Raquel Saguier - La vera historia de Purificación
A mis tres mujeres: Leticia,
Adriana y María Paz.
Prólogo
Si La niña que perdí en el circo era un intento desesperado de
recuperar la infancia perdida apelando a reminiscencias históricas,
anécdotas familiares y fantasías de niña, la segunda novela de Raquel
Saguier tiene otras pretensiones temáticas y estilísticas. En efecto, en
su primera obra de ficción Raquel había recurrido al tono lírico -una
prosa casi poética- para expresar recuerdos perdidos en el inconsciente
del personaje. Ahora, narra las vicisitudes de una existencia dolorosa y
agónica: la vida de Purificación Vera -huérfana de nacimiento-.
Sus dos tías solteronas -mojigatas de viejo cuño- no le brindan ni
amor ni consuelo: el fantasma de la madre, muerta de parto, ronda la vida
angustiosa del personaje. Ambas beatas sólo viven para espiar al prójimo y
jactarse de su abolengo. Son las guardadoras del honor familiar y de la
rancia tradición de una nobleza perimida y caduca. Sentadas «sobre sus
decentes nalgas» predican una moral pacata y victoriana a Purificación
-pariente pobre e hija bastarda-.
La heroína de la historia sueña con liberarse de las garras de arpía
de estas hembras frustradas, apelando al arma inexpugnable de la
imaginación. La tarea -perversamente moralizadora- [8] de Santa Rosa y
Santa Librada no logra convertir a la sobrina en el dechado de decencia y
virtud esperado.
En densos capítulos -de sorprendente profundidad psicológica- la
autora describe el largo y sinuoso proceso de condicionamiento moral al
que es sometido el dúctil espíritu de Purificación. El aprendizaje es
arduo y riguroso: se realiza por medio de sermones y ejemplos dignos de
imitación. Sin embargo, ella no se somete del todo a este entrenamiento
sutil; se rebela sistemáticamente contra el adoctrinamiento falaz,
apelando a su naturaleza sensual y apasionada. Ante la opresión familiar
surge la resistencia de su carácter indómito. Su sangre y su estirpe
luchan contra las corrientes cenagosas y oscuras de las cuales sus tías
son instrumentos. Fuerzas retrógradas que se alimentan de una tradición
apolillada por siglos de encono y amargura.
Las marchitas beatas pretenden convertirse en la conciencia
persecutoria de la joven: en una instancia represora del instinto sexual.
Se trata de cegar la savia vital de Purificación: de mutilar y castrar su
femineidad. Casi lo logran, a fuer de machacar con insistencia sobre los
protocolos del decoro y del pudor. No obstante, ese ambiente rancio de
viejas achacosas y malignas no logra torcer la férrea voluntad de
liberación que impulsa a la huérfana.
En los siguientes capítulos vemos cómo su descubrimiento de la música
la llevará a develar las fuentes de la vida y del placer a través de las
sinfonías de Beethoven y las hábiles manos de su maestro de solfeo. Esta
combinación de música y erotismo indica un «tempo» y un ritmo peculiares
en el desarrollo de la novela. Los capítulos se suceden como en una
partitura [9] musical: con «crescendos» y «diminuendos» que reflejan el
humor de los personajes y la atmósfera de las secuencias. La ironía y la
sátira no están ausentes en esta obra: constantemente afloran en momentos
álgidos y de extrema lucidez.
Presenciamos, más tarde, la «caída» y subsecuente juicio de
Purificación Vera en una especie de tribunal inquisitorial. Previamente,
tenemos una inigualable descripción de su vida conyugal: el marido banal,
los hijos y sus exigencias esclavizadoras. El casamiento ha sido de
conveniencia, la sobrina no ha tenido la opción de elegir: sus tías la han
vendido al mejor postor. El verdadero amor lo descubrirá más tarde, fuera
del lecho marital. Los acordes de la Novena Sinfonía la introducirán en
los placeres de la carne, los delirios de la sangre, los ciclos cósmicos.
Todo ello bajo el ritmo parejo de la lluvia y la complicidad muda de los
seres y de las cosas.
Pero esta orfandad «es una herida que nunca cicatriza» y sólo el
retorno al vientre materno podrá aliviar el trauma del nacimiento. De ese
modo asistimos a una magistral descripción del momento crucial de su
existencia: su nacimiento y la muerte de la madre. El volver «al sitio del
que nunca hubiera salido» es la única forma de paliar las carencias de la
orfandad.
Otro capítulo inolvidable es aquél donde se describen los estragos de
la vejez. En una suerte de disgregación final, se nos presenta la imagen
de un ser corroído por el tiempo y la memoria, tratando de salvarse del
naufragio ineludible: la muerte. Este capítulo es, en realidad, una
meditación inmisericorde sobre la muerte en vida. Aquí, un ser humano se
da cuenta, al final de su existencia, que ha sido postergado, que ha dado
[10] todo de sí pero no ha recibido nada a cambio. Decide, por lo tanto,
vivir intensamente los instantes que le restan, como compensación por los
momentos perdidos.
En la penúltima sección se produce el desenlace
«orgasmo-muerte-liberación» en una caleidoscópica descripción de éxtasis
sexual rayano en lo místico. Finalmente, en el último capítulo, la
protagonista se pregunta «si todo lo ocurrido no fue sino un sueño». Pero
no. Las dos copas de vino y el disco de Beethoven están allí como mudos
testigos para indicar lo contrario.
Creemos que La vera historia de Purificación es una obra que
constituirá un hito en nuestra narrativa actual. El vigor de la prosa y la
desbordante imaginación de Raquel Saguier se conjugan para crear una
novela existencial de gran calidad literaria. El duro oficio de ser mujer
en una sociedad patriarcal, inficionada de hipocresía y autoritarismo, es
el tema fundamental de la novela. La protagonista se liberará a través del
amor verdadero y del arte: dos fuerzas que siempre han desafiado al
despotismo.
Osvaldo González Real [11] [12] [13]
Por primera vez me he salido del molde. Por primera vez he dado un
mal paso después de los tantos buenos como di en la vida. Siempre pensé
que una cosa así debía dejar remordimientos. Ahora veo que es todo lo
contrario: una felicidad noble, sin precedentes, inédita. Algo similar a
lo que debió sentir el primer hombre en el primer contacto. Un placer que
antes no existía, que él iba creando, creando en cada placer sensaciones
nuevas. Primicias que unas manos sabias y musicales reparten sobre mis
brazos, mis rodillas, sobre mis piernas. Me dibujan igual que si yo fuera
saliendo de ellas. Y en ese instante sé exactamente quién soy; reconozco
mi cuerpo, lo veo, lo escucho, lo siento otra vez como si regresara a él
después de un largo viaje. Mientras todo lo demás va perdiendo
consistencia, se evapora, es aire. Parajes enteros de mi vida, la vida
entera, se han disuelto en una realidad tan vaga, tan lejana que casi me
parece una ficción. [14]
Tampoco sé el tiempo que transcurrió, ni si fueron varias las horas o
fue una sola, enorme hora multiplicada por la magia. El cucú cantó las
tres pero sin indicar de cuál de las tres se trataba. Entonces fue cuando
supe que el cielo no estaba tan lejos como yo creía, porque de alguna
manera había ingresado en él, en una ingravidez lluviosa, de duración azul
y casi infinita, donde no me acordaría que había olvidado lo que siempre
debería recordar. Donde de pronto cesaban los minutos, maravillosamente
iban cesando, retardándose uno a uno, cada vez más tenues, más suaves,
como se agota una sombra, como desaparece un sueño, y empezaba aquella
hora que no es de día ni es de noche, en la que sólo transcurrían sus
manos. Empezaba aquel estar en todas partes sin estar en ninguna, sin
pensar en nada, solamente sintiendo, o tal vez sólo pensando que
necesitaría de todos los elementos del universo y ser al mismo tiempo
agua, viento, arena y fuego para expresar lo que siento.
Y luego, ese universo no fue más que sonidos. Aquella melodía
levemente ascendiendo sobre la música del agua. Él me dice que es
Beethoven, la Novena Sinfonía que ahora se iniciaba apenas, con notas
demoradas, lentas, hilvanando una frase vacilante aún y algo insegura del
camino, y que luego, al llegar a cierto punto, cuando me había habituado a
su pereza, bruscamente [15] cambiaba el rumbo, se hacía más rápida, más
intensa, se hinchaba como si los violines la hubieran ido preñando por el
camino y ya no se distinguían sus límites, ni su principio, ni su término.
Parecía que los instrumentos se hubieran puesto de acuerdo con
aquellos dedos, dividiendo la caricia, multiplicándola, ejecutando los
sortilegios necesarios para prolongar por un milenio el prodigio.
No es la música. Son sus manos las que suenan. Manos que inventan
luciérnagas. Manos que pasan y arrastran fulgores. Me sería imposible
decir qué les falta a esas manos para hablar. Casi nada les falta porque
hablan. Me dejan correr por la piel esos acordes. Me los ponen como si
fueran palabras. Y mucho tiempo después de que el placer se hubiera
sosegado, conservo todavía sus resonancias. Aquel calor me seguía. No
estaba definitivamente apagado sino que seguía y seguía, igual a esa
lluvia increíble que hace dos siglos no para.
Quizá llueva como llovió toda la vida, pero ya no recuerdo otra
lluvia, ni otro calor, ni otro silencio. [16] [17]
¿Y cuál sería el sentido de las dos tías en mitad de aquel silencio?
Porque de pronto, de alguna extraña manera que no sabría explicar, me
las encontraba de nuevo. Eran ellas, no cabía duda, las dos tías con sus
dos nombres de santas y un apellido de tan largo copete, que por línea
bastante intrincada, colateral e inconexa, terminaba por emparentarse con
la nobleza de España.
Las mismas que un día, con la condición de que respirara bajito,
habían dado albergue, no a la sobrina lejana, sino a esa especie de errata
clandestina que la vida cometía con ellas. En atención a que -mal que les
pesara- yo pertenecía también al rebaño de los Vera, donde no había habido
una sola oveja descarriada desde tiempos ignotos, y que en consecuencia,
no correspondía que anduviera a los tropezones por esos andurriales de
Dios.
Por un instante creí hallarme en la cueva de una pesadilla, pero no,
porque mis [18] ojos estaban despiertos y ellos podían reconocerlas. Sí,
allí estaban, todavía con sus rasgos de montaña, Santa Rosa y Santa
Librada, guardando bajo siete llaves la honra de la huerfanita, mientras
discutían la jerarquía de los pecados y crochereaban sin tregua, al punto
de que cada mesa, mesita, mesada y cuanta superficie horizontal había en
la casa, estaba cubierta con una carpeta del virtuoso tejido.
Santa Rosa y Santa Librada, las mismas de toda la vida, rancias,
insensibles, recónditas, verdosas de tan viejas, sentadas sobre sus nalgas
incólumes de acrisolada decencia, fácilmente acomodable ésta a una rutina
sin hombres, ya que ninguno las había mirado dos veces; y cuya diversión
permanente constituía el almacén de don Policarpo, justo ubicado a tiro de
la tranquila impunidad de sus respectivas ventanas, desde donde se
informaban no sólo de los usos y costumbres del local, sino incluso de su
concurrencia, matando en el deleitoso trabajo de espiar la vida ajena, su
infinito tiempo de solteronas.
Dos señoritas nuevas pobres -lo cual justificaban diciendo que habían
decidido hacer voto de pobreza, aparte del de castidad- que si alguna vez
tuvieron fortuna, tuvieron también dos hermanos bohemios, descreídos y
radicalmente ineptos para ganar dinero: Juan Evangelista y Evangelista
Juan, tan fanáticos opositores [19] al matrimonio y al gobierno, que
vivían repitiendo este país no tiene arreglo, ni una cura de sueño lo
salvaría, y ninguna falda merece que un hombre pierda su libertad por
ella.
En cambio la cerveza era otra cosa. ¿En qué mujer hubieran podido
encontrarse sus excelsas cualidades? Hembra de buen juicio, la cerveza,
cuanto más fría al principio más caliente después, jamás envejece ni se
pone agria, fiel como ninguna, dócil, complaciente, segura, grata al
paladar y lista para servir sin exigencias de trapos. Además, recuerden
que Adán no habría tomado esposa si antes no lo hubieran dopado.
Nunca estaban en la casa, y las pocas veces que estaban, mandaban
decir que no estaban, ya que por lo general se trataba de algún cobrador
impaciente.
Entraban y salían con la novedad de que siempre había un complot
vernáculo nacionalista con ramificaciones en toda la república, que podía
estallar en cualquier momento, de forma tal que un aldabonazo del cartero,
una puerta cerrada repentinamente, una carne golpeada con el mazo, un rayo
caído en seco sin previa descompostura del cielo, promovían sobresaltos de
ya comenzó el jaleo.
Así vivían, sumergidos en la loca fantasía de que el mundo iba a ser
alguna vez una cariñosa comunidad de libres y fraternales conspiradores,
ocupando la [20] mayor parte de su tiempo y buena parte de su fortuna en
estériles conciliábulos políticos con correligionarios del barrio, que
tenían lugar en el café de la esquina, donde tejían solapadas intrigas
mientras aparentaban leer el diario, hablando casi en susurros -por miedo
a las represalias-, entre rondas de cerveza e interminables partidas de
truco, de los cambios que necesitaba el gobierno, sin ponerse nunca de
acuerdo, e incluso yéndose a las manos por tal o cual hijo de puta.
Y cuando el alcohol se les había subido muy alto, pasaban a hacer un
recuento de la campaña proselitista, lo hecho hasta ahora, lo que se debía
hacer: una vasta operación de limpieza, de modo a acabar con una autoridad
que había ascendido al poder por un golpe de estado y venía jorobando la
paciencia con sus desmanes y arbitrariedades desde que había memoria,
elaborando, con dicho propósito, planes estratégicos de tan dilatado
alcance, que para ejecutarlos se habría precisado poner en movimiento una
red de espionaje parecida a la que un país exige durante una guerra fría,
con los concomitantes riesgos del contraespionaje, ya que no debía
soslayarse la evidencia de que todo espía puede ser también espiado y
contra eso no hay tu tía. Y de este cálculo sacaban pretexto para beberse
un último traguito, que comúnmente quedaba en penúltimo. [21]
Todo lo cual, acompañado de periódicos viajes de conspiración al
extranjero, había ido encogiendo las extensas propiedades familiares hasta
dejarlas reducidas a aquella vieja casona y a lo extraño de su enorme
puerta, tan sometida a la rigurosa disciplina de permanecer cerrada
siempre, que adquirió una fuerte inclinación a cerrarse sola, persuadida
por la oxidada rutina de sus añosas bisagras, y más allá de la cual sólo
se me permitía pasar las tantas veces por semana que concurría a la
escuela, y la otra vez los domingos, cuando asistíamos a la única misa de
la única iglesia del pueblo.
Rodeadas de la incierta claridad del día que aún no terminaba de
instalarse, cruzábamos la calle principal, en procesión jerárquica:
delante las dos hermanas, enfundadas en un luto unánime -que incluía
también las ideas-, atiborradas de medallas, de escapularios, de chales,
con un rosario en la diestra y en la siniestra un abanico con el que
batían el aire, seguidas por la escuálida niñita que en ese entonces yo
era, diluyéndome detrás, conservando de ellas la exacta distancia que me
habían fijado y que, de tanto en tanto, con movimientos giratorios de
cabeza, se encargaban de verificar. Y cerrando el breve cortejo marchaba
Hilaria, portando dos almohadones ribeteados de crochet y las iniciales
familiares bordadas al realce, que [22] harían más placenteras las
genuflexiones de las tías.
Apenas transponían la puerta, zambullían las manos en el agua bendita
y se persignaban con un frenesí que iba de norte a sur y de este a oeste,
e inmediatamente después, como para que los santos las pudieran ver sin
interferencias, se acomodaban en los bancos de la primera fila, sitio que
les pertenecía gracias a quién sabe qué antiguo derecho de prescripción
adquirida y guay del que se lo disputara.
Desde entonces pasaban a comandar la misa, tomando la iniciativa en
todo: en ponerse de pie o de hinojos, en sentarse, en hacer resonar su
óbolo en el plato de las limosnas y en incorporar sus desvencijados trinos
al armonio del padre Romero. En cada uno de los Amén, y en llevarse con
fruición la mano al pecho, en medio de exclamaciones diversas,
pronunciadas en las más diversas instancias. En detectar con piadosa
anticipación cualquier pormenor digno de comentario, y lo comentaban a
fondo mediante un convulsivo intercambio de codazos. Y ahora, a la vuelta
de los años, las tenía de nuevo enfrente.
Percibí sus miradas frías en medio de mi calor. Me sentí recorrida a
través de sus [23] lupas de las que nada escapaba y nada era posible
esconder. Por algo eran reconocidas como los archivos seculares del
pueblo, puesto que sabían, con precisión de segundos, todas las fechas
exactas de todo lo acontecido: lo de antes y lo de ahora. Quién era quién
y de quién era pariente. De quién es, de quién fue y por cuáles
circunstancias dejó de serlo. A qué distancia queda y por dónde se va. De
dónde ha venido, qué viento lo trajo, qué vientre lo parió.
Cuáles eran las recatadas del pueblo, cuya anémica lista, desde
luego, la encabezaban ellas -porque la decencia es algo que se transmite
en la sangre y que lleva nuestro apellido- y cuáles las sospechosas del
mal camino, las señaladas con el dedo para que nadie las confundiera. Una
porque andaba muy pintarrajeada y muy corta de polleras; la otra porque
tenía el busto o las posaderas más grandes de la cuenta y eso por algo ha
de ser.
Sabían quiénes se habían muerto, a qué hora, a qué edad, de qué y en
qué estado espiritual habían exhalado el último suspiro, gracias a lo cual
podían predecir, sin equívoco posible, el tránsito ascendente o
descendente del occiso.
Sabían quiénes se habían casado, con quién y de cuánto había nacido
el primogénito. Dato que les permitía averiguar, accionando dos o tres
dedos, a lo sumo [24] cuatro, con aspavientos de tragedia griega y bruscas
lipotimias, de cuánta panza encubriendo la pasión nefanda había tenido que
apresurarse el casorio.
Ya no hay nueve meses canónicos. Ya está cerca el Apocalipsis. Apenas
un mes de casados y Porfiria Bernal anda redonda como de siete. Y de
Remigia Aguilar, ¿qué me cuentas? Bien decía yo que por allí había
trampita. Algo me hacía sospechar que aquello era embarazo. Qué
inflamación del útero ni ocho cuartos. Una inflamación de tres kilos nada
menos y que nació llorando, por obra y gracia de algún espíritu que poco
debió haber tenido de santo. Si las cosas siguen así, las mujeres darán a
luz al día siguiente de las nupcias. Si encuentran el candidato que asuma
las consecuencias. Esas desvergonzadas deberían llevar las catorce
estaciones del Vía Crucis a ciento cuarenta y multiplicar los rosarios y
multiplicar las jaculatorias... ¿y a esta rapaz quién la ha llamado?
Muchachita fisgona que se tiene que andar enterando de lo que no le
importa. Vuélvete al patio de los fondos y de allí no te muevas.
Esta rapaz sabía lo que ahora le iban a decir. He crecido escuchando
sus sermones. Empezarían clamando a Dios qué habremos hecho para merecer
esta ignominia. Tan luego a ellas, que se pensaban depositarias de un
tiempo anterior a la Caída y a la expulsión de Adán del Paraíso, [25] que
habían dedicado su existencia a luchar contra el libertinaje, la
corrupción de las costumbres, la peste del sexo, con conmovedora devoción
e inquebrantable persistencia. A ellas, que habían guardado la castidad
hasta en las comidas, ya que no probaban la carne ni los huevos para no
contaminarse. Precisamente a ellas, que se habían pasado la vida
enseñándome decencias.
La primera lección que aprendí de las tías consistió en controlar la
lengua, los oscuros consejos del instinto, incluso las manos, porque si se
quedan sueltas, vuelan más alto de lo que yo quiero que vuelen. Y esta
lección fue de una dificultad tan portentosa, que con mucho menos esfuerzo
hubiera aprendido esperanto.
Todo era un mismo evangelizarme mediante el dogma del silencio, un
hacer en cada instante lo debido y de cada hora una acción de gracias por
los favores que me dispensaban -deudas de gratitud tan grandes que en
todos los días de mi vida no alcanzaría a saldarlas-, un ceñirme por
entero a aquel catálogo de prohibiciones y de imposiciones colocadas
simultáneamente.
No había que sacar los ojos de donde debían de estar, clavados en el
suelo siempre, ni andar por ahí tan distraída, tan mirando el aire como si
vieras cosas. Tu voz hace pensar que estás pecando, aunque estés rezando.
[26]
No debes estrechar la mano más tiempo de lo conveniente, y evitar
cualquier saludo que se prolongue demasiado, y por elemental precaución no
demorarse en el aseo de las «malaventuranzas», nombre con que ellas
escamoteaban las regiones pudendas. Entonces, ¿qué tanto es lo que haces
en el baño, cuando sabes que ese lugar es la sucursal del demonio, que de
estar demasiado allí empiezan las tentaciones?
Tenía que dudar siempre de que las cosas fueran lo que aparentaban
ser, porque el maligno es muy astuto y posee disfraces de ángeles; pero
dudando con suma cautela, para no caer en los excesos de ambos Juanes, que
sólo aceptaban creer siempre y cuando lograran tocar la verdad con la
mano.
Había que arrepentirse de las malas acciones y de las aún por
cometer, y ser respetuosa y precavida, altiva y cordial, según lo
exigiesen las circunstancias. Había que guardar las emociones o cualquier
impulso de ternura física en las celdas correspondientes, bajo triple
cerrojo, cuidando de no dejar ningún resquicio por donde pudieran colarse.
Y conservar la cuna hasta en el caminar, caminando sin inspirar dudas, las
líneas del cuerpo verticales y ascendentes, derechos los talones y la
cabeza erecta, por la costumbre ancestral de todas las mujeres de su
estirpe de levantar la dignidad ante los ojos del mundo. Caminar [27] así,
a buen paso pero sin correr, nunca corriendo porque después viene el
sofoco que podría desviarse hacia la agitación y el sudor -impúdica
secreción que difundía pecado entre las piernas-, cosas que a su vez
podrían derivar en sexo. Nada que de repente me transformara en carne.
Siguiendo la estricta línea que me habían marcado, y que a ellas les
habían marcado aquellos gloriosos ancestros que en un pasado lejano fueron
padres sin tachas de hijos sin tachas y sin más remedio que engendrar sin
tachas, tenía que andar erguida y algo echada hacia atrás, aunque justo lo
indispensable para que no sobresalga ese punto de corrupción que son los
senos y todo lo que de inmediato le sigue.
Y la calle, por ahí Dios sabe dónde y Dios sabe con quién,
terminantemente no, porque además de los zaguanes -y muchacha que se mete
en el antro de un zaguán siempre sale extraviada-, en la calle hay
naranjos, y todo el mundo sabe que la sombra del naranjo es muy propicia
para actos de indecencia entre parejas, algunas de las cuales, en
indecorosa posición amatoria, embrocados el uno en brazos de la otra y tan
intensamente ocupados en esta coyuntura, ni siquiera se percatan de que
están a la vista de cualquiera. ¡Santo Cielo! ¡Qué espectáculo!
