LA VOZ DE LOS MUERTOS

Orson Scott Card

 

 

 

Título original: Speaker For The Dead

Traducción: Rafael Marín

©1986 Orson Scott Card

©1993 Ediciones B, SA.,

Bailén, 84-08009 Barcelona (España)

Depósito legal: B.37.966-1998

Edición digital de Questor

Revisión de Sadrac

Buenos Aires, marzo de 2002

 

 

ALGUNOS HABITANTES DE LA COLONIA LUSITANIA

 

Xenólogos (Zenadores)

Pipo Joao Figueira Álvarez)

Libo (Liberdade Graças a Deus Figueira de Medici)

Miro (Marcos Viadimir Ribeira von Hesse)

Ouanda (Ouanda Quenhatta Figueira Mucumbi)

 

Xenobiólogos (Biologistas)

Gusto (Viadimir Tiago Gussman)

Cida (Ekaterina Maria Aparecida do Norte von Hesse-Gussman)

Novinha (Ivanova Santa Catarina von Hesse)

Ela (Ekaterina Elanora Ribeira von Hesse)

 

Gobernadora

Bosquinha (Faria Lima Maria do Bosque)

 

Obispo Peregrino (Armão Cebola)

 

Abad y Superiora del Monasterio

Dom Cristão (Amai a Tudomundo Para Que Deus vos Ame Cristão)

Dona Crista (Detestai o Pecado e Fazei o Direito Cristã)

 

 

LA FAMILIA FIGUEIRA

 

Pipo (m. 1948 c.c.) - Conceição

 

Pinpinho (João) - Maria (m. 1936) - Libo (1931 - 1965) - Bruxinha - Bimba (Abençoada)

Patinha (Isolde) - Rã (Tomás)

 

Ouanda (n. 1951) - China (n. 1952) - Zinha - Prega

 

 

LA FAMILIA DE OS VENERADOS

 

Gusto (m. 1936) - Cida (m.1936)

 

Mingo (m. 1936) - Novinha (n. 1931) - Marcão (Marcos Maria Ribeira) (m. 1970)

Amado (m. 1936) - Guti (m. 1936)

 

Miro (n. 1951) - Ela (n. 1952) - Quim (n. 1955) (Estevão Rei) - Olhado (n. 1958) (Lauro Suleimão) - Quara (n. 1963) (Lembrança das Milagres de Jesus) - Grego (n. 1964) (Gerão Gregorio)

 

Todas las fechas se refieren a los años transcurridos tras la adopción del Código Estelar.

 

 

NOTAS SOBRE PRONUNCIACIÓN

 

Tres lenguajes humanos se utilizan en este libro. El stark, que procede del inglés (se representa en castellano en la traducción). El nórdico, hablado en Trondheim, evolucionado del sueco. El portugués, la lengua nativa de Lusitania. Sin embargo, en cada mundo, los niños aprenden stark en la escuela desde el principio.

El idioma portugués, inusitadamente hermoso cuando se habla en voz alta, es muy difícil para los lectores por la peculiar pronunciación de sus fonemas. Si no piensan ustedes en leer este libro en voz alta, tal vez se sientan más cómodos si tienen una idea general de cómo se pronuncian los nombres y las frases en portugués.

Las consonantes: Se pronuncian más o menos tal como son, con la excepción de la ç que suena siempre como «ss». Algunas excepciones son la j, que se pronuncia como la «sh», y como «g» cuando va seguida de «e» o «i». La r inicial y la doble rr, se pronuncian aproximadamente entre la «h» americana y la «ch» yiddish.

Vocales: Las vocales se pronuncian más o menos como son. Aunque realmente hay dos sonidos distintos para la a, tres formas de pronunciar e (é, é y la e rápida al final de una palabra) y otras tres de pronunciar la o.

Combinaciones consonantes: La combinación «lh» como la «lli» en William; nh, como la ñ. La combinación ch se pronuncia siempre como la sh inglesa. La combinación qu, cuando va seguida de e o de i, se pronuncia como k; cuando va seguida por a, o, u, suena como qu. Lo mismo sucede con gu. Por tanto, Quara se pronuncia CU-A-RA, mientras que Figueira se pronuncia Fi-Ge-i-ra.

Combinaciones vocales: Se pronuncian tal como suenan: ou, az, ez, eu.

Vocales nasales: Una vocal o una combinación vocal con tilde (normalmente ao o a), o la combinación am al final de una palabra son siempre nasales. Es decir, se pronuncian como si la vocal terminase con el sonido ng. Además, por llevar tilde, la sílaba siempre va acentuada. Por tanto, el nombre Marcão se pronuncia Mar-Kóung.

Si les dijera que cuando la t va antes de i suena como la ch, y que la d sigue el mismo modelo del sonido j en inglés, o si les mencionara que la x siempre suena como sh, excepto cuando suena como z, puede que entonces renuncien por completo a leer este libro, así que no lo haré.

 

 

PRÓLOGO

 

En el año 1830 después de la formación del Congreso Estelar, una nave robot de exploración envió un mensaje a través del ansible: el planeta que estaba investigando encajaba en los parámetros de la vida humana. El planeta más cercano con problemas de población era Bala; así que el Congreso Estelar les concedió licencia para explorarlo.

Así pues, los primeros humanos en ver el nuevo mundo fueron portugueses por su lenguaje, brasileños por su cultura y católicos por su credo. En el año 1886 desembarcaron de su lanzadera, se establecieron allí y llamaron al planeta Lusitania, que era el antiguo nombre de Portugal. Se pusieron a catalogar la flora y la fauna. Cinco días más tarde se dieron cuenta de que los pequeños animales que habitaban los bosques, a los que habían llamado porquinhos, o cerdis, no eran realmente animales.

Por primera vez desde el Genocidio de los Insectores a manos del monstruo Ender, los humanos habían encontrado vida alienígena inteligente. Los cerdis eran tecnológicamente primitivos, pero usaban herramientas, construían casas y hablaban su propio lenguaje.

- Es otra oportunidad que Dios nos ha ofrecido - declaró el cardenal Pío de Bahía -. Podemos ser redimidos de la destrucción de los insectores.

Los miembros del Congreso Estelar adoraban a muchos dioses, o a ninguno, pero estuvieron de acuerdo con el Cardenal. Lusitania sería colonizada a partir de Bahía y, por lo tanto, bajo licencia católica, como la tradición demandaba. Pero la colonia nunca podría expandirse más allá de un área limitada o exceder de una población determinada. Y debía ceñirse, sobre todo, a una ley:

Los cerdis no tenían que ser molestados.

 

 

1 - Pipo

 

Ya que no nos sentimos completamente cómodos con la idea de que los habitantes del pueblo vecino son tan humanos como nosotros, es extremadamente presuntuoso suponer que podemos mirar alguna vez a criaturas sociables que derivan de otras formas de evolución y no verlas como bestias, sino como hermanos; no rivales, sino compañeros peregrinos viajeros hacia el altar de la inteligencia.

Sin embargo esto es lo que yo veo, o desearía ver. La diferencia entre raman y varelse no está en la criatura juzgada, sino en la que juzga. Cuando declaramos raman a una especie alienígena, eso no significa que haya aprobado un examen de madurez moral. Significa que lo hemos hecho nosotros.

Demóstenes. «Epístola a los Framlings».

 

Raíz era a la vez el más problemático y el más valioso de los pequeninos. Siempre estaba allí cada vez que Pipo visitaba su calvero, y hacía todo lo posible para responder a las preguntas que la ley le prohibía a Pipo formular. Pipo dependía de él - demasiado, probablemente -, y aunque Raíz tonteaba y jugaba como el joven irresponsable que era, también observaba, probaba y experimentaba. Pipo siempre tenía que estar alerta ante las trampas que Raíz le tendía.

Un momento antes, Raíz había estado escalando los árboles, agarrándose a la corteza con sólo los artejos de sus talones y sus muslos. En las manos llevaba dos palos - Los Palos Padres, los llamaban -, con los que golpeaba contra el árbol de una manera arrítmica y sañuda mientras escalaba.

El ruido hizo que Mandachuva saliera de la casa de troncos. Llamó a Raíz en el Lenguaje de los Machos, y a continuación en portugués.

- ¡P'ra baixo, bicho!

Varios cerdis de los alrededores, al oír el juego de palabras en portugués, expresaron su apreciación frotando sus muslos con rudeza. Eso produjo un sonido sibilante, y Mandachuva dio un saltito en el aire agradeciendo sus aplausos.

Raíz, mientras tanto, se inclinó hacia atrás hasta que pareció que se iba a caer. Entonces se soltó, dio una voltereta en el aire, aterrizó sobre sus patas y dio unos cuantos brincos sin tropezar.

- Así que eres un acróbata - dijo Pipo.

Raíz se le acercó contoneándose. Era su manera de imitar a los humanos. Era la forma más efectiva y ridícula, porque su hocico aplastado parecía decididamente porcino. No era extraño que los habitantes de otros mundos les llamaran «cerdis». Los primeros visitantes de este mundo habían empezado a llamarles así en sus primeros informes, allá en el 86, y para cuando se fundó la Colonia Lusitania en 1925, el nombre ya era ineludible. Los xenólogos esparcidos por los Cien Mundos se referían a ellos como «los aborígenes lusitanos», aunque Pipo sabia perfectamente bien que eso era simplemente una cuestión de dignidad personal: excepto en sus papeles eruditos, los xenólogos les llamaban también sin duda cerdis. En cuanto a Pipo, les llamaba pequeninos, y a ellos parecía no importarles, pues se llamaban a sí mismos «Los Pequeños». Sin embargo, con dignidad o sin ella, no había forma de negarlo. En momentos como éste, Raíz parecía un cerdo sosteniéndose sobre sus patas traseras.

- Acróbata - dijo Raíz, intentando pronunciar la nueva palabra -. ¿Qué hice? ¿Tenéis una palabra para la gente que hace eso? ¿Así que hay gente que hace eso como trabajo?

Pipo suspiró suavemente y congeló la sonrisa en su cara. La ley le prohibía estrictamente divulgar información sobre la sociedad humana, pues podría contaminar la cultura porcina.

Aun así, Raíz jugaba constantemente a exprimir hasta la última gota de cuanto implicaba todo lo que Pipo decía. Esta vez, sin embargo, Pipo no podía echar la culpa a nadie, más que a sí mismo, por haber hecho una observación tonta que abría unas ventanas innecesarias hacia la vida humana. De vez en cuando se encontraba tan a gusto entre los pequeninos que hablaba de modo natural. Eso era siempre un peligro. No soy bueno en este juego constante de sacar información mientras intento no dar nada a cambio. Libo, mi silencioso hijo, ya es más discreto que yo, y sólo lleva aprendiendo de mi... ¿cuánto hace que cumplió los trece años...? Cuatro meses.

- Ojalá tuviera artejos en las piernas como vosotros - dijo Pipo -. La corteza del árbol me dejaría la piel convertida en jirones.

- Eso nos daría vergüenza a todos - Raíz continuaba en la postura expectante que Pipo suponía que era su forma de expresar una cierta ansiedad, o quizás un aviso no verbal para que otros pequeninos tuvieran cautela. También podía ser un signo de miedo extremo, pero, por lo que Pipo sabía, nunca había visto a un pequenino sentir miedo extremo.

En cualquier caso, Pipo habló rápidamente para calmarle.

- No te preocupes. Soy demasiado viejo y blando para escalar árboles de esa forma. Es mejor que lo hagan vuestros retoños.

Y funcionó. El cuerpo de Raíz se puso otra vez en movimiento.

- Me gusta subir a los árboles. Puedo verlo todo - Raíz se plantó delante de Pipo y acercó su cara a la de él -. ¿Traerás la bestia que corre sobre la hierba sin tocar el suelo? Los otros no me creen cuando les digo que he visto una cosa así.

Otra trampa. ¿Cómo? Tú, Pipo, un xenólogo, ¿vas a humillar a este individuo de la comunidad que estás estudiando? ¿O te ceñirás a la rígida ley dispuesta por el Congreso Estelar para llevar adelante este encuentro? Había pocos precedentes. Los otros únicos alienígenas inteligentes que la humanidad había conocido eran los insectores, hacía tres mil años, y al final todos los insectores acabaron muriendo. Esta vez, el Congreso Estelar quería asegurarse de que si la humanidad fracasaba, sus errores fueran en la dirección contraria. Mínima información. Mínimo contacto.

Raíz advirtió la duda y el cuidadoso silencio de Pipo.

- Nunca nos dices nada. Nos observas y nos estudias, pero nunca nos dejas pasar la verja y entrar en tu poblado para que os observemos y os estudiemos.

Pipo contestó todo lo honestamente que pudo, pero era más importante ser cuidadoso que honesto.

- Si aprendéis tan poco y nosotros aprendemos tanto, ¿por qué vosotros habláis ya stark y portugués mientras yo me esfuerzo con vuestro lenguaje?

- Somos más listos.

Entonces Raíz se dio la vuelta y giró sobre su trasero para dar la espalda a Pipo.

- Vuélvete tras tu verja - dijo.

Pipo se quedó quieto. No muy lejos, Libo intentaba aprender de tres pequeninos cómo convertían en paja las enredaderas de merdona. Libo le vio y en un momento estuvo con él, listo para marcharse. Pipo le guió sin decir una sola palabra: ya que los pequeninos hablaban con tanta fluidez el lenguaje humano, nunca discutían lo que habían aprendido hasta que estuvieran dentro de la cerca.

Les llevó media hora llegar a casa, y llovía densamente cuando pasaron la verja y caminaron a lo largo de la cara de la colina hacia la Estación Zenador. ¿Zenador? Pipo pensó en la palabra mientras miraba el pequeño letrero sobre la puerta. La palabra XENOLOGO estaba escrita en stark. «Así es como las lenguas cambian - pensó Pipo -. Si no fuera por el ansible, que proporciona comunicación instantánea entre los Cien Mundos, posiblemente no podríamos mantener un lenguaje común. El viaje interestelar es demasiado raro y lento. El stark se fragmentaría en diez mil dialectos dentro de un siglo. Sería interesante que los ordenadores hicieran una proyección de los cambios lingüísticos en Lusitania, si se permitiera que el stark decayera y absorbiera el portugués...

- Padre - dijo Libo.

Sólo entonces Pipo se dio cuenta de que se había detenido a diez metros de la estación. Tangentes. Las mejores partes de mi vida intelectual son tangenciales, en áreas fuera de mi experiencia. Supongo que es por causa de las regulaciones que han colocado en mi área de experiencia que me es imposible saber o comprender nada. La ciencia de la xenología contiene más misterios que la Santa Madre Iglesia.

Su huella dactilar fue suficiente para abrir la puerta. Pipo sabía lo que le esperaba el resto de la tarde nada mas entrar. Pasarían varias horas de trabajo en los terminales informando de todo lo que habían hecho durante el encuentro de hoy. Después, Pipo leería los apuntes de Libo, y Libo los de Pipo, y cuando estuvieran satisfechos, Pipo escribiría un breve sumario y entonces dejaría que los ordenadores trabajaran a partir de ahí, rellenando las notas y trasmitiéndolas instantáneamente, por ansible, a los xenólogos del resto de los Cien Mundos. Más de un millar de científicos cuya carrera consiste en estudiar la única raza alienígena que conocemos, y excepto por lo poco que los satélites puedan descubrir sobre esta especie arbórea, toda la información que obtienen mis colegas es la que Libo y yo les enviamos. Esto es, definitivamente, una intervención mínima.

Pero cuando Pipo entró en la estación, vio de inmediato que no sería una tarde de trabajo firme pero relajante. Dona Cristá estaba allí, vestida con sus hábitos de monja. ¿Había problemas en la escuela con alguno de los chicos más jóvenes?

- No, no - dijo Dona Cristá -. Todos tus hijos lo hacen muy bien, excepto éste, que me parece demasiado joven para estar trabajando aquí y no en el colegio, aunque sea de aprendiz.

Libo no dijo nada. «Una sabia decisión», pensó Pipo. Dona Cristá era una mujer joven, brillante y emprendedora, quizás incluso hermosa, pero era antes que nada una monja de la orden de los Filhos da Mente de Cristo. No era agradable contemplarla cuando estaba enfadada por la ignorancia y la estupidez. Era sorprendente el número de personas bastante inteligentes cuya ignorancia y estupidez se habían fundido considerablemente ante el fuego de su desdén. El silencio, Libo, es una política que te hará mucho bien.

- No estoy para hablar de ninguno de tus hijos - dijo Dona Cristá -. Estoy aquí por Novinha.

Dona Cristá no tuvo que mencionar apellidos. Todo el mundo conocía a Novinha. La terrible Descolada había acabado solamente ocho años antes. La plaga había amenazado con aniquilar la colonia antes de que tuviera oportunidad de ponerse en pie; el remedio fue descubierto por el padre y la madre de Novinha, Gusto y Cida, los dos xenobiólogos. Era una trágica ironía que descubrieran la causa de la enfermedad y su tratamiento, demasiado tarde para poder salvarla. El suyo fue el último funeral de la Descolada.

Pipo recordaba claramente a la pequeña Novinha, allí de pie, agarrada de la mano de la alcaldesa Bosquinha mientras el obispo Peregrino decía la misa del funeral. No, no agarrada de la mano de la alcaldesa. La imagen volvió a su mente y, con ella, el modo en que se sintió. ¿Qué es lo que está pensando?, recordó que se preguntaba. Es el funeral de sus padres, es la última superviviente de su familia; sin embargo, puede ver a su alrededor la gran alegría de la gente de esta colonia. Joven como es, ¿comprende que nuestra alegría es el mejor tributo a sus padres? Se esforzaron al máximo y tuvieron éxito, encontraron nuestra salvación antes de morir; estamos aquí para celebrar el gran regalo que nos hicieron. Pero para ti, Novinha, es la muerte de tus padres, igual que la de tus hermanos anteriormente. Quinientos muertos, y más de quinientas misas por ellos en esta colonia, a lo largo de los últimos seis meses, y todas ellas celebradas en una atmósfera de miedo, pena y desesperación. Ahora, cuando tus padres han muerto, el miedo, la pena y la desesperación no son menores para ti de lo que fueron antes... pero nadie más comparte tu dolor. Es el alivio del dolor lo que hay en la mayoría de nuestras mentes.

Mientras la observaba y trataba de imaginar sus sentimientos, sólo consiguió rememorar su propia pena por la muerte de su hija, María, de siete años, barrida por el viento de la muerte que cubrió su cuerpo de tumores cancerosos y grandes hongos que pudrían su carne. Con un miembro nuevo, ni brazo ni pierna, surgido de su cadera, mientras la carne se le caía de los pies y la cabeza y dejaba los huesos desnudos, y su brillante mente permanecía inmisericordemente alerta, capaz de sentir todo lo que le pasaba, hasta que tuvo que gritar a Dios suplicándole que la dejara morir. Pipo recordó eso, y entonces recordó su misa de réquiem, compartida con otras cinco víctimas. Mientras permanecía allí, arrodillado con su esposa y sus hijos supervivientes, había sentido la perfecta unidad de la gente en la Catedral. Sabía que su dolor era el dolor de todo el mundo, que a través de la pérdida de su hija mayor quedaba unido a su comunidad con los inseparables lazos de la pena, y para él era un consuelo, algo a lo que aferrarse. Era así cómo la pena tenía que ser, un lamento público.

La pequeña Novinha no tuvo nada de eso. Su dolor había sido, si era posible, aún peor que el de Pipo. Al menos a él no le habían dejado sin familia, y era un adulto, no una chiquilla aterrorizada por la súbita pérdida de los cimientos de su vida. En su pena no se sentía más unida a la comunidad, sino excluida de ella. Hoy todo el mundo se alegraba, excepto ella. Hoy todo el mundo alababa a sus padres; sólo ella lloraba por ellos. Hubiera sido mejor que nunca hubieran encontrado la cura para los otros con tal de que hubieran conservado la vida.

Su aislamiento era tan intenso que Pipo pudo sentirlo desde donde estaba. Novinha se soltó de la mano de la alcaldesa en cuanto pudo. Sus lágrimas se secaron a medida que la misa continuaba. Al final, permaneció en silencio, como un prisionero que rehúsa cooperar con sus captores. El corazón de Pipo sangró por ella. Sin embargo sabía que aunque lo intentara, nunca podría ocultar su propia alegría por el final de la Descolada, su regocijo, porque no le arrebataría a ninguno de sus otros hijos. Ella lo vería: su esfuerzo por reconfortaría sería una burla, la apartaría aún mas.

Después de la misa, Novinha caminó en amarga soledad entre la multitud de gente llena de buenas intenciones, que cruelmente le decía que sus padres seguramente serian elevados a los altares y se sentarían a la derecha de Dios Padre. ¿Qué clase de consuelo es ése para un niño? Pipo le susurró a su esposa:

- Nunca nos perdonará por lo de hoy.

- ¿Perdonar? - Conceição no era una de esas esposas que inmediatamente comprenden la cadena de pensamientos de su marido -. No hemos matado a sus padres.

- Pero todos nos alegramos hoy, ¿no? Nunca nos perdonará por esto.

- Qué tontería. Ella todavía no comprende. Es demasiado joven.

Ella comprende - pensó Pipo -. ¿No comprendía las cosas María cuando era aún más pequeña de lo que Novinha lo era ahora?

A medida que los años fueron pasando - ocho años ya - la había visto de vez en cuando. Tenía la edad de su hijo Libo, y eso quería decir que hasta que éste cumplió los trece años estuvieron juntos en muchas de las clases. La oía dar clases y charlas ocasionales, junto con otros niños. Había una elegancia en su pensamiento, una intensidad en su claridez de ideas que le sorprendió. Al mismo tiempo, ella parecía completamente fría, totalmente apartada de todos los demás. El propio hijo de Pipo, Libo, era tímido, pero aun así tenía varios amigos, y se había ganado el afecto de sus profesores. Novinha, sin embargo, no tenía ningún amigo, nadie con quien compartir una mirada después de un momento de triunfo. No había ningún profesor a quien le gustara de verdad, porque rehusaba corresponder.

- Está paralizada emocionalmente - le dijo una vez Dona Cristá cuando Pipo le preguntó por ella -. No hay manera de entrar en contacto con ella. Jura que es perfectamente feliz, y que no ve ninguna necesidad de cambio.

Ahora Dona Cristá había venido a la Estación Zenador para hablarle a Pipo de Novinha. ¿Por qué a Pipo? Sólo podía suponer una razón para que la principal responsable de la escuela viniera a hablar con él sobre esta huérfana particular.

- ¿Debo entender que en todos los años que has tenido a Novinha en tu escuela soy la única persona que ha preguntado por ella?

- La única persona no - dijo ella -. Todo el mundo se interesó por ella hace un par de años, cuando el Papa beatificó a sus padres. Todo el mundo le preguntaba si la hija de Gusto y de Cida, Os Venerados, había advertido alguna vez algún hecho milagroso asociado con sus padres, tal como habían hecho otras muchas personas.

- ¿Le preguntaban eso de verdad?

- Hubo rumores, y el obispo Peregrino tuvo que investigar - Dona se envaró un poco al hablar del joven líder espiritual de la Colonia Lusitania, pues se decía que la jerarquía nunca se había llevado bien con la orden de los Filhos da Mente de Cristo -. La respuesta que dio Novinha fue muy ilustrativa.

- Lo imagino.

- Dijo, más o menos, que si sus padres estuvieran escuchando de verdad sus oraciones y tuvieran de verdad alguna influencia en el cielo para que se cumplieran sus deseos, ¿por qué entonces no habían atendido a sus oraciones para que regresaran de la tumba? Dijo que eso sería un milagro útil, y hay precedentes. Si Os Venerados tuvieran el poder de hacer milagros, entonces esto tendría que significar que no la amaban lo bastante para responder a sus plegarias. Prefería creer que sus padres aún la amaban y que simplemente no tenían el poder para actuar.

- Una sofista nata - dijo Pipo.

- Sofista y experta en culpa: le dijo al obispo que si el Papa declaraba a sus padres venerables, sería igual que si la Iglesia dijera que sus padres la odiaban. La petición de la canonización de sus padres probaba que Lusitania la despreciaba; si se concedía, sería la prueba de que la propia Iglesia era despreciable. El obispo Peregrino se quedó blanco.

- Veo que envió la petición de todas formas.

- Por el bien de la comunidad. Y hubo todos esos milagros.

- Alguien toca el altar y un dolor de cabeza desaparece y gritan ¡Milagro! ¡Os santos me abençaram! ¡Milagro! ¡Los santos me han bendecido!

- Sabes que la Santa Sede requiere milagros más sustanciales que eso. Pero no importa. El Papa graciosamente nos permitió llamar Milagro a nuestra ciudad, y ahora imagino que cada vez que alguien pronuncia ese nombre, Novinha arde un poco más con su furia interna.

- O se vuelve más fría. Uno nunca sabe qué tipo de temperatura produce una cosa como esa.

- De todas formas, Pipo, no eres el único que ha preguntado por ella. Pero eres el único que ha preguntado por ella misma y por su propio bien, no por causa de sus santos y adorados padres.

Era triste pensar que, a excepción de los Filhos, quienes dirigían las escuelas de Lusitania, no hubiera habido más preocupación por la niña que los pequeños brotes de atención que Pipo había desperdigado a lo largo de los años.

- Tiene un amigo - dijo Libo.

Pipo había olvidado que su hijo estaba allí. Libo era tan callado que era fácil pasar por alto su presencia. Dona Cristá también parecía sorprendida.

- Creo, Libo, que somos indiscretos al hablar de una de tus compañeras de colegio de esta manera - dijo.

- Ahora soy aprendiz de Zenador - le recordó Libo. Lo que quería decir que ya no estaba en la escuela.

- ¿Quién es su amigo? - preguntó Pipo.

- Marcáo.

- Marcos Ribera - explicó Dona Cristá -. El chico alto...

- Ah, sí, el que parece una cabra.

- Es un chico fuerte - dijo Dona Cristá

Pero nunca he advertido ninguna amistad entre ellos.

- Una vez, cuando Marcão fue acusado de algo, ella lo vio y habló en su favor.

- Haces una interpretación generosa del asunto, Libo - dijo Dona Cristá -. Creo que es más apropiado decir que habló en contra de los chicos que lo hicieron de verdad y estaban intentando echarle la culpa a él.

