Raquel Saguier - La niña que perdí en el circo




     Prólogo

     Sobre las páginas que siguen
          Quién sabe si alguna vez -la probabilidad es realmente remota- pueda
     convencernos la poesía que, puesta a recordar la infancia ya difunta del
     autor, ignora al niño aún oculto en cada uno de nosotros. Por suerte, las
     páginas que siguen no le ignoran y ellas son así un puente tendido también
     hacia la propia infancia del lector. En el camino propuesto por Raquel
     Saguier, abandonamos muy pronto a los adoradores del calendario,
     descubrimos que ellos sólo tienen razón a medias: los seres, las cosas y
     los paisajes de la infancia resisten muy bien eso que el hombre moderno
     llama madurez y los clásicos preferían llamar «la afrenta de los años».
     Además, el lenguaje de este libro goza de una propiedad poco frecuente: la
     simbiosis. La escritura se desentiende aquí de todo lo que no fuese una
     rápida presentación de situaciones generales y conflictos acaso necesarios
     y ofrece, entonces y en sí misma, la pintura de un encuentro, el de la
     mujer adulta y la niña que de alguna manera dicha mujer adulta sigue
     siendo.
          Si los pensamos desde el punto de vista que acabo de mencionar. Los
     episodios del libro corren el riesgo de volverse puramente incidentales.
     Se trataría, sin embargo, de un riesgo que bien puede correr un libro
     cuando su escritura está puesta al servicio de la magia de los recuerdos y
     no de los recuerdos como tales. Así, los episodios de La niña que perdí en
     el circo parecen estar enlazados no tan sólo por los eslabones de la
     narración sino también por los de la naturaleza simbiótica del lenguaje
     empleado; pareciera que estas páginas estuviesen ligadas, más aún,
     soldadas por la llama de un conjuro.
          El conjuro se resume en apenas unas líneas. Una mujer adulta convoca
     a la niña que ella fue, la niña aparece. Los conflictos de la mujer
     adulta, sus no-conflictos, en suma, las experiencias de su vida actual,
     ceden, retroceden ante la aparición de la gran negadora de los años, la
     infancia aún sentida y vivida en el último santuario posible, la poesía.
     J. A. Rauskin                    



     - I -
          La niña y yo somos distintas. Ella permanece tal cual la dejé hace
     tiempo, obstinadamente niña, rubia, quieta y como fragmentada a veces. En
     cambio a mí se me han aburrido ligeramente los pasos de caminar, se me
     gastaron las suelas, pero aún estoy viva y al parecer, sigo entera.
          Somos distintas la niña y yo y sin embargo, tan parecidas. Hay mucho
     de su forma de mirar en mis ojos y traje conmigo algunas de sus tristezas.
     Eran tristezas que le quedaban enormes de grande, que le colgaban como si
     fueran prestadas, por eso las traje.
          Ahora sé que son tristezas tercas, en vano traté de cambiarlas por
     dicha más tarde; no me aceptaron la oferta. Prefirieron quedarse como
     estuvieron siempre, sin exigirme otra cosa que algún lugar donde
     encerrarse. Les di el último cuarto del fondo y de vez en cuando
     aprovechan la mínima rendija que les dejo abierta para salir, se me
     escapan en largas filas, y es entonces cuando me duele la lluvia, o el
     crepúsculo destruyendo a una tarde o el domingo en las calles del centro.
          Por suerte tuve tiempo de traerme también su alegría, su espíritu
     travieso, su risa fácil, por cualquier tontería. Me hace un bien enorme
     escucharla reír a esa niña, me siento sana otra vez, me limpia.
          Fue precisamente la niña quien me enseñó a reír con los ojos, sin que
     la boca participara del juego y gracias a ella aprendí que pasando por las
     sucesivas etapas del ahogo, las toses y el asma, uno se puede llegar a
     morir de risa.
          Traje muchas de sus travesuras en mis rodillas, y en más piernas su
     torpeza con los árboles, y hasta se vino escondida entre rulitos, una
     horrible cicatriz de viruela. Cuando la descubrí en mi frente, era ya muy
     tarde para sacarla y allí me quedó y envejeció conmigo.
          Conservo uno de sus juguetes, el que más quería. Aquella mutilada
     muñeca negra que rescaté del lejano basurero una tardecita, después de
     asegurarme que no había husmeando ningún espía. Le faltan dos o tres
     dedos, es cierto, y tiene la nariz pelada a causa de un tonto accidente de
     trenes, que eran dos sillas de mimbre siamesas por la espalda. A pesar de
     todo, yo la sigo viendo entera y eso me basta.
          Mucho antes que Sor Margarita, ella fue mi primera maestra y yo
     apenas una alumna desatenta. Desde la falda del abuelo me enseñó a pelar
     el asado de tira como, si fuera una banana y a soplar y soplar la sopa que
     a menudo llegaba hirviendo, y a revolver rincones ocultos para descubrir
     secretos. Y una cosa importante: que no existe mejor terapia contra los
     nervios, que el comerse las uñas cuando se plantea la crisis. Comprobé
     cuán cierto era, tan relajante como un baño de agua tibia.
          En parte la niña fue cruel conmigo. Me obligó a traer en los oídos el
     reloj que golpeó su madurez prematura noche tras noche, en que la ausencia
     del padre y el desvelado insomnio de la madre se medían con la repetición
     de las horas, y éstas tardaban casi tanto en pasar como tardaba la
     angustia y se estiraba la espera. Aún me dañan los relojes, se me clavan
     sus agujas...
          Juntas fabricamos ilusiones y azúcar con el polvo del ladrillo. En la
     última primavera vivimos el primer amor del niño de boina verde, que
     veíamos pasar con ambas manos agarradas de los bastones de hierro. Y
     enterramos a «Ñata», nuestra perra, en el lugar donde después creció una
     curiosa planta, que al anochecer soltaba un quejido rarísimo, muy similar
     a un ladrido.
          La niña ya no está conmigo. Estoy separada de ella desde hace tiempo.
     Desde aquel verano en el circo en que un fuerte dolor de barriga me metió
     de cabeza en la adolescencia. Su compañía infantil me resultó de pronto
     tonta, intolerable, desabrida. No tuve más ganas de jugar con ella al
     descanso ni a la tiquichuela ni al un-dos-tresmiro. Acabó por irritarme
     todo cuanto hacia o decía.
          Mis doce años llenos de expectativas nuevas la dejaron de lado,
     preocupados como estaban en pintarse los labios para inventar mejor los
     besos con los actores de moda o en hablar de cosas adultas, no aptas para
     menores.
          Ella quizá percibió mi rechazo, por eso me dio la espalda y un buen
     día se fue sin decir palabra. Al poco tiempo yo salí de vacaciones y me
     olvidé de ella. Así la perdí.
          Sólo ahora sé cuánto la extraño y lo mucho que me hace falta. Siento
     necesidad de buscarla a veces, y a veces, la niña regresa. Aunque se nota
     que le cuesta reconocerme, sencillamente porque ya no soy la misma de
     antes. Tengo, sin embargo, el lunar de siempre que me identifica, y mis
     carcajadas la orientan cuando el viento es favorable.
          Ella vuelve, sí, pero se queda afuera, me mira de lejos. Sé que la
     niña jamás podrá entrar en mi mundo ni la rozará mi cansancio. Nunca
     llegará a ser tan vieja como para eso, ni yo tan joven como para
     recuperarla del todo.
     ***
          Cada noche, y hace de eso tantos años que no vale la pena contarlos,
     cada noche se repiten las tristezas. De dónde vienen, no lo sé; sospecho
     que llegan de afuera. Yo distingo bien a esas tristezas, inclusive puedo
     verlas. Empiezan a brotar cargosas como los mosquitos, justo cuando es del
     todo la noche y se apaga la única luz de la pieza, y allí, en la cama
     angosta se acuesta, no esta mujer que soy ahora, sino aquella niña de
     entonces.
          Una ventana se abría buscando el aire del patio, donde estaba el
     jazminero aquel, cayéndose de flores, y a ratos dejaba entrar una ancha
     franja de luna que pintaba la mitad del mosquitero. Por esa misma ventana
     se deslizaron tal vez las tristezas; así entraron. Avanzan despacio.
     Resbalan el zócalo aceitoso. Salteando los paisajes quietos de dos o tres
     cuadros trepan la pared, formando calles y diminutos caminos. Suben hasta
     el cielo raso de tela dibujando barcos, mares, una playa que inútilmente
     intenté hacerla verdosa y poblarla de risas. Quedó siempre fijada en el
     gris, y habitada de silencio siempre.
          De ese modo, jugando con las tristezas, dándole mil formas distintas,
     acorta las horas, entretiene la espera que le ha desbordado los ojos a la
     niña. Todos decían lo mismo: ¡Qué enormes tiene los ojos esta chica!, como
     si estuviera viendo mucho más cosas que el resto, bromeaban. Ni el negro
     del padre, es curioso, ni el verde tan lindo de la madre, es una lástima.
     Últimamente se le han puesto de un extraño amarillo los ojos, madurados en
     la oscuridad de la espera. Nadie mejor que yo conoce el porqué de ese
     color tan raro. Esperar es el secreto, la oscuridad, el condimento mágico.
          Debo esperar el ruido de la llave en la entrada, los pasos duros de
     papá golpeando el pasillo, deslizándose luego más suaves, a medida que sus
     remordimientos se acercan a mamá con ojos desvelados en la habitación
     contigua. Hasta que apenas los oigo. Terminan. Los pasos se apagan
     exactamente cuando se encienden los reproches, los gritos y los reclamos
     que se estiran largo rato.
          Debe esperar que ocurra eso la niña, que las voces se vayan, que pase
     la tempestad y vuelva la calma, para aceptar su propio sueño. La pequeña
     muerte diaria que me libere de esta carga que mis espaldas soportan como
     un defecto congénito.
          Con mi padre llega mi calma. Me dejo estar, me entrego rendida no de
     juegos, sino de acumulación de cansancio. Me acomodo por fin acurrucándome
     en la felicidad fugaz y espesa de la burbuja que había yo inventado para
     dormirme en ella, y dibujar en el sucio una rayuela a la que siempre le
     faltaba el cielo, y sobre todo, soñar, sí, soñar lo poco que ya me resta
     de noche, que de verdad soy una niña.
          Escucho el angustiado respirar de mi madre, absurdamente joven ella,
     más joven que la niña, algunas veces, y comprendo a medias -porque nada me
     es comprensible aún del todo y ni siquiera sospecho todavía que el hombre
     y la mujer usan la cama para algo más que compartir bonitos sueños-, mis
     siete años comprenden a medias, que mi padre y esa mujerzuela, como repite
     mi madre hasta el cansancio, ambos tienen muchísimo que ver con sus
     desvelos y con mis penas.
          No entiendo qué significa mujerzuela, pero algo sucio me huele debe
     ser, porque a «mujer» le cuelgan unas cuantas letras muy sospechosas. Me
     hago un lío pensando, llego a la conclusión de que es una mala palabra,
     como esas que tanto enojan a la abuela cuando se las escucha decir a mi
     hermano, y a la que no consigo ponerle rostro. Mezcla de madrastra de
     Blancanieves y perversa bruja de altísimo rodete, que para nada se parece
     a la tía, tampoco a la abuela, menos a las otras hermanas que tosen cerca
     o hablan dormidas, aferradas a su inocencia las pobres, ya que juntando
     sus tres edades, apenas alcanzan a sumar diez años.
          Yo soy la mayor. Estoy ahí, escuchándolas dormir y envidiando sus
     sueños. Casi me parece mentira que ellas puedan dormir en tanto yo espío
     la llegada detrás de un par de ojos que esperan despiertos, alertas,
     vigilando el reloj de la mesita, comiéndose la oscuridad. Por eso me
     crecen un poco cada noche y se me han puesto así últimamente. Hasta hoy
     guardo el secreto que por vergüenza nunca compartí con nadie: es de tanto
     comer noche que se me agrandaron los ojos.
          El sueño es algo inútil. Me acaricia, me sonríe de lejos. Hago
     esfuerzos por atraparlo sin conseguir llegar a él. Ahora mismo afuera, el
     sol ya está como queriendo escaparse de su encierro. Primero saca un rayo,
     después intenta otro, al rato, un tercero, y el pícaro sueño aún no me
     quiere venir. Huyó con mi padre y la desconocida y sólo cuando él regrese,
     me lo traerá de vuelta.
          Era la mujer adulta quien no dormía, extrañamente reducida al tamaño
     de una niña, en la semipenumbra de aquellas noches apenas recortadas por
     una luz de farol que viene de afuera. Que también después se apaga, cuando
     suenan las nueve y se escucha el puntual: «Buenas noches, la señora», en
     la voz inconfundible de Rita. La fiel criada, la incansable Rita; la otra
     mitad querida de mi pedazo de madre. Un silencio sin apuros va desalojando
     los últimos: «Hasta mañana y la bendición», somnolientos, que apenas se
     levantan de las camas. Se mete en cada rincón de la casa como una gran
     cobija oscura que la tapa por completo. Hasta el perro cierra la boca y se
     acurruca donde siempre.
          En el cuarto compartido sólo quedan el ronroneo del ventilador en el
     verano o la débil lucecita de la estufa en el invierno, la respiración de
     mis hermanas y el incesante trajinar de mis tristezas.
          Durante el día se juntaban pequeñas cosas y era feliz, como aquella
     vez de la foto. En un marco de plata las cuatro hermanas se sonríen en
     escalera, contra un fondo de palmeras nudosas que florecían casi hasta
     tocar la tierra. La madre quedó fuera del marco. Su morisqueta provocó
     nuestra risa, mientras papá decía: ¡listo! y apretaba el gatillo de la
     cámara fotográfica.
          Debimos quedarnos allí un poco más, en la inocencia de aquel paisaje
     tan quieto y repleto de sol que los ojos se aturdían con el brillo. Pero
     teníamos el compromiso ineludible de crecer, de protagonizar la propia
     historia. Tuvimos que seguir adelante.
          ¡Cuánta vida ha corrido desde entonces! Mi memoria se ha puesto flaca
     para las alegrías con los años. En cambio lo otro persiste, dura más.
     Acaso nunca se acabe. ¿O será que las alegrías se entristecen con el
     tiempo? Siempre hay un recuerdo pertinaz entre mis párpados que mi dicha
     de hoy, por intensa que sea, no llega a distraerlo por completo. Siempre
     existe un plazo establecido, una angustia que se presenta de repente, una
     hora marcada por el reloj de alguna iglesia, que de pura casualidad está
     cerca a mi vida.
          Especialmente cuando llueve, y coincide que estoy sola, porque mis
     hijos ya respiran por su lado, se me da por revivir aquellos recuerdos.
     Los miro desde mi rincón de mujer adulta con los mismos ojos de entonces,
     sólo que ahora, en los extremos, envejecen sin remedio, y en vez de crecer
     se van achicando. En parte por la edad, en parte porque se me terminó la
     espera.
          Comprendo que la niñez de la pequeña se apagó súbitamente, no porque
     no supiera cuidarla.
          Alguien la empujó. Se me resbaló sin yo quererlo y cayó al suelo
     haciéndose añicos. De entre sus restos elegí el pedazo más grande y lo
     traje conmigo como un vestido viejo y bello que permanece intacto en el
     fondo de un baúl. A veces lo reviso y hasta me lo pongo encima. Fascinada
     me miro al espejo. -No te muevas -le digo a la niña que de pronto aparece
     con una sonrisa y su delantal a cuadros-. Por favor, no te muevas. A pesar
     de todo lo que sufrimos juntas, quisiera tenerte en los ojos para el resto
     de mi vida.



     - II -
          Nunca me había sentido más cerca del cielo como durante aquellas
     vacaciones de verano. Quizá porque nuestra casa allí subía muy alto, como
     si la empujara el viento, trepando verdes y piedras hasta acurrucarse
     contra el cerro. Tan pegada a las primeras nubes, que parecía estar
     colgada de ellas.
          Para el otro lado, siguiendo cuesta abajo, se caía el pequeño pueblo,
     que visto desde arriba era un subir y bajar de tejados mohosos dándole
     vueltas a una ancha plaza, entre manchones de verdes y algunos rosas de
     lapachos y tanto canto rodado en las calles, que se iban arrastrando a la
     par de uno, enredados a los pies del caminante.
          Yo me aferraba a aquellos veranos como si durante toda la vida los
     hubiera estado esperando, porque su llegada marcaba el comienzo de una
     nueva vida para mí. Porque era su calor el que ahuyentaba mis tristezas.
     Yo podía oír como el sol las aplastaba, el ruido que hacía al
     marchitarlas. Podía sentir cómo una tras otra se me iban despegando las
     penas. O acaso era el viento del lago el que las corría, estrellándolas
     contra las Tres Piedras. Lo cierto es que un buen día ya no estaban. Se
     habían ido calladitas la boca, así como habían venido.
          Cuando el sol nos pegaba de lleno en las caras, tostándolas como si
     fueran hojas, y ponía chispitas de luz sobre el aire, entonces las
     tristezas no podían aguantar tanta felicidad y se alejaban deprisa.
          Tal vez volvieran a su nido de nuestra casa del centro, que se había
     quedado sola y a oscuras, metiéndose en los huecos de los roperos o en los
     cajones sin ropa o debajo de alguna cama vacía. O incluso donde poníamos a
     secar la ropa cuando llovía, allí muy quietas, esperando nuestro regreso.
          Sí, era aquel sol el que me traía la sonrisa de nuevo, y como si un
     resorte escondido entre sus rayos me empujara, me reía y me reía,
     mostrando a todo el que quisiera ver mi falta de dientes.
          La casa entera contagiada de mi risa también reía, con interminables
     ecos repitiendo mis carcajadas en los amplios corredores cuadriculados,
     donde nuestras carreras habían dejado sus marcas.
          Incluso la piedra aquella parada al empezar la escalera, siempre tan
     seria, y que parecía crecer con el tiempo, bueno, hasta esa piedra se
     salpicaba de sol y reía.
          Desde diciembre hasta terminar febrero, la pequeña se sacaba la vieja
     que llevaba dentro y volvía a ser la niña de los siete años recién
     cumplidos. Me asalta un soplo de vida por todas partes; estoy más allá de
     mí misma. Por momentos no me siento yo, sino otra. Otra que podía ser
     feliz cuanto quería. Otra que puede brincar, esconderse tras los pilares,
     ser de repente un pájaro o una melodía, estrenando de aquí para allí esa
     alegría tibia que me regaba el cuerpo como un vestido nuevo en una fiesta
     de cumpleaños. Y por donde iba mi felicidad, yéndose con ella, mi padre,
     en un simple estar ahí, que era tanto.
          Casi me parecía impasible que de golpe lo hubiéramos recuperado, y me
     estrujo los ojos muchas veces, como no pudiendo creer lo que veo: papá
     siempre a mi alcance. Todos los días y todas las noches, papá cerca, a
     cualquier hora disponible, compartiendo de veras nuestra existencia.
          Me hacía tanto bien volver a tener un padre, a sentirme otra vez
     aquella hija querida cobijada por él como bajo la protección de un techo,
     cálidamente arropada por sus manos.
          Se reanudaban las ceremonias de los besos y las caricias. Nuestros
     labios volvían a encontrar en mi mejilla aquella ternura única, mezclada
     con la barba áspera. Su voz volvía a ser íntima y mimosa y sus brazos a
     tener el hueco calentito donde yo me escondía con cualquier pretexto.
          Y cuando los cerros no eran sino noche tupida y las cosas de afuera
     se habían vuelto invisibles, entonces nos plantábamos a su alrededor como
     arbolitos para escuchar maravillados sus cuentos. Le salían ríos de
     palabras por la boca, palabras que mezcladas al olor de las guayabas,
     formaban parte de mi placer en aquel entonces.
          La niña piensa lo mismo que está pensando la madre: que no está todo
     perdido, que siempre queda un poco de felicidad en algún yerto, que
     todavía no es demasiado tarde.
     ***
          Mágicamente el tiempo parecía haberse detenido al borde de aquellos
     veranos que han quedado grabados muy dentro de mí.
          Las veredas suben y bajan entre piedras, lagartijas, adioses de
     personas a quienes no siempre conocemos, y sombras verdosas que se nos van
     cayendo encima al pasar bajo los árboles.
          Por allí vamos nosotros cantando sin saber qué ni por qué, solamente
     cantando, todos equipados para la aventura del baño, recorriendo el mundo
     de todos los días a las once de la mañana, justo a esa hora. Nunca más
     tarde ni más temprano. La familia en pleno llevando su felicidad a
     cuestas, junto al par de sombrillas, al termo con limonada y los
     sandwiches de jamón y queso. Papá, mamá y su media docena de hijos que
     habían sido minuciosamente contados antes de bajar las escaleras. Porque
     era preciso que fueran siempre seis, tanto de ida como de vuelta. No fuera
     que por el camino se quedara alguno. Cuatro mujeres y dos varones. Cinco
     caminando por su propia cuenta y arrastrando el coche del más pequeño.
          Nos poníamos en fila india para bajar la barranca, tan en picada y
     angosta, que nos hacía andar todo el tiempo resbalando. Según mi papá, lo
     mejor era dejarse llevar por la pendiente sin oponer resistencia. Nos
     soltábamos entonces, en medio de gritos, apuestas y revolcones, como si
     aquello hubiera sido un tobogán y nosotros, piedras o equilibristas de
     circo.
