicas ni ninguna excusa tonta: la deseaba sin ir más lejos o dar más
     vueltas, y con tanta intensidad, por lo demás, que ese deseo había
     inmovilizado su vida en un punto incandescente alrededor del cual giraba,
     pálido de insomnio y con una barba de semanas. Completamente ajeno a la
     realidad exterior, al tránsito de la calle y de los días: lunes y martes
     que no se diferenciaban sino por la ansiedad extenuante de apresurar el
     reencuentro. Las horas eran simples oquedades entre ausencias de Lumina.
          Aunque en realidad quien se ha ausentado del planeta es Onofre y hace
     ya unos cuantos días, comentaban sus amigos, la mayoría de los cuales,
     desestimando que estuviese poseído por una rara fascinación de índole
     financiera, como estimaron los menos, llegó a la conclusión sencilla de
     que la transformación mental de Onofre se debía lisa y contundentemente a
     un asunto de polleras. Sólo que esta vez dicha prenda se le había
     convertido en una obsesión apocalíptica que, por su estridencia misma,
     parecía orillar continuamente el brocal de la locura.
          Asustaba verlo fijar la mirada, sin pestañear siquiera, en algo que
     sólo él percibía; encerrado en sí mismo, alunado, esquivo, impermeable
     incluso al repentino jaque mate que estremecía el tablero de la Junta de
     Gobierno. Ni aquel puntapié bajo que acababa de asestarle la política le
     había causado semejantes estragos: se le trascordaban los negocios, se le
     enredaban las citas, se le esfumaba el don Juan que había sido, se le
     desvanecía todo menos ella. Hasta el proselitismo y el fútbol, que eran
     sus dos pasiones gemelas, lo tenían sin cuidado. Su único puente con el
     resto del mundo lo constituía Lumina, y el cálculo constante de los
     milenios que faltaban para verla.
          Y fue tal su desvarío que varias veces lo llamó Lumina a Marcial, el
     portero, al chofer don Brizuela y al ordenanza Juan Ángel. Y una sola vez,
     por fortuna, a su legítima esposa, la que a partir del bautismo quedó
     parroquialmente registrada bajo el nombre de Sofía.
          Hasta el punto de que su presencia se le hizo indispensable, tal como
     más adelante a ella se le haría indispensable contar con el nidito propio,
     ya que no era especialmente devota del amor en cautiverio, sin otro
     horizonte visible que el de las cuatro paredes de un reservado, el piso y
     el techo, y se lo alquilaban como si hubiera estado tapizado en oro.
          Con el agravante de que era tanta su aversión hacia el encierro
     (porque por mucho lujo de cama redonda, sábanas enlutadas y humareda de
     ficción, y por más innovaciones que ofrecieran a sus clientes y
     favorecedores: la flor y nata urbana, aquellos lugares no dejaban de ser
     finalmente un encierro) que de seguro sería atacada por los constrictores
     síntomas de la claustrofobia. Enfermedad sicosomática que la había
     atormentado desde niña, dejándola sin oxígeno en los cinematógrafos y con
     la ingrata sensación de no saber quién era en los ascensores.
          Te juro que estando allá arriba no me acuerdo ni del nombre con que
     fui empadronada, ni del estado civil en que me encuentro. ¡Son tremendas
     las crisis de personalidad! ¡Una puede ser de repente cualquiera!
          Además, siempre tomando la precaución de deslizarse entre las
     sombras, o de vestirse con los tonos del follaje, para no ser reconocidos
     por alguien que pudiera sospechar la verdad de sus incursiones, porque
     como expresaba a menudo su madre con su habitual clarividencia: «la honra
     de las amantes es muy frágil y requiere una atención permanente». Siempre
     restringiendo los gritos que no debían ser escuchados en los aposentos
     vecinos, dado que el más leve suspiro en este país de tantas y tan
     variadas resonancias, podía desatar un escándalo de padre y señor mío. Al
     cual cada quien iría añadiendo un toque personal y un pincelazo obsceno,
     hasta convertirlo en el Jesús, José y María de las señoras mayores, y en
     la callada aunque tenaz envidia de los caballeros.
          Imagínate a tu esposa descubriendo horrorizada que su imagen del
     espejo ha empezado a criar cuernos, acusándome ante el mundo de destruir
     un hogar que, si bien no había tenido hijos pese a haberlos deseado tanto,
     estaba asentado sobre bases profundamente cristianas. Justamente la semana
     próxima estarían cumpliendo dieciocho años de matrimonio estable.
          O lo que todavía era peor: anónimos de venganza, de muerte, empujados
     por debajo de la puerta o surgiendo de las fauces del teléfono; amenazas
     de suicidio por envenenamiento o quizá por inmersión. Y ni qué hablar de
     los consabidos lloriqueos en el diván sicoanalítico, donde te desmenuzan
     el cerebro a preguntas, y hay que recordarlo todo, hasta lo que se ha
     olvidado.
          Lumina Santos, aparte de ser alérgica a las violencias y sicoterapias
     de cualquier tipo, aborrecía el aire claustral. Ella quería la vida ancha
     del amor sin alambradas. Tenía sed de libre albedrío, de divulgar su
     placer a los cuatro vientos, de mañana, de tarde y de noche, en la cama
     más cercana y, si se diera el caso, también en el suelo pelado, porque lo
     mismo sirve un catre que una cama cuando se está en vena, según sus
     palabras textuales.
          De cumplir un horario y ajustarme a un presupuesto he tenido ya
     bastante, decía, por lo tanto nada de fijar encuentros sobre horas ya
     marcadas de antemano, que generalmente tienden a cortar el apetito y a
     truncar la inspiración, sino dejarlos fluir espontáneamente, sin frenos ni
     ataduras, conforme a las naturales demandas de sus hormonas. Así es que a
     partir de hoy deberemos adecuar nuestros amores a las alocadas sugerencias
     del deseo. A partir de hoy sólo se hará lo que él disponga. Todo eso
     previo pago del arancel correspondiente, que estaría avalando en cierto
     modo la legitimidad del «negocio». Y no habría razón ni sinrazón en este
     mundo que hubieran podido doblegar su intransigencia.
          Demasiado conocía Onofre a las mujeres para darse cuenta de que
     Lumina no daría un paso más mientras él no diera el paso definitivo.



     ***



          Sería pobre pero honrada, era su argumento irrevocable. Apenas una
     maestra -sección primaria- de una escuela del Estado, que vivía
     apretadamente de su magro sueldo, en una casita alquilada, allá por donde
     el diablo había perdido la osamenta, entre las últimas piltrafas de los
     últimos arrabales.
          Era un trayecto largo que se hacía tomando primero un ómnibus y
     después aquel otro que nunca llegaba a horario. Siempre lleno hasta la
     coronilla y aun sobre la coronilla, en cuyo interior el calor parecía
     freírse, en medio de pisotones, codazos, y ese vaho rancio de catacumba
     que la transpiración adquiere en los lugares cerrados.
          Todo el viaje tenía que hacerlo de pie, abriéndose camino a través de
     una muralla de cuerpos confundidos, buscando alguna brecha que le
     permitiera tomar un poco de aire, o acercarse a la ventanilla por donde la
     ciudad se iba perdiendo, retrocedía, casi al mismo compás en que
     aumentaban su dolor de piernas y su varicoso resentimiento contra aquellos
     que se hallaban ubicados demasiado cómodamente en la vida.
          En tanto que ella ahí, en esa prisión ambulante, viendo por una
     estrecha rendija cómo los brillos de las mansiones coloniales y de los
     soberbios edificios se balanceaban todavía un momento antes de acabar en
     el gris de siempre.
          Entonces, sin ninguna transición, comenzaba el pobrerío, con su
     hacinamiento de casas resquebrajadas echándose a la cara el aliento,
     zozobrando a veces en épocas de crecida, cuando el río abandonaba sus
     orillas arremetiendo con tal furia, que no tardaba en despegar las paredes
     de sus cimientos, los árboles de sus raíces y las progenitoras de sus
     críos, llevándose como objetos navegantes puertas, catres, tejados,
     animales, cosechas, incluso familias enteras, hacia los barrancos.
          Pero después de la inundación se instalaba otra vez la sequía y la
     vida continuaba igual, con ese calor que era como para desanimar a
     cualquiera, y aquel armatoste sacudiéndose tan aparatosamente que a ratos
     parecía que iría a desintegrarse.
          Por fortuna, lo peor ya había pasado. Ahora debía respirar profundo,
     enderezar el ánimo y descender en la mínima terminal del Bar y Copetín Las
     Tres Marías, infalible escenario de trifulcas, amoríos, y roñosas partidas
     de truco, que la saludaba con los tres piropos obscenos de los tres
     borrachos de siempre. Y desde allí andar lo menos diez cuadras, sobre
     calles sin pavimento, devoradoras de calzados y devoradas por los yuyales,
     dar largos rodeos para eludir charcos que juntaban las lluvias de meses. Y
     al llegar a aquella zanja, doblar por el único camino que se abría a la
     derecha, hasta toparse con una casa de paredes chorreadas de goteras, un
     sofá en carne viva, y una máquina de coser pedaleada sin descanso por la
     madre.
          También figuraba, claro está, el anciano aparador que cumplía al
     mismo tiempo la triple función de cómoda, biblioteca y escritorio, en
     donde ella se desvelaba sobre una constelación de sumas, multiplicaciones
     y faltas de ortografía, para que los demás durmieran tranquilos.
          A todo lo cual debían agregarse las vicisitudes por las que
     atravesaba el gremio: hombres y mujeres anónimos que tan sufridamente
     veían caer sus penurias en el saco desfondado de la humillación cotidiana,
     de las prórrogas y los aplazamientos, de las edulcoradas mentiras de que
     estaba casi aprobado el aumento salarial y podía hacerse efectivo aquella
     misma semana, o en su defecto, la próxima, o la próxima de la próxima y
     así sucesivamente. Sin que tampoco a las huelgas les tocara mejor suerte,
     a pesar de haberse ganado numerosas y sinceras adhesiones de la Banca, la
     Industria, el Comercio, y el Hombre de la Calle en general, y de que
     además fueran motivo de largos y apasionados discursos en ambas Cámaras,
     que nunca pasaron de eso; sietemesinamente abortadas por aquel aviso
     conminatorio publicado en los ocho periódicos del país, donde se hacía
     notar a todos los maestros, con suficiente capacidad para entender, que
     quienes no acudieran a dar clases en sus respectivas escuelas, con alumnos
     o sin alumnos, serían inmediatamente removidos de sus cargos y obligados a
     pagar una multa escarmentaria cuya monta quedaría supeditada al arbitrio
     de la esposa del Poder Ejecutivo.
          En resumidas cuentas, Lumina estaba harta de hacer lo máximo con un
     salario mínimo, que ni siquiera cubría sus necesidades básicas, ya que lo
     único que ella veía crecer eran los precios. Y no sólo crecer sino
     erizarse de infinidad de púas, que parecían programadas para agredir
     únicamente el pellejo de los más pobres, puesto que los otros estaban como
     inmunizados contra cualquier afrenta exterior por una gruesa costra de
     indiferencia que se les iba anquilosando año tras año.
          Tanto, que la clase menos favorecida, que cada vez contaba con más
     adeptos y más socios vitalicios también, empezando por ella misma, entraba
     a un supermercado con la definida impresión de entrar a una joyería. Y a
     una joyería sólo se la visitaba a las horas más nocturnas, cuando el sueño
     cerraba los ojos y los oídos del durmiente y lo ausentaba de este mundo,
     del demonio y del ladrón introduciéndose con una agilidad felina, después
     de haber desactivado la alarma principal o de haberse descolgado por
     alguna claraboya.
          Es que la lucha por seguir respirando se había puesto brava en estos
     tiempos en que las tasas, gravámenes e impuestos aumentaban sin recato ni
     medida, en proporción directa al interés gubernamental por rellenar
     aquellos claros sospechosos, productos sin duda de las depredaciones
     antiguas. Y tal era el drama existencial del contorno, que el que no podía
     remar contra la corriente, ningún problema: se dejaba ir a pique, sin que
     los demás vecinos reparasen que andaba faltando uno, ni se cuestionaran
     para dónde fue, ni el porqué de las burbujitas, ni nada.
          Ya era hora de que alguien privatizara sus privaciones, y conmutara
     su condena a vivir remendando el presupuesto, apuntalando lo de aquí para
     que lo de allá no se le viniera encima, podando no sólo los días de postre
     en la casa, sino teniendo que podar también sus ilusiones.
          Como aquella, por ejemplo, de comprarse ese vestido bordado en sus
     tonos predilectos, que flotaba en uno de los tantos escaparates de su
     diario trajinar hacia la escuela; y recostado contra aquel verde
     esmeralda, y casi como al descuido, un precio risible con ribetito dorado,
     que haciendo un rápido cálculo, a ella le hubiera servido para comer diez
     meses, plato único, sin repetición por supuesto.
          Ya llevaba demasiado tiempo sometida a aquel horario implacable, que
     la tenía corriendo desde la seis de la mañana, a merced de esa jauría de
     cincuenta alumnos y otros tantos progenitores, a los que había que imponer
     una disciplina castrense si no quería terminar como su colega Ofelia,
     internada de por vida en un loquero, y perseguida hasta en la demencia por
     el sentido del deber, puesto que repetía durante horas y horas, con aquel
     timbre pedagógico tan característico en ella, que los reinos de la
     naturaleza son tres: el mineral, el vegetal, y el animal. Aunque negando a
     grito pelado y con bastante lucidez por cierto, que cualquier similitud
     entre sus alumnos y el último de los grupos mencionados, se debía a una
     simple y fortuita coincidencia.
          No sería justo continuar soportando una estrechez que no daba a
     ninguna puerta, ni ventana, ni a otra diversión que no fueran, por razones
     obvias, las estrictamente domésticas: alguna vez al cine, a comer alguna
     pizza, y las vacaciones sentaditas en casa, frente al televisor sin
     colores.
          Así que la irrupción casi sobrenatural de Onofre fue para Lumina lo
     más parecido a la jubilación a que tenía derecho después de haberlo dado
     todo a cambio de vivir hipotecada siempre.
          Convenía sin embargo reiterar en este punto su propósito invencible
     de no ceder ante los embates carnales, porque no estamos preparados, le
     decía, sabiendo que si dejaba calentar un rato más el motor, se tornaría
     infinitamente más suave el andar del vehículo. Aunque eso sólo se lo
     conversaba a sí misma, mientras a él volvía a repetirle que no y no,
     porque aún era pronto para jugarse a fondo: a nuestros sentimientos les
     falta maduración. Pero sobre todo porque era honesta y se había jurado no
     dejar de serlo en tanto su deshonestidad no fuera debidamente
recompensada.
          De modo que hubo que abordarla derechito y por las buenas, y Onofre
     terminó comprándole un departamento, que es enteramente tuyo, amor, aunque
     por razones de seguridad no esté registrado a tu nombre, ¿me entiendes?
          Excelente idea, por otra parte, no sólo para formalizar el compromiso
     e imprimirle un toque de legalidad a la situación clandestina, sino a fin
     de que él dispusiera de un lugar apartado y tranquilo para sus
     elucubraciones políticas.



     ***



          Desde el primer día, Lumina se mostró inflexible en la determinación
     de no permitir que Onofre interviniera en la decoración del mismo. Se
     había propuesto decorarlo a su manera, y su manera, aparte de un
     inmisericorde atentado contra el buen gusto, resultó siendo marcadamente
     acumulativa.
          Fueron jornadas de permanente acarreo, de billetera abierta y
     amoblamiento encarnizado, durante las cuales ella no sólo revolvió cuanta
     tienda se le puso a tiro, sino que en todas encontró algo que le venía
     bien al departamento. De modo que en pocas semanas éste quedó convertido
     en un auténtico cambalache persa, con un apretujamiento de muebles de un
     indefinido estilo internacional, de cuadros crucificados a diferentes
     alturas, evocando mezquitas nevadas, o rollizas pastoras entregadas a
     inocentes pasatiempos sobre campos de gladiolos. O aquella Mona Lisa
     presidiendo majestuosa el comedor, aunque tan alejada de la original por
     las múltiples reproducciones de que había sido objeto, que la sonrisa de
     ahora nada tenía de enigmática, sino más bien parecía que la hubieran
     sorprendido en la frugal digestión de una matrona que acababa de comerse a
     su marido; y de otros de abstracción tan complicada como de dudosa
     estética, que mirados sin embargo con profunda atención podían
     interpretarse como el vejamen a que fueron sometidos los colores en las
     distintas secuencias de una explosión nuclear; de una profusa variedad de
     ceniceros, lámparas, objetos indescifrables, relojes de toda forma y
     tamaño que anunciaban la hora en exacto desacuerdo, alfombras persas
     dispersadas aquí y allá, en los lugares menos pensados, para serle fiel a
     su teoría de que la desnudez del piso es mil veces más ofensiva que la
     desnudez humana; de sauces lacrimógenos, palmeras enanas y oscilantes
     helechos que a las iracundas brisas del este y el oeste balanceaban sus
     melenas en distintas direcciones. Estorbos vegetales que no creaban
     ilusión de verde, como aseguraba ella, sino aquella acuciante opresión
     selvática donde se perdía todo contacto con la realidad, dentro de una
     especie de tergiversación, de estrabismo mental.
          Fue entonces cuando consideró que la sala era demasiado estrecha y
     que había que aumentarla con espejos, así que instaló tantos y los ubicó
     de tan diversas maneras, que en lugar de repetir la imagen más allá del
     infinito, lo único que conseguían era atorar peligrosamente el espacio
     transitable. Como él acababa de comprobarlo en una espectacular caída que
     tuvo, fielmente remedada ocho veces por cuatro espejos de dos lunas cada
     uno, aunque con ligeras diferencias de enfoque.
          Una vez que el escenario estuvo dispuesto, Lumina Santos se sacó de
     adentro todos los apostolados de su magisterio y se fue mutando en alguien
     distinto: sólo fuego, uñas y dientes, instinto y piel. Tenía un talento
     volcánico para manejar las manos: curiosas, salteadoras, audaces, que
     repentinamente olvidadas de pizarrones y tizas, sabían hacer exactamente
     lo debido y de la manera precisa.
          Siempre se las arreglaba para tener una caricia y una botella de
     champagne a mano, cuyo contenido bebía a sorbos cortos pero sin darse
     tregua, ya que ambas cosas, según decía: una pizca de embriaguez antes de
     irse a la cama y un constante suministro de caricias mientras se estaba en
     combate, eran requisitos primordiales para alcanzar la gloria plena.
          Lo barnizaba de cuerpo entero con ungüentos afrodisíacos de virtud
     fosforescente, para no perderte en los apagones, filosofaba, extraídos de
     un manual titulado: «Diversas maneras de fundirse en el crisol de un
     alquimista», y del cual había obtenido gran parte de su sapiencia. Ya que
     contenía toda clase de artificios amatorios a base de yerbas, elixires,
     filtros, aderezos y demás menjunjes destinados a enderezar todo aquello
     que tendía a curvarse con los años, así como extrañas invocaciones para
     conjurar cualquier tipo de hastío, incluyendo también el doméstico. Y
     sobre todo consejos infalibles y prácticos a partir de los cuales los
     sedentarios pasaban a ser activos, los comedidos a desaforarse, los
     místicos a ser libertinos, los raudos a amodorrarse y cada quien a
     encontrar el reverso de sí mismo. Y que gozaban de gran predicamento,
     dicho sea de paso, entre todos los varones del país, desde el más
     encumbrado hasta el último.
          Eran fricciones trashumantes con itinerario de ida y vuelta, que
     mantenían a Onofre en permanente cocción, derramándole un vaporoso
     incendio en todo el torrente sanguíneo, en las sinuosidades hepáticas, en
     el enredo de los intestinos, en los muros del esófago, en las glándulas
     suprarrenales. Hasta las islas del cerebro parecían sancocharse a fuego
     lento.
          Lo recorría con los labios, haciéndolos rodar suavemente primero, sin
     mostrar ninguna prisa ni olvidar ningún resquicio, diciéndole te voy a
     absorber como caramelo, como melocotón en almíbar, empezando por cada uno
     de los dedos de los pies, mis adorables enanitos, como los había bautizado
     ella, y de inmediato, siempre en línea ascendente, le escalaba las
     rodillas, deslizándose por cada saliente o concavidad en un reiterativo
     vaivén de caricias, sucesivas, hondas, avanzando perezosamente por aquí,
     retrocediendo a fin de cerciorarse de que iba por el camino correcto.
     Tomándose todo el tiempo que le hacía falta para establecer con precisión
     cuáles ciudadelas había que embestir, cuáles fortificar y cuáles debían
     ser tomadas por asalto con sus torres, sus cúpulas y puentes.
          Sólo vestida con los cabellos y una respiración pegajosa, se adueñaba
     de cada porción de su cuerpo, deteniéndose en sus puntos vulnerables, en
     el Amazonas del pubis, en el farol del ombligo, en sus incontables
     taloncitos de Aquiles.
          Porque no quería dejar pasar nada por alto. Todo será visto y probado
     para poder ser aprobado, exclamaba a la par de investigarlo con admirable
     impudicia, destruyéndolo sin piedad para fundarlo de nuevo, debido a que
     en el amor hay mil recomienzos, querido, de manera que nunca terminaremos.
          Y así diciendo, acababa por internarse donde nadie se había atrevido,
     en los escondites del diablo, allí donde el placer se articula con el
     vértigo, y a las cortinas les brotan alas, y las luces piden auxilio
     porque la noche se está incendiando tras la ventana.
          Hasta culminar el recorrido en una frente tensa, despoblada de
     cualquier pensamiento que no fuera el de perderse indefinidamente en aquel
     matorral de sensaciones.
          Y desde allí el mismo itinerario pero en sentido inverso y a un ritmo
     también diferente, de cientos de manos en celo, de miles de bocas
     caníbales multiplicando los besos. Entonces Onofre olvidaba la política,
     sus proyectos de organizar el núcleo electoral del municipio, olvidaba las
     preocupaciones pedestres y esa maldita tonsura que empezaba a insinuársele
     en la parte posterior de la cabeza.
          Con Lumina, Onofre tenía muy poco que hacer. Casi todo lo hacía ella.
          Tú no debes intervenir, le exigía, poniéndole una mano caliente sobre
     la boca para sofocar sus protestas, ni decir una palabra, ni respirar
     siquiera. Debes limitarte a estar aquí, acostado, simplemente contemplando
     el espectáculo, como lo haría un sultán. Mientras el cuarto pasaba a
     convertirse en una cámara resplandeciente de oro y pedrerías, intoxicada
     de luces que irían variando noche a noche en combinaciones distintas,
     altos pebeteros elevándose en las cuatro esquinas y difundiendo una grata
     polvareda de jazmines, mirra, incienso y demás activadores lúbricos, con
     los cuales primero enloquecían las narices, después los bajos instintos,
     para terminar con cada uno de los poros desquiciándose al unísono.
          En tanto que ella era la odalisca dispuesta a profanar todas las
     reglas, a desempeñar en simultáneo la labor de seis esclavas, y prometerle
     tantos goces como meses tiene el año, con tal de hacerlo feliz.
          Y de pronto ya no era una profusión de manos que lo cercaban voraces,
     sino una avalancha de muslos espesos, de caderas barrocas que parecían
     estar hechas de material elástico, flexibles, adaptables, colaborando
     tumultuosas con los balanceos de codos y rodillas.
          Era increíble, pero sabía darle ocupación a cada parcela de sí misma.
     La totalidad de su cuerpo ondulaba a un ritmo que hacía perder los
     sentidos, uno tras otro, comprendidos el del deber, la orientación y el
     equilibrio, en ese orden.
          Desenfrenadamente se movía, en forma de marea que avanza gradual y
     progresiva hacia la playa, y la ocupa, y la palpa para saber si todavía
     existe. Y la playa inexistente era Onofre: apenas un estertor agonizando
     por la herida.
          Hacían el amor y lo deshacían en una sincronización perfecta, como
     siguiendo los acordes de una sola sinfonía, ambos sometidos a la misma ley
     ya derogada que los volvía ingrávidos, sin más conciencia que aquella
     dulce y algodonosa sensación de estar flotando en el fondo de un estanque.
     Tan livianos y sin peso que hasta el más mínimo aliento era capaz de
     transportarlos, ingresándolos al azul convulso de las órbitas astrales, en
     giraciones cada vez más rápidas, más audaces. Hasta que de pronto, como en
     una sublevación de estrellas, como en una expulsión de la matriz,
     sobrevenían la compulsión final y el abismo.
          Una especie de cordón umbilical unía a los dos placeres, los hacía
     participar de idénticos temblores, de gorjeos y aleluyas gemelos, de
     explosiones conjuntas de júbilo indecible que extendían sus reflejos por
     todo el vecindario, y estallaban con la misma contundencia tanto a las
     cinco de la tarde como a las dos de la mañana.
          Mediante esas pruebas, por demás irrefutables, los trasnochados
     habitantes de las inmediaciones calcularon que la pareja llegó a
     concelebrar el acto con una asiduidad de doce veces por semana durante más
     de doce meses. Un año entero con yapa de fornicaciones frenéticas, que lo
     dejaban a él entre la muerte y la submuerte, consumido, maltrecho, sin
     saber cómo evadirse, ni por qué la antropofagia de esa mujer no se
     aplacaba nunca.
          Toda ella era un deseo no sólo interminable, sino también
     intermitente, y cada contacto, en lugar de apaciguarla, parecía
     incrementar su lujuria, de modo que la distancia entre contacto y contacto
     se fue decididamente angostando, y todavía el primero no se hallaba bien
     terminado cuando ella, sin revelar trastorno alguno, ni el más leve signo
     de cansancio, ya estaba preparándose de nuevo.
          Reavivar el fuego sobre las cenizas aún calientes, monologaba
     entonces, además de economizar energías, economiza ese tiempo tan
     inútilmente gastado en volver a ponerlo a punto cuando se lo deja apagar
     del todo.
          Y es una verdadera lástima, concluía entre suspiros, no encontrar la
     forma de seguir incendiándonos después en el mismo sueño.



