ROBERT SILVERBERG - NACIDA CON LOS MUERTOS



(Born with the Dead) — 1974
Premios: Nebula 74 – Locus 75
Traducida por Jose Luis López, septiembre de 2000




1.

Y lo que los muertos no pudieron decirte, en vida, pueden decírtelo ahora, tras
la muerte. La comunicación de los muertos es hablada con lengua de fuego, más
allá del lenguaje de los vivos.
T. S. ELIOT, Little Gidding
Supuestamente, su difunta esposa Sybille estaba en camino hacia Zanzíbar. Eso
fue lo que le dijeron, y él lo creyó. Jorge Klein había alcanzado esa etapa en
su búsqueda en la cual creería en cualquier cosa, tan sólo con que tal creencia
le encaminase hacia Sybille. De todos modos, no era tan absurdo que ella se
dirigiera a Zanzíbar. Sybille siempre había querido ir allí. En alguna
inescrutable forma obsesiva el lugar había apresado el centro de su conciencia
hacía mucho tiempo. Cuando estaba viva no había sido posible para ella ir allí,
pero ahora, liberada de todos los lazos, ella sería atraída hacia Zanzíbar como
un pájaro hacia su nido, como Ulises por Ítaca, como una polilla por una llama.
El avión, un pequeño Havilland FP-803 de Air Zanzíbar, despegó más de medio
lleno de Dar es Salaam a las 0915 en una suave mañana brillante, giró
alegremente por encima de las densas masas de árboles de mango, florecidos de un
rojo deslumbrante, y de los altos cocoteros a lo largo de las orillas verde
azuladas del Océano Indico, y se dirigió hacia el norte en el pequeño salto a
través del estrecho hacia Zanzíbar. Este martes, el 9 de marzo de 1993, sería un
día insólito para Zanzíbar: cinco muertos estaban a bordo del avión, los
primeros de su clase que nunca habían visitado esa isla fragante. Daud Mahmoud
Barwani, el oficial de Sanidad de servicio esa mañana en el aeropuerto Karume de
Zanzíbar, había sido advertido de esto por los oficiales de emigración en el
continente. Él no tenía idea de cómo iba a manejar la situación, y se encontraba
atemorizado: Éstos eran momentos tensos en Zanzíbar. Todos los momentos son
tensos en Zanzíbar. ¿Les debería negar la entrada? ¿Planteaban los muertos
alguna amenaza para la siempre precaria estabilidad política de Zanzíbar? ¿O
incluso amenazas más sutiles? Los muertos podrían ser portadores de peligrosos
males espirituales. ¿Había algo en el Código Administrativo Revisado acerca de
denegar visados basándose en la sospecha de contagios del espíritu? Daud Mahmoud
Barwani mordisqueó malhumoradamente su desayuno frío, chapatti, un montículo de
patata fría con curry y esperó sin ansia la llegada de los muertos.
Habían pasado casi dos años y medio desde que Jorge Klein había visto a Sybille
por última vez: la tarde del sábado 13 de octubre de 1990, el día de su funeral.
Ese día ella yacía en su ataúd tal como si estuviera simplemente dormida, su
belleza enteramente respetada por la dura experiencia final: la piel pálida, los
oscuros cabellos brillantes, las delicadas ventanas de la nariz, los labios
plenos. Una tela tornasolada en oro y violeta envolvía su cuerpo sereno; una
trémula neblina electrostática, débilmente perfumada con una fragancia de
jazmín, la protegía de la descomposición. Durante cinco horas ella flotó en el
estrado mientras eran leídos los ritos de despedida y ofrecidas las
condolencias; luego, cuando sólo quedaron unas pocas personas, el núcleo más
interior de su círculo de amigos, Klein la besó ligeramente en los labios y la
entregó a los silenciosos hombres sombríamente vestidos que el Pueblo Frío había
enviado. Ella había pedido en su testamento ser revivida; se la llevaron en una
camioneta negra para hacer el trágico trabajo en su cadáver. El ataúd, marchando
sobre sus anchos hombros, pareció para Klein desaparecer en un punzante vórtice
gris que él se sentía incapaz de penetrar. Probablemente él nunca lograra oírla
otra vez. En esos días los muertos se guardaban estrictamente en secreto,
secuestrados tras los muros de sus ghettos autoimpuestos; era raro ver alguna
vez a uno fuera de los Pueblos Fríos, raro incluso que uno de ellos tuviera
contacto indirecto con el mundo de los vivos.
De modo que fue forzada en él una redefinición de su relación. Durante nueve
años habían sido Jorge y Sybille, Sybille y Jorge, yo y tú formando nosotros,
por encima de todo nosotros, un trascendental nosotros. Él la había amado con
intensidad casi dolorosa. En vida habían ido a todas partes juntos, haciéndolo
todo mano a mano, compartiendo tareas de investigación y de clase, pensando
pensamientos intercambiables, expresando gustos que fueron casi siempre
idénticos, tan enteramente permeaba a cada uno el otro. Ella fue una parte de
él, él de ella, y hasta el momento de su muerte inesperada él había asumido que
sería así por siempre. Eran aún jóvenes, él 38, ella 34, décadas para mirar
hacia adelante. Entonces ella se fue. Y ahora eran meros anónimos el uno para el
otro: ella no era Sybille, sino sólo un muerto; él no era Jorge, sino sólo un
caliente. Ella estaba en algún sitio de Norteamérica, caminando, hablando,
comiendo, leyendo, y no obstante se había ido, perdida para él, y sólo a él le
incumbía aceptar la alteración en su vida; y exteriormente lo aceptó, pero a
pesar de eso, aunque sabía que nunca más podrían ser las cosas como una vez
fueron, se permitió la indulgencia de la esperanza triste y persistente de
recobrarla.
Barwani no estaba preparado para eso. Cuando Ameri Kombo, el controlador de
vuelo en el cubículo contiguo, le llamó por teléfono comunicando el aterrizaje,
Barwani contestó:
—Notifica al piloto que nadie debe desembarcar hasta que haya dado autorización.
Debo consultar la reglamentación. Posiblemente haya un peligro para la salud
pública.
Durante veinte minutos dejó al avión permanecer posado, todas las escotillas
selladas, en la tranquila pista de aterrizaje. Cabras errantes surgieron de la
zona de arbustos y lo examinaron. Barwani no consultó leyes. Se acabó su humilde
comida; después plegó sus brazos y trató de lograr el estado conveniente de
tranquilidad. Estos muertos, se dijo a sí mismo, no pueden hacer ningún daño.
Eran gente como cualquier otra, excepto que habían experimentado un tratamiento
médico extraordinario. Debía vencer su miedo supersticioso de ellos: él no era
un patán, ni un necio recogedor de especias, ni Zanzíbar era una morada de
hombres primitivos. Los admitiría, les daría sus pastillas antimalaria como si
fueran turistas ordinarios, les enviaría en su dirección adecuada. Muy bien.
Ahora estaba preparado. Llamó por teléfono a Ameri Kombo.
—No hay peligro. Los pasajeros pueden salir.
Eran nueve en total, un cargamento escaso. Los cuatro calientes aparecieron
primero, con aspecto sombrío y un poco congelado, como alguien que hubiera
tenido que viajar con una banda de cobras desenjauladas. Barwani los conocía a
todos ellos: la esposa del cónsul alemán, el hijo del comerciante Chowdhary y
dos ingenieros chinos, todos regresando de unas breves vacaciones en Dar. Él
estrechó sus manos sin formalidades al cruzar la puerta. Después vinieron los
muertos, tras un intervalo de medio minuto: probablemente se habían sentado
juntos en un extremo del avión casi vacío y los demás habían permanecido en el
otro. Había dos mujeres y tres hombres, todos ellos altos y con
sorprendentemente buen aspecto. Él se los había esperado con un modo de andar
desmadejado, un caminar arrastrando los pies, cojeando vacilantes, pero se
movieron con zancadas agresivas, como si se encontrasen con mayor vitalidad
ahora que cuando habían estado vivos. Cuando alcanzaron la puerta Barwani dio un
paso adelante para saludarlos, diciendo suavemente,
—Controles de Sanidad, vengan por aquí, por favor.
Estaban respirando, indudablemente respirando: saboreó una emanación de licor
del hombre pelirrojo grande, un sabor misterioso y agradable y dulce, tal vez
anís, de la mujer de pelo oscuro. Le pareció a Barwani que sus pieles tenían una
extraña textura cerúlea, un lustre irreal, pero posiblemente fuera su
imaginación; las pieles blancas siempre le habían parecido artificiales. La
única diferencia inequívoca que él podía detectar en los muertos estaba en sus
ojos, una forma que tenían de permanecer alarmantemente fijos en una única
mirada intensa durante varios segundos antes de desviarse. Esos eran los ojos,
Barwani pensó, de gente que se habían asomado sobre el Vacío sin haber sido
tragados. Un revuelo de preguntas brotó violentamente dentro de él: ¿Qué es eso
quiere, cómo se siente, qué recuerda, dónde fue? Los dejó no expresados.
Atentamente dijo:
—Bienvenidos a la isla del clavo. Queremos hacerles notar que la malaria ha sido
totalmente erradicada aquí por medio de medidas de previsión de gran alcance, y
para prevenir la indeseable reaparición de la enfermedad necesitamos que tomen
ustedes estas pastillas antes de proseguir adelante.
Los turistas a menudo ponían reparos a eso; esta gente se tragó sus píldoras sin
decir una palabra de protesta. Una vez más Barwani ansió llegar hasta ellos,
lograr algún tipo de contacto que quizá le podría ayudar a trascender el plúmbeo
peso de la existencia. Pero un aura, un escudo de extrañeza, rodeaba a estos
cinco y, aunque él era un hombre afable que tendía a entablar fácilmente
conversaciones con extraños, los pasó en silencio de uno en uno hasta Mponda, el
hombre de inmigración. La frente alta de Mponda estaba brillante de sudor, y se
mordía el labio inferior; evidentemente estaba tan perturbado por los muertos
como Barwani. Anduvo a tientas con los formularios, selló un visado mal
colocado, tartamudeó al decir a los muertos que debía retener sus pasaportes
toda la noche.
—Se los mandaré por mensajero hasta su hotel por la mañana —les prometió Mponda,
y envió a los visitantes hacia adelante hasta el área de recogida del equipaje
con una premura innecesaria.
Klein tenía solamente un amigo con quien se aventuraba a hablar sobre el tema,
un colega suyo en UCLA, un atildado y pulcro sociólogo Parsi de Bombay llamado
Framji Jijibhoi, quien estaba tan inmerso en la compleja nueva subcultura de los
muertos como un caliente podría llegar a estarlo.
—¿Cómo puedo aceptar esto? —clamó Klein—. No lo puedo aceptar en modo alguno.
Ella está ahí fuera, en algún sitio, está viva, ella...
Jijibhoi le cortó con un golpecito rápido de las puntas de los dedos.
—No, querido amigo —dijo tristemente—; no viva, no viva del todo, simplemente
revivida. Debes aprender a captar la diferencia.
Klein no podría aprender a captar nada que tuviera que ver con la muerte de
Sybille. No podía soportar pensar que ella había pasado hacia otra existencia de
la cual él quedaba completamente excluido. Encontrarla, hablar con ella,
participar en su experiencia de la muerte y en cualquier situación más allá de
la muerte, se convirtió en su único propósito. Él estaba indisolublemente
amarrado a ella, como si ella fuera todavía su esposa, como si Jorge-y-Sybille,
a pesar de todo, existiese en alguna forma.
Esperó cartas de ella, pero no llegó ninguna. Al cabo de algunos meses empezó a
intentar rastrearla, avergonzado por su compulsividad y por las brechas abiertas
de forma creciente en la formalidad de esta especie de viudedad. Viajaba de un
Pueblo Frío a otro —Sacramento, Boise, Ann Arbor, Louisville— pero ninguno le
admitía, ninguno respondía siquiera a sus preguntas. Los amigos le pasaron las
habladurías: que ella vivía entre los muertos de Tucson, de Roanoke, de
Rochester, de San Diego, pero nada resultó de estos relatos; le rechazaron allí
también, pero no del todo insensiblemente, pues logró obtener una evidencia
vagamente segura de que Sybille realmente había estado allí.
En el verano del 92 Jijibhoi le dijo que Sybille había salido de la reclusión
del Pueblo Frío. Ella había sido vista, dijo, en Newark, Ohio, recorriendo el
campo de golf municipal en Octagon State Memorial en compañía de un jactancioso
arqueólogo pelirrojo llamado Kent Zacharias, también un muerto, en otro tiempo
especialista en las culturas Hopewell, constructoras de montículos en el valle
de Ohio.
—Es una fase nueva —dijo Jijibhoi—, no imprevista. Los muertos comienzan a
abandonar su anterior filosofía de separatismo total. Hemos comenzado a
observarlos visitando nuestro mundo como turistas; explorando la interconexión
de la muerte-vida, como les gusta llamarla. Será muy interesante, querido amigo…

Klein voló de inmediato hacia Ohio y, sin verla realmente en ningún momento, la
rastreó de Newark hasta Chillicothe, de Chillicothe a Marietta, desde Marietta a
Virginia del Oeste, donde perdió su pista entre Moundsville y Wheeling. Dos
meses más tarde ella —se dijo— estaba en Londres, después en Cairo, luego Addis
Abeba. A principios del 93 Klein se enteró, a través de los canales informales
de comunicación doctoral —por un excaliforniano ahora en la Universidad Nyerere
en Arusha— que Sybille estaba de safari en Tanzania y planeaba ir, en algunas
semanas, a recorrer Zanzíbar.
Por supuesto. Durante diez años ella había estado trabajando en una tesis
doctoral sobre el establecimiento del Sultanato árabe en Zanzíbar a principios
del siglo XIX —estudios inevitablemente interrumpidos por otras labores
académicas, por las aventuras amorosas, por el matrimonio, por reveses
financieros, por las enfermedades, la muerte, y otras responsabilidades— y de
hecho nunca había podido visitar la isla que fuera tan central para ella. Ahora
estaba libre de todos los enredos. ¿Por qué no debería ir a Zanzíbar al fin?
¿Por qué no? Por supuesto: ella se dirigía hacia Zanzíbar. Y así, Klein iba a
Zanzíbar también, para esperarla.
Mientras los cinco se perdían de vista en taxis, a Barwani se le ocurrió algo.
Preguntó a Mponda por los pasaportes y escudriñó los nombres. Tan extraños: Kent
Zacharias, Nerita Tracy, Sybille Klein, Anthony Gracchus, Laurence Mortimer. Él
nunca se había acostumbrado a los nombres europeos. Sin las fotos sería incapaz
de decir cuáles eran las mujeres, cuáles los hombres. Zacharias, Tracy, Klein...
ah. Klein. Comprobó una nota recordatoria de hacía dos semanas, clavada con
chinchetas en su escritorio. Klein, sí. Barwani telefoneó al Shirazi Hotel
—empresa que le llevó varios minutos— y pidió hablar con el americano que había
llegado diez días antes, ese hombre delgado cuyos labios parecían continuamente
prensados por la tensión, cuyos ojos habían fulgurado con fatiga, el que había
pedido un pequeño servicio de Barwani, un favor especial, y le había arrojado un
muy necesitado centenar de chelines como anticipo. Hubo un retraso largo, sin
duda mientras los mozos registraban el hotel, mirando en la habitación del
hombre, la barra, el salón, el jardín, y luego el americano estuvo en línea.
—La persona por la que usted preguntó acaba de llegar, señor —le dijo Barwani.


