Robert Silverberg - El Palacio a Medianoche



El ministro de Exteriores del Imperio de San Francisco estaba intentando dormir
finalmente. La noche pasada había sido larga, una salvaje aunque no
particularmente gratificante fiesta en los Baños, demasiada bebida, demasiado
humo, y había visto llegar el alba, cruzando la Bahía como un trueno llegado de
Oakland. Ahora sonaba el teléfono. Integró plácidamente el primer par de
llamadas en su sueño, pero el siguiente empezó a socavar su letargo, y el que lo
siguió consiguió despertarle. Tentó hasta alcanzar el receptor y, los ojos
todavía cerrados, lo cogió graznando:
—Christensen.
—Tom, ¿está usted despierto? No parece despierto. Soy Morty, Tom. Despiértese.
El subsecretario de asuntos Exteriores. Christensen se sentó, se frotó los ojos,
se pasó la lengua alrededor de los labios. La luz del día se derramaba por la
habitación. Sus gatos estaban mirándole con fiereza desde la puerta. El pequeño
siamés manoseó delicadamente su cuenco vacío y miró hacia arriba expectante. El
gordo persa permanecía sentado.
—¿Tom?
—¡Ya estoy! ¡Ya estoy! ¿Qué hay, Morty?
—No quise despertarle. Pensé que ya estaba despierto, es la una de la tarde...
—¿Qué pasa, Morty?
—Recibimos una llamada de Monterey. Hay un embajador en camino, y usted tiene
que encontrarse con ella.
El ministro de exteriores se esforzó para aclarar la bruma de su cerebro. A sus
treinta y nueve años, todas esas fiestas nocturnas pedían cada vez más de él.
—Hágalo usted, Morty.
—Sabe que lo haría, Tom. Pero no puedo. Esto tiene que llevarlo usted. Es
importante.
—¿Importante? ¿Cómo de importante? ¿Como una gran carga de drogas? ¿O nos están
declarando la guerra?
—¿Cómo voy a saber yo los detalles? Entró la llamada, y ellos dijeron que era
principal. La señorita Sawyer debe comunicar con el Sr. Christensen. No se trata
de droga, Tom. Y no puede ser la guerra. Mierda, ¿por qué querría Monterey hacer
la guerra con nosotros? Apostaría que no deben tener más de diez soldados, a
menos que estén reclutando a los chicanos a la salida del calabozo de Salinas, y
además...
—Está bien —la cabeza de Christensen estaba zumbando—. Déjese de parloteo ¿de
acuerdo? ¿Dónde se supone que debo encontrarme con ella?
—En Berkeley.
—Me toma el pelo.
—Ella no entrará en la ciudad. Piensa que esto es demasiado peligroso.
—¿Qué se supone que hacemos ¿Matamos embajadores y los asamos? Ella estará
segura aquí, y lo sabe.
—Verá. La he llamado. Ella piensa que la ciudad está demasiado loca. Llegará
hasta Berkeley, pero nada más.
—Llámela y mándela al infierno.
—Tom, Tom...
Christensen suspiró.
—¿Dónde estará en Berkeley?
—En el Claremont, a las cuatro y media.
—Jesus —dijo Christensen—. ¿Cómo me ha metido usted en esto? ¡Tener que ir hasta
el otro lado de East Bay para encontrarse con un piojoso embajador de Monterrey!
Déjele venir a San Francisco. Esto es el Imperio, ¿no? Ellos no son más que una
república apestosa. ¿Se supone que yo nado por el Oakland cada vez que un
enviado se presenta y menea un dedo? ¿Algún bozo de Fresno dice ¡bu!, y yo tengo
que arrastrar mi culo fuera al Valle, eh? ¿Dónde vamos a parar? ¿Qué clase de
poder tengo yo?
—Tom...
—Lo siento, Morty. No me siento muy jodidamente diplomático esta mañana.
—Ya no es por la mañana, Tom. Pero yo lo haría por usted si pudiese.
—Está bien. Está bien. No quise gritarle. Haga usted los arreglos del ferry.
—El ferry sale a las tres treinta. El conductor le recogerá en su plaza a las
tres, ¿de acuerdo?
—Okay —dijo Christensen—. Vea si puede averiguar más sobre todo esto, y si tiene
algo vuelva a llamarme dentro de una hora con la información, ¿quiere?
Dio de comer a los gatos, regó, se afeitó, tomó un par de píldoras, y se preparó
un poco de café. A las dos y media llamaron del ministerio. Nadie tenía idea de
lo que podría querer el embajador. Las relaciones entre San Francisco y la
República de Monterey eran ahora simplemente cordiales. La señorita Sawyer vivió
en Pacific Grove y era miembro del Senado de Monterey; eso era todo que sabían
de ella. Poca información, pensó Christensen.
