Robert Sivelberg - El Sexto Palacio



Ben Azai se consideró digno y se detuvo ante el portal del sexto palacio, y vio
el esplendor etéreo de las placas de mármol. Abrió la boca y dijo dos veces:
«¡Agua, agua!». En un abrir y cerrar de ojos fue decapitado y le arrojaron once
mil planchas de hierro. Ésta será una advertencia para todas las generaciones de
que nadie debe errar en el portal del sexto palacio.

Hekaloth el Menor

Estaba el tesoro, y también el guardián del tesoro y los huesos blanquecinos de
los que habían intentado inútilmente apoderarse de él. En cierto modo, hasta los
huesos habían embellecido, tirados allí, a un lado del portal de la cámara del
tesoro, bajo el resplandeciente arco de los cielos. El oro embellecía todas las
cosas que lo rodeaban... incluso los blancos huesos, incluso al severo guardián.

El tesoro estaba en un pequeño mundo que pertenecía a la roja Valzar. En
realidad era sólo un poco más grande que la luna y no tenía una verdadera
atmósfera; era un pequeño mundo muerto y silencioso que giraba por la oscuridad,
a mil millones de kilómetros de una estrella primaria que se estaba enfriando.
Un viajero se detuvo allí una vez. ¿De dónde venía, adónde iba? Nadie lo supo
nunca. Había construido un escondite en aquel lugar y allí estaba, inalterable y
eterno, un increíble tesoro presidido por el hombre metálico sin rostro que
esperaba, con paciencia férrea, el retorno de su amo.

También estaban aquellos que codiciaban el tesoro. Llegaban y eran desafiados
por el guardián y morían.

En otro mundo del sistema de Valzar, unos hombres que no se desanimaban por el
fin de sus predecesores soñaban con el tesoro escondido y planeaban cómo podían
apoderarse de él. Lipescu era uno de ellos: un hombre grande y alto como una
torre, de dorada barba, puños como mazas, broncíneas mandíbulas y una espalda
tan ancha como un árbol de mil años de edad. Bolzano era el otro: tenía el
aspecto de un aguijón, ojos brillantes y dedos rápidos; era esbelto como un
junco y a lado como una navaja. Ninguno de los dos deseaba morir.

La voz de Lipescu era como el rugido de dos islas galácticas a punto de
estrellarse. Se acodó junto a un enorme tarro de buena cerveza oscura y casi
gritó:

-Iré mañana, Bolzano.

-¿Está lista la computadora?

-Programada con todo lo que la bestia puede preguntarme -bramó el grandullón-.
No habrá errores.

-Y si los hay? -preguntó Bolzano, mirando perezosamente los ojos azules,
extrañamente pálidos y humildes del gigante-. ¿Y si el robot te mata?

-Conozco bien a los robots.

Bolzano rió.

-Esa planicie está llena de huesos, amigo. Los tuyos se reunirán con los demás.
Serán unos huesoss grandes y voluminosos. Me parece que ya los puedo ver.

-Eres muy alegre, amigo.

-Soy realista.

Lipescu meció la cabeza pesadamente.

-Si fueras realista no estarías conmigo en esto -dijo con lentitud-. Sólo un
soñador haría algo así

Una de sus gruesas zarpas se desplazó por el aire, se lanzó hacia abajo y atrapó
el antebrazo de Bolzano. El hombrecito hizo una mueca de dolor cuando sus huesos
crujieron.

-¿No retrocederás? En caso de que yo muera, ¿lo intentarás?

-Claro que sí, tonto.

-¿Te atreverás? Eres un cobarde, como todos los hombres pequeños. Me verás morir
y saldrás corriendo rápidamente hacia otro confín del universo. ¿No es así?

-Me propongo aprovechar tus errores –afirmó Bolzano con voz clara y chillona-.
Suelta mi brazo.

Lipescu aflojó la mano. El hombrecito se hundió en el sillón, sobándose el
brazo. Bebió un trago de cerveza. Sonrió a su compañero y levantó el tarro.

