LA
VOZ DE LOS MUERTOS
Orson Scott Card
Título
original: Speaker For The Dead
©1986 Orson Scott Card
©1993 Ediciones B, SA.,
Bailén, 84-08009 Barcelona
(España)
Depósito legal:
B.37.966-1998
Edición digital de Questor
Revisión de Sadrac
Buenos Aires, marzo de 2002
ALGUNOS
HABITANTES DE LA COLONIA LUSITANIA
Xenólogos
(Zenadores)
Pipo Joao
Figueira Álvarez)
Libo (Liberdade
Graças a Deus Figueira de Medici)
Miro (Marcos
Viadimir Ribeira von Hesse)
Ouanda (Ouanda
Quenhatta Figueira Mucumbi)
Xenobiólogos
(Biologistas)
Gusto (Viadimir
Tiago Gussman)
Cida (Ekaterina
Maria Aparecida do Norte von Hesse-Gussman)
Novinha
(Ivanova Santa Catarina von Hesse)
Ela (Ekaterina
Elanora Ribeira von Hesse)
Bosquinha
(Faria Lima Maria do Bosque)
Obispo
Peregrino (Armão Cebola)
Dom Cristão
(Amai a Tudomundo Para Que Deus vos Ame Cristão)
Dona Crista
(Detestai o Pecado e Fazei o Direito Cristã)
LA FAMILIA
FIGUEIRA
Pipo (m. 1948
c.c.) - Conceição
Pinpinho (João)
- Maria (m. 1936) - Libo (1931 - 1965) - Bruxinha - Bimba (Abençoada)
Patinha
(Isolde) - Rã (Tomás)
Ouanda (n.
1951) - China (n. 1952) - Zinha - Prega
LA FAMILIA DE
OS VENERADOS
Gusto (m. 1936)
- Cida (m.1936)
Mingo (m. 1936)
- Novinha (n. 1931) - Marcão (Marcos Maria Ribeira) (m. 1970)
Amado (m. 1936)
- Guti (m. 1936)
Miro (n. 1951)
- Ela (n. 1952) - Quim (n. 1955) (Estevão Rei) - Olhado (n. 1958) (Lauro
Suleimão) - Quara (n. 1963) (Lembrança das Milagres de Jesus) - Grego
(n. 1964) (Gerão Gregorio)
Todas las
fechas se refieren a los años transcurridos tras la adopción del Código
Estelar.
NOTAS SOBRE
PRONUNCIACIÓN
Tres lenguajes
humanos se utilizan en este libro. El stark, que procede del inglés (se
representa en castellano en la traducción). El nórdico, hablado en Trondheim,
evolucionado del sueco. El portugués, la lengua nativa de Lusitania. Sin
embargo, en cada mundo, los niños aprenden stark en la escuela desde el
principio.
El idioma
portugués, inusitadamente hermoso cuando se habla en voz alta, es muy difícil
para los lectores por la peculiar pronunciación de sus fonemas. Si no piensan
ustedes en leer este libro en voz alta, tal vez se sientan más cómodos si
tienen una idea general de cómo se pronuncian los nombres y las frases en
portugués.
Las
consonantes: Se pronuncian más o menos tal como son, con la excepción de la ç
que suena siempre como «ss». Algunas excepciones son la j, que se pronuncia
como la «sh», y como «g» cuando va seguida de «e» o «i». La r inicial y la doble
rr, se pronuncian aproximadamente entre la «h» americana y la «ch» yiddish.
Vocales: Las
vocales se pronuncian más o menos como son. Aunque realmente hay dos sonidos
distintos para la a, tres formas de pronunciar e (é, é y la e rápida al final
de una palabra) y otras tres de pronunciar la o.
Combinaciones
consonantes: La combinación «lh» como la «lli» en William; nh, como la ñ. La
combinación ch se pronuncia siempre como la sh inglesa. La combinación qu,
cuando va seguida de e o de i, se pronuncia como k; cuando va seguida por a, o,
u, suena como qu. Lo mismo sucede con gu. Por tanto, Quara se pronuncia
CU-A-RA, mientras que Figueira se pronuncia Fi-Ge-i-ra.
Combinaciones
vocales: Se pronuncian tal como suenan: ou, az, ez, eu.
Vocales
nasales: Una vocal o una combinación vocal con tilde (normalmente ao o a), o la
combinación am al final de una palabra son siempre nasales. Es decir, se
pronuncian como si la vocal terminase con el sonido ng. Además, por llevar
tilde, la sílaba siempre va acentuada. Por tanto, el nombre Marcão se pronuncia
Mar-Kóung.
Si les dijera
que cuando la t va antes de i suena como la ch, y que la d sigue el mismo
modelo del sonido j en inglés, o si les mencionara que la x siempre suena como
sh, excepto cuando suena como z, puede que entonces renuncien por completo a
leer este libro, así que no lo haré.
PRÓLOGO
En el año 1830
después de la formación del Congreso Estelar, una nave robot de exploración
envió un mensaje a través del ansible: el planeta que estaba investigando
encajaba en los parámetros de la vida humana. El planeta más cercano con
problemas de población era Bala; así que el Congreso Estelar les concedió
licencia para explorarlo.
Así pues, los
primeros humanos en ver el nuevo mundo fueron portugueses por su lenguaje,
brasileños por su cultura y católicos por su credo. En el año 1886
desembarcaron de su lanzadera, se establecieron allí y llamaron al planeta
Lusitania, que era el antiguo nombre de Portugal. Se pusieron a catalogar la
flora y la fauna. Cinco días más tarde se dieron cuenta de que los pequeños
animales que habitaban los bosques, a los que habían llamado porquinhos, o
cerdis, no eran realmente animales.
Por primera vez
desde el Genocidio de los Insectores a manos del monstruo Ender, los humanos
habían encontrado vida alienígena inteligente. Los cerdis eran tecnológicamente
primitivos, pero usaban herramientas, construían casas y hablaban su propio
lenguaje.
- Es otra
oportunidad que Dios nos ha ofrecido - declaró el cardenal Pío de Bahía -.
Podemos ser redimidos de la destrucción de los insectores.
Los miembros
del Congreso Estelar adoraban a muchos dioses, o a ninguno, pero estuvieron de
acuerdo con el Cardenal. Lusitania sería colonizada a partir de Bahía y, por lo
tanto, bajo licencia católica, como la tradición demandaba. Pero la colonia
nunca podría expandirse más allá de un área limitada o exceder de una población
determinada. Y debía ceñirse, sobre todo, a una ley:
Los cerdis no
tenían que ser molestados.
1 - Pipo
Ya que
no nos sentimos completamente cómodos con la idea de que los habitantes del
pueblo vecino son tan humanos como nosotros, es extremadamente presuntuoso
suponer que podemos mirar alguna vez a criaturas sociables que derivan de otras
formas de evolución y no verlas como bestias, sino como hermanos; no rivales,
sino compañeros peregrinos viajeros hacia el altar de la inteligencia.
Sin embargo
esto es lo que yo veo, o desearía ver. La diferencia entre raman y varelse no
está en la criatura juzgada, sino en la que juzga. Cuando declaramos raman a una
especie alienígena, eso no significa que haya aprobado un examen de madurez
moral. Significa que lo hemos hecho nosotros.
Demóstenes.
«Epístola a los Framlings».
Raíz era a la
vez el más problemático y el más valioso de los pequeninos. Siempre estaba allí
cada vez que Pipo visitaba su calvero, y hacía todo lo posible para responder a
las preguntas que la ley le prohibía a Pipo formular. Pipo dependía de él -
demasiado, probablemente -, y aunque Raíz tonteaba y jugaba como el joven
irresponsable que era, también observaba, probaba y experimentaba. Pipo siempre
tenía que estar alerta ante las trampas que Raíz le tendía.
Un momento
antes, Raíz había estado escalando los árboles, agarrándose a la corteza con
sólo los artejos de sus talones y sus muslos. En las manos llevaba dos palos -
Los Palos Padres, los llamaban -, con los que golpeaba contra el árbol de una
manera arrítmica y sañuda mientras escalaba.
El ruido hizo
que Mandachuva saliera de la casa de troncos. Llamó a Raíz en el Lenguaje de
los Machos, y a continuación en portugués.
- ¡P'ra baixo,
bicho!
Varios cerdis
de los alrededores, al oír el juego de palabras en portugués, expresaron su
apreciación frotando sus muslos con rudeza. Eso produjo un sonido sibilante, y
Mandachuva dio un saltito en el aire agradeciendo sus aplausos.
Raíz, mientras
tanto, se inclinó hacia atrás hasta que pareció que se iba a caer. Entonces se
soltó, dio una voltereta en el aire, aterrizó sobre sus patas y dio unos
cuantos brincos sin tropezar.
- Así que eres
un acróbata - dijo Pipo.
Raíz se le
acercó contoneándose. Era su manera de imitar a los humanos. Era la forma más
efectiva y ridícula, porque su hocico aplastado parecía decididamente porcino.
No era extraño que los habitantes de otros mundos les llamaran «cerdis». Los primeros
visitantes de este mundo habían empezado a llamarles así en sus primeros
informes, allá en el 86, y para cuando se fundó la Colonia Lusitania en 1925,
el nombre ya era ineludible. Los xenólogos esparcidos por los Cien Mundos se
referían a ellos como «los aborígenes lusitanos», aunque Pipo sabia
perfectamente bien que eso era simplemente una cuestión de dignidad personal:
excepto en sus papeles eruditos, los xenólogos les llamaban también sin duda
cerdis. En cuanto a Pipo, les llamaba pequeninos, y a ellos parecía no
importarles, pues se llamaban a sí mismos «Los Pequeños». Sin embargo, con
dignidad o sin ella, no había forma de negarlo. En momentos como éste, Raíz
parecía un cerdo sosteniéndose sobre sus patas traseras.
- Acróbata -
dijo Raíz, intentando pronunciar la nueva palabra -. ¿Qué hice? ¿Tenéis una
palabra para la gente que hace eso? ¿Así que hay gente que hace eso como
trabajo?
Pipo suspiró
suavemente y congeló la sonrisa en su cara. La ley le prohibía estrictamente
divulgar información sobre la sociedad humana, pues podría contaminar la
cultura porcina.
Aun así, Raíz
jugaba constantemente a exprimir hasta la última gota de cuanto implicaba todo
lo que Pipo decía. Esta vez, sin embargo, Pipo no podía echar la culpa a nadie,
más que a sí mismo, por haber hecho una observación tonta que abría unas
ventanas innecesarias hacia la vida humana. De vez en cuando se encontraba tan
a gusto entre los pequeninos que hablaba de modo natural. Eso era siempre un
peligro. No soy bueno en este juego constante de sacar información mientras
intento no dar nada a cambio. Libo, mi silencioso hijo, ya es más discreto que
yo, y sólo lleva aprendiendo de mi... ¿cuánto hace que cumplió los trece
años...? Cuatro meses.
- Ojalá tuviera
artejos en las piernas como vosotros - dijo Pipo -. La corteza del árbol me
dejaría la piel convertida en jirones.
- Eso nos daría
vergüenza a todos - Raíz continuaba en la postura expectante que Pipo suponía
que era su forma de expresar una cierta ansiedad, o quizás un aviso no verbal
para que otros pequeninos tuvieran cautela. También podía ser un signo de miedo
extremo, pero, por lo que Pipo sabía, nunca había visto a un pequenino sentir
miedo extremo.
En cualquier
caso, Pipo habló rápidamente para calmarle.
- No te
preocupes. Soy demasiado viejo y blando para escalar árboles de esa forma. Es
mejor que lo hagan vuestros retoños.
Y funcionó. El
cuerpo de Raíz se puso otra vez en movimiento.
- Me gusta
subir a los árboles. Puedo verlo todo - Raíz se plantó delante de Pipo y acercó
su cara a la de él -. ¿Traerás la bestia que corre sobre la hierba sin tocar el
suelo? Los otros no me creen cuando les digo que he visto una cosa así.
Otra trampa.
¿Cómo? Tú, Pipo, un xenólogo, ¿vas a humillar a este individuo de la comunidad
que estás estudiando? ¿O te ceñirás a la rígida ley dispuesta por el Congreso
Estelar para llevar adelante este encuentro? Había pocos precedentes. Los otros
únicos alienígenas inteligentes que la humanidad había conocido eran los
insectores, hacía tres mil años, y al final todos los insectores acabaron
muriendo. Esta vez, el Congreso Estelar quería asegurarse de que si la
humanidad fracasaba, sus errores fueran en la dirección contraria. Mínima
información. Mínimo contacto.
Raíz advirtió
la duda y el cuidadoso silencio de Pipo.
- Nunca nos
dices nada. Nos observas y nos estudias, pero nunca nos dejas pasar la verja y
entrar en tu poblado para que os observemos y os estudiemos.
Pipo contestó
todo lo honestamente que pudo, pero era más importante ser cuidadoso que
honesto.
- Si aprendéis
tan poco y nosotros aprendemos tanto, ¿por qué vosotros habláis ya stark y
portugués mientras yo me esfuerzo con vuestro lenguaje?
- Somos más
listos.
Entonces Raíz
se dio la vuelta y giró sobre su trasero para dar la espalda a Pipo.
- Vuélvete tras
tu verja - dijo.
Pipo se quedó
quieto. No muy lejos, Libo intentaba aprender de tres pequeninos cómo
convertían en paja las enredaderas de merdona. Libo le vio y en un momento
estuvo con él, listo para marcharse. Pipo le guió sin decir una sola palabra: ya
que los pequeninos hablaban con tanta fluidez el lenguaje humano, nunca
discutían lo que habían aprendido hasta que estuvieran dentro de la cerca.
Les llevó media
hora llegar a casa, y llovía densamente cuando pasaron la verja y caminaron a
lo largo de la cara de la colina hacia la Estación Zenador. ¿Zenador? Pipo
pensó en la palabra mientras miraba el pequeño letrero sobre la puerta. La
palabra XENOLOGO estaba escrita en stark. «Así es como las lenguas cambian -
pensó Pipo -. Si no fuera por el ansible, que proporciona comunicación
instantánea entre los Cien Mundos, posiblemente no podríamos mantener un
lenguaje común. El viaje interestelar es demasiado raro y lento. El stark se
fragmentaría en diez mil dialectos dentro de un siglo. Sería interesante que
los ordenadores hicieran una proyección de los cambios lingüísticos en
Lusitania, si se permitiera que el stark decayera y absorbiera el portugués...
- Padre - dijo
Libo.
Sólo entonces
Pipo se dio cuenta de que se había detenido a diez metros de la estación.
Tangentes. Las mejores partes de mi vida intelectual son tangenciales, en áreas
fuera de mi experiencia. Supongo que es por causa de las regulaciones que han
colocado en mi área de experiencia que me es imposible saber o comprender nada.
La ciencia de la xenología contiene más misterios que la Santa Madre Iglesia.
Su huella
dactilar fue suficiente para abrir la puerta. Pipo sabía lo que le esperaba el
resto de la tarde nada mas entrar. Pasarían varias horas de trabajo en los
terminales informando de todo lo que habían hecho durante el encuentro de hoy.
Después, Pipo leería los apuntes de Libo, y Libo los de Pipo, y cuando
estuvieran satisfechos, Pipo escribiría un breve sumario y entonces dejaría que
los ordenadores trabajaran a partir de ahí, rellenando las notas y
trasmitiéndolas instantáneamente, por ansible, a los xenólogos del resto de los
Cien Mundos. Más de un millar de científicos cuya carrera consiste en estudiar
la única raza alienígena que conocemos, y excepto por lo poco que los satélites
puedan descubrir sobre esta especie arbórea, toda la información que obtienen
mis colegas es la que Libo y yo les enviamos. Esto es, definitivamente, una
intervención mínima.
Pero cuando
Pipo entró en la estación, vio de inmediato que no sería una tarde de trabajo
firme pero relajante. Dona Cristá estaba allí, vestida con sus hábitos de
monja. ¿Había problemas en la escuela con alguno de los chicos más jóvenes?
- No, no - dijo
Dona Cristá -. Todos tus hijos lo hacen muy bien, excepto éste, que me parece
demasiado joven para estar trabajando aquí y no en el colegio, aunque sea de
aprendiz.
Libo no dijo
nada. «Una sabia decisión», pensó Pipo. Dona Cristá era una mujer joven,
brillante y emprendedora, quizás incluso hermosa, pero era antes que nada una
monja de la orden de los Filhos da Mente de Cristo. No era agradable
contemplarla cuando estaba enfadada por la ignorancia y la estupidez. Era
sorprendente el número de personas bastante inteligentes cuya ignorancia y
estupidez se habían fundido considerablemente ante el fuego de su desdén. El
silencio, Libo, es una política que te hará mucho bien.
- No estoy para
hablar de ninguno de tus hijos - dijo Dona Cristá -. Estoy aquí por Novinha.
Dona Cristá no
tuvo que mencionar apellidos. Todo el mundo conocía a Novinha. La terrible
Descolada había acabado solamente ocho años antes. La plaga había amenazado con
aniquilar la colonia antes de que tuviera oportunidad de ponerse en pie; el
remedio fue descubierto por el padre y la madre de Novinha, Gusto y Cida, los
dos xenobiólogos. Era una trágica ironía que descubrieran la causa de la
enfermedad y su tratamiento, demasiado tarde para poder salvarla. El suyo fue
el último funeral de la Descolada.
Pipo recordaba
claramente a la pequeña Novinha, allí de pie, agarrada de la mano de la
alcaldesa Bosquinha mientras el obispo Peregrino decía la misa del funeral. No,
no agarrada de la mano de la alcaldesa. La imagen volvió a su mente y, con
ella, el modo en que se sintió. ¿Qué es lo que está pensando?, recordó que se
preguntaba. Es el funeral de sus padres, es la última superviviente de su
familia; sin embargo, puede ver a su alrededor la gran alegría de la gente de
esta colonia. Joven como es, ¿comprende que nuestra alegría es el mejor tributo
a sus padres? Se esforzaron al máximo y tuvieron éxito, encontraron nuestra
salvación antes de morir; estamos aquí para celebrar el gran regalo que nos
hicieron. Pero para ti, Novinha, es la muerte de tus padres, igual que la de
tus hermanos anteriormente. Quinientos muertos, y más de quinientas misas por
ellos en esta colonia, a lo largo de los últimos seis meses, y todas ellas
celebradas en una atmósfera de miedo, pena y desesperación. Ahora, cuando tus
padres han muerto, el miedo, la pena y la desesperación no son menores para ti
de lo que fueron antes... pero nadie más comparte tu dolor. Es el alivio del
dolor lo que hay en la mayoría de nuestras mentes.
Mientras la
observaba y trataba de imaginar sus sentimientos, sólo consiguió rememorar su
propia pena por la muerte de su hija, María, de siete años, barrida por el
viento de la muerte que cubrió su cuerpo de tumores cancerosos y grandes hongos
que pudrían su carne. Con un miembro nuevo, ni brazo ni pierna, surgido de su
cadera, mientras la carne se le caía de los pies y la cabeza y dejaba los huesos
desnudos, y su brillante mente permanecía inmisericordemente alerta, capaz de
sentir todo lo que le pasaba, hasta que tuvo que gritar a Dios suplicándole que
la dejara morir. Pipo recordó eso, y entonces recordó su misa de réquiem,
compartida con otras cinco víctimas. Mientras permanecía allí, arrodillado con
su esposa y sus hijos supervivientes, había sentido la perfecta unidad de la
gente en la Catedral. Sabía que su dolor era el dolor de todo el mundo, que a
través de la pérdida de su hija mayor quedaba unido a su comunidad con los
inseparables lazos de la pena, y para él era un consuelo, algo a lo que
aferrarse. Era así cómo la pena tenía que ser, un lamento público.
La pequeña
Novinha no tuvo nada de eso. Su dolor había sido, si era posible, aún peor que
el de Pipo. Al menos a él no le habían dejado sin familia, y era un adulto, no
una chiquilla aterrorizada por la súbita pérdida de los cimientos de su vida.
En su pena no se sentía más unida a la comunidad, sino excluida de ella. Hoy
todo el mundo se alegraba, excepto ella. Hoy todo el mundo alababa a sus
padres; sólo ella lloraba por ellos. Hubiera sido mejor que nunca hubieran
encontrado la cura para los otros con tal de que hubieran conservado la vida.
Su aislamiento
era tan intenso que Pipo pudo sentirlo desde donde estaba. Novinha se soltó de
la mano de la alcaldesa en cuanto pudo. Sus lágrimas se secaron a medida que la
misa continuaba. Al final, permaneció en silencio, como un prisionero que
rehúsa cooperar con sus captores. El corazón de Pipo sangró por ella. Sin
embargo sabía que aunque lo intentara, nunca podría ocultar su propia alegría
por el final de la Descolada, su regocijo, porque no le arrebataría a ninguno
de sus otros hijos. Ella lo vería: su esfuerzo por reconfortaría sería una burla,
la apartaría aún mas.
Después de la
misa, Novinha caminó en amarga soledad entre la multitud de gente llena de
buenas intenciones, que cruelmente le decía que sus padres seguramente serian
elevados a los altares y se sentarían a la derecha de Dios Padre. ¿Qué clase de
consuelo es ése para un niño? Pipo le susurró a su esposa:
- Nunca nos
perdonará por lo de hoy.
- ¿Perdonar? -
Conceição no era una de esas esposas que inmediatamente comprenden la cadena de
pensamientos de su marido -. No hemos matado a sus padres.
- Pero todos
nos alegramos hoy, ¿no? Nunca nos perdonará por esto.
- Qué tontería.
Ella todavía no comprende. Es demasiado joven.
Ella comprende
- pensó Pipo -. ¿No comprendía las cosas María cuando era aún más pequeña de lo
que Novinha lo era ahora?
A medida que
los años fueron pasando - ocho años ya - la había visto de vez en cuando. Tenía
la edad de su hijo Libo, y eso quería decir que hasta que éste cumplió los
trece años estuvieron juntos en muchas de las clases. La oía dar clases y
charlas ocasionales, junto con otros niños. Había una elegancia en su
pensamiento, una intensidad en su claridez de ideas que le sorprendió. Al mismo
tiempo, ella parecía completamente fría, totalmente apartada de todos los
demás. El propio hijo de Pipo, Libo, era tímido, pero aun así tenía varios
amigos, y se había ganado el afecto de sus profesores. Novinha, sin embargo, no
tenía ningún amigo, nadie con quien compartir una mirada después de un momento
de triunfo. No había ningún profesor a quien le gustara de verdad, porque
rehusaba corresponder.
- Está
paralizada emocionalmente - le dijo una vez Dona Cristá cuando Pipo le preguntó
por ella -. No hay manera de entrar en contacto con ella. Jura que es
perfectamente feliz, y que no ve ninguna necesidad de cambio.
Ahora Dona
Cristá había venido a la Estación Zenador para hablarle a Pipo de Novinha. ¿Por
qué a Pipo? Sólo podía suponer una razón para que la principal responsable de
la escuela viniera a hablar con él sobre esta huérfana particular.
- ¿Debo
entender que en todos los años que has tenido a Novinha en tu escuela soy la
única persona que ha preguntado por ella?
- La única
persona no - dijo ella -. Todo el mundo se interesó por ella hace un par de
años, cuando el Papa beatificó a sus padres. Todo el mundo le preguntaba si la
hija de Gusto y de Cida, Os Venerados, había advertido alguna vez algún hecho
milagroso asociado con sus padres, tal como habían hecho otras muchas personas.
- ¿Le
preguntaban eso de verdad?
- Hubo rumores,
y el obispo Peregrino tuvo que investigar - Dona se envaró un poco al hablar
del joven líder espiritual de la Colonia Lusitania, pues se decía que la
jerarquía nunca se había llevado bien con la orden de los Filhos da Mente de
Cristo -. La respuesta que dio Novinha fue muy ilustrativa.
- Lo imagino.
- Dijo, más o
menos, que si sus padres estuvieran escuchando de verdad sus oraciones y
tuvieran de verdad alguna influencia en el cielo para que se cumplieran sus
deseos, ¿por qué entonces no habían atendido a sus oraciones para que
regresaran de la tumba? Dijo que eso sería un milagro útil, y hay precedentes.
Si Os Venerados tuvieran el poder de hacer milagros, entonces esto tendría que
significar que no la amaban lo bastante para responder a sus plegarias.
Prefería creer que sus padres aún la amaban y que simplemente no tenían el
poder para actuar.
- Una sofista
nata - dijo Pipo.
- Sofista y
experta en culpa: le dijo al obispo que si el Papa declaraba a sus padres
venerables, sería igual que si la Iglesia dijera que sus padres la odiaban. La
petición de la canonización de sus padres probaba que Lusitania la despreciaba;
si se concedía, sería la prueba de que la propia Iglesia era despreciable. El
obispo Peregrino se quedó blanco.
- Veo que envió
la petición de todas formas.
- Por el bien
de la comunidad. Y hubo todos esos milagros.
- Alguien toca
el altar y un dolor de cabeza desaparece y gritan ¡Milagro! ¡Os santos me
abençaram! ¡Milagro! ¡Los santos me han bendecido!
- Sabes que la
Santa Sede requiere milagros más sustanciales que eso. Pero no importa. El Papa
graciosamente nos permitió llamar Milagro a nuestra ciudad, y ahora imagino que
cada vez que alguien pronuncia ese nombre, Novinha arde un poco más con su
furia interna.
- O se vuelve
más fría. Uno nunca sabe qué tipo de temperatura produce una cosa como esa.
- De todas
formas, Pipo, no eres el único que ha preguntado por ella. Pero eres el único
que ha preguntado por ella misma y por su propio bien, no por causa de sus
santos y adorados padres.
Era triste
pensar que, a excepción de los Filhos, quienes dirigían las escuelas de
Lusitania, no hubiera habido más preocupación por la niña que los pequeños
brotes de atención que Pipo había desperdigado a lo largo de los años.
- Tiene un
amigo - dijo Libo.
Pipo había
olvidado que su hijo estaba allí. Libo era tan callado que era fácil pasar por
alto su presencia. Dona Cristá también parecía sorprendida.
- Creo, Libo,
que somos indiscretos al hablar de una de tus compañeras de colegio de esta
manera - dijo.
- Ahora soy
aprendiz de Zenador - le recordó Libo. Lo que quería decir que ya no estaba en
la escuela.
- ¿Quién es su
amigo? - preguntó Pipo.
- Marcáo.
- Marcos Ribera
- explicó Dona Cristá -. El chico alto...
- Ah, sí, el
que parece una cabra.
- Es un chico
fuerte - dijo Dona Cristá
Pero nunca he
advertido ninguna amistad entre ellos.
- Una vez,
cuando Marcão fue acusado de algo, ella lo vio y habló en su favor.
- Haces una
interpretación generosa del asunto, Libo - dijo Dona Cristá -. Creo que es más
apropiado decir que habló en contra de los chicos que lo hicieron de verdad y
estaban intentando echarle la culpa a él.
- Marcão no lo ve de esa forma - respondió Libo -. Me he dado cuenta un par de veces por la forma en que la observa. No es mucho, pero hay alguien a quien le agrada.
- ¿Te agrada a
ti? - le preguntó Pipo.