          En las partes más altas íbamos viendo pedacitos de lago, y de
     repente, allá en el fondo, el lago entero bañado de sol, dando volteretas
     hasta perderse de nuestros ojos. Desde arriba el lago tenía el aspecto de
     una gran sopa que estuviera sentada sobre el fuego, por aquella especie de
     humareda saliéndole de todas partes, abrazada luego por un ancho cinturón
     de arboleda en casi todos los tonos de verde, que iba a terminarse justo
     donde empezaba a salir el cielo.
          En días de viento, las pequeñas olas que traían encima un flequillo
     de espuma, venían desafiándose desde lejos a quién llegaba primero,
     dándose una tras otra de cabeza contra la playa. Allí construíamos los
     castillos feudales, adornados con guirnaldas de camalotes y servilletas de
     papel haciendo de banderitas. O nos convertíamos en milanesas vivas
     enterrándonos hasta los pescuezos.
          Papá y mamá vigilaban nuestras travesuras desde las reposeras rojas y
     verdes, cercanos sus cuerpos, intercambiando sonrisas, orgullosos de aquel
     enjambre de hijos que a cada rato los reclamaban con: mírenme papá mamá
     cuando me zambullo o cuando hago la plancha o cuánto aguanto debajo del
     agua.
          El sol del mediodía era una bocanada de fuego que nos sorbía la piel
     igual que si nos tuviera hambre, entonces nos escondíamos de él bajo el
     techo de las sombrillas, donde de paso devorábamos cuanta cosa de comer
     había.
          Al caer la tarde, cuando el sol entraba a morir en las aguas,
     pintándolas con llamaradas rojas, levantábamos campamento, regresando
     padres e hijos, perezosos, lentos, con los rayos rozándonos apenas las
     doloridas espaldas. Ahora subir esta cuesta resultaba tan difícil como
     escalar una montaña. Ahora ya no cantaba nadie. Ahora ninguno decía nada.
     Con los ojos que se nos caían de los párpados y llenos de bostezos y de
     reflejos dorados, íbamos avanzando despacio, a veces más bien reculando,
     empacándonos a mitad de camino para preguntar: ¿todavía falta mucho?, sin
     saber ya ni dónde poner los pies, sin sentirlos siquiera.
          Llegábamos sí, pero a duras penas con la lengua afuera y la fuerza
     justita para que cada cual echara el cuerpo sobre el mueble más a mano. El
     único que se libraba de aquel calvario por cuotas, era el pequeño
     privilegiado, que desde hacía un buen rato venía balanceando su sueño, al
     parecer, encantado del traqueteo.
          Cuando la oscuridad se iba arrimando al campo, persiguiendo a la poca
     luz que le quedaba encima, aquel mundo alborotado se interrumpía de
     pronto, como si hiciera una pausa para tomar aliento y después seguir, o
     como si las cosas apostaran a quién callaba más entre ellas. Todo se
     petrifica a mi alrededor en un silencio que va en aumento; se hincha, ha
     crecido tanto que termina dominando todos los demás ruidos. Nada se
     escucha. Sólo el silencio que me traía una sensación de soledad, de campo
     abandonado, y muchas ganas de llorar también. La tierra ha quedado lacia,
     como doblada sobre sí misma. Nada se mueve todavía. Todo tan paralizado y
     quieto que aquello daba la impresión de ser algún funeral colectivo. No
     por mucho tiempo, porque a la hora de la cena empezaba a desatarse el gran
     escándalo de chicharras y de grillos y de ladridos que el viento iba
     llevando y trayendo, llevando y trayendo. Hasta los insectos cantaban
     círculos alrededor de los focos. Quién iba a pensar que en un pueblo tan
     chico hubiera tantos ruidos.
          Un poco después, con la orden terminante de papá mandándonos a la
     cama, se terminaba el día. Entonces la niña se acuesta, respirando antes
     de dormir los olores del campo que acercan las dos ventanas gemelas. Aquel
     olor penetrante y tibio que no se siente con la nariz sino con todo el
     cuerpo, oyendo desde la oscuridad la música de su alegría, esa nota dulce
     y continua que parecía apresurar lentamente el sueño. ¿Cómo se podría
     hacer para apresar la dicha?, clavarla como si fuera un cuadro en la
pared.
          Luego bastará cerrar los ojos para que llegue el sueño. Acabaría por
     dormirme en seguida, mientras voy sintiendo esa vida ancha, serena, fluir
     con languidez entre mis venas, aquel bienestar cansado del cuerpo que se
     imponía a cualquier intento rebelde del movimiento. Los brazos, las
     piernas se sentirán contentos, limpios, agotados, en tanto me duermo,
     fuertemente agarrada a mi felicidad, me duermo, para no perderla mientras
     dormía.
          En aquella casa colgante era completamente feliz porque volvía a ser
     una niña. Una niña sin relojes y sin ninguna espera. Tan libre como el
     pajarito de chaleco azulado que cada día se empeñaba en despertarme con el
     mismo canto.
          Mientras duraba el verano, duraba también la dicha. Después las
     vacaciones se iban para regresar sólo al año siguiente. ¿Cómo habría que
     hacer para estar en verano siempre? Las vacaciones deberían durar no meses
     sino siglos. Porque es tan triste decirle adiós a la dicha, sentir que mi
     vida se detenía allí, que se acabó mi cielo. Tan triste separarse de los
     instantes felices volviéndoles la espalda, dejarlos cada vez más lejos,
     prendidos a los postes del telégrafo, a una polvareda larga que tenazmente
     nos irá siguiendo, a las vacas que poco a poco terminarían por hacerse
     manchas, a las casitas retrocediendo hasta desvanecerse, a tantas pequeñas
     cosas que hacen grande la vida. Todo escapando de mí, huyéndome bajo las
     ruedas del auto que van desenvolviendo el camino, hasta quedar enterrado
     allá lejos, donde también quedaría enterrada la niña que en aquellos meses
     yo había sido, allí donde en vano procuraba ver porque casi ya no se veía,
     donde los cerros empezaban a ser cielo y mis lágrimas se hacían llanto.
          Así todos los años, hasta que un año, un verano, un día, sin
     sospechar que era el último, el definitivo día, dejamos de ir.
          Pronto el otoño arrastrará mi alegría con sus hojas. Pronto detrás de
     mi ventana seré invierno. Siempre me dio miedo el invierno. Lo siento como
     un velo oscuro que me tapa el día, el cielo, el sol, a mi padre. Como
     alguien gris que apagó la lámpara alrededor de la cual constituimos por
     algunos meses una familia feliz.
          Es por eso que necesito alargar este verano, continuar un poco más
     esta felicidad, seguir teniéndola conmigo hasta el final de mi viaje.
     ***
          La vida nos ha pasado demasiado rápido y ahora somos demasiado
     mayores. Ya no formamos fila para bañarnos en el lago. Ya no hay risas ni
     se escuchan gritos. Todo parece estar tan lejos, tan fuera de sitio. Y las
     tristezas, sin embargo, son las mismas. La casa colgante también. Como si
     por ella no hubiese transcurrido el tiempo. Como si ni el calor ni el frío
     pudieran alterarla nunca.
          Está ahí, tan semejante a aquellas cosas desvanecidas nunca
     desvanecidas del todo, que se llaman infancia, en el lugar de siempre,
     todavía prendida al mismo cerro, la misma piedra tumbada al empezar la
     escalera dando la impresión de ser un huésped demasiado grande para caber
     adentro.
          La miro al pasar, con nostalgia, con ese vuelco que me da el corazón
     cada vez que la veo, sólo de lejos, como se miran las cosas que en algún
     ayer nos pertenecieron y de las que tanto nos cuesta desprendernos. Sus
     puertas y ventanas abiertas dejan salir voces y rostros extraños. ¿Quién
     habrá elegido ese sofá, aquella reposera verde, las cortinas café con
     leche? Nadie familiar. Ningún conocido. Nada más que nuestras huellas
     demoradas sobre las baldosas y un gran silencio de lo que fuimos... porque
     definitivamente, irremediablemente la hemos perdido.
          A veces quisiera volver atrás, hacia el ayer, a ese tiempo niño que
     convivió conmigo. A veces quisiera que eso no fuera un imposible. No. No
     se puede desandar lo andado ni desvivir la historia. Pero apretando los
     ojos sí puedo. Puedo prolongar las cosas, resucitar personas, un olor,
     cada sonrisa. Me he encerrado tras los párpados y por entre ellos regreso.
     Regreso desde otro tiempo donde no hay muerte ni hay edad ni existe la
     ausencia. Donde sigue siendo verano. Ahí está lo que busco: una niña muy
     rubia hundida en el abrazo de un hombre joven. Es mi padre con su cara de
     ayer, con la misma sonrisa. Las cabezas juntándose en un largo silencio,
     acaso sabiendo que el querer así, tan desde el fondo, está más allá de
     cualquier palabra.
          Hay tanta dulzura en la forma en que las dos miradas se miran, tanta
     complicidad callada, tan fuerte es la impresión de realidad, que por un
     momento las siento a ambas respirar en mi pecho. Y hasta llego a no saber
     cuál de ellas soy yo misma: si esta mujer de ahora o aquella niña de
     entonces. Duró un instante apenas, ya lo sé. Acaso lo que dura un parpadeo
     o acaso menos. Pero para mí fue suficiente.



     - III -
          Hace poco descubrí ente los avisos del diario uno que decía así: se
     vende piano de concierto procedencia alemana, tratar en tal dirección. Y
     como soy una concertista frustrada y se puede decir que ando con el piano
     a cuestas, de inmediato me interesó la oferta. Puse en marcha el motor del
     auto y sin pensar dos veces, partí rumbo a la dirección indicada.
          En cuanto lo vi, supe que era el mismo piano, el de la casa de mis
     abuelos paternos. Abrí la tapa negra, algo desgastada ya por el tiempo que
     le había pasado encima, y ante el desconcierto de la dueña, largo rato me
     quedé mirando las teclas, como si al verlas repasara los rincones de un
     lugar adonde había ido todos los días, durante una vida de casi completa
     felicidad. Mis largas esperas y la tía Etelvina hicieron lo posible para
     que fuera casi y no del todo la felicidad de entonces.
          Rara mujer aquella tía Etelvina. La solía ver sin que me viera ella,
     flaca y a punto de hacerse vieja, dándole agua a las planteras de helechos
     que se recostaban contra los pilares. Siempre cubierta de telas negras que
     la cerraban hasta el cuello, como si aquel luto permanente le aumentara la
     desgracia de haberse quedado soltera. O tal vez por eso mismo lo llevaría,
     en señal de riguroso duelo por el cuerpo que se le iba ajando,
     lastimosamente todavía intacto. Lo cierto es que la amargura de la tía
     Etelvina termina por amargar también las cosas que me pasaron.
          Vagamente me viene el otro piano. Es tan poco lo que puedo recordar
     de él ahora. Apenas si recuerdo los ojos que entonces lo miraban.
          Me he quedado con algo de aquella niña y guardo muchas personas y
     objetos que estuvieron en sus pupilas. En un lugar muy especial está el
     piano. También las visitas.
          Era costumbre cuando se apagaban las tardes, visitar a los abuelos en
     aquella gran casa que tenían, a escasas tres cuadras de la nuestra.
          Cerrábamos la puerta sobre la oscuridad de adentro y salíamos a la
     que hacía un ratito apenas, se había instalado afuera, ocupando cada cual
     sus respectivos lugares: mi padre a la derecha, mi mamá a la izquierda y
     mi pelo alborotado en el medio.
          Las arcadas que me daba el cuello almidonado de mi vestido paquete,
     se me pasaban en seguida, cuando los tres empezábamos a caminar las calles
     despacio, salpicadas ya por las escuálidas luces que caían de los postes
     parados en las esquinas. De un lado, nos venía siguiendo la luna, por el
     otro, nuestras sombras aplastadas. Las casas bajas se buscaban, echándose
     unas encima de otras, tan apretadas que parecían tener bastante calor. Las
     veredas, sin embargo, eran frescas y simpáticas, bordeadas por personas
     que al vernos pasar, hamacaban sus saludos desde los sillones de mimbre. Y
     hasta los arboles y hasta los perros sin dueño tenían cara de gente
amable.
          Cuando empezaba la cuarta esquina, empezaba a salir de la noche la
     casa de mis abuelos, con sus balcones donde se ahuecaban las sombras, y
     sus murallas que de tanto reflejar la luna, acababan por parecer también
     plateadas.
          No bien se ponía la mano sobre la manija negra, la puerta del zaguán
     soltaba un rezongo que se agrandaba a medida que se iba abriendo, como
     retobándose la madera o como si le costara darnos paso. En seguida venían
     los dos corredores interminables, que con el tiempo se me achicaron de
     golpe, uno a cada lado de una fuente de abultado vientre, parada en medio
     de un pequeño jardín como un centinela vigilando antiguos rencores,
     venidos vaya a saber de cuándo y de dónde.
          La familia de mi padre ocupaba el ala derecha, la de mis tías
     abuelas, el ala izquierda, y entre ambas no había mucha cordialidad que
     digamos.
          Ya que según parece, habíamos tenido en tiempos de María Castaña, un
     grave disgusto con aquella rama de la parentela, y desde entonces ellos no
     nos podían ver ni en pintura y nosotros ni pintados a ellos. Nunca nos
     hablábamos cuando nos pasábamos cerca. Alguno que otro saludo huraño,
     esquivándose los ojos donde perduraba la ofensa, religiosamente
     transmitida de padres a hijos, como si formara parte de la herencia.
          Quizá fuera por eso que mi bisabuela solía permanecer horas enteras
     en un escritorio que quedaba en terreno neutral. Mi padre me daba un
     empujoncito y yo entraba a darle el acostumbrado beso. La buscaba entre
     las sombras y los libros y ese olor a aire guardado que había, tardando un
     buen rato en llegar a mis ojos. Hasta que al fin la encontraba, rezagada
     en su voluntaria penumbra, lejos de la única lámpara encendida. Todavía la
     estoy viendo en su sillón favorito, rigurosamente enfundado de negro su
     cuerpo largo y delgado, y hacia arriba, el cuello se le escabullía de
     golpe, como no pudiendo resistir más esa cárcel de tiesos voladitos que le
     llegaban hasta donde le empezaban a salir las orejas. La boca era apenas
     una línea sobre la piel blanquísima, y de pronto, desde muy hondo le
     asomaban los ojos retintos que miraban siempre los mismos recuerdos,
     prendidos a una ventana de postigos cerrados, bajo la cual se apoyaba la
     humedad aquella con forma de barco.
          Yo debía empinarme un poco para alcanzarle el beso, un ligerísimo
     roce que aunque hiciera calor, me daba un chucho tremendo, porque era
     igualito que estar besando una estatua.
          Mis padres y mis abuelos se ponían a charlar luego sobre el corredor
     derecho y yo tenía plena libertad de andar por ahí, revoloteando los
     muebles y también las palabras de una conversación que poco o casi nada
     entendía, siempre y cuando, me recomendaban, no me saliera del límite.
          Al principio, me entretenía el canario, pero pronto me cansaba de ver
     tanto movimiento. Se lo pasaba repitiendo el mismo salto el pobre animal.
     Que yo me acuerde, jamás se le ocurrió cambiar de trino. Ni de trino ni de
     salto.
          Una noche, sin que nadie lo notara, me pasé al corredor prohibido. Vi
     la tentación de una puerta entreabierta y en seguida me vinieron enormes
     deseos de meter los ojos allí, como si todos los misterios desde adentro
     me hubieran estado llamando. Es que quién sabe cuántas veces mi curiosidad
     había chocado contra la obstinación de aquella puerta eternamente cerrada,
     seguro para que no siguiera entrando en la sala más noche de la que ya
     había entrado. Tanta cantidad de negro que no tenía dónde apoyar los ojos.
     Aquí da lo mismo ser ciego, me dije. Una oscuridad honda, como la metida
     en un pozo, casi toda hecha de silencio, bultos al parecer durmiendo y
     alfombras enroscadas.
          Avancé sin saber hacia dónde tirar, latiéndome el corazón como debía
     latirles a los ladrones, tanteando la niebla para no meter la pata. Y ahí
     nomás me fui a tropezar con algo acostado que largó un ruido cortito,
     seguido de un largo eco, y hasta me dio un poco de miedo. Pero cuando la
     oscuridad y el silencio se hicieron de confianza y a las cosas lentamente
     se les fueron formando las caras, entonces me sentí como en mi propia
casa.
     ***
          Era una sala inmensa e inmensamente alta de techos que abarcaba casi
     toda la parte terminantemente prohibida, impregnada del persistente tufo
     que suele sentirse en esos lugares que nadie utiliza nunca para nada, y
     amueblada con cosas que parecían haber sido viejas desde jóvenes.
          De las paredes colgaban retratos, todos hasta la mitad, que yo no sé
     si serían próceres o sólo difuntos de la parentela. Lo único seguro era
     que todavía convalecían de hepatitis, por aquel tono entre marrón y verde
     aguacate de cuando da el cólico que les cubría los rostros. En un extremo,
     un ancho espejo bordeado en algo que por la forma de relumbrar debía ser
     oro puro 18 kilates, repetía dichos retratos y buena parte de la sala,
     incluyendo el cortinado.
          Di algunas vueltas completas, yendo de aquí para allá, de una
     curiosidad a otra, antes de escuchar lo que de repente escuché: un rumor
     de voces lejanas que parecían irse acercando a través de la penumbra. Pudo
     haber sido afuera, pero yo lo oí aquí adentro.
          De un modo confuso comprendí entonces, que algo muy raro estaba
     ocurriendo. Lo más raro, sin embargo, no había sucedido todavía, sino que
     vendría un poco después, cuando pude comprobar que las voces salían nada
     menos que de los retratos. Nunca pensé que éstos pudieran hablar, pero sí,
     era allí donde nacían los murmullos e iban a morir también allí. A lo
     mejor se trataba de muertos que no estaban bien muertos. ¡Mamita! Y lo
     peor era que no encontraba la salida.
          Por un momento me quedé inmóvil, crucificada en aquel rincón,
     temblándome las rodillas, contemplando como hipnotizada lo que mis ojos no
     acababan de creer. Debe ser algún eco que se ha quedado encerrado, o sólo
     debo estar soñando, me mentí. Pero no, porque me pinché dos veces seguidas
     y las dos veces seguidas sentí dolor. Al menos vivía. Medio muerta de
     miedo pero vivía.
          -Esto era lo último que me faltaba. Por lo visto no has encontrado
     nada mejor con qué entretenerte... -decía alguien que al parecer, sostenía
     una acalorada disputa con el señor del retrato de enfrente-. Un día de
     éstos me cansaré de tus humillaciones y se lo contaré todo a todo el
     mundo. Y después no te alcanzara la muerte para arrepentirte.
          La que así hablaba era una opulenta señora cuyo contenido apenas si
     cabía dentro del retrato, demasiado angosto para servir de marco a su
     imponente persona, ya que de punta a punta lo abarcaba.
          Iba peinada de rodete y provista de enormes pechos en pendiente
     (donde se empequeñecía un medallón) que aparecían saliendo impetuosamente
     del canesú de un vestido con tensas hombreras, lo cual hacía pensar que en
     cualquier momento la dama en cuestión iba a ponerse a volar.
          -Apenas me descuido un poco -prosiguió la ofendida- y te pones a
     coquetear con la primera falda que se te cruza enfrente. Y en mis propias
     narices, ¿eh? ¡Desfachatado! ¡Hasta la vergüenza has perdido! ¡Todo!...
     ¡Todo!
          Y a cada ¡todo! se sacudía entera, haciendo temblar el marco también
     con vidrio y todo.
          Sería grave que estos esposos no estuvieran separados por los tres
     metros que había entre las paredes donde se hallaban colgados, porque
     estando así de nerviosa la mujer, podía esperarse cualquier cosa de ella.
          Y mientras el espejo la miraba gritar en silencio, yo me volví un
     poco para ver quién era el desfachatado.
          A primera vista me pareció imposible que alguien pudiera celar de
     algo tan desproporcionado. Tampoco poseía ningún rasgo que hiciera
     sospechar su condición de Don Juan. Era un caballero mal metido en una
     ajustada chaqueta con más botones que ojales, que daba la impresión de
     incomodarlo bastante, a juzgar por la expresión de los ojos. Expresión que
     sin embargo, pasaba a ser de instantánea fascinación cada vez que, sin
     ningún disimulo, contemplaba a su vecina.
          Pero lo más extraño del caso era que el hombre se dejaba retar,
     respondiendo a las acusaciones con un silencio de panteón, sin mover ni un
     solo músculo, completamente insensible a todo cuanto no fuera su vecina de
     pared.
          No así la opulenta dama, que todavía con la respiración alterada,
     seguía adelante, sin dar señales de que fuera a capitular, sino más bien
     al contrario, porque volviéndose ahora hacia la instigadora del drama, la
     encaró entre grito y pito:
          -Y sépase usted, que el miserable enfrente suyo es hombre casado
     desde hace más de treinta y cinco años, y con ocho bocas para alimentar.
     Por lo tanto, si fuera usted un poco más decente lo entusiasmaría menos. A
     ver si se atreve a negármelo en la cara. Estas mujeres de ahora, siempre
     dispuestas a comer la fruta del canasto ajeno.