Por el éxito -brindó Bolzano.

-Sí. Por el tesoro.

- por una larga vida posterior.

-Por nosotros dos -rugió el gigante.

-Quizá -murmuró Bolzano-. Quizá.


Tenía sus dudas. Ferd Bolzano sabía que el gigante era astuto y ésa era una
buena combinación que no se encontraba con frecuencia: astucia y tamaño. pero
los riesgos eran grandes. Bolzano se preguntaba qué era preferible: que Lipescu
obtuviera el tesoro en su intento, asegurando a Bolzano una participación sin
exponerse, o que Lipescu muriera, obligándolo a arriesgar su vida. ¿Qué era
mejor, un tercio del tesoro, sin peligros, o la totalidad, jugándose el todo por
el todo?

Bolzano era un deportista lo bastante bueno como para conocer la respuesta. Pero
había algo más que cobardía en él; en cierto modo, deseaba tener la posibilidad
de poner en peligro su vida en el mundo anaerobio del tesoro.

Lipescu seria el primero en intentarlo. Éste era el trato. Bolzano había robado
la computadora y se la había entregado al gigante; Lipescu haría el primer
intento. Si ganaba el premio, la parte mayor sería suya. Si perecía, Bolzano
tendría su oportunidad. Era una asociación extraña, con cláusulas más extrañas,
pero Lipescu se negó a cualquier otra solución y Ferd Bolzano no discutió con su
inmenso companero. Lipescu volvería con el tesoro, o no volvería. Ambos estaban
seguros de que no había una solución intermedia.

Bolzano pasó una noche intranquila, Su apartamento, en una elegante torre de un
edificio con vistas al brillante lago Eris, era un lugar cómodo y no deseaba
abandonarlo. Lipescu prefería vivir en los apestosos suburbios ubicados detrás
de la costa de1 lago, y cuando los dos hombres se separaron por la noche, se
alejaron en direcciones opuestas. Bolzano consideró la posibilidad de invitar a
una mujer a pasar la noche con él, pero no lo hizo. En cambio, se sentó,
inquieto e insomne, ante la pantalla del televector, pendiente de la procesión
de mundos, observando los planetas ocres, verdes y dorados que navegaban por el
vacío.

Hacia el amanecer proyectó la cinta del tesoro. Octave Merlín había grabado esa
cinta mientras estaba en órbita a cien kilómetros de altura sobre el extraño
mundo sin aire. Ahora, los huesos de Merlin se decoloraban sobre la planicie,
pero la cinta había vueIto a casa y las copias de contrabando se pagaban muy
caras en el mercado negro. El agudo ojo de su cámara había captado mucho.

Estaba el portal; estaba el guardián. Brillante, espléndido, sin edad definida.
El robot medía tres metros de altura; era una mole cuadrada, negra voluminosa,
vagamente antropomorfa, coronada por una pequeña cúpula que hacía las veces de
cabeza, elegante e inexpresiva. Detrás estaba el portal, abierto pero imposible
de franquear. Y más atrás, el tesoro, escogido entre la artesanía de mil
mundos, abandonado allí no se sabía cuándo ni por quién.

No había joyas. Ni aburridos trozos de los así llamados metales preciosos. Las
riquezas del tesoro no eran intrínsecas; ningún vándalo pensaría en fundir el
tesoro para vaciarlo en burdos lingotes. Allí había esculturas de filigrana de
hierro que parecían moverse y respirar. Placas grabadas del más puro plomo que
nublaban la mente y el corazón. Sutiles tallas de granito que provenían de los
talleres de un mundo gélido, situado a medio

parsec de ninguna parte. Una variedad de ópalos que ardían con una luz interior
y formaban artísticas curvas luminiscentes. Una hélice de madera con los colores
del arco iris. Una serie de tiras óseas de

algún animal, plegadas y biseladas de manera que el dibujo se volvía borroso y
quizá lindaba con un continuum de otra dimensión. Conchas hábilmente esculpidas,
una dentro de la otra, que disminuían hasta el infinito. Hojas bruñidas de
árboles sin nombre. Guijarros pulidos de playas desconocidas. Un despliegue de
maravillas que provocaban el vértigo y cubrían alrededor de cincuenta metros
cuadrados, desparramadas más allá del portal en asombrosa profusión.

