Raquel Saguier - La posta del placer
A mi entrañable esposo Carlos
María Robbiani, quien desde su
enfermedad, día tras día, me
enseña que el estar sano no
depende tanto de lo físico
como de la integridad moral
Todos los que ingresaban en «La posta del placer» parecían estar
extrañamente soldados, no sólo por las motivaciones carnales sino por el
hábito, heterosexual, desde luego, de hacerlo siempre en pareja.
Algunas en estado lamentable, la mayoría en situación clandestina,
aunque también las había dispuestas a permanecer en la fe antidivorcista
mientras pudieran divorciarse del yugo que les había ido criando la
monocorde rutina de sus amores legales.
Como venía a ser el caso de Pedro Renunciación Alderete y su esposa
Clodomira, a quienes el deseo del uno por el otro, si bien no se había
extinguido del todo, se hallaba soportando el trance de una merma
progresiva.
Siempre se presentaba algún impedimento: que esta semana él no podía
porque con esa infame humedad acechando en el ambiente se le había
recrudecido el asma. [8]
Que la entrante, ella tampoco porque de tanto lavar y planchar se le
había extraviado la puerta para poder ir a jugar.
Entonces, cuando aquellos recuerdos de cosas que a pesar de estar tan
muertas, tan desvencijadas como si fueran de otro siglo, a cada rato
volvían. Sólo para que ella volviese a revivir, con mayor desenfado cada
vez, de qué forma y hasta dónde y con cuánta intensidad se habían amado el
uno al otro, en quién sabe cuántas noches sin límites ni sosiego. Cuando
en forma de vendaval arreciaban aquellos instantes, entonces ella los
ahuyentaba rezando.
De modo que con el correr del tiempo y el rodar de las oraciones,
aquella combustión inicial, a la vez de santificarse, se fue como
apaciguando, como replegando su furia entre sones gregorianos y
meditaciones pías, hasta asumir en la memoria de ella el mismo aspecto
extasiado de una sublimación religiosa.
En cambio, en lo más hondo de él tomó forma callosa de rencor que
todavía sangraba, y lo seguiría haciendo sin duda, mientras no se
decidiera a recuperar a cualquier precio el ejercicio cotidiano de su
hombría.
No crea, amigo Alderete, que a una hombría se la puede recuperar así
como así, ni tan de buenas a primeras. Ni pretenda usted recobrarla a
costa de esa quijotada suya de querer emular al fósforo en su tenaz [9]
holocausto de encenderse siempre en la misma caja. Nada de eso, le
advirtió a precio de infarto el siquiatra que más pacientes con trastornos
de autoexilio había logrado repatriar en el período más breve de tiempo.
O debe corregir tal método, en total desavenencia con los usos
desechables que nos rigen hoy en día, o recurrir al artilugio que sea para
que de las cenizas nupciales vuelva otra vez a reactivarse el fuego.
Por cuestiones de conciencia, Alderete no pudo resolver el punto
cambiando ya mismo de caja, tal como lo hubiera querido, y como aconteció
muchas veces en los entrepisos del sueño.
Y precisamente porque en el despertar se desintegraban los sueños, y
porque su esposa era indeleble, es que no tuvo otro remedio que ajustar
sus manotazos de ahogado a las exiguas dimensiones del segundo salvavidas.
En opinión contundente del galeno, no había vuelta que darle: como a
cualquier carnicero, a Alderete se le había desafilado el cuchillo, y la
solución consistía en afilarlo de nuevo, con la ayuda de la misma piedra
angular que muchos andaban buscando sin resultado aparente.
Pero la susodicha piedra angular parecía haber sido encontrada en
aquel refugio blindado donde nadie los molestaría, donde podrían retozar a
sus anchas y a sus largas. [10]
Lejos, por un lado, de las inhibiciones sociales que ya venían siendo
anuladas por el progreso, y sin perder, por el otro, ese estimulante no sé
qué parecido a la zozobra. Esa especie de chisporroteo ascendente con que
se expresa un corazón cada vez más despistado entre las ansias del querer
huir y las ansias del querer quedarse.
Contradicciones que además de alborozar los latidos del placer, por
lo general son compartidas por quienes, al ser sorprendidos en actitudes
mayores sin más cobertura que algunos trapos menores, presentan la típica
sintomatología de haber contraído adulterio.
Aunque ese, obviamente, no era el caso Alderete. El de ustedes, les
explicó con proverbial meticulosidad el siquiatra, podría ser calificado
como un caso al que clínicamente le anda faltando muy poco para ser un
caso perdido.
De manera que casi resultaría superfluo agregar que cuando en una
monogamia sacramentalmente instituida, sobreviene la muerte súbita de las
bajas apetencias, lo aconsejable es ungir la mencionada parte difunta con
un poco de la mejor buena voluntad puesta por ambos, para que después de
haberse tratado durante media vida, pudieran fingir ímpetus de recién
casados que empiezan a reconocerse. Debiendo hacer tal cosa él y tal otra
cosa ella.
Todo al compás de una serie de apuntes, cronogramas, organigramas,
recomendaciones y dibujos [11] trazados con tan buen criterio y tanta
equidad profesional, que a la hora de la hora, ninguno recibía más de lo
que recibía el otro.
Todo quedaba resuelto sin derrotas ni victorias: sobre las arenas de
un empate demoledor pero justiciero. Para que a expensas de tan costosa
paridad, les dijo haciendo una breve pausa, al cabo de la cual, hizo
hincapié en el párrafo anterior, quién sabe con el fin de enfatizar la
encomiable poesía -que según él- asomaba del siguiente: para que a
expensas de tan costosa paridad la resurrección se vuelva todavía más
gloriosa.
Además, debían recordar para no olvidarlo nunca, que cada quien traía
consigo un futuro de tedio y otro de felicidad, y que era cuestión de cada
uno impedir que los peligros del tedio acabaran oxidándole la felicidad.
Y luego de esta última homilía les recomendó irse con Dios y con la
sana intención de meditar en equipo sobre los alcances de aquello que más
que reforma educativa, en realidad era una puerta.
Una puerta, así como lo están oyendo. Pero no de las confeccionadas
en guatambú, o en el poco cedro que logró sobrevivir al slogan sanguinario
de no dejar árbol con vida, sino una puerta con propiedades mágicas.
Aquella por la cual los Alderete irían saliendo investidos de luz nueva,
con el ánimo dispuesto a [12] repetir la maravillosa experiencia de volver
a ser alfabetizados.
¡Qué les parece!
Pero no quiero que se alarmen, les dijo a continuación, que no será
en nada que tenga que ver con las letras, sino en todo lo referente al
amor.
Pese a que los tiempos no andaban ni para meditarlos en equipo ni
para derrocharlos en base a la meditación solitaria, el matrimonio
Alderete pasó las siguientes tres semanas estrujándose el cerebro.
Sopesando los pro y los contra y las repercusiones y las implicancias de
las diez mil conclusiones a que llegaron respecto al tema.
Primero concluyeron que ni ellos ni los que tuvieran un mínimo de
cordura estarían en condiciones de abordar semejante empresa.
Se retractaron luego diciéndose que tal vez, si lo pensaban mejor, no
sería tan inabarcable como un sueño que aquel curso de vida que habían
remontado juntos, de pronto detuviera su marcha, e incluso retrocediera un
poco, permitiéndoles corregir no sólo lo que hubieran hecho mal en el
pasado, sino lo poco bueno que también fue malogrado por las discordias
actuales.
Y si llegara a darse el caso, extender la buena predisposición hasta
donde habían dejado perdida la virginidad, para volver a perderla en
circunstancias [13] menos formales y sin los miramenometoquéis ni los
remilgos de la primera vez.
Sí, lo más cuerdo era arriesgarlo todo en pos de aquella locura
fascinante, que de acuerdo con datos fidedignos del siquiatra y en lo que
a sexualidad se refiere, había causado en 32.583 parejas procedentes de 86
países, la más grande sanación contemplada en nuestra historia.
Para en seguida rever tal posición derivándola hacia una posición
intermedia, donde el matrimonio Alderete se mantuvo empantanado durante
algo más de 17 días.
Hasta que finalmente, alentados por la idea de que el ardid podía
resultar beneficioso, y al menos más daño del que ya estaba hecho no
haría, los cónyuges encaminaron sus pasos a «La posta del placer».
No vaya a creerse que porque allí se transgrediera alguna ley en
especial, sino por ser la transgresión que encontraron más a mano.
Y desde entonces todo cambió para felicidad del matrimonio Alderete.
Hacer el amor en «La posta del placer», según la dichosa equivalencia que
a su dueña doña Coca se le dio por descubrir, poniéndola a la
consideración del público allegado mediante un afiche de cupidos con
flechas disparándose a tal profusión de manzanas, que tomado todo aquello
en [14] su conjunto más bien parecía ilustrar a un deforme Robin Hood
ensayando puntería.
Hacer el amor en «La posta del placer», al decir del mamarracho
aquel, tenía todas las ventajas de ganarse la lotería o beberse una
botella de alcohol, y ninguno de sus inconvenientes.
O si ustedes lo prefieren, era igual que someterse a los cuidados
intensivos de una rehabilitación general. O elevarse hasta esos picos tan
distantes que ni doña Coca sabía en realidad dónde picaban. ¿Creen que
aunando sus esfuerzos en una sola voluntad, usted señor y usted, señorita,
podrían entrar y averiguarlo?
Lo cierto es que fue tanta la claridad lograda por las muchas cumbres
que los Alderete escalaron juntos, que frente a ella se tornaba todavía
más oscuro el proceder de quien era considerado el sostén número uno de
aquella flotante población.
El mismo don Nicasio Estigarribia cuya imagen, concebida para brillar
con esa luz tajante de los primeros actores, había quedado sin embargo
reducida a ninguna forma tangible.
Sólo alcanzaba a ser vista a intervalos y apenas dificultosamente,
como algo que no llegara a tener relieve y que estuviera al acecho.
Una chatura relegada y hasta si se quiere anulada por ese afán de
protagonismo insaciable que siempre caracterizó al matrimonio Alderete.
[15]
Pero don Nicasio estaba presto a exigir que en el menor tiempo
posible le fueran devueltas sus prerrogativas, sus atribuciones y, en
definitiva, todo cuanto fuera suyo, sin omitir un solo detalle ni cometer
una sola excepción.
Desde su figura, que pese a no sobresalir en nada que mereciera
destacarse, distaba mucho de la insignificancia. Su boca de atribuladas
comisuras. Sus ojos que parecían sostenerse merced al fraternal y
mediterráneo apoyo que les prestaba la nariz. Sus pocos pelos que podían
ser confundidos con los únicos sobrevivientes de un universo capilar en
ruinas.
Que le devolvieran su perfil de héroe, aunque éste tuviera más
parentesco con el delincuencial de las lagartijas. Su capacidad de
interpolar una vida subterránea con una vida submarina y otra subcutánea.
Su facultad de convalidar como verdades sus mentiras y de mudarse de
escenario cuando lo dispusieran sus sacrosantas ganas.
Regrésenme mis conquistas, mis hazañas, mis pasiones, mi dogmático
apego al mismo bar de la misma esquina. Que me sean transferidos todos los
primeros planos, alevosamente sustraídos.
Quiero ser yo para modernizar el pasado y darle un toque de medioevo
al porvenir. Devuélvanme mi soberana omnipresencia, mis fantasmas, mis
galones, mis canarios de habla inglesa. [16]
Sólo entonces volvería a retomar la Comandancia General de este
relato. Aunque eso significara la cruel dicotomía de no poder zafarse de
su propia identidad mientras para la narración tuviera que ser, por
momentos, «este individuo», y por momentos, «aquel sujeto», yendo hacia el
cual habría tenido que alejarse tanto, que después ya no sabría cómo
volver.
Pero esas eran las reglas del juego con que se complacía jugando el
Todopoderoso Autor. Y puesto don Nicasio ante la disyuntiva de aceptarlas
sin apelación alguna, o recibir las consabidas muchas gracias por los
servicios prestados, elegía lo que cualquier hombre enfrentado a una
situación límite elegiría: seguir siendo un discreto marinero sin ninguna
pretensión de capitán.
Al fin y al cabo, la vida entera estaba diseñada sobre un patrón de
jerarquías. Y nadie hubiera podido rever que la oscuridad del pobre
estuviese tan tupidamente tramada que ni la luz más fina dejaba nunca
asomar.
Ni nadie hubiera podido no saber que la luna sabe que su mandato
únicamente llega hasta donde empieza a conspirar el sol.
Un sol cuya omnisciencia no sólo se arrogaba el privilegio de manejar
las acciones de los hombres, combinándolas de modo casi siempre
inextricable, sino que tenía potestad incluso de hacer que esta historia
empezara otra vez por el principio. [17]
Por todas aquellas parejas que ingresaban en «La posta del placer»,
comentando a voz en cuello sobre la originalidad del vicio que afectaba a
aquel sujeto. No tanto para burlarse de él como para tratar de comprender
lo que requería más esfuerzo del que en realidad eran capaces.
Porque remando contra corriente y contra las leyes de toda lógica,
don Nicasio Estigarribia acudía a ese lugar tan solo como arribó a este
mundo, y como sin ninguna duda alguna vez moriría.
Sin más compañía que un enorme portafolio donde al parecer guardaba
el cuerpo del delito, y aquel reguero de sospechas que su malhadada
costumbre iba arrastrando a su paso:
Es un vulgar onanista, se escuchaba rumorear a algunos, y a una edad
en que las preocupaciones centrales deberían ya no ser de esa índole.
En tanto que otros se mostraban indignados ante dichas imputaciones,
alegando que no era justo manosear la reputación de don Nicasio con
habladurías sin fundamento. Dado que nada en su aspecto exterior delataba
sus depravaciones internas, en el caso improbable de que las tuviera, por
supuesto.
Y por mucho que unos pocos lo anduvieran pregonando, tampoco hubiera
podido creerse que se hallara poseído por las fases de la luna, en una
suerte de extravío con visiones sublunares cuyo ciclo abarcaba cuatro
etapas: [18]
El novilunio, que no pasaba de un coloquio, enternecedor a ratos, y
casi siempre candoroso, donde su único interlocutor era la luna.
Ella es una brillante compañía, decía, y sabe cómo hacer para ganarse
la admiración no sólo de los mares, que viven amarrados a su embrujo, sino
de esa porción no muy cuerda de ella misma en que anidan los poetas.
Cada siete días había un brusco recodo incidiendo en su carácter con
atracción tan poderosa, que no tardaba en situarlo sobre la misma línea
creciente que iba asumiendo la luna.
Y cuando ésta encendía de una vez todos sus brillos, adquiriendo ese
blanco exasperante que lo obligaba a hacer pantalla con las manos, para
compensar de alguna manera la vulnerabilidad de sus ojos, entonces el
descontrol de don Nicasio llegaba a su punto culminante.
Llevándolo a los extremos nunca vistos de jugar por dinero, maldecir
en horario continuado, beber en las peores tabernas, copular sobre el
verde prohibido de las plazas.
Y hasta dicen que llegó a batirse a duelo por el amor de alguien cuyo
nombre nunca en realidad se supo, porque cuando su boca estaba al borde de
decirlo, empezaba la lenta y penosa declinación.
Le flaqueaban las rodillas. Se le cristalizaban los recuerdos sobre
alguna evocación tan lejana como inexistente. Al igual que los pelos del
hijo del Alcalde [19] se le erizaban los nervios. Se le cuajaban las
palabras entre espumarajos verdes, y después ya no parecía ser ni la
sombra del que había sido.
De todo lo cual fue surgiendo una leyenda, de seguro alimentada por
la inanición de aquellos cuyo único alimento consistía en observar cómo se
alimentaban los otros.
Un invento de esa gente que, con el fin de distraer aquel ruido a
recipiente hueco resonándole en las tripas, se pasaba imaginando que era
whisky y sólo whisky el último trago de cerveza que le interinaba el
bolsillo.
Claro que como ya se dijo o debió decirse, esa era una locura
calumniosa en la que muy pocos creían. En parte, por no existir ninguna
prueba que sirviera para avalarla, (salvo aquella que atribuía toda la
responsabilidad de dicha locura a un virus hereditario que lo anduvo
rondando desde siempre, hasta afincarse definitivamente en él a través del
sombrío ramaje de su abuela).
Y en parte, porque don Nicasio nunca dejó de guardar en sus
movimientos, en su nostálgica inmovilidad y hasta en su coherente manera
de no decir absolutamente nada, una afinidad tan prodigiosa que no
hubieran podido lograr los más ilustres paranoicos.
Y en aquel denso tapiz de murmuraciones que «La posta del placer» fue
como entretejiendo, el [20] parecer de Juan Crucifixión Arzamendia, a
quien no en balde apodaban el novelista, sería tal vez el más caudaloso, y
sin duda el más delirante, pero no por eso el menos realista.
Ese tal Nicasio me da mala espina, le comentó cierta noche a su
infidelidad de turno, más ocupada ésta en reponerse el barniz de las uñas
que en prestarle atención.
Nadie me va a sacar de la cabeza que está tramando algo sucio, y vino
a elegir el sitio ideal, el único del que no podrían sospechar nunca. Y
quién te asegura que el mosquita muerta no esté en algún plan subversivo
para eliminar a quién sabe quién de este crapuloso gobierno.
Ahora no recuerdo dónde, pero hace poco leí que los bandidos con la
cabeza a precio, acostumbran a esconderse o en la penumbra descascarada de
alguna iglesia, o en las antípodas del gótico profundo que en ella se
respira.
Y que haciendo un rápido sondeo exploratorio, vendría a ocupar
exactamente el último pétalo del floripón que bordea la colcha de la cama
donde estamos acostados.
Por eso lo mejor es estar prevenidos. No fuera a suceder que tras su
huella se hubiera colado la nariz de algún sabueso. Y en el rato menos
pensado caería la patrulla con sus cascos, sus espuelas y los antifaces
[21] tan apropiados para lo que ahora dan en llamar operación encubierta.
Terminología que si seguía queriéndose escudar tras aquella
evanescencia, acabaría siendo tragada por ésta, antes de haber tenido la
oportunidad de aclarar debidamente su significado.
Y quién iba a poder con aquellos individuos del ancho de dos puertas
y la prepotencia de seis tanques, que venían con la orden estricta de
capturarlo en la posición que estuviese y en el estado que fuera.
Y como de entre dos sólidos el muerto es quien ofrece una resistencia
menor, allí mismo lo hubieran cruzado de orilla, según y conforme lo
dispuesto por la inamovible ley de fuga. Y amparados por el atenuante de
la excusa que con toda precisión se hace cita en el inciso 407:
De haberse negado el perseguido, en primer lugar, a detenerse, en
segundo lugar, a guardar silencio, en tercer lugar, a no mancillar de ese
modo la honra de los generales, y estando ya fenecido, a guardar la
compostura que debía ser guardada por cualquier subalterno hijo de puta
ante cualquier oficial con status suficiente para elevar a la undécima
potencia la condición filial del subalterno.
En este punto, el novelista bajó un poco el volumen de su diatriba.
Precaución que tomaba a cada rato, temeroso siempre de que hubiera algún
moro en la costa, capturando sus palabras a través de las [22] paredes. O
desde la sigilosa grabación de un microorganismo oculto bajo un sistema
tridimensional de espejos, que retenían la voz en tres idiomas diferentes,
pero sin retener la imagen.
Y ahora, en lugar de afinarte tanto las uñas, mi querida mariposa,
deberíamos afinar los detalles de lo que vamos a declarar en la jefatura.
Porque ponele la firma que antes de que el gallo haya cantado tres veces,
nosotros estaremos cantando.
Y una vez firmada la declaración, me pasarían sin más trámites a la
tortura de mi esposa, y de allí a la del torno verde oliva, que alternaba
su función con un rechinar de lamentos, de música folklórica, de pinzas,
de estiletes, de poleas con cucharillas dentadas cuya especialidad era
extraer confesiones hasta de las partes más íntimas.
Y de allí a la veintena de rifles aguardando, entre el croar de los
sapos y el estertor de las ranas, la orden de abrir fuego contra este
pobre infeliz que ya tendría coloración de cadáver. Y de allí a no saber
siquiera el lugar donde reposarían mis huesos.
Otras muchas tonterías por el estilo hubiera podido seguir diciendo,
pero la damisela tenía hora en el dentista, y con lo que a este hombre le
costaba echar a andar, pese a lo bien dotado que estaba para la oratoria,
la cosa podía extenderse para largo.
Aunque es probable que ese marcado titubeo que el novelista acusaba
al arrancar, únicamente se debiera [23] a una mera jugarreta del destino,
que con una mano te da lo que con la otra te quita.
Porque en el hablar, por ejemplo, era tan pero tan fluido que hablaba
hasta por los codos, hasta por la boca del estómago. Y aún con tapabocas y
con absoluta prescindencia de la lengua o de la bóveda palatina, todavía
así hubiera continuado hablando.
A tal punto, que estar frente a lo que Arzamendia decía era como
estar en un teatro con escenarios superpuestos, donde en menos de lo que
dura fruncir el ceño cambiaban las obras y los actores. Y ya nadie sabía
cuál decorado correspondía a cuál escena ni cuál era la bambalina suya ni
la que el otro había perdido mediante una simple confabulación de luces.
En cambio, en lo concerniente al amor, el hombre parecía ser nativo
de un país sin calendario, donde en lugar de viento soplaran ráfagas de
holgazanería, de lasitud, de modorra, y donde todas sus acciones
estuviesen como congeladas sobre la típica inacción de un fatal toque de
queda. Tanto, que por su lentitud se hubiera dicho que lo amamantaron las
tortugas.
Si lo sabría ella, empeñada hasta donde iban sus recuerdos, en la
agotadora tarea de mantener en servicio activo a aquel escuadrón de
reserva, cuyos integrantes venían sólo para bostezar, o para ni siquiera
saber a qué razones atribuir la razón de su venida. [24]
Suponiendo que sí estaban allí, indudablemente era por algo, por
algún menester que no acertaban a distinguir con precisión entre tanta
cantidad de menesteres a los que estaban abocados desde la mañana hasta la
noche.
Por otra parte, el novelista y ella debían apurar el paso, porque sin
que pasara absolutamente nada se les estaba pasando la hora que la ficha
había marcado en el parquímetro sexual.
Última modalidad implantada por doña Coca, con el propósito de que
ejerciera, por un lado, el papel de recaudador de un impuesto que no era
otra cosa en realidad que una vulgar tasa de preembarque. Y por el otro,
el papel de centinela apostado en los umbrales de cada habitación, por si
acaso anduviera por ahí alguno que quisiera pasarse de vivo, explicó.
Añadiendo que aunque hubieran sido creados a imagen y semejanza de
los parquímetros callejeros, la diferencia residía en que los suyos se
hallaban enteramente pintados de rojo.
Color que además de ser el utilizado por la sangre para el regadío de
sus tierras y el color de su glorioso partido y el portador de buenas
noticias, era el que más rápidamente incitaba a la pasión amorosa. Nada
enamora más ni más hondo que el rojo, declamaba, pues conocedor es como
pocos de extravíos amorosos. [25]
Lo cierto es que todo hubiera finalizado aquel día con la creación
verbalizada de Juan Crucifixión Arzamendia, de no haber sido por algunos
rezagados, que hablaban con tanto rodeo y tanta infiltración de otros
temas, que cualquier tiempo les hubiera resultado escaso para redondear
alguna opinión sobre lo que era o dejaba de ser don Nicasio Estigarribia.
Entre los cuales había quienes lo tomaban por prestamista o leguleyo
o por el radial y clarividente locutor de la secta «Los rediles», cuya
identidad nunca fue esclarecida del todo. Pese a que su voz se había hecho
tan amiga, tan conocida de tantos que habían adquirido la matinal
macromanía de sintonizar su programa.
No parecía ser de este mundo sino algo sobrenatural aquella cualidad
que tenía, ya que tras haberse comunicado telefónicamente con los
distinguidos radioescuchas y telepáticamente con la Red Satelital del
Cielo, era capaz de leer hasta 37 destinos por día.
Todo mediante aquellos como altibajos sonoros en torno de los cuales
se reunían los mensajes, que a la par de irlos extrayendo del micrófono,
los iba descifrando al punto en nombre del Gran Profeta.
Pero fuera quien en verdad fuese don Nicasio Estigarribia, de lo que
no cabía duda era que, en cualquiera de los casos, el pobre hombre andaba
con el yo desguarnecido, oscilando entre el irreconciliable [26]
antagonismo de dos fuerzas que lo tironeaban por igual hacia
personalidades contrarias.
La una moviéndose más allá de los límites prescriptos por la
moralidad pública, y la otra moviéndose con respetable lentitud, acatando
las patronales exigencias de la estricta doña Coca como si fueran edictos:
Absténganse de regar con desechos amatorios todo el piso. El pago se
efectúa por adelantado, quedando terminantemente prohibido extenderse más
allá del plazo establecido.
El que no se haya servido a esa hora, pues demuestra obviamente que
no sirve. En este sitio, damas y caballeros, impera la más severa
disciplina. A tal extremo y con tales proporciones, que ciertas licencias
de lenguaje o de uso, en «La posta del placer» nunca serán bien recibidas.
Claro que a la cándida mitad de don Nicasio no hizo falta repetirle
como a su mitad perversa y a los demás tenorios, que hicieran el favor de
guardar la compostura, porque las antenas de la sala captan todo cuanto
ocurre en los cuartos aledaños. Y ni el Gobierno me exime de ser viuda
reciente, ni de haber parido tres hijas a cuya educación me dedico sin que
me vea auxiliada por el bolsillo de nadie: Topacio, Esmeralda y Amatista.
Para no hablar de aquella humillación cuyo escozor todavía le duraba,
todavía continuaba resonándole allí donde más dolía. [27]
¿De qué falleció don Valentín?, fue la pregunta obligada que todos le
hicieron entonces, sólo para sacarle una punta aún más afilada al carácter
extramatrimonial de su muerte.
Debido a que al muy rufián se le soltó la existencia durante la
gloriosa travesía de un orgasmo, que no obstante haberse iniciado de este
lado de la raya, tuvo la mala onda de culminar en el más allá.
Las muchas fogatas encendidas por el occiso entre sus mismas pupilas,
no fueron obstáculo para que él las apagara una tras otra, cada vez con
renovado brío.
¡Y que avance la que sigue!, vociferaba casi al borde de la
incontinencia sexual. Pero el guerrero es probado en el fragor de la
lucha, se animaba bebiéndose de un sablazo el cáliz de la siguiente. Para
que no fueran a apartarlo de ningún cáliz ni se le fuera a desestabilizar
el ánimo. ¡Dénme más dientes!, gritaba, ¡y verán cómo comen los chacales!
Y durante la velación de sus restos, los más allegados a él
comentaban compungidos la tremenda paradoja de que aquella su parte viril,
elevada casi a la dimensión de trofeo, le hubiera servido también para
exhalar su último suspiro.
Punto donde radicaba la primera gran diferencia, porque mientras su
difunto esposo era un hombre a quien las mujeres cautivaban con
extraordinaria unanimidad, don Nicasio parecía estar dispuesto a no salir
del celibato. [28]
Fue siempre un huésped ejemplar, respetuoso, callado, e intercalando
en su callar algunos fragmentos de Homero:
¿Cuál de los
dioses, dime, a la
discordia su alma entregó para
que airados injuriosas palabras
se dijesen?
Pero al mismo tiempo era capaz de recitar de oído, desde la poesía
castellana más selecta que había acuñado el siglo de oro, hasta la
producción más indigesta y localista de los poetas actuales.
La serenidad en persona aparentaba ser por su lado culto, y por el
otro, estar sumido en una extraña y como ansiosa excitación que lo hacía
sudar caudalosamente, tanto en invierno como en verano.
Entonces transmitía la impresión de estar envuelto en esa capa de
rocío en que se ven envueltas las cosas que amanecen al sereno.
Como tomándole la medida a cada baldosa caminaba, siempre con la
vista emparejada al suelo, escabullidos los ojos por detrás de unos
espejuelos tan prominentes, que al menos le ocupaban los cuatro quintos de
la cara.
Aferrado al portafolio de dudoso contenido y enredándose en sus
propios pasos, se dejaba llevar por doña Coca hasta la habitación 309.
Pero nada: [29] cuando estaba él a punto de caer y de ver ella cumplidas
sus esperanzas de que por el susodicho traspié dejara escapar su secreto,
don Nicasio daba un respingo que lo enderezaba de nuevo.
Y atravesaban el pasillo con los cuadros de las mujeres desnudas en
las poses más audaces, que el hombrecito observaba entre la admiración y
el espanto, como si al pasar le estuvieran proponiendo suciedades.
Y entre los cuales había uno que durante un año corrido se mantuvo
firmemente agarrado a la pared sin el concurso de otro clavo que no fuera
el de la costumbre. Y sin que se desplomara por eso, ni se quebrantara en
lo más mínimo aquella suerte de pacto de armónica integración que parecía
existir entre todos.
Entonces, por esos extraños pases de prestidigitación que hacen más
digerible la vida, en aquel interín del recorrido era cuando se producía
el cambio, que no se presentaba solo sino en compañía de otros sucesos,
todos inusitados e igualmente excepcionales.
Porque de pronto, el andar algo hamacado de doña Coca era sustituido,
primero, por los pasos arrogantes de Topacio, y en seguida, por los pasos
arrogantes más la suma de los múltiples encantos de que se componía
Topacio. [30]
Aquel manjar prohibido de apenas 18 años extendiéndose a todo lo
largo de esa piel adolescente, tan inaccesible con los labios y tan fácil
de besar con las pupilas.
El que pretenda llegar a mi primogénita, al lucero de mis ojos,
primero deberá arreglar cuentas conmigo, repetía y repetía doña Coca,
quien además de haberla parido por obra y gracia de Valentín Luxación
Pereda, estaba allí para no permitir que nadie se le acercara más de lo
conveniente. Protegiéndola contra los vampiros, los picaflores, los
gavilanes, los hombres langostas, con duro celo de insecticida, de cerco
electrificado, de alambre de púa.
En cambio, don Nicasio estaba tan fuera de sí por tenerla allí tan
cerca, que no creía ser él quien ni siquiera escuchaba a la remota doña
Coca cuando de por allá muy lejos le decía:
¿No es verdad que después del aguacero la tarde se puso muy linda?
El corazón brincándole en los labios mientras sólo tenía ojos para
ver cómo le brincaban a la muchacha los senos. Senos orondos, erguidos y
libres bajo la blusa estampada.
Simplemente dejándose llevar por la magia del instante. Sintiendo que
al mismo compás en que él se llenaba de latidos, a Topacio se le movían
las nalgas, y a un titilar de él se adaptaba una reverberación de ella.
[31]
En tanto que del envés de sus besos iban brotando lagunas que se
volvían ríos, mares de placer golpeándolo de ola en ola.
Con toda esa carga de felicidad a bordo apenas si podía mantenerse en
pie. Dos o tres veces sintió que ya nada sentía, que sus rodillas eran dos
trapos, que avanzaba sin aliento, sin pulmones, sin percatarse siquiera de
que aquel calor tiritante que parecía habérsele instalado sobre la
palpitación de sus sienes, era el mismo calor tiritante que sofocaba al
pasillo.
Y si no lo mataba el calor, lo asfixiarían los cuadros, o moriría
ahorcado por el cuello de su propia camisa, en un crimen contra natura que
no registraría la prensa ni daría quehacer a ningún juzgado.
O tal vez muriese en manos de Topacio, que lo proclamaba mi Rey, mi
Jefe de Estado, el Coronel de todos mis latifundios, mientras en lenta
ceremonia lo coronaba de laureles que también eran espinas.