          Y tras sus palabras dejó flotar un tan largo suspiro que durante un
     buen rato continuó removiendo la penumbra.
          -¡No le permito, señora! -replicó con una voz muy conocida una
     indignada desconocida de cabellos muy negros y piel muy pálida. Aún más
     pálida sobre el fondo oscuro.
          -¡Cómo se atreve a injuriarme de esa forma! Y para que lo sepa: es su
     marido quien me ha venido haciendo proposiciones deshonestas, sólo Dios
     sabe hace cuánto...
          Hablaba a medias, sofocada por un corsé que parecía estarla ahogando
     a cada palabra. Yo no sabría decir de dónde, pero cada vez estaba más
     segura de haberla visto en alguna otra parte. ¿Sería casada o soltera?
          -¡Soltera toda la vida y a mucha honra! -me respondió al instante,
     como si hubiera podido deletrear mi pensamiento.
          Y entonces lo supe: ¡era la tía Etelvina en persona!, con su aplicada
     compostura de miramenometoquéis, su remangada nariz y su dignidad sin
     tachas. Sólo que en mejores épocas, claro. Ya no es ahora la belleza que
     era entonces. No. No resultaba fácil reconocerla. Sólo fijándose mucho.
          El Único retrato que hasta el momento había permanecido callado,
     aprovechó el primer silencio para intervenir a su vez:
          -¡Quién lo hubiera creído! ¡Todavía no estoy bien muerto y esos
     buitres ya se están repartiendo mi herencia! Me han dejado sin tener dónde
     caerme muerto -vociferaba el militar (ya que debía ser militar por su
     vestimenta de gorra y condecoraciones y esa manera repentina de endurecer
     el gesto, como si fuera a ponerse al frente de su ejército, aunque por los
     bigotes era igualito a un mongol) muy propenso a decir palabrotas,
     intercaladas puntualmente cada tres o cuatro frases decentes.
          -Ese dinero que yo me lo gané sudando la gota gorda desde las cinco
     de todas las mañanas de todos los días de cientos de años, hecho ahora
     humo, tirado a la calle, dándose la buena vida esos malvivientes. Ya me
     figuro lo que se estarán riendo de mí. Pero ya verán. No dejaré que me
     maten de un infarto. Antes los voy a desheredar... -y se detuvo un
     instante, algo indeciso, el tiempo indispensable para darse cuenta de que
     ya el infarto había puesto fin a sus días.
          -Los voy a meter presos incomunicados, entonces -se corrigió. Y no
     dijo más porque en aquel preciso momento, la señora opulenta volvía al
     ataque con renovados bríos para proseguir la lucha:
          -¿Con que haciéndole proposiciones deshonestas? ¿eh? ¿Con que
     involucrado en amores clandestinos? Espérate a que me descuelguen de aquí,
     viejo verde -le dijo sin creer mucho en lo que decía-. Pero te advierto
     que conmigo no se juega. Esto se acabó. Se terminó para siempre. Ahora sí
     que me voy...
          -Dios te oiga -le respondió el «desfachatado», a quien las amenazas
     no consiguieron quebrantar lo más mínimo, al contrario. Persistía con los
     ojos de carnero vueltos hacia la tía Etelvina, suplicándole amor con la
     mirada.
          -Hace un cuarto de siglo me ilusionas con lo mismo y ésta es la hora
     en que todavía no te has movido del clavo. ¡Anda, descuélgate! ¡Vete ya,
     mujer! ¿Qué esperas?
          Y así se hubieran seguido peleando la noche entera de no haber sido
     por el piano, quien desde su rincón me empezó a chistar con una sonrisa de
     blancos dientes. Le costaba moverse con aquella cola tan larga y
     desproporcionada, comparándola con el resto del dueño. Me pareció una
     excelente persona y yo la quise en seguida.
          Al instante comenzó a cantar con una voz muy dulce que fue corriendo
     por encima de las teclas, agitando las cortinas, haciendo vibrar los
     caireles, anestesiándome a mí misma... Porque de pronto se me cerraban los
     ojos y esa música fluía de mi interior, me caminaba dentro como si se
     hubiera incorporado a mi sangre. Y luego me sentía transportada igual que
     si sus notas tirasen de mí hacia arriba, como si aquella melodía me diera
     alas y después me elevara...
          De cuando en cuando, desde mis alturas, yo vigilaba la puerta, por si
     acaso alguien entrase.
          La tía Etelvina entró justo cuando menos la esperaba, cortándome en
     dos el hechizo.
          Vi primero su pollera negra. Después vi sus interminables brazos
     forrados que pretendían atraparme, y de los cuales, ni con la mejor buena
     voluntad lograría escapar, por más esfuerzos que hiciera por esquivarlos.
     Presentía que para seguir ilesa, tenía que encontrar una salida, pero no
     me quedaba ninguna. Estaba sitiada. ¿Por qué tendría esa antipatía tan
     arraigada contra mí? Claro, son los otros los que se pelean y a mí a quien
     corresponde la expiación. En un momento dado la tuve tan cerca, que hasta
     pude contarle cuántos botones se prendían a su tambaleante camisa. Tenía
     cinco.
          El cuerpo se le llenaba de violentos temblores, como si sufriera de
     invierno y de la boca le chorreaban palabras que me dolían igualito que
     palizas:
          -¿Acaso no te han dicho tus padres que no se puede entrar en esta
     sala y muchísimo menos tocar este piano? Mocosa atrevida. Pequeña
     delincuente. Que no te vuelva a pescar en lo mismo. ¿Me entiendes? ¿Me has
     entendido?
          Ella alcanzó por fin a catarme una mano y con inesperada rapidez fui
     sacada de allí cual pajarito volando.
          Levanté un vuelo sumiso, torpe y de lo más enredado, llevándome
     varias sillas, una abuela y dos curiosos por delante. Desde arriba todo se
     iba moviendo conmigo, pero en sentido contrario. Y hasta me crucé con
     aquel viento lleno de olor de jazmines que solía acercar el patio cuando
     queda llover por el norte. No sé por qué me dio entonces la impresión de
     ser una de esas ropas puestas a secar colgando de las mangas abiertas.
     Parecía además, que a la tía le encantara mi manera de deslizarme por los
     aires, porque sólo me saltó al llegar a la zona franca.
          Yo, mientras viajaba, iba reteniendo lo más que podía el llanto.
     Prefería morir veinte veces seguidas antes de darle el gusto a esa bruja.
     Otra cosa importante me sucedió en el aire: justamente allí decidí mi
     vida, en represalia al injusto ataque, tendría un piano enorme y sería la
     mejor concertista del mundo. Algún día, apenas creciera.
          Lástima que cuando se cumplió mi rencorosa promesa, sólo cumplida a
     medias, la tía Etelvina ya no estaba precisamente para darse cuenta de
     nada.
          La gran casa hoy ya no me reconoce. La vendieron hace tiempo. Esta
     tarde sin embargo, por esas casualidades inexplicables con que a veces nos
     sorprende la vida, he podido recuperar algunos recuerdos viejos, tan
     pegados a mi infancia y a todo lo que tanto quise, tal como los había
     dejado escondidos entre las teclas del piano en venta.
          Cerré la tapa con cuidado, como si guardan pedazos de mi propia vida
     para revisarlos a gusto más tarde, cuando me encontrara sola.
          -Lo compro -le dije a la dueña-. Me lo llevo ahora mismo.
          Pagué lo que pedía y ni siquiera se me ocurrió exigirle una rebaja.
     Porque, ¿qué precio se le puede poner a un piano que de pronto resulta ser
     el mismo piano?



     - IV -
          Desde nuestro corredor yo las podía ver perfectamente, sin entender
     qué hacían tan lejos de su juventud sin haber conseguido pareja.
          Las veía justo a esa hora en que las sombras agrandaban las cosas y
     también los recuerdos, hablándose más con los ojos que con las palabras,
     contemplando quién sabe, otra tarde de menos o la vida que continuaba sin
     ellas.
          Aunque eso sí, costaba abarcarlas a todas desde una sola mirada, y
     había veces que de tanto esfuerzo hasta se me acalambraban los ojos,
     porque eran nada menos que cinco las hermanas.
          A pesar del mucho tiempo que llevaban juntas, se sentaban cara a
     cara, con el sol de la tarde y el cantero de achiras en las espaldas o
     pegándoles de frente, y la impar que estaba sobrando, dirigiendo la batuta
     en una punta, como si fuera directora de la orquesta.
          Dignamente erguidas las espaldas, casi enyesadas de tan rectas, las
     rodillas herméticamente cerradas, y ese calor que de seguro en algún
     descuido se les había metido adentro, porque no paraban de apantallarse.
          Yo no sé si sería por culpa del atardecer que medio me las empañaba
     de lejos, lo cierto es que hasta mis ojos iban llegando como rodeadas de
     una aureola en tres o cuatro tonos de rosa, y sólo les faltaba la coronita
     de luces para ser idénticas a santas.
          Según cuentan las malas lenguas, parece que no se han casado porque
     pretendían mucho y ningún hombre le quedaba bien a ninguna: que éste por
     demasiado alto, que el otro por petiso, que el de más allí por faltarle
     modales.
          Y así se habían ido secando, mientras dormían tan solas, recitando
     esas letanías con indulgencia plenaria que las llevarían derechito a la
     gloria, sin atracar en el purgatorio. Y ahora va a ser difícil que
     encuentren voluntario. Ahora ya no tienen remedio. Han quedado para vestir
     santos.
          -Un conjunto de señoras en estado permanente de gracia y consumidas
     por combustión espontánea, ya que a las mujeres como a las flores, lo que
     les hace falta es el riego -solía bromear mi padre, ante aquel gesto
     fruncido que ponía mi mamá en la boca cuando se enojaba. Y yo allí, sin
     saber hacia dónde tirar, si la cosa era de risa o para estar seria.
          Lo que no entiendo de veras es por qué les dicen todavía «señoritas»,
     si son tan viejas. Una cosa es ser señorita y otra cosa es ser solterona.
     A veces hubiera querido ser un poco menos niña, a ver si entendía más.
          Para mí que las cinco nacieron solteras y encima viejas. De eso estoy
     casi segura. Aunque mi mamá me promete que la recostada contra el pilar y
     que a cada rato suspira, había tenido marido en mejores épocas. Pero no
     había forma de averiguarlo, porque ésta sólo era distinta en que un ojo se
     le hamacaba todo el tiempo, al mismo ritmo en que se le iba moviendo una
     pierna.
          Tan poco le duró el marido, que apenas terminaron los arroces y ella
     disparó la liga, también se le acabó el pastel de bodas, por suerte
     después de haberlo probado, aunque sea para recordar el gusto. Sin que
     nadie supiera ni cuándo ni dónde se le había perdido, ni tampoco en qué
     circunstancias.
          -Algo es algo y mejor que nada -decía con malicia mi padre, y mi mamá
     decía que era mucha indiscreción andar averiguando cosas, y por eso, al
     final, nos quedamos con las ganas.
          Lo cierto es que a partir del triduo, asumió con tal seriedad y
     recato su condición de viuda, que más que una viuda parecía tan soltera
     como al principio. Como si el tiempo no le hubiera dado para perder la
     inocencia del todo. Y ese poquito lo fue recuperando de nuevo, seguro pasa
     hacer causa común con el resto.
          Yo era muy chica entonces, y veía sólo la mitad de la vida. La otra
     mitad la tenía tapada por la inocencia. Hoy, sin embargo, tengo el
     panorama completo. Hoy, nadie me saca de la cabeza que en la aparente
     indiferencia de la única casada, había un no sé qué picarón, un resplandor
     distinto que la hacía también diferente.
          Es como si la estuviera viendo sobrellevar aquella desgracia con la
     sonrisa en los labios, como si recordara sonriendo los privilegios de
     haber tenido un marido.
          Ya me parecí a que aquel tic -izquierdo- de ojo no era un defecto,
     sino más bien acaso del esfuerzo por reconstruir entre minuciosos
     insomnios, los hechos más resaltantes de su viaje de bodas, antes de que
     éstos se le olvidaran del todo.
          Ahora comprendo también el porqué de esas miradas balazos disparadas
     por las hermanas cuando la veían sonreírle a las plantas, como si a cada
     rato le estuvieran echando en cara el motivo de sus nostalgias.
          Con todo, ninguna de las otras cuatro consiguió quitarle lo bailado,
     y así pudo envejecer tranquila alrededor de sus recuerdos, porque el
     tiempo podía deteriorar su cuerpo pero no su recuerdo. No hay tiempo capaz
     de envejecer el recuerdo. Eso no lo pude comprobar entonces, sino mucho
     después.
          A la que le dicen la «menor» y a veces hasta la «nena», sólo se la ve
     un poco más joven, llevando algo así como una ventaja de horas sobre las
     hermanas. Es también la más ansiosa de todas porque estaba como a la
     espera de algo que nunca ocurría o como temiendo que en cualquier momento
     se le derramara la sopa. Y aunque parezca mentira y siendo tan grandecita,
     le tenía un terror congénito a los hombres y a los murciélagos. A los
     primeros, después de que se hubieran puesto los pantalones largos y a los
     segundos, después de aquella vez que dos enormes de grandes se le vinieron
     encima.
           A simple vista se le notaba aquel miedo, por la forma cómo los
     esquivaba a ambos, empalideciendo por zonas y retorciéndose los dedos casi
     siempre. Tanto, que hasta llegué a pensar que con el jardinero, para dar
     un ejemplo, jugaban coreco, porque nunca se encontraban en ninguna parte,
     ni le permitía acercarse a más de cierta y prudencial distancia. Siempre
     hablándole de lejos y a los gritos pelados, sobre la manera de tratar a
     las plantas o de cortarles lo sobrante seco o la hora en que debía darles
     el agua. O cuando le mandaba enderezar la enredadera que se andaba
     desviando del camino marcado por el alambre, floreciendo para el lado del
     vecino.
          Y la mayor, a esa si a la legua se le notaba la antigüedad que tenía,
     con sólo verle la cara. Además solía dormirse por ahí, donde le agarrara
     el sueño y en insólitas posturas. Incluso hasta en pleno día y haciendo
     con la garganta aquel ruido como de gárgara. O le daba por recorrer
     fatigosamente la casa, agachándose de vez en cuando para ver por dónde
     continuaba el camino o los bultos a tiempo, mientras buscaba desesperada
     sus lentes que le colgaban del cuello.
          Entre ellas hay una que se destaca porque vive de mal humor toda la
     vida. Era también la más la más enojada pero sin estarlo de veras, ya que
     de allí no pasaba. Andaba con el llavero a cuestas, dando atareadas
     vueltas para poner en orden el mínimo desorden de la casa, matando de paso
     alguna cucaracha extraviada, lo cual era su fuerte; «porque traen
     enfermedades muy graves las más puercas», repetía con asco, mientras con
     el taco les iba dando el golpe de gracia.
          Hasta bastante entrada la noche se la veía cerrando ventanas y
     puertas. ¿Para qué se tomaría tantas molestias?, si lo único que entraba
     allí sin permiso eran las hojas, cuando las entraba el viento y después
     más nadie. Llegado el momento, le aparece el trauma: se adelanta señalando
     a las visitas el camino del portón de calle, que desde que yo me acuerdo
     fue siempre el mismo y no había forma de equivocarlo. Pero ella, dale que
     dale, insiste hoy, mañana y pasado. Durante muchos años continuó
     insistiendo.
          Fuera de eso, no había otra pista que te indicara cuál era cual entre
     ellas. Las cinco parecían siamesas pegadas por la inocencia. Les sobraba
     tanto cariño por dentro, que a veces no sabían qué hacer con él. Entonces
     se lo daban a las plantas, arrullando a cada uno de sus brotecitos nuevos.
          Avanzan y retroceden en una misma línea como en la guerra. Bastante
     redonditas por abajo, a punto de hacerse viejas por arriba. Las caras muy
     blancas y además empolvadas. Lo único más fuerte que todas sus virtudes
     era aquel perfume que usaban, cuyo aroma se percibía mucho antes de que
     llegaran y mucho después de que se hubieran ido.
          -Es como si se ducharan con perfume y se secaran con talco -opinaba
     mi papá y yo también opinaba lo mismo.
          Al empezar y al terminar la visita nos atacaban con aquellos besos
     mordiscos que duraban largo rato. Se visten también igualito, de medio
     luto floreado que las clausura hasta el cuello, desde donde súbitamente se
     comienza a verlas. El poco pelo hincado de muchas peinetas, medio por
     caerse siempre, como faltándoles de dónde agarrarse. Todo el cansancio del
     cuerpo se les había concentrado en las piernas, tan despaciosas y lentas
     por el siempre andar en lo mismo.
          Cuando las visitábamos, hablaban del tiempo todo el tiempo, y además
     de esas cosas que suelen pasar durante el veraneo, inclusive de otras, aún
     antes de que ocurrieran, mencionando a Dios a cada momento en voz tan
     baja, que parecían tener miedo de que las escuchara alguien.
          No es que hayan sido chismosas, nada de eso, sino que el pueblo era
     tan chico entonces, que no había dónde esconder los secretos.
          No sé qué hubieran hecho nuestros veranos sin ellas. Eran las cinco
     tan buenas, tan obsequiosas, tan tiernas. He crecido con todas en mi
     recuerdo. Las guardo todavía, muy junto a lo que tanto quise, así, como se
     me quedaron en la memoria, sentadas entre retratos de otros más viejos que
     ellas. Sentadas iluminando mis atardeceres hasta un poco antes de morirse.
          Porque se fueron muriendo una tras otra, casi al mismo tiempo. Así
     como habían vivido y como envejecieron. Al mismo tiempo. Después sólo se
     escuchó el silencio, sólo este ir y venir del silencio dispersado por el
     viento, igual que si aquel corredor replegara sus recuerdos, recogiera sus
     pisadas y se acostara entre sus ecos.
          Me fui a cada uno de sus velorios y lloré por cada una de ellas. Hoy
     ya no queda ninguna. Pero, ¿hace falta acaso que estén vivas para que yo
     las vea? Ahora mismo las estoy viendo. Entonces camino de puntitas hacia
     allá, cuidando de no hacer ruido, de que no me sientan, porque el juego es
     caerles de sorpresa. En el último escalón me detengo muy quieta,
     respirando apenas, esperando... y cuando están bien distraídas les grito
     ¡GUAU! con todas mis fuerzas. Pero ellas no se asustan ni piden socorro
     como yo creí. Sólo me miran, hasta que les comienza a salir de pronto
     aquella risa tan linda, primero de los ojos; de la boca después y
     finalmente de toda la barriga. Largo rato nos reímos juntas. Lo único malo
     de mi risa es que pasado un tiempito se me convierte en asma, y entonces
     dejo de divertirme. Todavía no conozco a nadie que se pueda divertir con
     una cataplasma encima.



     - V -
          Estuvo allí desde muy tempranito. Desde cuando me arrimé a la ventana
     y en lugar del sol de cada mañana, me encontré con esta lluvia de
     porquería. Primero hice como que no la veía. A lo mejor al dejar de
     sentirlas las cosas se acaben, me dije, y durante un buen rato no le quité
     los ojos a ese señor colgado de un marco, tan difícil de saber hacia dónde
     mira, que según mi abuela había sido su esposo antes de que lo colgaran.
          Pero no hubo caso. Para nada me sirvió el experimento. Al contrario,
     fue mucho peor todavía, porque ahora ya no eran las gotitas de antes, sino
     pedazos de agua a través de mis lágrimas, acarreando ruidos de viento, de
     árboles, de yo qué sé, de todo lo que bajaba con ella.
          Si sólo hubiera sido eso, pero lo peor es que también traía cola. A
     veces y de repente, el estornudo de un trueno haciendo temblar la casa
     entera. Después se iba, por suerte, rebotando... rebotando, hasta
     convertirse en eco lejano, como un pedacito de ruido que alguien se
     hubiera tragado.
          Menos mal que los rayos caían muy de vez en cuando. Me daba miedo
     aquella luz tan extraña entre me caigo y no me caigo, y había que esperar
     que hiciera su recorrido con los ojos bien apretados, por si acaso. Hasta
     los grandes le tenían miedo porque mi mamá y mi abuela se santiguaban a
     cada rayo: «Ave María Purísima, que no se nos caiga encima», mientras
     besaban sus escapularios bendecidos por el Papa que les trajo una parienta
     de Roma.
          ¡Qué larga es a veces una lluvia, y además, qué fastidiosa! Siempre
     llega cuando uno menos la espera, igualito a esas visitas que por poco hay
     que echarlas para que se vayan, porque cuando se instalan se instalan en
     forma, como si sus partes de sentar se les hubieran pegado a la silla.
          -¿Todavía sigue allí? -preguntaba a cada momento mi padre,
     refiriéndose a aquella señora obstinada y gorda que abarcaba un gran
     espacio de sala.
          -Se lo pasa diciendo: «Ahora sí que me voy», hace como dos horas, y
     después se acomoda de nuevo -informaba Rita con entonación de espía.
          -¿Ah, sí? Entonces la voy a poner en vereda. Desde aquí le gritaré:
     si usted no se va, nos iremos nosotros.
          Y si la cosa no pasaba a mayores era gracias a la oportuna
     intervención de mi mamá, que toda nerviosa le decía:
          -Por favor, ni se te ocurra. No me hagas pasar papelones. No lo digas
     ni en broma.