2.
El baile comienza. Gusanos bajo las puntas de los dedos, labios comenzando a
pulsar, angustia y ahogo. Todo ligeramente fuera de compás y fuera de tono, cada
uno su propio tempo y ritmo. Lentamente, las conexiones. Labio con labio,
corazón con corazón, encontrando individualidad en el otro, horriblemente,
tentativamente, quemando... Las notas encontrándose a sí mismas en los acordes,
los acordes en la secuencia, la cacofonía virando a polifónico coro de
contrapunto, un diapasón de celebración.
R.D. LAING, The Paradise Bird
Sybille se pone de pie tímidamente al borde del campo de golf municipal en el
Octagon State Memorial en Newark, Ohio, sujetando sus sandalias en una mano e
introduciendo subrepticiamente los dedos del pie en la exuberante, inmaculada
alfombra de hierba verde amarillenta, densa y cortada al rape. Es una tarde de
verano de 1992, muy sofocante; el aire, bellamente translúcido, se reviste de
esa luz trémula intemporal del medio oeste, y las gotitas de agua de la
aspersión matutina aún no han sido abrasadas en el césped. ¡La extraordinaria
hierba! Ella no había visto a menudo hierba como esa en California, y por
supuesto no en el Pueblo Frío de Sión en la sedienta Utah. Kent Zacharias,
imponente al lado de ella, menea la cabeza tristemente.
—¡Un campo de golf! —masculla— ¡Uno de los enclaves prehistóricos más
importantes de Norteamérica y construyen un campo de golf a su lado! Bien,
supongo que pudo haber sido peor. Podrían haber nivelado todo con una excavadora
y haberlo convertido en un aparcamiento municipal. Mira, allí, ¿ves los
terraplenes?
Ella está temblando. Éste es su primer viaje prolongado fuera del Pueblo Frío,
su primera aventura en el mundo de los calientes desde su reavivado, y recoge
vibraciones amenazadoras de toda la vida que florece en torno a ella. El parque
está rodeado de pequeñas casas agradables, bien conservado. Los niños en
bicicleta se disparan a través de las calles. Enfrente de ella, los golfistas
lanzan alegremente golpes fuera. Los pequeños carros amarillos de golf trepan
con loca energía por las cuestas y las depresiones del camino. Hay pelotones de
turistas que, como ella misma y Zacharias, han venido a ver los túmulos indios.
Hay perros corriendo sueltos. Todo esto parece amenazarle a ella. Incluso la
vegetación —la hierba espesa, los arbustos manicurados, los árboles masivos
cargados de hojas con bajas ramas colgantes— la perturba. Ni la cercanía de
Zacharias es reconfortante, pues él también parece inflamado con vitalidad de no
muerto; su cara es florida, sus rasgos son amplios y llenos de vida a medida que
señala hacia los bajos terraplenes de cima plana, las hondonadas herbosas y los
cerros, componiendo el gigantesco círculo conectado y el octógono del monumento
antiguo. Por supuesto, estos montículos son el motivo principal de su ser,
incluso ahora, cinco años después de muerto. Ohio es su Zanzíbar.
—Antiguamente cubría cuatro millas cuadradas. Un grandioso centro ceremonial, el
equivalente Hopewell de Chichen Itza, de Luxor, de... —hace una pausa. La
conciencia de su ansiedad finalmente ha sido depurada a través de la intensidad
de su celo arqueológico— ¿Cómo estás? — pregunta amablemente.
Ella sonríe con sonrisa animosa. Humedece sus labios. Ladea la cabeza: hacia los
golfistas, hacia los turistas, hacia la fila de primorosas casitas al borde del
parque. Se estremece.
—También es alegre para ti, ¿no es así?
—Mucho —dice ella.
Alegre. Sí. Un pequeño pueblo alegre, un pueblo de portada de revista, un pueblo
de cámara de comercio. Newark yace sosegado en el seno del mar del tiempo: si no
fuera por el aspecto de los automóviles, esto podría ser 1980 ó 1960 o quizá
1940. Sí. La maternidad, el béisbol, la tarta de manzana, la iglesia cada
domingo. Sí. Zacharias asiente y hace uno de los signos de consuelo.
—Venga —murmura—. Vamos hacia el corazón del complejo... Nos perderemos del
siglo veinte a lo largo del camino.
Con brutales zancadas imperiales, él se zambulle en el campo de golf. Las largas
piernas de Sybille deben afanarse para mantener el mismo paso que él. Enseguida
están en el terraplén, han entrado en el octógono sagrado, han penetrado la
bóveda del pasado, y en ese momento Sybille siente que han logrado cruzar con
éxito la interfaz entre la vida y la muerte. ¡Qué silencio hay aquí! Ella siente
la presencia poderosa de las fuerzas de la muerte; y esos espíritus oscuros
alivian su ansiedad. Las intrusiones del mundo de lo viviente en estos recintos
de los muertos se tornan insignificantes: las casas fuera del parque ya no están
a la vista, los golfistas son meras sombras incorpóreas absurdas, los
bulliciosos carros amarillos de golf se convierten en escarabajos, los turistas
errantes son invisibles.
Ella está sobrecogida por el tamaño y la simetría del antiguo lugar. ¿Qué
fantasmas duermen aquí? Zacharias los conjura, agitando las manos como un mago.
Ella ha oído tanto de él ya acerca de esta gente, estos Hopewells. ¿Cómo se
llamaron ellos a sí mismos? ¿Cómo podemos saberlo jamás? ¿Quién amontonó estas
murallas de tierra hace veinte siglos? Ahora él los trae a la vida para ella con
gestos y bajas palabras apremiantes. Murmura ferozmente:
—¿Los ves?
Y ella los ve. Las nieblas descienden. Los montículos vuelven a despertar; los
constructores de túmulos se hacen presentes. Altos, delgados, atezados, casi
desnudos, ataviados con relucientes petos de cobre, con collares de discos de
piedra, brazaletes de hueso y mica y concha de tortuga, con pesadas cadenas de
brillantes perlas apelmazadas, con anillos de piedra y de terracota, brazaletes
de dientes de pantera y dientes de oso, con adornos espirales de metal en las
orejas, con taparrabos de piel. Aquí hay sacerdotes con ropas intrincadamente
tramadas y máscaras pavorosas. Hacia acá hay jefes con coronas de varillas de
cobre, moviéndose con dignidad helada a lo largo de la avenida de muro de tierra
larga. Los ojos de esta gente resplandecen de energía. ¡Qué cultura tan
enormemente vital, tan enormemente derrochadora, sostienen aquí! Pero Sybille no
está enajenada por su vigor palpitante, pues es el vigor de los muertos, la
vitalidad de lo extinto.
Mira de nuevo. Sus caras pintadas, sus miradas fijas que no parpadean. Esto es
un cortejo fúnebre. Los indios han venido a estos intrincados cercados
geométricos para realizar sus actos de culto, y ahora, desfilando solemnemente a
lo largo de los perímetros del círculo y el octógono, cruzan hacia adelante,
hacia la zona mortuoria más allá. Zacharias y Sybille se quedan solos en mitad
del campo. Él le murmura:
—Ven. Los seguiremos.
Lo hace real para ella. A través de su astuto arte ella tiene acceso a esta
comunidad de los muertos. ¡Qué fácilmente ha sido arrastrada atrás a través del
tiempo! Aprende aquí que se puede añadir a sí misma al pasado sellado en
cualquier sitio; es sólo el presente, indefinido e imprevisible, lo que es
problemático. Ella y Zacharias flotan a través del prado brumoso, sin sensación
alguna de pisar el suelo; dejando el octógono, viajan ahora hacia abajo por un
largo terraplén herboso hacia el lugar de los túmulos, al borde de un bosque
oscuro de robles de amplias copas. Entran en un claro extenso. En medio el
terreno ha sido enlucido con arcilla, y luego cubierto ligeramente con arena y
grava fina; sobre esta base ha sido levantada la casa mortuoria, una estructura
de cuatro paredes sin techo, cuyos muros están formados por hileras de
empalizadas de madera. En su interior hay una plataforma baja de arcilla
coronada por una tumba rectangular de leños, en la cual pueden verse dos
cuerpos: Un hombre joven, una mujer joven, cara a cara, sus cuerpos totalmente
extendidos, bellos aun en la muerte. Llevan puestas pecheras de cobre,
ornamentos de oreja de cobre, brazaletes de cobre, gargantillas relucientes de
amarillentos dientes de oso.
Cuatro sacerdotes se sitúan en las esquinas de la casa mortuoria. Sus caras
están cubiertas por grotescas máscaras de madera coronadas por grandes
cornamentas, y llevan varas de dos pies de largo, efigies del hongo mortuorio en
madera enfundada con cobre. Un sacerdote comienza un cántico áspero, percusivo.
Los cuatro levantan sus varas y bruscamente las abaten. Es una señal; comienza
el depósito de bienes funerarios. Filas de deudos inclinados bajo pesados sacos
se acercan a la casa mortuoria. Caras extáticas, no llorosas, incluso festivas;
ojos brillantes, pues esta gente sabe lo que olvidarán las culturas posteriores:
que la muerte no es final sino más bien continuación natural de la vida. Sus
amigos recién idos deben ser envidiados. Son honrados con regalos abundantes, a
fin de que puedan vivir como reyes en el siguiente mundo: fuera de los sacos
vienen pepitas de cobre, hierro de meteoro y plata, miles de perlas, abalorios
de concha, abalorios de cobre y hierro, botones de madera y piedra, montones de
canutos metálicos para las orejas, trozos y volutas de obsidiana, efigies
animales esculpidas de pizarra y hueso y concha de tortuga, hachas y cuchillos
ceremoniales de cobre, volutas cortadas de mica, maxilares humanos incrustados
con turquesas, burda alfarería oscura, agujas de hueso, sábanas de paño tejido,
serpientes enrolladas modeladas de piedra negra, un torrente de ofrendas,
amontonado alrededor e incluso sobre los dos cuerpos.
Finalmente la tumba queda ahogada en regalos. Una vez más hay una señal de los
sacerdotes. Elevan sus varitas y los acompañantes, retrocediendo hacia los
bordes del claro, forman un círculo y comienzan a cantar un himno sombrío,
palpitante y lúgubre. Zacharias, después de un momento, canta con ellos,
embelleciendo silenciosamente la melodía con pesados melismas. Su voz es un rico
contrabajo, tan inesperadamente bello que Sybille está conmovida poco menos que
hasta la ofuscación, y mira hacia él con temor. De improviso él se interrumpe
completamente, se vuelve hacia ella, toca su brazo y se inclina para decir:
—Canta tú también.
Sybille asiente con indecisión. Ella se une a la canción, de forma vacilante al
principio, su garganta estrangulada por la inseguridad; luego se encuentra parte
correcta del rito, en cierta forma, y su tono se hace más confiado. Sus
cristalinas subidas de soprano se elevan espléndidamente vertiginosas por encima
de las otras voces.
Ahora comienza otro tipo de ofrenda: los niños cubren la casa mortuoria con
montones de varitas de leña menuda, ramajes muertos, ramas gruesas, toda clase
de restos combustibles hasta dejarla totalmente oculta a la vista, y los
sacerdotes gritan una pausa. Entonces, desde el bosque, viene una mujer portando
un tizón resplandeciente; una muchacha, en realidad, totalmente desnuda, su
bruñido cuerpo pálido pintado de rojo y verde con extravagantes bandas
horizontales en pechos y nalgas y muslos, su largo pelo reluciente y negro
flotando a modo de capa tras ella mientras corre. Corre velozmente hacia lo alto
de la casa mortuoria; contacta jadeante la brasa con las astillas, aquí, aquí,
aquí, ejecutando una danza salvaje a medida que avanza, y arroja la antorcha en
el centro de la pira. Las llamas saltan hacia el cielo en un arrebato feroz.
Sybille se siente abrasada por la explosión de calor. La casa y el sepulcro son
rápidamente consumidos.
Mientras las ascuas todavía resplandecen, comienza el aporte de tierra. Excepto
los sacerdotes, quienes permanecen rígidos en los puntos cardinales del
emplazamiento, y la chica que esgrimió la antorcha, la cual yace como ropa
desechada al borde del claro, la comunidad completa participa. Hay un hoyo
abierto detrás de una pantalla de árboles cercanos; los adoradores, formando
filas, se dirigen a él y excavan la tierra, llevándola hasta la casa mortuoria
quemada en cestas, en delantales de piel de ante, en grandes terrones húmedos
agarrados por sus manos desnudas. Silenciosamente se deshacen de sus cargas
sobre las cenizas y regresan a por más.
Sybille lanza una mirada a Zacharias; él asiente con la cabeza; se unen a la
fila. Ella baja al interior del hoyo, extrae un terrón de húmeda tierra negra a
su lado y lo lleva hacia el montículo creciente. Regresa una y otra vez. El
montículo crece rápidamente, dos pies por encima del nivel del suelo ya, tres,
cuatro, una creciente ampolla circular, su perfil gobernado por las ubicaciones
inalterables de los cuatro sacerdotes, sus contornos ahusados formados por el
apisonamiento de veintenas de pies desnudos. Sí, piensa Sybille, ésta es una
forma válida de celebrar la muerte, éste es un rito apropiado. El sudor se
derrama por su cuerpo, sus ropas quedan manchadas y embarradas, y aun así ella
corre hacia el tajo de tierra, se apresura de allí al montículo, corre hacia la
cantera, corre hacia el montículo, corre, corre, transfigurada, extasiada.
Entonces el hechizo se trunca. Algo sale mal, ella no sabe qué, y las nieblas se
aclaran, el sol deslumbra sus ojos, los sacerdotes y los constructores de
montículos y el montículo inacabado desaparecen. Ella y Zacharias están otra vez
en el octógono, carros de golf atronando más allá de ellos por todas partes.
Tres niños y sus padres están parados a apenas algunos pies de ella, mirando
fijamente, mirando fijamente; y un niño de alrededor de diez años apunta hacia
Sybille y dice en una voz que resuena a través de la mitad de Ohio:
—Papi, ¿qué le pasa a esa gente? ¿Por qué parecen tan raros?
La madre jadea y grita:
—Calla, Tommy, ¿no tienes modales?
Papi, aparentemente furioso, le cruza la cara al niño de una bofetada, le agarra
de la muñeca y tira de él hacia el otro lado del parque, toda la familia
siguiendo su estela.
Sybille tiembla convulsivamente. Se da la vuelta, presionando sus manos sobre
sus ojos delatores. Zacharias la abraza.
—Está bien —dice tiernamente—. El niño no conoce nada mejor. Está bien.
—¡Sácame de aquí!
—Quiero enseñarte...
—Otro día. Lléveme fuera. Al motel. No quiero ver nada. No quiero que nadie me
vea a mí.
Él la lleva al motel. Ella permanece una hora boca abajo en la cama, quebrantada
por sollozos secos. Varias veces le dice a Zacharias que ella está no lista para
este viaje, que quiere volver al Pueblo Frío, pero él no dice nada; simplemente
acaricia los músculos tensos de su espalda, y finalmente su ánimo se calma. Ella
se vuelve hacia él y sus ojos se encuentran y él la toca y hacen el amor a la
manera de los muertos.

