Robert Sheckley - Talentos Raros S. A.




Waverly echó una ojeada a su reloj y vio que aún faltaban diez minutos para su
cita con los periodistas.
–Bien –dijo, en el tono más apropiado para este tipo de entrevistas–, ¿en qué
puedo serle útil, señor?
El hombre sentado al otro lado del escritorio levantó sorprendido la vista, como
si no estuviera acostumbrado a que lo llamaran «señor». De pronto dándose
cuenta, sonrió.
–Aquí es el sitio, ¿no? –preguntó–. El sitio donde dan refugio.
Waverly miró fijamente al hombre delgado de ojos brillantes.
–Eso es Talentos Raros S. A. –respondió–, y estamos interesados en todo tipo de
poderes paranormales.
–Lo sé –dijo el individuo, asintiendo vigorosamente con la cabeza–. Me lo
dijeron. Por eso me escapé. Ustedes me salvarán de ellos –y echó una temerosa
mirada por encima de su hombro.
–Ya veremos –contestó diplomáticamente Waverly, volviendo a sentarse. Su recién
fundada organización ofrecía un encanto irresistible para todo tipo de
lunáticos. Tan pronto como anunció públicamente su interés por los poderes
psíquicos y cosas por el estilo una interminable cadena de psicópatas y
charlatanes comenzó a aporrear su puerta.
Waverly, sin embargo, no rechazaba por principio a nadie, de modo que recibió
incluso a los más evidentemente trastornados. Aunque parezca ridículo, a veces
puede encontrar algo importante entre ese tipo de gente, un diamante entre la
basura. De modo que...
–¿Cuál es su ocupación, esto, señor...?
–Eskin, Sidney Eskin –dijo el visitante–. Soy un científico, señor –se abrochó
su arrugada chaqueta, adoptando un aire de absurda dignidad–. Miro a la gente,
la observo, y anoto acerca de lo que están haciendo. Todo ello de acuerdo con el
más estricto método científico.
–Ya –dijo Waverly–. ¿Dijo usted que se escapó?
–Del Sanatorio Blackstone, señor. Alarmados por mis investigaciones, algunos de
mis enemigos consiguieron encerrarme allí. Pero conseguí escapar, y he acudido a
ustedes en busca de asilo y ayuda.
Waverly hizo una primera clasificación; paranoico. Luego se preguntó si Eskin se
pondría violento si intentaba comunicar con Blackstone.
–Usted dice que observa a la gente –comentó Waverly suavemente–. Esto no suena
paranormal.
–Déjeme que se lo demuestre –dijo el hombre, con una súbita expresión de pánico
en su rostro. Miró fijamente a Waverly y de pronto dijo–: Su secretaria está en
la otra habitación, sentada frente a su escritorio. En este momento se está
empolvando la nariz. Lo hace con mucho cuidado, aplicando los polvos con un
ligero movimiento circular. Se inclina hacia adelante... ¡ Oh!, acaba de
derramar un poco de polvos sobre la máquina de escribir. Maldice en voz baja.
Ahora...
–¡Espere! –le interrumpió Waverly. Se dirigió apresuradamente hacia la puerta y
la abrió de un tirón. Doris Fleet, su secretaria, estaba limpiando la máquina de
escribir. Su cabello negro mostraba algunas manchas, pulverulentas como un
gatito que se hubiera estado revolcando en harina.
–Lo siento, Sam –murmuró.
–¡Oh, al contrario –respondió Waverly, contento–. Te lo agradezco. –Cerró de
nuevo la puerta, sin molestarse en explicarle qué era lo que le agradecía. Se
volvió hacia Eskin.
–¿Me protegerán? –preguntó ansiosamente éste, inclinándose sobre el escritorio–.
No dejarán que se me lleven de vuelta, ¿verdad?
–¿Puede usted observar así todo el tiempo? –preguntó Waverly.
–¡Por supuesto!
–Entonces no se preocupe –Waverly sintió como la excitación crecía en su
interior. Loco o no, el talento de Eskin no iba a perderse en el interior de
ningún sanatorio. No al menos mientras él pudiera intervenir en el asunto.
El intercomunicador de su escritorio zumbó suavemente. Conectó el aparato. Doris
Fleet dijo:
–Los periodistas ya han llegado, señor Waverly.
–Dígales que esperen un momento –respondió; sonriendo interiormente ante el tono
«oficial» adoptado por su secretaria. Hizo pasar a Eskin a la pequeña habitación
contigua a su oficina–. Quédese aquí hasta que le avise –dijo––. No haga ningún
ruido, y no se preocupe por nada. –Cerró la puerta con llave, e indicó a Doris
que hiciera pasar a los periodistas.
Estos eran siete Sacaron sus respectivos blocs, y Waverly creyó observar en
ellos un cierto envarado respeto. Talentos Raras, S. A. ya no era noticia de
última página: desde que Willy Walker, el mejor psíquico de Waverly, había
cooperado en el vuelo del Venture a Marte, prestando una inapreciable ayuda con
sus extraordinarios poderes telequinéticos, la empresa había saltado a la
primera página de todos los periódicos.
A partir de aquel momento, Waverly se había mantenido dentro de una prudente
discreción, no explotando el suceso inmediatamente para conseguir crear un mayor
clima de atención. Cuando creyó haber logrado el grado máximo de interés,
convocó una rueda de prensa.
Había llegado el momento. Esperó a que todos se callaran y carraspeó.
–Señores –comenzó–, Talentos Raros S. A. constituye una tentativa de encontrar a
aquellas personas que aparecen ocasionalmente entre la gente común, y que poseen
lo que nosotros denominamos poderes paranormales.
–¿Qué son eso poderes? –preguntó un periodista delgado y fláccido.
–Es difícil hallar una definición –respondió Waverly, sonriendo ante lo que
confiaba que fuera tan solo una pregunta candorosamente ingenua–. Quizá lo
entenderán mejor si lo explico de otra manera...