Espinas con sabor a mermelada esfervescente que lo iban ascendiendo,
deliciosamente ascendiéndolo hacia donde la Biblia decía que estaba subido
ese monte, en la cima de cuyos verdes, de un momento a otro, tendría lugar
la crucifixión.
Pero todo aquello duraba la relampagueante fracción de segundos que
suelen durar los delirios, al cabo de los cuales se lo veía volver más
apagado, más tenso. [32]
No siendo ya el jovial don Nicasio de antes, sino un don Nicasio
decolorándose sin remedio. Hasta asumir ese amarillo arrastrado con que
las hojas expiran en el arte naif de algunos cuadros, sólo accesibles para
quienes tenían el valor de adquirirlos por un valor equivalente al de su
patrimonio entero.
Entonces, aquella atmósfera hechizada que había dado a luz al
prodigio, se fue arrimando tanto al brocal de su mentira que acabó
precipitándose en aquel andurrial sin fondo por donde don Nicasio
amarilleaba. Esquivando como mejor podía las oscuras insinuaciones de los
cuadros, y los profundos baches que se le habían abierto en el pecho con
la ausencia de Topacio.
Pedaleando y pedaleando su infortunio, precedido por el ortopédico
chap chap chap de los pasos de doña Coca, que al cabo de un instante se
volatilizaban convertidos en el siseo de unos ecos tan largos como larga
era la tristeza que faltaba recorrer para encontrar la habitación 309.
Así iba Nicasio, agachados los hombros bajo la carga de un secreto
que nunca quiso revelar a nadie, y con el mismo portafolio a cuestas como
si fuera un Nazareno.
Hasta que finalmente, a la decimocuarta estación de su tormento
acababa también el vía crucis que doña Coca padecía a causa de cierta
curvatura indispensable [33] de la que evidentemente carecían las
radiografías de sus pies.
Los que a su vez habían quedado resentidos a causa de una
malformación congénita de la cadera. Originada, según un traumatólogo
reconocido por su gran capacidad profesional y su gran desfachatez para
abultar las cuentas, en un estrangulamiento progresivo de las tres últimas
vértebras (que más parecían colmillos) de la columna vertebral. Por aquel
dolor que avanzaba a mordiscones a todo lo largo de su vapuleada espalda,
y se bifurcaba luego en otros dolores más anchos y también más hondos.
Bueno, aquí hemos llegado. Póngase cómodo, don Nicasio, le decía doña
Coca a modo de introducción. El cuarto es todo suyo. Y la cama para
disfrutarla entre dos, le hubiera gustado decir.
Porque vean que derrochar un vertedero de plata nada más que para
estar solo, en la ingrata compañía de uno mismo, era algo de no creer.
A fuerza de verlo seis veces por semana, cada vez con el
correspondiente estribillo de: Póngase cómodo, don Nicasio. El cuarto es
todo suyo, la piedad inicial de doña Coca empezó a trocarse en afecto. Y
hasta le adquirió una estufa a cuarzo, de esas que se enardecen en sentido
vertical.
A ver si por ahí no se le daba al buen señor por sufrir algún
contagio. Ya que del que menos se espera a veces se reciben insospechadas
sorpresas. [34]
Pero qué podía hacer una mujer sola y para colmo viuda, contra la
sórdida intriga que en torno de don Nicasio ella veía gestarse.
No, nadie estaría contento hasta no arrojar el veneno que traía
atorado en la garganta. Ni siquiera los desocupados del barrio, que con
toda la maldad de que eran capaces lo llamaban «el impar» o «el
incompleto».
Y se ponían a examinarle los gestos o a hurgarle los ojos, a través
de los cuales podían aventurarse incluso por esos caminos subterráneos que
posee la conciencia. Allí donde de seguro encontrarían algún remordimiento
agazapado. O tal vez alguna pista con suficiente material para conjurar el
hastío de esas horas transcurridas entre ocio y ocio.
Lo cierto es que lo que hacía en la intimidad don Nicasio
Estigarribia, no pasó de ser sino un misterio del cual fueron surgiendo
versiones diferentes. [35]
Versión inmediatamente anterior a la versión de la muñeca inflable
En conformidad con decires callejeros recogidos al azar, pero no por
eso menos fiables, don Nicasio provenía de una familia cuya prosapia había
quedado oficialmente instaurada en tiempo de los virreinatos. Para
mestizarse luego con la incorporación de uno que otro antepasado mítico, y
de cuya peculiar mixtura resultaba siendo él el último representante.
Hecho que lo elevaba a la categoría de monumento histórico o de pieza
ecológica en vías de desaparecer. Por lo que a toda costa debía ser
preservado, en alcohol o en naftalina, para evitar el horrible montepío de
la extinción lenta y difícil, al que estaban condenados los que morían sin
descendencia.
Pese a todo, don Nicasio prefirió claudicar en soltería antes que
seguir soportando aquella carga genética que, como una burla pesada, el
destino le había impuesto. [36]
Nada puede obligar a nadie a contraer yugos nupciales, ni a hacer lo
que a uno no se le venga en ganas, eran los postulados autodeterminantes
de su propia soberanía.
Dos mujeres, sin embargo, estuvieron a un paso muy corto de hacerlo
cambiar de idea: la mujer de Jonás, no del bíblico, desde luego, sino del
mismo Jonás estrábico que de niño compartió sus juegos.
El que hacía repicar los dedos como si fueran tímbales, y podía
engullirse un sapo entero y la mitad de una lagartija en memoria de sus
ancestros, consumidos por la voraz hambruna que por aquel entonces asolaba
los campos de concentración.
El de la novia tan parecida a Romy Schneider que podría ser su doble,
ya verás cuando la conozcas, le decía. Aquella joven tan dulce, tan
tierna, con aquel nombre tan transparente donde las vocales y consonantes
parecían acoplarse como se acoplan los labios a la atracción de los besos:
Zoraida.
La propiedad privada del Jonás estrábico al que Nicasio comenzó a
odiar en el mismo dialecto sin voces en que fue aumentando su pasión por
ella.
La mujer que amó durante todos los silencios de los años que
siguieron, hasta agotar el tema del amor prohibido en las ardientes
confesiones de 12.599 cartas, que fueron escritas y reescritas para jamás
ser enviadas, ni haber rozado siquiera los umbrales del Correo. [37]
Y que por lo mismo de no decir absolutamente nada que ya no se
hubiera dicho, al cabo de tantas páginas y de tanto tono entre almibarado
y mustio, dichas cartas habrían debido quedar registradas como genuinas
precursoras de esas telenovelas donde conviven, en cacofonías sucesivas,
una infinita simultaneidad de melodramas.
Y la otra mujer fue Clotilde, la que creía poseer el arte de atraer a
todos los muchachos del barrio, incluido desde luego Nicasio, mediante
cierta fórmula secreta, que precisamente por serlo, le había sido
confiada, según ella decía, por las glándulas secretoras del imán.
Fórmula que una vez bajada de su trono altisonante, quedaba apenas
reducida a un simple pedazo de hierro al que había que frotar sin
desviarle los ojos y con la mente en blanco.
Para que a su conjuro, aquel poder magnético con ligera tonalidad
fosforescente, pudiera trasladarse, primero, a los ojos, después, a la
sonrisa y, por último, a todo el cuerpo del interesado.
¡Pruébenlo!, exclamaba. No lo estén pensando tanto que los resultados
son inmediatos. A no ser que cuenten con energía propia, y prefieran
manejarse por impulso de la gravedad.
No existe sensación más placentera que la de ser poseída por un imán,
repetía contra las escandalizadas protestas de aquellas que nunca habían
sido poseídas [38] por nada que no fuera aquel deseo de que alguien, por
el amor de Dios, les hiciera la caridad de poseerlas.
La misma Clotilde insaciable que se daba el lujo de desechar
candidatos nada más que por disgustarle la letra con que les empezaban los
nombres. Y a cualquier conversación le torcía el rumbo para volver a su
tema predilecto, que era referir sus conquistas amorosas con todos sus
pormenores.
A plena luz del día y a fuerza de demostraciones prácticas, que a
menudo lindaban con la indecencia, Clotilde estaba dispuesta a probar la
veracidad de sus engaños ante los ojos desorbitados de los más incrédulos.
La sangre de los cuales de pronto ya no era sangre sino un estrépito
rojizo, desgañitándose arterialmente para ensanchar la agobiadora
estrechez de sus sarmentosos canales.
Lo cierto es que Nicasio escapó por milagro de aquella persecución
imantada que tarde o temprano hubiera llegado a desembocar en el altar.
Por lo visto, todos querían desembocarlo en el altar, desde la sin
par Clotilde, en procura siempre del hechizo adecuado para atraerlo a sus
mieles, hasta su sacrificada madre Adelaida quien, siendo él apenas un
niño y con diversas artimañas, lo había incitado a entrar al Seminario.
Allí podrás continuar tus estudios, lo animaba, y llegar a Doctor en
Teología, imagínate, y a tener [39] capacidad de interpretar la Biblia con
versiones siempre afines a la versión del Vaticano. Y a adquirir sabiduría
suficiente para acceder al mortal y triple enredo de la Santísima
Trinidad.
Pero, sobre todo, porque le concedería a ella la gracia tan rogada en
sus plegarias de convertirse en la madre absolutísima de un santo.
La madre de San Nicasio Mártir, se repetía doña Adelaida en el más
celestial de los trances. Suena bien, ¿no le parece? Era la pregunta con
la que abordaba a quienquiera que le saliera al paso.
O la madre de San Nicasio Apóstol, insistía con devoción tan
vehemente, que la frase lograba resonancias sobrenaturales.
Entonces se veía a ella misma toda cercada de luces intercaladas con
dalias, que por lo bien crecidas y aquel olor fulminante, ya no parecían
ser dalias sino más bien coliflores. Impartiendo desde sus alturas
bendiciones con indulgencia plenaria, y ocupando esa silla reclinable,
anatómica y portátil que se ubica exactamente a la derecha de Dios.
Pero los curas le inspiraban a Nicasio el mismo horror eclesiástico
que le inspiraban los murciélagos. Tan parecidos en todo: en su avanzar
vibrátil, en su temblor membranoso y hasta en vestir de sotana.
Por otra parte, demasiado le había costado desbaratar las intenciones
nupciales de la imantada [40] Clotilde, para venir a sucumbir ahora bajo
la artillería cruzada de los salmos maternales.
Ese tiempo que malversas en letanías estériles, deberías emplearlo,
por ejemplo, en tejerme una tricota o en hacerme huevos quimbos, si no
quieres que tu buen Dios te lo descuente en el cielo.
Era la receta utilizada por Nicasio para contrarrestar la inclemente
ofensiva de su madre, cuyas esperanzas de verse transformada en la madre
legítima de un santo fueron debilitándose de a poco. En idéntica medida en
que se debilitaba ella misma y aumentaba aquel cargoso bicherío
atormentándole los ojos.
¡Zape bichos!, le gritaba a aquel ejército de moscas ojeándose en sus
lentes día tras día. Pero días divorciados de sus noches, sólo días,
porque la oscuridad era el antídoto. O el día que podía oscurecerse
clausurando los postigos de la vista.
Sólo lo negro le brindaba algún sosiego. Era el tónico ideal para
ahuyentar el bicherío, y el que le daría fuerzas para desheredar a
Nicasio, por haberse opuesto a su canonización in vitro.
Pobre Nicasio, divagaba. Ojalá Nuestro Señor lo conduzca hacia su
reino cuanto antes, y lo ponga a cantar de cuclillas como ranas, en
castigo por haberle entorpecido a ella su gloriosa asunción a los cielos
como madre absolutísima de un santo. [41]
Con los párpados cerrados y sin más luz que la de sus propias
cavilaciones dando vueltas mortecinas alrededor de su tragedia, permanecía
doña Adelaida horas enteras.
Negándose tenazmente a comer y a tomar sus medicinas: esas pastillas
que por algo huelen raro, rezongaba, porque en realidad no son remedio
sino las muchas formas del mal en que se encarna el demonio.
Sólo admitía dos platos de caldo al día: uno para ayudarse a tragar
su infortunio, y el otro a tragar el único complejo vitamínico para
cualquier desnutrición del alma.
Como ella nombraba al Cuerpo de Cristo, el cual había consentido en
adaptarse al tamaño de una hostia para que, hiciese frío o calor, igual
con sol o lloviendo, el Padre Ismael (pese a formar parte del staff
redentorista) cada atardecer le trajera con paciencia franciscana.
Hasta que al cabo de algún tiempo, doña Adelaida quedó tan consumida,
tan reducida a poquita cosa, que ya no dispuso de agallas. No sólo para
poder sobrellevar lo que la gente insinuaba con porfiada insistencia, sino
para entrar de lleno y en plena posesión de su raciocinio, como lo están
haciendo ahora ustedes, en la versión tumultuosa de la muñeca inflable.
[42] [43]
Versión tumultuosa de la muñeca inflable
Mediante informes callejeros recogidos al azar, pero no por eso menos
veraces, se fueron enhebrando datos y corrigiendo pistas. Hasta concebir
la conjetura de que Nicasio Estigarribia, acaso para no pensar en sus
conflictos de conciencia, o apremiado quizá por su necesidad de compañía,
se sirvió de aquel recurso de emergencia, que lograba eliminar aunque
fuera por instantes y con ilusiones prestadas, las miserias y
frustraciones de su propia biografía.
Claro que se trataba de una felicidad deforme, sin redención alguna,
por donde se la mirara enferma, y de una enfermedad tan ponzoñosa, que
habría de conducirlo irremediablemente al fracaso.
Porque qué otra cosa sino basura era el placer que él sacaba de
aquella muñeca inflable, mandada a hacer a imagen y semejanza de Conchita
la pendenciera: una corista de nadie sabía dónde, con buena predisposición
para todo lo que no fuera dar [44] fe de sus frecuentes erratas, que
cierta compañía inescrupulosa había traído a la capital.
Eran tan pocas las distracciones que ofrecía la ciudad por aquel
entonces, aparte de sentarse en las somnolientas veredas a seguir el canto
de la lotería desde la voz medio constipada de alguna radio vecina.
O, en el peor de los casos, estar simplemente ahí, mirando caer la
noche, que quizá fuera por eso que aquel espectáculo de mala muerte,
bruscamente asumió las gigantescas dimensiones de los grandes
espectáculos. Y la mala muerte dejó de ser tan mala para mutarse en la
deliciosa muerte resurrección y gloria, que noche a noche se verificaba en
cada uno de los asistentes.
Lo cierto es que la función, por todos reconocida como «feliz
defunción», se iniciaba a las nueve en punto, en un destartalado cuchitril
del centro, más alumbrado por el reflector de su mala fama que por aquel
farol renuente, la autoridad de cuya luz se animaba y desanimaba según la
animosidad del viento.
Y era tal el desvarío por comprobar en lo personal lo que la
colectividad insinuaba que acontecía dentro, que mucho antes de la hora
establecida, ya no quedaba en aquella sala ni tan siquiera el asomo de un
asiento disponible.
Hecho que, por lo demás, parece que ocasionó serias resquebrajaduras
en el sólido prestigio de la bolsa negra. [45]
Y aunque la condición de los allí presentes era, por un lado, digna
de mejor causa ante la evidente escasez de aire, que rebajaba casi al
mínimo las posibilidades respiratorias de cada individuo adulto en edad de
respirar, pasaba a ser, por el otro, bastante diversificada. Puesto que de
aquel jolgorio tomaban parte destacadas personalidades de la Banca, de la
Industria, del Comercio, y del Hombre de la Calle en general. Entre los
cuales infaltablemente se hallaba Nicasio.
Todos en plena posesión de una suerte de delirium tremens que iba
creciendo minuto a minuto, acicateado por las fogosas arremetidas de
Conchita y su guerra sin cuartel ni rumbo cierto.
Hasta sentar los basamentos de una alegre confraternidad, menos unida
por afinidades de raza, de bolsillo o de belicosidad política, que por los
lazos de una capitulación tan dichosa como voluntaria.
¡Y dale Con!, gritaban. ¡Y dale Con!, para desentumecer la espera.
¡Dale Conchita de mi amor!
Hasta que por fin ocurría: envuelta en la multicolor sensación de
estar forrada de tules, pero sin más vestimenta en realidad que una
chorrera de luces cayéndole en mansos pliegues, la tan esperada Conchita
hacía su aparición en escena.
Furibundos, frenéticos, se ponían después aquellos azules, tan
postergados durante tanto tiempo. Los verdes echando pestes contra la
verde esperanza. En [46] tanto que los violetas perturbaban la solemne
castidad de los difuntos con endechas casquivanas y procaces.
Incluso al amarillo aquel, tan papista siempre, se le cortaban de
pronto los circuitos al ponerse en conexión con las primeras
escabrosidades de una música aterciopelada y densa.
En medio de una suerte de vapor que enrarecía la sala, y entre
retumbantes ¡olés! y toreadas varias, que si seguían toreando de ese modo
acabarían por arrasar con todos los Dominguines del mapa, Conchita se
afanaba en simular a cuatro manos, con eficacia sorprendente, uno por uno
los movimientos de desvestirse. Tratando cada prenda de su desnudez con
excesivo cuidado, acariciando con ese acariciar ligero y tan breve de la
punta de los dedos, los botones invisibles de su inexistente chaqueta.
Y de pronto se dejaba caer al sesgo sobre una silla victoriana, que
poco importaba que no fuera victoriana porque tampoco era silla, con una
mano detenida casi al borde del respaldo, y una población masculina cada
vez más deseosa de ayudarla a desabrochar el inventado corpiño que la otra
mano intentaba desabrochar en vano.
A un ademán semicircular de ofrecer el cuerpo, le seguía una
circunferencia perfecta de cuyo interior se aprovechaba Conchita para
escubullirlo por completo. [47]
Y al mismo ritmo en que ondeaba aquella refulgente vegetación capilar
con tratamiento de permanente al frío, ondeaba aquella tremebunda cualidad
de su carácter que paraba en seco cualquier conato de manosearla gratis.
No se aviven, caballeros, replicaba algo nerviosa, que todo cuanto
posee Conchita cuesta plata. Y pedía más vino y más música y más oles, no
sólo para elevar hasta el paroxismo las posturas del remate, sino para
ablandar las reticencias del ricachón aquel, siempre sentado en la primera
fila, y tan alejado siempre a pesar de estar tan cerca, que daba la
impresión de encontrarse más afectado por la crisis del Medio Oriente que
por aquella locura en sol mayor que se había desatado en el escenario.
El mismo de quien se decía que por años había lucrado con las
ilusiones gasolineras del país, mediante la descarada importación de
aquellos gansos prehistóricos que parecían las máquinas extractoras.
Y que por mucha actitud de estirar el cuello y bucear la tierra en
busca de su pez más gordo, nunca extrajeron más que una oscura pestilencia
de lo que ni siquiera llegó a ser lodo.
Y con tanta vehemencia coreaban los presentes que viva la nación que
había tenido el coraje de parir a una hija tan dilecta y tan hija de su
madre, como sin duda lo era Conchita, que pronto de aquella euforia [48]
participaron todos los negocios del centro, aun los castigados por IVA y
los cerrados por duelo.
Y vibraron de contento los parquímetros ante tanta cantidad de cepos.
Y la verdad es que nadie lo supo muy bien, aunque se sospecha que tal vez
atraído por la cercanía, hubo un eco que encontró la puerta abierta e
ingresó en el Parlamento, para agregar un eco más al de las tantas
palabras que allí se perdieron, mucho antes de que hubieran podido
materializarse en hechos.
Entonces, mientras por un lado la ansiedad de lo inminente aumentaba
sin saber adónde iría a parar todo aquello, por el otro se detenía el
aire, se detenían las pulsaciones. Hasta el silencio quedaba petrificado
sobre aquel instante supremo en que se pedía a los señores y señores un
poco más de paciencia, a fin de arribar sin inconveniente alguno al
corazón mismo del espectáculo.
Se rogaba, pues, conservar tanto la calma como los asientos, porque
había llegado la hora de poner a consideración de los presentes todo el
arte que Conchita era capaz de ejecutar en un solo de piernas.
Y si a una mosca se le hubiera dado entonces por volar, en el acto se
la hubiera dado por muerta, para que todos pudieran asistir, previa
limpieza hasta del mínimo ruido que anduviera suelto, a las fascinantes
alternativas de un juego de claroscuros. El que tras mucho jugar sobre el
cuerpo escurridizo de Conchita, [49] había logrado la abstracción completa
de sus demás partes, para destacar únicamente sus piernas.
Piernas trashumantes, migratorias, paralelas, emancipadas,
divergentes. Todas ellas con extraordinario poder de convicción y los
mismos reflejos nacarados de aquel anillo de luces que no quería
soltarlas, sino tenerlas para él solo, en calidad de detenidas.
Piernas que giraban de un extremo al otro, no con movimiento
uniforme, sino entre espasmódicos retorcijones y sacudidas, brillos y
oscuridades, certidumbres y espejismos.
Y aunque llegó un momento en que ya no hacía falta que Conchita
siguiera demostrando de qué manera dominaba el engranaje de sus piernas,
se volvía casi un rito observar cómo ella las manejaba, y con cuánta
sumisión de esclavas las piernas le respondían.
Tanto, que a una señal convenida se ponían a vibrar cada una por su
cuenta, entre diversas hazañas de imprevisible destreza: se anudaban, se
desenredaban de su triple enredo, se elevaban en un aletear de pájaros
descarriados para en seguida ir descendiendo.
Sin que nadie las hubiera visto permanecer nunca más de tres segundos
en la misma posición. Porque cada una de ellas era inmediatamente
desplazada por [50] otra que venía después, y ésta por la siguiente, en
una interminable suma y sigue de posiciones y piernas.
A un punto tal, que cuando uno creía verlas acá, acá ya no estaban
porque estaban allá, abriéndose despaciosamente bajo una salva de
aplausos.
Y no sólo muy lenta y deliberadamente, sino alcanzando una apertura
desplegada en su máxima amplitud, para que nadie se quedara sin apreciar
lo que Conchita llevaba debajo de su inexistencia de bragas.
Y luego de que se hubiera aplacado aquella exclamación trepidante, y
de haber conseguido enlazar tres volantines con la ayuda de un arco
perfecto, digno de la mejor acrobacia, las piernas se doblaban. A veces
hasta el crujido y otras veces, hasta encontrarse con el llanto
incontenible de Nicasio y otros llantos por el estilo, llorados por
hombres que expresaban de ese modo su contento.
Sobre volteretas no siempre muy elegantes volvían, y sobre idénticas
volteretas se iban yendo, tras prolongados silbidos ante aquella cesación
angustiosa. La que por suerte no duraba mucho porque cuando el escenario
se hallaba totalmente vacío de piernas, aparecía un nuevo lote, más
numeroso aún que el anterior, para reponerlas.
Todo eso hasta que las mismas piernas disolvían el embrujo,
arrancando a sus admiradores de tan [51] agradable limbo de catarsis
colectiva, para sembrarlos otra vez y sin más trámites, en la pringosa
realidad de sus respectivas butacas.
Y así habrían seguido por siglos si Conchita no hubiera empezado a
perder prestancia, a perder el ritmo, y a presentar los síntomas de la
mirada errante y los temblores sin causa, que muchos compararon con la
liquidez comercial y sus paulatinos empobrecimientos.
Lo cierto es que fue entonces cuando todos la vieron, o acaso
creyeron verla, porque a esa altura del vino y de las piernas, ya nadie
estaba seguro de nada.
Ni siquiera alcanzaron a tener certeza de haber visto cómo las luces
se le fueron desprendiendo en la medida en que arreciaron los llantos. Y
algunos la escucharon pedir reiteradas disculpas por tener que realizar
una corta desaparición para algo que ya no escucharon.
Pero que debió ser un asunto bastante intrincado y con bastante
burocracia, porque pasó el tiempo y, en lugar de reaparecer, aquel latido
espeso que fue lo único que quedó de ella, se fue como reabsorbiendo pista
adentro. Perdiéndose en la voluptuosa agitación de un torbellino, que los
dejó con la desconcertante sensación de haber protagonizado un sueño.
Y hasta necesitaron pincharse mutuamente para saber si el dolor era
real, o era el que alguna vez alguien [52] había soñado en alguna
pesadilla que nunca pudo despertar del todo.
El hecho es que en un momento dado, resultaba difícil establecer en
cuál de los pisos se estaba: si en el de la corrupción, los atentados, las
huelgas, y los desesperantes no hacer nada para remediarlos. O si en aquel
que sobrevolaba una radiante fantasía, con música alternada de cañas y de
bambúes. Y hasta algunos compases caribeños, que los ayudaban a
desintoxicarse del presente y de sus muchas contaminaciones diarias.
Quizá fuese aquella virtud incorpórea que poseía Conchita de
evaporarse sin dejar rastros visibles, lo que hizo que a una idea de
Nicasio le sucediera otra, y otra más, hasta dar por fin con la solución.
Algo demasiado simple tal vez, o tal vez demasiado complejo, pero
para él de importancia capital, porque le serviría para volcar a su favor
el marcado desnivel que acusaba su destino.
La única condición era enviar a una fábrica europea, cuya sola
especialidad era la goma, una importante suma de dinero, que sería
redituada con creces, y ya vería usted de qué manera, según las
expresiones del galán que promocionaba el revolucionario invento, en
sendos afiches que acabaron enchastrando todas las murallas de la capital.
Lo cierto es que contante y sonante, la mencionada suma debía viajar
en compañía de una [53] foto que, por un lado, fuera rigurosamente actual,
y que abarcara, por el otro, todo el continente de la mujer soñada. Sus
rasgos, sus medidas, sus cualidades, y hasta el más querido de sus
defectos, calculados todos a escala, serían tomados como punto de partida
para la confección de la muñeca inflable.
Verdadera obra maestra diseñada por un equipo de pensadores, cuya
principal finalidad consistía en lanzar al mercado masculino una muñeca,
que no solamente delegara en los demás la tarea de pensar, sino que fuera
perfecta como amante sin que fuera la perfecta ama de casa.
Con esos parámetros nació Minerva, como surgida de las
conflagraciones de la mitología griega. A cuya compra se adjuntaba un
manual con recomendaciones, consejos prácticos, y una alabanza a Dios y a
la divina ocurrencia de la empresa, por las extraordinarias ventajas de
calidad y rendimiento que ofrecían sus servicios sobre el servicio de las
demás mujeres.
Por cuanto que las Minervas se mantenían con un clima no menor de los
38 grados centígrados, eran invulnerables al uso, incapaces de traición,
carecían de ideas propias y resultaban excepcionalmente aptas para los
esparcimientos de alcoba.
A tal punto, que pronto se hicieron famosas en los anales de la
hechicería y las ciencias ocultas, por las propiedades curativas de sus
besos. Pero, sobre [54] todo, por haber sabido rescatar del paganismo la
práctica, casi olvidada, de ciertas libaciones secretas, mediante las
cuales el hombre era llevado por entre arenas movedizas y un sube y baja
de lava, hasta paladear la agriera de su propia muerte.
Para de inmediato ser devuelto, aunque no ya con la apariencia de
antes, sino bajo el aspecto deplorable de un vulgar trapo de piso.
Con ellas, las manos de cualquier pelafustán se volvían sabias y
voraces. En tanto que las de Minerva eran manos que a pesar de ser
menudas, y hasta si se quiere un poco endebles, sabían muy bien dónde
poner las caricias, y con cuál intensidad, y por cuánto tiempo debían
ponerlas.
Manos paseanderas que, conforme iban pasando, conseguían enardecer
cada una de las partes del varón acariciado, inclusive aquellas que ya
hubiesen sido dadas por muertas.
Tal vez ni siquiera hubiera podido creerse, pero estar a su lado era
como si se estuviera entrando en un territorio mágico, donde todo el mundo
dejaba de ser quien era para convertirse en otra persona. Y donde cada
individuo podía aspirar a una gracia que también era distinta según las
necesidades propias: un toque de juventud para el alboroto senil de los
más viejos, y un toque de madurez para condimentar el desabrido alboroto
de los imberbes. [55]
Una muñeca que valía mucho más que la hipoteca a la que tuvo que
recurrir Nicasio, con el fin de solventar su alto costo sin rebajas y al
contado. Dado que ella parecía llevar consigo toda la penumbra y la
distancia y esa pizca de Beethoven, que hacían falta para conformar aquel
dichoso aislamiento, en cuyo frente había una inscripción a grandes letras
que decía:
No hay necesidad de que al entrar cierre la puerta, porque además de
no haber puertas, tampoco existen ventanas ni ninguna otra posibilidad de
conectarse con los que moran allá afuera.
Aunque tampoco era importante que aquello fuera entendido. Lo
importante era encontrar un suelo firme, sin grietas ni filtraciones, que
permitiera a cada quien plantar su propio delirio.
Todos aquellos prodigios los causaría Minerva sin ocupar ningún
espacio ni levantar sospecha alguna, porque una vez doblada en cuatro
asumía el candor domesticado de una mera servilleta.
La cotidiana servilleta que podía ser a motas, o ser tal vez a
cuadros, pero ni por asomo aludir a la asombrosa criatura en que se
convertiría más tarde.
Aunque su virtud más resaltante era aquella que actuaba en favor de
la economía, teniendo en cuenta el hecho de que para sobrevivir no
necesitaba más que aire.
Con sólo pulsar un botoncito simulado entre los pliegues de la axila,
el aire se internaba en ella como [56] si fuera un torrente, dándole vida
a multitud de recovecos, a pequeños brotes que estallaban en seguida. Como
si saltearan apresuradamente las etapas y se pusieran a crecer a
borbotones.
Entonces, a medida de recibir aquel gas vertiginoso, aquel hálito
divino, le aparecían de pronto las cejas, los ojos rasgados y verdes, la
sonrisa cortesana abriéndose entre labios espesos, la nariz y aquella
levísima tendencia a quebrantar su insobornable rectitud hereditaria.
Aparecía la línea clásica del cuello, la de cada hombro con la
inclinación debida, seguidas por un rápido redondeo de senos. Y después de
la cintura mínima, lo de abajo iba creciendo como por acción de una marea.
Mientras que las manos, de tan leves eran palomas, que hacían que a
Nicasio se le formaran cornisas para tener donde anidarlas.
Un Nicasio totalmente entregado a las bienaventuranzas de dos senos
que se empinaban y se mecían encantados de ser siameses. Idénticos incluso
en el regocijo de saberse tan sonrosados, tan frescos, y de una textura
tan convincente, que cuando Nicasio hundía entre ellos la cabeza, podía
escucharle el corazón en aquel tamborileo cristalino como de agua
desbarrancándose entre piedras.
Y crecía, crecía hasta alcanzar las dimensiones de una mujer
completa. Demasiado flaca para mi [57] gusto, habría dicho doña Coca.
Flaca y tonta. Con esa estupidez que tienen sólo las que no tienen las
carnes bien puestas.
Con su desgarbada esbeltez, diría, sin sospechar siquiera que estaba
cometiendo un oxímoron. Con su tontería de muñeca, y su famélica
existencia funcionando al albur de un marcapasos.
También le criticaría el hecho de que todos sus ornamentos se
hubiesen concentrado en la fachada, y por dentro sucediera como si dichos
ornamentos se hubieran precipitado al vacío.
Ni más ni menos que esas muchachas modernas, puro rimel y pinturitas,
y cuando apenas se les pone un dedo encima, empiezan a descascararse como
si fueran de hojaldre.
De todo podría tildarla doña Coca: de flacucha, incompetente o lo que
fuera. Total, el que juzgaba era Nicasio, y a él ni siquiera le importaba
respirar en medio de tanta opulencia.
Y las nalgas mal trazadas, acotaría, y aquello que sabemos, demasiado
aristocrático y estrecho. Entonces se largaría a hablar a favor de las
nalgas abundosas, y otra vez en contra del esposo muerto, cuya vil
traición, algo enmohecida ya por el olvido, siempre le arrancaban
recriminaciones nuevas.