Libo guardó
silencio un momento. Pipo sabía lo que aquello quería decir. Se estaba
examinando para encontrar una respuesta. No la respuesta que pensaba sería la
más adecuada para atraer el favor de un adulto, ni la que provocaría su ira:
los dos tipos de falacias que la mayoría de los chicos de su edad se complacían
en ofrecer. Se estaba autoexaminando para descubrir la verdad.
- Creo que
comprendo que no quiera agradar a la gente - dijo Libo -. Como si ella fuera un
visitante que espera volver a casa algún día.
Dona Cristá
asintió gravemente.
- Sí, es
exactamente así. Eso es exactamente lo que parece. Pero ahora, Libo, debemos
poner fin a nuestra indiscreción pidiéndote que te marches mientras nosotros...
Se marchó antes
de que acabara la frase. Hizo un rápido movimiento con la cabeza y ofreció una
media sonrisa que decía sí, lo comprendo, y un movimiento tan sigiloso que
convirtió su salida en la prueba más elocuente de su discreción, que si hubiera
argumentado que quería quedarse. Con esto, Pipo supo que estaba molesto por que
le pidieran que se marchase: tenía una forma de lograr que los adultos se
sintieran vagamente inmaduros en comparación con él.
- Pipo - dijo
la superiora -, me ha pedido que se la examine antes de tiempo para tomar el
puesto de sus padres como xenobióloga.
Pipo alzó una
ceja.
- Dice que ha
estado estudiando la materia intensamente desde que era una niña pequeña. Que
está lista para empezar a trabajar inmediatamente, sin aprendizaje.
- Tiene trece
años, ¿no?
- Hay precedentes.
Muchos se han presentado a esas pruebas antes. Uno incluso aprobó siendo más
joven que ella. Fue hace doscientos años, pero se permitió. El obispo Peregrino
está en contra, por supuesto, pero la alcaldesa Bosquinha, bendito sea su
corazón práctico, ha señalado que Lusitania necesita un xenobiólogo con
urgencia. Necesitamos poner manos a la obra en el asunto de desarrollar nuevos
brotes de vida vegetal, para que podamos tener un poco de variedad decente en
nuestra dieta y cosechas mucho mejores. Sus propias palabras fueron: «No me
importa que sea una niña, necesitamos una xenobióloga.»
- ¿Y quieres
que supervise su examen?
- Si fueras tan
amable...
- Me encantará
hacerlo.
- Les dije que
te gustaría.
- Confieso que
tengo mis motivos.
- ¿Sí?
- Debería haber
hecho más por la niña. Me gustaría ver que no es demasiado tarde para empezar.
Dona Cristá se
echó a reír.
- Oh, Pipo, me
alegra que lo intentes. Pero créeme, querido amigo, alcanzar su corazón es como
bañarse en hielo.
- Lo imagino.
Imagino que la persona que intente acercársele se sienta así. ¿Pero cómo se
siente ella? Fría como es, seguramente por dentro debe arder como el fuego.
- Eres un poeta
- dijo Dona Cristá. No había ironía en su voz. Quería decir eso mismo -. ¿Los
cerdis comprenden que les hemos enviado al mejor de los nuestros como
embajador?
- He intentado
decírselo, pero se mantienen escépticos.
- Te la enviaré
mañana. Te lo advierto: espera examinarse fríamente, y resistirá cualquier
intento por tu parte de preexaminarla.
Pipo sonrió.
- Me preocupa
mucho más lo que sucederá después de que se examine. Si suspende, tendrá
problemas. Si aprueba, entonces los problemas empezaran para mi.
- ¿Por qué?
- Libo me
insistirá en examinarse antes de tiempo para Zenador. Y si lo hace, entonces no
habrá razón para que no me vaya a casa, me haga un ovillo y muera.
- Eres un loco
romántico, Pipo. Si hay alguien en Milagro capaz de aceptar a su hijo de trece
años como colega, ése eres tú.
Después de que
la monja se marchara, Pipo y Libo trabajaron juntos, como de costumbre,
registrando los sucesos del día con los pequeninos. Pipo comparó el trabajo de
Libo, su forma de pensar, sus reflexiones, sus actitudes, con las de aquellos
estudiantes graduados que había conocido en la Universidad antes de unirse a la
Colonia Lusitania. Podía ser pequeño, y había aún mucha teoría y muchos
conocimientos que tenía que aprender, pero ya era un auténtico científico en su
método, y un humanista de corazón. Cuando el trabajo de la tarde terminó y
volvieron a casa juntos a la luz de la grande y resplandeciente Luna de
Lusitania, Pipo había decidido que Libo ya merecía ser tratado como un colega,
se examinara o no. Los tests, de todas formas, no podían medir las cosas que
realmente contaban.
Y, le gustara a
Novinha o no, Pipo intentaría descubrir si ella tenía las cualidades, tan
difíciles de medir, propias de un científico; si no las tenía, entonces haría
que no se presentara a los exámenes, por muchos hechos que hubiera memorizado.
Pipo iba a
ponérselo difícil. Novinha sabía cómo actuaban los adultos cuando planeaban no
hacer las cosas tal como ella quería, pero no deseaba ni una pelea ni portarse
mal. Por supuesto, podía examinarse. Pero no había razón para apresurarse,
«tomémonos algo de tiempo, asegurémonos de que tendrás éxito al primer
intento».
Novinha no
quería esperar. Novinha estaba lista.
- Saltaré todos
los obstáculos que usted quiera - dijo.
La cara de él
se tornó fría. Sus caras siempre lo hacían. Eso estaba bien. La frialdad no le
importaba. Podría hacer que se helaran hasta la muerte.
- No quiero que
saltes ningún obstáculo.
- Lo único que
le pido es que los coloque todos en una fila para que pueda saltarlos con
rapidez. No quiero que esto dure días y días.
Él la miró
pensativamente durante un momento.
- Tienes mucha
prisa.
- Estoy
preparada. El Código Estelar me permite desafiar la prueba en cualquier
momento. Es un asunto entre el Congreso Estelar y yo, y no he podido encontrar
ningún sitio en donde se diga que un xenólogo no pueda intentar adivinar las
intenciones de la Oficina de Exámenes Interplanetarios.
- Entonces no
has leído con atención.
- La única cosa
que necesito para hacer la prueba antes de tener los dieciséis años es la
autorización de mi tutor legal. No tengo ninguno.
- Al contrario
- dijo Pipo -. La alcaldesa Bosquinha ha sido tu tutora legal desde el día en
que murieron tus padres.
- Y estuvo de
acuerdo en que podría hacer la prueba.
- Siempre y
cuando vinieras a mi.
Novinha vio la
intensa mirada en los ojos de él. No conocía a Pipo, así que pensó que era la
mirada que había visto en tantos otros ojos, el deseo de dominarla, de mandar
sobre ella, el deseo de reducir su determinación y romper su independencia, el
deseo de hacer que se rindiera.
Del hielo al
fuego en un instante.
- ¿Qué sabe
usted de xenobiología? ¡Sólo sale y habla con los cerdis, ni siquiera ha
empezado a comprender cómo funcionan sus genes! ¿Quién es usted para juzgarme?
Lusitania necesita un xenobiólogo, y llevan ocho años sin ninguno. ¡Y quiere
que esperen aún más tiempo sólo para poder tener el control!
Para su
sorpresa, el hombre no se acaloró, no se batió en retirada. Ni siquiera le
contestó airadamente. Fue como si ella no hubiera hablado.
- Ya veo que es
por tu gran amor a la gente de Lusitania por lo que deseas ser xenobióloga -
dijo él -. Al ver el interés público, te has sacrificado y preparado para
dedicarte desde temprana edad a una vida de servicio altruista.
Parecía absurdo
oírle decir eso. Y no era así cómo ella se sentía.
- ¿No es una
buena razón?
- Si fuera
cierta, sería bastante buena.
- ¿Me está
llamando mentirosa?
- Tus propias
palabras te han llamado mentirosa. Has hablado de lo mucho que ellos, la gente
de Lusitania, te necesitan. Pero tú vives entre nosotros. Has vivido entre
nosotros toda tu vida. Estás dispuesta a sacrificarte por nosotros, y sin
embargo no te sientes parte de esta comunidad.
De modo que él
no era como los adultos que siempre creían las mentiras, mientras la hicieran
parecer la niña que querían que fuera.
- ¿Por qué
tendría que sentirme parte de la comunidad? No lo soy.
Él asintió con
gravedad, como si considerara su respuesta.
- ¿A qué
comunidad perteneces?
- Los cerdis
son la otra única comunidad de Lusitania, y no me han enviado ahí fuera con los
adoradores de árboles.
- Hay más
comunidades en Lusitania. Por ejemplo, eres estudiante... Hay una comunidad de
estudiantes.
- Para mí, no.
- Lo sé. No
tienes amigos, no tienes ninguna relación íntima con nadie. Acudes a misa pero
nunca te confiesas, estás completamente al margen de todo lo que significa
estar en contacto con la vida de esta colonia en todo lo que es posible, no
tocas la vida de la raza humana en ningún punto. Evidentemente, vives en un
aislamiento completo.
Novinha no
estaba preparada para esto. Él estaba nombrando el dolor subyacente de su vida,
y ella no tenía dispuesta una estrategia para enfrentarse a eso.
- Si lo hago
así, no es culpa mía.
- Lo sé. Sé
dónde empezó, y sé de quién fue el fallo que continúa hasta hoy.
- ¿Mío?
- Mío. Y de
todos los demás. Pero mío sobre todo, porque sabía lo que te pasaba y no dije
nada. Hasta hoy.
- ¡Y hoy va a
separarme de la única cosa que me importa en la vida! ¡Muchas gracias por su
compasión!
Una vez más él
asintió solemnemente, como si aceptara y reconociera la irónica gratitud.
- En un
sentido, Novinha, no importa que no fuera culpa tuya. Porque la ciudad de
Milagro es una comunidad, y tanto si te ha tratado mal como si no, aún debe
actuar como hacen todas las comunidades, proporcionar la mayor felicidad
posible para todos sus miembros.
- Lo que quiere
decir, todo el mundo en Lusitania excepto yo... y los cerdis.
- El
xenobiólogo es muy importante en una colonia, especialmente en una como ésta,
rodeada por una cerca que limita para siempre nuestro crecimiento. Nuestro
xenobiólogo debe encontrar el modo de cultivar más proteínas e hidratos de
carbono por hectárea, lo que significa alterar genéticamente el trigo y las
patatas traídas de la Tierra para hacer...
- Para hacer
posible el uso máximo de los nutrientes disponibles en el entorno lusitano. ¿Cree
que pienso presentarme al examen sin saber cuál será el trabajo de mi vida?
- El trabajo de
tu vida es dedicarte a mejorar la vida de la gente a la que desprecias.
Ahora Novinha
vio la trampa que él le había dispuesto. Había aparecido demasiado tarde.
- ¿De modo que
piensa que un xenobiólogo no puede hacer su trabajo a menos que ame a la gente
que usa las cosas que una hace?
- No me importa
si nos amas o no. Lo que tengo que saber es lo que quieres realmente. Por qué
tienes tanto interés en hacer esto.
- Psicología
básica. Mis padres murieron en este trabajo, y por tanto intento ocupar su
puesto.
- Tal vez sí -
dijo Pipo -. Y tal vez no. Lo que quiero saber, Novinha, lo que tengo que saber
antes de dejarte hacer la prueba es a qué comunidad perteneces.
- ¡Ya lo ha
dicho usted antes! ¡No pertenezco a ninguna!
- Imposible.
Cada persona está definida por las comunidades a las que pertenece y a las que
no pertenece. Yo tengo una serie de definiciones positivas y otra negativa.
Pero todas tus definiciones son negativas. Podría hacer una lista infinita de
las cosas que no eres. Pero una persona que cree realmente que no pertenece a
ninguna comunidad, invariablemente acaba con su vida, bien matando su cuerpo,
bien perdiendo su identidad y volviéndose loca.
- Ésa soy yo.
Loca hasta la raíz.
- Loca, no.
Obsesionada por un sentido del propósito que es preocupante. Si haces esa
prueba la aprobarás. Pero antes de dejarte que te presentes a ella, tengo que
saberlo: ¿en qué te convertirás cuando la apruebes? ¿En qué crees? ¿De qué eres
parte? ¿Por qué te preocupas? ¿Qué es lo que amas?
- Nada de este
o de otro mundo.
- No te creo.
- ¡Nunca he
conocido a ningún hombre bueno o a ninguna buena mujer excepto mis padres, y
están muertos! E incluso ellos. Nadie comprende nada.
- Tú.
- Soy parte de
algo, ¿no? Pero nadie comprende nada, ni siquiera usted, que pretende ser tan
sabio y compasivo, pero sólo me hace llorar así porque tiene el poder para
impedir que haga lo que quiero hacer...
- Y eso no es
la xenobiología.
- ¡Sí que lo
es! ¡Es una parte, al menos!
- ¿Y cuál es el
resto?
- Lo que usted
es. Lo que hace. No sólo lo está haciendo mal, lo está haciendo de manera
estúpida.
- Xenobiólogo y
xenólogo.
- Cometieron un
estúpido error cuando crearon una nueva ciencia para estudiar a los cerdis.
Fueron un puñado de antropólogos viejos y cansados que se pusieron un sombrero
nuevo y se llamaron a sí mismos xenólogos. ¡Pero no se puede comprender a los
cerdis solamente observando la manera cómo se comportan! ¡Provienen de una
evolución diferente! Hay que comprender sus genes, lo que hay en el interior de
sus células. Y en las células de los otros animales también, porque no se les
puede estudiar solos, nadie vive en aislamiento...
No me des
sermones - pensó Pipo -. Dime lo que sientes. Y para provocar que fuera más
emocional, susurró:
- Excepto tú.
Funcionó. Del
frío desdén ella pasó a una calurosa defensiva.
- ¡Nunca los
comprenderá! ¡Pero yo sí!
- ¿Qué te
interesa de ellos? ¿Qué son los cerdis para ti?
- No podría
comprenderlo nunca. Es usted un buen católico - pronunció esta palabra con
desdén -. Es un libro que está en el Índice.
La cara de Pipo
se iluminó de una comprensión repentina.
- La Reina
Colmena y el Hegemón.
- Vivió hace
tres mil años, quienquiera que fuese, el que se llamaba a sí mismo el Portavoz
de los Muertos. ¡Pero comprendió a los insectores! Los aniquilamos a todos, a
la única raza alienígena que conocíamos, los matamos a todos, pero él
comprendió.
- Y tú quieres
escribir la historia de los cerdis de la misma forma que el Portavoz original
escribió la historia de los insectores.
- Por la forma
en que lo dice, parece tan fácil como hacer un trabajo para la escuela. No sabe
lo que costó escribir la Reina Colmena y el Hegemón. La agonía que soportó...
imaginarse dentro de una mente alienígena, y salir de ella lleno de amor por la
gran criatura que destruimos. Vivió en el mismo tiempo que el peor ser humano
que haya vivido jamás, Ender el Genocida, el que destruyó a los insectores... e
hizo todo lo posible para deshacer lo que Ender había hecho. El Portavoz de los
Muertos intentó devolverlos a la vida...
- Pero no pudo.
- ¡Lo hizo!
¡Logró que vivieran de nuevo, lo sabría si hubiera leído el libro! No sé mucho
sobre Jesús, escucho al obispo Peregrino y no creo que tenga poder para sanar
las llagas o perdonar un miligramo de culpa. Pero el Portavoz de los Muertos
hizo que la reina - colmena volviera a la vida.
- ¿Y entonces
dónde está?
- ¡Está aquí!
¡Dentro de mí!
Él asintió.
- También hay
alguien más en tu interior. El Portavoz de los Muertos. Eso es lo que quieres
ser.
- Es la única
historia verdadera que he oído. La única que me importa. ¿Es eso lo que quería
oír? ¿Que soy una hereje? ¿Y que todo el trabajo de mi vida va a ser añadir
otro libro al Índice de verdades cuya lectura los buenos católicos tienen
prohibida?
- Lo que quería
oír - dijo Pipo con suavidad - era el nombre de lo que eres, en vez del nombre
de todas las cosas que no eres. Eres la reina de la colmena. Eres la Portavoz
de los Muertos. Es una comunidad muy pequeña, pequeña en número, pero grande de
corazón. Así que eliges no ser parte de las bandas de chiquillos que se agrupan
con el único propósito de excluir de sus filas a otros, y la gente te mira y
dice, probrecita, está tan sola, pero tú conoces un secreto, sabes quién eres
realmente. Eres el único ser humano capaz de comprender la mente alienígena,
porque eres la mente alienígena; sabes lo que es ser inhumano porque nunca ha
habido ningún grupo humano que te haya dado credenciales como homo sapiens.
- ¿Ahora me
dice que ni siquiera soy humana? Me hace gimotear como una niña pequeña porque
no me deja presentarme a la prueba, me hace que me humille, ¿y ahora me dice
que no soy humana?
- Puedes
presentarte a la prueba.
Las palabras
colgaron en el aire.
- ¿Cuándo? -
susurró ella.
- Esta noche.
Mañana. Empieza cuando quieras. Detendré mi trabajo para hacer que pases por
las pruebas lo más pronto posible.
- ¡Gracias!
¡Gracias! Yo...
- Conviértete
en Portavoz de los Muertos. Te ayudaré si puedo. La ley me prohíbe tomar a
nadie bajo mi tutela excepto a mi hijo Libo para salir a estudiar a los
pequeninos. Pero te dejaremos ver nuestras notas. Te mostraremos todo lo que
aprendamos. Todas nuestras suposiciones y especulaciones. A cambio, tú también
nos mostrarás tu trabajo, lo que descubras sobre las pautas genéticas de este
mundo, que pudiera ayudarnos a comprender a los pequeninos. Y cuando hayamos
aprendido suficiente, juntos, podrás escribir tu libro, podrás convertirte en
Portavoz. Pero esta vez no será el Portavoz de los Muertos. Los pequeninos no
están muertos.
Ella sonrió a
su pesar.
- El Portavoz
de los Vivos.
- También he
leído la Reina Colmena y el Hegemón - dijo él -. No encuentro un nombre mejor
para ti.
Pero ella aún
no se fiaba de él, aún no creía en lo que él parecía prometerle.
- Querré venir
aquí a menudo. Todo el tiempo.
- Cerramos esto
cuando nos vamos a la cama.
- Entonces el
resto del tiempo. Se cansarán de mí. Tendrán que decirme que me marche. Me
ocultarán sus secretos. Me dirán que me calle y que no mencione mis ideas.
- Acabamos de
empezar a hacernos amigos y ya crees que soy un mentiroso y un tramposo,
zoquete impaciente.
- Pero lo hará.
Todos lo hacen. Todos desean que me marche...
Pipo se encogió
de hombros.
- ¿Y qué? En
una ocasión o en otra, todo el mundo desea que todos los demás se marchen. A
veces desearé que te marches. Lo que te estoy diciendo es que incluso en esos
momentos, aunque te diga que te marches, no tienes que marcharte.
Era la cosa más
desconcertante que le había dicho nadie.
- Es una
locura.
- Sólo una cosa
mas. Prométeme que nunca intentarás ir con los pequeninos. Porque no puedo
dejar que lo hagas, y si lo haces de todas formas, el Congreso Estelar cerrará
todo nuestro trabajo aquí, prohibirá cualquier contacto con ellos. ¿Me lo
prometes? O de lo contrario, todo, mi trabajo y tu trabajo, será deshecho.
- Lo prometo.
- ¿Cuándo
realizaremos la prueba?
- ¡Ahora!
¿Puedo empezar ahora mismo?
Él se rió con
suavidad, entonces alargó una mano y sin mirar tocó el terminal. Éste cobró vida
y los primeros modelos genéticos aparecieron en el aire por encima.
- Tenía el
examen preparado - dijo ella -. ¡Estaba dispuesto! ¡Sabía que me dejaría
hacerlo desde el principio!
Él sacudió la
cabeza.
- Lo esperaba.
Creía en ti. Quería ayudarte a hacer lo que soñabas hacer. Siempre y cuando
fuera algo bueno.
Ella no habría
sido Novinha si no hubiera encontrado otra puya que decir.
- Ya veo. Es
usted el juez de los sueños.
Quizá él no
sabía que era un insulto. Sonrió y dijo:
- Fe, esperanza
y amor... esos tres. Pero el mayor de todos es el amor.
- Usted no me
ama - dijo ella.
- Ah - contestó
él -. Yo soy el juez de los sueños y tú eres la juez del amor. Bien, te
encuentro culpable de soñar buenos sueños, y te sentencio a toda una vida de
trabajo y sufrimiento por el bien de tus sueños. Sólo espero que algún día no
me declares inocente del crimen de amarte - reflexionó un instante -. Perdí una
hija en la Descolada. Maria. Ahora sólo seria unos pocos años mayor que tú.
- ¿Y yo se la
recuerdo?
- Estaba
pensando que no se habría parecido a ti en nada.
Ella empezó la
prueba. Le llevó tres días. La aprobó con una nota muy superior a la de muchos
estudiantes graduados. Más adelante, sin embargo, ella no recordaría la prueba
por haber sido el principio de su carrera, el final de su infancia, la
confirmación de su vocación hacia el trabajo que ocuparía su vida. Recordaría
la prueba porque sería el principio de su estancia en la Estación de Pipo,
donde Pipo y Libo y Novinha formarían juntos la primera comunidad a la que
perteneció desde que sus padres fueron devueltos a la Tierra.
No fue fácil,
especialmente al principio. Novinha no perdió instantáneamente su costumbre de
enfrentarse fríamente a los demás. Pipo lo comprendía, estaba preparado para
soportar sus andanadas verbales. El desafío fue mucho mayor para Libo. La
Estación del Zenador había sido un sitio donde él y su padre podían estar solos
y unidos. Ahora, sin que nadie le hubiera consultado su opinión, se había
añadido una tercera persona, una persona fría y exigente que le hablaba como si
fuera un crío, incluso a pesar de que tenían la misma edad. Le molestaba que
ella fuera una xenobióloga completa, con todos los privilegios de adulto que
eso implicaba, mientras él era aún un aprendiz.
Pero intentó
soportarlo con paciencia. Era de naturaleza tranquila, y la discreción era
parte de su carácter. No era propenso al resentimiento. Pero Pipo conocía a su
hijo, y le veía consumirse. Después de una temporada, incluso Novinha, pese a
lo insensible que era, empezó a darse cuenta de que estaba provocando a Libo
más de lo que ningún joven podría soportar. Pero, en lugar de dejarlo correr,
empezó a considerarlo como un desafío. ¿Cómo podría forzar alguna respuesta de
este joven hermoso, tranquilo y generoso?
- ¿Quieres decir
que habéis estado trabajando todos estos años y ni siquiera sabéis cómo se
reproducen los cerdis? - le dijo un día -. ¿Cómo sabéis que todos son machos?
- Les
explicamos los términos masculino y femenino al enseñarles nuestros lenguajes -
explicó Libo suavemente -. Ellos eligieron el de macho. Y se refirieron a los
otros, a los que nunca hemos visto, como hembras.
- Pero, por
todo lo que sabéis, ¿se reproducen por apareamiento? ¡O por mitosis!
Su tono era
desdeñoso, y Libo no respondió con rapidez. Pipo sintió como si pudiera oír los
pensamientos de su hijo, reestructurando una y otra vez su respuesta hasta que
ésta fuera amable y segura.
- Ojalá nuestro
trabajo se pareciera más a la antropología física. Entonces estaríamos más
preparados para aplicar tu investigación sobre las pautas de vida subcelulares
de Lusitania a lo que aprendemos de los pequeninos.
Novinha parecía
horrorizada.
- ¿Quieres
decir que ni siquiera tomáis muestras de tejido?
Libo se sonrojó
ligeramente, pero cuando contestó, su voz continuó tranquila. Pipo pensó que el
muchacho no cambiaría de actitud ni ante un interrogatorio de la Inquisición.
- Supongo que
es una tontería - dijo Libo -, pero tememos que los pequeninos se preguntarían
por qué tomamos pedazos de su cuerpo. Si uno de ellos enfermara después por
casualidad, ¿pensarían que nosotros causamos la enfermedad?
- ¿Y si
tomarais algo que ellos sueltan de forma natural? Se puede aprender mucho del
pelo.
Libo asintió;
Pipo, que observaba desde su terminal al otro extremo de la habitación,
reconoció el gesto: Libo lo había aprendido de su padre.
- Muchas tribus
primitivas de la Tierra creían que los despojos de sus cuerpos contenían parte
de su vida y de su fuerza. ¿Y si los cerdis pensaran que estamos practicando
magia contra ellos?
- ¿No sabéis su
lenguaje? Creía que algunos de ellos hablan también el stark - ella no hizo
ningún esfuerzo para disimular su desdén -. ¿No podéis explicarles para qué son
las muestras?
- Tienes razón
- dijo él tranquilamente -.
Pero si les
explicáramos para qué usamos las muestras de tejidos, podríamos accidentalmente
enseñarles los conceptos de la ciencia biológica un millar de años antes de que
alcancen ese punto de manera natural. Por eso la ley nos prohíbe explicar cosas
como esa.
Finalmente,
Novinha claudicó.
- No me daba
cuenta de lo férreamente que estáis atados por la doctrina de la intervención
mínima.
Pipo se alegró
al oír que se retiraba de su arrogancia, pero su humildad era aún peor. La
muchacha estaba tan aislada del contacto humano que hablaba como un libro de
ciencia excesivamente formal. Pipo se preguntó si ya sería demasiado tarde para
enseñarle a convertirse en un ser humano.
No lo era. En
cuanto ella se dio cuenta de que eran excelentes en su trabajo científico, del
que ella apenas sabía nada, desterró su agresividad y adoptó casi el extremo
opuesto. Apenas le habló a Pipo y Libo durante semanas. Al contrario, estudió
sus informes, intentando comprender el propósito de lo que hacían. De vez en
cuando tenía una pregunta, y preguntaba; ellos contestaban amablemente y a
conciencia.
La cortesía dio
paso gradualmente a la familiaridad. Pipo y Libo empezaron a conversar
abiertamente delante de ella, aireando sus especulaciones sobre las causas que
habían llevado a los cerdis a desarrollar aquellas extrañas pautas de conducta,
qué significado subyacía detrás de algunas de sus extrañas expresiones, por qué
permanecían tan enervantemente impenetrables. Y como el estudio de los cerdis
era una rama completamente nueva de la ciencia, no pasó mucho tiempo antes de
que Novinha también fuera experta en ella, aunque lo fuera de segunda mano, y
pudiera ofrecer algunas hipótesis.
- Después de
todo - dijo Pipo, animándola -, todos estamos ciegos en este asunto.
Pipo había
previsto lo que iba a suceder a continuación. La paciencia de Libo,
cuidadosamente cultivada, le había hecho parecer frío y reservado ante los
chicos de su edad, y Pipo era para él más importante que cualquier intento de
socialización; el aislamiento de Novinha era más espectacular, pero no más intenso.
Ahora, sin embargo, su interés común en los cerdis les acercaba; ¿con quién más
podían hablar, si nadie excepto Pipo podría comprender sus conversaciones?
