Robert Sheckley
- No se ha
movido la saeta, ¿verdad? - preguntó Edwardson, en la tronera, contemplando las
estrellas.
- No - dijo
Morse. Había permanecido observando fijamente el detector Attison durante más
de una hora. Ahora, parpadeó tres veces y miró de nuevo -. Ni un milímetro.
- Ni creo que
se mueva - añadió Cassel, tras el panel de tiro. Y así ocurrió. La delgada
saeta negra del indicador se mantuvo resueltamente en cero. Los cañones de la
nave estaban preparados, abiertas sus negras bocas hacia las estrellas. Un
constante zumbido saturaba la sala. Procedía del detector Attison y constituía
motivo de tranquilidad. Lo reforzaba el hecho de que el detector Attison estaba
conectado a todos los demás detectores, formando una gigantesca red alrededor
de la Tierra.
- ¿Por qué
mierda no vienen? - preguntó Edwardson, todavía contemplando las estrellas -.
¿Por qué no empiezan?
- Venga, calla
- dijo Morse. Tenía un aspecto cansado y hosco. En la sien derecha tenía una
vieja quemadura por radiación, una quemadura de rosáceo y cicatrizado, tejido.
De lejos semejaba una decoración.
- Me gustaría
que vivieran - dijo Edwardson. Se apartó de la tronera frente a su silla y se
dobló para evitar el bajo techo de metal -. ¿No os gustaría que vinieran?
Edwardson tenía
la estrecha y tímida cara de un ratón; pero de un ratón tremendamente
inteligente. Los gatos habrían hecho bien evitándolo.
- ¿No os
gustaría? - repitió.
Los otros
hombres no respondieron. Habían bloqueado el curso de su fantasía, mirando
hipnotizados el detector.
- Han tenido
tiempo de sobra - dijo Edwardson para sí mismo.
Cassel bostezó
y se mordió los labios.
- ¿Alguien
quiere jugar al pelo más largo? - preguntó rascándose la barba. La barba era un
recuerdo de graduado. Cassel sostenía que podía aguantar quince minutos sin que
el oxígeno corriera por sus folículos. Sin embargo, nunca lo había demostrado
saliendo al espacio sin casco.
Morse paseó la
mirada por la sala y Edwardson, automáticamente, observó el indicador. Este
gesto rutinario se le había quedado grabado en el subconsciente. Antes se
dejarían cortar el cuello que descuidar el indicador.
- ¿No creéis
que aparecerán pronto? - preguntó Edwardson con los oscuros ojos aún fijos en
el indicador. Los hombres no le respondieron. Tras dos meses en el espacio
todos juntos, sus ánimos conversacionales se habían agotado. Ya no les
interesaba la barba de los días de graduado de Cassel ni las conquistas de
Morse.
Les fastidiaba
la muerte hasta en sus propios pensamientos y sueños, y les fastidiaba el
ataque que esperaban de un momento a otro.
- Hay una cosa
que me gustaría saber - dijo Edwardson, utilizando con pericia un viejo truco
conversacional. - A qué distancia estarán.
Durante semanas
habían hablado de los poderes telepáticos del enemigo, pero siempre habían
vuelto a lo mismo.
Como soldados
profesionales no tenían otra alternativa que especular sobre el enemigo y sus
armas; hablar de su trabajo.
- Bien - dijo
Morse con cansancio -. Nuestra red de detectores cubre el sistema hasta más allá
de la órbita de Marte.
- Que es donde
estamos - dijo Cassel, observando el indicador ahora que los otros se
entregaban a la charla.
- Puede que ni
siquiera sepan que poseemos una unidad detectora en funcionamiento - dijo
Morse, tal como había repetido más de mil veces.
- Calla, calla
- dijo Edwardson, con su delgado rostro torcido en una mueca de desprecio -.
Poseen la telepatía. Tienen que haber leído a estas alturas cada milímetro de
la mente de Everset.
- Everset no
sabía que poseíamos una unidad detectora - dijo Morse mientras volvía la mirada
al dial -. Fue capturado antes de su instalación.
- Mira - dijo
Edwardson -. Le dicen: «Chico, ¿qué harías tú si supieras que una raza
telepática está a punto. de invadir la Tierra? ¿Cómo protegerías el planeta?»
-
Especulaciones baratas - dijo Cassel -. Quizás no se le ocurra a Everset pensar
en esto.
- El piensa
como un hombre, ¿no? Todos coinciden con esta defensa, Everset no es una
excepción.
- Silogismos -
Murmuró Cassel -. Muy poco válido.
- Te aseguro que
me habría gustado que no hubiera sido capturado - dijo Edwardson.
- Pudo haber
sido peor - lanzó Morse, cuyo rostro era más sombrío que de costumbre -. ¿Qué
habría ocurrido si hubieran cogido a ambos?
- Me gustaría
que vinieran - dijo Edwardson.