- Marcão no lo ve de esa forma - respondió Libo -. Me he dado cuenta un par de veces por la forma en que la observa. No es mucho, pero hay alguien a quien le agrada.

- ¿Te agrada a ti? - le preguntó Pipo.

Libo guardó silencio un momento. Pipo sabía lo que aquello quería decir. Se estaba examinando para encontrar una respuesta. No la respuesta que pensaba sería la más adecuada para atraer el favor de un adulto, ni la que provocaría su ira: los dos tipos de falacias que la mayoría de los chicos de su edad se complacían en ofrecer. Se estaba autoexaminando para descubrir la verdad.

- Creo que comprendo que no quiera agradar a la gente - dijo Libo -. Como si ella fuera un visitante que espera volver a casa algún día.

Dona Cristá asintió gravemente.

- Sí, es exactamente así. Eso es exactamente lo que parece. Pero ahora, Libo, debemos poner fin a nuestra indiscreción pidiéndote que te marches mientras nosotros...

Se marchó antes de que acabara la frase. Hizo un rápido movimiento con la cabeza y ofreció una media sonrisa que decía sí, lo comprendo, y un movimiento tan sigiloso que convirtió su salida en la prueba más elocuente de su discreción, que si hubiera argumentado que quería quedarse. Con esto, Pipo supo que estaba molesto por que le pidieran que se marchase: tenía una forma de lograr que los adultos se sintieran vagamente inmaduros en comparación con él.

- Pipo - dijo la superiora -, me ha pedido que se la examine antes de tiempo para tomar el puesto de sus padres como xenobióloga.

Pipo alzó una ceja.

- Dice que ha estado estudiando la materia intensamente desde que era una niña pequeña. Que está lista para empezar a trabajar inmediatamente, sin aprendizaje.

- Tiene trece años, ¿no?

- Hay precedentes. Muchos se han presentado a esas pruebas antes. Uno incluso aprobó siendo más joven que ella. Fue hace doscientos años, pero se permitió. El obispo Peregrino está en contra, por supuesto, pero la alcaldesa Bosquinha, bendito sea su corazón práctico, ha señalado que Lusitania necesita un xenobiólogo con urgencia. Necesitamos poner manos a la obra en el asunto de desarrollar nuevos brotes de vida vegetal, para que podamos tener un poco de variedad decente en nuestra dieta y cosechas mucho mejores. Sus propias palabras fueron: «No me importa que sea una niña, necesitamos una xenobióloga.»

- ¿Y quieres que supervise su examen?

- Si fueras tan amable...

- Me encantará hacerlo.

- Les dije que te gustaría.

- Confieso que tengo mis motivos.

- ¿Sí?

- Debería haber hecho más por la niña. Me gustaría ver que no es demasiado tarde para empezar.

Dona Cristá se echó a reír.

- Oh, Pipo, me alegra que lo intentes. Pero créeme, querido amigo, alcanzar su corazón es como bañarse en hielo.

- Lo imagino. Imagino que la persona que intente acercársele se sienta así. ¿Pero cómo se siente ella? Fría como es, seguramente por dentro debe arder como el fuego.

- Eres un poeta - dijo Dona Cristá. No había ironía en su voz. Quería decir eso mismo -. ¿Los cerdis comprenden que les hemos enviado al mejor de los nuestros como embajador?

- He intentado decírselo, pero se mantienen escépticos.

- Te la enviaré mañana. Te lo advierto: espera examinarse fríamente, y resistirá cualquier intento por tu parte de preexaminarla.

Pipo sonrió.

- Me preocupa mucho más lo que sucederá después de que se examine. Si suspende, tendrá problemas. Si aprueba, entonces los problemas empezaran para mi.

- ¿Por qué?

- Libo me insistirá en examinarse antes de tiempo para Zenador. Y si lo hace, entonces no habrá razón para que no me vaya a casa, me haga un ovillo y muera.

- Eres un loco romántico, Pipo. Si hay alguien en Milagro capaz de aceptar a su hijo de trece años como colega, ése eres tú.

Después de que la monja se marchara, Pipo y Libo trabajaron juntos, como de costumbre, registrando los sucesos del día con los pequeninos. Pipo comparó el trabajo de Libo, su forma de pensar, sus reflexiones, sus actitudes, con las de aquellos estudiantes graduados que había conocido en la Universidad antes de unirse a la Colonia Lusitania. Podía ser pequeño, y había aún mucha teoría y muchos conocimientos que tenía que aprender, pero ya era un auténtico científico en su método, y un humanista de corazón. Cuando el trabajo de la tarde terminó y volvieron a casa juntos a la luz de la grande y resplandeciente Luna de Lusitania, Pipo había decidido que Libo ya merecía ser tratado como un colega, se examinara o no. Los tests, de todas formas, no podían medir las cosas que realmente contaban.

Y, le gustara a Novinha o no, Pipo intentaría descubrir si ella tenía las cualidades, tan difíciles de medir, propias de un científico; si no las tenía, entonces haría que no se presentara a los exámenes, por muchos hechos que hubiera memorizado.

Pipo iba a ponérselo difícil. Novinha sabía cómo actuaban los adultos cuando planeaban no hacer las cosas tal como ella quería, pero no deseaba ni una pelea ni portarse mal. Por supuesto, podía examinarse. Pero no había razón para apresurarse, «tomémonos algo de tiempo, asegurémonos de que tendrás éxito al primer intento».

Novinha no quería esperar. Novinha estaba lista.

- Saltaré todos los obstáculos que usted quiera - dijo.

La cara de él se tornó fría. Sus caras siempre lo hacían. Eso estaba bien. La frialdad no le importaba. Podría hacer que se helaran hasta la muerte.

- No quiero que saltes ningún obstáculo.

- Lo único que le pido es que los coloque todos en una fila para que pueda saltarlos con rapidez. No quiero que esto dure días y días.

Él la miró pensativamente durante un momento.

- Tienes mucha prisa.

- Estoy preparada. El Código Estelar me permite desafiar la prueba en cualquier momento. Es un asunto entre el Congreso Estelar y yo, y no he podido encontrar ningún sitio en donde se diga que un xenólogo no pueda intentar adivinar las intenciones de la Oficina de Exámenes Interplanetarios.

- Entonces no has leído con atención.

- La única cosa que necesito para hacer la prueba antes de tener los dieciséis años es la autorización de mi tutor legal. No tengo ninguno.

- Al contrario - dijo Pipo -. La alcaldesa Bosquinha ha sido tu tutora legal desde el día en que murieron tus padres.

- Y estuvo de acuerdo en que podría hacer la prueba.

- Siempre y cuando vinieras a mi.

Novinha vio la intensa mirada en los ojos de él. No conocía a Pipo, así que pensó que era la mirada que había visto en tantos otros ojos, el deseo de dominarla, de mandar sobre ella, el deseo de reducir su determinación y romper su independencia, el deseo de hacer que se rindiera.

Del hielo al fuego en un instante.

- ¿Qué sabe usted de xenobiología? ¡Sólo sale y habla con los cerdis, ni siquiera ha empezado a comprender cómo funcionan sus genes! ¿Quién es usted para juzgarme? Lusitania necesita un xenobiólogo, y llevan ocho años sin ninguno. ¡Y quiere que esperen aún más tiempo sólo para poder tener el control!

Para su sorpresa, el hombre no se acaloró, no se batió en retirada. Ni siquiera le contestó airadamente. Fue como si ella no hubiera hablado.

- Ya veo que es por tu gran amor a la gente de Lusitania por lo que deseas ser xenobióloga - dijo él -. Al ver el interés público, te has sacrificado y preparado para dedicarte desde temprana edad a una vida de servicio altruista.

Parecía absurdo oírle decir eso. Y no era así cómo ella se sentía.

- ¿No es una buena razón?

- Si fuera cierta, sería bastante buena.

- ¿Me está llamando mentirosa?

- Tus propias palabras te han llamado mentirosa. Has hablado de lo mucho que ellos, la gente de Lusitania, te necesitan. Pero tú vives entre nosotros. Has vivido entre nosotros toda tu vida. Estás dispuesta a sacrificarte por nosotros, y sin embargo no te sientes parte de esta comunidad.

De modo que él no era como los adultos que siempre creían las mentiras, mientras la hicieran parecer la niña que querían que fuera.

- ¿Por qué tendría que sentirme parte de la comunidad? No lo soy.

Él asintió con gravedad, como si considerara su respuesta.

- ¿A qué comunidad perteneces?

- Los cerdis son la otra única comunidad de Lusitania, y no me han enviado ahí fuera con los adoradores de árboles.

- Hay más comunidades en Lusitania. Por ejemplo, eres estudiante... Hay una comunidad de estudiantes.

- Para mí, no.

- Lo sé. No tienes amigos, no tienes ninguna relación íntima con nadie. Acudes a misa pero nunca te confiesas, estás completamente al margen de todo lo que significa estar en contacto con la vida de esta colonia en todo lo que es posible, no tocas la vida de la raza humana en ningún punto. Evidentemente, vives en un aislamiento completo.

Novinha no estaba preparada para esto. Él estaba nombrando el dolor subyacente de su vida, y ella no tenía dispuesta una estrategia para enfrentarse a eso.

- Si lo hago así, no es culpa mía.

- Lo sé. Sé dónde empezó, y sé de quién fue el fallo que continúa hasta hoy.

- ¿Mío?

- Mío. Y de todos los demás. Pero mío sobre todo, porque sabía lo que te pasaba y no dije nada. Hasta hoy.

- ¡Y hoy va a separarme de la única cosa que me importa en la vida! ¡Muchas gracias por su compasión!

Una vez más él asintió solemnemente, como si aceptara y reconociera la irónica gratitud.

- En un sentido, Novinha, no importa que no fuera culpa tuya. Porque la ciudad de Milagro es una comunidad, y tanto si te ha tratado mal como si no, aún debe actuar como hacen todas las comunidades, proporcionar la mayor felicidad posible para todos sus miembros.

- Lo que quiere decir, todo el mundo en Lusitania excepto yo... y los cerdis.

- El xenobiólogo es muy importante en una colonia, especialmente en una como ésta, rodeada por una cerca que limita para siempre nuestro crecimiento. Nuestro xenobiólogo debe encontrar el modo de cultivar más proteínas e hidratos de carbono por hectárea, lo que significa alterar genéticamente el trigo y las patatas traídas de la Tierra para hacer...

- Para hacer posible el uso máximo de los nutrientes disponibles en el entorno lusitano. ¿Cree que pienso presentarme al examen sin saber cuál será el trabajo de mi vida?

- El trabajo de tu vida es dedicarte a mejorar la vida de la gente a la que desprecias.

Ahora Novinha vio la trampa que él le había dispuesto. Había aparecido demasiado tarde.

- ¿De modo que piensa que un xenobiólogo no puede hacer su trabajo a menos que ame a la gente que usa las cosas que una hace?

- No me importa si nos amas o no. Lo que tengo que saber es lo que quieres realmente. Por qué tienes tanto interés en hacer esto.

- Psicología básica. Mis padres murieron en este trabajo, y por tanto intento ocupar su puesto.

- Tal vez sí - dijo Pipo -. Y tal vez no. Lo que quiero saber, Novinha, lo que tengo que saber antes de dejarte hacer la prueba es a qué comunidad perteneces.

- ¡Ya lo ha dicho usted antes! ¡No pertenezco a ninguna!

- Imposible. Cada persona está definida por las comunidades a las que pertenece y a las que no pertenece. Yo tengo una serie de definiciones positivas y otra negativa. Pero todas tus definiciones son negativas. Podría hacer una lista infinita de las cosas que no eres. Pero una persona que cree realmente que no pertenece a ninguna comunidad, invariablemente acaba con su vida, bien matando su cuerpo, bien perdiendo su identidad y volviéndose loca.

- Ésa soy yo. Loca hasta la raíz.

- Loca, no. Obsesionada por un sentido del propósito que es preocupante. Si haces esa prueba la aprobarás. Pero antes de dejarte que te presentes a ella, tengo que saberlo: ¿en qué te convertirás cuando la apruebes? ¿En qué crees? ¿De qué eres parte? ¿Por qué te preocupas? ¿Qué es lo que amas?

- Nada de este o de otro mundo.

- No te creo.

- ¡Nunca he conocido a ningún hombre bueno o a ninguna buena mujer excepto mis padres, y están muertos! E incluso ellos. Nadie comprende nada.

- Tú.

- Soy parte de algo, ¿no? Pero nadie comprende nada, ni siquiera usted, que pretende ser tan sabio y compasivo, pero sólo me hace llorar así porque tiene el poder para impedir que haga lo que quiero hacer...

- Y eso no es la xenobiología.

- ¡Sí que lo es! ¡Es una parte, al menos!

- ¿Y cuál es el resto?

- Lo que usted es. Lo que hace. No sólo lo está haciendo mal, lo está haciendo de manera estúpida.

- Xenobiólogo y xenólogo.

- Cometieron un estúpido error cuando crearon una nueva ciencia para estudiar a los cerdis. Fueron un puñado de antropólogos viejos y cansados que se pusieron un sombrero nuevo y se llamaron a sí mismos xenólogos. ¡Pero no se puede comprender a los cerdis solamente observando la manera cómo se comportan! ¡Provienen de una evolución diferente! Hay que comprender sus genes, lo que hay en el interior de sus células. Y en las células de los otros animales también, porque no se les puede estudiar solos, nadie vive en aislamiento...

No me des sermones - pensó Pipo -. Dime lo que sientes. Y para provocar que fuera más emocional, susurró:

- Excepto tú.

Funcionó. Del frío desdén ella pasó a una calurosa defensiva.

- ¡Nunca los comprenderá! ¡Pero yo sí!

- ¿Qué te interesa de ellos? ¿Qué son los cerdis para ti?

- No podría comprenderlo nunca. Es usted un buen católico - pronunció esta palabra con desdén -. Es un libro que está en el Índice.

La cara de Pipo se iluminó de una comprensión repentina.

- La Reina Colmena y el Hegemón.

- Vivió hace tres mil años, quienquiera que fuese, el que se llamaba a sí mismo el Portavoz de los Muertos. ¡Pero comprendió a los insectores! Los aniquilamos a todos, a la única raza alienígena que conocíamos, los matamos a todos, pero él comprendió.

- Y tú quieres escribir la historia de los cerdis de la misma forma que el Portavoz original escribió la historia de los insectores.

- Por la forma en que lo dice, parece tan fácil como hacer un trabajo para la escuela. No sabe lo que costó escribir la Reina Colmena y el Hegemón. La agonía que soportó... imaginarse dentro de una mente alienígena, y salir de ella lleno de amor por la gran criatura que destruimos. Vivió en el mismo tiempo que el peor ser humano que haya vivido jamás, Ender el Genocida, el que destruyó a los insectores... e hizo todo lo posible para deshacer lo que Ender había hecho. El Portavoz de los Muertos intentó devolverlos a la vida...

- Pero no pudo.

- ¡Lo hizo! ¡Logró que vivieran de nuevo, lo sabría si hubiera leído el libro! No sé mucho sobre Jesús, escucho al obispo Peregrino y no creo que tenga poder para sanar las llagas o perdonar un miligramo de culpa. Pero el Portavoz de los Muertos hizo que la reina - colmena volviera a la vida.

- ¿Y entonces dónde está?

- ¡Está aquí! ¡Dentro de mí!

Él asintió.

- También hay alguien más en tu interior. El Portavoz de los Muertos. Eso es lo que quieres ser.

- Es la única historia verdadera que he oído. La única que me importa. ¿Es eso lo que quería oír? ¿Que soy una hereje? ¿Y que todo el trabajo de mi vida va a ser añadir otro libro al Índice de verdades cuya lectura los buenos católicos tienen prohibida?

- Lo que quería oír - dijo Pipo con suavidad - era el nombre de lo que eres, en vez del nombre de todas las cosas que no eres. Eres la reina de la colmena. Eres la Portavoz de los Muertos. Es una comunidad muy pequeña, pequeña en número, pero grande de corazón. Así que eliges no ser parte de las bandas de chiquillos que se agrupan con el único propósito de excluir de sus filas a otros, y la gente te mira y dice, probrecita, está tan sola, pero tú conoces un secreto, sabes quién eres realmente. Eres el único ser humano capaz de comprender la mente alienígena, porque eres la mente alienígena; sabes lo que es ser inhumano porque nunca ha habido ningún grupo humano que te haya dado credenciales como homo sapiens.

- ¿Ahora me dice que ni siquiera soy humana? Me hace gimotear como una niña pequeña porque no me deja presentarme a la prueba, me hace que me humille, ¿y ahora me dice que no soy humana?

- Puedes presentarte a la prueba.

Las palabras colgaron en el aire.

- ¿Cuándo? - susurró ella.

- Esta noche. Mañana. Empieza cuando quieras. Detendré mi trabajo para hacer que pases por las pruebas lo más pronto posible.

- ¡Gracias! ¡Gracias! Yo...

- Conviértete en Portavoz de los Muertos. Te ayudaré si puedo. La ley me prohíbe tomar a nadie bajo mi tutela excepto a mi hijo Libo para salir a estudiar a los pequeninos. Pero te dejaremos ver nuestras notas. Te mostraremos todo lo que aprendamos. Todas nuestras suposiciones y especulaciones. A cambio, tú también nos mostrarás tu trabajo, lo que descubras sobre las pautas genéticas de este mundo, que pudiera ayudarnos a comprender a los pequeninos. Y cuando hayamos aprendido suficiente, juntos, podrás escribir tu libro, podrás convertirte en Portavoz. Pero esta vez no será el Portavoz de los Muertos. Los pequeninos no están muertos.

Ella sonrió a su pesar.

- El Portavoz de los Vivos.

- También he leído la Reina Colmena y el Hegemón - dijo él -. No encuentro un nombre mejor para ti.

Pero ella aún no se fiaba de él, aún no creía en lo que él parecía prometerle.

- Querré venir aquí a menudo. Todo el tiempo.

- Cerramos esto cuando nos vamos a la cama.

- Entonces el resto del tiempo. Se cansarán de mí. Tendrán que decirme que me marche. Me ocultarán sus secretos. Me dirán que me calle y que no mencione mis ideas.

- Acabamos de empezar a hacernos amigos y ya crees que soy un mentiroso y un tramposo, zoquete impaciente.

- Pero lo hará. Todos lo hacen. Todos desean que me marche...

Pipo se encogió de hombros.

- ¿Y qué? En una ocasión o en otra, todo el mundo desea que todos los demás se marchen. A veces desearé que te marches. Lo que te estoy diciendo es que incluso en esos momentos, aunque te diga que te marches, no tienes que marcharte.

Era la cosa más desconcertante que le había dicho nadie.

- Es una locura.

- Sólo una cosa mas. Prométeme que nunca intentarás ir con los pequeninos. Porque no puedo dejar que lo hagas, y si lo haces de todas formas, el Congreso Estelar cerrará todo nuestro trabajo aquí, prohibirá cualquier contacto con ellos. ¿Me lo prometes? O de lo contrario, todo, mi trabajo y tu trabajo, será deshecho.

- Lo prometo.

- ¿Cuándo realizaremos la prueba?

- ¡Ahora! ¿Puedo empezar ahora mismo?

Él se rió con suavidad, entonces alargó una mano y sin mirar tocó el terminal. Éste cobró vida y los primeros modelos genéticos aparecieron en el aire por encima.

- Tenía el examen preparado - dijo ella -. ¡Estaba dispuesto! ¡Sabía que me dejaría hacerlo desde el principio!

Él sacudió la cabeza.

- Lo esperaba. Creía en ti. Quería ayudarte a hacer lo que soñabas hacer. Siempre y cuando fuera algo bueno.

Ella no habría sido Novinha si no hubiera encontrado otra puya que decir.

- Ya veo. Es usted el juez de los sueños.

Quizá él no sabía que era un insulto. Sonrió y dijo:

- Fe, esperanza y amor... esos tres. Pero el mayor de todos es el amor.

- Usted no me ama - dijo ella.

- Ah - contestó él -. Yo soy el juez de los sueños y tú eres la juez del amor. Bien, te encuentro culpable de soñar buenos sueños, y te sentencio a toda una vida de trabajo y sufrimiento por el bien de tus sueños. Sólo espero que algún día no me declares inocente del crimen de amarte - reflexionó un instante -. Perdí una hija en la Descolada. Maria. Ahora sólo seria unos pocos años mayor que tú.

- ¿Y yo se la recuerdo?

- Estaba pensando que no se habría parecido a ti en nada.

Ella empezó la prueba. Le llevó tres días. La aprobó con una nota muy superior a la de muchos estudiantes graduados. Más adelante, sin embargo, ella no recordaría la prueba por haber sido el principio de su carrera, el final de su infancia, la confirmación de su vocación hacia el trabajo que ocuparía su vida. Recordaría la prueba porque sería el principio de su estancia en la Estación de Pipo, donde Pipo y Libo y Novinha formarían juntos la primera comunidad a la que perteneció desde que sus padres fueron devueltos a la Tierra.

No fue fácil, especialmente al principio. Novinha no perdió instantáneamente su costumbre de enfrentarse fríamente a los demás. Pipo lo comprendía, estaba preparado para soportar sus andanadas verbales. El desafío fue mucho mayor para Libo. La Estación del Zenador había sido un sitio donde él y su padre podían estar solos y unidos. Ahora, sin que nadie le hubiera consultado su opinión, se había añadido una tercera persona, una persona fría y exigente que le hablaba como si fuera un crío, incluso a pesar de que tenían la misma edad. Le molestaba que ella fuera una xenobióloga completa, con todos los privilegios de adulto que eso implicaba, mientras él era aún un aprendiz.

Pero intentó soportarlo con paciencia. Era de naturaleza tranquila, y la discreción era parte de su carácter. No era propenso al resentimiento. Pero Pipo conocía a su hijo, y le veía consumirse. Después de una temporada, incluso Novinha, pese a lo insensible que era, empezó a darse cuenta de que estaba provocando a Libo más de lo que ningún joven podría soportar. Pero, en lugar de dejarlo correr, empezó a considerarlo como un desafío. ¿Cómo podría forzar alguna respuesta de este joven hermoso, tranquilo y generoso?

- ¿Quieres decir que habéis estado trabajando todos estos años y ni siquiera sabéis cómo se reproducen los cerdis? - le dijo un día -. ¿Cómo sabéis que todos son machos?

- Les explicamos los términos masculino y femenino al enseñarles nuestros lenguajes - explicó Libo suavemente -. Ellos eligieron el de macho. Y se refirieron a los otros, a los que nunca hemos visto, como hembras.

- Pero, por todo lo que sabéis, ¿se reproducen por apareamiento? ¡O por mitosis!

Su tono era desdeñoso, y Libo no respondió con rapidez. Pipo sintió como si pudiera oír los pensamientos de su hijo, reestructurando una y otra vez su respuesta hasta que ésta fuera amable y segura.

- Ojalá nuestro trabajo se pareciera más a la antropología física. Entonces estaríamos más preparados para aplicar tu investigación sobre las pautas de vida subcelulares de Lusitania a lo que aprendemos de los pequeninos.

Novinha parecía horrorizada.

- ¿Quieres decir que ni siquiera tomáis muestras de tejido?

Libo se sonrojó ligeramente, pero cuando contestó, su voz continuó tranquila. Pipo pensó que el muchacho no cambiaría de actitud ni ante un interrogatorio de la Inquisición.

- Supongo que es una tontería - dijo Libo -, pero tememos que los pequeninos se preguntarían por qué tomamos pedazos de su cuerpo. Si uno de ellos enfermara después por casualidad, ¿pensarían que nosotros causamos la enfermedad?

- ¿Y si tomarais algo que ellos sueltan de forma natural? Se puede aprender mucho del pelo.

Libo asintió; Pipo, que observaba desde su terminal al otro extremo de la habitación, reconoció el gesto: Libo lo había aprendido de su padre.

- Muchas tribus primitivas de la Tierra creían que los despojos de sus cuerpos contenían parte de su vida y de su fuerza. ¿Y si los cerdis pensaran que estamos practicando magia contra ellos?

- ¿No sabéis su lenguaje? Creía que algunos de ellos hablan también el stark - ella no hizo ningún esfuerzo para disimular su desdén -. ¿No podéis explicarles para qué son las muestras?

- Tienes razón - dijo él tranquilamente -.

Pero si les explicáramos para qué usamos las muestras de tejidos, podríamos accidentalmente enseñarles los conceptos de la ciencia biológica un millar de años antes de que alcancen ese punto de manera natural. Por eso la ley nos prohíbe explicar cosas como esa.

Finalmente, Novinha claudicó.

- No me daba cuenta de lo férreamente que estáis atados por la doctrina de la intervención mínima.

Pipo se alegró al oír que se retiraba de su arrogancia, pero su humildad era aún peor. La muchacha estaba tan aislada del contacto humano que hablaba como un libro de ciencia excesivamente formal. Pipo se preguntó si ya sería demasiado tarde para enseñarle a convertirse en un ser humano.

No lo era. En cuanto ella se dio cuenta de que eran excelentes en su trabajo científico, del que ella apenas sabía nada, desterró su agresividad y adoptó casi el extremo opuesto. Apenas le habló a Pipo y Libo durante semanas. Al contrario, estudió sus informes, intentando comprender el propósito de lo que hacían. De vez en cuando tenía una pregunta, y preguntaba; ellos contestaban amablemente y a conciencia.

La cortesía dio paso gradualmente a la familiaridad. Pipo y Libo empezaron a conversar abiertamente delante de ella, aireando sus especulaciones sobre las causas que habían llevado a los cerdis a desarrollar aquellas extrañas pautas de conducta, qué significado subyacía detrás de algunas de sus extrañas expresiones, por qué permanecían tan enervantemente impenetrables. Y como el estudio de los cerdis era una rama completamente nueva de la ciencia, no pasó mucho tiempo antes de que Novinha también fuera experta en ella, aunque lo fuera de segunda mano, y pudiera ofrecer algunas hipótesis.

- Después de todo - dijo Pipo, animándola -, todos estamos ciegos en este asunto.

Pipo había previsto lo que iba a suceder a continuación. La paciencia de Libo, cuidadosamente cultivada, le había hecho parecer frío y reservado ante los chicos de su edad, y Pipo era para él más importante que cualquier intento de socialización; el aislamiento de Novinha era más espectacular, pero no más intenso. Ahora, sin embargo, su interés común en los cerdis les acercaba; ¿con quién más podían hablar, si nadie excepto Pipo podría comprender sus conversaciones?