Esas chicuelas desprendidas que se daban a beber tan fácilmente,
olvidando no sólo la decencia, sino el [58] tomar las debidas
precauciones, para que el resto no fuera la cadena inevitable de
consecuencias.
Las cuales después eran servidas como postre en la tan fotografiada
algarabía intelectual donde debutaban en sociedad los libros.
Aunque tampoco había que extralimitarse ni dejarse llevar por el
entusiasmo, porque si bien las Minervas podían ser usadas sin fecha de
vencimiento, y sin contemplaciones de horario ni de ninguna otra
abstinencia, era imprescindible usarlas acatando la recomendación de que
debían estar siempre a la sombra.
Si les pegaba una sola gota de sol, decaían a ojos vista, y la misma
fuga de aire que las había traído a este mundo, las trasladaba
apaciblemente a la otra orilla.
Se les arrugaban los encantos, se les cicatrizaban los ojos, les
desaparecían los senos. Se iban yendo todavía con un resto de cariño en la
mirada, con un rictus de amor entre los labios.
Contra su deseo de nunca partir ellas partían, poseídas por ese pavor
a la muerte que es tan propio de los organismos vivos.
Se retrotraían a tal punto, que más tarde costaba trabajo imaginarlas
con algún tipo de existencia, por efímera que fuese. Hasta quedar
reducidas a una especie de chatarra funeraria. [59]
Era, pues, de vida o muerte seguir a pie juntillas las instrucciones,
a fin de saber cómo actuar ante aquella disposición congénita que tenían
de pincharse a cada rato.
Aun en los ratos culminantes, sin considerar el hecho de que don
Nicasio se encontrara a veces en posición de ataque, con los zapatos
puestos para afirmarse mejor en la cama, y tomar el necesario impulso que
lo llevaría al rescate de aquel inagotable repertorio de lo que él mismo
daba en llamar: los rítmicos sangrados de un corazón que zozobraba a causa
de un amor desamorado.
Cartas que más parecían responsos, atravesadas siempre de llantos, de
noches solitarias, de posdatas fulminantes, de crisis de desconsuelo.
Y que fueron haciéndose tantas con el correr de los años, que para su
mejor comprensión hubieran precisado una lectura en equipo, ya que un
único lector no hubiera podido solo con ellas.
Cartas que a mitad de camino se disolvían como humareda, para dar
paso a los rudimentos de una brusca poesía en cuyo fondo guerreaban dioses
contra satanes. Y en cuya superficie hervía una suerte de caldo de cultivo
con tantas libertades métricas, tantos sin escrúpulos ortográficos, tanta
desorganización estética, que hubieran sido muy celebradas por ciertas
revistas culturales. Aquellas que eran reconocidas como ardientes
defensoras de la emancipación [60] individual en toda la extensión de la
palabra. A cualquier precio y a costa de quien fuera. Aun de la cultura
misma.
Toda ella dedicada al amor prohibido de Zoraida, que precisamente por
serlo, tuvo que ser escrita bajo un sistema de símbolos, que ni la
sagacidad crítica de los más audaces hubiera podido descifrar.
Y que así como deambulada por las estribaciones de un proceso
anticlerical en que se buscaba desenmascarar a los curas, lo hacía por un
ascendente proceso de cefalalgias agudas, donde lo único buscado era el
primer vaso con agua para tragar una aspirina.
Como si todo aquel derroche de palabras hubiera sido escrito con un
germen que crecía y destruía al crecer, dando origen a ese típico comerse
a sí misma de la creación nihilista, cuya árida lectura no dejaba otra
cosa que la nada.
Con todo, aquella febril correspondencia sin ningún destinatario, fue
creciendo a tal ritmo y tan dislocadamente, que no tardó en suscitar las
severas amonestaciones de doña Adelaida.
Esto ya no cabe en ningún sitio, se enojaba. Esto es peor que la
inundación. Y si continúa amontonándose como lo viene haciendo ahora,
empezará primero por enterrarnos vivos, y acabará después por enterrar la
casa.
Así fue como a aquel corpus poeticum no le quedó otra salida que
culminar su crecimiento en el exilio, [61] amparado por el sótano del
antiguo caserón donde vivía Nicasio.
A pesar de que hubo momentos en que éste acarició la fantasía de
convertir aquellos papeles en un libro, que fuera un poco su heredero, su
continuación, su resumen.
Sólo necesito un buen editor, pensó entonces: un hombre maligno que
destrozó sus ilusiones con lo único bueno que tenía en realidad: la
puntería para no fallar el disparo. Un único disparo que lo mató a
quemarropa cuando le dijo que aquel material no servía para nada que no
fuera para atizar el fuego de una chimenea de cuarta.
Desde entonces aquellos poemas quedaron agazapados en su interior, en
espera de la ocasión propicia, como la que ahora se le presentaba con
Minerva.
La mujer que lo comprendía mejor que nadie, aunque su comprensión
fuera de goma. La que parecía tener el tratamiento adecuado para cada una
de sus dolencias.
Cobijándolos bajo seguro techo a los sueños indecisos de su infancia,
disipando los temores a crecer que deformaron su adolescencia. Aceptando,
inclusive, que Nicasio la creara, no siempre para hacer el amor, sino tan
sólo para dormitar con ella.
Mediante una infusión hecha de anís y endulzada con arrullos, fue
Minerva quien lo curó de aquella [62] larga travesía con naufragios y
vendavales en que había llegado a navegar su vida.
Lo curó de la epidemia de pesadillas en que él veía cómo las llamas
de una hoguera eran lenguas que cremaban su apellido.
Y esa caída, esa brutal aniquilación no podía deberse sino al hecho
de que su apellido sólo estuviera apoyado en la superficie, sin haber
podido dar, por consiguiente, ninguna flor, ningún fruto, ninguna
ramificación que asegurase su definitiva permanencia en esta tierra.
Lo curó de la rata soledad royéndoles las horas a sus días y a sus
noches. Y hasta logró que se esfumara aquel punzante malestar del
desamparo, que ya ni se acordaba desde cuánto tiempo atrás, había fijado
domicilio en sus dos piernas. Y que tan equivocadamente le fue
diagnosticado como artritis reumatoidea.
De una manera tan plena llegaron a complementarse ambos, que mientras
Minerva cobraba vida, él iba reuniendo el coraje necesario para hacer con
ella lo que con ninguna mujer se había atrevido.
Todo consistía en controlar aquella tos inoportuna, aguzar después
los sentidos, expulsar el aire viciado del pecho, reemplazándolo por aire
nuevo. Y tras breves segundos de haber convocado meticulosamente [63] a
Zoraida y desconvocado a Clotilde, se lanzaba a la deriva hasta los más
profundos barrancos.
Y todavía más lejos: hasta encontrar la leche del manantial que
amamantó y vio crecer su poesía. Allí donde aquello le salía a los
sacudones pero le salía: trozos completos de la Ilíada recitados con todos
sus puntos y comas, sin saltearse nada de nada ni concederse un solo
respiro.
Pasaba todavía un minuto largo antes de que se escuchara aquel grito
de repercusión tan portentosa, que atravesaba el pasillo más allá de los
cuadros con las mujeres desnudas. Remecía los colchones de los cuartos
aledaños, y llegaba casi intacto a los oídos de las tres hijas de doña
Coca, que estaban cursando la edad en que todo les quedaba chico: los ojos
para ver lo prohibido, las orejas para escuchar lo indebido, y la
desbordada imaginación para concebir al respecto de aquel grito, un pastel
de sabrosas conjeturas, que rotaban sin embargo en función de un solo
centro.
Porque ningún grito así gritado podía provenir sino de alguien que
estuviera haciendo lo que ellas deseaban hacer cada vez con más urgencia.
No se alarmen, criaturas, exclamaba por su parte doña Coca, queriendo
retacearles una verdad de cuyo recorrido de ida y vuelta ellas ya estaban
volviendo.
¿No ven que es sólo el viento cabalgando en la terraza? [64]
Esto promovía nuevas risitas que se prolongaban largo rato, hasta
cuando se abría la puerta de la habitación 309, y don Nicasio aparecía con
los ojos trascordados y la indumentaria maltrecha, pero con un rastro de
felicidad al final de la sonrisa.
Una sonrisa que, por raro y por absurdo que se vea, no parecía
salirle de la boca, sino del dudoso contenido de lo que también iba
perdiendo su condición de portafolio. [65]
Versión del testamento ológrafo
Es tan impreciso el contorno de lo que irá aconteciendo desde ahora,
que no permite establecer con claridad si el testamento dio origen a la
versión o si fue la versión la que engendró el testamento.
Lo único que en verdad se sabe es que todo comenzó hará algo más de
siete meses, un día cualquiera en que el cartero se detuvo ante la puerta
del antiguo caserón, para de inmediato pulsar el timbre y poner en manos
de la empleada un sobre de aspecto tan indefenso, que nadie hubiera podido
prever que con él estaría iniciándose para Nicasio la inagotable sucesión
de precipicios a cuyo final no había llegado todavía.
La vieja Liboria, para no desentonar con su inveterada vocación de
espía, examinó el sobre a trasluz, lo deletreó una y otra vez, lo
escudriñó y buscó sin encontrar las señas del remitente.
Esto me huele a mujer, se dijo sin saber por qué, puesto que el sobre
no olía a rosas ni a jazmines ni a [66] lo que por lo general solía olerse
cuando existe de por medio algún embrujo de mujer.
Más bien olía a polillas y lo que la indujo a creer lo que creyó en
un principio, no fue sin duda otra cosa que aquella letra menuda y prolija
con que alguien había escrito: Señor Nicasio Estigarribia, el nombre de la
calle y, a continuación, el número.
Después de varios minutos de estarse ahí, inspeccionando el sobre, y
pensando lo mucho que le habría gustado que en el menor tiempo posible
quedara resuelto el enigma. No por ella, naturalmente, ya que por una sola
vez de haber sucumbido a la cautivante felonía de violentar una
correspondencia ajena, se estaría declarando por dos veces en rebeldía:
contra el onceno mandamiento y contra la Constitución Nacional.
Por eso, porque prefería verse morir de a puchitos a vivir soportando
de por vida la carga de los remordimientos, es que su actuación debía
centrarse en la filosofía del que nunca tuvo vela alguna en este entierro.
Había, pues, que desentenderse del asunto, dejando que todo se
desarrollara gracias a la candente letanía de vapor con que acostumbra a
rezar la pava cuando avisa que ya hierve. Y que mientras prosiguiera en
esa luciferina circunstancia, en pocos minutos más reventaría sobre una
convulsión frenética. En la cual [67] acabarían por fundirse los
quinientos años de tradición que venían respaldando la honorabilidad algo
achacosa de la insustituible goma arábiga.
Con tanta habilidad y tan impecablemente iría cumpliendo aquella pava
su pecaminosa faena, que ningún catalejo humano hubiera podido detectar la
menor diferencia entre el antes y el después de haberse consumado la
acción profanatoria.
Sin embargo, dado el paulatino avance de las huestes infernales sobre
esa voluntad suya, que a la par de ir cediendo territorio, iba ganando la
textura de un reblandecido trozo de pan seduciendo a su manteca, Liboria
entendió que lo más santo y quizá lo más prudente era alejarse del
circuito donde operaban las tentaciones. Retornando al plumero, a la
escoba o a cualquier otro utensilio que perteneciera a la cofradía de su
bienaventurado hábito de limpieza.
No sin antes haber dejado el sobre allí quietito, al amparo estilo
imperio de la cómoda que solía dar albergue a casi toda la
correspondencia.
Bueno, correspondencia sería mucho decir, considerando el hecho de
que a la casa sólo llegaban esporádicas leyendas de algún producto
infalible, no para matar cucarachas, como tendría que haber sido, sino
apenas para drogarlas. Ya que una vez evaporado el efecto, se sacudían un
poco la bruma, se incorporaban jubilosas y volvían a cucarachear todavía
con más bríos. [68]
O la circular del plomero domiciliado a la vuelta de don Jaime, quien
por un precio irrisorio se ofrecía a destrancar todo aquello que tuviese
relación con las vías respiratorias del inodoro o de cualquier otra
cañería.
O la tarjeta en forma de ataúd luctuosamente forrado de lila, que al
abrirse promocionaba las asombrosas ventajas de un camposanto cinco
estrellas. Sitio ideal donde el usuario podía disfrutar de una muerte al
aire libre, al arrullo de espigadas casuarinas, del efluvio responsorial
de las azucenas y del incesante azul con que merodeaba el cielo.
Y donde cada quien disponía de un rótulo en latín para evitar
confusiones, y del espacio suficiente para desentumecer los huesos,
logrando que de ese modo amainaran los pleitos entre vecinos.
Tan de nunca acabar los pleitos y tan empecinados los vecinos en
repetir hasta la ronquera que no es mi muralla la que se adentró en tu
latifundio, sino que tu terreno fue excavando mi muralla.
Y esto no va a terminar aquí sino en los estrados judiciales. Ese
lugar, que al no contar con ninguna salvación jurídica para ningún tipo de
dolencia, tampoco tenía forma de impedir que hasta el malestar más leve
agonizara sin diagnóstico responsable. Y por un tiempo tan prolongado, que
ningún reloj lo suficientemente cuerdo tendría cuerda suficiente para
poder medirlo. [69]
En cambio, en el camposanto cinco estrellas nadie sería objeto de
ninguna expropiación que afectara ni su metro cuadrado de tierra ni el
merecido descanso, tan esenciales por cierto, para emprender con la
dignidad debida el compromiso ineludible de aquel viaje sin retorno.
La verdad es que tampoco doña Adelaida acertaba con una explicación
razonable respecto al origen de aquel sobre que había venido a trastornar
la sacrosanta paz de su rutina diaria.
De una novia no podía tratarse, por cuanto que las únicas salidas de
Nicasio acababan su trayecto en el bar «Los jubilados». Alguna aventurera
quizá, una perdida de los bajos fondos. De esas que empiezan siendo
baratas y haciendo lo que tú quieras y como tú digas, y cuando se van
dejan al tonto con apenas lo que lleva puesto.
Y a lo mejor también casada. ¡Santísimo Sacramento!, se persignó doña
Adelaida. Lo que faltaba: que a la vejez viruela mi Nicasio se me haya
convertido al adulterio.
Te das cuenta, Liboria, el hijo que crié con tanto esmero, después de
haber cargado sola con el peso de su educación. Y ahora sucedía que el
ingrato ni siquiera vacilaba en exponerla a las burlas callejeras,
comportándose como un vulgar mariposón. ¡Qué suplicio! ¿Te parece que
merezco yo ese pago? [70]
Pero Liboria nada le respondía porque ella sabía que doña Adelaida
sabía que un hombre puede hacerse viejo para lo que sea, menos para
encaramarse al primer espantapájaros que vistiera faldas.
Quítense esos delirios de la cabeza, empezó advirtiéndoles Nicasio
cuando al llegar se encontró frente a una conmoción que, de no ser frenada
de inmediato, hubiera podido extenderse sólo Dios sabía hasta dónde.
Demasiada alharaca para un sobre tan chico, fue la ecuación doméstica
que utilizó después, a ver si de ese modo conjuraba los desbordes
imaginativos de las dos mujeres.
Son ustedes las que han armado una tormenta donde ni siquiera sopla
el viento, exclamó a continuación dando por clausurado el tema. Convencido
de que todo el aspaviento aquel de la mujer casada, y las imputaciones de
adulterio con premeditación y alevosía, no eran sino alguna nueva forma de
expresión que había adoptado la esclerosis progresiva de su madre.
A la que ahora venía a sumarse también la de Liboria, quien no dudaba
en transferir la culpa de todos los descalabros por ella cometidos o por
cometer, a la angustia pectoral del climaterio.
Esta mi edad crítica que me oprime el corazón y no me deja respirar
tranquila, se quejaba por los [71] rincones. Estos calores que me
desjuician hasta los cables de la memoria, haciéndome abrir la heladera
cuando lo que quiero es encender el horno con la llave del ropero.
Un climaterio de vocación algo tardía, evidentemente, porque si
Liboria no tenía aún la edad de doña Adelaida, le andaría por allí muy
cerca.
El hecho es que entre una cosa y otra, Nicasio empezó a leer la carta
recién pasado el mediodía. Transcurrió el resto de la tarde ensimismado en
su lectura, y entendiéndola cada vez menos cuanto más se sumergía en aquel
verdadero manicomio de palabras.
Y cuando el cucú trinó la medianoche, la había leído tanto que lo más
bien hubiera podido recitarla de memoria.
«Hasta este momento has vivido recluido en la neblina», le susurraba
alguien con una voz que a la vez de levantarse del papel, parecía provenir
de algún tragamonedas distante.
Pero a partir de ahora se te concederá la luz, al anunciarte que has
sido elegido para participar de una Experiencia Suprema, ubicada no en el
presente ni en ningún lugar visible, sino a lo lejos y en todas partes.
Por encima de la recta que dialoga con el mar y por debajo de la que
se encuentra dialogando con la tierra. Sobre un extremo al otro del Ayer,
que entrará [72] en conjunción con la Irisada Altiplanicie que se extiende
hacia el mañana.
Entre todos los varones que se hospedan bajo el cielo, fuiste tú a
quien señaló el humo del Incensario, por pertenecer a una generación
astral que vio extinguirse el apellido en el Follaje de los Tiempos. Y por
ser depositario de la virtud que más aprecia el Sublime Jadaiel. Aquella
mediante la cual has sabido conservarte abstemio, no sólo del Alcohol,
sino del Vicio y las Mujeres.
Todo esto que te digo es un halago aunque también un compromiso,
porque de aquí en adelante, desde el atardecer del día hasta el clarear
nocturno, deberás ajustar tu proceder al cumplimiento sin errores de las
siguientes mandas:
Lo primero será alejarte de todo lo que hasta hoy conformó tu
entorno, cortando de un solo tajo la umbilical obstinación que pretenda
mantenerte unido a cualquier lactancia de cualquier pasado.
Aun a costa de tener que empezar a nacer de nuevo, regresando a la
oscuridad a gatas de aquella posición succionadora, obligándote a
continuar corriente abajo y a cavarte una salida con el movimiento de tu
espalda.
Y contra esa vegetal intransigencia tuya de seguir aferrado como un
liquen al camino ya sin tierra, escuchar cómo rebota otra vez tu propio
grito. Y volver a sentirte escrutado por la mirada hostil de aquel [73]
espejo, que tornaría a trizar en mil posturas la recién nacida imagen de
tu desolación».
Acepte el consejo de alguien que le desea bien y vaya pasando
adelante, le oyó decir a la comadrona. Aunque sin adelantarse mucho para
no meter la pata en la zona del Dragón.
Yo soy un objeto frágil al que deben tratar con cuidado, protestó
Nicasio. Además, ya no quiero que me sigan dando a luz. Sólo me he asomado
a averiguar si está mi padre en casa, porque entonces usaría el calor de
su presencia como abrigo para cubrir mi desnudez.
Usted ha nacido bajo el signo de la orfandad. Lo felicito, le
contestó una voz de acendrada entonación quirúrgica, mientras la mano de
esa voz se complacía en aporrearle una y otra vez las nalgas.
Pero yo no vengo recomendado por nadie. Yo he sido obrado sin
concurso de varón, replicó Nicasio.
Entonces lo felicito dos veces. ¿No se da cuenta que a semejantes
alturas está pasado de moda eso de tener un padre? En la época que nos
viven y para no pecar de anacronismo, se debía no estar emparentado ni en
el grado más remoto con la paternidad de nadie.
El padre del 2000 se reducía apenas a una huella, que no por digital
era menos fugitiva. O acaso al estallido de un rencor hereditario. O a un
leve sonido a veces, semejante a un sollozar tan sofocado que resultaba
prácticamente inaudible. [74]
A una simple formalidad, en suma, por la sencilla y única razón de
que se requiere un mínimo de dos para consolidar los postulados de la
ecuación procreadora.
Cómo hacerles entender que, pese a todo, Nicasio aún necesitaba un
padre, que le hubiera gustado tanto tenerlo. Un padre militar, si fuera
posible, y que no fuera un rufián, como había sugerido entre susurros su
profesor de anatomía. Y ahora lo de militar salía sobrando porque ni
siquiera un padre tenía.
Ya no gimotees por los rincones buscando un padre, lo consolaba doña
Adelaida, que mamá te llevará al supermercado donde hay un regimiento de
juguete, con la escalinata militar de subida y de bajada, toda completa, y
made in Taiwan, por si fuera poco.
Allí encontrarás el mejor padre de plástico, con la graduación
también de plástico que tú prefieras. Desde mariscales de campo, de
hierro, de temple de acero, generales en jefe, en retirada, coroneles,
subtenientes, y hasta el modesto recluta que trabaja de niñera en la casa
de los capos.
Pero ya no inventes a tu padre, Nicasio, ni pretendas adaptarlo a un
recuerdo que recula como si lo hubieran construido nada más en base a
sombras.
Aunque dediques días enteros a soñar con la cara que habría tenido,
siempre la cara empezaría siendo normal, y acabaría siempre encarnándose
en la otra, [75] la impalpable, la de la atroz correspondencia con la cara
de un desierto.
Acepta que se haya ido sin sentir como si el peso de esa huida te
estuviera masacrando los riñones. O tal vez como si formara parte de ese
olor a que pronto llovería, instalado al principio sobre el aire,
descendiendo luego hasta fijarse en aquel corselete de dolor con que el
lumbago se te abraza a la cintura. Y se te riega después por todo el
cuerpo. Y se te vuelve torrencial como la lluvia, bajo la cual todo se ha
de volver charco, inundación, pantano.
Deja que la ilusión paterna vaya encaneciendo en idéntica medida en
que se negaba a encanecer aquel rodete donde estaban retenidos por la
fuerza los indómitos cabellos de tu madre.
Mayúscula palabra, con sonoridad de Catedral la de tu madre, quien
pese a estar partida en dos por la aflicción, se mantuvo sempiternamente
erguida, con la sonrisa siempre lista entre los labios. Para que nadie se
quedara sin saber de qué madera estaba hecha Adelaida Sánchez, y con
cuánta dignidad supo callar, sepultando el abandono del esposo en un
pequeño mausoleo que le fabricó en su corazón.
Con la misma entereza física y la misma disposición de ánimo que
ningún apremio económico pudo nunca derrotar, se pasaba las noches en
blanco, picando carne, picando locote, picando todo el ajo disponible con
la totalidad de sus rencores, y [76] chorreando lágrimas sólo debido a que
la cebolla se había propuesto causarle aquel llanterío en los ojos.
Porque ella misma decidió que con escupir maldiciones al techo o
lanzar exabruptos al aire o desterrando a la fetidez cloacal la inocente
sortija de bodas, no recuperaría al marido prófugo.
Prometiéndose, además, que mientras Dios le conservara saludable la
razón, y aceitados los resortes para trabajar sin detenerse, nadie pasaría
necesidad bajo su techo.
Ya verían los que precisaban ver para creer, cómo ni entonces ni en
ningún otro momento, habría de notarse en su presencia la falta de ningún
hombre.
Sin utilizar otra receta que la que le iba dictando el instinto, y
sin dejarse guiar por otra partitura que la compuesta por sus propias
manos, amasaba la suave arcilla, que respiraba, que latía, reconciliada
con su antiguo privilegio de ser harina escurriendo su blancura entre los
dedos.
Aunque la madurez definitiva sólo era alcanzada con la ardiente
colaboración del horno, que terminaba así por completar la magia, dándole
el último retoque, el maquillaje final a aquellas empanadas.
Las cuales fueron abriendo uno tras otro los distintos candados de la
fama, hasta lograr un éxito sin precedentes en los anales culinarios del
país.
Algunos sostenían que el hechizo se concentraba en la masa. Otros en
la forma de preparar el relleno.
Y el resto en la combinación de ambas cosas. [77]
Lo que nadie atinó ciertamente a sospechar es que ni la propia doña
Adelaida supo en qué momento ni en virtud de qué fuerzas celestiales, el
prestigio de sus empanadas rebasó el ámbito casero y fue corriendo de boca
en boca.
Desde las paradas de taxis, los estadios de fútbol, los colegios, los
conservatorios que enseñaban música moderna por antiquísimas hipnosis
orientales, los institutos de yoga y de la defensa personal, los
polideportivos, hasta finalmente colarse por los intersticios más selectos
y empolvados de la alta sociedad.
Pero ya no insistas en recordar, Nicasio, que ahora lo esencial es
que sigas olvidando. Ajusta tu proceder a lo que ordena la carta y pon
distancia. Abre un ciclo de lejanía entre tus 64 años de hoy y tus
antiguos años mozos, entre tus naderías de ayer y la jesuítica imponencia
de tus ruinas actuales.
Apártate de lo que más te duele que es apartarte del bar «Los
jubilados». Aquel territorio donde recalaban los sin compañía, los
desamparados de cualquier estirpe que se unían para ver si compartiéndola
entre todos, a cada quien se le hacía más bebible su poción de soledad.
Esa soledad que se estaría agudizando ahora si desoyes mis consejos.
Si no haces lo de acá y rehaces lo de allá, lo único que lograrías es
agravar las cosas. [78]
Y Nicasio oyó letra por letra las encíclicas cantadas y vueltas a
cantar por la enfermiza obstinación de aquella carta. Y quedó nuevamente
confundido ante el resplandor de autoridad que irradiaba aquel papel,
donde lo escrito parecía ir cayendo en un círculo vicioso, bordeado por el
eco sin final de las mismas advertencias: Vale más estar finado que
contradecir mis leyes... leyes... leyes.
Aléjate, pues, del bar «Los jubilados» y de la envidia que éste fue
desatando, no sólo en sus pares de las inmediaciones, sino también de los
que quedaban lejos, porque era el único boliche que lucía sus
instalaciones llenas a cualquier hora del día. Y porque apenas se ponía un
pie en el primero de sus tres peldaños, allí mismo acababan las prisas y
los apurones.
Y era un deleite observar cómo quedaban las horas suspendidas en el
aire, cómo se deshacían contra la niebla de los cigarrillos, cómo
terminaban muriendo finalmente en aquel azulado no sentir otra cosa que no
fuera una inmensa laxitud, una gratificante molicie.
Entonces daba lo mismo beberse litro y cuarto de aguardiente o una
copa de anisado, que estar simplemente ahí, emborrachándose mitad con agua
y la otra mitad con el zumo de los aconteceres políticos. Explosiva
mixturanza, que casi siempre provocaba más hipos y más acaloramientos que
un escocés en las rocas. [79]
Aunque el verdadero jolgorio empezaba cuando anochecía, al son de
interminables partidas de truco prolongándose más allá de la actuación de
aquellos dos bandoneones que dejaban derramar la nostalgia como si fuera
jarabe.
Y a tanta más distancia todavía, que los trasnochados vecinos
calculaban que mientras las cosas anduvieran sin variar el rumbo por el
que iban yendo, ellos tendrían que aguantarse el no dormir hasta que Dios
dijera basta.
Basta, sí, pero de decir sandeces, alegaban por su parte los
truqueros. Al fin de cuentas, matar el tedio jugando era un emprendimiento
laboral como cualquier otro.
Una ocupación ciudadana que nada tenía de ilegal ni de corrupta, y
donde podía llegarse a conseguir incluso lo que a mucha honra consiguió
Nicasio: una triple y nobiliaria distinción que lo proclamaba como Rey
absoluto del envido, Conde del truco y el retruco, y Marqués de la flor y
contraflor al resto.
Tal vez pudiera parecer extraño, pero toda la habilidad que a Nicasio
le faltaba en su trato con mujeres, le sobraba a manos llenas en su trato
con los naipes.
A tal punto, que podía reconocer sus barajas visualizándolas por el
tacto, y las del oponente por la forma en que el sentirse acorralado le
contraía o dilataba cierto toque de impotencia en las pupilas. [80]
Podía mimetizarse y confundir a todos con sus caretas de engañar, las
cuales llegaron a ser tantas y a ocasionar tales enredos, que ya nadie
sabía distinguir con precisión cuándo llevaba puesta la cara real, y
cuándo se encontraba con aquella que mentía.
Con una mente como la cola del alacrán, rápida, sagaz y agresiva, iba
armando la estrategia para demoler al adversario. Y con un sentido
carismático de su propia fortaleza, fundamentada en la técnica prusiana de
atacar por todas partes al mismo tiempo, avanzaba de victoria en victoria,
dejando a su paso una secta de individuos que, según la mofa popular, ya
no habrían servido para otra cosa que no fuera ser expuestos al temblor de
cuatro velas de un pomposo velatorio.
A prudencial distancia de una mesa cada vez más diminuta en medio de
la algazara que crecía, se ubicaban los jugadores pasivos, no con el ánimo
de entorpecer sino de atestiguar la genialidad de las jugadas, entonando
una suerte de letanía sobre cada una de ellas.
Esto es increíble, exclamaban. Esto es inaudito. Este don Nicasio es
la astucia personificada, y deberán transcurrir quién sabe siglos para que
en el horizonte timbero vuelva a asomar un gladiador de su estatura.
Las alabanzas se sucedían entonces con tal intensidad y alargaban a
tal punto el entusiasmo, que a menudo el amanecer sorprendía a los
primeros [81] actores dormidos sobre las barajas, y a los que obraban
entre bambalinas, con los labios aún abiertos sobre el último aleluya
pronunciado en homenaje a la jugada pertinente. Y tanto unos como otros
entre prestándose los brazos para usarlos como almohada.
Otras veces el desafío se trasladaba a las mesas de billar, donde ex
portuarios, ex oligarcas, ex combatientes y ex mandatarios, resolvían sus
diferencias guerreando como en el medioevo, por despellejamientos
sucesivos, al cabo de los cuales se pedían mutuamente disculpas:
Lo siento mucho. No fue mi intención. Pero qué dice. Soy yo el que lo
siente. Quién otro sino yo puede ser el animal que usted dice que es. No
le parece, sin embargo, que ya va siendo hora de que nos palmoteemos las
espaldas para enjugar las ofensas recibidas, inferidas y tan injustamente
extendidas a las respectivas esposas. E intercambiemos luego la paz con
este caluroso apretón de manos. Que no sólo significaba restablecer la
comunicación perdida, sino hacer realidad el común y fervoroso anhelo de
quedar tan amigos como antes.
De todo lo que se encuentra en el camino se conversaba allí: del
terrorismo de derecha, de la última campaña antidroga, de los tres
disparos de la policía que ésta dio en atribuir a tres reventones de tres
neumáticos que acabaron reventando a tres futuros cabecillas de una banda
procreada con fines altamente [82] delictivos, y no pirotécnicos como se
malinformó desde alguna radio de indudable afinación castrense.
Era la esquina ideal para recoger y despachar confidencias, que se
iban y volvían con la especial recomendación de que por favor fueran
mantenidas dentro de la más estricta reserva.
No sólo porque así sería sustancialmente mayor el impacto de la
noticia, sino porque estamos viviendo sobre la incertidumbre de ni
siquiera saber bajo cuál sorpresa republicana nos amanecería el nuevo día.
Y una sola palabra dicha de más o de menos, podía acarrear las mismas
pérdidas irreparables de una ocasional bala perdida.
Recomendaciones que, por lo demás, acabaron siendo las únicas en
permanecer idénticas a lo que siempre fueron, porque las confidencias
habían cambiado tanto que ya nadie las reconocía.