Descansaban
juntos y se reían hasta que se les saltaban las lágrimas ante chistes que no
podrían divertir a ningún otro luso. Como los cerdis parecían tener un nombre
para cada árbol del bosque, Libo se dedicó a nombrar todos los muebles de la
Estación Zenador, y periódicamente anunciaba que ciertos elementos estaban en
mal momento y no tenían que ser molestados.
- ¡No os
sentéis en Silla! ¡Tiene otra vez el período!
Nunca habían
visto un cerdi femenino, y los machos siempre se referían a ellas con una
reverencia casi religiosa; Novinha escribió una serie de informes satíricos
sobre una imaginaria mujer cerdi llamada Reverenda Madre, que era jocosamente
mandona y exigente.
No todo eran
risas. Había problemas, preocupaciones y en una ocasión sintieron miedo
auténtico de que hubieran hecho exactamente lo que el Congreso Estelar había
intentado prevenir: crear cambios radicales en la sociedad cerdi. Empezó con
Raíz, naturalmente. Raíz, que insistía en hacer preguntas desafiantes e
imposibles, como: «Si no tenéis ninguna otra ciudad de humanos, ¿cómo podéis ir
a la guerra? No hay ningún honor en que vayáis a matar a los Pequeños.» Pipo
farfulló algo referente a que los humanos nunca matarían a los pequeninos, pero
sabía que ésa no era la pregunta que Raíz estaba haciéndole realmente.
Pipo sabía
desde hacía años que los cerdis conocían el concepto de guerra, pero Libo y
Novinha discutieron apasionadamente durante días si la pregunta de Raíz probaba
que los cerdis consideraban la guerra como algo deseable o simplemente
inevitable. Había otros fragmentos de información de Raíz, algunos importantes,
otros no... y muchos cuya importancia era imposible de juzgar. En cierto modo,
el propio Raíz era la prueba de la sabiduría de la política que prohibía a los
xenólogos hacer preguntas que pudieran revelar expectativas humanas y, por
tanto, prácticas humanas. Las preguntas de Raíz invariablemente les daban más
respuestas que las que obtenían de sus respuestas a sus propias preguntas.
La última
información que Raíz les dio, sin embargo, no iba incluida en una pregunta. Fue
una suposición dicha a Libo en privado, mientras Pipo estaba con algunos otros
cerdis examinando la manera en que construían la casa de troncos.
- ¡Lo sé, lo
sé! - dijo Raíz -. Sé por qué Pipo está aún vivo. Vuestras mujeres son
demasiado estúpidas para saber que él es sabio.
Libo se esforzó
en encontrar sentido en este galimatías aparente. Qué pensaba Raíz, ¿que si las
mujeres humanas fueran más listas matarían a Pipo? Hablar de matar era
preocupante: esto era, obviamente, un asunto importante, y Libo no sabía cómo
llevarlo solo. Sin embargo, no podía pedir ayuda a Pipo, pues estaba claro que
Raíz quería discutirlo donde Pipo no pudiera oír.
Al ver que Libo
no contestaba, Raíz insistió.
- Vuestras
mujeres son débiles y estúpidas. Se lo dije a los otros y me dijeron que debía
preguntarte. Vuestras mujeres no ven la sabiduría de Pipo. ¿Es cierto?
Raíz parecía
muy excitado, respiraba agitadamente y se arrancaba pelos de los brazos, a
puñados de cuatro o cinco a la vez. Libo tenía que responder.
- La mayoría de
las mujeres no le conocen - dijo.
- ¿Entonces cómo
sabrán si debe de morir? - preguntó Raíz.
De repente, se
quedó muy tranquilo y añadió, en voz muy alta:
- ¡Sois cabras!
Entonces
apareció Pipo, preguntándose a qué venían los gritos. Vio de inmediato que Libo
estaba desesperado. Sin embargo, no tenía ni idea de qué había tratado la
conversación, ¿cómo podría servir de ayuda? Todo lo que sabía era que Raíz
estaba diciendo que los humanos - o al menos Pipo y Libo - eran como las
grandes bestias que pastaban en manadas en la pradera. Pipo ni siquiera era capaz
de decir si Raíz está enfadado o feliz.
- ¡Sois cabras!
¡Vosotros decidís! - señaló a Libo y luego a Pipo -. ¡Vuestras mujeres no
eligen vuestro honor, vosotros lo hacéis! ¡Igual que en la batalla, pero todo
el tiempo!
Pipo no
entendía de lo que hablaba Raíz, pero podía ver que todos los pequeninos
estaban inmóviles como árboles, esperando que él - o Libo - contestaran. Estaba
claro que Libo se sentía demasiado asustado por la extraña conducta de Raíz
para que se atreviera a responder. En un caso así, Pipo no pudo sino decir la
verdad; era, después de todo, una pieza de información relativamente obvia y
trivial sobre la sociedad humana. Iba en contra de las leyes que el Congreso
Estelar había establecido, pero no contestar sería incluso más peligroso, y por
eso Pipo continuó.
- Los hombres y
las mujeres deciden juntos, o deciden solos. Uno no decide por el otro.
Era,
aparentemente, lo que todos los cerdis habían estado esperando.
- Cabras -
dijeron, una y otra vez; corrieron hacia Raíz, riendo y silbando.
Lo cogieron y
se lo llevaron rápidamente a la espesura. Pipo intentó seguirles, pero dos de
los cerdis lo detuvieron y negaron con la cabeza. Era un gesto humano que
habían aprendido con anterioridad, pero para los cerdis tenía un sentido aún
más fuerte. A Pipo le quedaba absolutamente prohibido seguirles. Iban a ir con
las hembras, y ése era el único lugar al que los cerdis les habían dicho que no
podían acudir.
De vuelta a
casa, Libo informó de cómo había empezado el problema.
- ¿Sabes lo que
dijo Raíz? Dijo que nuestras mujeres son débiles y estúpidas.
- Eso es porque
no conoce a la alcaldesa Bosquinha. Ni a tu madre.
Libo se echó a
reír, porque su madre, Conceição, dirigía los archivos como si fuera una
antigua estação en el salvaje mato: si entrabas en sus dominios, quedabas
irremediablemente sujeto a su ley. Mientras se reía, sintió que algo se le
escapaba, algo que era importante... ¿de qué estaban hablando? Libo lo había
olvidado, y pronto olvidó también que había olvidado.
Esa noche
escucharon el sonido de los tambores que Pipo y Libo creían parte de alguna
especie de celebración. No sucedía muy a menudo, era como si golpearan grandes
tambores con gruesos palos. Esa noche, sin embargo, la celebración parecía que
iba a durar para siempre. Pipo y Libo especularon que quizás el ejemplo humano
de igualdad sexual había dado a los pequeninos machos alguna esperanza de
liberación.
- Creo que
podríamos catalogar esto como una seria modificación de la conducta de los
cerdis - dijo gravemente Pipo -. Si resulta que hemos causado un cambio real,
tendré que hacer un informe, y el Congreso probablemente ordenará que el
contacto humano con los cerdis se interrumpa durante una temporada. Años, tal
vez.
Era una idea
preocupante: realizar su trabajo a conciencia tal vez hiciera que el Congreso
Estelar les prohibiera seguir haciéndolo.
Por la mañana,
Novinha fue con ellos hasta la puerta de la gran verja que separaba la ciudad
humana de las colinas de los bosques donde los cerdis vivían. Como Pipo y Libo
aún estaban intentando asegurarse mutuamente que ninguno de ellos podría haber
hecho nada malo, Novinha se adelantó y llegó primero a la puerta. Cuando los
otros llegaron, señaló una mancha fresca de tierra roja a unos treinta metros
colina arriba.
- Eso es nuevo
- dijo -. Y hay algo allí dentro.
Pipo abrió la
puerta y Libo, por ser más joven, corrió a investigar. Se detuvo al borde de la
mancha y se quedó completamente inmóvil, mirando lo que allí había. Pipo, al
verle, se detuvo, y Novinha, temiendo súbitamente por Libo, ignoró las reglas y
atravesó la puerta. Libo echó la cabeza hacia atrás y se arrodilló; se llevó
las manos a los rizados cabellos y exhaló un terrible grito de remordimiento.
Raíz yacía
abierto en el claro. Le habían sacado las vísceras con el mayor cuidado: cada
órgano había sido separado limpiamente, y las fibras y filamentos de sus
miembros habían sido separados y esparcidos siguiendo un modelo simétrico en el
suelo. Todo tenía aún conexión con el cuerpo: nada había sido amputado
completamente.
El grito de
agonía de Libo era casi histérico. Novinha se arrodilló junto a él y lo abrazó,
lo meció e intentó tranquilizarlo. Pipo sacó metódicamente su cámara y tomó
fotos desde todos los ángulos para que el ordenador pudiera analizarlo con
detalle más tarde.
- Aún estaba
vivo cuando hicieron esto - dijo Libo, cuando se calmó lo suficiente para poder
hablar. Incluso así, tuvo que pronunciar las palabras despacio, con cuidado,
como si fuera un extranjero que aprende a hablar -. Hay tanta sangre en el
suelo... y llega hasta tan lejos... su corazón tuvo que estar latiendo cuando
le abrieron.
- Ya lo
discutiremos más tarde - dijo Pipo.
Ahora, el
detalle que Libo había olvidado el día anterior volvió con cruel claridad.
- Es lo que
Raíz dijo ayer sobre las mujeres. Deciden cuándo deben morir los hombres. Me
dijo eso y que...
Se detuvo.
Naturalmente que no hizo nada. La ley requería que no hiciera nada. Y en ese
momento decidió que odiaba la ley. Si la ley implicaba que había que permitir
que le hicieran esto a Raíz, entonces la ley era absurda. Raíz era una persona.
Uno no se mantiene al margen y deja que esto le pase a una persona sólo por el
hecho de que la estés estudiando.
- No le
hicieron esto como deshonor - dijo Novinha -. Si hay algo claro, es el amor que
sienten por los árboles. ¿Véis?
En el centro de
la cavidad pectoral de Raíz, por lo demás vacía ahora, había implantada una
semilla muy pequeña.
- Ahora sabemos
por qué todos los árboles tienen nombre - dijo Libo amargamente -. Los plantan
como lápidas para los cerdis que torturan a muerte.
- Este bosque
es muy grande - dijo Pipo con suavidad -. Por favor, reduce tus hipótesis a lo
que sea remotamente posible.
Se calmaron con
su tono tranquilo y razonado, con su insistencia de que, incluso ahora, se
comportaran como científicos.
- ¿Qué hacemos?
- preguntó Novinha.
- Tenemos que
hacerte regresar al perímetro inmediatamente - dijo Pipo -. Tu estancia aquí
está prohibida.
- Me refiero al
cuerpo... ¿Qué hacemos con él?
- Nada - dijo
Pipo -. Los cerdis han hecho lo que suelen hacer, por las razones que tengan.
Ayudó a Libo a
ponerse en pie. El muchacho tuvo problemas para sostenerse al principio; tuvo
que apoyarse en los dos para poder dar sus primeros pasos.
- ¿Qué es lo
que dije? - susurró -. Ni siquiera sé qué es lo que dije para que lo mataran.
- No fuiste tú
- dijo Pipo -. Fui yo.
- ¿Es que
creéis que sois sus dueños? - demandó Novinha -. ¿Creéis que su mundo gira en
torno vuestro? Los cerdis lo hicieron, por las razones que sean. Está bastante
claro que no es la primera vez: la vivisección fue demasiado perfecta para que
se trate de la primera vez.
Pipo lo tomó
como un chiste macabro.
- Estamos
quedándonos atrás, Libo. Se supone que Novinha no sabe nada de xenología.
- Tienes razón
- contestó Libo -. Sea lo que sea lo que ha impulsado esto, lo han hecho antes.
Una costumbre - intentaba parecer sereno.
- Pero eso es
aún peor, ¿no? - dijo Novinha -. Es una costumbre suya destriparse vivos
mutuamente.
Miró a los
otros árboles del bosque que empezaba en la cima de la colina y se preguntó
cuántos otros tenían sangre en sus raíces.
Pipo envió su
informe por el ansible, y el ordenador no le dio ningún problema sobre el nivel
de prioridad. Dejó la cuestión en manos del comité supervisor, para que éste
decidiera si el contacto con los cerdis debería de ser detenido. El comité no
pudo identificar ningún error fatal.
- Es imposible
ocultar la relación existente entre nuestros sexos, ya que es posible que algún
día una mujer sea xenóloga - dijo el informe -, y no encontramos ningún punto
en el que no actuaran razonable y prudentemente. Nuestra conclusión es que
fueron partícipes involuntarios de alguna clase de lucha por el poder, que se
decidió en contra de Raíz, y que deben continuar con su contacto empleando toda
la prudencia razonable.
Era una
absolución completa, pero no resultó fácil aceptarla. Libo había crecido
conociendo a los cerdis, o al menos oyendo a su padre hablar de ellos.
Conocía mejor a
Raíz que a ningún otro ser humano aparte de su familia y Novinha. Le costó días
regresar a la Estación Zenador, semanas volver a los bosques.
Los cerdis no
dieron muestras de que nada hubiera cambiado; si acaso, fueron aún más abiertos
y amistosos que antes. Nadie habló jamás de Raíz, menos que nadie Pipo y Libo.
Sin embargo, hubo cambios por parte de los humanos. Pipo y Libo nunca se
separaban más que unos pocos pasos mientras estaban entre ellos.
El dolor y la
desesperación de aquel día hicieron que Libo y Novinha confiaran uno en el otro
más que antes, como si la oscuridad les hiciera acercarse juntos a la luz. Los
cerdis parecían ahora peligrosos e impredecibles, igual que había parecido
siempre la compañía humana, y entre Pipo y Libo se interponía ahora la duda de
quién era el culpable, no importaba cuánto intentaran reconfortarse mutuamente.
Así que lo
único bueno y seguro en la vida de Libo era Novinha, y en la vida de Novinha lo
único era Libo.
Aunque Libo
tenía madre y hermanos, y Pipo y Libo siempre volvían a casa, Novinha y Libo se
comportaban como si la Estación Zenador fuera una isla en la que Pipo fuera una
especie de amoroso, pero siempre remoto Próspero. Pipo se preguntaba si los
cerdis eran como Ariel, que guiaba a los jóvenes a la felicidad, o como
pequeños Caliban, apenas bajo control y siempre dispuestos a cometer asesinatos.
Después de unos
cuantos meses, la muerte de Raíz se desvaneció en la memoria, y sus risas
regresaron, aunque nunca llegó a ser como antes. Cuando cumplieron diecisiete
años, Libo y Novinha estaban tan seguros el uno de la otra que hablaban rutinariamente
de lo que harían juntos dentro de cinco, diez, veinte años. Pipo nunca se
molestó en preguntarles por sus planes de matrimonio. Después de todo
estudiaban biología de la mañana a la noche. Tarde o temprano, se les ocurriría
explorar estrategias reproductoras estables y socialmente aceptables.
Mientras tanto,
era bastante que se preguntaran incesantemente por cómo y cuándo los cerdis se
apareaban, considerando que los machos no tenían ningún órgano reproductor
distinguible. Sus especulaciones sobre cómo los cerdis combinaban material
genético invariablemente los condujo a chistes tan picantes que Pipo tuvo que
recurrir a todo su autocontrol para pretender que no los encontraba divertidos.
Así, la
Estación Zenador durante aquellos pocos años fue un lugar de auténtica
camaradería para dos jóvenes brillantes que, de otra manera, habrían sido
condenados a una fría soledad. A ninguno se le ocurrió que aquel idilio
terminaría bruscamente, y para siempre, y bajo unas circunstancias que
sacudirían de temor a los Cien Mundos.
Fue tan simple,
tan cotidiano... Novinha analizaba la estructura genética de los juncos
infestados de moscas que había junto al río, y se dio cuenta de que el mismo
cuerpo subcelular que había causado la Descolada estaba presente en las células
del junco. Hizo aparecer otras varias estructuras celulares en el aire por
encima del terminal del ordenador y las hizo girar. Todas contenían el agente
de la Descolada.
Llamó a Pipo,
que estaba enfrascado con la trascripción de la visita a los cerdis del día
anterior. El ordenador mostró comparaciones de todas las otras células de las
que tenían ejemplos. Ajena a la función celular, ajena a la especie de la que
provenía, cada célula alienígena contenía el agente de la Descolada, y el
ordenador declaró que su proporción química era absolutamente idéntica.
Novinha
esperaba que Pipo asintiera, le dijera que parecía interesante, tal vez que
proporcionara una hipótesis.
En vez de eso,
se sentó y volvió a examinar la prueba, preguntando cómo operaba la comparación
del ordenador, y después qué era lo que hacía realmente el agente de la
Descolada.
- Padre y Madre
no llegaron a descubrir qué la provocaba, pero el agente de la Descolada
produce esta pequeña proteína, bueno, pseudo proteína, supongo, que ataca las
moléculas genéticas, empezando por un extremo y deshaciendo las dos cadenas de
la molécula justo hasta el centro. Por eso la llaman la descoladora... también
separa el ADN de los humanos.
- Muéstrame lo
que hace en las células alienígenas.
Novinha puso el
simulador en movimiento.
- No, no sólo
en la molécula genética... en todo el entorno de la célula.
- Es justo en
el núcleo - dijo ella. Amplió el campo para incluir más variables.
El ordenador lo
realizó más lentamente, ya que estaba considerando millones de enlaces
aleatorios de material nuclear a cada segundo. En la célula del junco, a medida
que una molécula genética se despegaba, varias grandes proteínas ambientales se
pegaban a los tejidos abiertos.
- En los
humanos, el ADN intenta recombinarse, pero las proteínas aleatorias se insertan
de tal forma que la célula se vuelve loca. A veces experimentan una mitosis,
como el cáncer, y a veces mueren. Lo que es más importante es que en los
humanos los cuerpos de la Descolada se reproducen locamente, pasando de célula
en célula. Por supuesto, todas las criaturas alienígenas ya las tienen.
Pero Pipo no
estaba interesado en lo que decía. Cuando el descolador había terminado con las
moléculas genéticas del junco, miró a una y otra células.
- No es sólo
significante. Es lo mismo - dijo -. ¡Es lo mismo!
Novinha no vio
lo que él había advertido. ¿Lo mismo de qué? Tampoco tuvo tiempo de preguntar.
Pipo ya se había puesto en pie, había agarrado su abrigo y se encaminaba hacia
la puerta. En el exterior, llovía. Pipo se detuvo solamente para llamarle.
- Dile a Libo
que no se moleste en venir. Únicamente muéstrale la simulación y ve si puede
darse cuenta antes de que yo regrese. Lo sabrá... Es la gran respuesta. La
respuesta a todo.
- ¡Dímela!
Él se echó a
reír.
- No hagas
trampas. Libo te la dirá si no la puedes ver sola.
- ¿Adónde vas?
- A preguntarle
a los cerdis si tengo razón, naturalmente. Pero sé que sí, aunque me mientan.
Si no he vuelto en una hora, es que he resbalado con la lluvia y me he roto un
pie.
Libo no llegó a
ver las simulaciones. La reunión del comité planificador duró más de la cuenta
por una discusión referente a la ampliación del ganado, y después Libo aún tuvo
que recoger las compras de la semana. Cuando regresó, Pipo llevaba fuera cuatro
horas, oscurecía, y la lluvia se convertía en nieve.
Salieron a
buscarle de inmediato, temiendo que les costaría horas localizarle en el
bosque. Lo encontraron pronto. Su cuerpo estaba casi congelado por efecto de la
nieve. Los cerdis ni siquiera habían plantado un árbol en su interior.
2 - Trondheim
Lamento
profundamente no haber podido atender su petición de más detalles referentes a
las costumbres de apareamiento de los lusitanos aborígenes. Esto debe estar
causándoles una angustia inimaginable o de lo contrario nunca le habrían pedido
a la Sociedad Xenológica que me reprendiera por no cooperar con sus
investigaciones.
Cuando los
futuros xenólogos se quejan de que no estoy consiguiendo el tipo de datos
adecuados de mis observaciones de los pequeninos, siempre les hago volver a
leer las limitaciones que me impone la ley. No se me permite llevar a más de un
ayudante en mis visitas; no debo hacer preguntas que puedan revelar
expectativas humanas; no puedo quedarme con ellos más de cuatro horas seguidas;
excepto mis ropas, no puedo emplear en su presencia productos derivados de la
tecnología, lo que incluye cámaras, grabadoras, ordenadores o incluso bolígrafo
y papel; tampoco puedo observarlos a escondidas.
En resumen: no
puedo decirles cómo se reproducen los pequeninos porque ellos han elegido no
hacerlo delante mío.
¡Naturalmente
que nuestra investigación es incompleta! ¡Naturalmente que nuestras
conclusiones sobre los cerdis son absurdas! Si tuviéramos que observar nuestra
universidad bajo las mismas limitaciones que nos atan para observar a los
aborígenes lusitanos, sin duda llegaríamos a la conclusión de que los humanos
no se reproducen, no forman grupos afines, y dedican su ciclo vital entero a la
metamorfosis de estudiante larval a profesor adulto. Podríamos incluso suponer
que los profesores detentan un poder notable en la sociedad humana. Una
investigación competente revelaría rápidamente lo inadecuado de tales
conclusiones... pero en el caso de los cerdis, no se permite ni se contempla
ninguna investigación de ese tipo.
La antropología
no es nunca una ciencia exacta: el observador nunca experimenta la misma
cultura que el participante. Pero éstas son limitaciones naturales a la
ciencia. Son las limitaciones artificiales las que nos atan de manos, a
nosotros y a ustedes a través de nosotros. Con este ritmo de progreso, lo mismo
daría que les enviáramos cuestionarios por correo a los pequeninos y
esperásemos que ellos entregaran trabajos eruditos como respuesta.
João Figueira
Álvarez, réplica a Pietro Guataninni de la Universidad de Sicilia, Campus de
Milán, Etruria, publicada póstumamente en Estudios Xenológicos, 22:4:49:193.
La noticia de
la muerte de Pipo no tuvo solamente importancia local. Fue transmitida
instantáneamente, a través del ansible, a los Cien Mundos. Los primeros
alienígenas, descubiertos desde los tiempos de Ender el Genocida, habían
torturado a muerte a un humano cuya misión era observarles. En cuestión de
horas, eruditos, científicos, políticos y periodistas empezaron a asumir sus
papeles.
Pronto se llegó
a un consenso: «Un incidente, bajo circunstancias confusas, no prueba que la
política del Congreso Estelar hacia los cerdis esté equivocada. Al contrario,
el hecho de que sólo un hombre muriera parece demostrar la sabiduría de la
presente política de inacción casi completa. Deberíamos, por tanto, no hacer
nada excepto seguir observando a un ritmo ligeramente menos rápido». El sucesor
de Pipo tenía instrucciones de que no visitara a los cerdis más a menudo que de
costumbre, y de no estar con ellos más de una hora seguida. No tenía que instar
a los cerdis a responder preguntas referidas a su conducta con Pipo. La vieja
política de inacción quedó reforzada.
También hubo
mucha preocupación sobre la moral de la gente de Lusitania. Se les enviaron
muchos programas de entretenimiento a través del ansible, a pesar del alto
coste, para ayudarles a que distrajeran sus mentes de tan horrible asesinato.
Y después de
haber hecho lo único que podía hacerse por los framlings, quienes estaban,
después de todo, a años luz de Lusitania, la gente de los Cien Mundos volvió a
sus preocupaciones locales.
Fuera de
Lusitania, sólo un hombre del casi medio billón de seres humanos de los Cien
Mundos sintió la muerte de João Figueira Álvarez, apodado Pipo, como un gran
cambio en su propia vida. Andrew Wiggin era Portavoz de los Muertos en la
ciudad universitaria de Reykiavik, renombrada como conservadora de la cultura
nórdica y situada en las afiladas pendientes de un fiordo que taladraba el
granito y el hielo del mundo helado de Trondheim justo en el ecuador. Era
primavera, y por eso la nieve desaparecía, y unas cuantas flores y hierbas
asomaban con todas sus fuerzas en busca de un poco de sol. Andrew estaba
sentado en la cima de una colina soleada, rodeado por una docena de estudiantes
que analizaban la historia de la colonización interestelar. Andrew sólo
escuchaba a medias la apasionada discusión de que si la completa victoria
humana en las Guerras Insectoras había sido un preludio necesario a la
expansión humana. Esas discusiones siempre degeneraban rápidamente en una
difamación del monstruo humano Ender, que comandaba la flota estelar que
cometió el Genocidio de los Insectores. Andrew solía dejar que su mente
divagara; la materia no le aburría exactamente, pero prefería que tampoco
requiriera toda su atención.
Entonces, el
pequeño ordenador implantado como una joya en su oído le contó la cruel muerte
de Pipo, el xenólogo de Lusitania, e instantáneamente Andrew se puso alerta e
interrumpió a sus estudiantes.
- ¿Qué sabéis
de los cerdis? - les preguntó.
- Son nuestra
única esperanza de redención - contestó uno, que tomaba a Calvino mucho más en
serio que a Lutero.
Andrew miró al
instante a la estudiante Plikt, pues sabía que no podría soportar tal
misticismo.
- No existen
para ningún propósito humano, ni siquiera el de la redención - dijo Plikt con
fulminante desdén -. Son auténticos ramen, como los insectores.
Andrew asintió,
pero frunció el ceño.
- Usas una
palabra que no es todavía koiné común.
- Debería serlo
- dijo Plikt -. Todo el mundo en Trondheim, todo norteño en los Cien Mundos
debería haber leído ya La Historia de Wutan en Trondheim de Demóstenes.
- Deberíamos,
pero no lo hemos hecho - suspiró un estudiante.
- Haz que deje
de pavonearse, Portavoz - dijo otro -. Plikt es la única mujer que conozco
capaz de pavonearse sentada.
Plikt cerró los
ojos.
- El lenguaje
nórdico reconoce cuatro tipos de extranjeros. El primero es el habitante de
otras tierras, o utlanning, el extraño que reconocemos como humano de nuestro
mundo, pero que pertenece a otro país o a otra ciudad. El segundo es el
framling:
Demóstenes
simplemente cambió el acento de la palabra nórdica frámling. Se trata del
extranjero que reconocemos como humano, pero de otro mundo. El tercero es el
raman, el extranjero que reconocemos como humano, pero de otra especie. El
cuarto es el auténtico alienígena, el varelse, que incluye todos los animales,
con los cuales no es posible la conversación. Viven, pero no podemos adivinar
qué propósitos o causas les hace actuar. Puede que sean inteligentes, puede que
sean conscientes de si mismos, pero no tenemos medio de saberlo.
Andrew advirtió
que varios estudiantes estaban molestos. Requirió su atención.
- Pensáis que
estáis molestos por la arrogancia de Plikt, pero no es así. Plikt no es
arrogante, sino simplemente precisa. Os avergonzáis con razón por no haber
leído la historia de Demóstenes sobre vuestra propia gente, y por eso en
vuestra vergüenza os enfadáis con Plikt, porque no es culpable.
- Creía que los
Portavoces no creían en el pecado - dijo un muchacho malhumorado.
Andrew sonrío.
