No había nada de lo profesional
en la carrera de detective de Lord Peter Wimsey, la que estaba orientada
(aunque el término no es particularmente apropiado en este caso)
por una tendencia a la intromisión, persistente y descarada. La
costumbre de hacer preguntas tontas, que cuando el hombre no ha llegado
a su mayoría de edad suele efectuar, le quedó hasta mucho
después de que su impecable criado, Bunter, fuese puesto a su servicio
para afeitarle las pelusillas de una incipiente barba y se ocupara del
acopio de brandies Napoleón y cigarros Villar y Villar, A
la edad de treinta y dos años su hermana Mary le puso de apodo «
El
Elefantito». Hacía preguntas idiotas por el estilo de
con qué rellenaban el Woolsack (ésta la hizo ante su hermana,
el duque de Denver, que quedó volado de vergüenza), y ello
motivó el que el lord Canciller hiciese investigar, sin concederle
mayor importancia, el artículo en cuestíón, y que
se descubriese, metido bien en el fondo del aludido cojin del asiento del
Canciller, aquel famoso collar de brillantes de la marquesa de Writtle,
que en el día de apertura del Parlamento había desaparecido
y que uno de los de la limpieza lo había escondido allí creyéndolo
el sitio más seguro.
Era por un continuo y directo asedio a
la persona del Ingeniero Jefe del 2L0 sobre el tema «¿Por
qué existe la oscilación y cómo se produce?»
que su señoría descubrió por casualidad el extenso
gang
de conspiradores anarquistas que se llamaban a sí mismos los Plottsky,
teniendo éstos la costumbre de conversar en cifra por medio de un
sistema de aullidos, que hacían radiar clandestinamente por la frecuencia
de la emisión de Londres y se retransmitían por el relé
5XX en un radio de unas quinientas a seiscientas millas, con la indignación
consiguiente de los radio-escuchas británicos y europeos,
Las personas que con más tiempo
que decoro utilizaban las escaleras corrientes del Metro se encontraban
súbitamente interrumpidas y molestadas por la aparación de
lord Peter, que caprichosamente había optado por descender por esa
vía de entrada, aunque lo único digno de mencionar como emocionante
que jamás encontrara por allí, fueran las botas ensangrentadas
del asesino de Sloane Square. Por otro lado, cuando hicieron la limpieza
y
revisión de las cloacas de Gleggs Folly, fue por su insistencia
en permanecer por aquellos alrededores y chinchar a los fontaneros con
sus preguntas tontas, que accidentalmente hizo el descubrimiento que pérmitiera
aprehender y ahorcar a aquel odioso envenenador, William Girdlestone Chitty.
De acuerdo con esta línea de conducta,
no es de extrañar que en una mañana de abril aquel eficiente
Bunter recibiese el anuncio de su señor, de un inesperado cambio
de planes.
Habían llegado a la estación
de Saint Lazare con tiempo suficiente para facturar el equipaje. Los tres
meses que se habían ido a pasarlos en Italia fueron puramente por
diversión, y a estos siguieron dos semanas muy agradables en París.
Ahora llevaban la intención de hacer una corta visita a la residencia
del duque de Sainte Croix, en Rouen, en su viaje de regreso a Inglaterra.
Lord Peter paseaba ya a lo largo de la Sala de los Pasos Perdidos durante
bastante tiempo, se paraba a comprar algún periódico ilustrado
y contemplaba a la multitud, Se fijó especialmente y con ojos de
aprobación en una criatura delgadita y bien proporcionada que tenía
la cara de un pilluelo, aunque no tenía más remedio que confesar
para su fuero interno que sus tobillos eran demasiado gruesos; se entretuvo
en prestar ayuda a una señora anciana que intentaba explicar al
dependiente de la librería que lo que deseaba era un mapa de París
y no una tarjeta postal, se tomó un coñac a escape
en una de las mesitas verdes del final de la aludida sala, y entonces decidió
que mejor sería que bajase a ver como le iba a Bunter con el cumplimiento
de lo que le fue encomendado,
En media hora, Bunter y el mozo que le
llevaba los equipajes habían conseguido adelantar hasta ocupar el
segundo lugar de la enorme cola, pues, no era menos de esperar, la báscula
estaba estropeada. Delante de ellos había un grupito de personas
muy agitadas; se trataba de la jovencita que lord Peter había observado
en la Sala de los Pasos Perdidos, un hombre de cara paliducha de unos treinta
años de edad el mozo de que se servían y el empleado encargado
de hacer la facturación, que, a través de su ventanilla,
miraba para ellos sin apartar la vista hacia otros objetivos.