Sencillamente repugnante. Cuántas mujeres se habrán perdido [28] debajo de
un naranjito.
Y ni qué hablar de esos bailes prostibularios de ahora, tan lascivos
y propensos al amontonamiento, tan recurso de mujerzuelas, esa inmundicia
en movimiento, en donde se te pegotean igual que si se te quisieran
incrustar en el cuerpo, donde cada vez hay menos luz y más lujuria, donde
se menean y contorsionan como imitando los ímpetus y resuellos de la
copulación, Dios perdone la palabra, y por si esto fuera poco, salmodiando
ese tartamudeo lúbrico que decía cha - cha - cha, o pa - chan - ga, o
bamba - bamba.
Hay que mantener los ojos muy abiertos y bien cerradas las fronteras
con los hombres; ellos no pierden mayormente el tiempo y nada más andan
buscando a quién hacerle el hijo. Empezando por el sátiro aquel que toca a
las señoras en las procesiones, y terminando por el último, todos son
diferentes dosajes de la misma concupiscencia. En el menor descuido te
querrán levantar las enaguas, meter las manos por el escote, además de
otras porquerías que no tienes por qué saberlas y contra las cuales
siempre serán pocas las precauciones que nos tomemos. Porque de la mujer
sólo el placer. Nada más que mujeres para ellos darse el gusto.
Y crecí así, sin una gota de afecto, con un sistema de riendas y en
una funda de olvido. Entre días largos y enfermizos, [29] infectados de
pecado, densos, y hacia donde quiera que me volviese, allí estaban
aquellos ojos y los ojos de los retratos vigilando para que yo fuera como
siempre fueron los de la familia, desviando cualquier rayo de sol que me
hiciera feliz, tapando los mínimos huecos por donde podía haberme llegado
la vida. Y si ahora se me diera por medir con los pasos el espacio que
entonces me quedaba libre, estoy segura de que ni siquiera llegaría a
contar dos. Lo único que se mantenía a salvo de aquel cerco de espías
siempre al acecho eran mis sueños. Ésos que a veces se despiertan cuando
yo me duermo, cuando la realidad cede por fin y torno a ser dueña de mí;
recobro el ánimo, la voz, recupero mi espíritu, soy capaz hasta de reír,
hasta de echarme a volar. Soy alguien que vive de noche soñando.
Y fui creciendo así, con las ansias apretadas y el sexo muerto y
sepultado entre grandes nalgas que las polleras acampanadas no lograban
disimular a satisfacción de las tías. No un sexo sino un foso, una
clausura.
Mi vida entera hecha de fosos y monasterios, de cosas distantes, de
atardeceres espiados solamente desde lejos, desde una jaula aterrada de
sombras, viendo lo que me permitían ver los barrotes, apenas aquel trocito
de cielo, comprimido, preso, que lentamente parecía desdibujarse frente a
[30] mis ojos, como si el desplome obstinado de la oscuridad sobre la
tierra lo fuera deshabitando, esparciendo en el piso, en los muebles, en
mí misma, los reflejos violáceos de su abandono. Cada vez más desamparado
y más solo, hasta cuando la luna bajaba a apoyarse en el brocal del pozo y
allá arriba chisporroteaban las primeras fosforescencias.
Yo no había pensado nunca que las estrellas fuesen pecaminosas, pero
ellas me repetían que sí, que eso eran, porque todo el mundo sabe que nos
llevan bajo las estrellas para hacernos sus cosas. Cuántas mujeres
incautas se habrán perdido debajo de las estrellas. [31]
Y ahora tú eres también una de «ésas». Tanto tratar de inculcarte las
buenas costumbres, para que terminaras viviendo escandalosamente. Cómo es
posible que te hayas desviado de esa forma, a pesar de todos nuestros
consejos, de todos nuestros sacrificios por hacerte gente.
Tú, que has crecido de la caridad ajena, a quien hemos dado casa,
comida y escuela, que te hemos sacado adelante con lo difícil que está la
vida. Yo, siendo sobrina de ellas, corriéndome sangre de los Vera por las
venas; la suficiente para considerarte de las nuestras, aunque, claro
está, no lucieras el apellido completo, ése que, dicho sin respirar, hacía
que a una se le agotara el aliento. Yo, burlándome públicamente de lo que
la gente respeta y que tan poco se parece a lo que se debe respetar.
Una tras otra las acusaciones inclementes, frías. Porque de haber
hecho lo que hice, siglos atrás en la historia, me hubieran quemado en una
hoguera. Porque [32] no se puede correr tras lo que corro y en la forma en
que lo corro. Es inconstitucional, contra natura y contra lo cual no sólo
necesitaré oraciones, sino también rosarios, letanías y quién sabe cuántas
misas cantadas. Pero bien vale el castigo a cambio de lo que mis ojos van
descubriendo, con la avidez de un recién nacido a los tantos años.
Y acto seguido me exhortarían a abandonar mi pecado, el de la carne,
el peor de todos como es sabido, recordándome lo que se ha dicho sobre
aquél que escandalizare. Ya que de eso se trataba precisamente: ni más ni
menos que de un escándalo intolerable al que había que poner fin de
inmediato.
Manchar así el apellido, el nombre de los hijos, la memoria de los
ancestros, por un pelagatos cualquiera, quién lo hubiera creído, ese
musicucho de morondanga, un ilustre desconocido, un hombre tan lacio, tan
vulgar, tan nada del otro mundo.
Así es. Lo reconozco. Es posible que él no sea nada del otro mundo,
pero apenas lo recuerdo me pregunto si justamente no existe en él algo del
otro mundo, un algo musical, indefinible, que le comunica no sé qué
encanto y lo sitúa en el intermedio entre Beethoven y el mito, e
infinitamente por encima de los demás mortales.
Porque lo mismo que Beethoven era capaz, en plena ejecución de un
concierto, [33] de detenerse en un punto previamente señalado, para
largarse por su cuenta a improvisar, él se detenía allí donde comenzaba el
placer para alargarlo, para comprobar hasta qué distancia se podía sentir.
Aunque tal vez aquella sabiduría proviniese de la intuición musical
que le dictaba el lugar donde poner a los besos el acento, las pausas
sobre qué caricias, y detenerlas, por largo rato demorarlas hasta hacer de
ellas obeliscos, montañas, cumbres de sonidos, o con calculada lentitud
desvanecerlas en suspiros, en una lánguida sonrisa, en casi nada.
No sé si él está reflejado en su música o si ésta se refleja en él, a
punto tal que incluso su edad parecía depender de fracciones musicales y
no de tiempo. Lo cierto es que hay una total sincronización entre los
acordes y su persona, como si la cadencia hubiera sido hecha para su
cuerpo, que se movía no bruscamente, sino igual que si a sus movimientos
los guiase una melodía que le brotara de adentro. Como si tuviese arpegios
en vez de dedos o música en la punta de sus palabras, pero con un compás
muy lento. Absolutamente todo era rítmico en él, hasta su manera de decir
hasta luego. Y quizá de ahí haya partido lo mágico. Quizá sea por eso que
a veces trato de dibujarlo y dibujo un arpa, un piano, una guitarra.
Ya sabíamos que algo tramabas con tus [34] clases de teoría y solfeo.
Aunque todavía estás a tiempo. Recapacita. Renuncia. Retrocede sobre tus
pasos. Dile adiós a otra esperanza.
Pero. ¿cómo salir de aquellos ojos? ¿Cómo deshacerme de ellos? Dejar
de verlo no haría sino atizar la necesidad de verlo. No querer pensarlo
hubiera sido pensarlo más. Y por mucho que quisiera ya no podría. Ya no
tengo fuerzas para procurar ninguna defensa, ni deseo hallar camino alguno
para volver. Ojalá estén todas las rutas clausuradas para toda clase de
vehículos.
En cuanto a las dos tías, si conocieran esta sensación, ya
hablaríamos de su integridad de lirio.
¿Han notado alguna vez que las sensaciones caminan?
Un millón de sensaciones caminando y frente a las cuales sus
lecciones no me sirven, o se desmoronan, o quedan postergadas, cuando no
en serio peligro.
¿Acaso han oído hablar alguna vez de Beethoven?
¿Podían distinguir acaso una nota de una aguja de crochet?
Y si había que empezar por culpar a alguien, eran ellas las primeras
culpables. Esta vez soy yo quien decide y elijo obstinadamente seguir,
salir de este atasco que hace de mí una obra inconclusa, una mujer a
medias. Quiero recomponer mi yo, [35] conocer mi verdadera estructura,
explorarme, escrutarme, desmontarme en mis piezas esenciales para saber lo
que contengo, de qué estoy hecha, cuáles inhibiciones son las que me
fragmentan, las que me ocultan, dónde se han quedado tantos jirones de mi
persona. Me niego a seguir interpretando ese papel sin el más leve aplauso
de un público que me asignaron las tías. Basta de que me piensen como una
prolongación de sí mismas. Tampoco las quiero ya escuchar. Ahora tendrán
que escucharme ellas:
Vuelvan a su cerrada casa de rincones mohosos, con mucho frente de
mármol y dentro la ruina más irredenta. Vuelvan a la gran mansión de los
Vera, de envejecido silencio y paredes verde triste, todas tristemente
picadas como si tuvieran viruela. Vuelvan a sus sillones con los fondos
desflecados por el uso y las polillas, cuyo esplendoroso azul Francia
importado fue virando al celeste, luego al amarillo y por fin al gris de
los ratones que huyen con la cola entre las piernas. Vuelvan a sus arañas
de agonizantes caireles, a su vajilla de plata regalo de no sé qué reina,
a sus raídas cortinas, a sus ventanas siempre cegadas por una densa
oscuridad de visillos, a sus jardines con más maleza que flores, a sus
dietas vegetarianas, a sus delirios de grandeza. Pueden quedarse allá
arriba o allá abajo o donde les parezca, [36] porque no tengo intención de
dejarlo.
El mejor camino, sin duda, era avanzar; pasar sus reclamos a cuarto
intermedio y después avanzar, otorgar el salvoconducto a lo que viene,
permitir que pase lo que pase, seguir con esto hasta las últimas
consecuencias. Estoy de algún modo viable, disponible, predispuesta.
Al fin y al cabo, el haber permanecido casi veinticinco años con el
mismo hombre, que ya no cumplía ninguna función específica dentro de la
sociedad conyugal, que sólo usaba la ternura en ocasiones muy solemnes y
únicamente aparecía en la casa para mudarse de ropa, creo que me da
derecho a pretender un cambio. [37]
Todo ha cambiado a lo largo de los años. En todo ha habido
modificaciones visibles desde muy lejos: en matemáticas, en física, en
astronomía; ni siquiera la Toma de la Bastilla se parecía a sí misma. No
hay circunstancia, por humilde que sea, que no esté sujeta a una ley de
cambio, puesto que existir y cambiar son rigurosamente sinónimos. Y
pronto, mucho antes de lo pensado, se nos habría hecho imprecisa incluso
esa raya que separa la muerte de la vida.
¿Era realmente verdad que hubo una vez un tiempo en que nadie se
moría de Sida y los tranvías eran a caballo y de noche había necesidad de
escupidera? Y acaso estos mismos edificios que hoy nos privan del sol,
estirándose orgullosos como si quisieran invadir el cielo, puedan ya
recordar que fueron alguna vez arboledas.
Aquí y allá cambia la luz, el entorno. Hay de repente otro paisaje
más actual y dinámico, sobre el derrumbe de las viejas [38] casas, y
buscamos sin encontrar direcciones, personas, los barrios. Aquí estuvieron
ayer, el mes pasado. Eso fue antes.
Vagos recuerdos de lugares, de ciertos nombres de calles, es lo único
que nos va quedando, junto al empecinado hueso de alguna viga que,
negándose a morir, ha preferido transformarse en puerta. El resto es sólo
un frágil y distorsionado olvido.
Las cosas mudan de apariencia, querámoslo o no. ¿Por qué
encapricharse en no verlas? Hay reformas en el código, en los planes de
desarrollo, en la deuda externa, y en lo alto, poco a poco, los aviones
desalojan a los pájaros.
Todo es apuro, afán de velocidad, competencia, campeonatos, desfiles
de modas, reinas de belleza, sauna y masajes, bolsa de valores, los
valores en una bolsa, «reservados» de categoría cuya entrada es vedada a
quien no tenga una mansión al estilo de «Dinastía», considerada el gran
paradigma por ajustarse, tanto en lo estético como en lo sintético, a los
máximos ideales arquitectónicos de la actualidad.
Han llegado a aprisionar incluso la energía dispersa en el espacio,
haciendo con ella paquetitos cuya venta se realiza en los mercados,
mientras las más sofisticadas computadoras, destinadas a tomar el relevo
de los dedos, la memoria y hasta del cerebro humano, son capaces de
ejecutar los más evolucionados programas de lo que fuese. [39] Pronto
descubrirán un portland de probeta que irá a revolucionar la industria del
cemento. Pronto amaremos a máquina.
Porque hasta el mundo se iba diariamente renovando. Porque unos
entraban y otros salían. Porque más tarde o más temprano a todos nos
llegaría el turno y sólo había que esperar que alguien, desde algún lado,
gritara: ¡Que pase el siguiente!
Se suceden los días, las modas, los gobiernos. Se trasmuta la
realidad a cada instante que pasa y lo que éramos hace un momento ya no
somos más.
¿Vemos, acaso, siempre las mismas luces o las mismas sombras mientras
miramos la misma vereda? Cuando las unas se agachan se yerguen las otras.
Y no sólo las luces y las sombras van mudando de vereda y de color, sino
los transeúntes, a medida que la recorren. Se puede tener una coloración
política y de pronto tener la contraria. Se puede ser joven y de golpe
haber sido. Vamos y venimos entre soles y lunas que se extinguen, de una
metamorfosis a otra, de la quietud al movimiento, del Paraíso a la Culpa,
de larvas a crisantemos. Nada, nada dura eternamente. Ninguna ciencia,
ningún arte, ninguna civilización han permanecido inmutables, porque
estamos en medio de un tránsito donde no podemos quedarnos quietos.
Para bien o para mal evolucionamos y [40] también el deporte va
camino del progreso: los jugadores de fútbol son cotizados en dólares y
éstos van variando de cotización sin siquiera salirse del bolsillo. Y ni
qué hablar de aquellas personas dedicadas a momificar palmeras, con
técnicas que se remontaban a lo más antiguo del Egipto y les infundían el
movimiento y el murmullo invisible de una palmera verídica, al extremo de
que nadie las hubiera pensado como muertas.
También, por supuesto, el inevitable, incontrolable avance del sexo,
esa sensación de culpa que las tías escondían entre las piernas, ese
instrumento del diablo dotado de vida autónoma, en el decir de las mismas,
es ahora tema obligado de cursillos, simposios, congresos y conferencias.
Ya que al sexo, como al estómago, se lo debe alimentar a diario, y su buen
funcionamiento depende de ello exclusivamente. Hasta ayer, en la mayoría
de las «dietas» sólo se tomaban en cuenta las calorías, raramente los
gustos gastronómicos de las personas a las que iban dirigidas, y «cuando
una dieta no gusta ni cae bien, sea por la escasa variedad de alimentos o
por las pocas opciones a elegir, es probable que se la abandone por
completo mucho antes de que se pierda el apetito». [41]
Y pensar que antes, se quejaba Ricucha Valdez, mi vecina y amiga, las
restricciones sexuales eran tan severas que las mujeres, exceptuando las
de vida alegre, vivíamos prácticamente a oscuras. Entonces el sexo era el
enigma, lo inconcreto, la sugerencia y no había ciencia ni historia que
nos dieran alguna luz sobre esos misterios.
Teníamos que resignamos a escoger entre ser buenas o ser malas.
Integrar el bando de las que parecían venidas al mundo para tentar a los
hombres o el de las serias, sanas y sensatas con las cuales aquellos
contraían nupcias. Durante mucho tiempo yo tuve la sospecha de que las
primeras se divertían infinitamente más que las segundas. Ahora no me
queda la menor duda. Ahora no sólo hay que pensar en cómo nos vestimos,
sino en cómo nos desvestimos, ya que haciendo ambas cosas de acuerdo con
los vertiginosos cambios exigidos por la moda, se matan dos pájaros de un
mismo tiro.
¿Y a quién se le hubiera ocurrido pensar, por ejemplo, que el tal
enigma pudiera tener otras formas y otros tamaños que no fueran los de su
marido? ¿Y dónde íbamos a recabar información si antes no cabían preguntas
ni debates ni teníamos con quién hacer comparaciones? [42]
A puro cálculo la casaban a una, sin preparación previa, sin conocer
el sexo más que de referencia, que es como decir su ubicación y punto.
Nada de sus cambios de humor y temperatura, su latitud y longitud. Nada de
sus sismos y plegamientos, sus ascensos y descensos. Nada que no fuera
prepararse a recibir «derecho viejo» la ofrenda. O sea, nada de nada. Y
del placer ni siquiera la palabra, como si más bien tuviera algo que ver
con la conquista de la Mesopotamia.
Porque al placer había que buscarlo, querida, y tan escondido estaba
que no di con él ni con cosa que se le pareciera durante mucho tiempo. Ya
era de meses la panza que cargaba y todavía no venía y no venía. O llegaba
demasiado tarde o demasiado temprano, por razones de transporte siempre. Y
así como se desarrollaban las cosas, presentía que iba a tener ignorancia
para rato. Imagínate, mientras Eudosio me hacía el amor, yo hacía una
lista de compras para el mercado, que si la carne, que si el arroz, que
por qué la suba intempestiva de la cebolla. Porque lo mismo que en
cualquier deporte, es necesario entrenar mucho para adquirir solvencia y
aquello de la no intervención y del que come y no convida, debería
aplicarse estrictamente a las cuestiones políticas.
Hasta que un buen día llegué a él con toda corrección; lo conocí real
y verdaderamente. [43] Me costó pero lo conseguí. Arribé al tan mentado
lugar donde se une la tierra con el reino de los cielos y lo recorrí y me
recorrió. Nos asimilamos, como quien dice, y todo lo que antes había sido
penoso y aburrido, de pronto se volvió celestial delicia.
Entonces fue cuando sobrevino el fatal desentendimiento, si no será
mala mi suerte, porque cuando yo tenía al toro por las astas, obteniendo
marcas ya apenas superables, cuando me había hecho una profesional en la
materia, él parecía ir avanzando hacia la calma insondable.
Hablando con franqueza: no puedo decir que mi Eudosio no haya
colaborado, pues le haría poca justicia, pero de un siglo a esta parte
sólo utiliza la energía para fines pacíficos y el caso es acabar de
cualquier manera y cuanto antes. Tenía que trabajar largo y tendido para
azuzarle el apetito: que el deshabillé voluptuosamente negro y lo
suficientemente abierto para dejar ver que después estaba desnuda, que la
danza de los siete velos sin ningún velo encima y sin que nada de eso
provocara en él ninguna reacción apreciable ni lograra sacarlo de su
apatía. Porque hay cosas que una vez derrumbadas, mi hijita, es muy
difícil volverlas a levantar. Con decirte que ponía más entusiasmo en
celebrar un gol de Cerro que en la cama. Y ahora han transcurrido dos
años, nueve meses y veintidós días sin que haya vuelto a tocarme el punto.
[44]
Y hoy hemos llegado a los cursos de capacitación sexual por correo.
Ser amante de las innovaciones equivale a ser buen amante. Hágase experto
en el arte más antiguo llevado a sus últimas consecuencias; abandone
cualquier reminiscencia del estilo clásico. Sea más creativo, más
original; con cuatro rápidas lecciones que incluyen treinta y tres frescos
eróticos, burdos remedos de los de Pompeya, sin recargo alguno, haga el
amor como nunca soñó hacerlo, agotando, para tal efecto, todas las maneras
humanamente posibles. Y como las maneras humanamente posibles eran pocas,
había que recurrir a las imposibles.
Tampoco quedan molinos, aunque el viento siga existiendo, ni quedan
carpinteros de la talla de San José. Gracias a la tecnología, hoy tenemos
la novedad de los muebles en serie y, además, convertibles. Con sólo
accionar discretamente un resorte, haga de su mesa una puerta, o un baúl
de su cama, y de su inodoro, oh maravilla, un sugerente tocador de
señoras.
No había nada que no se resolviera cambiando, y con las personas
acontecía otro tanto. De repente todo el mundo dejó de ser quien era y se
convirtió en alguien distinto. [45]
Para eso bastaba ver a Justiniano Román, nuestro jardinero, que
cansado de vivir en cuclillas y con gran espíritu práctico, instaló un
taller de vaqueros en el punto más estratégico de «Bonanza», de donde
extrajo macizas ganancias, multiplicadas en un tiempo récord por rápidas
financieras, con lo cual pudo permitirse el sueño propio de una quintita
en las afueras, equipada con toda clase de comodidades domésticas tales
como televisión, refrigeración, calefacción, antipolución, etcétera. Se
dedicó luego a la libre exportación de soja, de tung y de jojoba, a una
empresa de quinielas, a otra de videos piratas, terminando su meteórica
carrera convertido en hacendado.
Actualmente daba las cenas más fotografiadas de todo el país, donde
acudía lo más granado de la sociedad y de las finanzas en rigurosa tenida
de gala. Las damas de gran soirée, mostrando todo lo que podían en cuanto
a joyas y carnes y los caballeros de smoking.
En un vasto jardín con una colcha de empastado y un fondo apenas
visible de murallas revestidas de enredaderas importadas, entre
reflectores estratégicamente dispuestos, de modo a destacar con mayor
énfasis aquello que debía ser destacado, entre pérgolas, susurros de
mozos, de fuentes y de palmeras, se alzaba un babilónico buffet, cuyas
mesas, también en [46] tenida de gala: centros de velas erectas en un
pesebre de flores, lencería, cristalería, pasamanería, platería y
rococoses, presentaban cuanta exquisitez vía París-Miami-San Pablo, se
hubiera podido concebir: caviar de más allá de la cortina de hierro,
pirámides de langostinos, salmones noruegos, pavos en casi todas sus
formas, arenques rellenos, pollos con salsa apache y otras delicias varias
que nadie era capaz de descifrar. Sin que tampoco faltara, para aquellos
que gustasen de lo autóctono, una variada selección de manjares
nacionales. Todo saboreado con el mejor whisky, el mejor champagne, los
mejores vinos y licores y los sones de una orquesta ejecutando las
preferencias musicales del momento.
Y quién podría acordarse ya de aquellos nostálgicos boleros tan
impregnados de lejanía:
Dos almas que en el mundo / Había unido Dios / Dos almas que se
amaban / Eso éramos tú y yo / Yo no sé si este amor es pecado / Que tiene
castigo / Si es faltar a las leyes honradas / Del hombre y de Dios / Tanto
tiempo disfrutamos nuestro amor / Nuestras almas se acercaron tanto [47]
así / Que yo guardo tu calor / Pero tú llevas también / Sabor a mí / Dicen
que la distancia es el olvido / Pero yo no concibo esa razón / Porque yo
seguiré siendo el cautivo / De los caprichos de tu corazón / Somos un
sueño imposible que busca la noche / Para olvidarse del mundo, de Dios y
de todo / Somos en nuestra quimera doliente y querida / Dos hojas que el
viento / Juntó en el olvido / Eclipse de luna en el cielo / Ausencia de
luz en el mar / Sufriendo de amargo desvelo / Mirando la noche me puse a
pensar / Esta tarde vi llover / Vi gente correr / Y no estabas tú...