3.
La novedad es renovación: Ad hoc enim venit, ut renovemur in illo; al renovarlo
otra vez, tal como el primer día; Ersten herrlich wie am Tag. Reforma, o
renacimiento; volver a nacer. La vida es como el ave fénix, siendo siempre
renacida de su propia muerte. La naturaleza verdadera de la vida es la
resurrección; toda vida es vida después de la muerte, una segunda vida, una
reencarnación. Torus hic ordo revolubilis testatio est resurrectionis mortuorum.
El patrón universal de recurrencia da testimonio de la resurrección de los
muertos.
NORMAN O. BROWN, Love's Body
—Las lluvias comenzarán en poco tiempo —dijo el taxista, avanzando velozmente
por la carretera estrecha hacia Zanzíbar. Había estado charlando sin parar,
totalmente confiado con sus pasajeros. No debe saber lo que somos, decidió
Sybille— Quizá comiencen en una semana o dos. Serán las lluvias largas. Las
lluvias cortas llegan a finales de noviembre y diciembre.
—Sí, lo sé —respondió Sybille.
—Ah, ¿ ha estado usted en Zanzíbar antes?
—En cierto sentido —contestó ella.
En cierto sentido ella había estado en Zanzíbar muchas veces ¡Y cuán serenamente
tomaba eso, ahora que el Zanzíbar verdadero empezaba a superponerse a sí mismo
en el molde dentro de su mente, sobre ese Zanzíbar—ilusión que ella había
llevado consigo durante tanto tiempo! Tomaba todo con calma ahora: nada la
excitaba, nada la despertaba. En su anterior vida el retraso en el aeropuerto la
habría conducido al enfurecimiento: un vuelo de diez minutos, y después quedar
atrapado en la pista de aterrizaje durante el doble de tiempo. Pero ella había
permanecido tranquila a lo largo de todo aquello, sentada casi inmóvil,
escuchando vagamente lo que decía Zacharias y contestando ocasionalmente como si
enviara mensajes desde algún otro planeta. Y ahora Zanzíbar, tan plácidamente
destacado. En los viejos tiempos ella había sentido una especie de asombro
paradójico cada vez que una señal familiar de las lecciones de geografía de
niñez, o del cine o los carteles de viaje —el Gran Cañón, la línea del horizonte
en Manhattan, el Pueblo Taos— se mostraba en la realidad con el aspecto exacto
que ella imaginaba que tendría; pero ahora aquí estaba Zanzíbar, desplegándose
predeciblemente y de manera poco sorprendente ante ella, y ella lo observaba con
el ojo frío de una cámara, impasible, insensible.
El aire suave, húmedo y caluroso estaba grávido con un agobio de perfumes, no
sólo el esperado perfume acre del clavo, sino también las fragancias más
cremosas que tal vez fueran de hibisco, frangipani, jacarandá, buganvilla,
penetrando la ventana abierta del taxi como zarcillos inquisitivos. La
inminencia de las lluvias largas era una presión tangible, una presencia, una
pesadez en la atmósfera: de un momento a otro una cortina podría ser descorrida
a un lado y comenzarían los torrentes. La carretera estaba delineada por dos
desgreñados muros verdes de palmas, quebrados por chabolas de techos de
hojalata; detrás de las palmas había misteriosas arboledas oscuras, densas y
extrañas. A lo largo de la carretera se extendía el imponente conjunto tropical
de obstáculos habituales: pollos, cabras, niños desnudos, viejas con caras
encogidas, desdentadas, todos vagabundeando alrededor sin preocuparse por la
intrusión del taxi en su zona de paso. El taxi aceleró a través del terreno
llano, hacia la península en la cual se asienta la ciudad de Zanzíbar. La
temperatura pareció elevarse perceptiblemente minuto a minuto; un puño de calor
húmedo aprisionaba con fuerza la isla.
—Aquí está el puerto, señores —dijo el conductor. Su voz fue un ronroneo ronco
impertinente, condescendiente, irritante—. Por este lado, por favor.
La arena era deslumbradoramente blanca, el agua de un azul cristalino cegador;
un par de dhows se movieron soñolientamente a través de la boca del puerto, sus
velas latinas hinchándose ligeramente a medida que la suave brisa marina las
atrapaba. Un enorme edificio blanco de madera, de cuatro pisos, un pastel de
boda de terrazas largas y pasamanos de hierro fundido, coronado por una enorme
cúpula. Sybille, reconociéndolo, anticipó la perorata del conductor, oyéndolo
como un eco subliminal:
—Befit al-Ajaib, la Morada de las Maravillas, antigua casa del Gobierno. Aquí
ofreció el Sultán grandes banquetes, aquí los más famosos de África le rendían
homenaje. Ya no se usa. La puerta cercana es el antiguo Palacio del Sultán,
ahora Palacio del Pueblo. ¿Desean ustedes entrar a la Morada de las Maravillas?
Está abierta: paramos, les llevo ahora...
—En otra ocasión —respondió Sybille débilmente—. Estaremos aquí por algún
tiempo.
—¿ Ustedes no aquí solamente un día como la mayoría?
—No, una semana o más. He venido a estudiar la historia de su isla. Seguramente
haré una visita al Beit al-Ajaib. Pero hoy no.
—No hoy, no. Muy bien: usted me telefonea, le llevo a cualquier parte. Soy
lbuni.
Le brindó una obsequiosa sonrisa dentuda sobre su hombro e hizo girar el taxi
tierra adentro con un fiero bandazo, dentro del laberinto de calles sinuosas y
callejones estrechos que eran Stonetown, el antiguo barrio árabe.
Todo estaba silencioso aquí. Los macizos edificios de piedra blanca presentaban
fachadas lisas hacia las calles. Las ventanas, meras grietas, se ocultaban tras
contraventanas. La mayoría de las puertas —las famosas puertas revestidas con
paneles de Stonetown, ricamente talladas, tachonadas de latón diestramente
incrustado, cada puerta una obra maestra islámica meticulosamente adornada—
estaban cerradas y aparentemente bajo llave. Las tiendas se veían destartaladas,
y los pequeños escaparates estaban moteados de polvo. La mayoría de los carteles
estaban tan descoloridos que Sybille apenas los podía distinguir:
PREMCHAND'S EMPORIUM
MONJI'S CURIOS
ABDULLAH'S BROTHERHOOD STORE
MONTH—AL'S BAZAAR
Hacía largo tiempo que los árabes se habían marchado de Zanzíbar. Igual que la
mayoría de los indios, aunque —se respondió— estaban regresando lentamente.
Ocasionalmente, a medida que proseguía su intrincado camino a través del
laberinto de Stonetown, el taxi sobrepasaba a largas limusinas negras,
probablemente de marca rusa o china, conducidas por chófer y ocupadas por
altivos hombres de piel morena con ropas blancas. Legisladores, suponía ella que
serían, camino de reuniones de Estado. No había otros vehículos a la vista, y
ningún peatón, excepto unas pocas mujeres cubiertas con túnicas totalmente
negras, apresurándose en recados solitarios. Stonetown no tenía nada de la
vitalidad del campo; era un lugar de fantasmas, pensó ella, un lugar apropiado
para pasar las vacaciones los muertos. Recorrió con la mirada a Zacharias, quien
cabeceó y sonrió, una extraña sonrisa rápida que acusó recibo de su comprensión
y le dijo que él también había comprendido. La comunicación era veloz entre los
muertos y la sonorización aparente rara vez necesitada.
La ruta hacia el hotel parecía extraordinariamente involucionada, y el conductor
paró frecuentemente enfrente de tiendas, diciendo ilusionadamente:
—¿Quieren cofres de metal, vasijas de cobre, antigüedades de plata, cadenas de
oro chinas?
Aunque Sybille rechazó amablemente sus sugerencias, él continuó señalando
bazares y grandes tiendas, ofreciendo recomendaciones vehementes de calidad y
precio moderado, y gradualmente ella se percató, reteniendo sus ubicaciones por
el pueblo, que habían pasado por ciertas esquinas más de una vez. Por supuesto:
el conductor debía estar al servicio de tenderos que le contrataban para tentar
a los turistas.
—Por favor llévenos a nuestro hotel.
Dijo Sybille. Y cuando él insistió en su mercadeo: "El mejor marfil aquí, el
mejor encaje", ella lo repitió más firmemente, aunque mantuvo su estado de
ánimo. A Jorge le habría agradado su transformación, pensó; él había sido con
excesiva frecuencia la víctima inmediata de su impaciencia volcánica. No conocía
la causa específica del cambio. ¿Algún efecto secundario metabólico del proceso
de resurrección, quizás, o tal vez sus dos años de comunión con el padre Guía en
el Pueblo Frío? ¿O era acaso, simplemente, el nuevo conocimiento de que todo el
tiempo era de ella, que abandonarse a sí misma a una sensación de premura era
absurdo ahora?
—Su hotel es éste.
Dijo por fin Ibuni.
Era una vieja mansión árabe: arcos altos, innumerables balcones, aire rancio,
ventiladores eléctricos girando perezosamente en los corredores oscuros. Sybille
y Zacharias recibieron una suite desparramada en el tercer piso, mirando hacia
un patio exuberante con palmas, nandirobas bermejos, árboles kapoc, poinsetias y
agapantos. Mortimer, Gracchus y Nerita habían llegado bastante antes en el otro
taxi y estaban en una suite idéntica un piso más abajo.
—Me daré un baño —dijo Sybille a Zacharias—. ¿Estarás en el bar?
—Muy probablemente. O paseando por el jardín.
Él salió. Sybille se despojó rápidamente de sus ropas empapadas por el sudor del
viaje. El cuarto de baño era una maravilla bizantina, con elaborados remolinos
polícromos en los azulejos y una inmensa tina amarilla soportada a gran altura
por patas de bronce que representaban garras de águila sobre esferas. El agua
templada goteó dentro lentamente cuando ella hizo girar el grifo. Sonrió a su
imagen reflejada en el alto espejo oval. Había habido un espejo parecido a ése
en la casa del despertar. En la mañana siguiente a su despertar, cinco o seis
muertos habían entrado en su cuarto para celebrar con ella su transición exitosa
a través de la interfaz, y habían traído aquel gran espejo con ellos;
delicadamente, con gran ceremonia, habían hecho bajar la colcha para enseñarla a
sí misma en él —desnuda, delgada, de cintura estrecha, de pechos altos— la
belleza de su cuerpo inalterado, no deteriorado ni por la muerte ni por la
reanimación, sino ciertamente realzado por ellas, de forma que había adquirido
un aspecto más joven e incluso radiante en su pasaje a través de ese abismo
terrible.
—Eres una mujer muy bella.
Fue Pablo. Ella se enteró de su nombre y de todos los demás más tarde.
—Siento un torrente de alivio. Temí despertar y encontrarme como una ruina
consumida.
—Eso no pudo haber sucedido —respondió Pablo.
—Y nunca ocurrirá —dijo una joven. Se llamaba Nerita.
—¿ Pero los muertos envejecen?
—Oh, sí, envejecemos, igual que los calientes. Pero no exactamente como...
—¿Más lentamente?
—Muchísimo más lentamente. Y de modo distinto. Todos nuestros procesos
biológicos funcionan más lentamente, excepto las funciones del cerebro, las
cuales tienden a ser más rápidas de lo que fueron en vida.
—¿Más rápidas?
—Ya lo verás.
—Todo eso suena ideal.
—Somos inmensamente afortunados. La vida nos ha tratado bien. Nuestra situación
es... sí, ideal. Somos la nueva aristocracia.
—La nueva aristocracia…
Sybille se introdujo lentamente en la bañera, la espalda recostada contra la
porcelana fría, retorciéndose un poco, dejando subir la superficie tibia del
agua hasta su garganta. Cerró sus ojos y divagó apaciblemente.
Todo Zanzíbar estaba esperando para ella.
Las calles que nunca pensé que podría visitar. Deja a Zanzíbar esperar. Deja a
Zanzíbar esperar. Palabras que yo nunca pensé decir. Cuando dejé mi cuerpo en
una orilla lejana.
Tiempo para todo, todo a su debido tiempo.
—Eres una mujer muy bella —le había dicho Pablo, sin pretender adularla.
Ella había querido explicarles, esa primera mañana, que realmente no le
importaba tanto la apariencia de su cuerpo, que sus prioridades reales se
hallaban en otra parte, eran "más altas"; pero no había habido necesidad alguna
de decirles aquello. Ellos entendían. Comprendían todo. Además, ella daba
importancia a su cuerpo. Ser bella era menos importante para ella que para esas
mujeres para quienes la belleza física constituía su única ventaja natural, pero
su apariencia tenía importancia para ella; su cuerpo la complacía, y sabía que
agradaba a los otros, proporcionaba su vía de entrada hacia la gente, era una
manera de entablar relaciones, y ella siempre había estado agradecida por eso.
En su otra existencia su deleite por su cuerpo había sido deficiente por la
conciencia de la segura inevitabilidad de su lenta descomposición, la certeza de
la pérdida de ese poder accidental que la belleza la daba; pero ahora a ella le
había sido concedida la redención de eso: cambiaría andando el tiempo, pero no
tendría que sentir —como deben sentirlo los calientes— que gradualmente perdía
el control. Su cuerpo revivido no la traicionaría volviéndose feo. No.
—Somos la nueva aristocracia.
Después de su baño se quedó de pie unos minutos al lado de la ventana abierta,
desnuda en la brisa húmeda. Los sonidos llegaron a ella: campanas distantes, la
cháchara alegre de aves tropicales, las voces de niños cantando en un lenguaje
que ella no podía identificar. ¡Zanzíbar! Sultanes y especias, Livingstone y
Stanley, Tippu Tib el negrero, Sir Richard Burton pasando una noche en este
mismo cuarto del hotel, tal vez. Hubo una sequedad en su garganta, una
palpitación en su pecho: un poco de excitación cobrando vida en ella al fin y al
cabo. Sintió expectación, incluso avidez. Todo Zanzíbar yacía ante ella. Muy
bien. Muévete, Sybille, ponte algo, déjanos almorzar, una mirada al pueblo.
Cogió una blusa ligera y unos pantalones cortos de su maleta. Justo entonces
Zacharias regresó al cuarto, y ella dijo, sin alzar la vista:
—Kent, ¿crees que estará bien llevar estos pantalones cortos aquí? Son... —una
mirada a su cara y su voz se apagó—. ¿Qué pasa?
—Acabo de hablar con tu marido.
—¿Él está aquí?
—Vino hacia mí en el vestíbulo. Sabía mi nombre. ‘Usted es Zacharias’, dijo, con
un pequeño deje a lo Bogart en su voz, como un marido engañado de película
encarándose con el Otro. ‘¿Dónde está ella? Debo verla’.
—Oh, no, Kent.
—Le pregunté qué quería de ti. ‘Soy su marido’ respondió, y yo le dije ‘tal vez
fue su marido una vez, pero las cosas han cambiado’, y entonces...
—No puedo imaginarme a Jorge discutiendo. ¡Es un hombre tan apacible, Kent!
¿Cómo se le veía?
—Esquizofrénico —respondió Zacharias—. Los ojos vidriosos, los músculos de la
mandíbula agarrotados, signos de tremenda presión por todos lados. Él sabe que
se supone que no puede hacer cosas como ésta, ¿no es así?
—Jorge sabe exactamente cómo se supone que debe comportarse. ¡Oh, Kent, qué lío
tan estúpido! ¿Dónde está ahora?
—Sigue en el primer piso. Nerita y Laurence charlan con él. No quieres verle,
¿verdad?
—Claro que no.
—Escríbele una nota diciéndoselo y yo se la bajaré. Dile que se marche.
Sybille negó con la cabeza.
—No quiero hacerle daño.
—¿Hacerle daño? Él te ha seguido alrededor de medio mundo como un niño
enamorado, él ha intentado violar tu intimidad, él ha desestabilizado un viaje
importante, él ha rehusado atenerse a las convenciones que rigen las relaciones
entre calientes y muertos, y tú...
— Él me ama, Kent.
— Él te amó. Bien, admito eso. Pero la persona que él amó ya no existe. Hay que
hacerle entender eso.
Sybille cerró los ojos.
—No quiero lastimarle. Y no quiero que tú le hagas daño tampoco.
—No le lastimaré. ¿Vas a verle?
— No —respondió ella. Gruñó con irritación y arrojó sus pantalones cortos y su
blusa en una silla. Había un martilleo agudo en sus sienes, una sensación de ser
desafiado, de estar amenazado, que ella no sentía desde aquel día horrible en
los montículos Newark. Caminó a grandes pasos hacia la ventana y miró afuera,
casi esperando ver a Jorge discutiendo con Nerita y Laurence en el patio. Pero
no había nadie allá abajo salvo un criado que miró hacia arriba como si sus
pechos desnudos fuesen faros y que le ofrendó una amplia sonrisa
resplandeciente. Sybille le dio la espalda y dijo lentamente—: Dile que es
imposible para mí verle. Usa esa palabra. No que no le quiero, ni que no quiera
verle, ni que no es correcto que yo le vea, simplemente que es imposible. Y
luego telefonea al aeropuerto. Quiero volver a Dar en el avión de la noche.
—¡Pero si apenas hemos llegado!
—No importa. Volveremos en otra ocasión. Jorge es muy insistente; no aceptará
nada excepto una negativa brutal, y no puedo hacerle eso. Así que nos iremos.
Klein nunca había visto antes a los muertos de cerca. Cuidadosa, ansiosamente,
hurtó rápidas miradas intensas sobre Kent Zacharias mientras se sentaban lado a
lado en sillas de caña entre las palmas plantadas en macetas en el vestíbulo del
hotel. Jijibhoi le había contado que apenas saltaba a la vista, que uno lo
percibía más subliminalmente que por cualquier manifestación exterior, y era
cierto; había un cierto aire en torno a los ojos, claro está, la famosa fijeza
de los muertos, y había algo extrañamente pálido en la piel de Zacharias bajo la
tez rojiza, pero si Klein no hubiera sabido lo que era Zacharias, no podría
haberlo adivinado. Trató de imaginarse a este hombre, a este pelirrojo
arqueólogo muerto de rostro encendido, a este cavador de montones de basura, en
la cama con Sybille. Haciendo con ella lo que fuese que los muertos hicieran en
sus acoplamientos. Ni siquiera Jijibhoi estaba seguro. Algo con las manos, con
los ojos, con susurros y sonrisas, en absoluto genital —al menos eso suponía
Jijibhoi. Éste es el amante de Sybille, con quien estoy hablando. Éste es el
amante de Sybille. Qué extraño que le molestase tanto. Ella había tenido
romances cuando estaba viva; como él, como todo el mundo; era su estilo de vida.
Pero él se sentía amenazado, abrumado, derrotado, por este cadáver andante de un
amante.
Dijo:
—¿Imposible?
—Esa fue la palabra que ella usó.
—¿No puedo disponer de diez minutos con ella?
—Imposible.
—¿Me permitiría ella verla durante unos momentos, al menos? Solamente quiero ver
cómo se encuentra.
—¿No encuentra usted humillante montar todo este estropicio sólo por echarla un
vistazo?
—Sí.
—¿Y aun así lo desea?
—Sí.
Zacharias dijo suspirando.
—No puedo hacer nada por usted. Lo siento.
—Tal vez Sybille esté cansada después de tantos viajes. ¿Cree usted que podría
estar de un humor más receptivo mañana?
— Quizás —respondió Zacharias—. ¿Por qué no regresa usted entonces?
—Ha sido usted muy amable.
—De nada.
—¿Puedo invitarle a una copa?
—Gracias, no —respondió Zacharias—. No me permito más. No desde entonces...
Sonrió.
Klein pudo oler el whisky en el aliento de Zacharias. Bien, entonces. Bien. Se
iría. Un conductor esperando fuera de los terrenos del hotel atizó su cabeza
fuera de su ventana del taxi y dijo esperanzadoramente:
—¿Excursión por la isla, caballero? ¿Quiere ver las plantaciones de clavo, el
estadio de atletismo?
—Ya los he visto —respondió Klein—. Lléveme a la playa.
Consumió la tarde observando las pequeñas olas de color turquesa lamiendo la
arena rosada. A la mañana siguiente regresó al hotel de Sybille, pero ellos se
habían ido, los cinco; en el último vuelo de la noche hacia Dar, dijo el
recepcionista como disculpándose. Klein preguntó si podría hacer una llamada
telefónica, y el empleado le mostró un antiguo aparato en un nicho cerca del
bar. Telefoneó a Barwani.
—¿Qué pasa? —demandó— ¡Usted me dijo que se quedarían al menos una semana!
— Verá, señor, las cosas cambian —respondió Barwani suavemente.