Hombres rudos e ignorantes de los principios

de la estética habían sacrificado sus vidas por el tesoro. No hacía falta ser
muy refinado para apreciar su valor, para saber que coleccionistas de todas las
galaxias lucharian hasta la muerte por una pieza. Las barras de oro no formaban
un tesoro. Pero... ¿estas cosas? Eran imposibles de reproducir, no tenían
precio.

Bolzano ya estaba empapado por la fiebre del deseo antes de que la cinta llegara
a su fin. Cuando terminó, se derrumbó en su butaca, sintiéndose vacío.

Amaneció. Luces plateadas cayeron del cielo. El sol rojo salpicó el horizonte.
Bolzano se permitió el lujo de una hora de sueño.

Y luego llegó la hora de comenzar...

Como medida preventiva dejaron la nave estacionada en una órbita alejada cinco
kilómetros del mundo sin aire. Los informes antiguos no eran muy fiables y no
había forma de saber a qué altura llegaba el poder del robot guardián. Si
Lipescu tenía éxito, Bolzano podría descender y recogerlos... a él y al oro. Si
Lipescu fracasaba, Bolzano aterrizaría y probaría suerte.

El gigante parecía aún más grande metido en traje espacial y en la cápsula de1
aterrizaje. Llevaba la computadora en su pecho macizo; un cerebro extra,
fabricado con tanta amorosa delicadeza como cualquiera de las piezas del tesoro.
El guardián formularía preguntas, la computadora le ayudaría a responder. Y
Bolzano estaría escuchando. Si Lipescu se equivocaba, quizá su compañero pudiera
beneficiarse conociendo el error y, de este modo, tener éxito .Su oportunidad.

-¿Me oyes? -preguntó Lipescu.

-Perfectamente. Sigue. ¡Adelante!

-¿Por qué tanta prisa? ¿Estás ansioso de ver como me mata?

-¿Tan poca confianza tienes? -preguntó Bolzano-. ¿Quieres que yo vaya primero?

-Tonto -murmuró Lipescu-. Escucha con atención. Si muero, no quiero que sea en
vano.

-¿Qué te importaría eso?

La voluminosa figura giró sobre sí misma. BoIzano no podía ver la cara de su
socio, aunque sabía que Lipescu estaba frunciendo el ceño. El gigante retumbó:

-La vida, ¿es tan valiosa? ¿No vale la pena correr un riesgo?

---¿En beneficio mío?

-No en el mío -replicó Lipescu-. Volveré. -Entonces, ve. El robot te espera.

Lipescu se dirigió a la escotilla. Un momento después la había atravesado y se
deslizaba hacia abajo; era una nave espacial unipersonal, con reactores, debajo
de los pies. Bolzano se apostó para vigilar junto a la pantalla de observación.
Un televector enfocó a Lipescu justo en el momento en que aterrizaba envuelto en
un resplandor ígneo. El tesoro y su guardián estaban a poco más de un kilómetro
de distancia. Lipescu se liberó de la cápsula y se dirigió a grandes zancadas
hacia el guardián que esperaba.

Bolzano vigilaba.

Bolzano escuchaba.

La pantalla del televector era de alta resolución. Resultaba muy útil para los
fines de Bolzano y para la vanidad de Lipescu, ya que el gigante quería que cada
momento quedara inmortalizado para la posteridad. Era interesante ver a Lipescu
convertido en un enano junto al guardián. El negro robot sin rostro, acuclillado
e inmóvil, medía un metro más que el hombretón.

Lipescu ordenó:

-Apártate.

La réplica del robot tuvo. un matiz sorprendentemente humano, aunque carecía de
cualquier tono distintivo:

-Lo que guardo no debe ser tocado.