Richard Everset
y C.R. Jones habían partido en el primer vuelo interestelar. Habían encontrado
un planeta habitado en la zona de Vega. El resto fue rutinario.
Lo decidieron a
cara o cruz. Everset bajó en el vehículo auxiliar, manteniendo contacto con
Jones a través de la radio.
El registro de
ese contacto entre el hombre que arribaba al planeta y el hombre que se había
quedado en la nave fue grabado para que toda la Tierra lo escuchara.
- Acabo de
encontrarme con los nativos - dijo Everset -. Se agrupan que es la leche. Te
daré una descripción física más tarde.
- ¿Intentan
hablar contigo? - preguntó Jones, imprimiendo a la nave una holgada espiral en
torno al planeta.
- No. Espera.
¡Maldita sea! ¡Son telépatas! ¿Cómo se te queda el cuerpo, Jones?
- Maravilloso -
dijo Jones -. Prosigue.
- Espera. Oye,
Jones, no sé si me van a gustar estos muchachos. Deben tener la mente como un
poema a la castidad. ¡Hermanito!
- ¿Qué pasa? -
preguntó Jones, elevando un poco la nave.
- ¡La caraba!
Estos hijos de puta son inmensamente poderosos. Parece que han taladrado todos
los sistemas de los alrededores, buscando a alguien para...
- ¿Sí?
- Me he
confundido - dijo Everset complacientemente -. No son tan malos.
Jones poseía
mente rápida, naturaleza suspicaz y buenos reflejos. Puso el acelerador a todo
gas, lo acercó al tope y dijo:
- Cuéntame más.
- Vente para
abajo - dijo Everset, violando todas las leyes del vuelo espacial -. Estos
chicos son de puta madre. De hecho, son lo más maravilloso...
Aquí finalizaba
la grabación porque Jones había fijado el acelerador al tope mientras conducía
la nave hacia el nivel exigido para el salto hiperespacial.
Se rompió tres
costillas con la aclaración, pero llegó a casa.
Una especie
telépata estaba en marcha. ¿Qué iba a hacer la Tierra contra ello?
Un cúmulo de
especulaciones se desplegó en torno a la escueta y desnuda información de
Jones. Con toda evidencia, la especie podía asaltar sin dificultades una mente.
En el caso de Everset, parecía que habían infiltrado sus pensamientos en los
suyos propios, alterando delicadamente sus convicciones previas. Lo habían
poseído con notable facilidad.
¿Y Jones? ¿Por
qué no lo habían atrapado a él? ¿Era la distancia un factor? ¿O no habían
estado preparados para su repentina partida?
Una cosa era
cierta. Todo cuanto Everset sabía, lo sabia también el enemigo. Lo que
significaba que para ellos no eran secreto ni la situación de la Tierra ni la
indefensión en que se encontraba el planeta ante tal forma de ataque.
Podía, pues,
esperarse que el ataque procediera de esa manera.
Era necesario
algo que neutralizara tan tremenda desventaja. Aunque, ¿qué podía utilizarse?
¿Qué armadura o blindaje había contra el pensamiento? ¿Cómo esquivar una
proyección de onda?
Los sesudos
científicos consultaron gravemente sus tablas periódicas.
¿Y cómo se
sabía que un hombre estaba poseído? Aunque el enemigo se había mostrado torpe
con Everset, ¿iba a continuar siéndolo? ¿No aprenderían?
Los psicólogos
se rascaron la cabeza y declararon la ausencia de una escala absoluta para la
humanidad.
Claro, algo
había que hacer de todos modos. La respuesta, considerando que se trataba de un
planeta dominado por la tecnología, tenía que ser tecnológica. Construir una
flota espacial y equiparla con alguna clase de red detectora.
Esto se hizo en
un tiempo record. Se desarrolló el detector Attison, un híbrido entre el radar
y el electroencefalógrafo. Cualquier onda modélica de los cerebros típicamente
humanos de los ocupantes de una nave equipada con detector que resultara
alterada, sería señalada en el dial del indicador. Hasta una pesadilla o un
caso de indigestión provocaría la alarma.
Parecía
probable que cualquier intento de asaltar una mente humana tuviera alguna
indicación de ese tipo. Donde y cómo fuere, tenía que haber algún punto de
interacción.
Tal era lo que
había que creer en relación al detector Attison. Quizá fuera cierto.
Las naves
espaciales, con tres hombres en cada una, ocuparon el espacio entre Marte y la
Tierra, formando una gigantesca esfera con la Tierra como centro,
Decenas de miles
de hombres permanecían en cuclillas tras los paneles de tiro, observando los
diales del detector Attison.
Los inmóviles
diales.
- ¿No os parece
que podría soltar un par de pepinazos? - Preguntó Edwardson acercando los dedos
al disparador -. ¿Aunque sólo fuera para entretener los cañones?
- Estos cañones
no necesitan entretenimiento - dijo Cassel, mesándose la barba -. Además,
despertarías el pánico en la flota.