4.

¿Qué presagia? ¿Qué traerá el futuro? No sé, no tengo premonición. Cuando una
araña se arroja hacia abajo desde algún punto fijo, consecuentemente con su
naturaleza, sólo ve ante ella un espacio vacío en donde no puede encontrar
puntos de apoyo por más que se extienda. Y así es conmigo: Siempre ante mí un
espacio vacío; lo que me conduce adelante es una seguridad que yace detrás de
mí. Esta vida es desquiciada y terrible, no ser soportaba.
Soreen KIERKEGAARD, Either/Or
Jijibhoi dijo:
—En todo este asunto de la muerte, ¿quién puede decir qué es lo correcto,
querido amigo? Cuando yo era un niño, en Bombay no era insólito entre nuestros
vecinos hindúes practicar el rito del suttee, esto es, la cremación de la viuda
en la pira fúnebre de su marido; y ¿bajo qué pretensión les podemos llamar
bárbaros? Por supuesto —sus ojos morenos relampaguearon traviesamente— que les
llamamos bárbaros, aunque nunca cuando nos podrían oír. ¿Quieres más curry?
Klein reprimió un suspiro. Estaba lleno, y el curry era una sustancia llameante,
de una incandescencia mucho más allá de su grado habitual de tolerancia; pero la
hospitalidad de Jijibhoi, discretamente insistente, tenía una cierta calidad
hierática que hacía que Klein se sintiera como un blasfemo cada vez que rehusaba
algo en su casa. Sonrió y asintió con la cabeza, y Jijibhoi, levantándose, puso
un montículo de arroz en el plato de Klein, y luego lo enterró bajo carne de
cordero con curry, aliñado con salsas chutney y sambal. Silenciosamente, sin
dilación, la esposa de Jijibhoi fue a la cocina y regresó con una botella fría
de Heineken. Le concedió a Klein una sonrisa tímida mientras la ponía delante de
él. Trabajaban bien juntos, estos dos Parsis, sus anfitriones.
Eran una elegante pareja; notable, incluso. Jijibhoi era un hombre alto y
erguido, con una enérgica nariz aguileña, morena piel levantina, pelo como el
azabache, un bigote imponente. Sus manos y sus pies eran extraordinariamente
pequeños; su talante era educado y reservado; se movía con una rapidez rayana en
el nerviosismo. Klein conjeturó que andaría en los inicios de los cuarenta,
aunque sospechaba que su estimación fácilmente podría estar fuera de sitio por
diez años en cualquier dirección. Su esposa —extrañamente, Klein nunca había
oído su nombre— era menor que su marido, casi tan alta, hermosa de tez —el color
radiante de la aceituna— y sensual de figura. Se enfundaba invariablemente en
fluidos saris de seda; Jijibhoi llevaba ropas occidentales de ejecutivo, trajes
y corbatas veinte años pasados de moda. Klein nunca había visto a ninguno de
ellos con la cabeza descubierta: ella llevaba puesto un pañuelo de lino blanco,
él un casquete brocado que podría llevar a la gente a confundirle con un judío
oriental. Vivían sin hijos y eran autosuficientes, formando una pareja
concluida, una unidad perfecta, dos segmentos de la misma entidad, unida e
indivisible, como Klein y Sybille lo fueran una vez. Su armoniosa interacción de
pensamientos y gestos los hacía un poquito desconcertantes, incluso
intimidadores, para los demás. Como Klein y Sybille lo hicieran una vez.
Klein dijo:
—Entre tu gente…
—Oh, muy diferente, muy diferente, realmente único. ¿Tú conoces nuestra
costumbre funeraria?
—La exposición de los muertos, ¿no?
La esposa de Jijibhoi soltó una risita.
—¡Un esquema muy antiguo de reciclaje!
—Las Torres de Silencio — respondió Jijibhoi. Se dirigió a la enorme ventana del
comedor y permaneció en pie, de espaldas a Klein, fijando la mirada en las luces
deslumbrantes de Los Angeles. La casa de Jijibhoi, toda ella pino rojo y
cristal, se encaramaba precariamente sobre pilotes cerca de la cima de Benedict
Canyon, justo debajo de Mulholland: la vista se apropiaba de todo desde
Hollywood a Santa Monica—. Hay cinco de ellas en Bombay, en Malabar Hill, un
cerro rocoso dominando el Mar de Arabia. Tienen siglos de edad; cada una
circular, varios centenares de pies de circunferencia, rodeadas por un muro de
piedra de veinte o treinta pies altos. Cuando un Parsi muere... ¿sabes algo de
esto?
—No tanto como me gustaría saber.
—Cuando un Parsi muere, es trasladado en un ataúd de hierro hasta las Torres por
portadores de cadáveres profesionales; los asistentes al funeral van detrás en
procesión, de dos en dos, unidos de las manos y sujetando un pañuelo blanco
entre ellos. Una escena hermosa, querido Jorge… Hay una entrada en el muro de
piedra a través de la cual pasan los portadores del cadáver, transportando su
carga. Nadie más puede entrar en la Torre. Dentro hay una plataforma circular
pavimentada con losas grandes y dividida en tres filas de receptáculos poco
profundos, abiertos. La fila exterior se usa para los cuerpos de varones, la
siguiente para los de mujeres y la más interior para los niños. El muerto es
dejado en un lugar de descanso; los buitres se elevan desde las palmeras altas
en los jardines contiguos a las Torres; en un plazo de una hora o dos, sólo
permanecen los huesos. Más tarde, el esqueleto desnudo, secado al sol, es
lanzado en un hoyo en el centro de la Torre. Los ricos y los pobres se
desmenuzan juntos allí en el polvo.
—¿Y todos los Parsis son… ah… enterrados así?
—Oh, no, no, de ningún manera —respondió Jijibhoi cordialmente—. Todas las
tradiciones antiguas están en retroceso hoy día, ¿sabes? Nuestra gente más joven
aboga por la cremación o incluso el entierro convencional. No obstante, muchos
de nosotros continuamos contemplando la belleza de nuestro método.
—¿Belleza?
La esposa de Jijibhoi respondió en una voz queda:
—Enterrar a los muertos en el suelo, en una tierra tropical húmeda donde las
enfermedades son altamente contagiosas, no nos parece higiénico. Y quemar un
cuerpo es desaprovechar su materia. Pero dar los cuerpos de los muertos a las
eficientes aves hambrientas -rápidamente, limpiamente, sin remilgos- es para
nosotros una forma de celebrar la economía de la naturaleza. Hacer los huesos de
uno mezclarse en el hoyo con los huesos de la comunidad entera es, para
nosotros, la democracia final.
—¿Y los mismos buitres no esparcen contagios, alimentándose como lo hacen con
los cuerpos de...
—Nunca —respondió Jijibhoi firmemente—. Ni contraen nuestras enfermedades.
— Y deduzco que ambos tenéis la intención de hacer que vuestros cuerpos regresen
a Bombay cuando... —sobrecogido, Klein hizo una pausa, meneó la cabeza,
carraspeó con turbación, y forzó una débil sonrisa—. ¿ Ves lo que este curry
radiactivo vuestro ha hecho con mis modales? Discúlpame. ¡Aquí sentado, un
invitado a tu mesa, interrogándote acerca de tus planes funerarios!
Jijibhoi rió entre dientes.
—La muerte no es terrible para nosotros, estimado amigo. Es... casi no merece la
pena decirlo, ¿no? Es un suceso natural. Durante un tiempo estamos aquí, y luego
nos vamos. Cuando nuestro tiempo acabe, sí, ella y yo nos entregaremos a las
Torres del Silencio.
Su esposa agregó bruscamente:
—¡Mejor allí que en los Pueblos Fríos! ¡Mucho mejor!
Klein nunca había observado tal vehemencia en ella antes.
Jijibhoi se giró de la ventana y la miró furiosamente. Klein tampoco había visto
eso antes. Parecía como si la frágil red de elaborada cortesía que habían estado
hilando toda la tarde se desenredara repentinamente, y que hasta los lazos entre
Jijibhoi y su esposa experimentaran tensión. Alterado ahora, agitadamente,
Jijibhoi comenzó a recoger los platos vacíos, y tras un momento embarazosamente
largo dijo:
—Ella no pretendía ofenderte.
—¿Por qué debería ofenderme?
—Una persona que amas escogió ir a los Pueblos Fríos. Podrías pensar que había
una crítica implícita de ella en la expresión de disgusto de mi esposa.
Klein se encogió de hombros.
—Ella tiene derecho a sus propios sentimientos sobre el reavivado. Me pregunto,
sin embargo…
Se detuvo, inquieto, temiendo indagar demasiado profundamente.
—¿Sí…?
—No tiene importancia.
— Por favor —dijo Jijibhoi—. Somos viejos amigos.
— Me preguntaba —respondió Klein lentamente— si no resulta duro para ti pasar
todo el tiempo entre muertos, estudiándolos, estudiando sus métodos,
dedicándoles tu carrera entera, cuando tu esposa evidentemente aborrece los
Pueblos Fríos y todo lo que procede de ellos. Si el tema de tu trabajo la
repele, no debes poder compartirlo con ella.
—Oh —respondió Jijibhoi, relajándose visiblemente—, así que es eso... pues yo
tengo incluso menos simpatía por todo el fenómeno del reavivado que ella.
—¿Tú tienes…? —éste era un aspecto de Jijibhoi que Klein nunca había sospechado—
¿Te repele? ¿Entonces por que escogiste hacer un sondeo tan intensivo de ello?
Jijibhoi pareció auténticamente sorprendido.
—¿Qué? ¿Estás diciendo que uno debe tener lealtad personal por el tema de un
área de estudio? —soltó una carcajada—. Tú eres de origen judío, creo, y a pesar
de eso tu tesis doctoral concernía, creo recordar, con las fases tempranas del
Tercer Reich.
—¡Touché! —Klein se estremeció.
—Como sociólogo, encuentro la subcultura de los muertos irresistible —prosiguió
Jijibhoi—. Tener un aspecto tan radicalmente nuevo de la existencia humana
haciendo erupción durante la carrera de uno es un regalo increíble. No hay
ningún campo más fecundo que yo pueda investigar. Pero no tengo aspiración,
ninguna en absoluto, de entregarme nunca para reavivar. Para mí, para mi esposa,
estarán las Torres del Silencio, el sol caliente, los buitres complacientes... y
se acabó, el fin, nada más, última estación.
—No tenía idea de que te sintieses así. Supongo que si hubiera sabido más sobre
la teología Parsi, podría haberme percatado...
—No comprendes. Nuestras objeciones no son religiosas. Es que nosotros
compartimos un anhelo, una manía idiosincrásica, por no continuar más allá del
tiempo asignado. Pero además tengo serias reservas acerca del impacto del
reavivado en nuestra sociedad. Siento un profundo desasosiego por la presencia
de esos muertos entre nosotros, siento un miedo puramente personal de esta gente
y la cultura que están creando, siento incluso un aborrecimiento por —Jijibhoi
se cortó de repente—… su indulto. Ésa es quizá una palabra demasiado fuerte.
¿Ves qué compleja es mi postura hacia este tema, mi mezcla de fascinación y
repulsión? Vivo en tensión constante entre esos polos. Pero ¿por qué te digo
todo esto, que si no te molesta seguramente debe aburrirte? Oigamos hablar de tu
viaje a Zanzíbar.
—¿Qué puedo decir? Fui, esperé un par de semanas para que ella se presentase, no
pude estar cerca de ella en modo alguno, y volví a casa. Todo un viaje hasta
África y no conseguí ni un atisbo suyo.
—¡Qué frustración, querido Jorge!
—Se quedó en su habitación del hotel. No me dejaron subir.
—¿Ellos…?
—Su séquito —respondió Klein—. Ella viajaba con otros cuatro muertos, una mujer
y tres hombres. Compartiendo su habitación con el arqueólogo, Zacharias. Él fue
el que la ocultó de mí, y lo hizo muy hábilmente, por cierto. Actúa como si la
poseyera. Tal vez lo haga. ¿Qué me puedes contar tú, Framji? ¿Se casan los
muertos? ¿Es Zacharias su nuevo marido?
—Es muy improbable. Los términos "esposa" y "marido" no se usan entre los
muertos. Establecen relaciones, sí, pero los lazos de pareja parecen raros entre
ellos, posiblemente desconocidos por completo. En lugar de eso tienden a crear
agrupamientos seudo-familiares de apoyo con tres o cuatro, o incluso más
individuos, los cuales...
—¿Quieres decir que sus cuatro acompañantes en Zanzíbar son sus amantes?
Jijibhoi gesticuló elocuentemente.
—¿Quién puede decirlo? Si tratas de decir en un sentido físico, entonces lo
dudo, pero uno nunca puede estar seguro. Zacharias parece ser su compañero
especial, en todo caso. Varios de los demás puede ser parte de su seudo-familia
también; o todos, o ninguno. Tengo motivos para creer que en ciertos momentos
cada muerto puede aducir una relación familiar con cualquier otro de su clase.
¿Quién sabe? Percibimos las actividades de esta gente, como dijo alguien, a
través del espejo, misteriosamente…
—No veo a Sybille emparejada tan fácilmente. Ni siquiera sé qué aspecto tiene
ahora.
—No ha perdido nada de su belleza.
—Eso me has dicho antes. Pero quiero verla yo mismo. Tú no puedes comprender
realmente, Framji, cómo ansío verla. El dolor que siento, no soy capaz de…
—¿Te gustaría verla ahora mismo?
Klein se estremeció en un espasmo de asombro.
—¿Qué? ¿Qué dices? ¿Está...?
—¿Escondida en la habitación de al lado? No, no, nada de eso. Pero tengo una
pequeña sorpresa para ti. Ven a la biblioteca.
Sonriendo cálidamente, Jijibhoi dirigió el camino desde el comedor hasta el
pequeño estudio contiguo, un cuarto completamente abarrotado desde el suelo
hasta el techo con libros en una variedad asombrosa de lenguajes: no simplemente
inglés, francés y alemán, sino también sánscrito, hindi, Gujerati, Farsi, las
lenguas propias de la formación políglota de Jijibhoi en la diminuta colonia
Parsi de Bombay, una comunidad en la cual ningún lenguaje, una vez valorado, era
jamás descartado. Apartando una pila de publicaciones profesionales muy usadas,
sacó un cubo de película brillante, activando su luz interior con un toque del
pulgar, y se lo dio a Klein.
La imagen holográfica, bien definida y brillante, mostró tres formas en una
ancha llanura herbosa que parecía no tener límites; libre de árboles, piedras
grandes, o cualquier otra interrupción visual, se desenrollaba una interminable
alfombra verde bajo un liso cielo azul mortecino. Zacharias estaba de pie a la
izquierda, su cara desviada de la cámara; miraba hacia abajo, mientras montaba
un rifle formidable. En el extremo derecho estaba un hombre moreno y rechoncho,
de aspecto robusto, cuya cara pálida, brutalmente destacada, parecía toda barba
y fosas nasales. Klein le reconoció: Anthony Gracchus, uno de los muertos que
habían acompañado a Sybille hasta Zanzíbar. Sybille permanecía en pie al lado de
él, vestida con unos amplios pantalones caquis y una crujiente blusa blanca. El
brazo de Gracchus estaba extendido; evidentemente señalando un objetivo, y ella
apuntaba atentamente una escopeta casi tan grande como la de Zacharias.