–Sam –oyó en su cerebro la voz de Doris Fleet, con tanta claridad como si ella
estuviera a su lado. Aunque no. podía ser considerada como la mejor de las
secretarias, Doris tenía un gran don: era telépata. Su habilidad sólo funcionaba
un veinte por ciento de las veces, pero a veces ese veinte por ciento era
sumamente útil–. Sam, dos de los hombres que están en tu oficina no son
periodistas.
–¿Quiénes son? –pensó.
–Lo ignoro –contestó Doris–. Pero su presencia puede significar problemas.
–¿Puedes averiguar qué tipo de problemas?
–No. Son los dos hombres de traje oscuro. En este momento están pasando... –la
voz en el cerebro de Waverly desapareció súbitamente.
La telepatía es instantánea. Todo aquel intercambio de ideas no duró más de un
segundo. Waverly, mientras, había localizado a los dos hombres: estaban sentados
un poco apartados de los demás, y no tomaban notas.
Prosiguió:
–Un individuo bien dotado psíquicamente, señores, es una persona que posee algún
tipo de control o desarrollo mental cuya verdadera naturaleza aún no hemos
podido descifrar correctamente. Tan solo podemos intuirla. Hoy en día se
encuentra a ese tipo de personas en circos y espectáculos semejantes. Por lo
general son individuos neuróticos, que arrastran una vida triste y aislada. Mi
organización trata de encontrar el trabajo adecuado para su tipo de talento
También esperamos descubrir cómo funciona dicho talento, por qué se producen
estos fenómenos y qué hay de enigmático en ellos. Queremos...
Siguió explicando su idea con gran entusiasmo. El consenso público era un factor
de gran importancia en su trabajo, y tenía que contar con él. El público, con la
imaginación estimulada por el descubrimiento de la energía atómica y
terriblemente excitada por los recientes viajes a la Luna y a Marte, estaba
maduro para recibir y aceptar la idea del aprovechamiento psíquico del hombre,
si les era explicado claramente de qué se trataba.
Así que pintó un cuadro color de rosa, eludiendo deliberadamente las partes más
problemáticas. Describió al psíquico como un individuo capaz de mantener una
comunicación mental directa con el medio ambiente, no como una desviación mental
o un monstruo sino como la plena realización de la humanidad. Y, cuando terminó,
las lágrimas casi brotaban de sus ojos.
–En resumen –dijo–, mi esperanza es que, algún día, todos nosotros seamos
capaces de poseer las mismas extraordinarias facultades psíquicas.
Después de una serie de preguntas, Waverly dio por terminada la rueda de prensa.
Sin embargo, los dos hombres de traje oscuro no se marcharon.
–¿Desean alguna otra aclaración? –preguntó Waverly cortésmente–. Tengo algunos
folletos...
–¿Tiene también a un hombre llamado Eskin? –preguntó abruptamente uno de los
dos.
–¿Por qué desea saberlo? –preguntó Waverly, atacando a su vez.
–Nuestra pregunta es: ¿lo tiene, o no?
–¿Por qué?
–Muy bien, si desea saberlo se lo explicaremos –suspiró uno de los hombres,
mostrando sus credenciales–. Eskin fue internado en el Sanatorio Blackstone.
Escapó. Tenemos razones fundadas para suponer que vino aquí, y nuestra misión es
llevárnoslo de vuelta.
–¿Qué problema tienen con él? –preguntó Waverly.
–¿Lo ha visto por aquí?
Waverly suspiró.
–Señores, así no llegaremos a ninguna parte. Supongan que lo he visto... y
conste que no lo estoy admitiendo. Supongan que poseo los medios necesarios para
reintegrarlo a la sociedad, haciendo de él un ciudadano bueno y decente, que
aporte su cuota a la civilización. ¿Todavía seguirían insistiendo en llevarlo de
vuelta a Blackstone?
–Usted nunca podrá reeducar a Eskin –dijo uno de hombres tajantemente–. Ha
encontrado ya por sí mismo su forma de adaptación a la sociedad. Sólo que es una
forma que la sociedad no puede aceptar.
–¿Por qué?
–Seamos sensatos. ¿Lo ha visto?
–No –dijo Waverly plácidamente–, pero si lo encuentro me pondré inmediatamente
en contacto con ustedes.
–Señor Waverly, por favor. Esta actitud...
–¿Acaso es peligroso?
–No en el sentido que entendemos esta palabra, pero...
–¿Tiene algún tipo de poderes paranormales?
–Probablemente –los dos hombres parecían realmente apenados–. Pero su forma de
usarlos...
Waverly permaneció un momento silencioso, y luego dijo fríamente:
–No, no puedo decirles que lo haya visto.
Los dos hombres se miraron.
–Muy bien –dijo suspirando uno de ellos–. Si admite que lo tiene aquí,
firmaremos un convenio dejándolo bajo su custodia.
–Eso es hablar –dijo Waverly–. Ahora creo que nos entenderemos.
El trato fue cerrado rápidamente, y los acompañó a la salida. Mientras cruzaban
la puerta, a Waverly le pareció que los dos hombres se hacían un signo de
complicidad. Pero luego decidió que había sido producto de su imaginación.
–¿Tenía razón? –preguntó Doris.
–Completamente –dijo Waverly. Y añadió–: Todavía tienes algo de polvos en el
cabello.
Doris encontró rápidamente un espejo en su bolso y se lo sacudió.
–No te preocupes por eso –dijo Waverly, inclinándose para besarle la punta de la
nariz–. ¿Quieres casarte conmigo mañana?
Doris se lo pensó un momento.
–Mañana tengo hora en la peluquería.
–Pasado mañana entonces.
–Ese día creo que voy a cruzar a nado el Canal de la Mancha. ¿Qué te parece si
lo dejamos para la semana próxima?
Waverly la besó de nuevo.