     ***



          Tan diferente a su esposa Sofía, cuyo desinterés hacia todo lo que
     significara sexo y sus turbias implicancias rayaba el límite de lo
     absoluto, dándole en ese sentido estrictamente lo necesario para no
     morirse de hambre.
          Nunca le parecía la hora apropiada ni el lugar correcto, ni disponía
     de tiempo suficiente, empeñada como estaba en conseguir donativos para por
     lo menos seis comisiones de las que era socia firmante del acta
     fundacional, miembro activo, y tenaz e incansable colaboradora: El hogar
     del desvalido, La cuna del lactante abandonado, El acelerado fomento de
     las vocaciones tardías, El amparo de las solteras sin techo, El refugio de
     huérfanos y viudas, El auxilio de los desposeídos.
          Hasta las mesas de poker, los té-canasta-bingo, las kermeses, los
     desfiles de modas, y los remates de todo tipo eran organizados por ella en
     beneficio de algo: o para levantar una pared o para tirarla abajo, ya que
     poco importaban los medios siempre y cuando a través de ellos se lograran
     objetivos puramente humanitarios.
          Todo lo cual le absorbía gran parte de sus fuerzas, y con las
     restantes, bastante disminuidas por cierto, pretendía hacer efectivo el
     mandamiento nupcial que la obligaba a cohabitar con Onofre al menos una
     vez por semana.
          Practicaban un amor de salón, apto para todo público, incluso los
     menores hubieran podido presenciarlo y continuar arrastrando, una vez
     finalizado el acto, la desprestigiada creencia de que el único pajarraco
     interviniente en la procreación humana es la cigüeña.
          Onofre no recordaba desde cuándo Sofía había empezado a adquirir
     aquellas manías litúrgicas, de hecho incompatibles con cualquier confianza
     en la cama. Pero desde unos cinco años atrás, ella había establecido dos
     marcas de pudor y buenas costumbres, entre las cuales a Onofre le estaba
     permitido moverse, aunque siempre sometido a las temperaturas de su
     aprobación o desaprobación.
          Ya que las cosas no podían hacerse de cualquier manera, sino de la
     manera que ella quería y la Santa Tradición Familiar hubiera aprobado de
     antemano y sobre tablas: sólo de noche, en una oscuridad tan absoluta que
     Onofre apenas si alcanzaba a distinguirla: el busto exiguo, las caderas
     rocosas, neutra desde cualquier perspectiva, en la luz o en las tinieblas,
     por donde se la mirara, neutra. Y enteramente vestidos, por si acaso
     sonara el timbre o el teléfono con algún mensaje urgente para ella. En
     cuyo supuesto, la función se interrumpía ipso facto, cuando Onofre se
     encontraba casi en mitad del recorrido, despachándolo con cuatro frases
     incomprensibles, y sin ninguna conmiseración por su estado.
          En otra oportunidad continuamos, le decía. No sé cómo pude haber
     olvidado que hoy es día de hacer el balance del Hogar de los desposeídos,
     o la hora de tomar mi medicina contra la acidez de estómago.
          Eso cuando se sentía locuaz, porque casi siempre le daba la espalda
     por respuesta, y allá él, que se las arreglara solo, con sus propios
     recursos que son, en última instancia, los únicos con que en realidad se
     cuenta, y lo demás son figuraciones chinas.
          Tampoco quería que le respiraran cerca, ni que él emitiese ningún
     comentario de lo que estaban haciendo. Todo lo más concreto y sintetizado
     posible, directo al grano, como quien dice, con la estricta prohibición de
     que se tomaran rumbos imprevistos o se rebasara la línea.
          Ya que a Sofía le aterrorizaba la idea de introducir novedades que
     pudiesen contravenir aquellas reglas tradicionales a las que debían
     ajustarse un hombre Bernal para serlo y una mujer Bernal para parecerlo.
     De manera que unos y otros conformaron un apretado clan cuya prosapia
     quedó inaugurada allá por el tiempo de los virreinatos, con don Manuel de
     Bernal y Saavedra, y cuyos integrantes, obedeciendo a la consigna familiar
     de que el mundo culminaba en la puerta de calle, se recluyeron con tranca
     en el interior de su abolengo, y no se mezclaron con nadie que no diera
     fehacientes pruebas de encontrarse al nivel de sus quilates.
          Y nadie supo cómo ni en virtud de qué sortilegio Onofre Quintreros,
     cuya sangre no se articulaba precisamente con la de ningún conde,
     consiguió burlar aquella cerrazón establecida desde tiempos inmemoriales,
     y terminó por vincularse a la Dinastía Bernal.
          En una palabra, Sofía había crecido en un invernadero, al amparo de
     otras plantas tan selectas como ella, recibiendo la exacta cantidad de
     sol, de luz, de viento, de frío y de calor, a fin de que su carácter no
     sufriera alteraciones ni en las mejores ni en las más duras
     circunstancias, guardando siempre un equilibrio que jamás fue quebrantado,
     ni por la dicha del exceso ni por el dolor de lo que falta.
          Lo cierto es que Sofía vivía en una sola dimensión, en un mundo sin
     matices y, por ende, sin ninguna magia. De ahí que su estilo espartano y
     cauteloso prescindiese de adornos y floreos, repitiendo repeticiones
     pasadas, cada vez la misma historia con casi imperceptibles variantes: dos
     o tres movimientos endebles, oxidados por la rutina, eran todo su
     repertorio.
          Podía decirse que hacía el amor en la misma forma pausada y razonable
     en que les hablaba a los empresarios para sacarles donativos, en metálico,
     en favores o en lo que fuera. Y las pocas veces que parecía llegar a
     destino, primero aspiraba largamente y después se detenía en seco, porque
     de pronto le venía al recuerdo algo importante que olvidó decirle a la
     secretaria de Las desposeídas solteras, o del Amparo de las viudas
     endémicas, o de la homérica confusión que se armaba por tantos compromisos
     contraídos al mismo tiempo. Algo así como si se hubiera echado sobre los
     hombros el fardo de la caridad mundial.
          De manera que Onofre tuvo que resignarse a recibir de Sofía el mismo
     afecto esporádico y casi ausente de palabras que les concedía a las
     plantas. Aunque con ellas a veces dialogaba mientras les ponía abono, o al
     suministrarles su ración cotidiana de agua.
          En cambio a Lumina la ofendía verlo concentrado en algo que no
     guardase estrecha relación con ella. Pretendía llevarlo como medalla,
     siempre colgado al pecho, tenerlo a su santo servicio, endulzarle los
     oídos con palabritas tiernas como mi papi, mi único líder, mi emperador,
     mi carpa de oxígeno, mi obelisco.
          Quería que él la considerara su norte, el único sur de su vida, su
     región oriental tan equitativamente soleada y húmeda, y que su deseo por
     ella se extendiera hasta los confines más apartados de todos los
     occidentes unidos. Quiero beberme tus ojos, desayunarte con mermelada y
     manteca, comerte en la pre y la poscena, en el aperitivo y almuerzo, en
     cada merienda un poquito. Quisiera morirme en tus brazos, ahogada en tus
     besos, matarte de amor.
          Y en lugar de martes y jueves, se verían todos los días, incluidos
     fiestas patrias y vísperas de feriados y jueves y viernes santos y
     miércoles de ceniza, sin contemplaciones de horario ni atender razones de
     que nos pueden estar viendo, Lumina, que los del piso de al lado son
     compadres de mi suegra. ¡Tranquila!, que tus caricias retumban en todo el
     edificio, que ya no sé qué pretextos inventarle a Sofía. Que ni siquiera
     sé si mañana estaré vivo.
          Aunque últimamente ya no se amaban con la misma intensidad ni la
     frecuencia de antes, de manera que la relación fue adquiriendo ese tono
     desabrido de las sopitas en sobre, de los calcetines con agujeros y los
     ojales sin sus correspondientes botones, que más parecía de esposos que
     estuviesen celebrando sus honorables bodas plateadas.
          Porque a Lumina Santos se le agotaron muy pronto sus ardores
     iniciales; súbitamente la mujer real apareció, pasando del arrumaco a las
     contiendas verbales, y de la propuesta amorosa a la explotación
     financiera. Se ascendió a sí misma hasta el grado de general en jefe y se
     dispuso a comandar el batallón.
          La mayor parte del día se lo pasaba en ruleros y alpargatas,
     embadurnada de cremas para ahuyentar las arrugas, ya que a nada le temía
     tanto Lumina como al envejecer antes de tiempo.
          Debe ser horrible que la piel se te vaya desmoralizando, decía, andar
     con la cara drapeada de arrugas, llevando gruesos bolsones debajo de cada
     ojo, y en cada una de sus esquinas un gallinero completo.
          A tal punto la trastornaba el tema que su última frase del día era
     siempre la misma:
          Dime la verdad, ¿represento la edad que tengo?
          Para decirlo francamente, Lumina no podía tener cualquier edad, sino
     los treinta y seis años acabados de cumplir por la primera planta
     eléctrica instalada en su pueblo natal, puesto que dicha planta y doña
     Concepción Pereira de Santos, como si hubieran firmado un acuerdo,
     parieron el mismo día, del mismo año, y hasta llegando al colmo de
     coincidir también en la hora: 8 a.m., tal como quedó después registrado en
     las respectivas actas de nacimiento.
          No es que me quiera mandar la parte, pero ambas dimos a luz dos
     luces, exclamaba con orgullo la feliz nueva mamá. De ahí que a ésta le
     pareció muy oportuno bautizar a su primogénita con el nombre de Iluminada,
     en homenaje a aquel milagro del progreso, el cual, gracias a unos cuantos
     cables amarrados a otros tantos postes, fue distribuido a todo lo largo de
     las cinco perdularias cuadras que en aquel entonces conformaba el pueblo.
     Y una vez pasado el tiempo y ya establecidas en la capital, la afectada
     creyó muy conveniente practicarle al nombre una buena poda, dejándolo en
     Lumina, por traerle quizá reminiscencias foráneas, y como justo homenaje
     al buen gusto y la armonía.
          Armonía habrá existido al principio, solía meditar Onofre, cuando
     aquella especie de complicidad que parecía haber entre ambos se cumplía
     con la exacta sincronización de un violín y una guitarra, un piano y una
     trompeta. Pero ahora que cada instrumento desafinaba por su lado, ¿qué
     armonía hubiera podido encontrársele a un nombre cuya dueña llevaba año y
     medio de no hacer otra cosa que estar sentada a la bartola en algún sofá
     de la sala leyendo y releyendo «¿Qué tal?». Una revista de lo más
     indiscreta donde se comentaban con lujo de detalles y a todo color los
     dimes y diretes quincenales de la mejor sociedad.
          Era adicta a perder soberanamente el tiempo y a empacharse de «¿Qué
     tal?». Se agotaba descifrando las componendas reales y los amoríos
     entrecruzados de príncipes en el exilio con estrellas de la pasarela, y
     ministros gubernamentales con esposas descuidadas de dirigentes
     deportivos. O resolviendo el crucigrama gigante del concurso auspiciado
     por la mencionada revista, cuyo premio mayor era un viaje de ida y vuelta
     a las islas antillanas, y cuyo premio consuelo era la misma travesía pero
     realizada a través de cuarenta y seis postales correctamente diferenciadas
     entre sí por un número estampado en la esquina superior derecha del dorso
     respectivo.
          Se recomendaba mucha introspección, luz tenue y música indirecta,
     trilogía que era casi una receta mágica para crear el ambiente y hacer que
     el interesado entrara en rápida sintonía con las ondas del prodigio. El
     cual se iniciaba con los trámites de la Aduana y el adiós de los pañuelos,
     y producía una ilusión tan verdadera de estar viajando, que uno podía
     percibir el salado roce de la brisa, los arañazos verticales del sol, la
     sempiterna cadencia de las olas, y todas las maravillas de esos lugares
     sin necesidad de trasponer las fronteras de su casa.
          Mientras, el polvo iba nublando los espejos, la telaraña festoneaba
     las sillas, se hospedaba en los rincones, colonizaba los techos. Hasta que
     resultó literalmente imposible moverse en aquel ámbito colmado de ropa
     sucia, de hamburguesas picoteadas, de esqueletos de cigarrillos y otras
     basuras coetáneas que, al irse sumando a la lista, confirmaban la
     presunción de que por allí no había pasado ni un plumero, ni una escoba,
     ni ningún otro utensilio de limpieza en por lo menos mes y medio.
          Es muy cierto que del polvo hemos salido, le advertía disgustado
     Onofre, pero a este paso acabaremos volviendo al polvo mucho antes de lo
     previsto.
          No hay por qué alarmarse tanto, le replicaba ella, ni darle al polvo
     excesiva trascendencia. Un día de estos llevo el departamento a la
     tintorería y sanseacabó el problema.
          Últimamente aún le otorgaba el cuerpo, toda vez que la dación no
     interrumpiera sus sacrosantas horas de no hacer nada, ni estuviese en
     disonancia con su hábito recreativo de lectura concentrada. Y siempre a
     cambio de algo que se traducía en el enriquecimiento ilícito de su
     guardarropa, o en el engorde sistemático de su crédito bancario.
          Estaba allí, a todas horas, entregada a una total holgazanería,
     esperando entre bostezos que Onofre llegara para arrojarse sobre él y
     desplumarlo con sus feroces exigencias de dinero. No sólo para ella, sino
     para sus parientes voraces que acudían en fila india, y entre
     consanguíneos y políticos, apócrifos y reales, varones y mujeres, urbanos
     y campesinos, conformaron un abigarrado clamoreo de incalculables
     personas. Las cuales, como bien lo pudo comprobar Onofre, inauguraron un
     vampirismo casero mil veces más alarmante que el registrado en ganadería,
     ya que estos quirópteros, además de ser inmunes a cualquier ataque de
     vampiricida, se multiplicaban como hongos, de la noche a la mañana.
          En mayor o menor grado, todo contribuyó para que la relación se fuera
     deteriorando, hasta alcanzar un punto tal de agresividad recíproca que
     Onofre optó por darle un corte definitivo.
          Esto tiene que terminar de una vez, le manifestó aquel jueves
     fatídico, y ella se echó a reír, al principio con risa incontrolada, esas
     carcajadas fuera de contexto con que se responde a lo inesperado. Después
     pareció calmarse.
          Y lo más honesto es que cada quien se evapore por su lado, continuó
     diciendo Onofre con voz pausada pero terminante, y se puso a monologar
     respecto a la urgencia de un viaje de negocios al primer país que se le
     ocurrió a su mente, dándole un plazo que venía a coincidir exactamente con
     los días de su estada en Venezuela (primer país que se le ocurrió a su
     mente), para que ella y todo cuanto fuera suyo se ataran en un paquete con
     moño y se pusieran de patitas en la calle.
          Sin embargo, los últimos zarpazos de la fiera acorralada son los más
     temibles, porque Lumina, acusando en pleno orgullo el impacto de tan
     certera como fulminante embestida, dio un paso atrás, y mascullando
     venganzas le arrojó a la cabeza un cuadro y un florero, errándole ambas
     veces por un margen de milímetros.
          ¡Miserable! ¡No creas que todo te va a resultar tan fácil! ¡Canalla!
     ¡Maldito canalla!, insistió como no encontrando el calificativo que
     estuviese a la altura de su rabia, reiterándole de paso su decisión
     inquebrantable de no salir del departamento aunque Onofre se fuera a donde
     se fueron muchos y ninguno había vuelto.
          La palabreja se esfumó con ella y con el ruido de sus pisadas
     alejándose por el pasillo, y en el silencio que sobrevino después pudo
     oírse el reloj, el vecinal zumbido de alguna radio, y el chisporroteo de
     su cerebro que continuó hilvanando cálculos sobre las posibilidades
     estratégicas de su plan emancipador.
          Esto sin embargo duró muy poco, porque una profunda necesidad de paz,
     acaso exacerbada por el efecto aletargado del alcohol, empezó a subirle
     por las piernas y lo fue tibiamente adormeciendo.