Klein giró el cubo, estudiando la cara de ella desde varios ángulos, y la visión
hizo que sus dedos se tornaran espesos y torpes, que sus párpados temblaran.
Jijibhoi había hablado correctamente: ella no había perdido nada de su belleza.
Pero no era totalmente la Sybille que él había conocido. Cuando la vio por
última vez, yaciendo en su ataúd, ella había parecido ser una perfecta imagen de
mármol de sí misma, y ahora tenía esa misma apariencia estatuaria irreal. Su
cara era una máscara inexpresiva, calma, remota, lejana; sus ojos eran misterios
relucientes; sus labios registraban una sonrisa débil, enigmática, apenas
perceptible. Le asustó contemplarla así, tan ajena, tan poco familiar. Quizás
era la intensidad de su concentración, que le confería esa apariencia marmórea
imponente que ella parecía derramar por todo su ser durante el acto de apuntar.
Inclinando más el cubo, Klein pudo ver a lo que apuntaba: Un raro pájaro
desmañado avanzando a través de la hierba en la zona izquierda inferior del
cubo, un pájaro más grande que un pavo, redondo como un saco, con plumaje gris
ceniza, pecho y cola blanquecinos, alas de un blanco amarillento, y unas cortas,
cómicas patas amarillas. Su cabeza era inmensa y su pico negro terminaba
bruscamente en un gran gancho. La criatura parecía solemne, bastante digna, y
débilmente ridícula; no parecía consciente de que su destino estaba frente a
ella. Qué extraño ver a Sybille a punto de matarlo, ella que siempre había
detestado el acto de quitar la vida: ¡Sybille la cazadora ahora, Sybille la
diosa lunar, Diana Sybille!



Klein, estremecido, miró a Jijibhoi y dijo:



—¿Dónde ha sido tomado esto? En ese safari en Tanzania, supongo.



—Sí. En febrero. Este hombre es el guía, el cazador blanco.



—Le vi en Zanzíbar. Se llama Gracchus; era uno de los muertos que viajaban con
Sybille.



—Dirige una reserva de caza no muy lejos del Kilimanjaro, preparada
exclusivamente para el uso de los muertos —respondió Jijibhoi—. Una de las
manifestaciones más extravagantes de su subcultura, de hecho. Cazan sólo a
aquellos animales que…



Klein preguntó expectante:



—¿Cómo obtuviste tú esta foto?



—Fue tomada por Nerita Tracy, otro de los acompañantes de tu esposa.



—La encontré en Zanzíbar, también. Pero cómo…



—Un amigo de ella es conocido mío, uno de mis informantes, de hecho; una valiosa
conexión en mis investigaciones. Varios meses atrás le pregunté si podría
obtener algo como esto para mí. No le dije, claro está, que lo quisiese para ti
—Jijibhoi le miró fijamente—. Pareces preocupado, querido amigo.



Klein cabeceó. Cerró los ojos como para protegerlos de los planos deslumbrantes
de la foto de Sybille. Finalmente respondió en una voz lacónica, carente de
matices:



—Debo llegar a verla.



—Quizá sería mejor para ti si abandonaras.



—No.



—No existe ninguna forma de que pueda convencerte de que es peligroso para ti
perseguir tu fantasía de...



—No —respondió Klein—. Ni lo intentes. Es necesario para mí alcanzarla.
Necesario.



—¿Cómo lo llevarás a cabo, entonces?



Klein respondió mecánicamente:



—Yendo al Pueblo Frío de Sión.



—Ya has hecho eso. No te dejarán entrar.



—Esta vez lo harán. No rechazan a los muertos.



Los ojos del Parsi se dilataron.



—¿Renunciarás a tu vida? ¿Es éste tu plan? ¿Qué estás diciendo, Jorge?



Klein, risueño, respondió



—Eso no es lo que quise decir en absoluto.



—Estoy asombrado.



—Tengo la intención de infiltrarme. Me disfrazaré como uno de ellos. Me meteré
calladamente en el Pueblo Frío del mismo modo en que un infiel se desliza en La
Meca —aferró la muñeca de Jijibhoi—. ¿ Me puedes ayudar? ¿Entrenarme en sus
maneras, enseñarme su jerga?



—Te descubrirán al minuto.



—Puede que no. Tal vez llegaré a Sybille antes de que lo hagan.



—Es una locura —respondió Jijibhoi calmadamente.



—Así y todo. Tú tienes el conocimiento. ¿Me ayudarás?



Suavemente, Jijibhoi retiró su brazo del control de Klein. Atravesó el cuarto y
se ocupó durante algunos momentos de un estante de libros descuidado, ordenando
y reacomodando puntillosamente. Finalmente, respondió:



— Allí es poco lo que yo puedo hacer por ti. Mi conocimiento es amplio pero no
profundo, no suficientemente profundo. Pero si insistes en ir hasta el final con
esto, Jorge, te puedo presentar a alguien que puede estar capacitado para
ayudarte. Es uno de mis informantes, un muerto, un hombre que ha rechazado la
autoridad de los Padres Guía, una persona que anda entre los muertos pero no con
ellos. Tal vez él puede instruirte en lo que necesitarías saber.



—Llámale —dijo Klein.



—Debo advertirte de que es imprevisible, turbulento, quizá incluso traicionero.
Los valores humanos comunes no tienen significado para él en su estado actual.



—Llámale.



—Si pudiera disuadirte de...



—Llámale.



5.

Discutir trae problema. Estos días los leones rugen de lo lindo. La alegría
sigue la pena. No está bien pegar a los niños demasiado. Usted debería irse
ahora y volver a casa. Es imposible trabajar hoy. Usted debería ir a la escuela
todos los días. No es aconsejable seguir este sendero, hay agua en medio. No
importa, podré cruzar. Deberíamos regresar rápidamente. Estas lámparas emplean
un montón de aceite. No hay mosquitos en Nairobi. No hay leones aquí. Hay gente
aquí, buscando huevos. ¿Hay agua en el pozo? No, no hay. Si hay sólo tres
personas, entonces el trabajo será imposible hoy.

D. V. PERROTT, Aprenda Swahili usted mismo



Gracchus hace señas furiosamente a los mozos y ruge:



—Shika njia hii —al frente, tres giran, dos continúan caminando con pesadez en
línea recta. Llama—: ¡Ninyi nyote! ¡Fanga kama hivi! —menea la cabeza, escupe,
se sacude el sudor de la frente. Añade, hablando en una voz más baja y en
inglés, con cuidado de que no le oigan— ¡Haced lo que digo, bastardos negros
malignos, o estaréis más muertos que yo antes de la puesta del sol!



Sybille ríe nerviosamente.



—¿Les hablas siempre así ?



—Trato de ser natural con ellos. ¿Pero qué hacen bien, qué hace bien cualquiera
de ellos? Vamos, déjame ir a su paso.



Hace menos de una hora que ha amanecido pero el sol ya calienta mucho, en este
árido paisaje llano entre el Kilimanjaro y el Serengeti. Gracchus está
dirigiendo a la banda hacia el norte a través de la hierba alta, siguiendo el
rastro de lo que él cree que es un cuaga, pero abrir una senda en la hierba alta
es trabajo agotador y los porteadores no dejan de desviarse hacia un barranco
que ofrece la sombra tentadora de una espesura de espinos, y tiene que
hostigarlos continuamente para mantenerlos firmes en la ruta que él quiere.
Sybille ha advertido que Gracchus grita ferozmente a sus negros, como si fuesen
no mucho más que bestias recalcitrantes, y habla de ellos a sus espaldas con un
desprecio similar, pero todo eso parece hecho por puro alarde, todo parte de su
papel de cazador blanco: también ha notado a veces, cuando ella supuestamente no
se enteraba, que en secreto Gracchus es de hecho amable, tierno, incluso
afectuoso entre los porteadores, gastando bromas con ellos —supone ella— con
expresivas burlas Swahili y juguetones puñetazos fingidos. Los porteadores hacen
también su papel: se comportan tal como se espera de su profesión,
alternativamente respetuosos y condescendientes hacia los clientes, fingiendo
ser alternativamente los depositarios omniscientes de la tradición del monte y
salvajes simples, ingenuos, apropiados sólo para acarreando fardos. Pero los
clientes a los que sirven no son realmente como los deportistas de la época de
Hemingway, dado que son muertos, y los porteadores están secretamente
aterrorizados de los seres extraños a quienes sirven. Sybille los ha visto
mascullando plegarias y acariciando amuletos cada vez que accidentalmente tocan
a uno de los muertos, y ocasionalmente ha captado una mirada desprevenida
transmitiendo puro miedo, posiblemente repulsión. Gracchus no es su amigo, por
más alegre que pueda estar entre ellos: parecen considerarle como algún tipo de
brujo monstruoso, y a los clientes como demonios encarnados.



Sudando, hablando poco, los cazadores se mueven en fila india: primero los
porteadores con las armas y los suministros; luego Gracchus, Zacharias, Sybille,
Nerita disparando constantemente su cámara, y Mortimer. Los parches de nubes
blancas derivan lentamente a través del inmenso arco del cielo. La hierba es
exuberante y densa, pues las lluvias cortas fueron inusualmente fuertes en
diciembre. Animales pequeños corren a toda prisa a su través, visibles sólo en
destellos rápidos, ardillas y chacales y gallinas de Guinea. A veces pueden
verse criaturas mayores: tres avestruces arrogantes, un par de resollantes
hienas, una banda de gacelas Thomson fluyendo como un río de color tostado a
través de la llanura. Ayer Sybille espió a dos jabalís verrugosos, algunas
jirafas, y un serval, un elegante gato salvaje de grandes orejas que avanzaba a
rastras como un guepardo en miniatura. Ninguna de estas bestias pueden ser
cazadas, sino sólo ésas especiales que los agentes del coto han introducido para
las especiales necesidades de sus clientes; cualquier cosa considerada fauna
africana nativa, lo cual quiere decir cualquier cosa que viviera aquí antes de
que los muertos alquilasen esta región del Masai, está protegida por orden del
Estado. Los Masai están autorizados para realizar alguna cacería de leones, dado
que ésta es su reserva, pero quedan tan pocos Masai que el perjuicio que pueden
provocar es mínimo. Ayer, después de los facoqueros y antes de las jirafas,
Sybille vio a sus primeros Masai: cinco hombres enjutos, hermosos, de cuerpo
alargado, desnudos bajo escasas túnicas rojas, caminando silenciosamente sin
rumbo aparente a través de los arbustos, haciendo pausas frecuentes para
quedarse con aire pensativo sobre una pierna, apoyados contra sus lanzas. De
cerca eran menos apuestos: desdentados , salpicados de moscas, quebrantados. Se
ofrecieron a vender sus lanzas y sus collares de cuentas por algunos chelines,
pero los componentes de safari ya se habían abastecido de artefactos Masai en
tiendas de recuerdos de Nairobi, a precios pasmosamente más altos.



Durante el resto de la mañana acechan al cuaga, Gracchus señalándoles huellas de
pezuñas aquí, estiércol fresco allá. Es Zacharias que quien ha pedido disparar a
un cuaga.



—¿Cómo puedes asegurar que no vamos detrás de una cebra? —pregunta
malhumoradamente.



Gracchus le guiña un ojo.



—Confía en mí. También encontraremos cebras por el camino. Pero tú conseguirás
tu cuaga. Te lo garantizo.



Ngiri, el porteador principal, gira y sonríe abiertamente.



—Piga quagga m'uzuri, bwana.



Le dice a Zacharias, y guiña el ojo también; y entonces —Sybille lo ve
claramente— su alegre sonrisa confiada se desvanece como si hubiese tenido
ánimos para mantenerla sólo durante un instante, y un velo de temor cubre su
oscura cara reluciente.



—¿Qué ha dicho? —pregunta Zacharias.



—Que dispararás a un cuaga excelente —contesta Gracchus.



Los cuagas. El último salvaje fue matado allá por 1870, quedando sólo tres en el
mundo, todas hembras, en zoológicos europeos. Los Boers los habían dado caza
hasta el borde de la extinción para alimentar con su carne blanda a los esclavos
hotentotes y para hacer de sus pieles rayadas sacos para el grano bóer,
veldschoen de cuero para los pies bóer. El cuaga del Zoo de Londres murió en
1872, el de Berlín en 1875, y el cuaga de Amsterdam en 1883, y no fueron vistos
vivos otra vez hasta la restauración artificial de la especie a través de
selección posterior de la raza y manipulación genética en 1990, cuando este coto
de caza fue abierto para una clientela restringida y especial.



Es casi mediodía ya, y no ha sido disparada una bala en toda la mañana. Los
animales han comenzado a dirigirse a cubierto; no aparecerán hasta que se
alarguen las sombras. Momento para hacer un alto, montar el campamento, sacar la
cerveza y los sándwiches, contar historias exageradas sobre aventuras
horripilantes con búfalos enloquecidos y elefantes nerviosos. Pero no se quedan
demasiado. Los caminantes se acercan a una colina baja y ven, en la depresión
alargada más allá, una gran cantidad de avestruces y varios centenares de cebras
pastando. A medida que los humanos surgen a la vista, los avestruces empiezan a
alejarse lenta y cautelosamente, pero las cebras, del todo imperturbables,
continúan pastando. Ngiri señala con el dedo y dice:



—Piga quagga, bwana.



—Simplemente un montón de cebras —responde Zacharias.



Gracchus niega con la cabeza.



—No. Escucha. ¿Oyes el sonido?



Al principio nadie advierte nada inusual. Pero entonces, sí, Sybille lo oye: un
inquieto relincho agudo, muy extraño, un sonido salido de un tiempo perdido, el
grito de una bestia que ella no había oído antes. Es una canción de los muertos.
Nerita la oye también, y Mortimer, y finalmente Zacharias. Gracchus indica con
la cabeza hacia el flanco distante de la depresión. Allí, entre las cebras, hay
media docena de animales que casi podrían ser cebras, pero cebras inacabadas,
rayados sólo en la cabeza y la parte delantera; el resto de sus cuerpos es de un
marrón amarillento, sus piernas son blancas, sus crines marrón oscuro con rayas
pálidas. Sus pelajes brillan como mica al sol. De vez en cuando levantan sus
cabezas, emiten ese extraño resoplido percusivo silbante, y se inclinan de nuevo
hacia la hierba. Cuagas. Extraviados desde el pasado, reliquias, fantasmas
revividos. Gracchus hace señales y la banda se despliega a lo largo de la cima
de la colina. Ngiri le da a Zacharias su arma gigantesca. Zacharias se
arrodilla, avista.



—No te precipites —susurra Gracchus—. Tenemos toda la tarde.



—¿Parezco apresurado? —pregunta Zacharias.



Las cebras bloquean ahora al pequeño grupo de cuagas de su vista, casi como
intencionadamente. Él no debe pegar un tiro a una cebra, claro está, o habrá
problemas con los guardas forestales. Pasan los minutos. Luego la pantalla de
cebras se separa abruptamente y Zacharias aprieta el gatillo. Hay un estampido
enorme; las cebras se escapan en diez direcciones, de manera que el ojo es
bombardeado con vertiginosas ondas estroboscópicas de blanco y negro. Cuando
pasa la convulsa confusión, uno de los cuagas yace sobre su costado,
completamente solo en el prado, habiendo efectuado la transición a través de la
interfaz. Sybille lo mira serenamente. La muerte la desalentó una vez, muerte de
cualquier tipo, pero ya no.



—¡Piga m'uzuri! —gritan gozosamente los porteadores.



— Kufa —dice Gracchus—. Muerto. Un tiro limpio. Ya tienes tu trofeo.