Descansaban juntos y se reían hasta que se les saltaban las lágrimas ante chistes que no podrían divertir a ningún otro luso. Como los cerdis parecían tener un nombre para cada árbol del bosque, Libo se dedicó a nombrar todos los muebles de la Estación Zenador, y periódicamente anunciaba que ciertos elementos estaban en mal momento y no tenían que ser molestados.

- ¡No os sentéis en Silla! ¡Tiene otra vez el período!

Nunca habían visto un cerdi femenino, y los machos siempre se referían a ellas con una reverencia casi religiosa; Novinha escribió una serie de informes satíricos sobre una imaginaria mujer cerdi llamada Reverenda Madre, que era jocosamente mandona y exigente.

No todo eran risas. Había problemas, preocupaciones y en una ocasión sintieron miedo auténtico de que hubieran hecho exactamente lo que el Congreso Estelar había intentado prevenir: crear cambios radicales en la sociedad cerdi. Empezó con Raíz, naturalmente. Raíz, que insistía en hacer preguntas desafiantes e imposibles, como: «Si no tenéis ninguna otra ciudad de humanos, ¿cómo podéis ir a la guerra? No hay ningún honor en que vayáis a matar a los Pequeños.» Pipo farfulló algo referente a que los humanos nunca matarían a los pequeninos, pero sabía que ésa no era la pregunta que Raíz estaba haciéndole realmente.

Pipo sabía desde hacía años que los cerdis conocían el concepto de guerra, pero Libo y Novinha discutieron apasionadamente durante días si la pregunta de Raíz probaba que los cerdis consideraban la guerra como algo deseable o simplemente inevitable. Había otros fragmentos de información de Raíz, algunos importantes, otros no... y muchos cuya importancia era imposible de juzgar. En cierto modo, el propio Raíz era la prueba de la sabiduría de la política que prohibía a los xenólogos hacer preguntas que pudieran revelar expectativas humanas y, por tanto, prácticas humanas. Las preguntas de Raíz invariablemente les daban más respuestas que las que obtenían de sus respuestas a sus propias preguntas.

La última información que Raíz les dio, sin embargo, no iba incluida en una pregunta. Fue una suposición dicha a Libo en privado, mientras Pipo estaba con algunos otros cerdis examinando la manera en que construían la casa de troncos.

- ¡Lo sé, lo sé! - dijo Raíz -. Sé por qué Pipo está aún vivo. Vuestras mujeres son demasiado estúpidas para saber que él es sabio.

Libo se esforzó en encontrar sentido en este galimatías aparente. Qué pensaba Raíz, ¿que si las mujeres humanas fueran más listas matarían a Pipo? Hablar de matar era preocupante: esto era, obviamente, un asunto importante, y Libo no sabía cómo llevarlo solo. Sin embargo, no podía pedir ayuda a Pipo, pues estaba claro que Raíz quería discutirlo donde Pipo no pudiera oír.

Al ver que Libo no contestaba, Raíz insistió.

- Vuestras mujeres son débiles y estúpidas. Se lo dije a los otros y me dijeron que debía preguntarte. Vuestras mujeres no ven la sabiduría de Pipo. ¿Es cierto?

Raíz parecía muy excitado, respiraba agitadamente y se arrancaba pelos de los brazos, a puñados de cuatro o cinco a la vez. Libo tenía que responder.

- La mayoría de las mujeres no le conocen - dijo.

- ¿Entonces cómo sabrán si debe de morir? - preguntó Raíz.

De repente, se quedó muy tranquilo y añadió, en voz muy alta:

- ¡Sois cabras!

Entonces apareció Pipo, preguntándose a qué venían los gritos. Vio de inmediato que Libo estaba desesperado. Sin embargo, no tenía ni idea de qué había tratado la conversación, ¿cómo podría servir de ayuda? Todo lo que sabía era que Raíz estaba diciendo que los humanos - o al menos Pipo y Libo - eran como las grandes bestias que pastaban en manadas en la pradera. Pipo ni siquiera era capaz de decir si Raíz está enfadado o feliz.

- ¡Sois cabras! ¡Vosotros decidís! - señaló a Libo y luego a Pipo -. ¡Vuestras mujeres no eligen vuestro honor, vosotros lo hacéis! ¡Igual que en la batalla, pero todo el tiempo!

Pipo no entendía de lo que hablaba Raíz, pero podía ver que todos los pequeninos estaban inmóviles como árboles, esperando que él - o Libo - contestaran. Estaba claro que Libo se sentía demasiado asustado por la extraña conducta de Raíz para que se atreviera a responder. En un caso así, Pipo no pudo sino decir la verdad; era, después de todo, una pieza de información relativamente obvia y trivial sobre la sociedad humana. Iba en contra de las leyes que el Congreso Estelar había establecido, pero no contestar sería incluso más peligroso, y por eso Pipo continuó.

- Los hombres y las mujeres deciden juntos, o deciden solos. Uno no decide por el otro.

Era, aparentemente, lo que todos los cerdis habían estado esperando.

- Cabras - dijeron, una y otra vez; corrieron hacia Raíz, riendo y silbando.

Lo cogieron y se lo llevaron rápidamente a la espesura. Pipo intentó seguirles, pero dos de los cerdis lo detuvieron y negaron con la cabeza. Era un gesto humano que habían aprendido con anterioridad, pero para los cerdis tenía un sentido aún más fuerte. A Pipo le quedaba absolutamente prohibido seguirles. Iban a ir con las hembras, y ése era el único lugar al que los cerdis les habían dicho que no podían acudir.

De vuelta a casa, Libo informó de cómo había empezado el problema.

- ¿Sabes lo que dijo Raíz? Dijo que nuestras mujeres son débiles y estúpidas.

- Eso es porque no conoce a la alcaldesa Bosquinha. Ni a tu madre.

Libo se echó a reír, porque su madre, Conceição, dirigía los archivos como si fuera una antigua estação en el salvaje mato: si entrabas en sus dominios, quedabas irremediablemente sujeto a su ley. Mientras se reía, sintió que algo se le escapaba, algo que era importante... ¿de qué estaban hablando? Libo lo había olvidado, y pronto olvidó también que había olvidado.

Esa noche escucharon el sonido de los tambores que Pipo y Libo creían parte de alguna especie de celebración. No sucedía muy a menudo, era como si golpearan grandes tambores con gruesos palos. Esa noche, sin embargo, la celebración parecía que iba a durar para siempre. Pipo y Libo especularon que quizás el ejemplo humano de igualdad sexual había dado a los pequeninos machos alguna esperanza de liberación.

- Creo que podríamos catalogar esto como una seria modificación de la conducta de los cerdis - dijo gravemente Pipo -. Si resulta que hemos causado un cambio real, tendré que hacer un informe, y el Congreso probablemente ordenará que el contacto humano con los cerdis se interrumpa durante una temporada. Años, tal vez.

Era una idea preocupante: realizar su trabajo a conciencia tal vez hiciera que el Congreso Estelar les prohibiera seguir haciéndolo.

Por la mañana, Novinha fue con ellos hasta la puerta de la gran verja que separaba la ciudad humana de las colinas de los bosques donde los cerdis vivían. Como Pipo y Libo aún estaban intentando asegurarse mutuamente que ninguno de ellos podría haber hecho nada malo, Novinha se adelantó y llegó primero a la puerta. Cuando los otros llegaron, señaló una mancha fresca de tierra roja a unos treinta metros colina arriba.

- Eso es nuevo - dijo -. Y hay algo allí dentro.

Pipo abrió la puerta y Libo, por ser más joven, corrió a investigar. Se detuvo al borde de la mancha y se quedó completamente inmóvil, mirando lo que allí había. Pipo, al verle, se detuvo, y Novinha, temiendo súbitamente por Libo, ignoró las reglas y atravesó la puerta. Libo echó la cabeza hacia atrás y se arrodilló; se llevó las manos a los rizados cabellos y exhaló un terrible grito de remordimiento.

Raíz yacía abierto en el claro. Le habían sacado las vísceras con el mayor cuidado: cada órgano había sido separado limpiamente, y las fibras y filamentos de sus miembros habían sido separados y esparcidos siguiendo un modelo simétrico en el suelo. Todo tenía aún conexión con el cuerpo: nada había sido amputado completamente.

El grito de agonía de Libo era casi histérico. Novinha se arrodilló junto a él y lo abrazó, lo meció e intentó tranquilizarlo. Pipo sacó metódicamente su cámara y tomó fotos desde todos los ángulos para que el ordenador pudiera analizarlo con detalle más tarde.

- Aún estaba vivo cuando hicieron esto - dijo Libo, cuando se calmó lo suficiente para poder hablar. Incluso así, tuvo que pronunciar las palabras despacio, con cuidado, como si fuera un extranjero que aprende a hablar -. Hay tanta sangre en el suelo... y llega hasta tan lejos... su corazón tuvo que estar latiendo cuando le abrieron.

- Ya lo discutiremos más tarde - dijo Pipo.

Ahora, el detalle que Libo había olvidado el día anterior volvió con cruel claridad.

- Es lo que Raíz dijo ayer sobre las mujeres. Deciden cuándo deben morir los hombres. Me dijo eso y que...

Se detuvo. Naturalmente que no hizo nada. La ley requería que no hiciera nada. Y en ese momento decidió que odiaba la ley. Si la ley implicaba que había que permitir que le hicieran esto a Raíz, entonces la ley era absurda. Raíz era una persona. Uno no se mantiene al margen y deja que esto le pase a una persona sólo por el hecho de que la estés estudiando.

- No le hicieron esto como deshonor - dijo Novinha -. Si hay algo claro, es el amor que sienten por los árboles. ¿Véis?

En el centro de la cavidad pectoral de Raíz, por lo demás vacía ahora, había implantada una semilla muy pequeña.

- Ahora sabemos por qué todos los árboles tienen nombre - dijo Libo amargamente -. Los plantan como lápidas para los cerdis que torturan a muerte.

- Este bosque es muy grande - dijo Pipo con suavidad -. Por favor, reduce tus hipótesis a lo que sea remotamente posible.

Se calmaron con su tono tranquilo y razonado, con su insistencia de que, incluso ahora, se comportaran como científicos.

- ¿Qué hacemos? - preguntó Novinha.

- Tenemos que hacerte regresar al perímetro inmediatamente - dijo Pipo -. Tu estancia aquí está prohibida.

- Me refiero al cuerpo... ¿Qué hacemos con él?

- Nada - dijo Pipo -. Los cerdis han hecho lo que suelen hacer, por las razones que tengan.

Ayudó a Libo a ponerse en pie. El muchacho tuvo problemas para sostenerse al principio; tuvo que apoyarse en los dos para poder dar sus primeros pasos.

- ¿Qué es lo que dije? - susurró -. Ni siquiera sé qué es lo que dije para que lo mataran.

- No fuiste tú - dijo Pipo -. Fui yo.

- ¿Es que creéis que sois sus dueños? - demandó Novinha -. ¿Creéis que su mundo gira en torno vuestro? Los cerdis lo hicieron, por las razones que sean. Está bastante claro que no es la primera vez: la vivisección fue demasiado perfecta para que se trate de la primera vez.

Pipo lo tomó como un chiste macabro.

- Estamos quedándonos atrás, Libo. Se supone que Novinha no sabe nada de xenología.

- Tienes razón - contestó Libo -. Sea lo que sea lo que ha impulsado esto, lo han hecho antes. Una costumbre - intentaba parecer sereno.

- Pero eso es aún peor, ¿no? - dijo Novinha -. Es una costumbre suya destriparse vivos mutuamente.

Miró a los otros árboles del bosque que empezaba en la cima de la colina y se preguntó cuántos otros tenían sangre en sus raíces.

Pipo envió su informe por el ansible, y el ordenador no le dio ningún problema sobre el nivel de prioridad. Dejó la cuestión en manos del comité supervisor, para que éste decidiera si el contacto con los cerdis debería de ser detenido. El comité no pudo identificar ningún error fatal.

- Es imposible ocultar la relación existente entre nuestros sexos, ya que es posible que algún día una mujer sea xenóloga - dijo el informe -, y no encontramos ningún punto en el que no actuaran razonable y prudentemente. Nuestra conclusión es que fueron partícipes involuntarios de alguna clase de lucha por el poder, que se decidió en contra de Raíz, y que deben continuar con su contacto empleando toda la prudencia razonable.

Era una absolución completa, pero no resultó fácil aceptarla. Libo había crecido conociendo a los cerdis, o al menos oyendo a su padre hablar de ellos.

Conocía mejor a Raíz que a ningún otro ser humano aparte de su familia y Novinha. Le costó días regresar a la Estación Zenador, semanas volver a los bosques.

Los cerdis no dieron muestras de que nada hubiera cambiado; si acaso, fueron aún más abiertos y amistosos que antes. Nadie habló jamás de Raíz, menos que nadie Pipo y Libo. Sin embargo, hubo cambios por parte de los humanos. Pipo y Libo nunca se separaban más que unos pocos pasos mientras estaban entre ellos.

El dolor y la desesperación de aquel día hicieron que Libo y Novinha confiaran uno en el otro más que antes, como si la oscuridad les hiciera acercarse juntos a la luz. Los cerdis parecían ahora peligrosos e impredecibles, igual que había parecido siempre la compañía humana, y entre Pipo y Libo se interponía ahora la duda de quién era el culpable, no importaba cuánto intentaran reconfortarse mutuamente.

Así que lo único bueno y seguro en la vida de Libo era Novinha, y en la vida de Novinha lo único era Libo.

Aunque Libo tenía madre y hermanos, y Pipo y Libo siempre volvían a casa, Novinha y Libo se comportaban como si la Estación Zenador fuera una isla en la que Pipo fuera una especie de amoroso, pero siempre remoto Próspero. Pipo se preguntaba si los cerdis eran como Ariel, que guiaba a los jóvenes a la felicidad, o como pequeños Caliban, apenas bajo control y siempre dispuestos a cometer asesinatos.

Después de unos cuantos meses, la muerte de Raíz se desvaneció en la memoria, y sus risas regresaron, aunque nunca llegó a ser como antes. Cuando cumplieron diecisiete años, Libo y Novinha estaban tan seguros el uno de la otra que hablaban rutinariamente de lo que harían juntos dentro de cinco, diez, veinte años. Pipo nunca se molestó en preguntarles por sus planes de matrimonio. Después de todo estudiaban biología de la mañana a la noche. Tarde o temprano, se les ocurriría explorar estrategias reproductoras estables y socialmente aceptables.

Mientras tanto, era bastante que se preguntaran incesantemente por cómo y cuándo los cerdis se apareaban, considerando que los machos no tenían ningún órgano reproductor distinguible. Sus especulaciones sobre cómo los cerdis combinaban material genético invariablemente los condujo a chistes tan picantes que Pipo tuvo que recurrir a todo su autocontrol para pretender que no los encontraba divertidos.

Así, la Estación Zenador durante aquellos pocos años fue un lugar de auténtica camaradería para dos jóvenes brillantes que, de otra manera, habrían sido condenados a una fría soledad. A ninguno se le ocurrió que aquel idilio terminaría bruscamente, y para siempre, y bajo unas circunstancias que sacudirían de temor a los Cien Mundos.

Fue tan simple, tan cotidiano... Novinha analizaba la estructura genética de los juncos infestados de moscas que había junto al río, y se dio cuenta de que el mismo cuerpo subcelular que había causado la Descolada estaba presente en las células del junco. Hizo aparecer otras varias estructuras celulares en el aire por encima del terminal del ordenador y las hizo girar. Todas contenían el agente de la Descolada.

Llamó a Pipo, que estaba enfrascado con la trascripción de la visita a los cerdis del día anterior. El ordenador mostró comparaciones de todas las otras células de las que tenían ejemplos. Ajena a la función celular, ajena a la especie de la que provenía, cada célula alienígena contenía el agente de la Descolada, y el ordenador declaró que su proporción química era absolutamente idéntica.

Novinha esperaba que Pipo asintiera, le dijera que parecía interesante, tal vez que proporcionara una hipótesis.

En vez de eso, se sentó y volvió a examinar la prueba, preguntando cómo operaba la comparación del ordenador, y después qué era lo que hacía realmente el agente de la Descolada.

- Padre y Madre no llegaron a descubrir qué la provocaba, pero el agente de la Descolada produce esta pequeña proteína, bueno, pseudo proteína, supongo, que ataca las moléculas genéticas, empezando por un extremo y deshaciendo las dos cadenas de la molécula justo hasta el centro. Por eso la llaman la descoladora... también separa el ADN de los humanos.

- Muéstrame lo que hace en las células alienígenas.

Novinha puso el simulador en movimiento.

- No, no sólo en la molécula genética... en todo el entorno de la célula.

- Es justo en el núcleo - dijo ella. Amplió el campo para incluir más variables.

El ordenador lo realizó más lentamente, ya que estaba considerando millones de enlaces aleatorios de material nuclear a cada segundo. En la célula del junco, a medida que una molécula genética se despegaba, varias grandes proteínas ambientales se pegaban a los tejidos abiertos.

- En los humanos, el ADN intenta recombinarse, pero las proteínas aleatorias se insertan de tal forma que la célula se vuelve loca. A veces experimentan una mitosis, como el cáncer, y a veces mueren. Lo que es más importante es que en los humanos los cuerpos de la Descolada se reproducen locamente, pasando de célula en célula. Por supuesto, todas las criaturas alienígenas ya las tienen.

Pero Pipo no estaba interesado en lo que decía. Cuando el descolador había terminado con las moléculas genéticas del junco, miró a una y otra células.

- No es sólo significante. Es lo mismo - dijo -. ¡Es lo mismo!

Novinha no vio lo que él había advertido. ¿Lo mismo de qué? Tampoco tuvo tiempo de preguntar. Pipo ya se había puesto en pie, había agarrado su abrigo y se encaminaba hacia la puerta. En el exterior, llovía. Pipo se detuvo solamente para llamarle.

- Dile a Libo que no se moleste en venir. Únicamente muéstrale la simulación y ve si puede darse cuenta antes de que yo regrese. Lo sabrá... Es la gran respuesta. La respuesta a todo.

- ¡Dímela!

Él se echó a reír.

- No hagas trampas. Libo te la dirá si no la puedes ver sola.

- ¿Adónde vas?

- A preguntarle a los cerdis si tengo razón, naturalmente. Pero sé que sí, aunque me mientan. Si no he vuelto en una hora, es que he resbalado con la lluvia y me he roto un pie.

Libo no llegó a ver las simulaciones. La reunión del comité planificador duró más de la cuenta por una discusión referente a la ampliación del ganado, y después Libo aún tuvo que recoger las compras de la semana. Cuando regresó, Pipo llevaba fuera cuatro horas, oscurecía, y la lluvia se convertía en nieve.

Salieron a buscarle de inmediato, temiendo que les costaría horas localizarle en el bosque. Lo encontraron pronto. Su cuerpo estaba casi congelado por efecto de la nieve. Los cerdis ni siquiera habían plantado un árbol en su interior.

 

 

2 - Trondheim

 

Lamento profundamente no haber podido atender su petición de más detalles referentes a las costumbres de apareamiento de los lusitanos aborígenes. Esto debe estar causándoles una angustia inimaginable o de lo contrario nunca le habrían pedido a la Sociedad Xenológica que me reprendiera por no cooperar con sus investigaciones.

Cuando los futuros xenólogos se quejan de que no estoy consiguiendo el tipo de datos adecuados de mis observaciones de los pequeninos, siempre les hago volver a leer las limitaciones que me impone la ley. No se me permite llevar a más de un ayudante en mis visitas; no debo hacer preguntas que puedan revelar expectativas humanas; no puedo quedarme con ellos más de cuatro horas seguidas; excepto mis ropas, no puedo emplear en su presencia productos derivados de la tecnología, lo que incluye cámaras, grabadoras, ordenadores o incluso bolígrafo y papel; tampoco puedo observarlos a escondidas.

En resumen: no puedo decirles cómo se reproducen los pequeninos porque ellos han elegido no hacerlo delante mío.

¡Naturalmente que nuestra investigación es incompleta! ¡Naturalmente que nuestras conclusiones sobre los cerdis son absurdas! Si tuviéramos que observar nuestra universidad bajo las mismas limitaciones que nos atan para observar a los aborígenes lusitanos, sin duda llegaríamos a la conclusión de que los humanos no se reproducen, no forman grupos afines, y dedican su ciclo vital entero a la metamorfosis de estudiante larval a profesor adulto. Podríamos incluso suponer que los profesores detentan un poder notable en la sociedad humana. Una investigación competente revelaría rápidamente lo inadecuado de tales conclusiones... pero en el caso de los cerdis, no se permite ni se contempla ninguna investigación de ese tipo.

La antropología no es nunca una ciencia exacta: el observador nunca experimenta la misma cultura que el participante. Pero éstas son limitaciones naturales a la ciencia. Son las limitaciones artificiales las que nos atan de manos, a nosotros y a ustedes a través de nosotros. Con este ritmo de progreso, lo mismo daría que les enviáramos cuestionarios por correo a los pequeninos y esperásemos que ellos entregaran trabajos eruditos como respuesta.

 

João Figueira Álvarez, réplica a Pietro Guataninni de la Universidad de Sicilia, Campus de Milán, Etruria, publicada póstumamente en Estudios Xenológicos, 22:4:49:193.

 

La noticia de la muerte de Pipo no tuvo solamente importancia local. Fue transmitida instantáneamente, a través del ansible, a los Cien Mundos. Los primeros alienígenas, descubiertos desde los tiempos de Ender el Genocida, habían torturado a muerte a un humano cuya misión era observarles. En cuestión de horas, eruditos, científicos, políticos y periodistas empezaron a asumir sus papeles.

Pronto se llegó a un consenso: «Un incidente, bajo circunstancias confusas, no prueba que la política del Congreso Estelar hacia los cerdis esté equivocada. Al contrario, el hecho de que sólo un hombre muriera parece demostrar la sabiduría de la presente política de inacción casi completa. Deberíamos, por tanto, no hacer nada excepto seguir observando a un ritmo ligeramente menos rápido». El sucesor de Pipo tenía instrucciones de que no visitara a los cerdis más a menudo que de costumbre, y de no estar con ellos más de una hora seguida. No tenía que instar a los cerdis a responder preguntas referidas a su conducta con Pipo. La vieja política de inacción quedó reforzada.

También hubo mucha preocupación sobre la moral de la gente de Lusitania. Se les enviaron muchos programas de entretenimiento a través del ansible, a pesar del alto coste, para ayudarles a que distrajeran sus mentes de tan horrible asesinato.

Y después de haber hecho lo único que podía hacerse por los framlings, quienes estaban, después de todo, a años luz de Lusitania, la gente de los Cien Mundos volvió a sus preocupaciones locales.

Fuera de Lusitania, sólo un hombre del casi medio billón de seres humanos de los Cien Mundos sintió la muerte de João Figueira Álvarez, apodado Pipo, como un gran cambio en su propia vida. Andrew Wiggin era Portavoz de los Muertos en la ciudad universitaria de Reykiavik, renombrada como conservadora de la cultura nórdica y situada en las afiladas pendientes de un fiordo que taladraba el granito y el hielo del mundo helado de Trondheim justo en el ecuador. Era primavera, y por eso la nieve desaparecía, y unas cuantas flores y hierbas asomaban con todas sus fuerzas en busca de un poco de sol. Andrew estaba sentado en la cima de una colina soleada, rodeado por una docena de estudiantes que analizaban la historia de la colonización interestelar. Andrew sólo escuchaba a medias la apasionada discusión de que si la completa victoria humana en las Guerras Insectoras había sido un preludio necesario a la expansión humana. Esas discusiones siempre degeneraban rápidamente en una difamación del monstruo humano Ender, que comandaba la flota estelar que cometió el Genocidio de los Insectores. Andrew solía dejar que su mente divagara; la materia no le aburría exactamente, pero prefería que tampoco requiriera toda su atención.

Entonces, el pequeño ordenador implantado como una joya en su oído le contó la cruel muerte de Pipo, el xenólogo de Lusitania, e instantáneamente Andrew se puso alerta e interrumpió a sus estudiantes.

- ¿Qué sabéis de los cerdis? - les preguntó.

- Son nuestra única esperanza de redención - contestó uno, que tomaba a Calvino mucho más en serio que a Lutero.

Andrew miró al instante a la estudiante Plikt, pues sabía que no podría soportar tal misticismo.

- No existen para ningún propósito humano, ni siquiera el de la redención - dijo Plikt con fulminante desdén -. Son auténticos ramen, como los insectores.

Andrew asintió, pero frunció el ceño.

- Usas una palabra que no es todavía koiné común.

- Debería serlo - dijo Plikt -. Todo el mundo en Trondheim, todo norteño en los Cien Mundos debería haber leído ya La Historia de Wutan en Trondheim de Demóstenes.

- Deberíamos, pero no lo hemos hecho - suspiró un estudiante.

- Haz que deje de pavonearse, Portavoz - dijo otro -. Plikt es la única mujer que conozco capaz de pavonearse sentada.

Plikt cerró los ojos.

- El lenguaje nórdico reconoce cuatro tipos de extranjeros. El primero es el habitante de otras tierras, o utlanning, el extraño que reconocemos como humano de nuestro mundo, pero que pertenece a otro país o a otra ciudad. El segundo es el framling:

Demóstenes simplemente cambió el acento de la palabra nórdica frámling. Se trata del extranjero que reconocemos como humano, pero de otro mundo. El tercero es el raman, el extranjero que reconocemos como humano, pero de otra especie. El cuarto es el auténtico alienígena, el varelse, que incluye todos los animales, con los cuales no es posible la conversación. Viven, pero no podemos adivinar qué propósitos o causas les hace actuar. Puede que sean inteligentes, puede que sean conscientes de si mismos, pero no tenemos medio de saberlo.

Andrew advirtió que varios estudiantes estaban molestos. Requirió su atención.

- Pensáis que estáis molestos por la arrogancia de Plikt, pero no es así. Plikt no es arrogante, sino simplemente precisa. Os avergonzáis con razón por no haber leído la historia de Demóstenes sobre vuestra propia gente, y por eso en vuestra vergüenza os enfadáis con Plikt, porque no es culpable.