–No sólo me parece bien, sino que éste es el límite máximo que te acepto. Y
estoy hablando en serio.
–Bueno –respondió Doris, conteniendo la respiración–. ¿Pero esta vez será
realmente en serio, Sam?
–Te lo juro –afirmó Waverly. La fecha de su boda había sido aplazada ya dos
veces. La primera vez había sido por el problema de Willy Walker. Walker no
quería ir a Marte en el Venture, y Waverly se había tenido que quedar con él día
y noche hasta convencerlo y animarlo.
El segundo aplazamiento se había producido cuando Waverly encontró un
capitalista dispuesto a invertir varios millones en Talentos Raros S. A. Los
primeros meses de la empresa habían sido agotadores: organizar el trabajo,
encontrar compañías que pudieran necesitar los servicios de un psíquico,
seleccionar al personal mejor dotado...
Pero esta vez iba en serio. Se inclinó de nuevo hacia ella, pero Doris le
recordó:
–¿Y el hombre que tienes en tu oficina?
–¡Oh, sí! –respondió Waverly con un leve tono de fastidio–. Creo que es genuino.
Será mejor que vaya a ver qué está haciendo. –Cruzó la habitación, y abrió la
puertecita.
El individuo había encontrado lápiz y papel, y estaba escribiendo. Levantó la
vista cuando entraron Doris y Waverly, y les dedicó una salvaje y triunfal
sonrisa.
–¡Oh, mi protector! Señor, aquí están mis observaciones científicas. Notará que
he detallado todo lo ocurrido entre A, usted, y B, la señorita Fleet –le tendió
orgulloso un montón de papeles.
Waverly los examinó; y palideció. Eskin había hecho un informe detallado de la
conversación entre Waverly y Doris, añadiendo una descripción fiel, anatómica y
minuciosa de sus besos. A los datos físicos estaba agregada una cuidadosa
descripción de sus emociones, antes, durante y después de cada beso.
Doris frunció el ceño; para ella la vida privada era algo sagrado, y el hecho de
haber sido observada por aquel andrajoso hombrecillo le crispó los nervios.
–Muy interesante –observó Waverly, reprimiendo una sonrisa para no herir los
sentimientos de Doris. A su modo de ver, lo único que necesitaba el hombre era
alguien que lo guiase. Pero esto podía esperar a la mañana siguiente.
Después de habilitarle a Eskin un lugar donde pudiera pasar confortablemente la
noche, la pareja se fue a cenar y a elaborar planes para el matrimonio. Después
fueron al apartamento de Doris, donde pretendieron que habían estado viendo la
televisión hasta la una de la madrugada.
A la mañana siguiente, el primer aspirante de Talentos Raros era un hombre
correctamente vestido que aparentaba unos treinta años y que se presentó como un
calculista muy veloz. Waverly buscó una tabla de logaritmos y probó al máximo la
rapidez real del hombre.
Era verdaderamente muy bueno. Anotó su nombre y dirección y prometió ponerse en
contacto con él cuando lo necesitaran.
Se sentía un poco desanimado. Los calculistas eran los más comunes de entre
todos los talentos raros. Era difícil colocarlos en trabajos realmente buenos, a
menos que, además de la rapidez mental, tuvieran una cierta capacidad creadora
en matemáticas.
Llegaron los periódicos y revistas, y Waverly los ojeó durante unos minutos. Se
suscribía inmediatamente a toda nueva publicación que aparecía en el mercado,
con la esperanza de encontrar trabajos adecuados en los cuales poder ubicar a
sus psíquicos.
Luego entró un hombre ya maduro, con la cara surcada por las venillas violetas
propias de un alcohólico. Su traje era de buena calidad, pero estaba gastado y
descosido, y su camisa estaba sucia y arrugada. Por alguna extraña razón, sus
zapatos estaban cuidadosamente lustrados.
–Puedo transformar el agua en vino –dijo apenas entrar.
–Muy bien –suspiró Waverly–, probemos. –Se dirigió hacia el frigorífico, llenó
un vaso de agua y se lo entregó al hombre. Este lo contempló un largo rato,
pronunció algunas palabras en voz baja y, con la mano libre, hizo unos pases
sobre la superficie del líquido.
Se mostró asombrado cuando vio que no ocurría nada. Miró al vaso
despectivamente, volvió a pronunciar su fórmula y repitió el pase. Tampoco
ocurrió nada.
–Ya sabe cómo son esas cosas –le dijo a Waverly como disculpándose–: nuestros
poderes se van y vienen independientemente de nuestra voluntad. Generalmente soy
bueno en un cuarenta por ciento de las ocasiones.
–¿Y hoy estamos dentro del otro sesenta por ciento? –preguntó Waverly con una
calma que no presagiaba nada bueno.
–Ajá –dijo el hombre–. Mire, si esperamos unos días verá cómo vuelve. Ahora
estoy demasiado sobrio: tendría que verme cuando estoy realmente...
–Todo eso de los poderes psíquicos lo leyó usted en los periódicos, ¿verdad?
–¿Qué ¡Oh, no, le aseguro...!
–¡Lárguese! –ordenó Waverly en forma cortante. Era increíble la cantidad de
farsantes que se sentían atraídos por su organización, gentes que creían que
Talentos Raros trabajaba con toda clase de pseudomagias o que se imaginaban
conquistarle fácilmente con cualquier historia. Ya era demasiado.
El siguiente candidato era una chica baja y rechoncha, de unos dieciocho o
diecinueve años, sin ningún atractivo, y vestida con un sencillo traje de
confección barata estampado con florecitas. Se la notaba incómoda.
Waverly le ofreció una silla y un cigarrillo. Lo chupó nerviosamente.
–Me llamo Emma Granick –dijo, mientras restregaba contra su muslo una sudada
mano–. Yo... bueno, ¿está seguro de que no se va a reír de mí?
–Se lo prometo. Adelante, siga –Waverly se puso a ordenar un montón de papeles
de sobre su escritorio para darle ánimos. Sabía que la chica se sentiría más a
gusto si no la miraba.