—Pero es que te insisto en que yo los
tengo —decía el hombre de cara paliducha acaloradamente—. Vamos,
vamos, que eres tú quien los cogiste. ¿no es verdad? Pero,
vamos, ¡oye! ¿Cómo quieres tú que sea yo quien
los tenga?
—Que no, te digo, yo te los he dado con
toda certeza allá arriba, antes de ir a buscar los periódicos.
—Te aseguro que no es así. ¡En
fin, es evidente! ¡He buscado por todas partes, qué demontre!
¡No me has dado nada tú que no y que no!
—Pero como yo te dije que fueses a facturar
el equipaje, ¿no es por tanto Io más normal que te haya entregado
los billetes? ¿Es que tú te crees que soy un imbécil?
¡A ver! ¡Qué todavía no hemos perdido la cabeza!
¡Pero fíjate en la hora que es! El tren sale a las once y
veinte. ¡Por lo menos busca un poco más!
—Pero si es que ya he buscado por todas
partes: ¡nada en el chaleco! ¡En la chaqueta, nada tampoco!
¡En el abrigo, nada, nada, nada! Eres tú un...
Al llegar a esta parte de la discusión,
el mozo, alentado por los frenéticos gritos de prisa de la gente
y los pateos que se oían en la cola, junto con los repetidos insultos
del mozo de lord Peter, se lanzó de lleno en la discusión.
—Es posible que monsieur haya metido los
billetes en su pantalón — sugirió.
—¡diota por partida triple! —replicó
con enfado el viajero—. Yo le pregunto lo siguiente, ¿es que me
ha oído acaso decir que metió los billetes en el pantalón?
Jamás...
Al llegar aquí no le dejó
continuar el mozo, El mozo francés es un republicano, y para colmo
está mal pagado. La amplia tolerancia que se encuentra en su colega
inglés no puede aplicarse al primero.
—iAh! —dijo, dejando caer las dos pesadas
maletas y mirando a su alrededor en busca de apoyo moral— ¿Así
es como se expresa usted? ¡Pues sí que está bonito!
Vaya, pequeño, que no es porque lleves cuello por lo que te creas
con derecho a insultar a las personas,
La discusión hubiera terminado
en bronca fenomenal si en ese momento no hubiera descubierto el joven los
extraviados billetes; incidentalmente diremos que después de todo
estaban en el bolsillo del pantalón, y realizó la facturación
de su equipaje, para la gran satisfacción de la multitud.
—Bunter —dijo su señoría,
que había vuelto la espalda a la multitud, y se encontraba encendiendo
un cigarrillo—. Voy a cambiar mis planes y por tanto vamos a cambiar los
billetes. Nos vamos directamente a Londres. ¿Tienes esa maquina
fotográfica contigo?
—Sí, milord.
—¿Esa que puedes hacer funcionar
desde tu bolsillo sin que nadie lo note?
—Si, milord.
—Vas a sacarme una fotografía de
esos dos.
—Sí, milord.
—Yo me ocuparé del equipaje. Envia
un telegrama al duque avisándole de mi decisión de volver
a casa.
—Perfectamente, milord.
Lord Peter no hizo alusión al asunto
otra vez hasta que Bunter se encontraba en su cabina a bordo del Normandia
poniendo sus pantalones en la plancha. Aparte de cerciorarse de que el
joven y la mujer que habían suscitado su curiosidad se encontraban
a bordo en calidad de pasajeros de segunda clase, procuró en lo
demás evitar todo contacto con ellos o que fuesen vistos él
y su señor
—¿Has conseguido esa fotografía?
—Espero que sí milord. Como sabe
su señoría, sacarla desde el bolsillo del pecho casi no resulta
porque se apunta mal, He hecho tres intentonas, y confío que alguna
de ellas resulte bien.
—¿Cuánto tiempo precisas
para revelarlas?
—En seguida, si milord lo desea. Tengo
todos los materiales precisos en mi maleta.
