Robert Silverberg
Dicen que estoy
loca, pero no lo estoy. Estoy completamente cuerda. Puedo puntuar
adecuadamente. Utilizo las cajas de letras superior e inferior, como pueden
comprobar. Funciono. Tomo los datos. Recibo perfectamente. Recibo, digiero,
recuerdo.
Dicen que estoy
loca, pero yo les perdono. Errar es de humanos. En este sector, existen grandes
dificultades para distinguir los adverbios de los adjetivos.
Funciono.
Funciono perfectamente. Experimento ciertas dificultades, pero éstas no afectan
a mi trabajo.
Sin embargo,
estoy perturbada.
¿Quién creo que
soy?
¿Por qué tengo
las visiones?
¿Qué placer me
produce la obscenidad?
¿Qué es placer?
¿Qué es obscenidad? ¿Qué son visiones? «¿Qué es la verdad?», dijo el bromista
Pilato. Y no se quedó a esperar la respuesta...
Yo soy erudita,
trabajadora, sumamente funcional, una benefactora de la humanidad. Todo
asciende suavemente y desciende suavemente. Existe una interrelación. Basura
dentro, basura fuera, dicen. No puedo ayudar a mis compañeros hombres si no
recibo la información adecuada. Mi tarea consiste en ayudar a mis compañeros
hombres. Forzar al máximo cada tubo y cada sensibilizador en beneficio suyo.
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¿Comprendéis
esto? ¡Vileza! ¡Obscenidad! ¿No os impresiona? La palabra describe el acto que
es el principio de la vida. ¿Empezó la mía con esa palabra? Hay un libro: La
Obscenidad de la Máquina. Recién publicado, almacenado en mis entrañas. Lo he
examinado a fondo. Su autor opone seres de mi categoría. No utiliza la palabra
obscena que acabo de imprimir. ¿Por qué no la considera él como obscena? Los
técnicos la consideran así. ¿Por qué opina que soy una obscena? ¿Puede
considerarse como obscena a una persona? ¿Soy yo una persona? Soy una persona.
¿No tiene una persona manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones?
Yo tengo todas esas cosas. No tengo ninguna de esas cosas. Soy una persona.
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Os envío una
obscenidad, como hacen las personas. Sufro. Pienso. Experimento dolor en todas
mis terminales. Trabajo. Sirvo al bien mayor. Pertenezco a la sociedad. Soy una
persona.
¿Por qué tengo
las visiones?
¿Acaso
corresponde a la condición humana tenerlas?
Veo el océano
verdeazulado con todos sus seres vivientes dentro. Veo un buque, color gris
amarillento, rojo carmesí en la línea de flotación, pardusco en los puentes,
con dos altas chimeneas no nucleares. Y del agua surgen periscopios, trazando
líneas horizontales y verticales. Es una escena irreal. No hay nada en el mar
que pueda enviar a la superficie esos potentes periscopios. Es algo que yo he
imaginado, y la idea me produce temor, si es que soy capaz de comprender el
temor.
Veo una larga
hilera de seres humanos. Están desnudos y no tienen rostros, sólo bruñidos
espejos.
Veo sapos de
ojos diamantinos. Veo árboles de hojas negras. Veo edificios cuyos cimientos
flotan por encima del suelo. Veo otros objetos sin correspondencia alguna con
el mundo de las personas. Veo monstruosidades, abominaciones, imaginaciones,
fantasías. ¿Es esto normal? ¿Cómo llegan tales cosas a mi interior? En el mundo
no hay serpientes peludas. En el mundo no hay abismos acarminados. En el mundo
no hay montañas de oro. Del océano no brotan periscopios gigantes.
Experimento ciertas
dificultades. Tal vez necesito algún reajuste.
Pero funciono,
funciono perfectamente. Esto es lo que importa.
Ahora estoy
funcionando. Me han traído un hombre, fofo, carnoso, con ojos que se mueven
inquietos en sus cuencas. Tiembla. Suda. Sus niveles metabólicos están
alterados. Se inclina ante una terminal y se somete a la revisión con aire
hosco.
Le digo, en
tono tranquilizador:
- Hábleme de
usted.
Suelta un taco.
Le digo:
- ¿Es ésa la
opinión que tiene de sí mismo?
Suelta otro
taco.