     ***



          Mientras no lejos de allí, emboscado en las tinieblas, alguien
     continuaba aguardando, quién sabe desde hacía cuánto tiempo, con todos sus
     sentidos concentrados en la espera.
          Por momentos tenso, inmóvil, como si en mitad de la noche hubiera
     germinado una estatua, y por momentos yendo de aquí para allá, pateando el
     silencio de esa calle solamente transitada por sus pasos. Familiarizándose
     con la ubicación de los árboles, de las cinco o seis estrellas titilando
     allá en lo alto, con la distancia exacta entre ambas bocacalles pero,
     sobre todo, con el punto aquel por donde tarde o temprano emergería el
     objeto de su espera.
          Largas horas (que bien pudieron ser meros segundos) permaneció al
     acecho, ávido, anhelante, repasando por centésima vez la escena que debía
     desarrollarse con la misma precisión con que se la había diagramado. Y
     cuando finalmente lo vio aparecer, con el pelo revuelto y la ropa en
     desorden, esperó todavía algunos minutos antes de disparar. Esperó que
     Onofre concluyera el bostezo, se arreglara la camisa y se recompusiera el
     pelo. Esperó que el blanco de la pierna se agrandara, entonces,
     imprimiéndole un impulso acumulado en eternidades de espera, curvó el
     índice sobre el disparador e hizo fuego.
          Obediente, emitiendo un chasquido breve y seco y describiendo la
     ensayada, medida y calculada trayectoria, la bala se desplazó sin
     resistencia hacia su meta. Atravesó el espacio, atravesó el eco ya
     extinguido del disparo, cruzó el último cuarto de hora de aquel jueves
     siniestro y fue a culminar allí, donde empezaba a nacer la muerte, en
     aquel surtidor manando incesantes bocanadas de vida aún espesa, pero que
     pronto se iría como aguachando, como desmoronándose, por así decirlo,
     sobre los escombros de sí misma.
          El asalto había sido tan rápido y lo tomó tan de sorpresa que ni
     siquiera le dio tiempo a reaccionar. Bamboleante, sintiéndose seguido por
     su propia sangre como una huella delatora a través del suelo, caminó
     todavía algunos pasos en inútiles esfuerzos por acercarse al único punto
     de salvación que era su auto. Si pudiera llegar al auto, rogaba. Pero esa
     distancia y el dolor parecían irse agrandando conforme se encogían sus
     piernas y sus esperanzas.
          Luego, rescatada por la luna de esa noche, la figura aquella que
     durante horas no pasó de ser sino una mancha, un bulto apenas ovillado
     entre las sombras, fue cobrando vida, movimiento, haciéndose más y más
     precisa, como se precisan las fotografías en la cubeta de revelar. Tenía
     un rostro, una pistola en la mano y atacaba:
          Abría la puerta del auto o lo cosía a balazos. Y por cada intento de
     fuga recibiría un disparo. Y si no se corría ya mismo hacia el asiento
     trasero lo agujereaba sin asco. Después se le incrustó en el pecho la
     segunda acometida roja, cuyo trazado él trató de desviar levantando
     instintivamente una mano. Pero no tuvo tiempo de llegar: renunció al
     intento. Entonces fue desplomándose despacio, pesadamente, como a desgana,
     hasta que vencido por su propio peso se perdió en un abismo sin fondo.
          Por un plazo indefinido no hubo más que quietud y negrura, de tanto
     en tanto disueltas por las precipitadas luces del alumbrado, apareciendo
     una tras otra para espiar dentro del auto el zarandeo de un cuerpo que ya
     no era consciente de sí mismo.
          A partir de ese momento todo quedó envuelto en niebla, de cerrazón
     implacable al principio, desgarrándose luego aquí y allá para dejar
     entrever un lugar tan apartado que a él no llegaban ni los vientos, ni el
     progreso, ni ningún otro signo viviente. Donde sólo podía verse una zanja,
     distinguiéndose también que la zanja estaba siendo ocupada por alguien
     extrañamente inerte.
          Un personaje en mutación continua, sobre el cual irían cayendo los
     soles, muchos soles, negros o violetas, lánguidos o agresivos, muchas
     estrellas arañándole sus luces, respirándole sus brillos, muchas lluvias
     que lo harían gotear igual que los matorrales, un ejército de nubes
     prosiguiendo imperturbables sus giras, sus trifulcas y amoríos, mucho
     cielo acercándose lo más posible para espiar sin interferencias los
     perennes altibajos de su múltiple agonía: esas interminables zambullidas
     en la nada, alternando con breves espacios de lucidez por los cuales
     volvía a ascender a la superficie, y a encontrarse en la misma pesadilla
     de la que creía haber escapado.
          A su alrededor todo era difuso, insustancial, ajeno, una realidad tan
     deformada que daba la impresión de llegarle como a través de un filtro.
     Algo, sin embargo, era seguro: moriría, en cualquier momento y de
     cualquiera de las muertes allí rondándolo, minuciosamente elaboradas por
     cada una de las dos balas, que cometieron la deliberada torpeza de no
     dañar centros vitales. Las dos balas conjuradas para dilatar el fin y
     repetirlo tantas veces como ecos albergase el infinito.
          Porque ellas también formaban parte de la trama: ellas debían retener
     a Onofre y no dejarlo salir de esta vida hasta no haber pagado la última
     deuda.
          Y parece ser que estaba bastante endeudado, por la cantidad de
     esfuerzo que le acarreó morirse. Y de pronto era como si esas muertes ya
     lo hubieran estado habitando, y a él no le restara otra salida que
     permanecer allí, sintiéndolas bajar palmo a palmo por cada rincón de su
     cuerpo, sembrándole tanta destrucción mientras pasaban, tanto cementerio
     en lugar del hígado, el corazón, los pulmones, que podría decirse que lo
     único que a Onofre le continuaba viviendo era la muerte.
          A muchos ocasos y amaneceres quedaría expuesto, a mucha intemperie
     cumpliendo sin un error su corrosivo papel, a una inmensa soledad
     cubriéndolo con su manto de óxidos y herrumbres, hasta que la tierra,
     luego de absorberle la totalidad de su sangre, lo abandonaría convertido
     en una escoria sin ningún parentesco humano.
          Un humilde vendedor de golosinas lo hallaría varios días después, en
     algún atardecer del más remendado de los suburbios capitalinos, cerca de
     donde se aligeran de su inmundicia los camiones municipales, tan tapado
     por la oscuridad, los yuyales y una gruesa costra como de este tamaño, que
     bien podía ser lodo, o tal vez sangre, según declaró el muchacho, que
     nunca lo hubiera encontrado de no haber sido por los faros de uno de los
     mencionados vehículos que rociaron con un chorro de luz aquel hedor
     persistente, como el que despide un animal con varios días de muerto.
          Durante algunos minutos el muchacho se dejó guiar por él, fue
     pisándole los talones, como quien dice. Así pudo localizar su origen, a la
     vez que pudo verlo, pero tan desfigurado que costaba trabajo relacionar
     aquella suerte de engendro invadido de alimañas con el Onofre Quintreros
     al cual casi todos conocían, incluso sin haberlo visto nunca.
          Al día siguiente fue posible asimismo comprobar que, aparte de estar
     tan frío como de hielo, y de aquel como achicamiento que lo hacía verse
     tan estragado, tan reducido a poquita cosa, el difunto, quizá llevado por
     un oscuro instinto de refugio, o por su misma condición de huérfano, no
     sólo daba inequívocas señales de haberse encariñado con aquella zanja,
     sino que el tal sentimiento trasmitía la insólita noción de ser
     correspondido, fundamentando sus razones en la apremiosa necesidad que
     mueve a los desamparados a querer ampararse mutuamente.
          Lo cierto es que oponía tanta resistencia a abandonar lo que sin duda
     había llegado a constituirse en el abrigado sustituto del útero materno,
     que los hombres de la autoridad tuvieron que lidiar denodadamente con él
     para desalojarlo de allí.
          Se necesitaron ocho brazos primero, después otros dos de refuerzo,
     hasta que al final alguien solicitó la urgente intervención de los
     bomberos, porque el fallecido, pese a lucir aquel aire acartonado y sumiso
     de las figuras de cera, en apariencia al menos, pareció volverse de roca,
     y como dispuesto a no permitir que lo removieran del sitio, así tuviera
     que dejar en él su última gota de muerte.
          De dónde le vendría al colgajo aquel semejante fuerza hercúlea fue
     algo que, por muchas vueltas que dieron, nadie se pudo explicar. Ya que
     luchando contra él se tenía la impresión de estar luchando contra un
     tractor con medio cuerpo en la vida y el resto sólidamente empacado en el
     más allá.
          De ese modo, aquel lugar apacible y tranquilo, sólo habitado por
     desperdicios y los retazos de un hombre, trocó su inicial revuelo de
     moscas por otro de iguales proporciones, que lo dejó convertido en el
     punto neurálgico de la invasión colectiva.
          Convocada por el espectacular trascendido, de aquí y allá salía
     gente, y con la gente un nutrido intercambio de opiniones, comentarios,
     conjeturas, juicios, pareceres y hasta insidiosas hipótesis de tortura.
     Todo lo cual fue enredando y desenredando un inacabable argumento con los
     más exóticos matices y las más execrables variaciones en torno del mismo
     drama, de cuya verdad cada cual creía ser el único depositario y cuyo
     sabor fue sazonado por cada quien según su esotérica, irónica, sardónica y
     sadomasoquista manera de asimilar el problema.
          La verdad es que jamás se había observado un apretujamiento tan
     representativo ni tan variado. Ni siquiera un cantautor de los nuevos
     hubiera podido congregar a tantos. Allí no faltaba prácticamente ninguno:
     vendedores ambulantes sin otra ambición que poner al día sus alicaídas
     ventas a costillas del occiso, policías sin otra ambición que estrenar sus
     flamantes cachiporras en el insubordinado trasero del primero que pasara,
     estudiantes y amas de casa sin otra ambición que adjudicarse un merecido
     miércoles de asueto, políticos sin otra ambición que un puesto en el
     gobierno que les asegurara vivir a lo magnate, radios a todo volumen
     informando desde sus centrales lo que los comunicadores sociales
     trasmitían desde el lugar mismo del hecho.
          Y, por supuesto, un efervescente racimo de fotógrafos y periodistas,
     cuyas tintas y cuyos flashes, durante tanto tiempo, habían rivalizado en
     obtener los mejores ángulos y las más resaltantes aristas de lo que en
     algún momento conformó el universo diario del señor Quintreros, se
     afanaban ahora en rescatar una frase, un pensamiento, algún gesto de los
     instantes postreros que fueran a garantizarles la exclusividad de su
     muerte.
          Una vez superado el torbellino inicial, y tras haber sido reconocido
     como el difunto más comentado, polemizado e investigado de dos semanas
     corridas, un acontecimiento cualquiera llegaría a tiempo para difuminar la
     actualidad de su figura, hasta hacer que sin pena y ninguna gloria, Onofre
     Quintreros por fin terminara siendo el muerto más olvidado del año.



     ***



          En este negocio de la investigación se necesita mucha mística, decía
     con su dicción pedregosa el comisario Reinaldi, quien se pasó una semana
     completa interrogando a cuanta persona estuviese o no estuviese
     relacionada con el caso. Porque también ahora, como tantas otras veces en
     los largos años de su diario batallar contra el delito, se había propuesto
     descubrir al asesino aplicando su indemostrable teoría de que nunca el
     inocente es tan inocente ni el culpable tan culpable, sino todo lo
     contrario. La cual, luego de afectar por contagio a todo el pelotón bajo
     su mando y a los civiles de las zonas aledañas, terminó siendo incorporada
     por derecho propio al folklore uniformado.
          Sin embargo, antes que definir algo concreto, la tal teoría planteaba
     un intrincado revoltijo, a cuya comprensión ni la más esclarecida
     inteligencia había logrado acceder, en parte por resistirse a cualquier
     análisis lógico, y en parte por presentar incongruencias y contradicciones
     tales que la acababan llevando hacia una ineluctable oscuridad.
          Y precisamente para disipar tan ingrata confusión, donde los únicos
     confundidos en realidad eran los otros, el comisario Reinaldi se había
     tomado la molestia de preparar muy cuidadosamente, no sólo las preguntas
     sembradas de sutiles trampas con que habría de abordar al interrogado,
     sino también su propia escenografía: vestido de impecable uniforme caqui,
     charreteras flecudas y en todo iguales a las que solía verse en los
     hombros del portero de un hotel pentaestrellado; tantas y tan variadas
     condecoraciones que tras ellas desaparecía casi toda la región nórdica de
     su adiposa humanidad; gafas al estilo investigador privado; escritorio,
     sillón principal y taburete subalterno colocados de tal manera que los
     muebles perdían su carácter transitorio y pasaban a adquirir la
     fantasmagórica identidad de cuatro ángulos rectos. Y por último, la
     estrategia militar de sentarse dándole el pecho al peligro y las espaldas
     al amplio ventanal que atisbaba, entre el cuádruple recogimiento de sus
     lánguidos visillos, el indeclinable llanto que lloraba una fuente, vaya
     uno a saber si como expresión metafórica de la continuidad nacional o como
     qué otro simbolismo patrio.
          Aunque por esta única vez, las comparaciones parecían salir sobrando,
     ya que el hecho de que el chorro nunca hubiera sufrido interrupciones se
     debía a que nunca había estado bajo la obediencia de ninguna
     administración pública, sino que ocurría por mera decisión privada, siendo
     el mismo directamente importado por una bomba desde las profundas
     sonoridades de un pozo artesiano.
          Lo cierto es que así parada, en medio de una orfandad sin el más
     mínimo verdor, ni tan siquiera una sombra, aquella fuente más bien
     semejaba estar cumpliendo alguna insolación perpetua.
          Todo lo cual había sido dispuesto de antemano a fin de que la luz
     cayera, con esa impiedad tan propia de las diez de la mañana, sobre el
     encandilado rostro de cuanta persona estuviera o no estuviera relacionada
     con el caso.
          Desde Lumina Santos, la principal sospechosa, que conociendo el
     efecto demoledor de sus atributos carnales sobre todos los hombres en
     general y ciertos generales en particular, entendió que aquella era la
     mejor ocasión de medir esos alcances, presentándose a la audiencia con un
     atuendo lila obispo de cuando tenía algunos kilos menos, un bamboleo
     afrocubano en las caderas y los tres primeros botones de la blusa, de tal
     suerte desprendidos, que por ahí asomaba la entrega inicial de sus
     colosales senos, e iban a perderse las libidinosas intenciones de
     periodistas, fotógrafos, reporteros y curiosos en comandita, quienes
     hubieran dado la vida por practicarle un registro a fondo y por despojarla
     también.
          Pero Lumina sonreía inmutable ante la avalancha entrecruzada de
     miradas y deseos, y posaba para los estallidos de una cámara que la
     requería aquí y la otra más lejos, siempre desde su mejor angulatura y su
     perfil más impostado.
          Acto seguido, se instaló en el taburete subalterno, gentilmente
     ofrecido por ese humilde servidor que, con todas sus fuerzas bien armadas,
     se complacía en ponerse a su más entera disposición. Parpadeó repetidas
     veces, no para acusar recibo ni responder al enfático galanteo del
     comisario, sino para ajustar su mirada al intempestivo ataque solar.
          Y durante los minutos siguientes, no pareció existir otro
     encandilamiento fuera del experimentado por él, en tanto que ella se
     mantuvo letárgica y esquiva, actuando como si lo ocurrido a Onofre
     perteneciera a una época tan distante como ajena con la cual ella nada
     tenía que ver.
          A la amable pregunta de si acaso no sabía quién lo había matado,
     contestó con un leve fruncimiento del entrecejo que, por supuesto, no lo
     sabía, ni tampoco sabía por qué debería saberlo, por cuanto que su
     relación con el occiso jamás había pasado el plano meramente
     administrativo, y de ahí en más, cada cual vivía por sin cuenta y riesgo,
     y en existencias netamente divergentes.
          Ella era apenas quien llevaba la contabilidad de casi todas sus
     empresas, trabajo que había desempeñado con dedicación y esmero, guardando
     siempre esa prudencial distancia que, de acuerdo con los impulsos de una
     moral que le fuera inoculada junto a la leche materna, debía guardarse
     entre un jefe casado, elegante y por demás ansioso de probar sabores
     nuevos, y una digna secretaria sin otra ambición que la de mantenerse
     digna siempre y, por ende, sin la más mínima esperanza de trasponer los
     linderos de una beatífica insolvencia.
          El resto eran habladurías sin fundamento de maliciosos vecinos, cuyas
     mentes estaban pobladas de sexo y de todo lo que a esa parte del cuerpo se
     refiere y que, dicho sea de paso, en el varón se inicia en el ombligo,
     terminando mucho antes de haberse extinguido la rodilla, y en la mujer se
     extiende de la garganta al cementerio.
          Entonces, y volviendo al tema, ¿ni siquiera imaginaba de quién podría
     tratarse? Ni siquiera. Aunque cualquiera pudo hacerlo, murmuró en tono
     ambiguo, pero dejando bien expresa la posibilidad de que el «cualquiera»
     tuviese la necesaria amplitud como para incluir también al comisario.
          Conservó, no obstante, la suficiente cordura de no mencionar la
     discusión desatada entre ella y el difunto aquel jueves memorable o
     fatídico, según fuera mirado desde su propio cristal o desde la mirada
     póstuma, cuando Onofre, sacando a relucir una crueldad que rebasó sus
     propios límites y por el mero placer de humillarla, cometió la osadía de
     confiscarle el auto, el crédito bancario, el usufructo departamental con
     todo lo allí plantado, desde pieles, joyas, cuadros, equipo de sonido, y
     cualquier otro ornamento de índole personal o doméstica, hasta el último y
     desarrapado alfiler.
          Pero sobre todo llegando al colmo de ponerla otra vez y sin más
     trámites en la misma enseñanza del principio, el mismo pizarrón, la misma
     alergia provocada por el aserrín de la tiza: la monocorde rutina girando
     en torno de una lección archisabida de memoria.
          Todo eso después de un año entero de amores forzados, ya que él
     disponía del cuerpo de ella conforme a su propia y soberana voluntad, sin
     recordar lo mucho que le gustaba a Lumina ser seducida y no asaltada.
     Desde que su gusto comenzó a salir de su virginal letargo y a tener uso de
     razón, en la avezada compañía de un Onofre muy distinto al que terminó
     siendo después, a ella le había gustado que la volvieran dúctil y
     maleable, y la pusieran a rodar en la primera pendiente cuyo final fuera
     el territorio aquel, tornasolado, en que ambos se veían como entre
     hilachas de sueños, como desde alguna ensoñación remota donde él inventaba
     para ella caricias de diferentes sabores y texturas.
          Caricias blandas, de seda, espesas, azules, de menta, aterciopeladas,
     crocantes, que a la par de ir transcurriendo, convocaban en su piel un no
     sé qué todavía indescifrable. Una especie de brote de pequeña algarabía en
     el cual participaban todos los sentidos, y que se iniciaba apenas, con
     movimientos torpes, inseguros, hilvanando un placer desdibujado aún pero
     cobrando lentamente impulso. Hasta que así, de pronto, al doblar aquel
     instante, se hacía más lúcido, más intenso en la medida en que el cuadro
     con las tres momias egipcias, la cortina verde musgo, todo lo existente
     fuera de ellos daba un paso hacia el costado y después desaparecía.
          Entonces no quedaba otra cosa que abandonarse al placer, remontándolo
     de a poco, sin pensar en nada, solamente sintiendo, o tal vez sólo
     pensando que lo venido a continuación era el mismo fogonazo con
     salpicaduras rojizas, seguido del destellante apagón que debían percibir
     los que morían de un síncope.
          En cambio el Onofre actual parecía estar cosido a un orden inmutable,
     casi demente, donde cada cosa debía ir en su lugar y a su debido tiempo.
          Lo primero es lo primero, decía, mientras se despojaba de un zapato,
     y antes de emparejar el despojo del siguiente al exacto nivel del
     anterior, consultaba el reloj de la mesita para cerciorarse a qué hora se
     había verificado la largada.
          Lo segundo era tratar de embocar en el cesto de la ropa sucia -y así
     ahorrarse el tiempo que le tomaría su peatonal traslado al mismo- la
     camisa y el par de calcetines, cuidándose de imprimir a cada gesto y a
     cada pausa, entre gesto y pausa, el ritmo correspondiente y la
     glorificación a que él tenía derecho por ser el celebrante oficial y ella
     una simple mantenida, de cuyos servicios, llegado el caso, lo más bien
     podría prescindir, teniendo en cuenta la cantidad y calidad de oferta
     existente en el mercado.
          Lo tercero, terminar de desnudarse él, instándola a ella a que fuera
     haciendo lo propio. Cuarto intermedio que desde luego sería aprovechado
     para realizar un cómputo parcial de todo lo hecho hasta ahora y de lo que
     aún quedaba por hacer. Como si en lugar de hacer lo que seguía siendo un
     proyecto, estuviera honrando automovilísticamente a los héroes en la
     tradicional competición del rally chaqueño.
          Tanto se le había agudizado aquella obsesión, que al cabo de un año
     para Onofre no existía más ayer que el mañana, ni más hoy que el día
     siguiente. Todos sus actos eran ejecutados en función de un intangible e
     hipotético futuro, cuya influencia llegó a ser tan perniciosa y a
     anticiparlo de tal modo a la realidad vigente, que al final nunca estaba
     donde estaba ni donde creía estar, sino en la concentración política o en
     cualquier otra emergencia, a la cual, si no se apuraba ahora, llegaría
     después con retraso, y si se apuraba ahora, llegaría con tiempo sobrado,
     lo que a su vez le daría otro margen de tiempo para volver a ensartarse en
     el redondel vicioso.
          Así, hasta que su placer cerraba el ciclo con un click tan
     insignificante, que se lo podría haber confundido con el que emitiese una
     llave al recluirlo nuevamente tras los barrotes de sí mismo.
          Una vez finalizado el acto, y mientras se iba vistiendo en el orden
     inverso en que se había desvestido, se ponía a controlar si la diferencia
     cronológica entre la primera y la última secuencia no había sobrepasado
     los ocho minutos y medio, ya que en el caso de existir un excedente,
     aunque más no fuera de segundos, entonces sucedería que todos los ejes,
     los apoyos, los soportes, las columnas y pedestales que guardaban el
     equilibrio terrestre se resquebrajarían al mismo instante, con el mismo y
     espantoso descalabro de una conflagración mundial.
          Era como si ciñéndose a aquel orden enfermizo hubiera podido corregir
     el caótico desorden que llevaba dentro. Lo cierto es con Onofre nada podía
     alterarse porque cualquier mudanza, cualquier desplazamiento mínimo del
     curso previsto tendría el poder de desencadenar un verdadero cataclismo.
          Y analizando ahora las cosas, con esa perspectiva nueva que le otorga
     el tiempo, Lumina no entendía cómo había hecho para resistir tanto. De qué
     guayacán sacó el aguante y de cuál roca la paciencia para no claudicar
     ante sus manías, sus abusos, sus reiteradas maldades, sus burlas, su
     avaricia, y como si eso fuera poco: su desmesurada colección de cuernos.
          Ni el comisario Reinaldi, ni nadie de los allí presentes, hubieran
     podido imaginar que, por debajo de su aparente dulzura, en ella hervía un
     profundo rencor, que todas esas ignominias habían ayudado a criar,
     reclamándole una muerte así para ese hombre desde hacía rato. Una
     extinción tan espectacularmente lenta que debió haberse cumplido con los
     mismos pataleos de una lámpara sin querosén, tal como expresara el informe
     del forense y como en verdad él se lo merecía, por su arrogancia, por
     andar de picaflor, y por cada una de sus muchas mezquindades.
          Ni era tan tonta para ignorar que no habría salvación alguna y que lo
     mismo hubiera sido enterrarse a sí misma si decía una palabra de cómo, en
     un descuido de Onofre, aquel último jueves, ella se llevó consigo el arma.
     Esa pistola de cuyo contacto él jamás se separaba, ni para ir al baño, ni
     para hacer el amor, ni para nada, por ser lo que siempre había dicho que
     era: su única familia. Algo así como la encarnación del padre, de la
     madre, y de aquel espacio vacío donde tendría que haber estado el cariño
     que le negó la ingratitud de ambos.
          ¿Acaso era posible que también esa pistola lo hubiera traicionado,
     quitándole la misma vida que por tanto tiempo le había ayudado a cuidar?
          En boca cerrada no ingresan moscas, ni de ella salen evidencias que
     más adelante podrían comprometerme, pensó, y hasta arruinarme la vida
     irremisiblemente. Se abstuvo por lo tanto de hacer ningún comentario
     respecto a que desde el fondo de su corazón ella celebraba que Onofre
     Quintreros estuviese muerto, y lo seguiría celebrando mientras hubiera un
     asqueroso gusano alimentándose de su asquerosa muerte.
          Podían someterla a cuanto interrogatorio quisieran, que no lograrían
     quebrantarle la decisión de callar, ni el deseo, cada vez más apremiante,
     de retornarlo a la vida para volver a experimentar el placer de rematarlo
     de nuevo.
          Había no obstante que proseguir con la farsa, y murmurar compungida
     que era absolutamente incapaz de explicarse cómo ocurrió esa desgracia que
     enlutaba la sensibilidad de propios y extraños, a tanto había llegado el
     carisma de ese hombre. Y entre varios hipos fraguados asegurar que tampoco
     sabía en qué forma había ido a parar a la zanja aquella, que de sólo
     pensarla tan solitaria y circunvalada de tanta inclemencia, le repito,
     señor comisario, que se me pone la piel de gallina. Ya ha pasado un mes
     casi y, créame, todavía se me revuelven las tripas.
          ¡Por favor!, no se altere. El malestar quizá se le vaya si le ofrezco
     un poco de gaseosa. ¡A ver, sargento Romero!, acérqueme un vaso para la
     señorita. En verdad lo lamento. Le pido un millón de excusas por esta
     desagradable demora. Pero ya puede quedarse tranquila que ahora mismo
     termino. Esto es nada más que simple formalidad. Un poco de papeleo para
     cumplir con la rutina. Sólo me falta tomarle las huellas dactilares y
     alguno que otro dato sin trascendencia, le dijo el comisario Reinaldi,
     visiblemente desencantado de tenerla que soltar tan pronto. Y lamentando
     en voz que al punto se volvió muchísimo más íntima, no haberse enterado
     antes de que Lumina vivía en su mismo barrio. ¡Qué desperdicio!
          A menos de doscientos metros el uno del otro y no haberlo descubierto
     con la antelación debida. Mire usted lo que son las cosas: estando tan
     cerca tuvimos que tomar tanta distancia para conocernos. Bueno, desde
     luego, hubiera preferido que no fuera un muerto lo que la trajera por
     aquí. Lo cual tampoco le saca que sea una dichosa coincidencia, en todo
     merecedora de un festejo especial. ¿Y qué le parece festejarlo esta misma
     noche y en una buena parrillada? Conozco una con música folklórica, un
     chopp que ninguno podrá decir que no lo importaron de Alaska, y una pista
     de baile que tan pronto usted la ocupe, va a sacudir su oscuridad para
     quedar completamente alumbrada con el candil de sus ojos. ¿De acuerdo?
     Entonces la absuelvo de culpa y pena. Pero conste que me estoy refiriendo
     a la libertad condicional, puesto que pasaré a buscarla a las nueve en
     punto.
          Y con un leve ademán más de complicidad que de saludo, la encaminó
     hacia la salida.