A menos que dieran un aparatoso rodeo, los habitantes de medio país
forzosamente debían pasar por aquella encrucijada: las beatas que asistían
por la mañana a misa de ocho, y por la tarde a la de cinco y media, las
alumnas del Ateneo que cursaban clases de canto o del instrumento hacia el
cual a cada quien se le inclinara el oído, los clientes del quiosco «Las
gardenias», que luego de haberse hecho bajar todas las revistas alineadas
en los estantes, y de haber pasado revista a todas las marcas de
cigarrillos, salían chupando fiado tres caramelos de menta y dos [83]
chupetines Koyak, y los clientes de la plaza, que tal vez no vivieran de
renta como lo hacía Nicasio, pero al igual que él se dedicaban a no hacer
absolutamente nada para ganar el tiempo que tan inútil y acompasadamente
sin cesar iban perdiendo.
Y ahora, de manera imprevista y brutal, aquella carta venía a
anunciarle que ya no disponía de ningún tiempo, que ya se le había gastado
el que tenía disponible para extirpar de su rutina diaria el lugar donde
había pasado los momentos más gratos y reparadores de su vida.
La orden era terminante: bajar la cortina metálica y esto aquí se
acabó. No era fácil aceptar aquel castigo que iba aumentando y aumentando
de tamaño hasta no caber casi en su pecho. No era fácil preguntarse y no
encontrar a nadie que le respondiera qué sería de él a partir de ahora.
Qué podría hacer sin Teófilo Moscarda, después de haber sobrellevado
juntos una larga caminata de obstáculos y sinsabores, después de tanto
haberse lamentado a dúo.
Qué haría sin la mano siempre tendida de Filomeno Barboza, sin el
calor de tantas manos sin las cuales las suyas volverían a ser presa fácil
de los sabañones en invierno y del puntual reuma veraniego.
Quién tendría la honradez de aclararle cómo iba a sobrevivir sin los
concursos de tiro al sexo. Distracción concebida por Carmelito Anzuaga,
[84] consistente, por un lado, en distintos tamaños de flechas de
fabricación casera, y por el otro, en aprovechar la pared más llamativa
del local, para que allí fuera colgado el objeto que desencadenó la más
grande epidemia de rabietas clericales, y un pudibúndico revuelo entre las
cristianísimas matronas que juraban reverenciar a Dios inclusive en
esperanto.
Las cuales, invocando el nombre de San Blas y reunidas en sesión
permanente, expresaron su unánime repudio ante semejante impudicia: esa
cochinada sin nombre a la que había que poner fin de inmediato.
Imagínense, decían indignadas, si no será cosa del demonio que esos
malvivientes desahoguen sus instintos libidinosos valiéndose de un cartel
enteramente ocupado por un sexo.
De gigantescas proporciones, para mayor escándalo. Y de naturaleza
femenina, por si fuera poco. Naturaleza que a fuerza de llevar años
curtiéndose a la intemperie, pudo aguantar sin doblegarse misas y
novenarios, ayunos y penitencias en pro de que el tal cartel no tardara en
venirse abajo.
Sin embargo, ni el más santo de los santos ni el más vil de los
patronos consiguió modificar el hecho de que el sexo en discusión
emergiera desde un rojo cálido y profundo, y que siguiera siendo, según la
ofuscada argumentación del inventor, el duplicado simétrico del que
perteneció a María Antonieta. [85]
Vale decir, con sus vastas intimidades en jubiloso orden, y de par en
par abiertas hacia todo el que quisiera utilizarlas como blanco para
afianzar su puntería.
Cuánta cantidad de olvido necesitaría Nicasio para sofocar esas
vivencias, el baldío de ese espacio. Qué haría con sus horas muertas que
sólo adquirían algún sentido en el bar «Los jubilados»: su única razón de
ser desde que las malditas Oficinas de Correo le dieron aquel puntapié en
el bajo vientre al darle su pase a retiro. Qué puedo hacer... Qué puedo
hacer, se repetía desconsolado Nicasio.
Lo primero y principal, calmarte, que tu corazón ya no está en edad
de sortear ese ritmo encabritado que se ubica entre la arritmia y los
cíclicos jadeos de la artería coronaria.
Tienes delante de ti una tarea que debe ser cumplida sin demora.
Vuelve, pues, hasta aquel sobre, aquella carta hablándote de una
Experiencia Suprema y un Sublime Jadaiel, tan alejados de ti y de tu
módica cultura, que los sentirías igual que si un torpe moscardón te
estuviera moscardoneando en chino.
Pero poco a poco irá tu mente resolviendo el crucigrama, en la medida
en que retomes la lectura desde el renglón aquel donde la interrumpiste. Y
en tanto dejes que esa voz que se levanta del papel con modulación
trasplanetaria, se concentre en el segundo punto para decirte aquello que
te está diciendo: [86]
«Una vez eliminados los escollos de la primera etapa, deberás elegir
un sitio que, por un lado, se encuentre más allá de toda sospecha, a fin
de asegurarte la misma autonomía que tendría un pejerrey desplazándose en
el agua. Y que por el otro mantenga a las personas en permanente vaivén
entre las idas y los retornos, los adioses y las bienvenidas, las
aversiones y los afectos.
Por ejemplo, una iglesia, un asilo de ancianos, un hospital, algún
prostíbulo. Porque quién iba a atreverse a sospechar que en un prostíbulo
se estuviera desentrañando un problema metafísico, cuya aparente claridad
súbitamente podía precipitarse en las sombrías vaguedades de la
abstracción más absoluta.
Empieza, entonces, a esmerarte desde ahora, teniendo en cuenta que
para arribar al lugar perfecto es preciso desechar al menos diez
imperfectos.
Aunque en este punto me permito sugerirte una casa, que a juicio de
las Once Potestades Subalternas, asesoras de este Evento, reúne todos los
requisitos y está reconocida bajo el nombre de «La posta del placer».
Allí donde las horas son más largas que en ningún otro hemisferio y
donde nunca amanece porque jamás el sol se pone y nunca es hora de estar
cerrada sino de estar abierta siempre, porque cualquier hora es hora buena
para practicar el amor. [87]
No quiero, sin embargo, que confundas los conceptos, ya que en el
amor de que te hablo no interviene la materia, sino algo majestuosamente
etéreo, que al evadirse de lo trivial y lo pedestre, implica de algún modo
las galaxias, las luciérnagas, las estaciones, los presagios, las aldabas,
los violines y la perimida ternura analfabeta de los carritos aguateros.
A ese lugar acudirás seis veces por semana durante los meses de las
vidas que hagan falta para completar la Experiencia.
Internándote con mucho sigilo porque en tanto vayas andando, no
contarás con la ayuda ni de lámparas ni de candelabros. Y detrás de ti y
en tu costado, cruzándose y descruzándose en un sinfín de repúblicas
danzantes, hallarás sólo tinieblas.
Pero no obstante, esa debilidad tuya, ese temor, habrán de ser los
muros que te sostengan, la fuerza para seguir adelante.
Y transitarás sequías de bosques y países que no serán sino el
reverso de países invisibles, pasando por alto el hecho de que cuando
menos lo esperes, te salga al encuentro un abrupto recodo donde antes no
lo presentías siquiera. Y en seguida te acosará un nuevo recodo con un
nuevo horror intentando que desistas de la Empresa.
Sin hacer más ruido del que apenas hacen las plantas y sin más armas
que tu fe, irás en busca de la [88] Luz, que al principio será larval,
indecisa, y sólo asumirá su tamaño y esplendor reales tras haberte
demandado un prolongado y desgarrador esfuerzo, solamente comparable al
que sufren las mujeres en trance de parir un hijo.
Por lo demás, es de vital importancia que mientras dure la Misión, te
valgas de bigotes mejicanos, narices de pinocho, barbas moscovitas,
alerones de invasor extraterrestre.
Artificios mediante los cuales esa apariencia que has considerado
tuya desde siempre, quedará sustituida por otra con la que te será dado
despistar hasta a tu doble reflejado en el espejo.
Tan radical sería tu cambio, que cada vez hubieras podido encontrarte
siendo otro sin dejar de ser el mismo.
Y avanzarás despacio, no vayas a precipitarte en la trampa furtiva de
esos cazadores que pululan a la vera del camino. Ahora mismo deberías
estar atento a que no haya alguien espiando desde algún portaequipaje
arremangado en un lóbrego subsuelo.
Poniendo especial énfasis en las paredes de tu casa. Y ni qué decir
en las extravagancias de tu madre o en las distracciones de Liboria, cuyas
antenas no solamente escuchan a través de micrófonos ocultos, sino que
todo lo observan con la misma atención con que lo hace la lente de una
cámara fotográfica. [89]
A partir de hoy ya no podrás desobedecer la orden en nada ni en lo
más mínimo, dado que es preferible morir a desacatar el destino que se
trae escrito.
Desde hoy te estaremos vigilando noche y día. El Gran Ojo Visor
tenderá la mirada a la redonda y te buscará por el poniente y por el
norte, por el mediodía y el oriente, recordándote que se ha hecho tarde
para retroceder o intentar cualquier huida. Porque más acá o más allá de
la Experiencia ya no hay nada. Sólo Ella latiendo con el Engranaje que
hace latir el Secreto.
Quedan por resolver muchas oscuridades, pero éstas se llenarán de sol
a su debido tiempo. De carta en carta se te irá aclarando el panorama. Y
de cada una de ellas guardarás una simiente que culminará su desarrollo
agazapada en tu memoria, después de que todas hayan sido destruidas por el
fuego.
Y ya lo sabes: cuídate de revelar esta Alianza o de oponerte a que la
misma sea cumplida según las leyes estipuladas, porque entonces te
arrepentirías hasta del simple hecho de haber nacido.
Quizá consideres exageradas estas recomendaciones, pero todo lo que
tienes que saber lo sabrás ni mucho antes ni demasiado después, sino
cuando las dos agujas se prosternen para formar la Cruz sobre el Momento
Justo». [90]
Cuando Nicasio terminó de leer la carta, permaneció así largo rato,
mentalmente aturdido, la lengua reseca, el corazón que en un acceso de
arribismo se le había instalado entre las sienes, porque era allí donde le
repicaba. Primero al trote, al galope después y al final otra vez la
taquicardia.
Pero ni siquiera esbozó el intento de ir en busca de esa paz
salpicada de dulzuras, a la que con probada exactitud lo iba guiando la
amarguísima infusión de coramina.
¿Cómo hubiera podido hacerlo?, sí lo dominaba una terrible
inhibición, una especie de parálisis que lo circunscribía a una celda no
mayor ni menos cierta que el recóndito presidio retoñado tras las rejas de
su propio melodrama.
Tal vez se estuviera despertando de un mal sueño, o de cualquiera de
sus delirios. Pero entonces la carta tendría que haberse diluido como en
la primera claridad se diluían las dos mandíbulas que deambulaban sueltas
sin dueño, masticando un ruido como el que hace el peine al restregarse
contra la voluble superficie de un espejo.
Y esa dentera se convertía en un tormento muy superior al que
cualquier cristiano en sus cabales era capaz de soportar.
¡Váyanse a la mierda!, les gritaba al borde de la enajenación. Y con
ellas también se alejaban los mugrosos jorobados que noche a noche, en
tropel iban surgiendo del sofá renacentista. [91]
Y a compás de sus propios desafueros reptaban bajo los muebles,
arrasaban la heladera, desollaban baúles, y consumaban escabrosidades que
hubieran hecho sonrojar al más insigne libertino.
Sin embargo, la carta no sólo no se había ido, no sólo continuaba
estando allí con toda su carga de espanto, sino que parecía muy dispuesta
a destrozarle la existencia.
Quién podía haberlo metido en aquella trampa, en aquella macumba
demencial. Si lo que querían era acabar con él, ya lo habían conseguido,
porque estaba moralmente deshecho, sin saber qué hacer, sin atinar a nada.
Y así discurrió los tres días siguientes, moviéndose como un corcho a
la deriva, saliendo apenas de su habitación y sólo para atisbar la llegada
del cartero, con la alucinada ansiedad de quien aguarda la notificación de
su sentencia a muerte.
Las dos mujeres lo miraban boquiabiertas, sin poder creer que aquel
cambio repentino le hubiera invertido a tal punto las costumbres, que sus
idas al bar «Los jubilados», anteriormente cumplidas con la puntualidad de
un rito, ahora parecían formar parte de la historia.
Por donde se lo mirara y en cualquier cosa que hiciera distaba tanto
de ser lo que alguna vez había sido, que era como si alguien distinto de
él hubiera ocupado su lugar. [92]
Ahora ya no me cabe ninguna duda, insistía Liboria. Nicasio anda en
amores con alguna mujer. Tiene todos los síntomas: se acuesta sin
desvestirse, se levanta con el carácter de un volcán en erupción y las
ojeras lila obispo del que en vez de dormir se insomnió la noche entera.
Y si a todo eso se le arrimaba el hecho insólito de que en la cena ni
siquiera hubiera probado el suflé de coliflor por el cual era capaz de dar
la vida, bueno, con ese dato ya bastaba para darlo por sentado.
Va y viene por la alfombra de su pieza con la misma obstinación del
péndulo, acotaba doña Adelaida, que por un lado seguía atentamente las
andanzas del reloj, y por el otro los enigmáticos trajines de Nicasio.
Hasta que las primeras y los segundos acababan por fundirse en un TIC TAC
imponente.
Así era, en efecto. Con aquellos pasos bien marcados que empezaban en
su habitación y terminaban extendiéndose por toda la casa mediante una
larga confabulación de ecos, Nicasio iba midiendo el trayecto comprendido
entre la cama y el rincón con el altarcito doméstico, donde los ojos
policíacos de San Cristóbal, San Martín de Porres y San Hermenegildo, lo
venían escrutando desde la adolescencia.
Desde el crónico terror de aquellas crisis de desidia intestinal que
lo sentaban por horas enteras en el baño, por años enteros sudando ahí la
gota gorda. Como si el tiempo y los purgativos no hubieran servido de
nada. [93]
Once pasos y medio, recitaba en voz alta, y nueve pasos en diagonal
desde la ventana entristecida porque a través de esa huelga de postigos
clausurados ya no le sería posible contemplar el cielo, hasta el
hundimiento ese del piso que infructuosamente intentaron arreglar seis
albañiles por seis caminos distintos.
Aunque todos coincidieron en que el problema se internaba a bastante
más hondura de donde en realidad iba su ciencia, por originarse en la
atracción que sobre la tierra ejercen los poderes del infierno.
No importa cuál sea el método empleado, predijeron con brutal
clarividencia. Tanto los exorcismos menores hechos en base a piedra
molida, cal apagada y arena, así como los mayores, sólo accesibles a la
clerical investidura del Señor Obispo, acabarían desbarrancándose en el
mencionado boquete de los mil diablos.
Aquel por cuyos vericuetos, en época de luna llena, circulaba todavía
la cautiva maldición de los esclavos.
No se equivocaron sin embargo por tan lejos aquellos jornaleros
rudos, cuya única instrucción les cabía en la palma de las manos. Porque
el tal hundimiento pasó a ser, durante años, no sólo el principal punto de
enlace entre los moradores de Arriba y los moradores de Abajo (cuyos
incidentes fronterizos daban pie a tantos abusos, coimas y regateos que ya
no asombraban a nadie), sino el actual [94] punto de referencia gracias al
cual, a la vez de conjurar esa ansiedad que le estaba carcomiendo las
entrañas, Nicasio podía darse a sí mismo un informe detallado de cuánto
medía esto y cuánto el tramo de luz perpetua proveniente del pasillo.
Aunque para arribar al Génesis de dicha luz, a su matriz procreadora,
había que avanzar todavía un poco más. Trasponer dos sillas, varios
umbrales, tres asaltos en descampado de ese olor tibio a empanada, que
venido del ayer y por esas cosas del hoy, ahí se había estancado. Pero
intempestivamente desplazado luego por la voluptuosidad arrolladora del
campechano olor a guiso.
Todo eso sin abandonar la línea recta ni poder eludir aquella asfixia
que se iba acentuando mientras más profundo se hacía el hoyo en que se
abismaba el pasillo.
Entonces, cuando ya casi se perdía la esperanza de llegar, se
presentaba así de pronto aquel predio bendecido donde la lámpara amarilla
había instaurado su imperio.
Para decirlo mejor, su semiimperio porque a pesar de tanto decreto
promulgando su eternidad, de tanta predestinación a brillar sin
intervalos, debía rebajarse a compartir la mesita disfrazada de aldeana
con un póstumo retrato y una flor tan angurrienta, que siempre parecía
estar clamando por más agua y todavía más agua de la que podía ofrecerle
su florero. [95]
Claro que la lámpara amarilla, no tanto por haber recibido un
riguroso entrenamiento en el difícil arte de la iluminación, como por una
mera cuestión de jerarquía, se mantenía completamente al margen de lo
ocurrido en sus adyacencias.
En parte, porque a cada muerto le toca la bala que se merece, y en
parte, porque por expresa voluntad de doña Adelaida, a la lámpara amarilla
no le tocaba otra cosa que velar, permanecer alerta noche y día, en
beneficio de aquellos que acusaban la doble tendencia a extraviarse a
pleno sol y también en las tinieblas.
Todos tenemos aquí una misión que cumplir, repetía constantemente
doña Adelaida, incluso los seres sin identidad ni lumbre propia, como los
muebles.
Y la tuya, Liboria, es proceder de manera que bajo ninguna
circunstancia descuides la diligencia a la que te debes ni traiciones la
confianza que he depositado en ella. Porque has de ser la única
responsable de que ni siquiera con mi muerte dejes morir la luz de la
lamparita.
Nueve pasos y tres cuartos y quién sabe la duplicación de cuántos
insomnios y cuántos metros cuadrados de espera tendría Nicasio que padecer
aún para alcanzar a medir enteramente la real magnitud de su cansancio.
[96]
De seguir peregrinando a este ritmo de avalancha, me quedarán las
piernas medio atontadas y los pasos en carne viva, se lo oyó razonar
después. Y en seguida un breve silencio enganchado a una palabra
irreproducible, que al no saberse con certeza hacia quién iba dirigida,
continuó flotando un rato ahí, al albur de ningún destinatario. Y acto
seguido otra vez los pasos para volver a empezar todo de nuevo.
Estos tres últimos días se ha pasado como un monje agrimensor
recluido en su convento, decía preocupada doña Adelaida.
Y le ha visto usted la barba de prócer de la independencia,
preguntaba Liboria. Capaz que se la esté dejando en memoria de los que no
tuvieron más remedio que caer en defensa de esas cosas que se aprenden en
la escuela y que empiezan a olvidarse en el recreo.
Pero lo que presenciaron aquel jueves colmó la gota del vaso.
Consternadas lo vieron abrir la puerta del dormitorio, cruzar como una
exhalación el pasillo, y hundirse en la oscuridad de la escalera que
conducía al sótano.
Dos, cuatro, siete minutos que duraron igual que siglos. Y estando ya
sobre el filo de los ocho, ambas mujeres pudieron ver nítidamente un
fantasma vestido como Nicasio, pero con guantes, con sombrero, con bigotes
y con anteojos de ciego. [97]
No se hagan tanto drama que soy yo, les dijo. Aunque en versión
adulterada. Y será mejor que se vayan acostumbrando, porque a partir de
hoy usaré barba, bigote, anteojos de ciego y fundaré mi propio carnaval,
si se me viene en ganas.
Sin embargo, al no reconocerse después en el espejo del vestíbulo,
refunfuñó desmoralizado:
Justamente cuando más necesito saber quién soy, se me coloca enfrente
este carajo con el que ni siquiera me siento unido en parentesco. Maldita
sea.
Tan perturbado parecía, que doña Adelaida se curó de un solo golpe de
sus propias perturbaciones, jurándose solemnemente gastar hasta el último
segundo de las horas que aún le restaban de vida en sacarlo de aquel pozo.
Como prueba de lo cual, le mandaba preparar sopitas combinadas de
cerelac con cuáquer, o de arroz con brotecitos tiernos de soja. Y compotas
de aguaí con miel de abeja, previamente reforzada con la oración del pobre
pecador a San Judas Tadeo.
Mi corderito descarriado, lo mimaba. Si no quieres que te aseen el
cuarto nadie te lo aseará, ni nadie te abrirá las ventanas, y podrás
pasarte el santo día ovillado en el capullo de tu íntima congoja.
Y todo por culpa del tremendo coletazo con que arremeten los amores
fuera de estación. Una especie de viruela que no por marchar a contrapelo
se la hubiera considerado menos mortal. [98]
¡Pobre hombre! No tendrá un desenlace, feliz en manos de esa mujer.
¡Qué manera de engatusarlo! ¡Virgen Santa! ¿Quién sería la desvergonzada
que le estaba arrebatando el hijo delante de sus narices?
Arrancar una mujer del corazón de un hombre es algo delicado que
requiere no sólo técnica, sino por sobre todo instrumentos especiales,
improvisaba Liboria. Más delicado que una cirugía a corazón abierto, y sin
ninguna garantía de que el extirpado vuelva a razonar con la lucidez de
antes.
Máxime si se tenía en cuenta que Nicasio había descubierto el amor
con casi cuarenta años de retraso. A una edad en que sus coetáneos venían
abusando de él desde tan lejos y de manera tan sistemática, que apenas les
sobraban agallas para sentarse en una mecedora de mimbre a discutir
consigo mismo, o con algún interlocutor imaginario.
En cambio, el corderito descarriado se hallaba en la cresta de la
ola, como quien dice. Y sólo había que esperar que su ángel de la guarda
interviniera a tiempo para amortiguarle esa violenta conmoción que, por lo
general, es inherente a la caída.
Lo cierto es que don Nicasio no se había repuesto aún de los estragos
de la primera carta, cuando de pronto se sintió sobrecogido por la
certidumbre de que apenas se aplacara el disturbio mañanero, promovido por
el repicar inusitadamente largo, persistente y cizañero de aquel timbre,
la segunda [99] carta estaría entre sus manos. Para que con ella se
pusiera en movimiento el capítulo número dos de su desgracia.
Sí, el motivo de sus desvelos había llegado por fin. El cartero
acababa de entregárselo a Liboria, quien luego de haberlo aprisionado
entre las yemas del índice y el pulgar como si fuera una serpiente, y de
haberlo examinado hasta donde le fue posible, advirtió que aquel sobre
estaba algo excedido de peso.
O algo tal vez le faltaba. O simplemente era distinto del primero.
Claro, éste había sido redactado a máquina y pesaba por lo menos el doble
de lo que pesaba el anterior.
Dame esa carta, le ordenó Nicasio con una voz como treinta años más
vieja que aquella de la que se había valido hacía un ratito nomás para
regañarla. Porque pronto será hora de cenar, le dijo, y todavía no te has
dignado a servirme el desayuno.
Dámela ya, volvió a insistir interrumpiendo las detectivescas
meditaciones sobre las cuales seguía sobrevolando Liboria. [100]
Y que nadie me moleste para nada, agregó dirigiéndose a su habitación
y cerrando con golpe seco no solamente la puerta, sino toda posibilidad de
que llegara a hacerse público un asunto que, por mandato superior, debía
ser guardado en la privacidad más absoluta.
El hecho es que esta vez la carta venía acompañada de algo que
aparentaba ser un testamento. Pero no un testamento común y silvestre, de
esos mediante los cuales el patrimonio familiar -que en aquel entonces no
se basaba, no, en el sudor ajeno sino en el sudado dignamente por el
esfuerzo propio- podía desplazarse sin abandonar la línea recta ni la
garantía oficial que cada padre buenamente delegaba en cada hijo.
Inaugurando, en el plano financiero, como una suerte de cadena de
mitológicas genealogías.
Hasta que la injerencia de otras líneas no tan rectas ni tampoco tan
legítimas, no sólo los fueron anticuando, sino que apresuraron grandemente
su relego al cajón de los olvidos.
Desde luego que vincular esos testamentos ya finados con el que
estaba esperando el momento para empezar a vivir, sería desconocer
deliberadamente la diferencia que los separaba.
Diferencia que en lo que al testamento recién llegado se refiere, se
sustentaba en el hecho de que a su lectura, por enérgica disposición
obrada en grandes [101] letras cuyos relieves, volutas y contorsiones
oscilaban entre lo espectral y lo fantasmagórico; a su lectura, repito, no
debía procederse mientras no se hubiera procedido con la lectura de la
carta.
Exhortándose muy fervorosamente a que fuera respetado ese orden.
Porque de acuerdo con un orden habían sido creadas todas las cosas del
universo, desde el Preludio incoloro, hasta la Macroaniquilación hacia la
cual todo tendía.
Un Nicasio pálido, sin otra expresión en el rostro que la generada
por el desaliento, empezó más que a leer, a ser llevado y traído a través
de una aglomeración de conceptos ambiguos, de incoherencias que parecían
haber sido puestas allí a mansalva. Como crecidas al antojo del más
caótico descuido.
Haciéndolo sentir como de pronto se sentía: abrumado por la sensación
de que el atardecer ocurría en su pecho, y no en las desportilladas
arremetidas con que el último sol apenas si alcanzaba a gratinar levemente
la ventana.
Cuando leas el testamento, decía la carta, comprenderás que el mismo
no existe en función de lo que dicen sus palabras, sino en función de lo
que callan. Y lo que callan es el Secreto que cada uno está obligado a
descubrir por cuenta propia, atravesando un canal de desencuentros durante
los cuales, lo Uno iniciará la búsqueda de una Entidad [102] Plurimismada
que le garantice el conocimiento y el dominio de lo Múltiple.
Huir de esta formulación preestablecida hubiera sido entonces tan
absolutamente imposible como pretender modificar el hecho de que el sol no
pudiera rebelarse contra la tediosa circularidad de un mandamiento que lo
defenestraba hoy para redimirlo otra vez al día siguiente.
Porque todos los caminos con todas sus bifurcaciones, aunque finjan
ir a otro lado, realmente se dirigen a la revelación del Secreto.
Tan difícil es la tarea y hasta si se quiere tan inhumana, que las
claves para resolverla son muchas y podrían ser infinitas. Aunque las
esenciales caben dentro de las que a continuación se detallan:
El principio soberano que rige el azar de los acontecimientos empieza
y concluye en el numerismo. Doctrina donde todo lo que la naturaleza
alberga, tras un intenso tratamiento de purificación ambiental, termina
por quedar reducido a lo numérico.
Vale decir que siendo los números anteriores al idioma y
contemporáneos del sol, pueden tornarse más reales que un eclipse, que las
piedras y que cualquier otro elemento percibido por los sentidos
corpóreos. Lo que en definitiva los hace todavía más reales que los
hombres.
Por una simple descompensación numérica se iniciaron, pues, las
constelaciones, el contrabando, [103] el rocío, la hepatitis, los
desfalcos, las rapsodias y las distintas ternuras que, atenidas a una
escala, poco a poco van armando el trinar del pajarito.
Melodía cuyos bajos alcanzarán su más alto esplendor siempre y cuando
actúen en proporción directa a la longitud del pico que las emita.
Por lo demás cabe agregar, que así como el 8 nos propone un juego de
redondas seducciones, en cuyo enlace final se verifica la reconciliación
de la Luz con las Tinieblas, el 7 es el que fue embellecido con los
atributos de una sabiduría ejemplar.
Basta convocarlo repitiendo mentalmente 70 veces 7, para que acuda a
predecir, con años de antelación, las fechas y los lugares en que
ocurrirían las catástrofes. O a determinar la hora, el día y la carta
astral de cualquier evento académico.
Pudiendo establecer inclusive el grado de maldad con que se ensañan
los rencores ajenos a partir de que la sombra desplegada por la envidia
prolifere en angulación oblicua o semirrecta.
En tanto que el éxtasis numérico sexual, de acuerdo con la cosmogonía
de ciertas tribus errabundas que consideraban machos a los números pares y
hembras a los impares, es consecuencia de fracciones enemigas que combaten
y se anulan entre sí. Que caen derrotadas en plena celebración de la
victoria, y que beben el triunfo todavía con un gesto derrotista entre los
labios. [104]
Hay números profanos y creyentes, despiertos y dormidos, enteros y
quebrados, incestuosos por aquello de que cuanto más primo más me arrimo.
Y todo crece y evoluciona según que el chisporroteo nacido en el
entrechocar de tales divergencias se vaya acentuando o extinguiendo.
Del mismo modo que se da ese antagonismo, existe también una empatía
que atrae a los números distantes. Como por ejemplo, la que el 5 siente
por el 38, y que sólo es el producto de la alquimia fraudulenta.
En primer lugar, porque en el fondo esos números se repelen, y en
segundo término, porque para que el 5 alcance al 38 deberá previamente
atravesar todos aquellos números que los separan.
Y mientras el 5 con su correr de patas cortas hace un esfuerzo
subnumérico para llegar al 38, éste acrecienta su arrogancia desplazándose
al siguiente.
De manera que, ni podrá ser vulnerada jamás esa distancia, ni cejará
el 38 en hacer hasta lo imposible para que ningún congénere de las
inmediaciones vaya a quedarse sin saber quién es ahí el más fuerte.
Tampoco las letras escapan a esa terrible hegemonía, puesto que a
cada número le asiste el derecho a exigir de hasta 17 letras canónicas
(que son los superlativos) la misma sumisión que debía ser guardada por el
mísero vasallo ante la feroz intransigencia de su rey. [105]
Y cada letra canónica, además de su incapacidad de ser impar o par,
posee su reverso numérico y, en grado más modesto, también su jerarquía.
Las mayúsculas dan órdenes a las minúsculas y las consonantes
ostentan una autoridad 10 veces mayor a la de las vocales. Tres sílabas
repetidas se equiparan al vacío que ocupan los intersticios de cualquier
cero a la izquierda.
Y 5 expresiones Bíblicas valen 17 adjetivos, 34 sustantivos y 76
conjunciones, que vienen a ser los vocablos más humildes que contempla el
diccionario.
La lectura del testamento es, pues, engañosamente simple, porque
paralelamente a la trama de palabras se va tejiendo una trama de números.
Y el trabajo consiste en aplacar sus diferencias, con el objeto de ir
logrando el equilibrio de todos los puntos que componen el trayecto del
Destino.
Vale decir que ese ejercicio ineludible y cotidiano que se denomina
vivir es, por cierto, una ancha paradoja donde intervienen los números,
las letras con sus repeticiones y ecos, una cantidad sensible de azar y
otra inagotable de combinaciones.
De esa abigarrada mezcolanza proceden todos los juegos de este mundo,
como la quiniela, la lotería, el prode, el bingo, el billetón, la ruleta,
y todos los que empezarían a jugarse si cualquiera de ellos variara su
posición en el escaparate de la vida. [106]
Falta aclarar, sin embargo, que los peligros de ese juego son tan
numerosos como sus combinaciones, porque muy bien puede ocurrir que
durante el curso de un escrito las palabras renieguen de sus formas, y se
vayan convirtiendo en un desierto de arenas tan radiosas, que sean capaces
de enceguecer a puro brillo.
O la muerte, por ejemplo, que muchas veces es atraída por el número
que la representa, deliberadamente omitido aquí por razones obvias.
O las premoniciones que tienden a adelantarse a los hechos mismos,
haciendo que las cosas sucedan al revés de como tendrían que haber
sucedido.
O la consonante que cuando es desplazada de su habitáculo original
abandonando allí sus raíces, puede ocasionar que todos los sentidos
confundan su naturaleza.
Entonces se escucharía con la nariz y se hablaría por los ojos y el
tacto quedaría reducido a una mera intoxicación química. Y quien sea sería
un caso de circo de por vida.
Hay incluso hechos reales insertos dentro de otros que no lo son, o
que son simples obstáculos puestos allí con el propósito evidente de
retardar lo más posible la comprensión final.
Pese a todo, no en seguida sino muy lentamente, la Verdad se te irá
arrimando. Con los ojos de los [107] ciegos la verás como una sucesión de
transparencias disipándose apenas formada.
Una incipiente claridad a la que intuirás sin poder asirla aún.
Porque hay una etapa de purificación que todavía debes cumplir.