Ngiri se da prisa con el cuchillo de desollar. Esa noche, acampando bajo el
ancho flanco del Kilimanjaro, cenan cuaga asado, muertos y porteadores por
igual. La carne es jugosa, recia, débilmente picante.



A última hora de la tarde siguiente, a medida que atraviesan una corriente
helada que, perfilada por árboles, rompe el campo lleno de espesos y altos
matorrales verde-grisáceos, encuentran una monstruosidad: una caótica cosa
peluda de doce o quince pies de altura, erguida sobre sus masivos cuartos
traseros y balanceándose sobre una cola increíblemente gruesa, robusta. Se apoya
contra un árbol, tirando de sus ramas altas con sus largos miembros delanteros
rematados por feroces zarpas como una hilera de hoces; come ruidosamente con
voracidad hojas y varitas de leña. Pronto los advierte y mira alrededor,
estudiándolos con unos pequeños ojos amarillos estúpidos; luego vuelve a su
comida.



—Una rareza —dice Gracchus—. Conozco a cazadores que han andado por todo este
parque sin toparse nunca con uno. ¿Habéis visto vosotros alguna vez algo tan
feo?



—¿Qué es eso? — pregunta Sybille.



—Un megaterio. El perezoso gigante de tierra. Sudamericano, en realidad, pero no
nos detuvimos en nimiedades sobre geografía cuando abastecimos este lugar.
Tenemos sólo cuatro de ellos, y cuesta no sé cuántos miles de dólares disparar a
uno. Nadie ha firmado por un perezoso terrestre todavía. Dudo que alguien
quiera.



Sybille se pregunta dónde podría ser vulnerable a una bala la bestia:
seguramente no en su débil cerebro del tamaño de un maní. Se pregunta, también,
qué clase de deportista encontraría placer en matar algo semejante. Durante un
rato observan cómo el torpe monstruo desgarra el árbol. Luego siguen adelante.



Gracchus les muestra otro prodigio a la caída del sol: una esfera pálida,
similar a un melón enorme, anidado en un montículo de hierba espesa junto a un
arroyo.



—¿Un huevo de avestruz? —especula Mortimer.



—Cerca. Muy cerca. Es un huevo de moa. El pájaro más grande del mundo. De Nueva
Zelanda, extinto sobre el siglo dieciocho.



Nerita se inclina y da unos ligeros golpecitos al huevo.



—¡Qué tortilla podríamos hacer!



—Podría dar de comer a unos setenta y cinco como nosotros —responde Gracchus—.
Siete litros de líquido, fácilmente. Pero por supuesto que no debemos
entrometernos en eso. El crecimiento natural es de suma importancia para
conservar este parque abastecido.



—¿Y dónde está mamá moa? — pregunta Sybille—. ¿Debería dejar desamparado el
huevo?



—Los moas no son precisamente brillantes —replica Gracchus—. Esa es una buena
razón para explicar por qué se extinguieron. Ha debido alejarse para encontrar
algo de cena. Y…



—Buen Dios —barbota Zacharias.



El moa ha regresado, emergiendo repentinamente desde un matorral. Se levanta
como una montaña con plumas por encima de ellos, delineada por el azul oscuro
del crepúsculo: un avestruz, más o menos, pero un avestruz exagerado, un
avestruz último, un pájaro de casi cuatro metros de altura, con un pesado cuerpo
redondeado y un gran cuello recio como una manguera y patas como árboles jóvenes
armadas de garras robustas. ¡Seguramente éste es el rukh de Simbad, que puede
volar con elefantes en sus garras! El pájaro los mira fijamente, contemplando
lánguidamente a la cuadrilla de seres pequeños apelotonados alrededor de su
huevo; arquea su cuello como si preparase un ataque, y Zacharias intenta
alcanzar uno de los fusiles, pero Gracchus detiene su mano, pues el moa
simplemente se yergue para protestar. Articula un profundo mugido triste y no se
mueve.



—Simplemente retroceded despacio —les dice Gracchus—. No atacará. Pero manteneos
alejados de sus patas; una patada podría mataros.



Mortimer responde.



—Voy a pedir una licencia para un moa.



—Matarlos es aburrido —le dice Gracchus—. Simplemente se quedan de pie ahí y te
dejan disparar. Estarás más contento con lo que firmaste.



Por lo que Mortimer ha firmado es por un uro, el buey salvaje extinto de los
bosques europeos, conocido por César, conocido por Plinio, cazado por el héroe
Sigfrido, enteramente exterminado ya para el año 1627. Las llanuras de África
Oriental no son un ambiente confortable para el uro, y el rebaño conjurado por
los nigromantes genéticos se mantiene aislado en las tierras altas arboladas, un
viaje de varios días desde los lugares frecuentados por los cuagas y los
perezosos de tierra. En esta arboleda oscura los cazadores se encuentran con
tropas de babuinos parlanchines y elefantes solitarios de grandes orejas y, en
un lugar de luz quebrada y sombra, un antílope espléndido, un bongó con un par
de cuernos delicadamente curvados. Gracchus los dirige hacia adelante, a lo más
profundo. Parece tenso: hay peligro aquí. Los porteadores se mueven furtivamente
a través del bosque como fantasmas negros, diseminándose en arco como pinzas de
cangrejo, comunicándose entre ellos y con Gracchus por medio de silbidos. Todo
el mundo mantiene las armas preparadas por aquí. Sybille medio anticipa
leopardos escondidos sobre las ramas colgantes, cobras reptando a través de la
maleza. Pero no siente miedo.



Se acercan a un claro. Gracchus dice.



—Uros.



Una docena de ellos ramonea en los arbustos: enormes toros de pelo corto y larga
cornamenta, musculosos y alerta. Recogiendo el olor de los intrusos, levantan
sus cabezas pesadas, olfatean, miran encolerizadamente. Gracchus y Ngiri
dialogan con las cejas. Asintiendo con la cabeza, Gracchus masculla hacia
Mortimer:



—Demasiados. Espera a que se dispersen.



Mortimer sonríe. Parece un poco nervioso. El uro tiene la reputación de atacar
sin previo aviso. Cuatro, cinco, seis bestias se pierden de vista, y los demás
se retiran hacia el borde del claro, como para planear la estrategia; excepto un
gran toro, de mirada agria y hosca, que permanece en su sitio, ceñudo. Gracchus
se hace un ovillo sobre sus pies. Su cuerpo corpulento parece, para Sybille, un
estudio de la inmovilidad, de la preparación.



—Ahora —dice.



En ese mismo momento el uro ataca, moviéndose con rapidez extraordinaria, la
testa baja, los cuernos extendidos como lanzas. Mortimer dispara. La bala
produce un fuerte sonido abocinado, chocando contra el hombro del uro, un
disparo perfecto, pero el animal no cae, y Mortimer dispara otra vez,
abalanzándose poco airosamente sobre la barriga, y entonces Gracchus y Ngiri
están disparando también, no al uro de Mortimer sino sobre las cabezas de los
otros, para ahuyentarlos, y la arriesgada táctica funciona, pues los otros
animales salen en estampida por la arboleda. El único al que Mortimer ha
disparado continúa hacia él, tambaleante ahora, perdiendo ímpetu, y cae
prácticamente a sus pies, rodando, acuchillando el suelo del bosque con sus
cascos.



—Kufa —dice Ngiri— Piga nyati m'uzuri, bwana.



Mortimer sonríe abiertamente.



—Piga —responde.



Gracchus le hace un saludo.



—Más excitantes que el moa.



—Y éstos son míos —dice Nerita tres horas más tarde, indicando un árbol en el
borde exterior del bosque. Varios centenares de palomas grandes anidan en sus
ramas, tantas que el árbol parece retoñar aves en vez de hojas. Las hembras son
simples, pardo claro por arriba, gris por abajo; pero los machos son llamativos,
con un plumaje rico, lustroso y azul en sus alas y dorsos, las pechugas de un
color rojo vino, manchas iridiscentes de bronce y verde en sus cuellos, y
vívidos ojos extraños, de una naranja brillante, llameante. Gracchus dice:



—Bien. Has encontrado a tus palomas silvestres norteamericanas.



—¿Dónde está la emoción en disparar a palomas desde el pie de un árbol? —
pregunta Mortimer.



Nerita le regala una mirada desdeñosa.



—¿Dónde está la emoción en acribillar a balazos a un toro de carga? —hace
señales a Ngiri, quien pega un tiro al aire.



Las palomas alarmadas estallan desde sus perchas y vuelan en círculos bajos.
Antaño, siglo y medio atrás en los bosques de América del Norte, nadie se
molestaba en disparar a las palomas silvestres al vuelo: las palomas eran
comida, no deporte, y era más simple dispararlas mientras estaban posadas, pues
así un solo cazador podía matar miles de aves en un día. Así, llevó sólo
cincuenta años reducir la población de la paloma silvestre norteamericana de
incontables miles de millones que ennegrecían el cielo, a cero. Nerita es más
deportiva. Ésta es una prueba de su habilidad, al fin y al cabo. Apunta su
escopeta, dispara, recarga, dispara, recarga. Las aves sorprendidas caen al
suelo. Ella y su arma son una única entidad, compartiendo un propósito. En
instantes ha terminado. Los porteadores recuperan las aves caídas y las rompen
los cuellos. Nerita tiene la docena de palomas que su licencia permite: un par
como trofeo, el resto para la cena de esta noche. Las supervivientes han
regresado a su árbol y se quedan mirando plácidamente, sin reproche, a los
cazadores.



—Proliferan tan jodidamente rápido —masculla Gracchus—… Si no andamos con
cuidado, se saldrán del coto y se apropiarán de toda África.



Sybille se ríe.



—No te preocupes. Lucharemos. Las exterminamos una vez y lo podemos hacer
nuevamente, si tenemos que hacerlo.



La presa de Sybille es un dodo. En Dar, cuando solicitaban sus licencias, los
demás se burlaron de su elección: un pájaro incapaz de volar y gordo, incapaz de
correr o pelear, tan falto de juicio que no teme a nada. Ella los ignoró. Ella
quiere un dodo porque para ella es el esencia de la extinción, el prototipo de
todo lo que está muerto y desvanecido. Que no haya deporte alguno en disparar a
dodos estúpidos significa poco para Sybille. La caza misma es absurda para ella.



A través de este parque enorme discurre como en un sueño. Ve perezosos de
tierra, grandes alcas, cuagas, moas, gallinas silvestres, rinocerontes de Java,
armadillos gigantes y muchas otras rarezas. El lugar es una morada de fantasmas.
El ingenio de los artesanos genéticos es ilimitado. ¿Algún día, tal vez, el coto
de caza ofrecerá trilobites, tyranosauros, mastodontes, tigres de dientes de
sable, baluchitherios? Incluso —¿por qué no?— jaurías de australopitecos, tribus
de Neandertales. Para la diversión de los muertos, cuyos juegos tienen cierta
tendencia a ser sombríos. Sybille se pregunta si realmente puede ser considerada
asesinato, esta matanza de artículos de novedad engendrados en laboratorio. ¿Son
estos animales reales o artificiales? ¿Cosas vivas, o construcciones
ingeniosamente animadas? Reales, decide. Vivos. Comen, metabolizan, se
reproducen. Deben parecerse reales a sí mismos, luego son reales; más reales,
tal vez, que los seres humanos muertos que caminan de nuevo en sus propios
cuerpos de desecho.



—La escopeta —pide Sybille al porteador más cercano.



Allí está el pájaro, feo, ridículo, contoneándose laboriosamente a través de la
hierba alta. Sybille acepta un arma y avista a lo largo de su cañón.



—Un momento —dice Nerita—. Me gustaría tomar una foto de esto.



Se mueve a través el grupo, con un cuidado exagerado para no asustar al dodo,
pero el dodo no parece consciente de ellos. Como un emisario del reino de las
tinieblas, transmitiendo buenas noticias de muerte para estas criaturas todavía
no extintas, avanza con dificultad diligente al otro lado de su senda.



—Muy bien —dice Nerita—: Anthony, señala al dodo, ¿quieres? Como si acabases de
descubrirlo. Kent, me gustaría que tú mires tu arma, estudia su cerrojo o algo
por el estilo. Estupendo. Y Sybille, simplemente mantén esa postura de
apuntar... sí.



Nerita toma la foto.



Tranquilamente, Sybille aprieta el gatillo.



—Kazi imekwisha — dice Gracchus—. El trabajo está acabado.





6.



Aunque retroceder hacia uno mismo es un asunto en el mejor de los casos difícil,
comparable a tratar de cruzar una frontera con documentos de identidad
prestados, parece ser ahora la única condición necesaria para los principios de
autorrespeto auténtico. La mayor parte de nuestros tópicos acerca del autoengaño
continúan siendo la mayor decepción. Los trucos que funcionan en los otros no
valen por nada en esa muy bien iluminada callejuela donde uno mantiene citas
consigo mismo: Ninguna de las lindas sonrisas engañarán aquí a nadie, ninguna de
las hermosamente trazadas listas de buenos deseos.

Jonta DIDION, Sobre el autorrespeto



—Haría bien en creerse lo que Jeej intenta decirle — dijo Dolorosa—. Diez
minutos dentro del Pueblo Frío, y tendrán su número. Cinco minutos.



El hombre de Jijibhoi era pequeño, de aspecto arrugado, cuarenta o cincuenta
años de edad, con largos cabellos morenos descuidados y desorbitados ojos
ardientes. Su piel era cetrina y su cara huesuda. Los otros muertos que Klein
había visto de cerca tenían en torno a ellos un aire de serenidad sobrenatural,
pero no éste: Dolorosa estaba tenso, inquieto, un crujidor de nudillos, un
roedor de labios. A pesar de eso, de algún modo no había duda de que era un
muerto, tan muerto como Zacharias, como Gracchus, como Mortimer.



—¿Tendrán mi qué? —preguntó Klein.



—Su número. Su número. Sabrán que usted no es un muerto, porque eso no puede ser
fingido. Jesús, ¿aún no habla usted inglés? Jorge, es un nombre extranjero.
Debería haberlo sabido. ¿De dónde es usted?



—Argentina, en realidad, pero me trajeron a California cuando era un niño
pequeño. En 1955. Mire, si me atrapan, me atrapan. Yo simplemente quiero entrar
allí y pasar media hora hablando con mi esposa.



—Señor, usted ya no tiene ninguna esposa.



—Con Sybille —respondió Klein, exasperado—. Hablar con Sybille, mi ... mi
antigua esposa.



—Bien. Le meteré.



—¿Cuánto costará?



—No piense en eso —respondió Dolorosa—. Le debo a Jeej algunos favores. Más que
unos pocos. Así es que le conseguiré la droga.



—¿Qué...?



—La droga que los agentes del Tesoro usan cuando se infiltran en los Pueblos
Fríos. Estrecha las pupilas, contrae los vasos capilares, le aporta ese
saludable aspecto de viejo zombi. Los agentes siempre son atrapados y
expulsados, y también le pasará a usted, pero al menos entrará allí sintiendo
que ha llevado un disfraz convincente. La cápsula aceitosa pequeña, una cada
mañana en ayunas.



Klein miró a Jijibhoi.



—¿Por qué infiltran agentes del Tesoro en los Pueblos Fríos?



—Por las mismas razones por las que envían espías a cualquier otra parte
—respondió Jijibhoi—. Para espiar. Tratan de recabar información sobre las
transacciones financieras de los muertos, ¿me entiendes? Y hasta que sea
aprobada por el Congreso una legislación adecuada que defina el estado de vida,
no hay manera exacta de obligar a una persona conceptuada legalmente como muerta
a comunicar...



Dolorosa interrumpió:



—Las explicaciones luego. Le puedo conseguir una tarjeta de residencia del
Pueblo Frío de Albany en Nueva York. Usted murió en diciembre pasado, ¿de
acuerdo? Y le reavivaron hacia el Este porque, veamos...



—Pude haber asistido a las convenciones anuales de la Asociación Histórica
Americana en Nueva York —sugirió Klein—. Eso es lo que hago, ¿sabe? Profesor de
historia contemporánea en UCLA. Debido al día festivo de Navidad mi cuerpo no
podría ser enviado de regreso a California, sin habitáculo en ningún vuelo, así
que me llevaron a Albany. ¿Cómo suena eso?



Dolorosa sonrió.