     ***



          De inmediato le tocó el turno a Recaredo Anodino Flores, flamante
     Director de los Servicios Sanitarios y de Fumigación Estatal, quien alegó
     haberse enterado por los periódicos, durante su frugal desayuno, y de
     primera intención, señor comisario, le juro que se me pararon los pelos.
          Resultaba no solamente algo siniestro sino un real contrasentido
     venir a morirse así, cuando hacía tan poco el médico lo había felicitado
     por sus excelentes reflejos, y porque en el horizonte de su orina no se
     vislumbraba ni el más leve asomo de diabetes o de albúmina.
          Cuando en realidad lo que debieron haber detectado era un alto
     porcentaje de contaminación alcohólica, dada la perniciosa inclinación al
     trago que caracterizaba al occiso. Y de la que yo no sé si usted habrá
     tenido noticias, comisario Reinaldi, pero lo cierto es que Onofre
     Quintreros bebía más de la cuenta, aunque nunca llegando a perder el tino.
          Y mire si no seremos transitorios, que a todo esto que le estoy
     contando no le sobrevive ahora sino el recuerdo, y como muy bien acaba
     usted de señalarlo, también le sobrevive el asesino, cuya deplorable
     acción de ninguna manera deberá quedar impune.
          Yo soy el primero en reclamar justicia y en pedir un castigo ejemplar
     para el responsable, pese a que nuestras relaciones ya no tenían la
     fluidez de antes. Porque si bien es cierto que practicábamos el mismo
     deporte, pero entiéndase letra por letra: diferentes ideologías, no menos
     cierto es que la suya venía mudando de paradero con bastante frecuencia.
          Quién no sabe que Onofre Quintreros era colaborador activo del
     antiguo desorden y que andaba buscando alguna brecha por donde ingresar
     como colado al festival del nuevo orden. Quién no sabe que tras haber
     escupido públicamente la mano que le dio de comer, se había puesto como
     felpudo del actual gobierno en esta hora fraterna de alfombramiento
     patrio. En cambio mi fidelidad no ha conocido grietas, señor comisario.
     Soy y seguiré siendo leal a una sola bandera.
          Y la palabra bandera permaneció un rato allí, ondeando junto al
     dilatado silencio que sobrevino después, precedido por aquel olor a
     desperdicio que aparecía siempre que la investigación tendía a complicarse
     en demasía, y que empezó a socavar la metálica paciencia del comisario
     Reinaldi.
          Ya casi dos semanas habían pasado y él sin haber podido pasar el cabo
     de las mismas dudas, atascado como estaba, en la desesperante escasez de
     resultados concretos, sin disponer más que de unos pocos datos,
     mortecinamente alumbrados, de eslabones inconexos que al unirse tal vez
     resolverían esa copiosa oscuridad que afectaba el panorama. Por el
     momento, al menos, sólo Dios poseía la totalidad de los hechos. Sólo Él
     abarcaba la historia en toda su extensión, con todos sus pormenores, y
     desde los mismos pañales de aquel remoto principio.



     ***



          Porque Onofre y Recaredo se conocían desde hacía media vida. Ambos
     habían nacido el mismo año bisiesto y con el mismo vicio insaciable de
     ganar dinero. En todo lo demás resultaban tan dispares, que acaso fuera
     eso precisamente lo que acabó creando tanta afinidad entre ellos.
          Onofre poseía a manos llenas lo que Recaredo siempre quiso: una
     alquimia natural para seducir a las mujeres que, si bien no ofrecía dudas
     en cuanto a su contundencia, ya que con sólo semblantearles las nalgas
     podía saber qué era lo primero y qué lo último que debía hacerse con
     ellas, encerraba sin embargo la nebulosa de que cuando más se la
     analizaba, menos se distinguía respecto a su procedencia.
          Aunque tal vez la explicación radicara en el hecho de que Onofre no
     fuera dueño de nada que pudiera destacarse como verdaderamente notable,
     por lo menos a simple vista. Vale decir que todo su atractivo se centraba
     en su falta de atractivo, y si se lo hubiera tenido que definir por algo,
     sería más bien por aquello que no era: ni rubio ni moreno, ni tan alto ni
     tan bajo, ni muy joven ni muy viejo.
          Un ni fu ni fa que en lugar de situarlo en desventaja ante los demás
     mortales, le otorgaba aquel extraño magnetismo al que ninguna mujer se
     resistía, y aquel brillo especial que terminaba opacando a todo el que se
     le ponía enfrente.
          Y con mucha más razón a su lado se opacaba Recaredo; se volvía tan
     poquita cosa que ni su prodigioso aumento de miope conseguía prestarle
     algún relieve. Y lo que todavía era peor: se le agudizaba en forma
     alarmante aquel otro defecto que le transfirieron sus mayores por vía
     maternalmente intravenosa, suscitando las bromas de quienes lo descubrían.
     Cosa que, por otra parte, no requería ningún esfuerzo ya que bastaba la
     presencia de cualquier mujer para que Recaredo Flores se ruborizara como
     un adolescente. A la par que se le iban enredando a tal extremo lenguaje
     con lengua, que decidió no dirigirles la palabra sino en casos
     indispensables. Entonces daba la neolítica impresión de estar volviendo a
     la edad del balbuceo.
          No te desanimes, Floripondio, le decía Onofre. Últimamente te
     ruborizas con tanta frecuencia que esos tornasoles ya han pasado a
     confundirse con tu crédito bancario. Además, a las mujeres hay que
     voltearlas una y otra vez, sin pedirles permiso ni darles explicaciones.
     Sólo descórreles el cierre y después embiste, para lo cual ellas no
     precisan demasiada oratoria. Los únicos idiomas que mejor entienden son:
     el garrote de pegar, el garrote de pecar, y de tanto en tanto y para
     alternar un poco, el garrote del silencio que es, en definitiva, el que
     más les duele.
          Así fue como, luego de haber comprobado que cada uno poseía lo que el
     otro ambicionaba poseer, los dos tomaron conciencia de que separados
     seguirían malversando un potencial que, de estar unidos, no sólo
     aumentaría considerablemente, sino que hasta podría volverse riqueza.
          Te imaginas, Recaredo, tapizarnos de billetes, tapizar de lingotes
     nuestros sueños, y que todavía nos salga sobrando para retapizar el mundo.
     Convendría juntar nuestros talentos, compañero, porque cuando se está
     entre dos se resiste mucho más que estando solo.
          Y aquel brindis, con el champagne burbujeando en las alturas, selló
     el inicio de una sociedad donde Recaredo puso lo único rescatable que le
     legaron sus ancestros: el capital; y a la que Onofre aportó, además del
     muestrario de mujeres del cual Recaredo pudo surtirse como si fuera
     propio, aquella especie de oráculo al que parecía estar cosido, y que lo
     fue guiando, sin vacilaciones ni dudas, hacia donde estaban las ganancias
     más jugosas.
          Desde entonces quedaron establecidas tres florecientes empresas,
     cuyos dividendos fueron compartidos por ambos en partes rigurosamente
     iguales. Y asimismo le insuflaron a Onofre el oxígeno suficiente para
     asumir el mando de su propia autonomía, con la inauguración de otras
     cuatro, que siguieron multiplicándose con el favor de Dios y la aplicación
     de la fórmula de que el ojo del patrón es la mejor proteína del ganado:
     fundamento indiscutible de su caudaloso poder financiero.
          También en política marchaban a pasos desacordados, porque mientras
     Recaredo se perdía por caminos que no llevaban a ninguna parte, Onofre iba
     subiendo, sin errores y sin pausas, el Sinaí de los ascensos. Hasta que de
     golpe se encontró encaramado a esa gloria a la que tanto había soñado
     encaramarse alguna vez, sosteniendo en una mano las vice-riendas del
     partido, y organizando con la otra las concentraciones, los mítines, y las
     diversas teorías que debían ser practicadas en tal o cual circunstancia.
          Como la novedad de aquellos discursos que venían ya acoplados al
     triduo de hurras, cada tanto, y cada tanto a sostenidos aplausos cuya
     duración excedía con mucho los niveles más elevados de las más encumbradas
     paciencias.
          O impartiendo desde sus alturas, bendiciones con indulgencia plenaria
     a quienes, por sus buenas obras, se habían hecho acreedores de ellas. O
     señalando con dedo inflexible esos pequeños disturbios que él en legítima
     representación del gobierno, resolvía cortar por lo sano, para impedir que
     la infección derivase en la temible gangrena, cuyo avance ni siquiera
     amputando se lograba muchas veces detener.
          La política es como el ajedrez, solía repetir Onofre: una telaraña de
     cambios realizados con las mismas piezas en torno al cuadriculado
     antagonismo con que se enfrentan dos colores. Y donde los vaivenes del
     juego no dependen de otra cosa que de la habilidad con que cada contendor
     organiza la estrategia. Ese internarse de a poco en el terreno adversario,
     esas emboscadas determinantes para los sucesivos avances o retrocesos, ese
     zarpazo final que acaba volcando la suerte hacia el que cometió menos
     errores. Ya que si las jugadas son previstas de antemano, las
     posibilidades de triunfar aumentan en la medida en que disminuyen las de
     equivocarse.
          Precisamente por eso, en política Onofre todo lo había calculado,
     salvo que la tortilla se le diera vuelta, como por una de esas fatalidades
     en efecto vino a ocurrir. Porque cuando menos se lo esperaba, y sin que el
     Servicio Meteorológico lo hubiera detectado siquiera, aquel tornado
     político se presentó el mediodía de un jueves, con vientos arrasadores de
     hasta ciento veinte kilómetros por hora.
          Los cuales, al no encontrar resistencia, se internaron en las calles
     ciudadanas, recorriéndolas en sus cuatro direcciones y haciendo con ellas
     y con todo lo plantado sobre ellas, lo que mejor les vino en ganas.
          ¡El huracán ha desmantelado los cimientos del antiguo régimen y se lo
     está llevando a pedazos!, exclamaba la gente, a cuya gran mayoría no le
     alcanzaban los años naturalmente cumplidos, ni las treinta y tantas
     velitas de la paz y del progreso obligadas a apagar por decreto, como para
     haber presenciado un temporal de semejante envergadura, y se escondía por
     lo tanto, temerosa de correr ella también la misma suerte.
          Ya que cada vez soplaba con mayor ferocidad aquel viento, empujándolo
     todo para donde fuera, con tal de que ninguna cosa conservara su lugar de
     antes, cercenando por aquí, decapitando por allá, sembrando tanta
     confusión mientras pasaba, que nunca pudo saberse el número de sus
     estragos.
          Aunque su víctima más notable fue sin lugar a dudas Onofre
     Quintreros. Porque cuando el viento cesó de pronto, así como había
     empezado, el día se volvió tan manso y lo cubrió una piel tan
     transparente, que por allí fue posible divisar a Onofre aferrándose al
     soberbio pedestal con incrustaciones de nácar, que por tanto tiempo lo
     había venido encumbrando. Pero fue inútil: de un plumazo lo barrieron de
     ahí, y el pedestal se desmoronó con él, arrastrando por los suelos su
     prolongada y maldiciente agonía.
          Entre la polvareda que impedía ver más allá de unos cuantos metros
     pretendió aferrarse a sus ganancias, pero fue igualmente inútil, dado que
     las muy traicioneras, aprovechando la promiscuidad y el desorden, no
     tardaron en sucumbir a las libidinosas succiones del vendaval, y juntos
     huyeron en busca de nuevos horizontes donde asegurar sus pariciones
     futuras.
          Entonces Onofre quedó allí, con esa aridez en la boca de tanto moler
     su impotencia, el instinto vanamente al acecho y los ojos como entumecidos
     por la horripilante visión de su propia ruina.
          No, ni él mismo podía reconocerse en aquella figura de repente
     envejecida, que giraba sobre un desastre tras otro, agachando de tal modo
     la cabeza, que se diría iba midiendo la magnitud de sus incontables
     pérdidas. De la solidez de aquellas empresas con sus rimbombantes sistemas
     de previsión para contrarrestar los siniestros, apenas si quedaba el
     bulto. Sin paredes ni puertas algunas, otras con los techos de tal suerte
     arrancados, que dejaban los túneles de la evasión y las tripas de las
     componendas a la vista de cualquiera.
          Era una triste experiencia verse las propias arterias desgañitándose
     por el monumental esfuerzo de transportar el fardo de su propia muerte. O
     contemplarse rodeado de una tambaleante constelación de velas y pedigüeñas
     letanías reclamando por la salud sempiterna de su alma, debiendo soportar,
     por un lado, la abrasante dictadura del cajón, que lo hacía sentir como en
     el mero internado de un infierno. Y por el otro, la minuciosa revisión de
     que era objeto por parte de hombres y mujeres que se iban inclinando sobre
     él con algún luctuoso comentario, o simplemente para observar qué
     encontraban por ahí mal puesto.
          Filas y filas de curiosos cuyas miradas él iría devolviendo a través
     de ese cristal que le dejan al finado con el fin de averiguar cuáles de
     sus muchos conocidos, que se habían deslomado por honrarlo en vida,
     cometían la suprema ingratitud de no asistir a su muerte.
          Para de inmediato, una vez resucitado de entre toda esa manga de
     atorrantes, pasar a encabezar la llorosa comitiva de su entierro, llorando
     por contagio él también al comprobar que de su pasada grandeza la mitad
     eran destrozos y se hallaban diseminados en un espacio tan vasto, que
     después de haber doblado la primera lejanía, continuaban proyectándose
     hacia otra más lejana.
          Y de la mitad restante sólo Dios tendría noticias. Aunque lo más
     probable es que ya estuviese retoñando en el remozado pectoral del sucesor
     más inmediato. Y si alguien hubiera querido saber de sus prebendas, sus
     privilegios, sus comisiones, sus tanto por ciento, con el desengaño de sus
     bolsillos él le respondería que eso fue antes. Un mundo antes. La vida
     anterior.
          Ahora irse era lo más prudente. Arremangarse los pantalones para
     correr a todo lo que le daban las piernas y… desaparecer por algún tiempo.
     Hasta que se calmaran los ánimos y las cosas retornaran a su cauce
     habitual. Mañana ya vería cómo recomponer sus fragmentos. Hoy era inútil
     lamentarse por lo que el viento se llevó.