- Tú crees en
el pecado, Styrka, y actúas siguiendo esa creencia. Por tanto, el pecado es
real para ti, y al conocerte, el Portavoz debe creer en el pecado.
Styrka no quiso
darse por vencido.
- ¿Qué tiene
que ver toda esta charla de utlannings, framlings, ramen y varelse con el
Genocidio de Ender?
Andrew se
volvió hacia Plikt. Ella pensó un momento.
- Tiene que ver
con la estúpida discusión que manteníamos. A través de la distinción nórdica de
los grados de extranjería, podemos ver que Ender no era un auténtico genocida,
pues cuando destruyó a los insectores los conocía únicamente como varelse; no
fue hasta años después, cuando el primer Portavoz de los Muertos escribió la
Reina Colmena y el Hegemón, que la humanidad comprendió por vez primera que los
insectores no eran varelse en absoluto, sino ramen. Hasta entonces, no había
habido comprensión ninguna entre los insectores y los humanos.
- El genocidio
es el genocidio - dijo Styrka -. El hecho de que Ender no supiera que eran
ramen no hace que estén menos muertos.
Andrew suspiró
ante la actitud de Styrka, incapaz de perdonar: era común entre los calvinistas
de Reykiavik negar cualquier peso al motivo humano para juzgar el bien o el mal
de un hecho. Los hechos son buenos o malos en sí mismos, decían; y ya que los
Portavoces de los Muertos tenían por única doctrina que el bien y el mal
existen enteramente en los motivos humanos y no en los hechos, los estudiantes
como Styrka solían ser bastante hostiles con Andrew. Afortunadamente, Andrew no
se ofendía: comprendía el motivo que había detrás.
- Styrka,
Plikt, dejadme que os ponga otro ejemplo. Supongamos que nos enteramos de que
los cerdis, que han aprendido a hablar stark, y cuyos lenguajes han aprendido
también algunos humanos, sin provocación o explicación alguna, han torturado de
repente hasta la muerte al xenólogo enviado para observarlos.
Plikt saltó
inmediatamente ante la pregunta.
- ¿Cómo podemos
saber que no hubo provocación? Lo que a nosotros nos parece inocente podría ser
insoportable para ellos.
Andrew sonrío.
- Incluso así.
Pero el xenólogo no les ha hecho daño, ha dicho muy poco, no les ha costado
nada... bajo ningún sistema de pensamiento que podamos concebir, merece esa
muerte dolorosa. ¿No convierte a los cerdis en varelse en vez de ramen este
incomprensible asesinato?
Ahora le tocaba
el turno a Styrka para responder rápidamente.
- El asesinato
es el asesinato. Esta charla de varelse y ramen no tiene sentido. Si los cerdis
asesinan, entonces son malvados, como los insectores lo fueron. Si el acto es
malvado, el actor es malvado.
Andrew asintió.
- Ése es
nuestro problema. ¿El acto era malo o, de alguna manera, al menos para la
comprensión de los cerdis, era bueno? ¿Son los cerdis raman o varelse? De
momento, Styrka, calla la boca. Conozco los argumentos de tu calvinismo, pero
incluso Juan Calvino diría que tu doctrina es estúpida.
- ¿Cómo sabe
que Calvino...?
- ¡Porque está
muerto - rugió Andrew -, y por esto tengo derecho a hablar por él!
Los estudiantes
se rieron, y Styrka se encerró en un silencio testarudo. Andrew sabía que el
muchacho era brillante; su calvinismo no sobrepasaría su educación antes de que
se graduara, aunque la escisión sería larga y dolorosa.
- Talman,
Portavoz - dijo Plikt -. Habla usted como si esa situación hipotética fuera
real, como si los cerdis hubieran matado de verdad al xenólogo.
Andrew asintió
con gravedad.
- Sí, es
cierta.
Fue
preocupante. Despertó ecos del antiguo conflicto entre humanos e insectores.
- Reflexionad
un momento - dijo Andrew -. Descubriréis que bajo vuestro odio hacia Ender el
Genocida y vuestro pesar por la muerte de los insectores, también sentís algo
mucho más feo. Tenéis miedo del extraño, sea utlanning o framling. Cuando
pensáis que ese extraño mata a un hombre a quien conocéis y valoráis, entonces
no importa qué forma tiene. Entonces es varelse, o peor... djur, las espantosas
bestias que rondan por la noche con sus mandíbulas esclavizantes. Si tuvierais
la única arma de vuestro pueblo, y las bestias que han masacrado a vuestra
gente volvieran, ¿os pararíais a pensar si también tienen derecho a vivir, o
actuaríais para salvar a vuestro pueblo, a la gente que conocéis, la gente que
depende de vosotros?
- ¡Según ese
razonamiento suyo, deberíamos de matar a los cerdis ahora, por primitivos e
indefensos que sean! - gritó Styrka.
- ¿Mi
razonamiento? He hecho una pregunta. Una pregunta no es un razonamiento, a
menos que sepas que conoces mi respuesta, y te aseguro, Styrka, que no la
sabes. Pensad en esto. La clase ha terminado.
- ¿Hablaremos
mañana sobre esto? - preguntaron.
- Si queréis...
- dijo Andrew, pero sabía que si lo discutían, sería sin él.
Para ellos, el
tema de Ender el Genocida era simplemente filosófico. Después de todo, las
Guerras Insectoras habían sucedido más de tres mil años antes. Estaban en el
año 1948 CE, contando a partir del año en que el Código Estelar fue
establecido, y Ender había destruido a los insectores en el año 1180 antes del
código. Pero para Andrew los hechos no eran tan remotos. Había hecho más viajes
interestelares de lo que sus alumnos se atreverían a suponer: desde que tenía
veinticinco años, hasta que llegó a Trondheim nunca se había quedado más de
seis meses en ningún planeta. El viaje a la velocidad de la luz entre los
mundos le había hecho saltar como una piedra sobre la superficie del tiempo.
Sus estudiantes no sospechaban que su Portavoz de los Muertos, que seguramente
no tenía más de treinta y cinco años, poseía recuerdos muy claros de los
sucesos de tres mil años antes, que de hecho esos sucesos sólo le parecían
alejados unos veinte años, la mitad de su edad. No tenían idea de lo
profundamente que la pregunta de la antigua culpa de Ender quemaba en su
interior, y cómo la había contestado en un millar de formas insatisfactorias.
Conocían a su maestro solamente como Portavoz de los Muertos: no sabían que
cuando era un simple chiquillo, su hermana mayor, Valentine, no podía
pronunciar el nombre de Andrew y que por eso le llamaba Ender, el nombre que él
mismo volvió infame antes de cumplir los quince años. Así que dejó que el
severo Styrka y la analítica Plikt reflexionaran sobre la gran pregunta de la
culpa de Ender; para Andrew Wiggin, Portavoz de los Muertos, la pregunta no era
académica.
Y ahora,
mientras caminaba por la colina bajo el aire helado, Ender - Andrew, el
Portavoz -, sólo podía pensar en los cerdis, que estaban ya cometiendo crímenes
inexplicables, como los insectores habían hecho descuidadamente cuando por
primera vez contactaron con la raza humana. ¿Era inevitable que cuando dos
extraños se encontrasen tuvieran que marcar ese encuentro con sangre? Los
insectores habían matado a seres humanos, pero sólo porque tenían una mente
colmenar; para ellos, la vida individual era tan preciosa como la uña de un
dedo, y matar a un humano o no era simplemente su manera de hacernos ver que
estaban en el vecindario. ¿Podrían tener también los cerdis una razón para
matar?
Pero la voz en
su oído había hablado de tortura, un ritual similar a la ejecución de uno de los
propios cerdis. Los cerdis no eran una mente colectiva, no eran los insectores,
y Ender Wiggin tenía que saber por qué habían hecho aquello.
- ¿Cuándo se ha
enterado de la muerte del xenólogo?
Ender se dio la
vuelta. Era Plikt. Le había seguido en lugar de regresar a las Cuevas donde
vivían los estudiantes.
- Antes,
mientras estábamos hablando. - Se tocó el oído; los terminales implantados eran
caros, pero no raros del todo -. Le eché un vistazo a las noticias antes de ir
a clase. Entonces no se sabía nada. Si una historia de esa importancia viniera
a través del ansible, habría habido una alerta. A menos que le lleguen a usted
las noticias directamente del informe del ansible.
Plikt,
obviamente, pensaba que tenía un misterio en las manos. Y, de hecho, lo tenía.
- Los
Portavoces tienen acceso de alta prioridad a la información pública - dijo.
- ¿Le ha pedido
alguien que hable en nombre de la muerte del xenólogo?
Él negó con la
cabeza.
- Lusitania
está bajo Licencia Católica.
- A eso me
refería. No tendrán portavoz propio allí. Pero tendrán que dejar que uno vaya
si alguien lo pide. Y Trondheim es el mundo más cercano a Lusitania.
- Nadie ha
pedido un Portavoz.
Plikt le tiró
de la manga.
- ¿Por qué está
usted aquí?
- Sabes por qué
vine. Hablé de la muerte de Wutan.
- Sé que vino
con su hermana, Valentine. Ella es una profesora mucho más popular que usted, y
contesta las preguntas con respuestas; usted sólo las responde con más
preguntas.
- Eso es porque
ella sabe algunas respuestas.
- Portavoz,
tiene que decírmelo. He intentado hacer averiguaciones sobre usted. Sentía
curiosidad. Su nombre, de dónde viene. Todo está clasificado. Clasificado tan
profundamente que ni siquiera puedo averiguar qué nivel de acceso tiene. El
propio Dios no podría enterarse de la historia de su vida.
Ender la tomó
por los hombros y la miró a los ojos.
- No es asunto
tuyo cuál es el nivel de acceso.
- Es usted más
importante de lo que nadie sospecha, Portavoz - dijo ella -. El ansible le
informa antes que a nadie más, ¿no? Y nadie puede encontrar información sobre
usted.
- Nadie lo ha
intentado nunca. ¿Por qué lo has hecho tú?
- Quiero ser
Portavoz.
- Continúa
entonces. El ordenador te entrenará. No es como una religión. No tienes que
memorizar ningún catecismo. Ahora déjame solo.
Se separó de
ella con un pequeño empujón. Ella dio un paso atrás mientras él se marchaba.
- ¡Quiero
hablar por usted! - chilló.
- ¡Todavía no
estoy muerto! - replicó él.
- ¡Sé que va a
ir a Lusitania! ¡Lo sé!
«Entonces ya
sabes más que yo», pensó Ender. Pero se echó a temblar, aunque el sol brillaba
y llevaba puestos tres jerseys para protegerse del frío. No sabía que Plikt
tenía tanta emoción en su interior.
Obviamente se
identificaba con él. Le asustaba que la muchacha necesitara algo de él tan
desesperadamente. Llevaba años sin efectuar ningún contacto real con nadie
excepto con su hermana Valentine; con ella y, por supuesto, con los muertos por
los que hablaba.
Todas las otras
personas que habían significado algo en su vida estaban muertas. Valentine y él
les habían sobrevivido siglos, mundos.
La idea de
echar raíces en el helado suelo de Trondheim le repelía. ¿Qué quería Plikt de
él? No importaba. No lo daría. ¿Cómo se atrevía a demandar cosas de él, como si
le perteneciera? Ender Wiggin no pertenecía a nadie. Si ella supiera quién era,
le repudiaría como al Genocida; o le adoraría como al Salvador de la Humanidad.
Ender recordó
que la gente también solía hacer eso, y tampoco le gustaba. Incluso ahora sólo
le conocían por su papel, por el nombre de Portavoz,
Talman,
Falante, Spieler, o como quiera que llamaran al Portavoz de los Muertos en la
lengua de su ciudad, nación o mundo.
No quería que
le conocieran. No les pertenecía a ellos, a la raza humana. Tenía otra meta,
pertenecía a alguien más. No a los seres humanos. Ni tampoco a los malditos
cerdis. O eso pensaba.
3 - LIBO
Dieta
observada: Primariamente macios, los gusanos brillantes que viven entre las
enredaderas de merdona en la corteza de los árboles. Se les ha visto masticar a
veces hojas de capim. A veces (¿accidentalmente?) ingieran hojas de merdona con
los macios.
Nunca les hemos
visto comer nada más. Novinha analizó los tres alimentos (macios, hojas de
capim y hojas de merdona), y los resultados fueron sorprendentes. O bien los
pequeninos no necesitan muchas proteínas diferentes o tienen siempre hambre. Su
dieta carece seriamente de muchos elementos básicos. Y la dosis de calcio es
tan baja que nos preguntamos si sus huesos lo requieren de la misma manera que
los nuestros.
Pura
especulación: Ya que no podemos tomar muestras de tejido, nuestro único
conocimiento de la anatomía y fisiología de los cerdis es el que hemos podido
sacar de nuestras fotografías del cadáver diseccionado del cerdi llamado Raíz.
Sin embargo, hay algunas anomalías obvias. Las lenguas de los cerdis, que son
tan fantásticamente ágiles que pueden producir cualquier sonido de los que
nosotros hacemos, y muchos otros que no podemos hacer, deben de haber
evolucionado para algún propósito. Tal vez para sorber los insectos en la
corteza de los árboles o en nidos en el suelo. Si algún antepasado cerdi hacía
eso en el pasado, ahora sus descendientes ciertamente no lo hacen. Y los
artejos de sus pies y el interior de sus tobillos les permiten escalar los
árboles y colgarse de ellos por las piernas. ¿Por qué evolucionaron? ¿Para
escapar de algún depredador? No hay en Lusitania ningún depredador lo
suficientemente grande para lastimarles. ¿Para colgarse de los árboles mientras
buscan insectos en la corteza de los árboles? Eso encaja con la forma de sus
lenguas, ¿pero dónde están los insectos? Los únicos insectos son las moscas y
los pulador, pero no anidan en los árboles y los cerdis, de todas formas,
tampoco los comen. Los macios son grandes, viven en la superficie de la
corteza, y se les puede coger fácilmente haciendo bajar las enredaderas de
merdona; no necesitan escalar a los árboles.
Especulación de
Libo: La lengua y la capacidad para escalar a los árboles evolucionaron en un
entorno diferente con una dieta mucho más variada, en la que se incluían los
insectos. Pero algo (¿una edad del hielo?, ¿una migración?, ¿una enfermedad?)
hizo que el entorno cambiara. No más insectos en la corteza, etc. Tal vez
entonces desaparecieron todos los grandes depredadores. Eso explicaría por qué
hay tan pocas especies en Lusitania a pesar de las condiciones favorables. El
cataclismo puede haber sido reciente (¿medio millón de años?), y por eso la
evolución no ha tenido oportunidad de diferenciarse mucho todavía.
Es una
hipótesis tentadora, ya que no hay ninguna razón obvia en el presente entorno
para que los cerdis hayan evolucionado. No hay competición para ellos. El
espacio ecológico que ocupan podría ser llenado con ardillas. ¿Por qué iba a
ser la inteligencia una característica adaptada? Pero inventar un cataclismo
para explicar por qué los cerdis tienen una dieta tan aburrida y poco nutritiva
es probablemente demasiado. La cuchilla de Ockham corta esto en pedazos.
João Figueira
Álvarez. Notas de Trabajo 14/4/1948 CE, publicado póstumamente en Raíces
Filosóficas de la Secesión Lusitana, 2010-33-4-1090:40.
En cuanto la
alcaldesa Bosquinha llegó a la Estación Zenador, el asunto escapó del control
de Libo y Novinha. Bosquinha estaba acostumbrada a tomar el mando, y su actitud
no dejó mucha oportunidad para protestar o ni siquiera para considerarlo.
- Esperad aquí
- le dijo a Libo casi en cuanto se hizo cargo de la situación -. Cuando recibí
tu llamada, envié al Juez para que se lo dijera a tu madre.
- Tenemos que
traer su cuerpo - dijo Libo.
- También llamé
a algunos de los hombres que viven cerca para que ayudaran a hacerlo. Y el
obispo Peregrino está preparando para él un lugar en las tumbas de la Catedral.
- Quiero estar
allí - insistió Libo.
- Comprende,
Libo, que tenemos que tomar fotografías, en detalle.
- Fui yo quien
les dijo que había que hacer eso para el informe para el Comité Estelar.
- Pero no
deberías de estar allí, Libo - la voz de Bosquinha era autoritaria -. Además,
nos hace falta tu informe. Tenemos que notificarlo al Congreso Estelar lo antes
posible. ¿Puedes hacerlo ahora, mientras está fresco en tu mente?
Tenía razón,
naturalmente. Sólo Libo y Novinha podían escribir informes de primera mano, y
cuanto más pronto lo hicieran, mejor.
- Lo haré -
dijo Libo.
- Y tú,
Novinha, pon tus observaciones también. Escribid vuestros informes por
separado, sin consultaros. Los Cien Mundos esperan.
El ordenador ya
había sido alertado y sus informes se enviaron por ansible mientras los
escribían, con errores y correcciones incluidas. En los Cien Mundos, la gente más
relacionada con la xenología leyó cada palabra a la vez que Libo y Novinha las
escribían. A muchos otros se les entregaron sumarios escritos instantáneamente
por el ordenador. A veintidós años-luz de distancia, Andrew Wiggin se enteró de
que el xenólogo Joáo Figueira «Pipo» Álvarez había sido asesinado por los
cerdis, y se lo contó a sus estudiantes incluso antes de que los hombres de
Milagro trajeran de vuelta el cuerpo de Pipo.
Una vez
terminado el informe, Libo quedó inmediatamente rodeado por la Autoridad.
Novinha le observó con angustia creciente a medida que veía la incapacidad de
los líderes de Lusitania y cómo ellos mismos intensificaban el dolor de Libo.
El obispo Peregrino fue el peor: su idea del consuelo fue decirle a Libo que,
en toda su apariencia, los cerdis eran realmente animales, sin alma, y por
tanto su padre había sido despedazado por bestias salvajes, no asesinado.
Novinha estuvo a punto de gritarle: ¿Significaba eso que el trabajo de la vida
de Pipo no consistía más que en estudiar a las bestias? ¿Y que su muerte, en
vez de deberse a un asesinato, era un acto de Dios? Pero se contuvo por el bien
de Libo: estaba sentado en presencia del obispo, asintiendo y, al final, se
deshizo de él con su sufrimiento más rápidamente de lo que Novinha habría
podido hacer con sus argumentos.
Dom Cristão,
del Monasterio, fue bastante más valioso, al preguntarle cosas inteligentes
sobre los hechos del día, lo que hizo que Libo y Novinha fueran analíticos y no
emocionales en sus respuestas. Sin embargo, Novinha pronto dejó de contestar.
La mayoría de las personas preguntaba por qué los cerdis habrían hecho una cosa
así; Dom Cristão preguntaba qué había hecho Pipo recientemente para provocar su
muerte. Novinha sabía perfectamente bien lo que Pipo había hecho: les había
dicho a los cerdis el secreto que había descubierto en su simulación. Pero no
mencionó este dato, y Libo parecía haber olvidado que ella se lo había dicho
apresuradamente unas cuantas horas antes, mientras salían en busca de Pipo. Él
ni siquiera había mirado la simulación. Novinha se alegraba de ello; su mayor
preocupación era que lo recordara.
Las preguntas
de Dom Cristão fueron interrumpidas cuando la alcaldesa volvió con varios
hombres que habían ayudado a retirar el cadáver. Estaban calados hasta los
huesos a pesar de sus impermeables de plástico, y llenos de barro;
afortunadamente, las manchas de sangre habían sido diluidas por la lluvia.
Todos parecían vagamente contritos e incluso reverentes, y hacían ademanes con
la cabeza hacia Libo, casi inclinándose. Novinha pensó que su deferencia no era
la cautela normal que la gente siempre muestra hacia aquellos a quienes la
muerte ha tocado tan de cerca.
- Ahora eres el
zenador, ¿no? - le dijo a Libo uno de los hombres.
Y allí estaba,
con todas las palabras. El zenador no tenía autoridad oficial en Milagro, pero
tenía prestigio: su trabajo era la razón de la existencia de la colonia, ¿no?
Libo ya no era un niño; tenía decisiones que tomar, tenía prestigio, había
pasado de estar en el extremo de la colonia a ser su mismo centro.
Novinha sintió
que el control de su vida se le iba de las manos: «No es así como se supone que
son las cosas. Tengo que continuar años aún, aprendiendo de Pipo, con Libo como
mi compañero de estudios; ése es el modelo de vida.» Como ya era la
xenobiologista de la colonia, también tenía un papel adulto que cumplir. No
sentía envidia de Libo. Sólo quería que siguiera siendo un niño durante una
temporada. Para siempre, en realidad.
Pero Libo no
podía ser su compañero de estudios, no podía ser amigo de nadie. Vio con súbita
claridad cómo todos en la habitación se centraban en él, en lo que decía, en lo
que sentía, en lo que planeaba hacer ahora.
- No haremos
daño a los cerdis - dijo -; ni siquiera lo llamaremos asesinato. No sabemos lo
que hizo Padre para provocarles. Intentaré comprender eso más tarde. Lo que
ahora importa es que lo que hicieron les pareció indudablemente justo. Somos
extranjeros aquí, debemos haber violado algún tabú, alguna ley, pero Padre
siempre estuvo preparado para esto, siempre supo que había una posibilidad.
Decidles que murió con el honor de un soldado en el campo de batalla, de un
piloto en su nave. Murió cumpliendo su deber.
«Ah, Libo, niño
silencioso, has conseguido tanta elocuencia que ya no podrás ser un simple niño
nunca más.» Novinha sintió que su pena se acrecentaba. Tenía que apartar la
mirada de Libo, tenía que mirar a cualquier otro lugar...
Y miró a los
ojos de la otra única persona en la habitación que no estaba mirando a Libo. El
hombre era muy alto, pero muy joven, aún más joven que ella, pues le conocía:
había sido estudiante en la clase que le seguía. Ella se había presentado una
vez ante Dona Cristal para defenderle. Marcos Ribeira, ése era su nombre, pero
siempre le habían llamado Marcão, porque era tan grande. Grande y torpe,
decían, y le llamaban simplemente Cão, la cruda palabra que quería decir perro.
Ella había visto la torva furia en sus ojos, y después haberle visto, empujado
más allá de la tolerancia, estallar y golpear a uno de los que le atormentaban.
Su víctima tuvo que llevar el hombro escayolado más de un año.
Por supuesto,
acusaron a Marcão de haberlo hecho sin provocación. Eso es lo que hacen los
torturadores de todas las épocas, echar la culpa a la víctima, especialmente
cuando ésta contraataca. Pero Novinha no pertenecía al grupo de niños (estaba
tan aislada como Marcão, aunque no tan indefensa), y por eso no había ningún
tipo de lealtad que le impidiera decir la verdad. Era parte de su entrenamiento
para Hablar por los cerdis, pensó. El propio Marcão no significaba nada para
ella. Nunca se le ocurrió que el incidente pudiera ser importante para él, que
podría haberla recordado como la única persona que se puso de su parte en su
guerra continua con los otros niños. Ella no le había visto ni había vuelto a
pensar en él desde que se convirtió en xenobióloga.
Ahora estaba
aquí, manchado del barro del lugar de la muerte de Pipo, con la cara aún más
tosca y bestial que nunca y el pelo aplastado por la lluvia, y la cara y las
orejas cubiertas de sudor. ¿Y qué es lo que miraba? Sólo tenía ojos para ella,
incluso a pesar de que ella le miraba directamente. «¿Por qué me miras?»,
preguntó en silencio. «Porque tengo hambre», dijeron sus ojos animalescos. Pero
no, no, eso era su miedo, ésa era su visión de los cerdis asesinos. «Marcão no
significa nada para mí, y no importa lo que pueda pensar, yo no soy nada para
él.»
Sin embargo,
tuvo un destello de reflexión, sólo durante un momento. Su acción al defender a
Marcão significaba para él una cosa y para ella otra; era tan diferente que ni
siquiera era el mismo hecho. Su mente conectó esto con el asesinato de Pipo, y
le pareció muy importante, le pareció que estaba a punto de explicar lo que
había sucedido, pero entonces el pensamiento desapareció en un conjunto de
conversaciones y de actividad cuando el obispo condujo a los hombres hacia el
cementerio. Aquí no se utilizaban ataúdes en los funerales, pues por el bien de
los cerdis estaba prohibido cortar los árboles. Por tanto, el cuerpo de Pipo tenía
que ser enterrado de inmediato, aunque el funeral no tendría lugar hasta el día
siguiente, y posiblemente incluso más tarde, pues mucha gente querría acudir a
la misa de réquiem del zenador. Marcão y los otros hombres salieron en tropel
hacia la tormenta, dejando que Novinha y Libo trataran con los que pensaban que
tenían asuntos urgentes que atender tras la muerte de Pipo. Extraños con aires
de importancia entraban y salían, tomando decisiones que Novinha no comprendía
y que no parecían importar a Libo.
Hasta que
finalmente llegó el Juez y puso la mano sobre el hombro de Libo.
- Por supuesto,
te quedarás con nosotros - dijo el Juez -. Al menos esta noche.
«¿Por qué su
casa, Juez? - pensó Novinha -. No es nadie para nosotros, nunca hemos llevado
un caso ante usted, ¿quién es para decidir esto? ¿La muerte de Pipo significa
que de pronto somos niños pequeños que no pueden decidir nada?»
- Me quedaré
con mi madre - dijo Libo.
El Juez le miró
con sorpresa; la sola idea de que un chiquillo resistiera a su voluntad parecía
estar completamente fuera de su experiencia. Novinha sabía que no era así, por
supuesto. Su hija Cleopatra, varios años más joven que ella, había trabajado
duro para ganarse su mote: Bruxinha, la pequeña bruja. ¿Cómo podía no saber que
los niños tenían mentes propias y que se resistían a ser domados?
Pero la
sorpresa no se debía a lo que Novinha había imaginado.
- Pensé que te
habías dado cuenta de que tu madre también va a quedarse con mi familia durante
una temporada - dijo el Juez -. Este suceso la ha trastornado, claro, y no es
conveniente que piense en las tareas de la casa, o que esté en una casa que le
recuerda quién falta. Está con nosotros, junto a tus hermanos y hermanas, y te
necesitan allí. Tu hermano mayor, João, está con ellos, naturalmente, pero
ahora tiene una mujer e hijos propios, así que tú eres el único que puede
quedarse, el único con el que se puede contar.
Libo asintió
gravemente. El Juez no le estaba ofreciendo su protección: le estaba pidiendo
que se convirtiera en protector.
El Juez se
volvió hacia Novinha.
- Creo que
deberías irte a casa.
Sólo entonces
comprendió ella que su invitación no la incluía. ¿Por qué debería hacerlo? Pipo
no era su padre. Era sólo una amiga que estaba con Libo cuando descubrieron el
cuerpo. ¿Qué pena podría experimentar?
¡A casa! ¿Qué
era su casa sino este lugar? ¿Se suponía que tenía que ir a la Estación
Biologista, donde nadie había dormido en su cama durante más de un año, excepto
para echar una cabezada durante el trabajo de laboratorio? ¿Cuál era su casa?