- Creía que los Portavoces no creían en el pecado - dijo un muchacho malhumorado.

Andrew sonrío.

- Tú crees en el pecado, Styrka, y actúas siguiendo esa creencia. Por tanto, el pecado es real para ti, y al conocerte, el Portavoz debe creer en el pecado.

Styrka no quiso darse por vencido.

- ¿Qué tiene que ver toda esta charla de utlannings, framlings, ramen y varelse con el Genocidio de Ender?

Andrew se volvió hacia Plikt. Ella pensó un momento.

- Tiene que ver con la estúpida discusión que manteníamos. A través de la distinción nórdica de los grados de extranjería, podemos ver que Ender no era un auténtico genocida, pues cuando destruyó a los insectores los conocía únicamente como varelse; no fue hasta años después, cuando el primer Portavoz de los Muertos escribió la Reina Colmena y el Hegemón, que la humanidad comprendió por vez primera que los insectores no eran varelse en absoluto, sino ramen. Hasta entonces, no había habido comprensión ninguna entre los insectores y los humanos.

- El genocidio es el genocidio - dijo Styrka -. El hecho de que Ender no supiera que eran ramen no hace que estén menos muertos.

Andrew suspiró ante la actitud de Styrka, incapaz de perdonar: era común entre los calvinistas de Reykiavik negar cualquier peso al motivo humano para juzgar el bien o el mal de un hecho. Los hechos son buenos o malos en sí mismos, decían; y ya que los Portavoces de los Muertos tenían por única doctrina que el bien y el mal existen enteramente en los motivos humanos y no en los hechos, los estudiantes como Styrka solían ser bastante hostiles con Andrew. Afortunadamente, Andrew no se ofendía: comprendía el motivo que había detrás.

- Styrka, Plikt, dejadme que os ponga otro ejemplo. Supongamos que nos enteramos de que los cerdis, que han aprendido a hablar stark, y cuyos lenguajes han aprendido también algunos humanos, sin provocación o explicación alguna, han torturado de repente hasta la muerte al xenólogo enviado para observarlos.

Plikt saltó inmediatamente ante la pregunta.

- ¿Cómo podemos saber que no hubo provocación? Lo que a nosotros nos parece inocente podría ser insoportable para ellos.

Andrew sonrío.

- Incluso así. Pero el xenólogo no les ha hecho daño, ha dicho muy poco, no les ha costado nada... bajo ningún sistema de pensamiento que podamos concebir, merece esa muerte dolorosa. ¿No convierte a los cerdis en varelse en vez de ramen este incomprensible asesinato?

Ahora le tocaba el turno a Styrka para responder rápidamente.

- El asesinato es el asesinato. Esta charla de varelse y ramen no tiene sentido. Si los cerdis asesinan, entonces son malvados, como los insectores lo fueron. Si el acto es malvado, el actor es malvado.

Andrew asintió.

- Ése es nuestro problema. ¿El acto era malo o, de alguna manera, al menos para la comprensión de los cerdis, era bueno? ¿Son los cerdis raman o varelse? De momento, Styrka, calla la boca. Conozco los argumentos de tu calvinismo, pero incluso Juan Calvino diría que tu doctrina es estúpida.

- ¿Cómo sabe que Calvino...?

- ¡Porque está muerto - rugió Andrew -, y por esto tengo derecho a hablar por él!

Los estudiantes se rieron, y Styrka se encerró en un silencio testarudo. Andrew sabía que el muchacho era brillante; su calvinismo no sobrepasaría su educación antes de que se graduara, aunque la escisión sería larga y dolorosa.

- Talman, Portavoz - dijo Plikt -. Habla usted como si esa situación hipotética fuera real, como si los cerdis hubieran matado de verdad al xenólogo.

Andrew asintió con gravedad.

- Sí, es cierta.

Fue preocupante. Despertó ecos del antiguo conflicto entre humanos e insectores.

- Reflexionad un momento - dijo Andrew -. Descubriréis que bajo vuestro odio hacia Ender el Genocida y vuestro pesar por la muerte de los insectores, también sentís algo mucho más feo. Tenéis miedo del extraño, sea utlanning o framling. Cuando pensáis que ese extraño mata a un hombre a quien conocéis y valoráis, entonces no importa qué forma tiene. Entonces es varelse, o peor... djur, las espantosas bestias que rondan por la noche con sus mandíbulas esclavizantes. Si tuvierais la única arma de vuestro pueblo, y las bestias que han masacrado a vuestra gente volvieran, ¿os pararíais a pensar si también tienen derecho a vivir, o actuaríais para salvar a vuestro pueblo, a la gente que conocéis, la gente que depende de vosotros?

- ¡Según ese razonamiento suyo, deberíamos de matar a los cerdis ahora, por primitivos e indefensos que sean! - gritó Styrka.

- ¿Mi razonamiento? He hecho una pregunta. Una pregunta no es un razonamiento, a menos que sepas que conoces mi respuesta, y te aseguro, Styrka, que no la sabes. Pensad en esto. La clase ha terminado.

- ¿Hablaremos mañana sobre esto? - preguntaron.

- Si queréis... - dijo Andrew, pero sabía que si lo discutían, sería sin él.

Para ellos, el tema de Ender el Genocida era simplemente filosófico. Después de todo, las Guerras Insectoras habían sucedido más de tres mil años antes. Estaban en el año 1948 CE, contando a partir del año en que el Código Estelar fue establecido, y Ender había destruido a los insectores en el año 1180 antes del código. Pero para Andrew los hechos no eran tan remotos. Había hecho más viajes interestelares de lo que sus alumnos se atreverían a suponer: desde que tenía veinticinco años, hasta que llegó a Trondheim nunca se había quedado más de seis meses en ningún planeta. El viaje a la velocidad de la luz entre los mundos le había hecho saltar como una piedra sobre la superficie del tiempo. Sus estudiantes no sospechaban que su Portavoz de los Muertos, que seguramente no tenía más de treinta y cinco años, poseía recuerdos muy claros de los sucesos de tres mil años antes, que de hecho esos sucesos sólo le parecían alejados unos veinte años, la mitad de su edad. No tenían idea de lo profundamente que la pregunta de la antigua culpa de Ender quemaba en su interior, y cómo la había contestado en un millar de formas insatisfactorias. Conocían a su maestro solamente como Portavoz de los Muertos: no sabían que cuando era un simple chiquillo, su hermana mayor, Valentine, no podía pronunciar el nombre de Andrew y que por eso le llamaba Ender, el nombre que él mismo volvió infame antes de cumplir los quince años. Así que dejó que el severo Styrka y la analítica Plikt reflexionaran sobre la gran pregunta de la culpa de Ender; para Andrew Wiggin, Portavoz de los Muertos, la pregunta no era académica.

Y ahora, mientras caminaba por la colina bajo el aire helado, Ender - Andrew, el Portavoz -, sólo podía pensar en los cerdis, que estaban ya cometiendo crímenes inexplicables, como los insectores habían hecho descuidadamente cuando por primera vez contactaron con la raza humana. ¿Era inevitable que cuando dos extraños se encontrasen tuvieran que marcar ese encuentro con sangre? Los insectores habían matado a seres humanos, pero sólo porque tenían una mente colmenar; para ellos, la vida individual era tan preciosa como la uña de un dedo, y matar a un humano o no era simplemente su manera de hacernos ver que estaban en el vecindario. ¿Podrían tener también los cerdis una razón para matar?

Pero la voz en su oído había hablado de tortura, un ritual similar a la ejecución de uno de los propios cerdis. Los cerdis no eran una mente colectiva, no eran los insectores, y Ender Wiggin tenía que saber por qué habían hecho aquello.

- ¿Cuándo se ha enterado de la muerte del xenólogo?

Ender se dio la vuelta. Era Plikt. Le había seguido en lugar de regresar a las Cuevas donde vivían los estudiantes.

- Antes, mientras estábamos hablando. - Se tocó el oído; los terminales implantados eran caros, pero no raros del todo -. Le eché un vistazo a las noticias antes de ir a clase. Entonces no se sabía nada. Si una historia de esa importancia viniera a través del ansible, habría habido una alerta. A menos que le lleguen a usted las noticias directamente del informe del ansible.

Plikt, obviamente, pensaba que tenía un misterio en las manos. Y, de hecho, lo tenía.

- Los Portavoces tienen acceso de alta prioridad a la información pública - dijo.

- ¿Le ha pedido alguien que hable en nombre de la muerte del xenólogo?

Él negó con la cabeza.

- Lusitania está bajo Licencia Católica.

- A eso me refería. No tendrán portavoz propio allí. Pero tendrán que dejar que uno vaya si alguien lo pide. Y Trondheim es el mundo más cercano a Lusitania.

- Nadie ha pedido un Portavoz.

Plikt le tiró de la manga.

- ¿Por qué está usted aquí?

- Sabes por qué vine. Hablé de la muerte de Wutan.

- Sé que vino con su hermana, Valentine. Ella es una profesora mucho más popular que usted, y contesta las preguntas con respuestas; usted sólo las responde con más preguntas.

- Eso es porque ella sabe algunas respuestas.

- Portavoz, tiene que decírmelo. He intentado hacer averiguaciones sobre usted. Sentía curiosidad. Su nombre, de dónde viene. Todo está clasificado. Clasificado tan profundamente que ni siquiera puedo averiguar qué nivel de acceso tiene. El propio Dios no podría enterarse de la historia de su vida.

Ender la tomó por los hombros y la miró a los ojos.

- No es asunto tuyo cuál es el nivel de acceso.

- Es usted más importante de lo que nadie sospecha, Portavoz - dijo ella -. El ansible le informa antes que a nadie más, ¿no? Y nadie puede encontrar información sobre usted.

- Nadie lo ha intentado nunca. ¿Por qué lo has hecho tú?

- Quiero ser Portavoz.

- Continúa entonces. El ordenador te entrenará. No es como una religión. No tienes que memorizar ningún catecismo. Ahora déjame solo.

Se separó de ella con un pequeño empujón. Ella dio un paso atrás mientras él se marchaba.

- ¡Quiero hablar por usted! - chilló.

- ¡Todavía no estoy muerto! - replicó él.

- ¡Sé que va a ir a Lusitania! ¡Lo sé!

«Entonces ya sabes más que yo», pensó Ender. Pero se echó a temblar, aunque el sol brillaba y llevaba puestos tres jerseys para protegerse del frío. No sabía que Plikt tenía tanta emoción en su interior.

Obviamente se identificaba con él. Le asustaba que la muchacha necesitara algo de él tan desesperadamente. Llevaba años sin efectuar ningún contacto real con nadie excepto con su hermana Valentine; con ella y, por supuesto, con los muertos por los que hablaba.

Todas las otras personas que habían significado algo en su vida estaban muertas. Valentine y él les habían sobrevivido siglos, mundos.

La idea de echar raíces en el helado suelo de Trondheim le repelía. ¿Qué quería Plikt de él? No importaba. No lo daría. ¿Cómo se atrevía a demandar cosas de él, como si le perteneciera? Ender Wiggin no pertenecía a nadie. Si ella supiera quién era, le repudiaría como al Genocida; o le adoraría como al Salvador de la Humanidad.

Ender recordó que la gente también solía hacer eso, y tampoco le gustaba. Incluso ahora sólo le conocían por su papel, por el nombre de Portavoz,

Talman, Falante, Spieler, o como quiera que llamaran al Portavoz de los Muertos en la lengua de su ciudad, nación o mundo.

No quería que le conocieran. No les pertenecía a ellos, a la raza humana. Tenía otra meta, pertenecía a alguien más. No a los seres humanos. Ni tampoco a los malditos cerdis. O eso pensaba.

 

 

3 - LIBO

 

Dieta observada: Primariamente macios, los gusanos brillantes que viven entre las enredaderas de merdona en la corteza de los árboles. Se les ha visto masticar a veces hojas de capim. A veces (¿accidentalmente?) ingieran hojas de merdona con los macios.

Nunca les hemos visto comer nada más. Novinha analizó los tres alimentos (macios, hojas de capim y hojas de merdona), y los resultados fueron sorprendentes. O bien los pequeninos no necesitan muchas proteínas diferentes o tienen siempre hambre. Su dieta carece seriamente de muchos elementos básicos. Y la dosis de calcio es tan baja que nos preguntamos si sus huesos lo requieren de la misma manera que los nuestros.

Pura especulación: Ya que no podemos tomar muestras de tejido, nuestro único conocimiento de la anatomía y fisiología de los cerdis es el que hemos podido sacar de nuestras fotografías del cadáver diseccionado del cerdi llamado Raíz. Sin embargo, hay algunas anomalías obvias. Las lenguas de los cerdis, que son tan fantásticamente ágiles que pueden producir cualquier sonido de los que nosotros hacemos, y muchos otros que no podemos hacer, deben de haber evolucionado para algún propósito. Tal vez para sorber los insectos en la corteza de los árboles o en nidos en el suelo. Si algún antepasado cerdi hacía eso en el pasado, ahora sus descendientes ciertamente no lo hacen. Y los artejos de sus pies y el interior de sus tobillos les permiten escalar los árboles y colgarse de ellos por las piernas. ¿Por qué evolucionaron? ¿Para escapar de algún depredador? No hay en Lusitania ningún depredador lo suficientemente grande para lastimarles. ¿Para colgarse de los árboles mientras buscan insectos en la corteza de los árboles? Eso encaja con la forma de sus lenguas, ¿pero dónde están los insectos? Los únicos insectos son las moscas y los pulador, pero no anidan en los árboles y los cerdis, de todas formas, tampoco los comen. Los macios son grandes, viven en la superficie de la corteza, y se les puede coger fácilmente haciendo bajar las enredaderas de merdona; no necesitan escalar a los árboles.

Especulación de Libo: La lengua y la capacidad para escalar a los árboles evolucionaron en un entorno diferente con una dieta mucho más variada, en la que se incluían los insectos. Pero algo (¿una edad del hielo?, ¿una migración?, ¿una enfermedad?) hizo que el entorno cambiara. No más insectos en la corteza, etc. Tal vez entonces desaparecieron todos los grandes depredadores. Eso explicaría por qué hay tan pocas especies en Lusitania a pesar de las condiciones favorables. El cataclismo puede haber sido reciente (¿medio millón de años?), y por eso la evolución no ha tenido oportunidad de diferenciarse mucho todavía.

Es una hipótesis tentadora, ya que no hay ninguna razón obvia en el presente entorno para que los cerdis hayan evolucionado. No hay competición para ellos. El espacio ecológico que ocupan podría ser llenado con ardillas. ¿Por qué iba a ser la inteligencia una característica adaptada? Pero inventar un cataclismo para explicar por qué los cerdis tienen una dieta tan aburrida y poco nutritiva es probablemente demasiado. La cuchilla de Ockham corta esto en pedazos.

 

João Figueira Álvarez. Notas de Trabajo 14/4/1948 CE, publicado póstumamente en Raíces Filosóficas de la Secesión Lusitana, 2010-33-4-1090:40.

 

En cuanto la alcaldesa Bosquinha llegó a la Estación Zenador, el asunto escapó del control de Libo y Novinha. Bosquinha estaba acostumbrada a tomar el mando, y su actitud no dejó mucha oportunidad para protestar o ni siquiera para considerarlo.

- Esperad aquí - le dijo a Libo casi en cuanto se hizo cargo de la situación -. Cuando recibí tu llamada, envié al Juez para que se lo dijera a tu madre.

- Tenemos que traer su cuerpo - dijo Libo.

- También llamé a algunos de los hombres que viven cerca para que ayudaran a hacerlo. Y el obispo Peregrino está preparando para él un lugar en las tumbas de la Catedral.

- Quiero estar allí - insistió Libo.

- Comprende, Libo, que tenemos que tomar fotografías, en detalle.

- Fui yo quien les dijo que había que hacer eso para el informe para el Comité Estelar.

- Pero no deberías de estar allí, Libo - la voz de Bosquinha era autoritaria -. Además, nos hace falta tu informe. Tenemos que notificarlo al Congreso Estelar lo antes posible. ¿Puedes hacerlo ahora, mientras está fresco en tu mente?

Tenía razón, naturalmente. Sólo Libo y Novinha podían escribir informes de primera mano, y cuanto más pronto lo hicieran, mejor.

- Lo haré - dijo Libo.

- Y tú, Novinha, pon tus observaciones también. Escribid vuestros informes por separado, sin consultaros. Los Cien Mundos esperan.

El ordenador ya había sido alertado y sus informes se enviaron por ansible mientras los escribían, con errores y correcciones incluidas. En los Cien Mundos, la gente más relacionada con la xenología leyó cada palabra a la vez que Libo y Novinha las escribían. A muchos otros se les entregaron sumarios escritos instantáneamente por el ordenador. A veintidós años-luz de distancia, Andrew Wiggin se enteró de que el xenólogo Joáo Figueira «Pipo» Álvarez había sido asesinado por los cerdis, y se lo contó a sus estudiantes incluso antes de que los hombres de Milagro trajeran de vuelta el cuerpo de Pipo.

Una vez terminado el informe, Libo quedó inmediatamente rodeado por la Autoridad. Novinha le observó con angustia creciente a medida que veía la incapacidad de los líderes de Lusitania y cómo ellos mismos intensificaban el dolor de Libo. El obispo Peregrino fue el peor: su idea del consuelo fue decirle a Libo que, en toda su apariencia, los cerdis eran realmente animales, sin alma, y por tanto su padre había sido despedazado por bestias salvajes, no asesinado. Novinha estuvo a punto de gritarle: ¿Significaba eso que el trabajo de la vida de Pipo no consistía más que en estudiar a las bestias? ¿Y que su muerte, en vez de deberse a un asesinato, era un acto de Dios? Pero se contuvo por el bien de Libo: estaba sentado en presencia del obispo, asintiendo y, al final, se deshizo de él con su sufrimiento más rápidamente de lo que Novinha habría podido hacer con sus argumentos.

Dom Cristão, del Monasterio, fue bastante más valioso, al preguntarle cosas inteligentes sobre los hechos del día, lo que hizo que Libo y Novinha fueran analíticos y no emocionales en sus respuestas. Sin embargo, Novinha pronto dejó de contestar. La mayoría de las personas preguntaba por qué los cerdis habrían hecho una cosa así; Dom Cristão preguntaba qué había hecho Pipo recientemente para provocar su muerte. Novinha sabía perfectamente bien lo que Pipo había hecho: les había dicho a los cerdis el secreto que había descubierto en su simulación. Pero no mencionó este dato, y Libo parecía haber olvidado que ella se lo había dicho apresuradamente unas cuantas horas antes, mientras salían en busca de Pipo. Él ni siquiera había mirado la simulación. Novinha se alegraba de ello; su mayor preocupación era que lo recordara.

Las preguntas de Dom Cristão fueron interrumpidas cuando la alcaldesa volvió con varios hombres que habían ayudado a retirar el cadáver. Estaban calados hasta los huesos a pesar de sus impermeables de plástico, y llenos de barro; afortunadamente, las manchas de sangre habían sido diluidas por la lluvia. Todos parecían vagamente contritos e incluso reverentes, y hacían ademanes con la cabeza hacia Libo, casi inclinándose. Novinha pensó que su deferencia no era la cautela normal que la gente siempre muestra hacia aquellos a quienes la muerte ha tocado tan de cerca.

- Ahora eres el zenador, ¿no? - le dijo a Libo uno de los hombres.

Y allí estaba, con todas las palabras. El zenador no tenía autoridad oficial en Milagro, pero tenía prestigio: su trabajo era la razón de la existencia de la colonia, ¿no? Libo ya no era un niño; tenía decisiones que tomar, tenía prestigio, había pasado de estar en el extremo de la colonia a ser su mismo centro.

Novinha sintió que el control de su vida se le iba de las manos: «No es así como se supone que son las cosas. Tengo que continuar años aún, aprendiendo de Pipo, con Libo como mi compañero de estudios; ése es el modelo de vida.» Como ya era la xenobiologista de la colonia, también tenía un papel adulto que cumplir. No sentía envidia de Libo. Sólo quería que siguiera siendo un niño durante una temporada. Para siempre, en realidad.

Pero Libo no podía ser su compañero de estudios, no podía ser amigo de nadie. Vio con súbita claridad cómo todos en la habitación se centraban en él, en lo que decía, en lo que sentía, en lo que planeaba hacer ahora.

- No haremos daño a los cerdis - dijo -; ni siquiera lo llamaremos asesinato. No sabemos lo que hizo Padre para provocarles. Intentaré comprender eso más tarde. Lo que ahora importa es que lo que hicieron les pareció indudablemente justo. Somos extranjeros aquí, debemos haber violado algún tabú, alguna ley, pero Padre siempre estuvo preparado para esto, siempre supo que había una posibilidad. Decidles que murió con el honor de un soldado en el campo de batalla, de un piloto en su nave. Murió cumpliendo su deber.

«Ah, Libo, niño silencioso, has conseguido tanta elocuencia que ya no podrás ser un simple niño nunca más.» Novinha sintió que su pena se acrecentaba. Tenía que apartar la mirada de Libo, tenía que mirar a cualquier otro lugar...

Y miró a los ojos de la otra única persona en la habitación que no estaba mirando a Libo. El hombre era muy alto, pero muy joven, aún más joven que ella, pues le conocía: había sido estudiante en la clase que le seguía. Ella se había presentado una vez ante Dona Cristal para defenderle. Marcos Ribeira, ése era su nombre, pero siempre le habían llamado Marcão, porque era tan grande. Grande y torpe, decían, y le llamaban simplemente Cão, la cruda palabra que quería decir perro. Ella había visto la torva furia en sus ojos, y después haberle visto, empujado más allá de la tolerancia, estallar y golpear a uno de los que le atormentaban. Su víctima tuvo que llevar el hombro escayolado más de un año.

Por supuesto, acusaron a Marcão de haberlo hecho sin provocación. Eso es lo que hacen los torturadores de todas las épocas, echar la culpa a la víctima, especialmente cuando ésta contraataca. Pero Novinha no pertenecía al grupo de niños (estaba tan aislada como Marcão, aunque no tan indefensa), y por eso no había ningún tipo de lealtad que le impidiera decir la verdad. Era parte de su entrenamiento para Hablar por los cerdis, pensó. El propio Marcão no significaba nada para ella. Nunca se le ocurrió que el incidente pudiera ser importante para él, que podría haberla recordado como la única persona que se puso de su parte en su guerra continua con los otros niños. Ella no le había visto ni había vuelto a pensar en él desde que se convirtió en xenobióloga.

Ahora estaba aquí, manchado del barro del lugar de la muerte de Pipo, con la cara aún más tosca y bestial que nunca y el pelo aplastado por la lluvia, y la cara y las orejas cubiertas de sudor. ¿Y qué es lo que miraba? Sólo tenía ojos para ella, incluso a pesar de que ella le miraba directamente. «¿Por qué me miras?», preguntó en silencio. «Porque tengo hambre», dijeron sus ojos animalescos. Pero no, no, eso era su miedo, ésa era su visión de los cerdis asesinos. «Marcão no significa nada para mí, y no importa lo que pueda pensar, yo no soy nada para él.»

Sin embargo, tuvo un destello de reflexión, sólo durante un momento. Su acción al defender a Marcão significaba para él una cosa y para ella otra; era tan diferente que ni siquiera era el mismo hecho. Su mente conectó esto con el asesinato de Pipo, y le pareció muy importante, le pareció que estaba a punto de explicar lo que había sucedido, pero entonces el pensamiento desapareció en un conjunto de conversaciones y de actividad cuando el obispo condujo a los hombres hacia el cementerio. Aquí no se utilizaban ataúdes en los funerales, pues por el bien de los cerdis estaba prohibido cortar los árboles. Por tanto, el cuerpo de Pipo tenía que ser enterrado de inmediato, aunque el funeral no tendría lugar hasta el día siguiente, y posiblemente incluso más tarde, pues mucha gente querría acudir a la misa de réquiem del zenador. Marcão y los otros hombres salieron en tropel hacia la tormenta, dejando que Novinha y Libo trataran con los que pensaban que tenían asuntos urgentes que atender tras la muerte de Pipo. Extraños con aires de importancia entraban y salían, tomando decisiones que Novinha no comprendía y que no parecían importar a Libo.

Hasta que finalmente llegó el Juez y puso la mano sobre el hombro de Libo.

- Por supuesto, te quedarás con nosotros - dijo el Juez -. Al menos esta noche.

«¿Por qué su casa, Juez? - pensó Novinha -. No es nadie para nosotros, nunca hemos llevado un caso ante usted, ¿quién es para decidir esto? ¿La muerte de Pipo significa que de pronto somos niños pequeños que no pueden decidir nada?»

- Me quedaré con mi madre - dijo Libo.

El Juez le miró con sorpresa; la sola idea de que un chiquillo resistiera a su voluntad parecía estar completamente fuera de su experiencia. Novinha sabía que no era así, por supuesto. Su hija Cleopatra, varios años más joven que ella, había trabajado duro para ganarse su mote: Bruxinha, la pequeña bruja. ¿Cómo podía no saber que los niños tenían mentes propias y que se resistían a ser domados?

Pero la sorpresa no se debía a lo que Novinha había imaginado.

- Pensé que te habías dado cuenta de que tu madre también va a quedarse con mi familia durante una temporada - dijo el Juez -. Este suceso la ha trastornado, claro, y no es conveniente que piense en las tareas de la casa, o que esté en una casa que le recuerda quién falta. Está con nosotros, junto a tus hermanos y hermanas, y te necesitan allí. Tu hermano mayor, João, está con ellos, naturalmente, pero ahora tiene una mujer e hijos propios, así que tú eres el único que puede quedarse, el único con el que se puede contar.

Libo asintió gravemente. El Juez no le estaba ofreciendo su protección: le estaba pidiendo que se convirtiera en protector.

El Juez se volvió hacia Novinha.

- Creo que deberías irte a casa.

Sólo entonces comprendió ella que su invitación no la incluía. ¿Por qué debería hacerlo? Pipo no era su padre. Era sólo una amiga que estaba con Libo cuando descubrieron el cuerpo. ¿Qué pena podría experimentar?