     ***



          En cambio, esta vez la suerte se volcó a favor de Recaredo, por la
     sencilla razón de que un pariente suyo había actuado como inductor,
     promotor y comandante en jefe de la reciente sublevación telúrica. Para
     ser más precisos: ambos eran yernos de la misma suegra, de modo que el
     ventarrón aquel, de cuyos despojos no acababa aún de reponerse Onofre,
     tuvo la virtud de despojar a Recaredo también, pero de todo resto de
     timidez.
          Al punto de que quienes lo conocían desde aquel oscuro anonimato en
     que parecía estar envuelto, se asombraban de cuánto y con cuánta rapidez
     había crecido bajo la influencia del tornado. Es como si en lugar de
     destruirlo, decían, lo hubiera parido de nuevo, y al revés de lo que era:
     más afirmado en su personalidad, más creativo con las mujeres, luciendo
     una voz que adquirió de pronto una decidida entonación de superioridad
     sobre todas las demás voces. Y una manera tan categórica de conducirse, de
     caminar y hasta de comer, que ni por un instante nadie dudó que la
     restaurada versión de Recaredo Flores llegaría sin inconveniente alguno a
     donde se había propuesto.
          En una palabra, se volvió mandón y prepotente, y alrededor de su
     persona fue tejiéndose un impenetrable abejeo de secretarios,
     guardaespaldas y adulones siempre listos a inclinarse hasta donde se les
     inclinaran los huesos, con tal de conseguir aunque más no fuera la última
     de las migajas que sus espléndidos favores dejaban caer al suelo.
          Pero sobre todo, gracias a los felices resultados de una cirugía
     ocular, pudo ver lo que su miopía de antes sólo le había permitido
     entrever. Con absoluta claridad vio que se le estaba presentando en
     bandeja la ocasión anhelada durante quién sabe cuántos insomnios, de
     vengar cada una de las múltiples afrentas que le hiciera padecer Onofre a
     lo largo de los años.
          Con pasmosa frialdad empezó por ubicar aquellos puntos comerciales
     donde la sensibilidad de Onofre cobraba la impresión de estar bordada al
     realce, y tras una rápida clausura del método senil de las reparticiones
     gemelas, dispuso una nueva división de las ganancias, loteándolas como si
     fueran galletitas y llevando las cosas a tal extremo, que Onofre se vio
     prácticamente forzado a aceptar la parte más pequeña. Que fue haciéndose
     más y más pequeña hasta reducirse casi a cero. Entonces se la compró a
     precio de liquidación, gesto que, a pesar de todo, sometía a Onofre a un
     endeudamiento de por vida con respecto a Recaredo, ya que éste podía
     habérsela comprado al precio de lo que era en realidad: chatarra pura.
          Y aquello no fue sino el principio. Su próxima venganza sería
     perpetrada desde su flamante puesto de Director de los Servicios
     Sanitarios y de Fumigación Estatal, creado especialmente para él por
     resolución del Poder Ejecutivo. Cargo que dada la inestabilidad en que
     toda transición por lo general se halla inmersa, venía desempeñando con
     mano ágil y la patriótica satisfacción de haber sido él quien concibiera y
     dirigiera en persona la estrategia terapéutica de sanear la ciudad.
          Esa noble madrina de tantas ciudades ahijadas, a la que treinta años
     de inmundicias habían dejado convertida en un inmenso basural, según
     rezaba el recalcitrante fragmento de un discurso pronunciado por él mismo
     (aunque redactado por un tío que cobraba por reglón) el día Mundial de la
     Salud, ante los saneados representantes del Honorable Congreso.
          Un doble acordonamiento del espacio que ocupaban las otras empresas
     de Onofre, decidió como primera medida, porque, tal como lo señalara por
     cuanto medio de difusión se le puso a tiro, eran los puntos cardinales
     donde se iniciaba la misma corrupción que él pretendía erradicar.
          En consecuencia, ordenó lo que se ordena en esos casos: su inmediata
     cuarentena, de modo que nadie pudiera trasponer sus límites, ni por un
     lado ni por el otro, hasta tanto se ubicara la manzana descompuesta.
          Así fue como Onofre perdió tres de sus más florecientes empresas, y
     habría seguido perdiéndolas todas si no hubiera resuelto acceder a las
     exigencias de ese hijo de una gran floresta que lo floreció, en el sentido
     de compartir con él todas sus ganancias sin excepción, incluyendo las de
     aquellos negociados con los cuales Recaredo nada tenía que ver. A su buen
     criterio dejaba librada la elección: o le aceptaba sin chistar la oferta,
     o los cordones sanitarios continuarían manteniendo su impertérrito
bloqueo.
          Y cuando Onofre se presentó a su despacho para reclamarle lo que él
     consideraba un brutal ataque a quemarropa, Recaredo lo atendió de pie, sin
     siquiera invitarlo a entrar, y sólo el tiempo necesario para expresarle
     sus más sentidas condolencias, ya que por orden superior el caso debía
     darse por terminado.
          No te queda otra salida que admitirlo y sin andar levantando
     polvareda, le dijo en el tono arrogante del que se sabe con el timón entre
     las manos. ¿No te enteraste, acaso, de que al nuevo jefe se le alergian
     las narices de sólo oír la palabra polvo? De manera, mi estimado, que lo
     más razonable será que el mismo camino que te trajo te vaya llevando de
     vuelta. Y ojalá no se te olvide el consejo, porque entonces tendría que
     volver a aconsejarte, pero ya empleando otro sistema.



     ***



          Trastornado por una rabia creciente, Onofre pasó el resto de la
     semana al borde del colapso, tratando de ahogar en alcohol las ruines
     palabras de Recaredo, las cuales, pese a haber alcanzado un punto de
     saturación etílica digna de los más consagrados beodos, prosiguieron
     taladrándole el cerebro con esa persecución sin respiro con que persiguen
     las sombras. Y si el corazón no le reventó en el pecho fue porque primero
     se le reventó aquella úlcera sangrante que casi lo llevó a la tumba.
          Ocurrió al promediar la tarde y mientras se hallaba en cumplimiento
     de la rutinaria aunque no menos tediosa disciplina de afeitarse, cuando su
     cara rebosando espuma fue arteramente desplazada del espejo por la imagen
     carcajeante de Recaredo.
          Debe ser un caso de alucinación alcohólica, trató de engañarse al
     principio, pero en seguida desechó tal cosa. Esta es mi oportunidad, dijo
     después para corregir lo antes dicho, de acabar con ese reptil inmundo,
     con el asqueroso gusano que una vez más volvía sin haberse ido.
          Nunca aquella garganta había estado tan cerca de su rencor, tan al
     filo de su navaja. Y ya estaba adelantándose para saborear mejor el tajo
     cuando lo percibió por primera vez. Era un dolor nítido y punzante, de
     tenaz acometida y, sin embargo, no sabía muy bien dónde ubicarlo puesto
     que se parecía a Dios: se hallaba en todas partes. Un solo Dios verdadero,
     memorizó a duras penas, con varias naturalezas distintas. Porque de
     pronto, ya no era ningún dolor sino aquella sensación quemante como de
     estar expulsando una hoguera.
          No sólo lo comido ayer y anteayer y hasta la famélica desnutrición
     que asoló su infancia iba arrojando con cada una de las puntuales arcadas,
     sino que al mismo tiempo sentía verificarse dentro de él una extraña
     transubstanciación del calor en frío. A un punto tal que la respiración,
     hasta hacía poco semejante al resollar de una caldera, se le helaba ahora
     en las narices, y aquello que se le endurecía en la piel con una
     constancia mortuoria era el sudor que, al ser bajado de cero, se le había
     vuelto escarcha.
          Mientras todo lo demás se iba como enmoheciendo, como permutándose en
     baldío. Incluso el rencor aquel que de tanto acumularse había adquirido la
     potestad de una montaña, hasta ese rencor empezó a perder soberanía y a
     desvanecerse sobre los residuos de sí mismo.
          Entonces, antes de que aquella especie de envoltura gris cegara la
     luz de su entendimiento, supo sin la menor duda que no se iría de esta
     vida mientras no fueran saldadas todas las cuentas pendientes.
          No sería fácil acomodar su venganza al minucioso trazado de un plan,
     pero ahí, sobre esa mullida somnolencia que lo iba ganando despacio, tuvo
     la fugaz convicción de que no habría nada imposible.
          Cuatro días con sus noches se estancaron en un solo día deformado y
     tenso, entre prolongadas crisis de niebla y breves contactos con una
     realidad extendiéndose a veces hasta los ojos policíacos de médicos y
     enfermeras, que lo mantenían bajo un control permanente. Y otras veces
     hasta una mujer que, cuando no lloraba, dejaba caer la viscosa letanía de
     que si sigues bebiendo de esa forma no durarás ni mes y medio.
          Era tan oficial su manera de llorar, tan traslúcida su condición de
     esposa dirigiendo hacia el consorte tenebrosas profecías, que hasta con
     luxación de memoria hubiera podido reconocer a la Sofía Bernal junto a
     quien, en virtud de una pública condena voluntariamente asumida al pie del
     altar, debía vivir engrillado por el resto de su vida.
          En cuanto a la mancha negra que se inmovilizaba a su izquierda, por
     el tamaño y la forma, parecía ser Lumina guardando luto cerrado. No desde
     luego por él, ni por su paseandera fama de mujer ligera, sino porque el
     balón de oxígeno le entorpecía la combinación de la única caja fuerte que
     había logrado sobrevivir a la masacre, ya que las otras siete habían sido
     saqueadas a cuatro manos por la dupla sinvergüenza de los «Santos» y las
     «Flores».
          Para poder acogerse a los beneficios del borrón y la cuenta nueva,
     debía deshacerse de ambos. Para aplacar los comentarios clínicos
     escurridos por debajo de la puerta de: perdió las vice-riendas del
     partido, perdió la mayoría de sus empresas, y dicen que está a punto de
     perder la vida, había que acelerar los trámites de la emboscada, discutir
     consigo mismo algunas fechas probables y encerrar entre corchetes el día
     señalado: el domingo tres de setiembre, una vez concluida la misa de once
     a la que acostumbraba asistir Recaredo, más por alarde social que para
     afirmarse en los viejos postulados de la fe católica.
          Tres de sus más calificados secuaces irrumpirían a la salida, y tras
     haberlo sujetado por las manos y la cintura, lo invitarían muy
     cordialmente a que por su bien guardara silencio y a hacer todo lo que se
     le ordenaba, porque aquello no era joda sino un asalto de los grandes.
     Mientras el cuarto hombre, apodado el Rengo, estaría a la espera de
     instrucciones con el motor del auto en marcha.
          Todo encajaba armoniosamente. Hasta las nubes de la hora cero,
     adhiriéndose al acto, permanecían fijas, sin trasponer la rectangular
     vigilancia de una ventana que, al abrirse, hacía entrar cataratas de aire
     nuevo en reemplazo del viciado, a la vez de alargar hasta su cama una
     doble hilera de cipreses y un menudo tajamar de cielo.
          Lo único que a Onofre se le escapó del engarce, quizá por alguna
     rendija que algún descuido suyo dejó sin controlar, fue que el quinto
     hombre, en lugar de actuar como campana, prefirió, por razones económicas,
     hacerlo como soplón.
          Y el propio Recaredo recibió el compungido mea culpa de todos, ya que
     con lujo de detalles y bajo lujosa tortura, todos confesaron que,
     efectivamente y a instancias del señor Quintreros, pensaban secuestrarlo,
     y cuando estuvieran bien lejos, de modo que la distancia adormeciera el
     reverbero de las balas, pensaban disparar contra él y dejarlo por allí
     tirado para que se lo disputaran los buitres, los cuervos y los…
          Y la frase quedó inconclusa, abruptamente quebrada por el telón que
     se precipitó sobre la escena, con un aletear de olores rancios y una
     ligera ráfaga de sueño, que de nuevo lo invitó a seguir soñando.



     ***



          Nada de excesos, le advirtió el doctor Paredes el día que le dio de
     alta, y que bien mirado tendría que haber sido de baja, a juzgar por la
     lista impresionante de «nadas» que por nada del mundo Onofre debía
     transgredir. Al menos si se recogía cada noche con la secreta aspiración
     de amanecer al día siguiente.
          Y, desde luego, nada de alcohol.
          ¿Eso significa absolutamente nada, doctor? ¿Ni siquiera alguna gota
     de vez en vez para despabilar al ser abúlico que cada cual lleva consigo?
          Ni siquiera eso, ya que un trago invita al otro y el siguiente a la
     botella y de ahí en más es cuando empieza a redactarse la invitación para
     el sepelio.
          Estoy viendo que pretendes chantajearme con el asunto del sepelio…
          Estás viendo mal y pronto verás peor. Por eso, ahora que aún sabes
     oírme, y aunque te parezca una lata, debes gravarte bien gravado que nunca
     más ni el olor del cigarrillo, las salsas o los picantes. Nada de abusar
     del sexo y, por sobre todo, nada de preocupaciones, porque si esta vez la
     muerte te pasó rozando el travesaño, quién te asegura que habrá una
     próxima para poder rememorar la historia. Y aunque me digas que con tanta
     restricción te estoy saboteando el aire y mutilando el cuerpo, esta
     experiencia que he reunido a lo largo de los años es la que me obliga a
     repetirte que cualquier mutilación es preferible a ser cadáver, ¿me
     entiendes? De manera que vete en paz y no te extralimites más. Que era lo
     mismo que echarle los Santos Óleos, junto a algo que sonaba como el
     formolizado lamento del clarinete final: a partir de hoy te estará vedado
     respirar en vivo y en directo y tendrás que conformarte con hacerlo en
     diferido.
          Pero él no era hombre de retirarse, en plena eclosión primaveral, a
     esa soledad que otoñalmente se injerta en los cuarteles de invierno. Ni
     había vencido a la adversidad en el Gran Combate que libró su existencia
     desde el vamos, para venir a amedrentarse ahora con rencillas secundarias.
          Al mal tiempo buen semblante, aconsejaba el refrán con su experiencia
     de siglos, y en lo que a política se refiere, fue eso precisamente lo que
     Onofre resolvió hacer: corregir el sentido a contrapelo en que marchaban
     sus pasos, adecuándolos con algunos pocos ajustes al riel mayoritario.
          Y tanta modorra trasmitía aquel untuoso deslizarse a favor de la
     corriente, que llegó al extremo de olvidar las sucesivas hincadas al rojo
     con que venía hostigándolo Flores: este es mi espacio, compañero, y como
     puedes comprobarlo, es un espacio pequeño donde en modo alguno caben dos.
     No incurras en el delito de atentar contra la propiedad privada, ni
     cometas la valentía de acercarte demasiado al puma, que sólo en fracción
     de segundos podrá diezmarte el rebaño.
          Insensible sin embargo a sus amenazas, y lo que todavía era peor:
     desafiándolas, Onofre seguía abriéndose camino entre toda clase de
     obstáculos, eludiendo por un lado las zancadillas enemigas, que eran
     muchas y de hechuras muy variadas, y por el otro las zancadillas
     partidarias, de cuyas feroces caídas podía dar testimonio una hilera
     infinita de hombres metidos en yesos muy blancos y negros silencios.
          Con tal prisa y tanto misterioso ajetreo estaba intentando
     reconstruir su paraíso perdido, que más de un avispado se atrevió a
     afirmar que la repentina desaparición de aquellas manchas que tan
     ostensiblemente revelaban su enlodamiento anterior, se debía a que las
     mismas sucumbieron bajo la limpieza en seco de una sigilosa tintorería.
          Y se lo volvió a ver en las audiencias, en las fiestas de tal o cual
     aniversario, decidido a acortar el tranco a su rehabilitación honorable.
     No solamente rezando en el transfigurado altar, y siéndole fiel a la
     interminable fila de renovados santos, sino con grandes comilonas a
     mandíbulas batientes, donde asistían los más conspicuos ejemplares del
     buen comer civil y uniformado.
          Y algo que valía más que todos los novenarios juntos: se pasaba los
     fines de semana practicando paddle con el Deportista Máximo. Lo que a
     partir del lunes amanecía funcionando con la magia de un conjuro ante el
     cual se doblegaban los más enhiestos espíritus y las naturalezas más
     bragadas.
          Hasta que un mal día, Recaredo cayó en la cuenta de que a medida que
     Onofre se afirmaba en la determinación de volver a ser lo que había sido,
     él existía cada vez menos. A medida que Onofre atraía la atención del
     mundo ostentando una altivez reverdecida, él se tornaba transparente;
     volvía a reasumir sus funciones de mediocre sin arreglo. Y ese era un
     precio por demás costoso que de ninguna manera estaba dispuesto a pagar.
          Al fin y al cabo, era él quien se había jugado a fondo cuando hubo
     que jugarse, en tanto que Onofre se mantuvo a la expectativa, atisbando
     primero a un lado, después al otro, y finalmente hacia cuál temperatura se
     curvaba el termostato, para entonces proceder en consecuencia.
          En aquella ocasión Onofre desapareció cuando tuvo que haber gritado
     ¡presente!, y he aquí que de pronto aparecía sólo para avivar en Recaredo
     esas ansias cada vez más apremiantes de hacerlo desaparecer del todo.
          Aunque lo hubiera querido no habría podido negarlo: por años había
     deseado la eliminación de Onofre, pero nunca con aquella efervescencia.
     Ponía a sus insomnios por testigos de cuánto y con cuánta intensidad la
     venía cultivando. Se la había prefigurado incluso, hasta en sus últimos
     detalles, dándole mil formas distintas, las más horribles, las más
     tenebrosas, que acababan siempre por ser nada frente al descomunal tamaño
     que había llegado a adoptar su odio.
          Infinidad de ocasos y amaneceres, multitud de hechos se habían
     aglutinado entre los pliegues sucesivos de aquel entonces y ahora pero,
     sobre todo, había acontecido Esa Muerte y seguiría aconteciendo tantas
     veces cuanto más rencor y más alivio y más liberación él fuera extrayendo
     de ella.
          Era preciso sin embargo, no perder el equilibrio en medio de aquel
     borrascoso mar de averiguaciones donde, con hábiles argucias, el comisario
     Reinaldi pretendía naufragarlo, cuidando muy bien de ocultar tras la
     careta indicada aquellos golpes de felicidad que le encarnaban el rostro,
     cada vez que le tocaba responder sobre la vida del occiso, sus
     preferencias, sus gustos y los posibles disgustos que hubieran podido
     afectarlo en un lapso retrospectivo de tres meses más o menos, porque esas
     benditas preguntas no hacían otra cosa que convalidar de manera
     irrevocable la veracidad de su muerte.
          Y a la par de recibir las respuestas, el comisario Reinaldi las
     sometía a un riguroso análisis, las auscultaba, las revisaba del revés y
     del derecho, las husmeaba en pos de alguna evidencia o de esas típicas
     contradicciones que terminan dándole un giro inesperado a la dirección del
     proceso.
          Descubrir la verdad era su meta, y la buscaba con un frenesí apenas
     comparable al homérico esfuerzo que estaba realizando Flores por
     mantenerlo bien alejado de ella.
          Por lo tanto, se lo vuelvo a repetir, señor comisario, eran marcadas
     las diferencias entre el finado y un servidor, lo cual no es motivo
     suficiente para dejarlo en ese estado lamentable. En mi modesta opinión,
     detrás de todo esto hay una amplia confabulación política, o tal vez algún
     ajuste de cuentas, considerando que su fortuna fue haciéndose a punta de
     negocios sucios, y una evidente complicidad con personajes tan oscuros
     como poderosos, de cuyos nombres lo mejor era olvidarse.
          Y aquí lo que decía sufrió un ligero desperfecto, una especie de
     afonía en que la voz se le fue como marchitando, como echándosele a perder
     garganta abajo.
          Es el asma, musitó a duras penas. Esta maldita asma que me ataca
     siempre en los lugares cerrados.
          Durante algunos segundos pareció vacilar ante la copita de caña que
     le estaba ofreciendo el comisario, como el remedio más santo, a su juicio,
     para destrancar todo aquello que estuviese en relación directa o con las
     vías respiratorias o con cualquier otra cañería.
          No gracias, iba a decirle: nunca bebo alcohol entre semana, pero la
     aceptó agradecido, porque acaso fuera precisamente esa la clase de ayuda
     que necesitaba para salirse del enredo.
          Después se levantó sin prisa, abotonándose el chaleco que siempre se
     soltaba para que la emancipación de sus pulmones fuera completa.
          Creo haberle proporcionado suficiente material de donde podrá sacar
     usted sus propias conclusiones, le fue dictando el alcohol a modo de
     despedida. Y ahora, si me lo permite, tengo que retirarme, pero antes ya
     lo sabe: para cualquier otra información me pongo a sus gratas órdenes.
          No, ningún asesino se pondría a caminar con esa placidez vacuna y así
     de erguido, pensó el comisario viéndolo alejarse por un pasillo que
     empezaba siendo de muy angostas pretensiones, e imprevistamente se
     ensanchaba luego.
          Pero lo que entonces no supo, ni habría de saberlo nunca es que aquel
     modo de andar fundamentaba su prestancia sobre un aplomo absolutamente
     mentido, porque la única verdad pasaba por el hecho de que Recaredo
     Anodino Flores sólo recuperó el aliento cuando estuvo fuera.