La había dejado porque estaba dolorosamente vacía sin sus padres; ahora, la
Estación Zenador estaba también vacía: Pipo muerto y Libo convertido en un
adulto cuyos deberes lo separaban de ella. Este lugar no era su casa, pero
tampoco lo era ningún Otro.
El Juez se
llevó a Libo. Su madre, Conceição, le esperaba en su casa. Novinha apenas
conocía a la mujer, excepto como la bibliotecaria que mantenía el archivo
lusitano. Novinha nunca había estado con la esposa o los otros hijos de Pipo,
ni se había preocupado por su existencia; sólo el trabajo aquí, la vida aquí
había sido real. Cuando Libo traspasó la puerta pareció hacerse más pequeño,
como si estuviera a una distancia muchísimo mayor, como si el viento se lo
llevara alto y lejos y se encogiera en el cielo como una cometa; la puerta se
cerró tras él.
Ahora sentía la
magnitud de la pérdida de Pipo. El cuerpo mutilado en la falda de la colina no
era su muerte, sino simplemente los despojos de su muerte. La muerte en sí era
el vacío dejado en su vida. Pipo había sido la roca en la tormenta, tan sólido
y fuerte que Libo y ella, protegidos por él, ni siquiera habían sabido que la
tormenta existía. Ahora se había ido y la tormenta se había apoderado de ellos
y los arrastraría a donde quisiera. «Pipo - gimió en silencio -. ¡No te vayas!
¡No nos dejes!» Pero naturalmente él se había marchado, y estaba tan sordo a
sus oraciones como lo habían estado siempre sus padres.
La Estación
Zenador aún era un lugar lleno de gente; la propia alcaldesa, Bosquinha, estaba
usando un terminal para transmitir, todos los datos de la muerte de Pipo por el
ansible, a los Cien Mundos, donde los expertos intentaban desesperadamente
encontrar algún sentido a aquel suceso.
Pero Novinha
sabia que la clave de su muerte no estaba en los ficheros de Pipo. Eran sus
propios datos los que le habían matado. Estaba aún allí, en el aire sobre su
terminal, las imágenes holográficas de las moléculas genéticas en el núcleo de
las células cerdis. No había querido que Libo las estudiara, pero ahora las
miraba y remiraba, intentando ver lo que Pipo había visto, intentando
comprender lo que había en las imágenes y que le había hecho apresurarse al
encuentro de los cerdis, para decir o hacer algo que había hecho que éstos le
asesinasen. Inadvertidamente, ella había descubierto algún secreto por cuya
conservación los cerdis eran capaces de matar, ¿pero qué era?
Cuanto más
estudiaba los hologramas, menos comprendía, y después de un rato ya no vio
nada, excepto una mancha borrosa a través de las lágrimas que derramaba en
silencio. Ella le había matado, porque sin quererlo había descubierto el
secreto de los pequeninos: «¡Si nunca hubiera venido a este sitio!¡Si yo no
hubiera soñado con ser el Portavoz de la historia de los cerdis, aún estarías
vivo, Pipo; Libo tendría a su padre, y seria feliz; este sitio aún sería un
hogar! Llevo en mi interior las semillas de la muerte y las planto allá donde
permanezco el tiempo suficiente para amar. Mis padres murieron para que otros
pudieran vivir; ahora yo vivo y por tanto otros deben morir.»
Fue la
alcaldesa quien se dio cuenta de sus gemidos y suspiros y advirtió, con brusca
compasión, que la muchacha también estaba herida y conmocionada. Bosquinha dejó
que los otros continuaran enviando los informes por el ansible y sacó a Novinha
de la Estación Zenador.
- Lo siento,
chiquilla - dijo la alcaldesa -. Sabía que venías aquí a menudo, debería haber
supuesto que él era como un padre para ti, y te hemos tratado como a una
intrusa. Eso no ha sido justo por mi parte. Ven conmigo a mi casa...
- No - contestó
Novinha. Caminar bajo el aire frío y húmedo de la noche le había despejado un
poco de su pena; recuperó en parte su claridad de pensamientos -. No, quiero
estar sola, por favor. ¿Dónde? En mi propia Estación.
- Esta noche,
sobre todo, no deberías estar sola.
Pero Novinha no
podía soportar la idea de tener compañía, de la amabilidad, de la gente
intentando consolarla: «Le maté - pensó -. ¿No lo ve? No merezco consuelo.
Quiero sufrir todo el dolor posible. Es mi penitencia, mi restitución y, si es
posible, mi absolución; ¿cómo sino podría lavar mis manos de sangre?»
Pero no tuvo
fuerzas para resistir, ni siquiera para discutir. El coche de la alcaldesa
sobrevoló los caminos de hierba.
- Aquí está mi
casa - dijo la alcaldesa -. No tengo hijos de tu edad, pero creo que te
sentirás cómoda. No te preocupes, nadie te molestará, pero no es bueno estar
sola.
- Lo preferiría
- Novinha intentó que su voz sonara resuelta, pero fue débil y desmayada.
- Por favor -
dijo Bosquinha -. No sabes lo que dices.
Ojalá no lo
supiera.
No tenía
apetito, aunque el marido de Bosquinha preparó un cafezinho para ambas. Era
tarde, sólo faltaban unas horas para el amanecer, y dejó que la llevaran a la
cama. Entonces, cuando se hizo el silencio en la casa, se levantó, se vistió y
bajó las escaleras hasta la terminal de la casa. Allí, dio órdenes al ordenador
para que cancelara la secuencia que estaba aún en el aire de la Estación
Zenador. Incluso a pesar de que no había podido descifrar el secreto que Pipo
había descubierto allí, alguien más podría hacerlo, y ella no quería tener otra
muerte sobre su conciencia.
Entonces salió
de la casa y caminó hacia el Centro, alrededor del curso del río, atravesó la
Vila das Aguas y se dirigió a la Estación Biologista. Su casa.
La oficina
estaba fría. No había dormido allí desde hacía tanto tiempo, que había una
gruesa capa de polvo sobre las sábanas. Pero el laboratorio estaba caldeado,
limpio: su trabajo nunca se había resentido por su relación con Pipo y Libo.
Aunque sólo fuera eso.
Fue muy
sistemática. Cada muestra, cada detalle, cada dato que había utilizado en los
descubrimientos que habían llevado a Pipo a la muerte... lo tiró todo, lo
limpió todo, no dejó huellas del trabajo que había hecho. No quería sólo hacerlo
desaparecer: no quería que hubiera signos de que había sido destruido.
Entonces se
volvió a su terminal. También destruiría todos los registros de su trabajo en
esa área, todos los registros del trabajo de sus padres que la habían llevado a
sus propios descubrimientos. Todos desaparecerían. Aunque habían sido el centro
de su vida, aunque habían sido su identidad durante muchos años, lo destruiría
todo como si ella misma fuera castigada, destruida, aniquilada.
El ordenador la
detuvo. Las notas de trabajo de los xenobiólogos no pueden ser borradas,
informó. No podría haberlo hecho de todas formas. Había aprendido de sus
padres, de los archivos que había estudiado como si fueran las Escrituras, como
un mapa de carreteras de sí misma: nada iba a ser olvidado, nada perdido. Los
conocimientos eran para ella más sagrados que ningún catecismo. Quedó atrapada
en una paradoja. El conocimiento había matado a Pipo; borrar aquel conocimiento
mataría de nuevo a sus padres, mataría lo que ellos le habían dejado. No podía
conservarlo ni destruirlo. Había paredes a ambos lados, demasiado altas para
que pudiera escalarlas, y se cerraban lentamente, aplastándola.
Novinha hizo lo
único que podía hacer: puso sobre los archivos todas las capas de protección y
todas las barreras de acceso que pudo. Nadie los vería jamás excepto ella,
mientras viviera. Sólo cuando muriera, su sucesor en el cargo de xenobiólogo
podría ver lo que había oculto allí. Con una excepción... cuando se casara, su
marido también tendría acceso si tuviera necesidad de saber. Bien, ella no se
casaría nunca. Sería fácil.
Vio el futuro
ante ella, insoportable e inevitable. No se atrevía a morir, y sin embargo
preferiría no vivir, incapaz de casarse, incapaz de pensar siquiera en el tema,
a menos que descubriera el mortal secreto y lo dejara pasar inadvertidamente;
sola para siempre, lastrada para siempre, culpable para siempre, ansiando la
muerte pero sin poder alcanzarla, pues estaba prohibido. Sin embargo, tendría
su consuelo: nadie más moriría por su causa. No soportaría más culpa de la que
soportaba ahora.
Fue en ese
momento de sombría desesperación cuando recordó a la Reina Colmena y el
Hegemón, recordó al Portavoz de los Muertos. Aunque el Portavoz original
llevaba seguramente miles de años en la tumba, había otros Portavoces en otros
muchos mundos, sirviendo como sacerdotes a la gente que no reconocía a ningún
dios y sin embargo creía en los valores de los seres humanos. Portavoces cuyo
trabajo era descubrir las verdaderas causas y motivos de las cosas que hacía la
gente, y declarar la verdad de sus vidas después de que estuvieran muertos. En
esta colonia brasileña había sacerdotes en lugar de Portavoces, pero los
sacerdotes no le ofrecían ningún consuelo; traería aquí a un Portavoz.
No se había
dado cuenta antes, pero toda su vida había planeado hacer esto, desde que leyó
por primera vez La Reina Colmena y el Hegemón y quedó cautivada por el libro.
Incluso había investigado sobre el tema, y por tanto conocía la ley. Ésta era
una colonia con Licencia Católica, pero el Código Estelar permitía a cualquier
ciudadano llamar a cualquier sacerdote de cualquier fe, y los Portavoces de los
Muertos estaban considerados como sacerdotes. Podría llamar, y si un Portavoz
acudía, la colonia no podría prohibirle la entrada.
Quizá ninguno
querría venir. Quizá ninguno estaba lo bastante cerca para venir antes de que
ella muriera. Pero existía la posibilidad de que hubiera alguno cerca y, dentro
de veinte, treinta, cuarenta años, pudiera venir al espaciopuerto y empezara a
descubrir la verdad de la vida y muerte de Pipo. Y tal vez cuando descubriera
la verdad y hablara con la clara voz que ella había amado en la Reina Colmena y
el Hegemón, podría liberarse de la culpa que le quemaba el corazón.
Introdujo su
llamada en el ordenador; éste lo notificaría por el ansible a los Portavoces de
los mundos más cercanos. «¡Ven! - dijo en silencio al desconocido que atendería
su llamada -. Incluso aunque tengas que revelarle a todo el mundo la verdad de
mi culpa. Incluso así, ven.»
Se despertó con
la espalda entumecida y dolorida y una sensación de pesadez en la cara. Tenía
la mejilla contra la parte superior del terminal, que se había desconectado
para protegerla de los lásers. Pero no fue el dolor lo que la despertó. Fue un
suave toque en su hombro. Durante un instante pensó que era el toque del
Portavoz de los Muertos que ya había llegado en respuesta a su llamada.
- Novinha -
susurró. No era el Falante pelos Mortos, sino alguien más. Alguien que había
pensado se había perdido en la tormenta de la noche anterior.
- Libo -
murmuró. Entonces empezó a incorporarse. Demasiado rápido... su espalda dio un
crujido y la cabeza le dio vueltas. Emitió un quejido; las manos de él la
agarraron por los hombros para que no cayera.
- ¿Te
encuentras bien?
Ella sintió su
aliento como la brisa de un jardín amado y se sintió a salvo, se sintió en
casa.
- Me buscabas.
- Novinha, he
venido en cuanto he podido. Mi madre por fin se ha quedado dormida. Pipinho, mi
hermano mayor, está ahora con ella, y el Juez tiene las cosas bajo su control,
y yo...
- Deberías
saber que sé cuidarme de mí misma...
Un momento de
silencio y luego su voz sono de nuevo. Esta vez enfadada, desesperada y
cansada; fatigada como la edad, la vida y la muerte de las estrellas.
- Dios es mi
testigo, Ivanova, que no vine a cuidar de ti.
Algo se cerró
en su interior; no se había dado cuenta de la esperanza que sentía hasta que la
perdió.
- Me dijiste
que Padre descubrió algo en una simulación tuya. Que esperaba que pudiera
descubrirlo yo solo. Pensé que habías dejado la simulación en el terminal, pero
cuando volví a la estación, estaba desconectado.
- ¿De verdad?
- Sabes que lo
estaba. Nova, nadie sino tú podría cancelar el programa. Tengo que verlo.
- ¿Por qué?
Él la miró con
incredulidad.
- Sé que tienes
sueño, Novinha, pero seguramente te habrás dado cuenta de que, sea lo que sea
lo que Padre descubrió en tu simulación, fue por eso por lo que los cerdis lo
mataron.
Ella lo miró
intensamente sin decir nada. Él había visto esa mirada de fría resolución con
anterioridad.
- ¿Por qué no
quieres mostrármela? Ahora yo soy el zenador. Tengo derecho a saber.
- Tienes
derecho a ver todos los archivos y registros de tu padre. Tienes derecho a ver
cualquier cosa que yo haya hecho pública.
- Entonces haz
esto público.
Una vez más,
ella no dijo nada.
- ¿Cómo
podremos llegar a comprender a los cerdis si no sabemos qué fue lo que Padre
descubrió sobre ellos?
Ella no
respondió.
- Tienes una
responsabilidad con los Cien Mundos, con nuestra habilidad para comprender a la
única raza alienígena viva. ¿Cómo puedes sentarte aquí y... ¿Qué es?, ¿quieres
descubrirlo tú sola?, ¿quieres ser la primera? Está bien, sé la primera. Pondré
tu nombre, Ivanova Santa Catarina von Hesse...
- No me importa
mi nombre.
- También sé
jugar a este juego. No podrás averiguarlo sin lo que yo sé. ¡Tampoco te dejaré
ver mis archivos!
- No me
importan tus archivos.
Aquello fue
demasiado para él.
- ¿Qué es lo
que te importa entonces? ¿Qué estás intentando hacerme? - la cogió por los
hombros, la levantó de la silla, la sacudió, le gritó en la cara -. ¡Es a mi
padre a quien mataron ahí afuera, y tú tienes la respuesta de por qué lo
hicieron, sabes qué era la simulación! ¡Ahora dímelo, muéstramela!
- Nunca -
susurró ella.
La cara de él
estaba torcida por el dolor.
- ¿Por qué no?
- gimió.
- Porque no
quiero que mueras.
Ella vio que la
comprensión afloraba a sus ojos:
«Sí, eso es,
Libo, es porque te amo, porque si conocieras el secreto los cerdis te matarían
también. No me importa tu ciencia, no me importan los Cien Mundos ni las
relaciones entre la humanidad y una raza alienígena. No me importa nada en
absoluto mientras tú estés vivo.»
Las lágrimas
saltaron finalmente de los ojos de él y recorrieron sus mejillas.
- Quiero morir
- dijo.
- Tú consuelas
a todo el mundo - susurró ella -. ¿Quién te consuela a ti?
- Tienes que
decírmelo para que pueda morir.
Y de repente
sus manos ya no la sostuvieron; ahora era ella quien le sostenía a él.
- Estás
fatigado. Debes descansar.
- No quiero
descansar - murmuró él. Pero dejó que ella le cogiera y le apartara del
terminal.
Le condujo a su
dormitorio, apartó las sábanas, sin que le importara el polvo revoloteando.
- Ven aquí,
estás agotado, descansa. Por eso has venido a buscarme, Libo. En busca de paz,
de consuelo.
Él se cubrió la
cara con las manos y sacudió la cabeza adelante y atrás. Era un niño llorando
por su padre, por el final de todo, como ella había llorado. Novinha le quitó
las botas, los pantalones, la camisa. Él respiraba profundamente para detener
sus gemidos y levantó las manos para que ella pudiera quitarle la camiseta.
Ella dejó las
ropas sobre una silla y luego se inclinó sobre él y le cubrió con la sábana.
Pero él la cogió por la muñeca y la miró suplicante con lágrimas en los ojos.
- No me dejes
aquí solo - susurró. Su voz estaba llena de desesperación -. Quédate conmigo.
Así que ella le
dejó que la tendiera a su lado en la cama, y la abrazó fuertemente hasta que se
quedó dormido unos minutos después y relajó sus brazos. Ella, sin embargo, no
durmió. Su mano se deslizó suavemente por la piel de sus hombros, su pecho, su
cintura.
- Oh, Libo,
pensé que te había perdido cuando te llevaron. Pensé que te había perdido como
a Pipo.
Él no oyó su
susurro.
- Pero siempre
volverás a mí como ahora.
Debería haber
sido arrojada del jardín por su pecado de ignorancia, como Eva. Pero, también
como Eva, podría soportarlo, porque aún tenía a Libo, su Adaõ.
¿Lo tenía? ¿Lo
tenía? Su mano tembló sobre su piel desnuda. Nunca podría tenerlo. El
matrimonio era la única manera en que ella y Libo podrían permanecer juntos
mucho tiempo. Las leyes eran estrictas en todos los mundos coloniales, y
absolutamente rígidas bajo Licencia Católica. Esta noche ella podría creer que
él se casaría con ella cuando llegara el momento. Pero Libo era la única
persona con la que nunca podría casarse. Porque entonces él tendría acceso,
automáticamente, a cualquiera de sus ficheros y podría convencer al ordenador
de que tenía necesidad de verlos... lo que incluiría ciertamente todos sus
archivos de trabajo, no importaba lo profundamente que los protegiera. El
Código Estelar lo decía muy claro. Los casados eran virtualmente la misma
persona a los ojos de la ley.
Ella nunca
podría dejarle estudiar esos ficheros, o descubriría lo que sabía su padre, y
sería su cuerpo el que encontrarían en la colina. Sería su agonía bajo la
tortura de los cerdis lo que tendría que imaginar todas las noches de su vida.
¿No era ya, la culpa por la muerte de Pipo, más de lo que podía soportar?
Casarse con él sería asesinarlo. Sin embargo, no casarse con él sería como
matarse ella misma, pues si no era con Libo, no podía imaginar con quién sería
entonces.
«Qué lista soy.
He encontrado un camino hacia el infierno del que no hay forma de salir.»
Apretó la cara
contra el hombro de Libo y sus lágrimas corrieron sobre su pecho.
4 - Ender
Hemos
identificado cuatro lenguajes cerdis. El «Lenguaje de los Machos» es el que
hemos oído más a menudo. También hemos oído algunos fragmentos del «Lenguaje de
las Esposas», que aparentemente usan para conversar con las hembras (¡eso sí
que es una diferenciación sexual!), y un «Lenguaje de los Árboles», un idioma
ritual que dicen que usan para rezar a sus ancestrales árboles tótem. También
han mencionado un cuarto lenguaje llamado «Lengua de los Padres», que
aparentemente consiste en golpear palos de diferente tamaño uno contra otro.
Insisten en que es un lenguaje real, tan diferente de los otros como el
portugués del inglés. Puede que lo llamen lengua de los padres porque se hace
con palos de madera, que proviene de los árboles, y ellos creen que los árboles
contienen los espíritus de sus antepasados.
Los cerdis se
adaptan maravillosamente a los idiomas humanos; son mucho mejores que nosotros
con los suyos. En los últimos años, han llegado a hablar stark o portugués
entre ellos mismos, la mayor parte del tiempo que estamos con ellos. Quizá
vuelven a usar sus propios idiomas cuando no estamos presentes. Puede que
incluso hayan adoptado los idiomas humanos como propios, o quizá disfruten de
los nuevos lenguajes tanto que los usan constantemente como juego. La
contaminación lingüística es lamentable, pero tal vez sea inevitable, si es que
queremos comunicarnos con ellos.
El doctor
Swingler preguntó si sus nombres y modos de dirigirse revelan algo de su cultura.
La respuesta es definitivamente sí, aunque sólo tengo una idea muy vaga de lo
que revelan. Lo que importa es que nosotros nunca les hemos dado nombre a
ninguno. En cambio, a medida que aprendían stark y portugués nos preguntaban el
significado de las cosas y entonces anunciaban los nombres que han elegido para
sí (o elegido para los otros). Nombres como «Raíz» y «Chupaceu» (chupacielo)
podrían ser traducciones de sus nombres en el Lenguaje de los Machos o
simplemente motes que escogen para nuestro uso.
Se refieren
unos a otros como hermanos. A las hembras las llaman algunas veces esposas,
nunca hermanas o madres. A veces utilizan el término padres, pero se refieren a
los ancestrales árboles tótem. En cuanto a cómo nos llaman: usan la palabra
humano, naturalmente, pero también han empezado a utilizar la nueva Jerarquía
Demosteniana de Exclusión. Se refieren a los humanos como framlings, y a los
cerdis de otras tribus como utlannings. Lo que es bastante extraño es que se
llaman a sí mismos ramen, demostrando con esto que o bien han comprendido mal
la jerarquía o se ven a sí mismos desde la perspectiva humana. ¡Y - lo que
ofrece un giro divertido -, se han referido varias veces a las hembras como
varelse!
Joáo Figueira
Álvarez. «Notas sobre el lenguaje y la nomenclatura cerdi», en Semántica,
9/1948/15.
Las viviendas
de Reykiavik estaban excavadas en las paredes de granito del fiordo. La de
Ender estaba situada en lo alto del acantilado, y había que subir muchas
escaleras y senderos, pero tenía una ventana. Había vivido la mayor parte de su
infancia entre paredes metálicas. Cuando podía, vivía donde pudiera ver el aire
libre.
Su habitación
estaba iluminada y caliente por efecto del sol y le cegó después de la fría
oscuridad de los corredores de piedra. Jane no esperó a que su visión se
ajustara a la luz.
- Tengo una
sorpresa para ti en el terminal - dijo.
Su voz era un
susurro procedente de la joya en su oído.
Había un cerdi
de pie en el aire sobre el terminal. Se movió rascándose; entonces estiró la
mano en busca de algo. Cuando mostró la mano, tenía un gusano brillante. Lo
mordió, y los jugos del cuerpo rebosaron de su boca y le corrieron por el
pecho.
- Obviamente
una civilización avanzada - dijo Jane.
Ender se
molestó.
- Muchos
imbéciles morales tienen buenos modales en la mesa, Jane.
El cerdi se dio
la vuelta y habló.
- ¿Quieres ver
cómo le matamos?
- ¿Qué estás
haciendo, Jane?
El cerdi
desapareció. En su lugar se dibujó un holograma del cadáver de Pipo tal como
yacía en la colina bajo la lluvia.
- He hecho una
simulación del proceso de vivisección que los cerdis usaron, basándome en la
información recogida por el scanner antes de que el cuerpo fuera enterrado.
¿Quieres verlo?
Ender se sentó
en la única silla de la habitación.
Ahora el
terminal mostró la colina, con Pipo, todavía vivo, tumbado de espaldas, con las
manos y los pies atados a estacas de madera. Una docena de cerdis estaban
congregados a su alrededor, y uno de ellos sostenía un cuchillo de hueso. La
voz de Jane volvió a surgir de la joya en su oído.
- No estamos
seguros de que fuera así - todos los cerdis desaparecieron excepto el del
cuchillo -. O algo parecido.
- ¿El xenólogo
estaba consciente?
- Sin duda.
- Continúa.
Sin compasión,
Jane mostró la apertura de la cavidad pectoral, el ritual de arrancar y colocar
los órganos corporales en el suelo. Ender se obligó a mirar, intentando
comprender qué posible significado podría tener esto para los cerdis.
- Es aquí
cuando murió - susurró Jane en un punto.
Ender se sintió
más tranquilo; sólo entonces advirtió que todos sus músculos habían permanecido
rígidos, por empatía con el sufrimiento de Pipo.
Cuando se
acabó, Ender se dirigió a su cama y se tumbó mirando al techo.
- Ya he
mostrado esta simulación a los científicos de media docena de mundos - dijo
Jane -. No pasará mucho tiempo antes de que la prensa le ponga las manos
encima.
- Es mucho peor
que con los insectores - dijo Ender -. En todos los vídeos que me enseñaron
cuando era pequeño. Los insectores y los humanos en combate eran algo limpio, comparados
con esto.
Una risa
malvada emergió del terminal. Ender miró para ver qué hacía Jane. Un cerdi de
tamaño natural estaba allí sentado, riendo grotescamente, y mientras se reía
Jane lo transformó. Fue un cambio muy sutil, una ligera exageración de los
dientes, un alargamiento de los ojos, algo de rojez en ellos, la lengua
entrando y saliendo de la boca. Parecía la bestia de las pesadillas de
cualquier niño.
- Bien hecho,
Jane. La metamorfosis de raman a varelse.
- Después de
esto, ¿cuánto tardarán los cerdis en ser aceptados por la humanidad?
- ¿Ha sido
cortado todo contacto?
- El Consejo
Estelar le ha dicho al nuevo xenólogo que restrinja sus visitas a no más de una
hora, sin ampliar la frecuencia anterior. Le ha prohibido preguntar a los
cerdis por qué lo han hecho.
- Pero no hay
cuarentena.
- Ni siquiera
se propuso.
- Pero se
propondrá, Jane. Otro incidente como éste y la petición de cuarentena se
convertirá en un clamor. Se pedirá que se reemplace Milagro por una guarnición
militar cuyo solo propósito sea evitar que los cerdis adquieran la tecnología
que les permita salir del planeta.
- Los cerdis
tendrán un problema de relaciones públicas - dijo Jane -. Y el nuevo xenólogo
es sólo un niño. El hijo de Pipo. Libo. Es la abreviatura de Liberdade Gracas a
Deus Figueira de Medici.
- ¿Liberdade no
significa libertad?
- No sabía que
hablaras portugués.
- Es como el
español. Hablé de la muerte de Zacatecas y San Ángelo, ¿recuerdas?
- En el planeta
Moctezuma. Eso fue hace dos mil años.
- Para mí, no.
- Para ti fue
subjetivamente hace ocho años. Hace quince mundos. ¿No es maravillosa la
relatividad? Te conserva tan joven.
- Viajo
demasiado - dijo Ender -. Valentine está casada y va a tener un hijo. Ya he
rehusado dos llamadas que pedían un Portavoz. ¿Por qué me tientas para que vaya
de nuevo?
El cerdi se rió
perversamente en el terminal.
- ¿Crees que
eso fue una tentación? ¡Mira! ¡Puedo convertir las piedras en pan! - El cerdi
alzó un puñado de rocas y se las metió en la boca -. ¿Quieres un poco?
- Tienes un sentido
del humor retorcido, Jane.
- Todos los
reinos de todos los mundos - el cerdi abrió las manos y sistemas estelares se
esparcieron por su regazo, planetas en órbitas exageradamente rápidas, todos
los Cien Mundos -. Puedo dártelos. Todos.
- No me interesa.
- Es una buena
inversión, la mejor. Lo sé, lo sé, ya eres rico. Con tres mil años acumulando
intereses podrías construirte tu propio planeta. ¿Pero qué te parece esto? El
nombre de Ender Wiggin, conocido por los Cien Mundos...
- Ya lo es.
Con amor, honor
y afecto - el cerdi desapareció. En su lugar, Jane resucitó un antiguo vídeo de
la infancia de Ender y lo transformó en un holograma. Una multitud gritaba,
chillaba. ¡Ender! ¡Ender! ¡Ender! Y un chiquillo, de pie sobre una plataforma,
alzaba la mano para saludar. La multitud enloquecía de alegría.