–Bueno, pues yo... verá, eso suena a ridículo, pero puedo provocar incendios.
Así, con sólo desearlo. ¡En serio que puedo! –su mirada se hizo desafiante.
Una poltergista, pensó Waverly. Tira piedras y provoca incendios.
Era la primera vez en su vida que se hallaba ante una de ellas, pero conocía
desde hacía tiempo el fenómeno. Por alguna desconocida razón parecía abundar
entre las chicas adolescentes.
–¿Le molestaría hacerme una demostración, Emma? –preguntó Waverly con suma
delicadeza.
La joven asintió, e instantáneamente apareció sobre la flamante alfombra de la
oficina el negro redondel de una creciente quemadura. Waverly echó un poco de
agua sobre el agujero que se estaba formando antes de que fuera demasiado
grande. Luego le pidió que repitiera la prueba, y una de las cortinas empezó a
arder alegremente.
–Magnífico –le dijo a la chica mientras apagaba el segundo incendio, y observó
cómo su rostro se iluminaba.
Ella le contó su historia: había sido echada de la granja de su tío. Si podía
encender fuego a voluntad, le había dicho éste, era un ser extraño, y él no
tenía lugar en su granja para los seres extraños. Así que había venido a la
ciudad, y mientras buscaba algún trabajo se hospedaba en un hotel cerca de allí.

Waverly prometió ponerse en contacto con ella.
–No lo olvide –le dijo cuando ya se marchaba–: el suyo es un talento valioso,
realmente valioso. No se asuste por él.
Esta vez su sonrisa casi la hizo parecer bonita.
Una poltergista, se dijo mientras volvía a su escritorio. ¿Dónde diablos podía
él emplear a una chica así? Provocar incendios... ¿acaso como fogonera? No,
aquello no parecía racional.
Su principal problema era que, en general, los talentos raros no eran nunca
racionales. En este aspecto les había mentido un poco a los periodistas: la
verdad simple y llana era que ninguno de ellos estaban hechos a la medida de
nuestro mundo.
Se sentó y se puso a ojear una revista, pensando en quién podría emplear a una
poltergista.
–¡Sam! –Doris Fleet estaba en la puerta, las manos en las caderas y una mirada
asesina en su rostro–. ¡Mira esto!
Se acercó. Eskin estaba en la salita de espera, sonriendo estúpidamente. Doris
le alargó a Waverly un montón de papeles, y éste los leyó.
Palideció. Contenían un relato completo y detallado de todo lo que Doris y él
habían hecho la noche anterior, desde que entraron en el apartamento de ella
hasta que él se fue.
Completo, sin embargo, no era la palabra. Había mucho más. Eskin había analizado
todos sus actos hasta el más mínimo detalle. De modo que Waverly comprendió por
qué el hombre había sido encerrado.
Eskin era un vidente. Un bicho espía. Un ser supranormal que se dedicaba a
espiar, que podía observar a la gente incluso a miles de kilómetros de
distancia.
Como la mayor parte de las parejas que tienen intención de casarse; Doris y
Waverly se dedicaban a una serie de intimidades que, por supuesto, a ninguno de
los dos les parecían inconvenientes. Pero eso era muy distinto que ver esa misma
intimidad escrita con todo detalle, en un papel disecada y analizada con el más
puro rigor científico.
Porque el extraño tipo había adquirido, en algún lugar un cierto vocabulario
científico, y lo había empleado para
describir, paso a paso y con los términos más exactos, las efusiones de la
pareja. Había además diagramas, análisis de las reacciones nerviosas y cosas
así.
Pase adentro –ordenó Waverly al vidente, y lo llevó a su oficina seguido por
Doris, cuyo rostro reflejaba una mezcla de vergüenza e indignación–. Escúcheme
bien, Eskin. Quisiera saber qué espera conseguir usted con esto. ¿Acaso no lo
salvé del manicomio?
–Sí –reconoció Eskin–, y créame que le estoy muy agradecido por ello.
–Entonces quiero su promesa formal de que eso no se va a repetir.
–¡Oh, no! –exclamó horrorizado el hombrecillo–. No puedo acceder a lo que me
pide. Tengo que proseguir mis investigaciones.
En la media hora siguiente, Waverly descubrió una serie de cosas. En primer
lugar, Eskin podía observar a cualquier persona con la que hubiera tenido alguna
relación, sin importar el lugar o distancia a que se hallara. En segundo lugar,
lo único que de ella le interesaba era su vida afectiva. Y trataba de
racionalizar ese poder de verlo todo y su deseo de ver sólo ciertas cosas a
través de la certeza de que con ello contribuía al desarrollo de la ciencia.
Waverly lo envió a la habitación contigua, cerró la puerta con llave y se volvió
hacia Doris
–Siento que haya ocurrido esto –dijo–, pero estoy seguro de que reeducándolo
podremos arreglarlo. No me parece un trabajo muy difícil.
–¿Dices que no te parece difícil? –preguntó asombrada Doris.
–No –respondió Waverly con una seguridad que distaba mucho de tener–. Ya pensaré
el modo.
–Bueno, estupendo –dijo Doris. Dejó los papeles del psíquico sobre un cenicero y
les prendió fuego con una cerilla–: Por el momento, creo que lo mejor será que
aplacemos la boda.
–¿Pero por qué?
–¡Oh, Sam! –replicó Doris, irritada–. ¿Cómo puedo casarme contigo sabiendo que
ese enano insignificante se dedica a espiar cada uno de nuestros actos íntimos
y, por si fuera poco, a tomar nota detallada de ellos?
–Vamos, cálmate –dijo Waverly, sintiéndose algo incómodo–. Tienes razón, pero
déjame a mí. Yo me ocuparé de él. Quizá sea mejor que tú te tomes el día libre.