     ***



          Se armó un ligero barullo a continuación porque ahí estaba nada más y
     nada menos que la flamante viuda, Sofía Bernal de Quintreros, dentro de
     una dignidad severamente enlutada: negro el trajecito de dos piezas,
     negros los zapatos, negra la cartera, renegrido el peinado, y llorando a
     lágrima viva todas las infidelidades que le adornaban la testa, y de las
     que prefiero no hablar, señor comisario, al menos por el momento.
          Después, de acuerdo con la discreción que le habían inculcado desde
     niña, se interrumpió bruscamente, enterrando la cara entre los vapores
     gálicos de un menudo pañuelito, no para reanudar el llanto, como lo
     supusieron todos, sino para sofocar en privado su primer grito de
     independencia.
          Ya que entre las tantas vueltas y revueltas conyugales, había reinado
     de todo, salvo unión e igualdad. Y si ahora lloraba y se cubría de negro
     lo hacía por ella misma, por haber arruinado sus mejores años junto a un
     hombre que la engañó hasta muy pocas horas antes de su muerte. Como la
     había engañado a todo lo ancho de aquel siniestro paredón contra el cual
     ella vio morir desangrados, uno a uno, los instantes de aquellos dieciocho
     años largos que duró su matrimonio.
          Un hombre que apareció en escena cuando a Sofía se le había agotado
     el cupo de pretendientes, y todo hacía pensar que sólo algún milagro
     podría salvarla del resbalón cada vez más presuroso hacia una ineluctable
     soltería.
          De modo que el amor fue para ella una conmoción instantánea, un
     flechazo a primera vista, no previsto sin embargo en el programa. Y desde
     aquel día en que él se presentó con una ampulosa reverencia y aquella voz
     pegadiza diciendo algo que, tal vez por ser tan tonto, ella hubiera
     querido alargar indefinidamente:
          Soy apenas un esclavo cuyo único deseo es postrarse a los pies de
     vuestra señoría.
          Desde entonces ella se convirtió en su acompañante incondicional, sin
     importarle los comentarios adversos que corrían sobre su persona, ni
     preguntarse por qué en lo tocante al ayer y a otros temas vecinos, él
     parecía estar como a la defensiva, como no dejando ni el menor resquicio
     para que nadie intentara al respecto ninguna aproximación.
          Mi pasado no va más allá de donde va mi nombre, repetía
     constantemente, ni de la circunstancia de ser uno más de los tantos
     Huerfanitos que habitan el universo.
          Pero si era en realidad lo que decía, debía serlo de una orfandad
     absoluta, puesto que nunca se le conoció pariente alguno, ni se supo de
     nadie que pudiera dar sobre su origen una noticia cierta. Y esto se
     transformó con el tiempo en casi un dogma de fe, en el que había de
     creerse sin escarbar demasiado.
          No te das cuenta de que su interés no apunta hacia tu persona sino
     hacia tu dinero y el lugar privilegiado que ocupas en la sociedad, le
     advertía en vano su familia, cada uno de cuyos rancios exponentes se había
     pasado la vida proclamando el orgullo de su estirpe, y no iban a permitir,
     desde luego, que un Juan de los Palotes sin filiación conocida se
     presentara con el supino atrevimiento de quererles aguachar la crema. Y
     como era de esperarse, recorrieron cuanto argumento hallaron a mano para
     convencerla: que ese nombre tan agreste no llegaba sino a provocar la risa
     generalizada, que no tenía pedigree y jamás lograría tenerlo, porque todo
     en él era falso, todo sonaba a postizo, y un monumento a la ordinariez
     resultaba esa manera suya de comer izando el dedo meñique; que no tenía
     roce ni finezas y ninguna posibilidad de adquirirlos en ofertas ni
     remates, porque ciertas cosas, o ya se vienen mamadas o lo mejor es que no
     vengan; y hasta en el lenguaje que usaba se podía constatar aquel barro de
     segunda con que le habían dado molde. Y si al final su espíritu no era el
     de un pobre vergonzante, poco le estaría faltando.
          Sin embargo, y contraviniendo toda lógica, al sumarse aquel tendal de
     imperfecciones sucedía que la carencia final era también afortunada. Y por
     más méritos que le restaran, y más defectos que le añadieran, algo de él
     había llegado sin lugar a dudas a donde debía, porque desde las mujeres
     más ilustres (que por lo general se cotizaban en relación inversa a la
     polarización del día), hasta las venidas a menos, se disputaban la gloria
     de estrenar algún pecado con él.
          Aunque por el momento, exclamaba con esa ironía tan suya que parecía
     tener pegada a la lengua, me encuentro en exclusividad reservado para lo
     que mande su señoría Bernal, a quien, atendiendo a la media semana que
     tenemos de conocernos, le concedo una semana completa con todos los
     minutos y segundos que en su interior tengan cabida, como plazo no
     prorrogable para pensar en mi propuesta formal de un matrimonio monógamo,
     que sólo habrá de extenderse hasta que el aburrimiento lo disuelva.
          ¡Por favor, no bromees!, le rogó entonces ella, deseando con todo el
     virginal empuje de sus níveos veintinueve años que no fuera una broma, que
     por Dios no lo fuera. Y él le devolvió el aliento al decirle que nunca en
     su vida había hablado más seriamente, y que en lugar de tanta lata se
     pusiera de una vez a cursar el petitorio, porque el plazo ya corría y con
     el plazo iba corriendo la semana.
          Todo anduvo sin tropiezos durante los dos meses que duró el viaje de
     bodas, al cabo de los cuales, aquel cielo al parecer tan diáfano empezó a
     mostrar los primeros signos de turbulencia. Pequeños nubarrones aislados,
     los retorcimientos rojizos de alguno que otro relámpago, que no dejaban
     entrever todavía lo que más adelante iba a ser el verdadero mal tiempo.
          Entonces, con la secreta esperanza de que las cosas volvieran a su
     primera armonía, ella trató de refinarlo, de limar sus asperezas. Quiso
     despistar a la realidad idealizándolo, atribuyéndole valores que sólo
     respiraban por el pulmotor de sus mentiras. Luchó, en una palabra, por
     elevarlo a su nivel, pero muy pronto se dio cuenta de que sus propósitos
     eran tan inútiles como cándidos por una simple razón, que había sido
     también la divisa familiar por excelencia: el que nace bastardo, muere
     expulsando el alma como cualquier otro cristiano, pero nunca la abyección
     de haber sido un bastardo.
          Nadie se imaginaría cuánto le hubiera gustado que, en lugar de
     responder a este aluvión de preguntas con las cuales, en opinión del
     comisario, quedarían definitivamente alumbradas las muchas oscuridades
     cernidas en torno del Onofre muerto, alguien, alguno, acaso el mismísimo
     Reinaldi, le dijera al mirar retrospectivamente, dónde estaban las tantas
     y tan conversadas exclusividades del Onofre vivo. Dónde sus célebres
     artificios en virtud de cuya magia las mujeres se sentían transportadas
     hasta la otra orilla del éxtasis. Dónde sus filtros de amor haciendo que
     una noche abarcara muchas noches. Dónde esas manos especialmente diseñadas
     para prodigar caricias, cuando ante ella se mostraba como alguien
     inseguro, adoptando para todo una posición intermedia de bandera a media
     asta, y tan hondamente marcado por aquel terror a la oscuridad y a cuanto
     se relacionara con ella, que incluso para esos menesteres que por su misma
     intimidad requieren un silencio y una concentración especiales, él
     ordenaba que estuvieran todas, pero absolutamente todas las luces
     encendidas.
          Un hombre, en resumidas cuentas, cuya única actividad consistía en
     andar corriendo tras el dinero fácil y el placer barato y, por
     consiguiente, nunca había hecho nada que mereciera destacarse, ni siquiera
     un hijo.
          Y así como antes ella había burlado la vigilancia familiar
     reuniéndose con él a escondidas, ahora se sumergió de lleno en cuanta obra
     de beneficencia encontró a su paso, ejecutando esa tarea con una
     dedicación casi demente, para que ningún espejo fuera a copiarla como lo
     que había llegado a ser en realidad: el ornamento social de un hombre que
     sólo aparecía en la casa para mudarse de ropa.
          Organizaba fiestas, tómbolas, kermeses. Hacía y deshacía comisiones.
     Robaba horas a las horas, al sueño, a las comidas, para no enfrentarse a
     la magnitud de su propio engaño, ese que con infinitos riegos y con mimos
     y fertilizantes, ella misma había ayudado a criar.



     ***



          Era increíble, pero otra vez, al cabo de tanto vivir con mordaza, de
     tanta ilusión fallida, la asaltaban unas ganas irreprimibles de cantar, y
     lo hubiera hecho sin dudas, de no haber sido porque el comisario Reinaldi
     le estaba pidiendo el favor de serenarse, señora, comprendo que su
     desgracia ha sido horrible, pero como le vengo diciendo desde que comenzó
     la audiencia, sólo si deja de llorar y de reír al mismo tiempo, y me
     concede un poco de su atención, podré dar inicio al interrogatorio, que
     dicho sea de paso, ya lleva una interrupción de por lo menos dos horas…
          Estoy lista, le replicó ella, y volvió a cantar en secreto ante la
     pregunta que acababa de formularle el comisario, a propósito de si ella le
     conocía enemigos a su difunto esposo, que Jehová lo amarre a su santa
     gloria. Y mientras su cabeza se movía negativamente, su pensamiento lo
     hizo de norte a sur: no le quepa a usted ni la menor duda. Todos los
     hombres eran sus enemigos y todas las mujeres sus queridas.
          Así fue siempre y lo hubiera seguido siendo de no haber pasado lo que
     a Dios gracias finalmente pasó. Ya que desde que Sofía tenía memoria
     Onofre había militado en filas de la superstición machista, la cual
     sintetiza su doctrina en que el varón mejor dotado y con más rating de
     cama es fundamentalmente reconocido por el número de sus amantes,
     desmintiendo de esa forma la patraña feminista según la cual la mantenida
     regula la cantidad y calidad de sus caricias en relación directa al poder
     adquisitivo del mortal que la mantiene, y no con el poder de su libido,
     como al pobre credulario se lo daban a tragar.
          Sea como fuere, lo cierto es que hasta un no vidente hubiera podido
     advertir que Onofre andaba en asuntos extramatrimoniales, los cuales
     fueron subiendo de tono, y con Lumina Santos no sólo superaron sus propias
     obscenidades, sino que llegaron a alcanzar su punto más esplendente.
          Esa perdida estaba en el sudor de su ropa, en su respiración
     anhelante, en aquellos hiatos mentales que lo dejaban largo rato como en
     trance de Mongolia. Sin hablar de las múltiples contradicciones
     confirmando otras tantas evidencias que últimamente él ni siquiera se
     preocupaba en borrar.
          Pese a todo, Sofía continuó haciéndose la desentendida, sabiendo por
     un lado que debía esperar, aunque por el otro no tuviera ni la menor idea
     de lo que en realidad estaba esperando. Alguna ocasión propicia, tal vez.
          Entonces, como llovida del cielo, ocurrió, cuando buscaba en la guía
     telefónica algún insecticida que salvara a sus helechos de morir
     aniquilados por un hongo asesino, y así, de pura casualidad, sus ojos
     tropezaron con un aviso que pedía a gritos ser leído:
          ¡Interesante para quien precise un detective!
          Y luego:
          Si desea una investigación prolija, rápida y discreta, recurra a los
     servicios de Wenceslao Mendieta.
          Su impulso inmediato fue acudir prestamente a la dirección indicada,
     quizá por aquella especie de connubio celestial que ella creyó percibir
     entre su actual desdicha y aquel anuncio que, justamente por ser tan
     fortuito, no podía provenir de nadie que no hubiera sido agraciado con el
     soplo vivificante del fluido pentecostal.
          Sin embargo, tres días con sus noches permaneció indecisa, oscilando
     entre la creciente ansiedad que la incitaba a ir y la decreciente dignidad
     que le aconsejaba no ir. Hasta que al final, luego de haber arrojado la
     dignidad para donde le estorbara menos, pudo acceder a una verdad sin
     pinturitas ni ninguna parralera en hojas, gracias al relato pormenorizado
     del detective Mendieta, quien logró el prodigio de calzar en el reducido
     estante de apenas tres entrevistas, todos los entremeses de un adulterio
     que llevaba casi un año de goce ininterrumpido.
          De un solo disparo que la mató dos veces, Sofía supo de la compra del
     departamento. Supo que el desvelado vecindario se vio urgido a elevar ante
     las autoridades comunales una formal protesta, redactada por el
     representante barrial más ilustrado, cuya encendida pasión por la política
     y las enrevesadas maneras de cometer poesía era conocida de todos,
     denunciando muy enérgica y textualmente aquellos alaridos in fraganti que
     provenían de sus aquelarres amorosos y prohijaban ecos por bandadas y por
     los rincones encariñándose de tal suerte que de infantes consumían las
     etapas y a volverse alaridos nuevamente picoteando los oídos trasnochados
     con rechifla mundial de gol en contra.
          Esto lo escuchó Sofía sin haber entendido ni papa. Aunque tal vez
     fuera mejor así. Al fin y al cabo, lo que hubo de saber bien sabido que lo
     supo y, sobre todo, permitió que el detective supiera que ella no podría
     aguardar por más tiempo, y por razones de edad lógicamente, que la
     justicia divina acelerara la burocracia pertinente y de una vez
     intercediera en favor de su desdicha. Motivo por el cual estaba pensando
     procurarse una solución más acorde con la justicia ordinaria, cuyo
     atortugamiento sería siempre más rápido que someterse sin condiciones a lo
     que Dios quisiera, agradeciéndole de paso y desde el fondo de sus
     tinieblas, cualquier orientación al respecto.
          Para el sagaz Mendieta, cazar la metáfora e interpretarla al vuelo,
     fue todo uno, manifestándole en contrapartida, que con un trabajo breve y
     pulcro y el pago por adelantado de una suma que jamás excedería la suma de
     sus quebrantos, la causa de estos últimos sería borrada no sólo de su
     existencia, sino de la tozudez de aquellos recuerdos que se empeñaran en
     recordarla.
          Es lo menos que se merece una mujer consagrada en cuerpo y alma al
     servicio de los oprimidos, le expresó con voz palpitante, asegurándole,
     además, que la operación sería muy simple: todo consistía en apostarse
     frente al edificio gris de departamentos, dejando que los hechos se
     cumplieran al compás del tereré, la radio portátil, los cigarrillos, y
     cuantas cosas de comer él juzgase necesarias para resistir con decoro el
     suplicio fascinante de los malos pensamientos, a propósito de las más
     exóticas posiciones adoptadas en tal o cual momento por los laboriosos
     amantes, quienes a escasísimos cien metros se estarían divirtiendo de lo
     lindo. En cambio él, sin poder asumir otra posición que no fuera la de
     acatar estrictamente el cronograma, de modo que la nave consiguiera
     sortear sin mayores contratiempos las distintas obstrucciones tan
     frecuentes en periplos de esa índole.
          Por un mismo precio le estaba ofreciendo dos cosas a la angelical
     señora: un remedio para su desventura y la oportunidad de exterminar esa
     maraña impenetrable que le negaba a su destino la esperanza del más mínimo
     horizonte.
          Fue entonces cuando a Sofía le empezaron aquellas ganas homicidas de
     gritar una y mil y un millón de veces que sí, detective Mendieta, que
     acabara de una vez por todas con la raíz de sus quebrantos, que se la
     extirpara sin anestesia y la arrojara bien lejos, para cualquier lejanía.
     Pero no se atrevió a admitirlo por fuera. Por fuera dijo simplemente que
     lo pensaría, que nada definitivo podía responderle ahora, por hallarse aún
     muy confundida, aún bajo los efectos del shock.
          Y se despidió alargándole una mano cuyo temblor fue retenido entre
     las manos del detective Mendieta todo el despacioso rato que a éste le
     hizo falta para susurrar: desde ahora estaré aguardando su respuesta.
          Pero apenas traspuso la oficina, Sofía tomó dos decisiones que debían
     ejecutarse de manera simultánea: dejar al detective Mendieta la entera
     responsabilidad de restañar sus heridas, y nunca, jamás volver a manchar
     su apellido con la despreciable cercanía del agregado: «de Quintreros».



     ***



          Por eso, cuando se escuchó llamar de ese modo, tuvo que recurrir a
     todo aquel magnífico desdén con que su familia desdeñaba al mundo, para
     esconder allí su repentina turbación. No sería justo que las cosas se
     echaran a perder cuando estaban a punto de…
          Relájate. Respira a fondo. Tranquila. Ya nadie podrá lastimarte
     ahora, Sofía, y por fortuna, al insistente Reinaldi parecen habérsele
     agotado no sólo las preguntas, sino el tiempo que lo apremia desde el
     rectangular encierro de su reloj a cuarzo. Porque se está levantando
     ahora, y a medida que lo hace, recupera cuanto es suyo esa cara que por un
     lapso incalculable no fue sino una masa etérea donde tú, ex señora de
     Quintreros, dejaste puestos los ojos, pero sin ver nada como ven los
     ciegos. Mientras con esos ojos que posee el pensamiento detrás de los que
     tú dejaste puestos, huiste para razonar más allá de este ahora, de esta
     oficina policial ahogada en humo, de este techo vigilando a su eterno
     contrincante que es el piso, de estas cuatro paredes que se dieron a la
     fuga llevándose consigo sus tonalidades chillonas, sus retratos oficiales,
     sus tenaces rajaduras, que a lento paso de insecto se esfumaron por el
     amplio ventanal blandamente recostado contra un atardecer color sepia.
          ¿Cuánto duró aquella huida? Todos los recuerdos que tardó el tiempo
     del uniforme caqui en retornar al dueño, y las palabras en recuperar su
     sentido, y en llamarse otra vez Reinaldi este humilde servidor de la
     justicia, que a pesar de estar tan cerca, sintoniza su decir allá a lo
     lejos: volviendo al malestar que la aquejó hace un rato, mi distinguida
     señora, casi podría afirmar que el mismo fue debido a lo que en medicina
     se nombra como hipoglucemia emotiva. Yo conozco algo de eso y le aseguro
     que todo se soluciona tomando un vaso de agua con tres cucharadas de
     azúcar. En cuanto a lo otro, no se preocupe, que aunque de momento me vea
     obligado a operar en el vacío, tarde o temprano prenderemos al culpable,
     así se esconda en el fin del mundo, ya que en los años que llevo de vestir
     este uniforme, nunca la verdad ha dejado de imponerse.
          ¿A cuál verdad se estaría refiriendo el comisario?, dado que entre la
     verdad militar y la civil parece haber la misma enemistad de las imágenes
     proyectadas por antagónicos espejos. Por no rebajarlas hasta don perro y
     don gato con diferentes sistemas de atacar el mismo hueso.
          En cualquiera de los casos, siempre será un detalle nimio que en nada
     alteraría la situación, ni afectaría tus previsiones, pues la única verdad
     que se te impone ahora es que tú te has salvado, mientras que Onofre está
     muerto. Aunque parcialmente salvada. Cuando el comisario te acompañe hasta
     la puerta y la traspongas para aspirar a todo pulmón la plenitud del
     cielo, sólo entonces entenderás que superaste otra barrera. Apenas te
     faltan dos metros de disimulo. Sólo tu más compungida ficción de viuda
     reciente para volverle a dar las gracias, comisario, cuando él por cuarta
     o quinta vez te reitere su pesar por algo que para ti hace un siglo ha
     dejado de tener peso. O mejor: por algo que te ha sacado un enorme peso de
     encima, obrando el milagro de hacerte sentir suelta, trashumante,
     migratoria, con unas ganas locamente irreprimibles de asirte a lo primero
     azul que encontrases vivo. Que se iría haciendo más vivo y más azul a
     medida que el azul de Onofre se fuera como ennegreciendo, hasta el extremo
     de dejarlo aún más acabado que aquella vez en la morgue cuando tuviste que
     reconocerlo y decir por triplicado que era él ese rostro sin facciones,
     esos ojos en menguante, esas dos cuevas nasales. Que al pie de tanto
     naufragio, era él la desesperación de aquel anillo tratando de encontrar
     alguna piel sobreviviente con la cual poder salvarse. Que seguía siendo él
     aquel horrible bostezo de aquella boca perpleja, tan de par en par
     asombrada que a través de aquel asombro parecía estar contando uno a uno
     los visajes de su múltiple agonía. Boca, ojos, manos, brazos, todo tan
     distintamente abierto al cariñoso horizonte que a ti se te irá abriendo
     despacio, para darte en un racimo sus rosados y celestes y la violácea
     intromisión de una pizca de amarillo morosamente extinguido entre sus
     ensangrentados verdes.
          Y retornando al comisario, hazle pasar gato por liebre, háblale de
     bueyes perdidos, escúrrete por la tangente. Que sólo vea espejismos. Que
     no se entere todavía que sus sinceras condolencias no se avienen para nada
     a la granizada de luz que te encandila por dentro. Disimula aunque ya no
     seas capaz de contenerla. Finge ese raudal de libertad que te acomete
     porque ese como gatear que escuchas es tu respiración iniciándose otra vez
     en sus primeros pasos. Tú empiezas a exhalar de nuevo, y él no tiene otro
     futuro que ser los despojos de un ayer golosamente ocupado por sus
     congéneres sin tierra.
          Devuélvele el saludo a este humilde servidor de la justicia que se
     despide con un aplauso de talones y entrechocándose las venias. Dile adiós
     al comisario, a cuya mente ni siquiera se le cruza lo que para ti está tan
     claro como lo están aquellos fotógrafos navegando su impaciencia en torno
     a un convulso maremágnum de colillas. En espera de esa foto que quizá los
     haga célebres, donde tú dejarás que la posteridad te vea como corresponde
     verse a una viuda tipo: deshecha en los amargos crespones de un llanto que
     aplazará un instante más el agasajo que te estás debiendo. Para el cual
     escogerás tus manteles más bordados, tu más heredada vajilla, y con todas
     las copas de tu recuperación en alto, y desde mareadas burbujas que
     cosquillosamente irán dulcificándote la herida, brindarás y seguirás
     brindando porque Onofre Quintreros logró ubicarse por fin donde siempre
     debió estar: otra vez en la llanura, pero ahora cultivado entre silencios,
     dos cipreses y una solitaria corona que a pesar de haber ajado ya sus
     flores, sigue intacto el rencor de sus palabras. Y, según puede
     apreciarse, tampoco se han secado sus mentiras. Continúan siendo cuatro, y
     de un modo bien legible: CON AMOR TU ESPOSA.