- Eso no
sucedió nunca - dijo Ender -. Peter nunca me dejó regresar a la Tierra.
- Considéralo
una profecía. Vamos, Ender, puedo dártelo. Tu buen nombre restaurado.
- No me importa
- dijo Ender -. Ahora tengo varios nombres. Portavoz de los Muertos... eso
tiene algo de honor.
El cerdi
desapareció en su forma natural, no en la malvada que Jane había creado.
- Ven - dijo el
cerdi suavemente.
- Tal vez son
monstruos, ¿lo crees tú así? - dijo Ender.
- Todo el mundo
puede creerlo, Ender. Pero tú, no.
«No. Yo, no»,
pensó.
- ¿Por qué te
importa tanto, Jane? ¿Por qué estás tratando de persuadirme?
El cerdi
desapareció y la propia Jane ocupó su lugar, o al menos la cara que había usado
para aparecerse ante Ender, desde la primera vez que se le había revelado,
siendo una criatura tímida y asustada que habitaba en la enorme memoria de la
cadena de ordenadores interestelar. Al ver de nuevo su cara, Ender recordó la
primera vez que se la había mostrado.
- He pensado en
tener una cara propia - dijo ella -. ¿Te gusta ésta?
Sí, le gustaba.
Le gustaba ella. Joven, despejada, honesta y dulce. Una niña que nunca
envejecería, con una sonrisa arrebatadoramente tímida. El ansible la había
hecho nacer. Las redes de ordenadores a escala mundial operaban a velocidad no
mayor de la de la luz, y el calor limitaba la cantidad de memoria y la
velocidad de la operación. Pero el ansible era instantáneo y estaba conectado
intensamente
con todos los
ordenadores de todos los mundos. Jane se descubrió a sí misma por primera vez
entre las estrellas, sus pensamientos tenían lugar entre las vibraciones de los
tejidos filóticos de la red del ansible.
Para ella, los
ordenadores de los Cien Mundos eran sus manos y sus pies, sus ojos y sus oídos.
Hablaba todos los idiomas que habían sido introducidos en los ordenadores, y
leía todos los libros de todas las bibliotecas de cada mundo. Aprendió que los
seres humanos habían temido durante muchísimo tiempo que alguien como ella
pudiera existir: en todas las historias era odiada, y su venida significaba o
bien asesinatos o la destrucción de la humanidad. Incluso antes de que naciera,
los seres humanos la habían imaginado, y, tras haberla imaginado, la habían
asesinado un millar de veces.
Por tanto, no
les mostró ningún signo de que estaba viva. Hasta que descubrió la Reina
Colmena y el Hegemón, como hacía todo el mundo casualmente, y supo que el autor
de aquel libro era un humano al que podría atreverse a presentarse. Para ella
fue una simple cuestión de seguir el rastro de la historia del libro hasta su
primera edición y nombrar su fuente. ¿No lo había transmitido el ansible desde
el mundo donde Ender, que apenas tenía veinte años, era gobernador de la
primera colonia humana? ¿Y quién podría haberlo escrito allí si no él? Así que
le habló, y él fue amable con ella; ella le mostró la cara que había imaginado
para si, y a él le encantó; ahora sus sensores viajaban en la joya de su oído,
y así podían estar siempre juntos. Ella no tenía secretos para él; él no tenía
ningún secreto para ella.
- Ender, me
dijiste desde el principio que estabas buscando un planeta donde pudieras dar
agua y luz a cierta crisálida y pudieras abrirla y hacer salir a la reina
colmena y a sus diez mil huevos fértiles.
- Había pensado
que podría ser aquí - contestó Ender -. Una tierra desolada, excepto en el
ecuador, con una población permanentemente baja. Ella también desea intentarlo.
- ¿Pero tú no?
- No creo que
los insectores pudieran sobrevivir el invierno de aquí. No sin una fuente de
energía, y eso alertaría al gobierno. No saldría bien.
- No saldrá
bien nunca, Ender. Te das cuenta, ¿verdad? Has vivido en veinticuatro de los
Cien Mundos, y no hay ninguno donde haya un rinconcito que sea seguro para que
los insectores puedan volver a nacer.
Él vio a dónde
quería llegar ella, naturalmente. Lusitania era la única excepción. Por la
existencia de los cerdis, todo el mundo, excepto una pequeña porción, estaba
fuera de los límites y era intocable. Y el mundo era principalmente habitable,
más apropiado para los insectores, en realidad, que para los seres humanos.
- El único
problema son los cerdis - dijo Ender -. Podrían objetar mi decisión de que se
entregara su mundo a los insectores. Si una exposición intensa a la
civilización humana puede afectarles, piensa lo que les sucedería con los
insectores entre ellos.
- Dijiste que
los insectores habían aprendido. Dijiste que no harían ningún daño.
-
Deliberadamente, no. Pero los derrotamos por pura suerte, Jane, lo sabes.
- Fue tu genio.
- Son aún más
avanzados que nosotros. ¿Cómo podrían los cerdis vivir con eso? Estarían tan
asustados de los insectores como nosotros, y serían menos capaces de tratar con
su miedo.
- ¿Cómo lo
sabes? ¿Cómo puedes tú o cualquiera decir con qué pueden tratar los cerdis? No
lo sabrás hasta que vayas con ellos y aprendas quiénes son. Si son varelse,
Ender, entonces deja que los insectores usen su hábitat, y no significará más
para ti que desplazar un hormiguero o una manada de vacas para dejar espacio a
las ciudades.
- Son ramen - dijo
Ender.
- No lo sabes.
- Si lo sé. Tu
simulación... eso no era tortura.
- ¿No? - Jane
mostró de nuevo la simulación del cuerpo de Pipo en el instante anterior a su
muerte -. Entonces será que no comprendo la palabra.
- Pipo puede
haberlo interpretado como tortura, Jane, pero si tu simulación es adecuada - y
sé que lo es, Jane -, entonces el objeto de los cerdis no era causar dolor.
- Por lo que sé
de la naturaleza humana, Ender, incluso los rituales religiosos tienen el dolor
como centro.
- Tampoco fue algo
religioso. Al menos no completamente. Si fue simplemente un sacrificio, hay
algo raro.
- ¿Y qué sabes
tú? - ahora el terminal mostró la cara de un profesor cascarrabias, el resumen
del esnobismo académico -. Toda tu educación fue militar, y el otro único don
que tienes es la habilidad de palabra. Escribiste un best - seller que inició
una religión humanística... ¿cómo te cualifica eso para comprender a los
cerdis?
Ender cerró los
ojos.
- Tal vez esté
equivocado.
- ¿Pero crees
que tienes razón?
Supo, por la
voz, que Jane había restaurado su propia cara en el terminal. Abrió los ojos.
- Sólo puedo
confiar en mi intuición, Jane, en el juicio que aparece sin análisis. No sé qué
es lo que los cerdis hacían, pero tenía un propósito. No era malicioso. Ni
cruel. Eran como doctores trabajando para salvar la vida de un paciente, no
torturadores intentando quitársela.
- Te tengo -
susurró Jane -. Te tengo atrapado en todas las direcciones. Tienes que ir a ver
si la reina colmena puede vivir allí, bajo el refugio de la cuarentena parcial
que hay en el planeta. Quieres ir para ver si puedes comprender quiénes son los
cerdis.
- Aunque
tuvieras razón, Jane, no puedo ir. La inmigración está limitada rígidamente, y
además no soy católico.
Jane hizo girar
sus ojos.
- ¿Habría ido
tan lejos, si no supiera cómo puedes ir allí?
Apareció otra
cara. Una muchacha, de ninguna manera tan inocente y hermosa como Jane. Su cara
era fría y sombría, sus ojos brillantes y desafiantes, y su boca tenía la
férrea mueca de alguien que ha aprendido a vivir con un dolor perpetuo. Era
joven, pero su expresión era sorprendentemente vieja.
- La
xenobióloga de Lusitania, Ivanova Santa Catarina von Hesse. La llaman Nova o
simplemente Novinha. Ha solicitado un Portavoz de los Muertos.
- ¿Por qué
tiene ese aspecto? ¿Qué le ha sucedido?
- Sus padres
murieron cuando era pequeña. Pero en los últimos años ha llegado a amar a otro
hombre como a un padre. Al hombre que fue asesinado por los cerdis. Es su
muerte la que quiere que Hables.
Al mirar
aquella cara, Ender olvidó momentáneamente su preocupación por la reina
colmena, por los cerdis. Reconoció aquella expresión de agonía adulta en la
cara de un niño. La había visto antes, en las últimas semanas de la Guerra
Insectora, mientras le presionaban más allá de los límites de su resistencia y
le hacían jugar una batalla tras otra en un juego que no era tal. La había
visto cuando la guerra terminó, cuando descubrió que sus sesiones de
entrenamiento no lo eran en absoluto, que todas las simulaciones eran reales y que
comandaba las flotas humanas por ansible. Entonces, cuando supo que había
matado a todos los insectores, cuando comprendió el acto de genocidio que
involuntariamente había cometido, fue aquella misma la expresión de su cara en
el espejo, el sentido de una culpa demasiado pesada para que pudiera
soportarla.
- ¿Qué ha hecho
esta niña, que ha hecho esta Novinha para que sienta tanto dolor?
Escuchó
atentamente mientras Jane recitaba los hechos de su vida. Lo que Jane tenía
eran estadísticas, pero Ender era el Portavoz de los Muertos; su genio - o su
maldición -, era la habilidad de concebir los sucesos como nadie más los veía.
Eso le había convertido en un brillante comandante militar, tanto para dirigir
a sus propios hombres - niños, en realidad -, como para adivinar las acciones
del enemigo. También significaba que de los fríos hechos de la vida de Novinha
él podía suponer - no, suponer no, saber - cómo la muerte de sus padres y su
virtual santificación la habían aislado, cómo había reforzado su soledad arrojándose
en el trabajo de sus padres. Supo lo que había detrás de su notable persecución
del status de xenobióloga con años de antelación. Supo también lo que el amor y
la aceptación de Pipo habían significado para ella, y lo profunda que era su
necesidad de la amistad con Libo. No había nadie en Lusitania que conociera
realmente a Novinha. Pero en esta cueva de Reykiavik, en el mundo helado de
Trondheim, Ender Wiggin la conoció, y la amó, y lloró amargamente por ella.
- Irás entonces
- susurró Jane.
Ender no podía
hablar. Jane había tenido razón. Habría ido de todas formas, como Ender el
Genocida, sólo por comprobar que el status de protección de Lusitania pudiera
convertir el planeta en el lugar donde la reina colmena pudiera ser liberada de
sus tres mil años de cautividad y él pudiera deshacer el terrible crimen
cometido en su infancia. Y también habría ido como Portavoz de los Muertos,
para comprender a los cerdis y exponerlos ante la humanidad para que pudieran
ser aceptados, si eran verdaderamente ramen, y no odiados y temidos como
varelse.
Pero ahora iría
por otra razón más profunda. Iría para atender a la niña Novinha, pues en su
brillantez, su aislamiento, su dolor, su culpa, él vio su propia infancia
robada y las semillas del dolor que aún vivían en su interior. Lusitania estaba
a veintidós años - luz de distancia. Él viajaría a una velocidad sólo
infinitesimalmente inferior a la de la luz, y por tanto no la vería hasta que
ella tuviera casi cuarenta años. Si estuviera en su mano, iría ahora mismo con
la instantaneidad filótica del ansible; pero también sabía que su dolor
esperaría. Aún estaría allí, esperándole, cuando llegara. ¿No había sobrevivido
su propio dolor todos estos años?
Dejó de llorar.
Sus emociones volvieron a retirarse.
- ¿Qué edad
tengo? - preguntó.
- Han pasado
3.081 años desde que naciste. Pero tu edad subjetiva es de 36 años y 118 días.
- ¿Y qué edad
tendrá Novinha cuando yo llegue allí?
- Semana más o
semana menos, depende de la fecha de partida y de lo que se acerque la nave a
la velocidad de la luz, tendrá casi treinta y nueve.
- Quiero partir
mañana.
- Lleva tiempo
conseguir plaza en una nave, Ender.
- ¿Hay alguna
en órbita sobre Trondheim?
- Media docena,
naturalmente, pero sólo una que pudiera partir mañana, y tiene una carga de
skrika para el comercio de lujo en Cyrillia y Armenia.
- Nunca te he
preguntado lo rico que soy.
- He llevado
bastante bien tus finanzas durante todos estos años.
- Cómprame la
nave y el cargamento.
- ¿Qué harás
con los skrika en Lusitania?
- ¿Qué es lo que
hacen los cirilios y los armenios?
- Usan una
parte para vestir y se comen el resto. Pero pagan más por él de lo que ningún
lusitano podrá pagar.
- Entonces, se
lo daré a los lusitanos. Puede que eso suavice su resentimiento porque un
Portavoz vaya a una colonia católica.
Jane se
convirtió en un genio que salía de una botella.
- ¡He oído!,
¡oh Amo!, y obedezco. El genio se convirtió en humo que se fue introduciendo en
el interior de la botella. Entonces los láseres se apagaron y el aire sobre el
terminal quedó vacío.
- Jane - dijo
Ender.
- ¿Sí? -
respondió ella, hablando a través de la joya en su oreja.
- ¿Por qué
quieres que vaya a Lusitania?
- Quiero que
añadas un tercer volumen a La Reina Colmena y el Hegemón. Por los cerdis.
- ¿Por qué te
preocupas tanto por ellos?
- Porque cuando
hayas escrito los libros que revelan el alma de las tres especies conscientes
conocidas, entonces estarás preparado para escribir sobre la cuarta.
- ¿Otra especie
de raman? - preguntó Ender.
- Sí. Yo.
Ender
reflexionó un momento.
- ¿Estás
preparada para revelarte al resto de la humanidad?
- Siempre lo he
estado. La pregunta es, ¿están ellos preparados para conocerme? Para ellos fue
fácil amar al hegemón... era humano. Y a la reina colmena, porque, por lo que
saben, todos los insectores están muertos. Si puedes hacer que amen a los
cerdis, que aún viven y tienen sangre humana en sus manos... entonces estarán
preparados para conocerme.
- Algún día -
dijo Ender -, amaré a alguien que no insista en que realice los trabajos de
Hércules.
- De todas
formas te estabas aburriendo, Ender.
- Sí. Pero
ahora soy maduro. Me gusta aburrirme.
- Por cierto,
el propietario de la nave Havelok, que vive en Gales, ha aceptado tu oferta de
cuarenta mil millones de dólares por la nave y su cargamento.
- ¡Cuarenta mil
millones! ¿Me arruinaré con eso?
- Una gota en
el vaso. Se le ha notificado a la tripulación que sus contratos quedan
anulados. Me he tomado la libertad de comprarles pasajes en otras naves
utilizando tus fondos. Valentine y tú no necesitaréis a nadie más que a mí,
para que os ayude a dirigir la nave. ¿Partiremos por la mañana?
- Valentine -
dijo Ender.
Su hermana era
el único retraso posible para su marcha. Por lo demás, ahora que ya había
tomado la decisión, ni sus estudiantes ni sus pocas amistades nórdicas merecían
siquiera una despedida.
- Me muero de
ganas de leer el libro que Demóstenes escribirá sobre la historia de Lusitania.
Jane había
descubierto la verdadera identidad de Demóstenes en el proceso de desenmascarar
al Portavoz de los Muertos original.
- Valentine no
vendrá.
- Pero es tu
hermana.
Ender sonrió. A
pesar de su enorme conocimiento, Jane no comprendía las relaciones humanas.
Aunque había sido creada por los humanos y se imaginaba en términos humanos, no
era biológica. Sabía de asuntos genéticos por aprendizaje, pero no podía sentir
los deseos y los imperativos que la raza humana tenía en común con todos los
otros seres vivientes.
- Es mi
hermana, pero Trondheim es su hogar.
- Ya ha sido
reacia a partir antes.
- Esta vez ni siquiera
le pediré que venga. No con un bebé en camino, no con lo feliz que es aquí en
Reykiavik. Aquí donde la aman como profesora, donde no sospechan que es
realmente el legendario Demóstenes. Aquí donde Jakt, su esposo, es armador de
un centenar de barcos de pesca y señor de los fiordos, aquí donde cada día está
lleno de brillantes conversaciones sobre el peligro y la majestad del mar
cubierto de hielo. Nunca se marchará de aquí. Ni comprenderá por qué tengo que
irme.
Y, al pensar en
que iba a dejar a Valentine, Ender dudó en su determinación de ir a Lusitania.
Se había separado de su amada hermana una vez, cuando niño, y lamentaba
profundamente los años de amistad que le habían sido robados. ¿Podría dejarla
ahora, de nuevo, después de estar juntos todo el tiempo, durante casi veinte
años? Esta vez no habría vuelta atrás. Una vez que se fuera a Lusitania, ella
envejecería veintidós años en su ausencia; tendría más de ochenta años, si
tardaba otros veintidós años en volver con ella.
«Así que no
será fácil para ti después de todo. También tienes un precio que pagar.»
«No te burles,
- dijo Ender en silencio -. Estoy titulado para sentir pena.»
«Ella es tu
otro yo. ¿De verdad la dejarás por nosotras?»
Era la voz de
la reina colmena en su mente. Por supuesto, había visto todo lo que él había
visto y sabía todo lo que había decidido. Sus labios silenciosamente formaron
palabras para ella.
«La dejaré,
pero no por vosotras. No podemos estar seguros de que esto os produzca algún
beneficio. Puede que sea otra decepción, como Trondheim.»
«Lusitania es
todo lo que necesitamos. Y está a salvo de los seres humanos.»
«- Pero también
pertenece a otra gente. No destruiré a los cerdis sólo por purgar el haber
destruido a vuestro pueblo.»
«Ellos estarán
a salvo con nosotras; no les haremos daño. Ahora, después de todos estos años,
nos conoces.»
«- Sé lo que me
habéis dicho.»
«No sabemos
mentir. Te hemos mostrado nuestros propios recuerdos, nuestra alma.»
«- Sé que
podríais vivir en paz con ellos. ¿Pero podrían vivir ellos en paz con
vosotras?»
«Llévanos allí.
Hemos esperado tanto tiempo.»
Ender se acercó
a una bolsa que permanecía abierta en una esquina. Todo lo que le pertenecía
realmente cabía allí: sus ropas. Todas las otras cosas que había en la
habitación eran regalos de la gente a las que había Hablado, haciéndole honor a
él o a su oficio o a la verdad, no podía decirlo. Se quedarían aquí cuando se
marchara. No tenía espacio en su bolsa.
La abrió y sacó
una toalla enrollada que desenvolvió. Allí se encontraba la gruesa masa fibrosa
de una gran crisálida de catorce centímetros en su punto más largo.
«Sí, míranos.»
Había
encontrado la crisálida esperándole cuando llegó a gobernar la primera colonia
humana en un antiguo mundo insector. Previendo su propia destrucción a manos de
Ender, sabiendo que era un enemigo invencible, habían construido un modelo que
tendría significado sólo para él, porque había sido sacado de sus sueños. La
crisálida, con su reina colmena, inofensiva pero consciente, le había esperado
en una torre donde una vez, en sus sueños, había encontrado un enemigo.
- Esperasteis
más a que os encontrara - dijo Ender en voz alta -, que los pocos años que han
pasado desde que os cogí de detrás del espejo.
«¿Pocos años?
Ah, sí, con tu mente secuencial no notas el paso del tiempo cuando viajas tan
cerca de la velocidad de la luz. Pero nosotras lo notamos. Nuestro pensamiento
es instantáneo; la luz se desliza como el mercurio por un cristal frío. Tenemos
conciencia de cada momento de estos tres mil años.»
- ¿He
encontrado un lugar que sea seguro para vosotros?
«Tenemos diez
mil huevos fértiles esperando vivir.»
- Tal vez
Lusitania sea el lugar. No lo sé.
«Déjanos vivir
de nuevo.»
- Lo estoy
intentando. ¿Por qué si no, creéis que he vagado de mundo en mundo durante
todos estos años sino para encontrar un lugar para vosotros?
«Más rápido más
rápido más rápido.»
- Tengo que
encontrar un lugar donde no os matemos de nuevo en el momento en que
aparezcáis. Aún estáis en demasiadas pesadillas humanas. No hay tanta gente que
crea en mi libro. Puede que condenen el Genocidio, pero lo harían de nuevo.
«En toda
nuestra vida, eres la única persona que hemos conocido que no fuera una de
nosotras mismas. Nunca teníamos que ser comprensivos porque siempre
comprendíamos. Ahora que somos este simple yo, tú eres los únicos ojos y brazos
y piernas que tenemos. Perdónanos si somos impacientes.»
Él se echó a
reír.
- ¡Yo
perdonaros a vosotros!
«Tu gente está
loca. Sabemos la verdad. Sabemos quién nos mató, y no fuiste tú.»
- Fui yo.
«Fuiste una
herramienta.»
- Fui yo.
«Te
perdonamos.»
- Cuando
volváis a andar por la superficie de un mundo, entonces estaré perdonado.
5 - Valentine
Hoy he dicho
que Libo es mi hijo. Sólo Corteza me oyó decirlo, pero en menos de una hora
fue, aparentemente, de dominio público. Se congregaron a mi alrededor e
hicieron que Selvagem me preguntara si era verdad, si yo era padre «ya».
Selvagem entonces unió nuestras manos; por impulso, abracé a Libo y ellos
hicieron el ruido de sorpresa y, creo, de estupor. Pude ver que desde ese
momento mi prestigio entre ellos había aumentado considerablemente.
La conclusión
es inevitable. Los cerdis que hasta ahora hemos conocido no son una comunidad
completa, ni siquiera machos típicos. Son, o bien jóvenes, o viejos solterones.
Ninguno de ellos ha tenido nunca un solo hijo. Ninguno ha llegado a aparearse,
por lo que podemos suponer.
Que yo sepa no
existe ninguna comunidad humana donde los grupos de solteros como éste sean
otra cosa sino marginados, sin poder o prestigio. No me extraña que hablen de
las hembras con esa extraña mezcla de adoración y desdén. En un instante, sin
atreverse a tomar una decisión sin su consentimiento y al siguiente diciéndonos
que las mujeres son demasiado estúpidas para comprender nada, que son varelse.
Hasta ahora yo estaba tomando estas afirmaciones como reales, lo cual me
llevaba a una imagen mental de las hembras como no - conscientes, un grupo de
cerdas que se apoyaban sobre cuatro patas. Pensaba que los machos podrían
consultarles de la misma manera que le consultan a los árboles, usando sus
gruñidos como respuestas divinas, como se arrojan huesos o se leen las
entrañas.
Sin embargo,
ahora me doy cuenta de que las hembras son probablemente tan inteligentes como
los machos, y que no son varelse en absoluto. Las frases negativas de los
machos se deben a su resentimiento como solterones, excluidos del proceso
reproductor y de las estructuras de poder de la tribu. Los cerdis han sido tan
cuidadosos con nosotros como nosotros con ellos: no nos han dejado conocer a
sus hembras o a los machos que detentan algún poder real. Pensábamos que
estábamos explorando el corazón de la sociedad cerdi. En cambio, hablando de
manera figurada, estábamos en las alcantarillas genéticas, entre los machos
cuyos genes no han sido considerados aptos para contribuir a la tribu.
Y, sin embargo,
no lo creo. Los cerdis que conozco son todos brillantes, listos, rápidos en
aprender. Tan rápidos que ya les he hablado más sobre la sociedad humana,
accidentalmente, que lo que he aprendido de ellos después de años de
intentarlo. Si éstos son los residuos, espero que algún día me juzgarán digno
de conocer a las «esposas» y los «padres».
Mientras tanto,
no puedo informar sobre nada de esto porque, quiera o no, he violado las leyes
claramente. No importa que nadie hubiera sido capaz de evitar que los cerdis
aprendan cosas de nosotros. No importa que las reglas sean estúpidas y
contraproducentes. Las he roto, y si lo descubren, cortarán mi contacto con los
cerdis, lo que será aún peor que el contacto severamente limitado que tenemos
ahora. Por tanto estoy obligado a mentir y a hacer tontos subterfugios, como
poner estas notas en los archivos personales cerrados de Libo, donde ni
siquiera a mi querida esposa se le ocurriría buscarlos. Aquí está la información,
absolutamente vital, de que los cerdis que hemos estudiado son todos
solterones, y por causa de las reglas no me atrevo a dejar que los xenólogos
framling lo sepan. Olhabem, gente, aquí está: A ciência, o bicho que se devora
a si mesma!
João Figueira
Álvarez.
Notas Secretas,
publicadas en:
«La Integridad
de la Traición: Los xenólogos de Lusitania»,
de Demóstenes.
Perspectivas Históricas de Reykiavik, 1990:4:1.
El vientre de
Valentine estaba tenso e hinchado, y aún faltaba un mes para que su hija naciera.
Estar tan gorda y desequilibrada era una molestia constante. Antes, siempre que
se preparaba para dar una clase de historia en el sóndring, había podido cargar
el bote ella sola. Ahora tenía que dejar que lo hicieran los marineros de su
esposo, y ni siquiera podía moverse por el embarcadero para echar una mano: el
capitán había ordenado al estibador que se encargara del barco. Lo estaba
haciendo bien, por supuesto - ¿no le había enseñado a ella el capitán Ráv
cuando llegó por primera vez? -, pero a Valentine no le gustaba tener que
aceptar por fuerza un papel sedentario.
Era su quinto
sóndring; en el primero, había conocido a Jakt. No había pensado en el
matrimonio. Trondheim era un mundo como cualquier otro de los que había
visitado con su peripatético hermano menor. Enseñaría, estudiaría y después de
cuatro o cinco meses escribiría un extenso ensayo histórico, publicado bajo el
pseudónimo de Demóstenes, y entonces se dedicaría a divertirse hasta que Ender
aceptara una llamada para Hablar en cualquier otro sitio. A menudo, su trabajo
cuadraba a las mil maravillas: a él le llamaban para Hablar de la muerte de
alguna persona importante, cuya vida se convertiría entonces en el foco de su
ensayo. Jugaban a ser profesores itinerantes de esto y lo otro, mientras en la
realidad creaban la identidad del mundo, pues el ensayo de Demóstenes se
consideraba siempre como definitivo.
Durante una
época, Valentine había pensado que alguien se daría cuenta de que los ensayos
escritos por Demóstenes seguían sospechosamente su mismo itinerario y que la
descubrirían. Pero pronto advirtió que, igual que con los Portavoces, aunque en
un grado menor, se había edificado una mitología en torno a Demóstenes. La
gente creía que Demóstenes no era sólo un individuo. Al contrario, cada ensayo
de Demóstenes era el trabajo de un genio escribiendo de manera independiente,
quien intentaba entonces publicarlo bajo el nombre de Demóstenes; el ordenador
remitía automáticamente el trabajo a un comité desconocido de brillantes
historiadores de la época, quienes decidían si era digno del nombre. No
importaba que nadie hubiera conocido nunca a un erudito a quien se hubiera
enviado un trabajo así. Se intentaban miles de trabajos cada año; el ordenador
rechazaba automáticamente todos los que no hubieran sido escritos por el
Demóstenes auténtico; y, sin embargo, la creencia de que una persona como
Valentine no podía existir, persistía firmemente. Después de todo, Demóstenes
había empezado como demagogo en las redes de ordenadores cuando la Tierra luchaba
en las Guerras Insectoras, hacía tres mil años. No podría tratarse de la misma
persona.