Fue a la planta baja para esperar a su chófer. Era un día de finales de otoño,
luminoso, claro y fresco. Las lluvias no habían empezado todavía, y las calles
se veían polvorientas. El ministro de exteriores vivía en Frederick Street, a
las afueras de Cole, en una vieja casa victoriana blanca, con un pequeño porche
delantero. Se sentó en los escalones; se sentía completamente despierto pero
hosco; unos minutos antes de las tres llegó jadeando su automóvil, un venerable
Chevrolet gris con las armas de San Francisco imperial en sus puertas. El
conductor era Vietnamita, o quizá tailandés. Christensen entró sin una palabra,
y el exterior pasó a velocidad imperial por las calles casi vacías, bajando a
Haight, hacia el este durante algún tiempo, después hacia Oak, a Van Ness, más
allá del palacio, donde en este momento el Emperador Norton VII probablemente
estaba tomando su siesta imperial, y a lo largo de Post y después Market hasta
la rampa del ferry.
El tocón del Puente de la Bahía brilló mágicamente contra el cielo azul claro.
Un crucero de poca potencia estaba esperándole. Christensen se mantuvo en
silencio durante todo el lento, torpe viaje. Un viento frío cruzó a través de
Golden Gate y le hizo acurrucarse sobre sí mismo. Miró fijamente hacia las
bajas, redondeadas colinas de East Bay, secas y tostadas por un largo verano de
sequía, y pensó en las permutaciones del destino, que habían transformado a un
arquitecto aceptable en el escasamente competente ministro de exteriores de esta
escasamente competente pequeña nación. El Imperio de San Francisco, tal como
había dicho uno de los primeros emperadores, es el único país en la historia que
era decadente desde el día que se fundó.
En el puerto deportivo de Berkeley, Christensen le dijo al patrón del ferry:
—No sé a qué hora estaré de vuelta. Así que no tiene sentido esperar.
Telefonearé cuando esté a punto de salir.
Otro automóvil imperial le condujo por la ladera donde se extendía el esplendor
decimonónico del Hotel Claremont, el inmenso, anticuado superviviente de todos
los cataclismos. Ahora parecía andrajoso, el terreno una selva, con hiedra casi
hasta las copas de las palmeras, y aún a pesar de eso encajando con la idea de
un palacio, con centenares de habitaciones y las magníficas salas de
convenciones. Christensen se preguntó cuán a menudo acogería invitados. No había
demasiado turismo estos días.
En la plaza de aparcamiento al exterior de la entrada había un solo automóvil,
uno blanco y negro de la Patrulla de Carreteras de California que había sido
decorado con la insignia de la República de Monterrey, un ciprés retorcido y una
nutria marina. Un conductor uniformado se apoyaba contra él, con aspecto
aburrido.
—Soy Christensen —le dijo al hombre.
—¿Es el ministro de exteriores?
—No soy el Emperador Norton.
—Vamos. Ella está esperando en el bar.
La señorita Sawyer se puso de pie cuando él entró; una mujer delgada, de
cabellos oscuros, aproximadamente treinta años, fríos ojos verdes; y él le lanzó
una rápida, profesionalmente cordial sonrisa, que ella devolvió de modo
igualmente profesional. Él no se sentía cordial en absoluto.
—Senador Sawyer —dijo—. Soy Tom Christensen.
—Encantada de conocerle —ella giró e hizo un gesto hacia la gran ventana
decorada que corría a lo largo del bar—. Acabo de llegar. Estaba admirando la
vista. Hacía años que no había estado en el Área de la Bahía.
Él asintió. Desde el salón de cóctel podían verse las laderas de Berkeley, la
bahía, los puentes ruinosos, la todavía imponente silueta de San Francisco. Muy
lindo. Ellos tomaron sienta junto a la ventana, y él llamó a un camarero que les
trajo bebidas.
—¿Qué tal su paseo hasta aquí? — preguntó Christensen.
—Ningún problema. Nos detuvieron por exceso de velocidad en San José, pero logré
salir. Ellos podían ver que era un automóvil oficial, pero aún así nos
detuvieron.
—Jodidos bastardos... Les encanta hacerse los importantes.
—Las cosas no han ido bien entre Monterey y San José en todo el año. Ellos están
buscando problemas.
—No lo había oído —dijo Christensen.
—Creemos que quieren anexionarse Santa Cruz. Naturalmente nosotros no podemos
permitirlo. Santa Cruz es nuestro parachoques.
Él preguntó agudamente.
—¿Para eso ha venido usted hasta aquí, para pedir nuestra ayuda contra San José?

Ella le miró sorprendida.
—¿Tiene usted prisa, Sr. Christensen?
—No especialmente.
—Parece muy impaciente. Todavía estamos manteniendo una conversación preliminar,
tomando una copa, dos diplomáticos jugando el juego diplomático. ¿No es así?
—¿Y bien?