Y quién podría acordarse ya de la primera señora de Jara,
transformada varias veces y en varias versiones, y en la versión actual
era apenas una adolescente de rostro asombrosamente joven en relación con
la edad que delataba el cuerpo. Tras lo cual, le resultó imprescindible
permutar también de marido, porque el que sobrellevaba hasta entonces iba
camino de una irrevocable calvicie.
Pero el cambio más destacado era, sin duda, el de Apolonio Mercado,
que se hizo rico de la noche a la mañana y no faltó quien desconfiara que
fuera contrabandista ya que, en ese sentido, cualquier ardid era válido
para transportar la mercadería, e inclusive me parece haber leído que un
apócrifo sacerdote se valió en cierta ocasión [48] de la sotana. La verdad
es que poco o nada queda ahora en su facha que rememore la época en que
era carnicero. Sin embargo, sus antiguos conocidos algo advierten. De
seguro por aquello de que aunque el mono se vista de seda... Porque, según
dicen, ha dejado la pobreza, pero carnicero sigue siendo.
Y hasta mi casa de toda la vida había dejado de ser mi casa de toda
la vida. También los hijos, esos seres que nos empiezan dando pataditas,
inofensivas al principio: esos seres diminutos, sonrosados, casi lindos,
de un día para otro han crecido, al tiempo que les crecieron las
urgencias, los caprichos, sus ininterrumpidas necesidades de quiero esto o
aquello, saltando sobre sus propias edades, con el acelerador a fondo, a
todo pique. Porque quieren ir inmediatamente a la vida y la vida no está
cerca ni a la vuelta de la esquina.
Casi no puedo creer que este muchacho que acaba de pasar a mi lado,
con ese tórax de Rambo y la mirada arrogante del que ha batido algún
récord, sea mi primogénito Miguel, el mismo de los trompos y las
pandorgas, el que durante nueve meses se alimentó de mí y latió a mi
compás. El mismo a quien miro con la tristeza de haber estado tan llena de
él y ahora estar tan vacía.
Ni podía reconocer en Tina a mi nena de rulitos que apenas ayer se
hacía pipí [49] en la cama. En cuestión de unos pocos meses le habían
crecido ostensiblemente los senos y los paseaba por ahí como si fueran
trofeos. No, ya no la reconozco, tan rodeada de sí misma, tan envuelta en
su propio yo, al cual procuro llegar variando siempre de estrategia. Cedo,
retrocedo, doy un paso hacia adelante, pero no lo suficientemente largo
como para salvar la lejanía que se ha instalado entre ambas. Y en cuanto
todo continúe así, nada ni nadie quedará en su sitio.
Pues bien, también yo quiero ser parte del famoso cambio. Eso es lo
justo, lo leal, sobre todo lo democrático. También yo, claro, de ninguna
manera me excluyo; estoy en la misma bolsa.
Deseo cambiar mi imagen, mudar mi cara, sentirme otra persona. Pero
dónde se ha visto. Qué pretensión absurda. Es cierto que los tiempos
habían dado un radical viraje, lo cual no justificaba que yo hubiera
virado con ellos. Eso sería ilegal, inconstitucional, atentatorio. A una
mujer como yo no le estaba permitido salirse de la realidad.
Sólo yo debo permanecer inmutable. Sólo mi vida monótona, de una
monotonía geométrica; volver de una rutina cuadrada a otra redonda que me
espera, conociendo aun a oscuras el trayecto. Conozco una por una las
horas de que se compone el día. Horas descalzas, desteñidas, erosionadas,
[50] huecas. Cada una distinta y única, y siempre combinadas de tan
idéntica manera, que a veces me parece ir andando sobre mi memoria.
Durante años he sido la repetición inalterable de mí misma. Durante
años no había hecho nada diferente a esperar, aunque no supiera en
realidad lo que estaba esperando. Largos, interminables años plastificada
ante el mismo paisaje, frente al mismo silencio, dejándome crecer
alrededor los sueños, la soledad, los helechos. Sin poder franquear
ninguna de las múltiples barreras que hicieron de mi vida una cárcel de
renuncias, de complejos y de dudas.
A mí también me agradaría abandonar alguna vez la guardia, la recta,
la verticalidad. Anhelo ver de pronto una imagen con la que coincidir, un
hombro sobre el que apoyarme. Pero, ¿dónde buscarlo y por dónde? ¿Acaso me
sea posible hallar todavía alguna dorada, pacífica Arcadia en algún sitio
del mapa?
Y aunque corriera el riesgo de perder la piel en el intento, ¿por qué
no pretender algo más, algo distinto, una noche para mí sola que durara
las mil y mil noches? ¿Por qué no dispararle a todo antes de que todos
disparen contra mí? ¿Por qué no levantar la piedra del escándalo para
saber qué hay debajo?
No es obligatorio tener una sola existencia [51] delimitada por las
rejas: espacio - tiempo - esposo - tías - hijos. También se puede estar en
este lugar que es tan lejos. [52] [53]
Un lugar aparte, exclusivo, situado del otro lado del mundo, allí
donde yo estoy y está también él, donde no se advierten órdenes ni
referencias y la realidad no llega.
Hemos formado un espacio de modestas dimensiones, una pequeña
comunidad de dos, en la que sólo cabe Beethoven y a veces también el
silencio. Todo lo demás queda inmediatamente abolido.
Era tan bueno estar así, rodeados de ningún ruido, ninguna zozobra,
ningún trabajo a la vista, ignorando qué pasó esa noche en casa, quién
gritó a propósito de algo que debí hacer y no hice, qué comimos, o cuánto
duró la pelea de sobremesa. Sin recordar nada anterior a aquel momento, a
aquella tarde en que me lo presentó Cristina Sánchez diciendo:
Debes tener mucha paciencia con él. Es, aparte de Fidel Campos, un
músico empedernido. Ya lo verás.
Y ahora lo estaba viendo. Podía permanecer así durante siglos, sin
más ocupación [54] que estar viéndolo. Lo miraba, nos mirábamos y qué
dulce y entrañable se me hacía.
Y lo que había sido mi «yo» hasta ese instante, se perdía poco a poco
en el fondo de mí misma, en tanto iba surgiendo la otra, una mujer
distinta que carecía de nombre, de procedencia y de historia. Pero sobre
todo, sin ese acoso del tiempo. Sin que hubiera ningún tiempo.
Sácalo fuera de ti, me decía. Libérate de él. El tiempo sólo existe
para los chóferes de ómnibus.
Bastaba con respirar profundamente y las horas se esparcían por ahí
como la música, se deshacían en infinidad de notas rosadas, violetas y
amarillas, hasta desvanecerse enteramente. Apenas eso se oía, una gotita
de tiempo que cae al vacío, que hace pluc y después se acaba.
Él ha hecho que el tic tac escapase de los relojes o quizá sea un
gigantesco reloj toda la Tierra. La Tierra toda convertida en sangre que
comenzó a latir desde los pies hasta la frente.
Late conmigo el techo; laten contra ti mis dedos. Cada uno de mis
poros va latiendo por su cuenta, como si un gran corazón disperso hubiera
hallado un cobertizo bajo el cual refugiarse. Estoy desligada de todo
cuanto no sea una melodía cuyas notas borran los contornos del silencio.
Me embriago con ellas. No [55] podría intentar siquiera describir el
laberinto de sensaciones que Beethoven trae consigo. Es algo que precede a
la palabra o situado más allá, y ese algo ocurría ahora en mí tan nuevo
que dolía, tan transparente que permitía ver a su través la vida, y del
otro lado, allí donde sucede la muerte. Allí donde las tías eran apenas un
clamor lejano pero que aún no se extinguía.
No quiero ni presentir sus miradas rencorosas al acecho de cualquier
movimiento, sus bocas con las balas puestas, sus voces-disparos hablando
de castigos, penitencias y de a poco van llegando, extrañamente me llegan.
Ráfagas de reclamos, raídas, polvorientas de tanto reclamarme.
Era preciso cerrar los ojos, cerrarlos y apartarme de aquel mundo que
se me había tornado súbitamente ajeno y enemigo. Lo mejor era seguir, sin
hacer demasiado caso a las razones de las tías, ahuyentarlas no pensando
más en ellas. Y no obstante volvían. Regresan de una manera obstinada y se
encuentran de nuevo aquí, asediándome con esa existencia implacable que no
conoce el desaliento.
¡Cómo no se hartaron todavía de sus juegos Santa Rosa y Santa
Librada!
Me pregunto si acabarán algún día, o si deberé sufrir sus
maquinaciones hasta el final de los tiempos. Y sus métodos eran siempre
los mismos: después del consabido [56] introito autobiográfico, los
reproches, las amenazas, los exhortos, sus infalibles recetas sobre la
moral intachable:
Doscientos gramos de pureza blancaflor, cien gramos de honestidad
impalpable, sin ningún huevo, naturalmente. Tratarían de convencerme con
argumentos que yo conocía desde hacía más de treinta años.
¿Qué sería de mí sometida a influencias tan opuestas?
Por un lado él, sobre aquel instante de tiempo todavía detenido, y
por el otro las tías en pie de guerra, listas para la embestida, tratando
en lo posible de quebrar el sortilegio, oficiando de jueces, repitiendo en
tono cada vez más alterado que a este paso mi reputación estaría perdida,
que este hecho mancharía mi prestigio hasta entonces impoluto. Mírate qué
bajo has caído, tanto que no habría rescate de bomberos ni suficiente agua
bendita para purificarte. Cuando hayas recobrado el juicio hablaremos. No
pretendo recuperarlo tan pronto. Si apenas hace un ratito que se me ha
perdido. Ya deberías saber, entonces, lo que puede sucederte por esto.
Desde luego que sí. Soy una mujer responsable. Siempre lo he sido. Sé
que la [57] noticia no tardaría en correr de boca en boca, como es
costumbre aquí, de calle en calle, de puerta en puerta, violando
semáforos, trepando murallas, bajando escaleras, subiendo ascensores,
alborotando clubes, bares, peluquerías, ramificándose, engrosando su
caudal de hora en hora. Y en la ciudad se daría inicio al gran festival de
chimentos:
Te enteraste. Te das cuenta. Tanta alcurnia, tanta nobleza para
después terminar de esa manera. En este mundo prostituido se tropieza uno
con toda clase de cosas. Acá, querida, hay que andar con pies de plomo
porque donde menos se piensa salta el instinto. Quién lo hubiera creído.
Tan honrada y sencilla aparentemente, tan digna de confianza. Con sus años
tan evidentes y haciendo de chiquilina. Muy disfrazada de gran dama y en
el fondo una cualquiera. Es verdad que el esposo lleva la vida por su
lado, pero ella tampoco se achica. Hay vicios que se heredan, señora mía,
y nada más repugnante que esa clase de herencias. Salió parecida al padre,
o vaya a saber si al abuelo. Tiene la sangre caliente; es sensual y
fogosa, libidinosa y astuta. Una indecente sin vuelta de hoja.
Cada uno lo contaría según su impiadosa manera de contar,
incorporando cada vez un condimento distinto, sumándole un pedazo y otro
más a la historia. Cada cual [58] removiendo el avispero, desovillando la
madeja a su gusto, con múltiples variaciones y tal barroquismo de
detalles, que hubiera podido utilizarse como argumento de esas telenovelas
devoradas por una inconmensurable multitud en España e Hispanoamérica.
Y acaso tampoco faltara quien, aprovechándose de un antiguo enojo, se
atreviera a confirmar mi activa militancia en tales desenfrenos. No es
cierto y si por casualidad lo fuera no me molestaría aceptarlo, porque a
la edad que voy a cumplir próximamente, ciertas cosas se pueden decir sin
empacho.
Nunca me salí de mis principios; a mi moral me circunscribía y nadie
podría imputarme un delito mayor que el que a veces cometía soñando. Pero
hay una hora en que lo real suena dolorosamente a falso. Siempre hay un
instante de supremo desánimo, cuando todas las paredes empiezan a
tambalearse, a ceder las superficies, a resquebrajarse el alma, cuando la
única salida nos conduce a otra entrada sin salida, y hasta el aire
asfixia, hasta el más valiente general claudica y grita basta, se acabó la
guerra, el combate, la batalla. Él se rehúsa a seguir luchando; ha
resuelto deponer las armas y batirse en retirada. También sucedió conmigo.
Y a pesar de todo y les guste o no les guste, fui, soy y seguiré siendo
una mujer honesta.
Todos observándome como si yo fuera [59] una monja que hubiera
quebrantado sus votos. Todos diciendo cosas con la intención de darle una
explicación al fenómeno. Total, el tema da para infinitas variaciones y
nadie quiere confesar ignorancia ni estar fuera de onda. Total, criticar
es fácil. Nada más simple y agradable que sacar al sol los defectos
ajenos. ¿Y qué me dicen de los propios? ¿Existe acaso familia que no tenga
alguna vergüenza que lamentar? ¿Quieren decirme cuáles, cuántas? Aquí no
las veo por más que busco.
Y antes de que yo pudiera evitarlo, saldría la noticia publicada en
la sección escándalo del principal periódico, acusando satíricamente como
coautor del delito a un incierto y musical sujeto, presumiblemente un
extranjero cuyo nombre, por dignas razones, no consta, y cuya identidad ni
antes ni después se conocería con certeza, aunque todos hayan desconfiado
de todos. En cuanto a su origen, circulaban encontradas opiniones: unos
aseguraban que había nacido en Colombia, otros lo suponían escocés,
también se decía que era ruso, y no faltaba quien lo daba por portugués.
Si al menos hubiera algo que distrajera la atención del público, una
denuncia de contrabando masivo, algún fracaso de otra prueba del
Discovery, alguna noticia como aquella de la semana pasada, que bajo el
título de: «Sobrevivió a diez disparos de [60] revólver; le pegaron dos
veces en la cabeza con un garrote», expresaba textualmente lo siguiente:
«Sin mediar palabras, un joven apretó el gatillo del revólver calibre
treinta y dos sobre su socio. Éste vio el fogonazo del arma en la
oscuridad de la noche y casi al mismo tiempo sintió que algo le quemaba en
el pómulo derecho. Así comenzó un episodio que para la víctima resultaba
hasta el momento totalmente incomprensible, según sus propias
declaraciones. Se trata de Agapito Toñánez, oriundo de Ayolas, en donde
tuvo la experiencia de sobrevivir a diez disparos de revólver provenientes
de dos armas de distinto calibre, además de dos fuertes golpes de palo en
la cabeza».
O aquella que con el rótulo de: «Mujeres ganaron y perdieron peleas»,
decía: «Como todo fin de semana asunceno, el que pasó fue rico en casos de
agresiones y peleas registrados en la capital y sus alrededores. Sus
protagonistas en masa fueron a parar a Primeros Auxilios.
Uno de dichos casos se registró en México y Fulgencio Villamayor,
lugar en que dos mujeres midieron fuerzas utilizando puños, pies, uñas,
codos y palabras irreproducibles, hasta que una hizo trampa y le apretó a
la otra una plancha en el cuello. Asimismo, dos representantes del no tan
débil sexo, entraron en combate cuerpo a cuerpo en 21 y República
Francesa. Luego [61] de un fuego cruzado de mordiscos y patadas, ganó la
pelea Romualda Trinidad Soria, quedando en la lona Rosa Natividad García,
soltera de veintisiete años y domiciliada en el lugar del hecho».
Pero todas esas historias ya habían pasado a la historia. Eran apenas
confusos rumores de los que casi nadie se acordaba. Y desde entonces:
nada. La vida se había vuelto monótona, por no decir aburrida. Hubo como
un descanso en el rodar de las novedades, como una huelga de sucesos
relevantes. Entonces, hasta que otros acontecimientos más jóvenes o más
truculentos borrasen el incidente del que yo era la principal
protagonista, tendría que resignarme solamente a estar en las fauces
públicas, a que me miraran desde infinitos ángulos para que todos tuviesen
un concepto bien claro de quién era yo.
¿Y quién era yo? ¿Todavía no lo saben? Pues van a saberlo ahora
mismo. [62] [63]
Permítanme presentarme: Soy el sauce que llora a la entrada de mí
misma. Soy un árbol derecho y de buenos antecedentes, ni lo bastante joven
para florecer de nuevo, ni lo bastante viejo para convertirse en leña. Un
árbol frondoso, con demasiadas ramas para tan poco apellido: Purificación
Vera, una servidora que ha venido sirviendo de un modo casi religioso a
las sagradas leyes de su sagrada familia: una hija que todavía no ha
salido de la edad del pavo, el varón que ya ha superado la barrera del
sonido y un esposo en permanente estado de evaporación, un viajero en
tránsito, estaba un minuto y después ya no estaba. Viviendo como lo había
hecho hasta entonces, sobre el mundo que queda de la raya de la casa para
afuera, lo que pasa más adentro no lo sabe ni le preocupa.
Tantos años de vivir junto a Pascual Borja, tantos años de verlo y se
me ocurrió de golpe que lo estaba viendo por primera vez, tal como era.
[64]
Un hombre en torno al cual yo debía girar sin perder la distancia ni
la paciencia, como un buen satélite, que apenas sabía hablar de otra cosa
que de los gastos, como si a estas únicas dos sílabas se hubiera limitado
su vocabulario, porque yo no recuerdo haberle oído, desde hacía rato, una
frase entera, con sujeto, verbo y complemento, que entraba y salía dando
órdenes con el carácter marcial en erección, acostumbrado a mandar y a no
tener ningún techo sobre su persona. Lo más parecido a un sátrapa en
muchas leguas a la redonda.
Un hombre que alardeaba de virilidad hasta cuando orinaba, orgulloso
de ser dueño de esa joya de ilimitado poder de crecimiento y capaz de
enardecer los deseos de la mujer más pretenciosa. Dónde vas a encontrar
otro con las mismas proporciones. ¿No te parece acaso un monumento?
Para quien sólo contaba el éxito, lo externo, la fachada. El
matrimonio y la esposa, dos historias ya del todo superadas, dos hechos
cuajados, fosilizados, momificados para confinarlos en casa y salir él a
renovarse con la vida que hay afuera por el bien de todos y el progreso
del país.
Pascual Borja se dedicaba a tantas cosas: a correr diariamente en el
parque, a tener varias mujeres para probar su hombría, a mantener en
óptimo estado el vigor físico untándose de miel todito el [65] cuerpo,
incluso las intimidades, a especular con los vaivenes del dólar, a hacerme
saber cuando encontraba una ocasión propicia que yo era una mantenida: si
quiere irse, pasar de nuevo hambre con las tías, la puerta está donde
estuvo siempre. Mándese mudar cuando se le ocurra. En caso contrario,
quédese en su rincón calladita y no vuelva a desafiarme. Está viviendo de
«arriba» y todavía se queja.
Un hombre cuyo único amor ha sido la propiedad de las cosas, los
negocios grandes que harían llover millones sobre nuestras cabezas.
¿Pero dónde estaba la vida que podía haberme comprado con esos
millones? Si me pasaba equilibrando el presupuesto en base a una situación
eternamente complicada por la crisis y el rigor, y por mucho que lo
recortara por aquí o lo remendara por allá, no tenía casi nunca más dinero
en la cartera que el justo para tomar un café y algún micro. Si no
recuerdo haber veraneado en otro lugar diferente a ese pedazo sin vista al
mar que es mi patio, en el redondel de sombra que proyectaba el mango,
porque se juntaba tanto calor en los cuartos, que el sol parecía salir de
allí y no de arriba.
Si jamás había hecho un crucero por los cuatro continentes ni hacia
esas islas de moda que ni sé a qué país pertenecen. Yo habito una modesta
casita de paredes [66] tan descoloridas como mi descolorida existencia, la
misma que llevaría un nómade, yendo de acá para allá, pero nunca más allá
de allá. Me he convertido en casi una inválida. Mi viaje más largo es el
supermercado, y ahora, en vísperas de mi resplandeciente madurez, cerca de
mi edad de oro, llevo un vestido varias veces reformado y de tanto en
tanto sonrío.
Resumiendo:
Vivía al compás de un conjunto bastante insensato de seres en
continuo movimiento, que corría de un lado a otro persiguiendo algo que ni
ellos mismos sabían qué era, aunque por la dirección que habían tomado
últimamente no era difícil suponer que pronto se irían al demonio.
Raro era el momento en que no se hallaran en la cúspide de un drama o
en el cenit de un conflicto. ¿Y quién otra sino tú, sólo tú, para
resolverlos? Madre antes o después de cualquier catástrofe. Madre
instantánea e infinita a quien se recurre para todo, seguramente porque es
lo más cercano y económico que tienen.
Debo solucionar sus embrollos pero en seguida hacerme a un lado, aun
donde no quedara ningún espacio para hacerse a un lado. Fuera lo que fuese
caía bajo mi [67] jurisdicción. Todo era indiscriminadamente uno de mis
deberes.
Debía poseer la clarividencia de una adivina y anticiparle a Tina si
lloverá mañana, según me lo esté diciendo la artritis, la que después me
reiteraba el pronóstico de que no escamparía en las próximas cuarenta y
ocho horas. Debía tener en vez de ojos una antena parabólica capaz de
detectar dónde le apretaba el zapato a Miguel o dónde le sobraba a
Pascual, y reconocer, a cualquier distancia, ese cuchicheo del fuego
cuando agoniza la garrafa.
Debía poseer el don de ser doble faz, caliente en invierno y fría en
verano y predecir los cambios de humor y temperatura con el mismo acierto
del hombre del tiempo. Debía cuidar la virginidad de la hija y que al hijo
no lo hicieran padre antes de lo previsto. Y siempre coser botones, coser
los días, las medias, zurcir las noches, los vínculos que se rompían,
enhebrar ausencias, unas con otras las minúsculas ráfagas de ternura y
remendar con ellas dos meses, un año, cien años de soledad.
Debo, simultáneamente, ayudarlos y dejarlos crecer en paz. A lo cual
debía agregarse otros servicios de emergencia, tales como arreglar
enchufes, planchas o cerraduras, o prestar los primeros auxilios en caso
de accidentes menores, o componer los tapones de luz llegado el caso, y
ser [68] en ocasiones hasta plomera.
Y después, cualquier excusa era buena para perder los estribos.
Entonces descubro que soy el blanco de todos sus disparos. Cada edad y
cada sexo con su respectivo tono de reproche o de tragedia o de comando.
Cada cual con su vocablo de batalla, dardos de fabricación casera, con sus
respectivos puñalitos, alcanzando los lugares que más duelen.
Los desenfundaban, los alineaban en orden de ataque y... ¡ya! Soy
latosa, antediluviana, soy un plomo, una desubicada, qué anticuada, me
entrometo, les estorbo, les fastidio, los inhibo, me marginan, me dirigen,
me utilizan, me amenazan, me avasallan, me desgarran. Me dan la impresión
de estar criando sanguijuelas.