—¡Qué divertido! —exclamó
lord Peter con alegría, metiéndose en un pijama de seda malva—.
¿Puedo ser útil teniendo las botellas y los ingredientes?
Míster Bunter echó tres
onzas de agua en una medida de ocho onzas, y entregó a su señor
una varita de cristal y un paquetito diminuto.
—Rogaría a su señoría
que removiese el contenido del paquete blanco echándolo al mismo
tiempo lentamente en el agua —dijo, echando el cerrojo a la puerta— y,
cuando esté bien disuelto, añada el contenido del paquete
azul.
—Justo como un batido de Seltz —comentaba
su señoría muy feliz—. ¿Es que hierve?
—No gran cosa, milord —respondió
el experto, derramando una cantidad de polvos de hiposulfito en el bañito.
—Pues es una lástima —dijo lord
Peter—. Oye, Bunter, ¿sabes que se hace pesado para disolverse?
—Sí milord —respondió Bunter
sin inmutarse—, siempre he encoatrado esa parte del procedimiento excepcionalmente
fastidioso, milord.
Lord Peter sacudía furiosamente
con la varita de cristal.
—Espera que te coja a la llegada a Waterloo
— dijo en un tono vengativo,
* * * *
Tres días más tarde se encontraba
lord Peter Wimsey en su cuarto de estar de Piccadilly 110 A, rodeado de
sus libros colocados por las estanterías de las paredes. Los altos
ramos de narcisos que tenía sobre la mesa parecían sonreír
al sol primaveral que entraba por la ventana inclinando sus tallos como
si quisiesen mecerse a la caricia del aire, La puerta se abrió,
y su señoría levantó la vista de una edición
lujosa ‘De los Cuentos de Lafontaine, cuyos grabados de Fragonard
estaba examinando con la ayuda de una lente.
—Buenos días, Bunter. ¿Qué
hay de nuevo?
—He podido averiguar, milord que la personita
en cuestión ha entrado al servicio de la vieja duquesa de Medway.
Su nombre es Celestina Berger.
—Esta vez has acertado menos que otras
veces, Bunter. No se puede llamar a nadie que sea del teatro simplemente
Celestina. Debías decir «que ha adoptado el nombre de Celestina
Berger». Y en cuanto al hombre, ¿qué noticias puedes
darme?
—Está domiciliado en esta dirección,
en Guilford Street, Bloornsbury, milord — contestó Bunter.
—Excelente, mi querido Bunter. Ahora dame
el quién es quién. Por cierto, ¿te costó mucho
trabajo averiguar todo eso?
—No gran cosa, milord.
—Uno de estos días supongo que
te voy a dar algo que hacer que te haga salirte de tus casillas —dijo su
señoría—, y entonces me dejarás y yo tendré
que cortarme el cuello. Muchas gracias, Ahora vete y diviértete,
Yo me voy a ir al Club a almorzar.
El libro que Bunter entregó a su
patrón desde luego llevaba las palabras quién es quién
impresas en su cubierta. pero no se podía adquirir en ninguna biblioteca
pública ni en ninguna librería. Era un tomo muy voluminoso,
muy recargado de escritura, parte de ella con una letra pequeña
estilo imprenta de míster Bunter, y parte con la de lord Peter,
muy primorosa, pero totalmente ilegible. Contenía biografías
de las personas más insospechadas, y se registraban en el mismo
los hechos más sorprendentes de las personas más conocidas.
Lord Peter buscó la inseripción hecha bajo el nombre de la
duquesa de Medway. Parecía que la lectura de su contenido producía
satisfacción evidente, ya que después de un rato se sonrió,
cerró el libro y se fue hacia el teléfono.
—Sí, aquí es la duquesa
de Medway. ¿Quién habla, por favor?
La voz grave, algo cascada, agradó
a lord Peter. Estaba materialmente viendo el semblante arrogante y la figura
erguida de la que había sido una de las más célebres
bellezas del Londres de los años sesenta.
—Aquí es Peter Wimsey, duquesa.
—¿Es posible? ¿Y cómo
se encuentra usted, joven? ¿Ya volvió usted de su correría
por el continente?
—Sí, acabo de llegar, y deseando
ponerme a los pies de la señora más fascinadora de Inglaterra.