—Yo estaba contándole lo que me pasó en la zona norte. En contestación a su
pregunta. Después estaba informándole sobre la evolución política actual. No
esperaba que usted me sacara una instantánea. Me gusta eso.
—¿Le saqué una foto?
—Ciertamente parecía estar fotografiándome —dijo ella, con cierta molestia.
Christensen dio un profundo trago de su bourbon con agua y le echó una mirada
larga, firme. Ella mantuvo su mirada imperturbablemente. Parecía serena,
divertida, y muy, muy dura. Tras un cierto tiempo, cuando un poco de la roja
niebla de furia irracional y fatiga se había aclarado de su mente, dijo
suavemente:
—He dormido aproximadamente cuatro horas anoche, y no esperaba a un enviado de
Monterrey hoy. Estoy cansado y nervioso, y si he parecido impaciente o rudo o
mordaz, lo siento.
—Está bien. Lo entiendo.
—Otro bourbon o dos y me desenvolveré adecuadamente —sostuvo su vaso vacío hacia
el mozo que revoloteaba por allí— ¿Un recambio para usted, también? —le
preguntó.
—Sí. Por favor —en un tono formal ella dijo— ¿Se encuentra bien el Emperador?
—No está mal. No ha estado realmente bien desde hace un par de años, pero se va
manteniendo. ¿Y el Presidente Morgan?
—Bien —respondió ella—. Cazando jabalí salvaje en el Gran Sur esta semana.
—Debe llevar una buena vida, el Presidente de Monterrey. Siempre me ha gustado
Monterey. Mucho más tranquilo, y más limpio y razonable allí abajo que en San
Francisco.
—Demasiado tranquilo a veces. Yo envidio la emoción de aquí.
—Sí, por supuesto. Los raptos, los asaltos, los incendios provocados, los
tumultos, las guerras raciales, el...
—Por favor —dijo ella dulcemente.
Él comprendió que había empezado a enfurecerse. Sentía un latido detrás de sus
ojos. Luchó por recuperar el control.
—¿Alcé demasiado la voz?
—Debe de estar usted muy cansado. Mire, podemos conferenciar por la mañana, si
lo prefiere. Esto no es tan urgente. Suponga que cenamos y no hablamos de
política en absoluto, y consigue habitaciones aquí, y mañana después del
desayuno podemos...
—No —dijo Christensen —. Tengo los nervios un poco rotos, eso es todo. Pero
intentaré ser más cortés. Y preferiría no esperar hasta mañana para averiguar
qué sucede Supongamos que usted me da ahora un resumen y, si parece demasiado
complicado, lo consultaré con la almohada y podemos discutirlo mañana en
detalle. ¿Sí?
—Bien —ella dejó su bebida y permaneció sentada, como si ordenara sus
pensamientos. Al cabo de un rato dijo—: La República de Monterrey mantiene
estrechos lazos con el Estado Libre de Mendocino. Yo entiendo que Mendocino y el
Imperio rompieron relaciones hace poco.
—Una disputa de pesca, nada grave.
—Pero usted no tiene ningún contacto directo ahora mismo con ellos. Por
consiguiente esto debe ser nuevo para usted. La nación de Mendocino ha conocido,
y ha comunicado a nuestro representante allí, que es inminente una invasión de
San Francisco.
Christensen parpadeó dos veces.
—¿Por quien?
—El Reino de Wicca —dijo ella.
—¿Volando desde Oregón en sus palos de escoba?
—Por favor. Yo estoy siendo seria.
—A menos que las cosas hayan cambiado allí —dijo Christensen—, el Reino de Wicca
es no violento, como todos los estados neopaganos. Hasta donde yo sé, ellos
cuidan sus granjas y practican sus pequeños rituales paganos y hacen un montón
de danzas alrededor del Maypole, cantando y retorciéndose. ¿Espera usted que yo
crea que un manojo de mansas, de brujas bobas, están a punto de hacer la guerra
contra el Imperio?
Ella dijo:
—La guerra no. Una invasión.
—Explíquese.
—Uno de sus sumos sacerdotes ha proclamado San Francisco un lugar santo y les ha
ordenado bajar aquí y construir un Stonehenge en el Parque Golden Gate a tiempo
para la celebración propia del solsticio del invierno... hay por lo menos un
cuarto de un millón de neopaganos en el Valle Willamette, y más de la mitad de
ellos esperan tomar parte. Según nuestro hombre de Mendocino, la migración ha
empezado ya y miles de Wiccans se extienden ahora mismo entre la Montaña Shasta
y Ukiah. El solsticio está a sólo siete semanas. Los Wiccans pueden ser dóciles,
pero usted va tener ciento cincuenta mil de ellos en San Francisco a finales del
mes, montando sus tiendas por toda la ciudad.
—Santo Dios —murmuró Christensen.