Y desde varios sitios y como de común acuerdo, se levantará el
unánime, ancestral, reiterado aullido de ¡Mamá!, que por ninguna razón
admitirá demoras. Rápido. Ahora mismo te digo. ¿Me oíste, mamá? Levántate
y anda. ¿No viste que son más de las siete? La hora sacramental del
desayuno o la hora de darme por vencida. Abrir los ojos y andar, recorrer
el circuito de siempre, el corredor, la cocina; enfrentarse al día que se
te enfrenta con la cara nublada de todos los días, tomando brusca
conciencia de lo que durante el sueño se olvidaba a medías. Deberías a
veces tener alas y levitar más allá del tiempo, para que [69] después el
tiempo no se te adelante y te queden las cosas sin ser hechas.
Todavía bajo las estrellas, la cabeza bien erguida y la
correspondiente sonrisa, debes levantarte de nuevo, ir andando hasta la
otra punta del otro día, hasta el mañana de mañana y del otro y del
siguiente. Ir andando siempre, aunque sólo sea para tropezar con la misma
piedra.
¿Pero se puede saber qué es lo que haces?
Trabajo como corresponde y por mucho que me lo pase haciendo, nunca
hago lo suficiente. Apenas un repertorio de insignificancias, cantidades
de esas pequeñas cosas que de golpe dejaban de ser pequeñas y se llenaban
de púas, y lo que empezaba siendo tan poco acababa por hacerse un
monumento que se me venía encima.
Si cada uno hubiera hecho lo debido, pero como siempre sucede en
estos casos, a la hora de la verdad todos tenían las manos importantemente
ocupadas. Todo se iba estrellando en excusas, en hijos que hubieran
querido ayudar pero en realidad no tenían tiempo, o tenían las uñas recién
pintadas, o simplemente no tenían ganas.
Por momentos me pregunto qué soy yo para ellos: la lámpara de
Aladino, el muro [70] de sus lamentaciones, algo desechable que después de
usado se tira, un recurso natural como un pozo de petróleo condenado a que
se le extraiga hasta la última gota de vida. O tal vez el ejercicio de un
derecho, la posesión de una parcela de la que son copropietarios y en la
que cada cual me administra a su manera.
En cualquiera de los casos, soy siempre algo que debe ser repartido.
El mundo entero menos yo tiene derecho a una tajada. En tanto yo debo
curvarme ante la distribución equitativa: esto para ti, para él, para
ustedes. Para mí nada. Siempre pedacitos. Residuos. Y si alguna vez me
tocó la pechuga del pollo fue porque uno de los dos, el pollo o quien les
habla estaba al borde de un colapso.
Entonces escucho mi propio grito: ¿Y yo? ¿Cuándo yo? Me han dejado
reducida a mi mínima expresión. Deberían colgarme un cartel: «Ocasión,
mujer barata, en perfecto estado y a toda prueba, no obstante los años.
Totalmente equipada, control remoto y digital, doble tracción, ancha
capacidad, repuestos de cualquier tipo, sonido estéreo, amplios
conocimientos sobre noble oficio. Mínima consumición y máximo rendimiento.
Horario continuado desde las siete hasta las veinticuatro horas, incluso
domingos y feriados. Trabajos garantizados. Adherida a tarjetas de
crédito. Acepto vehículo como parte de pago, además de [71] increíbles
descuentos para quien se presente con este anuncio».
No tengo venas ni arterias ni corazón ni pulmones. Soy un baúl
portátil lleno de innumerables mujeres: la que se multiplica y divide, la
que es fuerte y la que es débil, la que se niega y consiente, la que
improvisando decide. Esa confusión en mi interior de tantas personalidades
discordantes debía fundirse en la mujer indefectiblemente cortés,
equitativa, equilibrada, económica, discreta, diez puntos que todos
pretenden que sea, mientras desaparece la que soy, la auténtica, la que ha
venido guardando los cansancios con la ropa limpia y las emociones allá
abajo, en el último peldaño de mí misma, como raíces truncadas, resecas
por falta de agua.
Para quien gusta clasificar los individuos bajo etiquetas, sólo soy
un ama de casa y apenas eso, sin diplomas ni condecoraciones ni nada que
pueda destacarse como verdaderamente notable. Lo que se dice una mujercita
chata, que con dolor ha dado a luz a sus hijos y dolorosamente los ha
sentido luego despegarse de sí como de un cuerpo extraño.
Sólo Dios sabe que he tratado de amarlos sin condiciones, de
aceptarlos tales cuales eran. He querido comprenderlos, a toda costa
acercarme a ellos, pero mis intentos se extinguían en habitaciones
oscuras, vacías, sin el más insignificante [72] resplandor de un eco.
No sé, pero me da la impresión de haberme quedado al borde de su
trayecto, de que algo me sobra o me falta para alcanzarlos. Como si cada
uno se refugiara en su propio extremo y entre nosotros se dilataran
estepas, inmensas regiones de hielo y distancia.
Entonces me digo ya pasará. Es solamente una tempestad pasajera. Veo
tinieblas donde sólo hay niebla. Entonces alargo los brazos; extiendo y
extiendo las manos pero no los alcanzo. Con los ojos los iba siguiendo de
lejos: los veía desarrollarse, crecer, emprender de un solo impulso la
vida, apremiados por el ímpetu de sus años, cuando de golpe ya no eran
ellos los que se alejaban, sino yo quien retrocedía. Me diluía igual a ese
amago de luz perdido en su propio esfuerzo y que al final nada ilumina.
Incluso parecían estar viviendo en otra galaxia, a años luz de la
mía, donde era inevitable utilizar también otro lenguaje. Uno muy raro,
formado casi exclusivamente de onomatopeyas, vocablos lisiados, sonidos de
imposible traducción, a no ser que hubiese cerca alguien que hiciera las
veces de intérprete.
Así es, desgraciadamente. Más ha pasado el tiempo, más han cambiado
las cosas y menos nos entendemos. Porque, ¿qué tengo que ver yo, por
ejemplo, que [73] no he superado todavía la ondulante somnolencia del
bolero, con sus músicas cibernéticas a todo voltaje donde hay algo de
trompeta llamando a juicio final? Aquel sonido llevado a su apogeo, el
soberano sonido, el supremo clamor de las materias dolorosas y gozosas que
se desplaza con estertores de Apocalipsis y sacude toda la atmósfera.
Evidentemente lo que me aturde no les molesta, lo que les digo son cosas
que nunca vienen al caso, lo que me escandaliza les parece «super-genial».
Y a veces, cuando hablo, ni el eco me contesta. Siempre están más allá de
mis palabras, más acá de mis deseos. Siempre dialogando en el desierto.
Y se aprende despacio a vivir sola, sin testigos ni cómplices, ni un
contacto duradero con nadie. Mano a mano conmigo misma, vigilando el lento
crecer del silencio, ese silencio tantas veces escuchado que avanza
interminable entre la penumbra y se traslada casi como un ser viviente.
Desde el fondo de sus ojos huecos me mira; se oye el vacío que va dejando
a su paso, y sobre el vacío, ahí, agazapada, lista para dar el salto, otra
vez ella. Vuelvo pausadamente la cabeza y entonces la descubro. Es ella de
nuevo: la mole enmarañada de la soledad. La soledad y sus recovecos de
miedo y de sombras desmadejando una hilera vertiginosa de luces. La
soledad y sus círculos envolventes que [74] empiezan a estrangularme a la
manera de horcas.
Los muebles, las cortinas, los cuadros parecen aún más solos bajo
esta soledad ingrávida y que no obstante aplasta, me oprime, me acobarda.
Ella está aquí para acabar conmigo. Su boca es una cripta negra que me
succiona y traga, arrojándome a esa región sin regreso en la que habita mi
madre.
Y hubo que acostumbrarse a que interior y exteriormente la vida fuera
tomando su forma. Hubo que acostumbrarse a convivir con ella, porque de
tanto haberla juntado, de tanto irse acumulando a lo largo de los días,
las semanas y los meses, ya se había hecho una compañía.
Todas esas cosas, digo yo, me fueron acercando imperceptiblemente al
geranio, mi único, mi entrañable amigo con quien sostengo largas
conversaciones. Él me comprende mejor que nadie aunque nunca se haya
movido de su maceta, porque la otra alternativa sería -si es que puedo
pagar el tratamiento y todavía soy curable- irme a un siquiatra, donde mi
pasado iría saliendo de mí como los resultados de una computadora. [75]
Primero hay una situación confusa, muy poca luz, en seguida una
niebla desde la cual alguien me ordena retroceder y después me pregunta
dónde me duele, y a mí me parece que todo mi dolor empieza donde se acaba
mi madre. Mi madre deshecha en sangre.
Hay que empezar por relajarse, señora, cerrar los ojos, poco a poco
desprenderse de los pies que me quedarían allá lejos, cada vez más lejos,
como un par de pantuflas usadas. Para entonces remontarme a cosas que ya
me habían sucedido y que era inevitable repetir. Para intentar desentrañar
en qué instante de olvido, en qué partícula de silencio, en qué segmento
de oscuridad se habían atascado los sueños.
Había que volver volviendo la cabeza hacia la tormenta y el río,
hacia el origen impreciso de aquel olor a anestesia, y siguiendo viejas
huellas, desandando recuerdos, debes hurgarte de memoria, [76] dejarte
caer enfilando al centro, como buzo de ti misma, lentamente resbalando por
el agujero de la vida hasta la misma raíz de aquel sentimiento de culpa
que fue creciendo contigo. Hasta el brumoso, casi inaudible eco de tu
primera angustia, tu primer llanto, lastimoso, escuálido gemido de terrón
desgañitado, buscando allí donde jamás estaría la savia de tus pezones,
madre, buscándote el regazo, esos labios escondidos de mis besos para
siempre.
Y todavía escarbar más hondo, en un volver tan intenso, tan profundo
que no sólo veía y sentía el pasado, sino que me parecía incluso palpar el
feto de orfandad que moraba dentro de mí. Me parecía ver la fecha, el día
de mi nacimiento: un domingo dos de febrero, entre el ocaso y el alba de
una ciudad, entonces todavía un pueblo, amontonado y chato, moreno de sol
y de años, el mismo en que solemos pensar cuando contamos un cuento:
«Una vez, sentado sobre un monte había un pueblito. Por allí no pasa
la gente ni el progreso y la lluvia muy de vez en cuando; y si pasan,
pasan de largo. Sólo un tren flaco y exhausto por una marcha de casi diez
horas, interrumpe a veces la monotonía del campo, jadeando su cansancio de
verde en verde, de piedra en piedra, internándose luego entre lejanías y
dejando al desaparecer una reverberación de países remotos. [77]
De tanto en tanto, una polvareda de ruedas, un rumor de chicharras
contra el viento soleado de la tarde, algún forastero que también pasa de
largo. Yo no he visto a ninguno quedarse en aquel pueblo, y sólo quedaron
los perros, la municipalidad, la escuelita, a un costado su infatigable
río y temblando sobre sus aguas quedó el cielo»... en cuyo azul te
sumerges hasta no dejar de ti sino un vago remolino y hasta más bajo aún,
más al principio, con la esperanza de retornar al sitio de donde nunca
hubieras salido; a la tierra de mi madre en que había sido formada, y de
nuevo percibir el contacto de esa piel que me cubría del mundo, que me
había dado su calor tomando mi forma con cariño, y que aún me está
envolviendo, me cobija, me da abrigo; todavía flota en mí pero empieza a
irse.
Porque de inmediato se inicia el sube y baja, aquel siniestro
balanceo que pretende extirparme de ti, madre, lisiarme de tu amor al que
desesperadamente me aferro.
Convulsa, retorciéndote, tú tratas de luchar, de sostenerte, zafarte
de esas manos que tironean de ti induciéndote a la vida. Y en mitad del
forcejeo, la voz de aquel sujeto de rostro enmascarado que sólo la ayudaba
gritando: una fuerza más y después otra, un brazo colgando, de par en par
las piernas, dando la cara a la muerte [78] que pasaba sobre ella
deletreando su nombre.
Mi nacimiento me duele. Me duelen mi ceguera y las contracciones de
mi madre que se hacía pedazos por desarraigarme de ella. No podía ser que
el fruto de su amor se hubiera convertido en aquel dolor inaguantable. Me
empieza a doler la sospecha de que su fin iba a tener mi edad exacta, de
que mi primer sorbo de aire habría de confundirse con el resto de su
aliento. Ese avanzar a contramano me duele. Me duele lastimarla como si al
pasar me hubieran crecido espinas. Me duele que le duela. Ya se te pasará.
Es que el sufrimiento es tan grande que no lo puedo sostener yo sola;
alcanza casi a los cielos. El fruto de su amor no sólo se obstinaba sino
que además venía dispuesto a matarla. Ella ha muerto para que tú vivas. He
debido terminar con ella y sin embargo sobreviví. No se detenga ahora.
Adelante. Respire hondo. Tranquila. Soy doblemente culpable. Yo sentía que
me la arrancaban, la sentía irse pero no lograba hacer nada. No conseguías
siquiera retenerla en tu mirada, con su última mirada, y capturarla,
suavemente ir encerrándola en el desván de las pupilas para que no se te
vaya del todo, para que después no te resulte una extraña. No conseguías
fijarla a causa de tu ceguera. Y entonces, mucho más tarde, fue necesario
inventarla. Tus dedos la dibujarían sobre [79] los días pálidos de tus
cuadernos, garabateando su imagen desde esa flor seca de su velorio,
sujeta de un retrato en la hoja del ropero. Desde aquel retrato apagado,
para encenderlo luego dentro de tu alma.
Tú no podías verla porque entonces te consumías entre la disparidad
de dos fuerzas, igualmente enemigas y poderosas. La una, luchando por
regresarte, un poco más y lo hubieras logrado, cuando de golpe se
precipitará la otra, impulsándote hacia el estrecho conducto de la vida. Y
de inmediato experimentas el cisma, el brutal desgarramiento, el
rompimiento áspero, total, definitivo, y sobre un vértigo de sangre has
llegado por fin. Se te han abierto los ojos en el preciso instante en que
a ella se le cerraban los suyos para siempre.
He arribado a una orilla baldía, sin apenas nada mío, sin nadie. En
medio del más vasto desamparo, despojada, dos veces desnuda y sola. No
tengo suelo ni techo ni tengo vientre donde acostar mi pena. Soy un
náufrago que en la inmensidad hace señales que ninguno contesta. Soy
alguien sin tierra, sin raíces, a partir de hoy y hasta el final seré
huérfana. Tal vez porque me corresponda expiar en vida su muerte. Tal vez
por eso me ha quedado esta tristeza, desde que me bautizaron con llanto.
[80] [81]
Así fue como nací sentada, trayendo como único equipaje un cordón
atado al cuello y un título de decencia, legado de mis ancestros. Dicen
que mi madre quería bautizarme Gloria, al igual que ella, pero las tías
decidieron que no sólo era desaconsejable, sino además un signo de mala
suerte insistir con nombres de los que ya habían pasado a mejor vida. Se
afanaron entonces en buscarme uno cualquiera en el santoral de la semana,
y con gran beneplácito de ambas, encontraron el mío: Purificación, que
quiere decir sin mancha.
En el desconcierto de los primeros minutos, ninguno se fijó en que no
me parecía a nadie de la parentela, y mucho menos a las sacrosantas tías.
¿De dónde habrá sacado esos ojos de oriental?, malició, quién sino,
Santa Librada. Y ese color yodado, esa piel tan oscurita que traicionaba
la casta.
Pero mis tres lunares dispuestos en ángulo agudo sobre el trasero
derecho, [82] resultaban una prueba irrefutable de que yo era una legítima
descendiente de los Vera. Aunque eso de legítima sea una aseveración un
tanto presuntuosa de mi parte, ya que en realidad soy apenas un injerto de
escoba entre blasones y estandartes, lo que significa ser bastarda, con el
agravante de que lo soy de un hombre al que jamás he conocido.
Mi padre. Dos palabras que hicieron y deshicieron mi vida. Dos
congojas que han latido con hondo y sordo dolor durante toda mi infancia.
Eso era para mí mi padre: miles de interrogantes, una monumental pregunta
que me llenaba la boca y, que nunca había hecho a nadie. ¿A quién habría
podido hacerla, si las tías se mostraban al respecto tan reticentes y
equívocas, si sus ojos parecían segregar bilis al sólo oírme mencionar su
nombre? Aquel sacrílego Ricardo que ellas pronunciaron una sola vez y en
seguida cambiaron vertiginosamente de tema, como si éste les cuajara la
crema de su abolengo, o como si no hablando de él no existiese y por lo
tanto tampoco existiese lo que había hecho.
¿Y qué había hecho mi padre? ¿Qué pasaba con él? ¿Era acaso un
delincuente, un estafador, algún borracho? Algo abominable era, de eso no
cabía duda.
Mucho tiempo, sin embargo, transcurrió antes de que yo me enterara,
por Hilaria, de cómo sucedieron en realidad las cosas. [83] De cómo mi
padre no había sido más que una lamentable desgracia en la vida de mi
madre, de cómo la abandonó al saber de su embarazo, cuando supo de ese
hijo que le crecía en las entrañas, llevando en sí el germen de su propia
destrucción.
«Y ni siquiera quiso reparar el desliz legalizando la situación de la
finadita, ni ante los ojos de Dios ni de los hombres. Pobre mi niña
Gloria, que bajó al río como trastornada cuando la enteraron de su huida.
Le plantó un hijo en el vientre y después la dejó plantada, librada a su
propia suerte, porque sin más explicaciones se esfumó». Y desde entonces
nadie había vuelto a saber de él ni de su paradero.
De esa manera mi padre se escabulló de mi vida, cuando supo que yo
venía en camino. Y es precisamente en un camino sembrado de cruces y de
sepulcros donde, no sé por qué, siempre lo sueño o me lo imagino. Siempre
de espaldas, yéndose, huyendo culpable como los ladrones después de haber
cometido un robo; y aunque en casi todos mis sueños lo tuve muy cerca,
nunca me fue posible distinguir sus rasgos, porque no tenía cara sino una
gran espalda envuelta en brumas, que se agitaba y se agitaba, como un
pañuelo de despedida, mientras yo corría desesperada tratando de darle
alcance, entre largos pasadizos que conducían a otros todavía más largos,
ya que debía llegar a él, costara lo que costase. [84] Y grité y el eco
multiplicó mi grito: ¿Por qué me has abandonado, padre mío?
De aquellos episodios oscuros, de aquellas pesadillas que no
terminaron nunca de configurarse, entremezcladas o alimentadas por
recuerdos semejantes a aquella historia de Hilaria, quizá lo único que
pueda darse como fehaciente sea el hecho de que soy yo absolutamente todo
lo que de mi padre queda, puesto que mis tías no sólo lo borraron de su
memoria, sino que también borraron cualquier vestigio de su apellido en mi
acta de nacimiento. Por lo cual tuve que apelar a mi imaginación a veces,
y discurrir y atar cabos para formarme una idea aproximada de quien fuera
el responsable de que ahora yo estuviera en este valle de lágrimas. Y,
asimismo, tuve el honor de ser colocada dentro del árbol de la casa de los
Vera, cuyos ramajes se extienden y se entrecruzan en secular floresta.
Tampoco la naturaleza había sido demasiado pródiga conmigo ni me
había otorgado ningún atractivo comparable a los de aquellas augustas
matronas en las que todo armonizaba admirablemente: cabellos lustrosos,
altivos cuellos, ojos profundos, largos dedos con alargadas virtudes, la
brevedad del talle con la breve insinuación de las caderas, las sesgadas
sonrisas asomando apenas entre melancólicos labios. En tanto que yo
parecía el remedo no [85] logrado de sus gloriosos atributos.
Fui la chiquilla más descolorida que imaginarse pueda y, en
consecuencia, la más opuesta a la noción del femenino encanto que, hasta
donde la memoria alcanza, habían brindado las Vera.
Una niñita mustia, menuda, morena, cuyo refugio preferido era el
sótano, aquel lugar siempre entre brumas donde no se podía notar que era
huérfana. Donde podía liberar esas emociones tan largamente refrenadas,
desensillarme, desabrocharme, despanzurrarme a gusto, tirar las medias,
soltar la risa y las canciones aprendidas en la escuela: de la soledad se
debe huir, se debe huir...
Nada había tan hermoso como recorrerlo de punta a punta, extasiándome
delante de cada objeto, de cada cuadro. Nada como aspirar aquella
atmósfera saturada de prodigios, que hacía parecer que oliera a claridez,
aunque oliese a encierro y decadencia.
Porque aquel sitio era algo así como un santuario de cosas que en
algún tiempo habían tenido pretensiones, pero que ahora habían caído
irremediablemente en desgracia.
Un vasto cementerio de muebles reducidos [86] a piezas divorciadas de
diferentes estilos y épocas, todos maltrechos y a punto de destriparse.
Restos de un bargueño, sillas derrengadas, una consola desconsoladamente
achacosa y chueca, roperos mastodónticos repletos de vestidos a la usanza
de María Antonieta, un espejo enceguecido de humedad y de silencio, un
reloj de cuerpo entero con el tiempo detenido en una sola aguja oxidada,
retratos de personajes curiosos con extraños atavíos, entre ramitas secas
de Domingo de Ramos y otras reliquias, fruteras con bananas, peras,
ciruelas de golosa cera carcomida de polillas. Además de unas lauchitas
casquivanas formando una comparsa de grises que daba gusto ver, mientras
una estable orquesta de grillos extendía por doquier sus venerables
lamentos.
Siempre que podía visitaba aquel lugar, al cual se bajaba por la
oscuridad de una escalera de seis escalones y, sin embargo, a mí me
parecía que estuviese en las alturas, que fuera un balcón, la atalaya que
oteaba hacia la magia. Porque de pronto, igual que si se hubiera producido
una mágica explosión de cristales multicolores, se ensanchaba el espacio
y, por momentos, me metamorfoseaba en una princesa encantada y, otras
veces, hasta llegaba a ser reina.
Mi relación con aquellos muebles era curiosa. Los tocaba como si
fueran un cuerpo querido, como si mis caricias [87] pudieran sacarlos de
su abandono. Pero con ese sentimiento se mezclaban otros de más hondura,
más arduos de precisar, que acaso provinieran de mi necesidad desesperante
de abrazar a alguien.
De ese modo trabé amistad con el caballero cuyo retrato lo pintaba
puro panza y la mirada como alucinada por zafarse del presidio al que lo
había condenado el chaleco, y a quien decidí nominar Baltazar. Y a la dama
ensimismada, con unos pechos a punto de desorbitarse, bauticé Clodomira.
Ella a menudo prorrumpía en llanto porque su honorable esposo, el marqués
no sé de dónde, había muerto en combate, y porque desde entonces había
tenido que encuadrarse a la lóbrega monotonía de aquella reclusión
forzada.
Con ellos festejé mis diez, mis once y doce años. Con ellos compartí
mis dudas, mis pequeñas rebanadas de dicha. De algún modo ellos fueron mi
verdadera familia.
Años han pasado sobre aquellos días. Largo es el viaje que media
entre niñez y adolescencia, entre adolescencia y madurez, pero sin embargo
la orfandad me queda, porque es una mancha que no sale con el detergente
del tiempo, porque se puede matar todo en la vida menos la nostalgia de
haber sido huérfana. Era algo que se me notaba en seguida, algo que no
hubiera podido ocultar aunque me lo propusiera. La llevo en el color del
cabello, en cada [88] centímetro de piel. Lo mismo que sigo llevando a las
tías.