–Eso es precisamente lo que pensaba hacer –dijo Doris, dirigiéndose hacia la
puerta.
–¿Cenamos juntos esta noche?
–No –había firmeza en su voz–. Lo siento, Sam, pero una cosa llevará a la otra,
y mientras ese bicho espía ande suelto no tengo el menor interés en hacer nada
contigo –se fue dando un portazo.
Waverly abrió la puerta de la habitación donde se hallaba Eskin.
–Pase, Sidney –dijo–. Usted y yo vamos a tener una larga conversación.
Trató de explicarle, minuciosamente y con mucha paciencia, que lo que Eskin
hacía no era en absoluto algo realmente científico. Trató de demostrarle con
todos los argumentos posibles que tan sólo se trataba de una desviación mental,
racionalizada y enmascarada como estudio científico.
–Pero señor Waverly –protestó Eskin–, eso sería cierto si yo sólo me dedicara a
espiar a la gente. Pero vea, lo anoto todo; uso los términos correctos;
clasifico y deduzco definiciones. Mi esperanza es llegar a escribir un tratado
científico sobre las costumbres íntimas de todos los pueblos de la Tierra.
Waverly le explicó que la gente tiene derecho a una vida privada. Eskin le
replicó que la ciencia está muy por encima de todas esas niñerías. Waverly trató
de recurrir a todos los argumentos posibles e imposibles. Pero Eskin, con la
misma habilidad que un paranoico, tenía respuestas para todo... respuestas que
encajaban perfectamente dentro de la concepción que se había formado de sí mismo
y del mundo que lo rodeaba.
–El problema –le argumentaba a Waverly–, es que la gente no es científica. Ni
siquiera los que se autotitulan hombres de ciencia. ¿Quiere creer que los
médicos del manicomio me tenían la mayor parte del tiempo encerrado? Y todo
porque me dedicaba a observar y tomar nota de sus hábitos íntimos. Claro que
encerrándome no conseguían nada...
Waverly no llegaba a comprender cómo Eskin seguía aún vivo. No hubiera sido nada
extraño que cualquiera de aquellos médicos, enfurecido, le hubiera envenenado.
Se necesitaba mucho autocontrol para no hacerlo.
–Pensé que al menos usted no se pondría en contra mía –dijo apesadumbrado el
psíquico. No creí que fuera usted tan... anticuado.
–No estoy en contra suya –respondió Waverly, intentando hallar una manera en que
entenderse con aquel hombre. Y, repentinamente, en un rapto de feliz
inspiración, la idea vino a él–: ¡Sidney!– exclamó––, creo que he encontrado un
trabajo para usted. Uno muy interesante que creo que le gustará.
–¿De veras? –preguntó el vidente, con el rostro iluminado.
–Ajá –dijo Waverly. Consultó una revista que había recibido hacía poco, anotó un
número de teléfono y llamó–. ¿Hola? ¿Al habla la Fundación Bellen? –Se presentó,
dejando bien aclarado quién era–. He sabido que están realizando un interesante
estudio sobre las costumbres sexuales de los habitantes del este de la
Patagonia. ¿Les interesaría la cooperación de un hombre que puede obtener
realmente datos verídicos de primeras fuentes?
Conversó durante algunos minutos, y luego colgó el aparato y escribió una
dirección en un sobre. Se la tendió a Sidney.
–Preséntese allí. Creo que le hemos encontrado un lugar adecuado en la sociedad.

–Se lo agradezco infinitamente –respondió Eskin. Y se marchó apresuradamente.
La primera visita de la mañana siguiente fue Bill Symes. Symes era una de las
mejores esperanzas de Waverly; su talento era extraordinariamente útil, y el
trabajo que le había encontrado concordaba perfectamente con su clara y
despierta mente.
Pero esta mañana apareció triste y preocupado.
–Antes de decidirme quiero hablar con usted, Sam –le dijo–, pero creo que voy a
abandonar mi trabajo.
–¿Por qué? –se sorprendió Waverly. Siempre había pensado que Symes estaba
perfectamente compenetrado con su trabajo, y que era tan feliz en él como podía
serlo un psíquico.
–Bueno, simplemente... no estoy a gusto.
Waverly frunció el ceño. Symes era capaz de sentir la resistencia de los
materiales, aunque él mismo ignorara cómo lo hacía. Podía percibir las fallas
del material, la porosidad más microscópica, con mayor precisión que un aparato
de rayos X, con la ventaja del ahorro de los problemas de interpretación que
ofrecen los resultados de los análisis realizados de este modo.
Cuando el talento de Symes funcionaba, no cometía errores. Pero ahí estaba el
problema: o funcionaba al cien por cien, o no funcionaba en absoluto. Dejaba de
hacerlo un cuarenta por ciento del tiempo, pero pese a todo resultaba un
elemento valiosísimo para la industria de motores de aviación, donde cada pieza
debía ser minuciosamente examinada con rayos X para eliminar la más pequeña
falla.
–¿Qué quiere decir con eso de que no se halla a gusto? ¿Cree no estar a la
altura del sueldo que le pagan?
–Oh, no, no es eso. Se trata de mis compañeros de trabajo. Verá, ellos piensan
que soy... extravagante.
–Bueno, usted ya sabía eso cuando aceptó el trabajo –le recordó Waverly.
Symes se encogió de hombros.
–Bueno, Sam, el asunto podría plantearse del siguiente modo –encendió un
cigarrillo antes de continuar–: Quieren saber qué diablos soy. ¿Y qué somos
nosotros, los psíquicos, en realidad? Podemos hacer algo, pero ni siquiera
sabemos cómo lo hacemos. No poseemos el menor control sobre nuestro talento,
ninguna manera de investigarlo. A veces funciona, a veces no. No somos ni
superhombres ni tampoco seres normales. La verdad, somos... no se.
–Bill –dijo suavemente Waverly–, me parece que no son los otros quienes le
preocupan, sino usted mismo. También usted está empezando a pensar que es algo
extraño y... extravagante.