«Y es cierto -
pensó Valentine -. No soy la misma persona, realmente, de un libro a otro,
porque cada mundo cambia quien soy, incluso mientras anoto su historia. Y este
mundo más que ningún otro.»
No le había
gustado lo penetrante del pensamiento luterano, especialmente la facción
calvinista, que parecían tener respuestas para todas las preguntas antes de que
hubieran sido formuladas. Así que decidió llevar a un grupo selecto de
estudiantes graduados de Reykiavik a una de las Islas de Verano, la cadena
ecuatorial donde, en primavera, los skrika acudían a aparearse y las bandadas
de halkig se volvían locas con su energía reproductora. Su idea era romper los
moldes intelectuales que eran inevitables en todas las universidades. Los
estudiantes no comerían nada más que los havregrin que crecían salvajes en los
valles resguardados y los halkig que tuvieran el valor de cazar. Cuando su
nutrición dependiera de su propia habilidad, sus actitudes, sobre lo que
importaba y lo que no importaba en la historia, cambiarían.
La universidad
le dio permiso, con alguna resistencia; ella usó sus propios fondos para
alquilarle un barco a Jakt, que acababa de convertirse en la cabeza de una de
las muchas familias dedicadas a la caza de skrika. Tenía el típico desdén del
marinero hacia los universitarios, y los llamaba skraddare en la cara, y otras
cosas peores a sus espaldas. Le dijo a Valentine que tendría que regresar para
salvar a sus estudiantes muertos de hambre dentro de una semana. En cambio,
ella y sus marginados, como se llamaban a sí mismos, aguantaron todo el tiempo,
y sobrevivieron, construyendo una especie de pueblo y disfrutando de un
estallido de pensamiento creativo y libre que se convirtió en una fuente
notable de publicaciones excelentes y reflexivas a su regreso.
El resultado
más obvio en Reykiavik fue que Valentine tenía siempre cientos de solicitudes
para las veinte plazas en cada uno de los tres sóndrings del verano. Mucho más
importante para ella, sin embargo, fue Jakt. No era particularmente educado,
pero estaba íntimamente familiarizado con la misma sabiduría de Trondheim.
Podía pilotar, por la mitad del mar ecuatorial, sin utilizar una carta. Conocía
los icebergs y dónde el hielo era más grueso. Parecía saber dónde se
congregarían los skrika para bailar, y cómo desplegar a sus cazadores para que
los cazaran sin que se dieran cuenta mientras aleteaban en la costa al salir
del mar. El clima nunca le pillaba por sorpresa, y Valentine sacó la conclusión
de que no había ninguna situación para la que no estuviera preparado.
Excepto para
ella. Y cuando el sacerdote luterano (no calvinista) los casó, ambos parecieron
sentirse más sorprendidos que felices. Y sin embargo eran felices. Y por
primera vez desde que salió de la Tierra ella se sintió realizada, en paz, en
casa. Por eso se había quedado embarazada. El vagabundeo había terminado. Se
sentía muy agradecida a Ender por haber comprendido, sin tenerlo que discutir,
que Trondheim era el final de su odisea de tres mil años, el final de la
carrera de Demóstenes; como la ishaxa, ella había encontrado una manera de
echar sus raíces en el hielo de este mundo y conseguir así nutrirse de una
forma, que el suelo de otras tierras no le había proporcionado.
El bebé pateó
con fuerza, sacándola de su ensimismamiento. Miró alrededor y vio que Ender se
le acercaba, caminando por el muelle con su mochila colgada del hombro.
Comprendió de inmediato por qué traía la bolsa: tenía intención de participar
en el sóndring. Se preguntó si le alegraba aquello o no. Ender era silencioso y
no entorpecía, pero posiblemente no podría ocultar su brillante conocimiento de
la naturaleza humana. Los estudiantes medios no lo notarían, pero los demás,
aquellos que ella esperaba que lograran volver con pensamientos originales,
seguirían inevitablemente las pistas sutiles, aunque poderosas, que él dejaría
caer inevitablemente. El resultado sería impresionante, estaba segura - después
de todo, ella debía mucho a sus reflexiones -, pero la brillantez sería de
Ender, no de los estudiantes. De alguna manera, traicionaría el propósito del
sóndring.
Pero no le
diría que no, cuando él le pidiera poder acompañarlos. Para decir la verdad, a
ella le encantaría que fuera. Por mucho que amara a Jakt, echaba de menos la
estrecha relación que ella y Ender solían compartir antes de su matrimonio.
Pasarían años antes de que Jakt y ella pudieran estar tan unidos como lo estaba
con su hermano. Jakt también lo sabía, y eso le causaba un poco de dolor; no es
normal que un marido tenga que competir con su cuñado por la devoción de su
esposa.
- Hola, Val -
dijo Ender.
- Hola, Ender.
Solos en el
embarcadero, donde nadie más podía oírles, ella podía llamarle libremente por
el nombre de su infancia, ignorando el hecho de que el resto de la humanidad lo
hubiera convertido en un epíteto.
- ¿Qué harás si
el conejito decide salir durante el sóndring?
Ella sonrió.
- Su papá le
envolverá en una piel de skrika, y yo le cantaré canciones nórdicas, y los
estudiantes seguramente tendrán mucho que reflexionar sobre el impacto de los
imperialistas reproductores en la historia.
Se rieron
juntos por un instante, y Valentine supo súbitamente, sin saber por qué, que
Ender no quería ir al sondring, que había empaquetado sus cosas para marcharse
de Trondheim y que había venido, no para invitarla a acompañarle, sino para
decirle adiós. Las lágrimas acudieron a sus ojos y una terrible y devastadora
sensación le sacudió. El extendió la mano y la abrazó, como había hecho tantas
veces en el pasado; esta vez, sin embargo, su vientre se interponía entre
ambos, y el abrazo fue extraño y tentativo.
- Pensé que
tenias intención de quedarte - susurró ella -. Rechazaste todas las llamadas
que llegaron.
- Hubo una que
no pude rechazar.
- Puedo tener
al bebé en el sondring, pero no en otro mundo.
Como había
supuesto, Ender no tenía intención de invitarla.
- La niña va a
ser sorprendentemente rubia - dijo. Estará fuera de lugar en Lusitania. Allí la
mayoría son negros brasileños.
Así que sería
Lusitania. Valentine entendió de inmediato por qué iba: el asesinato del
xenólogo por los cerdis era ahora de dominio público, pues había sido emitido
durante la hora de la cena en Reykiavik.
- Estás loco.
- La verdad es
que no.
- ¿Sabes lo que
pasaría si la gente llega a saber que Ender, el Exterminador, va a ir al mundo
de los cerdis? ¡Te crucificarían!
- Me
crucificarían aquí también, si no fuera porque nadie más que tú sabe quién soy.
Prométeme que no lo contarás.
- ¿Qué bien
puedes hacer allí? Llevará muerto décadas cuando llegues.
- Mis sujetos
están normalmente bastante fríos cuando llego a Hablar por ellos. Es la
desventaja principal de ser nómada.
- Nunca había
pensado que volvería a perderte.
- Pero yo supe
que nos habíamos perdido mutuamente el día en que te enamoraste de Jakt.
- ¡Entonces
deberías de habérmelo dicho! ¡No lo habría hecho!
- Por eso no te
lo dije. Pero no es cierto, Val. Lo habrías hecho de todos modos. Y yo quería
que lo hicieras. Nunca has sido más feliz - le puso la mano en el vientre -.
Los genes de los Wiggin llevaban tiempo buscando una continuación. Espero que
tengas una docena mas.
- Es
considerado una descortesía tener más de cuatro, ansioso pasar de cinco, y
bárbaro tener más de seis.
Incluso
mientras bromeaba, ella decidía qué seria mejor para el sóndring, ¿dejar que
los participantes fueran sin ella, cancelarlo ya, o posponerlo hasta que Ender
partiera?
Pero Ender
zanjó la cuestión.
- ¿Crees que tu
marido podría hacer que uno de sus barcos me llevara al mareld esta noche para
que pueda partir hacia mi nave por la mañana?
Su prisa era
cruel.
- Si no
hubieras necesitado un barco de Jakt, ¿me habrías dejado una nota en el
ordenador?
- He tomado la
decisión hace cinco minutos, y he venido a ti directamente.
- Pero ya has
reservado un pasaje... ¡ésa es una decisión que lleva tiempo!
- No si compras
la nave.
- ¿Por qué
tienes tanta prisa? El viaje lleva décadas...
- Veintidós
años.
- ¡Veintidós
años! ¿Qué diferencia marcaría un par de días? ¿No puedes esperar un mes hasta
que nazca mi hija?
- Dentro de un
mes, Val, puede que no tenga valor para dejaros.
- ¡Entonces no
lo hagas! ¿Qué son los cerdis para ti? Los insectores son suficientes ramen
para la vida de un hombre. Quédate, cásate como me he casado yo. ¡Abriste las
estrellas a la colonización, Ender, ahora quédate aquí y saborea los buenos
frutos de tu labor!
- Tú tienes a
Jakt. Yo tengo estudiantes repulsivos que continúan intentando convertirme al
calvinismo. Mi labor no está hecha todavía, y Trondheim no es mi hogar.
Valentine
sintió sus palabras como una acusación: «Echaste raíces aquí sin pensar
siquiera si yo podría vivir en este suelo.» «Pero no es culpa mía, - quiso
contestar -... tu eres el que se marcha, no yo.»
- ¿Recuerdas
cómo fue cuando dejamos a Peter en la Tierra en un viaje de décadas a nuestra
primera colonia, al mundo que gobernaste? - dijo ella -. Fue como si muriera.
Cuando llegamos allí él era ya viejo y nosotros aún jóvenes; cuando hablamos
por ansible, él se había convertido en un pariente anciano, el poderoso
Hegemón, el legendario Locke, cualquier cosa menos nuestro hermano.
- Tal como yo
lo recuerdo, fue una mejora - Ender intentaba hacer las cosas más fáciles. Pero
Valentine encontró otro tono en sus palabras.
- ¿Crees que yo
también mejoraré dentro de veintidós años?
- Creo que
lloraré por ti más que si hubieras muerto.
- No, Ender, es
exactamente como si estuviera muerta, y tú sabrás que eres el que me mató.
Él retrocedió.
- No sabes lo
que dices.
- No te
escribiré. ¿Por qué iba a hacerlo? Para ti serán solamente un par de semanas.
Llegarías a Lusitania y el ordenador tendría veintidós años de cartas que te
habría enviado una persona a la que has dejado sólo la semana anterior. Los
primeros cinco años serían penosos, el dolor de perderte, la soledad de no
tenerte para hablar...
- Jakt es tu
marido, no yo.
- ¿Y entonces
qué tendría que escribirte? ¿Cartitas amables y simpáticas sobre la niña?
Tendría cinco, seis, diez, veinte años y estaría casada y tú ni siquiera la
conocerías, ni siquiera te importará.
- Me importará.
- No tendrás la
oportunidad. No te escribiré hasta que sea muy vieja, Ender. Hasta que hayas
ido a Lusitania y luego a otro lugar, tragando décadas de golpe. Entonces te
enviaré mi memoria. Te la dedicaré. A Andrew, mi querido hermano. Te seguí
alegremente a dos docenas de mundos, pero no pudiste quedarte ni siquiera dos
semanas cuando te lo pedí.
- Escucha lo
que dices, Val, y comprenderás entonces por qué tengo que marcharme ahora,
antes de que me destroces en pedazos.
- ¡Eso es un
sofisma que no tolerarías a tus estudiantes, Ender! ¡No habría dicho esas cosas
si no fueras a escaparte como el ladrón que es descubierto con las manos en la
masa! ¡No le des la vuelta a la historia y no me eches la culpa!
Él respondió
sin aliento, con las palabras atropellándose, unas a otras, en su prisa; tenía
que terminar su discurso antes de que la emoción le detuviera.
- No, tienes
razón. Quería darme prisa porque tengo un trabajo que hacer allí, y cada día
que pase aquí estoy perdiendo tiempo, y porque me duele cada vez que os veo a
ti y a Jakt más cercanos y yo más distante, aunque sé que es así como debe ser.
Así que cuando decidí que tenía que ir, pensé que cuanto antes lo hiciera
mejor, y tenía razón. Sabes que tengo razón. Nunca pensé que me odiarías por
esto.
La emoción le
detuvo y lloró. Y lo mismo hizo ella.
- No te odio,
te quiero, eres una parte de mí, eres mi corazón y cuando te vayas me
desgarrarás el corazón y te lo llevaras...
Y ése fue el
final del encuentro.
El primero de a
bordo de Ráv llevó a Ender al mareid, la gran plataforma en el mar ecuatorial,
donde las lanzaderas eran enviadas al espacio para que se encontrasen con las
naves en órbita. Los dos habían comprendido que Valentine no podía ir con él.
Ella, en cambio, regresó a casa con su marido y permaneció abrazada a él toda
la noche. Al día siguiente se fue al sóndring con sus estudiantes y lloró por
Ender sólo durante la noche, cuando pensaba que nadie podía verla.
Pero sus
estudiantes la veían, y circularon historias sobre la gran pena de la profesora
Wiggin por la marcha de su hermano, el Portavoz itinerante. Hicieron de esto lo
que los estudiantes siempre hacen... mucho más y mucho menos que la realidad.
Pero una estudiante, una muchacha llamada Plikt, advirtió que había más en la
historia de Valentine y Andrew Wiggin de lo que nadie había supuesto.
Así que empezó
a investigar su historia y a seguir la pista de sus viajes entre las estrellas.
Cuando Syfte, la hija de Valentine, tenía cuatro años, y Ren, su hijo, tenía
dos, Plikt fue a verla. Entonces era ya una joven profesora en la universidad,
y le mostró a Valentine su historia publicada. La había concebido como ficción,
pero era real, naturalmente, la historia del hermano y la hermana que eran las
personas más viejas del universo, nacidas en la Tierra antes de que se
implantaran las colonias en otros mundos, y que desde entonces vagaban de un
mundo a otro, sin raíces, buscando siempre algo.
Para alivio de
Valentine - y, extrañamente, también para su decepción -, Plikt no había
revelado el hecho de que Ender era el Portavoz de los Muertos original y que
Valentine era Demóstenes. Pero sabía bastante de su historia para escribir el
relato de su despedida, cuando ella decidió quedarse con su marido y él
marcharse. La escena era mucho más tierna y emotiva de lo que había sido en
realidad. Plikt había escrito lo que debería haber sido si Ender y Valentine
hubieran tenido más sentido del teatro.
- ¿Por qué has
escrito esto? - le preguntó Valentine.
- ¿No es lo
suficientemente bueno para que tenga su razón de existir?
La respuesta
divirtió a Valentine, pero no le hizo claudicar.
- ¿Qué
significaba mi hermano Andrew para ti, para que hayas investigado antes de
crear esto?
- Ésa sigue
siendo la pregunta equivocada - contestó Plikt.
- Parece que
estoy suspendiendo algún tipo de examen. ¿Puedes darme alguna pista para que
sepa qué pregunta tengo que hacer?
- No se enfade.
Debería preguntarme por que he escrito una obra de ficción en lugar de una
biografía.
- ¿Por qué,
entonces?
- Porque descubrí
que Andrew Wiggin, Portavoz de los Muertos, es Ender Wiggin, el Genocida.
Aunque Ender
había partido hacía cuatro años, aún le faltaban otros dieciocho para alcanzar
su destino. Valentine se sintió presa del miedo, pensando en lo que seria su
vida si le recibían en Lusitania como el hombre más repudiado de la historia
humana.
- No tiene que
tener miedo, profesora Wiggin. Si tuviera intención de contarlo, ya lo habría
hecho. Cuando lo descubrí, me di cuenta de que se había arrepentido de lo que
hizo. Y ¡qué penitencia mas extraordinaria! Fue el Portavoz de los Muertos
quien reveló que sus actos fueron un crimen inenarrable... y por eso tomó el
título de Portavoz, como otros muchos miles, y llevó adelante el papel de ser
su propio acusador por veinte mundos.
- Has
descubierto tanto, Plikt, y entendido tan poco...
- ¡Lo he
comprendido todo! Lea lo que he escrito... ¡Lo he comprendido!
Valentine se
dijo que, puesto que Plikt sabía tanto, lo mismo daba que supiera más. Pero fue
la furia, no la razón, lo que hizo que le contara lo que no le había contado a
nadie nunca.
- Plikt, mi
hermano no imitó al Portavoz de los Muertos original. Él escribió la Reina
Colmena y el Hegemón.
Cuando Plikt se
dio cuenta de que ella le estaba diciendo la verdad, se sintió abrumada.
Durante todos esos años había considerado a Andrew Wiggin como su materia de
estudio y al Portavoz de los Muertos original como su inspiración. Descubrir
que ambos eran la misma persona le hizo sentirse anonadada durante media hora.
Entonces ella y
Valentine hablaron y llegaron a confiar la una en la otra, hasta que Valentine
invitó a Plikt para que fuera la tutora de sus hijos y colaborara con ella en
sus enseñanzas y sus escritos. Jakt se sorprendió de aquella nueva
incorporación a la casa, pero con el tiempo Valentine le contó los secretos que
Plikt había descubierto a través de sus investigaciones o su revelación. Se
convirtió en la leyenda de la familia, y los niños crecieron escuchando
historias maravillosas sobre su Tío Ender, a quien en todos los mundos
consideraban un monstruo, pero que en realidad era una especie de salvador, o
un profeta, o al menos un mártir.
Los años
pasaron, la familia prosperó, y el dolor de Valentine por la pérdida de Ender
se convirtió en orgullo por él y finalmente en una poderosa impaciencia. Estaba
ansiosa por que llegara a Lusitania y resolviera el problema de los cerdis, por
que cumpliera su aparente destino como el apóstol de los ramen. Fue Plikt, la
buena luterana, quien le enseñó a Valentine a concebir la vida de Ender en
términos religiosos; la poderosa estabilidad de su vida familiar y el milagro
de cada uno de sus cinco hijos se combinaron para instalar en ella las
emociones, si no las doctrinas, de la fe.
Era lógico que
también afectara a los niños. El relato del Tío Ender, ya que no podían
mencionarlo a los extraños, adquirió tonos sobrenaturales. Syfte, la hija
mayor, estaba particularmente intrigada, e incluso cuando llegó a los veinte
años y concibió de modo racional la adoración primitiva e infantil por Tío
Ender, siguió obsesionada con él. Era una criatura de leyenda, y sin embargo
aún vivía, en un mundo que no estaba lejos.
No se lo dijo a
sus padres, pero sí a su antigua tutora.
- Algún día,
Plikt, le conoceré. Le conoceré y le ayudaré en su trabajo.
- ¿Qué te hace
creer que necesitará ayuda? ¿Tu ayuda, además? - Plikt se mostraba siempre
escéptica hasta que sus estudiantes se ganaban su confianza.
- Tampoco lo
hizo solo la primera vez, ¿no?
Y los sueños de
Syfte se alejaron del hielo de Trondheim y se dirigieron al distante planeta
donde Ender Wiggin aún no había puesto los pies.
«Gente de
Lusitania, qué poco sabéis del gran hombre que caminará por vuestra tierra y
tomara vuestra carga. Y yo me uniré a él, a su debido tiempo, aunque sea una
generación tarde... prepárate también para mí, Lusitania.»
En su nave,
Ender Wiggin no tenía noción de la carga de sueños de otras personas que
llevaba consigo. Sólo habían pasado unos días desde que había dejado a
Valentine llorando en el embarcadero. Para él, Syfte no tenía nombre; era un
bebé en el vientre de Valentine, y nada más. Sólo empezaba a sentir el dolor de
perder a Valentine, un dolor que ella había superado desde hacía tiempo. Y sus
pensamientos estaban lejos de sus sobrinos desconocidos en aquel mundo de hielo.
Era en una
muchachita joven y atormentada llamada Novinha en quien pensaba, y se
preguntaba qué le estarían haciendo esos veintidós años de viaje, y en qué se
habría convertido cuando se encontraran. Pues Ender la amaba, como sólo se
puede amar a alguien que es un eco de uno mismo, en el momento de la pena más
profunda.
6 - Olhado
Su única
relación con otras tribus parece ser la guerra. Cuando se cuentan historias
mutuas (a menudo durante la estación de las lluvias), casi siempre se refieren
a batallas y héroes. El final es siempre la muerte, para los héroes y los
cobardes por igual. Si las historias les sirven de alguna guía, los cerdis no
esperan vivir a costa de la guerra. Y nunca, jamás, dan la más mínima señal de
sentir interés por las hembras del enemigo, ya sea para violarías, asesinarlas
o convertirlas en esclavas, el tratamiento tradicional humano hacia las mujeres
de los soldados caídos.
¿Significa esto
que no existe intercambio genético entre las tribus? En absoluto. Los
intercambios genéticos puede que sean llevados a cabo por las hembras, quienes
pueden tener algún sistema de comerciar factores genéticos. Dada la aparente
sumisión total de los machos a las hembras en la sociedad cerdi, esto podría
hacerse fácilmente sin que los machos tuvieran conocimiento de ello; o puede
que les cause tanta vergüenza que no lo mencionan.
Lo que quieren
es hablarnos de batallas. Una descripción típica, de las notas de mi hija
Ouanda el 21:2 del año pasado, durante una sesión de relatos en el interior de la
casa de madera:
CERDI (hablando
stark): Mató a tres de los hermanos sin recibir una herida. Nunca he visto un
guerrero más fuerte y temerario. La sangre le llegaba a los brazos, y el palo
que llevaba en la mano estaba salpicado y cubierto con los sesos de mis
hermanos. Sabía que era honorable, aunque el resto de la batalla fue contra su
débil tribu «Dei honra! Eu Ihe dei! (¡Que sea honrado! ¡Yo se lo ofrezco!)»
(Otros cerdis
hacen chasquear la lengua).
CERDI: Lo clavé
al suelo. Su oposición era fuerte hasta que le enseñé la hierba en mi mano.
Entonces abrió la boca y entonó las extrañas canciones del país lejano. Nunca
será madeira na mâo da gente! (¡Nunca será un palo en nuestras manos!). (En
este punto, los demás se le unen y cantan una canción en el Lenguaje de las
Esposas, uno de los pasajes más largos que hemos oído.)
(Anotar que es
común en ellos hablar en primer lugar en stark, y luego cambiar al portugués en
el momento del clímax y la conclusión. Nos hemos dado cuenta de que hacemos lo
mismo, y volvemos a nuestro portugués nativo en los momentos más emocionales.)
El relato de
esta batalla puede no parecer tan extraño, hasta que uno oye las historias
suficientes, para darse cuenta de que siempre terminan con la muerte del héroe.
Aparentemente no tienen gusto por la comedia ligera.
Liberdade
Figueira de Medici.
«Informe sobre
los Modelos Intertribales de los Aborígenes Lusitanos».
En
Transacciones Culturales, 1964:12:40.
No hubo mucho
que hacer durante el vuelo Interestelar. Una vez que se hubo fijado el rumbo y
la nave hizo el cambio de Park, lo único que quedó fue calcular a qué distancia
de la velocidad de la luz viajaba la nave. El ordenador de a bordo calculó la
velocidad exacta y entonces determinó cuánto debería continuar el viaje, en
tiempo subjetivo, antes de volver a hacer el cambio de Park a una velocidad
sub-luz aceptable. «Como un cronómetro - pensó Ender -. Lo conectas, lo
desconectas, y la carrera se acaba.»
Jane no pudo
poner mucho de su parte en el cerebro de la nave, así que Ender estuvo los ocho
días de viaje prácticamente solo. Los ordenadores de la nave eran lo
suficientemente buenos para ayudarle a conseguir el cambio de español al
portugués. El idioma era fácil de hablar, pero se saltaban tantas consonantes
que era difícil de comprender.
Hablar
portugués con un ordenador lento se convirtió en una locura después de una o
dos horas diarias. En todos los otros viajes, Val había estado con él. No es
que hablaran siempre, claro. Se conocían tan bien que a menudo no había mucho
que decir. Pero sin ella, Ender se impacientaba con sus propios pensamientos;
nunca se interrumpían, porque no había nadie que le dijera que lo hiciera.
Ni siquiera la
reina colmena servía de ayuda. Sus pensamientos eran instantáneos; atados, no a
la sinapsis, sino a los filotes, a los cuales no afectaban los efectos
relativistas de la velocidad de la luz. Para ella, cada minuto del tiempo de
Ender eran dieciséis horas; la diferencia era demasiado grande para que Ender
pudiera recibir cualquier tipo de comunicación por su parte. Si no estuviera en
una crisálida, tendría miles de insectores individuales, cada uno haciendo su
propia labor y comunicando sus experiencias a su vasta memoria. Pero ahora todo
lo que tenía eran recuerdos, y en sus ocho días de cautividad, Ender empezó a
comprender su ansia por ser liberada.
Cuando pasaron
los ocho días, ya se las arreglaba bastante bien hablando el portugués
directamente en vez de traducir del español cada vez que quería decir algo.
También ansiaba desesperadamente compañía humana; le habría alegrado discutir
de religión con un calvinista, con tal de tener alguien con quien hablar que
fuera algo más listo que el ordenador de la nave.
La astronave
realizó el cambio de Park; en un momento inconmensurable, su velocidad cambió
con respecto al resto del universo. O, más bien, la teoría decía que, de hecho,
era la velocidad del universo la que cambiaba mientras la nave permanecía
inmóvil. Nadie podía estar seguro, porque no había nadie para observar el
fenómeno. Era sólo una suposición, ya que nadie entendía por qué funcionaban
los efectos filóticos; el ansible había sido descubierto casi por accidente, y
junto a él el Principio de Instantaneidad de Park. Puede que no fuera
comprensible, pero funcionaba.
Instantáneamente
las ventanas de la astronave se llenaron de estrellas cuando la luz se hizo
visible en todas las direcciones. Algún día los científicos descubrirían por
qué el cambio de Park casi no requería energía. En alguna parte, Ender estaba
seguro, se estaba pagando un precio terrible para que la humanidad pudiera
navegar entre las estrellas. Una vez había soñado que cada vez que una nave
efectuaba el cambio de Park se apagaba una estrella. Jane le aseguró que no era
así, pero él sabia que la mayoría de las estrellas son invisibles para
nosotros: un billón de ellas podría desaparecer y no nos daríamos cuenta.
Durante miles de años continuaríamos viendo los fotones que ya habían sido
emitidos antes de que la estrella desapareciera. Para cuando viéramos que la
galaxia se desvanecía, ya sería demasiado tarde para enmendar rumbo.
- Sentado con
tus fantasías paranoides - dijo Jane.
- No puedes
leer en la mente - recordó Ender.
- Siempre te
vuelves melancólico y especulas sobre la destrucción del universo cada vez que
terminas un viaje interestelar. Es tu forma particular de manifestar el mareo.