—Usted realmente disfruta elaborando mentiras, profesor ¿no es así? Puedo captar
esa cualidad en usted. De acuerdo, Pueblo Frío de Albany, y éste es su primer
viaje fuera de allí, su viaje de secado -así es como lo llaman, secado-. Usted
ha salido del Pueblo Frío como una mariposa nueva recién salida de su capullo,
todo blando y húmedo, y se encuentra abandonado a sus propios medios en un lugar
extraño. Ahora, hay un montón de cosas de las que usted necesitará estar al
corriente: cómo comportarse, pequeñas afectaciones, elegancia social, esa clase
de majaderías, y trabajaré en eso con usted mañana, el miércoles y el viernes,
tres sesiones; eso debe ser suficiente. Por ahora déjeme presentarle lo
esencial. Hay sólo tres cosas que de veras debe recordar mientras está dentro:

1) Nunca formule una pregunta directa.

2) Nunca se apoye en el brazo de alguien. ¿ Sabe qué quiero decir?

3) Mantenga en la mente que para un muerto el universo entero es dúctil; nada es
real, nada importa en exceso, es todo sólo un chiste. Sólo un chiste, amigo,
sólo un chiste.



A principios de abril voló hacia Salt Lake City, alquiló un coche, y condujo más
allá de Moab hacia el interior del altiplano bordeado por montañas de roca roja
donde los muertos habían construido el Pueblo Frío de Sión. Ésta era la segunda
visita de Klein a la necrópolis. La otra había sido a finales del verano del 91,
una época ardiente, abrasadora, en que el sol llenaba la mitad del cielo y hasta
los nudosos enebros se veían sobrecogidos por la sed; pero ahora era una tarde
escarchada, con una débil luz pálida fluyendo por entre las invernales colinas
occidentales y ráfagas ocasionales de nieve ligera formando remolinos a través
del aire azul acerado. Las instrucciones de ruta de Jijibhoi pulsaron desde la
pantalla memo en su salpicadero. Catorce millas desde la ciudad, sí, la estrecha
senda pavimentada saliendo de la carretera, sí, el pequeño y discreto letrero
anunciando CARRETERA RESERVADA, PROHIBIDA LA ENTRADA, sí, una segunda señal unas
mil yardas más adentro, PUEBLO FRÍO DE SIÓN. SÓLO SOCIOS, sí, y entonces apenas
más allá de la barrera de luz verde a través de la carretera, el sistema de
escáner, el cerramiento de controles de carretera como segadoras en el exterior
de las instalaciones físicas subterráneas, una voz en un altavoz invisible
diciendo:



—Si tiene usted un permiso para entrar en el Pueblo Frío de Sión, por favor
colóquelo bajo su limpiaparabrisas izquierdo.



Aquella otra vez no había tenido permiso, y no había llegado más allá de aquí,
sin embargo al menos había mantenido un pequeño coloquio con el portero
invisible de entre el cual había exprimido la información de que Sybille estaba
efectivamente viviendo en ese Pueblo Frío en particular. Esta vez fijó la
tarjeta de residencia falsificada de Dolorosa en su parabrisas, y esperó
tensamente, y en treinta segundos los controles de carretera se deslizaron fuera
de la vista. Siguió adelante, a lo largo de una carretera sinuosa que seguía los
contornos naturales de un denso bosque de coníferas cubiertas de maleza, y llegó
por fin hasta un muro del ladrillo que formaba una curva más allá de los
árboles, como si circundara el pueblo entero. Probablemente lo hacía. Klein tuvo
una percepción abrumadora del Pueblo Frío como una ciudad hermética, masiva y
sellada como el antiguo Egipto. Había una puerta de metal en el muro de
ladrillo; verdes ojos electrónicos le examinaron, señalaron su aprobación, y el
muro quedó franqueable.



Condujo lentamente hacia el centro de pueblo, pasando a través de una zona de lo
que supuso serían edificios de suministros —depósitos de almacenamiento, una
subestación de energía, las depuradoras municipales, lo que fueran un montón de
sombríos bloques cenicientos sin ventanas— y después la zona residencial, la
cual no era mucho más encantadora. Las calles se encontraban tendidas sobre una
cuadrícula rectangular; los edificios eran rechonchos, lúgubres, impersonales,
homogéneos. No había prácticamente tráfico de automóviles, y a lo largo de una
docena de bloques no vio más de diez peatones, los cuales no le dedicaron ni una
mirada. Así que éste era el ambiente que los muertos elegían para pasar sus
segundas vidas. Pero ¿por que tal desolación deliberada?



Dolorosa había advertido:



—Usted nunca nos entenderá.



Dolorosa tenía razón. Jijibhoi le había dicho que los Pueblos Fríos eran algo
menos que atractivos, pero Klein no estaba preparado para esto. Había una
cualidad glacial en torno del lugar, como si estuviera totalmente enterrado
dentro de un bloque de hielo transparente: silencio, esterilidad, una calma
mortuoria. Pueblo Frío, sí, apropiadamente denominado. Arquitectónicamente, el
pueblo se veía como un compendio de lo peor de todas las tendencias urbanísticas
baratas y de mala calidad posibles, pero la textura psíquica que proyectaba era
incluso más deprimente, más como una de esas espantosas comunidades de
jubilación, uno de los innumerables Leisure Worlds o Sun Manors, esos
desangelados santuarios estériles donde colonias enteras de ese otro tipo de
muertos vivientes se congregaban para aguardar la trompeta final. Klein tembló.



Por fin, otros pocos minutos más adentro en el pueblo, un signo de actividad, si
bien no exactamente de vida: un centro comercial, edificios pardos estucados de
techo plano alrededor de un patio en forma de U, un flujo constante de
compradores moviéndose de un lado a otro. Bien. Su primer examen estaba a punto
de comenzar. Estacionó su coche cerca de la boca de la U y caminó
desasosegadamente hacia el interior. Sentía como si su frente fuese un faro,
emitiendo resplandores traicioneros a intervalos rítmicos: FRAUDE INTRUSO
CONTRABANDISTA ESPÍA. Adelante, pensó, agárrenme, agarren al impostor, llévenlo
al otro lado, expúlsenme, átenme con una cuerda, crucifíquenme. Pero nadie
pareció recibir las señales. Era totalmente ignorado. ¿Por cortesía? ¿O
simplemente desprecio? Espió lo que él esperaba que fuesen miradas furtivas de
los compradores, a medias esperando toparse con Sybille inmediatamente. Todos
ellos parecían sonámbulos, moviéndose en vidrioso silencio ocupados en sus
asuntos. Ninguna sonrisa, ninguna charla: el distanciamiento gélido de esta
gente reservada realzaba la familiar atmósfera suburbana del centro comercial
con intensidad surrealista; Norman Rockwell con un recubrimiento de Dalí o De
Chirico. El centro comercial se veía como cualquier centro comercial: tiendas de
ropa, un banco, una tienda de discos, cafeterías, una floristería, un terminal
estéreo de TV, un teatro, una tienda de baratijas. Una diferencia, sin embargo,
se hizo aparente a medida que Klein deambulaba de tienda en tienda: el lugar
entero estaba automatizado. No había dependientes en ningún sitio, sólo las
omnipresentes pantallas de datos, y sin duda una batería de escáneres escondidos
para desanimar a los rateros. (¿O moría el impulso hacia el robo insignificante
con la primera muerte del cuerpo?). Los propios clientes seleccionaban la
mercancía, señalada por medio de las pantallas de datos, tocando con sus
pulgares para cargar el producto a sus cuentas. Por supuesto. Nadie iba a
malgastar su preciosa existencia reavivada parado tras un mostrador para vender
zapatillas de tenis o algodón de azúcar. Ni eran los residentes en los Pueblos
Fríos propensos a diluir su aislamiento contratando una mano de obra de
calientes importados. Obviamente, alguien tendría que hacer algún pequeño
trabajo —¿ cómo entraba la mercancía en las tiendas?— pero, en general, pensó
Klein, lo que no pudiera ser hecho por máquinas no sería hecho en absoluto.



Vagó por el centro unos diez minutos. Justo cuando empezaba a creer que debía de
ser enteramente invisible para esta gente, un hombre pequeño y ancho, cargado de
hombros, calvo pero con características curiosamente jóvenes, se detuvo ante él
y dijo:



—Soy Pablo. Le doy la bienvenida al Pueblo Frío de Sión —esta inesperada
perforación del silencio sobresaltó tanto a Klein que tuvo que luchar para
retener su correcta imperturbabilidad de muerto. Pablo sonrió calurosamente y
unió ambas manos en dirección a Klein en cordial saludo, pero sus ojos eran
glaciales, hostiles, distantes, una contradicción aterradora—. He sido enviado
para llevarle hasta el área de alojamiento. Traiga su coche.



Aparte de para dar orientaciones, Pablo habló sólo tres veces durante el viaje
en coche de cinco minutos.



—Aquí está la casa de resurrección —dijo. Un edificio de cinco pisos, tan
acogedor como un hospital, con muros de bronce oscuro y ventanas negras como el
ónice—. Ésta es la casa del Padre Guía —indicó Pablo un momento más tarde. Un
edificio modesto de ladrillo, como una rectoría, al borde de un pequeño parque.
Y, finalmente—: Aquí es donde usted morará. Disfrute su visita.



Salió bruscamente del coche y se alejó andando rápidamente.



Ésta era la casa de los forasteros, el hotel para muertos de visita, una
estructura de ladrillo gris bastante baja, funcional y nada seductora, uno de
los edificios menos atractivos en esta ciudad de edificios rematadamente
desagradables. Por muy distinto que pudiera ser para los muertos, claramente no
lo habían construido pensando en la arquitectura decorativa. Una voz de una
pantalla de datos en el vestíbulo espartano le asignó una habitación: una caja
de muros blancos, cuadrada, alta de techo. Tenía su retrete, su pantalla de
datos, una cama estrecha, una cómoda, un armario modesto, una ventana pequeña
que le proporcionaba una vista de un edificio vecino tan deslustrado como éste.
Nada se había dicho acerca del alquiler; quizá era un invitado de la ciudad.
Nada se había dicho sobre nada. Parecía que había sido aceptado. Tanta seguridad
sombría de Jijibhoi de que sería instantáneamente detectado, tanta insistencia
de Dolorosa sobre que tendrían su número en diez minutos o menos. Llevaba en el
Pueblo Frío de Sión media hora. ¿Tenían su número?



—Comer no es importante entre nosotros —había dicho Dolorosa.



—¿Pero usted come?



—Por supuesto que comemos. Simplemente no es importante.



Era importante para Klein, sin embargo. No necesariamente haute cuisine, sino
algún tipo de comida, preferentemente tres veces al día. Él estaba hambriento
ahora. ¿Tocar el timbre para el servicio de habitaciones? No había sirvientes en
esta ciudad. Recurrió a la pantalla de datos. Primera regla de Dolorosa: nunca
haga una pregunta directa. Seguramente eso no era aplicable a la pantalla de
datos; sólo para sus muertos asociados. No tenía por qué cumplir con sutilezas
de etiqueta para hablar a una computadora. A pesar de eso, la voz detrás de la
pantalla podría no ser de una computadora después de todo, así es que trató de
emplear el estilo conversacional oblicuo y elíptico que Dolorosa aseguraba que
los muertos preferían entre ellos:



—¿Cena?



—Economato.



—¿Dónde?



—Central Cuatro —respondió la pantalla.



¿Central Cuatro? Bien. Encontraría el camino. Se cambió de ropa y bajó por el
largo corredor cubierto de vinilo hacia el vestíbulo. La noche había llegado;
las farolas emitían una luz intensa. Bajo la capa de la oscuridad la fealdad de
la ciudad ya no era tan protuberante, y había incluso una especie de controlada
belleza en torno a la regularidad brutal de sus calles.



Las calles estaban sin marcar, sin embargo, y desiertas. Klein caminó al azar
durante diez minutos, esperando encontrar a alguien dirigiéndose hacia el
economato Central Cuatro. Pero cuando se encontró con alguien, una mujer alta y
regia bastante entrada en años, fue incapaz de abordarla. (Nunca haga una
pregunta directa. Nunca se apoye en el brazo de alguien). Caminó en la misma
dirección, en silencio y a distancia, hasta que ella giró de pronto para entrar
en una casa. Durante diez minutos más vagabundeó a solas otra vez. Esto es
ridículo, pensó: muerto o caliente, soy un extraño en la ciudad, debería tener
derecho a un poco de ayuda. Tal vez Dolorosa simplemente trataba de complicar
las cosas. En la siguiente esquina, cuando Klein divisó a un hombre encorvado
para ocultarse del viento, encendiendo un cigarrillo, se acercó audazmente a él.



—Perdone.



El otro levantó la vista.



—¿Klein? —dijo— Sí. Desde luego. ¡Hombre, entonces usted también ha hecho el
cruce!



Klein recordó: era uno de los acompañantes de Sybille en Zanzíbar. El agudo, el
afilado Mortimer. Un miembro de su agrupamiento seudo-familiar, lo que sea que
eso fuere. Klein clavó malhumoradamente los ojos en él. Éste debía de ser el
momento en que su impostura quedaba al descubierto, pues sólo habían pasado unas
seis semanas desde que discutió con Mortimer en los jardines de hotel de Sybille
en Zanzíbar, no el tiempo suficiente para que alguien muera y sea reavivado y
concluya su secado. Pero pasó un momento y Mortimer no dijo nada. Por fin Klein
respondió:



—Acabo de llegar. Pablo me enseñó la casa de forasteros y ahora ando buscando el
economato.



—¿Central Cuatro? Yo voy para allá. Ha tenido usted suerte —ningún signo de
sospecha en la cara de Mortimer. Acaso una sonrisa fugaz dejó traslucir su
apreciación de que Klein no podría ser lo que afirmaba ser. Recuerde que para un
muerto el universo entero es plástico, es todo sólo un chiste. Dijo—: Estoy
esperando a Nerita. Podemos comer todos juntos.



—Fui reavivado en el Pueblo Frío de Albany. Acabo de salir.



—Qué agradable —respondió Mortimer.



Nerita Tracy salió de un edificio apenas más allá de la esquina —una mujer
esbelta de aspecto atlético, alrededor de la cuarentena, con pelo castaño rojizo
corto. A medida que ella avanzaba rápidamente hacia ellos Mortimer dijo:



—Aquí está Klein, a quien nos encontramos en Zanzíbar. Recién reavivado, de
Albany.



—Sybille se divertirá.



—¿Está ella en la ciudad? —farfulló Klein.



Mortimer y Nerita intercambiaron miradas sagaces. Klein se sintió avergonzado.
Nunca haga una pregunta directa. ¡Maldito Dolorosa!



Nerita respondió:



—La verá dentro de poco. ¿Vamos a cenar?



El economato era menos austero de lo que Klein había esperado: De hecho era
realmente un restaurante acogedor, elaboradamente construido en cinco o seis
niveles divididos por lustrosas colgaduras oscuras en zonas de comedor pequeñas
y aisladas. Gozaba de la apariencia cálida, fértil, de un balneario tropical.
Pero la comida, que llegó mediante máquinas —por medio de dispensadores
giratorios—, era prefabricada y triste: otra irritante contradicción. Sólo un
chiste, amigo, sólo un chiste. En todo caso él estaba menos hambriento de lo que
había pensado en el hotel. Se sentó con Mortimer y Nerita, picoteando su comida,
mientras su conversación fluía más allá de él a varias veces la velocidad de su
pensamiento. Hablaron en fragmentos y elipsis, en perífrasis y aposiopesis, en
un estilo abundante en quiasmos, metonimias, meiosis, oxímoron, y ceumas; sus
deslumbrantes técnicas retóricas le dejaron frustrado e incómodo, sumido en un
mar de dudas sobre su intención. Cada dos por tres se lanzaban desde una maraña
de indirección a ensartarle con una estocada confirmatoria rápida: ¿No es eso?
decían entonces, y él sonreía y asentía, asentía y sonreía, respondiendo, Sí,
sí, claro que sí. ¿Sabían que era una falsificación, y estaban simplemente
jugando con él, o le habían, de algún modo, increíblemente, aceptado como uno de
ellos? Tan sutil era su estilo que él no podría asegurarlo. Un miembro muy nuevo
de la sociedad de los reavivados, se dijo a sí mismo, podría ser visto aquí casi
como un caliente con la cara muerta.



Entonces Nerita dijo, nada de juegos verbales esta vez:



—Todavía la añora terriblemente, ¿no es así?



—Así es. Algunas cosas evidentemente nunca perecen.



—Todo perece — respondió Mortimer—. El dodo, el uro, el Sacro Imperio Romano
Germánico, la Dinastía T'ang, los muros de Bizancio, el lenguaje de
Mohenjo-daro.