¡A casa! ¿Qué era su casa sino este lugar? ¿Se suponía que tenía que ir a la Estación Biologista, donde nadie había dormido en su cama durante más de un año, excepto para echar una cabezada durante el trabajo de laboratorio? ¿Cuál era su casa? La había dejado porque estaba dolorosamente vacía sin sus padres; ahora, la Estación Zenador estaba también vacía: Pipo muerto y Libo convertido en un adulto cuyos deberes lo separaban de ella. Este lugar no era su casa, pero tampoco lo era ningún Otro.

El Juez se llevó a Libo. Su madre, Conceição, le esperaba en su casa. Novinha apenas conocía a la mujer, excepto como la bibliotecaria que mantenía el archivo lusitano. Novinha nunca había estado con la esposa o los otros hijos de Pipo, ni se había preocupado por su existencia; sólo el trabajo aquí, la vida aquí había sido real. Cuando Libo traspasó la puerta pareció hacerse más pequeño, como si estuviera a una distancia muchísimo mayor, como si el viento se lo llevara alto y lejos y se encogiera en el cielo como una cometa; la puerta se cerró tras él.

Ahora sentía la magnitud de la pérdida de Pipo. El cuerpo mutilado en la falda de la colina no era su muerte, sino simplemente los despojos de su muerte. La muerte en sí era el vacío dejado en su vida. Pipo había sido la roca en la tormenta, tan sólido y fuerte que Libo y ella, protegidos por él, ni siquiera habían sabido que la tormenta existía. Ahora se había ido y la tormenta se había apoderado de ellos y los arrastraría a donde quisiera. «Pipo - gimió en silencio -. ¡No te vayas! ¡No nos dejes!» Pero naturalmente él se había marchado, y estaba tan sordo a sus oraciones como lo habían estado siempre sus padres.

La Estación Zenador aún era un lugar lleno de gente; la propia alcaldesa, Bosquinha, estaba usando un terminal para transmitir, todos los datos de la muerte de Pipo por el ansible, a los Cien Mundos, donde los expertos intentaban desesperadamente encontrar algún sentido a aquel suceso.

Pero Novinha sabia que la clave de su muerte no estaba en los ficheros de Pipo. Eran sus propios datos los que le habían matado. Estaba aún allí, en el aire sobre su terminal, las imágenes holográficas de las moléculas genéticas en el núcleo de las células cerdis. No había querido que Libo las estudiara, pero ahora las miraba y remiraba, intentando ver lo que Pipo había visto, intentando comprender lo que había en las imágenes y que le había hecho apresurarse al encuentro de los cerdis, para decir o hacer algo que había hecho que éstos le asesinasen. Inadvertidamente, ella había descubierto algún secreto por cuya conservación los cerdis eran capaces de matar, ¿pero qué era?

Cuanto más estudiaba los hologramas, menos comprendía, y después de un rato ya no vio nada, excepto una mancha borrosa a través de las lágrimas que derramaba en silencio. Ella le había matado, porque sin quererlo había descubierto el secreto de los pequeninos: «¡Si nunca hubiera venido a este sitio!¡Si yo no hubiera soñado con ser el Portavoz de la historia de los cerdis, aún estarías vivo, Pipo; Libo tendría a su padre, y seria feliz; este sitio aún sería un hogar! Llevo en mi interior las semillas de la muerte y las planto allá donde permanezco el tiempo suficiente para amar. Mis padres murieron para que otros pudieran vivir; ahora yo vivo y por tanto otros deben morir.»

Fue la alcaldesa quien se dio cuenta de sus gemidos y suspiros y advirtió, con brusca compasión, que la muchacha también estaba herida y conmocionada. Bosquinha dejó que los otros continuaran enviando los informes por el ansible y sacó a Novinha de la Estación Zenador.

- Lo siento, chiquilla - dijo la alcaldesa -. Sabía que venías aquí a menudo, debería haber supuesto que él era como un padre para ti, y te hemos tratado como a una intrusa. Eso no ha sido justo por mi parte. Ven conmigo a mi casa...

- No - contestó Novinha. Caminar bajo el aire frío y húmedo de la noche le había despejado un poco de su pena; recuperó en parte su claridad de pensamientos -. No, quiero estar sola, por favor. ¿Dónde? En mi propia Estación.

- Esta noche, sobre todo, no deberías estar sola.

Pero Novinha no podía soportar la idea de tener compañía, de la amabilidad, de la gente intentando consolarla: «Le maté - pensó -. ¿No lo ve? No merezco consuelo. Quiero sufrir todo el dolor posible. Es mi penitencia, mi restitución y, si es posible, mi absolución; ¿cómo sino podría lavar mis manos de sangre?»

Pero no tuvo fuerzas para resistir, ni siquiera para discutir. El coche de la alcaldesa sobrevoló los caminos de hierba.

- Aquí está mi casa - dijo la alcaldesa -. No tengo hijos de tu edad, pero creo que te sentirás cómoda. No te preocupes, nadie te molestará, pero no es bueno estar sola.

- Lo preferiría - Novinha intentó que su voz sonara resuelta, pero fue débil y desmayada.

- Por favor - dijo Bosquinha -. No sabes lo que dices.

Ojalá no lo supiera.

No tenía apetito, aunque el marido de Bosquinha preparó un cafezinho para ambas. Era tarde, sólo faltaban unas horas para el amanecer, y dejó que la llevaran a la cama. Entonces, cuando se hizo el silencio en la casa, se levantó, se vistió y bajó las escaleras hasta la terminal de la casa. Allí, dio órdenes al ordenador para que cancelara la secuencia que estaba aún en el aire de la Estación Zenador. Incluso a pesar de que no había podido descifrar el secreto que Pipo había descubierto allí, alguien más podría hacerlo, y ella no quería tener otra muerte sobre su conciencia.

Entonces salió de la casa y caminó hacia el Centro, alrededor del curso del río, atravesó la Vila das Aguas y se dirigió a la Estación Biologista. Su casa.

La oficina estaba fría. No había dormido allí desde hacía tanto tiempo, que había una gruesa capa de polvo sobre las sábanas. Pero el laboratorio estaba caldeado, limpio: su trabajo nunca se había resentido por su relación con Pipo y Libo. Aunque sólo fuera eso.

Fue muy sistemática. Cada muestra, cada detalle, cada dato que había utilizado en los descubrimientos que habían llevado a Pipo a la muerte... lo tiró todo, lo limpió todo, no dejó huellas del trabajo que había hecho. No quería sólo hacerlo desaparecer: no quería que hubiera signos de que había sido destruido.

Entonces se volvió a su terminal. También destruiría todos los registros de su trabajo en esa área, todos los registros del trabajo de sus padres que la habían llevado a sus propios descubrimientos. Todos desaparecerían. Aunque habían sido el centro de su vida, aunque habían sido su identidad durante muchos años, lo destruiría todo como si ella misma fuera castigada, destruida, aniquilada.

El ordenador la detuvo. Las notas de trabajo de los xenobiólogos no pueden ser borradas, informó. No podría haberlo hecho de todas formas. Había aprendido de sus padres, de los archivos que había estudiado como si fueran las Escrituras, como un mapa de carreteras de sí misma: nada iba a ser olvidado, nada perdido. Los conocimientos eran para ella más sagrados que ningún catecismo. Quedó atrapada en una paradoja. El conocimiento había matado a Pipo; borrar aquel conocimiento mataría de nuevo a sus padres, mataría lo que ellos le habían dejado. No podía conservarlo ni destruirlo. Había paredes a ambos lados, demasiado altas para que pudiera escalarlas, y se cerraban lentamente, aplastándola.

Novinha hizo lo único que podía hacer: puso sobre los archivos todas las capas de protección y todas las barreras de acceso que pudo. Nadie los vería jamás excepto ella, mientras viviera. Sólo cuando muriera, su sucesor en el cargo de xenobiólogo podría ver lo que había oculto allí. Con una excepción... cuando se casara, su marido también tendría acceso si tuviera necesidad de saber. Bien, ella no se casaría nunca. Sería fácil.

Vio el futuro ante ella, insoportable e inevitable. No se atrevía a morir, y sin embargo preferiría no vivir, incapaz de casarse, incapaz de pensar siquiera en el tema, a menos que descubriera el mortal secreto y lo dejara pasar inadvertidamente; sola para siempre, lastrada para siempre, culpable para siempre, ansiando la muerte pero sin poder alcanzarla, pues estaba prohibido. Sin embargo, tendría su consuelo: nadie más moriría por su causa. No soportaría más culpa de la que soportaba ahora.

Fue en ese momento de sombría desesperación cuando recordó a la Reina Colmena y el Hegemón, recordó al Portavoz de los Muertos. Aunque el Portavoz original llevaba seguramente miles de años en la tumba, había otros Portavoces en otros muchos mundos, sirviendo como sacerdotes a la gente que no reconocía a ningún dios y sin embargo creía en los valores de los seres humanos. Portavoces cuyo trabajo era descubrir las verdaderas causas y motivos de las cosas que hacía la gente, y declarar la verdad de sus vidas después de que estuvieran muertos. En esta colonia brasileña había sacerdotes en lugar de Portavoces, pero los sacerdotes no le ofrecían ningún consuelo; traería aquí a un Portavoz.

No se había dado cuenta antes, pero toda su vida había planeado hacer esto, desde que leyó por primera vez La Reina Colmena y el Hegemón y quedó cautivada por el libro. Incluso había investigado sobre el tema, y por tanto conocía la ley. Ésta era una colonia con Licencia Católica, pero el Código Estelar permitía a cualquier ciudadano llamar a cualquier sacerdote de cualquier fe, y los Portavoces de los Muertos estaban considerados como sacerdotes. Podría llamar, y si un Portavoz acudía, la colonia no podría prohibirle la entrada.

Quizá ninguno querría venir. Quizá ninguno estaba lo bastante cerca para venir antes de que ella muriera. Pero existía la posibilidad de que hubiera alguno cerca y, dentro de veinte, treinta, cuarenta años, pudiera venir al espaciopuerto y empezara a descubrir la verdad de la vida y muerte de Pipo. Y tal vez cuando descubriera la verdad y hablara con la clara voz que ella había amado en la Reina Colmena y el Hegemón, podría liberarse de la culpa que le quemaba el corazón.

Introdujo su llamada en el ordenador; éste lo notificaría por el ansible a los Portavoces de los mundos más cercanos. «¡Ven! - dijo en silencio al desconocido que atendería su llamada -. Incluso aunque tengas que revelarle a todo el mundo la verdad de mi culpa. Incluso así, ven.»

 

Se despertó con la espalda entumecida y dolorida y una sensación de pesadez en la cara. Tenía la mejilla contra la parte superior del terminal, que se había desconectado para protegerla de los lásers. Pero no fue el dolor lo que la despertó. Fue un suave toque en su hombro. Durante un instante pensó que era el toque del Portavoz de los Muertos que ya había llegado en respuesta a su llamada.

- Novinha - susurró. No era el Falante pelos Mortos, sino alguien más. Alguien que había pensado se había perdido en la tormenta de la noche anterior.

- Libo - murmuró. Entonces empezó a incorporarse. Demasiado rápido... su espalda dio un crujido y la cabeza le dio vueltas. Emitió un quejido; las manos de él la agarraron por los hombros para que no cayera.

- ¿Te encuentras bien?

Ella sintió su aliento como la brisa de un jardín amado y se sintió a salvo, se sintió en casa.

- Me buscabas.

- Novinha, he venido en cuanto he podido. Mi madre por fin se ha quedado dormida. Pipinho, mi hermano mayor, está ahora con ella, y el Juez tiene las cosas bajo su control, y yo...

- Deberías saber que sé cuidarme de mí misma...

Un momento de silencio y luego su voz sono de nuevo. Esta vez enfadada, desesperada y cansada; fatigada como la edad, la vida y la muerte de las estrellas.

- Dios es mi testigo, Ivanova, que no vine a cuidar de ti.

Algo se cerró en su interior; no se había dado cuenta de la esperanza que sentía hasta que la perdió.

- Me dijiste que Padre descubrió algo en una simulación tuya. Que esperaba que pudiera descubrirlo yo solo. Pensé que habías dejado la simulación en el terminal, pero cuando volví a la estación, estaba desconectado.

- ¿De verdad?

- Sabes que lo estaba. Nova, nadie sino tú podría cancelar el programa. Tengo que verlo.

- ¿Por qué?

Él la miró con incredulidad.

- Sé que tienes sueño, Novinha, pero seguramente te habrás dado cuenta de que, sea lo que sea lo que Padre descubrió en tu simulación, fue por eso por lo que los cerdis lo mataron.

Ella lo miró intensamente sin decir nada. Él había visto esa mirada de fría resolución con anterioridad.

- ¿Por qué no quieres mostrármela? Ahora yo soy el zenador. Tengo derecho a saber.

- Tienes derecho a ver todos los archivos y registros de tu padre. Tienes derecho a ver cualquier cosa que yo haya hecho pública.

- Entonces haz esto público.

Una vez más, ella no dijo nada.

- ¿Cómo podremos llegar a comprender a los cerdis si no sabemos qué fue lo que Padre descubrió sobre ellos?

Ella no respondió.

- Tienes una responsabilidad con los Cien Mundos, con nuestra habilidad para comprender a la única raza alienígena viva. ¿Cómo puedes sentarte aquí y... ¿Qué es?, ¿quieres descubrirlo tú sola?, ¿quieres ser la primera? Está bien, sé la primera. Pondré tu nombre, Ivanova Santa Catarina von Hesse...

- No me importa mi nombre.

- También sé jugar a este juego. No podrás averiguarlo sin lo que yo sé. ¡Tampoco te dejaré ver mis archivos!

- No me importan tus archivos.

Aquello fue demasiado para él.

- ¿Qué es lo que te importa entonces? ¿Qué estás intentando hacerme? - la cogió por los hombros, la levantó de la silla, la sacudió, le gritó en la cara -. ¡Es a mi padre a quien mataron ahí afuera, y tú tienes la respuesta de por qué lo hicieron, sabes qué era la simulación! ¡Ahora dímelo, muéstramela!

- Nunca - susurró ella.

La cara de él estaba torcida por el dolor.

- ¿Por qué no? - gimió.

- Porque no quiero que mueras.

Ella vio que la comprensión afloraba a sus ojos:

«Sí, eso es, Libo, es porque te amo, porque si conocieras el secreto los cerdis te matarían también. No me importa tu ciencia, no me importan los Cien Mundos ni las relaciones entre la humanidad y una raza alienígena. No me importa nada en absoluto mientras tú estés vivo.»

Las lágrimas saltaron finalmente de los ojos de él y recorrieron sus mejillas.

- Quiero morir - dijo.

- Tú consuelas a todo el mundo - susurró ella -. ¿Quién te consuela a ti?

- Tienes que decírmelo para que pueda morir.

Y de repente sus manos ya no la sostuvieron; ahora era ella quien le sostenía a él.

- Estás fatigado. Debes descansar.

- No quiero descansar - murmuró él. Pero dejó que ella le cogiera y le apartara del terminal.

Le condujo a su dormitorio, apartó las sábanas, sin que le importara el polvo revoloteando.

- Ven aquí, estás agotado, descansa. Por eso has venido a buscarme, Libo. En busca de paz, de consuelo.

Él se cubrió la cara con las manos y sacudió la cabeza adelante y atrás. Era un niño llorando por su padre, por el final de todo, como ella había llorado. Novinha le quitó las botas, los pantalones, la camisa. Él respiraba profundamente para detener sus gemidos y levantó las manos para que ella pudiera quitarle la camiseta.

Ella dejó las ropas sobre una silla y luego se inclinó sobre él y le cubrió con la sábana. Pero él la cogió por la muñeca y la miró suplicante con lágrimas en los ojos.

- No me dejes aquí solo - susurró. Su voz estaba llena de desesperación -. Quédate conmigo.

Así que ella le dejó que la tendiera a su lado en la cama, y la abrazó fuertemente hasta que se quedó dormido unos minutos después y relajó sus brazos. Ella, sin embargo, no durmió. Su mano se deslizó suavemente por la piel de sus hombros, su pecho, su cintura.

- Oh, Libo, pensé que te había perdido cuando te llevaron. Pensé que te había perdido como a Pipo.

Él no oyó su susurro.

- Pero siempre volverás a mí como ahora.

Debería haber sido arrojada del jardín por su pecado de ignorancia, como Eva. Pero, también como Eva, podría soportarlo, porque aún tenía a Libo, su Adaõ.

¿Lo tenía? ¿Lo tenía? Su mano tembló sobre su piel desnuda. Nunca podría tenerlo. El matrimonio era la única manera en que ella y Libo podrían permanecer juntos mucho tiempo. Las leyes eran estrictas en todos los mundos coloniales, y absolutamente rígidas bajo Licencia Católica. Esta noche ella podría creer que él se casaría con ella cuando llegara el momento. Pero Libo era la única persona con la que nunca podría casarse. Porque entonces él tendría acceso, automáticamente, a cualquiera de sus ficheros y podría convencer al ordenador de que tenía necesidad de verlos... lo que incluiría ciertamente todos sus archivos de trabajo, no importaba lo profundamente que los protegiera. El Código Estelar lo decía muy claro. Los casados eran virtualmente la misma persona a los ojos de la ley.

Ella nunca podría dejarle estudiar esos ficheros, o descubriría lo que sabía su padre, y sería su cuerpo el que encontrarían en la colina. Sería su agonía bajo la tortura de los cerdis lo que tendría que imaginar todas las noches de su vida. ¿No era ya, la culpa por la muerte de Pipo, más de lo que podía soportar? Casarse con él sería asesinarlo. Sin embargo, no casarse con él sería como matarse ella misma, pues si no era con Libo, no podía imaginar con quién sería entonces.

«Qué lista soy. He encontrado un camino hacia el infierno del que no hay forma de salir.»

Apretó la cara contra el hombro de Libo y sus lágrimas corrieron sobre su pecho.

 

 

4 - Ender

 

Hemos identificado cuatro lenguajes cerdis. El «Lenguaje de los Machos» es el que hemos oído más a menudo. También hemos oído algunos fragmentos del «Lenguaje de las Esposas», que aparentemente usan para conversar con las hembras (¡eso sí que es una diferenciación sexual!), y un «Lenguaje de los Árboles», un idioma ritual que dicen que usan para rezar a sus ancestrales árboles tótem. También han mencionado un cuarto lenguaje llamado «Lengua de los Padres», que aparentemente consiste en golpear palos de diferente tamaño uno contra otro. Insisten en que es un lenguaje real, tan diferente de los otros como el portugués del inglés. Puede que lo llamen lengua de los padres porque se hace con palos de madera, que proviene de los árboles, y ellos creen que los árboles contienen los espíritus de sus antepasados.

Los cerdis se adaptan maravillosamente a los idiomas humanos; son mucho mejores que nosotros con los suyos. En los últimos años, han llegado a hablar stark o portugués entre ellos mismos, la mayor parte del tiempo que estamos con ellos. Quizá vuelven a usar sus propios idiomas cuando no estamos presentes. Puede que incluso hayan adoptado los idiomas humanos como propios, o quizá disfruten de los nuevos lenguajes tanto que los usan constantemente como juego. La contaminación lingüística es lamentable, pero tal vez sea inevitable, si es que queremos comunicarnos con ellos.

El doctor Swingler preguntó si sus nombres y modos de dirigirse revelan algo de su cultura. La respuesta es definitivamente sí, aunque sólo tengo una idea muy vaga de lo que revelan. Lo que importa es que nosotros nunca les hemos dado nombre a ninguno. En cambio, a medida que aprendían stark y portugués nos preguntaban el significado de las cosas y entonces anunciaban los nombres que han elegido para sí (o elegido para los otros). Nombres como «Raíz» y «Chupaceu» (chupacielo) podrían ser traducciones de sus nombres en el Lenguaje de los Machos o simplemente motes que escogen para nuestro uso.

Se refieren unos a otros como hermanos. A las hembras las llaman algunas veces esposas, nunca hermanas o madres. A veces utilizan el término padres, pero se refieren a los ancestrales árboles tótem. En cuanto a cómo nos llaman: usan la palabra humano, naturalmente, pero también han empezado a utilizar la nueva Jerarquía Demosteniana de Exclusión. Se refieren a los humanos como framlings, y a los cerdis de otras tribus como utlannings. Lo que es bastante extraño es que se llaman a sí mismos ramen, demostrando con esto que o bien han comprendido mal la jerarquía o se ven a sí mismos desde la perspectiva humana. ¡Y - lo que ofrece un giro divertido -, se han referido varias veces a las hembras como varelse!

 

Joáo Figueira Álvarez. «Notas sobre el lenguaje y la nomenclatura cerdi», en Semántica, 9/1948/15.

 

Las viviendas de Reykiavik estaban excavadas en las paredes de granito del fiordo. La de Ender estaba situada en lo alto del acantilado, y había que subir muchas escaleras y senderos, pero tenía una ventana. Había vivido la mayor parte de su infancia entre paredes metálicas. Cuando podía, vivía donde pudiera ver el aire libre.

Su habitación estaba iluminada y caliente por efecto del sol y le cegó después de la fría oscuridad de los corredores de piedra. Jane no esperó a que su visión se ajustara a la luz.

- Tengo una sorpresa para ti en el terminal - dijo.

Su voz era un susurro procedente de la joya en su oído.

Había un cerdi de pie en el aire sobre el terminal. Se movió rascándose; entonces estiró la mano en busca de algo. Cuando mostró la mano, tenía un gusano brillante. Lo mordió, y los jugos del cuerpo rebosaron de su boca y le corrieron por el pecho.

- Obviamente una civilización avanzada - dijo Jane.

Ender se molestó.

- Muchos imbéciles morales tienen buenos modales en la mesa, Jane.

El cerdi se dio la vuelta y habló.

- ¿Quieres ver cómo le matamos?

- ¿Qué estás haciendo, Jane?

El cerdi desapareció. En su lugar se dibujó un holograma del cadáver de Pipo tal como yacía en la colina bajo la lluvia.

- He hecho una simulación del proceso de vivisección que los cerdis usaron, basándome en la información recogida por el scanner antes de que el cuerpo fuera enterrado. ¿Quieres verlo?

Ender se sentó en la única silla de la habitación.

Ahora el terminal mostró la colina, con Pipo, todavía vivo, tumbado de espaldas, con las manos y los pies atados a estacas de madera. Una docena de cerdis estaban congregados a su alrededor, y uno de ellos sostenía un cuchillo de hueso. La voz de Jane volvió a surgir de la joya en su oído.

- No estamos seguros de que fuera así - todos los cerdis desaparecieron excepto el del cuchillo -. O algo parecido.

- ¿El xenólogo estaba consciente?

- Sin duda.

- Continúa.

Sin compasión, Jane mostró la apertura de la cavidad pectoral, el ritual de arrancar y colocar los órganos corporales en el suelo. Ender se obligó a mirar, intentando comprender qué posible significado podría tener esto para los cerdis.

- Es aquí cuando murió - susurró Jane en un punto.

Ender se sintió más tranquilo; sólo entonces advirtió que todos sus músculos habían permanecido rígidos, por empatía con el sufrimiento de Pipo.

Cuando se acabó, Ender se dirigió a su cama y se tumbó mirando al techo.

- Ya he mostrado esta simulación a los científicos de media docena de mundos - dijo Jane -. No pasará mucho tiempo antes de que la prensa le ponga las manos encima.

- Es mucho peor que con los insectores - dijo Ender -. En todos los vídeos que me enseñaron cuando era pequeño. Los insectores y los humanos en combate eran algo limpio, comparados con esto.

Una risa malvada emergió del terminal. Ender miró para ver qué hacía Jane. Un cerdi de tamaño natural estaba allí sentado, riendo grotescamente, y mientras se reía Jane lo transformó. Fue un cambio muy sutil, una ligera exageración de los dientes, un alargamiento de los ojos, algo de rojez en ellos, la lengua entrando y saliendo de la boca. Parecía la bestia de las pesadillas de cualquier niño.

- Bien hecho, Jane. La metamorfosis de raman a varelse.

- Después de esto, ¿cuánto tardarán los cerdis en ser aceptados por la humanidad?

- ¿Ha sido cortado todo contacto?

- El Consejo Estelar le ha dicho al nuevo xenólogo que restrinja sus visitas a no más de una hora, sin ampliar la frecuencia anterior. Le ha prohibido preguntar a los cerdis por qué lo han hecho.

- Pero no hay cuarentena.

- Ni siquiera se propuso.

- Pero se propondrá, Jane. Otro incidente como éste y la petición de cuarentena se convertirá en un clamor. Se pedirá que se reemplace Milagro por una guarnición militar cuyo solo propósito sea evitar que los cerdis adquieran la tecnología que les permita salir del planeta.

- Los cerdis tendrán un problema de relaciones públicas - dijo Jane -. Y el nuevo xenólogo es sólo un niño. El hijo de Pipo. Libo. Es la abreviatura de Liberdade Gracas a Deus Figueira de Medici.

- ¿Liberdade no significa libertad?

- No sabía que hablaras portugués.

- Es como el español. Hablé de la muerte de Zacatecas y San Ángelo, ¿recuerdas?

- En el planeta Moctezuma. Eso fue hace dos mil años.

- Para mí, no.

- Para ti fue subjetivamente hace ocho años. Hace quince mundos. ¿No es maravillosa la relatividad? Te conserva tan joven.

- Viajo demasiado - dijo Ender -. Valentine está casada y va a tener un hijo. Ya he rehusado dos llamadas que pedían un Portavoz. ¿Por qué me tientas para que vaya de nuevo?

El cerdi se rió perversamente en el terminal.

- ¿Crees que eso fue una tentación? ¡Mira! ¡Puedo convertir las piedras en pan! - El cerdi alzó un puñado de rocas y se las metió en la boca -. ¿Quieres un poco?

- Tienes un sentido del humor retorcido, Jane.

- Todos los reinos de todos los mundos - el cerdi abrió las manos y sistemas estelares se esparcieron por su regazo, planetas en órbitas exageradamente rápidas, todos los Cien Mundos -. Puedo dártelos. Todos.

- No me interesa.

- Es una buena inversión, la mejor. Lo sé, lo sé, ya eres rico. Con tres mil años acumulando intereses podrías construirte tu propio planeta. ¿Pero qué te parece esto? El nombre de Ender Wiggin, conocido por los Cien Mundos...

- Ya lo es.