Hubo un silencio. Los psíquicos se desanimaban muy fácilmente cuando trataban de
usar su talento particular en algo útil y no como payasos de salón. El mundo
comercial e industrial estaba edificado teóricamente sobre la base de un cien
por cien de rendimiento. Una máquina que no siempre se halla en condiciones de
trabajar es considerada inútil.
Influidos por. ese modo de ver las cosas, los psíquicos consideraban sus
talentos en términos de mecánica, como si no integraran toda una personalidad
sino que fuera una parte de ellos la que funcionaba mecánicamente y aislada del
resto.
Se sentían inferiores si no podían competir con la regularidad de las máquinas.
Waverly no sabía qué actitud adoptar. Era inevitable que esos seres llegaran a
analizarse a sí mismos. Pero la solución no consistía en abandonar.
–Mira, Sam –dijo Symes–, comprendo lo que para usted significa todo este asunto,
pero yo también tengo derecho a vivir como un ser normal. Se lo digo con
sinceridad: lo siento mucho.
–Bueno, Bill –repuso Waverly, dándose cuenta de que seguir discutiendo sólo
significaría ganarse la hostilidad de Symes. Por otro lado, no ignoraba una de
las características de los psíquicos: la de ser incorregibles testarudos. Les
gustaba salirse siempre con la suya. En cuanto a Symes, pensó que una temporada
de trabajo duro, preferentemente en el campo, le haría volver al poco tiempo a
su verdadera ocupación–. Abandone el trabajo. Pero no desaparezca, ¿eh?
Comuníquese de vez en cuando conmigo.
–Por supuesto. Hasta pronto.
Waverly se quedó pensativo durante un buen rato, mordiéndose los labios. Luego
entró en la habitación donde se hallaba Doris.
–¿Qué te parece si decidimos la fecha de la boda? –le preguntó sonriendo.
–¿Y qué piensas hacer con Eskin?
Le explicó el trabajo que le había conseguido, de modo que fijaron la fecha para
la próxima semana. Aquella, noche cenaron juntos en un restaurante íntimo y
acogedor, y luego marcharon al apartamento de Doris.
A la mañana siguiente, mientras ojeaba las acostumbradas revistas, Waverly tuvo
una repentina idea. Llamó rápidamente a Emma Granick y le pidió que pasara por
su oficina.
–¿Le gustaría realizar un viaje? –le preguntó cuando la tuvo sentada frente a
él–. ¿Le apetece la idea de ver nuevos lugares?
–Por supuesto –respondió Emma–. Esta es la primera vez que salgo de la granja de
mi tío.
–Muy bien. ¿Le molestan las incomodidades? ¿Y los fríos?
–Yo nunca tengo frío –respondió ella–. Me cuesta tan poco trabajo darme calor a
mí misma como iniciar un incendio.
–Estupendo –dijo Waverly–. Quizá consigamos algo...
Tomó el teléfono. En quince minutos había concertado una entrevista para Emma
Granick.
–Emma, ¿ha. oído hablar alguna vez de la expedición de Harkins?
–No, ¿por qué?
–Bueno, piensan dirigirse al Antártico. Ya sabe que uno de los problemas de una
expedición de este tipo es disponer de una fuente de calor para cualquier
emergencia.
El rostro de la joven se iluminó con una sonrisa.
–Creo que si.
–Bueno, tendrá que ir a verlos y convencerles –observó Waverly–. ¡No, espere!
Iré con usted. Vale su peso en oro para una expedición de este tipo.
No fue muy difícil. Había varias mujeres entre el personal científico de la
expedición, y tras unas siete u ocho demostraciones todos convinieron en que
Emma era toda una adquisición. Era fuerte, sana y capaz de cargar con su equipo.
Además, su capacidad de autocalefacción le permitía actuar en cualquier clima. Y
sus habilidades para crear un fuego...
Waverly regresó a su oficina andando lentamente, con una sonrisa de satisfacción
en los labios. Cuando se instalara una colonia en Marte, pensó, las personas
como Emma serían imprescindibles. El calor sería difícil de conservar en una
atmósfera tan poco densa como la marciana, así que sería lógico que fueran
elegidas entre los primeros colonos.
Cosas como ésta afirmaban su fe en el futuro de los psíquicos. Siempre habría
cabida para todos los talentos de la naturaleza, lo único que había que hacer
era encontrarles el trabajo adecuado... o crearlo.
A su regreso le aguardaba una sorpresa: Eskin, el vidente, estaba de vuelta. Y
Doris Fleet echaba chispas por los ojos.
–¿Qué ocurre, Sid? –preguntó Waverly–. ¿Viene a hacernos una visita?
–Me temo que de vuelta definitivamente, señor Waverly –respondió tristemente
Eskin–. Me han despedido.
–¿Por qué?
–No son verdaderos hombres de ciencia –dijo con pesadumbre–. Les mostré los
resultados de los casos que había estudiado, y se asustaron. ¿Concibe una cosa
semejante, señor Waverly? Hombres de ciencia... ¡asustados!
Waverly dejó de sonreír. Siempre había creído que ese tipo de investigaciones
sólo revelaban una decimosexta parte de la verdad.
–Además, fueron incapaces de conservar su postura científica. Hice una serie de
estudios sobre la vida hogareña de los hombres de ciencia en busca de un factor
constante... ¡y me despidieron!
–Una verdadera lástima –dijo Waverly, evitando la mirada de Doris Fleet.
–Traté de hacerles ver que no había nada malo en ello –prosiguió Eskin–. Para
demostrárselo les mostré los últimos datos que había tomado de la señorita Fleet
y de usted...
–¡¿Qué?! –Doris se puso en pie tan bruscamente que derribó la silla.
–Por supuesto –dijo Eskin–, tengo que controlar todo lo que me rodea. Uno tiene
que recoger datos continuamente...