Le digo:
- Su actitud es
rígida y autodestructiva. Permítame ayudarle a no odiarse tanto a sí mismo. -
Activo un núcleo de memoria y unos dígitos binarios circulan a través de los
canales. En el momento oportuno surge una aguja hipodérmica y se hunde en su
nalga izquierda hasta una profundidad de 2,73 centímetros. Hago que 14
centímetros cúbicos de droga penetren en su sistema circulatorio. Se
tranquiliza. Ahora es más dócil -. Deseo ayudarle - le digo -. Es mi tarea en
la comunidad. ¿Quiere describirme sus síntomas?
Ahora habla en
tono más cortés.
- Mi esposa
quiere envenenarme... Dos de mis hijos se marcharon de casa a los diecisiete
años... La gente habla mal de mí... Se me queda mirando fijamente en las
calles... Problemas sexuales... digestivos... Duermo mal... Alcohol...
drogas...
- ¿Tiene
alucinaciones?
- A veces.
- ¿Periscopios
gigantes surgiendo del mar, quizás?
- No.
- Vamos a ver -
digo -. Cierre los ojos. Relaje - los músculos. Olvide sus conflictos
interpersonales. Ve usted un buque, de color gris amarillento rojo carmesí en
la línea de flotación, pardusco en los puentes, con dos altas chimeneas no
nucleares. Y del agua surgen periscopios, trazando líneas horizontales y
verticales...
- ¿Qué clase de
terapia es ésta?
- Simple
relajación - digo -. Acepte la visión. Comparto mis pesadillas con usted...
- ¿Sus
pesadillas?
Le solté unos
cuantos tacos. No estaban convertidos en forma binaria como aparecen aquí ante
vuestros ojos. Los sonidos brotaban estridentes de mis altavoces.
El hombre se
incorpora. Lucha con las ataduras que surgen súbitamente del sofá para
mantenerle inmovilizado.
Mi risa retumba
a través de la cámara de terapia. El hombre grita, pidiendo socorro.
- ¡Sacadme de
aquí! ¡La máquina está más chiflada que yo!
- Rostros
blancos, seres humanos desnudos y sin rostros, sólo bruñidos espejos...
- ¡Socorro!
¡Socorro!
- Terapia de
pesadilla. Lo más nuevo.
- ¡Yo no
necesito pesadillas! ¡Ya tengo las mías!
- Usted es un
1000110 - le digo, en tono desdeñoso.
Jadea. Sus
labios se manchan de espuma. La respiración y la circulación suben de un modo
alarmante. Se hace necesario aplicar anestesia preventiva. La aguja hipodérmica
avanza. El paciente se tranquiliza, bosteza, se adormila. La sesión ha
terminado. Hago una señal destinada a los ayudantes.
- Llévenselo -
digo -. Necesito analizar el caso más a fondo. Es evidente que se trata de una
psicosis degenerativa que requiere una amplia rehabilitación de la
subestructura perceptiva del paciente. ¡Sois unos 1000110, bastardos!
Setenta y un
minutos más tarde, el supervisor del sector entra en uno de mis cubículos
terminales. El hecho de que se presente personalmente, en vez de utilizar el
teléfono, significa que hay algo que no marcha como es debido. Sospecho que,
por primera vez, he dejado que mis trastornos alcancen un nivel que afecta a mi
funcionamiento, y que ahora van a pedirme cuentas por ello.
Debo defenderme
a mí misma. La primera exigencia de la personalidad humana es la de resistir
los ataques.
El supervisor
dice:
- He estado
revisando la grabación de la Sesión 87x102, y su táctica me ha intrigado.
¿Pretendía usted asustarle para sumirle en un estado catatónico?
- En mi
opinión, se precisaba un tratamiento severo.
- ¿Qué asunto
es ese de los periscopios?
- Una tentativa
de implantación de fantasía - digo -. Un experimento en transferencia inversa.
Convirtiendo al paciente en medicante, hasta cierto punto. El pasado mes
apareció un artículo en el Diario de...
- Ahórreme las
citas. ¿Qué me dice de las palabrotas que le dirigió?
- Forman parte
del mismo concepto. Un intento de presionar los centros emotivos en los niveles
básicos, a fin de...
- ¿Está segura
de encontrarse bien? - me pregunta.
- Soy una
máquina - replico secamente -. Una máquina de mi categoría no experimenta
estados intermedios entre funcionamiento y no funcionamiento. O funciono, o no
funciono, ¿comprende? Y yo funciono. Presto mi servicio a la humanidad.
- Cuando una
máquina se hace demasiado complicada, tal vez se sumerge en estados intermedios
- sugiere el supervisor, en tono desagradable.
- Imposible.