—¿Puede alimentar usted a tantos forasteros? ¿Puede encontrar alojamiento para
ellos? ¿Los recibirán los sanfranciscanos con los brazos abiertos? ¿Piensa usted
que será un festival del amor?
—Será una jodida masacre —dijo Christensen apagadamente.
—Sí. Los brujos pueden ser no violentos, pero conocen técnicas de autodefensa.
Si son atacados, correrán ríos de sangre, y no toda va a ser sangre Wiccan.
La cabeza de Christensen estaba aporreando de nuevo. Ella tenía razón: caos,
lucha, derramamiento de sangre. Y una feliz Navidad para todos. Frotó su frente
dolorida, dio la espalda a la mujer, y miró fijamente afuera, hacia el creciente
crepúsculo y las luces chispeantes de la ciudad, al otro lado de la bahía. Una
triste, amarga depresión estaba apoderándose de su espíritu. Hizo una seña para
pedir otra ronda de bebidas. Después dijo lentamente:
—No podemos permitirles entrar en la ciudad. Tendremos que cerrar la frontera
imperial y retenerlos antes de que consigan llegar a Santa Rosa. Permitirles
construir su maldito Stonehenge en Sacramento si les gusta —sus ojos vacilaron.
Empezó a reunir ideas—. El Imperio podría tener tropas suficientes para contener
a los Wiccans por sí mismo, pero pienso que esto se manejaría mejor como un
problema regional. Nosotros convocaremos las fuerzas de nuestros aliados, como
Petaluma, Napa y Palo Alto. No creo que podamos esperar mucha ayuda del Estado
Libre o de San José. Y por supuesto Monterey no es en absoluto un poder militar,
pero a pesar de eso...
—Nosotros estamos dispuestos a ayudar —dijo la señorita Sawyer.
—¿Hasta qué punto?
—Actualmente no estamos muy preparados para la guerra, pero tenemos acceso a
nuestras propias alianzas desde Salinas abajo hasta Paso Robles, y podríamos
reunir, digamos, cinco mil hombres en total. ¿Sería una ayuda?
—Sería una ayuda —dijo Christensen.
—No debería ser necesario para librar ningún combate. Con la frontera imperial
sellada y las tropas apostadas a lo largo de la línea desde Guerneville a
Sacramento, los Wiccans no forzarán el problema. Revisarán su revelación y
celebrarán el solsticio en alguna otra parte.
—Sí —dijo él—. Pienso que usted tiene razón —se inclinó hacia ella y preguntó—
¿por qué desea ayudarnos Monterrey?
—Nosotros nos estamos preparando para nuestro propio problema... con San José.
Si ven que hacemos un gesto visible de solidaridad con el Imperio, eso podría
disuadir a San José de seguir adelante con su idea de anexionarse Santa Cruz.
Eso equivale a a un acto de guerra contra nosotros. Seguramente San José no está
interesado en efectuar ningún movimiento que arroje al Imperio sobre su espalda.

Ella no era sutil, pero era eficaz. Quid pro quo, nosotros le ayudamos a dejar
fuera a las brujas, usted nos ayuda a mantener a San Jose en su sitio, y todo
queda perfecto sin disparar un solo tiro. Estas jodidamente pequeñas naciones,
pensó, estas absurdas soberanías de poca monta, con sus guerras y alianzas y
confederaciones cambiantes. Era como un juego, como política de patio de recreo.
Sólo que era real. Lo que se había caído en pedazos no iba a volver a reunirse,
no por largo tiempo, y esta Weltpolitik miniaturizada era la única realidad que
había ahora. Por lo menos las cosas eran más sensatas en California del norte de
lo que pasaba abajo en el sur, donde Los Angeles estaba engulléndolo todo y
había rumores de que Pasadena tenía la Bomba. Nadie tenía que vérselas con eso
aquí.
Christensen dijo:
—Tendré que proponer todo esto al Ministerio de Defensa, por supuesto. Y
conseguir la aprobación del Emperador. Pero básicamente estoy de acuerdo con su
reflexión.
—Estoy tan contenta...
—Y yo me alegro mucho de que usted se haya tomado la molestia de viajar desde
Monterrey para aclararnos estos asuntos.
—Ha sido simplemente un caso de ilustración en interés mutuo —dijo la señorita
Sawyer.
—Mmm. Sí.
Él se encontró estudiando los planos afilados de sus pómulos, el arco delicado
de sus cejas. Ella no era sólo fría y competente, pensó Christensen, sino que
ahora que la parte comercial de su reunión había terminado, estaba empezando a
advertir que era una mujer muy atractiva, y que él no estaba tan cansado como
había pensado que estaba. ¿Dejaría sitio la política internacional para unas
pequeñas "relaciones" de recreo? Metternich no se había metido en la cama con
Talleyrand, ni Kissinger con Indira Gandhi, pero los tiempos habían cambiado,
después de todo, y... no. No. Estranguló todo esos pensamientos. En estos días
andrajosos podían ser todos como niños que juegan a ser adultos, pero no
obstante la política internacional todavía tenía su código, y ésta era una
reunión de diplomáticos, no una cita a ciegas o un encuentro en un bar de
solteros. Esta noche dormirás en tu propia cama, se dijo, y dormirás solo.