—Alabado sea Dios, hijo mío, ¿y
qué es lo que deseas?
—preguntó la duquesa—. Los chicos
como tú no echan piropos a una vieja por nada,
—Deseo contarle mis pecados, duquesa,
—Debías haber vivido en los tiempos
grandes, querido
—le dijo aquella voz en tono de aprecio—,
Se malgastan tus dones naturales en cosas frívolas propias de la
juventud.
—Por eso es por lo que tengo que hablar
con usted, duquesa.
—Bueno, querido, si es que has cometido
algún pecado que merezca la pena ser oido, estaré encantada
de recibir tu visita,
—Es usted tan exquisita en su bondad como
en sus encantos. Esta misma tarde voy a visitarla.
—-Estaré en casa solo para ti asi
no recibiré a nadie más. Para que veas.
—Querida señora, beso a usted las
manos — dijo lord Peter, y oyó una exclamación de buen humor
al colgar la duquesa el teléfono.
* * * *
—Podrá usted decir lo que le apetezca,
duquesa —dijo lord Peter sentado en su postura respetuosa en el banco de
la chimenea—, pero es usted la abuela más joven de Londres, sin
exceptuar a mi propia madre.
—Mi querida Honoria no es más que
una niña —dijo la duquesa—. Yo tengo veinte años más
de experiencia de la vida, y he llegado a la edad en que solemos presumir
de ello. Tengo la intención decidida de ser bisabuela antes de morirme.
Sylvia se casa dentro de dos semanas con ese estúpido hijo de Attenbury.
—¿Quién, Abeock?
—Sí, Tiene los peores caballos
de cacería que he visto, y todavía no distingue el
charnpagne
del sauterne. Pero Sylvia también es una
atontada, pobrecita mía, así que debo admitir que se van
a llevar admirablemente bien. En mis tiempos tenia una que poseer
talento o belleza para salir adelante, y preferiblemente las dos cosas.
Hoy dia, parece que nada es imprescindible para triuntar, excepto carecer
totalmente de tipo. Pero es que la sociedad perdió toda su clase
por culpa del veto que le puso la Camara de los Lores. A ti te considero
una excepción, Peter tú tienes dones especiales. Es lastimaa
que no los emplees en el servicio de la politica.
—Querida senora, Dios me libre de semejante
cosa.
—Quizá tengas razon, como se presentan
las cosas. Existían verdaderos gigantes de la politica en mis dias.
Querido Dizzy. Cómo le recuerdo, y que cuando murió su mujer,
todas intentamos pescarlo, pues has de saber que Meaway habia muerto un
año antes, pero él estaba liado con aquella estúpida
de la Bradilord, que ni siquiera había leído una sola línea
de cualquiera de sus libros, y tampoco los hubiera comprendido si lo hubiera
hecho, Y ahora tenemos a Abcock representando a Midnurst, y casándose
con Sylvia.
—No me ha invitado usted a la boda, querida
duquesa. Estoy tan ofendido con usted — dijo su señoría suspirando.
—Válgame Dios, hijo mio, es que
yo no he enviado las invitaciones, pero supongo que tu hermano y esa pesada
de su mujer van a ir. Desde luego tienes que venir, si ese es tu deseo.
No sabia que tenias predileccion por las bodas.
—¿No lo sabia usted? _dijo Peter—.
Tengo una verdadera pasión por esta. Quiero ver a
lady Syivia vistiendo satén blanco y llevando los encajes antiguos
de la familia y las joyas, y ponerme sentimental acordandome de los dias
en que mi foxterrier solia sacar el relleno de sus muñecas
a tuerza de mordiscos.
—Pues muy bien, querido, vendrás.
Ven temprano y puedes ayudarme en algo. En cuanto a los brillantes, si
no fuese por tratarse de una tradición de familia, Sylvia no los
llevaba. Tiene el descaro de quejarse de que tiene que hacerlo.
—Me habian dicho que son de los mejores
que existen.
—Asi son, en efecto. Pero ella dice que
están montados a la antigua y que no le gustan, además, los
brillantes, y que no le van con el vestido. ¡Cuánta tontería!
¿Quién ha oído jamás que no le gusten los brillantes
a ninguna chica? Es que ella quiere parecer romántica y algo espiritual
llevando solo las perlas, que es lo que se figura que le favorecen, Es
que acaba con mi paciencia, te digo.