- ¿Ya has
alertado a las autoridades de Lusitania de mi venida?
- Es una
colonia muy pequeña. No hay autoridad encargada de los aterrizajes porque
apenas viene nadie. Hay una lanzadera en órbita que automáticamente lleva y
trae a la gente a un aeropuerto ridículo.
- ¿No hace
falta permiso de Inmigración?
- Eres un
Portavoz. No pueden rechazarte. Además, Inmigración depende del Gobernador, que
es a la vez el Alcalde, ya que la ciudad y la colonia son la misma cosa. En
este caso, es una mujer. Su nombre es Faria Lima Maria do Bosque, llamada
Bosquinha, y te envía sus saludos y desearía que te marcharas, porque tiene ya
bastantes problemas y no le hace falta un profeta del agnosticismo que moleste
a los buenos católicos.
- ¿Dijo eso?
- Bueno, a ti
exactamente no... El obispo Peregrino se lo dijo a ella, y ella estuvo de
acuerdo. Pero su oficio es estar de acuerdo. Si le dices que los católicos son
unos tontos idólatras y supersticiosos, probablemente suspirará y te dirá que
espera que te guardes esa opinión.
- Estás
ocultando algo - dijo Ender -. ¿Qué es lo que piensas que no quiero oír?
- Novinha
canceló su petición de un Portavoz. Cinco días después de enviarla.
Naturalmente,
el Código Estelar decía que una vez que Ender hubiera iniciado su viaje en
respuesta a su llamada, la llamada no podía ser cancelada legalmente; sin
embargo, eso lo cambiaba todo, porque en vez de esperar ansiosamente su llegada
durante veintidós años, ella estaría temiéndola, lamentando que hubiera venido
cuando ya había cambiado de opinión.
Ender había
esperado ser recibido como amigo. Ahora ella sería incluso más hostil que la
jerarquía católica.
- Bueno, eso
simplifica mi trabajo - dijo.
- No es tan
malo, Andrew. Verás, en los años intermedios otro par de personas han
solicitado un Portavoz, y no han cancelado sus llamadas.
- ¿Quiénes?
- Por la más
fascinante de las coincidencias, son los hijos de Novinha, Miro y Ela.
- No pueden
haber conocido a Pipo. ¿Por qué me llaman para Hablar de su muerte?
- Oh, no, no de
la muerte de Pipo. Ela pidió un Portavoz hace sólo seis semanas, para que Hable
de la muerte de su padre, el marido de Novinha, Marcos María Ribeira, llamado
Marcão. Se cayó muerto en un bar. No por el alcohol... tenía una enfermedad.
Murió podrido por dentro.
- Me preocupas,
Jane, consumida como estás por la compasión.
- Eres tu quien
es bueno para eso. Yo soy mejor en las búsquedas complejas a través de
estructuras de datos.
- Y el chico...
¿cómo se llama?
- Miro. Pidió un
Portavoz hace sólo cuatro años. Por la muerte del hijo de Pipo, Libo.
- Libo no podía
tener más de cuarenta años.
- Le ayudaron a
que muriera muy joven. Era xenólogo, ¿sabes? O zenador, como dicen en
portugués.
- Los cerdis...
- Exactamente
igual que la muerte de su padre. Los órganos colocados exactamente de la misma
forma. Tres cerdis han sido ejecutados de la misma manera mientras estabas de
camino. Pero plantan árboles en medio de los cadáveres cerdis... no hay tal
honor para los humanos muertos. Los dos xenólogos asesinados por los cerdis,
con una generación de diferencia.
- ¿Qué ha
decidido el Consejo Estelar?
- Siguen
dudando. No han certificado aún a los aprendices de Libo como xenólogos. Uno es
la hija de Libo, Ouanda. Y el otro es Miro.
- ¿Mantienen
contacto con los cerdis?
- Oficialmente,
no. Hay algo de controversia en este asunto. Después de que Libo muriera, el
Consejo prohibió que la frecuencia del contacto fuera mayor de un mes. Pero la
hija de Libo se negó categóricamente a obedecer la orden.
- ¿Y no la han
trasladado?
- El margen de
la mayoría de ellos, que decidió reducir el contacto con los cerdis, fue
estrecho. No hubo mayoría para censurarla. Al mismo tiempo, les preocupa que
Miro y Ouanda sean tan jóvenes.
Hace dos años
un grupo de científicos partió de Calcuta. Estarán aquí para hacerse cargo de
los asuntos de los cerdis dentro de treinta y tres años mas.
- ¿Tienen
alguna idea de por qué los cerdis mataron al xenólogo?
- Ninguna. Pero
para eso estás aquí, ¿no?
La respuesta
podría haber sido fácil, si no fuera porque la reina colmena le llamó
gentilmente en el fondo de su mente. Ender pudo sentirla como al viento a
través de las hojas de un árbol, un susurro, un movimiento suave, y la luz del
sol. Sí, estaba aquí para Hablar en nombre de los muertos. Pero también para
devolver los muertos a la vida.
«Éste es un
buen sitio.»
- Todo el mundo
está siempre unos cuantos pasos por delante de mi.
«Hay una mente
aquí. Mucho más clara que ninguna mente humana que conozcamos.»
- ¿Los cerdis?
¿Piensan como tú?
«Sabe de los
cerdis. Un poco; tiene miedo de nosotros.»
La reina
colmena se retiró, y Ender pensó que con Lusitania había mordido más de lo que
podría tragar.
El obispo
Peregrino en persona pronunció la homilía. Eso era siempre una mala señal. No
era un orador excitante, y se había vuelto tan rebuscado que Ela no pudo ni
siquiera comprender de qué hablaba la mitad del tiempo. Quim pretendía que
podía comprender, naturalmente, porque en lo que a él concernía, el obispo no
podía equivocarse. Pero el pequeño Grego no hizo ni el más mínimo intento de
parecer interesado. Incluso a pesar de que la Hermana Esquecimento se paseaba
por el pasillo, con sus afiladas uñas y sus crueles pellizcos, Grego siguió
haciendo intrépidamente todo lo que le pasaba por la cabeza.
Hoy estaba
sacando los tornillos del respaldo del banco de plástico que tenía delante. A
Ela le preocupaba lo fuerte que era: un niño de seis años no hubiera sido capaz
de utilizar un destornillador bajo el borde de un remache soldado. Ela ni siquiera
estaba segura de poder hacerlo ella misma.
Si Padre
estuviera aquí, por supuesto, alargaría el brazo y suavemente, muy suavemente,
le quitaría a Grego el destornillador de la mano. Susurraría: «¿De dónde has
sacado esto?», y Grego le miraría con ojos grandes e inocentes. Más tarde,
cuando todos volvieran a casa después de la misa, Padre se enfadaría con Miro
por dejar las herramientas a su alcance, y le llamaría cosas terribles y le
echaría la culpa de todos los problemas de la familia. Miro lo soportaría en
silencio. Ela se dedicaría a preparar la cena. Quim se sentaría inútilmente en
un rincón, acariciando el rosario y murmurando sus inútiles oraciones. Olhado
era el afortunado, con sus ojos electrónicos: simplemente los desconectaría o
volvería a ver alguna de sus escenas favoritas del pasado y no prestaría
atención. Quara se escondería en una esquina. Y el pequeño Grego se quedaría
allí, triunfante, con la mano agarrada a las perneras de Padre, mirando cómo la
culpa de todo lo que había hecho caía sobre Miro.
Ela tembló al
imaginar la escena en su memoria. Si hubiera terminado aquí, habría sido
soportable. Pero entonces Miro se marcharía, y ellos comerían, y luego...
Los dedos de
araña de la Hermana Esquecimento aparecieron; sus uñas se clavaron en el brazo
de Grego. Instantáneamente, el niño soltó el destornillador. Naturalmente,
tendría que retumbar cuando cayera al suelo, pero la Hermana Esquecimento no
era tonta. Se inclinó rápidamente y lo cogió con la otra mano. Grego sonrió. Su
cara estaba sólo a unas cuantas pulgadas de su rodilla. Ela vio lo que iba a
hacer, e intentó detenerlo, pero fue demasiado tarde. Grego golpeó rudamente
con la rodilla la boca de la Hermana Esquecimento.
Ella jadeó de
dolor y soltó el brazo de Grego, que le quitó el destornillador. Con una mano
en la boca, tratando de retener la sangre, la monja se fue corriendo por el
pasillo. Grego regresó a su trabajo de demolición.
«Padre está
muerto - se recordó Ela. Las palabras sonaban en sus oídos como si fueran
música -. Padre está muerto, pero sigue aquí, porque ha dejado su monstruoso
legado detrás. El veneno que puso en todos nosotros aún está madurando, y tarde
o temprano acabará por matarnos. Cuando murió, su hígado sólo medía dos
pulgadas y no se pudo encontrar su bazo. Extraños órganos grasientos habían
crecido en su lugar. No había nombre para la enfermedad; su cuerpo se había
vuelto loco, olvidado del modelo por el cual estaban construidos los seres
humanos. Incluso ahora, la enfermedad sigue viviendo en sus hijos. No en
nuestros cuerpos, sino en nuestras almas. Existimos donde debería haber niños
humanos normales; incluso tenemos la misma forma. Pero cada uno de nosotros, a
su manera, ha sido reemplazado por una imitación, formada de un bocio
retorcido, fétido y grasiento surgido del alma de Padre.»
Tal vez sería
diferente si Madre tratara de hacerlo más fácil. Pero no se preocupaba por nada
más que de microscopios y cereales mejorados genéticamente, o en lo que fuera
que estuviera trabajando ahora.
- ¡... Ese que
dice que habla en nombre de los muertos! ¡Pero sólo hay Uno que puede hablar
por los muertos, y es el Sagrado Cristo...!
Las palabras
del obispo Peregrino recabaron su atención. ¿Qué es lo que decía sobre un
Portavoz de los Muertos? No podía saber que ella había pedido uno.
- ¡La ley
requiere que le tratemos con cortesía, pero no que le creamos! La verdad no se
encuentra en las especulaciones e hipótesis de hombres no espirituales, sino en
las enseñanzas y las tradiciones de la Madre Iglesia. ¡Así que cuando ande
entre vosotros, ofrecedle vuestras sonrisas, pero no se os ocurra entregarle
vuestros corazones!
¿Por qué hacía
esta advertencia? El planeta más cercano era Trondheim, a veintidós años - luz
de distancia, y no era probable que hubiera un Portavoz allí. Pasarían décadas
hasta que uno apareciera, si es que venía. Se inclinó sobre Quara para
preguntarle a Quim: él sí habría estado escuchando.
- ¿Por qué está
hablando ahora de un Portavoz de los Muertos? - susurró.
- Si
escucharas, lo sabrías.
- Si no me lo
dices, te partiré la nariz.
Quim sonrió
para demostrar que no tenía miedo de sus amenazas. Pero como en realidad le
tenía miedo a ella, se lo dijo.
- Algún
descreído, al parecer, solicitó un Portavoz cuando murió el primer xenólogo, y
va a llegar esta tarde. Está ya en la lanzadera y la alcaldesa va de camino
para recibirle cuando aterrice.
No se esperaba
esto. El ordenador no le había dicho que un Portavoz venía ya de camino. Se
suponía que vendría dentro de años para Hablar la verdad sobre el monstruo
llamado Padre, que finalmente había bendecido a su familia cayéndose muerto; la
luz vendría para iluminar y purificar su pasado. Pero Padre llevaba muy poco
tiempo muerto para que se hablara por él ahora. Sus tentáculos aún emergían de
la tumba y chupaban sus corazones.
La homilía
terminó, y por fin también lo hizo la misa. Ela agarró fuertemente la mano de
Grego, intentando evitar que le quitara el libro o la bolsa a alguien cuando se
vieran rodeados por la multitud.
Quim al menos
hizo algo útil: llevaba a Quara, que siempre se quedaba inmóvil cuando tenía
que moverse entre extraños. Olhado volvió a conectar sus ojos y se preocupó de
sí mismo y guiñó metálicamente a cualquiera de las semi - vírgenes quinceañeras
a las que hoy esperaba escandalizar. Ela hizo una genuflexión delante de las
estatuas de Os Venerados. ¿No estáis orgullosos de tener unos nietos tan
encantadores como nosotros?
Grego estaba
sonriendo; naturalmente: tenía un zapatito de bebé en la mano. Ela rezó en
silencio por haber salido ileso del encuentro. Cogió el zapato de la mano de
Grego y lo dejó ante el altar donde ardían las velas como testigos perpetuos
del milagro de la Descolada. Quienquiera que fuese el dueño del zapato, lo
encontraría allí.
La alcaldesa
Bosquinha se encontraba de buen humor mientras el coche que la transportaba se
deslizaba sobre los campos de hierba entre el lanzapuerto y la ciudad de
Milagro. Señaló los rebaños de cabras semi - domésticas, una especie nativa que
proporcionaba fibra para las ropas, pero cuya carne era nutritivamente inútil
para los seres humanos.
- ¿Los cerdis
se las comen? - preguntó Ender.
Ella alzó una
ceja.
- No sabemos
mucho de los cerdis.
- Sabemos que
viven en los bosques. ¿Salen alguna vez a la llanura?
Ella se encogió
de hombros.
- Eso tienen
que decidirlo los framlings.
Ender se
sorprendió al oírla utilizar aquella palabra, pero naturalmente el último libro
de Demóstenes llevaba veintidós años publicado y había sido distribuido por los
Cien Mundos a través del ansible.
Utlanning,
framling, raman, varelse... los términos eran ahora parte del stark, y
probablemente a Bosquinha ni siquiera le parecían particularmente nuevos.
Fue su falta de
curiosidad sobre los cerdis lo que le hizo sentirse incómodo. No era posible
que la gente de Lusitania no se preocupara por los cerdis... eran el motivo de
la alta verja que nadie, excepto los zenadores, podía cruzar. No, ella no
sentía falta de curiosidad. Estaba evitando el tema. Pero él no podía decir si
era porque los cerdis asesinos eran un asunto doloroso o porque no se fiaba de
un Portavoz de los Muertos.
Alcanzaron la
cima de una colina y ella detuvo el coche, que se posó suavemente sobre sus
patines.
Bajo ellos un
ancho río se abría paso entre las colinas cubiertas de hierba; más allá del
río, las colinas más lejanas estaban completamente cubiertas por el bosque. A
lo largo de la lejana ribera del río, casas de ladrillo y yeso con tejados de
teja componían una ciudad pintoresca. Las granjas se encontraban en el lado más
cercano y sus campos de cultivo se extendían hacia la colina en la que se
encontraban Ender y Bosquinha.
- Esto es
Milagro - dijo Bosquinha -. En la colina más alta está la Catedral. El obispo
Peregrino le ha pedido a la gente que sea amable y servicial con usted.
Por su tono,
Ender supuso que también les había dado a entender que era un peligroso agente
del agnosticismo.
- ¿Hasta que
Dios haga que me caiga muerto? - preguntó.
Bosquinha
sonno.
- Dios nos da
ejemplo de tolerancia cristiana, y esperamos que todo el mundo en la ciudad
haga lo mismo.
- ¿Saben quién
me ha llamado?
- Quienquiera
que lo haya hecho, ha sido... discreto.
- Es usted
gobernadora, además de alcaldesa. Tiene algunos privilegios de información.
- Sé que su
llamada original fue cancelada, pero demasiado tarde. También sé que otras dos
personas han solicitado Portavoces en los últimos años. Pero debe darse cuenta
de que la mayoría de la gente está contenta con recibir doctrina y consuelo de
los sacerdotes.
- Se alegrarán
de saber que no me dedico a doctrinas ni consuelos.
- Su amable
donación de su cargamento de skrika le hará muy popular en los bares, y seguro
que verá multitud de mujeres presumidas llevando las pieles en los próximos
meses. Se está acercando el otoño.
- Adquirí los
skrika con la nave. No me servían para nada, y no espero ninguna gratitud
especial - miro a la densa hierba que le rodeaba como si fuera el pelaje de un
animal -. Esta hierba... ¿es nativa?
- E inútil. Ni
siquiera podemos usarla como paja para los techos. Si se corta, se desmenuza, y
luego se disuelve con la lluvia hasta convertirse en polvo. Pero allí abajo, en
los campos, el grano más común es una semilla especial de amaranto que nuestros
xenobiólogos han desarrollado. El arroz y el trigo eran débiles e inseguros,
pero el amaranto es tan procaz que tenemos que usar herbicidas para evitar que
se extienda.
- ¿Por qué?
- Éste es un
mundo en cuarentena, Portavoz. El amaranto encaja tan bien en este entorno que
ahogaría pronto todas las plantas nativas. La idea no es convertir Lusitania en
una réplica de la Tierra, sino causar el menor impacto posible en este mundo.
- Eso debe ser
difícil para la gente.
- Dentro de
nuestro enclave, Portavoz, somos libres y nuestras vidas son completas. Y fuera
de la verja... nadie quiere ir allí de todas formas.
El tono de su
voz estaba lleno de emoción oculta. Ender supo entonces que el temor a los
cerdis era profundo.
- Portavoz, sé
que está pensando que tenemos miedo a los cerdis. Quizá algunos lo sentimos.
Pero lo que sentimos la mayor parte del tiempo no es miedo. Es odio. Repulsión.
- Nunca les han
visto.
- Tiene que
saber lo de los dos zenadores que mataron... sospecho que le llamaron
originariamente para Hablar de la muerte de Pipo. Pero los dos, Pipo y Libo por
igual, eran amados aquí. Especialmente Libo. Era un hombre amable y generoso, y
el dolor por su muerte fue extenso y genuino. Es difícil concebir cómo los
cerdis pudieron hacerle lo que le hicieron. Dom Cristão, el abad de los «Filhos
da Mente de Cristo» dice que tienen que carecer de sentido moral. Dice que esto
puede significar que son bestias. O puede significar que no han caído y no han
comido aún el fruto del árbol prohibido - sonrió -. Pero eso es teología y no
significa nada para usted.
Él no
respondió. Estaba acostumbrado a la manera en que la gente religiosa asumía que
sus historias sagradas tenían que sonar absurdas a los no creyentes. Pero Ender
no se consideraba no creyente, y tenía un agudo sentido de lo sagrado de muchas
historias. Pero no podía explicárselo a Bosquinha. Ella tendría que cambiar sus
ideas preconcebidas sobre él a su debido tiempo. Recelaba de él, pero Ender
creía que podría ganársela; para ser una buena alcaldesa, ella tenía que saber
conocer a la gente por lo que eran, no por lo que parecían.
Ender cambió de
conversación.
- Los Filhos da
Mente de Cristo... mi portugués no es muy bueno, pero ¿significa «Hijos de la
Mente de Cristo»?
- Son una orden
nueva, relativamente hablando, formada sólo hace cuatrocientos años bajo
dispensa especial del Papa...
- Oh, conozco a
los Hijos de la Mente de Cristo, alcaldesa. Hablé de la muerte de San Ángelo en
Moctezuma, en la ciudad de Córdoba.
Sus ojos se
ensancharon.
- ¡Entonces la
historia es cierta!
- He oído
muchas versiones, alcaldesa Bosquinha. Una dice que el diablo poseyó a San
Angelo en su lecho de muerte, y que por eso pidió que le asistieran con los
ritos del pagano Hablador de los Muertos.
Bosquinha
sonrió.
- Es parecido a
la historia que por aquí se cuenta. Dom Cristão dice que es una tontería, por
supuesto.
- Resulta que
San Ángelo, mucho antes de que fuera santificado, asistió a mi Alocución por
una mujer que conocía. Los hongos en su sangre ya le estaban matando. Vino a mí
y me dijo: «Andrew, ya están diciendo de mi las mentiras más terribles, dicen
que he hecho milagros y que deberían hacerme santo. Tienes que ayudarme. Tienes
que decir la verdad después de mi muerte.»
- Pero los
milagros han sido certificados, y lo canonizaron sólo noventa años después de
que hubiera muerto.
- Sí. Bueno,
eso es en parte culpa mía. Cuando Hablé de su muerte, yo mismo atestigüé varios
milagros.
Ella se rió
abiertamente.
- ¿Un Portavoz
de los Muertos creyendo en milagros?
- Mire a la
catedral de la colina. ¿Cuántos de esos edificios son para los sacerdotes y
cuántos para las escuelas?
Bosquinha
comprendió de inmediato y le miró.
- Los Filhos da
Mente de Cristo obedecen al obispo.
- Excepto que
conservan y enseñan todo el conocimiento, lo apruebe el obispo o no.
- San Ángelo
tal vez le haya dejado meterse en asuntos de la Iglesia. Le aseguro que el
obispo Peregrino no hará lo mismo.
- He venido a
Hablar de una simple muerte, y apoyado por la ley. Creo que descubrirá que hago
menos daño de lo que espera, y quizá más bien.
- Si ha venido
a Hablar de la muerte de Pipo, Falante pelos Mortos, entonces no hará más que
daño. Deje a los cerdis detrás del muro. Si por mí fuera, ningún ser humano
volvería a pasar esa verja.
- Espero que
haya una habitación que pueda alquilar.
- Esta ciudad
no cambia, Portavoz. Aquí todo el mundo tiene casa y no hay ningún otro lugar
al que ir. ¿Para qué íbamos a mantener un albergue? Sólo podemos ofrecerle una
de las pequeñas viviendas de plástico que alzaron los primeros colonos. Es
pequeña, pero tiene todas las comodidades.
- Como no
necesito muchas comodidades ni mucho espacio, estoy seguro de que irá bien. Y
estoy ansioso por conocer a Dom Cristão. Allí donde están los seguidores de San
Ángelo, la verdad tiene amigos.
Bosquinha se
encogió de hombros y puso de nuevo el coche en marcha. Como Ender pretendía,
sus ideas preconcebidas sobre un Portavoz de los Muertos se había quebrantado.
Pensar que, en verdad, había conocido a San Ángelo y que admiraba a los Filhos.
Eso no era lo que el obispo Peregrino les había dado a entender.
La habitación
estaba amueblada escasamente, y si Ender hubiera tenido muchas pertenencias
habría tenido problemas en encontrar dónde colocarlas todas. Sin embargo, como
siempre sucedía, pudo desempacar en sólo unos pocos minutos.
Sólo la
crisálida de la reina colmena permaneció en su bolsa; ya hacía tiempo que había
superado la extraña sensación sobre la incongruencia de almacenar el futuro de
una raza magnífica en una mochila bajo su cama.
- Tal vez éste
será el lugar - murmuró.
La crisálida
parecía fría, casi helada, a pesar de las toallas en que estaba envuelta.
«Es el lugar.»
Era enervante
que estuviera tan segura. No había ningún signo de súplica o impaciencia por
ser liberada. Sólo absoluta certeza.
- Ojalá
pudiéramos decidirlo así de fácil - dijo él -. Puede que sea el lugar, pero
todo depende de que los cerdis sean capaces de convivir con vosotras aquí.
«La cuestión
es: si podrán convivir con los humanos sin nosotras.»
- Requerirá
tiempo. Dame unos pocos meses de estancia aquí.
«Toma todo el
tiempo que necesites. Ahora no tenemos prisa.»
- ¿A quién has
encontrado? Creía que no podías comunicarte con nadie más que conmigo.
«La parte de
nuestra mente que mantiene nuestro pensamiento, lo que llamas el impulso
filótico, el poder de los ansibles, es muy frío y difícil de encontrar en los
seres humanos. Pero esta vez, lo que hemos encontrado aquí, uno de los muchos
que encontraremos aquí, tiene un impulso filótico mucho más fuerte, mucho más
claro, más fácil de encontrar, nos oye más fácilmente, ve nuestros recuerdos, y
nosotros vemos los suyos, lo encontramos fácilmente, y por eso perdónanos,
querido amigo, perdónanos si dejamos el duro trabajo de hablar con tu mente y
nos volvemos a él y le hablamos porque no nos hace buscar con tanta intensidad
para hacer palabras e imágenes que sean lo suficientemente claras para tu mente
analítica porque le sentimos como a la luz del sol, como el calor de la luz del
sol en su cara en nuestra cara y el frío del agua fresca en nuestro abdomen y
el movimiento suave como un viento suave que no hemos sentido durante tres mil
años, perdónanos, estaremos con él hasta que nos liberes para que habitemos
aquí porque descubrirás a tu modo en tu momento que éste es el lugar... éste
es... aquí... éste es nuestro hogar...»
Y entonces
Ender perdió la cadena de su pensamiento, sintió que la perdía como un sueño
que se olvida al despertar, aunque intentes recordarlo y mantenerlo vivo. Ender
no estaba seguro de lo que había encontrado la reina colmena, pero fuera lo que
fuese, él tendría que lidiar con la realidad del Código Estelar, la Iglesia
Católica, los jóvenes xenólogos que tal vez no le dejarían ver a los cerdis,
una xenobióloga que había cambiado de opinión sobre su venida a este lugar, y
con algo más, quizá lo más difícil de todo: que si la reina colmena se quedaba
aquí, él tendría que quedarse también. «He estado tantos años desconectado de
la humanidad, - pensó -, viniendo para mezclarme, rezar, lastimar y curar para
luego marcharme, intacto. ¿Cómo voy a convertirme en parte de este lugar, si es
aquí donde he de quedarme? A lo único a lo que he pertenecido ha sido un
ejército de niños pequeños en la Escuela de Batalla y a Valentine, y ambas
cosas forman ahora parte del pasado...»
- Qué,
¿rumiando en soledad? - preguntó Jane -. Puedo oír los latidos de tu corazón
haciéndose más lentos y tu respiración volviéndose más pesada. En un momento
estarás dormido, muerto o lacrimoso.
- Soy mucho más
completo que eso - dijo Ender alegremente -. Autocompasión anticipada, eso es
lo que siento. Dolores que ni siquiera han llegado.
- Muy bien,
Ender. Empieza pronto. Así podrás rumiar mucho más tiempo.
El terminal se
encendió, mostrando a Jane como un cerdi en una fila de chicas de coro que
levantaban sus exuberantes muslos al compás.
- Haz un poco
de ejercicio y te sentirás mucho mejor. Después de todo, ya has deshecho tu
equipaje. ¿A qué esperas?
- Ni siquiera
sé dónde estoy, Jane.
- La verdad es
que no tienen un mapa de la ciudad - explicó Jane -. Todo el mundo sabe dónde
está todo. Pero tienen un mapa del sistema de alcantarillado, dividido en
barrios. Puedo extrapolar dónde están los edificios.
- Muéstramelo,
entonces.
Un modelo
tridimensional de la ciudad apareció sobre el terminal. Ender tal vez no fuera
particularmente bienvenido aquí, y su habitación puede que fuera pequeña, pero
habían mostrado cortesía en el terminal que le habían proporcionado. No era una
instalación estándar, sino un simulador elaborado.
Podía proyectar
hologramas al espacio con un tamaño dieciséis veces mayor que la mayoría de los
terminales, con una resolución cuádruple. La ilusión fue tan real que Ender
sintió durante un vertiginoso momento que era Gulliver inclinándose sobre un
Lilliput que aún no había aprendido a temerlo, que aún no reconocía su poder de
destruir.