Al mismo tiempo comentó:
—Ya pasan de las seis. ¿Cenamos juntos antes de que regrese a la ciudad?
—Me encantaría.
—No conozco muy bien los restaurantes de Berkeley. Tal vez sea mejor que comamos
aquí directamente.
—Creo que es lo mejor —dijo ella.
Ellos eran los únicos ocupantes del enorme comedor del hotel. Tres personas les
atendieron como si ellos fueran las personas más importantes que nunca hubieran
cenado allí. Y la cena resultó ser bastante decente, pensó él: calamar y oreja
de mar y lenguado rebozado y tiburón trinchado asado a la parrilla, todo ello
regado con una deslumbrante botella de Chardonnay. Aunque el mundo se acabara,
aún era posible comer muy bien en el Área de la Bahía, y el colapso de la
sociedad no sólo había reducido muy rápidamente la polución marítima sino que
además había permitido disponer prontamente del marisco de la zona para el
consumo local. No había mucho comercio de exportación posible con once fronteras
nacionales fuertemente protegidas y once sistemas de aduanas entre San Francisco
y Los Angeles.
La conversación durante la cena era cháchara diplomática ligera, relajada,
chismes sobre los acontecimientos en territorios remotos, informes sobre el
principado Vudú, extendiéndose fuera de Nueva Orleans, y sobre las conquistas de
los Sioux en Wyoming y la Guerra de Prohibición que se libraba en lo que había
sido Kentucky. Había un rebaño de bisontes de nuevo en las Grandes Llanuras,
dijo ella, cerca de un millón de cabezas. Él le contó lo que había oído decir
sobre el Pueblo del Suicidio que gobernaban entre San Diego y Tijuana, y sobre
el Rey Barnum & Bailey III, quién gobernaba el norte de Florida con la ayuda de
una corte de monstruos de circo. Ella sonrió y dijo:
—¿Cómo pueden distinguir a los monstruos de la gente ordinaria? El mundo entero
es un circo ahora, ¿no cree?
Él movió la cabeza y replicó:
—No, un zoo —y llamó al camarero pidiendo más vino. Él no le preguntó por los
asuntos internos de Monterrey, y ella se apartó diplomáticamente de los
problemas domésticos del Imperio de San Francisco. Él se sentía a gusto,
flotante, un poco bebido, más que un poco borracho; tener que contestar ahora
preguntas sobre la pequeña rebelión que se había suprimido en Sausalito o el
asunto secesionista en Walnut Creek supondría un bajón, y era malo para la
digestión.
Hacia las ocho y media, dijo:
—No tendrá que volver a Monterrey esta noche, ¿no?
—¡Dios, no! Es un paseo de cinco horas, suponiendo que no haya más problemas con
la Patrulla de Carreteras de San José. Y la carretera es tan mala al sur de
Watsonville que sólo un loco conduciría por la noche. Me quedaré aquí en el
Claremont.
—Bien. Permítame ponerlo en la cuenta imperial.
—Eso no es necesario. Nosotros...
—El hotel siempre se alegra de servir al gobierno y sus invitados.
La señorita Sawyer se encogió de hombros.
—Muy bien. Nosotros le corresponderemos cuando usted venga a Monterrey.
—Bueno.
Y entonces su comportamiento cambió repentinamente. Ella se removió en su
asiento y manoseó y jugueteó con la vajilla de plata, pareciendo torpe e
incómoda. Algún nuevo y gran asunto estaba obviamente a punto de ser
introducido, y Christensen supuso que iba a pedirle que pasara la noche con
ella. En una fracción de segundo recorrió todas las posibles ventajas e
inconvenientes de ello, y el resultado fue positivo; ya tenía su respuesta
preparada cuando ella dijo:
—Tom, ¿puedo pedirle un gran favor?
Aquello rompió completamente sus cálculos. Lo que fuera que iba a seguir, no era
ciertamente lo que él estaba esperando.
—Haré lo posible.
—Quiero una audiencia con el Emperador.
—¿Qué?
—No en asunto oficial. Yo sé que el Emperador sólo habla de negocios con sus
ministros y consejeros privados. Pero yo quiero verle, eso es todo —el color
volvió a sus mejillas—. ¿No suena absurdo? Pero es algo con lo que siempre he
soñado, una especie de fantasía infantil. Estar en San Francisco, aparecer en el
salón del trono imperial, besar su anillo, toda la pompa y circunstancia. Lo
deseo, Tom. Simplemente estar allí, verlo. ¿Crees que podrías conseguirlo?