Tampoco a las tías se las domina fácilmente. Son mujeres de
inagotables recursos, fértiles en intrigas, expertas en el arte de
perseverar y de echar en cara. A ellas así nomás no las iban a engañar, y
contradecirlas hubiera sido igual que querer llevarles la contraria a las
mareas. ¿Qué hacer? ¿Dónde esconderme? ¿Huir? ¿Enfrentarlas? ¿Qué
alternativa me queda? Si vuelvo los ojos al pasado, allá me las encuentro.
Si me ubico en el presente, aquí estoy con ellas de nuevo, exigiendo que
lavara mi vergüenza, pronosticando desastres en caso de que no lo hiciera,
señalándome a dos voces que había llegado para mí la hora del
arrepentimiento. Y has de arrepentirte cuanto antes, porque esperar hasta
mañana hubiera sido demasiado tarde.
Exactamente. Ustedes lo han dicho. Esperar hasta mañana hubiera sido
demasiado tarde. Era ya mismo, de prisa, muy rápido, cuando necesitaba
hacerlo. La hora del milagro era aquélla, en seguida. No me interrumpan
por lo tanto esta música. Voy a vivir ahora que todavía es tiempo. Ahora
que estoy viva y en posesión de todas mis facultades. [89]
Porque no se puede detener la vida ni ponerle tranca al pasar del
tiempo, y éste rueda y va rodando, engulléndose a toda marcha el presente
y dejando atrás algo que parece polvareda oscura de pasado que se interna
en el olvido. Porque resulta que una comprende que lleva el final metido
en el cuerpo, el cual empezará a revelarse lentamente y por etapas.
Pronto estaré entrando en la fase llamada ansioardiente, donde las
frazadas me darán sensación de incendio y las sábanas impresión de
escarcha, y si me tapo mucho me quemo y si me destapo me hielo. Y por las
mismas causas me reiré y sentiré pena, y tendré accesos de calor seguidos
de profunda melancolía, sin que me sea posible establecer el punto medio
de nada. Y por si esto fuera poco, devastarán mi organismo unas rachas
alternativas de lujuria y de gula.
Para la gula había pastillas aplacadoras del apetito y estimulantes,
al mismo tiempo, [90] de una euforia suficiente para armar y desarmar la
casa en solamente segundos, como Siluetyl, por ejemplo, un producto que se
come su apetito y cuyo prospecto reza así:
«¡Felicitaciones! Usted se ha decidido a tomar Siluetyl y con ello ha
dado el primer paso para eliminar esas 'grasas superfluas' y lograr una
silueta ideal. Encare ya mismo este tratamiento. No espere más. Piense que
dentro de muy pocas semanas, un excelente estado físico y anímico le darán
mayor seguridad para lucir elegante y estilizada, habiendo reeducado en
forma racional su irracional ansiedad por ingerir alimentos».
Existía, además, para las sobreexcedidas en peso, el prodigioso
invento del Ritmo Gym televisivo a nivel doméstico, que consistía en
seguir aplicadamente, sin salirse del ámbito de la alfombra, una serie de
ejercicios propuestos por gráciles bailarinas escuetamente vestidas, que
empezaban por ser suavecitos, insinuaciones apenas entre preludios de
valses, cuando de pronto y sin previo aviso, la cosa daba un radical
viraje, las contorsiones se desataban, se hacían cada vez más rápidas, más
audaces, más arriba, más abajo, uno, dos, uno, dos, tantos que ya era
imposible hacer un recuento, transfigurándose aquello en virulencia
colectiva, sorprendiendo en su buena fe a las amas de casa, promoviendo
pánicos entre las mismas, como si todas [91] aquellas bailantes, munidas
de repentinas alas en tobillos y caderas y decididas a no dejar piedra
sobre piedra, se hubieran precipitado a un movimiento sísmico. Algo
difícil ciertamente, aunque no imposible de conseguir, siempre y cuando se
flexionasen un poco así las rodillas o se alzara usted escalonadamente
sobre los escombros de sí misma.
Es indudable que se han logrado maravillas para contener la gula y
sus nefastas consecuencias, pero una vez expresada la lujuria, no se la
reprime tan así como así.
La edad difícil produce un estado de sobresalto y fiebres
crepusculares, en que los malos pensamientos son frecuentes e
imprevisibles, y a los cuales había que combatir alternando tés de tilo
con duchas frías y padrenuestros, con escasos resultados, desde luego, ya
que reaparecían lo mismo y con mayores bríos, generándose a la tardecita y
a una velocidad superior a la capacidad de ahuyentarlos. Cuando uno cae y
se desvanece, otro más insolente, más revolucionario -pese al contrapunto
de una decencia tradicionalista-, más atrevido, se forma, se acerca, llega
casi a punto de estallar y de engolfarme en llamas.
Lo urgente, lo imperioso era entonces [92] ganar tiempo, porque el
acoso de los años sería cada vez más estrecho y obstinado. Sería un irse
eclipsando poco a poco: una arruga más en la frente, otro cabello de
menos, una caída interminable en otra caída.
Y los primeros estragos del tiempo, los propios funerales diarios
empezarían a revelarse en el espejo. Por allí entrará ancha la vejez,
tenaz, implacable, en oleadas sucesivas para elaborar su herrumbre.
Enfrentada a ti cuantas veces tú te le enfrentes, con la misma
persistencia ocre de ese moho empañando tu reflejo, desbaratando tu cara.
Y tendrás tan poco tiempo para olvidar tantas vivencias, que tu
memoria irá apartando fechas, sucesos, momentos, en grupitos diferentes,
cada cual en el bando respectivo, tú aquí, ustedes allá, del otro lado,
según la intensidad de los recuerdos. Aquellos menos intensos se olvidarán
primero, e intentar reconstruirlos acaso será como recorrer jardines largo
tiempo abandonados, donde los yuyos han borrado todas las huellas.
En cambio los otros, aquellos que han calado más profundo, ésos sí te
seguirán doliendo. Una y otra vez te sangrará el llanto que has llorado
hace años, las escaldaduras de tu niñez.
Lenta pero eficazmente irá cediendo la memoria, por tanto forcejeo,
por tantas [93] medias, pañuelos, bolígrafos perdidos, que sumados a otras
tantas irremediables pérdidas, resultan de un peso excesivo para una sola
memoria.
Aunque, en realidad, eso casi sería lo de menos, porque vivirás en un
nebuloso estado de olvido, olvidándote cada minuto del minuto anterior. Y
de golpe tendrás la impresión de que cuando tengas hilo, aguja y tijera,
vas a saber para qué los necesitas.
Ya no podrás cerrar los ojos y volverte atrás, allá donde la imagen
de Fidel sería apenas una bruma decreciente de pena, de ternura o acaso de
remordimiento por no haberlo intentado, por haber rechazado aquello que
hubiera podido salvarte. Ya ni siquiera tendrás conciencia de los sucesos
de la víspera. En cambio recordarás nítidamente, hasta en sus más mínimos
detalles, el horror de aquella noche en que te ordenaron vestirte,
peinarte, ponerte tus mejores galas para atender con el debido decoro al
improvisado aspirante de tu mano. La noche del sacrificio en que las dos
tías reunidas en asamblea y con las luces de la sala insólitamente
prendidas, te impusieron el decreto de casarte con un hombre al que apenas
conocías, esgrimiendo el argumento inapelable de que una familia
dignificada por la pobreza e hipotecada hasta las macetas, no tenía
derecho a rechazar aquel premio del destino, un prodigio del cielo, el
candidato providencial, [94] una especie de milagro que no se da todos los
días. Mientras las copitas de anís reservadas para las ocasiones solemnes
iban pasando de mano en mano, ellos hablaron de todo, incluyendo tu
matrimonio, menos de si tú estabas de acuerdo.
Porque tenía que estar orgullosa de que el hábil comerciante Pascual
Borja, a un paso de Dios en la jerarquía de las dos tías y cuya fama de
millonario corría por todo el pueblo y todavía más lejos, me hubiese
elegido a mí. Qué más quieres. La Divina Providencia te ha favorecido. San
Judas Tadeo escuchó nuestras plegarias.
Porque hay que ponerse en la realidad de las cosas: con un hombre así
habremos llegado al fin de la mala racha; su capital y la alcurnia de una
Vera harían una alianza estupenda. Él encontraría la solución a todas
nuestras dificultades, sería el esposo perfecto que habría de enseñarte lo
que aún ignoras de la vida. Él levantaría la hipoteca, él significaba
volver a tener crédito en las tiendas, todas las ventajas que da una
distinguida posición en la alta sociedad.
A cambio de esto, solamente a cambio de esto le ofrecieron tus
dieciocho años. Quizá ése hubiera sido el momento de decir que no, ser más
fuerte que la Triple Entente pretendiendo convertirte en un juguete. Pero
estabas demasiado confundida para reaccionar a tiempo. No había más
remedio [95] que acatar el edicto y entregarte a la mentira.
A partir de ese instante fue todo rápido: el ajuar, la coronita que
alguien ajustaba sobre los cabellos mansos, el ramillete de picardías bajo
el temblor de una mano y el altar allá lejos. Maquinalmente te llevan tus
pies en minúsculos zapatos blancos y avanzas despacio, rodeada de luces y
cuchicheos por todas partes. Y frente al altar una profusión de palabras
que parecían encadenarse unas a otras, en la salud y en la enfermedad, en
la riqueza y en la pobreza, y te iban encadenando con ellas. Hasta que al
final hubo un sí casi al borde de las lágrimas, que marcaría el comienzo
de una peregrinación a cuyo término no has llegado todavía. Un sí
apretando los muslos que más tarde se abrirían confusos ante el zarpazo
brutal de una realidad que durante años te habían escamoteado las tías.
Habrás perdido fechas, nombres, sucesos; sin embargo, esas imágenes
perdurarán soldadas a tu recuerdo. [96] [97]
Entretanto, fiel a sí misma, sin desviarse un ápice de su decrépita
ruta, la vejez proseguirá su carrera cuesta abajo, hasta escurrirse por
entero en los orificios de la muerte.
Y se te irá doblegando el cuerpo con los años, con la carga de las
postergaciones, con la repetición hostil e inalterable de un invierno
membranoso que se te fue instalando en el alma.
Y andarás con los pasos indecisos de esas primeras sombras que
tartalean en el atardecer de los corredores, vacilante, caminando apenas
para no pisar en falso. No sea que te des de bruces contra el suelo,
rompiéndote lo que te falta por romperse. Se dan tantos casos de personas
que terminan con sus huesos sepultados en un yeso, que deberías tener cada
día más cuidado, andar cada día más pegada a las paredes, de modo a tener
donde apoyarte en el momento de la caída.
Poco a poco, sin embargo, se va adquiriendo [98] la destreza
necesaria para salvar los diferentes obstáculos. Si la gente agarraba la
vida por un lado, entonces había que dar la vuelta, viviendo como contra
la corriente, siempre en sentido inverso al sentido mayoritario,
levantándote tú durante el reposo de ellos, para que no te viesen los
achaques de las piernas, ese reuma que de unos meses a esta parte se ha
empeñado en hostigarte la cadera.
Y un buen día escucharás a tu propia voz hablándote de lejos, como
salida de un sollozo sin pena, ese casi nada de tu voz balbuceante, cada
vez más lastimada, menos audible. Mientras el vacío que había en toda
vejez se desarrimaría lentamente de las paredes, emergería de debajo de la
alfombra, del silencio pertinaz que durante siglos habían debido guardar
los retratos y se apoderaría de ti, habitándote entera.
Entonces ya no habría necesidad de hacer oídos sordos, porque estarás
más sorda que un ropero, aunque siempre quedaran, como recurso extremo,
aquellas oportunas señales de truco que te harían comprender las cosas.
No pasaban ómnibus ni motos. No sonaban las bocinas ni chirriaba
ningún grillo. Una total ausencia de ruidos, de pregones. Nada. El
silencio largo, más ancho que la tierra en el que te sentirás aún más
sola. Un vacío que rompía a veces, muy de tarde en tarde, el rumor de una
[99] melodía interna, aquel remolino de notas tan impregnado de lejanía y
sin embargo tan cercano. Y quizá, al final, sólo quedara eso: un remoto
acorde de Beethoven en el silencio del mundo.
Ni verías nada de malo en la actitud desenfadada de tus muchos
nietos, siempre buscando algo más excitante, más en la onda, porque
llegará un momento en que ya casi no podrías verlos. El escaso mundo que
te rodea parecerá de pronto deformado, carcomido, reticente, una mancha
imprecisa sin bordes definidos, apenas una población de sombras.
Y los ojos calvos, raídos, propensos al llanto, se te irán llenando
de una especie de engaño, como si nada fuera verdad en esa crisis de
niebla que te altera la sensación de distancia, el tamaño de la luz en los
balcones, hasta el antiguo tono coral, jaspeado en amarillo, que tuvieron
alguna vez tus geranios, sintiéndote entonces, cuando se te acabara la
vista, profundamente abatida de haber visto tan poco de lo mucho que
hubieras deseado ver en este planeta. Mares, montañas y ríos que ni
siquiera han pasado por tus pupilas.
Tanto pueblo, tanto viento, tanto tutor para que tu cuerpo creciera
con la rectitud de las rosas. Tantas vocales y consonantes que enlazadas
dibujan un enjambre de palabras; miles de palabras fundadas para que tú
pudieras decirlas y he aquí que de [100] golpe ellas habían perdido todo
su significado; ya ni siquiera podías articular debidamente las sílabas. Y
de aquella laboriosidad única, que te hiciera mantener por años y años la
cocina encendida, la comida caliente, cada cosa en su sitio; de aquel
esmero porque la casa luciera igual que patena, sólo iría quedando una
torpe manera de echarlo todo a perder.
Y otro buen día, te olvidarás de leer y escribir, con tanto trabajo
como le costó a tu pobre maestra Eulalia Robledo enseñarte aquellos
intrincados tiempos de verbos: Había, debía de haber, era necesario que
hubiera o hubiese. Aquel torrente de reglas gramaticales: Todas las
palabras terminadas en ABA, BILIDAD, y todas las empezadas en BRA- BRE-
BRI- BRO- BRU- y BLA- BLE- BLI- BLO- BLU- siempre se escriben con B larga.
Las veces que te habrá corregido porque escribías las haches fuera de
sitio y permutabas las eses por las zetas o las jotas por las getas. Y ni
qué hablar de las tablas que debían recitarse a la manera de valses, la
raíz cuadrada, las reglas de tres simple y compuesta. Y ahora incapaz de
sumar cuatro más cuatro, de tomar decisiones propias, de intentar la más
simple descripción. Todo sucediéndose sin conceptos.
Todos muy afligidos de verla desvariar a mamá, sabiendo perfectamente
lo que andan diciendo sin atreverse a decírtelo. [101] Ella, tan dueña de
sus actos, tan habituada a ser cabal en todo. Se ha puesto así desde hace
algún tiempo. Vive tan alejada, divagando horas enteras, abismada en una
charla interminable consigo misma en la que se enredan las quejas contra
los nietos y el clima con lamentos por la desfachatez del servicio
doméstico, y nadie comprende por qué justamente Beethoven con el rezongo
de sus múltiples dolencias. Ya no parece reconocer ni a los más íntimos.
Lo malo de mamá, doctor, es que cualquier problema la retrotrae a la
infancia, porque de dónde sino de allí le vendría la costumbre esa de
andar con tapitas de Coca Cola en los bolsillos o la obsesión de
coleccionar jugadores de fútbol para pegarlos luego en el álbum de
figuritas. A la abuela se la ve cada vez más distraída, como si de golpe
la hubieran desconectado del mundo y viviera una existencia subterránea,
revisando un pedazo de pasado cada día, antes de que éste se le olvidara
del todo. Creo que ha decidido morirse y no hay medicina ni remedio alguno
contra ese mal. Es prácticamente una zombi. Una zombi. Una zombi.
Y de pronto tu cuerpo no se moverá más en el interior de algún batón
oscuro, [102] de la misma edad que tu fatiga, y serás una viejita
insondable a quien darán sopas en sonda. Una viejita tomando sombra en un
abandonado rincón, allí donde casi nunca llegarían las luces ni el sol ni
nadie te llamaría impacientemente mamá. Entre esas cuatro paredes que
tienen algo de desván o de tumba, donde te habrán relegado con el
argumento irrevocable de que te hacen mal las corrientes de aire, los
cambios bruscos de temperatura, porque tu catarro, tus accesos de tos, ese
hervor de olla oxidada que se te escucha en el pecho y después vienen las
complicaciones.
Separada de la vida que seguiría desplazándose por las calles, en el
almacén del coreano, en el café de la esquina; cansada de ningún cansancio
y de que tus piernas ya no te obedezcan. Están ahí, donde deben estar, son
tuyas y, sin embargo, ajenas a ti. Cansada de tus pies definitivamente
quietos que asoman como garras de animal cautivo. Dejando que los días se
te vayan cayendo encima con la misma falta de interés y la modorra del
pasajero acurrucado en el sopor de ese viaje que lo va alejando, sin
pausas ni escalas, de aquel país en el que vivió tanto tiempo.
Dejando transcurrir la soledad de antes y después de las comidas, en
la única posición que te permitiría la artritis, sin otro movimiento que
ese temblor intenso de las manos, sin otro porvenir que ser, algún día,
[103] parte de algún cascote, de alguna mandioca raquítica, de algún
lapacho sin flores. Sin poder recordar siquiera cuánto te había costado a
ti quedarte en esa cama en la que ahora estás postrada, reducida, mínima,
a la espera de que el tiempo fuera completando su obra. Y, quizá, cuando
llegase el momento, casi no habría qué enterrar.
Mientras, todos los demás se limitarían a verte así, como una
presencia que de tan leve ha dejado de ser perceptible, apenas como un
punto en punto muerto, sin chance de avanzar o retroceder, entorpeciendo
el normal desplazamiento de sus vidas, esperando un empujón por lástima o
por delicadeza. Y los rostros crecidos de Miguel y de Tinita que giran y
giran, se asoman, se acercan, te atisban, y tú te duermes y despiertas con
esa barra quemante que se te atraviesa en el pecho.
Todos contemplándote en silencio desde su otra orilla, un tanto
alarmados de observar cómo los días empiezan para ti a esa hora en que
termina la cena. Cómo has trastocado el tiempo, cómo has invertido las
horas de sueño llenándolas de noche mucho antes del crepúsculo, creando tu
propia oscuridad dentro del día con los ojos cerrados, para que parecieran
las nueve de la noche a las diez de la mañana.
Y todo por aquel miedo inexplicable, de repente, ante la muerte,
temblando con la idea de encontrarte sola frente a ella cuando [104] los
demás durmieran.
Porque hay muertes que de día son casi neutras y a medida que la
noche avanza van adquiriendo terrible potestad, atacando de improviso y
por la espalda, con esa virtud que tienen los felinos de controlar, aun en
las tinieblas, los más insignificantes movimientos de la presa.
Y llegará el inevitable día en que sólo serás una sensible pérdida.
Morirás. Aunque no ha de ser la primera vez. Habrás vivido tanta vida
muerta, en lo más hondo de ti se habrá ido acumulando tanto cementerio de
lo que te ha dejado de existir, que de alguna manera la muerte te parezca
una aventura más accesible que la vida, más fácil de sobrellevar.
Cuántas veces te la habías imaginado, patéticamente vestida de negro,
sombría y a la vez majestuosa, dejando tras sí un reguero de cenizas.
Cuántas veces la habías presentido en la mirada de personas muy viejas.
Cuántas veces habías hablado de la muerte, sin saber lo que en realidad
significaba. Ahora vas a tener conciencia de su identidad, de su
supremacía, de tu propia pequeñez, porque está ahí tan cerca, mirándote
con ese gran ojo redondo y un solitario e inapelable FIN escrito sobre la
frente.
Ahí, tironeando de tu sombra, agazapada para dar el salto, rondando
impaciente en torno a tu agonía, empeñada en destruirte, [105] en
escamotearte el aire, en espaciarte el pulso, en apagar tus latidos, uno
de los cuales, cualquiera de ellos, sería el último.
Mientras que tú, con tus escasas fuerzas, intentarías luchar,
aferrarte a esa mínima hilachita de vida que aún te resta, sabiendo de
antemano que toda oposición sería inútil, que no habría modo de
esquivarla, que contra ella no existe otro recurso que la entrega.
Lo mejor que podías hacer era salir a su encuentro, liberarte de su
acoso cuanto antes, matarla con tu propia muerte. Lo mejor era poner de
rodillas el alma y agarrarte a Dios, a sus palabras: Perdóname, Señor.
Aquél a quien hice daño que me perdone también y al que consolé que me
olvide.
Entonces ya no sentirías miedo, sino un alivio inmenso que se iba
haciendo esperanza a medida que se te escapaba la vida. Lo mejor era
cerrar los ojos y dormir y seguir durmiendo el sueño eterno entre el
titubeo de aquellos cuatro velones sudando estrechos caminos de cera y ni
una sola corona, porque así lo dispusieron los deudos.
Y para que no tuvieras cara de duelo ni esa palidez de huérfana, les
darían unos toques de carmín a tus mejillas; y para que todo el mundo te
creyera contenta, te acostarían sobre un colchón de flores, las [106]
mismas picardías blancas de tu racimo de novia.
Mientras en el corredor, en el frente, en el patio, se alinearían
butacas, sillas, y todo lo que de sentarse hubiere en la casa, en tanto
los demás utensilios domésticos, candelabros, ceniceros, chinerías
imitadas y el falso servicio de plata, serían puestos a buen recaudo, por
si acaso. Y en seguida el desfile interminable de parientes deambulando
por allí como golpeados que no saben dónde ubicar el golpe, ni si en
realidad es golpe. Los amigos, conocidos y aun desconocidos, que se
desviaban de sus múltiples quehaceres para presentarse con sus más
sentidos pésames y dejar sus compungidas firmas registradas en el álbum.
Y entonces, sólo entonces, empezaría el verdadero velorio, que por
algo hace rima con jolgorio, excelente ocasión para ponerse al día en
materia de chimentos.
Sobre fútbol, transferencias, chistes verdes, sexo, tal o cual
escándalo político o financiero, los varones; y las mujeres disertando
sobre moda, partos, secretarias, tema íntimamente ligado con el de los
cuernos, diversos estilos de dengue, ayuntamientos o separaciones
recientes, sin olvidar, por supuesto, ese tema tan munido de sorpresas
como es el del servicio doméstico. A lo cual debía agregarse un nutrido
intercambio de recetas de buñuelos, [107] huevos quimbos, flan del cielo y
merengados.
Y apenas quedará de ti, tras tu partida, aquella devota mañanita de
lana y el manoseado comentario de fue una mujer tan buena. Todos hablando
de ti con palabras tan sentidas, haciendo un atribulado recuento de tus
innumerables cualidades, de tus inconmensurables virtudes. Nadie te
comprendería hasta después de muerta, porque en este valle de lágrimas
sólo se empieza a ser visto cuando se está bajo tierra.