Un proceso con cinco callejuelas simultáneas que simultáneamente
intentarán hundirte en el desconsuelo, en la depresión, en el desencanto,
en la desmoralización y en el desenfreno.
Todo eso tendrá que ser superado antes de que sientas ese alivio que
sólo es dado sentir cuando las murallas que custodian lo buscado se
desplomen ladrillo tras ladrillo, para ser reconstruidas luego con
ladrillos transparentes.
Entonces sí accederás al centro mismo de un primer secreto, que a su
vez será centro de otro y otro más, hasta llegar por eliminación al
Secreto con mayúscula: una sustancia cósmica construida con los reflejos
de Dios, que no sólo contiene a todos los secretos del Universo, a la
creación entera y a lo que aún falta crear, sino que comunica el
conocimiento inmediato de todas las cosas que serán, que son y que alguna
vez fueron.
No dispones de mucho tiempo, era la recomendación final. De manera
que debes obrar con prisa. Y sólo cuando tus interrogantes ya no sepan
hallar respuestas, sólo entonces acudirás donde Zenón Rojas. [108]
Personaje a quien varios decenios de iluminación teológica,
metafísica, gramatical, y matemática, le infundieron la pericia necesaria
para despejarte cualquier duda que puedas tener al respecto.
Lo que siguió fue una hipertensión arterial que le descalabró la
sangre. La sentía rebullir e irse a pique. La sentía escapándosele a
borbotones de las venas, por alguna de esas goteras que nunca han de
faltar.
Entonces, cuando la viscosa sensación de estar bañado en sangre le
había llegado ya hasta la cintura, y amenazaba con inundar la habitación
entera, entonces fue cuando Nicasio resolvió acercar su corazón a Dios.
Para implorarle no en nombre de su indigno nombre, sino en el de su devota
madre Adelaida, que le otorgara la gracia instantánea de un aumento en su
ración de aire.
Puesto que el que ahora le entraba por las narices resultaba
demasiado angosto para contener tanta opresión.
A un punto tal lo ganaba aquella asfixia, que el mismo catre de
cuartel que lo veía no dormir, lo [109] escuchaba también ahogarse
enredado en su propia tos.
Tos diurna es señal de que tus bronquios van derecho hacia la urna,
empezaba a repetirse mientras deshojaba y se comía una tras otra las
indolentes pulsaciones del reloj de extracción desconocida que adornaba su
muñeca.
Y aquel tiempo encallado entre segundos que en lugar de avanzar
reculaban como si hubieran estado ebrios, no solamente hacía que su
desazón fluyera sin interrupciones, sino que además contribuía a
destacarla con fulguración mucho mayor.
Prefiero morir de golpe, se repetía luego, a estar muriéndome de a
retazos, o de a migajas, que para el caso venía a ser exactamente lo
mismo.
Ya no era sino un espectro deambulando hasta que por fin sonaba la
hora en que se iba a «La posta del placer» a cumplir con su castigo.
Si no es mucho preguntar, ¿dónde se encuentra su pareja?, le inquirió
aquella primera vez la aprensiva doña Coca, cuando lo vio entrar tan solo
y tan decidido a seguir estándolo, que lo más bien permitía suponer que,
por algún desperfecto hereditario, esa moda ya venía imponiéndose a sus
genes desde quién sabe cuánto antes de que su madre lo pariera.
Pobre hombre. Llegar a un sitio como éste en semejante situación de
desamparo, sólo podía equipararse a la cuadriculada insensatez de
pretender ir a la guerra olvidándose del arma. [110]
Pero la suma que en aquel entonces le extendió Nicasio fue tan
generosa, que en seguida quedó reconciliada con el proceder no muy
ortodoxo del polémico cliente.
Al fin y al cabo, la presente democracia concedía a cada quien el
derecho a llamear, crepitar e incinerarse a la temperatura preferida, y en
la hornalla que mejor se aviniera a su carácter.
O inclusive hasta apelando al recurso del autoincendio, que era el
fuego más cercano y el único cuyas brasas se encontraban siempre listas,
siempre a punto de chisporroteo.
Como parecía ser el vicio del insólito hombrecito, cuya manera de
sudar no era propia ni de la hora ni de la época, y cuyas segundas
intenciones ya podían apreciarse al primer golpe de vista. Por más que él
tratara de esconderlas por detrás de aquellos ojos que portaban gruesos
lentes.
Lo más oscuro de su aspecto y quizá lo más temible residía sin
embargo en aquel siniestro portafolio que le calzaba exactamente como un
baúl de muerto, sin una exageración de más ni de menos y sin ánimo de
ofender al muerto.
Qué tendría que ver el maletín con las segundas intenciones de su
dueño, se interrogaba a sí misma doña Coca.
O «La posta del placer» con ese hombre que parecía haber desterrado
la palabra sexo de su [111] anatomía, y de haberla sustituido por una
desnutrición tan desolada que ni siquiera proyectaba sombra.
Con tal de que el mentado portafolio no fuera sino una treta de la
que se estuviera valiendo para ocultar algún animal.
Porque antes de que siga usted avanzando y para evitar posteriores
divergencias, quiero que se le grave bien clarito, que en esta casa,
distinguido caballero, los perros, los gatos, los canarios y las tortugas,
están tan prohibidos como esos patoteros que llegan armando una tormenta,
y se retiran dejando cuentas impagas y las paredes acabadas de pintar
chorreando obscenidades.
Aquí no se cuela un solo animal, recalcó algo ofuscada. Ni aunque
traten de sobornarme con lingotes de oro.
Bastante había tenido que lidiar con su difunto esposo, que sin duda
fue el peor de los animales, y cuya sola evocación atizaba otra vez aquel
rencor que le seguía fermentando en la boca del estómago.
No es que desconfíe de usted, ni mucho menos, pero mi dinero me lo
gano honradamente, con el puntual pago de impuestos y el debido temor de
Dios.
Por lo tanto, he de tomar mis precauciones, al menos si deseo
mantener el equilibrio entre lo que nobleza obliga y la multitud de
obligaciones generada en el modus operandi de una clientela, cuya nobleza
no era dada ciertamente por la sangre. Sino por [112] cuánto lujo podían
contener esas como cuevas de Alí Babá y sus cuarenta salidas, en las
cuales parecían converger las desviaciones harto sospechosas de sus
insondables bolsillos.
Mi trabajo no es nada fácil, no señor. Hay tanto delincuente suelto,
tantos detalles que atender, tantos dólares que hubiera querido lavar en
lugar de estar aquí lavando puertas, lavando injurias, lavando baños y
sábanas al por mayor.
Tanta desventaja en ser una mujer que virilmente se costea su
cotidiano pan y el de sus cotidianas hijas, que no sé si vale la pena que
me siga marchitando a plazo fijo.
Y si con un decir campesino hubiera debido abarcar la totalidad de su
desgracia, el más acertado sería: tanta tierra para tan poco cultivo.
Porque de eso obviamente se trataba: de una fatalidad y también un
desperdicio toda la pasión que ella aún conservaba intacta, y que de
buenas a primeras se le había quedado sin propietario.
Y cuál era la única vía de escape con la que podía contar una viuda
como ella, irreductible y digna, sino aquella que sin ninguna transición
la ingresaba en la comarca humeante y taciturna de las amortajadas vivas.
Y quién iba nunca a sospechar que mientras por fuera sonreía
amablemente a los clientes diciéndoles hola qué tal y qué luna tan
espléndida que se refleja [113] hasta en la cama, era por su andurrial
interno por donde se le desataba aquella otra identidad inflamada con
deseos cada vez más turbulentos, cuanto menos se conformaba ella con la
idea de pasar la lenta vida inflamándose tan sólo a punta de resignación
cristiana.
Y si ponerse a fantasear con todo eso significaba de por sí un
desafuero, estaba dispuesta a someterse sin remordimiento alguno a tan
bendito desafuero.
Pese a todo, tenía a mucha honra ser la dueña del local más
concurrido del barrio.
Claro que mentiría si no reconociera que ese era un logro privado
para llegar al cual se había visto forzada a recorrer mucho camino, hacer
de tripas corazón para enfrentarse a muchas quejas, y sofocar a pantallazo
limpio la pestilencia de un sinfín de habladurías.
Todas ellas malignamente engendradas o por la competencia o por la
corporación esa de mojigatas que tanto alarde hacía de su inmaculado
nombre, siempre a expensas del honor ajeno, que parecía tener a su cargo
la Superintendencia y Contraloria General de toda la pureza que Nuestro
Señor Jesucristo esparció sobre la tierra.
Pero aquellos percances ocurrieron sólo al principio, porque a los
últimos vecinos que intentaron derribar su buena estrella recurriendo al
juego sucio de las solicitadas, se los sacó de encima con el apoyo de un
senador demócrata cristiano. [114]
Benemérito y pundonoroso caballero cuya democracia no iba más allá de
donde iban sus veleidades amorosas y su fanática adicción a ciertos
ungüentos orientales, que indistintamente servían para desaparecer las
canas y reactivar los impulsos amatorios.
Pero cuya sagacidad política al final prevaleció sobre todos los
cacareos municipales y los Ave María Purísima de las sin pecado
concebidas.
También don Nicasio hubiera faltado a la verdad de haberse negado a
admitir que el hilo de tan vehemente y colorida verborrea fue varias veces
perdido cuantas veces le cupo la maravilla de volverlo a recuperar.
Y sólo se permitió intervenir aprovechando el agua fresca de aquel
pozo de silencio en que se hundió de repente doña Coca. Como si se le
hubiera secado el aliento para poder seguir.
Puede quedarse tranquila, le dijo con la intención de restituirle el
ánima, siempre y cuando no le fuera restituido el habla, al menos mientras
no se le cortara a él aquel brote de dolor que le había despuntado en la
cabeza.
Puede quedarse tranquila, insistió, porque no pienso causarle ninguna
molestia ni alterar en lo más mínimo las leyes de su gobierno.
Y cuando ya aquel pasillo se tornaba interminable y al muchas gracias
de ella ya lo había asimilado el olvido, dieron por fin con la habitación
309. [115]
Esta puerta, se condolió consigo mismo Nicasio, que normalmente se
abre para conducir a los amantes a ese cruce iluminado en que ambos
cuerpos rozan a la vez la muerte y la ascensión a los cielos en la
voluptuosidad del placer, es la misma putañera puerta que pronto le
estaría cerrando a él la perspectiva de acceder a cualquier felicidad, por
chata y efímera que fuese.
«Favor no molestar que el amor está trabajando», rezaba el grotesco
cartelito debajo del cual lo despidió doña Coca con una frase que más
tarde habría de funcionar entre ellos a la manera cariñosa de un genuino
santo y seña:
Bueno, aquí hemos llegado. Póngase cómodo, don Nicasio. El cuarto es
todo suyo, y para lo que sea y cuando sea, me da mucho gusto ponerme a sus
gratísimas órdenes.
Si esta mujer supiera lo que me pasa a mí, lo que le pasa a ella
quedaría reducido al tamaño de una arveja, razonaba Nicasio mientras leía
con avidez el testamento. [116]
La tarde entera se le iba en resolver el intrincado mecanismo de
aquel texto que nunca decía más de lo que decía:
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.
A través de este testamento íntegramente redactado de mi puño y
letra, quiero dejar constancia que yo, Rafael Gutiérrez Sosa, nacido en la
Provincia de las Indias Orientales, el 22 de octubre de 1807, hijo
legítimo del finado Marcelino Gutiérrez y de la también finada doña
Candelaria Sosa, quebrantado en mi salud física a raíz de la dolencia que
Su Majestad se ha servido mandarme, la cual por la gracia de Dios no ha
afectado mi sano y entero juicio; aceptando a corazón abierto todos los
Misterios, los Preceptos y Sacramentos que constituyen los pilares de
Nuestra Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, en comunión de cuya
fe he vivido y pretendo también morir, e invocando el auxilio de Nuestra
Madre María Santísima, refugio de los pecadores y abogada mía especial,
del incansable protector de mi existencia: el Santo Ángel de mi Guarda, y
el de todos los demás Santos que conforman la Corte Celestial, dispongo,
ordeno y declaro mi última voluntad bajo las cláusulas que a continuación
se detallan:
1) Nombro como Albaceas para el cumplimiento de las mandas que
incluye este testamento a los doctores Francisco Bogado Mena y Eleuterio
Maidana Franco. [117]
2) Declaro estar sacramentalmente casado con Anastasia Burgos,
comúnmente llamada Taní, en cuyo matrimonio procreamos y hubimos por hijos
legítimos a Mario Rafael, Rebeca Concepción, Juan Raúl y Ernesto Javier.
3) Para el caso de mi muerte, expreso mi voluntad de ser amortajado
con el hábito de la congregación franciscana, velado en mi muy amada
Parroquia, y sepultado en la cripta que indiquen mis Albaceas.
4) Asimismo quiero dejar sentado que en lugar de discursos luctuosos
y coronas funerarias, todo el oficio se limite a ser cantado con misa de
cuerpo presente, y con cuantas misas y novenarios pudieren celebrarse por
la salud sempiterna de mi alma. Siendo mejor que se manden decir las
dichas misas a la brevedad posible, por lo que hubiere lugar. En cuanto al
monto de las limosnas ofrecidas por las mismas, deberá quedar supeditado a
lo que señale mi viuda.
5) Asimismo declaro que es mi voluntad beneficiar con mi porción
disponible a mi querida y adorada esposa Taní, como muestra de
agradecimiento por el inmenso cariño que me ha tenido, por su fidelidad
sin límites y su abnegación en la crianza de los hijos y el manejo de la
casa.
6) En lo referente a mis hijos Mario Rafael, Rebeca Concepción, Juan
Raúl y Ernesto Javier, manifiesto mi voluntad de que ellos, en su carácter
de herederos legítimos, reciban la parte de mis bienes que por justo [118]
derecho les corresponde. En este punto quiero no obstante aclarar, que
hallándose el llamado Ernesto Javier, menor de mis cuatro hijos, todavía
en la edad pupilar, nombro Tutor del aludido a su tío y padrino: el
Escribano Euclides Amarilla Vega.
Pongo a Dios por testigo de lo que acabo de expresar y a cuya
misericordia me encomiendo y encomiendo mi alma. Fechado, escrito y hecho
de mi puño y letra, en la Provincia de las Indias Orientales, a los
veintinueve días del mes de Agosto de 1897.
Firmado: Rafael Gutiérrez Sosa.
Arqueado el espinazo y concentrada la atención sobre aquellos
jeroglíficos, Nicasio los medía por su espesor, a puro instinto los
agrupaba.
Tejía y destejía conjeturas, sin poder determinar aún cuáles eran las
verdaderas y cuáles se columpiaban a orillas de lo que no era el oasis que
parecía, sino una trampa donde en cualquier momento podía caer.
Había frases esquivas, de hocico corto y largas patas, y otras que
ondulaban entre llanuras muy hondas y picos que de seguir en vías de tan
notable crecimiento, acabarían sobrepasando la vigilancia cósmica. [119]
Con mucho cuidado avanzaba por aquella sinuosa caligrafía, cuyos
caracteres por momentos se movían en diligente sincronía de hormiguitas
previsoras.
Y por momentos transmitían la impresión de ser calles que estuviesen
anudadas entre sí con cordones de personas caminando.
Despacio, tanteando el suelo de este renglón para no tropezar con las
barreras del párrafo siguiente.
Y a medida que creía ir quitando de las palabras el velo que las
cubría, sus observaciones empezaban a tener sentido, a adquirir forma,
color, autonomía.
El instante de la revelación aún se encontraba lejos, pero todo se
perfilaba más y más delicadamente.
Era todavía una verdad a medias, un preludio cuya sombra pasaba
errante, como la sombra de un jilguero sobre la inquieta limpidez del
aire.
¿Y de qué manera una sombra sin peso ni consistencia hubiera podido
ser amarrada con varias vueltas y nudos para que no se desgranaran sus
piezas? Era la pregunta que añadía una confusión más a ese mar de
confusiones en que se debatía Nicasio.
Todo lo que haga será inútil, se decía. Porque aquello que intuía con
el corazón e intentaba aferrar con el lado izquierdo de su cerebro,
irremisiblemente se le escabullía por quién sabe cuál fisura que acusaba
en el derecho. Y la oscuridad agazapada bajo el ropero aprovechaba el
descuido para escapar. [120]
Primero en gotas menudas y adoptando luego la apariencia de un cuervo
con las alas desplegadas, la oscuridad lo iba invadiendo todo: las flores
de la cortina, el pabellón de su nariz, el tono marfil de sus pantalones,
los rasgos de su pasado. Incluso esa voz que había empezado a insinuarse
allí, encerrada entre las cuatro paredes del vidrioso testamento, acababa
consumiéndose con los restos de la tarde.
La oscuridad no es tan mala como parece, le había afirmado no hacía
mucho el oftalmólogo que lo atendía. A modo de consuelo tal vez, al
constatar la forma alarmante en que le había evolucionado la miopía.
Porque sin oscuridad, continuó profetizando el oculista, no
existirían parámetros para medir las bondades de la luz, y probablemente
el andar de la humanidad se encorvaría a tal extremo que volvería a asumir
la posición cuadrúpeda.
Más recordaba Nicasio aquellas palabras y menos ciertas le parecían.
En primer lugar, porque de no haber sido por esas dos llamitas suyas, que
con ser miopes y todo le seguían batallando en las pupilas, tan
impenetrable se habría vuelto la tiniebla que hasta cesaría de saber quién
era él mismo.
Y en segundo término, porque para colmo de los colmos, la susodicha
negrura debía contener alguna droga que lo dejaba medio atontado y con
tendencia a la ensoñación. [121]
Todo se desvanecía entonces en la misma nada en que se desvanecen
esos sueños cuando un ruido cualquiera rasga su frágil envoltura,
regresándolos por el cauce de la misma somnolencia, otra vez al punto
cero.
Le habían asegurado que el testamento sería su salvación, su único
remedio, y he aquí que el tal remedio no era sino una manifestación
todavía más temible de la misma enfermedad.
Dos mil años podría pasarse intentando descifrar el enigma escondido
en aquellas páginas, y dentro de dos mil años ellas seguirían emperradas
en no decir nada más ni nada menos de lo que ya venían diciendo.
¿Y era sólo una alucinación la que lo inducía a creer que a medida
que se debilitaban sus fuerzas las complicaciones del testamento se
reproducían con tal rapidez que amenazaban con desbordar toda medida?
Sea como fuere, lo recorría un sudor helado de sólo pensar cuántas
combinaciones podían hacerse con todos los números consignados en esta
tierra y las veintitantas letras del alfabeto.
Teniendo en cuenta no sólo el juego continuo y discontinuo que se
verificaba entre ellos, sino también sus repeticiones, sus ecos, sus
antagonismos raciales, idiomáticos, y quién sabe cuántas excentricidades
más.
Porque muy bien podía ocurrir que el tal Secreto estuviese no donde
debía, sino recluido, por ejemplo, en la palabra Coca Cola. [122]
O que fuese algo obvio, ya no visto de tan visto. Un vaso tal vez, un
jazmín en un florero. O algo que surgiera ante sus ojos de un modo
espontáneo, como la luz, un vendaval, o la soledad de aquel cuarto
creciendo en proporción directa de una humedad que se trepaba a las
paredes con fruición de enredadera.
Todo confabulándose para hacerle todavía más insalubre el encierro.
La cama con una colcha de un azul algo gastado, que recobraba sin embargo
su prestigio al compararlo con el desvaído azul del biombo encubridor.
Llamado así por esconder la única comodidad que, al decir de doña
Coca, exigían los clientes: un bidé con una sola canilla habilitada y tan
desfigurado por el óxido, que nadie se hubiera arriesgado a establecer con
precisión el color original de tan beatífico artefacto.
Y acodada en ella misma, una ventana de barrotes coloniales,
especialmente concebida, al parecer, para reemplazar por aire nuevo aquel
hedor sofocante extendido sobre el aire que envejece en cautiverio.
Sin embargo, aún persistía por debajo de las florecidas ráfagas del
desodorante ambiental, aquel otro aliento cuya tibieza había logrado
sobrevivir a los más encarnizados métodos de exterminio, y fluctuaba
alejándose y acercándose como si hubiera sido un vals. [123]
Nicasio lo percibió desde que puso un pie en la habitación, pero no
como un olor único y definido, sino como una mezcla abigarrada de varios
olores superpuestos.
El que exhalaban los cuerpos al consumarse el placer, el de las
muchas infidelidades almidonando la penumbra en estrecha conjunción con el
aroma dulce de los azahares del patio; el de los suspiros matinales de la
cebolla, el ajo y el perejil, que al atardecer emigraban de la cocina y
venían a refugiarse bajo el clima caldeado de las sábanas.
Allí donde acababan fundiéndose, por un lado, el ácido sulfúrico
emitido por las huellas de los pecados de la carne. Y por el otro, el olor
confidencial de algunos secretos de Estado, que sin querer se escurrían
entre caricia y caricia.
El resultado final era a un tiempo dos cosas: un hálito tan vasto y
tan profundo que quizá fuera anterior al olfato de los hombres. Y un
aturdimiento tan vasto y tan profundo que a Nicasio le empezaba en la
planta de los pies.
Lo escalaba como si hubiera sido un tronco. Se le colaba por los
rincones más privados, erizándole la piel y encabritándole las ramas.
Hasta finalmente sumirlo en aquel catastrófico estado de exaltación sin
alivio.
Pensó: una cama sin amor es como ver morirse un campo, agrietado y
seco, calcinándose al compás de su propia sed. [124]
Y lo que todavía era peor: no pudiendo hacer nada para resolver ni la
sequía del campo ni la que lo hacía sentir como si en el hueco donde debía
estar el corazón, le hubieran practicado un transplante de arpillera.
Habría querido no estar en semejante enredo sino compartiendo la cama
con alguna mujer. Apretados el uno contra el otro para entibiarse
mutuamente. Para sentirse todavía vivo.
Hubiera querido cegar las cerraduras por donde lo espiaban cientos de
ojos, y acallar todas las voces que hablaban a sus espaldas.
Al principio sin pasar del cuchicheo, y conforme la imaginería
popular cobraba fuerza, se ponían a berrear sin control ni disimulo,
suponiendo los disparates más insólitos, pintándolo con los más negros
betunes, y bautizándolo con mil apodos, a cuales más humillantes.
Y de pronto era un cínico, y de repente era el sádico que había
elegido «La posta del placer» para solazarse en el solitario festín, del
que se apresuraba luego a desaparecer las pruebas.
Todos diciendo cosas con el ánimo de encontrarle una explicación al
fenómeno. Total, el tema se prestaba para infinitas variaciones.
Mientras él debía aparentar no darse cuenta de nada. Estaba harto de
fingir y de moverse en aquel campo minado donde un solo paso en falso y
¡zas!, lo tendrían que juntar en cucharita. [125]
Harto de avanzar a razón de un milímetro por siglo, que en realidad
era lo mismo que marchar hacia atrás.
De modo que si se le hubiera dado por reconstruir el trayecto lineal
de lo que hasta ahora había logrado, estaba seguro de que ni siquiera
llegaría a completar medio renglón.
Y cuando más decidido estaba a abandonar aquella locura, a detenerla
de una vez por todas y a sentarse esperando lo peor, entonces fue cuando
le vino a la memoria el nombre de Zenón Rojas.
Y resolvió arriesgarse una vez más. Al fin de cuentas, después de
tanto no haber acertado con ningún tipo de salida, ¿por qué desaprovechar
ahora aquella que quizá fuera la última?
No le costó mucho trabajo ubicar su dirección, ya que Zenón Rojas,
además de ser reconocido como un virtuoso del peinado epocal y posmoderno,
lo era como propietario de una cadena de peluquerías que gozaba de gran
predicamento entre todos los varones del país: desde el más encumbrado
hasta el último. [126]
Seducidos quizá por su espíritu innovador, sus precios adaptados a
cualquier bolsillo, y la destreza casi mágica con que manejaba tanto el
peine como las tijeras. A los cuales el consenso popular acabó
atribuyéndoles el mismo efecto sedante de las canciones de cuna.
Así era, pese a los categóricos desmentidos de la competencia. El
peine iba por su lado y las tijeras por el suyo, y de ese dichoso
desencuentro salía una música emoliente y curativa que, alargándose en
suaves y cadenciosos pliegues, iba armando la estrategia de la que pronto
se valió la clase alta para escamotearle el bulto a la realidad nacional.
Recurso muy saludable, por cierto, dado que permitía evadirse por un
rato de uno mismo, de este tráfico, esta esgrima de todos contra todos,
esta soledad del ciudadano en compañía.
Un terso y paulatino disolverse en la porosa antimateria de un
mullido cuarto de hora, antes de integrarse nuevamente a las termópilas de
este tráfico, este no saber cómo ajustarse los cinturones cuando ya no
sobran agujeros, esta desocupación protuberante, estos huevos pretendiendo
ser gallitos sin haber sido empollados.
Pero seducidos, sobre todo, por la certidumbre de que sus acólitos
cumplirían las terminantes instrucciones impartidas por Zenón Rojas, en
cuanto a no consentir ni peinados ni tinturas ni rebajes que [127] no
hubieran sido previamente consagrados por el último alarido de la moda
internacional.
Tales como el jopo desflecado, la colita de padrillo, el recorte
policía con un rígido mechón sobreviviente, y otros varios que él decía
haber traído, junto a diez copas talladas y nostálgicas evocaciones, de
distintos torneos del peinado realizados en Europa.
Lo más insólito, sin embargo, no radicaba en el hecho de que a la par
de ser un sabio fuera un simple peluquero, sino en la presunción de que su
éxito rotundo debió haberse iniciado en el mandato divino de que los polos
opuestos se atraen.
Porque Zenón Rojas andaba con la cabeza tan patéticamente rapada que
además de calvo, parecía ser, por momentos, pelirrojo, y de cuando en vez,
albino.
Si bien su calvicie era, según sus propias afirmaciones, opcional y
contestataria. Había renunciado a tener pelos y a comer carne como una
forma callada de gritar contra los actos de barbarie colectiva. Esos que
desangraban bosques e inmolaban animales sueltos sin tomarse siquiera la
molestia de reponer sus defunciones.
Lo cierto es que nada había en aquel sujeto que no tendiera hacia lo
inescrutable: su estatura mediana, su edad indefinida, sus gestos
alternativamente vivaces y lentos, el baldío de sus cejas tanto más
acentuado cuanto más exuberante se volvía el descontrol en que
proliferaban sus pestañas. [128]
Claro que todo su atractivo, razonaba conmocionado Nicasio, parecía
provenir del oscuro magnetismo de sus ojos, que miraban como si estuvieran
parados en una esquina viendo pasar lo que pienso, lo que creo y los
muchos descreimientos que me han venido acosando desde mi adolescencia a
esta parte. Con ese mirar renegrido y sin orillas Zenón Rojas se enfrentó
a Nicasio el día que éste acudió a verlo.
Perdone, pero lo usual en estos casos es pedirle que se identifique,
le dijo con una voz que por obra de quién sabe qué artilugio, también le
nacía en las pupilas.
Se le ahondaba luego al descender por la garganta, difundiendo
ligeras vibraciones oscilándole entre la manzana de Adán y la perita del
coxis.
Me llamo Nicasio. Nicasio Estigarribia, tartamudeó apenas Nicasio.
Aunque evidentemente no era esa la clase de identificación que el
otro precisaba, porque antes de completar el apellido ya estaba
exigiéndole la carta, que por suerte la traía en el bolsillo.
No porque desconfíe de usted sino solamente como medida precautoria,
le explicaba masticando con moroso deleite cada palabra, y haciendo
chasquear los dedos en un quintuplicado festival onomatopéyico.
Espero que sepa comprenderme, puesto que antes de cualquier acción mi
deber es vigilar en todas [129] direcciones, tanto a los costados como
hacia el frente. Y la carta es la única prueba irrefutable de que el
interlocutor es válido.
Este es un asunto que obliga a no fiarnos ni siquiera de nosotros
mismos, y donde la disciplina debe ser exagerada al máximo.
Y sólo a manera de ejemplo me gustaría informarle que alguien que
sabía lo que yo sé, antes de mí, desapareció en circunstancias misteriosas
por haber divulgado la consigna ante la persona equivocada.
No puede decirse, sin embargo, que utilicen la violencia. Su forma de
trabajar ha sido siempre inmaculadamente limpia. Nunca se habrá percatado
usted de ninguna mancha sospechosa. Ni de la más mínima siquiera.
Simplemente lo invitan a uno a bajarse del estrado, al cabo de lo
cual ocurre aquello de que muerto el perro se acabó la rabia.
De todos modos, ya lo entenderá mejor cuando le toque el turno. Y
ahora, si me lo permite, debo retocar este peinado por aquí y aquel otro
por allá, dijo alejándose unos pocos metros, en tanto sonreía como lo
hubiera hecho la mujer araña intentando conquistar al hombre lobo.
Era tan profundo el silencio que se había ido formando en torno de
aquella escena, que se hubiera oído el choque menudo de un cabello contra
el piso. [130]
Esto acabó por descontrolar a Nicasio. Todo eso no era más que una
locura: el testamento, doña Coca, «La posta del placer», y lo que ahora le
escuchaba decir a aquel demente que se hacía pasar por peluquero.
Se estaba metiendo en las honduras de un juego que ya había
trastornado a Zenón Rojas, quien posiblemente fuera el artífice de todo.
Mientras estaba ahí, con facha de superdotado, arrogándose la
potestad de obrar prodigios y maravillas mediante un sexto sentido, que
según él, se le había ido criando en la pulpa de los dedos.
Con ellas puedo palpar en el aire la memoria de lo pasado y la
previsión de lo por venir, aseveraba con soberana displicencia. Y podía
variar la trayectoria de los astros haciéndolos nacer del punto en el cual
morían.
Y percibir de antemano por los gestos de cualquier cara las
intenciones generadas por la usina de cualquier mente.
Y curar la decrepitud de la tierra con la aplicación intraterrosa de
vacunas elaboradas en base a vitaminas antioxidantes.
Y hasta eran capaces de extirpar las infecciones satánicas
recurriendo a abluciones que debían efectuarse en ayunas y con el cuerpo
orientado al revés de donde estaban retenidos los cuatro diablos
cardinales. Para que no se desataran contra la tierra, el océano, los
árboles y las montañas. [131]
Porque una de mis mayores virtudes es reconocer al Enemigo de una
sola ojeada. Soy un término medio entre exorcista, peluquero, faquir,
exégeta, siquiatra, meteorólogo, y adivino.
O si usted lo prefiere, un analista fervoroso del sistema cerebral.
Operación que hubiera demandado larguísimos esfuerzos de no haber sido por
la mini computadora que todo lo arreglaba en segundos solamente. Y que
simulando un amedallado San Andrés pendiéndole devotamente del cuello,
podía viajar con él a donde quiera que fuese.
Algo anda mal, reflexionaba Nicasio. Hay una pieza que no está
calzando. Y sólo lograré salvarme si alcanzo a detectar qué es lo que no
funciona. Dónde se encuentra la avería que permite llover más aquí adentro
que allá afuera.
Pero qué difícil es esconderse cuando a uno lo acorralan mil espejos
cuyo único escondite se limita a repetir hasta el hartazgo una indolente
cofradía de individuos rebanándose el cabello.
Se oía un lloviznar muy quedo y una gran confusión de lenguas en el
babélico interior de aquellos cristales, donde los rostros transmitían la
impresión de estar armados en un collage de merengue.
Y donde entre bostezos aislados, lentamente iban surgiendo pectorales
blancos, muchas cabezas oxigenándose en impecable formación castrense, el
secador en posición de ataque, los cepillos [132] atrincherados y el carey
de sus cansados lentes empeñado en atrapar cada franja de crepúsculo
deslizada entre estertores por la ventana abierta.