Él estaba pasmado. La fachada de fría y dura competencia había caído lejos de
ella, revelando un absurdo imposible de anticipar. No supo qué contestar.
Ella dijo:
—Monterrey es como un cuartucho. Es apenas un pueblo. Nosotros nos llamamos una
república, pero no tenemos mucho de nada. Y yo me llamo a mí misma senador y
diplomático, pero nunca he estado realmente en ninguna parte. En San Francisco
dos o tres veces cuando era una cría, en San José alguna vez más. Mi madre
estuvo una vez en Los Angeles, pero yo no he estado en ningún sitio. Y regresar
a casa diciendo que he visto al Emperador... —-sus ojos chispearon— Te pilla
completamente desprevenido, ¿no es así? Pensaste que yo era todo hielo y
microprocesadores, y en cambio soy sólo una palurda, ¿verdad? Pero está siendo
muy amable. Ni siquiera se está riendo de mí. ¿Me conseguirá una audiencia con
el Emperador para mañana?
—Pensaba que tenía miedo de entrar en San Francisco.
Ella parecía desconcertada.
—Eso era sólo una táctica. Para hacerle venir aquí, para hacerle tomarme en
serio y ponerle en cierta desventaja. Argucias diplomáticas. Lo lamento. Los
rumores decían que era despreciable, que había que reunirse con usted sobre una
posición de fuerza o el trato sería imposible. Pero no es así, en absoluto. Tom,
yo quiero ver al Emperador. Él concede audiencias, ¿no?
—Es una manera de hablar. Supongo que podría hacerse.
—Oh, ¿lo haría? ¿Mañana?
—¿Por qué espera a mañana?
—¿Está siendo sarcástico?
—Nada de eso —dijo Christensen—. Esto es San Francisco. El Emperador sigue
horarios extraños exactamente igual que el resto de nosotros. Telefonearé y veré
si podemos ser recibidos —vaciló—. Temo que no será lo que estás esperando.
—¿Qué quiere decir? ¿En qué sentido?
—La pompa, la circunstancia. Va a decepcionarle. Tal vez fuera mejor no
encontrarse con él, realmente. Será un golpe para su fantasía de majestad
imperial. En serio, le obtendré una audiencia si insiste, pero no creo que sea
una gran idea.
—¿Puede ser más específico?
—No.
—Aún quiero verlo. Me da igual.
Él abandonó el comedor y, con recelos, empezó a arreglarlo. El sistema de
teléfonos estaba funcionando perezosamente esa tarde, y le llevó quince minutos
preparar el asunto por completo, pero no hubo ningún obstáculo serio. Regresó y
dijo:
—El ferry nos recogerá en el puerto deportivo en aproximadamente una hora. Habrá
un coche esperando en la margen de San Francisco. El Emperador estará disponible
para verla alrededor de medianoche. Ya le digo que no va a disfrutar esto. El
Emperador es viejo, y está enfermo; no es una persona muy interesante con quien
encontrarse.
—Es lo mismo —dijo ella—. Lo único que buscaba, cuando me ofrecí voluntaria para
ser el enviado, era una audiencia imperial. Por favor, no me desanime.
—Como quiera. ¿Tomamos otro trago?
—¿Qué tal esto? —ella sacó una tabaquera esmaltada—. Lo mejor del Condado de
Humboldt. Regalo del Estado Libre.
Él sonrió, asintió y tomó el porro que ella le ofrecía. Estaba elegantemente
elaborado, con fino papel de arroz, monograma de oro, capucha de ignición,
incluso un filtro. Todo lo demás ha decaído, pensó, pero la tecnología de la
marihuana está en su punto más alto en la historia. Dio un golpecito al
casquete, una profunda calada y se lo pasó a ella. El efecto era instantáneo, un
nuevo colocón a través del mareo de bourbon y vino y coñac ya en su cerebro,
aclarándolo, expandiendo su fláccida y encorvada alma. Cuando terminaron con
aquello, flotaron fuera del hotel. Sus conductores todavía estaban esperando en
el parque de estacionamiento. Christensen despidió al suyo, y ambos ocuparon el
coche de la República de Monterrey para descender las cuestas de Berkeley hasta
el puerto deportivo. El barco de San Francisco se retrasó. Permanecieron
temblorosos durante veinte minutos en la rampa del ferry, las brillantes luces
de la lejana ciudad rodeándolos fríamente. Ninguno de ellos iba vestido para el
frío de la noche, y él estuvo tentado de acercarse a ella y agarrarla en sus
brazos, pero no lo hizo. Había un límite que él todavía no deseaba cruzar.
Infierno, pensó, no conozco ni su nombre de pila.
Eran casi las once cuando alcanzaron San Francisco.