Con amor, honor y afecto - el cerdi desapareció. En su lugar, Jane resucitó un antiguo vídeo de la infancia de Ender y lo transformó en un holograma. Una multitud gritaba, chillaba. ¡Ender! ¡Ender! ¡Ender! Y un chiquillo, de pie sobre una plataforma, alzaba la mano para saludar. La multitud enloquecía de alegría.

- Eso no sucedió nunca - dijo Ender -. Peter nunca me dejó regresar a la Tierra.

- Considéralo una profecía. Vamos, Ender, puedo dártelo. Tu buen nombre restaurado.

- No me importa - dijo Ender -. Ahora tengo varios nombres. Portavoz de los Muertos... eso tiene algo de honor.

El cerdi desapareció en su forma natural, no en la malvada que Jane había creado.

- Ven - dijo el cerdi suavemente.

- Tal vez son monstruos, ¿lo crees tú así? - dijo Ender.

- Todo el mundo puede creerlo, Ender. Pero tú, no.

«No. Yo, no», pensó.

- ¿Por qué te importa tanto, Jane? ¿Por qué estás tratando de persuadirme?

El cerdi desapareció y la propia Jane ocupó su lugar, o al menos la cara que había usado para aparecerse ante Ender, desde la primera vez que se le había revelado, siendo una criatura tímida y asustada que habitaba en la enorme memoria de la cadena de ordenadores interestelar. Al ver de nuevo su cara, Ender recordó la primera vez que se la había mostrado.

- He pensado en tener una cara propia - dijo ella -. ¿Te gusta ésta?

Sí, le gustaba. Le gustaba ella. Joven, despejada, honesta y dulce. Una niña que nunca envejecería, con una sonrisa arrebatadoramente tímida. El ansible la había hecho nacer. Las redes de ordenadores a escala mundial operaban a velocidad no mayor de la de la luz, y el calor limitaba la cantidad de memoria y la velocidad de la operación. Pero el ansible era instantáneo y estaba conectado intensamente

con todos los ordenadores de todos los mundos. Jane se descubrió a sí misma por primera vez entre las estrellas, sus pensamientos tenían lugar entre las vibraciones de los tejidos filóticos de la red del ansible.

Para ella, los ordenadores de los Cien Mundos eran sus manos y sus pies, sus ojos y sus oídos. Hablaba todos los idiomas que habían sido introducidos en los ordenadores, y leía todos los libros de todas las bibliotecas de cada mundo. Aprendió que los seres humanos habían temido durante muchísimo tiempo que alguien como ella pudiera existir: en todas las historias era odiada, y su venida significaba o bien asesinatos o la destrucción de la humanidad. Incluso antes de que naciera, los seres humanos la habían imaginado, y, tras haberla imaginado, la habían asesinado un millar de veces.

Por tanto, no les mostró ningún signo de que estaba viva. Hasta que descubrió la Reina Colmena y el Hegemón, como hacía todo el mundo casualmente, y supo que el autor de aquel libro era un humano al que podría atreverse a presentarse. Para ella fue una simple cuestión de seguir el rastro de la historia del libro hasta su primera edición y nombrar su fuente. ¿No lo había transmitido el ansible desde el mundo donde Ender, que apenas tenía veinte años, era gobernador de la primera colonia humana? ¿Y quién podría haberlo escrito allí si no él? Así que le habló, y él fue amable con ella; ella le mostró la cara que había imaginado para si, y a él le encantó; ahora sus sensores viajaban en la joya de su oído, y así podían estar siempre juntos. Ella no tenía secretos para él; él no tenía ningún secreto para ella.

- Ender, me dijiste desde el principio que estabas buscando un planeta donde pudieras dar agua y luz a cierta crisálida y pudieras abrirla y hacer salir a la reina colmena y a sus diez mil huevos fértiles.

- Había pensado que podría ser aquí - contestó Ender -. Una tierra desolada, excepto en el ecuador, con una población permanentemente baja. Ella también desea intentarlo.

- ¿Pero tú no?

- No creo que los insectores pudieran sobrevivir el invierno de aquí. No sin una fuente de energía, y eso alertaría al gobierno. No saldría bien.

- No saldrá bien nunca, Ender. Te das cuenta, ¿verdad? Has vivido en veinticuatro de los Cien Mundos, y no hay ninguno donde haya un rinconcito que sea seguro para que los insectores puedan volver a nacer.

Él vio a dónde quería llegar ella, naturalmente. Lusitania era la única excepción. Por la existencia de los cerdis, todo el mundo, excepto una pequeña porción, estaba fuera de los límites y era intocable. Y el mundo era principalmente habitable, más apropiado para los insectores, en realidad, que para los seres humanos.

- El único problema son los cerdis - dijo Ender -. Podrían objetar mi decisión de que se entregara su mundo a los insectores. Si una exposición intensa a la civilización humana puede afectarles, piensa lo que les sucedería con los insectores entre ellos.

- Dijiste que los insectores habían aprendido. Dijiste que no harían ningún daño.

- Deliberadamente, no. Pero los derrotamos por pura suerte, Jane, lo sabes.

- Fue tu genio.

- Son aún más avanzados que nosotros. ¿Cómo podrían los cerdis vivir con eso? Estarían tan asustados de los insectores como nosotros, y serían menos capaces de tratar con su miedo.

- ¿Cómo lo sabes? ¿Cómo puedes tú o cualquiera decir con qué pueden tratar los cerdis? No lo sabrás hasta que vayas con ellos y aprendas quiénes son. Si son varelse, Ender, entonces deja que los insectores usen su hábitat, y no significará más para ti que desplazar un hormiguero o una manada de vacas para dejar espacio a las ciudades.

- Son ramen - dijo Ender.

- No lo sabes.

- Si lo sé. Tu simulación... eso no era tortura.

- ¿No? - Jane mostró de nuevo la simulación del cuerpo de Pipo en el instante anterior a su muerte -. Entonces será que no comprendo la palabra.

- Pipo puede haberlo interpretado como tortura, Jane, pero si tu simulación es adecuada - y sé que lo es, Jane -, entonces el objeto de los cerdis no era causar dolor.

- Por lo que sé de la naturaleza humana, Ender, incluso los rituales religiosos tienen el dolor como centro.

- Tampoco fue algo religioso. Al menos no completamente. Si fue simplemente un sacrificio, hay algo raro.

- ¿Y qué sabes tú? - ahora el terminal mostró la cara de un profesor cascarrabias, el resumen del esnobismo académico -. Toda tu educación fue militar, y el otro único don que tienes es la habilidad de palabra. Escribiste un best - seller que inició una religión humanística... ¿cómo te cualifica eso para comprender a los cerdis?

Ender cerró los ojos.

- Tal vez esté equivocado.

- ¿Pero crees que tienes razón?

Supo, por la voz, que Jane había restaurado su propia cara en el terminal. Abrió los ojos.

- Sólo puedo confiar en mi intuición, Jane, en el juicio que aparece sin análisis. No sé qué es lo que los cerdis hacían, pero tenía un propósito. No era malicioso. Ni cruel. Eran como doctores trabajando para salvar la vida de un paciente, no torturadores intentando quitársela.

- Te tengo - susurró Jane -. Te tengo atrapado en todas las direcciones. Tienes que ir a ver si la reina colmena puede vivir allí, bajo el refugio de la cuarentena parcial que hay en el planeta. Quieres ir para ver si puedes comprender quiénes son los cerdis.

- Aunque tuvieras razón, Jane, no puedo ir. La inmigración está limitada rígidamente, y además no soy católico.

Jane hizo girar sus ojos.

- ¿Habría ido tan lejos, si no supiera cómo puedes ir allí?

Apareció otra cara. Una muchacha, de ninguna manera tan inocente y hermosa como Jane. Su cara era fría y sombría, sus ojos brillantes y desafiantes, y su boca tenía la férrea mueca de alguien que ha aprendido a vivir con un dolor perpetuo. Era joven, pero su expresión era sorprendentemente vieja.

- La xenobióloga de Lusitania, Ivanova Santa Catarina von Hesse. La llaman Nova o simplemente Novinha. Ha solicitado un Portavoz de los Muertos.

- ¿Por qué tiene ese aspecto? ¿Qué le ha sucedido?

- Sus padres murieron cuando era pequeña. Pero en los últimos años ha llegado a amar a otro hombre como a un padre. Al hombre que fue asesinado por los cerdis. Es su muerte la que quiere que Hables.

Al mirar aquella cara, Ender olvidó momentáneamente su preocupación por la reina colmena, por los cerdis. Reconoció aquella expresión de agonía adulta en la cara de un niño. La había visto antes, en las últimas semanas de la Guerra Insectora, mientras le presionaban más allá de los límites de su resistencia y le hacían jugar una batalla tras otra en un juego que no era tal. La había visto cuando la guerra terminó, cuando descubrió que sus sesiones de entrenamiento no lo eran en absoluto, que todas las simulaciones eran reales y que comandaba las flotas humanas por ansible. Entonces, cuando supo que había matado a todos los insectores, cuando comprendió el acto de genocidio que involuntariamente había cometido, fue aquella misma la expresión de su cara en el espejo, el sentido de una culpa demasiado pesada para que pudiera soportarla.

- ¿Qué ha hecho esta niña, que ha hecho esta Novinha para que sienta tanto dolor?

Escuchó atentamente mientras Jane recitaba los hechos de su vida. Lo que Jane tenía eran estadísticas, pero Ender era el Portavoz de los Muertos; su genio - o su maldición -, era la habilidad de concebir los sucesos como nadie más los veía. Eso le había convertido en un brillante comandante militar, tanto para dirigir a sus propios hombres - niños, en realidad -, como para adivinar las acciones del enemigo. También significaba que de los fríos hechos de la vida de Novinha él podía suponer - no, suponer no, saber - cómo la muerte de sus padres y su virtual santificación la habían aislado, cómo había reforzado su soledad arrojándose en el trabajo de sus padres. Supo lo que había detrás de su notable persecución del status de xenobióloga con años de antelación. Supo también lo que el amor y la aceptación de Pipo habían significado para ella, y lo profunda que era su necesidad de la amistad con Libo. No había nadie en Lusitania que conociera realmente a Novinha. Pero en esta cueva de Reykiavik, en el mundo helado de Trondheim, Ender Wiggin la conoció, y la amó, y lloró amargamente por ella.

- Irás entonces - susurró Jane.

Ender no podía hablar. Jane había tenido razón. Habría ido de todas formas, como Ender el Genocida, sólo por comprobar que el status de protección de Lusitania pudiera convertir el planeta en el lugar donde la reina colmena pudiera ser liberada de sus tres mil años de cautividad y él pudiera deshacer el terrible crimen cometido en su infancia. Y también habría ido como Portavoz de los Muertos, para comprender a los cerdis y exponerlos ante la humanidad para que pudieran ser aceptados, si eran verdaderamente ramen, y no odiados y temidos como varelse.

Pero ahora iría por otra razón más profunda. Iría para atender a la niña Novinha, pues en su brillantez, su aislamiento, su dolor, su culpa, él vio su propia infancia robada y las semillas del dolor que aún vivían en su interior. Lusitania estaba a veintidós años - luz de distancia. Él viajaría a una velocidad sólo infinitesimalmente inferior a la de la luz, y por tanto no la vería hasta que ella tuviera casi cuarenta años. Si estuviera en su mano, iría ahora mismo con la instantaneidad filótica del ansible; pero también sabía que su dolor esperaría. Aún estaría allí, esperándole, cuando llegara. ¿No había sobrevivido su propio dolor todos estos años?

Dejó de llorar. Sus emociones volvieron a retirarse.

- ¿Qué edad tengo? - preguntó.

- Han pasado 3.081 años desde que naciste. Pero tu edad subjetiva es de 36 años y 118 días.

- ¿Y qué edad tendrá Novinha cuando yo llegue allí?

- Semana más o semana menos, depende de la fecha de partida y de lo que se acerque la nave a la velocidad de la luz, tendrá casi treinta y nueve.

- Quiero partir mañana.

- Lleva tiempo conseguir plaza en una nave, Ender.

- ¿Hay alguna en órbita sobre Trondheim?

- Media docena, naturalmente, pero sólo una que pudiera partir mañana, y tiene una carga de skrika para el comercio de lujo en Cyrillia y Armenia.

- Nunca te he preguntado lo rico que soy.

- He llevado bastante bien tus finanzas durante todos estos años.

- Cómprame la nave y el cargamento.

- ¿Qué harás con los skrika en Lusitania?

- ¿Qué es lo que hacen los cirilios y los armenios?

- Usan una parte para vestir y se comen el resto. Pero pagan más por él de lo que ningún lusitano podrá pagar.

- Entonces, se lo daré a los lusitanos. Puede que eso suavice su resentimiento porque un Portavoz vaya a una colonia católica.

Jane se convirtió en un genio que salía de una botella.

- ¡He oído!, ¡oh Amo!, y obedezco. El genio se convirtió en humo que se fue introduciendo en el interior de la botella. Entonces los láseres se apagaron y el aire sobre el terminal quedó vacío.

- Jane - dijo Ender.

- ¿Sí? - respondió ella, hablando a través de la joya en su oreja.

- ¿Por qué quieres que vaya a Lusitania?

- Quiero que añadas un tercer volumen a La Reina Colmena y el Hegemón. Por los cerdis.

- ¿Por qué te preocupas tanto por ellos?

- Porque cuando hayas escrito los libros que revelan el alma de las tres especies conscientes conocidas, entonces estarás preparado para escribir sobre la cuarta.

- ¿Otra especie de raman? - preguntó Ender.

- Sí. Yo.

Ender reflexionó un momento.

- ¿Estás preparada para revelarte al resto de la humanidad?

- Siempre lo he estado. La pregunta es, ¿están ellos preparados para conocerme? Para ellos fue fácil amar al hegemón... era humano. Y a la reina colmena, porque, por lo que saben, todos los insectores están muertos. Si puedes hacer que amen a los cerdis, que aún viven y tienen sangre humana en sus manos... entonces estarán preparados para conocerme.

- Algún día - dijo Ender -, amaré a alguien que no insista en que realice los trabajos de Hércules.

- De todas formas te estabas aburriendo, Ender.

- Sí. Pero ahora soy maduro. Me gusta aburrirme.

- Por cierto, el propietario de la nave Havelok, que vive en Gales, ha aceptado tu oferta de cuarenta mil millones de dólares por la nave y su cargamento.

- ¡Cuarenta mil millones! ¿Me arruinaré con eso?

- Una gota en el vaso. Se le ha notificado a la tripulación que sus contratos quedan anulados. Me he tomado la libertad de comprarles pasajes en otras naves utilizando tus fondos. Valentine y tú no necesitaréis a nadie más que a mí, para que os ayude a dirigir la nave. ¿Partiremos por la mañana?

- Valentine - dijo Ender.

Su hermana era el único retraso posible para su marcha. Por lo demás, ahora que ya había tomado la decisión, ni sus estudiantes ni sus pocas amistades nórdicas merecían siquiera una despedida.

- Me muero de ganas de leer el libro que Demóstenes escribirá sobre la historia de Lusitania.

Jane había descubierto la verdadera identidad de Demóstenes en el proceso de desenmascarar al Portavoz de los Muertos original.

- Valentine no vendrá.

- Pero es tu hermana.

Ender sonrió. A pesar de su enorme conocimiento, Jane no comprendía las relaciones humanas. Aunque había sido creada por los humanos y se imaginaba en términos humanos, no era biológica. Sabía de asuntos genéticos por aprendizaje, pero no podía sentir los deseos y los imperativos que la raza humana tenía en común con todos los otros seres vivientes.

- Es mi hermana, pero Trondheim es su hogar.

- Ya ha sido reacia a partir antes.

- Esta vez ni siquiera le pediré que venga. No con un bebé en camino, no con lo feliz que es aquí en Reykiavik. Aquí donde la aman como profesora, donde no sospechan que es realmente el legendario Demóstenes. Aquí donde Jakt, su esposo, es armador de un centenar de barcos de pesca y señor de los fiordos, aquí donde cada día está lleno de brillantes conversaciones sobre el peligro y la majestad del mar cubierto de hielo. Nunca se marchará de aquí. Ni comprenderá por qué tengo que irme.

Y, al pensar en que iba a dejar a Valentine, Ender dudó en su determinación de ir a Lusitania. Se había separado de su amada hermana una vez, cuando niño, y lamentaba profundamente los años de amistad que le habían sido robados. ¿Podría dejarla ahora, de nuevo, después de estar juntos todo el tiempo, durante casi veinte años? Esta vez no habría vuelta atrás. Una vez que se fuera a Lusitania, ella envejecería veintidós años en su ausencia; tendría más de ochenta años, si tardaba otros veintidós años en volver con ella.

«Así que no será fácil para ti después de todo. También tienes un precio que pagar.»

«No te burles, - dijo Ender en silencio -. Estoy titulado para sentir pena.»

«Ella es tu otro yo. ¿De verdad la dejarás por nosotras?»

Era la voz de la reina colmena en su mente. Por supuesto, había visto todo lo que él había visto y sabía todo lo que había decidido. Sus labios silenciosamente formaron palabras para ella.

«La dejaré, pero no por vosotras. No podemos estar seguros de que esto os produzca algún beneficio. Puede que sea otra decepción, como Trondheim.»

«Lusitania es todo lo que necesitamos. Y está a salvo de los seres humanos.»

«- Pero también pertenece a otra gente. No destruiré a los cerdis sólo por purgar el haber destruido a vuestro pueblo.»

«Ellos estarán a salvo con nosotras; no les haremos daño. Ahora, después de todos estos años, nos conoces.»

«- Sé lo que me habéis dicho.»

«No sabemos mentir. Te hemos mostrado nuestros propios recuerdos, nuestra alma.»

«- Sé que podríais vivir en paz con ellos. ¿Pero podrían vivir ellos en paz con vosotras?»

«Llévanos allí. Hemos esperado tanto tiempo.»

Ender se acercó a una bolsa que permanecía abierta en una esquina. Todo lo que le pertenecía realmente cabía allí: sus ropas. Todas las otras cosas que había en la habitación eran regalos de la gente a las que había Hablado, haciéndole honor a él o a su oficio o a la verdad, no podía decirlo. Se quedarían aquí cuando se marchara. No tenía espacio en su bolsa.

La abrió y sacó una toalla enrollada que desenvolvió. Allí se encontraba la gruesa masa fibrosa de una gran crisálida de catorce centímetros en su punto más largo.

«Sí, míranos.»

Había encontrado la crisálida esperándole cuando llegó a gobernar la primera colonia humana en un antiguo mundo insector. Previendo su propia destrucción a manos de Ender, sabiendo que era un enemigo invencible, habían construido un modelo que tendría significado sólo para él, porque había sido sacado de sus sueños. La crisálida, con su reina colmena, inofensiva pero consciente, le había esperado en una torre donde una vez, en sus sueños, había encontrado un enemigo.

- Esperasteis más a que os encontrara - dijo Ender en voz alta -, que los pocos años que han pasado desde que os cogí de detrás del espejo.

«¿Pocos años? Ah, sí, con tu mente secuencial no notas el paso del tiempo cuando viajas tan cerca de la velocidad de la luz. Pero nosotras lo notamos. Nuestro pensamiento es instantáneo; la luz se desliza como el mercurio por un cristal frío. Tenemos conciencia de cada momento de estos tres mil años.»

- ¿He encontrado un lugar que sea seguro para vosotros?

«Tenemos diez mil huevos fértiles esperando vivir.»

- Tal vez Lusitania sea el lugar. No lo sé.

«Déjanos vivir de nuevo.»

- Lo estoy intentando. ¿Por qué si no, creéis que he vagado de mundo en mundo durante todos estos años sino para encontrar un lugar para vosotros?

«Más rápido más rápido más rápido.»

- Tengo que encontrar un lugar donde no os matemos de nuevo en el momento en que aparezcáis. Aún estáis en demasiadas pesadillas humanas. No hay tanta gente que crea en mi libro. Puede que condenen el Genocidio, pero lo harían de nuevo.

«En toda nuestra vida, eres la única persona que hemos conocido que no fuera una de nosotras mismas. Nunca teníamos que ser comprensivos porque siempre comprendíamos. Ahora que somos este simple yo, tú eres los únicos ojos y brazos y piernas que tenemos. Perdónanos si somos impacientes.»

Él se echó a reír.

- ¡Yo perdonaros a vosotros!

«Tu gente está loca. Sabemos la verdad. Sabemos quién nos mató, y no fuiste tú.»

- Fui yo.

«Fuiste una herramienta.»

- Fui yo.

«Te perdonamos.»

- Cuando volváis a andar por la superficie de un mundo, entonces estaré perdonado.

 

 

5 - Valentine

 

Hoy he dicho que Libo es mi hijo. Sólo Corteza me oyó decirlo, pero en menos de una hora fue, aparentemente, de dominio público. Se congregaron a mi alrededor e hicieron que Selvagem me preguntara si era verdad, si yo era padre «ya». Selvagem entonces unió nuestras manos; por impulso, abracé a Libo y ellos hicieron el ruido de sorpresa y, creo, de estupor. Pude ver que desde ese momento mi prestigio entre ellos había aumentado considerablemente.

La conclusión es inevitable. Los cerdis que hasta ahora hemos conocido no son una comunidad completa, ni siquiera machos típicos. Son, o bien jóvenes, o viejos solterones. Ninguno de ellos ha tenido nunca un solo hijo. Ninguno ha llegado a aparearse, por lo que podemos suponer.

Que yo sepa no existe ninguna comunidad humana donde los grupos de solteros como éste sean otra cosa sino marginados, sin poder o prestigio. No me extraña que hablen de las hembras con esa extraña mezcla de adoración y desdén. En un instante, sin atreverse a tomar una decisión sin su consentimiento y al siguiente diciéndonos que las mujeres son demasiado estúpidas para comprender nada, que son varelse. Hasta ahora yo estaba tomando estas afirmaciones como reales, lo cual me llevaba a una imagen mental de las hembras como no - conscientes, un grupo de cerdas que se apoyaban sobre cuatro patas. Pensaba que los machos podrían consultarles de la misma manera que le consultan a los árboles, usando sus gruñidos como respuestas divinas, como se arrojan huesos o se leen las entrañas.

Sin embargo, ahora me doy cuenta de que las hembras son probablemente tan inteligentes como los machos, y que no son varelse en absoluto. Las frases negativas de los machos se deben a su resentimiento como solterones, excluidos del proceso reproductor y de las estructuras de poder de la tribu. Los cerdis han sido tan cuidadosos con nosotros como nosotros con ellos: no nos han dejado conocer a sus hembras o a los machos que detentan algún poder real. Pensábamos que estábamos explorando el corazón de la sociedad cerdi. En cambio, hablando de manera figurada, estábamos en las alcantarillas genéticas, entre los machos cuyos genes no han sido considerados aptos para contribuir a la tribu.

Y, sin embargo, no lo creo. Los cerdis que conozco son todos brillantes, listos, rápidos en aprender. Tan rápidos que ya les he hablado más sobre la sociedad humana, accidentalmente, que lo que he aprendido de ellos después de años de intentarlo. Si éstos son los residuos, espero que algún día me juzgarán digno de conocer a las «esposas» y los «padres».

Mientras tanto, no puedo informar sobre nada de esto porque, quiera o no, he violado las leyes claramente. No importa que nadie hubiera sido capaz de evitar que los cerdis aprendan cosas de nosotros. No importa que las reglas sean estúpidas y contraproducentes. Las he roto, y si lo descubren, cortarán mi contacto con los cerdis, lo que será aún peor que el contacto severamente limitado que tenemos ahora. Por tanto estoy obligado a mentir y a hacer tontos subterfugios, como poner estas notas en los archivos personales cerrados de Libo, donde ni siquiera a mi querida esposa se le ocurriría buscarlos. Aquí está la información, absolutamente vital, de que los cerdis que hemos estudiado son todos solterones, y por causa de las reglas no me atrevo a dejar que los xenólogos framling lo sepan. Olhabem, gente, aquí está: A ciência, o bicho que se devora a si mesma!

 

João Figueira Álvarez.

Notas Secretas, publicadas en:

«La Integridad de la Traición: Los xenólogos de Lusitania»,

de Demóstenes. Perspectivas Históricas de Reykiavik, 1990:4:1.

 

El vientre de Valentine estaba tenso e hinchado, y aún faltaba un mes para que su hija naciera. Estar tan gorda y desequilibrada era una molestia constante. Antes, siempre que se preparaba para dar una clase de historia en el sóndring, había podido cargar el bote ella sola. Ahora tenía que dejar que lo hicieran los marineros de su esposo, y ni siquiera podía moverse por el embarcadero para echar una mano: el capitán había ordenado al estibador que se encargara del barco. Lo estaba haciendo bien, por supuesto - ¿no le había enseñado a ella el capitán Ráv cuando llegó por primera vez? -, pero a Valentine no le gustaba tener que aceptar por fuerza un papel sedentario.

Era su quinto sóndring; en el primero, había conocido a Jakt. No había pensado en el matrimonio. Trondheim era un mundo como cualquier otro de los que había visitado con su peripatético hermano menor. Enseñaría, estudiaría y después de cuatro o cinco meses escribiría un extenso ensayo histórico, publicado bajo el pseudónimo de Demóstenes, y entonces se dedicaría a divertirse hasta que Ender aceptara una llamada para Hablar en cualquier otro sitio. A menudo, su trabajo cuadraba a las mil maravillas: a él le llamaban para Hablar de la muerte de alguna persona importante, cuya vida se convertiría entonces en el foco de su ensayo. Jugaban a ser profesores itinerantes de esto y lo otro, mientras en la realidad creaban la identidad del mundo, pues el ensayo de Demóstenes se consideraba siempre como definitivo.

Durante una época, Valentine había pensado que alguien se daría cuenta de que los ensayos escritos por Demóstenes seguían sospechosamente su mismo itinerario y que la descubrirían. Pero pronto advirtió que, igual que con los Portavoces, aunque en un grado menor, se había edificado una mitología en torno a Demóstenes. La gente creía que Demóstenes no era sólo un individuo. Al contrario, cada ensayo de Demóstenes era el trabajo de un genio escribiendo de manera independiente, quien intentaba entonces publicarlo bajo el nombre de Demóstenes; el ordenador remitía automáticamente el trabajo a un comité desconocido de brillantes historiadores de la época, quienes decidían si era digno del nombre. No importaba que nadie hubiera conocido nunca a un erudito a quien se hubiera enviado un trabajo así. Se intentaban miles de trabajos cada año; el ordenador rechazaba automáticamente todos los que no hubieran sido escritos por el Demóstenes auténtico; y, sin embargo, la creencia de que una persona como Valentine no podía existir, persistía firmemente. Después de todo, Demóstenes había empezado como demagogo en las redes de ordenadores cuando la Tierra luchaba en las Guerras Insectoras, hacía tres mil años. No podría tratarse de la misma persona.