          ¿Cómo habrá que hacer para echar a una lluvia?
          Hubiera querido soplar y desaparecerla. Que se borrara. Además no
     pasa el tiempo, y si pasara sería lo mismo, ya que las horas no me sirven
     para nada.
          ¿Por qué no se harán más pocas las horas de lluvia? O mejor, ¿por qué
     no se irá a llover a otra parte? Viene a caer justamente aquí, sobre
     nuestro veraneo, habiendo tantos lugares.
          Mi papá será casi un sabio por la cantidad de cosas que sabe, pero
     todavía no me entra en la cabeza lo que me explicó hace un rato: que en la
     mitad de la tierra hay sol, y en la otra siempre llueve. Por lo visto, la
     parte que nos quedaba encima, de repente se dio vuelta y comenzó el
     diluvio.
          Luego quiso convencerme de que la lluvia al caer, no hacía sino
     cumplir órdenes superiores del cielo:
          -En todos lados hay un mandamás y unos pobres que obedecen, es
     inevitable.
          -¿Y eso qué tiene que ver con la lluvia? Por lo menos a la nena no la
     metas en política -le recriminaba mamá, como todos los días.
           -Ni cuando le hablas a tu hija te despegas de tu famosa política.
     Desde que me levanto hasta que me acuesto te escucho hablar de lo mismo.
          Y como todos los días también, mi papá seguía adelante, como si
     continuara un discurso ininterrumpido y nosotros no fuéramos nosotros sino
     su público.
          -En este país nunca se sabe lo que puede ocurrir el día menos
     pensado. El momento es muy difícil. ¿Acaso hubo carne esta mañana en el
     mercado? La lucha por seguir respirando se ha puesto brava en estos
     tiempos de privaciones y el partido necesita de todo nuestro apoyo.
          -¡Basta de hacer discursos!
          -Lo que ocurre es que ahora da lo mismo estar en un bando que en
otro.
          ¿Cómo es posible que se haya perdido toda conciencia cívica?, porque
     quién más quién menos, se rebusca para estar arriba. Pero te aseguro que
     sólo es cuestión de tiempo. Ya verán. Ya verán. Sólo que cuando vean, será
     tarde y la tortilla ya estará bien dada vuelta. Yo sé lo que te digo...
          -Y yo, es la quinta vez que digo: no insistas con el tema cuando haya
     chicos delante. Has hecho de eso una especie de vicio.
          -Deja en paz al único vicio que ya me queda, aparte del cigarrillo.
           -¿El único? No tanto el único...
          Entonces empezaban a reprocharse todo desde el principio, y yo no sé
     cuál de las dos cosas era peor: si oír aquella pelea o escuchar la lluvia.
     Y después uno de los dos se iba dejando un portazo en la cara del que se
     quedaba. Y después, pasarían tres, hasta cuatro días sin siquiera
     dirigirse la palabra. O sea: lo de siempre. Si no hubiera sido por esto,
     hubiera sido por aquello. Claro que durante las vacaciones se peleaban
     menos. Un poco menos.
          Yo nunca acabaré de entenderlos. Algunas veces actuaban como perro y
     gato, y otras, como si se quisieran mucho, porque se abrazaban fuerte,
     durante largo rato. Me sentía tan feliz entonces, que habría dado
     cualquier cosa porque se quedaran así para siempre.
          El caso es que luego de varios intentos, se fueron callando del
     todo... y todo volvió a quedar como antes. Aunque no enteramente igual que
     antes, porque de pronto, en el primer silencio, se destapó la lluvia del
     otro lado de la ventana y alguien pasó gritando que cerraran persianas y
     puertas para que no se inundara la casa.
          La misma lluvia de porquería había vuelto sin haberse ido. Casi me
     duele ver la frente a mí, y un poco más lejos, salpicando el vidrio, y
     todavía más lejos, allá donde yo tendría que haber estado jugando.
          Me quedaré aquí, un rato quieta, a ver si así al menos la escucho
     hablar. ¿De dónde habrá sacado mi padre que la lluvia habla en su idioma?
          -Escucha, ¿viste cómo conversa?
          -No.
          -¿No? ¿Y ahora?
          -Ahora tampoco.
          -Bueno, ya la escucharás cuando te concentres. Porque para eso hay
     que estar concentrado. Después podrás escucharla.
           Eso estoy haciendo ahora. Escucho con todos mis sentidos puestos en
     las dos orejas. Sólo escucho... voces ahogadas que salen de la lluvia.
     Voces sueltas que chocan contra el suelo formando burbujitas, y acaban
     arrastrándose despacio, en susurros casi, para formar raudales de voces.
     Arroyoitos también. Como si quisieran decirme algo al pasar. Alargo hasta
     donde puedo la oreja y... Nada. Otra vez y otra vez NADA. Cuando una voz
     venía, la otra se alejaba. ¿No se encontrarían nunca para formar una
     palabra? ¿Ni una sola? Voces sin pies ni cabeza que nunca me dirán nada.
          -¿La sientes ahora?
          Siento igual que si alguien tartamudo rezara un responso sobre las
     tejas. Y si a eso mi papá le llama hablar, pues entonces ya lo creo que
     habla. Pero hablaría en chino, porque lo que soy yo, no le entiendo ni
     medio. Y más que hablar se plaguea. Incluso ahora mismo pasa llorando por
     las inconsolables canaletas que recogen el agua del techo. Vaya manera
     extraña de decir las cosas. Seguro sólo mi papá y la tierra son capaces de
     entenderla. Yo, por el momento, ni papa.
     ***
          Me pregunto qué voy a hacer todo un día encerrada dentro de este
     aburrimiento, porque no me dejaban salir ni a la puerta y desde allí no
     podía ver gran cosa: más allá, la misma lluvia y más allá, la misma lluvia
     entre mis ojos y el cielo.
           Si yo fuera una señorita sería diferente: un simple paraguas
     arreglaría el problema. Pero todos somos tan niños, que ni siquiera piloto
     tenemos.
          No había más calles. No había más plaza ni gente paseando. Aunque
     ahora que me acuerdo, hace poco vi pasar aquel perro que más perro parecía
     un bote, así remando con las cuatro patas. Tampoco se puede decir que haya
     estado en plan de pasear el pobrecito, sino de llegar cuanto antes, porque
     en el mismo instante que lo vi dejé de verlo. Con tal de que no le haya
     ocurrido ninguna desgracia.
          Y desde entonces no volví a ver otra cosa viviente. Ni colores había.
     Apenas un gris pálido rodeando al pueblo, que todo sucio de lodo se había
     hundido en un charco. Ni más ni menos que si esta casa fuera el Arca, y el
     resto con Noé y todo, se hubiera ahogado.
          Tampoco escucho cantar a los pájaros. ¿Dónde se meterán tantos
     pájaros juntos? Según Rita, se van a buscar un techo, porque con semejante
     lluvia se les tranca el vuelo. Seguramente por eso habrán pasado volando
     tan ligero.
          Así me paso la lluvia, metida en este pedazo de casa que es un
     cuarto, extrañando la vida de afuera.
          ¿Qué se habrá hecho de mi escondite del árbol? ¿Y de las semillas de
     mango que la semana pasada planté para que tuvieran manguitos?
          Aunque sea un poquito de sol, que brilla pero por su ausencia,
     hubiera hecho más divertido el encierro. Todo deja de funcionar cuando
     falta el sol. Todo queda como sin vida. Todo se descompone. Muy parecido a
     cuando mi mamá se ausenta de casa.
          Y aquí estoy: ni asmática ni castigada ni siquiera engripada. Sólo
     esperando que se le ocurra escampar algún día. Soy una niña que de tanto
     esperar me volveré vieja, igual al caso de la tía Etelvina, que vieja
     vieja no era, pero poco le estaría faltando. Porque había perdido la mitad
     del pelo y casi todas sus esperanzas de que volviera el novio, del que
     nunca jamás volvió a saberse nada. Aunque tampoco se encontraron sus
     restos.
          Y conste que en la despedida ella le había dicho: «aquí me
     encontrarás cuando vuelvas», y él: «no tardaré mucho, mi cielo». Lo menos
     veinte años esperó «su cielo», hasta que al final, casi se fue de monja,
     porque según mi papá en total desacuerdo con mi mamá, para ir de otra cosa
     ya no reunía condiciones.
          De repente, como que quiere aclarar hacia donde está el guayabo. ¡Qué
     maravilla! Una delgada rayita de sol intentando asomar entre la juntura de
     dos nubes. Estuvo un rato allí, sin dar ninguna luz, algo indecisa, un
     rato apenas, y después se hizo tan débil, que terminó desmoronándose en
     cenizas. Y todo volvió a quedar en el gris de siempre.
          -¿Cuándo va a escampar, Rita?
          -Dentro de un ratito nomás. Dentro de un ratito. Siempre que llovió,
     paró.
          Pero el tiempo pasaba y el ratito no pasaba. Ya debería haber
     terminado y todavía no termina. Falta. Falta. Siempre falta todavía.
          -¿Cómo más o menos es un ratito?
          -Es un rato chiquito y ¡ya basta!
          ¡Pucha digo! Siempre sucede lo mismo. Abusando de mi inocencia
     siempre.
          Cuando los mayores no saben qué contestar, recurren a unas cuantas
     mentiras y enseguida te mandan callar.
          Porque en aquel ratito de Rita cabía casi un año para mí. Puede caber
     la eternidad también.
          Un poco más allá de donde yo me estoy aburriendo, están mis otros
     hermanos, armando cada zafarrancho que ha puesto patas arriba el cuarto.
     Parecían contagiados de la electricidad del rayo. Gritaban y habían
     gritado tanto, que casi no les quedaba voz, y tanto se había plagueado
     Rita, que casi no le quedaban fuerzas:
          -¡No, así no!, que te vas a sacar un ojo. ¿Por qué tendrán que jugar
     como locos? ¡Mi Dios! Esto ya no parece la tierra sino el infierno, y
     ustedes unos demonios con cola y todo.
          -¡Rita! ¡Rita! ¡Julio me está llamando maricón!
          -¡Sí, porque él me tentó primero!
          -¡No seas pelotudo y yaguaí!
          -El que lo dice lo es.
          -Con llorar nada se remedia, mi hijito.
          No es que fuéramos demasiados. Nada de eso, Cuando salimos, no damos
     la impresión de ser muchos. Cada cual se va por su lado y lo más bien
     pasamos desapercibidos. Pero así, todos castigados por la lluvia, somos
     bastantes. Un batallón más o menos. Además, había que minar a la abuelita,
     que casi nunca sale la pobre, pero lo mismo abulta.
          Y lo peor es que hay que portarse como una niña buena y decir que sí
     a todos los no. Y todavía mejor que eso: debo portarme como una señorita,
     como si las señoritas no hicieran cada cosa a cada momento.
          De veras que no los entiendo ni los voy a entender nunca. Para
     algunas cosas me dicen que soy muy chica, por ejemplo, para las revistas.
     Resulta que primero me enseñaron a leer, haciéndome tragar veintitantas
     letras del abecedario juntas, sin poder cambiarles el orden. Letra por
     letra, palabra por palabra, sin fallar en una coma. Y al final, cuando
     estoy en condiciones de practicar un poco, resulta que me han escondido
     hasta la última revista. Yo pienso que mejor hubiera sido seguir contando
     con los dedos o leyendo de memoria mi libro de lectura. Total, para lo que
     me sirve ser instruida. Y cuando les conviene, quieren hacerme ver,
     sentir, pensar y actuar como si yo ya hubiera crecido.
          -Y más bien aprovecha para repasar el catecismo y después la tabla
     del siete, que aún te sale torcida. ¡Ah!, y sobre todo, no pelees con tus
     hermanitos. Que casi siempre me están buscando pelea.
          Porque algo teníamos que hacer. No se puede pretender que así, de
     golpe, seis niños bien alimentados y en edad de correr se conviertan en
     media docena de estatuas. Tampoco había derecho. Por más abogado que mi
     papá sea: ¡no hay derecho!
          Claro que aquí iba a haber pelea, salvo que saliera el sol. Pero la
     cosa es que no sale. Una pelea que nunca se sabe cómo empieza, aunque sí
     como se acaba. Acaba siempre que mi papá entra gritando que nos dejemos de
     jorobar, que ya hicimos «eso otro», también con jota, demasiado, que a la
     gran siete que somos hinchas, que basta ya y con cuidadito, porque ahora
     sí que van a ver lo que es bueno, mientras daba vueltas con la mano
     abierta buscando a quién pegar primero.
          Todo bajo la paciente mirada de Rita, que en tanto nos controla con
     la parte de arriba de sus anteojos, con la parte de abajo hace de
     costurera. Incluso Rita, siempre tan buena, se ha vuelto de repente,
     rezongona y mala. Lo que hacemos nomás, está mal hecho. Por cualquier
     cosita nos reta:
          -Este muchachito mea que te mea el santo día -gruñía, mientras sus
     pechos robustos caían sobre mi hermanito, por poco hasta desaparecerlo,
     cuando se inclinaba para cambiarlo, porque no había forma de quitarle la
     fea costumbre de hacer pipí donde no debía, ni el terror a la escupidera.
          -Cuándo será el día que no te hagas de todo encima. Yo ya estoy vieja
     para estos trotes. Ya no me da el cuero. Todo lo han de ensuciar. Miren un
     poco: ¡este cuarto parece un chiquero!
     ***
          Desde la voz que rezonga mi nombre, veo a Rita, fija como en un
     retrato.
          Rita... juntando cuatro ternuras se escribe Rita.
          Rita... la otra mitad querida de mi pedazo de madre, aunque a veces,
     también me fastidia tanto, que casi estoy por olvidar cuánto la quiero.
          ¿Y cómo no voy a quererla? Si yo no puedo recordar la vida sin ella.
     Si nos había cuidado desde que nacimos, desde hacía tantos años, que ya no
     le alcanzaban los dedos para contarlos. Si detrás de cada tarde, de cada
     llanto, de cada velita apagada estaban sus besos. Cuántas noches la habrán
     visto sin sueño, pegada a nuestros catarros, a mis ataques de asma. ¿Cómo
     no quererla, entonces? Si todos mis recuerdos la recuerdan.
          Y ahora sigue aún aquí, al pie del cañón.
          Acaso algo más desteñida. Un poco sorda, también, porque según mi
     abuela, el tiempo pasa sobre las personas y les va gastando un poco de
     todo: la memoria, la paciencia, los ahorros, la vista y los zapatos.
     Aunque eso sí, a Rita aún no se le acabó la dulzura.
          Tiene los ojos negros del mismo color que la cara y que casi todos
     sus vestidos de salir y de entresaca. Labios anchos, abiertos siempre para
     la sonrisa o para los besos largos o para aquellos ronquidos en varios
     tiempos y en distintos tonos, que nunca dejaban dormir a nadie. A veces ni
     siquiera a los vecinos, cuando el viento soplaba hacia la derecha. Pero lo
     mejor de todo son sus manos. Así de grandes. Blanditas. Calientes. Nunca
     vi manos tan parecidas a panes. Debajo de su calor me refugié tantas
     veces. Eso es Rita. Un delantal de hule sobre el crujido de sus sedas
     viejas, un pañuelo amarrado a la cabeza y la voluntad dispuesta siempre.
     Porque nunca para de hacer cosas de la mañana a la noche. Y a veces hace
     como que no hace nada, para que mi mamá no la rete:
          -¿Pero qué apuro hay, Rita? Eso se hará mañana. ¿O acaso alguien la
     está corriendo? Ahora mismo se me va a acostar. Y si no lo hace por las
     buenas, entonces tendremos que atarla. Que pase buena noche, Rita.
          Se levantaba antes que el sol, mucho antes que se levantaran las
     luces. Apenas amanecía, ya estaba sobre sus pies. Luego el día se le iba
     de un lado a otro, trajinando entre rezos, entre el calor o el frío, entre
     las sombras a veces, cuando le ganó la hora. Tratando de remediar tanto
     desorden y de tenernos a todos relucientes, impecables hasta del último
     recoveco, como a mi mamá le gusta que estemos. Y casi parece que nos
     sacara brillo, igual a la casa los jueves.
          Porque aquí los jueves, se hace una limpieza a fondo, que nos incluye
     también a nosotros. Para sacarnos la suciedad semanal que se nos iba
     quedando pegada. Se arma un batifondo de escobas, plumeros y baldes. Por
     donde se nos mire quedamos con la casa chorreando agua. Se echan las
     telarañas del techo, se lavan los cuartos a baldazo limpio. Se frotan los
     pilares y detrás de cada oreja, y con minuciosa insistencia entre las
     partes privadas.
          -Esto es peor que una revolución -se quejaba mi papá, que andaba
     medio desafinado dando vueltas con el diario sin hallar dónde sentarse.
          Y a veces más allá de medianoche todavía se escuchaba la paciencia de
     sus pasos siguiendo el compás del péndulo, que cada cuarto de hora,
     alborotaba el silencio.
          Yo no sé cómo hacía para estar en todas partes al mismo tiempo. Como
     si la hubieran cortado en muchas porciones iguales: un pedacito de Rita
     para cada uno. Y a veces querría que mi vida fuese larga, larguísima, para
     quererla toda la vida.
          Solamente cuando llovía no aguantaba casi nada. Es lo único que la
     enoja de veras. Se le ponen tan tensos los nervios que parecía que alguien
     los estuviese estirando de las puntas.
          -Cuando venga tu papá le voy a decir que ya no aguanto. Le diré que
     me voy mañana mismo. Antes de que me maten, me iré.
          Pero nunca se iba a ninguna parte, por suerte, y sólo se ausentaba el
     ratito que empleaba en hacer pipí. Y cuando salía fuera de casa, era para
     oír misa todos los domingos y fiestas de guardar, porque ella sabe que de
     no hacerlo, le podría costar el infierno.
          Lo que de verdad no entiendo es por qué Rita nos soporta tanto. Eso
     es lo que quisiera saber. Mi papá nos soporta porque no le queda otro
     remedio. Mi mamá por lo mismo. Pero Rita ni siquiera es nada nuestro. ¿Por
     qué nos soportará entonces? Aunque a lo mejor, si se empieza a escarbar un
     poco, también resultamos parientes. Por aquí casi todos somos parientes. O
     parientes de parientes, que para el caso es lo mismo.
     ***
          Inútil averiguar si sale el sol. Por más que a cada rato registrara
     el cielo, por más que me empecinara o me trepara en una silla, no aparecía
     y no aparecía.
          ¿Qué andaría haciendo? Me gustaría saberlo. Sería el colmo que se
     hubiera quedado dormido, como acaba de asegurarme mi padre. Eso me huele a
     cuento chino, pero no iba a ser yo quién le discutiera. Total, yo puedo
     decirle que sí y después pensar lo que quiero.
          Mientras mis hermanos a ratos se revuelcan, a ratos aturdían con unos
     chillidos que deberían oírse todavía doblando la esquina, yo voy y vuelvo
     hasta la puerta de mi encierro, escuchándolos apenas. Casi no se puede
     andar sin meter les pies en algún embrollo. De pronto un jarrón se
     tambalea, cae y que en paz descanse. Este cuarto va de mal en peor. Un
     instante más, y capaz que reviente, y por nada del mundo quisiera pagar
     los cristales rotos. Salir era lo que necesito. Irme de aquí.
          Del dormitorio paso al comedor, donde están mis padres con mi
     abuelita, seguramente hablando otra vez del prójimo, porque cuando
     charlaban los grandes era casi siempre para criticar alguna macana hecha
     por alguien. Nadie me escuchó llegar. No sé de dónde me vino entonces
     aquella idea del espionaje, de alguna película, supongo. Lo cierto es que
     me encogí lo más que pude, hasta sólo hacerme un bultito bastante
     disimulado por la cortina, para cubrir las apariencias.
          Seguir el hilo de lo que hablaban me costó un gran esfuerzo, no sólo
     porque palabras y lluvia me llegaban medio entreveradas, sino porque de
     repente, todos se ponían a hablar juntos y no precisamente del mismo tema.
     Como una orquesta de tres músicos que tocaran tres melodías distintas.
          -Qué me dicen de esas polleras tan cortas que están usando las
     chicas, lo más arriba posible, mientras las blusas se las escotan hasta el
     ombligo. Y ni qué decir los trajes de baño: un retacito acá y otro a modo
     de cubre sexo, y a veces ni eso. Adónde iremos a parar con semejante
     desparpajo. Las muy hipócritas al entrar a la Iglesia se tapan la cabeza y
     al salir se destapan otra cosa. A quién querrán engañar, porque a Dios no
     se lo engaña.
          -No exagere, señora, que no es para tanto.
          -No lo será para usted, evidentemente, a usted más bien le conviene.
     Todos los hombres son iguales, cambiando a la legítima siempre que pueden.
          -Hasta el santo se calienta cerca del fuego, señora...
          -Y por lo visto les fascina quemarse, toda vez que sea sobre hornalla
     ajena... Y de Martina que se entiende con Lalo Cantero, qué me dicen. Ésa
     es otra que bien baila. Una mujer tan bien casada perder la cabeza así,
     por un badulaquito cualquiera. Y pensar que el marido es el único en
     ignorar sus propios cuernos.
          -Vaya a saber si lo que dicen de Martina es cierto, mamá. ¿Acaso te
     consta?
          -Me conste o no me conste, todo el pueblo lo comenta. Y donde hay
     ola, mi hijita, es porque hubo tormenta.