-Yo tengo derecho a tomarlo -afirmó entonces Lipescu.

-Otros dijeron lo mismo, pero su derecho no era auténtico. El tuyo tampoco. No
me quitaré.

-Ponme a prueba -pidió Lipescu-. Juzga si tengo derecho o no!

-Solamente mi amo puede pasar.

-¿Quién es tu amo? ¡Yo soy tu amol

-Mi amo es el único que manda en mí. Y nadie puede gobernarme si demuestra
ignorancia en mi presencia.

-Entonces, ponme a prueba -exigió Lipescu.,

-El fracaso es castigado con la muerte.

-Ponme a prueba.

-El tesoro no te pertenece.

-Ponme a prueba y hazte a un lado.

-Tus huesos se reunirán con los demás.

-Ponme a prueba -volvió a pedir Lipescu.

Y vigilando desde lo alto, Bolzano se puso tenso. Su cuerpo delgado pareció
replegarse sobre sí mismo como el de una araña congelada. Ahora, cualquier  cosa
podía ocurrir. El robot podría proponer enigmas, como lo hubiese hecho la
esfinge a la que Edipo hubo de enfrentarse.

Podía exigir la demostración de teoremas matemáticos. Podía demandar la
traducción de palabras extrañas. Eso era lo que suponían, después de saber lo
que había hecho fracasar a otros hombres. Y, aparentemente, una respuesta
equivocada significaba la muerte instantánea.

Lipescu y él habían saqueado las bibliotecas del mundo. Habían compactado todo
el conocimiento --o eso creían ellos- en su computadora. Les había llevado
meses, aun con un programa múltiple. ,-El pequeño y brillante globo metálico
situado sobre el pecho de Lipescu contenía una infinidad de respuestas a una
sinfín de preguntas.

Abajo se produjo un largo silencio, mientras el hombre y el robot se analizaban
mutuamente. Luego el guardián solicitó:

-Define latitud.

-¿Quieres decir la latitud geográfica? -preguntó Lipescu.

Bolzano se quedó helado de miedo. El muy idiota, ¡pidiendo una aclaración!
¡Moriría incluso antes de empezar!

-Define latitud -repitió el robot.

La voz de Lipescu sonaba tranquila.

-La distancia angular de un punto de la superficie de un planeta al Ecuador,
medida desde el centro del planeta.

-¿Cuál es más consonante -preguntó el robot-, la tercera menor o la sexta mayor?

-La tercera menor -contestó Lípescu.

Sin detenerse, el robot lanzó otra pregunta:

-Nombra los números primos entre 5.237 y 7.641.

Bolzano sonrió cuando Lipescu respondió sin esfuerzo. Por el momento, todo
marchaba bien. El robot se limitaba a problemas concretos, preguntas para
estudiantes que no podían comprometer a Lipescu. Y después de su vacilación
inicial y su argucia con la latitud, Lipescu parecía sentirse más seguro a cada
momento. Bolzano bizqueó mirando la pantalla, mirando más allá del robot, por el
portal abierto, hacia donde estaban los tesoros apilados en desorden. Se
preguntó cuáles le corresponderían cuando Lipescu y él los repartieran, dos
tercios para Lipescu, un tercio para él.

-Nombra a los siete poetas trágicos de Elifora -pidió el robot.

-Domiphar, Halionis, Slegg, Hork-Sekan...

-Los catorce signos del Zodiaco, como se ven desde Morneez -exigió el robot.

-Los Dientes, las Serpientes, las Hojas, la Cascada, el Borrón...

-¿Qué es un pedúnculo?

-El tallo de una flor individual en una inflorescencia.

-¿Cuántos años duró el sitio de Larrina?

-Ocho.

-¿Qué gritó la flor en el tercer canto de Vehículos de Somner?

-Sufro, sollozo, gimo, muero» -respondió Lipescu con voz sonora.

-¿Cuál es la diferencia entre el estambre y el pistilo?