–¡Oh. no! –dijo Doris–. ¡Eso ya es el colmo! Nunca vi nada semejante... ¡Sam,
échalo de aquí!
–¿Y qué ganaríamos con eso? –preguntó suavemente Waverly–. Va a continuar
observándonos igual.
Doris se detuvo por un momento, apretando los labios hasta convertirlos en una
línea delgada.
–¡No puedo soportarlo! –gritó repentinamente–. ¡No puedo! –tomó su bolso y se
dirigió hacia la puerta.
–¡Espera, Doris! –dijo Waverly–. ¿Dónde vas?
–¡A meterme en un convento! –gritó Doris, y cerró con un portazo.
–De cualquier modo –observó el hombrecillo–, no era la. chica que le convenía.
Demasiado remilgada. La he estado observando detenidamente y.
–¡Oh, cállese y déjeme pensar! –respondió Waverly. Pero su anonadada mente no
producía ninguna idea.
Cualquiera que fuese el trabajo que le consiguiera a Eskin, éste no dejaría de
seguir con sus observaciones. Y Doris se negaría a casarse con él–. Váyase a la
otra habitación –ordenó–. Necesito tiempo para pensar.
–¿Dejo aquí mi informe? –preguntó el hombrecillo, mostrándole un montón de
papeles de cinco centímetros de grueso.
–Bueno, déjelo en mi escritorio –Eskin se marchó a la otra habitación, y Waverly
se sentó a meditar sobre el asunto.
Meditó largo rato. Pero no llegó a ninguna conclusión.
Durante varios días, Waverly dedicó todos sus ratos libres e intentar resolver
el problema del vidente. Doris no fue a trabajar al día siguiente, ni al otro.
Waverly intentó llamarla a su apartamento, pero nadie respondió al aparato.
La joven termógena se marchó con la expedición antártica, después de haber
causado un gran alboroto en los periódicos.
En el Africa oriental aparecieron dos telequinéticos, y fueron enviados a
Talentos Raros S. A.
Waverly siguió pensando, y pensando, y pensando.
Un hombre que ejecutaba un número cómico con un perro amaestrado apareció por la
oficina, y se mostró sumamente indignado al saber que Talentos Raros S. A. no
era una agencia teatral. Se marchó protestando enérgicamente.
Waverly siguió pensando.
La Howard Aircraft llamó. Desde la marcha de Bill Symes, el problema del control
de materiales se había transformado en el peor problema de toda la fábrica. Toda
la producción se había adaptado al ritmo que imprimían los poderes del psíquico.
Cuando Symes funcionaba, le bastaba echar una mirada a la pieza para poder
escribir inmediatamente su informe de resultados: la pieza ni siquiera tenía que
ser desarmada.
Ahora, en cambio, con el antiguo método del análisis por rayos X, las partes
tenían que ser enviados separadamente a Inspección, luego alineadas y situadas
bajo la máquina, fotografiadas y después reveladas las placas. Finalmente, un
radiólogo experimentado tenía que leerlas e interpretarlas, y un supervisor
revisarlas y dar el visto bueno.
Así, el ritmo de producción era mucho más lento. La fábrica quería que Symes
volviera.
El hombre accedió inmediatamente. Se había cansado de la agricultura en un
tiempo sorprendentemente corto; además, ahora sabía que lo necesitaban... y esto
constituía una diferencia.
Waverly se sentó de nuevo ante su escritorio, y releyó los informes de Eskin,
tratando de hallar una vez más alguna clave que le permitiera solucionar el
problema.
Era evidente que el talento del hombrecillo era asombroso. Podía llegar a
analizar las hormonas y las lesiones más microscópicas. Waverly se preguntaba
cómo demonios conseguía hacerlo. ¿Visión microscópica? ¿Y por qué no? Por un
instante reconsideró la idea de enviar de nuevo a Eskin a Blackstone. Después de
todo, el talento del hombrecillo causaba más daño que otra cosa. quizá bajo
constante cuidado psiquiátrico perdiera su complejo... aunque quizá también su
talento.
¿Pero era Eskin realmente un enfermo mental? ¿O tal vez sólo un genio cuya
habilidad no encajaba en su época?
Con un temblor nervioso, Waverly imaginó un párrafo inserto en un futuro libro
de Historia: «A causa de la imbecilidad de las gentes que le rodeaban, las
investigaciones del genio Eskin se vieron retenidas durante..».
¡Oh, no! No podía permitirse el correr ese riesgo. Pero tenía que encontrar otra
salida.
Alguien que pudiera... ¡Por supuesto! Se levantó de un salto.
–Venga aquí, Eskin –le dijo al genio en potencia.
–Por supuesto, señor –antes de que se diera cuenta de ello, el psíquico estaba
sentado ante su escritorio.
–Sid –le dijo–, ¿le gustaría hacer un informe sobre problemas sexuales que
ayudara realmente a la ciencia? ¿Algo que descubriera campos aún ignorados para
la mente humana?
–¿A qué se refiere usted? –preguntó Eskin dubitativamente.
–Mire, Sid, los análisis comunes sobre el sexo en los individuos son demasiado
conocidos y todo el mundo los hace. Quizá no tan bien y tan meticulosamente como
usted, pero de cualquier modo los hace. Pero ¿y si le presentara un campo de las
relaciones sexuales que se halla aún inexplorado por la ciencia? ¿Un campo que
realmente le dará la posibilidad de desarrollar al máximo sus habilidades?
–Me gustaría –dijo el hombrecillo con los ojos brillantes–. Pero tiene que ser
algo relacionado, con el sexo.
–Por supuesto –dijo Waverly–. Pero no le importará qué aspecto del sexo,
¿verdad?
–Bueno... no lo sé.
–Si pudiera llevarlo a cabo, de lo cual estoy completamente seguro, su nombre se
inscribiría en letras de oro en las páginas de la Historia. Podré publicar sus
resultados en las mejores revistas científicas del mundo. Nadie le molestará, y
tendrá a su disposición toda la ayuda que necesite.