A casi nada quedarías finalmente reducida, a una escueta lapidita
amputada por los yuyos, en la que se dirá tan brevemente lo que fue tan
largo de vivir: Aquí yace Purificación Vera. Descanse en paz. Pero no dirá
nada de tu orfandad ni de tus terrores nocturnos y mucho menos de tu
Fidel. [108] [109]
Tampoco en la tumba de Pedro Pablo Cantero se hablaba de su talento
de pintor abstracto ni de cómo, una vez agotados los lapachos y llevado
por renovadores impulsos, se dedicó a pintar remordimientos de conciencia,
al igual que otras perturbaciones del alma tales como el susto, el pavor,
el llanto, la envidia, los celos en sus diversas formas: presentidos,
actuales y retrospectivos, o cualquier trastorno sicosomático digno de ser
retratado. Y aun cuando su modelo fuera invisible o se refiriese a cosas
que nos pasan desapercibidas, toda su composición se vuelve
apasionadamente vital y realista.
Era, como pocos, un observador de esa vida penumbrosa, que
simultáneamente con la de afuera, transcurre en el interior de cada
persona y esa curiosidad la desahogaba sobre todo en sus temas de
conciencia. Sin prejuicios, Cantero transmitía la lucha diaria, casi cruel
que se desarrolla en los estratos más profundos del ser [110] humano,
donde anidan los sentimientos, los complejos, las dudas, instintos
reclusos que buscan salir de aquel encierro, en tanto una fuerza
misteriosa pugnaba por retenerlos. Lucha que parece haber sido sorprendida
por el pintor, que consiguió así detenerla en el lienzo, dándole a veces
un carácter intimista y a veces no tanto.
Rápidas y generosas eran las pinceladas, admirables los trazos que
Cantero utilizaba en este capítulo de su pintura introspectiva. Expresivos
manchones que miraban, desafiaban, que reían o se encrespaban extrañamente
en medio de cataclismáticos colores: hipertensos verdes, amarillos
feroces, iracundos rojos, estridentes anaranjados. Aunque de vez en cuando
se permitía también combinaciones menos frenéticas, suavizando los matices
con exquisito tacto y tonalidades pastosas, anémicas, lentas, como
balbuceos de recién nacido puestos sobre la tela: apacibles celestes, rosa
lactante o rosa viejo, amarillo patito, trazos insinuados apenas, casi
irreales, que daban la impresión de haber caído en un charco de gelatina.
Alzando la intensidad de cada color, bajándola en inteligente alternancia,
según dichos remordimientos fueran pacíficos, violentos o intermedios,
demostrando con aquel revolucionario sistema, no solamente que todo es
posible dentro del arte, siempre y cuando se hagan las cosas con destreza,
sino que [111] además esos cuadros expuestos post mortem en una céntrica
galería, suponían por sí solos, ante propios y extranjeros, una elocuente
muestra de que en nuestro país, pese a la reticencia de algunos, también
se sabía pintar.
Tan magistral, decían los periódicos, tan asombrosamente hábil en el
manejo de los pinceles el espontáneo genio Pedro Pablo Cantero, que no se
había visto otro pintor igual desde mediados del siglo pasado. Tiene algo
más que colores. Refleja carácter. Contiene ideas. Posee temperamento.
Presenta ejemplos. Hace pensar. Méritos que se intensifican hasta hacer de
cada obra un mosaico maravilloso, un bello resumen de los conflictos
inherentes a la liviandad del ser.
Ni en la tumba de Crisóstomo Mendieta se mencionaba una palabra de su
celo apostólico, o de su oposición terminante al sacrílego proyecto de
edificar un monumental estadio de fútbol en la ciudad que nunca había
conocido tiempos mejores, con capacidad para treinta mil espectadores
cómodamente sentados y otros tantos, estaba por verse si cómodamente
parados, a costa de destruir su parroquia. Convocando con la premura del
caso a la Comisión de Vecinos, [112] en la que por unanimidad se aprobó el
texto de una Declaración de Protesta, coreándose de paso cada una de las
quejas, demandas y peticiones que venían a justificarla.
Primero morir que entregar la parroquia, era el lema de cada domingo,
iniciando su homilía el Padre Mendieta con el tono pausado, sobrio y
preciso que corresponde a un humilde servidor de Cristo, para acelerarlo
luego, gradual y progresivamente hasta alcanzar el estruendo de verdaderos
rugidos oraculares.
Porque si ahora se vivía una era de paz y de progreso, era debido
únicamente a que el Supremo Hacedor sabía distinguir a quiénes habían
salvaguardado los valores espirituales de la nación y en consecuencia a
quiénes no. Sobre ellos caería el castigo eterno.
Ni la tumba de Hilaria sin apellido -generosa mujer mitad india,
mitad planta, y acaso lo único vivo en aquella casa de seres marchitos-
decía nada de sus dones, o de aquellos ojos profundos tan llenos de
oscuridad y de fulgores súbitos, ni de cuánto supe yo de mi madre muerta a
través de sus recuerdos.
Eres su fiel retrato, me decía. Si ella estuviera viva vería que te
has convertido [113] en una muchachita muy linda.
Ni tampoco hablaba una palabra de la ternura inacabable con que me
tejía las trenzas, ni de que lo escaso que sé del amor me lo enseñó ella.
Hilaria pasó por mi infancia como el reverso de las dos tías: una
sombra dulce y menuda -no más alta que mi estatura de entonces- que me
vestía diariamente de limpio, me abrazaba y me acunaba en su piel de
terciopelo, porque ella sabía, por experiencia, que la orfandad es una
herida, que sólo cicatrizaba con besos.
No olvides que siempre estoy aquí, la escuchaba decirme, que siempre
puedes acudir a mi lado cuando lo necesites.
Fue ella la que con suavidad me habló de esa materia extraña pero
inofensiva que mensualmente manchaba la bombacha de las niñas. Ella quien
me anudaba lazos azules en el pelo y me desanudaba las tristezas con sus
cuentos. Ésos que no parecían brotarle de los labios, sino venirle de muy
lejos, tan reales y vívidos que a mí se me antojaba estar viviéndolos. Ser
yo, por ejemplo, aquella princesa que durmió cien años, hasta que el beso
de un joven y valiente príncipe la liberó de su encantamiento.
Sentada a los pies de Hilaria, las pupilas ávidas, boquiabierta,
dejaba yo que las voces ondulasen a mi alrededor durante horas. Ellas eran
el telón que se descorría [114] sobre aquel universo mágico por el que me
extraviaba sin rumbo.
A través de sus historias conocí veredas y rincones, los nombres y
los secretos de las plantas: las que curan, mejor que cualquier receta de
farmacia, el dolor de muelas y el de amar sin correspondencia, las que
sirven para conjurar el hipo y las nostalgias, las que limpian el estómago
y las que hacen dormir sin sobresaltos, las que enamoran y las que hablan
mediante el perfume de sus flores o el susurro de sus ramas.
Porque Hilaria sabía, desde luego, que árboles y plantas son seres
vivos que se alimentan de luces y retoñan mientras el hombre duerme, con
sus raíces hundidas en la Madre Tierra y los brazos siempre en alto, como
queriendo atrapar el cielo.
Supe de fogatas errantes, de espectros y aparecidos que salían a
vagar de noche más allá de los cementerios, ya que, según decía, cada
quien debe cargar con su fantasma después de muerto.
Ella oía resonar sus pasos, sordos, pesados, monótonos, no sólo en
los corredores, alrededor del aljibe y en la escalera, sino también en la
sala y bajo los libros de la biblioteca. Otras veces escuchaba sus
aleteos, porque se volatilizaban convertidos en murciélagos. Y ciertas
noches de tormenta afirmaba haber visto a don Gaspar, el almacenero, y al
farmacéutico de la [115] esquina, ambos ya fallecidos: sólo que ahora sus
barbas eran más largas, sus caras estaban más negras y tenían dos
profundos agujeros en el sitio de los ojos.
Supe de aquel monstruo con forma de perro bautizado Luisón, el último
de siete hermanos varones, al cual maldijo su madre y que desde entonces
vivía rondando los sepulcros y alimentándose de cadáveres. Supe que el
Pombero es alguien muy parecido a don Trifón, nuestro peluquero, porque al
igual que él era bajo y fornido y llevaba la piel enteramente cubierta de
vello, aunque con algunas diferencias, por supuesto, ya que don Trifón no
podía hacerse invisible, ni escurrirse por las cerraduras, ni nadie lo
había visto borracho, junto a una damajuana vacía.
Supe que los demonios ascienden a 7.409.327 y están diseminados en
las cuatro extremidades del planeta, merodeando con un andar felino,
solapado, resbaladizo, desarrollando todo género de intrigas en favor de
sus intereses. ¿Y cuáles son sus intereses, Hilaria? La compra y venta de
almas, mi hijita. Las que a su vez eran supervisadas por setenta y siete
líderes o príncipes de las tinieblas.
Nadie como Hilaria para escrutar en la polvareda y en el aire las
subidas y bajadas del río. Nadie como ella para leer el porvenir en el
aljibe, según se movieran sus aguas. Si se mueven lentamente, vida
ardiente, si [116] lo hacen con alboroto, destino corto. O adivinar la
suerte en los distintos cursos del cielo, y en sus colores las señales del
cómo y del cuándo de las lluvias, los eclipses y las granizadas.
Con sólo olerlas, podía distinguir a tiempo las vibraciones que
llegaban de lejos y traducir lo que significaban. Cuando veas arañas en el
suelo habrá nubes en el cielo y ellas darán agua esta misma noche o, en el
peor de los casos, mañana.
Sabía el nombre de cada uno de los vientos y el lugar de sus
madrigueras. El que nos viene del norte es dañino: enferma de mal humor a
las personas cuando se les mete dentro. ¿Y cómo voy a reconocerlo? No hay
modo de equivocarse. Viaja acalorado siempre y siempre sin frenos.
Mientras que el viento sur hace de escoba para barrer esas tormentas que
enfurecen los ríos y arrancan de cuajo muchos árboles, y cuando sopla de
día es seguro que por la noche se verán las estrellas.
Sabía a qué distancia de nosotros se encuentra el planeta más lejano,
por qué las gallinas se embarazan de un huevo para tener hijos y por qué
no se derrama el arroyo con las vueltas de la tierra. Tantas cosas sabía,
que parecía haber existido desde antes de que comenzara la existencia y
que lo hubiera visto todo, sin haberse movido de allí.
Ignoro qué hubiera sido de mí en aquel [117] entonces si Hilaria no
hubiese estado conmigo. Ella había sido infancia, cuna, hogar y ternura;
la única aproximación de madre que conocí en la vida. Y ahora muerta como
tantos muertos. Enterrada en la fosa común donde van a parar los
indigentes.
Así irían transcurriendo los días y con los días los años, y lo que
me restaba de juventud se desprendería de mí lo mismo que un manto
demasiado usado. Hay un tiempo para todo en la vida. El que me queda por
vivir -ahora que ya no tengo la lozanía de antes, la que quisiera tener
todavía-, ése me lo guardo para mí sola. Que nadie interrumpa entonces lo
que era; lo que debía ser. [118] [119]
¿Por qué no aceptar lo que estaba ocurriendo, sin buscarle
explicaciones? ¿Y cuál sería el motivo de que esa gente gritara, como si
la violencia de un acontecimiento inminente hubiera sacado a todo el mundo
de sus hábitos y rutinas y se estuviese juzgando a alguien?
Porque donde antes no había nadie se alzaba ahora una abigarrada
muchedumbre, una concentración multitudinaria de curiosos, digna de una
final de Copa Libertadores de América, sin que yo pudiera distinguir en
aquel matorral de gente quiénes eran los buenos y quiénes eran los malos.
Jamás había observado una asamblea tan representativa ni tan variada.
Ninguna reunión política hubiera podido congregar a tantos. Allí estaban
todos o casi todos.
Aparte de las dos tías, el Gran Juez, un Escribano, ambos bajo
sombreros hoscos y en posición de firmes, viejos y jóvenes, un pintor de
cuadros, otro de paredes, algunos extranjeros con facha de [120] haber
sido especialmente importados para la ocasión, dos periodistas siempre
atentos a los decires de la sociedad, recogiendo el parecer de cada cual
con absoluta reserva:
Perdone. ¿Qué opina sobre este caso de repercusión nacional, señora,
señor, por favor, usted señorita? ¿No cree que hechos de esta naturaleza
proceden del excesivo calor, digamos, del clima en general? No le
respondas una palabra, intervino una enlutada, que estos sabelotodo son
muy dados a tomarse la justicia por sus manos y a liquidarla a una en un
santiamén con esos bolígrafos que llevan en el bolsillo. No cuente con mi
nena para armar su tinglado, señor espía.
Tres fotógrafos cuyos flashes estallaban aquí y allá, en ardorosa
disputa por lograr el mejor ángulo, la más insospechada posición:
Quietos. No se muevan. Una sonrisa al pajarito. Ya está. Otra ahora y
otra más.
Un coro de buenas razones dirigido por el maestro, entonando de rato
en rato, a modo de entretenimiento, mientras se esperaba el momento
propicio en que se despejase el misterio, una canción compuesta
intencionalmente para el acto:
Ese amor está proscrito
no durará. No durará.
Conozco yo una señora
que se ha caído al mar [121]
con un hombre aventurero5
que la llevó a navegar
y si has de morir mañana
mejor que te maten ya.
Ese amor está proscrito
no durará. No durará.10
Dos canales de televisión, atentamente ocupados en cumplir su parte
en el conjunto, capturando todo aquello digno de ser capturado para
desaguarlo más tarde en el noticiario nocturno.
Aquellos dos individuos apostados al pie del tablado y dando
elocuentes muestras de querer pasar desapercibidos, ¿no serían acaso de la
policía? Siempre se me olvida de que estamos en Estado de Sitio.
Y alrededor, sentadas, las más venerables damas y también las venidas
a menos, todas sin excepción y todas evidentemente ansiosas de que
comenzara el espectáculo. Además de un grupito lengua larga de señoras,
que nunca falta, afilando ya sus navajas, entre los más insólitos
vendedores pregonando las excelencias de su comercio, a gritos:
Helado helado cucurucho palito copita vasito bombón helado quiniela
media bombacha lotería pruebe la suerte rifas sonrisas y carcajadas chipá
calentito franela soutién chura chura tres por mil el limón hay rebajas
para el que lleve una docena cambio cambio dólares austral y cruzados
[122] y también cambio botella vacía o ropa vieja por huevo fresco y
mandarina; y otras varias señoras chuchis afanadas en no perder la línea y
tampoco a la empleada, a las que se habían agregado unos cuantos mirones,
que se metían a ver qué pasaba, inspeccionándolo todo en una especie de
paroxismo arrobado, sin que nadie pudiera negarles esa provisoria cuota de
callejera emoción que, gratuitamente, les viniera a recompensar el día. Ya
que nunca pasaba nada esencialmente nuevo, pero como alguna vez, si había
lógica, algo tenía que pasar, era necesario estar presente y no perderse
detalle del acontecimiento.
Y naturalmente, dando el toque democrático indispensable, algunos
infaltables «contreras» que, incapaces de refrenar sus impulsos, difundían
consignas antípodas y estribillos adversos en pro de los intereses del
pueblo, y a los que era preciso imponer, de tanto en tanto, una cierta
disciplina garrotera, puesto que constituían un peligrosísimo foco de
infección del que podía surgir una epidemia de proporciones imprevisibles.
En total, más de mil quinientas personas cuyos rostros inabordables
fui recorriendo de a poco, hasta demorarme en la cara de Ricucha Valdez,
mi vecina, con la que solía conversar sobre recetas y plantas. Pero la
cara de Ricucha Valdez era también una pared inaccesible. No, ninguna
[123] ayuda me vendría de ellos: de eso estaba segura. Esta gente, tan
fácil de condolerse a veces, otras veces parece inmunizada contra la
piedad.
El ambiente estaba como caldeado por una suerte de sorda y fluida
impaciencia, un impulso contenido, un cerco de violencia amordazada que se
iba estrechando en torno a mí y podía desatarse en cualquier momento. Algo
que excedía los límites de mi comprensión y que iba cargando la atmósfera,
segundo a segundo, con la tensión que precede a las calamidades telúricas.
De aquí y de allá salía el estrépito de un montón de gargantas. De
cualquier lado que me vuelvo, encuentro siempre un rostro que me acusa. De
cualquier ángulo que se me considere, resultaré igualmente espantosa.
Entretanto, el tumulto iba llegando a su apogeo. Hombres y mujeres
hacían uso de la palabra al mismo tiempo, entre el lloriquear de los niños
y el rezongar de las damas para quienes la espera ya se estaba prolongando
en demasía. Allí, hasta lo menos pensado podía ocurrir. Y ocurría. La
estancia en aquel lugar daba pie a sorprendentes encuentros: se
concertaban citas, se practicaban cambalaches, se oían insultos,
recriminaciones, intercambio de injurias. Todo un pandemónium. A tal
extremo que el Gran Juez se vio obligado, [124] en más de una ocasión, a
requerir silencio y amenazar a los presentes con hacer evacuar la sala.
Algo muy extraño debía leerse en mí, ya que todo el mundo me miraba
con particular expectativa. Era como estar en medio de un anfiteatro
ululante que se agrandaba sin término, como si los rayos de aquella
iracundia masiva se hubieran concentrado de golpe en un solo foco: mi
humilde y cada vez más desguarnecida persona, acorralada igual que una
fiera por ciudadanos implacables que se disputaban el honor de tomar parte
en el holocausto.
A derecha, a izquierda, ojos que me contemplaban, analizaban,
juzgaban desde mi vestido demasiado estrecho y mis zapatos tan caminados,
hasta los repliegues más ocultos de mi condición. Ojos escarbando
conciencias, condenatorios, ancestrales, y bocas, miles de bocas formando
las sílabas de esa palabra con que el mundo reconoce a las de mi clase.
Y antes de que pudiera evadirme, sentí el clamor unánime:
¡Que muera la infiel, que la quemen!
Ese era el precio que una mujer debía pagar por el amor de un hombre
ajeno. La prisión parecía segura y también, probablemente, [125] la
muerte. Pero esa posibilidad no entraba todavía en mis cálculos, y las
hogueras y las personas dorándose a las brasas, al spiedo o a la parrilla
hoy ya no tienen vigencia. Ahora ya no queman a nadie. La mayoría se quema
sin fuego.
De todos modos, querer ser feliz no es un crimen, me parece. ¿Por qué
habría entonces de darles cuenta de nada? Lo que hacía era por necesidad
natural, no por vicio. Sentía en mí como un torrente caudaloso que se me
desbordaba, sin hallar un lecho donde acogerse, un puerto donde aquietar
sus aguas. Y no era solamente necesidad de ser amada, sino también de amar
a alguien, de comprobar maravillada que hubiese todavía en mí caricias que
pudieran servir. No creo ser, por eso, una mujer fácil. Lo único que he
hecho es ser feliz, y nadie que sea honrado consigo mismo estará dispuesto
a negar que esa es una tendencia absolutamente radical, primitiva,
elemental.
Es, por otra parte, la felicidad más económica que he conocido; sólo
bastaba sentir, meterse en el hueco abrigado de un acorde, dejando nada
más el espacio para que pasara Beethoven y a veces también el silencio.
Entonces, ¿qué me reclaman? ¿Quién en virtud de qué fórmula o de qué
ley va a privarme del placer de soñar una aurora? ¿Quién va a impedirme el
derecho a desentumecer [126] mis sentidos? ¿Con qué argumentos?
Puede que no lo crean, pero me siento limpia. De nuevo tengo
emociones, un calor en el cuerpo, como si de golpe me hubiera desnudado de
mí misma para ser otra. Otra que puede quedarse así, gozando esta
sensación de sentirse viva por ciento veinte años o más, si la dejan,
sintiendo cómo me vuelven las fuerzas en forma de marea lenta e infalible
que me va reparando las roturas.
Hay que darle un ejemplar escarmiento, exclamó alguien. Esto es
insólito, una verdadera vergüenza. Dónde se ha visto que una mujer pueda
tener las mismas libertades que un hombre. La infidelidad es un asunto
propiamente masculino y por consiguiente ellos eran los únicos habilitados
para tales menesteres.
Lo siento mucho, pero no estoy de acuerdo. Todo el mundo sabe que
entre un hombre y una mujer existen algunas apreciables diferencias;
diferencias que parecen haber desaparecido junto a la virginidad y los
linimentos. Y haciendo abstracción de la parte externa como la barba, el
bigote, la voz más profunda y protuberancias menos, ¿qué queda? Un par de
calaveras que vienen a ser exactamente lo mismo. ¿Por qué, entonces, no ha
de haber igualdad entre nosotros?
Por otro lado, son tan frecuentes, se [127] dan tantos ejemplos de
flaquezas femeninas, aquí mismo, a la vuelta, en la otra esquina, que yo
podría referirles de inmediato y sin ánimo de ofender a nadie, varios
casos bien probados de irrevocables caídas.
En lo que a mí respecta, no se necesita de mucho, a veces, para caer:
una sola cascarita, la pendiente irresistible y rápida y... ¡plácate! la
caída. Todo era una invitación, una pendiente, hasta los lapachos estaban
terminando de desnudarse. Y al final yo les pregunto: si pueblos enteros
han caído y pueblos enteros se han derrumbado, ¿por qué no habría de
derrumbarme yo? También el mar tiene sus límites y la noche debe ceder a
la luz.
No tenía sentido resistirse al amor ni seguir haciendo vida de
anacoreta en busca del Edén perdido, que nunca se me perdió porque jamás
lo tuve.
Pues bien, ha llegado el momento y me congratulo de ello. Es así de
simple. Yo lo elegí y yo quien se niega a dejarlo. ¿Queda suficientemente
claro?
Pero nadie atendía mis razones, nadie parecía comprenderme. Tampoco
yo comprendía nada en absoluto, excepto que quienes me rodeaban, luego de
un exhaustivo peritaje realizado en el lugar de los sucesos, me declaraban
culpable.
Sólo existe una salida: expiar la falta, la transgresión voluntaria,
ser detenida, juzgada, [128] condenada por sobredosis de indecencia. Una
indecencia ejecutada con toda lealtad, señor Magistrado, teniendo en
consideración mi lamentable estado.
Hasta que gradualmente, muy gradualmente, después de haberla
rechazado una y mil veces por absurda y descabellada, se me fue revelando
la verdad: estaba en medio de la Inquisición. Había caído en sus garras.
Una Inquisición inexorable, terrible maquinaria del horror y del espanto,
ante cuyas leyes habían temblado muchos de los antiguos ciudadanos, y que
de hecho me ubicaba a mí en el banquillo de los acusados.
Y en seguida pensé en calabozos, tortura, martirio y también en Juana
de Arco. [129]
No, decididamente no he sido aquella valiente doncella. Debo
reconocer que me han faltado, para sostenerme en esa tesitura,
innumerables cualidades y atributos. Sin embargo, en el momento de
recordarla, me sentí plenamente identificada con ella, porque ni el
martirio del fuego, ni los hierros candentes, ni el potro de los tormentos
y todas las vacunas que me habían sido inoculadas contra el instinto, los
apetitos y el sexo me habrían hecho desistir. No habría poder humano que
impidiese lo que era, lo que debía ser. De cualquier manera, a la edad que
tengo, mi papel de mártir ha terminado, especialmente si no hay nadie que
aprecie el martirio.
Lo cierto, si todo esto es cierto, es que también llegaron el
comisario y un sargento, fusil en mano, para hacerse cargo de la situación
-practicando de inmediato un registro en mis bolsillos, donde hallarían un
retrato de mi madre y una gran cantidad [130] de ausencias- y conseguir
que les dijera por las buenas lo que de todos modos me sacarían por las no
tan buenas, tras lo cual era probable que me acusaran de atentar contra el
orden y me aplicaran la Ley 209.