          -Eso se hereda, señora. La madre ha sido igual, y parece que también
     lo fue la abuela. Y si no estoy calculando mal, y con todo el respeto que
     usted me merece, aquella ilustre matrona perteneció a su misma época. ¿O
     me equivoco acaso, querida suegra?
          -¡Qué esperanza! En mi época había decencia. Aquellas sí que eran
     costumbres y no esta Sodoma y Gomorra. El marido ajeno y los curas eran
     sagrados. No sé cómo hay mujeres así, loqueando con cuanto pantalón se le
     pone a tiro, siempre buscando de quién agarrase, aunque ese quién tenga
     sotana... En fin, que DIOS nos ampare.
          Yo calculé que pasaría un rato largo antes de que me descubrieran,
     pero por lo visto, calculé mal, porque de golpe callaron todos, así porque
     sí, y el silencio comenzó en seguida.
          Un silencio medio raro, medio traído de los pelos, demasiado
     silencioso para ser casualidad. ¿Por qué callarían siempre en la mejor
     parte? Sólo después vine a saber que no fue tanto porque sí, sino porque
     la sombra de mi cabeza había hecho un movimiento sobre la alfombra. Era
     para no creerlo: traicionada por mi propia sombra. Mi sombra: un Judas
     cualquiera. Ni siquiera en las sombras se podía confiar ahora.
          Para mal de mis pecados aquellos seis ojos que en vez de color
     echaban chispas, se me pusieron a mirar y a mirar tan detenidamente, como
     si nunca en la vida hubieran visto ninguna niñita espiando. Me sentí tan
     sola, entonces, tan en desventaja, tan Caperucita frente al lobo, que me
     dio lástima de mí misma.
          Y después sucedió lo que tenía que suceder: todas las bocas se
     abrieron juntas, me acribillaron a sermones, sacando a relucir su
     interminable colección de reproches: que salga inmediatamente de allí que
     venga aquí, que qué eso de andar espiando, oye tanto esmero por educarme y
     miren un poco lo que les vine a resultar, que me darían mi merecido
     dejándome sin postre tres días, incluso hasta cinco, sólo de mí dependía,
     y que mi merecido entraba en vigencia ya, para que vayas aprendiendo.
          Y mientras tanto yo, ahí parada, sin poder cambiar los ojos del
     frente, con la cola entre las piernas y en posición de firme, como me han
     acostumbrado a recibir los retos. Con ganas de que todo acabara pronto,
     por aquellas otras ganas que tengo, como de ir en seguida al baño. Ninguna
     casualidad. Una vez pasado el susto, siempre me quedan las ganas. Y
     sabiendo que no puedo ir al baño por más que lo tuviera a un paso, y
     escuchando tanto clic clic de las canaletas, más ganas todavía. Ya estoy
     por hacerme encima.
          No sé cuanto duró aquello ni cuánto más me dijeron, lo cierto es que
     apenas terminaron, les grité: nunca más lo prometo, les juro por lo que
     más quieran, y me disolví en las tinieblas.
     ***
          Había mucho silencio cuando volví. Parecía una misa donde sólo
     estuviera faltando el cura, porque habían puesto las caras igual que en la
     Iglesia. La lluvia era la única que no perdía el entusiasmo y tampoco daba
     señales de perderlo todavía.
          Casi por contagio nos empezamos a aburrir todos y todos de distinta
     manera. Mi abuelita bostezando todo el tiempo, cada vez con más boca. Por
     momentos sólo boca era su cara y hacia arriba, los ojos en blanco. Mi papá
     comía el humo de un cigarrillo tras otro, masticándolo largo rato, para
     soltarlo luego por las narices. A mis pitadas se enredaba siempre una
     tosecita seca que mi mamá miraba con mala cara:
          -Últimamente fumas demasiado. Un día de estos...
          Hay gente que sólo fumando puede pensar y mi papá era uno de tantos.
     Con el cigarrillo en la boca ya había escrito tres libros. Debe ser
     difícil abarcar todo al mismo tiempo y ser un escritor, un político, un
     profesor de abogacía y un padre de seis hijos. Pero a mi papá no parecía
     costarle ningún trabajo.
          -No me eches las cenizas en el suelo que para eso hay cenicero -le
     recomendaba mamá de vez en cuando, mientras sus incansables agujas le
     daban fuerte al tejido: un punto, derecho, el siguiente, torcido. Ni
     siquiera para hablarme sacó la vista de allí:
          -No pongas esa cara que no es para tanto. Hay que mirar también el
     lado bueno de la lluvia, lo bien que le hace a las plantas...
          ¡Qué disparate tan grande! Tendría que haber dicho: lo mal que les
     está haciendo. Si no había más que verlas para comprender su tristeza.
     Ramas y hojas chorreando llanto, y los árboles de más lejos hechos una
     lástima. Tan cargados de agua que no podían siquiera levantar cabeza.
     Torcidos. Casi tocando tierra.
          Lo que pasa es que últimamente mi mamá anda con la mirada corta, y
     apenas si le alcanza para ver aquí cerquita. El resto, forzosamente, tiene
     que adivinarlo.
          Después, cruzados de brazos y la lluvia de por medio, nos quedamos
     como esperando que alguna solución llegase pronto, pero lo único que llegó
     fue el mediodía. Y después también se acabó la tarde, sin pena ni gloria,
     sin que hubiera ninguna variación entre una hora y otra. En todas llovió
     con gotas tan iguales, que apenas se pudo distinguir las tres de las
     siete. Un día que se escurrió hasta la última gota, como el agua que va
     cayendo de la canaleta.
          Poco a poco, una oscuridad cargada de sombras fue entrando en la
     casa. Primero borroneó las cosas, un rato después, las personas y al
     final, ni yo misma podía verme. En seguida de encenderse las luces, las
     sombras eligieron pareja y se pusieron a bailar sobre las paredes, ni más
     ni menos que si hubieran sido pistas de baile.
          Resulta que uno está apenado, como nosotros ahora, y ellas, métale
     bailando. Bailando. Bailando. Dentro de un instante apagarán la luz y
     tendrán que irse solamente. Quieran o no quieran. Lo mismo que estos
     bichos tan pegajosos y tontos que creen que la luz eléctrica es el sol. Ni
     la peor de mi clase creería eso.
          -Ya es hora. A la camita todos.
          Había que dormir siempre y siempre era un fastidio. Aunque a lo mejor
     era también el fin del mundo y lo más prudente sería que me agarrara en la
     cama. Hay que desvestirse, quitarse la ropa, los zapatos.
          -Los zapatos trancan la sangre del cuerpo -dice Rita-. Y es de mal
     augurio dormirse vestido. Sólo los muertos lo hacen.
          Habrá que rezar, cerrar los ojitos y tratar de dormir, contando quién
     sabe cuántas ovejitas. Mañana será otro día. Pero apenas me acostaba, la
     lluvia me crecía en las orejas. Gotea. Me inunda. No la aguanto más. La
     detesto. La aplasto contra la almohada. Estoy tan intoxicada de lluvia
     como aquella vez con las guayabas. Estoy por vomitarla. Ojalá esté bien
     lejos de aquí antes de que amanezca. Ojalá se muera esta noche misma.
          Mucho tiempo estuve buscando el sueño, boca arriba, boca abajo. Pero,
     ¡qué altos los párpados!, ¡qué difícil cerrarlos! ¿Se me habrán vuelto
     panzones de tanto escuchar a los sapos? El cuarto se repleta de humedad y
     de ronquidos. Mientras tanto yo no duermo. Yo continuo escuchando. Cada
     vez que la lluvia venía, yo me iba alejando; un poco primero, después más
     lejos. Subo dos escalones y entro a una oscuridad distinta a la que mis
     ojos acaban de dejar. Hay mucha neblina o humo o no sé qué. ¿Habrá estado
     mi papá por aquí fumando? No. No era él sino otro señor que en vez de
     pelos tenía rayos en la cabeza. ¡Era el sol de mi libro de lectura!
          -No debes despertar de noche porque seguirá lloviendo -me previno y
     su voz pareció abarcarlo todo.
          -Volverás a dormirte y a despertar de noche y seguirá lloviendo.
     Nunca encontrarás manera de atajar la lluvia. Tienes que darme un poco de
     tiempo. Debes dormir de un tirón para que yo pueda trabajar tranquilo.
     Cuando el cielo se haya vaciado de nubes. Cuando ya no quede ninguna, sólo
     entonces empezaré a brillar.
          Y fue como si dentro de aquella lluvia encontrara por fin un
     lugarcito seco.
          Supe que había dormido porque algo me despertó. Primero esa canción
     tan gastada que cantaba Rita las veces que barría el patio. Y después...
     ¡EL SOL!
          ¡Qué maravilla despertar con el sol sobre la cara, recorriéndome la
     piel en angostas cosquillitas! Sí, está ahí, chapoteando entre la tierra
     inundada. Un poco languiducho todavía, un poco pálido, pero procurando
     hacerse un sol entero. Y la lluvia ya no era lluvia sino distancia.
          Con el sol he nacido de nuevo esta mañana. Todo se me iluminó de
     pronto. Y también hablan vuelto los pájaros...



     - VI -
          He crecido bastante en estos últimos meses y eso tiene sus
     consecuencias: le estoy quedando grande a casi toda mi ropa, y demasiado
     chica a casi todo el resto.
          -No sé cómo has podido alargarte tanto -me reprochaba mamá, como si
     el estirón hubiera dependido de mí solamente.
          -A este vestido se le acabó el ruedo, y a este otro también. Ni
     siquiera les sobra para el postizo. Así sólo podrán servirle a tu hermana
     -decidió después, dando la cuestión por terminada.
          Y ahora, cuando ya se había callado, yo seguía en el rincón dándole
     vuelta a sus palabras. Las piernas medio recogidas, la cabeza apoyada en
     ellas, como la apoyaba a veces, cuando me sentía triste.
          Porque no era la primera vez que me robaban, y quién sabe si sería la
     última. Lo mismo había pasado con el vestido verde y con aquel alforzado
     tan lindo y hasta con el último de mis zapatos. Y todo por esa costumbre
     de la herencia que existe en la familia. Son tantas mis hermanas, que
     siempre hay una más chica respirándome en la nuca y esperando turno para
     picotearme algo. En cambio a mí, nunca me tocaba nada, más que ser la
     paganini siempre. Porque en orden de nacimiento soy la mayor entre las
     mujeres, y, ¿de quién podría heredar entonces?
          Pero la paciencia no está entre mis virtudes, y a menudo el carácter
     se me pone parecido al de un alacrán cuando le pisan la cola. Aunque me
     hubiera encantado tener también su veneno.
          Junto y voy juntando rabia sin abrir la boca, y cuando me llega hasta
     la coronilla, tengo que reventar solamente. Y como el alacrán, me defiendo
     atacando:
          -¡Todavía no están contentas con todo lo que me han robado, ladronas
     de porquería, barriles sin fondo! -chillé, mientras pateaba el suelo-.
     Pueden quedarse también con la enagua y con toditas mis bombachas, si
     quieren. Por eso mismo se irán de cabeza al infierno, cuando se mueran.
          Primero mamá se me quedó mirando con cara de querer mandarme a algún
     lado, pero luego, como si hubiera recuperado la calma antes de perderla,
     ya que es la compostura en persona, me habló con la misma naturalidad con
     que le da una palmada a mi hermanito para hacerlo eructar:
          -Bueno, bueno, ya basta. No sigas protestando y menos en ese tono,
     que no se trata de ningún robo. Además recuerda bien que dar no es
     suficiente cuando no se da contenta -remató con ese tono de sermón que usa
     cuando le está copiando a la Biblia, (su manía predilecta, además de ver
     suciedades por todas partes) de donde extraía las más inesperadas
     moralejas, tan juntitas como anillo al dedo para indicarnos lo incorrecto.
          Hasta eso, ¿qué más querían, eh? ¿que gritara «Viva la Pepa»,
     mientras me desplumaban? Eso sí que no. No, gracias.
          ¡Y si no quieren oírme, tápense la oreja con algo, porque yo voy a
     seguir gritando hasta cuando se me dé la gana!
          Y ahora estoy esperando salir de la penitencia para empezar otra vez.
          Nunca pensé que crecer fuera a costarme tantas peleas, tantas
     desdichas. Porque así ando últimamente, como dolida de una pena que no
     ubico en ninguna parte, como llena de una tristeza a punto de derramarse
     siempre. Entonces me salen lágrimas y sobre todo mocos. A montones. Igual
     que si llorara con la nariz.
          Y como si no fuera ya bastante y para completar la desgracia, a eso
     se le venía a juntar lo que me está sucediendo por dentro. También por ahí
     me van de mal en peor las cosas. Desde hace días tengo la extraña
     impresión de haberme cambiado por otra, otra que después de haberse
     instalado como si yo fuera su casa, se había puesto a trepar en forma tan
     apretada, que parecía más bien una enredadera. Sea quien sea, es una
     intrusa quien se ha puesto en mi lugar, con mi nombre, con mi cara sucia y
     hasta llegando al colmo de mirar con mis propios ojos.
          ¡Qué lejanos y qué solos parecían estar mis juguetes!, sin nadie que
     jugara con ellos. Sí, han cambiado mucho las cosas, y yo también había
     cambiado. Ya no soy aquella niña que durante años vivió conmigo, casi sin
     que yo me diera cuenta. Cada vez la siento más lejos. Cada vez la siento
     menos. Como si a cada rato la estuviera perdiendo un poco. Pero de repente
     no tengo ganas de perderla. Necesito ver su sonrisa, su mirada de juguete.
     Apretarla bien fuerte.
          -¿Qué querrías hacer ahora? -me pregunto ansiosa-. Haré todo lo que
     se te antoje. Cualquier cosa.
          Entonces corro y me trepo a un árbol y me cuelgo de cabeza, con el
     ombligo al aire y los calzones abombados, para ver de revés al cielo. Me
     hago el mono allá arriba, durante mucho rato, para que esté contenta.
     Quiero que se vaya del todo, pero también quiero que vuelva. Yo qué sé.
          Ni yo me entiendo, ni me reconozco a veces. Ahora mismo, hubiera
     podido irme a jugar con las demás chicas, pero como todavía ignoro quién
     soy, decidí quedarme.
          Por la ventana entraba una mañana hermosa. Tanta claridad entraba,
     que el cielo parecía estar lloviznando luces. Suspiré al mismo tiempo que
     el sillón de mimbre.
          -Hoy no me iré a jugar con ustedes porque tengo dolor de barriga -me
     excusé, acercando la cabeza al marco, y entonces vi cómo mi mentira se fue
     resbalando de a poco, para finalmente perderse entre el canto de las
     chicharras.
          También a mi voz se le había cambiado el tono. La oigo con aquel
     sonido medio afónico que se le pone a mi papá después de haber fumado
     mucho. O tal vez como si me hablara desde un pozo muy hondo.
          ¿Será que por ese mismo pozo se me está cayendo la infancia?
          ¿Será que así se empieza a ser señorita? Me miro en distintas poses.
     Me reviso cosa por cosa. Sin novedad en el frente. En la retaguardia
     tampoco. Ninguna variación entre mi yo de hoy, de ayer o de anteayer.
          Para qué me voy a engañar, completamente señorita no soy. Sería
     pretender demasiado. Sería casi como soñar despierta. Porque para eso se
     necesitan tener cosas que yo todavía no tengo, y antes que nada: haber
     perdido la inocencia.
          ¿Acaso para salir de ella era suficiente saber que hombres y mujeres
     son desiguales, que era lo único que yo sabía? Y no solamente en que las
     mujeres estamos mejor hechas y en el largo del cabello y de las penas,
     sino que el hombre tiene algo que las mujeres no tienen, y lo llevan
     colgado siempre, desde que son bebitos. Diferencia que, por supuesto, se
     va agrandando, a medida que se agranda el dueño. Y aunque esto al final no
     resultó ser un defecto, como me lo pareció al principio, tampoco era
     descubrir América. Salta a la vista de cualquiera que haya visto un recién
     nacido o a don Cepí, nuestro jardinero, que tiene la mala costumbre de
     bañarse con la puerta abierta.
          Pero acaso no fuera tan inofensiva la cosa y sirviera para mucho más
     que para estar estorbando. ¿No tendría también algo que ver con el sexo?
     Vaya uno a saber lo que habrá detrás de eso. Yo todavía lo ignoro. Aunque
     mis sospechas tengo.
     ***
          La verdad es que a este paso de carreta me ha de estar faltando como
     de aquí hasta el cielo para llegar a señorita. Sin embargo, me hubiera
     gustado tanto serlo, aunque fuera por un ratito: saber qué se siente sobre
     los tacos altos o llevando ese artefacto llamado corpiño.
          Ya no sé a cuál Santo rogarle, en secreto, para que estos dos
     chichones tipo piedra que tenía en vez de pechos, me salieran hacia afuera
     y me abultaran un poco. No tanto como los de Rita, claro, tan
     descontrolados y siempre listos a saltar sobre su escote, en el menor
     descuido o suspiro. Pero igualitos a los de Susi, del mismísimo tamaño y
     altura, de veras me hubiera encantado.
          -Mamá, ¿por qué Susi ya está usando corpiño y yo todavía no?
          -Porque todavía no tienes qué guardar adentro.
          Claro, yo voy creciendo hacia arriba, que es un poco avanzar hacia
     atrás, y en las tres dimensiones peores: a lo largo, angosto y chato.
     Mientras que Susi, sin perder ni un segundo, se ha venido rellenando en
     pechera y trasero, que es crecer como Dios manda. Ella sí es como es
     debido que sea. Y cuando comparaba, y veía lo poco que yo tenía, me
     entraban unas ganas tremendas de llorar o de ser hombre.
          Siempre había algo más, siempre algún detallito y así sucesivamente.
     De manera que aquí estoy, pero sin estar nunca completamente lista.
     Demasiado verde todavía. Por ahora, apenas un proyecto. Ni chicha ni
     limonada. Lo mas bien podría firmar N. N. y, ¿a quién le importaba? A
     nadie. Y a los mayores menos que a nadie. Ellos no parecían enterados de
     nada, ni que les importara tampoco. Continúan viéndome criatura. Criatura.
          ¿No se daban cuenta acaso que los ojos me están quedando chicos y se
     me agrandaron las orejas por querer saber cosas nuevas? Ando de curiosidad
     en curiosidad, saliendo de una para meterme en otra. Necesito un poco de
     ayuda. Alguien que me desenrede. Pero los grandes no me dejan entrar al
     mundo donde ellos viven. Se les habla y es como hablarle a la pared de
     enfrente. Están en otra cosa: que si subió la nafta, que si bajó el dólar.
     Cada vez más lejos, más alto, por las nubes, casi. Y ni siquiera se
     quieren agachar para escucharme. Está bien que no se agache la abuela, que
     sufre de lumbago y reuma y tardaba semanas enteras en poder enderezarse de
     nuevo. Pero, que yo sepa, todos los demás están sanos. ¿Y entonces?
          Entonces no me quedó otra alternativa: lo poquito que sé, tuve que
     aprenderlo sola, siendo mi propia maestra. Un poco escuchando a
     escondidas, otro poco espiando...
          -No te preocupes, todos los padres del mundo son igualitos, cortados
     por la misma tijera -me consolaba Susi, la mejor de mis amigas y la única
     con quien se me desataba la lengua-. Tienen la mala costumbre de enseñamos
     con inventos. Si por mis padres hubiera sido, yo continuaría siendo una
     analfabeta. Capaz hasta piensen que todavía sigo creyendo esa historia de
     la cigüeña o la farsa de los tres reyes. Ni que fuera yo de esas monjas
     descalzas.
          Y de pronto a mí se me encendió la lamparita:
          -¿Y entonces, cómo nacen los niños si no hay ninguna cigüeña?
     -tartamudeé mordiéndome las uñas.
          -Según tengo entendido, por donde las mujeres hacemos pipí -aseguró,
     poniendo voz de doctora-. ¿No lo sabías, acaso?
          No le dije ni que sí ni que no porque me había quedado muda, pero
     interiormente pensando y sintiéndome como se habría sentido aquella vez el
     camello frente al portón de la aguja. Por aquel espacio tan chico tener
     que salir una persona entera, aparte de ser una grosería, era algo que
     obligaba a pensar mucho.
          Durante días estuve pensando mientras no dormía o comía apenas,
     tratando de acomodar las cosas en mi cabeza: para arriba, para abajo. Para
     ningún lado hubo caso. Y conste que la imaginación es mucho más elástica
     que la vida real y yo podía estirarla y retorcerla hasta donde se me diera
     la gana.
          Después de haber fracasado en el primer intento y en el segundo y en
     la oscuridad, para que me creyeran dormida. Después de hacer todas las
     pruebas mentales, casi casi me llegó a salir. Pero no. Al final, hasta la
     mitad más o menos salió, mientras el resto se quedaba adentro. Trancado.
          Con razón dolía tanto el parto. Con razón, apenas unos meses antes,
     esa amiga de mi mamá que acostumbra dar a luz con la puntualidad de una
     Iglesia, por poco se muere, alumbrando. Y hasta tuvo que ser auxiliada con
     los sacramentos y todo. Si a mí me dolía de sólo pensarlo. Por eso acabé
     dejando las cosas así como estaban. Porque pensar hasta el cansancio no
     conduce a nada bueno. Y marea demasiado.