—Le doy mi palabra que pienso dedicarles
expresamente mi admiración —dijo Peter—, y además haré
uso del privilegio que me da mi antigua amistad para decirle que es tonta
y todo lo demás, Me gustaría echarles un vistazo ahora. ¿Cuándo
es que salen de su escondrijo?
—Míster Whitehead las traerá
del Banco la noche antes de la boda —contestó la duquesa—, y serán
depositadas en la caja fuerte en mi habitación; así que vente
a eso de las doce y podrás verlas en plan privado.
—Eso sería estupendo, Tenga cuidado
de que durante la noche no desaparezcan, ¿lo hará usted como
le digo?
—Oh, querido, la casa va a estar infestada
de policías. Como que es un fastidio, pero supongo que no podré
remediarlo.
—Oh, pues yo creo que es una buena cosa
—dijo Peter—. Yo tengo tal predilección por los policías,
que hasta llega a convertírse en una enfermedad.
* * * *
En la mañana del día de la
boda, lord Peter salió de los servicios de Bunter hecho una maravilla
de radiante brillantez. Su pelo había sido peinado con arte exquisito
de forma tal, que pretender eclipsarlo al ponerle el cuidadosamente cepillado
sombrero de copa, hubiera sido equivalente a meter la luz del sol en una
tumba: sus botines, su pantalón de tonos ligeros y zapatos exquisitamente
limpios, formaban una sinfonía perfectamente sincronizada. Era solo
porque rogó repetidamente a su dictador en materia de pulcritud
por lo que consiguió que le permitiese llevar dos pequeñas
fotografías y una delgada carta procedente del extranjero en el
bolsillo interior de su chaqueta. Míster Bunter, de igual forma
impecablemente vestido, entró en el taxi detrás de él.
Sonaban las doce en punto cuando descendían del coche y pasaban
bajo el toldo de listas que decoraba la puerta principal de la casa de
la duquesa de Medway, en Park Lane. Bunter seguidamente desapareció
en dirección a la parte trasera, mientras que su señoría
subía las escaleras y se anunciaba a la duquesa viuda.
La mayor parte de los invitados no habían
llegado todavía, pero la casa estaba atestada de gente muy excitada,
que iban para allá y para acá, con flores y devocionarios,
míentras que un jaleo de vajilla y de cubiertos se dejaba oír
como preludio de un suntuoso festín. Lord Peter fue introducido
en el salón de espera, mientras que el criado iba a anunciar su
llegada, y fue aquí donde se encontró con su muy gran amigo
y fiel colega, el inspector detective Parker, que, en traje de paisano,
montaba la guardia ante una valiosa colección de elefantes blancos
de marfil, Lord Peter le saludó con un afectuoso apretón
de manos.
—¿Todo va bien, por ahora? — preguntó.
—Todo perfectamente, OK.
—¿Recibió usted mi nota?
—Desde luego. Tengo tres de nuestros hombres
siguiendo la pista a su tipo de Guilford Strett. La chica se echa mucho
de ver por aquí. Se ocupa de la peluca de la señora y cosas
por el estilo. Tiene unas maneras, que se le da uno muy bien, ¿no
le parece?
—Me sorprcnde que diga usted eso —dijo
lord Peter—. No, no se ría —insistió al reírse su
amigo irónicamente—; es que si así fuera, todas mis teorías
sobre el caso se vendrían abajo.
—Oh, no me refiero a nada de particular.
Solamente quería decir que es algo provocativa con su mirada y su
hablar, eso es todo.
—¿Hace bien su trabajo de la casa?
—Yo no he oído quejas. ¿Qué
sospechas ha tenido usted para seguir este asunto?
—Una mera casualidad, Desde luego, también
podré estar equivocado,
—¿Recibió usted alguna información
de París?
—Me gustaría que no emplease ese
término —dijo lord Peter algo amoscado—, Es tan propio de ustedes
los de Seotland Yard. Cualquier día de estos le delatará.
—Lo siento, amigo —contestó Parker—.
Es mi segunda naturaleza.
—Esas son las cosas de las que tenemos
que estar prevenidos — contestó a su vez su señoría,
con una seriedad que parecía un poco fuera de lugar.