Alto ahí. ¿Quién vive? ¿Tiene usted documentos? Seguro que no los
tiene. Se le habrán perdido, claro, o los habrá dejado en alguna otra
cartera. Ustedes, las mujeres, nunca llevan documentos encima.
Soy una persona honesta y he dado pruebas de ello: ese es mí carnet.
El diploma que después de haber realizado el curso completo de ser buena y
dar muestras de serlo, me acredita ante la opinión pública con las más
altas calificaciones. La garantía de que soy algo dado, no sólo por el
color de la piel, del cabello y de los ojos, los metros de edad y de
estatura y la fecha exacta del nacimiento, sino algo más profundo que me
constituye verdaderamente.
¿Y qué impide que en esas profundidades no pueda habitar de pronto el
alma de Madame Bovary o el espíritu de María Antonieta?
Sé que cada cual reconoce con un nombre a su vecino. Lo que me cuesta
entender es por qué dicho nombre no puede admitir las mismas
modificaciones que la vida y la intemperie hacen sufrir a su dueño. Por
qué, a pesar de mis repetidos cambios de fisonomía, de los múltiples [131]
desgarrones de que fue objeto mi persona, tendría que seguir clavada a
Purificación Vera por los siglos de los siglos, como un crucificado a su
tabla.
No estoy tratando de encubrir mis faltas, ni mucho menos. Tampoco lo
digo por ensalzarme sino porque es la pura verdad, pero jamás me aparté de
la buena senda, ni he dado lugar a comentarios, ni trafiqué con nada, ni
soy contrabandista, ni cobro un céntimo de comisión por ayudar a mi
sagrada familia. Y si yo cumplía, si he envejecido cumpliendo sin más
remuneración que el olvido, sin haber tenido un día libre para mí sola
desde mi nacimiento -y el nacimiento es algo demasiado largo si se tiene
en cuenta de que he nacido huérfana-, ¿acaso no era justo que también
cumplieran conmigo?
Aunque, al parecer, de nada sirven los antecedentes. Una persona como
yo, un antiguo cliente del cadalso, no merece la menor consideración.
Entretanto, seguía llegando gente y más gente, hasta que pronto no
hubo hueco posible ni ventana desde donde alguien no me lanzara una
injuria y algún gesto obsceno. Seguían llegando comisiones:
La Comisión de Señoras Decentes Defensoras [132] del Honor Nacional
-de cuyos diecisiete artículos que conforman sus estatutos, ellas mismas
violan quince cada día- cumple con expresar su honda preocupación y
pública protesta por esta indecencia incompatible con un Estado de
Derecho, añadiendo que, con lo sucedido, se habían agraviado seriamente
las sanas costumbres de que siempre ha hecho gala nuestro muy noble país,
por lo cual era preciso tomar drásticas medidas de escarmiento contra las
acciones avanzadas de ciertas e inescrupulosas mujeres, que saltando sobre
normas y prejuicios, llegan hasta las últimas consecuencias de la
inmoralidad, extirpándolas así de cuajo y evitando que hechos de esta
naturaleza se repitan y la corrupción se extienda y penetre sin remedio en
los hogares.
Así como La Inefable Legión de Intercesoras Indulgentes, organismo
comunitario creado con el benemérito propósito de mediar en los
conflictos, fueran éstos de la índole que fuesen, e insólitas delegaciones
feministas que habían iniciado una marcha centrífuga y pacífica, llevando
pancartas en las que se daba cuenta del dramático panorama de las mujeres
en el mundo entero, siempre trabadas en combate con los hombres por la
supremacía del sexo, mencionando al mismo tiempo la importancia de la
participación femenina en las luchas políticas y la igualdad dentro y
[133] fuera de las relaciones conyugales, y en todos los niveles, excepto
en el servicio militar. Pertenecer al sexo débil es el trabajo más difícil
de la historia y el menos remunerado. Basta de la actitud pasiva de las
mujeres arcaicas. Demandamos la inmediata revisión de nuestros derechos en
el nuevo Código Civil. Exigimos respeto. Clamamos justicia. Pedían
milagros.
Además de unos cuantos testigos falsos jurando -por la luz de sus
ojos- haber observado, en tal o cual fecha determinada y en el momento
mismo de estarse verificando, el acto de escabullirme del segundo piso de
un hotel de último rango, con atuendo no muy pío y la providencial ayuda
de una enredadera.
En tanto que un alto funcionario de Correos, de sana y reconocida
solvencia y muy reacio a actuar contra sus principios, salvo en aquellas
ocasiones -como ésta- en que el fin justificaba los medios, declaraba
haber interceptado cartas amorosas intercambiadas dos o tres veces por
semana, estrictamente platónicas al principio, hay que reconocerlo, hasta
que la naturaleza entró en escena y, misiva va, misiva viene, las cosas
llegaron a su punto de ebullición; ofreciendo las aludidas un generoso
repertorio de frases expresadas metafóricamente y de otras no expresadas,
pero existentes por sobreentendidas. Toda una galaxia de erotismo verbal,
cuya traducción a términos [134] vernáculos demostraba, sin dejar lugar a
dudas, que cohabitaban a conciencia en algún lugar secreto y no
identificado hasta el momento.
Y otros, asegurando haberme sorprendido en actitudes obscenas y a
altas horas de la noche, aprovechando la luz equívoca que proyectaban los
escuálidos farolitos de una plaza, la más oscura del barrio más alejado,
poco menos que sumida en las tinieblas, y que por lo mismo presentaba
ricas posibilidades y un sinfín de interesantes perspectivas, tendientes a
cumplir con los indispensables requisitos preliminares de la sucia
actividad que ya sabemos, y que no hubieran podido hallarse en otra plaza
cualquiera. Y después de constatar que no había nadie en las cercanías,
esta mujer y su acompañante -y de la selva de brazos que gesticulan se
desprende agudo, incisivo, un índice que me señala inflexible- dieron
rienda suelta a su pasión desatada, además de otras libertades que no
podrían detallarse aquí, por respeto a las personas presentes. Lo cual me
hacía caer bajo el peso de la Represión de Escándalos y Defensa del Pudor
Ciudadano, cuyo artículo cuatrocientos treinta y ocho preveía una pena de
un mes a cuatro años de penitenciaría por atentado a las buenas costumbres
y comportamiento indecoroso en la vía pública, aplicándose la sanción en
su grado [135] y término máximos en caso de reincidencia.
En resumen: todos vieron la ceremonia, pero cada uno la vio a su
manera. Los más contundentes son, claro, aquellos que no la presenciaron y
que justificaron su ausencia alegando compromisos anteriores. Ésos siempre
saben todo mejor que nadie; testigos de cargo cuyas declaraciones eran
minuciosamente registradas por el secretario en un acta, y los hacía
firmar aquí, por favor, con el nombre completo, filiación, hora exacta,
circunstancias, etcétera.
No se recordaba ninguna Inquisición con semejante concurrencia. Nadie
tuvo tanta gente a la hora del cadalso y, sin embargo, yo me sentía como
se hubiera sentido una isla, rodeada de soledad por todas partes, sin
ninguna posibilidad de ayuda ni de comprensión, sin nadie piadoso que me
proclamase mártir caída en actos de servicio. ¿Dónde estaban ahora los que
decían ser mis amigos? ¿Por qué mi madre no acudía en mi defensa? [136]
[137]
Son las siete, anunció alguien: comencemos. La oscuridad se pobló de
silencio y comprendí que la acusación tendría carácter irrefutable.
Nos hemos reunido aquí para juzgar a esta mujer cuyo nombre la
contradice con insolencia: Purificación Vera, más conocida por Purita, de
cuerpo presente, mayor de edad, bonita de a ratos, señas particulares
ninguna, en plena posesión de sus facultades mentales y que estando la
antedicha legalmente casada, como a todos consta, desde hace algún tiempo
-presumiblemente un año de ejercicio continuado- mantiene relaciones
extraconyugales ilícitas con escándalo público notorio, conforme al
testimonio de numerosas personas dignas de fe, ofendiendo de este modo el
orden de las familias e incurriendo en todas las penas y censuras
promulgadas por la ley en oposición de tales ofensas, lo que constituye
una falta gravísima por la que deberá ser castigada según las reglas
contra [138] reiteración o reincidencia. Está envuelto en el proceso, como
coautor del delito, un músico, en calidad de cómplice.
Me gusta esa palabra «cómplice», quizá debido al hecho de que se
precisan dos, obligatoriamente, para que la complicidad se realice. Dos
bocas para intercambiar breves sonrisas. Dos manos que, al pasar,
furtivamente se rocen. Dos emociones compartiendo los mismos compases de
la misma melodía. Y todo lo que yo había aprendido de él. Y tantos
pequeños detalles que él me conocía.
Si bien, a mi modo de ver, es todavía más que eso, señor Magistrado.
Él es mi cobijo, mi tienda, mi cielo, mi armisticio, mi bandera blanca, mi
hora de asueto, esa inesperada libertad que se me ha concedido. Es el otro
con quien me he descubierto, el que me cabe en los brazos, el que puedo
retener. El que me ha puesto frente a la otra, la menos fuerte, la más
cercana sin duda a mis propias falencias. Es, en definitiva, la usina que
me suministra vida para recomenzar, pero sobre todo es música.
Parece algo increíble, ¿verdad? Yo, un ama de casa con escasos
conocimientos musicales. Él, un músico de primera y, sin embargo, esos
caminos tan diferentes habrían de conciliar sus rumbos en la misma
transparencia.
¿Y saben que, además de músico, es un gran cocinero? [139]
Algunas veces le daba por amasar fideos con una lenta, cuidadosa y
rítmica presión de los dedos. Porque para él la cocina no sólo es la
ciencia del buen comer y del ingenio, sino un arte basado en el
conocimiento de mil detalles e infinitas combinaciones.
Es experto en mezclar los más sofisticados ingredientes para elaborar
un sinfín de salsas picantes, almibaradas o agridulces. O a veces
transfiguraba una vulgar carne fría en un plato cinco estrellas,
sazonándolo con todo aquello que pudiera agregar «clase» a una comida: un
buen chorro de oporto, jerez o vino tinto, dos generosas cucharadas de
ketchup, orégano, ají colorado, pimienta molida y a este pedazo de lomo no
lo va a reconocer ni la vaca que lo parió.
¡Señora! ¡Modere su lenguaje! ¡No levante la voz! Porque si hago
constar sus aullidos en el acta, puede usted apresurar la condena. Por
otro lado, nadie ha venido aquí para admirar las habilidades culinarias de
su amante, y le advierto que de ahora en más, a menos que le formulen una
pregunta directa, deberá omitir ciertos detalles superfluos que nada
tienen que ver con el desarrollo normal del proceso.
No, nadie me tendría un poco de compasión; supongo que tampoco el
Escribano que con tinta negra y el aire severo del hombre importante a
quien nada turba [140] ni atemoriza y mucho menos acepta sobornos, ya
estaba redactando las preguntas y sospechando las respuestas:
Diga la acusada sí es hija natural de Gloria Hermenegilda Vera, y
exprese si es cierto que se encuentra legalmente casada con el ciudadano
mayor de edad y de profesión comerciante Pascual Máximo Borja, y diga si
no se halla comprendida en las generales de la ley. Y jure cómo es verdad
que haciéndose pasar por soltera -lo que de hecho significa maniobra
dolosa-, ha tenido trato carnal con un individuo que no era precisamente
su consorte, y aclare si es verdad todo lo que se cuenta, porque de lo
contrario obligará a que se le apliquen los remedios jurídicos adecuados
o, en el peor de los casos, el juicio puede durar un siglo, tras lo cual
perderá, de todas maneras, teniendo que pagar daños y perjuicios.
Y prosiguió la fluvial lectura del legajo. Una hora de interminable
letanía, durante la cual el Escribano desgranó monótonamente los
innumerables puntos de acusación, cargos y presunciones que pesaban sobre
mi persona.
¿Reconoce usted? Sí, lo reconozco. Acepto y declaro: soy la
independencia en persona, soy el gorro frigio y la escarapela y al que no
le guste la idea que se vaya de inmediato. ¿Dónde hay que firmar? [141]
Finalmente, tras un breve silencio que la gente aprovechó para
aflojar las tensiones, el alto dignatario -pese a ser escaso de alturas-
se puso de pie y en pose oratoria para decir, según la expresión
consagrada:
¿Tiene algo que alegar en su defensa?
Ya lo creo que sí. Ante todo, quiero dejar constancia que aguantaré
el proceso que se me impone, pero de ningún modo lo acepto, porque está
viciado de ilegalidades, empezando porque todos acusan y ninguno defiende,
lo que me obligará a defenderme sola; y porque las acusaciones no sólo se
contradicen, sino que algunas carecen de fundamento. Y si hubiera querido
desmentirlas, habrían reforzado sus calumnias con nuevas calumnias y así
hasta el infinito.
¿De qué serviría entonces que yo grite, patalee, o articule pedidos
de clemencia delante de unas cuantas personas que se denominan a sí mismas
jueces? Sé que cualquier objeción sería inútil. La Inquisición es la
Inquisición.
De todas maneras, si quieren franqueza, seré franca. Si me exigen una
explicación la van a tener en abundancia. Podría buscar alguna excusa o
cien de ellas. Podría hablarles de opresión, de injusticia y de [142]
fraudes. Podría hablarles de Beethoven o de cómo he perdido el timón que
me dirigió siempre.
Estoy dispuesta a decir la verdad sin retaceos, cosa que no era
fácil, sobre todo teniendo los parientes que dicen que tengo. Pero acaba
de nacer en mí una coraza. Me atrevo a confesar lo inconfesable y a
decirles: es cierto. Lo hice. Por muchas razones, todas de primer orden,
lo hice, y el que no lo sabe que vaya sabiendo de una vez por todas.
Después de veinticinco años de ininterrumpidos servicios, sirviendo
en casi toda la línea, podía darme una leve tregua, me parece. Haciendo
una rápida síntesis: hasta hoy sólo he vivido para los demás, dando más de
lo que me dieron, siendo menos comprendida de lo que comprendí,
desplazándome con el andar sin ruido de las sombras. Una sombra de mis dos
tías, de mi esposo, de mis propios hijos, de mi propia sombra. ¿Por qué
entonces no tengo, no puedo tener otra posibilidad en la vida que ser
hasta mi muerte la mujer de un hombre que me calentaba el lecho con la
misma indiferencia con que hubiera podido hacerlo una estufa?
Sucede que los baldes rotos no se reencarnan en soles y la esperanza
no es sentarse a esperar. Sucede que me canso de ser nadie. Por una vez
quería ser yo, únicamente yo, y los medios para serlo [143] estaban al
alcance de mi mano. Después de todo, una no tiene la entereza de esos
pueblos que, todavía hoy, permanecen hambrientos junto a vacas sagradas
que no se deben comer.
Para decirlo en pocas palabras: necesitaba un cambio que llevara un
poco de luz a ese rincón perdido de mí misma. Tenía derecho a mostrar,
aunque fuera de vez en cuando, el lado oculto de mi personaje, y eso no es
ningún crimen, que yo sepa.
No es que me quiera dar de santa ni pretenda exagerar mis dones, pero
les puedo asegurar que he cumplido con mi deber. Siempre he querido a mi
patria. ¿Acaso me castigarían por haber hecho uso del derecho inalienable
de ser feliz? ¿No debe cada ser buscar su propio contento? ¿Tengo acaso la
culpa de que esa búsqueda me haya traído a este hombre, a esta dicha tan
intensa que no me cabe en el cuerpo?
¿Y qué fue lo que he perdido? ¿La gran herencia de las dos tías?
Quizá ellas se olvidan de que fueron las primeras en practicar el cambio
aunque, por fortuna, también se han olvidado de desconectarme el sentido
del tacto. ¿En qué medida sería yo responsable de lo que hicieron ellas?
Ustedes me dirán que he cometido un acto indigno, deplorable,
horrible de pensar, terrible de comprender, y que debo pagarlo de un modo
o de otro. El Cielo y la Tierra se conmueven con mi crimen; se perturba
[144] el Universo. Todos piden que se me castigue con la mayor severidad,
sin la menor clemencia.
Ya quisiera verlo a cualquiera de mis censores en una situación como
la mía. Quizá se mostrarían menos terminantes y entenderían que las cosas
no siempre resultan de acuerdo con las leyes y las tradiciones.
¿Por qué no suponer entonces que todo lo que me sucede obedece a
causas naturales? Y puesto que las causas producen efectos, yo soy el
testimonio vivo de tales efectos.
Pues bien, asumo la posibilidad de una vida libre, con todos los
colores de la libertad embriagando simultáneamente a mi sangre. Asumo
también la idea de que lleguen a condenarme, pero antes repito, y crean
los que quieran creer:
Para hacer un relato sentencioso no se precisan demasiados detalles;
basta conocer lo esencial, el fundamento. El resto son invenciones cuya
anchura y desborde dependen exclusivamente del gusto del consumidor. Decir
que soy todo y he hecho todo lo que están diciendo, no implica ningún
gasto; es gratuito. En cambio, guiarse por la verdad, ir hasta lo profundo
para indagar las causas, eso sí que da trabajo y es muy posible que lleve
una vida entera.
Y aquí estoy, lista a enfrentar el desafío. [145] Porque yo, de mí,
sí puedo dar testimonio. Esa historia de Purificación Vera y el músico yo
se la puedo contar, señor Magistrado, porque desempeñé el papel principal
y conozco toda la trama. Si usted quiere saber de ella con todos sus
pormenores, allá debe irse, a ese lugar sin tiempo, de color malva, donde
aconteció el milagro.
Y téngase en cuenta, aclaró el Juez, con altanera entonación de
desprecio, que no hemos empleado con ella ningún tipo de presión ni de
apremios. La acusada manifiesta que hablará libremente, sabiendo que ya
nada tiene que ocultar ni proteger. Su secreto ha sido descubierto. Ahora
tan sólo nos resta escucharla.
Eso mismo. Que vengan, que vean, que no falte ninguno. Ha llegado el
instante de develar el misterio. Declaro, por tanto ante el Cielo y la
Tierra, y confieso, so pena de mi vergüenza eterna, que todo empezó en
casi nada, como sucede siempre. Y aunque no lo crean, así es. [146] [147]
Todo empezó en casi nada, como sucede siempre. Esta correspondencia
afectiva, esta cohesión, han partido de la música. Ella fue nuestra
intermediaria, nuestro punto de enlace. Porque la verdad es que la música
me fascinó desde chica, y hasta donde mi memoria alcanza recuerdo que tuve
el impreciso pero pertinaz deseo de penetrar algún día en esa parte del
mundo en la que habitan las notas, los sonidos, los compases. Y aquel
algún día de entonces, un buen día llegó.
¿Sabes que Fidel Campos inició unas clases de música para
principiantes?, me entusiasmó una vieja amiga, Cristina Sánchez, ávida
siempre de lo que significara arte. ¿Qué te parece si nos anotamos?
Me pareció que ambas habíamos sobrepasado con mucho la edad de ser
principiantes, pero Cris rebatió mis endebles argumentos con una frase muy
simple:
Nunca es tarde, mi querida, para quien bien comienza. [148]
Y así, todos los jueves de cada semana, durante aquellos instantes
desprendidos del tiempo e incorporados a la eternidad, Fidel Campos fue mi
profesor de música, oficio casi sagrado que lo remontaba de una tierra
demasiado chata y pegajosa a la que yo estaba adherida, allí, ocupando el
anónimo rincón de una butaca y repentinamente olvidada de cuanto ocurría
afuera.
Allí, escuchándolo hablar con esa seguridad del que toma posesión de
un terreno que le pertenece por antiguo derecho, y que hacía sus palabras
tan distintas a las del resto de los hombres.
Parecerá un poco pueril, y desde luego lo era, pero me habría gustado
estirar aquellas horas que me transportaban hacia zonas de existencia
hasta entonces ignoradas. Me habría gustado atar el frescor de sus
palabras a mis oídos, para que todavía me durase cuando me encontrara
lejos.
-Todos tenemos música -decía, al tiempo que dibujaba las notas en el
pentagrama, y mientras lo hacía sus manos parecían oírse con innumerables
sonidos.
-Pero no todos son capaces de expresarla ni pintarle un rostro, una
lágrima, una alegría, para que los demás se reconozcan en ella. La música,
esa perpetua fascinación que existe desde que existe el hombre, lo único
invulnerable a los destructivos poderes del tiempo, más [149] que ningún
otro arte, es el lenguaje de la emoción, a través del cual es posible
relatar todas las sensaciones de la vida. ¿Y qué otra cosa es la vida sino
movimiento, tristeza, placer, exaltación, serenidad? En eso consiste
precisamente la música. Ella suena de la misma manera que se sienten las
emociones, que nos duelen o nos hacen felices las cosas. A veces puede
sonar agitada, tormentosa, a veces melancólica y lenta. ¿Se dan cuenta de
la cantidad de sufrimiento que ha debido soportar Beethoven para haber
compuesto la «Patética»? ¿Y quién, alguna vez, no se estremeció al
escuchar «Claro de Luna», o el coro final de la «Novena Sinfonía», o la
ternura de la bella y simple «Para Elisa»?
Entonces se enfrascaba en un elogio interminable del maestro,
dibujándolo de tal modo que hasta podíamos verlo: apasionado, rebelde,
solitario, enfermo, gimiendo de impotencia al sentir dentro de sí, al
mismo tiempo, la grandeza de la obra y la agonía de realizarla.
-Porque han de saber que no sólo era asmático, sino que a los treinta
años llegó a la sordera total, lo que no fue, sin embargo, un obstáculo
para su fecunda y genial producción.
La clase resuena y queda vibrando, durante un largo intervalo, por el
acorde que sus manos han arrancado al viejo pizarrón, y ese acorde produce
otro más [150] como respuesta y otro más, sumergiéndose de pronto en una
música profunda, que se le sube a los labios del mismo modo que él cuenta
cómo van subiendo las notas:
-¿Ven que las notas ascienden progresivamente, igual que una
escalera?
Una escalera que inesperadamente me interceptaba el paso, que
invitaba a subir y se dirigía al cielo, pensaba yo.
-Se las conoce por el lugar que ocupan y por la clave en que están
escritas...
Quienes estaban a mi lado, Cristina y los otros, quizá no lo
sospechaban o quizá sí, pero mi necesidad de amar a aquel hombre era cosa
que se veía a mil leguas. Cuánto de él ha sido mío desde siempre. Desde
toda la eternidad me dieron ganas de ser tierna con él, de besar su cara,
sus ojos, sus palabras, hasta encontrar aquella boca grande y carnosa, esa
carne que parecía algo más que el mero tejido hecho de células y nervios,
algo transparente, tenue, pero trascendiendo lo humano.
Yo no me atrevía ni siquiera a moverme, para que sus labios no se
deslizaran de mis labios, para no perder aquel beso imaginado por mi sueño
de ojos abiertos, un sueño largo y espeso que se repetía siempre.