          Que una idea traiga otra es muy natural. De lo que ni yo ni Susi
     sabemos nada es de cómo se hacen los niños. Aunque Susi sospechaba que no
     era solamente con abrazos y besitos. Y un poco por contagio, yo también.
     Suponemos que de esa forma se comienza, entonces nos está faltando la
     continuación. Lo cierto es que tuvimos que hacer de todo para enterarnos:
     buscar en el diccionario, juntar nuestras confidencias, desgraciadamente
     sin ningún resultado.
          -Fíjate bien -me decía Susi, que yo no sé por qué me ganaba lejos en
     aquello de fijarse bien y ver cosas donde yo no veía más que confusión. Y
     cuando por ahí yo tenía una idea, ella automáticamente, tenía dos. Era
     como una caja de sorpresas para mí.
          -Fíjate que las casadas nunca se acuestan sin tener un marido al
     lado. ¿No te parece eso muy sospechoso? Además, ¿por qué no se admiten
     parientes en el viaje de bodas? ¿Eh? Seguro cuando están solitos suceden
     cosas...
          Y como yo también debía opinar diciendo algo, a veces decía que sí, y
     a veces que no, según los casos.
          -Será mejor que se lo preguntes a tu hermano Julio, él ya va por la
     secundaria y por lo tanto ha de dominar el tema.
          -¿Y si me manda a freír papas?
          -No, no lo creo. Además, nada se pierde intentando.
          Aunque no resultó tan fácil averiguarlo, porque lo que parece tan
     sencillo en apariencia, se hace enormemente complicado en la práctica.
     Entre me animo y no me animo pasaron semanas enteras. Pero como las
     esperas largas me han desesperado siempre, de una vez por todas me decidí
     aquel día.
          Había que esperar, sin embargo, el momento del silencio. Los
     silencios son importantísimos porque casi nunca existen en mi casa. Esperé
     que la siesta se llenara de silencio y que todos los cuartos se callaran.
     Ningún ruido. Sólo algún silbido lejano de los muebles y uno que otro
     ronquido desafinado de Rita. El bulto de una vaca dormía lejos. Hasta los
     árboles cabeceaban igual que personas con sueño. Sigilosamente me fui
     arrimando al lapacho aquel, medio encorvado, que saca sus flores por
     encima del vecino.
          -¡Hola hermanita! ¿En qué puedo servirte? -me preguntó Julito desde
     la rama donde estaba encaramado.
          Me sentí tan avergonzada de la pregunta antes de hacerla, que estuve
     a punto de salir corriendo, y la sonrisita que intenté para disimular un
     poco, me salió tan falsa que más habrá parecido una morisqueta.
          -Necesito saber una cosa, Julito -le dije, después de haber tragado
     saliva dos veces y acercándole la voz lo más posible, de modo que nadie me
     oyera.
          -¿Para qué otra cosa les sirve «aquello» a los hombres, aparte de
     para hacer pipí?
          -¿Estás haciéndome una adivinanza turbia o qué?
          -Te estoy hablando en serio...
          -¿Ah, sí? Pues con toda seriedad te contesto: exactamente para lo
     mismo que «aquello» les sirve a las mujeres: para hacer hijos. Pero eso sí
     después de haber hecho el amor...
          Se quedó esperando un ratito, a ver si yo captaba del todo, luego,
     viendo que no hacía ningún comentario, continuó, poniendo sus piernas en
     diferentes ramas y unos ojos muy pícaros.
          -No son amores muy santos, que digamos, pero tampoco tiene nada de
     malo, siempre y cuando no se hagan las cositas antes de estar casados. Ni
     es para que te pongas colorada. Con decirte que ni siquiera es pecado.
     ¿Acaso Dios mismo no ha mandado tener hijos por docena?
          -¿Quiere decir entonces que es obligatorio?...
          -Seguro, seguro, tan obligatorio como el servicio militar, pero no
     tan aburrido.
          -Entonces, todos los papás del mundo deben hacerlo, ¿también los
     nuestros?
          -¡Claro que sí, pavota!, si no ¿cómo te crees que has nacido? ¿Del
     Espíritu Santo, acaso? Ja... ja... ja...
          Durante largo rato me quedé allí plantada, oyéndolo decir aquellas
     cosas tan feas, sin saber dónde poner los ojos, sin saber dónde meterme. A
     los pies de Julito que hacía bambolear el árbol entero con sus carcajadas,
     pero infinitamente lejos, mirando los agujeritos de cielo de todos los
     celestes que asomaban entre dos ramas, que a la vez de ramas, de
     repente... ¡eran mis padres en actitudes obscenas!
     ***
          De los momentos siguientes sé muy poco, sólo que empecé a correr y
     correr, al revés de donde estaba la casa, como si escapando lejos hubiera
     podido arrancar esa porquería de mi cabeza. Pero la veía igual, igual que
     si viniera conmigo. ¡No puede ser cierto! ¡No puede ser! A mis costados
     pasaba el viento, pasaban árboles que en lugar de hojas tenían ojos por
     todos lados. De todos aquellos ojos tenía mucha vergüenza. De mí misma
     también; hasta de Dios que siempre me está mirando por dentro. Vergüenza
     deberían tener ellos. No podía creer que mis padres siempre tan buenos,
     que ni siquiera permitían que habláramos con malas palabras, fueran
     capaces de tanto. ¿Cómo se habían podido prestar para semejante cosa? Me
     había imaginado muchas formas, menos ésa. Y si era la única manera de
     hacerlos, entonces los hijos deberían estar prohibidos.
          El camino, lleno de jorobas y pozos, seguía, pero no igual. Todo
     parecía de pronto estar detenido. Sólo yo iba corriendo, corriendo... y
     algunas nubes arriba, como si tal cosa. ¿Me estarían jugando carrera? Si
     pudiera llegar hasta la heladera para tomar un vaso de agua. Me estoy
     muriendo de sed. Si pudiera limpiarme estos pensamientos. Para eso tendría
     que lavarme bien la cabeza, bañarme lo antes posible, mudarme de ropa
     también, porque me siento sucia. Pero ¿dónde me iba a bañar? «Y cuando se
     encierran los picarones no duermen, sino que pasa lo que tiene que pasar».
     «¿La abuelita?» «La abuelita también, para que lo sepas». «Aunque los
     gatos, por ejemplo, pueden hacerlo en cualquier tejado, a la vista de todo
     el mundo». «Los animales no tienen vergüenza». Mis padres, por lo visto,
     tampoco. No, quizá no lo hagan siempre. «Claro que siempre». Sólo de vez
     en cuando, «Siempre». Algunas veces. A lo mejor, nunca. ¿Ahora mismo?
     «Ja... ja... ja...»
     Después de todo, a mi qué me importa. Por mí que se mueran. Papá
     seguramente me dejaría apoyar la cabeza contra su pecho, para desahogarme
     a gusto, la cantidad de llanto que yo quisiera, hasta la última gota de
     esta tristeza. Pero al ver su rostro masculino, lleno de barba puntiaguda,
     enseguida me vendría lo «otro», ¿cómo entonces podrían acudirme las
     lágrimas, si lo que siento ahora es asco? Todos los mayores me dan asco.
     Incluso la mosquita muerta de mi abuela que torcía siempre la boca y toda
     ella se torcía cuando hablaba de la honra. Mírenla, un poco, con esa cara
     de sin mancha de pecado original y por detrás, haciendo sus cochinadas con
     el abuelo. Y a la vejez viruela. O tal vez me encontraría con los ojos de
     mi mamá que parecían pasar revista a mi alma y hacer un inventario de mis
     secretos. Yo no sabría qué hacer con esa mirada, dónde ponerla. «No debes
     hacer un mundo de algo tan natural», apuntaría mi meterete abuela. Todos
     me dirían cosas, pero ya es demasiado tarde. Casi se ha ido al sol, y sin
     embargo me aplasta como si apoyara todo su peso sobre mi pecho. Lentamente
     se aflojan las luces, lo mismo que mis piernas. Estoy demasiado cansada
     para seguir pensando. Lo único que quiero es encerrarme, no ver a nadie,
     mudarme de casa, irme a un lugar donde nadie sepa quién soy ni mi nombre.
     Quiero ser huérfana.
          Eran muchos, y la puerta no alcanzaba para todos, sin contar a los
     más chicos que corrían a través de las piernas. Y yo allí, sin saber qué
     hacer con la cantidad de ojos que me revisaban juntos. Todavía parada,
     quién sabe con qué facha, aunque balanceándome como si fuera a caerme en
     cualquier momento. A ratos los veo, a ratos dejo de verlos, igual que si
     yo no estuviera allí o como si ellos estuvieran en otra parte. «¿Se puede
     saber dónde te habías metido?» «¿Por qué tardaste tanto en volver» «Casi
     nos volvimos locos esperando». «Ya no son horas de andar afuera». «Te
     hemos buscado casa por casa, empezando por la de Susi». «Que sea la última
     vez, chiquillina». «Pero, ¿qué te pasa?». «Estás muy pálida, demasiado
     ojerosa». «¡Por Dios! ¿qué te pasa?» Me han pasado tantas cosas que mejor
     quisiera dormir. Hubiera querido decirles, pero las palabras no me
     pudieron salir; me costaba juntarlas.
          Alguien me toca la frente, una mano helada sobre mi piel ardiendo, y
     una voz casi gritando dice que tengo fiebre. «Debemos acostarla,
     pobrecita. Miren como tiembla». Casi arrastrada, atravesando voces y
     cuchicheos, me conducen a un sitio blandito que parecía ser un pesebre.
     «¿No será que tus primos te mudaron sus paperas?» «Es lo único que ya nos
     faltaba para aguarnos el veraneo». ¡Qué paperas ni qué ocho cuartos! Tengo
     una enfermedad peor que la papera, peor que la viruela, y no podré curarme
     nunca porque es incurable. Hubiera querido decirles aunque nada dije. De
     los ojales salieron los botones. Me fueron sacando del vestido como si
     éste hubiera sido la cáscara y yo, una banana, para en seguida frotarme
     con linimento, «esto te hará mucho bien». «Pronto te sentirás como nueva».
     Nunca antes me había sentido tan vieja.
          Y luego en la oscuridad era como estar lejos, como ir en tren cada
     vez más lejos, y más sola también, porque a último momento la niña no se
     decidió a venir. Acabo de dejarla en alguna parte. No sé. Debajo de alguna
     piedra. Dos veces me levanto para traerla y las dos veces vuelvo a caer,
     feliz de morir por fin. «Parece que por fin se durmió». ¿Quién había dicho
     que la niña se fue?, si ahora mismo está llegando a mi sueño, y yo me
     siento sana otra vez. No, no se fue. Una parte de esa niña, la parte más
     grande de ella se quedó conmigo. Y aún hoy sigue estando. A pesar del
     tiempo.



     - VII -
          Hace toda una vida que la estoy buscando, guiada tal vez por mi
     desamparo, por la necesidad de sentirme menos sola, por este poco de
     esperanza que me tiene aún de pie. Soy tan frágil todavía, tan indefensa.
     Por mí no ha pasado el tiempo ni me está permitido envejecer. Sigo
     teniendo puesto el delantal a cuadros y la misma edad que ella tenía
     cuando me abandonó. Cuando a pesar de todo tuve que dejarla ir para que
     dejara ella de ser niña.
     No la he vuelto a ver desde entonces. ¿Quién era ella los años después?
     Esos años que para mí fueron seis, fueron diez, fueron años enteros de ir
     por la vida esperando tan sólo que me recordara, que alguna vez soñara
     conmigo. Tan poquito hacía falta: un solo pensamiento suyo hubiera bastado
     para que yo volviera.
          Pero no renuncio. No dejaré de buscarla ni aunque sea invierno y la
     soledad mi única compañía. Seguiré revisando las calles, adivinando su
     cara...
          Hasta que aquí me detuve, en esta casa, en esta noche de Año Nuevo,
     sintiendo en alguna parte de mí misma, algo así como una llamada lejana,
     un te necesito urgente, una sensación como de extrañar aquellos años
     nuevos viejos que ya no habrán de pasar para mí.
          Entonces me detengo. Ahí están otra vez los cohetes. Otra vez como
     ayer están los tiros, y sin embargo, nada permanece ya ahora en su sitio.
     Todo lo encontré confundido. La casa no era más nuestra casa ni son los
     mismos rincones.
          ¿Por qué ese lugar vacío donde antes hubo aquel zaguán que jugaba con
     nuestras voces, muchos barrotes entre los cuales he mirado tantas veces,
     un poco de sol en el patio, ese largo trencito de cuartos y allá al final,
     la cocina?
          -¡Oh, Dios! ¿Dónde se ha ido a parar todo eso?
          Mi casa es ahora un baldío, una herida cuadrada en la tierra por
     donde sangran nuestros recuerdos.
          Y al final, ¿qué importaba que ya no fuera la misma casa, si tampoco
     ella era ya la misma?
          Quién sabe cuántos días con sus noches la busqué, tratando de
     encontrar otra vez a mi niña, y de pronto descubro allá, en el fondo del
     jardín, que una mujer ha ocupado su lugar. Podría muy bien ser mi madre
     ahora, y sin embargo es ella. Soy yo. Sí, aunque parezca mentira soy yo.
          Lo supe cuando de pronto, como si ella estuviera viendo dentro de mis
     ojos el horror de lo que yo había visto, empezó a dar gritos angustiados,
     que yo me oigo repetirlos en un ayer lejano, y a decir lo mismo que dijo
     cuando aún estaba conmigo. No la hubiera reconocido de no haber sido por
     eso.
          Yo podía tocar aquel miedo, sentido una vez más sobre mi pecho. Un
     miedo hondo que se pierde y luego se lo vuelve a encontrar cualquier día,
     en cualquier rincón del camino, porque nunca se ha ido del todo. Porque
     quedará ahí para siempre. Todo está ahí, en esa cicatriz transparente por
     donde yo veía.
     ***
          Sacando lentamente el miedo sobre el canto de la ventana, veo la
     revolución allá afuera. La espiamos largo rato.
          Así que esto es una revolución. Hasta ayer yo no sabía siquiera que
     existiese esa palabra. Me queda tan alta que mis pocos años no la alcanzan
     todavía. Tampoco sé qué significa morir. Sólo que se morían los muy viejos
     o los muy enfermos o algún perro de vez en cuando. Y luego que están bien
     muertos y mejor vestidos, son llevados a la Recoleta en unos cajones
     largos que apenas si cabían por la puerta de calle. Eso también sé, además
     de que siempre eran viejos los que se morían.
          ¿Por qué tuvo que morir entonces el soldadito descalzo?
          Aún no se ha acabado el invierno. Aún están aquellos pies sin
     zapatos. Aún puedo escuchar los gritos. Pero el grito del soldadito era el
     más triste de todos. Ese aullido largo, demasiado largo, del que no quiere
     morir, del que hace esfuerzos por conservar la vida.
          Ya no soy capaz de recuperar su rostro. Ya ni sé qué color de pelo
     tenía.
          Sin embargo el grito me ha quedado casi intacto. Hasta hoy me
     lastima. No. No importa cuánto tiempo haya pasado, allí donde suene un
     tiro, lo voy a seguir escuchando.
          Juntas lo vimos arrastrarse por las sombras, apoyándose en el temblor
     inmóvil de las murallas, contra mi propio temblor y el de mi muñeca negra,
     en ese deseo joven de vivir casi tan fuerte como su muerte.
          El pobre quiere seguir un poco más, llegar cuanto antes a su casa,
     tan remota ahora a través de sus heridas. Y cada paso le costaba tanto y
     tanto como si no tuviera pies, sino dos bolsas. Así y todo, procura;
     endereza el cuerpo encogido para volver a tropezar de nuevo. Una y otra
     vez hace el intento. Espera todavía algún milagro. Yo también lo esperaba;
     hubiera dado cualquier cosa a cambio. Desesperadamente lo espero. Pero él
     miraba con vacilante tristeza esa distancia que parecía estar mucho más
     lejos que sus pasos siempre, que parecía se fuera agrandando a medida que
     se achicaban sus fuerzas y sus esperanzas. Mientras por aquí y por allá
     iba dejando aquel caminito de sangre.
          Sólo pudo dar dos pasos más, y el cuerpo se le fue resbalando
     despacio, contra la pared amarilla de esa señora que cose, aquí mismo
     enfrente, como por sobre una cáscara de banana. Y entonces él comenzó a
     morir y yo hubiera querido no estar ahí viendo, sino en mi plaza, y jugar
     y correr hasta no sentir más que dentro de mí algo también se estaba
     muriendo.
          Pensé que si rezaba, alguien de arriba me daría auxilio. Desde aquí
     le recé entonces a la Virgencita que estaba allá, en mi cabecera, como
     mirando dulcemente para donde yo dormía. Y después, cinco veces seguidas
     le recé al ángel custodio del soldadito, esa especie de policía con alas
     que nos pone Dios apenas nacidos para cuidarnos la vida. Pero por lo visto
     no estaba nadie en su puesto, porque el pobre se siguió muriendo.
          Y más que sentir su muerte, fue como si la tuviera aquí, apretada
     contra el pecho. Hay chillidos en mi garganta. Otra vez me ha vuelto el
     asma y me comienza este jadeo incontrolable que a cada instante se me
     agranda un poco más, hasta no caberme dentro. Me asfixio. Intentaba
     respirar y tampoco podía. También me siento morir tras la ventana.
          Entonces comprendí que era mi vida, toda mi pequeña vida la que
     estaba saliendo por aquellos labios, junto al resto de sus palabras: algún
     mamá, después me pareció escuchar agua, y mamá otra vez, mamá muchas
     veces, como si en la ternura de las cuatro letras terminara todo su
     esfuerzo.
          Y todavía el fusil en los brazos, igual que si cargara un niño.
     Todavía aquellos ojos fijos en nada que reaparecen de pronto, me acechan,
     se acercan de una manera obstinada y los siento de nuevo aquí, ¡Dios mío!
     ¡Aquí!
          ¿En dónde estaba ahora aquella muralla?
          ¿Aquel atardecer que se diluía entre rosado y negro?
          ¿Aquel grito ya detenido que sin embargo sigue gritando?
          ¿Aquella muerte del soldadito?
          Yo misma, ¿dónde estoy ahora?
     ***
          En algún lugar de la oscuridad sonaron de nuevo los tiros, y de nuevo
     la vi encogerse, mirar a lo largo del jardín en sombras, como si a través
     de ellas pudiera ver el rinconcito de tierra donde pusimos un día los
     restos del soldadito.
          ¿Qué mira? ¿Acaso allá la noche bruscamente iluminada de cohetes? No.
     Ha quedado al borde de ese viento lleno de gritos. No puede salir de la
     ventana aquella donde apenas tenemos seis años.
          ¡Era tan extraña para mí aquella señora! ¡La sentía tan grande y me
     hacía sentir tan diminuta! Me pierdo buscándome en ella. Me busco en su
     pelo, en cada una de sus facciones. Me podría pasar la vida tratando de
     encontrarme y no me encontraría, porque ya no queda nada de mí en ninguna
     parte de ella. Y sin embargo, es ella... Sigue siendo ella. Soy yo. No la
     misma que soy ahora, claro, sino ese pedazo de mi propio cuerpo que se fue
     más allá del mío, que vino creciendo noche a noche, haciéndose mujer a
     cada instante. Mientras yo dormía acurrucada en mi inocencia para volver a
     soñarla niña. Porque era preciso tocar la punta con los dedos, llegar
     hasta la misma cima, hasta donde yo no sabía cómo llegar, hasta donde no
     llegaría jamás.
          En vano trato de contemplar el último instante de nuestra vida
     juntas, porque no hay un instante último. Pudo haber sido durante los
     volantines del circo. No. No sé si fue en el circo donde la perdí o si fue
     antes. O acaso haya sido después. Pero ahí fue donde comprendí que nada
     volvería a ser igual. Es ahí donde supe que no hace falta tener heridas
     para sangrar. Esa sangre que llegó como el torrente de un río, en cuya
     orilla ella había desembarcado sola. Es en su barriga donde hubo aquellos
     dolores disfrazados de apendicitis. Es en su vestido donde quedará la
     mancha. A mí, jamas mancha alguna habrá de ensuciarme.
          No sé si fue de pronto o poco a poco. No sé si fue consciente o
     inconsciente. Fue un instante largo y tan breve.
          Así, de repente, dejamos de reír, de jugar, de soñar juntas. Ya no
     tiene mi estatura y mis rulitos se alisan en su cabeza. Sólo ella conocía
     el secreto. Le bastaba pegar un salto y... simplemente crecer, en tanto
     que conmigo sucedía lo contrario. Yo me hacía más y más pequeña.
     Disminuyo. Era cada vez menos.
          Y un día me detuve sin saber por qué. Dejé de cumplir años, y ella
     cumplió doce y después catorce y después me dolió verla transformada en
     señorita. Seguimos juntas, pero en dirección contraria. Yo, congelada en
     la misma fecha, en el mismo verano, y ella atravesando un invierno y otro.
     No sé hacia dónde iba ni por qué llevaría esa prisa. Se alejaba y yo no
     podía hacer nada para evitarlo.