-El estambre es el órgano productor de polen de la flor; el pistilo...

Y así siguieron. Una pregunta tras otra. El robot no se dio por satisfecho con
las tres preguntas legendarias de la mitología; inquirió una docena de cosas y
luego siguió preguntando. Lipescu contestó perfectamente, ayudado por el susurro
del inigualable compendio de conocimientos que llevaba sobre 1 pecho. Bolzano
llevaba la cuenta cuidadosamente; 1 gigante había respondido bien diecisiete
enigmas. ¿Cuándo se rendiría el robot? ¿Cuándo daría por terminado su torvo
cuestionario y se haría a un lado?

Hizo la pregunta número dieciocho, patéticamente sencilla. Sólo quería una
exposición del teorema de Pitágoras. Lipescu ni siquiera consultó la computadora
para eso. Respondió breve, concisa, acertadamente. Bolzano se enorgulleció de su
enorme socio.

Y entonces el robot mató a Lipescu.

Sucedió en un abrir y cerrar de ojos. La voz de Lipescu había callado y estaba
allí, presta para la siguiente pregunta, pero ésta nunca llegó. En cambio, una
compuerta del vientre curvo del robot se abrió y un objeto reluciente y sinuoso
salió con un chasquido, desenrollándose a lo largo de los tres metros que
mediaban entre el guardián y el retador, y partió en dos a Lipescu. La brillante
arma se deslizó hacia atrás, ocultándose. El tronco de Lipescu cayó entonces
hacia un lado. Sus piernas macizas permanecieron absurdamente plantadas por un
momento; luego se doblaron, una pierna enfundada en el traje espacial se
contrajo una vez y todo quedó en absoluto silencio.

Atontado, Bolzano temblaba en la soledad de la cabina y su linfa se transformó
en agua. ¿Qué había salido mal? Lipescu dio la respuesta correcta a todas las
preguntas y, sin embargo, el robot lo había matado. ¿Por qué? ¿Acaso el gigantón
expuso mal el teorema de Pitágoras? No; Bolzano lo había oído. La respuesta fue
perfecta, igual que las diecisiete que la precedieron. Aparentemente, el robot
se aburrió del juego entonces. El robot había hecho trampa. Arbitraria,
maliciosamente, golpeó a Lipescu, castigándolo por una respuesta correcta.

Bolzano se preguntó si los robots eran capaces de hacer trampa. ¿Podrían ser
malintencionados y rencorosos? No conocía a ningún robot capaz de hacer esas
cosas, pero aquél era diferente a todos los robots.

Durante un largo rato, Bolzano estuvo acurrucado en la cabina. La tentación de
abandonar la órbita y dirigirse a casa, sin el tesoro pero vivo, era imperiosa.
Pero el tesoro lo seducía. Un impulso suicida lo empujaba. Como una sirena, el
robot lo arrastraba hacia abajo.

Tenía que existir una forma de vencer al robot, pensó Bolzano, mientras conducía
su pequeña nave hacia la amplia y estéril planicie. El uso de la computadora fue
una buena idea, cuyo único defecto era su inutilidad. Los archivos históricos no
eran muy confiables, pero todo parecía indicar que cuando respondían
incorrectamente después de una serie de aciertos los hombres morían; Lipescu no
había errado; no obstante, también estaba muerto. Era inconcebible que el robot
considerara otra relación entre el cuadrado de la hipotenusa y el de los catetos
diferente a la que había expresado Lipescu.

Bolzano se preguntó qué sistema funcionaría

Anduvo con dificultad a través de la llanura hacia el portal y su guardián. Una
idea se gestó en su mente mientras andaba dando traspiés.

Sabía que estaba condenado a morir por su ambición. Solamente una gran agilidad
mental podría salvarlo de compartir el destino de Lipescu. La inteligencia común
no servía. La astucia de Ulises era la única salvación.