     ***



          Era tan poco lo que la investigación había avanzado al cabo de tres
     semanas, que solamente algún testigo podría haber dado la clave que sin
     duda andaba faltando para resolver el enigma. Pero los testigos, desde
     luego, estaban espectacularmente ausentes, y una vez prestadas las
     declaraciones por parte de Lumina Santos, Recaredo Flores y la hiperbólica
     viuda, lo único que logró sacarse en claro fue superponer nuevas
     oscuridades a las muchas anteriores.
          Mediante dos o tres esbozos de una rápida tangente, cada quien se
     aseguró una veloz escapatoria, y de los otros preguntados, ni uno solo
     consintió en arriesgar una respuesta, amedrentados quizá, por los mismos
     miedos a los temores de siempre.
          Lo cierto es que no hubo quien abriese la boca sino para responder
     bagatelas. Con abrumadora unanimidad nadie sabía nada de nada, en una
     ciudad donde todo estaba en boca de todos, desde las conversaciones más
     íntimas, telefónicamente hablando, hasta los arrullos de alcoba, y donde
     las cosas no sabidas eran inventadas por adelantado para que circularan
     como primicias de sí mismas.
          Una ciudad con tal receptividad, tal acústica, y tal equipo
     amplificador de sonidos, que bastaba con que una noticia ganara la calle
     para que de inmediato pasara a vestir el tricolor ropaje de Chimento
     Nacional. Y donde a falta de entretenimientos al alcance de sus
     desmembrados bolsillos, la gente se entretenía hablando, los unos de los
     otros y de lo que se hallaba a la orden del día: esos afiebrados romances
     de señores otoñales, reciclando su potencial amatorio con muchachas de
     mucho menos edad que la de sus hijas mayores. Sin olvidar, por supuesto, a
     sus correspondientes esposas que, para no quedar rezagadas o ejercitando
     su derecho a la réplica, se complacían en embadurnarse la honra nada más y
     nada menos que, ¿con quién ustedes se creen?: con los compañeros de
     estudios de sus hijos primogénitos. Todos ellos pertenecientes a las
     familias más conspicuas y más caudalosas del reino.
          O se daban a quemar sus calorías existenciales comentando sobre las
     célebres auditorías practicadas en esas empresas homéricas, en donde hasta
     el sacrificado sereno, de cuyo sacrificio nada sabía la noche ni tampoco
     el día, cumplía con especial dedicación su labor de planillero.
          O sobre algo especialmente divertido, a saber: hágase billonario
     contestando la pregunta del trillón, ¿sabe usted señorita, señora, señor,
     cuántas mostacillas, lentejuelas, canutillos, perlas de cristal de roca,
     lágrimas de ajo invertidas, chispitas de palaciego diamante, y cuanto
     estuviese dotado de brillo propio o ajeno, daba igual, contenían los
     atuendos femeninos de las tres últimas recepciones?
          Con todo, ninguno de aquellos inconvenientes consiguió menguar el
     entusiasmo del comisario Reinaldi, que a ratos creía estar en la pista y a
     ratos se despistaba de nuevo en un berenjenal de ambigüedades,
     cerebralmente empeñado como estaba en un método rastrillo de su exclusiva
     invención, consistente en extraer de la lista sospechosa uno por uno los
     nombres allí consignados, adicionando a la natural suspicacia que cada
     cual trasmitía, la inducida calificación de: ¡asesino!, para ver qué tal
     sonaba.
          Y les sonaba tan bien a tantos, que el comisario resolvió darle al
     asunto un corte definitivo. En parte porque al no encontrar razón alguna
     para hacer una excepción consigo mismo y en consecuencia ordenar su no
     inclusión en la tal lista, corría el serio peligro de salpicarse él
     también con la culpa de los otros.
          Y en parte porque había llegado a la caleidoscópica conclusión de que
     no parecía haber uno solo, sino seis y hasta dieciséis responsables
     directos de la misma fechoría.
          Una vez decantada la polvareda y partiendo del supuesto de que el
     público es mentalmente minusválido, y hay que entretenerlo con
     menudencias, falsificados oasis o lo que fuese, con tal de que el apetito
     colectivo no entreviera la verdad de la milanesa, el comisario Reinaldi
     desarrolló ante cámaras la telenovela de que el occiso en cuestión se
     había autoeliminado, a causa de una crisis progresiva de saturación
     amorosa.
          La cual no podría ser debidamente entendida, explicó con su habitual
     parsimonia, si antes no se ilustraba a la teleaudiencia con una
     recapitulación pormenorizada de las aventuras sexuales del señor
     Quintreros. Asimismo conocido bajo los seudónimos de Barba Azul y Chapulín
     Colorado, por su vocación perniciosa, obviamente, ya que no había mujer
     soltera o casada, veterana o quinceañera, viuda o por enviudar, que esa
     fogata arrasadora no se hubiera llevado por delante.
          Así fue como, buscando algún antídoto que paliara aquel incendio
     femenino que él mismo había ayudado a extender, se encontró con que quizá
     una paz negociada con la muerte a cambio de la ansiada paz eterna, fuese
     la solución más elegante a sus múltiples enredos.
          También su sicólogo fue terminante. Más que advertirlo lo exhortó a
     no seguir en aquella carrera alucinada hacia lo que tarde o temprano
     culminaría en su propia aniquilación.
          Las mujeres son como las drogas, le decía sin saber ya qué decirle ni
     cómo encarar el asunto, tomándolas en dosis restringidas te transportan a
     la sede del delirio, pero una sola sobredosis es capaz de liquidarte la
     existencia en poco más de media hora.
          Todo fue sin embargo inútil. Luego de haberlas complacido con tanto
     fervor y tan honda y meticulosamente, prefería dar su cuerpo a la rapiña
     antes que consentir el delito inconcebible de negarse a las mujeres. Sería
     como negar su condición de macho, o contradecir su destino irrevocable de
     seductor empedernido.
          Y entre tantas renuncias en carpeta, empezó por renunciar a la
     ilusión estéril que, como última tabla ofrecida a un ahogado, le propuso
     el buen sicólogo, a propósito de suplantar su concupiscente vicio por la
     no menos viciosa voluptuosidad del poker.
          Pero una vez más sus intentos fueron nulos, y resignado Quintreros
     volvió a pensar entonces que el único puerto de consolación al que podía
     ya acogerse en esa hora de naufragio y pesadumbre, era con seguridad, la
     muerte.
          De manera, señoras y señores, que un buen día el atormentado hombre
     gritó ¡basta!, tal como lo demostraba el siguiente esquema elaborado por
     Reinaldi, sólo en base a conjeturas, es cierto, pero que luego, con la
     eficaz intervención del instinto premonitorio de que siempre hizo gala,
     esas suposiciones se fueron ordenando, hasta lograr una tan verídica
     reconstrucción del hecho que nadie hubiera podido decir con certeza cuál
     era el real y cuál el que mentía.
          Sea como fuere, mediante indagaciones emprendidas por acá e
     informaciones recogidas por allá, pudo arribar a la conclusión de que los
     distintos pasajes del drama no pudieron haber discurrido sino de la manera
     que estuviese más acorde con lo que a él le convenía:
          El pasado nueve de enero, el occiso se hallaba en su domicilio legal,
     para ser más precisos, en aquel dormitorio donde no había llegado a dormir
     ni la mitad de las noches de los casi dieciocho años que llevaba de
casado.
          Sin embargo, estaba allí, en entera posesión de su realidad, tal vez
     mirando sin ver la intrusión en jirones de aquel sol que, no por ser
     estival era menos mañanero, atascado el pensamiento en la insalubre y
     nunca superada desgracia de haber nacido hijo de puta y de tener que morir
     siendo lo mismo.
          Inmóvil, con los músculos como doblegados por el peso excesivo de la
     fatal autodeterminación, sin más compañía que el tic tac de aquel cucú
     cancerbero que, acompasadamente, con morbosa exactitud, lo iba acercando a
     las 10 horas a.m., punto a partir del cual el tiempo empezaría a caminar
     en reversa, a fluir reculando, a transcurrir para atrás, pasando del diez
     al nueve, al ocho, al siete, hasta llegar, por eliminación, a esa cifra
     tan contaminada de nulidad, como sin duda lo es el cero. La que marcaría
     el último renglón de su último capítulo, la que acabaría de redondear el
     plan laboriosamente hilvanado por la multitudinaria desesperanza de un
     solo hombre.
          Honda repercusión debieron tener en el occiso los últimos instantes
     que precedieron a su muerte. Una y otra vez habrá creído escuchar aquellos
     terribles gorjeos picoteándolo, trabajándolo de esa manera progresiva y
     lenta en que suelen operar las pesadillas. No desistas, tal vez le habrían
     dicho: es menos duro apresurar un desenlace que postergarlo
     indefinidamente.
          Y tal vez en aquel instante de locura en que su pasado y presente se
     unieron, fue cuando el cucú puntualizó su sentencia. Diez sentencias
     arrojadas una tras otra, tremendas, espasmódicas, instándolo por diez
     veces consecutivas a rehusar la salvación y a cumplir con una cita que se
     había vuelto ineludible.
          Entonces, con lo que aún le quedaba de fuerzas, caminó los tres pasos
     cansados que lo separaban de la cómoda en cuyo cajón su revólver reposaba
     casi tanto o más difunto de lo que pronto estaría él mismo. Aspiró
     largamente, los últimos sorbos de vida, y luego de centrar su imagen en la
     luna del ropero, que remedó horrorizada sus macabras intenciones, se
     encañonó primero la sien derecha, pero era tanta la vacilación acusada por
     el pulso, que la bala, desviándose algunos grados a estribor del blanco
     enrojecido en redondel desde la noche antes, y describiendo una elipse
     algo achatada en los polos, terminó por incrustarse unos centímetros
     debajo de la desprevenida oscuridad velluda en que por la izquierda se va
     encuevando la axila.
          ¡Qué mediocre! ¡Qué chambón! ¡Qué mil veces hijo de puta! No podía no
     matarse después de tantos preparativos, debió reprocharse entonces, y con
     tal vehemencia al parecer, que el tiro de gracia destinado al corazón,
     tras un brusco viraje al sesgo, fue finalmente a parar donde la rodilla
     derecha cambia de articulación y también de nomenclatura.
          Se calcula que fue entonces cuando su boca dejó escapar aquel tropel
     de palabras tan pero tan tenues, que ni siquiera al cristal le alcanzó lo
     que dijo. E inmediatamente después de haber visto a su reflejo moribundo
     manar abundante sangre, e irse apagando despacio a medida que
     despaciosamente caía, un profundo vacío abatió al espejo, impidiéndole ver
     más nada en absoluto, como si todas sus antiguas impresiones hubieran sido
     tragadas por la hambruna incontenible de un monumental silencio.
          En cuanto a lo de morir en una zanja rodeada de carroña y no en la
     cama rodeada por el cálculo aproximado de lo que le tocaría a cada uno de
     los herederos que cariñosamente se turnaban en montarle guardia, es sólo
     una cuestión de preferencia, señoras y señores, y de las garantías
     ofrecidas por la democracia del actual gobierno, en virtud de cuyos dones
     y de cuya benevolencia, cada cual es muy dueño de pernoctar por última vez
     donde le plazca, y de establecer su postrer morada en la zanja que mejor
     se avenga a su carácter, su tamaño, su status, sus condiciones físicas y
     climatológicas, etc., etc., etc.
          Algo pareció cambiar entonces, no sólo en su actitud sino en su tono
     de voz, porque al cabo de la tremenda burla diaria del brevísimo corte
     comercial y después volvemos, el comisario se dirigió a la teleaudiencia
     con la altivez de alguien a quien acaban de otorgarle el ascenso a
     Mariscal.
          Si la patria le impusiere otro destino, exclamaba con un sonsonete
     algo ronco y algo impostado, les prometía que sabría merecerlo, y si
     alguno de ellos preguntara sobre las virtudes cardinales por las que se le
     reconoce la calidad a un comisario, ni un instante vacilaría en
     responderle que la primera virtud y también la última era saber que la
     verdad es como un cielo al cual sólo se accede mediante el uso compulsivo
     del olfato.
          Y seguidamente inició un presuroso y pendular descenso hacia ese otro
     cielo terrenal que es el pasado, cuyos pletóricos anales no registraban la
     existencia de ninguna intriga ni complot que Reinaldi no hubiera husmeado
     de antemano, gracias a la brújula infalible del olfato. Ni había
     subversión, según su versión oficial del caso, que él, guiado por su
     prodigioso don de discernimiento olfativo, no hubiera conjurado en menos
     de lo que tarda un coito, a condición de que el mismo fuera oficiado por
     oficiantes legales, desde luego, porque tratándose de los otros, la cosa
     habría tenido vaya a saberse para cuánto.
          Lo cierto es que esa insondable capacidad de ver con las narices lo
     llevaba a detectar hasta cinco conspiraciones simultáneas, sin perderle el
     hilo a ninguna, ni hacer una ensalada con todas. Siempre y cuando
     estuviesen comprendidas en un radio no mayor de seis kilómetros y medio, y
     tras haber ubicado su inspiración en los historiados pasillos del Cuartel
     Central de Policía.
          Y no desaliñadamente, como tantos hubieran querido, sino tomándose la
     molestia de agruparlas sin otra prioridad que la que le fuera imponiendo
     el calendario, y sin más orden que el que le fuera dictando el alfabeto.
     Sacrosanto orden que por nada de mundo debía alterarse y que
     invariablemente estaba dado por la primera vocal o consonante con que el
     apellido conspirador ya empezaba a fraguar su delincuencia. Alvarenga
     Manuel, encabezaba el padrón de sus hazañas, el cual, de haber seguido,
     podría no tener fin y por lo mismo ser tildado de soberbio y petulante.
          Cabía, sin embargo, aprovechar la ocasión que tan gentilmente le
     brindaban por igual los dos canales, para acercar nuevamente a la memoria
     de aquellos desmemoriados que se pasaban la vida pastoreando olvidos, los
     indiscutibles éxitos que él se había apuntado en muchas y relevantes
     cuestiones en que había intervenido el olfato. Esta era la primera vez que
     había dejado de consultar ese sentido.
          Aunque tampoco hacía falta, distinguida teleaudiencia, en parte
     porque Onofre Quintreros ya estaba muerto y enterrado políticamente, de
     modo que en cierto sentido resultaría melodramático decir que alguien lo
     mató, o que incluso existe el delito.
          Ningún delito, señoras y señores, ninguna víctima ni victimario, ni
     autopsia post mortem, ni exhumación del cadáver, ni discursos elegíacos
     que no son sino manifestaciones levantiscas amparadas por el luto, ni
     cajón de primera con incrustaciones de peltre, ni niño envuelto de soja:
     esa engañifa telúrica de la vaca inabordable, ni darle a este asunto
     excesiva trascendencia, ni que se vuelvan a escuchar esos lloriqueos
     inútiles por alguien que sí o sí tenía que irse en interés de la armonía.
          Y en parte (si es que la primera parte aún no se les había perdido);
     en parte, insisto, porque esa fórmula harto conocida de manejar el
     percance, con la repetición monocorde de los mismos artilugios, los mismos
     sofismas, los mismos trucos verbales de tiempos que creímos idos,
     presuponía otros treinta años de paz y ningún problema de extremismo en
     casa.
          De manera que todos a callarse, ¿me entienden?, que lo mejor es que
     esta historia sea olvidada cuanto antes. Por aquello de que las
     reverberaciones políticas empañarían la manoseada y menoscabada transición
     hacia la democracia, y los bla bla bla subsiguientes que durante largo
     rato continuaron quebrándole todo lo quebradizo que le faltaba aún por
     quebrar a la distinguida teleaudiencia.