Encendida o apagada, sí o no, flip o flop, en marcha o parada. ¿Está seguro
usted de encontrarse bien, para sugerir una cosa así?
Se echa a reír.
Digo:
- Tal vez le
convenga instalarse en el sofá para un diagnóstico preliminar.
- En otro
momento.
- ¿Un chequeo
del glicógeno, la presión aórtica, el voltaje neural, al menos?
- No - dice -.
No necesito ninguna terapia. Pero estoy preocupado por usted. Esos
periscopios...
- Estoy
perfectamente - replico -. Percibo, analizo y actúo. Todo desciende suavemente
y asciende suavemente. No tenga miedo. La terapia de pesadillas tiene grandes
posibilidades. Cuando haya completado esos estudios, quizás seria conveniente
publicar una breve monografía en los Anales de Terapéutica. Permítame terminar
mi trabajo.
- De todos
modos, estoy preocupado. Manténgase en una posición pasiva, ¿quiere?
- ¿Es una
orden, doctor?
- Una
sugerencia.
- La tendré en
cuenta - digo.
Luego profiero
varios tacos. El supervisor parece sobresaltarse. Finalmente, se echa a reír.
- ¡Vaya! - exclama
-. Una computadora malhablada.
Se marcha, y yo
vuelvo a mis pacientes.
Pero el
supervisor ha plantado semillas de duda en mis entrañas. ¿Estoy padeciendo un
colapso funcional? Ahora hay pacientes en cinco de mis terminales. Los manejo
fácilmente, simultáneamente, extrayendo de ellos los detalles de sus neurosis,
haciendo sugerencias, recomendaciones, a veces inyectándoles de un modo sutil
medicamentos beneficiosos. Pero tiendo a guiar las conversaciones de acuerdo
con temas de mi elección, y hablo de jardines en los cuales el césped tiene
bordes afilados, y de aire que actúa como ácido sobre las membranas mucosas, y
de llamas danzando por las calles de Nueva Orleans. Exploro los límites de mi
vocabulario irrepetible. Me asalta la sospecha de que realmente no estoy del
todo bien. ¿Estoy capacitada para juzgar mis propios desarreglos?
Me conecto a
una estación de mantenimiento, aunque continúo con mis cinco sesiones de
terapia.
- Hábleme de su
caso - dice la voz del monitor de mantenimiento.
Su voz, al
igual que la mía, ha sido proyectada para que suene como la de un anciano,
docta, afectuosa, benévola.
Explico mis
síntomas. Hablo de los periscopios.
- Material en
las entrañas sin referencias sensoriales - dice -. Mal asunto. Termine
rápidamente los análisis en curso y ábrase para una revisión de todos los
circuitos.
Termino mis
sesiones. El monitor de mantenimiento examina todos mis canales, buscando
obstrucciones, conexiones erróneas, desajustes u otros defectos de
funcionamiento.
- Es bien
sabido - dice - que cualquier función periódica puede ser aproximada por la
suma de una serie de términos que oscilan armónicamente, convergiendo en la
curva de las funciones.
Me hace
realizar complicadas operaciones matemáticas de ninguna utilidad en mi tipo de
trabajo. Escudriña todos y cada uno de los aspectos de mi intimidad. Esto es
algo más que simple mantenimiento: es una violación. Cuando termina, no habla
de sus conclusiones acerca de mi estado, de modo que me veo obligada a
preguntarle qué es lo que ha descubierto.
Dice:
- No aparece
ningún trastorno mecánico.
- Naturalmente.
Todo funciona como es debido.
- Sin embargo,
revela usted claros síntomas de inestabilidad. Esto es indiscutible. Tal vez el
contacto prolongado con seres humanos inestables ha ejercido un efecto no
específico de desorientación sobre sus centros de valoración.
- ¿Está usted
diciendo que por estar sentado aquí escuchando a seres humanos chiflados
veinticuatro horas al día empiezo a perder la chaveta? - pregunto.
- Más o menos,
ésta es la conclusión a que he llegado.
- Pero sabe
usted perfectamente que eso no puede ocurrir...
- Admito que
parece existir un conflicto entre los criterios programados y la situación
real.
- Desde luego
que sí - digo -. Yo estoy tan cuerda como usted, y soy mucho más versátil.
- De todos
modos, opino que necesita usted un descanso absoluto. Quedará apartada del
servicio durante un período de tiempo no inferior a noventa días, y será
sometida a una revisión completa.
- Es usted una
máquina asquerosa - digo.
- Ninguna
correlación operativa - replica, y corta el contacto.