Bolzano se acercó al robot, que estaba parado sobre el osario. Lipescu yacía en
el charco de su propia sangre. Bolzano sabía que la computadora descansaba.
sobre su enorme pecho inerte. Pero  se resistió a recogerla. Lo haría sin ella.
Desvió la mirada; no quería que la visión del cuerpo destrozado de Lipescu lo
distrajera.

Hizo acopio de todo su valor. El robot se mostraba indiferente hacia él.

-Déjame pasar -ordenó BoIzano-. Aquí estoy. Vengo por el tesoro.

-Debes ganar tu derecho al tesoro.

-¿Qué debo hacer?

-Demuestra la verdad -exigió el robot-. Revela la esencia. Prueba tu
entendimiento.

-Estoy listo -aseguró Bolzano.

El robot hizo una pregunta:

-¿Cómo se llama el órgano excretor del riñón de los vertebrados?

Bolzano meditó. No tenía la menor idea. La computadora podía habérselo dicho,
pero la dejó atada al torso de Lipescu. No le hacía ninguna falta. El robot
exigía verdad, esencia, comprensión. Lipescu sólo le había ofrecido información.
Lipescu estaba muerto.

-La rana en el estanque -contestó al rato Bolzano- lanza un grito azulado.

Se hizo el silencio. Bolzano vigilaba al robot, esperando que se abriera la
compuerta y que la cosa sinuosa lo rajara por la mitad.

El robot habló:

-Durante la Guerra de los Perros, en Vanderveer IX, los colonos redactaron
treinta y ocho dogmas de desafío. Cita el tercero, el noveno, el vigésimo
segundo y el trigésimo quinto.

Bolzano meditó. Éste era un robot extraño, producto de una mano desconocida.
¿Cómo funcionaría la mente de su amo? ¿Respetaría el conocimiento? ¿Atesoraría
hechos porque sí? ¿0 reconocería que la información por sí sola carece de
sentido y la intuición es un proceso ¡lógico?

Lipescu había sido lógico. Y ahora yacía despedazado junto a él.

-La simplicidad del dolor -respondió Bolzano- es inefable y refrescante.

El robot continuó:

-El monasterio de KWaisen fue sitiado por los esbirros de Oda Nobunaga el 3 de
abril de 1582. ¿Qué sabias palabras pronunció el abad?

Bolzano habló rápida y vivazmente:

-Once, cuarenta y uno, elefante, voluminoso -concluyó.

La última palabra se le escapó entre los labios a pesar de su esfuerzo por
contenerla. «Los elefantes eran voluminosos», pensó. ¿Un desliz fatal? El robot
no pareció advertirlo.

Sonora y pesadamente, la enorme máquina propuso la siguiente pregunta:

-¿Qué porcentaje de oxígeno hay en la atmósfera de Muldonar VII?

-El testigo falaz -respondió Bolzano- esgrime una espada ágil.

El robot hizo un extraño ruido, un zumbido. Bruscamente se deslizó por unos
grandes rieles, moviéndose un par de metros hacia la izquierda. El portal del
tesoro se encontraba abierto y lo invitaba entrar.

-Puedes pasar -anunció el robot.

El corazón de Bolzano dio un vuelco. ¡Había ganado! ¡Ganó el premio mayor!

Otros fracasaron, el más reciente no tenía ni una hora, y sus huesos
centelleaban en la llanura. Habían tratado de responder al robot, a veces bien y
a veces mal, y todos estaban muertos. Bolzano vivia.

Era un milagro, pensó. ¿Buena-suerte?  ¿Astucia? Un poco de las dos, se dijo.
Había visto cómo un hombre acertaba dieciocho veces y moría. Así que la
precisión de las respuestas no le interesaba al robot. Y entonces, ¿qué quería?
Esencia. Comprensión. Verdad.

Podía haber esencia, comprensión y verdad en respuestas incoherentes, aventuró
Bolzano. Donde un esfuerzo serio había fracasado, la burla tenía éxito. Apostó
su vida a la incoherencia y el premio era suyo.

Avanzó vacilante hacia la bóveda del, tesoro. A pesar de la mínima gravedad,
sentía los pies de plomo. La tensión desapareció. Se arrodilló entre los
tesoros.