          Habíamos llegado juntas sólo hasta aquí. Hasta este momento en que
     ella se va y yo me quedo. Desde entonces empezaré a existir sola, impar,
     incompleta, como una muñeca rota cuyos fragmentos se buscarán en vano para
     recomponerse. Y mi vida continuará semejante al reflejo de un farol sobre
     el agua. A un puntito de niñez, apenas a eso quedé finalmente reducida. Y
     así tendré que seguir, condenada a ser niña siempre, a esta soledad que me
     dolía cada instante un poco más, a este ensordecedor silencio.
          Igual a mí misma todos los días de mi vida, todas las noches.
     Repitiéndome, viviendo lo ya vivido. Cuánto tiempo más puedo quedarme así,
     insoportablemente quieta, andando sin avanzar, consumida en mi propio amor
     que en vano trato de compartir con alguien... Estoy cansada de ser un
     hueco ambulante, una ausencia. Estoy harta de ser niña. Por momentos, con
     gusto me moriría y no me muero y no me muero, sencillamente porque no me
     puedo morir antes que ella. Es la mujer quien deberá morir primero.
          ¿Tengo yo acaso la culpa de lo que ha pasado?, ¿de lo que aún me está
     pasando? ¿Podría haberlo impedido? ¿No seguía siendo yo, yo misma y ella
     la intrusa?
     ***
          Y hoy, ahora, la noche estaba aquí, rodeándonos, expectante, casi sin
     aire, concentrada en las doce de un Año Nuevo que debía de llegar muy
     pronto. También ella, la mujer estaba allí, cada vez más alejada, y el
     esposo a su lado repitiéndole que no hay soldaditos muertos, que no eran
     balas, ninguna revolución, querida, sino los festejos.
          -¿Acaso se te ha olvidado que hoy es Año Nuevo?
          Después la rodeó con sus brazos y así estuvieron mucho tiempo.
          Algo más había cambiado, lo advierto de repente. Algo germinando
     lejos de mí, a escondidas de mí. Un algo extraño que le abultaba el
     vientre y parecía darle toda la luz que le faltaba a mi penumbra: la mujer
     iba a tener un hijo. Un poco de ella, un poco de él.
          Veo sus pataleos. Veo cómo vuelve, cómo se va, cómo vuelve otra vez,
     debajo de su vestido. Un niño doblado dentro de ella, apenas comenzando a
     vivir, que trataría luego de abrirse paso, buscando a tientas su camino al
     mundo. Se llamaría Pedro o Laura o tal vez llevaría mi nombre. Nuestro
     nombre. Y la impresión fue tan grande y yo me sentí tan pequeña que por un
     momento no supe quién era yo misma. Ni siquiera sé qué hacer conmigo. Es
     en ella, en su niño dormido donde quiero dormir. Es ahí también, en ese
     abrigo donde quisiera estar. Bajo aquel amparo.
          En algún lugar entre ese hombre y esa mujer había estado yo. Yo, sin
     edad, sin ninguna defensa, casi sin fuerzas. Y ahora venía a descubrir que
     ya no tengo ningún lugar. Lo último que me quedaba de él había sido
     ocupado.
          Habría querido tener manos para apretarle el brazo, acariciar su
     panza, acariciarla apenas, pasándole despacito el dedo para percibir en mi
     piel aquella otra, palpitante y tierna. Habría querido tener voz para
     decirle que yo también estaba allí, que nunca me había ido, que la seguía
     queriendo mucho, mucho, casi tanto como empezaba a quererlo al niño. Como
     los necesito a ambos. Pero no puedo. Hago el intento, pero no puedo. La
     distancia para alcanzarla sería siempre infinita, igual que mi pequeñez.
          La noche me corría sobre la cara al mismo tiempo que mis primeras
     lágrimas. Me echo a llorar sintiendo que mi cuerpo todo llora conmigo. Ya
     no me queda nada por hacer aquí. Tengo que irme, dejarme ir hacia atrás,
     hacia mi único refugio, hasta el punto aquel donde ella me está esperando.
     Donde somos todavía muy niñas.
     ***
          Y entonces lo vi todo de nuevo. Me veo en una mañana temprano. Veo
     aún las paredes del colegio, un portón de rejas por el que un microbio,
     que soy yo, sale corriendo. Hay tiros por todas partes. Parecían estar
     cayendo de un cielo que a esa hora, no tenía aún ninguna arruga. Mi papá,
     con el color de mi guardapolvo dijo nada más:
          -Pronto, date prisa. Sube al auto.
          Aquello me pareció al principio, más que una revolución, una fiesta
     de año nuevo que se hubiera equivocado de fecha y de lugar. Porque, ¿a
     quién se le ocurriría festejarlo en pleno día y en pleno invierno y con
     tantas caras de viernes santo? Y luego, poco a poco sin comprender
     comprendí, que algo casi tan grave como la muerte estaba ocurriendo.
          Todavía permanece la confusión frente a mis ojos. Gentes que asomaban
     a las esquinas como desorientadas, disparando hacia la derecha, otras
     hacia la izquierda, olvidadas seguramente hasta de la dirección de sus
     casas. En aquel momento era algo así como sálvese quién pueda.
          La puerta se cerró y el auto comenzó a rodar a toda bala, y yo todo
     el tiempo teniendo que pegar mi cara al suelo.
          -¿Por qué, papá, debo viajar así?
          -Porque sí.
          El empedrado de las calles me parece tan cercano cual si fuera
     caminando con la cara.
          Nunca había visto una revolución. Tampoco lograba entender si éramos
     nosotros los perseguidos o si nosotros perseguíamos a alguien. Pero sentía
     el peligro. Podía interpretar los largos silencios, las frases a medias,
     la falta de risas.
          ¿Qué pasó en aquellos días? Nos pasó de todo sin que nos pasara nada.
     Llovió, escampó y también llovieron balas perdidas. Sufrimos mucho,
     rezamos todavía más, por momentos, demasiado, ante imágenes ahumadas por
     tanta vela de sebo, y vivimos tan encerrados como las carmelitas
descalzas.
          Tengo la sensación de haber vivido aquello como un instante muerto,
     sin mañana alguno, casi sin cielo. Dormir poco, comer mal y estar el santo
     día allí metidos, como si nos hubieran cosido a la casa, a las paredes, al
     mismo suelo, era lo único que se podía hacer. A veces hacíamos que
     jugábamos, que no es lo mismo que jugar de veras.
          Todas las horas eran tan iguales, tan parecidas, que de haber sido
     personas, habrían sido gemelas. Y entre todas formaban un día único,
     inacabable. Eran tan largos aquellos días, que casi siempre los perdíamos
     de vista antes de que ellos desaparecieran.
          Los sábados dejaron de ser sábados y no hay por qué recordar que el
     domingo es domingo. Nunca es lunes o viernes. No es mayo ni julio. Podían
     ser las dos o las siete. Total, ¿qué diferencia había?
          Siempre hay delante una muralla, el miedo siempre, paredes por todas
     partes. Me hubiera gustado tanto derribarlas de un soplido y dejar que
     entrase la vida, el sol, esa felicidad a la que el miedo le había negado
     la entrada.
          -¿Qué pasa mamá, papá?
          -Nada.
          Pero las cosas no estaban como si no estuviera pasando nada. ¿Cuándo
     volveríamos a ser niños? ¿Cuándo podremos volver a la plaza?
          No ahora. No mañana. No en los próximos meses. Sino después. Más
     adelante. El mes que viene. Algún día. Acaso más nunca.
          Es tan ancho el cielo que se ve desde mi plaza, que ni con mil
     miradas llegaría nadie a abarcarlo entero. Eran tan altos sus árboles para
     mi altura de seis años. Me sentía como desnuda sin sus azules y sus
     verdes, con esa desesperada desnudez de los sueños, cuando me veo pasear
     en bombacha por la nave central de la Iglesia, justo en el momento de la
     elevación, perseguida por el murmullo desaprobador de toda la
     concurrencia...
          Y todavía no comprendo a veces, cómo una niña puede no morir de tanto
     encierro.
          Durante el día alternaban los tiros y los silencios. Después del
     tiroteo largo venían los largos silencios. Esos espacios vacíos durante
     los cuales no ocurría nada más que el paso del miedo. Esa violenta quietud
     de la casa que la hacía vibrar de incertidumbre. Esa especie de muerte que
     parecía afectar todas las cosas, escuchar esos silencios me daba todavía
     más miedo que escuchar los tiros.
          Las comidas duraban poco porque había poca comida, tan poca que nos
     alcanzaba apenas para sobrevivir. Pero se conversaba mucho: de cuando
     hubiera paz, de cuando todo pasara, de la esperanza, siempre.
          Hubo días en los que también escaseó el agua. Y en algún momento,
     cuando se acabaron los porotos y todavía no se nos había acabado el
     hambre, hubo que buscar otra cosa para distraerla, algo que pareciera
     comida aunque no lo fuera: agua pura con pretensiones de sopa donde
     flotaban, desanimados, unos pocos fideítos. Entonces a todos nos crecieron
     ojos y orejas, porque se nos adelgazaron las caras, y el estar más flacos
     nos hacía parecer también más altos. Había que ver lo grande y lo corta
     que nos quedaba la ropa.
          Y así, poco a poco, angustia tras angustia nos fuimos convirtiendo en
     nuestras propias sombras. ¿Podía ser mi papá aquella figura de repente
     envejecida que daba vueltas por la casa agachando de tal modo la cabeza,
     que se diría iba tomando la medida a cada baldosa? O a veces se hundía en
     una hamaca y en acaloradas discusiones sólo Dios sabe con quién, porque a
     su alrededor no había nadie.
          Mi mamá arrugaba la frente cuando pasaba revista a las provisiones:
     poca yerba, arroz, muy poco, azúcar y fideos, nada. Entonces rezaba mucho,
     suplicando, seguramente, por un nuevo milagro de panes, con nuestras
     vocecitas haciéndole coro. Todas las oraciones habidas y por haber,
     incluso las inventadas por ella, seguidas del repertorio completo de
     jaculatorias. Después, ya casi sin aire, se callaba para en seguida volver
     a comenzar de nuevo.
          Y mi abuelita sin hacer ningún comentario, quedaba mirando el jardín
     con esa mirada ausente que me hacía crecer que estaba muerta.
          A ratos me imagino que ni los tranvías deben seguir andando, ni los
     cines, ni los parques de diversiones. ¿Para quién, si no había más gente?
          Quiero averiguar cuánto tarda una revolución porque la verdad yo no
     tengo carácter para vivir años sentada, pero me vuelvo impertinente, dice
     mi padre. Cuántas veces hay que dormir y despertarse y despertarse a veces
     sin haber dormido, escuchando desde la oscuridad los chimentos de aquella
     radio medio tartamuda que cada dos por tres se atoraba, o atentos a los
     pasos de los soldados, yendo y viniendo por la calle oscura, por esa boca
     de lobo que come a Caperucita.
          Eso es lo que todavía no entiendo: que la gente pelee por pelear.
     Semejantes grandulones armando lío por unos cuantos colores. ¿Qué les
     habrán hecho los colorados a los azules y a los verdes? Y lo que me
     explicó mi papá para que comprendiera, todavía comprendo menos: que para
     que algunos vivan tranquilos otros tienen que pelear. ¿Quiere decir
     entonces que para que haya paz debe haber guerra? ¿No se habrá vuelto loca
     la gente? No sé, pero muy cuerda no parece estar.
          A ratos, sin embargo, me olvidaba de la guerra. No por mucho tiempo,
     algunos minutos solamente. A veces hasta media hora seguida. Nunca más,
     porque repentinamente comenzaban aquellos aviones a pelear en el cielo.
     Era muy lindo ver caminar el humo que arrojaban contra aquel techo sin
     fondo de color celeste, tironeado de aquí para allá por el viento. Y más
     allá se lo veía aún enrollarse sobre sí mismo, para volver a desenrollarse
     después. Pero también me daba miedo de que en lugar del humo, arrojaran
     bombas. En esto de colorados y azules lo mejor es no meterse. Ya tenemos
     bastante con nuestras propias peleas.
          La noche nos encerraba al mismo tiempo que liberaba sus primeras
     estrellas, entonces, tirados en el suelo porque para cubrirnos de las
     balas nuestros colchones dormían contra las aberturas, caíamos en sueños
     tristes y oscuros ya que ni siquiera los alumbraba el resplandor que a
     veces da el reverberar de la luna, por donde veíamos pasar las heridas,
     mujeres llamando a sus hijos, la cara muerta del soldadito, por todas
     partes su llanto.
          Siempre creyendo que al despertar ya no habría más revolución afuera.
     Siempre espetando que el próximo día fuera el último. Pero se alarga
     siempre. No se termina. Eran los tiros los que mataban nuestras ilusiones
     cada mañana. Estamos condenados a soportarla hasta cuando Dios quiera.
     ***
          ¿Cuánto hace que estoy aquí? Aquí tan cerca que hubiera bastado
     alargar los brazos para tocarla, y tan lejos, en un mundo que ya no me
     pertenecía. Donde no era mi casa pero estaba ella. Ella. No la de aquella
     primera vida que compartimos juntas, no la niña que había sido, sino la
     que fue después. Esta mujer cuya vida me es ahora tan ajena como la de
     cualquier extraña.
          ¿Se acordaría que jugamos a lo mismo durante años? ¿De cuando tuvimos
     paperas? ¿O del susto aquel que nos hizo tragar un clavo? ¿Y de tantas
     noches sin dormir por culpa del asma? De todas las pequeñas cosas que
     tejieron nuestra infancia, ¿se acordaría?
          No podía creerlo y sin embargo el hecho estaba allí, allí donde
     estaban los dos: ella, él formando una pareja feliz, algo que ya no tengo
     derecho a compartir. Una vez más me quedo afuera, sin espacio. De alguna
     manera mi existir ha sido siempre así: llegar demasiado tarde o inclusive
     no llegar.
          En su nueva vida de mujer entera existe ahora un hombre, ese niño tan
     a punto de nacer que ya sabía moverse. Se mueve. No deja de tironearle el
     vestido.
          ¡Qué lejos me había quedado de ella! ¿Cómo ganar de un tirón tanto
     terreno perdido?
          Cualquier gesto sería inútil, lo sé muy bien. Aunque trate de
     engañarme soy algo que nadie ve ni escucha, un soplo de viento, apenas un
     sueño o a veces, nada.
          Entonces hago el único esfuerzo para el que me siento capaz: busco el
     rincón más oscuro y apartado donde agazaparme y mirar. Ahora no puedo
     hacer más que mirar. Al menos eso me procura la ilusión de que todavía
     existo.
          Aquí también es Año Nuevo. Todo parecía estar listo para recibir el
     momento solemne. El tan esperado instante de las doce en punto en que,
     ante la incredulidad de nuestros ojos, el año viejo se transformaba en
     nuevo. Sí. Un año nacía y el otro iba a morir entre las dos puntas de una
     misma noche. ¡Qué maravilla!
          Un poco más allá había otra noche, donde con ella contábamos esos
     minutos preciosos. Otra noche como ésta, recién nacida, en cuyo cielo
     brillaba aquella estrella de la que sólo mi papá conocía el nombre.
          A nuestro alrededor hay olores que hablan de fiesta: flor de coco,
     sandías, melones. Muchos globitos guiñando luces en lo alto del pesebre.
     Lechones que parecen dormidos tienen sonrisas de piña en la boca. Seis
     niños con el rostro iluminado aguardando sus regalos desde una
     impresionante hilera de zapatos. Mi madre por todas partes.
          Es tan fuerte el clericó, que por poco me hace vomitar al principio.
     Pero después, sentir cosquillitas me gusta. Y otro poco después me pareció
     que mi cuerpo se mecía, se mecía dulcemente como si estuviera en una cuna.
     Y hasta la tierra se me puso a brincar de repente. ¿Estaría siendo atacada
     por el baile de San Vito? Todo se marea conmigo. ¡Qué malestar agradable!
     No hay nada más divertido que estar donde mi papá me dijo que estaba:
     entre San Juan y Mendoza. Porque desde allí se podía ver de revés al
mundo.
          El reloj tiene un instante, un lugarcito apenas donde las dos agujas
     se juntan y a partir de allí todo empezará de nuevo para todo el mundo.
     Todo excepto yo.
          Es entonces cuando canta el reloj. Va desgranando las horas sobre el
     aire como si fueran maíces.
          ¿Cuántos maíces? Uno. Tres. Siete. Doce. Son las doce en punto. Hay
     una explosión de tiros y de cohetes llegando de todas partes, de todas las
     noches, acercándose a través del viento, de un abrazo, un éxito, de esas
     «felicidades» intercambiadas de un extremo al otro del planeta, hasta
     llegar aquí. El mismo olor fuerte a bombitas, el mismo largo beso que
     miles de bocas repiten, una copa de champagne que la mujer apenas bebe.
     Sólo se ha mojado el borde de los labios. No puede. Y el esposo le dice:
     ¡vamos!, tienes que tomarlo. Te hará bien. Ya lo verás.
          Y de pronto, en un gemido, veo cómo la invade el miedo. Veo cómo se
     apodera de sus ojos, de su felicidad, hasta del rinconcito aquel donde
     dormitaba el niño. Otra vez el miedo. Nuestro miedo llegando desde otro
     tiempo, desde todo lo que él nunca comprendería.
          -Pero, ¿qué te pasa?
          -Es un grito. Son los tiros. Debe ser el soldadito muerto.
          -Son cosas tuyas, querida. Las mujeres en estado siempre están
     imaginando cosas. Es natural que haya tiros en Año Nuevo. ¿O acaso te
     sientes mal?
          Pero ella apenas le contestaba porque él apenas la comprendía.
          ¿Acaso alguna vez le habló de mí, de nosotras? Tal vez si lo hubiera
     hecho, él sabría ahora de lo que son capaces los miedos. Eran cosas de las
     que él se encontraba demasiado lejos. No tenía acceso. Sólo yo conozco la
     historia. Aquello era también mi secreto.
          Si pudiera arrancarle el dolor de esos recuerdos, pero no tengo manos
     y soy yo misma quien se los ha traído. Yo, quien la asaltaba. Yo, quien le
     impedía el olvido. Me siento tan culpable por eso.
          Lentamente los tiros se fueron acallando hasta ser otra vez silencio.
     Y el hombre quedó allí, inclinado sobre ella sin saber qué hacer, o acaso
     sabiendo lo inútil de cualquier consuelo.
     ***
          No hago más que pensar en ese hombre. No hago más que mirarlo. No
     demasiado alto, aunque sí muy hombre. Ligeramente moreno. Nunca creí que
     ella supiera elegir tan bien. Ojalá pudiera tener un marido así, para mí
     solita. Lo veo abrir la heladera y cerrarla otra vez sin extraer nada de
     ella.
          ¿Desde cuándo comenzó a andar a su lado? ¿Quién es él que de pronto
     me conmueve cuando lo escucho pronunciar mi nombre? Aquel diminutivo usado
     solamente por papá para llamarnos. Es a mí a quien llamaba. Es mi nombre
     el que repite una y otra vez, muy quedo, casi en secreto, con esa voz
     ronca y tan dulce al mismo tiempo que me estaba erizando entera.
          No sabría decir por qué, pero todo en aquel señor me gustaba. Sus
     ojos buenos, casi transparentes de tan claros. Tenían para mí algo del
     mirar azul de Jesucristo.
          Las manos grandes. En una sola de ellas se perderían las dos mías.
     Manos de hombre. Me encantó cuando se fueron resbalando despacito hasta
     posarse sobre la panza, para compartir ellas también los empujones del
     niño.
          Noto su preocupación. Veo buscarle ansiosamente la mirada, que sin
     embargo no habrá de encontrar porque ya no está aquí. Ella se la ha
     llevado lejos, hacia nosotras. Y aquel mirar de él tan desde el fondo era
     como decir: vuelve querida, te quiero.
          No recuerdo haberle dicho te quiero a nadie. Sin poderlo evitar cerré
     los ojos, sintiendo un fuerte tirón dentro del pecho, seguido de algo que
     nunca antes había sentido: un deseo incontrolable de escucharme llamar
     querida por él.
          Y luego le pediría que repitiera una y otra y mil veces más esa
     palabra.
          ¡Qué extraño magnetismo poseía aquel hombre, por Dios! ¿Acaso era la
     primera vez que miraba uno? Era un hombre como cualquier otro, como tantos
     otros y sin embargo tenía un no sé qué distinto, algo indefinible, una
     especie de perfume anestesia que me daba sueño, que le aflojaban a una los
     tornillos.
          Lo miro largamente, con la boca abierta, con la noche iluminada al
     fondo, sin atreverme a desviar la mirada por temor de que este algo tan
     impreciso y dulce se rompiera. ¡Hace tanto bien sentirse hechizada!
          Me gusta su forma de rodearla con los brazos. Creí sentirme yo
     también dentro de ellos, en el fondo de su ternura. Esa forma no demasiado
     fuerte de apretarla, como no queriendo lastimar al niño, y hasta su forma
     de callar me gustan. Y hasta sentir vergüenza de que me guste me gusta. Me
     gusta. Irremediablemente me gusta.
          Y ni siquiera sé su nombre, ni en qué trabaja, ni si también es
     olimpista, ni nada. Nada más que es su esposo y el tipo de esposo que a mí
     me hubiera encantado tener, y que ahora mismo debo luchar contra este
     impulso incontenible de correr hacia él, abrazarlo y hundirle boca y nariz
     entre la barba, sin escuchar las voces que me habrían de gritar:
     ¡Cuidado!, que no es correcto besar a extraños.