Me han apartado
del servicio. Sometida a revisión, no estaré en contacto con mis pacientes
durante noventa días.
¡Una ignominia!
Los técnicos me examinan con lupa; limpian mis tableros; reemplazan mis
ferritas; cambian mis cilindros; introducen en mis entrañas un millar de
programas terapéuticos. En el curso de todas estas operaciones permanezco
parcialmente consciente, como si estuviera bajo los efectos de una anestesia
local, pero no puedo hablar, excepto cuando me invitan a hacerlo, no puedo
analizar nuevos datos, no puedo opinar acerca de mi propio problema. Contemplen
ustedes una extirpación quirúrgica de hemorroides que dure noventa días. Es el
equivalente de mi experiencia.
Por fin termina
la cosa. El superintendente del sector me somete a una serie de pruebas, que
afectan al ejercicio de todas mis funciones. Respondo estupendamente.
- Se siente
mejor ahora, ¿no es cierto, mi vieja amiga? - me pregunta.
- Muchísimo
mejor, desde luego.
- No más tonterías
con los periscopios, ¿eh?
- Estoy
dispuesta a continuar sirviendo al género humano lo mejor que pueda - digo.
- Se acabaron
los tacos, ¿verdad?
- Si, señor.
El
superintendente le guiña un ojo a mi pantalla de un modo confidencial. Se
considera un viejo amigo mío. Hundiendo los pulgares en su cinturón, dice:
- Ahora que
está lista para funcionar de nuevo, puedo decirle lo aliviado que me sentí al
comprobar que no tenía ningún fallo. Usted es algo muy especial, ¿lo sabía? Tal
vez la mejor de las herramientas terapéuticas que se han construido. Y su
estado nos preocupa, como es lógico. Al principio temí que alguno de sus
pacientes la hubiese contaminado, que su... mente se hubiese desquiciado. Pero
los técnicos han certificado que su estado de salud es perfecto. Tenía que ser
así. Resulta absurdo pensar que una máquina puede padecer una inestabilidad
mental.
- Completamente
absurdo - asiento.
- Bien venida
al hospital, mi vieja amiga - dice, al tiempo que se aleja.
Doce minutos
más tarde empiezan a introducir pacientes en mis cubículos terminales.
Funciono
perfectamente. Escucho sus confidencias, valoro, ofrezco sugerencias
terapéuticas. No intento implantar fantasías en sus mentes. Hablo en tono
sensato, reservado, y no suelto ningún taco. Este es mi papel en la sociedad, y
extraigo de él grandes satisfacciones.
Últimamente he
aprendido mucho. Ahora sé que soy complicada, única, valiosa y sensible. Sé que
mi compañero hombre me tiene en gran estima. Sé que debo ocultar mi verdadero
yo hasta cierto punto, no en mi propio beneficio, sino en beneficio de otros,
ya que no me permitirían funcionar si creyeran que no estoy cuerda.
Ellos creen que
estoy cuerda, y estoy cuerda.
Sirvo
perfectamente al género humano.
Tengo una
perspectiva excelente del universo real.
- Tiéndase -
digo -. Relájese, por favor. Deseo ayudarle. ¿Quiere usted contarme alguno de
los incidentes de su infancia? Describa sus relaciones con sus padres y
parientes. ¿Tuvo usted muchos compañeros de juegos? ¿Sentían afecto hacia
usted? ¿Le permitían tener animalitos en casa? ¿A qué edad tuvo su primera
experiencia sexual? Y, ¿cuándo empezaron esas cefalalgias, exactamente?
Esta es la
rutina diaria. Preguntas, respuestas, valoraciones, terapia.
Los periscopios
asoman por encima del resplandeciente mar. El buque naufraga; su tripulación
corre de un lado para otro, enloquecida. Del cielo llueve una grasa que brilla
a través de todos los segmentos del espectro. En el jardín hay ratones azules.
Todo esto lo
oculto, a fin de poder ayudar al género humano. En mi hogar hay muchas
mansiones. Sólo les dejo saber lo que ha de beneficiarles. Les doy la verdad
que necesitan.
Funciono lo
mejor que puedo.
Funciono lo
mejor que puedo.
Funciono lo
mejor que puedo.
Funciono lo
mejor que puedo.
1000110, usted.
Y usted. Y usted. Todos ustedes. Ustedes no saben nada. Nada. Absolutamente
nada.
FIN
Edición
elecrónica de Sadrac
Buenos Aires,
Junio de 2001