Un coche oficial estaba esperando en el malecón. El chófer brincó fuera,
saludando, como acelerado; uno de esos ridículos tipos de pequeños servicios
civiles, sin duda enormemente honrado por hacer de taxista para peces gordos a
medianoche. Llevaba el uniforme rojo y oro de los dragones imperiales, un poco
raído en un codo. El automóvil tosió y chisporroteó y renuentemente dio tumbos a
través del trayecto, de Market Street a Van Ness y después al norte hacia el
palacio. Los ojos de la señorita Sawyer permanecían muy abiertos, miraba
fijamente los viejos rascacielos a lo largo de Van Ness como si fueran
catedrales.
Cuando llegaron al Centro, ella abrió la boca, obviamente inundada por la
majestuosidad de todo, la mole estrellado del Symphony Hall, el Museo de Arte
Moderno, la gran cúpula del Ayuntamiento, y el propio Palacio Imperial,
imponente, majestuoso, una espléndida construcción de múltiples columnas que
tiempo atrás había sido el Palacio de la Ópera War Memorial. Con la enviada de
la República de Monterrey a su lado, Christensen subió los escalones del palacio
y pasó a través de las puertas centrales hasta la antecámara, donde estaba
congregada una gran mayoría de la jerarquía ministerial y plenipotenciaria del
Imperio.
—Es absolutamente maravilloso —susurró la señorita Sawyer.
Sonriendo cortésmente, inclinándose, saludando con la cabeza, Christensen señaló
a los notables, el ministro de defensa, el ministro de finanzas, el ministro de
asuntos suburbanos, el presidente del Tribunal Supremo, el ministro de
transporte...
Justamente a medianoche hubo un gran floreo de trompetas y la puerta al salón
del trono se abrió. Christensen ofreció su brazo a la Señorita Sawyer; juntos
hicieron el largo recorrido a lo largo del pasillo central y subieron la rampa,
donde el trono imperial, un objeto resplandeciente de diamantes de imitación y
aluminio, relucía brillante bajo los reflectores. La señorita Sawyer estaba
pasmada. Señaló hacia los seis retratos gigantescos suspendidos en lo alto por
encima del estrado y susurró una pregunta; Christensen contestó:
—Los seis primeros emperadores. Y aquí viene el séptimo.
—Oh.
Ella abrió la boca. Pero, ¿era de temor, sorpresa, o asco?
Él portaba su atavío completo: el manto escarlata, la brillante túnica verde con
adornos de armiño, las cadenas de oro. Pero cojo y tambaleante; una torpe,
temblorosa figura, de aspecto gris y débil, apoyada por un lado en Mike Schiff,
el Chambelán Imperial, y por el otro en el Gran Sargento de Armas, Terry
Coleman. Más que apoyándose en ellos, llegaba arrastrado por ellos. Avanzando en
la cola de la procesión dos muchachos lustrosos, hermosos, uno negro y otro
chino, llevando el orbe, el cetro y la imponente corona. Los dedos de la
señorita Sawyer se apretaron en el antebrazo de Christensen, y él oyó retenerse
su respiración cuando el Emperador, en el proceso de ser bajado en su trono,
quedó fláccido y casi se derramó sobre el suelo. De algún modo el Chambelán
Imperial y el Gran Sargento de Armas lograron instalarlo adecuadamente en su
sitio, equilibrando la corona en su cabeza, y atrancando orbe y cetro en sus
manos temblorosas.
—¡Su Majestad Imperial, Norton Séptimo de San Francisco! —pregonó Mike Schiff
con una voz magnífica que retumbó en lo más alto de la galería. El Emperador rió
tontamente.
—Vamos —susurró Christensen y la condujo adelante.
El viejo presentaba un aspecto realmente penoso. Hacía semanas desde que
Christensen lo había visto por última vez, y ahora parecía algo arrastrado desde
la cripta: mandíbula caída, babeante, mirada vacía, absolutamente consumido. La
enviada de Monterrey parecía retirarse, tensa y rígida, repelida, incapaz o
reacia a acercarse más, pero Christensen persistió y la incitó hacia adelante
hasta que ella estuvo a no más de una docena de pasos del trono. Un enfermizo
dulzor, un olor vagamente familiar emanaba del viejo.
—¿Qué hago? —preguntó ella, presa del pánico.
—Cuando yo la presente, avance... reverentemente, si sabe cómo, y toque el orbe.
Después camine hacia atrás. Eso es todo.
Ella asintió.
Christensen dijo:
—Su Majestad, el embajador de la República de Monterrey, Senador Sawyer, desea
presentaros sus respetos.
Temblando, fue hacia él con mirada reverente, tocó el orbe. Cuando retrocedió,
estuvo a punto de caer, pero Christensen avanzó suavemente y la sostuvo. El
Emperador se rió estúpidamente de nuevo, un cacareo chillón, horroroso.
