Bob Shaw
El tener que
pagar diez dólares por una taza de café dejó petrificado a Lester Perry.
Hacía casi un
mes que el precio se había estabilizado en ocho dólares, y había comenzado a
alimentar la engañosa esperanza de que ya no iba a cambiar. Miró tristemente a
la máquina distribuidora mientras el negro líquido chorreaba en el vasito de
plástico. Su expresión se hizo miserable cuando llevó el vaso a sus labios.
- Diez dólares
- murmuró -, ¡y resulta que está frío!
Boyd Dunhill,
su piloto, se alzó de hombros y se sacudió unas imaginarias motas de polvo de
las doradas charreteras de su uniforme, quizá temeroso de que aquel desusado
movimiento hubiera enturbiado el esplendor de su atuendo.
- ¿Y qué
esperaba usted? - dijo con tono indiferente -. Las autoridades del aeropuerto
rechazaron la semana pasada las peticiones de aumentos salariales del Sindicato
de Empleados de Máquinas Distribuidoras de Café, así que al sindicato no le
quedó más remedio que prohibir a sus miembros el hacer horas extraordinarias,
lo cual ha traído inevitablemente un aumento de los precios.
- ¡Pero si hace
un mes que consiguieron un aumento de un cien por cien! ¡Fue a raíz de ello que
el café subió a ocho dólares la taza!
- El sindicato
reclamaba un doscientos por cien.
- ¡El
aeropuerto nunca aceptaría un aumento de un doscientos por cien!
- Los empleados
de las Máquinas Distribuidoras de Chocolate lo obtuvieron.
- ¿De veras? -
Perry agitó asombrado la cabeza -. ¿Lo dieron por televisión?
- Hace tres
meses que ya no tenemos televisión - le hizo observar el piloto -. Los técnicos
reclaman que se les garantice un salario mínimo de dos millones de dólares al
año, y las negociaciones aún no han desembocado en un acuerdo.
Perry vació de
un trago su vaso de café y lo echó a la papelera.
- ¿Está listo
mi avión? ¿Podemos irnos ya?
- Hace cuatro
horas que está preparado.
- Entonces, ¿a
qué estamos esperando?
- El convenio
colectivo de Trabajadores de la Aviación Ligera exige un mínimo de ocho horas
de trabajo para cualquier reparación.
- ¿Ocho horas
para cambiar la escobilla de un limpiaparabrisas? - Perry no pudo por menos que
dejar escapar una risita sarcástica -. ¿De qué se trata, de un concurso de
productividad?
- De pleno
empleo. Ha habido que doblar el número de operarios del aeropuerto.
- ¡Oh, por
supuesto! ¡Ocho horas para realizar un trabajo de treinta minutos! Este es un
modo de pensar y de actuar completamente falseado...
Se interrumpió
bruscamente al ver la expresión helada de su piloto. Recordó justo a tiempo que
existía un conflicto salarial entre la Asociación Patronal de Aviación y el
Sindicato de Pilotos de Aviones Privados Bimotores de Alas Bajas. La patronal
proponía un aumento de un setenta y cinco por ciento, mientras que los pilotos
reclamaban un ciento cincuenta por ciento más una prima por kilometraje.
- ¿Puede llamar
a un maletero para el equipaje?
Dunhill agitó
la cabeza.
- Tendrá que
llevarse las maletas usted mismo. Los maleteros están en huelga desde el
viernes.
- ¿Por qué?
- Hay demasiada
gente que se lleva su propio equipaje.
- Ah, bueno...
Perry tomó su
maleta y la transportó hasta la pista donde aguardaba su aparato. Tomó asiento
en uno de los cinco asientos, se sujetó el cinturón de seguridad, y avanzó la
mano hacia el portarrevistas para buscar algo que leer durante el trayecto
hasta Denver. Entonces recordó que hacía casi quince días que no aparecía
ningún periódico ni revista. Los preliminares del despegue requirieron un
tiempo interminable - parecía como si, en la torre de control, los controladores
aéreos estuvieran enfrascados en interminables discusiones laborales -, y
finalmente Perry se durmió con un sueño agitado.
Le despertó con
un sobresalto el rugir del viento en sus oídos, indicándole que la puerta del
aparato había sido abierta en pleno vuelo. Helado física y mentalmente, abrió
los ojos y vio a Dunhill de pie al borde del vacío. Su impecable uniforme
estaba arrugado y deformado por los tirantes de un paracaídas.
- ¿Qué ocurre?
- preguntó Perry -. ¿Una emergencia?
- En absoluto -
dijo Dunhill con su voz más oficial -. Debo comunicarle, señor Perry, que desde
este mismo instante estoy en huelga.
- Supongo que
es una broma.
- ¿Realmente lo
cree? Acabo de ser avisado por radio. La patronal ha rechazado las razonables
exigencias del Sindicato de Pilotos de Aviones Privados Bimotores de Alas
Bajas, y esto, por supuesto, ha puesto fin inmediatamente a las negociaciones.
Estamos apoyados por nuestros amigos de los Sindicatos de Monomotores de Alas
Bajas y de Bimotores de Alas Altas; consecuentemente, todos nuestros miembros
deben abandonar sus puestos de trabajo exactamente a la medianoche, o sea -
consultó su cronómetro - dentro de treinta segundos.
- ¡Pero Boyd!
¡No tengo paracaídas! ¿Qué voy a hacer?
El rostro del
piloto se ensombreció. Dijo secamente:
- ¿Y por qué
tendría que preocuparme por ello? Usted no se preocupó en absoluto por mí
mientras estuve intentando sobrevivir mes tras mes con apenas tres millones de
dólares anuales de salario.
- Era un
egoísta, ahora lo comprendo. Y lo lamento. - Perry se soltó el cinturón y se
levantó -. No salte, Boyd. Le doblo el sueldo desde ahora mismo.
- Esto es menos
de lo que reclama nuestro sindicato.
- ¿Oh? ¡Está
bien, se lo triplico! Tres veces lo que cobra usted ahora, Boyd.
- Lo siento,
señor Perry. No podemos negociar acuerdos separados. Esto debilita la
solidaridad sindical. - Dio media vuelta y se lanzó al vacío.
Perry lo
contempló caer durante unos instantes, luego se estiró para alcanzar la puerta
y cerrarla. Se dirigió al puesto del piloto. El avión se mantenía en rumbo
gracias al piloto automático. Se sentó en el asiento de la izquierda y tomó el
timón, retrocediendo mentalmente varias decenas de años, hasta su época de
piloto de caza en Vietnam. Haciendo aterrizar el aparato con sus propias manos
iba a buscarse serios problemas, ya que los sindicatos lo considerarían como un
transgresor de la huelga, pero no sentía el menor deseo de morir, no todavía.
Desconectó el piloto automático y, lentamente, fue recordando los antiguos
gestos.
A varios cientos
de metros bajo el aparato, Boyd Dunhill tiró de la anilla y aguardó a que se
abriera su paracaídas. La sacudida fue menos violenta de lo que esperaba, y al
cabo de unos segundos se dio cuenta de que seguía cayendo a la misma velocidad
que antes. Levantó los ojos y, en el lugar que debía ocupar la inmensa corola,
vio un amasijo de azotantes segmentos de nylon flotando libremente al viento.
Demasiado
tarde, recordó la amenaza del Sindicato de Dobladores y Empaquetadores de
Paracaídas de iniciar una huelga sorpresa para apoyar sus reivindicaciones de
unas vacaciones pagadas más largas.
- ¡Comunistas!
- gritó -. Sucios cerdos anarquistas rojos, banda de...
FIN
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