          ¿Cómo será un beso? ¿Será como un helado de rico? ¿Vibraría yo
     despacito mientras él me estuviera besando? ¿Sentirían sus labios mi falta
     de dientes? ¿Cómo sería estar casada con él? Si yo pudiera sé que sería
     hermoso pero no puedo. Yo no sirvo para casada y a lo mejor ni para tener
     novio siquiera. Lo más probable es que no sirva para nada. No, no estoy
     lista ni mucho menos. Ni dentro de mil años podría juntar fuerzas para el
     matrimonio. Además, no sé nada de hombres y tampoco he sido hecha para
     enamorarme. ¿Cómo podría hacerlo sin traicionar mi inocencia? Esta
     inocencia que de a ratos se me vuelve tan pesada como si cargara una
     Catedral encima.
          Que una mujer se casara con un hombre y después tuviera hijos, era
     cosa corriente. Sí, era cosa admitida siempre y cuando fuera una mujer.
     Pero que una niña sin los cuatro dientes delanteros se casara con un
     hombre casado, sería para escandalizar a cualquiera. Algo así como
     adulterio en primer grado o corrupción de menores con premeditada
alevosía.
          La cara de espanto que pondría mamá, y ni qué decir mi papá y mi
     abuela:
          -Eso no lo hace ninguna niña decente -dirían.
          Pero, ¿y si lo hace? ¿Si la niña no es ninguna niña decente y lo
     hace? ¡Qué de inconvenientes tiene a veces ser decente!
          En seguida los vecinos empezarían a tejer comentarios, algunos hasta
     maliciosos. Y al final, ¿yo qué culpa tenía? Fue sin duda el demonio quien
     me trajo ese mal pensamiento que me atraía y me atraía a pesar de mi
     rechazo. Abro y cierro los ojos y una tras otra me devoro las uñas, como
     no queriendo creer lo que siento, pero queriéndolo también. Porque de
     pronto me nacían mil sonrisas, mil sensaciones parecidas a tibios
     escalofríos que me hacían largas caminatas desde los pies a la cabeza. Y
     todo el cuerpo se me agolpaba en el pecho. ¿Será posible que me estuviera
     enamorando? Sí, creo que es eso. Desde hace un minuto lo quiero y ahora
     quiero casarme con él. Es lo que más quiero... Pero antes necesitaba ser
     grande, tener el pelo cortito, tacos altos, ese aire medio ingenuo medio
     descarado y pintarme las rayitas negras que me alargarían los ojos. Sólo
     para que él se fijara en mí.
          ¿Qué pensaría ella de mí si lo supiera? Claro que me odiaría al
     saberme capaz de robarle fraudulentamente el marido. Y después de todo,
     ¿por qué no iba a poder quererlo? ¿Por qué no he de pensar ahora en mí? Ya
     bastante anduve sola. No. No tengo por qué renunciar a él ni tampoco
     quiero. Además a mí me parece que lo más salomónico sería compartirlo: la
     mitad para cada una. Al fin y al cabo, ¿acaso ella no era yo? ¿Yo?...
     Bueno, al menos lo había sido alguna vez, al principio. Entonces él era
     también un poco mío. Y aunque estuviera casado con ella, estaba también
     casi casado conmigo. ¿Es que pretendía sacarme el marido a mí misma?
     ¡Dónde se ha visto!
          Era absurdo, lo sé, lo reconozco. Sé que dentro de doce meses o de
     doce años seguiré siendo una niña. Sufriría mil muertes y lo seguiría
     siendo. Pero, ¿a quién le perjudica que yo sueñe? El soñar no cuesta nada
     y consuela tanto. Y entonces, con los ojos bien apretados me dispongo a
     soñar; lo sueño esperándome en el banco de una plaza. Está aguardando a
     que me haga mujer. Toda una mujer. Y un buen día va a tomarme dulcemente
     del brazo. Me daría vuelta y sería él, él, él. Me he retrasado un poco -le
     diría-, porque primero he tenido que crecer.
          ¡Qué sueño más loco! ¡Qué maravillosa locura!
          Lo malo fue que al abrir los ojos no encontré a nadie a mi lado, y el
     amanecer fue una soledad inmensa, porque amanecía ya del otro lado del
     patio. Parecía que todo hubiera sido pura invención mía. Pero las sillas
     seguían allí, las copas, la comida... ¡Qué ancho se hizo de pronto el
     silencio! ¡Qué cruel puede ser la primera luz del día cuando alumbra el
     desamparo en la cara de una niña! Y empiezo a sentir que ya nada tiene
     sentido aquí, que se acabó mi cielo. Entonces me voy... Regreso de nuevo
     al vacío, a mi vagar sin rumbo. Silenciosamente me voy.



     - VIII -
          ¿Cuántos silencios más hubo después? ¿Cuántos espacios vacíos? ¿Acaso
     se pueden contar los silencios? ¿Por qué tantas cruces en los espacios
     vacíos?
          Y yo, ajena a todo. Sin despedirme de papá, sin haberle dicho hasta
     luego.
          Ignorando que mucho antes de su final, una aureola blanca había
     oscurecido para siempre su mirada. Esa mirada que a pesar de todo se
     mantendría tercamente abierta, como si su ceguera espiara entre los
     párpados un mundo ya vacío de colores y de formas.
          ¿Acaso podía terminarse mi padre? ¿Se derrumban acaso las montañas?
          Con los años he ido habituándome a considerarlo algo ideal,
     inacabable, casi eterno. La palabra morir suena tan fría, tan lejos de su
     vitalidad, que pasa a su lado sin rozarla siquiera.
          No. No habría muerte capaz de apagar en sus pupilas aquella luz que
     miraba tan ancho y desde tan profundo. Quisiera creer que no es cierto.
     Debo seguir fingiendo que él está vivo, que volverá en cualquier momento.
     Su llave vendría de nuevo a abrir la puerta y no tardaría el pasillo en
     repetir sus pasos.
          Donde yo vaya lo llevaré conmigo. En mis oídos, cuando alguna vez
     escuche los acordes de un piano. Lo llevaré en mi cara, en el gesto que
     hago de repente, en cierta mueca que me devuelve a él. En ese grito suyo
     que de tanto haberlo oído, mi pecho ha transformado en eco.
          No. No debería llorar pero lloraba. Lloro mientras me aferro a su
     ausencia. Busco cobijo en los pechos de mi madre. Busco acallar mi dolor
     en el arrullo de Rita. Pero también Rita ha pasado a formar parte del
     silencio. Y a mamá, esa mezcla dulce de mujer y niña que casi he visto
     crecer conmigo, a mi ternura de cada día se le pusieron irremediablemente
     grises los cabellos.
          Entonces después, en la soledad de tantos instantes rotos, de tantas
     cosas perdidas, me vino la nostalgia de ella, y a la hora del atardecer
     sentiré otra vez la necesidad de buscarla.
          ¿Cuántos años había vivido sin verla? ¿Hasta dónde tendría que
     extender mi fatiga para encontrar su olvido? Debo haber caminado tantos
     caminos sin llegar a ninguna parte, que ya no tengo fuerzas para más.
          Y mis pies se han detenido de pronto, como si alguien tironeara de
     ellos, como si mi meta hubiera sido este jardín de verdores dispersos.
          ¿Qué me impulsó a volver tan de repente y después de tanta ausencia?
          Acaso la certeza de saber que es ella lo único que tengo, este sentir
     que debemos apurar nuestro reencuentro, porque el tiempo se nos va, ahora
     mismo se está yendo.
          Habíamos nacido el mismo día. Habíamos salido las dos del mismo
     sitio. Lo lógico sería entonces morir dentro del pecho con el que he
     nacido. Sí, necesito hallarla antes de que expire el plazo, antes de que
     se haga muy noche, para recorrer con ella ese hecho de luz que todavía nos
     queda.
          Por eso estoy aquí. Por eso he traspuesto este umbral sin que nadie
     me lo haya autorizado. Y entro. Y a pesar de que el corazón empieza a
     correrme rápido, casi vertiginosamente, mis pasos y yo nos deslizamos
     apenas, despacito, como si quisiéramos ir absorbiendo a cuentagotas, la
     luz, los cuadros, varios libros desparramados en la amarilla pereza de la
     alfombra, una foto de mí misma sonriéndome tras el verano del vidrio. La
     prolija felicidad de cada rincón. No parecía haber nadie. Nadie más que un
     sol cansado arrancando pecas doradas al crema de las paredes.
          Afuera era todavía invierno. Debajo del precario delantal mis piernas
     eran dos temblores. Pero aquí seguía siendo verano. Algo había aquí, un no
     sé qué calentito que me transmitía vida. ¿Sería la dicha?
          Busco el hueco más oscuro de una puerta, donde me acurruco para
     esperarla. Así me estuve largo rato, inmóvil, sólo esperando. Al cabo de
     un pasillo, un amplio ventanal dejaba entrar un poco del atardecer y a
     veces, un viento fresco que me tocaba el pelo.
          Supongo que en algún momento, me dormí esperando, porque de repente
     alguien encendió una lámpara y quedé envuelta en el resplandor suave que
     mágicamente ensanchaba aquel lugar escondido, y minutos después percibí
     unos pasos que ensancharon mis esperanzas. Todo mi cuerpo la siente
     acercarse. Mi sangre toda me dice que está aquí. Quiero convencerme de que
     es ella, el objetivo final de mi larga búsqueda, decirme que sí, que sigue
     siendo la misma. Pero al verla, sólo tuve la impresión de estar viendo el
     recuerdo confuso de algo olvidado hacía mucho tiempo. No. No era posible
     que aquella imagen fuera la mía, que fueran míos aquellos ojos. Además,
     era yo tan pequeña y la miraba desde tan abajo, desde la perspectiva de
     una hormiga. Estaba al lado mío, aquí cerquita y sin embargo, inmensamente
     distante. Separada de mí por una cantidad inescrutable de años.
          ¡Qué lejos me había quedado de ella! ¡Qué grande se hizo el espacio
     que el tiempo había abierto entre ambas!
          La miro y la vuelvo a mirar. Miro ese rostro en donde cada risa, cada
     dolor, cada espera, cada hora vivida han dejado testimonio de presencia.
     Un leve rastro de sol todavía daba luz a sus mejillas, dispersando los
     años de los ojos. Unos ojos marrón claro o dorados o amarillos que se
     habían mantenido jóvenes en medio de las primeras arrugas.
          Desde aquella última vez que nos vimos habían pasado multitud de
     cosas, pero sobre todo había pasado la vida, a tal punto que ahora ella
     tiene el pelo teñido, tres hijos grandes y es abuela. Quizá hasta podría
     ser también mi abuela... y sin embargo, es ella. Soy yo. Yo, conteniéndome
     estas ganas de llorar que tengo, de asomarme a sus ojos para que me vea,
     de gritarle: ¡Aquí estoy! ¡He vuelto!
          Y aunque lo hubiera hecho, ¿qué habría ganado?, si mi voz nunca
     alcanzaría a sonar en ninguna parte, si luego iría a perderse en mi propio
     sueño.
          Pero no me importa ser un sueño, ni esta niña trepada sobre el sofá,
     con las piernas lastimadas y la nariz sucia de barro. Sólo me importa que
     ella esté a mi alcance. Me importa haberme descubierto de repente en su
     mirada, al fondo de aquellos ojos donde una niña como yo me estaba
     mirando. Me importa que exista algo, más allá de nuestro alejamiento,
     uniéndonos todavía.
          Fue entonces cuando comprendí que me quedaría, aunque ella ignore que
     yo existo, aunque no me viese nunca, me quedaría, mañana y los otros días.
     Siempre.
          Oigo las voces separadas, mezcladas, superpuestas. También oigo los
     balbuceos del nieto. Y luego el ruido de la máquina de escribir era lo
     único que se oía.
          Cada mañana, cada tarde, cada noche escuchaba y volvía a escuchar el
     teclear frenético. Porque está claro que ahora ella escribe, con tal
     fervor, como si esa hubiera sido la única forma de mantenerse viva.
          Bajo sus dedos caen y se levantan las teclas, y el ruido que hacen al
     caer me recuerda a un lloriqueo, como si al sentirse oprimidas se quejaran
     estampando sobre el papel su renegrido lamento.
          La tengo frente a mí. La veo equivocarse a veces, borrando, llenando
     canastos de papeles. Por momentos se detenía a un instante, como si le
     estuviera faltando una palabra que no encuentra. Entonces fuma; relee lo
     ya escrito en voz alta para escucharse. Tras un suspiro se levanta y
     encerrándose la cara entre las manos, camina, da vueltas. Hay un silencio
     que le impide el paso, una barreta que le bloquea la mente. Sufre. Vuelve
     a sentarse inclinando un poco la cabeza, como recogiendo datos del fondo
     de sus recuerdos. De pronto parece haberla encontrado. Sonríe. La tan
     buscada palabra está allí; ha salido a flote, porque de inmediato
     prosigue, ahora ya sin interrupciones.
          ¿Quién le soplará lo que escribe? ¿De dónde saldrá la voz que le está
     dictando?
          Y los ojos tras los anteojos reflejando una luz cansada y un
     cigarrillo tras otro entre los labios. Era algo así como una conversión,
     como haber descubierto de pronto que había algo más por qué vivir. Como
     una vocación traída desde hacía mucho tiempo y por mucho tiempo contenida,
     que no soltó de la mano sino después de que los hijos crecieron. El
     desahogo de una mano.
          En algún momento avanzará la noche hasta cubrir el día. Todos los
     ruidos guardarán silencio. Todo dormirá menos sus manos.
          Ella está muda pero sus manos hablan. A veces las veo cuando sonríen,
     cuando se tensan estremecidas como si estuvieran en trance de parto,
     incluso cuando viajan. Porque escribir es hacer también un viaje, recorrer
     regiones que no se alcanzan sino de esa manera. Los recuerdos se han ido
     desperdigando por tantos sitios, que ella tiene que viajar para
     encontrarlos, salirse hacia dentro de sí misma, para hacerles salir de sus
     escondites.
          Nunca se me había ocurrido pensar que ella escribiera. Lástima que no
     haya comenzado antes, así no estaría ahora empeñada en esta lucha contra
     el reloj que no le da tregua.
          Aún estoy ahí, viéndola, sin moverme del lugar aquel hasta donde no
     llegaba el resplandor de la lámpara, hasta donde sólo llega el golpeteo
     tartamudo, que algunas veces servía también para arrullarme el sueño.
          Quiero averiguar qué tanto escribe, por qué no se despega de la
     silla, mientras se amontonan palabras sobre las hojas y éstas se amontonan
     sobre una mesa. Atrapada en mi rincón mi curiosidad era infinita, pero al
     mismo tiempo me conmovía su resistencia, me asombra su capacidad para
     sobrevivir casi sin comer, casi sin dormir, y algo ya más peligroso: casi
     sin hacerle caso al marido:
          -¿Todavía no vas a almorzar? ¿No te acostarás todavía?
          Y ella negaba siempre con la cabeza:
          -No, mientras no termine este capítulo.
          Inconsciente del transcurso del tiempo. No hablando sino con las
     palabras escritas. ¿Se estaría volviendo un poco loca?
          Todos aguardando inquietos no sabíamos qué, pero era seguro que algo
     tenía que suceder. Tarde o temprano.
          Y un día cualquiera, repentinamente enmudecieron las teclas y todo el
     silencio de la casa pareció concentrarse en torno de aquella máquina.
     Ahora mi afán era llegar hasta el trabajo terminado, que ella había puesto
     sobre una mesa. Impaciente esperé y esperé que nadie estuviera cerca.
     Entre el papel y mis manos se estacionó una frase como una nube. Una nube
     que de pronto comenzó a moverse: LA NIÑA QUE PERDÍ EN EL CIRCO.
          Más que leer fui devorando aquello, como quien busca descubrir el
     secreto de algún tesoro escondido.
     ***
          Eran letras, palabras y frases que hablaban de mí, tenían que ver
     conmigo y que luego, poco a poco se fueron deslizando a lo ancho de todo
     el papel, enhebrando retazos de infancia, soldando mis fragmentos rotos
     para reconstruir mi historia. Acaso la de muchas niñas.
          Y conforme iba leyendo, me daba la impresión de hundirme con lentitud
     en cada palabra, de ser arrastrada por ellas hacia atrás en el tiempo, muy
     lejos, enredándome más y más hasta quedar presa en aquella red de
     miniaturas negras.
          A cada instante percibo que algo ha brotado y brota vigorosamente. Un
     corazón más grande que mi propio cuerpo, que me invade y me sacude como si
     quisiera derrumbar mis paredes y prolongarse afuera. Aquí, muy cerca de
     esta alegría, en medio de este tumulto, aquí debe estar la vida. Esta
     emoción significa vivir. Este calor que de pronto me atraviesa es el amor.
          Pero ya no puedo detenerme ahora. Necesito seguir adelante, encontrar
     una salida. Abriéndome paso entre las palabras sigo creciendo, creciendo
     hasta estallar en mil estrellas. Y entonces dejo de ser un sueño. Mis
     contornos se dibujan, todo va tomando color. El mundo empieza de nuevo y
     me parece que es mi cuerpo el que está naciendo.
          El papel ya no puede contenerme; me desbordo a cada instante. Por el
     pequeño espacio que dejan dos letras deslizo un pie primero, después el
     otro y salgo, salgo para que la vida y el sol y el aire me aprieten de más
     cerca. Y es entonces cuando repentinamente la veo.
          Veo emerger a una niña que se me parecía en todo. Veo brillarle el
     pelo rubio, alborotado, después la sonrisa. Es a ella a quien estoy
     viendo. Sí, es ella. Es la mujer quien de repente me habita. Su
     respiración la que me late en el pecho. Mis ojos los que miran a través de
     sus pupilas. Veré entre sus pestañas salir el sol y juntaremos las manos
     para recogerlo. Somos de nuevo nosotras.
          De pronto apareció una luz aquí y otra más lejos, y el camino entero
     se llenó de luces. Ahí están todos mis momentos, todos mis seres queridos.
     Papá, mamá y la media docena de hijos apretados contra ellos. Entonces no
     los perdí. Son incorruptiblemente míos. Algo más lejos me parece divisar
     también a Rita, y a mi abuela con sus plagueos, porque sin ellos, dejaría
     de ser mi abuela. Todas las cosas tal como habían sido.
          Tomadas de la mano y los ojos muy abiertos, recorrimos aquellos
     lugares tantas veces recorridos. El sol, que almidona nuestros delantales,
     detrás, las dos persiguiendo al viento. Más arriba, vanos tonos de azules
     se han reunido para formar el cielo, un cielo hondo que lleva en procesión
     sus nubes, y más abajo, entre esas calles tibias con olor a río, estaba
     esperándome la casa, mi vieja casa todavía de pie, algo achacosa la pobre,
     carcomidas de tiempo sus ventanas y puertas, pero abiertas, de par en par
     abiertas para darme la bienvenida. Me invita a pasar. Me recibe con su
     olor de jazmines. Entrar en la casa donde había nacido, donde yo imaginé
     viviría siempre, recorrer otra vez sus rincones, aspirar aquel tufo
     querido que han guardado para mí sus paredes, fue algo así como ingresar
     al cielo. Es tan escaso, tan poco el cielo que se ve desde mi patio. Pero
     no me importa, con eso me conformo. Eso me basta para sentirlo mío. De
     pronto quiero ser una estrella, pero quedaba tan lejos ser una estrella,
     que prefiero ser la luna cuando toca el mosquitero. Aquí y allá me salían
     al encuentro los zaguanes, las esquinas, mi plaza, un tranvía, los miles
     de olores que habían crecido conmigo. Cada arbolito que nos pasaba cerca,
     parecía estar sonriendo al que tenía enfrente, todo era ligero y fresco,
     nuevo como la mañana, puro, recién nacido. Pero esta vez no nací de mi
     madre sino de las entrañas de un libro. Su primer libro. Allí encontré mis
     raíces, mi alimento, mi pequeña ración de vida. Ella tuvo que escribirlo,
     tuvo que abrirse, pujar desde su oscuridad para que yo saliera a la luz.
     Es la mujer quien me ha devuelto a la vida. Por ella existo.
          Sentí que un llanto calentito me lavaba los ojos, limpiándome la
     soledad, cicatrizándome las tristezas. Y me preparo entonces para concluir
     mi historia. Por primera vez podía dialogar con ella:
          -¿No me ves? -le pregunté en voz muy queda. Y su voz me respondió.
          -¿Dónde te encuentras?
          -Aquí, en tu casa reflejada en el espejo.
          A la tenue luz de un farol la puedo ver de repente, pálida,
     sonriéndome a través de sus lágrimas. Por un instante permanecemos
     calladas. Después ella dice:
          -No te muevas. Por favor, no te muevas. A pesar de todo lo que
     sufrimos juntas, quisiera tenerte en los ojos por el resto de mi vida.
          Y yo me escucho decirle:
          -Estoy de vuelta y esta vez es para siempre.
          Entonces ya no hubo ningún cristal entre nosotras, no hubo ya
     distancia, porque de pronto ella bajó la cabeza, la bajó mucho, hasta
     encontrar mi altura, hasta que su beso alcanzó mi frente. Y todo se redujo
     a ese instante, solo a ese contacto.
          -Es ella -susurró-. Es mi niña.
          Y me pareció que su sonrisa se hacía más dulce, más ancha, más
     profunda y se abría dentro de mi propia sonrisa.