Estoy en un callejón sin salida, se lamentaban los espejos remedando
el pensamiento de Nicasio.
Estás atrapado en las garras de Zenón Rojas. Él era sin duda la punta
del ovillo. Él diciéndole que hubiera sido una imprudencia aventurarse en
el país de los espejos. Ya que pronto empezaría a vislumbrar el mundo, no
como lo estaba haciendo ahora, sino en una nueva dimensión y bajo un
ropaje distinto.
Y asistiría a la maravilla de ver el testamento emitiendo luces y
sonidos y adquiriendo un presuroso par de alas para lanzarse luego a vivir
por su cuenta y riesgo.
No debes preocuparte pues por el camino del no comprender se va
arrimando uno a la comprensión. Cuanto más nos alejemos de nuestro propio
reflejo, de más cerca podremos apreciar ese instante luminoso en que la
razón de nuestra vida es, al mismo tiempo, la vida de nuestra razón.
Los días de sopor y de contienda que te estaban asignados ya se han
cumplido. Ahora sólo te cabe aguardar que sean las doce de algún día en
que ráfagas esclarecedoras te abrirán las compuertas del cerebro a una
especie de alborada. Un amanecer del conocimiento donde ya vendría
implícita la chispa de la inmortalidad. [133]
Vaya paradoja. Resulta que Nicasio se sentía con la soga al cuello,
ya estaba dándose por muerto y a la vez estaba por obtener la visa que le
estaría garantizando el acceso a la inmortalidad.
Respiró varias veces seguidas procurando entender lo inentendible,
cuando de pronto sucedió algo imprevisto.
Paralizada de terror su nuca percibía el frío metálico de un
revólver, empuñado por una mano que parecía deseosa de apretar sin más
demora el gatillo.
Fuerte, muy fuerte cerró entonces los ojos, para no seguir viendo el
horror que le subía del pecho. Pero corrieron los minutos y el arma no se
disparaba.
Y cuando creía haber llegado al límite de su resistencia, cuando la
herrumbre de la muerte se le había instalado ya en el alma, el piadoso
estruendo de su propia angustia lo absolvía de aquel tormento.
Me falta afeitarle la otra mejilla y ajustar algunos detalles del
peinado, antes de ponerlo a la consideración del espejo, le decía Zenón
Rojas, o como quiera se llamara aquel coiffure falsificado, la modulación
de cuya voz evocaba la catarrosa voz con que se ponía, a solfear el
armonio de alguna iglesia olvidada.
Pero dormía usted tan plácidamente que me dio no sé qué despertarlo.
[134]
Sí, se había quedado dormido sobre la página de una revista. Sobre
aquella breve nota cuya veracidad parecía tan evidente, que el examen más
riguroso se habría visto en problemas para descubrir el engaño.
«Cuentan que un príncipe de las Indias Orientales, territorio ocupado
hoy por Darbhanga, no volvió a conciliar el sueño después de haber leído
el testamento de su padre».
Esta anécdota, al ser juzgada de lejos resulta del todo falsa, y a
medida que la distancia se acorta puede tornarse verdadera sólo como
explicación del sueño que al respecto tuvo Nicasio, quien en dicho sueño
se ve a sí mismo asediado por Zenón Rojas. Y en la vigilia no sabe
distinguir si la realidad es aquello que aconteció en el sueño, o si la
vigilia es lo soñado.
A semejantes alturas, hasta lo imposible era posible y todo se volvía
tan confuso que lo mejor era dejarse llevar por la correntada de otro
sueño, remontando una vertiente inexplorada que lo fuese guiando,
lentamente guiándolo hasta el cubil del Secreto.
O acaso los hechos no acontecieron así. Acaso se fueron complicando
de tal forma, que al final toda esta historia parecía no haber existido
sino como mera fotocopia urdida por los espejos, para distorsionar el
sueño que nunca pudo soñar el príncipe de Darbhanga. [135]
En cualquiera de los casos, el rito de hacer que se despierte un
sueño puede ser tan breve o tan burocráticamente largo, que para lograr
algún progreso que justifique tal adjetivo y aun tal adverbio, tal vez se
hubiera precisado multiplicar por años luces el doble de las velitas que
en octubre estaba por apagar Nicasio. [136] [137]
Versión del autoflagelamiento
Vivir la guerra por los diarios es muy diferente a vivirla en el
campo de batalla, fue quizá la frase que inspiró a Nicasio aquel sueño en
que el dedo acusador de la Divina Providencia le indicaba «La posta del
placer» como el campo de batalla ideal para expiar allí su pecado.
El de haberse opuesto a hacer lo que cualquier hijo agradecido en su
lugar hubiera hecho.
Es la fiebre, le dijo el que soñaba en la cama de al lado. A mí
también me persiguió el mismo dedo cuando me fracturé la clavícula.
Don Nicasio Estigarribia, que no se hallaba aún repuesto de la
operación de cataratas, ni acababa aún de consolarse por la ida sin
retorno de su madre (a quien había defraudado repitiéndole día tras día
que prefería verse muerto antes que atrapado en las complicadas redes del
sacerdocio), sin ninguna duda supo que aquella era una decisión
irrevocable y que jamás podría renunciar a ella. [138]
Ya bastaba el tremendo antecedente que en segundo grado venía
cargando la familia, con la ascensión prematura a los altares de Napoleón
Ursino Fleitas.
Aquel pariente Obispo poseedor de un dominio tan exacto de la Biblia,
que entre tallarines domingueros abonados con copioso vino tinto recitaba
desde un sinfín de partituras, los diversos hechos ya ocurridos y también
por ocurrir del Antiguo y el Nuevo Testamento.
Parecía refugiado en un Apocalipsis compuesto por el arrítmico toc
toc toc del mecedor que por la siesta hamacaba sus ronquidos, y un poco
después, la terrible predicción de aquellas plagas que iban poblando con
visiones fantasmales el proceso digestivo de Nicasio.
«El que tenga oídos, escuche este mensaje del Espíritu a las
Iglesias. Al que venza y se mantenga en mis caminos, le daré poder sobre
las naciones, haciendo igual que yo, que recibí de mi Padre este poder.
Pero guay de los que no lleven en la frente la marca del Señor. Para
ellos, el cielo se replegará como un pergamino que se enrolla, y no habrá
cordillera o continente que no sea arrancado de su lugar».
Y don Nicasio se resistía a creer que su cuerpo, aquejado por aquel
estreñimiento visceral y adolescente, ardería junto a la tercera parte de
los árboles y de toda hierba verde. [139]
La tenaz doña Adelaida, sin embargo, persistía en aquella mística
ilusión, que al no obtener respuesta, acabó formando parte de una lista de
deseos incumplidos, cuya variación alcanzó a ser tan intensa con el
tiempo, que un buen día, cuando quiso revisarlos, ya no había en su
interior ningún deseo sino tres úlceras sangrantes.
Fue esa la época que para despistar aquel ardor instalado en la boca
del estómago, doña Adelaida adquirió la coloquial costumbre de comunicarse
con los santos.
Sin el menor tropiezo ni recurrir a intermediarios, directamente
conversaba con el parco San Cristóbal, con el locuaz San Benedicto, con
San Buenaventura, con San Judas Tadeo, pidiéndoles que así como antes se
habían confabulado en favor de sus empanadas, abogaran ahora todos juntos
por sus nobles intenciones.
Tanta vehemencia puso en sus rogativas, que nunca pudo saberse si lo
que al final obró el prodigio fue la oración de este mísero terrón humano
a San Ignacio de Loyola, los arrodillados novenarios a San Francisco, o la
acción mancomunada de ambas cosas.
Lo cierto es que pocas semanas antes del primer aniversario del
deceso de su madre, don Nicasio empezó a ser acosado por unos
remordimientos que asumieron esa forma nocturnal y sin descanso con que
suelen operar las ronchas. [140]
Entonces, tras haber intentado en vano mitigar su picazón
sometiéndose a encarnizadas dietas vegetarianas, a sólo Dios sabe cuán
extensa variedad de ungüentos, y hasta a un rascador giratorio
fundamentado en la rotación de la tierra, don Nicasio comprendió que ni
las ronchas lograrían ser derrotadas ni él volvería a tener sosiego
mientras no hiciera lo que cualquier hijo arrepentido en su lugar hubiera
hecho.
Y de haber sido posible entender aquel suplicio, incrementado por la
continua sensación de estar envuelto en la espectral fosforescencia
emitida por el dedo acusador, tal vez hubiera podido comprenderse por qué
es que don Nicasio decidió por fin romper la tela de su propio sueño, y
encaminar su cutánea desventura hacia «La posta del placer».
Al verlo llegar con aquel imponente maletín, doña Coca lo tomó por
uno de esos mercachifles que deambulan de puerta en puerta, ofreciéndole a
usted, mi querida ama de casa, la más audaz tecnología en lo que a
artefactos multiuso se refiere.
Maquinitas que al unísono servían para extirpar la barba y rasurar el
pasto, jarabes para corregir la calvicie, anular las erupciones, favorecer
las erecciones y predecir el futuro de quien ahora le decía buenas tardes
utilizando una voz tan arrugada, que en seguida la condujo a doña Coca a
razonar:
Ave María Purísima, este hombre o debe tener lombrices o debe estar
calculando que rentar aquí una [141] habitación equivaldría al sudor que
tendría que sudar trabajando como esclavo un par de años.
Sólo después habría de saber que la idea que entonces lo animaba no
era fruto de ninguna improvisación, sino de un extenso tête a tête
mantenido entre él y su conciencia.
Por eso justamente estaba ahí, con el fin de someterse a un sistema
de torturas dentro del cual sólo se permitiría una licencia: la
declamación de sus versos preferidos mientras duraba lo que sería la
expiación más estricta, más cruel y virulenta de cuantas habían sido
registradas por la historia.
Quién demonios se ha creído que es usted para arrogarse la facultad
de administrar justicia por su propia mano, tal si esto hubiera sido el
Instituto Nacional del Escarmiento, le decía a menudo doña Coca, temerosa
de que en tan comprometida situación, «La posta del placer» perdiera el
prestigio y la calma de otros días.
Ya no insista, le replicaba él. Usted mandará en su casa y en la
castidad de sus tres hijas, pero quien ha asumido la jefatura civil y
militar de este negocio soy exclusivamente yo.
Fue inútil que doña Coca intentara disuadirlo apelando a sus mejores
trucos de seducción.
Se vestía con su más desvestida indumentaria. Se adornaba con todas
sus joyas. Se movía y la blusa se [142] le descalzaba, descubriendo el
inicio de donde concluía el límite boreal de su privacidad y empezaba la
salvaje hegemonía de aquella zona sur, tan en discordancia con los otros
sures del planeta, por su clima tropical y su anhelante vegetación.
Estaba visto, sin embargo, que nada de lo que ella argumentara, nada
de lo que hiciera o dejara de hacer lograría abrir ninguna brecha en la
resolución tomada.
Y de aquí en adelante, no me moleste usted por nimiedades, que voy a
precisar varios lustros de rigor sanguinario para aplacar mi conciencia, y
otros varios para abonarle la deuda que ya empieza a correr desde ahora.
Y su extraño proceder desencadenó un revuelo de estupefacción entre
los demás clientes, muchos de los cuales llegaron a identificarse
emocionalmente con él y a adoptar sus angustias como propias.
Todos querían ver de cerca a aquel mártir posmoderno que al cabo de
algunas pocas semanas ya no tenía un milímetro de cuerpo sin torturar.
Aunque nadie con más exactitud que don Nicasio sabía que ese lapso,
corto quizá si se lo juzga por el calendario, aumenta, se extiende, se
ramifica, se ahonda, cuando su unidad de medida está centrada en el dolor.
Aquellos silicios, fabricados a imagen y semejanza del usado por San
Cosme, se le hundían en la carne, [143] produciéndole un dolor que al
principio era gozoso, era humilde y tan discreto que podía simularse tras
los cuadros, o integrarse al color de las paredes.
Sin embargo, a medida que la noche se afirmaba, don Nicasio iba
entrando en aquella otra dimensión donde ya no había un solo dolor, sino
una especie de sismógrafo capturando todas las formas que asumía el dolor
humano.
Mediante una raya dibujada en la pared, él mismo iba contando las
palizas que se daba con un rebenque de pegar a los caballos.
Cuarenta y siete, cuarenta y ocho, cuarenta y nueve.
Ya está otra vez ahí, azotándose sin misericordia, le anunciaba la
despavorida clientela a la cada vez más consternada doña Coca.
Aunque eso no era lo peor. Lo peor vendría cuando, con la misma
devoción con que desgranaba los versos de Juan Ramón Jiménez, se pusiera a
inmolar sus propios dedos en la pira del encendedor.
Hasta que la llama le acababa chamuscando el intelecto. Entonces ya
no le sobraban agallas sino para repetir: a mi edad y con tantas
aflicciones yuxtapuestas, ya no sé de dónde vengo y ni qué decir adónde
voy.
Habla pasado por mucho más de lo que cualquier cristiano en sus
cabales habría podido soportar: [144] vértigos, convulsiones, delirios,
mareos. Y cuando emergió del éxtasis final, a doña Coca se le hizo difícil
aceptar que fuera el mismo a quien ella le aliviaba el sufrimiento,
adicionando a las compresas de ternura, 27 granos de sal gruesa diluidos
en media palangana de agua tibia.
Ni doña Coca llegó a saberlo nunca ni tampoco lo supieron las hijas,
en qué momento don Nicasio dejó de ser quien era para ser el cura de la
sotana desteñida.
El párroco de la habitación 309, como él mismo acostumbró a llamarse.
El que en lugar de ese cubículo de perdición que era la cama, colocó
asientos de madera que abarcaban el perímetro total de las paredes, con el
propósito de brindarle mayor comodidad a la feligresía.
Y estableció un horario de ocho a doce para confesar a aquellos que
tuvieran de qué arrepentirse, y de tres a siete para redimir los
atardeceres de la casa con prácticas lecciones de cómo interpretar la
Biblia.
Por ahora, lo esencial es admitir que casi nadie está exento de haber
echado mano a alguna estratagema para eludir algún juicio por malversación
de fondos.
Y no me refiero solamente a los bienes materiales sino a aquellos
directamente emparentados con los bienes del espíritu. [145]
¿Quiénes somos para andar jugando a las escondidas con el amor de
Dios?
Pues si por la sangre de su Hijo hemos sido constituidos santos, con
mayor razón nos veremos libres gracias a Él de la condenación.
Había tanta lucidez en todo lo que proponía, tanta dulzura en cómo
trataba a la gente, que poco a poco doña Coca se fue desconvenciendo de
que en vista de que ese hombre andaba mal de la azotea, lo más cuerdo
hubiera sido derivarlo al manicomio. Y otros muchos, en su presencia se
olvidaban hasta de para qué habían venido.
Cada uno deberá poner su vida en punto muerto, y después enderezar el
rumbo, predicaba. Porque cuando abran los ojos a la realidad se hallarán
con los hechos consumados.
Así fue como «La posta del placer» fue perdiendo su perfil
concupiscente y se transformó en Iglesia.
Se purificaron sus pasillos, se borraron los pecados capitales que
quedaron resonando en los espejos, como una mala costra las obscenidades
se desprendieron de los cuadros y hasta se volvió fácil encontrar su
paradero orientándose por el olor a limpio.
En cuanto al campanario que le creció en el techo, más lo miraba y
menos podía ser que fuera solamente un espejismo, razonaba conmovida doña
Coca. [146]
Cuándo se había visto un espejismo anidado por palomas que emprendían
blanco vuelo cada vez que las campanas dejaban repicando sobre el aire la
azul confirmación de que la fe de un solo hombre es muy capaz de
estremecer el piso que venía ocupando una montaña. [147]
Versión del General Celestino Robles
Por aquel entonces, y en cuanto a política se refiere, al partido de
gobierno lo componían dos facciones que enfáticamente luchaban por la
apropiación del poder.
El General de Caballería Agustín Celestino Robles, líder de una de
ellas, se autoproclamaba el vencedor de una contienda de la cual
próximamente emergería el democrático inquilino del sillón presidencial.
De igualísima manera se comportaba el candidato ubicado en la vereda
de enfrente. Y en ese tire y afloje se estaba. Todo lo que una lista
afirmaba haber hecho por encargo de Dios y de la Patria, era
categóricamente negado por la lista opositora.
Mientras, el país chapoteaba en una densa neblina, no sabiendo quién
andaba por detrás ni qué le depararía el día siguiente. Ya nadie vendía ni
compraba nada. Se paralizó la industria. Se paralizó el comercio y hasta
las prácticas amatorias habían quedado postergadas. [148]
Ni en la Guerra del 7O se ha de haber dado con tanto ensañamiento
este apagón sexual, esta cruel inapetencia que debilita mis finanzas, se
decía compungida doña Coca. Y conste que ahora ningún ciudadano en edad de
combatir había sido alistado para ninguna guerra.
En todos los idiomas las grandes potencias repetían que la paz
mundial estaba plenamente garantizada, sí, pero en idéntica medida en que
«La posta del placer» se venía quedando sin clientela.
Tanto era así, que ni siquiera al matrimonio Alderete se le daba ya
por retozar con la misma asiduidad de antes. Ellos, que habían hallado en
«La posta del placer» ese último refugio donde a través de lo carnal
habían logrado penetrar en la esquiva interioridad de sus almas
respectivas.
Y qué hubiera podido explicar la prolongada ausencia de Raimundo J.
Paiva, cuya precisión asistencial era casi cronométrica. Ojalá los
Diputados lo imitaran y de una vez por todas se pusieran a legislar de
veras.
Y el inmedible silencio que había seguido a la desaparición de
Eustaquio Zalazar Pineda y su más reciente y platinada adquisición:
aquella escultural notandoncella que además de lucir uñas postizas y un
trasero que parecía modelado por la Escuela Nacional de Bellas Artes, se
consideraba a sí misma una elegida porque se había dedicado a consagrar
sus dones a la [149] coproducción de videos pornos junto a caballeros de
la tercera edad.
Pero nada podía comparársele al monumental vacío dejado por el
General Celestino Robles, tan amable, tan coloquial y tan aficionado a no
caer en la repudiada costumbre antimachista de que lo vieran siempre con
la misma dama.
No me he casado nunca, mi querida doña Coca, en primer lugar, porque
mucho mujerío me queda aún por recorrer, y en segundas nupcias, porque
ninguna mujer reúne en una sola los diversos atributos que cabrían en la
mujer perfecta.
Esas palabras ya no tenían ahora ningún sentido. Con tanta trepada
del dólar y tanta incertidumbre flotando en el ambiente hasta las
urgencias extramaritales parecían haberse apaciguado.
Cada quien fornicaba como Dios y el Vaticano mandaban, con programa
restringido de productos nacionales. Y eso no resulta nada halagüeño si no
se está preparado.
Y según manifestaciones del General Celestino Robles, el único
culpable de todo ese desastre era el candidato de la vereda de enfrente.
Ese cretino, pregonaba, el grandísimo hijo de puta que si continúa
empecinándose de esa forma, acabaría por desencadenar luchas internas
todavía más terribles que las que habían azotado al país desde la época de
la independencia. [150]
Y cuando la Justicia reconozca mi victoria, y seamos al final
gobierno, vamos a trabajar todos unidos. No más miseria. No más niños de
la calle. No más fenómeno del Niño destruyendo los hogares. No más
campesinos sin tierra, ni tierra holgazaneando sin nadie que la cultive.
Con la bendición de la Santísima Virgen y el consentimiento de Cristo
Crucificado, vamos a actuar en gran escala para salir de esta corrupción,
para erradicarla si es preciso con paredón y silla eléctrica.
Ya lo verá usted, mi apreciada doña Coca, le decía escrutándola desde
la borrascosa noche de sus ojos negros.
Qué diferencia abismal existía entre este jinete que parecía avanzar
a trote largo y un sabor de galope en la mirada y el que había venido en
su reemplazo, el cual, viéndolo por donde quiera que fuese visto,
evidentemente impresionaba como si jamás hubiera montado.
Debo ausentarme por un tiempito. Pero no se me vaya usted a poner
triste, porque todo el que se va, tarde o temprano regresa. Tengo asuntos
muy urgentes que arreglar, le había expresado el General aquel 11 de
Septiembre, cuando ya se iba, quién le iba a decir que para siempre.
Con toda claridad lo recordaba doña Coca, porque fue precisamente a
partir de aquella fecha que no lo había vuelto a ver. [151]
Debo comunicarle que desde mañana vendrá aquí un hombre de mi
confianza. Su nombre es Nicasio Estigarribia. Deberá darle usted una
habitación confortable y tratarlo, desde luego, como si fuera yo mismo.
Todos juntos me abandonan, suspiraba dolorida doña Coca. Justo ahora
que había ampliado la casa, dotándola de refrigeración central, alfombras
que amortiguaban los pasos y música a la carta en cada habitación.
Justo ahora, que mediante ciertos artilugios de un refinado tinte
masoquista, había logrado atraer a los amantes más selectos y
representativos de nuestra sociedad.
Matronas y señoritas, descasadas y viudas, empresarios y artistas,
civiles y uniformados. Todos de muy alta graduación y un elevado poder
adquisitivo.
Justamente ahora, cuando se había hecho de fama y se había ganado el
derecho de echarse plácidamente a dormir.
¿No sería la recesión aquella una vendetta divina por haberse
involucrado en esas actividades non sanctas? Y de no ser lo que era en
esencia, una nacionalista sin vueltas, tal vez no se hubiera consolado
diciendo que hacer el amor también era una forma de hacer patria. Porque
en ambas situaciones es preciso recurrir a la entonación de himnos para
enarbolar banderas. [152]
El desarme, por lo visto, era una enfermedad a cuyo contagio este
hombre al que veía entrar de repente, resultaba ser inmune.
¡Virgen de los afligidos!, casi gritó, y no hubiera podido creer que
fuera quien era de no haber sido por el amplio portafolio del que parecía
estar colgado.
¡Otra vez don Nicasio Estigarribia!
Otra vez el mismo y por quién sabe cuánto tiempo, replicó
acaloradamente éste mientras sin más trámites enfilaba hacia la habitación
309.
Y le aclaro que no puedo detenerme ni un segundo porque estoy muy
retrasado, muy retrasa... y a la última sílaba estrepitosamente se la
tragó el portazo.
¿Qué se traería entre manos este sujeto de teatral atavío?, se lo
preguntaba doña Coca a sí misma y al no dar con la respuesta, un poco
después se lo preguntaba a sus tres hijas.
Pero esa incógnita no sólo no podían resolverla ni Topacio ni
Esmeralda ni Amatista sino que sin mediar explicación alguna, extrañamente
había quedado estacionada sobre el hilo del suspenso.
Porque los rumores eran muchos: que alguna vez don Nicasio fue un
escritor, que escribía por encargo toda clase de misivas, que la amistad
con el General venía de muy hondo y desde muy lejos. Y hasta se llegó a
maliciar que entre ambos no sólo había amistad sino también un parentesco
del que nada se sabía a ciencia cierta. [153]
Tampoco hubiera podido descartarse la existencia soterrada de alguna
vil amenaza, bajo presión de la cual el pobre cristiano actuaba.
De lo que no cabía sospechas era que en algo muy dudoso y sin ruido
andaba don Nicasio, porque al querer auscultar algún indicio a través de
aquella puerta, varias veces doña Coca escuchó al Norte roncar anunciando
lluvia, escuchó gemir a Sultán, el cachorro de Ña Rita, pero de lo que
estaba pasando allí dentro nada se oía.
Toda la santa noche se estaba doña Coca hilvanando conjeturas,
intentando reconstruir qué tanto hacía aquel hombre en la habitación 309.
Todos los lunes. Todos los martes. Todos los miércoles y jueves y viernes
y feriados y demás fiestas de abstinencia, allí metido sin asomar la
cabeza.
Tal vez fuera adicto a lo que ella había leído hace poco acerca de un
método etrusco para llegar en solitario a la consumación del placer.
Lo que quería saber doña Coca es por qué tendrían que remontarse a la
antigüedad para escribir esas porquerías que a la vez de avergonzarla, le
causaban aquellos largos estremecimientos, que empezándole en la nuca no
se le aplacaban ciertamente en la planta de los pies.
¿No les bastaba acaso con el extenso material existente hoy en día?
[154]
Lo cierto es que el tal método consistía en que un ser humano
cualquiera, que podía ser hombre o mujer, se permitiera la osadía de
entablar relaciones epistolares consigo mismo, con palabras, que según
explicaba textualmente el folleto, irían subiendo de tono, cada vez más
escabrosas, más ardientes, más íntimas.
Palabras armando ceremonias de cuerpos que se encuentran, de piernas
que se anudan y se engarzan procreando cada vez la sensación que cada cual
prefiera.
Y donde antes ni siquiera se notaba alguna luz, empezaría a
insinuarse un azulado vislumbre, un brotecito aún delgado de placer, aún
muy frágil que andaría por la piel a trechos cortos, yéndose y volviendo
con sus aleteos continuos.
Una pizca de calor intentando derretir la nieve en que habían quedado
sepultados los sentidos. Y de ese contrapunto iría surgiendo una levísima
poesía emitida por el cuerpo.
Algo a lo que al principio se le otorga rienda suelta, pero de
inmediato se le pone freno, hasta reducirlo a un avaro y despacioso
cosquilleo sin apresuramiento alguno.
Palabras con efecto retroactivo de lociones humectantes, sazonadas
con exóticas especias que condimentarían la piel con una suerte de jalea
resbalona y excitante. [155]
Como si las frases diseñaran bocas que pulsaran teclas de deleite por
aquí, o timbres de algazara por allá. Y todo el mundo circundante
desvaneciéndose en ese acariciar tan lento y repentino de una lengua.
Lengua incendiaria y minuciosa recorriendo en toda su extensión aquel
temblor calenturiento.
Porque sólo bastaba deletrear cada placer para alargarlo, para
expandirlo en ecos saltarines comunicando a cada quien la duplicada
impresión de ser primero terrenal y un rato después, etéreo.
Porque al llegar a cierta esquina, el aleluya sensorial pegaba una
curva para recular un poco y corregir el rumbo, haciendo que al volverse
paulatino y progresivo aquel dichoso bienestar se volviera también más
duradero.
La gloria no era entonces un invento de los curas ni era apenas un
sonido hueco, una percepción ideal a la que sólo arribaban las beatas y
los santos.
La tarea demandaba la estática concentración de un místico oriental.
Pero bien valía la pena retener lo que a duras penas ya podía retenerse.
Y sin soltarlo sujetarlo. Y entretenerlo sin perderlo aunque
pareciera estar ya a punto del derrame.
Por un buen rato, mantenerlo firme y contenido, no por nada, desde
luego, sino con la intención de ir encandilando ciertas zonas hasta
volverlas brasa, sol, astro candente. [156]
Lo que llegaría a echar por tierra el argumento hindú de que cada
vientre es el aposento natural de cada alma.
De cada infierno hubiera sido más correcto indumentar.
Pero todavía ahí no se acababa todo. Aún faltaba que cada quien
enderezara el pecho encomendándose al patrono hacia cuya veneración cada
cual era devoto, echando luego la cabeza para atrás mientras la totalidad
del cuerpo era corrido hacia adelante. Tensar después los músculos y
mantenerlos bien tirantes para que el impacto del disparo de cañón lo
fuera a alcanzar de pleno.
Y saliéndose de madre, aquello que dejó de ser remanso para tornarse
remolino, convertiría el sitio del amor en un típico y desviado Pilcomayo.
El exuberante río aquel que comenzó siendo tan nuestro y terminó al final
por ser ajeno y angostito.
Como absolutamente ajeno a cuanto lo rodeaba y desconectado incluso
de sí mismo, quedaría todo aquel que se prestara a participar en tan
gratificante experiencia.
Cuán equivocada había estado entonces doña Coca al creer que en aquel
método etrusco del amor sin compañía, venía gastando sus mañanas, sus
tardes y buena parte de sus noches don Nicasio Estigarribia.
Cómo había llegado a ser tan torpe en no descubrir la mentira
nauseabunda de que, en honor a la verdad, aquel sujeto era un espía. [157]
Sin embargo, buen cuidado tuvo doña Coca de no comentar con nadie lo
que había observado aquel martes a través de la puerta semidescuidadamente
abierta.
Un aparato con una hilera incalculable de botones y otra similar de
enmarañado cablerío, conectado al cual se hallaba don Nicasio a través de
dos audífonos.
Y toda la vida que parecía faltarle a la mirada se le había
trasladado a las orejas.
Porque mientras los ojos se mantenían imperturbablemente fijos,
mirando hacia ningún lugar del espacio, las orejas habían perdido su
condición de orejas para convertirse en dos radares que vigilaban atentos,
concentrados, en actitud dolosa de estar oyendo lo que el artículo 407 de
nuestra Carta Magna terminantemente prohíbe.
Tan ensimismado se hallaba don Nicasio, que ni siquiera percibió el
insistido ¡Dios Bendito! que la insólita visión había hecho exclamar a
doña Coca.
La pobre mujer ya no tenía edad para sufrir ese cóctel de emociones,
que hubieran sido catalogadas como demasiado fuertes por su cardiólogo de
confianza. [158]
Para tener bajo control la presión de sus arterias, le recomendaba
puntualmente en cada consulta, debía no tener ningún tipo de disgusto,
debía no fumar ni siquiera un cigarrillo, debía no consumir más sal de lo
conveniente, debía no exagerar con las comidas grasas y, sobre todo, lo
que más sacrificio le costaba: debía no consentirse el espeso placer que
le procuraba el vino tinto en su lujurioso transitar por la garganta.
Trasladando otra vez el escenario hasta la habitación 309, y sin
todavía poder creer lo que veía, doña Coca apoyó la convulsa espalda
contra la pared, se secó el sudor que le anegaba el escote, en un impulso
indetenible alargó un poco más el cuello, y ante su cara estupefacta
apareció aquel otro aparato mucho menos complejo que el aparato anterior.
Lo componían dos pequeñas cintas que en tanto giraban y giraban sin
descanso, dando a entender en cada giro que tenían cuerda para rato, de
manera clandestina a su vez eran captadas por el corazón receptor.
Corazón es lo que le andaba sobrando a doña Coca. Toda ella era una
extensa red de corazones distribuidos, que se expresaban con la misma
letanía pero en sitios diferentes.
Ahora mismo, ya no estaba el corazón donde debía sino repartido en un
sinfín de campanitas repicándole en las sienes, en la punta de los senos,
por debajo de la axila y en el cuenco de los pies. [159]
Mientras, ella cavilaba que además de un atentado contra el
irrestricto usufructo de la libertad alámbrica o inalámbrica que adquiere
cada individuo en edad de telefonear, don Nicasio se encontraba en
flagrante comisión de aquella fechoría tan abordada últimamente por la
prensa: el tan mentado e inmoral fonopinchazo.
Procedimiento mediante el cual, todos los trapitos sucios salían a
ventilarse al sol. Todos los pasos dados ayer y que en un futuro próximo
estarían siendo dados no sólo por el actual Comandante en Jefe, sino por
quienes componían su escolta, y hasta los miembros de su Gabinete.
Todas las intenciones golpistas o de cualquier laya que hubieran
cruzado por la mente de cualquier militar, estando éste en servicio activo
o inactivo, daba lo mismo.
Sin que tampoco importara saber a qué armas pertenecían, y mucho
menos a qué rango ni a cuál veleidad política cada quien era propenso.
Pero lo peor del caso era que la tal suciedad también salpicaba a las
correspondientes esposas, a las madres, a las suegras, a las nueras y
cuñadas de los que eran sometidos a tan despreciable chantaje.