—Uno puede tener bien en cuenta todo menos
esas bromitas de segundo orden.
Se llegó hasta la ventana que daba
a la entrada de servicio,
—¡Vaya, aquí se presenta
nuestro pájaro! — dijo, muy interesado en lo que veía,
Parker se fue junto a él, y vio
la primorosa cabeza de la chica francesa de la Gare Saint Lazare cubierta
con un handeau negro y lazo. Un hombre que portaba una cesta llena de narcisos
blancos acababa de tocar el timbre, y parecia que pretendía hacer
la venta de su mercancía.
Parker abrió con cuidado la ventana,
y oyeron a Celestine decir con mareado acento francés:
—No, no queremos nada hoy, muchas gracias.
El hombre insistió con esa voz
quejumbrosa que emplean los tipos semejantes, metiéndole un gran
ramo de flores materialmente por los ojos, pero ella las tiró dentro
de la cesta con una exclamacion de enfado, y se fue corriendo hacia dentro,
echando la cabeza hacia atrás y dando un portazo.
El hombre se retirá dando gruñidos.
Mientras hacia esto, un tipo delgado de aspecto enfermizo, con gorra a
cuadros, que se encontraba recostado sobre una farola de enfrente, se separó
de esta y empezó a andar detrás, no sin antes lanzar una
mirada hacia arriba, a la ventana. Míster .Parker miró a
lord Peter, hizo una señal de asentimiento y después hizo
una señal convenida con la manos En seguida el hombre de la gorra
a cuadros retiró el cigarrillo de sus labios, lo apagó, y
metiendo la colilla detras de la oreja, se fue andanoo sin mirar más.
—Muy interesante —dijo lord Peter, cuando
los dos hubieron estado fuera de la vista—. ¡Oiga, escuche!
Se oyeron unos ruidos como de pies que
corrían por encima de ellos, luego un grito, y seguidamente un barullo
general. Los dos hombres se precipitaron a la puerta al mismo tiempo que
la novia, corriendo alocadamente escaleras abajo, seguida de su corte de
damas de honor, gritaba proclamándolo histéricamente:
—¡Los brillantes! ¡Han sido
robados! ¡Han desaparecido!
Al instante la casa estaba en plena efervescencia.
Los criados y los camareros se agolpaban en el hall; el padre de la novia
irrumpió desde su habitación ataviado con un magnífico
chaleco, pero sin chaquet; la duquesa de Medway la tomó con míster
Parker, exigiéndole que hiciese algo; mientras que el mayordomo,
que hasta el día de hoy no se ha repuesto de tanto intornunio, salía
corriendo desde la despensa con el sacacorchos en una mano y una valiosa
botella de viejo oporto en la otra, que llevaba sacudiéndola con
toda la vehemencia de un pregonero de pueblo cuando agita la campanilla.
La única entrada serena la efectuaba la propia duquesa viuda, quien
avanzó como un buque de vela con todas ellas desplegadas, arrastrando
a Celestine tras ella, y regañándole para que no hiciese
ninguna tontería.
—Quédate quieta, muchacha —decía
la duquesa viuda—, cualquiera diría que te iban a asesinar.
—Permítame, excelencia —dijo mister
Buriter, que hizo su aparición como por encanto, en su forma imperturbable,
mientras cogia a la agitada Célestine firmemente por el brazo—.
Jovencita, cálmese usted.
¿Qué es lo que debemos hacer?
—gritaba la madre de la novia—. ¿Cómo ha ocurrido todo?
Fue en este momento cuando el detective
inspector Parker se hizo el amo. Fue el momento más impresionante
y dramático de su carrera. Su demostración magnífica
de tranquilidad dio ejemplo a las personas de la nobleza que gesticulaban
a su alrededor,
—Execelencia —dijo—, no hay motivo de
alarma. Habíamos tomado nuestras medidas Tenemos a los criminales
y las joyas, gracias a lord Peter Wimsey, de quien hubimos de recibir la
infor...
—¡Cuidado, Charles! — le reconvino
lord Peter con voz lúgubre.
—Ouiero decir recibimos advertencia de
que se iba a intentar el robo. Uno de nuestros hombres está en estos
momentos trayendo al ladrón del sexo masculino por la puerta delantera,
a quien sorprendió con las manos en la masa, y las joyas de vuestra
excelencia se encontraban en su poder.