- Cassel - dijo
Morse muy serenamente -. Quita tus pezuñas de la barba.
- ¿Por qué? -
preguntó Cassel.
- Porque -
replicó Morse, casi en un susurro - estoy a punto de atizarte de lleno en tu
gordo pescuezo.
Cassel sonrió
bonachonamente y alzó los puños. - Será un placer - dijo -. Me estoy cansando
de tu asquerosa cicatriz.
Se puso en pie.
- Basta - dijo
Edwardson con premura -. A vigilar el cucú.
- No es
necesario - dijo Morse, retrocediendo - hay una señal de alarma conectada.
No obstante,
observó el dial.
- ¿Y si la
alarma no funciona? - preguntó Edwardson -. ¿Y si el dial se bloquea? ¿Cómo te
sentirías si algo frío que te penetrara los sesos?
- El dial
funcionará - dijo Cassel. Sus ojos se trasladaron desde el rostro de Edwardson
hasta el inmóvil indicador.
- Creo que voy
a irme al catre - dijo Edwardson.
- Quédate aquí
- dijo Cassel -. Juguemos a algo.
- Bueno. -
Edwardson cogió las grasientas cartas y empezó a barajarlas, mientras Morse
tomaba el turno de observación de diales.
- Os aseguro
que me gustaría que vinieran de una vez - dijo.
- Corta - dijo
Edwardson, tendiendo el mazo a Cassel. - Me pregunto qué pinta tendrán nuestros
amiguetes - dijo Morse, observando el dial.
- Probablemente
muy parecida a la nuestra - dijo Edwardson, repartiendo cartas. Cassel las
cogió una por una, lentamente, corno si esperase que algo interesante se
ocultara bajo ellas.
- Tendrían que
habernos proporcionado otro hombre - dijo Cassel -. Habríamos podido jugar al
bridge.
- No sé jugar
al bridge - dijo Edwardson.
- Aprenderías.
- ¿Por qué no
nos encomendaron una tarea más activa? - preguntó Morse -. ¿Por qué no bombardeamos
su planeta?
- No seas bobo
- dijo Edwardson - Perderíamos cualquier nave que enviáramos. Probablemente
volverían a nosotros poseídas y hechas trizas.
- Remato con
nueve - dijo Cassel.
- No doy un
real por ti aunque remates con mil - dijo Edwardson alegremente -. ¿Cuánto me
debes ya?
- Os aseguro
que me gustaría que vinieran - dijo Morse.
- ¿Quieres
extenderme un cheque?
- Concédeme
tiempo para la revancha. Hasta la semana que viene.
- Alguien
debería razonar con esos hijos de puta - dijo - Morse, mirando más allá de la
tronera. Casi inmediatamente, Cassel lanzó una mirada al dial.
- Se me está
ocurriendo algo - dijo Edwardson.
- ¿Sí?
- Apuesto a que
debe ser horrible tener la mente apretada - dijo Edwardson -. Tiene que ser
espantoso.
- Lo sabrás cuando
ocurra - dijo Cassel.
- ¿Lo supo
Everset?
-
Probablemente. Sólo que no pudo, quizás, hacer nada para evitarlo.
- Mi mente está
de cojones - dijo Cassel -. Pero al primero de vosotros que comience a actuar
raramente... cuidado.
Todos rieron.
- Bien - dijo
Edwardson -. Os aseguro que me gustará tener una oportunidad de razonar con
ellos. Esto es estúpido.
- ¿Por qué no?
- preguntó Cassel.
- ¿Te refieres
a salir y encontrarte con ellos?
- Claro - dijo
Cassel. - Nada hacemos quedándonos aquí parados.
- Deberíamos
pensar en hacer algo - dijo Edwardson lentamente -. A fin de cuentas, no son
invencibles. Son seres razonadores.
Morse puso en
marcha la cinta grabadora y luego alzó la mirada.
- ¿Piensas que
deberíamos contactar con el mando? ¿Decirles lo que estamos haciendo?
- ¡No! - dijo
Cassel, y Edwardson asintió con un gesto de acuerdo -. Formalismos. Nos
limitaremos a largarnos y ver qué podemos hacer. Si no quieren parlamentar, los
borraremos del espacio.
- ¡Mirad!
Desde la
tronera pudieron ver la roja llama de un motor a reacción; la aceleración de la
siguiente nave de su sector.
- Deben haber
tenido la misma idea - dijo Edwardson.
- Vayamos los
primeros - dijo Cassel. Morse movió el acelerador y todos se vieron arrojados
hacia atrás en sus asientos.
- Ese dial
todavía no se ha movido, ¿no? - preguntó Edwardson por encima del ruido de la
alarma del detector.
- Ni una pizca
- dijo Cassel, contemplando el dial cuya manecilla vibraba frenéticamente
contra la coordenada más alta.
FIN
Edición
electrónica de Sadrac
Buenos Aires,
Marzo de 2001