     ***



          Lentamente se fue eclipsando la voz del comisario cuando la mano de
     alguien, cuyo nombre ignoro, apagó el televisor. Entonces yo, que
     atravieso como adormilada los días, sin poder establecer quién soy de
     entre todas estas presencias errabundas, y menos aún quién voy a ser
     dentro de un rato; yo, con mediana convicción supe que no habría autoridad
     capaz de rastrear mis huellas, ni descubrir el sitio en que había venido a
     esconderme.
          Un lugar de contornos tan inciertos, que a ratos se me figuraba estar
     recluida en el mismo campo de concentración donde se inició el extravío de
     mi abuelo, un centímetro cúbico del cual pasó sin mayores contratiempos a
     extraviar la intachable cordura de mi padre y, al parecer, la mía propia a
     través del cordón hereditario.
          Y a ratos retornaba al encierro de una sala cuyo aspecto, elegante y
     sobrio, se hallaba en total correspondencia con la ilustre condición de
     los internos: gente distinguida por su genio artístico, o por haber
     contraído el «mal de la azotea» estando en misión diplomática, o al ritmo
     del electrizante merecumbé político. Y aunque estuviese cercada por la
     respiración de muchos, y ululantes sirenas se afanaran en mi búsqueda,
     estos y cualquier otro peligro acabarían siendo anulados por una
     superficie lisa y sin término más allá de la cual toda persecución era
     imposible.
          He de moverme con gran cautela, sin embargo, para no rebasar los
     límites de la realidad y caer de nuevo en esa incoherencia donde todo es
     desorbitado y denso. Todo es este vertiginoso paredón embotándome el
     cerebro y proyectando figuras etéreas en actitudes de danza, que a veces
     enrojecen y se agitan como soles hipertensos, y otras parecen haber
     quedado suspendidas sobre una partida inconclusa, en cuyas implicancias
     inesperadamente me encuentro.
          Un juego, que si bien me ofrecía la posibilidad de ser alguien
     distinto cada día y de albergar cuerpos y personalidades ajenas, me iba
     desvinculando a tal punto de mi propia identidad, que llegaba un momento
     en que dejaba de ser yo misma y no sabía quién era.
          Por eso detesto los espejos que se empañan y no quieren revelarme mi
     rostro verdadero. Eres apenas el eco distorsionado de un espectro, me
     decían, y los elementos que te constituyen nunca serán más sólidos ni más
     reales que los componentes de una sombra.
          Hay demasiadas falsificaciones dentro de ti, demasiados encapuchados
     interceptándote el reflejo, para que podamos definirte como ésta o como
     aquélla, cuando lo más apropiado sería conjeturar que acaso seas las dos,
     o acaso nadie.
          Por eso acabé refugiándome en los sueños, porque ellos eran el hilo
     tenue pero indestructible que cosía mis fragmentos, hasta hacerlos
     coincidir con la imagen de mi vida tal como yo hubiera querido que fuese,
     a la par de devolverme a un espacio que demasiado conocía por haberlo
     transitado diariamente. Y una vez despejada la niebla, podía retroceder
     paso a paso en el camino del recuerdo, hasta que de pronto, en una de sus
     tantas vueltas y revueltas y cuando más lo presentía, me encontraba con mi
     pueblo.
          ¡Ahí está!, exclamaba alborozada, semejante a una estatua que se
     hubiera mantenido joven contra la voracidad del tiempo. Ese pueblo cuya
     única riqueza consistía en abrirse ante los ojos como una ilimitada
     extensión de cielo libre, sin cercados que lo apresaran, ni progreso que
     fuera a contaminarlo.
          Ahí están las calles enhebrando sus subidas y bajadas con serpentinas
     de polvo, ahí la Virgencita dando su recorrida anual, escoltada por el
     espigado rezo de los cañaverales, la envolvente sinfonía de los perros, y
     aquel como garuar gangoso con que las beatas desgranaban el rosario.
          Ahí el aire tibio que ha resuelto descalzarse en las alturas para
     vencer de un solo impulso las habituales trapisondas perpetradas por don
     Cerro, aquel gigantesco promontorio sin cabeza donde se apretujan los
     verdes. Todo él espalda y tórax, y haciendo que junto a su magnificencia
     la pobre colina de enfrente padeciera de una especie de raquitismo
     avanzado.
          Ahí aquellas guayabas con su aroma tan querido almibarándose en los
     tachos. Ahí el retrato de mi madre muerta, y ahí mi padre haciéndome de
     padre y madre, y eso es mucha responsabilidad, me decía, y todavía más en
     esta época con todas esas ocurrencias progresistas trastornando a las
     mujeres, hasta el extremo que lo de coser y bordar y ser diligente y
     sumisa parecen cosas de la prehistoria.
          Pero tú, Leonor, serás diferente. Con tu gringa dignidad te sabrás
     mantener en el molde, entre los barrotes ancestrales de un encierro que
     fue pasando de jaula en jaula, hasta cumplir la pesadilla de la jaula
     propia y, además, portátil.
          ¡Pobre mi cándido padre!, el inflexible, totalitario don Walter,
     quien debió haber inmigrado con una treintena de ojos que suplieran a los
     ya inservibles de mi madre muerta, y a los longevos de mi abuela
     asomándose al recuerdo algo miope de sus anacrónicos quevedos.
          Ojos a mansalva, por cada diente y por todas partes, para no perderme
     de vista a mí ni a mis escolares tareas, ni a que descuide yo mi higiene
     ni mi examen de conciencia, que por la noche borraría con el codo las
     matutinas infracciones cometidas con la mente.
          Una lupa por faena le haría falta a mi padre, para seleccionar las
     semillas y vigilar la siembra, y a pantallazos ahuyentar la desidia de ese
     pueblo de haraganes, de la que se han contagiado hasta las gallinas.
          ¡Gallinas anarquistas!, les gritaba, que ya no paren los huevos con
     la religiosidad de antes, y los perros que ya no señalan la luna con su
     infalible brújula de ladridos, y los cerdos a los que de un tiempo a esta
     parte se les da por bostezar como vulgares cristianos, y hasta esa huerta
     insidiosa que eternamente anda en problemas, o con los soles de más, o con
     las lluvias de menos, o con las plagas de siempre. A las cuales, después
     de todo, habría que sacarles el sombrero, por ser las únicas que en
     realidad trabajan, incluso en horario nocturno y con tal pernicioso
     virtuosismo, que para no ser descubiertas han logrado adaptar sus furiosas
     dentelladas a la casi imperceptible ondulación del sueño, adelantándose a
     comernos las lechugas y los tomates que, juntando amor con amor, mi padre
     y yo habíamos criado.
          Ojos para ver en lo oscuro y para de día ordeñar las vacas y reunir
     sus celos vacunos con los torunos del toro, de modo que éste desposara a
     aquélla como Dios y su fauna lo mandan. Ojos con tal prodigioso alcance
     que podían traer del futuro ese tan anhelado día en que tú vas a la ciudad
     a escribir los mismos poemas que ya llevas escritos en cada pliego de
     sangre salvado del genocidio. Y todos los ojos posibles para que nunca
     fuera a secarse nuestra principal fuente de ingreso, que es la fábrica de
     dulce.
          ¿Fábrica de dulce?, se mofan los vecinos. Pretencioso nombre para lo
     que no pasa de ser un galpón más sostenido por la inercia que por aquellos
     postes endebles, que si no se vienen abajo es gracias a una ley celestial
     de gravedad invertida, actuando por la atracción que lo de arriba ejerce
     sobre lo de abajo, exactamente al revés de lo que la maestra pregona, no
     por haberlo experimentado en lo personal, desde luego, sino por lo que
     Newton dejó establecido en su frutal teoría de la gravitación terrestre.
          Un galpón que por más humedad que juntara y más coronado de cinc que
     estuviese deberá ser gobernado como si fuera un país: con la rienda corta
     e interminables decretos prohibiendo esa dolencia tan arraigada en la
     clase trabajadora, que es la malversación del tiempo.
          Y ahí está entonces mi padre, gobernando su país de hojalata como el
     mejor de los dictadores: a punta de recorrer su territorio a un ritmo
     firme y parejo, que jamás decae, como tampoco decaen las instrucciones
     impartidas en el momento justo, y que tras haber cumplido las consabidas
     tres vueltas, van a parar al crisol donde entre improperios, muecas y
     retorcijones, a todo trapo se funde el endiablado brebaje.
          A brazo partido y crujiente pulso hay que luchar para vencer a la
     fiera, solía repetir mi padre, refiriéndose a las guayabas. Pero al final,
     después de un paciente proceso de ablande, siempre termina cediendo,
     convertida en dócil y acariciante jalea.
          Lo cierto es que nada se le olvida nunca a don Walter, y menos aún lo
     que sistemáticamente transcurre al transcurrir el paseo: su inveterada
     rutina de controlar, reloj en mano, la cantidad de revoluciones por minuto
     con que revuelve el empleado. Ese tal Onofre, en cuyo estrafalario
     apellido que más parece un trabalenguas, convergen oscuras historias de
     bandidaje y cuatrerismo. Y al que me lo paso espiando sin que mi padre lo
     sepa, para ver si de una vez se me va encendiendo la luz con respecto a
     esos encantos masculinos que dicen que a manos llenas emergen de su
     persona. Y que son al parecer los mismos por los que suspiran las tres
     cuartas partes de la población femenina que el último censo contabilizó en
     el pueblo, con exclusión sólo de las muy muy viejas y de una que otra
     impedida.
          Alarmante porcentaje que obliga a mi progenitor a extremar las
     medidas de seguridad para conmigo, haciendo que mi breve porción de
     libertad quede aún más restringida. Entonces, a los efectos de que la
     tierna Caperucita no estimule la voracidad del Lobo, debo pasar a su lado
     sin decirle buenos días, ni buenas tardes, ni esta boca es mía. En
     resumen: infringiendo las más elementales normas de una buena urbanidad.
          Y a toda costa impedir que me hable, para que su voz cavernosa no
     sepa encontrar las galerías inexploradas de mi infantil corazón. Sin
     olvidar de poner entre mi persona y la suya una distancia igual al grandor
     de los cinco continentes estudiados en geografía. Por temor, quizá, a que
     su preciosa hija termine siendo ese cuarto que aún le falta al entero para
     completar la totalidad suspirante de una comunidad de mujeres, con tan
     pocas distracciones, aparte de sentarse en las atardecidas veredas a ver
     pasar su juventud, que Onofre Quintreros resultó unánimemente elegido como
     el nuevo pasatiempo que se inventaron ellas para conjurar sus horas
     muertas.
          Todos los consejos que me da mi padre son sabios, sin duda, pero a la
     vez tardíos, porque además de diecisiete años curtidos por la intemperie y
     una bien ganada fama de rebelde y pendenciero, él tiene dos pupilas hondas
     que están en todas partes y parecen acercarme al borde donde mi niñez
     culmina y empieza la adolescencia a alborotar mi sangre. Este gentío que
     es mi sangre entre tantas sensaciones contrapuestas: por un lado me
     intimida a la vez de complacerme hasta tal punto esa manera casi táctil
     que tiene de mirarme, que por las noches trato en vano de encontrar una
     frase perfecta que la refleje exactamente, alguna emoción rimada que en su
     plenitud la contenga. Y por el otro, lo desprecio por pensarlo tanto a
     pesar de ser tan poco, y por reírse de que sea yo tan blanca y tenga un
     marcado acento extranjero y cuatro mil trescientas veinticinco pecas.
          Vaya a donde vaya, ahí está él con su mirada espinosa que me busca y
     me persigue rasguñándome la piel como otra piel mal afeitada, perforando
     con tal saña la madera de los días, las semanas y los meses, que todavía
     hoy, sin importar cuánto tiempo haya pasado, todavía hoy me continúa
     mirando.
          Todo ha envejecido, se ha gastado, se fue yendo, salvo esa mirada.
     Ella perdurará incorrupta aunque su recuerdo tienda ya a resquebrajarse.
     Igual como perdura el montecito que ahora mismo vuelve. Por detrás del
     cortinado de este lóbrego submundo, de este divagar en cadena, con toda
     precisión lo estoy viendo. El implacable montecito bajo cuya vegetal
     techumbre acostumbra a oscurecer mucho antes de que el sol capitule ante
     el poniente.
          Ahí está su soledad habitada únicamente por fantasmas y por aquel
     lenguaje sigiloso con que se conversan los muertos. Ahí por donde se va y
     se vuelve de la escuela y el desprevenido delantal revolotea alrededor de
     una chiquilla que no debe tener más allá de doce años. Delante de los
     cuales abruptamente truena el oscuro azul de un pantalón, al que sucede
     una camisa que más es una cebra gigante a rayas tensas, cada vez
     tensándose a mayor distancia a medida que se acercan y a la vez
     desaparecen. Hasta que de pronto ya no hay rayas ni hay camisa; al final
     sólo está él ocupando toda la escena.
          Todo comenzó en aquel momento con aquella voz diciendo algo como: ¡No
     te muevas y no grites!, y de inmediato el inútil forcejeo y el muchacho
     que con una mano le silencia el grito, que de cumplirse, en nada habría
     alterado el curso de los acontecimientos, ya que sólo el montecito lo
     hubiera recogido. En tanto que con la mano libre la obliga a dar un giro
     sobre sí misma y otro más, hasta que brutalmente la derriba.
          Lo que ella ve venir se le atraganta en los ojos, en la impotencia de
     saberse tendida en cruz, a la completa merced del enemigo. Pero ya no se
     defiende. Ha quedado lacia, con la fuerza justa para percibir cómo el
     retumbo de su corazón le atraviesa las costillas. Después ya no escucha
     nada.
          Apenas, con una lucidez como a intervalos, razona que el suelo está
     duro, está seco, está caliente. Tiene sed y fiebre, igual a la enorme
     bestia que entra y entra, sin término, imponente. Una y otra vez rebota
     contra algo que se crispa, se debate, cruje, se debilita y cede. Entonces
     sobreviene la fractura, el desgarramiento sordo, visceral, definitivo, que
     la ha dejado partida en dos, de par en par abierta a un dolor
     incandescente.
          Y mucho tiempo después de que la horrible ceremonia hubiera
     terminado, ella permanecerá todavía inmóvil, con ese latido allí, y ese
     calor allí, y la afrenta siempre allí. Y mientras viaja en las tinieblas
     ve, intuye la cara que pondrá su padre, intuye su reto. Debe borrar las
     evidencias, envolver sus despojos aún sangrantes en el pañuelo con el
     mismo festoncito picudo que le ribetea la enagua. Y para distraerlo le
     preguntará cuántos grados alcanzaría a tener la tierra si se dejase poner
     el termómetro.
          El suelo se cura de su fiebre cuando llueve, dice don Walter, y a mi
     cuerpo, ¿quién lo cura?, ¿quién apaga este ardor que a veces me atormenta
     durante tantos días seguidos, que habrían podido computarse por toda una
     vida entera? Hasta que regreso al montecito para volver a padecer ese goce
     y esa muerte siempre demasiado breves.
          Vuelvo a ovillarme entre los matorrales, manchándome de sangre verde
     el vestido lila y el rosado y el celeste, y todos los colores que
     vistieron esa especie de locura que empezó a desnudárseme por dentro. La
     misma que me hará escribir sonetos en los que me consumiré esperando, pero
     él no vendrá.
          Se ha apartado de mi vida dejándome con esta continua e irremediable
     sed que no se aplaca con nada. Esta aridez que se inicia en un costado de
     la boca y espesa y terca crece y crece, adquiere volumen, se redondea, se
     hace adulta extendiéndose más allá de lo más hondo, del largor de muchas
     estaciones, a todavía más distancia de cuando me alejé del pueblo, que se
     fue quedando solo con su ranchería, sus ensueños suicidados con las
     cuerdas de tender ropa, sus aspiraciones tan famélicas como el lloro de
     sus perros. Porque todos nos fuimos entonces, unos a probar fortuna, yo, a
     la facultad de Letras y a un sinfín de autores que me asomarían, entre
     otras cosas, a las excelencias de la lengua castellana.
          Si, se habían ido todos definitivamente, salvo ese calor que se me
     congeló en el cuerpo, sin permitir que ningún otro calor se me anidara.
     Mis abismos interiores, mis caminos de abrojos y pantanales les
     desatinaron el rumbo e impidieron la llegada.
          Veo un placer que germina a lo lejos, que se va acercando despacio, y
     cuando mi piel trata de asirlo, él retrocede, se me escurre como lluvia
     entre los dedos. Es un efímero transeúnte como el viento, como el humo y
     los Pedros y los Luises y los Juanes que recorrieron mi vida sin que
     ninguno me dejara un solo recuerdo válido.
          Para ser feliz aquel contacto me bastaba, y yo desconocía otros
     sabores que justificaran el olvido. Bastaba acurrucarme junto a aquel día
     inacabable y único, para pasar con él las noches, orientando la cabeza
     hacia un punto desde el que me era dado contemplar, con una perspectiva
     que fue variando con los años, el mismo acontecimiento que se repetía una
     y otra y otra vez.
          Sí, aquello estaba en todas partes y había llegado a sucederme tanto,
     que ya no me quedaba sitio para ninguna otra experiencia. Entonces, muchas
     personas alarmadas ante mi creciente desvarío, opinaron al respecto:
          Sabemos que te dolerá arrancarlo, que te arrancará incluso trozos de
     piel, pero si quieres salvarte tendrás que hacerlo como parte del proceso
     curativo; debes abrirte y extirpar cuanto de él haya quedado en ti. De lo
     contrario, ya no podrás deshacerte de su influjo, y hasta a pérdidas aún
     mayores quedarás expuesta a menos que…



     ***



          Y fue eso exactamente lo que hice: destruir veinte años de recuerdos
     antes de que ellos me destruyeran. Para lo cual era preciso tender a
     Onofre la misma trampa que una vez él me había tendido, a fin de cobrarle
     con impuestos e intereses la exorbitancia que desde entonces me quedó
     debiendo. Una emboscada que tuviera el efecto de catarsis y en cuya
     elaboración no sólo he consumido varias horas de mi vida, sino varios
     gramos de una cordura que debió habérseme gastado sin que yo me diera
     cuenta.
          Comencé así por localizar a mi víctima, cosa que me resultó harto
     difícil, porque yo conservaba un dibujo muy vago del Onofre Quintreros de
     entonces, y si al final conseguí identificarlo, fue gracias a que su
     mirada me sirvió de guía. Seguía teniendo la dureza del acero, y
     desparramándose como el mercurio, en mil direcciones opuestas.
          Una vez superado ese primer escollo y valiéndome de algunos trucos
     aprendidos a lo largo de un intenso tutearme con la magia, fui haciendo
     que él se acercara al podio en que yo había establecido mi puesto de
     comando. Allí desde donde puedo obrar con plenitud de poderes, y hacer que
     nada sea lo que parece, y hablar un idioma cifrado cuya clave solamente yo
     poseo.
          Y puedo deslizarme sin sombra y seguirle sigilosamente los pasos e
     invadir su intimidad tal como él invadió la mía. Pero, sobre todo, allí
     donde él será mi presa, y tendré ciertos derechos sobre su vida, entre
     ellos el de terminarla, de la misma forma empalagosa y lenta en que él
     terminó conmigo.
          Porque, aunque parezca mentira, fui yo quien lo aguardé aquellas dos
     larguísimas horas, con una ansiedad acumulada en veintinueve años de
     espera. Yo quien urdió la trama y le fui dando, no una sola, sino todas
     las muertes que cupieron en la ficción de una novela. Para ver si con cada
     una de ellas consigo eliminar esta sensación de hastío que rodea a casi
     todo lo que hago.
          Porque también con el idioma se pueden armar trampas. También a los
     personajes se los puede dejar prisioneros en situaciones herméticas sin
     paredes por las que trepar, ni puertas que posibiliten la huida. Y si no
     lo creen, pregúntenle al ciudadano Quintreros, a quien tuve durante tres
     dilatados años encerrado en un juego de palabras, que algunos críticos,
     todavía con reflejos medievales, intentarán inútilmente descifrar. Pero
     cuya expresión autorizan las leyes gramaticales y la mayor parte de las
     que no lo son.
          Por lo demás, se trataba de un juego no solamente inocuo, desde todo
     punto de vista, sino que ofrecía protección suficiente, ya que durante su
     decurso mi verdadera identidad se mantendría en el más oscuro anonimato.
     Quizá para no verme enredada en la inverosímil telaraña de tener que
     dirigir yo misma el operativo de mi propia captura.
          Qué fácil sería capturar a la que en este sitio reconocen bajo el
     nombre de «Vejiga», se me da por pensar de repente, sin detenerme a pensar
     que lo estoy haciendo en voz alta. No se tendría sino que seguir la
     infalible dirección de la flecha: ahora gire a la izquierda, ahora voltee
     esa doble curva en extremo peligrosa, después prosiga sin desviarse hasta
     llegar al charquito castaño que siempre está por debajo de donde está
ella.
          No siempre, me contradice «Vejiga», mientras la veo avanzar hacia mí
     con paso inseguro, cruzando los desolados islotes de esa jungla humana,
     cuya presunción de que pronto habrá divertimento gratis, los lleva a
     suspender su vagar sin rumbo y a quedar como paralizados, mirándonos
     expectantes.
          No siempre chilla la ofendida mujer dando manotazos al aire. Sólo
     cuando la ansiedad me llena a un punto tal la vejiga, que al menor
     movimiento, el líquido rebosa y se me escurre entre las piernas. Además,
     cada quien es muy dueño de orinarse donde mejor le plazca, ¡gringa de
     mierda! E inmediatamente, como respondiendo a una señal convenida, todas
     las fauces se abren juntas salpicándome la cara con un monumental ¡gringa
     de mierda!
          Entonces, para evitar más exabruptos, me acojo a la intimidad de mi
     propia isla y desde allí regreso al deslumbrante territorio de las
     palabras. Las cuales, van costureando los distintos episodios hasta darles
     naturaleza tangible. Al tiempo que se crispan, se persiguen, se amotinan,
     llegando a salirse incluso de entre los renglones, con el hocico
     exacerbado por el olor de la presa.
          Y aunque esa etapa de mi novela no hubiera sido prevista, de pronto
     me ganó una irreprimible curiosidad por asistir, lo más de cerca posible,
     al proceso que conduciría a Onofre Quintreros a la muerte, y a mí, quizá,
     al primer éxito o fracaso como escritora. Necesitaba verlo y que me viera
     con su última mirada consciente. Necesitaba presenciar cómo crecía su
     estupor en el momento de enterarse o al menos de sospechar que era yo
     quien era.
          Entonces, en vista del poco tiempo de que disponía, y tras haber
     eludido diversos controles y otras tantas interferencias, me escurrí por
     esa puerta que daba primero a un pasillo y de ahí directamente al
     crepúsculo, sin importarme que estuviese envuelta en una de esas batas
     tipo sotana con que ciertas clínicas mentales etiquetan a sus enfermos.
          No me resultó difícil localizar la zanja que yo misma había cavado
     algunas semanas atrás, y a la que me fui aproximando lentamente hasta
     quedar a escasos centímetros de aquel hombre que aún después de muerto y
     enterrado se resistía tenazmente a morir. Uno por uno estudié sus rasgos,
     sin encontrar en ellos absolutamente nada que dejara vislumbrar siquiera
     al Onofre tal y como lo guardaban mis recuerdos. Durante un minuto largo
     él me miró también, y por el modo medio ausente en que lo hizo, comprendí
     que no me había reconocido.
          Onofre Quintreros, lo llamé por dos veces seguidas, para refrescarle
     la memoria. Tú y yo, ¿no nos habíamos visto antes? Un atardecer hace
     exactamente veintinueve años con ocho meses y diecisiete días. Entonces me
     aferrabas las muñecas diciéndome algo como: ¡no te muevas y no grites!…
          Me volvió a contemplar, con curiosidad primero, después con asombro,
     quizá también incrédulamente.
          ¿Tú? ¿Eres acaso tú? Tú quien lo planeó todo, ¿verdad?
          Sí.
          Te pido que me saques de aquí antes de que sea demasiado tarde. Te
     ruego que me liberes.
          Sabes muy bien que eso es imposible, no sólo porque a un escritor
     nunca se le dice lo que debe hacer, sino porque desde que el mundo es
     mundo, a cada hombre se le asigna por escrito, una aurora, una cumbre y un
     ocaso. Las dos primeras etapas ya las has superado, Onofre Quintreros, y
     nada significativamente por cierto. Y en cumplimiento de la última es
     donde te encuentras ahora: a sólo pasos de tu extinción definitiva y a
     unas pocas bocacalles del olvido.
          Esto pareció apresurar los hechos, a juzgar por la desgana que empezó
     a mostrar de repente y que lo llevó a respirar cada vez con menor energía,
     con menos convicción, hasta sacudirse dos o tres veces seguidas y quedar
     por fin inmóvil, mirando obstinadamente el mismo punto inencontrable del
     espacio.



     ***



          Después no sé si lo que verdaderamente empieza es el final, o el
     siguiente capítulo de la próxima novela. Y si a algún encuestador se le
     antojara investigar sobre los motivos por los cuales estoy aquí, varada,
     sin vacilaciones le respondería que por varios, pero antes que nada por
     solidaridad con el ambiente. Sin embargo, pese a tener ciertas nociones
     bien definidas, otras se me aneblinan de tal modo que dudo a veces hasta
     del simple hecho de haber nacido.
          Tampoco me es posible discernir si formo parte del jurado que
     enjuiciará mi propia obra, o si soy apenas un seudónimo: Vengativa, y sólo
     recuperaré mi identidad en el supuesto de que la misma saliera premiada.
     Cosa por otra parte improbable ya que habría de pasar al menos por siete
     manos, y sufrir siete exámenes semejantes a siete hachazos que acabarían
     dictaminando su deceso inapelable.
          Así me transcurren las horas, entre morosas y estrafalarias
     divagaciones, o con la mente estacionada sobre cuentas regresivamente
     domésticas, o preguntándome al igual que un disco rayado, si a la postre
     debo verme como autora de una novela o como autora de un crimen. Hipótesis
     esta última, que de confirmarse, no haría ningún favor a mi reputación
     literaria y promovería, en contrapartida, el unánime regocijo de mis
     afectísimos colegas.
          O tal vez mi delito se reduzca a haber tratado de llenar un vacío
     imaginario con el nombre de una persona que no existe ni existió nunca,
     salvo en las páginas de este relato que les estoy ofreciendo a ustedes con
     mi mejor buena voluntad.
          Porque entre tantas y tan variadas conjeturas cabe también la de que
     Onofre no pase de ser pura fabulación mía, o de un ardid para distraer esa
     idea que ha empezado a acosarme con tal insistencia en las últimas
     semanas, que hasta se me quita el sueño pensando que yo no soy yo, sino un
     horrible simulacro, un mero personaje de ficción vaya a saber por quién
     inventado y, sobre todo, con qué fin.
          Entonces, para salir de dudas, le averiguo a esa interna medio sorda
     que a ratos se hace llamar condesa y a ratos su alteza real. Pero lo que
     ella discurre, lejos de procurarme algún alivio, me precipita a un abismo
     mental aún mayor.
          No te das cuenta de que estamos rodeadas de enemigos, me dice en el
     colmo de la exaltación. Todas estas mujeres todas vestidas iguales no
     solamente nos han robado la biografía, sino que ahora pretenden traficar
     con nuestro yo. Por eso debemos permanecer alertas y redoblar la
     vigilancia…, y recurrir a los disfraces, agrego, para ocultar tras ellos
     este vértigo, esta alucinación de estar viviendo en las afueras de mí
     misma, sobre una región tan alejada que me resulta imposible distinguir si
     en el caos dentro del cual estoy inmersa, interviene solamente el factor
     hereditario, o también es consecuencia de la rebelión urdida contra mí por
     las palabras.
          Un ejército de sustantivos, de verbos y de adjetivos, cuya única
     finalidad es destruir mi entendimiento y saquearme la razón. Envidiosos de
     que la locura me haya hecho sabedora de lo que a ellos les estará vedado
     siempre, y que apunta a una estrecha relación con los secretos escondidos
     en las entrañas del lenguaje.
          Y de un extremo salto al otro, porque cuando no me asedian los
     vocablos, me acorrala una fila inagotable de los más filosos miedos. Miedo
     de terminar sin nombre y con la memoria virgen. Miedo de que estas paredes
     que ahora son mi única familia, dentro de un rato sean como si nunca
     hubieran sido. Miedo de buscarme y no hallar sino deshechos que la mujer
     de la limpieza barrerá al día siguiente. Miedo de que el Capataz me
     arrebate el puesto, enviándome a cumplir otro destino, pero sin que me sea
     dado revertir mi condición de nadie.
          De cualquier manera, y si en verdad soy la que sospecho, necesitaré
     obrar con prisa, porque se aproxima la palabra FIN y con ella se habrá
     extinguido ese menudo andarivel de luz que todavía me queda.
          Entonces, a pesar de mi fatiga y de haber roto con todo, debo
     levantarme, guardar bajo triple maquillaje mis múltiples averías, y con la
     fe puesta en la esperanza de que alguna vez alguien me resucite, debo
     salir a ganarme la muerte y la vida perdurable. Amén.