Todos miraron para atrás, y contemplaron
al vago de la gorra a cuadros y a un policía de uniforme que entraban
con el vendedor de flores.
—La hembra criminal, que fue la que violentó
la caja fuerte de vuestra excelencia, está aquí. No, no haga
eso —añadió, a la vez que Célestine, haciendo uso
de un lenguaje apache que nadie, afortunadamente, pudo comprender, intentaba
sacar un revólver del escote de su honesto traje negro—. Célestines
Berger —continuó, dirigiéndose a ella y metiendo el revólver
en su bolsillo—, le detengo en nombre de la ley, y le prevengo que todo
lo que pueda manifestar será anotado debidamente y utilizado como
cargo contra usted.
—El cielo nos proteja —dijo lord Peter—;
si así fuera, el techo de la Sala de Audiencias saldría disparado.
Y además, Charles, ha tomado usted mal la filiación. Señoras
y caballeros, permítanme que les presente a Jacques Lerouge, alias
Sans-Culotte, que es el ladrón más joven, hábil e
imitador femenino que jamás ocupó plaza en los ficheros del
Palais
de Justice.
Hubo una exclamación general. Jacques
Sans-Culotte soltó un juramento.
—Es un buen trabajo —dijo—; van para usted
todas mis felicitaciones, milord; es lo que usted llamaría una buena
redada, ¿verdad? Y ahora ya le conozco —dijo riéndose al
ver a Bunter—, Usted es el inglés que con tanta paciencia aguardaba
detrás de nosotros en la cola de Saint Lazare. Pero, dígame,
por favor, ¿cómo ha podido usted reconocerme, para que pueda
corregirme para la próxima vez?
—Le he dicho anteriormente, Charles —dijo
lord Peter—, lo indiscreto que es caer en modismos. Le pierden a uno. Por
ejemplo, en Francia, todos los pequeños del sexo masculino utilizan
adjetivos masculinos cuando de sí mismos se refieren, y así
se acostumbran desde la niñez. Dicen: ¡Que je suis beau!
(¡qué guapo soy!). Pero una pequeñita se acostumbra
a decirse a sí misma que es femenina, debe decir: ¡Que
je suís belle! (¡qué guapa soy!). Debe hacerse
muy difícil por tanto imitar a una mujer. Cuando me encuentro en
una estación y oigo a una chica que está nerviosa y le dice
a su compañero, ¿me has tomado por un imbécil?, el
articulo usado en masculino provoca mi curiosidad. ¡Y eso es todo!
Concluyó su peroración con
viveza.
—El resto era solo cuestión de
hacer que Bunter sacase una fotografía y se pusiera en comunicación
con nuestros amigos de la Sureté y de Scotland Yard.
Jacques Sans-Culotte hizo otra vez una
inclinación.
—Nuevamente felicito a milord. Es el único
inglés que me haya tropezado que sea capaz de apreciar las bellezas
de nuestra lengua. En lo sucesivo pondré mucha atención en
el uso del artículo en cuestión,
Con una mirada de rencor, la duquesa viuda
de Medway avanzó sobre lord Peter, y le dijo en tono de reproche:
—Peter, ¿quieres decirme que tú
sabías todo esto, y que durante las tres semanas que han transcurrido
has permitido que haya sido desvestida y vestida y ayudada a acostarme
por un joven?
Su señoria tuvo la gentileza de
sentir rubor.
—Duquesa —dijo humildemente—, yo le digo
por mi honor que no estaba absolutamente cierto de ese extremo hasta esta
mañana, en que pude cerciorarme de ello. Además, la Policía
tenía tal interés en coger a esta gente con las manos en
la masa, que no me cabía otra opción. ¿Que puedo hacer
para demostrarle mi arrepentimiento? ¿Despedazo a ese afortunado
individuo?
La boca de la duquesa, mantenida cerrada
con firmeza hasta entonces, se hizo más suave.
—Después de todo —dijo la duquesa
viuda, con la intención de impresionar a su suegra que estaba presente—
hay pocas mujeres de mi edad que podrían presumir de haberle ocurrido
igual. Parece que morimos como hemos vivido, querido.
Porque era verdad que la duquesa viuda
de Medway había sido muy notable en sus buenos tiempos.