«Y es cierto - pensó Valentine -. No soy la misma persona, realmente, de un libro a otro, porque cada mundo cambia quien soy, incluso mientras anoto su historia. Y este mundo más que ningún otro.»

No le había gustado lo penetrante del pensamiento luterano, especialmente la facción calvinista, que parecían tener respuestas para todas las preguntas antes de que hubieran sido formuladas. Así que decidió llevar a un grupo selecto de estudiantes graduados de Reykiavik a una de las Islas de Verano, la cadena ecuatorial donde, en primavera, los skrika acudían a aparearse y las bandadas de halkig se volvían locas con su energía reproductora. Su idea era romper los moldes intelectuales que eran inevitables en todas las universidades. Los estudiantes no comerían nada más que los havregrin que crecían salvajes en los valles resguardados y los halkig que tuvieran el valor de cazar. Cuando su nutrición dependiera de su propia habilidad, sus actitudes, sobre lo que importaba y lo que no importaba en la historia, cambiarían.

La universidad le dio permiso, con alguna resistencia; ella usó sus propios fondos para alquilarle un barco a Jakt, que acababa de convertirse en la cabeza de una de las muchas familias dedicadas a la caza de skrika. Tenía el típico desdén del marinero hacia los universitarios, y los llamaba skraddare en la cara, y otras cosas peores a sus espaldas. Le dijo a Valentine que tendría que regresar para salvar a sus estudiantes muertos de hambre dentro de una semana. En cambio, ella y sus marginados, como se llamaban a sí mismos, aguantaron todo el tiempo, y sobrevivieron, construyendo una especie de pueblo y disfrutando de un estallido de pensamiento creativo y libre que se convirtió en una fuente notable de publicaciones excelentes y reflexivas a su regreso.

El resultado más obvio en Reykiavik fue que Valentine tenía siempre cientos de solicitudes para las veinte plazas en cada uno de los tres sóndrings del verano. Mucho más importante para ella, sin embargo, fue Jakt. No era particularmente educado, pero estaba íntimamente familiarizado con la misma sabiduría de Trondheim. Podía pilotar, por la mitad del mar ecuatorial, sin utilizar una carta. Conocía los icebergs y dónde el hielo era más grueso. Parecía saber dónde se congregarían los skrika para bailar, y cómo desplegar a sus cazadores para que los cazaran sin que se dieran cuenta mientras aleteaban en la costa al salir del mar. El clima nunca le pillaba por sorpresa, y Valentine sacó la conclusión de que no había ninguna situación para la que no estuviera preparado.

Excepto para ella. Y cuando el sacerdote luterano (no calvinista) los casó, ambos parecieron sentirse más sorprendidos que felices. Y sin embargo eran felices. Y por primera vez desde que salió de la Tierra ella se sintió realizada, en paz, en casa. Por eso se había quedado embarazada. El vagabundeo había terminado. Se sentía muy agradecida a Ender por haber comprendido, sin tenerlo que discutir, que Trondheim era el final de su odisea de tres mil años, el final de la carrera de Demóstenes; como la ishaxa, ella había encontrado una manera de echar sus raíces en el hielo de este mundo y conseguir así nutrirse de una forma, que el suelo de otras tierras no le había proporcionado.

El bebé pateó con fuerza, sacándola de su ensimismamiento. Miró alrededor y vio que Ender se le acercaba, caminando por el muelle con su mochila colgada del hombro. Comprendió de inmediato por qué traía la bolsa: tenía intención de participar en el sóndring. Se preguntó si le alegraba aquello o no. Ender era silencioso y no entorpecía, pero posiblemente no podría ocultar su brillante conocimiento de la naturaleza humana. Los estudiantes medios no lo notarían, pero los demás, aquellos que ella esperaba que lograran volver con pensamientos originales, seguirían inevitablemente las pistas sutiles, aunque poderosas, que él dejaría caer inevitablemente. El resultado sería impresionante, estaba segura - después de todo, ella debía mucho a sus reflexiones -, pero la brillantez sería de Ender, no de los estudiantes. De alguna manera, traicionaría el propósito del sóndring.

Pero no le diría que no, cuando él le pidiera poder acompañarlos. Para decir la verdad, a ella le encantaría que fuera. Por mucho que amara a Jakt, echaba de menos la estrecha relación que ella y Ender solían compartir antes de su matrimonio. Pasarían años antes de que Jakt y ella pudieran estar tan unidos como lo estaba con su hermano. Jakt también lo sabía, y eso le causaba un poco de dolor; no es normal que un marido tenga que competir con su cuñado por la devoción de su esposa.

- Hola, Val - dijo Ender.

- Hola, Ender.

Solos en el embarcadero, donde nadie más podía oírles, ella podía llamarle libremente por el nombre de su infancia, ignorando el hecho de que el resto de la humanidad lo hubiera convertido en un epíteto.

- ¿Qué harás si el conejito decide salir durante el sóndring?

Ella sonrió.

- Su papá le envolverá en una piel de skrika, y yo le cantaré canciones nórdicas, y los estudiantes seguramente tendrán mucho que reflexionar sobre el impacto de los imperialistas reproductores en la historia.

Se rieron juntos por un instante, y Valentine supo súbitamente, sin saber por qué, que Ender no quería ir al sondring, que había empaquetado sus cosas para marcharse de Trondheim y que había venido, no para invitarla a acompañarle, sino para decirle adiós. Las lágrimas acudieron a sus ojos y una terrible y devastadora sensación le sacudió. El extendió la mano y la abrazó, como había hecho tantas veces en el pasado; esta vez, sin embargo, su vientre se interponía entre ambos, y el abrazo fue extraño y tentativo.

- Pensé que tenias intención de quedarte - susurró ella -. Rechazaste todas las llamadas que llegaron.

- Hubo una que no pude rechazar.

- Puedo tener al bebé en el sondring, pero no en otro mundo.

Como había supuesto, Ender no tenía intención de invitarla.

- La niña va a ser sorprendentemente rubia - dijo. Estará fuera de lugar en Lusitania. Allí la mayoría son negros brasileños.

Así que sería Lusitania. Valentine entendió de inmediato por qué iba: el asesinato del xenólogo por los cerdis era ahora de dominio público, pues había sido emitido durante la hora de la cena en Reykiavik.

- Estás loco.

- La verdad es que no.

- ¿Sabes lo que pasaría si la gente llega a saber que Ender, el Exterminador, va a ir al mundo de los cerdis? ¡Te crucificarían!

- Me crucificarían aquí también, si no fuera porque nadie más que tú sabe quién soy. Prométeme que no lo contarás.

- ¿Qué bien puedes hacer allí? Llevará muerto décadas cuando llegues.

- Mis sujetos están normalmente bastante fríos cuando llego a Hablar por ellos. Es la desventaja principal de ser nómada.

- Nunca había pensado que volvería a perderte.

- Pero yo supe que nos habíamos perdido mutuamente el día en que te enamoraste de Jakt.

- ¡Entonces deberías de habérmelo dicho! ¡No lo habría hecho!

- Por eso no te lo dije. Pero no es cierto, Val. Lo habrías hecho de todos modos. Y yo quería que lo hicieras. Nunca has sido más feliz - le puso la mano en el vientre -. Los genes de los Wiggin llevaban tiempo buscando una continuación. Espero que tengas una docena mas.

- Es considerado una descortesía tener más de cuatro, ansioso pasar de cinco, y bárbaro tener más de seis.

Incluso mientras bromeaba, ella decidía qué seria mejor para el sóndring, ¿dejar que los participantes fueran sin ella, cancelarlo ya, o posponerlo hasta que Ender partiera?

Pero Ender zanjó la cuestión.

- ¿Crees que tu marido podría hacer que uno de sus barcos me llevara al mareld esta noche para que pueda partir hacia mi nave por la mañana?

Su prisa era cruel.

- Si no hubieras necesitado un barco de Jakt, ¿me habrías dejado una nota en el ordenador?

- He tomado la decisión hace cinco minutos, y he venido a ti directamente.

- Pero ya has reservado un pasaje... ¡ésa es una decisión que lleva tiempo!

- No si compras la nave.

- ¿Por qué tienes tanta prisa? El viaje lleva décadas...

- Veintidós años.

- ¡Veintidós años! ¿Qué diferencia marcaría un par de días? ¿No puedes esperar un mes hasta que nazca mi hija?

- Dentro de un mes, Val, puede que no tenga valor para dejaros.

- ¡Entonces no lo hagas! ¿Qué son los cerdis para ti? Los insectores son suficientes ramen para la vida de un hombre. Quédate, cásate como me he casado yo. ¡Abriste las estrellas a la colonización, Ender, ahora quédate aquí y saborea los buenos frutos de tu labor!

- Tú tienes a Jakt. Yo tengo estudiantes repulsivos que continúan intentando convertirme al calvinismo. Mi labor no está hecha todavía, y Trondheim no es mi hogar.

Valentine sintió sus palabras como una acusación: «Echaste raíces aquí sin pensar siquiera si yo podría vivir en este suelo.» «Pero no es culpa mía, - quiso contestar -... tu eres el que se marcha, no yo.»

- ¿Recuerdas cómo fue cuando dejamos a Peter en la Tierra en un viaje de décadas a nuestra primera colonia, al mundo que gobernaste? - dijo ella -. Fue como si muriera. Cuando llegamos allí él era ya viejo y nosotros aún jóvenes; cuando hablamos por ansible, él se había convertido en un pariente anciano, el poderoso Hegemón, el legendario Locke, cualquier cosa menos nuestro hermano.

- Tal como yo lo recuerdo, fue una mejora - Ender intentaba hacer las cosas más fáciles. Pero Valentine encontró otro tono en sus palabras.

- ¿Crees que yo también mejoraré dentro de veintidós años?

- Creo que lloraré por ti más que si hubieras muerto.

- No, Ender, es exactamente como si estuviera muerta, y tú sabrás que eres el que me mató.

Él retrocedió.

- No sabes lo que dices.

- No te escribiré. ¿Por qué iba a hacerlo? Para ti serán solamente un par de semanas. Llegarías a Lusitania y el ordenador tendría veintidós años de cartas que te habría enviado una persona a la que has dejado sólo la semana anterior. Los primeros cinco años serían penosos, el dolor de perderte, la soledad de no tenerte para hablar...

- Jakt es tu marido, no yo.

- ¿Y entonces qué tendría que escribirte? ¿Cartitas amables y simpáticas sobre la niña? Tendría cinco, seis, diez, veinte años y estaría casada y tú ni siquiera la conocerías, ni siquiera te importará.

- Me importará.

- No tendrás la oportunidad. No te escribiré hasta que sea muy vieja, Ender. Hasta que hayas ido a Lusitania y luego a otro lugar, tragando décadas de golpe. Entonces te enviaré mi memoria. Te la dedicaré. A Andrew, mi querido hermano. Te seguí alegremente a dos docenas de mundos, pero no pudiste quedarte ni siquiera dos semanas cuando te lo pedí.

- Escucha lo que dices, Val, y comprenderás entonces por qué tengo que marcharme ahora, antes de que me destroces en pedazos.

- ¡Eso es un sofisma que no tolerarías a tus estudiantes, Ender! ¡No habría dicho esas cosas si no fueras a escaparte como el ladrón que es descubierto con las manos en la masa! ¡No le des la vuelta a la historia y no me eches la culpa!

Él respondió sin aliento, con las palabras atropellándose, unas a otras, en su prisa; tenía que terminar su discurso antes de que la emoción le detuviera.

- No, tienes razón. Quería darme prisa porque tengo un trabajo que hacer allí, y cada día que pase aquí estoy perdiendo tiempo, y porque me duele cada vez que os veo a ti y a Jakt más cercanos y yo más distante, aunque sé que es así como debe ser. Así que cuando decidí que tenía que ir, pensé que cuanto antes lo hiciera mejor, y tenía razón. Sabes que tengo razón. Nunca pensé que me odiarías por esto.

La emoción le detuvo y lloró. Y lo mismo hizo ella.

- No te odio, te quiero, eres una parte de mí, eres mi corazón y cuando te vayas me desgarrarás el corazón y te lo llevaras...

Y ése fue el final del encuentro.

El primero de a bordo de Ráv llevó a Ender al mareid, la gran plataforma en el mar ecuatorial, donde las lanzaderas eran enviadas al espacio para que se encontrasen con las naves en órbita. Los dos habían comprendido que Valentine no podía ir con él. Ella, en cambio, regresó a casa con su marido y permaneció abrazada a él toda la noche. Al día siguiente se fue al sóndring con sus estudiantes y lloró por Ender sólo durante la noche, cuando pensaba que nadie podía verla.

Pero sus estudiantes la veían, y circularon historias sobre la gran pena de la profesora Wiggin por la marcha de su hermano, el Portavoz itinerante. Hicieron de esto lo que los estudiantes siempre hacen... mucho más y mucho menos que la realidad. Pero una estudiante, una muchacha llamada Plikt, advirtió que había más en la historia de Valentine y Andrew Wiggin de lo que nadie había supuesto.

Así que empezó a investigar su historia y a seguir la pista de sus viajes entre las estrellas. Cuando Syfte, la hija de Valentine, tenía cuatro años, y Ren, su hijo, tenía dos, Plikt fue a verla. Entonces era ya una joven profesora en la universidad, y le mostró a Valentine su historia publicada. La había concebido como ficción, pero era real, naturalmente, la historia del hermano y la hermana que eran las personas más viejas del universo, nacidas en la Tierra antes de que se implantaran las colonias en otros mundos, y que desde entonces vagaban de un mundo a otro, sin raíces, buscando siempre algo.

Para alivio de Valentine - y, extrañamente, también para su decepción -, Plikt no había revelado el hecho de que Ender era el Portavoz de los Muertos original y que Valentine era Demóstenes. Pero sabía bastante de su historia para escribir el relato de su despedida, cuando ella decidió quedarse con su marido y él marcharse. La escena era mucho más tierna y emotiva de lo que había sido en realidad. Plikt había escrito lo que debería haber sido si Ender y Valentine hubieran tenido más sentido del teatro.

- ¿Por qué has escrito esto? - le preguntó Valentine.

- ¿No es lo suficientemente bueno para que tenga su razón de existir?

La respuesta divirtió a Valentine, pero no le hizo claudicar.

- ¿Qué significaba mi hermano Andrew para ti, para que hayas investigado antes de crear esto?

- Ésa sigue siendo la pregunta equivocada - contestó Plikt.

- Parece que estoy suspendiendo algún tipo de examen. ¿Puedes darme alguna pista para que sepa qué pregunta tengo que hacer?

- No se enfade. Debería preguntarme por que he escrito una obra de ficción en lugar de una biografía.

- ¿Por qué, entonces?

- Porque descubrí que Andrew Wiggin, Portavoz de los Muertos, es Ender Wiggin, el Genocida.

Aunque Ender había partido hacía cuatro años, aún le faltaban otros dieciocho para alcanzar su destino. Valentine se sintió presa del miedo, pensando en lo que seria su vida si le recibían en Lusitania como el hombre más repudiado de la historia humana.

- No tiene que tener miedo, profesora Wiggin. Si tuviera intención de contarlo, ya lo habría hecho. Cuando lo descubrí, me di cuenta de que se había arrepentido de lo que hizo. Y ¡qué penitencia mas extraordinaria! Fue el Portavoz de los Muertos quien reveló que sus actos fueron un crimen inenarrable... y por eso tomó el título de Portavoz, como otros muchos miles, y llevó adelante el papel de ser su propio acusador por veinte mundos.

- Has descubierto tanto, Plikt, y entendido tan poco...

- ¡Lo he comprendido todo! Lea lo que he escrito... ¡Lo he comprendido!

Valentine se dijo que, puesto que Plikt sabía tanto, lo mismo daba que supiera más. Pero fue la furia, no la razón, lo que hizo que le contara lo que no le había contado a nadie nunca.

- Plikt, mi hermano no imitó al Portavoz de los Muertos original. Él escribió la Reina Colmena y el Hegemón.

Cuando Plikt se dio cuenta de que ella le estaba diciendo la verdad, se sintió abrumada. Durante todos esos años había considerado a Andrew Wiggin como su materia de estudio y al Portavoz de los Muertos original como su inspiración. Descubrir que ambos eran la misma persona le hizo sentirse anonadada durante media hora.

Entonces ella y Valentine hablaron y llegaron a confiar la una en la otra, hasta que Valentine invitó a Plikt para que fuera la tutora de sus hijos y colaborara con ella en sus enseñanzas y sus escritos. Jakt se sorprendió de aquella nueva incorporación a la casa, pero con el tiempo Valentine le contó los secretos que Plikt había descubierto a través de sus investigaciones o su revelación. Se convirtió en la leyenda de la familia, y los niños crecieron escuchando historias maravillosas sobre su Tío Ender, a quien en todos los mundos consideraban un monstruo, pero que en realidad era una especie de salvador, o un profeta, o al menos un mártir.

Los años pasaron, la familia prosperó, y el dolor de Valentine por la pérdida de Ender se convirtió en orgullo por él y finalmente en una poderosa impaciencia. Estaba ansiosa por que llegara a Lusitania y resolviera el problema de los cerdis, por que cumpliera su aparente destino como el apóstol de los ramen. Fue Plikt, la buena luterana, quien le enseñó a Valentine a concebir la vida de Ender en términos religiosos; la poderosa estabilidad de su vida familiar y el milagro de cada uno de sus cinco hijos se combinaron para instalar en ella las emociones, si no las doctrinas, de la fe.

Era lógico que también afectara a los niños. El relato del Tío Ender, ya que no podían mencionarlo a los extraños, adquirió tonos sobrenaturales. Syfte, la hija mayor, estaba particularmente intrigada, e incluso cuando llegó a los veinte años y concibió de modo racional la adoración primitiva e infantil por Tío Ender, siguió obsesionada con él. Era una criatura de leyenda, y sin embargo aún vivía, en un mundo que no estaba lejos.

No se lo dijo a sus padres, pero sí a su antigua tutora.

- Algún día, Plikt, le conoceré. Le conoceré y le ayudaré en su trabajo.

- ¿Qué te hace creer que necesitará ayuda? ¿Tu ayuda, además? - Plikt se mostraba siempre escéptica hasta que sus estudiantes se ganaban su confianza.

- Tampoco lo hizo solo la primera vez, ¿no?

Y los sueños de Syfte se alejaron del hielo de Trondheim y se dirigieron al distante planeta donde Ender Wiggin aún no había puesto los pies.

«Gente de Lusitania, qué poco sabéis del gran hombre que caminará por vuestra tierra y tomara vuestra carga. Y yo me uniré a él, a su debido tiempo, aunque sea una generación tarde... prepárate también para mí, Lusitania.»

En su nave, Ender Wiggin no tenía noción de la carga de sueños de otras personas que llevaba consigo. Sólo habían pasado unos días desde que había dejado a Valentine llorando en el embarcadero. Para él, Syfte no tenía nombre; era un bebé en el vientre de Valentine, y nada más. Sólo empezaba a sentir el dolor de perder a Valentine, un dolor que ella había superado desde hacía tiempo. Y sus pensamientos estaban lejos de sus sobrinos desconocidos en aquel mundo de hielo.

Era en una muchachita joven y atormentada llamada Novinha en quien pensaba, y se preguntaba qué le estarían haciendo esos veintidós años de viaje, y en qué se habría convertido cuando se encontraran. Pues Ender la amaba, como sólo se puede amar a alguien que es un eco de uno mismo, en el momento de la pena más profunda.

 

 

6 - Olhado

 

Su única relación con otras tribus parece ser la guerra. Cuando se cuentan historias mutuas (a menudo durante la estación de las lluvias), casi siempre se refieren a batallas y héroes. El final es siempre la muerte, para los héroes y los cobardes por igual. Si las historias les sirven de alguna guía, los cerdis no esperan vivir a costa de la guerra. Y nunca, jamás, dan la más mínima señal de sentir interés por las hembras del enemigo, ya sea para violarías, asesinarlas o convertirlas en esclavas, el tratamiento tradicional humano hacia las mujeres de los soldados caídos.

¿Significa esto que no existe intercambio genético entre las tribus? En absoluto. Los intercambios genéticos puede que sean llevados a cabo por las hembras, quienes pueden tener algún sistema de comerciar factores genéticos. Dada la aparente sumisión total de los machos a las hembras en la sociedad cerdi, esto podría hacerse fácilmente sin que los machos tuvieran conocimiento de ello; o puede que les cause tanta vergüenza que no lo mencionan.

Lo que quieren es hablarnos de batallas. Una descripción típica, de las notas de mi hija Ouanda el 21:2 del año pasado, durante una sesión de relatos en el interior de la casa de madera:

CERDI (hablando stark): Mató a tres de los hermanos sin recibir una herida. Nunca he visto un guerrero más fuerte y temerario. La sangre le llegaba a los brazos, y el palo que llevaba en la mano estaba salpicado y cubierto con los sesos de mis hermanos. Sabía que era honorable, aunque el resto de la batalla fue contra su débil tribu «Dei honra! Eu Ihe dei! (¡Que sea honrado! ¡Yo se lo ofrezco!)»

(Otros cerdis hacen chasquear la lengua).

CERDI: Lo clavé al suelo. Su oposición era fuerte hasta que le enseñé la hierba en mi mano. Entonces abrió la boca y entonó las extrañas canciones del país lejano. Nunca será madeira na mâo da gente! (¡Nunca será un palo en nuestras manos!). (En este punto, los demás se le unen y cantan una canción en el Lenguaje de las Esposas, uno de los pasajes más largos que hemos oído.)

(Anotar que es común en ellos hablar en primer lugar en stark, y luego cambiar al portugués en el momento del clímax y la conclusión. Nos hemos dado cuenta de que hacemos lo mismo, y volvemos a nuestro portugués nativo en los momentos más emocionales.)

El relato de esta batalla puede no parecer tan extraño, hasta que uno oye las historias suficientes, para darse cuenta de que siempre terminan con la muerte del héroe. Aparentemente no tienen gusto por la comedia ligera.

 

Liberdade Figueira de Medici.

«Informe sobre los Modelos Intertribales de los Aborígenes Lusitanos».

En Transacciones Culturales, 1964:12:40.

 

No hubo mucho que hacer durante el vuelo Interestelar. Una vez que se hubo fijado el rumbo y la nave hizo el cambio de Park, lo único que quedó fue calcular a qué distancia de la velocidad de la luz viajaba la nave. El ordenador de a bordo calculó la velocidad exacta y entonces determinó cuánto debería continuar el viaje, en tiempo subjetivo, antes de volver a hacer el cambio de Park a una velocidad sub-luz aceptable. «Como un cronómetro - pensó Ender -. Lo conectas, lo desconectas, y la carrera se acaba.»

Jane no pudo poner mucho de su parte en el cerebro de la nave, así que Ender estuvo los ocho días de viaje prácticamente solo. Los ordenadores de la nave eran lo suficientemente buenos para ayudarle a conseguir el cambio de español al portugués. El idioma era fácil de hablar, pero se saltaban tantas consonantes que era difícil de comprender.

Hablar portugués con un ordenador lento se convirtió en una locura después de una o dos horas diarias. En todos los otros viajes, Val había estado con él. No es que hablaran siempre, claro. Se conocían tan bien que a menudo no había mucho que decir. Pero sin ella, Ender se impacientaba con sus propios pensamientos; nunca se interrumpían, porque no había nadie que le dijera que lo hiciera.

Ni siquiera la reina colmena servía de ayuda. Sus pensamientos eran instantáneos; atados, no a la sinapsis, sino a los filotes, a los cuales no afectaban los efectos relativistas de la velocidad de la luz. Para ella, cada minuto del tiempo de Ender eran dieciséis horas; la diferencia era demasiado grande para que Ender pudiera recibir cualquier tipo de comunicación por su parte. Si no estuviera en una crisálida, tendría miles de insectores individuales, cada uno haciendo su propia labor y comunicando sus experiencias a su vasta memoria. Pero ahora todo lo que tenía eran recuerdos, y en sus ocho días de cautividad, Ender empezó a comprender su ansia por ser liberada.

Cuando pasaron los ocho días, ya se las arreglaba bastante bien hablando el portugués directamente en vez de traducir del español cada vez que quería decir algo. También ansiaba desesperadamente compañía humana; le habría alegrado discutir de religión con un calvinista, con tal de tener alguien con quien hablar que fuera algo más listo que el ordenador de la nave.

La astronave realizó el cambio de Park; en un momento inconmensurable, su velocidad cambió con respecto al resto del universo. O, más bien, la teoría decía que, de hecho, era la velocidad del universo la que cambiaba mientras la nave permanecía inmóvil. Nadie podía estar seguro, porque no había nadie para observar el fenómeno. Era sólo una suposición, ya que nadie entendía por qué funcionaban los efectos filóticos; el ansible había sido descubierto casi por accidente, y junto a él el Principio de Instantaneidad de Park. Puede que no fuera comprensible, pero funcionaba.

Instantáneamente las ventanas de la astronave se llenaron de estrellas cuando la luz se hizo visible en todas las direcciones. Algún día los científicos descubrirían por qué el cambio de Park casi no requería energía. En alguna parte, Ender estaba seguro, se estaba pagando un precio terrible para que la humanidad pudiera navegar entre las estrellas. Una vez había soñado que cada vez que una nave efectuaba el cambio de Park se apagaba una estrella. Jane le aseguró que no era así, pero él sabia que la mayoría de las estrellas son invisibles para nosotros: un billón de ellas podría desaparecer y no nos daríamos cuenta. Durante miles de años continuaríamos viendo los fotones que ya habían sido emitidos antes de que la estrella desapareciera. Para cuando viéramos que la galaxia se desvanecía, ya sería demasiado tarde para enmendar rumbo.

- Sentado con tus fantasías paranoides - dijo Jane.

- No puedes leer en la mente - recordó Ender.