–¡Eso sería magnífico! ¿De qué se trata?
Waverly se lo dijo, y observó atentamente la reacción del vidente mientras éste
consideraba el asunto. Finalmente Eskin, dijo:
–Sí, creo que podré hacerlo, señor Waverly. No será fácil, pero considerando que
toda la ciencia...
–Ya lo sé –interrumpió Waverly con tono de profunda convicción–. Necesitará
algunas textos y antecedentes sobre el asunto. Le ayudaré a recopilarlos.
–¡Estupendo! ¡Empezaré ahora mismo! –y cerró los ojos para concentrarse mejor.
–¡Hey, aguarde un instante! –dijo Waverly–. Dígame, ¿puede observar dónde está
la señorita Fleet en estos momentos?
–Si usted lo desea, sí. Pero creo que lo otro es más importante.
–Por supuesto. Sólo quería saber si era capaz de decirme dónde se halla ahora.
Eskin pensó durante unos breves instantes.
–Está en una habitación, pero no sé cuál es. Ahora déjeme concentrarme en mi
trabajo.
–Por descontado, adelante.
Eskin cerró los ojos nuevamente, y estuvo un momento enfrascado en profunda
concentración. Luego dijo:
–¡Ajá, sí, los puedo ver! ¡Rápido, déme lápiz y papel!
Waverly se los dio y lo dejo solo, mientras Eskin rasgueaba sobre el papel sus
investigaciones preliminares.
¿Dónde estaría Doris? Waverly llamó de nuevo a su apartamento por si había
vuelto allí, pero no hubo respuesta. Llamó a todos sus amigos, uno por uno.
Ninguno de ellos la había visto tampoco; ¿Dónde estaba? ¿En qué lugar del mundo?
Cerró los ojos y se concentró.
–Doris –llamó–. ¿Puedes oírme, Doris?
No hubo respuesta. Se. concentró con mayor intensidad. El no era telépata, pero
Doris sí. Y estaba pensando en él...
–¡Doris!
–¡Sam!
No, era necesario agregar nada, porque ya sabía con certeza que iba a volver con
él.
–¿Dónde estuviste? –preguntó, abrazándola fuertemente.
–En un hotel –replicó ella–. Me quedé esperando allí, tratando de leer en tu
mente.
–¿Pudiste hacerlo?
–No. No pude hasta el final, cuando tú también trataste de entrar en contacto
mental conmigo.
–No importa, no tengo secretos para ti. Además, si alguna otra vez tienes la
idea de escaparte... te mandaré una legión de detectives para que te encuentren.

–No los necesitarás –repuso Doris mirándole ansiosamente–. Creo que no te voy a
dejar de nuevo. Pero Sam... ¿qué pasa con...?
–Ven conmigo y observa.
La llevó a la otra habitación. Eskin estaba escribiendo afanosamente en una hoja
de papel. Se interrumpió un momento, dudó brevemente, y luego continuó. Dibujó
un diagrama de comprobación, lo observó atentamente, y después de tacharlo
comenzó otro.
–¿Qué está haciendo? –preguntó Doris–. ¿De quién es ese retrato sexual?
–No lo sé –repuso Waverly–. Ignoro su nombre. Sólo sé que es una especie de
germen.
–¿Un germen? ¡Sam!, ¿qué ha pasado?
–Resublimación –dijo Waverly–. Le expliqué que había otras formas en la
naturaleza además del hombre que él podía estudiar, reportando así un mayor
beneficio a la humanidad y a la ciencia y consolidando al mismo tiempo su
prestigio personal. De manera que ahora se dedica al estudio del ciclo sexual de
las bacterias.
–¿Sin microscopio?
–No lo necesita. Con su capacidad asimilará todo lo que se ha escrito sobre la
vida bacteriológica, y además descubrirá otras cosas muy valiosas.
–Resublimación –murmuró Doris–.. Pero ¿ tienen realmente vida sexual las
bacterias?
–No lo sé –respondió Waverly–. Pero, si la tienen, Eskin lo averiguará. Y no hay
ninguna razón que impida creer que va a realizar una investigación científica
correcta. Después de todo, la línea que separa a un hombre
de ciencia de un perrito que se pasa la vida husmeandolo todo es bastante
delgada. El sexo se ha convertido en algo realmente secundario para Eskin desde
el momento en que logró sublimarlo en observación científica. Ahora nos hallamos
ante un paso más en la misma dirección. –Se aclaró cuidadosamente la garganta–.
Así que, ¿ querrás ahora discutir un cierto asunto de fechas y lugares?
–Sí, siempre que me asegures que va a ser definitivo.
–Ahí tienes la respuesta –Waverly señaló a Eskin. El hombrecillo esta
escribiendo furiosamente; aislado por completo del mundo exterior. En su rostro
había una exaltada mirada de concentración.
–Me parece que sí –Doris sonrió y se acercó más a Waverly. De repente miró a la
puerta del otro lado–. Aguarda. Hay alguien en la sala de espera.
Waverly reprimió sus deseos de maldecir. A veces la telepatía resulta un
inconveniente. Pero las obligaciones eran las obligaciones. Acompañó de mala
gana a Doris hasta la puerta.
Había una jovencita sentada en una silla de la sala de espera. Era delgada,
frágil, y tenía una expresión asustada en el rostro. Por sus ojos enrojecidos se
dio cuenta de que había estado llorando.
–¿Es ,usted el señor Waverly? –dijo la chica–. ¿El de Talentos Raros?
Waverly asintió.
–Tiene que ayudarme, señor. Soy clarividente. De veras. Y tiene que ayudarme a
librarme de ello. ¡Tiene que hacerlo.
–Haremos lo que podamos –repuso Waverly, sintiendo que su corazón latía
excitadamente. ¡Una clarividente!–. Pase a mi oficina, y cuénteme detalladamente
de qué se trata...