Cómo había sido capaz doña Coca de jugar por tanto tiempo al compás
del General sin haberle descubierto el juego. [160]
Pero, sobre todo, cómo pudo confundir con sexo ese mismo revolcón de
siempre en el mismo muladar político, la misma angurria insaciable del
poder, la misma ambición desmedida por figurar en la repartija oficial con
algún jugoso negociado.
Doña Coca había arrastrado ya mucha existencia y sin embargo, nunca
había estado metida en un lío de semejante envergadura. Tener allí a aquel
hombre con las manos en la masa de un hecho delictivo, era aún mucho peor
que estar sentada sobre un barril de dinamita.
Y la palabra dinamita la conectó a la idea, terrorífica por cierto,
de que tal vez don Nicasio fuera también un experto en esos explosivos
usados en la fabricación de bombas.
Una y otra vez y hacia uno y otro lado, meneó doña Coca la cabeza,
como para sacudirse los nefastos pensamientos. Alejarlos de una vez por
todas. Que se fueran con la verdadera identidad de este embaucador sin
escrúpulos, este soplón de mierda. Porque ser delator era evidentemente su
oficio, y su única ambición era sacarla del negocio para después, con todo
descaro, instalar allí su taller.
Déjate ya de temblar como se ha puesto a temblar todo el planeta ante
los desplantes de un ex militar, se dijo doña Coca para darse fuerzas.
¡Vamos! ¡Anímate!, que hasta el más valiente tiene también un lugarcito
donde le aflora el cobarde. [161]
Acto seguido se preguntó qué iría a suceder si al enterarse «el que
sabemos», le enviara una patrulla con orden o sin orden de allanamiento.
Para armar un revoltijo y al final dejar los placares todos abiertos, la
ropa sembrada al voleo por cualquier parte, lo que había estado aquí, por
allá, despanzurrado. La casa entera convertida en un guiñapo y de patas
para arriba.
Y después de que su mente se detuvo en esa horrenda alternativa,
intentó huir, alejarse lo más lejos posible de esa puerta, escapar con el
secreto de puntillas tratando de ocultarlo bajo lo que quiso ser sonrisa y
apenas consiguió ser una mueca.
Por segunda vez pretendió moverse, pero sus piernas actuaban como
postes de brazos caídos, tenazmente negadas a cualquier cosa que
significara cooperar.
Igual que si a partir de aquel momento, el instinto le dijera
¡Atención! Pon muchísimo cuidado, que cada uno de tus pasos pasará a ser
desde ahora el paso definitivo.
Guarda bien esa lengua lenguaraz y deslenguada si no quieres agravar
las cosas. Analiza las revelaciones después de haberlas puesto sobre el
tapete y bajo la luz esclarecedora de una lupa. Chequéalas. Haz un balance
de ellas.
Bien sabes que en estos casos es suficiente la más mínima sospecha.
[162]
No debes dejar traslucir nada de lo que te pasa, no por hacerle un
favor al General, que ningún favor tuyo ese bribón se merece, sino por tu
propia seguridad y la de tus tres hijas.
No hablar sería un peligro pero más riesgoso sería que el sujeto
fuera hallado dentro de tu propiedad y en la comisión in fraganti de un
delito al cual podría corresponderle de 7 a 10 años de encierro.
Y quizá a ti también te condenen por haber callado lo que debiste
denunciar en su momento.
Y por carecer de coartada o de algún otro elemento que atenúe tu
implicancia en el suceso, te informarían que una vez que se hubiera
confirmado fehacientemente tu coautoría en el caso investigado, de
inmediato y sin más vueltas, pasarías a ser cómplice.
Esa palabra tan ligada a la delincuencia, a los asaltos de bancos, al
derramamiento de sangre. Tan cercanamente emparentada con la palabra
muerte.
Y luego vendría el interrogatorio ante un Juzgado que apenas tendría
conciencia de oírte. Más empeñado en dar curso a sus rencillas internas
que en cumplir con su deber.
Para que todo eso nunca suceda, deberás imponerte una vida nueva, que
sea tan irrevocable como la ya vivida, sin necesidad, desde luego, de
abandonar tu rutina y poniendo un énfasis especial en proceder con
muchísima cautela. [163]
Tú, que siempre te has manejado sola, sin haber tenido que rendirle
cuenta a nadie. Que en todo momento has sido la patrona de tus actos.
Prueba ahora que lo sigues siendo.
En esa especie de sagrario que te edificaste en el pecho para guardar
tus ilusiones, tus locas fantasías, a veces tus delirios, y alguno que
otro pecado aguardando aún su turno para poder ser cometido. En ese mismo
lugar es donde debe quedar aprisionado el secreto.
No lo comentes ni con tus hijas ni con el personal doméstico ni con
los otros clientes. Tú nunca has visto ni has oído nada, por lo tanto de
nada te pueden acusar.
No permitas que la voz se te desplome ni que te desfallezca el alma
al advertir cómo te hundes en el más profundo de los hoyos que tú misma
posees.
Continúa ocupándote de tus arrugas para que no proliferen como esas
infames cochinillas que se devoran tus geranios.
Combatiéndolas, a las primeras, con esa crema francesa cuyo precio se
equipara a lo que te cobra el coreano por productos comestibles que te
duran mes y medio.
Y a las segundas, con un insecticida asesino que debía ser fumigado
mediante un atomizador manual y repitiendo la aplicación tres veces por
semana. [164]
Tú, que tienes tan buena mano para la confección de tortas y ni qué
decir para la jardinería. A tal punto, que apenas entierras un frágil
gajito y en seguida se pega, y tú misma te sorprendes al ver que un buen
día ha dejado de lado lo mustio y lo enclenque para trasmutarse en arbusto
garboso y lozano.
Aspira, como siempre, el día martes las alfombras. Endereza uno a uno
los desnudos encuadrados del pasillo, ya que la ciencia exhaustivamente ha
comprobado, que el erotismo en sentido vertical logra mayores beneficios
que aquel que se proyecta sobre cualquier plano inclinado.
Y si te piden declaración, siempre debes dar a entender que sabes
mucho menos de lo que en realidad sabes.
Que hubiera sido muy difícil informarte de algo más, debido a que don
Nicasio en todo momento se comportó como una tumba sellada.
Que ni en el pasado ni tampoco ahora dejó entrever por algún silencio
de más o algún suspiro de menos la terrible situación por la que estaba
atravesando.
Pero es una barbaridad lo tarde que se ha hecho. Debes volver ya del
jardín. Y encerrarte. Poner a mil leguas de ti aquella revelación
siniestra, para que de ese modo, a la vez de irle dando perspectiva, sea
posible revisarla luego con mayor serenidad. [165]
Permanece largo rato en las tinieblas para que éstas te iluminen la
decisión que debes tomar.
Necesitaba despejar sus ideas, reciclar la mente, salir a respirar
hasta lo más hondo el incontaminado atardecer.
Para calmar su agitación se fue vistiendo sin prisa, saboreando el
olor a limpio de cada una de las prendas como si hubieran sido nuevas.
Eligió el vestido verde de la buena suerte. El que le hizo ganar la
quiniela y aquel pleito que le entablaron los vecinos por desacato
reiterado a la autoridad y hacer burla permanente, según constaba en los
cargos, de esa lucha emprendida por la Comisión Barrial, la cual estaba
abocada a defender a brazo partido lo mismo que doña Coca venía
infringiendo de manera tan explícita y descarada: por un lado, la moral, y
por el otro, las buenas costumbres.
Se cambió los zapatos, calzándose ese nuevo imitación serpiente, o
tal vez fuera de tigre o quizá de cocodrilo. Vaya una a saber hasta dónde
llegaría la capacidad histriónica de los taiwaneses. [166]
Se empolvó la cara, insistiendo en el mentón, las ojeras y los bordes
de la nariz, y siguió con un toque de rubor en las mejillas. Para esconder
el blanco tiza que esos lugares habían asumido por la reverberación del
miedo.
Y para disfrazar la palidez de los que han pasado a mejor vida, se
dio color a los labios.
La misma vida que doña Coca empezaría a jugarse a partir de ahora.
Pero no le quedaba otro remedio ni tampoco vislumbraba otra salida.
Después de haber constatado que todo estuviera en orden en el
interior de su cartera: los documentos, su agenda, su tarjeta de crédito,
pañuelitos desechables, una estampita con la oración de los pobres
afligidos a San Judas Tadeo, su rosario, un espejo, un lápiz labial, y las
diversas chucherías que una mujer va acumulando a lo largo de los meses,
entonces fue cuando sucedió.
Al agarrar la cartera para colgársela del hombro y mientras el
espejo, siempre atento, la miraba darse los últimos retoques al peinado,
por primera vez la asaltó la indecisión, ese amargor corrosivo de la duda.
Algo así como un caramelo que nos apetece y que en seguida lo
rechazamos, por temor a que detrás de esa apariencia dulce, esté agazapado
el veneno.
Pero ha sonado la hora de soltar las amarras para no volver a
escamotearle el culo a la jeringa. La hora [167] de romper el cerco, de
distender los músculos de la voluntad y de una vez por todas obedecer al
destino.
Además, nadie es nadie para contradecir al destino. Ese algo
indefinido que no se puede ver ni tocar, pero que al nacer, en la palma de
la mano, ya lo traemos escrito.
Esa brújula invisible que nos orienta la vida y nos señala el camino.
Y si por el motivo que sea alguna vez la perdemos, sería como si nos
hubiéramos perdido a nosotros mismos. Es esa precisamente la causa por la
que debes no descuidar al destino que te ha tocado en suerte.
Todo eso te lo recomienda la voz de la intuición mientras vas al
encuentro amoroso de tus tres hijas. Tu Topacio, tu Esmeralda y tu
Amatista que sin desprenderse de la tele te preguntan distraídas: ¿vas a
salir, mamá?
Les respondes que sí con la cabeza y con el beso que a cada una le
tiras en la punta de los dedos, le envías también un cariño grande y que
cenen nomás si todavía no vuelves.
Y muy resuelta te diriges a destrabar los tres cerrojos que te viste
obligada a colocar en el portón de entrada.
Por aquello de los asaltos nuestros de cada día, donde el atacante es
el que tira a matar y al final resulta siendo el muerto. [168]
Por ninguna casualidad, claro que no, sino porque un buen día el
atacado dijo basta, y adiestrándose en cursos orientales de defensa
personal, empezó a hacer justicia por su propia cuenta y riesgo.
Trifulca que casi siempre concluye con un par de difuntos y alguno
que otro internado respirando de manera artificial, mediante uno de esos
aparatos que te prestan un poco de vida a cambio del alevoso robo que
acaba rematándola a la misma vida que tan desinteresadamente te prestaron.
Y esto no es ningún trabalenguas, sino que así sucede, lastimosamente.
Una vez traspuesta la frontera que limita la ternura de tu casa con
lo incierto de ese mundo que más que mundo en verdad es una jungla, haces
la señal de la cruz, para que el Señor te guarde contra cualquier peligro.
Entonces, para disipar la encrucijada que de pronto se presenta, sin
titubear tomas partido por la calle que se abre a tu derecha. Hacia donde
se yergue el empinado farol que desde una altura lo domina todo. Como si
su iluminación formara parte del fulgor de las estrellas.
Con un guiño intermitente te convidan a pasar las vidrieras de las
tiendas. Te vas cruzando y descruzando con gente que ni siquiera
registras. En cambio te detienes de cuando en vez a contemplar la
resplandeciente agonía de aquel sol que muy pronto se vestirá de luna.
[169]
¿De dónde has sacado la idea de que hoy se está cumpliendo un
crepúsculo diferente al de los otros días?
¿Será porque la sangre que derraman esos rojos es tan sangre que la
sientes circulando por tus venas?
O tal vez porque te invade la nítida impresión de que el día se está
muriendo en tus entrañas y no en mitad de aquel azul que apenas puede
verse de tan deshilachado.
Lo único seguro es que esa angustiosa opresión sólo te ocurre por
dentro, en tanto que por fuera permaneces inmutable.
No te amilanan ni el chirriar de los frenos ni los insolentes
bocinazos. Ni te roza el mal talente de los conductores cuando con todo el
impudor de que son capaces te increpan: ¡Por qué no mira por dónde va,
vieja boluda!
Lo de vieja, quizá aún no se ajuste demasiado bien a tu medida, y
cuando lo seas, lo serías a mucha honra. En cuanto a lo de boluda, habría
que ver si la tal palabreja no poseía un dispositivo mágico, que la
hiciera regresar hacia el punto de partida.
Opinan los que a pesar de haber vivido más han sabido golpearse
menos, que escupir al cielo tiene una tremenda desventaja. Ya que muy bien
puede ocurrir que al pasar alguna nube, sin intención de ofenderte, te
devuelva la escupida. [170]
Y entre grosería va y grosería viene, doña Coca prosigue. A la par de
ir doblando aceras y esquivando charcos donde se acumula la insalubridad
de meses, ella se da cuenta de que la ansiedad apenas si la deja respirar.
Y aquella determinación suya que empezó siendo invencible, va
perdiendo prestancia a medida que ella va perdiendo compostura.
Conviene que me detenga inmediatamente, razona, que descamine las
cuadras, al tiempo que una fuerza extraña, un impulso nuevo, una energía
indescriptible le va trepando las piernas, se le enrosca en la cintura y
pegándosele al oído le susurra: Tú nunca fuiste muy adicta a aquello de
batirse en retirada, siempre creíste que avanzar era el camino. De manera
que ahora prosigue.
Voltéate para comprobar que detrás de ti no hay nadie. Es sólo el
viento el que inventa esas pisadas haciéndote pensar que algún gato con
botas te persigue.
El cuento del gato con botas es apenas eso: una ficción donde las
botas hace tiempo fueron perdidas por un gato que también se perdió.
Lo que tú tomaste por un perseguidor se ha diluido en esa pareja de
novios que se besa encarnizadamente en la hondura de un zaguán.
Mientras, por detrás de aquellos altos edificios, la oscuridad iba
saliendo, se ramificaba, se le caía [171] encima. Desde pequeña doña Coca
le tuvo miedo a la oscuridad. No sólo a la que padecía el ciego sino un
miedo mucho mayor hacia la oscuridad de aquellos que se negaban a ver.
De entre un pliego de la noche, el lapacho apareció primero, y luego,
de entre los intersticios vacilantes del follaje, la inconfundible fachada
del Cuartel Central de Policía.
Necesito llegar cuanto antes, se dijo, y apuró el paso sin tener
todavía muy clara la idea de si se detendría allí o seguiría de largo.
[172] [173]
Versión durante la cual se hace un repentino silencio para que «La posta
del placer» cuente su historia.
Nací encaramada a un cerro que las autoridades fueron podando con
patriótica fruición, desmontándolo pieza por pieza hasta dejarlo
convertido en Gran Parque Nacional.
Sitio donde la ciudadanía podía ejercer sus derechos lúdicos
culturales al aire libre, y adquirir un mendrugo de solaz y esparcimiento
sin costo adicional alguno.
Hoy el cerro se reduce a una suerte de excrecencia demócrata
pluralista, un estrado al que dieron cierta altura para que los desbordes
oratorios alcanzaran el debido resplandor.
De modo que por no desajustar el ritmo de lo que se está narrando
ahora, diré que entre tanta interna partidaria, no pude establecer con
precisión en qué fecha de cuál mes aconteció el milagro. [174]
Porque el cerro se instaló de nuevo aquí, y aquí aún continúa,
guardándome las espaldas.
Ha conservado su apariencia externa y, al mismo tiempo, se volvió
incorpóreo, como si estuviera hecho un poco de aire y otro poco del cielo
que le planeaba encima.
Pese a todo, aún recuesto mi desnudez contra el amparo arcilloso de
su vientre. Todavía permanezco unida a él por un vínculo difícil de
explicar, porque en verdad es algo inexplicable, inmune a la destrucción,
que a mí me sigue manteniendo erguida, y que él parece necesitar para
enderezarse nuevamente.
Mi nombre en aquel entonces era «Alborada», y mi dueño, un
refrigerado señor de los países bajos, que vivía aferrado a su avaricia, a
su cuadernillo de hacer cálculos y a los pronósticos de las barajas
augurándole una gran fortuna en un país extranjero y a una hora que, por
la tardanza, lo más bien hubiera podido computarse en siglos.
Mientras su esposa Dulcinea vivía quejándose de este clima, esta
paila del infierno que aniquila hasta las ganas de tener ganas.
Vámonos de aquí, Emmanuel. No ves que ni los cerdos ya se acoplan, ni
los gansos, ni los peces, ni las aves migratorias.
Este sol anula el sexo. Por lo demás, no sería sino un real
contrasentido pagar por algo que en los matorrales se consigue gratis.
[175]
Dices bien, mujer, al decir que este sol anula el sexo, pero debes
considerar que los seis acondicionadores de aire que pretendes acabarían
anulando también nuestras ganancias.
Opino que lo más sensato es tomar las cosas con calma, y mantenernos
precavidos contra cualquier emergencia. Ármate, pues, de valor, que ya
vendrán tiempos mejores.
Así que Dulcinea se fue hartando de mecerse al compás de una
existencia que transcurría sin cambios.
Por arriba, los agobiados ventiladores removiendo la sofocante rutina
de siempre. Y por todos lados, los días iguales, pegados unos con otros,
todos de la misma hechura, del mismo largor.
Estaba a punto de verse amanecer un día de estos trasmutada tal vez
en fósil o quizá en vegetal.
Harta de sentarse en aquella agreste periferia a aguardar clientes
urbanos, cuya escasez se volvía casi ostentosa entre el invariable rumor
de la naturaleza y los alarmantes rumores de golpes de estado: que mañana
será el gran día, que los tanques, que las tropas, que dejemos ya esta
barbarie, Emmanuel, y volvámonos para nuestros pagos.
Al final, ellos partieron y yo no tardé en olvidarlos.
Luego no sé si fue la ciudad la que se me fue arrimando, o si fui yo
la que me largué a crecer a instancias de Saburo Kurokawa: mi segundo
propietario. [176]
Un ciudadano nipón a quien en seguida apodaron Reverendo Michimí, por
ser corto de estatura, y prodigar reverencias y zalameros elogios en
cantidad mucho mayor de lo que aconsejaba el pacto de reconciliación
definitiva, recientemente acordado por el protocolo de países no
limítrofes.
Lo cierto es que, llevada por el mismo aluvión modernista que alargó
el cabello a los varones y acortó la vergüenza femenina, yo comencé a
extenderme.
Por el lado norte, mediante la anexión del añoso baldío que me había
tratado siempre como si yo fuera su hija. Y por el lado opuesto, gracias
al derrumbamiento de la casona amarilla.
Sucedido que, en lugar de lamentar, celebré sinceramente, ya que la
única afinidad que aún compartíamos ambas, era un sentimiento mutuo de
honda animadversión.
Yo no soportaba su arrogante altanería al oírla proclamarse
descendiente en línea recta de la casa solariega que habitó el Doctor
Francia.
Mientras que ella se complacía en sacar mis trapitos sucios al sol,
mi intimidad a la calle, tachándome casi siempre de inmoral, y hasta
incluso de endiablada.
Pero los cuernos que me adornan no son propios sino adquiridos. Y
tridente no poseo, al menos ninguno que no sea el usado por Rumualdo: el
jardinero con cerebro de mosquito y las manos talentosas de un orfebre.
[177]
En lo referente a la cola, la única que me anda por ahí rondando,
pertenece al gato Sinshú. Comandante en jefe de los felinos menores, que
empezó a alborotar los tejados con sus bacanales de amor. Para luego irse
ganando, paciencia, tras paciencia, un espacio destacado en el corazón aún
imberbe de Saburo.
Al principio, sin atreverse a trasponer el umbral, y poco a poco,
invadiendo la sala, los corredores, hasta terminar instalado a lo pachá en
su habitación, rodeado de sedosas atenciones, y usufructuando privilegios
que a los demás les eran negados.
Al igual que el gato, yo también fui ensanchando mis dominios
mientras me iba expandiendo. Y con tal presurosa efervescencia, que a mis
primeras seis habitaciones, en seguida se agregaron otras siete.
Todas dispuestas alrededor de un aljibe que, en lugar de agua, criaba
una vegetación con extraños poderes orientales que hipnotizaba a los
pájaros. Y todas con vista a un mar de cartón cuya tonalidad podía ser
cambiada a voluntad del usuario.
Bastaba oprimir un botón tan bien escondido, que nunca se sabía a
ciencia cierta dónde se encontraba. Y cuando alguien solicitaba
información al respecto, Saburo ponía los ojos en blanco y la boca con la
abertura necesaria para responder siempre lo mismo: ningún lugar podrá
nunca esconderse de quien se haya propuesto encontrarlo. [178]
Me llené de furtivos pasadizos, de rincones vagamente iluminados,
entre formas imprecisas que abruptamente se resolvían en biombos, en el
bulto de una silla, en milenarios ancestros espiándome desde sus retratos,
en pebeteros remedando dragones que no se habrían visto tan terribles si
hubieran sido reales.
Pero con fauces tan inocuas que a la vez de no expulsar ningún
veneno, difundían un incienso, en primer lugar, afrodisíaco, en segundo
lugar, antipolilla y, por último, expendidor de melodías relajantes
ejecutadas por el koto.
Instrumento cuyas cuerdas se anticipaban a los hechos fertilizando la
imaginación de los amantes, y colmando con apenas un ronronear de lluvia
la techumbre de esos sueños que despiertan una vez dormido el éxtasis.
En una palabra: tuve que adaptarme a una atmósfera que nada tenía que
ver con mis raíces campesinas, y aceptar llamarme como entonces me
llamaron: Samurai.
Un nombre ajeno, belicoso, masculino, hacia el cual mi debilidad fue
arrojada, para honrarlo y no acabar de respetarlo mientras no fuera
saldado el tributo que la vida me estaba cobrando por eso.
Porque a lo largo de los años me fue dado comprobar que cualquier
cosa que hagamos o intentemos hacer las polleras será inútil. En cualquier
idioma, latitud o circunstancia habremos de ser desplazadas hasta por el
pantalón más chapucero. [179]
Yo, que ansiaba andar descalza para no perder el contacto con la
tierra, tuve que habituarme a que las alfombras se fueran tragando mis
pasos, y a formar parte integrante de esta feroz competencia, este
discriminatorio colador reteniendo solamente a los más fuertes.
Y el cinturón negro acreditando la fortaleza de Saburo se remontaba a
una tradición de tantos siglos, que en sus manos parecía estar ahora el
porvenir tecnológico del mundo.
No fue otro, en efecto, sino Saburo, quien pacientemente recorrió el
interior del país, para reclutar 14 muchachas púberes, con excelente
disposición para el trabajo y todos los dientes en regla.
Las cuales, a cambio de albergue, comida y buen trato, obtendrían la
gracia suprema de ser adiestradas en el arte profesional de las geishas.
Y aunque no tuviesen ni la más pálida idea de lo que eso significaba,
no dudaron que sería mejor que aquel famélico destino de niños rotosos,
mujeres siempre preñadas y hombres sin otra ambición que algún pedacito de
tierra. Demasiado chico tal vez para enriquecerlos, pero suficiente para
que cada quien pudiera cosechar en él la incanjeable dignidad de al menos
tener dónde caerse muerto.
De hoy en adelante y mientras estén bajo mi techo, les advirtió
apenas llegadas Saburo, cada una habrá de comprometerse a colaborar con
dedicación, con [180] esmero y, dentro de lo posible, también con
humildad. Empezando por reconocer la propia ignorancia, que es
precisamente el punto por donde se empieza a atacarla.
Para eso, tendrán que soportar días muy bravos, en el curso de los
cuales aprenderán a moverse como la brisa, y a vestir kimonos floreados y
a desplazarse con esa sutil elegancia que sólo se ve en las gacelas.
Aunque extremando ciertamente el cuidado para no caer en la trampa
que les irían tendiendo los zuecos.
En cuanto al saludo, recuerden que es toda una ceremonia durante cuya
ejecución la cabeza deberá ser inclinada, hasta casi rozar el sagrado
brocal del ombligo. Gesto que, entre carcajadas, no tardó en ser imitado
por todos los niños del barrio.
Como arcilla fresca las modelaba con sus propias manos,
trasmitiéndoles todo lo que él había aprendido en sus largos años de
tutearse con la vida. Recomendándoles hora tras hora, una y otra vez
durante varios meses, que para conseguir la armonía interna había que
practicar ejercicios respiratorios, indefectiblemente en ayunas,
expeliendo las dañosas toxinas y aspirando la sabiduría del cosmos. Desde
la que se balancea en la copa de los árboles, hasta la que va describiendo
la sangre al circular por las venas.
Para cosechar equilibrio hay que primero sembrarlo, decía, intentando
anochecer las aflicciones [181] personales para que en el sitio donde
estaban ellas pueda alborear una sola y majestuosa alegría.
También es posible mejorar la calidad humana, fraccionando a cada
individuo en parcelas, que serían abonadas luego como si pertenecieran a
un plantío.
El abono más eficaz es el arte, y también el más duradero. Sin música
no habría canto, y sin canto no existiría el poema, ni tendrían ustedes la
posibilidad de aprender a deleitar espiritualmente a los hombres,
diciéndoles lo que ahora repetirán conmigo.
Descansa, buen hombre. Tranquilo. No hay de qué preocuparse. Extiende
el pensamiento sobre una pradera ilimitadamente verde y deja que yo me
ocupe de todo.
Mis dedos recorrerán tu cabeza y empezarás a relajarte. Poco a poco
te abandonarán los problemas y tus dudas existenciales se reducirán a
ecuaciones tan simples que hasta podrían ser resueltas por niños.
Entonces, desasido ya de todo, tu cuerpo se irá quedando libre,
ingrávido, sin peso. Cuanto más fuerte cierres los ojos más ligera se
volverá la pendiente por la cual te deslizas.
Y advertirás que en el hueco de mi mano está encerrada la infancia
dentro de la cual tú te meces. Insistiendo y volviendo a insistir con la
frase tú te meces, tú te meces, tú te meces. Ya que hamacando las mismas
palabras en el mismo tono, puede lograrse [182] algo muy similar a lo que
antiguamente se hacía para retrotraer a alguien al estado angélico.
Para quienes lo habían experimentado, aquel retorno había llegado a
ser tan intenso, tan placentera la emoción que se sentía al sentirse a la
vez abuelo, padre, hijo y nieto espiritual de uno mismo, que ningún hombre
resistió la tentación de probar aquella magia que transformaba en paraíso
a este mundo tan inferior como efímero.
Ni siquiera el Señor Presidente, quien precedido por su escolta y
perseguido por sus colaboradores más cercanos, acudió impaciente a
«Samurai» a fin de constatar en carne propia la veracidad de esa fama, que
de alguna u otra forma, también era la mía.
Lo cierto es que en ningún otro lugar vivió las horas más dichosas ni
encontró mejor consuelo para esas náuseas que lo doblaban en cuatro cada
vez que al Honorable Congreso se le daba por rechazar sus leyes.
Ya no debes pensar en leyes ni en ninguna otra tiranía que no sea la
de tu cuerpo, le susurraba una voz muy dulce, mientras las manos de esa
voz le masajeaban el cuello.
Ni tampoco debes detenerte en tu carrera. Sigue aflojando las amarras
y respirando cada vez más hondo, hasta cuando sientas que el taimado
Parlamento se te disolvió en el sueño. [183]
Ese fue sin duda mi instante más glorioso. Los hombres de toda laya,
tanto los nuevos pobres como los que estaban estrenando su riqueza,
inmediatamente sentían el impacto de mi atractivo.
No había quien no asegurara que entrar en «Samurai» era como meterse
en otra época ubicada en otra galaxia, donde odios y miserias terrenales
desaparecían sin dejar ninguna huella.
A todas horas mis corredores semejaban mares, cuando llovía
sesgadamente y también cuando no llovía, porque entonces al mar lo
formaban las personas en base a cuyas vivencias fue hilvanándose mi
rutina.
Sin embargo, por ciertos indicios que sólo yo percibía, deduje que
algo nocivo se estaba gestando en la casa.
Ecos agoreros recorrían mis pasillos conduciendo siniestros
presagios. Repitiendo sin cesar que en Saburo se había abierto una grieta
por donde el final se venía infiltrando.
Con la respiración contenida, yo veía galoparle el corazón en el
pecho. Veía cómo la nostalgia y los recuerdos de su Kioto natal se
apretujaban los unos contra los otros sin dejarle un espacio libre. Cómo
tiritaba doblándose sobre sí mismo y con enorme esfuerzo, porque cada vez
encontraba menos aire y también menos calor. [184]
Costaba reconocer en aquel bultito achacoso, que apenas si ya
abandonaba el lecho, al ser humano excepcional que con todos congeniaba.
Se había puesto muy pálido y a susurrar algo que cada tantas palabras
terminaba con un: tengo que volver a Kioto antes de que sea demasiado
tarde.
El médico llamado de urgencia por las alarmadas muchachas lo revisó
exhaustivamente, concluyendo que Saburo no padecía de ninguna otra
dolencia que no fuera la de la edad: en febrero cumpliría los ochenta.
Veinte años más de los que yo habré cumplido cuando madure el cerezo,
acotó Mariko. La mujer que sin proferir queja ninguna, venía encargándose
de hacer las compras, asear las habitaciones y mantener en orden hasta el
más mínimo desorden.
Y estando ya entre las brumas de la muerte, el maestro reunió a las
acongojadas pupilas, haciéndoles prometer que nunca abandonarían a Mariko
y tampoco al gato Sinshú.
Descansa, buen hombre. Tranquilo. Fue la oración que en respuesta,
empezaron a musitar ellas alrededor de su agonía. Mientras Saburo hacía
denodados esfuerzos por retener la vida que se le iba yendo por la misma
pendiente jabonosa, que con su ayuda habían aprendido a trazar las
muchachas en las mentes afligidas. [185]
Nuestros dedos recorrerán tu cabeza y empezarás a relajarte. Te
abandonarán los problemas y tus dudas existenciales se reducirán a
ecuaciones tan simples, que hasta podrían ser resueltas por niños.
Cuanto más fuerte cierres los ojos más ligera se volverá la pendiente
por la cual te deslizas. Hasta que de pronto, como si en aquel rodar
vertiginoso se le hubiera soltado algún resorte, quedó así, con una
expresión que a la vez de irse acercando, parecía estar a mil leguas.
La expresión de alguien que, sin haberse ido del todo, no es capaz de
encontrar el picaporte para incorporarse nuevamente a la vida.
Después, como si a su muerte le hubieran crecido pulmones, permaneció
largo rato latiendo, respirando y latiendo. Y a mí se me ocurrió pensar
que no cesaría de hacerlo mientras no hubiera cesado aquel grito
insondable que se me había atascado por dentro.
Esa tristeza enroscándose a mis ventanas, inundando mis pasillos,
convergiendo en un solo y dilatado surco de vacío y soledad.
Entonces fue cuando quise tener manos para aprisionar su cara mustia,
ya cercada por los tules transparentes, y por las luces que, escapadas de
las velas, escurrían su temblor por las paredes, como pretendiendo
establecer allí la sede de su endeble tiranía. [186]
Tomar aquella cara inerte entre mis manos y movérsela llamándolo
Saburo Saburo, en todos los tonos y todas las veces que hubieran hecho
falta para que volviera a ser la cara pulcra y serena y bonachona que
siempre había sido.
Pero en lugar de concretarse mi esperanza, a medida que las horas
transcurrían aquella faz se fue tornando más incierta, cada vez más
parecida a esas cosas que por mucho estar guardadas se van poniendo
rancias. Y cuando el último Saburo se desvaneció en mis ojos, ya no supe
discernir cuánto de mí con él se había marchado, y cuánto aún me
pertenecía.