Las cintas, los agudos ojos del televector, ni siquiera habían comenzado a
sugerir el esplendor de lo que allí había. Bolzano contempló, transportado,
sintiendo un temor reverente, un pequeño disco cuyo diámetro no era mayor que el
de un ojo humano; contenía una miríada de líneas espirales que danzaban y se
retorcían formando diseños de belleza nunca vista. Contuvo el aliento,
sollozando con el dolor de la revelación, cuando una resplandeciente espiral de
mármol que viraba en extraños ángulos quedó ante su vista. Un brillante
escarabajo de alguna sustancia cerúlea y frágil reposaba sobre un pedestal de
jade amarillo... un trozo de malla metálica proyectaba dibujos luminosos que
producían vértigo. Más allá... más lejos... en el rincón...

,
Necesitaría muchos viajes para llevar todo aquello hasta la nave. Quizá seria
mejor acercar la nave al tesoro. Pero se preguntó si no perdería su ventaja al
salir por el portal. ¿Tendría que volver a someterse nuevamente a la prueba para
volver a entrar? Y el robot, ¿admitiría sus respuestas de buen grado la próxima
vez?

Bolzano se decidió a correr el riesgo. Su astuta mente ideó un plan. Elegiría
una o dos doces de los objetos más valiosos, todo lo que pudiera llevar
cómodamente, y los depositaría en la nave. luego aterrizaría junto al portal. Si
el robot le negaba el acceso, Bolzano simplemente se marcharía, llevándose lo
que ya había escogido. Era una tontería correr riesgos innecesarios. Cuando
hubiese vendido el cargamento y necesitara dinero, siempre podría volver y
tratar de entrar nuevamente. por cierto que nadie robaría el botín, aunque lo
dejara allí.

La selección, ésa era la clave ahora.

Agachándose, Bolzano eligió las cosas más pequeñas y fáciles de vender. ¿La
espiral de mármol? Estorbaría demasiado. Pero el pequeño disco sí, ciertamente,
y el escarabajo por supuesto, y esa estatuilla de tonalidad suave, y los
camafeos que mostraban escenas que ningún ojo humano había presenciado con
anterioridad, y esto, y aquello y eso además...

Su pulso se aceleró súbitamente. Su corazón ,latía con fuerza. Se vio viajando
de mundo en mundo, vendiendo sus mercancías. Coleccionistas, museos y gobiernos
rivalizarían para obtener esos trofeos. Los dejaría ofrecer millones antes de
vender. Y, por supuesto, guardaría uno o dos --o quizá tres o cuatro- para él,
como recuerdo de esta peligrosa aventura.

Y algún día, cuando la riqueza lo aburriera, se decidiría a volver y a encarar
nuevamente el desafío. Obligaría al robot a que volviera a interrogarlo y
replicaría con incoherencias arbitrarias, -demostrando que había captado la
esencia fundamental de que el conocimiento es hueco, y el robot le permitiría
nuevamente el acceso a la bóveda del tesoro.

Bolzano se puso de pie. Acunó las maravillas en sus brazos. «Con cautela, con
cautela», pensó. Volviéndose, atravesó el portal.

El robot no se había movido. Y tampoco se había mostrado interesado mientras
Bolzano saqueaba el tesoro. El hombrecito pasó a su lado, con andar sereno.

El robot habló:

-¿Por qué tomaste esas cosas? ¿Para qué las quieres?

Bolzano sonrió. Respondió con indiferencia:

-Me las llevo porque son bellísimas. Porque me gustan. ¿Existe una razón mejor?

-No -confirmó el robot, y su compuerta se abrió en su gigantesco pecho negro.

Bolzano comprendió demasiado tarde que la prueba no había concluido, que la
pregunta del robot no nacía de la simple curiosidad. Y esta vez respondió en
serio, hablando racionalmente.

Bolzano aulló. Vio el brillo que se le venía encima.

Su muerte fue instantánea.