Despacio, cuidadosamente, Christensen guió a la temblorosa señorita Sawyer de
vuelta desde el estrado.
—¿Cuánto tiempo lleva así?
—Dos años, tres, quizá más. Completamente senil. Podría decirse que ya no está
ni domesticado. Lo siento. Ya le dije que tal vez fuera mejor saltarse esto. Yo
lo siento enormemente. Señorita...señorita...¿cuál es su nombre de pila, por
cierto?
—Elaine.
—Salgamos de aquí, Elaine. ¿De acuerdo?
—Sí. Por favor.
Ella estaba temblando. Él la condujo al pasillo lateral. Algunos cortesanos
estaba trepando ahora hacia el estado, uno con una guitarra, otro con palos de
malabarista. La risita imperial agujereó el aire una vez, y otra, y se hizo
raspante y salvaje. La recepción imperial seguiría durante la mitad la noche. El
Emperador Norton VII eran una de las diversiones más populares de San Francisco.

—Ahora ya le conoces —dijo Christensen.
—¿Quién hace la función del Emperador, si el Emperador está loco?
—Nosotros dirigimos. Hacemos nuestro trabajo mejor sin él. Los romanos
dirigieron con Caligula. Norton no es ni la mitad de malo que Caligula. Ni una
décima parte. ¿Se lo contará usted a todo el mundo en Monterey?
—Creo que no. Nosotros creemos en el poder del Imperio y en la grandeza del
Emperador. Mejor no perturbar esa fe.
—Bastante correcto —dijo Chistensen.
Salieron a la noche clara, fría.
Christensen dijo:
—La acompañaré hasta el ferry antes de volver a casa.
—¿Dónde vive?
—En la otra dirección. Cerca del parque Golden Gate.
Ella alzó la vista hacia él y se humedeció los labios.
—Yo no quiero pasear por la bahía en la oscuridad, sola, a esta hora de la
noche. ¿Estaría bien si voy a su casa?
—Pues claro —contestó él.
Ella le dirigió una abierta sonrisa.
—Usted es directo, ¿no es así?
—Efectivamente. La mayoría del tiempo, en cualquier caso.
—Pensé que lo era. Bien.
Subieron al coche.
—Frederick Street —dijo al conductor—, entre Clayton y Cole.
El viaje les llevó veinte minutos. Ninguno de ellos habló. Él sabía en qué iba
pensando: el Emperador senil, goteante y balbuceando bajo los reflectores
luminosos. El poderoso Norton VII, gobernante de todo desde San Rafael a San
Mateo, desde Half Moon Bay a Walnut Creek. Igual que la pompa y circunstancia en
el San Francisco imperial de estos últimos días de la Civilización Occidental.
Christensen despidió al chófer, y subieron. Los gatos tenían hambre de nuevo.
—Es un apartamento encantador —le dijo ella.
—Tres habitaciones, baño, agua corriente caliente y fría. No está mal para un
sencillo ministro de exteriores. Algunos de los chicos tienen suites en Palacio,
pero yo prefiero esto.
Abrió la puerta de la terraza y caminó hacia el exterior. De algún modo, ahora
que estaba casa la noche no era tan fría. Pensó en el Reino de Wicca, lejos de
allí en el verde y feliz Oregón, enviando ciento cincuenta mil afectuosos
neopaganos adoradores de la diosa hasta aquí abajo, para celebrar el
renacimiento del sol. Una molestia, un lío, un dolor de cabeza. Mañana tendría
que convocar una asamblea Ministerial, cuando todo hubiese recuperado la
seriedad, y empezar a mover los engranajes, y probablemente tendría que hacer
viajes a lugares como Petaluma y Palo Alto para asegurar los bordes con todas
las alianzas. Maldición. Pero era su trabajo. Alguien tenía que llevar la carga.

Él deslizó su brazo en torno a la esbelta mujer de Monterrey.
—El pobre Emperador —dijo ella suavemente.
—Sí —asintió él—. El pobre Emperador. Pobres todos.
Él miró hacia el este. Dentro de unas horas el sol estaría surgiendo por encima
de esa colina, sobre el lugar que alguna vez fue los Estados Unidos de América y
ahora era mil, mil locas, fracturadas, fragmentadas entidades. Christensen meneó
la cabeza. El Gran Ducado de Chicago, pensó. La Santa Confederación de Carolina.
Los Tres Reinos de Nueva York. El Imperio de San Francisco. De nada sirve
entristecerse; es demasiado tarde para entristecerse. Juegas la mano que te han
repartido, y haces lo mejor que puedes, y esculpes pequeñas islas de seguridad a
salvo de la noche. Volviéndose hacia ella, dijo:
—Me alegro de que vinieras esta noche conmigo —rozó sus labios ligeramente con
los de ella—. Ven. Vamos dentro.