Todo lo que aconteció después se debió a un encadenamiento de hechos,
sin ningún valor en apariencia. Trivialidades que fueron cavando surcos y
sucediéndose con esa vocación bíblica de crecer y multiplicarse.
A causa de los apuros financieros y la inesperada hipoteca que
amaneció sobre mis espaldas, tuve que rebajar mis pretensiones y
resignarme a ser vendida por un precio insignificante. [187]
La vida, en su fluir implacable, va imponiendo esos relevos, haciendo
que la disciplina implantada por Saburo se desintegrase apenas éste
desapareció de escena. Y cuando doña Coca me tomó a su cargo, ya para
entonces la anarquía había alcanzado su punto más esplendente.
Tan repentinamente adelgazó Mariko con tanta tribulación a cuestas,
que los kimonos empezaron a crecerle, al igual que le crecían los ojos,
protuberantes y huecos.
También la voz se le fue quebrando. Y todavía más que eso: a tal
punto fue apagándosele entre los labios, que no se dejaba oír sino en
porciones, hasta volverse totalmente inaudible a la percepción humana.
Si su silencio era una decisión propia o si debía ser tomado como
algo irreversible, nadie lo supo nunca ni tampoco quiso saberlo.
Porque la verdad es que de nada le habría servido a la pobre
continuar hablando, en medio de aquel desbarajuste donde las muchachas se
pasaban el santo día adorándose el ombligo. O prendidas de una radio que
alternaba la cachaca con los romances iniciados en las obscenidades
descendentes de algún bolero y concluidos en el alarido ascendente del
vecindario.
Esos fariseos que se rasgan la indumentaria contabilizando las faltas
ajenas, mientras se desacomodan mejor el cristalino para no visualizar las
propias, exclamaba furibunda doña Coca. [188]
Calma. Calma, se repetía luego. Recapitulemos. Había que eludir
complicaciones pero sin eludir el hecho de que para poner orden en aquel
caos había mucho que hacer.
Esta casa ha pasado a convertirse en la prueba más palpable de que el
ocio es la madre natural de todos los vicios, farfullaba sin descanso doña
Coca.
Como siempre, madre soltera, sin ninguna intervención de varón,
coreaban con descaro las muchachas.
A estas seudogeishas había que bajarles los humos levantándoles la
dosis del amor por el trabajo. Y la casa necesitaba ser sometida a una
cura minuciosa de limpieza general, empezando, desde luego, por el nombre.
Era preciso reemplazar a «Samurai» por un nombre más directo y
lucrativo, que hiciera encabritar la sangre, difundiendo gozosos anticipos
en la aorta abdominoidea y en la cresta proximal del vientre.
Un nombre que permitiera salirse de los recorridos habituales de las
autopistas, sin acatar ningún otro itinerario que no fueran los nacidos de
un capricho inventado por la luna en la luna del ropero.
Allí donde lo real cede paso a lo ilusorio, y la felicidad termina
siendo una mágica evaporación de ambas cosas.
«La posta del placer» era perfecto, se dijo complacida doña Coca, y
yo también pensé lo mismo. [189]
No sólo me comunicaba cierto hechizo, sino que haría palidecer de
envidia a mis estridentes vecinas: las dos construcciones gemelas,
alardeadoras de una cultura que no iba más allá de su salón climatizado y
sus reproducciones cubistas.
Así fue como las 14 pupilas escondieron sus vergüenzas tras las 14
hojas de parra y volvieron a instalarse en el Edén.
Poco a poco, en la medida en que recobraron sus modales, afloraron
sus diversos atributos. Cada uno de los cuales fue censado e incluido en
una suerte de prospecto que doña Coca encuadernó en algo, que aunque
parecía piel de lagarto, ni siquiera se acercaba a una burda imitación.
Luego, con el fin de no caer en evidencias que acabaran suscitando
desacuerdos conyugales, armó un sigiloso paquete que con toda discreción
hizo llegar a los representantes de ambas Cámaras, a los del Cuerpo
Diplomático, al sacrificado Cuerpo de Bomberos, y en general a todos los
cuerpos que estuvieran listos a disfrutar 40 celestiales minutos en
completo regocijo.
Lapso precioso durante el cual se borrarían las aflicciones pasadas y
las que sin duda vendrían acompañando a un año que se pintaba como
excesivamente malo.
Pero malo solamente para los más pobres, porque para los otros
siempre serían épocas en que cada [190] quien podría tener su propia
pupila en su propio departamento.
De modo que ustedes deberán redoblar el entusiasmo, les recomendaba
doña Coca entre gesticulaciones y guiños. Y convencer al vapuleado cliente
que debido a la actual crisis bancaria, hoy por hoy han pasado a ser
ustedes la única manera no riesgosa de invertir dinero.
Claro que esa doña Coca fuerte y calculadoramente activa, ni por
asomo era entonces la viuda declarada que ahora es.
Yo la conocí siendo una vistosa morena, de senos frondosos, cintura muy
breve y unos ojos que vivían controlando las andanzas del marido, tan
minuciosamente como los de éste lo hacían con las ondulantes curvas de las
14 pupilas.
El día que decidas traicionarme, le advertía muy segura de cumplir lo
prometido, o acabarás por asilarte en la embajada más cercana, o te
acabaré dejando el cuerpo con tal cantidad de agujeros, que necesitarías
ser zurcido como si fueras un calcetín.
Pero aquellas amenazas, lejos de amedrentar a Valentín Luxación
Pereda, reafirmaban la evidencia de que las mujeres prohibidas y las
palabras cruzadas eran cosas para las cuales siempre tuvo vocación.
Cuando no estaba sumido en ensoñaciones donde su lujuria podía vagar
sin vigilancia, estaba a la pesca indolente de un vocablo que sin tener
más de dos [191] sílabas horizontales significara espacio intermolecular,
y de otro que con cinco sílabas verticales pudiera sustituir a léxico.
Lo cierto es que cuanto más caudalosamente aumentaban los ingresos
comerciales de Valentín y doña Coca, más inciertos y evasivos se volvían
sus contactos amorosos.
Tanto, que entre uno y otro ella tuvo espacio suficiente para que el
despecho de ese amor sin ningún destinatario, lentamente fuera armando su
venganza.
Le abriría una segunda boca a partir de ese lunar velludo que lucía
orillándole el pescuezo. Le pondría verde de París en la sopa. Le
rellenaría las albóndigas con Racumín al 100%. Lo desmenuzaría en tantos y
tan variados pedacitos que ni la paciencia de Penélope lo podría rehacer
de nuevo.
Casi todo fue previsto por la desbordada imaginación de la insomne
doña Coca, salvo que su escandaloso marido moriría por su propia cuenta y
riesgo, intoxicado por una compulsiva mixturanza de sexo ecologista, que
el salvaje combinó con una exacerbada sobredosis de orgías tibetanas.
Hasta agotar el placer en todos sus niveles y desde la simultaneidad macro
alegórica de 14 ángulos convexos.
De ese modo, como un contorsionista al que la muerte sorprendiera en
pleno vuelo, don Valentín partió sin despedirse de nadie y sin dar
explicaciones. [192] Aunque auxiliado por los últimos sacramentos y la
parroquial bendición del paí Juan Soto, quien debió pasar por alto la
bajeza de que aquel fornicador sin precedentes acabara copulando hasta con
las mujeres de los cuadros.
De qué manera el sacerdote hubiera podido no hacer la vista gorda, si
la puntual generosidad de doña Coca estaba ayudando a ampliar la nave
central de la Iglesia, cada día más angosta para tantos comulgantes.
Le faltaron municiones para su contienda amorosa, fue el luctuoso
comentario que empezó a rondar el féretro, sin conseguir ser apoyado ni
por un tercio de los que acudieron a expresar a la familia sus sentidas
condolencias.
En tanto que la gran mayoría sostuvo que nunca fue mejor guerrero que
entonces, al combatir por darse alegría al cuerpo, y no por ideales
abstractos, como hacían los políticos. Definiendo su deceso como un acto
de bravura que prolongó el velatorio unas cuantas horas extras.
Porque ocurrió que durante todo ese lapso y por la sola autoridad de
su capricho, al difunto continuó creciéndole la hombría. Y con tales
ímpetus, por cierto, que cuando el chisme descendió por los balcones y de
una casa fue infiltrándose a la otra, el asunto ya tenía proporciones
sobrehumanas.
Los creyentes, por su parte, catalogaron el hecho como un genuino
milagro, contra la cima del cual, de [193] vez en vez doña Coca descargaba
todo el rencor que la embargaba, propinándole un certero golpecito con la
punta del rosario.
El por qué no lo sabía. Quizá para volver a recuperar su contacto. O
para gritar mediante aquel gesto callado, que si el infeliz no hubiera
muerto tan repentinamente de lo que murió, sin duda habría llegado a
sitiales todavía más encumbrados.
Es muy posible que no se hubiera detenido sin antes obtener la
Presidencia de la Liga, o cualquier otra Presidencia. Total, en este
descarrilado país el único requisito para gobernar es admitir ser
gobernado, pensó intentando simular bajo disfraces políticos, la doliente
quemadura de aquella humillación siniestra.
En los días que siguieron, doña Coca se ocupó personalmente de borrar
toda huella que los pasos del infiel habían dejado estampillada en los
suelos de este mundo.
Cosa que al final no consiguió, porque para arribar al olvido hace
falta cumplir un derrotero cuya longitud es imposible establecer.
Debido a que se camina como pelando una naranja, siempre en redondo.
De manera que cuando más se afanaba doña Coca en olvidarlo, más brillante
se volvía el redondel por el cual don Valentín retornaba a su memoria.
[194]
En vano regaló sus pertenencias al hogar de ancianos. En vano
resolvió dar un toque de alegría a mis paredes maquillándolas con colores
sicodélicos. En vano hizo desaparecer aquel hueco de molicie dentro del
cual su cuerpo prosiguió columpiándose en la hamaca. En vano dijo que de
hoy en adelante ya no habrá en esta casa otras flores que no sean las
confeccionadas en papel chifón, por ser más quietas y más estables. En
vano sacó un mueble de acá para ponerlo por allá. En vano cambió las 14
jovencitas detonadoras del drama por 14 camas redondas que venían ya
acopladas a sus correspondientes espejos. Confabulados todos ellos en no
reflejar lo que era cada quien en realidad, sino aquello que cada quien
hubiera querido ser. En vano intentó traicionar la última voluntad de
Saburo, despidiendo primero a Mariko y en seguida al gato Sinshú.
¿Cómo hubiera podido hacerlo?, si aquella mujer en su silencio
pareció haberse mineralizado, y en su nostalgia aquel gato se fue haciendo
tan persona, que desde la muerte de su amo no tuvo otro objetivo en la
vida que el de morirse también.
Otro lunes empezaba cada lunes y doña Coca veía con cuánta rapidez la
felicidad se le iba yendo, escapada en círculos cada vez más lejanos, como
los que forma una piedra al ser arrojada al agua.
Había, pues, que aceptar el dolor inacabable de que se había quedado
sola, sin más futuro que el día [195] de hoy y sin más fortuna que sus
tres joyas: Topacio, Esmeralda y Amatista. Las bienamadas hijas suyas, que
desde el cielo el Señor le había enviado, como una manera dulce de
compensar aquel tedio de abstinencia y sacrificio que le había impuesto la
viudez.
Y si entonces se abstuvo de otorgar rienda suelta a sus instintos, se
debió no tanto a su metálica estructura de matrona insobornable, como a la
angustiosa escasez de lo que comúnmente suele llamarse un «buen partido»,
con el cual partir nueces sin ningún remordimiento.
Por eso, cuando don Nicasio se acercó a su vida, yo presentí que en
el ambiente algo a la vez siniestro y prodigioso se aprestaba a comenzar.
Algo dentro de lo cual yo también estaría incluida. Y también el
matrimonio Alderete. Aquel que por siquiátrica prescripción había acudido
a mí buscando el sortilegio que lograra restañar su intimidad malherida.
Claro que la rivalidad nacida entre el matrimonio Alderete y don
Nicasio Estigarribia por el protagonismo de esta historia, parecía
acentuarse a medida que el osado matrimonio se iba tomando más y más
atribuciones. Y hasta amenazaba con sacar del carril al argumento.
Naturalmente me tenía que tocar a mí que estos malvivientes se
empeñaran en moverme el piso, se quejaba don Nicasio de su mala suerte.
[196]
De algún modo había, pues, que eliminarlos, antes de que a éste se le
agotara la aureola de primer actor soberano. Y en consecuencia no tuviera
más opción que volver a ese limbo donde vagan un sinfín de personajes que,
por truncos y abortados se quedaron sin poder nacer.
Pero todo eso no aconteció de golpe sino que se fue gestando sin
prisa. Como tampoco aconteció de golpe que doña Coca viera encarnada en
don Nicasio la única y salvadora tabla a la que se podía aferrar para que
no se concretara su definitivo naufragio.
Primero debió convencerse de que aquel excéntrico hombrecito, pese a
no ser en realidad gran cosa, era sin duda preferible a nadie. Y
comprender después, por duplicado, que aquella insólita manía suya de
presentarse a celebrar completamente solo un acto cuyo número de
ofíciantes en ningún caso hubiera podido ser menor que dos; y aquel
extraño maletín, que fue lo primero que de él a ella le salió al encuentro
y cuyo contacto parecía conferirle la misma altanera prepotencia que le
hubiera conferido un arma, eran tan sólo nimiedades, que en ningún modo
alteraría su decisión final.
Porque evidentemente se trataba de una persona inofensiva, cuyos
encantos, por muy inaccesibles que estuvieran, ya tendría ella ocasión de
descubrir.
Y apretando el acelerador a fondo, decidió tomar la iniciativa, ya
que si no se despojaba ella de pudores [197] inútiles y no lo despojaba a
él de aquellos telescopios que utilizaba como lentes, nunca alcanzaría a
saber, siquiera de manera aproximada, con qué azulada ternura podrían
llegar a mirar sus ojos, y con qué enardecido verdor sentiría ella renacer
su piel al calor varonil de sus caricias.
Después de todo, hubiera sido injusto que a doña Coca la privaran del
derecho a rescatar por intermedio de Nicasio, lo que daba la impresión de
estar perdido para siempre: un compañero que le nivelara la autoestima
haciendo todo lo que Valentín Pereda no hizo.
Un ser compasivo que le prestara el hombro donde apoyar la pesada
carga de su trabajo. Ya que la competencia exigía que doña Coca se
levantara antes del alba y que su aún no poder acostarse se extendiera
hasta cualquier hora.
Alguien para cuya cabeza habría un lugar siempre guardado en la
esquina de su almohada. Un caballero que la colmara de atenciones y cuya
atención estuviese dispuesta a no perder el laberíntico cordón con el cual
había venido hilvanando sus desgracias.
La infidelidad del esposo pasaba y volvía a pasar por aquella especie
de escenario verbal que sus lamentaciones fueron armando. Una infidelidad
que asumía una mayor estatura a medida que transcurría el relato, y doña
Coca ponía especial énfasis en agregarle un nuevo detalle aquí, con
ramificaciones [198] bifurcándose hacia allá. Como si a cada momento se
trasmutara en un pan diferente saliendo del mismo horno.
Y de pronto, ante los ojos asombrados de Nicasio, el difunto dejaba
de ser quien era para convertirse en un genuino Lázaro levantándose de la
densa fermentación en que doña Coca se ponía a cocinar sus remembranzas.
No como una silueta inasible y fugitiva, cuyos contornos sólo se van
perfilando a partir de los fantasmas que ella misma convoca. Sino como un
personaje de carne y hueso, que con el correr de los meses pasó a formar
parte del ornato de la casa y la admiración de las encandiladas mucamas.
Las mismas que fingían sacudir las alfombras mientras veían al resucitado
circular alrededor de sus labores, con esa manera suya tan especial de
moverse, igual que si en lugar de zapatos le hubieran crecido dos alas.
Es realmente increíble que nadie escuche la súplica del pobre
Valentín Pereda, que sólo yo la perciba rebotando en mis paredes. Le
horrorizaba la perspectiva de pasarse la eternidad entera retorciéndose
como un ofidio entre las llamas del infierno. Por eso deambulaba buscando
misas y oraciones que le rebajaran la pena.
Pero volvamos a emparejar nuestro relato con el ceceoso andar de doña
Coca, mientras iba conduciendo a don Nicasio hasta la habitación 309.
[199]
Volvamos al atajo que a toda prisa ella debía descubrir para llegar
lo antes posible al corazón de aquel hombre, cuya inconmovible soltería y
cuyo desdén al matrimonio tal vez tuvieran su origen en el abandono dentro
del cual su padre alguna vez sepultó a su madre. O vaya a saber en cuál
otra malformación genética.
Porque para ser sinceros, don Nicasio ya no parecía tener fuerzas
para emprender nada de nada. Y yo ni siquiera sospecho qué requisitos doña
Coca hubiera debido llenar para que él se enamorara de ella.
A veces, las mujeres más cercanas son las menos vistas, y ciertos
caballeros, para encenderse, deberían perder la cabeza como los fósforos,
meditaba en voz alta doña Coca.
Sin embargo, don Nicasio no sólo no tenía intenciones de perderla,
sino que tampoco daba muestras de querer enemistarse con aquel viejo
sofisma, que se volvió añoso afirmando aquello de que el equilibrio total
del cosmos sólo puede ser mantenido si el cambio en una dirección comporta
otro cambio en la dirección contraria. Vale decir, si hay una permanente
discordia entre opuestos.
Y lo más opuesto que había a doña Coca era su hija Topacio. Esa
criatura ágil, dinámica, vibrante, en quien existía una inagotable
predisposición al cambio en cada línea, en cada sonrosada curvatura de su
piel, [200] permitiéndole ser incesantemente original y poderosamente
atractiva.
A diferencia de su madre en la cual, entre una originalidad y otra,
había un larguísimo intervalo, y cuya atracción, enfrentada con la de su
hija, acababa siendo prácticamente nula.
El azar arregló las cosas a su manera y fue conduciendo a Topacio
hasta aquel miércoles gris y algo lluvioso. Hasta aquella oficina de
Correos donde él había dilapidado las dos terceras partes de su existencia
poniendo sellos sin pronunciar palabras. Extraviado en la quimera de amar
y ser amado, que justamente ahora, a punto de ser pasado a retiro y harto
ya de contenerse, hubiera podido tal vez cristalizar.
Porque ella surgió ante él después de aquella gripe en que sus
defensas bajaron tanto, que una única mirada fue suficiente para que a la
sensación plena de sentirse enamorado, se agregara la certeza irreversible
de saber que iba a quererla por el resto de su vida.
¿De cuál otra averiguadora expresión parecía proceder la suya? ¿Qué
otros ojos, así de zainos y de grandotes, eran inmediatamente traídos por
aquel intenso mirar?
La buscó entre sus recuerdos más antiguos, a ver si por ahí tropezaba
con alguien parecido a ella. Pero [201] su memoria se encendía y se
apagaba en torno de una luz escurridiza que más que alumbrar deslumbraba.
¿Por casualidad tiene estampillas para el país de los ensueños?,
bromeó apenas ella, y don Nicasio necesitó hacer abstracción de los demás
ruidos para saborear a plenitud esa voz, advirtiendo que la emoción que le
latía en las manos, acarreaba en su bailoteo al martillito de poner
sellos, y ni qué decir al papel.
Luego pudo sentir que esa misma emoción enganchada a la respuesta le
ascendía por la tráquea, le colmaba los oídos, se le anclaba entre tantos
intentos fallidos por quebrar aquel silencio y decir alguna cosa, tantas
toses y estornudos, que este hombre, diagnosticó en su fuero interno
Topacio, más que estar listo para darme una respuesta, parecería estar
dispuesto en cualquier instante a entregar el alma.
Las estampillas... volvió a insistir, y en seguida el pasado fue
acudiendo sin esfuerzo. Una imagen acabó enlazándose con otra y otra más
hasta que Zoraida se desprendió de las tinieblas. La Zoraida de su
juventud. La misma que al no poder quererlo había dejado a oscuras el
mundo para él.
Y pudo rescatar su sonrisa con hoyuelos en la risa y los hoyuelos de
Topacio. Y el impacto fue tan formidable que la velocidad con que le
bombeaba el corazón se tornó inconstante y caprichosa. Por momentos
semejaba un corazón que anduviera [202] cojeando y sin ninguna batería, y
de a ratos palpitaba casi a un ritmo de torrente.
Todavía sin poder abrir la boca y escondido tras los lentes, la espió
maravillado, observando con deleite la perfecta sincronización de sus
movimientos cuando levantó apenas la mano en señal de despedida. Para en
seguida expresar en unas pocas palabras que ahora debía irse porque se le
estaba haciendo tarde, pero ya regresaría un día de estos, cuando él
hubiera recuperado el habla.
Entonces, para que su partida no le produjera la impresión de que por
segunda vez le estaban por quitar algo valioso, hizo lo que con ninguna
mujer había hecho: la siguió.
Anduvo una extensión que le pareció infinita. Caminó sin pausa, sin
esa menor vacilación que hubiera bastado para echarse atrás, impidiendo
que con él comenzara a repetirse la locura que venían cometiendo los
llamados viejos verdes.
Una locura que lo indujo a recorrer media ciudad, atravesar olores
crudos y cocinados, hojas de parra y hojas de laurel, grandes mansiones
que veían ir menguando su prestigio al tener que compartir el barrio con
pocilgas miserables. Hasta toparse por fin con mi fachada, y hacer un
gesto de sorpresa al comprobar que yo no era el hotel que él creyó al
principio, ni tampoco la pensión decente, sino una casa donde al amor se
lo alquilaba por horas. [203]
Y tras haberse evaporado la silueta de Topacio, desde el fondo del
pasillo empezó a emerger de pronto, la figura pendular de doña Coca.
¿Deseaba alguna cosa el caballero?, le inquirió auscultándolo de
arriba abajo.
Una habitación, respondió en el tono ceremonioso que empleaba con
frecuencia. Ignorando cómo había llegado hasta allí, pero sabiendo con una
certidumbre que le venía desde la adolescencia, con qué finalidad lo había
hecho.
Encontrar en Topacio la dulzura de Zoraida era la magia que venía
persiguiendo, para que de hilvanar aquellas dulzuras fueran naciendo otra
vez sus versos.
Para proclamarla reina de un imperio donde él redactaba las leyes y
las suprimía a su antojo. Para que a fuerza de metáforas y rimas todo lo
inerte volviera a cobrar vida.
La sucesivamente lánguida y parlanchina y melancólica Topacio, quien
a instancias de su madre actuaba como espía y también como ordenanza.
Para cumplir con lo primero, por nada de este mundo ni del otro,
deberán ser apartadas tus orejas de la habitación 309, y mantendrás los
ojos abrochados al ojo impar de la cerradura. Eran las instrucciones que
doña Coca le impartía diariamente, ansiosa por penetrar en los meandros de
esas historias donde todo parecía no ser chicha ni tampoco [204] limonada,
ni estar dotado de otra cosa que no fuera una honda y ambivalente
oscuridad.
Y medirás cada cric crac de sus articulaciones, cada matiz de sus
numerosos suspiros, para detallármelos luego cuidadosamente.
Y si dejaba de cumplir con lo segundo, don Nicasio no hubiera sabido
qué hacer sin aquella presencia que oscilaba hipnóticamente a escasos
centímetros de su puerta.
Enredada en un interminable ir y volver de informaciones, de recados,
de consultas, repitiendo que perdone usted la molestia pero mi mamá le
manda decir si no le gustaría una limonada caliente.
Y la palabra caliente lo ponía en carne viva, proyectaba ecos que se
paseaban por la alcoba, lo seguían por todas partes, formaban como una
estufa de ecos amarillos calentándole las noches al igual que un mediodía.
Aunque no todo eran flores para don Nicasio Estigarribia, porque
cuando no era hostigado por el matrimonio Alderete, que seguía escalando
posiciones sin haber cedido un ápice, tenía que arriar banderas y batirse
en retirada ante los sólidos avances que emprendía doña Coca.
Ni el amor que sentía por Topacio, ni las admiradas rimas de Bécquer,
su colega, bastaban ya para aliviarle tanta tensión. Se lo notaba
cabizbajo, taciturno y más hermético que nunca. [205]
En algo grave yo supuse que debía de andar, porque se fue operando en
él un deterioro de progresión tan virulenta, que de seguir envejeciendo a
ese ritmo muy pronto habría pasado a convertirse en su propio bisabuelo.
Caminaba tanteando las paredes, mientras en medio de un salmo
inentendible, por turno se encomendaba a la Virgen María Santísima, a su
bendita madre Adelaida, a la despistada Liboria, contra cuya memoria, en
algo que semejaba un latín rudimentario, echaba pestes todas las mañanas,
para volver a hacer las paces antes del atardecer. Invocando finalmente a
todos sus amigos del bar «Los jubilados»; a Teófilo Moscarda, a Filomeno
Barboza, al entrañable Carmelito Anzuaga, para que todos vinieran a
rescatarlo de aquel lugar de perdición.
Pobre don Nicasio, me ponía yo a pensar cuando lo veía dar vueltas y
más vueltas como intentando rescatar de entre aquellas remembranzas su
propia identidad perdida.
Pero en seguida me asaltaba el bichito de la duda porque, ¿no estaría
haciendo acaso él lo que muchos grandes hombres quienes, al quemar las
papas, resolvieron retirarse de la historia pretextando no estar en sus
cabales? Ni negarlo categóricamente ni categóricamente afirmarlo en
realidad hubiera podido.
Lo verdaderamente cierto es que fue entonces cuando se formó aquel
revuelo en torno de algo que [206] cuanto más crecía menos factible se iba
haciendo de mantener en secreto, a causa de los gritos con que la mucama
anunció la trágica noticia.
Un anuncio junto con el cual me fue dada la clarividencia necesaria
para comprender que era aquel exactamente el punto desde donde partiría el
comienzo de mi ruina.
¡Hay dos fallecidos en la habitación 308!, exclamó en el tono
utilizado por los vientos que preceden a las grandes tempestades. Y todos
tuvieron la nítida impresión de que la muerte del matrimonio Alderete
actuó con la misma potencia expansiva de un tembladeral de tierra.
Todavía los estoy viendo en el vasto lecho nupcial, tan radiantes y a
la vez tan llenas de placidez sus caras, tan precisa la coordinación que
había en su pétrea inmovilidad, que se hubiera dicho que la suya no era
sino una muerte de artificio que maliciosamente habían fraguado los
espejos.
Hasta los flashes fotográficos y los bolígrafos de la prensa estaban
pendientes de aquel vapor de incertidumbre que por doquier se respiraba.
¿Qué iba a pasar?
Como era de prever, por una de mis puertas ingresaron los
representantes de la justicia y por la otra, los uniformados de la
policía, cuyas diferencias de criterio estuvieron a punto de promover una
[207] conmoción interna de mucho mayor envergadura que la que habían
venido a sofocar.
Debido a que los primeros, luego de hacer un pormenorizado recuento
de cómo y cuándo los habían encontrado, quiénes los habían visto por
última vez y en cuáles circunstancias, se cubrieron las espaldas al
inclinarse por el clásico suicidio. Algo así como yo te mato, tú me matas
y al espejo que lo mate el tedio.
Mientras que los segundos, al cabo de ir soldando un pedazo por acá y
otro pedazo por allá, lograron malcomponer el macabro desenlace, alegando
que la cosa era sólo un accidente, que con ser involuntario, estuvo
inscripto desde siempre en la carta astral de ambos.
Hasta que por último, tras un largo titubeo entre el clásico suicidio
y el accidente involuntario, y de haber desestimado por ineptas aquel par
de conjeturas, el forense acabó dictaminando: muerte por partida doble,
sin que en ella fuera hallado ningún signo vejatorio ni de ninguna otra
implicancia que no estuviera en relación directa con la irrefrenable
voluntad de Dios.
Sólo mis paredes intuyeron algo que yo no me arriesgaría a confirmar
sin estar del todo segura. Porque, ¿no era acaso un desatino pensar que
aquellos infortunados seres hubieran conseguido finalmente liberarse de la
antimateria que les impedía respirar, [208] para caer luego abatidos por
la paradoja de no haber podido sostener la carga de tanto amor
reconquistado?
Tal vez la circunstancia de que mis pasillos lo escucharan todo,
desde lo menos grave hasta lo planeado dentro del mayor secreto, fue lo
que me hizo maliciar la posibilidad de que si don Nicasio hubiera hablado,
se hubiera podido detectar la fisura por la cual principiaría a
concretarse mi derrumbe.
Más que una sospecha, fue en verdad como un presagio que me expuso a
un combate mitológico liberado por presencias aún más duras y resistentes
que los materiales de que estoy compuesta.
Porque don Nicasio, desde luego, también se hallaba entre los
sospechosos, y en tal carácter fue asimismo interrogado.
Respondió con vaguedades, cuando no con monosílabos que dejaron a los
encuestadores especulando sobre lo que quiso esconder cuando dijo que no,
y volteando los quién sabe, los quizá y a lo mejor al derecho y al revés,
sin haber logrado otra cosa que no fuera añadir una nueva oscuridad a las
muchas anteriores.
Oscuridad que aprovechó don Nicasio para retirarse a descansar con el
debido respeto de todos y volver de esa manera a encerrarse en su
habitación.
Yo, que demasiado bien sabía el horror que para él significaba estar
preso en Investigaciones, mantenido por días enteros a tan sólo pan y
agua, [209] para que minado en su sistema inmunológico y al errar algún
detalle, lo invisible se volviera del dominio público, y su foto estampada
de perfil en los periódicos, revelara a los cuatro vientos su alevosa
intervención en el diseño del crimen.
Yo, que he visto morir al matrimonio Alderete y que sé cómo murieron.
Yo, que asistí a sus dudas y sinsabores, comprendiendo lo que nadie
hubiera podido comprender, no alcancé sin embargo a percibir qué dosis de
verosimilitud y qué porcentaje de no verdad colaboraron en la repentina
desaparición de don Nicasio Estigarribia.
Una ausencia que reflejó a la habitación 309 en el más completo
desamparo. Como sí al irse acumulando, el vacío hubiera roto allí dentro
una compuerta, y todo lo que don Nicasio escuchó decir de su progenitor
penetrara compulsivamente en el mismo espejo que, un minuto antes, lo miró
partir sin retener su imagen.
Que lo dejó escapar como un ladrón por la ventana, apresando, en
contrapartida, los distintos episodios de la maquinación dantesca. Aquella
de la cual nada supo doña Coca ni tampoco lo supieron las tres hijas, y
que resucitó ilusoriamente a su padre.
Aquel personaje inmóvil, que miraba hacia el pasado con los ojos
secos. Igual a una estatua que hubiera sido esculpida con la gorra de
Comandante [210] en Jefe calada hasta las orejas, el pecho tachonado de
medallas, y esa aura trágica en que suelen verse envueltos los militares
retirados.
Y atendiendo al hecho de que siempre lo soñara como un general de
hierro, don Nicasio tuvo que buscar su rumbo con un detector de metales.
El mismo que se oxida y languidece en la medida en que lo hace el polémico
maletín, que quedó allí abandonado, junto a 17 lacrimosos libritos de la
colección «Desventuras», 4 ó 5 fragmentos de la Divina Comedia, y algunos
sonetos compuestos por don Nicasio en persona, cuya calidad literaria no
me corresponde, desde luego, a mí juzgar.
A la mañana siguiente estallaría el polvorín, cuando él estuviera
bien lejos. Lejos del espejo dentro del cual yo pasaría a convertirme en
esa arrinconada penumbra donde reposan las cosas olvidadas.
Más allá de mis pasillos, mis ventanas, los antiguos moradores de mis
cuadros y hasta de incluso esta historia, que tras numerosos intentos por
seguir andando, lanzó aquellos tres largos suspiros y también enmudeció de
golpe.