- Siempre te vuelves melancólico y especulas sobre la destrucción del universo cada vez que terminas un viaje interestelar. Es tu forma particular de manifestar el mareo.

- ¿Ya has alertado a las autoridades de Lusitania de mi venida?

- Es una colonia muy pequeña. No hay autoridad encargada de los aterrizajes porque apenas viene nadie. Hay una lanzadera en órbita que automáticamente lleva y trae a la gente a un aeropuerto ridículo.

- ¿No hace falta permiso de Inmigración?

- Eres un Portavoz. No pueden rechazarte. Además, Inmigración depende del Gobernador, que es a la vez el Alcalde, ya que la ciudad y la colonia son la misma cosa. En este caso, es una mujer. Su nombre es Faria Lima Maria do Bosque, llamada Bosquinha, y te envía sus saludos y desearía que te marcharas, porque tiene ya bastantes problemas y no le hace falta un profeta del agnosticismo que moleste a los buenos católicos.

- ¿Dijo eso?

- Bueno, a ti exactamente no... El obispo Peregrino se lo dijo a ella, y ella estuvo de acuerdo. Pero su oficio es estar de acuerdo. Si le dices que los católicos son unos tontos idólatras y supersticiosos, probablemente suspirará y te dirá que espera que te guardes esa opinión.

- Estás ocultando algo - dijo Ender -. ¿Qué es lo que piensas que no quiero oír?

- Novinha canceló su petición de un Portavoz. Cinco días después de enviarla.

Naturalmente, el Código Estelar decía que una vez que Ender hubiera iniciado su viaje en respuesta a su llamada, la llamada no podía ser cancelada legalmente; sin embargo, eso lo cambiaba todo, porque en vez de esperar ansiosamente su llegada durante veintidós años, ella estaría temiéndola, lamentando que hubiera venido cuando ya había cambiado de opinión.

Ender había esperado ser recibido como amigo. Ahora ella sería incluso más hostil que la jerarquía católica.

- Bueno, eso simplifica mi trabajo - dijo.

- No es tan malo, Andrew. Verás, en los años intermedios otro par de personas han solicitado un Portavoz, y no han cancelado sus llamadas.

- ¿Quiénes?

- Por la más fascinante de las coincidencias, son los hijos de Novinha, Miro y Ela.

- No pueden haber conocido a Pipo. ¿Por qué me llaman para Hablar de su muerte?

- Oh, no, no de la muerte de Pipo. Ela pidió un Portavoz hace sólo seis semanas, para que Hable de la muerte de su padre, el marido de Novinha, Marcos María Ribeira, llamado Marcão. Se cayó muerto en un bar. No por el alcohol... tenía una enfermedad. Murió podrido por dentro.

- Me preocupas, Jane, consumida como estás por la compasión.

- Eres tu quien es bueno para eso. Yo soy mejor en las búsquedas complejas a través de estructuras de datos.

- Y el chico... ¿cómo se llama?

- Miro. Pidió un Portavoz hace sólo cuatro años. Por la muerte del hijo de Pipo, Libo.

- Libo no podía tener más de cuarenta años.

- Le ayudaron a que muriera muy joven. Era xenólogo, ¿sabes? O zenador, como dicen en portugués.

- Los cerdis...

- Exactamente igual que la muerte de su padre. Los órganos colocados exactamente de la misma forma. Tres cerdis han sido ejecutados de la misma manera mientras estabas de camino. Pero plantan árboles en medio de los cadáveres cerdis... no hay tal honor para los humanos muertos. Los dos xenólogos asesinados por los cerdis, con una generación de diferencia.

- ¿Qué ha decidido el Consejo Estelar?

- Siguen dudando. No han certificado aún a los aprendices de Libo como xenólogos. Uno es la hija de Libo, Ouanda. Y el otro es Miro.

- ¿Mantienen contacto con los cerdis?

- Oficialmente, no. Hay algo de controversia en este asunto. Después de que Libo muriera, el Consejo prohibió que la frecuencia del contacto fuera mayor de un mes. Pero la hija de Libo se negó categóricamente a obedecer la orden.

- ¿Y no la han trasladado?

- El margen de la mayoría de ellos, que decidió reducir el contacto con los cerdis, fue estrecho. No hubo mayoría para censurarla. Al mismo tiempo, les preocupa que Miro y Ouanda sean tan jóvenes.

Hace dos años un grupo de científicos partió de Calcuta. Estarán aquí para hacerse cargo de los asuntos de los cerdis dentro de treinta y tres años mas.

- ¿Tienen alguna idea de por qué los cerdis mataron al xenólogo?

- Ninguna. Pero para eso estás aquí, ¿no?

La respuesta podría haber sido fácil, si no fuera porque la reina colmena le llamó gentilmente en el fondo de su mente. Ender pudo sentirla como al viento a través de las hojas de un árbol, un susurro, un movimiento suave, y la luz del sol. Sí, estaba aquí para Hablar en nombre de los muertos. Pero también para devolver los muertos a la vida.

«Éste es un buen sitio.»

- Todo el mundo está siempre unos cuantos pasos por delante de mi.

«Hay una mente aquí. Mucho más clara que ninguna mente humana que conozcamos.»

- ¿Los cerdis? ¿Piensan como tú?

«Sabe de los cerdis. Un poco; tiene miedo de nosotros.»

La reina colmena se retiró, y Ender pensó que con Lusitania había mordido más de lo que podría tragar.

 

El obispo Peregrino en persona pronunció la homilía. Eso era siempre una mala señal. No era un orador excitante, y se había vuelto tan rebuscado que Ela no pudo ni siquiera comprender de qué hablaba la mitad del tiempo. Quim pretendía que podía comprender, naturalmente, porque en lo que a él concernía, el obispo no podía equivocarse. Pero el pequeño Grego no hizo ni el más mínimo intento de parecer interesado. Incluso a pesar de que la Hermana Esquecimento se paseaba por el pasillo, con sus afiladas uñas y sus crueles pellizcos, Grego siguió haciendo intrépidamente todo lo que le pasaba por la cabeza.

Hoy estaba sacando los tornillos del respaldo del banco de plástico que tenía delante. A Ela le preocupaba lo fuerte que era: un niño de seis años no hubiera sido capaz de utilizar un destornillador bajo el borde de un remache soldado. Ela ni siquiera estaba segura de poder hacerlo ella misma.

Si Padre estuviera aquí, por supuesto, alargaría el brazo y suavemente, muy suavemente, le quitaría a Grego el destornillador de la mano. Susurraría: «¿De dónde has sacado esto?», y Grego le miraría con ojos grandes e inocentes. Más tarde, cuando todos volvieran a casa después de la misa, Padre se enfadaría con Miro por dejar las herramientas a su alcance, y le llamaría cosas terribles y le echaría la culpa de todos los problemas de la familia. Miro lo soportaría en silencio. Ela se dedicaría a preparar la cena. Quim se sentaría inútilmente en un rincón, acariciando el rosario y murmurando sus inútiles oraciones. Olhado era el afortunado, con sus ojos electrónicos: simplemente los desconectaría o volvería a ver alguna de sus escenas favoritas del pasado y no prestaría atención. Quara se escondería en una esquina. Y el pequeño Grego se quedaría allí, triunfante, con la mano agarrada a las perneras de Padre, mirando cómo la culpa de todo lo que había hecho caía sobre Miro.

Ela tembló al imaginar la escena en su memoria. Si hubiera terminado aquí, habría sido soportable. Pero entonces Miro se marcharía, y ellos comerían, y luego...

Los dedos de araña de la Hermana Esquecimento aparecieron; sus uñas se clavaron en el brazo de Grego. Instantáneamente, el niño soltó el destornillador. Naturalmente, tendría que retumbar cuando cayera al suelo, pero la Hermana Esquecimento no era tonta. Se inclinó rápidamente y lo cogió con la otra mano. Grego sonrió. Su cara estaba sólo a unas cuantas pulgadas de su rodilla. Ela vio lo que iba a hacer, e intentó detenerlo, pero fue demasiado tarde. Grego golpeó rudamente con la rodilla la boca de la Hermana Esquecimento.

Ella jadeó de dolor y soltó el brazo de Grego, que le quitó el destornillador. Con una mano en la boca, tratando de retener la sangre, la monja se fue corriendo por el pasillo. Grego regresó a su trabajo de demolición.

«Padre está muerto - se recordó Ela. Las palabras sonaban en sus oídos como si fueran música -. Padre está muerto, pero sigue aquí, porque ha dejado su monstruoso legado detrás. El veneno que puso en todos nosotros aún está madurando, y tarde o temprano acabará por matarnos. Cuando murió, su hígado sólo medía dos pulgadas y no se pudo encontrar su bazo. Extraños órganos grasientos habían crecido en su lugar. No había nombre para la enfermedad; su cuerpo se había vuelto loco, olvidado del modelo por el cual estaban construidos los seres humanos. Incluso ahora, la enfermedad sigue viviendo en sus hijos. No en nuestros cuerpos, sino en nuestras almas. Existimos donde debería haber niños humanos normales; incluso tenemos la misma forma. Pero cada uno de nosotros, a su manera, ha sido reemplazado por una imitación, formada de un bocio retorcido, fétido y grasiento surgido del alma de Padre.»

Tal vez sería diferente si Madre tratara de hacerlo más fácil. Pero no se preocupaba por nada más que de microscopios y cereales mejorados genéticamente, o en lo que fuera que estuviera trabajando ahora.

- ¡... Ese que dice que habla en nombre de los muertos! ¡Pero sólo hay Uno que puede hablar por los muertos, y es el Sagrado Cristo...!

Las palabras del obispo Peregrino recabaron su atención. ¿Qué es lo que decía sobre un Portavoz de los Muertos? No podía saber que ella había pedido uno.

- ¡La ley requiere que le tratemos con cortesía, pero no que le creamos! La verdad no se encuentra en las especulaciones e hipótesis de hombres no espirituales, sino en las enseñanzas y las tradiciones de la Madre Iglesia. ¡Así que cuando ande entre vosotros, ofrecedle vuestras sonrisas, pero no se os ocurra entregarle vuestros corazones!

¿Por qué hacía esta advertencia? El planeta más cercano era Trondheim, a veintidós años - luz de distancia, y no era probable que hubiera un Portavoz allí. Pasarían décadas hasta que uno apareciera, si es que venía. Se inclinó sobre Quara para preguntarle a Quim: él sí habría estado escuchando.

- ¿Por qué está hablando ahora de un Portavoz de los Muertos? - susurró.

- Si escucharas, lo sabrías.

- Si no me lo dices, te partiré la nariz.

Quim sonrió para demostrar que no tenía miedo de sus amenazas. Pero como en realidad le tenía miedo a ella, se lo dijo.

- Algún descreído, al parecer, solicitó un Portavoz cuando murió el primer xenólogo, y va a llegar esta tarde. Está ya en la lanzadera y la alcaldesa va de camino para recibirle cuando aterrice.

No se esperaba esto. El ordenador no le había dicho que un Portavoz venía ya de camino. Se suponía que vendría dentro de años para Hablar la verdad sobre el monstruo llamado Padre, que finalmente había bendecido a su familia cayéndose muerto; la luz vendría para iluminar y purificar su pasado. Pero Padre llevaba muy poco tiempo muerto para que se hablara por él ahora. Sus tentáculos aún emergían de la tumba y chupaban sus corazones.

La homilía terminó, y por fin también lo hizo la misa. Ela agarró fuertemente la mano de Grego, intentando evitar que le quitara el libro o la bolsa a alguien cuando se vieran rodeados por la multitud.

Quim al menos hizo algo útil: llevaba a Quara, que siempre se quedaba inmóvil cuando tenía que moverse entre extraños. Olhado volvió a conectar sus ojos y se preocupó de sí mismo y guiñó metálicamente a cualquiera de las semi - vírgenes quinceañeras a las que hoy esperaba escandalizar. Ela hizo una genuflexión delante de las estatuas de Os Venerados. ¿No estáis orgullosos de tener unos nietos tan encantadores como nosotros?

Grego estaba sonriendo; naturalmente: tenía un zapatito de bebé en la mano. Ela rezó en silencio por haber salido ileso del encuentro. Cogió el zapato de la mano de Grego y lo dejó ante el altar donde ardían las velas como testigos perpetuos del milagro de la Descolada. Quienquiera que fuese el dueño del zapato, lo encontraría allí.

La alcaldesa Bosquinha se encontraba de buen humor mientras el coche que la transportaba se deslizaba sobre los campos de hierba entre el lanzapuerto y la ciudad de Milagro. Señaló los rebaños de cabras semi - domésticas, una especie nativa que proporcionaba fibra para las ropas, pero cuya carne era nutritivamente inútil para los seres humanos.

- ¿Los cerdis se las comen? - preguntó Ender.

Ella alzó una ceja.

- No sabemos mucho de los cerdis.

- Sabemos que viven en los bosques. ¿Salen alguna vez a la llanura?

Ella se encogió de hombros.

- Eso tienen que decidirlo los framlings.

Ender se sorprendió al oírla utilizar aquella palabra, pero naturalmente el último libro de Demóstenes llevaba veintidós años publicado y había sido distribuido por los Cien Mundos a través del ansible.

Utlanning, framling, raman, varelse... los términos eran ahora parte del stark, y probablemente a Bosquinha ni siquiera le parecían particularmente nuevos.

Fue su falta de curiosidad sobre los cerdis lo que le hizo sentirse incómodo. No era posible que la gente de Lusitania no se preocupara por los cerdis... eran el motivo de la alta verja que nadie, excepto los zenadores, podía cruzar. No, ella no sentía falta de curiosidad. Estaba evitando el tema. Pero él no podía decir si era porque los cerdis asesinos eran un asunto doloroso o porque no se fiaba de un Portavoz de los Muertos.

Alcanzaron la cima de una colina y ella detuvo el coche, que se posó suavemente sobre sus patines.

Bajo ellos un ancho río se abría paso entre las colinas cubiertas de hierba; más allá del río, las colinas más lejanas estaban completamente cubiertas por el bosque. A lo largo de la lejana ribera del río, casas de ladrillo y yeso con tejados de teja componían una ciudad pintoresca. Las granjas se encontraban en el lado más cercano y sus campos de cultivo se extendían hacia la colina en la que se encontraban Ender y Bosquinha.

- Esto es Milagro - dijo Bosquinha -. En la colina más alta está la Catedral. El obispo Peregrino le ha pedido a la gente que sea amable y servicial con usted.

Por su tono, Ender supuso que también les había dado a entender que era un peligroso agente del agnosticismo.

- ¿Hasta que Dios haga que me caiga muerto? - preguntó.

Bosquinha sonno.

- Dios nos da ejemplo de tolerancia cristiana, y esperamos que todo el mundo en la ciudad haga lo mismo.

- ¿Saben quién me ha llamado?

- Quienquiera que lo haya hecho, ha sido... discreto.

- Es usted gobernadora, además de alcaldesa. Tiene algunos privilegios de información.

- Sé que su llamada original fue cancelada, pero demasiado tarde. También sé que otras dos personas han solicitado Portavoces en los últimos años. Pero debe darse cuenta de que la mayoría de la gente está contenta con recibir doctrina y consuelo de los sacerdotes.

- Se alegrarán de saber que no me dedico a doctrinas ni consuelos.

- Su amable donación de su cargamento de skrika le hará muy popular en los bares, y seguro que verá multitud de mujeres presumidas llevando las pieles en los próximos meses. Se está acercando el otoño.

- Adquirí los skrika con la nave. No me servían para nada, y no espero ninguna gratitud especial - miro a la densa hierba que le rodeaba como si fuera el pelaje de un animal -. Esta hierba... ¿es nativa?

- E inútil. Ni siquiera podemos usarla como paja para los techos. Si se corta, se desmenuza, y luego se disuelve con la lluvia hasta convertirse en polvo. Pero allí abajo, en los campos, el grano más común es una semilla especial de amaranto que nuestros xenobiólogos han desarrollado. El arroz y el trigo eran débiles e inseguros, pero el amaranto es tan procaz que tenemos que usar herbicidas para evitar que se extienda.

- ¿Por qué?

- Éste es un mundo en cuarentena, Portavoz. El amaranto encaja tan bien en este entorno que ahogaría pronto todas las plantas nativas. La idea no es convertir Lusitania en una réplica de la Tierra, sino causar el menor impacto posible en este mundo.

- Eso debe ser difícil para la gente.

- Dentro de nuestro enclave, Portavoz, somos libres y nuestras vidas son completas. Y fuera de la verja... nadie quiere ir allí de todas formas.

El tono de su voz estaba lleno de emoción oculta. Ender supo entonces que el temor a los cerdis era profundo.

- Portavoz, sé que está pensando que tenemos miedo a los cerdis. Quizá algunos lo sentimos. Pero lo que sentimos la mayor parte del tiempo no es miedo. Es odio. Repulsión.

- Nunca les han visto.

- Tiene que saber lo de los dos zenadores que mataron... sospecho que le llamaron originariamente para Hablar de la muerte de Pipo. Pero los dos, Pipo y Libo por igual, eran amados aquí. Especialmente Libo. Era un hombre amable y generoso, y el dolor por su muerte fue extenso y genuino. Es difícil concebir cómo los cerdis pudieron hacerle lo que le hicieron. Dom Cristão, el abad de los «Filhos da Mente de Cristo» dice que tienen que carecer de sentido moral. Dice que esto puede significar que son bestias. O puede significar que no han caído y no han comido aún el fruto del árbol prohibido - sonrió -. Pero eso es teología y no significa nada para usted.

Él no respondió. Estaba acostumbrado a la manera en que la gente religiosa asumía que sus historias sagradas tenían que sonar absurdas a los no creyentes. Pero Ender no se consideraba no creyente, y tenía un agudo sentido de lo sagrado de muchas historias. Pero no podía explicárselo a Bosquinha. Ella tendría que cambiar sus ideas preconcebidas sobre él a su debido tiempo. Recelaba de él, pero Ender creía que podría ganársela; para ser una buena alcaldesa, ella tenía que saber conocer a la gente por lo que eran, no por lo que parecían.

Ender cambió de conversación.

- Los Filhos da Mente de Cristo... mi portugués no es muy bueno, pero ¿significa «Hijos de la Mente de Cristo»?

- Son una orden nueva, relativamente hablando, formada sólo hace cuatrocientos años bajo dispensa especial del Papa...

- Oh, conozco a los Hijos de la Mente de Cristo, alcaldesa. Hablé de la muerte de San Ángelo en Moctezuma, en la ciudad de Córdoba.

Sus ojos se ensancharon.

- ¡Entonces la historia es cierta!

- He oído muchas versiones, alcaldesa Bosquinha. Una dice que el diablo poseyó a San Angelo en su lecho de muerte, y que por eso pidió que le asistieran con los ritos del pagano Hablador de los Muertos.

Bosquinha sonrió.

- Es parecido a la historia que por aquí se cuenta. Dom Cristão dice que es una tontería, por supuesto.

- Resulta que San Ángelo, mucho antes de que fuera santificado, asistió a mi Alocución por una mujer que conocía. Los hongos en su sangre ya le estaban matando. Vino a mí y me dijo: «Andrew, ya están diciendo de mi las mentiras más terribles, dicen que he hecho milagros y que deberían hacerme santo. Tienes que ayudarme. Tienes que decir la verdad después de mi muerte.»

- Pero los milagros han sido certificados, y lo canonizaron sólo noventa años después de que hubiera muerto.

- Sí. Bueno, eso es en parte culpa mía. Cuando Hablé de su muerte, yo mismo atestigüé varios milagros.

Ella se rió abiertamente.

- ¿Un Portavoz de los Muertos creyendo en milagros?

- Mire a la catedral de la colina. ¿Cuántos de esos edificios son para los sacerdotes y cuántos para las escuelas?

Bosquinha comprendió de inmediato y le miró.

- Los Filhos da Mente de Cristo obedecen al obispo.

- Excepto que conservan y enseñan todo el conocimiento, lo apruebe el obispo o no.

- San Ángelo tal vez le haya dejado meterse en asuntos de la Iglesia. Le aseguro que el obispo Peregrino no hará lo mismo.

- He venido a Hablar de una simple muerte, y apoyado por la ley. Creo que descubrirá que hago menos daño de lo que espera, y quizá más bien.

- Si ha venido a Hablar de la muerte de Pipo, Falante pelos Mortos, entonces no hará más que daño. Deje a los cerdis detrás del muro. Si por mí fuera, ningún ser humano volvería a pasar esa verja.

- Espero que haya una habitación que pueda alquilar.

- Esta ciudad no cambia, Portavoz. Aquí todo el mundo tiene casa y no hay ningún otro lugar al que ir. ¿Para qué íbamos a mantener un albergue? Sólo podemos ofrecerle una de las pequeñas viviendas de plástico que alzaron los primeros colonos. Es pequeña, pero tiene todas las comodidades.

- Como no necesito muchas comodidades ni mucho espacio, estoy seguro de que irá bien. Y estoy ansioso por conocer a Dom Cristão. Allí donde están los seguidores de San Ángelo, la verdad tiene amigos.

Bosquinha se encogió de hombros y puso de nuevo el coche en marcha. Como Ender pretendía, sus ideas preconcebidas sobre un Portavoz de los Muertos se había quebrantado. Pensar que, en verdad, había conocido a San Ángelo y que admiraba a los Filhos. Eso no era lo que el obispo Peregrino les había dado a entender.

La habitación estaba amueblada escasamente, y si Ender hubiera tenido muchas pertenencias habría tenido problemas en encontrar dónde colocarlas todas. Sin embargo, como siempre sucedía, pudo desempacar en sólo unos pocos minutos.

Sólo la crisálida de la reina colmena permaneció en su bolsa; ya hacía tiempo que había superado la extraña sensación sobre la incongruencia de almacenar el futuro de una raza magnífica en una mochila bajo su cama.

- Tal vez éste será el lugar - murmuró.

La crisálida parecía fría, casi helada, a pesar de las toallas en que estaba envuelta.

«Es el lugar.»

Era enervante que estuviera tan segura. No había ningún signo de súplica o impaciencia por ser liberada. Sólo absoluta certeza.

- Ojalá pudiéramos decidirlo así de fácil - dijo él -. Puede que sea el lugar, pero todo depende de que los cerdis sean capaces de convivir con vosotras aquí.

«La cuestión es: si podrán convivir con los humanos sin nosotras.»

- Requerirá tiempo. Dame unos pocos meses de estancia aquí.

«Toma todo el tiempo que necesites. Ahora no tenemos prisa.»

- ¿A quién has encontrado? Creía que no podías comunicarte con nadie más que conmigo.

«La parte de nuestra mente que mantiene nuestro pensamiento, lo que llamas el impulso filótico, el poder de los ansibles, es muy frío y difícil de encontrar en los seres humanos. Pero esta vez, lo que hemos encontrado aquí, uno de los muchos que encontraremos aquí, tiene un impulso filótico mucho más fuerte, mucho más claro, más fácil de encontrar, nos oye más fácilmente, ve nuestros recuerdos, y nosotros vemos los suyos, lo encontramos fácilmente, y por eso perdónanos, querido amigo, perdónanos si dejamos el duro trabajo de hablar con tu mente y nos volvemos a él y le hablamos porque no nos hace buscar con tanta intensidad para hacer palabras e imágenes que sean lo suficientemente claras para tu mente analítica porque le sentimos como a la luz del sol, como el calor de la luz del sol en su cara en nuestra cara y el frío del agua fresca en nuestro abdomen y el movimiento suave como un viento suave que no hemos sentido durante tres mil años, perdónanos, estaremos con él hasta que nos liberes para que habitemos aquí porque descubrirás a tu modo en tu momento que éste es el lugar... éste es... aquí... éste es nuestro hogar...»

Y entonces Ender perdió la cadena de su pensamiento, sintió que la perdía como un sueño que se olvida al despertar, aunque intentes recordarlo y mantenerlo vivo. Ender no estaba seguro de lo que había encontrado la reina colmena, pero fuera lo que fuese, él tendría que lidiar con la realidad del Código Estelar, la Iglesia Católica, los jóvenes xenólogos que tal vez no le dejarían ver a los cerdis, una xenobióloga que había cambiado de opinión sobre su venida a este lugar, y con algo más, quizá lo más difícil de todo: que si la reina colmena se quedaba aquí, él tendría que quedarse también. «He estado tantos años desconectado de la humanidad, - pensó -, viniendo para mezclarme, rezar, lastimar y curar para luego marcharme, intacto. ¿Cómo voy a convertirme en parte de este lugar, si es aquí donde he de quedarme? A lo único a lo que he pertenecido ha sido un ejército de niños pequeños en la Escuela de Batalla y a Valentine, y ambas cosas forman ahora parte del pasado...»

- Qué, ¿rumiando en soledad? - preguntó Jane -. Puedo oír los latidos de tu corazón haciéndose más lentos y tu respiración volviéndose más pesada. En un momento estarás dormido, muerto o lacrimoso.

- Soy mucho más completo que eso - dijo Ender alegremente -. Autocompasión anticipada, eso es lo que siento. Dolores que ni siquiera han llegado.

- Muy bien, Ender. Empieza pronto. Así podrás rumiar mucho más tiempo.

El terminal se encendió, mostrando a Jane como un cerdi en una fila de chicas de coro que levantaban sus exuberantes muslos al compás.

- Haz un poco de ejercicio y te sentirás mucho mejor. Después de todo, ya has deshecho tu equipaje. ¿A qué esperas?

- Ni siquiera sé dónde estoy, Jane.

- La verdad es que no tienen un mapa de la ciudad - explicó Jane -. Todo el mundo sabe dónde está todo. Pero tienen un mapa del sistema de alcantarillado, dividido en barrios. Puedo extrapolar dónde están los edificios.

- Muéstramelo, entonces.

Un modelo tridimensional de la ciudad apareció sobre el terminal. Ender tal vez no fuera particularmente bienvenido aquí, y su habitación puede que fuera pequeña, pero habían mostrado cortesía en el terminal que le habían proporcionado. No era una instalación estándar, sino un simulador elaborado.

Podía proyectar hologramas al espacio con un tamaño dieciséis veces mayor que la mayoría de los terminales, con una resolución cuádruple. La ilusión fue tan real que Ender sintió durante un vertiginoso momento que era Gulliver inclinándose sobre un Lilliput que aún no había aprendido a temerlo, que aún no reconocía su poder de destruir.