-Ahora bien, esta sucesión de notas colocadas en el pentagrama recibe
el nombre de escala. Aunque no todas ellas tienen igual duración; algunas
son más [151] largas, otras más cortas, según lo cual van tomando
diferentes formas que llamaremos figuras: la redonda que vale dos blancas,
cuatro negras, ocho corcheas, dieciséis semicorcheas, treinta y dos fusas
y sesenta y cuatro semifusas... [152] [153]
Y así, sin apenas darnos cuenta, se fue hilvanando nuestra relación
de pequeñas puntadas musicales, avanzando de nota en nota, de escala en
escala, de pedazos de sonidos que iban surgiendo no sólo de sus frases,
sino que se extendían por todo el aire. Los despedían las paredes, el
pizarrón, las ventanas. Yo los respiraba y ellos recorrían mis venas con
cada gota de sangre.
Aunque en realidad fueron necesarias muchas soledades, muchas
ausencias, acaso muchas búsquedas y desde luego algo más que una primera
mirada de aquel rostro visto y sólo olvidado a medias, con un vago y
sostenido anhelo de recordarlo otra vez, para situarnos en presencia de lo
que ya ocupaba tanto espacio en nuestras vidas y que, a partir de ahora, a
aquellas alturas del enredo, deberíamos afrontar como pudiéramos.
Quién sabe si aquel encuentro no fue forzado de alguna manera por mi
deseo. Lo cierto es que nos encontramos un día, [154] como si el
encontrarnos hubiera estado previsto e incluso fuera una consigna contra
la cual cualquier oposición habría sido inútil.
Quizá a él también se le estaba acabando el aire. Quizá venía a
buscar en mí un poco de compañía. No sé si bastó una sola mirada o
bastaron solamente dos acordes. Lo que sí sé es que estaba esperándolo, de
algún modo presintiendo su llegada, así es que cuando apareció, cuando ya
casi había perdido toda esperanza y apareció, fue como si se me hiciera
verdad lo que presentía.
Llegó tan nuevo, tan antiguo, tan despacio. Estaba ahí y era tan
diferente que casi parecía luminoso. Un inmenso reflector de cuyo centro
surge la luz a borbotones, se riega, se refracta, se difunde, apagando
todas las otras luces, a la vez de ir encendiendo hasta los más mínimos
objetos, los más simples, los más triviales, que cobraban a su alrededor
una significación distinta.
Y sabía, en aquel momento lo supe por primera vez, que en mi trato
con él, por más que extremara mis precauciones, por más que hiciera lo
posible por permanecer indiferente, existiría algo, incubándose,
creciéndonos dentro de tal modo que parecía estirarse entre clase y clase.
Algo sin jurarse nada, sin ningún para siempre, tan difícil de evitar, tan
insensato como [155] mantenerse lejos de un agua cristalina cuando una se
está muriendo de sed.
A pesar de que nuestras relaciones marcharon cautelosamente al
principio, al paso lento de los que no quieren llegar a donde van, pero
sabiendo que llegarán de todas formas, tarde o temprano, con el mismo
titubeo de un conductor primerizo que avanzara dando tumbos por una jungla
de autos, inseguro de si aquella sombra es un Peugeot o aquel bultito un
Citroën.
Sin embargo, está visto que, pese a los innumerables desvíos y
atajos, todos los caminos confluyen en Roma, y había veces que nos
sorprendíamos al comprobar que nuestros encuentros -la mayor parte de los
cuales se reducían siempre a un largo, cálido e inefable silencio, aquel
no hablarse tan cargado de miradas, de algo que empezaba a parecerse al
deseo- conducían irremisiblemente al terreno prohibido, nos llevaban una y
otra vez a bordearlo.
Terreno prohibido era precisamente eso: sentir de qué manera iba
cediendo el terreno, de qué manera los prejuicios y temores poco a poco se
diluían en un barro placentero, de qué manera nos íbamos ligando al
unísono a medida que pasaban las semanas y los silencios.
Es el dulce misterio del principio y luego el descubrimiento
progresivo a través de charlas, de confidencias, de tonterías; ese
comienzo que sirve para reconocerse y hace [156] que imperceptiblemente
dos personas, con extrema suavidad, vayan doblando recodos, esquivando
baches, desatando nuditos, alisando pliegues, para poder arribar a una
total coincidencia y coronarla entonces con una sonrisa.
El minuto inicial de una sonrisa cómplice que crece y se esconde
entre los labios, lo mismo que una sinfonía en los primeros minutos. El
preludio donde nos hemos descubierto igual a notas carnales, sucesivas,
sordas, que se van entretejiendo, acoplándose en el eco rezagado o en
aquél que se adelanta, dejando escapar apenas un titubeo de música, una
vaga sensación de melodía siguiendo un cauce muy tenue. Sonidos previos a
la verdadera ejecución, tan delgados que un aliento los transporta; una
congregación de sonidos que se anudan, se tornasolan bajo el hechizo del
vino, hasta formar esos palpables, prodigiosos acordes que se abren paso a
torbellinos, estallan uno tras otro y van fluyendo conmigo. Apenas uno cae
y se desvanece, ya otro a lo lejos se forma, se acerca, llega, acaricia,
se va y vuelve.
Y el corazón que se me sale del pecho y se escurre lentamente a lo
largo de la espalda, de las piernas que súbitamente se me tornan latidos.
Toda yo me quedo vibrando en un único y universal acorde repetido
infinitamente, como si hubiera robado a una muchedumbre el corazón que me
late. [157]
Y crezco, voy creciendo hasta alcanzar proporciones inmensurables,
hasta no sentir dónde termina mi cuerpo, o sentirlo formando parte del
aire. Porciones enteras de mi alma empiezan también a dilatarse, a temblar
en pequeños espasmos y, cosa todavía más sorprendente, esos acordes me
producen gustos dulces en la boca, cuyo sabor se adivina entrecerrando los
ojos.
Entonces adivino un indolente sabor a piña y aquél fresco de las
guayabas que se extiende en franjas horizontales, separados ambos por un
pegajoso sabor a dulce de leche, detenido largo rato en mi garganta,
retomando desde allí la dirección contraria para volver a comenzar todo de
nuevo. Y después el deseo continuo, que llenaba de sentido cada nuevo
acercamiento.
Ahora no podría recordar cuántas veces vi a Fidel, si de uno a otro
encuentro transcurrieron días, milenios, o por el contrario se sucedieron
sin pausa. Puedo, en cambio, reconstruir exactamente la sensación de
eternidad que cada instante a su lado dejaba sobre mi piel, el color
tibio, ligeramente dorado de la tierra y de los árboles, esas nubes que se
azulan en sus ojos, el avanzar de la tarde entre las luces caídas, y
Beethoven, siempre Beethoven, con la resonancia verde del pozo en el que
me voy hundiendo.
Nunca nos citamos a determinada hora, en ningún momento. Simplemente
íbamos [158] el uno al otro como de común acuerdo, como si una mano
experta hubiera ido diseñando el laberinto en el que habríamos de
perdernos. Y guiados por la magia, nos internamos de a poco, dando a veces
la impresión de adolescentes, evitándonos otras veces, tal si la distancia
fuera a salvarnos del momento clave. De ese instante preciso en que él
dejará de lado el protocolo para llamarme Purita, sin rodeos.
Hasta que esa amistad, casi arrugada de tan vieja, se transformó de
pronto en un sentimiento joven, terso, transparente. Estábamos tan de
acuerdo en todo. Él se plegaba tan bien a mi ignorancia, lo mismo que mis
suspiros calzaban en sus certezas y nuestras soledades se acompañaban.
[159]
Y así, poco a poco, muy gradualmente, lo fui queriendo, fui dejando
que los acontecimientos siguieran su acompasado e inevitable curso. ¿Qué
otra cosa hubiera podido hacer sino abandonarme a la insensata
voluptuosidad de aquel vértigo dulce y espeso que parecía arrastrarme sin
remedio?
Porque yo veía acercarse el momento clave. Lo veía y lo anhelaba y lo
temía. De ese modo pasaron algunos meses, hasta que un día, mejor dicho
una tarde de aquel otoño, nos encontramos ante el hecho a punto de ser
consumado.
Sin saber cómo, de pronto nos hallamos instalados en una grata
penumbra, entre luces cálidas y distraídas que miraban para otro lado,
respirando la misma lluvia, el mismo olor a mojado. Todo lo que no éramos
nosotros nos pareció entonces superfluo.
Y ahí estábamos los dos, más allá de los mundos respectivos, en esa
tierra sin nombre, en ese pedazo de lugar común que [160] no era ningún
lugar concreto, donde la realidad se había disuelto en minúsculos
fragmentos y había que edificarla de nuevo, respiración por respiración,
latido por latido.
Era tan bueno estar así, transmitiéndonos tantas cosas con el simple
hecho de sabernos cerca; cosas que no cabrían en imágenes, ni siquiera en
gestos, que necesitan del callar para expresarse enteras.
Tan hermoso reunir nuestros silencios en un instante de absoluto
olvido, cuya duración nadie podría computar, ya que es una comunicación
esencial, fuera del tiempo y del espacio. Una manera apacible de amarse.
Así, sin decir nada, no hablando durante un largo momento, como con
miedo a esa primera palabra, por tanto tiempo guardada, repletándonos la
boca.
Las lluvias de este otoño se han vuelto interminables, había dicho
él, buscando un tema y un cigarrillo, y de esa llama breve, turbada,
menuda, nació una poderosa luz que yo era incapaz de rechazar. Una de esas
zonas totalmente iluminadas en la que sólo era audible la Novena Sinfonía,
que ahora se iniciaba apenas, con notas demoradas, lentas, hilvanando una
frase vacilante aún, algo insegura del camino.
Entretanto, él me mira, me acaricia con miradas recorriéndome
despacio, como [161] quien recorre un pesebre a escondidas. Esos ojos
fácilmente me seducen, aunque yo tampoco les ofrezco resistencia; tratando
de esconder aquel golpeteo súbito que me sentía en el pecho, juntando mi
escaso valor, levanto la cara. Veo ese cuello a pocos centímetros de mi
boca, esos cabellos que van encaneciendo; percibo su olor, lo reconozco.
De pronto me ahogo. Hubiera querido hablar pero no puedo; me parece que el
sonido de mi voz precipitará las cosas. Acaso ya ni siquiera sabré quién
soy ni qué decir.
Entonces digo algo acerca de este tiempo loco, del día tan emboscado,
tan gris, tan inestable. Busco palabras que no expresen nada. ¿Qué se le
puede decir a un hombre cuando mira empapándome la piel con cada mirada?
Le digo que se me hace tarde, le pregunto por las horas y él me dice
que no importa, que esta oscuridad es prematura, un pedazo adelantado de
la noche que ha traído la lluvia.
Conviene que me vaya inmediatamente, razono, y sin embargo permito
que me susurre apenas:
¿Una copa de vino?
¿Por qué no? Cualquiera en mi situación tendría en estado de shock
las ideas, tendría la urgente necesidad de un largo sorbo de aquel líquido
errante que hacía el servicio de arriba abajo y de una buena [162] vez
aturdir a la que demasiado reflexionaba dentro de mí.
Pero la primera copa bastó para que la duda se disipara en sonrisas,
porque con el vino soy muy vulnerable y capaz de hacer locuras de
inmediato.
Y en seguida una bruma tibia. En seguida la audacia del alcohol
operando sobre mí, empezando a burbujearme dentro una euforia casi
agresiva, en forma de ansiedad, de quemazón subiéndome de las entrañas,
trepando poco a poco hasta abarcarme entera. Y al mismo tiempo que el
calor, me subía el deseo de estar más cerca de ese hombre, más al abrigo
de su piel, de su voz, de sus palabras. Hay algo que me estira noche
abajo. Siento un mareo disperso y musical que es a la vez papel carbónico,
porque blandamente me duplica, me hace dos veces yo. Mientras un delgado y
trémulo Beethoven me roza con dulzura.
Mientras, caigo y voy cayendo. Me caía de mi cuerpo, me resbalaba de
mí misma, sin que pudiese detener ese movimiento, sin que hubiera nada que
no contribuyese a aquel impulso ciego hacia la muerte.
En un rincón de mi cerebro se encendía, sin embargo, una vaga pero
persistente luz rojiza, advirtiéndome que estaba justo al [163] borde del
peligro o, quién sabe, en las puertas del prodigio, de hacer posible lo
imposible. Y otro resto de conciencia me decía que si no aprovechaba esa
oportunidad para salvarme, nunca más podría hacerlo. ¿Por qué esperar,
entonces? ¿Qué mejor ambiente para plantear el triple gran salto?
No sé lo que pasará en los otros; sólo puedo decir que si del polvo
vengo y al polvo he de retornar, en el efímero intervalo, ¿sería tan
condenable acaso un saltito?
La verdad es que no quiero entender nada, si por entender hay que
aceptar eso que llaman realidad. Lo único que deseo es seguir, vivir este
aplazamiento, esta última gracia, seguir, aunque fuese abatida, hasta el
vacío final.
Supongo que a los dos se nos había subido el vino a la cabeza, ¿o era
sólo yo quien lo tenía allá arriba? Lo cierto es que chisporroteaba el
azul en sus ojos, tintineaban sus manos...
Y después de sorber otro trago, pensé que el principal ingrediente de
la vida era el calor, y por esa simple razón nuestro remoto antepasado
descubrió el fuego, frotando dos maderos -que acaso hayan sido dos
miradas- de los que surgió, al cabo de largos y pacientes intentos, una
chispa que encendió las ramas secas de los alrededores, dando origen a la
primera llama, y luego la sensación de espanto y [164] de maravilla al
verla. Una pequeña y viboreante llama, a partir de la cual el hombre
empezaría a transitar los caminos de la historia.
Todo comenzó hace cincuenta mil años, cuando una vez descubierto el
vital elemento, las personas se congregaron en torno y apareció una
intimidad desconocida, una extraña radiación de ida y vuelta, cuyo hilo
conductor eran las llamas. Todo salía de allí. Todo allí se terminaba. Y
de pronto tuve la certeza de que también allí acabaría mi largo
peregrinaje, y que, tal vez, en aquel fuego enigmático y sagrado
encontraría el sentido de mi existencia.
Se estaba tan bien con el zumbido del agua, el calor de Beethoven y
el leve murmullo de su voz diciendo:
Hace tanto, tanto que te esperaba. He aguardado tanto este momento
que ahora dudo de que sea cierto. Me gusta saberte aquí, siempre conmigo.
No te vayas. Echa por tierra ese «no» que ya nada justifica. Ya no puedes
seguir huyendo. Depende de tan poco, sólo basta con que digas «quiero».
Que no decía y no decía, retardando la caricia, y un avance y cien
retrocesos, y querer y no querer, aunque sabiendo que no podría luchar por
mucho más tiempo, que el último reducto de mi resistencia se hallaba en
trance de sucumbir.
Ahora sucedería aquello, inevitablemente. Estoy como a la deriva, sin
saber [165] a qué puerto me dirijo, sin la mínima brújula que hubiera
necesitado para enderezar mi rumbo, sin oponerme a la presión de su mano
ni entender claramente el porqué, pero diciéndome que debía ser el vino o
aquella sinfonía en la que apenas habíamos reparado al principio y que
bruscamente aceleraba el ritmo; se hacía más rápida, más intensa, se
hinchaba como si los instrumentos la hubieran ido preñando por el camino,
y ya no se distinguían sus límites, ni su principio, ni su término.
Suenan los violoncelos. Suenan las flautas, los primeros violines y
las trompetas, desgarrándome las entrañas, como si la música me inundara
el vientre, como si allí palpitaran sus acordes; hierven, crecen, me
siento rodeada, circundada, envuelta por Beethoven.
Y es entonces cuando surge, estalla la palabra reprimida, la
revelación solemne y el «te amo», igual que un lamento final, quedará
flotando largo rato antes de ser capturado por el silencio. Todo ha
quedado inmensamente quieto. Todo ha concluido de improviso sobre cuatro
acordes, quedamente, acompasadamente.
Y mucho después de pronunciada la palabra, conservo todavía sus
resonancias. La resonancia es el infinito mismo, lo que no está sujeto a
medida ni termina de acabar. Y del final resurgirá el principio y [166] de
la ida empezará la vuelta. Y ya no tengo tiempo de hurtar mi cuerpo a sus
manos y mi silencio condesciende y el límite está franqueado y la locura
empieza. [167]
Cierra los ojos. No pienses. Siente.
Sumisamente los cierro y entonces, una vez despojada de la vista,
sólo me quedan los ojos de la sed para mirarte, para intuir la dirección
de tus caricias, y a través de ellas sentir que es tanta la claridad del
deseo, que parece pasar quemando las piernas, los muslos, el sexo. Llama
ambulante. Llama que abrasa y que duele.
Cierro los ojos, no pienso y me siento entrar a un placer muy angosto
primero, después más ancho, allí donde se detiene la luz, en ese instante
en que el cenit ya no está en el horizonte sino en sus manos. Como si
ellas hubieran bebido un sol nocturno para lanzarlo luego sobre mi piel
hasta cubrirla enteramente de reflejos.
Siento lo que debió sentir el primer hombre en el primer contacto:
una felicidad que antes no existía, que él iba creando, creando en cada
placer sensaciones nuevas. El músico que hay en él improvisa, se aventura
por mis calles, las recorre [168] brevemente, repasando una y otra vez mi
cuello, mi garganta, despacio, muy lento, con el ritmo sosegado y
cuidadoso del que no tiene prisa, como si quisiera así evitar el acto que
habría de producirse y quisiera también acelerarlo. Y avanzar y
retroceder, subir y bajar, y con extrema suavidad detenerse otra vez,
permitiendo que el placer fuera andando por su cuenta, se extendiese, se
transformara en un torrente de placer que me lava y me bautiza mientras
pasa.
Cuando de pronto la lluvia hacía un trato con él y le humedecía los
dedos, resbalando la caricia, multiplicándola, ejecutando los sortilegios
necesarios para prolongar por un milenio el prodigio.
No es la música. Son sus manos las que suenan. Manos que inventan
luciérnagas. Manos que pasan y arrastran fulgores, sabiendo de mí más que
yo misma, dibujándome igual que si yo fuera saliendo de ellas. Me sería
imposible decir qué les falta a esas manos para hablar. Casi nada les
falta porque hablan. Me dejan correr por la piel esos acordes. Me los
ponen como si fueran palabras. Y en ese instante sé exactamente quién soy:
reconozco mi cuerpo, lo veo, lo escucho, lo siento otra vez como si
regresara a él después de un largo viaje.
Mientras todo lo demás va perdiendo consistencia, se evapora, es
aire. Parajes [169] enteros de mi vida, la vida entera, se han disuelto en
una realidad tan vaga, tan lejana, que casi me parece una ficción.
Tampoco sé el tiempo que transcurrió. El cucú cantó las tres pero sin
indicar de cuál de las tres se trataba. Entonces fue cuando supe que el
cielo no estaba tan lejos como yo creía, porque de alguna extraña manera
había ingresado en él, en una ingravidez lluviosa, de duración azul y casi
infinita, donde no me acordaría que había olvidado lo que siempre debería
recordar. Donde de pronto cesaban los minutos, maravillosamente iban
cesando, retardándose uno a uno, cada vez más tenues, más suaves, como se
agota una sombra, como desaparece un sueño, y empezaba aquella hora que no
es de día ni es de noche, en la que sólo transcurrían sus manos. Empezaba
aquel estar en todas partes sin estar en ninguna, sin pensar en nada,
solamente sintiendo, o tal vez sólo pensando que necesitaría de todos los
elementos del universo y ser al mismo tiempo agua, viento, arena y fuego
para expresar lo que siento.
Y luego, ese universo de improviso estaba abierto y nos fuimos
internando en él para caer en nosotros mismos, en el recíproco e
incansable reconocimiento, viaje espacial de nuestras pieles en conjunción
tan absoluta que al unísono comprueban las aureolas de Saturno, el cálido
sopor de [170] los torbellinos marcianos, la luna hecha de plata y
misterio, hasta llegar a la constelación de los labios. Cada beso es un
delicioso dolor, una absorción mutua, alternadamente dos gemidos. Cada
beso ahonda y explora y acaricia y lastima.
Somos dos bocas enhebradas, un incendio, esa montaña que hemos de
escalar lentamente, deteniéndonos en aquella espesura, en este rincón que
huele a vainilla, a flor recién comenzada, a pan nuevo, en busca de esa
unidad suprema que excede la unión de los cuerpos.
Después ya no fue posible demorarnos más. Después todo se hizo muy
rápido y la carne erguida encontró la carne abierta y la maravilla habitó
entre nosotros.
Ahora soy la burbuja que te contiene. Todos mis puntos equidistan de
tu centro. Ahora estás encerrado en mí y a la vez eres mi encierro.
No te apresures ahora. No llegues tan pronto. Espera. Déjate ir
poquito a poco, deshaciéndote.
Y me dejo llevar. Viajo en él, sobre sus piernas, sobre el temblor
que va y viene. Mientras todo nace, renace, reverdece y asciende, una
verdad que va subiendo a pedazos, desplegando sus colores sin freno [171]
ni pausa. Me ronda, se insinúa, me desgaja, se revela, la veo de pronto,
tan cerca ahí, tan luminosa, enredada a la danza de ambos cuerpos, a ese
afán impostergable de volcar en mí lo que te colma.
Y en seguida un frenético vaivén, una carga, un lamento prolongado
más allá de la razón. Para entonces sentir al mismo tiempo, con idéntica
violencia, la misma gloriosa explosión, la reconciliación verdadera, la
instantánea comunicación con el centro.
Salgo de mí, irradio, resucito. Y veo la llamarada final y es roja y
es sangre desatada que comienza a latir desde los pies hasta la frente y
es un vertiginoso retornar al sitio de donde provengo y es crepúsculo y
aurora trasladados a la unión de nuestros cuerpos, para apretar allí toda
su fuerza; y es sentir por primera vez que el gozo de un hombre acentúa el
mío, sin haber imaginado nunca que pudiera ser tan grande. Pero, sobre
todo, es el modo más rápido de alcanzar la muerte. [172] [173]
No sé si sueño o me estoy muriendo. No sé cómo se inició esto que
ahora va a terminar en mi muerte, o quizá en algo peor que mi muerte,
cuando me doy cuenta de que todo es inútil, ha sido inútil, que el
verdadero fin es lo que ya está comenzando. Y, cosa extraña: nadie parece
de pronto perseguirme; ni siquiera sé cómo estoy libre, sin ninguna
vigilancia.
Aunque un poco de reflexión me bastó para comprender que mi idea
anterior de estar perdida en medio de un tribunal tenía que ser errónea,
ya que la Inquisición, en cualquier caso, no me hubiera condenado a una
muerte tan placentera.
En cambio, podría jurar que lo de Fidel me sucedió punto por punto.
Todavía me duele su amor en todo el cuerpo. Todavía respiro afanosamente.
Y si por casualidad alguien insinuara la sospecha de que lo mío ha
sido un sueño, o acaso menos que eso -puesto que a nadie le está dado
retener sino una parte [174] infinitesimal de lo que vivió dormido: voces
veladas, caras difusas, algunas pocas palabras-, a ese alguien yo le diría
que sí, que es cierto. Es quizá ínfimo lo que de allá traemos, pero a la
vez algo precioso. Sobre todo si la cara que soñamos corresponde a la que
estamos viendo fuera del sueño. Sobre todo si muy cerca de mí hay un disco
de Beethoven todavía sonando, una lluvia haciendo exactamente lo mismo,
una botella casi vacía de vino y dos copas.