—Pero no la Gran Pirámide, el Yangtze, el celacanto, o el cráneo de Pitecántropo
—rebatió Klein—. Algunas cosas persisten y aguantan. Y algunas pueden ser
regeneradas. Los lenguajes perdidos han sido descifrados. Creo que el dodo y el
uro son cazados dentro de cierto parque africano en esta misma época.



—Copias —respondió Mortimer .



—Copias convincentes. Simulaciones tan buenas como el original.



—¿Qué es lo que quiere usted? —preguntó Nerita.



—Quiero lo que sea posible tener.



—¿Una copia convincente del amor perdido?



—Podría querer tranquilidad para charlar cinco minutos con ella.



—Lo tendrá. Pero no esta noche. ¿Ve? Ahí está ella. Pero no la moleste ahora.



Nerita saludó con la cabeza a través del piélago en el centro del restaurante;
en una zona alejada, tres niveles por encima de donde se sentaban, habían
aparecido Sybille y Kent Zacharias. Se detuvieron durante un breve momento al
borde de su rincón ovalado del comedor, fijando la mirada, blanda y carente de
emoción alguna, en el pozo central del restaurante. Klein palpó un músculo que
sacudía con fuerza incontrolada su mejilla, una maldita revelación tanto de
ausencia de muerte como de nerviosismo, y presionó su mano sobre él, de forma
que vibró como una cuerda y latió contra su palma. Ella era como una diosa allá
arriba, manifestándose en su santuario para sus adoradores, una trémula figura
pálida, más bella aún de lo que había llegado ser para él a través de los
realces angustiados del recuerdo, y le parecía mentira que ese ser hubiera sido
alguna vez su esposa; que él la hubiese conocido cuando sus ojos estaban
hinchados y enrojecidos por una noche de estudio, que él hubiese bajado su vista
hasta su cara mientras hacían el amor y hubiera visto sus labios retroceder en
ese espasmo de éxtasis tan cercano a una mueca de dolor, que él la hubiera
conocido caprichosa y cruel durante la enfermedad, de mal genio e impaciente en
la salud, una persona con defectos y debilidades, con olores e imperfecciones,
en resumen un ser humano; esta diosa, esta criatura reavivada irreal, este
objeto de su búsqueda, esta Sybille. Serenamente ella giró, serenamente
desapareció dentro de su nicho encubierto.



—Ella sabe que usted está aquí —le dijo Nerita—. Usted la verá. Tal vez mañana.



Entonces Mortimer respondió algo enloquecedoramente oblicuo, y Nerita contestó
con la misma mistificación descentrada, y Klein una vez más fue zambullido en el
río de su danzante juego de palabras natural, hundido en él, abajo y abajo y
abajo, y como luchó para evitar ahogarse, como peleó para comprender sus
intercambios, no miró ni una sola vez hacia el lugar donde se sentaba Sybille,
ni una sola vez, y se felicitó a sí mismo por haber logrado al menos eso en su
mascarada.



Esa noche, yaciendo a solas en su cuarto de la casa de visitantes, se pregunta
lo que le dirá a Sybille cuando finalmente se encuentren, y lo que ella le dirá
a él. ¿Se atreverá a pedirla sin ambages que le describa la calidad de su nueva
existencia? Eso es todo cuanto él quiere de ella, realmente: ese conocimiento,
ese atisbo de una abertura en su personalidad transfigurada. ¿Esto es cuanto él
espera llevarse de ella, sabiendo como sabe que allí apenas tendrá oportunidad
de recobrarla? Pero ¿se atreverá a preguntar, se atreverá siquiera a eso? Por
supuesto, al preguntar tales cosas la revelará que él es todavía un caliente,
demasiado torpe y tosco de percepción para comprender la vida de un muerto. Pero
él está seguro de que ella sentirá eso de cualquier manera, inmediatamente. ¿Qué
responderá él, qué responderá? Hace gran despliegue de un imaginado guión de su
conversación en el teatro de su mente:



«—Dime a qué se parece, Sybille, existir en la forma que lo haces ahora.



«—Es como nadar bajo una lámina de cristal.



«—No entiendo.



«—Todo está tranquilo donde estoy, Jorge. Hay una paz que supera toda
comprensión. Yo solía sentir algunas veces que estaba atrapada en una gran
tormenta, que estaba siendo abofeteada por cada ráfaga, que mi vida estaba
siendo consumida por convulsiones y frenesís, pero ahora… ahora, estoy en el ojo
de la tempestad, en el lugar donde todo está siempre en calma. Contemplo más
bien que dejarme a mí misma actuar.



«—Pero ¿no hay una pérdida de sentimiento de ese modo? ¿No sientes que eres
envuelta en un manto aislante? Como nadar bajo vidrio, dices... eso lleva a
estar aislada, recortada, casi adormecida.



«—Supongo que tú podrías opinar así. Lo que significa es que una ya no es
afectada por lo innecesario.



«—Me suena como una existencia limitada.



«—Menos limitada que la tumba, Jorge.



«—Nunca comprendí por qué quisiste ser reavivada. Tú te comiste el mundo,
Sybille, viviste con tal intensidad, tal pasión... Para reacomodarse al tipo de
existencia que tienes ahora, para estar sólo medio viva...



«—No seas tonto, Jorge. Estar medio vivo es mejor que pudrirse en el suelo. Era
demasiado joven. Había mucho todavía por ver y hacer.



«—¿Para verlo y hacerlo medio viva?



«—Esas fueron tus palabras, no las mías. No estoy viva del todo. Tampoco soy
menos ni más que la persona que tú conociste. Soy otro tipo de ser. Ni menos ni
más, sólo diferente.



«—¿Son diferentes todas tus percepciones?



«—Mucho. Mi perspectiva es más amplia. Las cosas sin importancia se revelan como
cosas sin importancia.



«—Dame un ejemplo, Sybille.



«—Prefiero no hacerlo. Muere y ven con nosotros, y lo entenderás.



«—¿Sabes que no estoy muerto?



«—¡Oh, Jorge, qué divertido eres!



«—Es muy agradable poder divertirte todavía.



«—Se te ve tan dolorido, tan trágico. Casi podría sentir lástima por ti. Venga:
Pregúntame algo.



«—¿Puedes dejar a tus acompañantes y vivir otra vez en el mundo?



«—Nunca he pensado en eso.



«—¿Podrías?



«—Supongo que podría. Pero ¿por qué iba a hacerlo? Éste es mi mundo ahora.



«—Este ghetto.



«—¿Eso te parece?



«—Os encerráis a vosotros mismos en una sociedad cerrada con vuestros iguales,
una subcultura estrecha. Vuestra jerga, vuestro propio muro de etiqueta e
idiosincrasia. Diseñado, creo, principalmente para mantener a los extraños fuera
de sitio, para mantenerlos sintiéndose como extranjeros. Es un asunto defensivo.
Los hippies, los negros, los homosexuales, los muertos: idéntico mecanismo,
idéntico proceso.



«—Los judíos, también. No olvides a los judíos.



«—Claro, Sybille, los judíos. Con sus pequeños chistes tribales, sus días de
fiesta especiales, su propio lenguaje misterioso, sí, un buen ejemplo.



«—Así es que me he unido a una tribu nueva. ¿Qué hay de malo en eso?



«—¿Necesitabas ser parte de una tribu?



«—¿Qué tenía antes? ¿La tribu de los californianos? ¿La tribu de los académicos?



«—La tribu de Jorge y Sybille Klein.



«—Demasiado estrecha. De todas formas, he sido expulsada de esa tribu.
Necesitaba unirme a otra.



«—¿Expulsada?



«—Por la muerte. Después de eso no hay vuelta atrás.



«—Tú podrías volver. Cuando quisieras.



«—Oh, no, no, no, Jorge, no puedo, no puedo, ya no soy Sybille Klein, nunca lo
seré de nuevo. ¿Cómo podría explicártelo? No hay remedio. La muerte provoca
cambios. Muere y entiende, Jorge. Muere y entiende.



Nerita dijo:



—Ella le espera en el salón.



Era una sala grande, fríamente amueblada, en el extremo más alejado del ala
opuesta de la casa de extranjeros. Sybille permanecía al lado de una ventana a
través de la cual se filtraba la luz pálida, ligeramente fría, de la mañana.
Mortimer estaba con ella, y también Kent Zacharias. Los dos hombres recibieron a
Klein con misteriosas sonrisas oblicuas, corteses o burlonas; él no podría
asegurarlo.



—¿Le gusta nuestro pueblo? —preguntó Zacharias— ¿Ha estado viendo los lugares de
interés?



Klein optó por no contestar. Se dio por enterado de la pregunta con una
inclinación de cabeza apenas perceptible y se volvió hacia Sybille.
Extrañamente, se sintió enteramente calmado en este momento de cumplir su deseo
de años: No sintió absolutamente nada en su presencia: ningún pánico, ningún
anhelo, ningún desfallecimiento, ninguna nostalgia, nada. Nada. Como si él fuera
realmente un muerto. Supo que era la tranquilidad del terror absoluto.



—Les dejaremos solos —dijo Zacharias—. Deben tener mucho que contarse el uno al
otro.



Salió, con Nerita y Mortimer. Los ojos de Klein encontraron los de Sybille y se
demoraron allí. Ella le miraba fríamente, en una especie de valoración
impersonal. Esa condenada sonrisa, pensó Klein: La muerte los convierte a todos
en Mona Lisas.



Ella dijo:



—¿Piensas quedarte aquí por mucho tiempo?



—Probablemente no. Unos días, tal vez una semana —humedeció sus labios— ¿Cómo
estás, Sybille? ¿Cómo te va?



—Va como era de esperar.

¿Qué quieres decir con eso? ¿Puedes darme algún detalle? ¿Estás decepcionada por
algo? ¿Hay alguna sorpresa? ¿Cómo ha sido para ti, Sybille? Oh, Jesús. Nunca
haga una pregunta directa. Dijo:



—Me gustaría que me hubieras dejado visitarte en Zanzíbar.



—Eso no era posible. No hablemos de eso ahora —desechó el episodio con un gesto
casual. Tras un momento dijo—: ¿Te gustaría oír una historia fascinante que he
descubierto acerca de los primeros días de influencia omaní en Zanzíbar?



La impersonalidad de la pregunta le sorprendió. ¿Cómo podía parecer ella tan
absolutamente carente de curiosidad sobre su presencia en el Pueblo Frío de
Sión, su pretensión de ser un muerto, sus razones para querer verla? ¿Cómo podía
zambullirse tan rápida, tan fríamente, en una discusión sobre los sucesos
políticos arcaicos en Zanzíbar?



—Supongo que sí —respondió débilmente.



—En realidad es una especie de cuento de Las Mil y Una Noches. Es la historia de
cómo Ahmad el Astuto derrocó a Abdullah ibn Muhammad Alawi.



Los nombres eran extraños para él. Ciertamente había tomado alguna pequeña parte
en sus investigaciones históricas, pero habían pasado años desde que había
trabajado con ella, y todo aquello había sido arrastrado en la corriente de su
mente, dejando un residuo confuso de Ahmads y Hasans y Abdullahs.



—Lo siento —respondió—. No recuerdo quiénes fueron.



Sybille impasible, respondió:



—Seguramente recuerdas que en el siglo XVIII y principios del XIX, la potencia
principal en el Océano Indico fue el estado árabe de Omán, controlado desde
Muscat en el Golfo Pérsico. Bajo la dinastía Busaidi, fundado en 1744 por Ahmad
ibn Said al-Busaidi, los omaníes extendieron su poder hacia África Oriental. La
capital lógica para su imperio africano era el puerto de Mombasa, pero fueron
incapaces de expulsar a una dinastía rival que gobernaba allí, así es que el
Busaidi miró hacia Zanzíbar, una cosmopolita isla cercana donde se mezclaban
árabes, indios y población africana. La ubicación estratégica de Zanzíbar en la
costa y su puerto espacioso y bien protegido hacían de ella una base ideal para
el comercio de esclavos del este de África, que el Busaidi de Omán pretendía
controlar.



—Algo creo recordar, ahora.



— Muy bien. El fundador del Sultanato omaní de Zanzíbar fue Ahmad ibn Majid el
Astuto, que llegó al trono de Omán en 1811, ¿recuerdas? A la muerte de su tío
Abd er Rahman al-Busaidi.



—Los nombres me suenan —dijo Klein inseguro.



—Siete años más tarde —continuó Sybille—, tratando de conquistar Zanzíbar sin el
empleo de la fuerza, Ahmad el Astuto rasuró su barba y bigote y visitó la isla
disfrazado de adivino, vistiendo ropas amarillas y una valiosa esmeralda en su
turbante. En ese tiempo la mayor parte de Zanzíbar era regida por un gobernante
nativo, de sangre mixta árabe y africana, Abdullah ibn Muhammad Alawi, cuyo
título hereditario era Mwenyi Mkuu. Los súbditos de Mwenyi Mkuu eran
principalmente africanos, miembros de una tribu llamada Hadimu. El sultán Ahmad,
que acababa de llegar a la ciudad de Zanzíbar, brindó una demostración de sus
habilidades de adivinación en el puerto y atrajo tanta atención que obtuvo
rápidamente una audiencia en la corte del Mwenyi Mkuu. Ahmad predijo un futuro
luminoso para Abdullah, declarando que un poderoso príncipe famoso en todo el
mundo vendría a Zanzíbar, haría al Mwenyi Mkuu su gran consejero, y le
confirmaría a él y a sus descendientes como señores de Zanzíbar para siempre.



«—¿Cómo sabes tú esas cosas?



«—Bebo cierta poción —replicó el sultán Ahmad— que me permite ver el porvenir.
Deseas probarla?



«—Pues claro que quiero.



«Respondió Abdullah, y acto seguido Ahmad le dio una droga que le sumió en el
éxtasis y le mostró visiones del paraíso. Mirando hacia abajo desde su lugar
cerca de la banqueta de Allah, el Mwenyi Mkuu vio un Zanzíbar rico y feliz,
gobernado por los hijos de los hijos de sus hijos. Durante horas vagó entre
fantasías de autoridad omnipotente.



—Luego Ahmad se fue, y dejó crecer de nuevo su barba y su bigote, y regresó a
Zanzíbar diez semanas más tarde en todo su esplendor, como Sultán de Omán, a la
cabeza de una armada imponente y poderosa. Fue de inmediato hasta la corte del
Mwenyi Mkuu y propuso, tal como el adivino había profetizado, que Omán y
Zanzíbar examinaran un tratado de alianza bajo la cual Omán cargaría con la
responsabilidad de la mayor parte de las relaciones exteriores de Zanzíbar,
incluyendo el comercio de esclavos, mientras garantizaba la autoridad del Mwenyi
Mkuu sobre los asuntos domésticos. A cambio de su abdicación parcial de
autoridad, el Mwenyi Mkuu recibiría compensación financiera de Omán. Recordando
la visión que le había revelado el adivino, Abdullah firmó el tratado de
inmediato, legitimando por tanto lo que fue, de hecho, la conquista omaní de
Zanzíbar. Tuvo lugar un gran banquete para celebrar el tratado, y como una señal
de elogio, el Mwenyi Mkuu ofreció al Sultan Ahmad una extraña droga usada
localmente, conocida como borgash, o 'flor de la verdad'. Ahmad sólo fingió
depositar la pipa en sus labios, pues él aborrecía todas las drogas que alteran
la mente, pero Abdullah, mientras la flor de la verdad le poseyó, contempló a
Ahmad y reconoció los contornos de la cara del adivino detrás de la barba nueva
del Sultán. Cayendo en la cuenta de que había sido engañado, el Mwenyi Mkuu
empujó su daga, la punta de la cual estaba envenenada, profundamente en el
costado del Sultán y escapó el salón de banquete, instalándose en la isla vecina
de Pemba. Ahmad ibn Majid sobrevivió, pero el veneno consumió sus órganos
vitales y los diez años restantes de su vida los pasó en agonía constante. Por
lo que respecta al Mwenyi Mkuu, los hombres del Sultán le cazaron finalmente y
le dieron muerte junto con noventa miembros de su familia, y la autoridad nativa
en Zanzíbar fue con eso extinguida.



Sybille hizo una pausa.



—¿No es una historia llamativa y maravillosa? —preguntó por fin.



—Fascinante —respondió Klein—. ¿Dónde la encontraste?



—Las memorias inéditas de Claude Richburn de la Compañía de la India Oriental.
Profundamente enterradas en los archivos de Londres. Extraño que ningún
historiador llegase antes, ¿no es así? Los textos generalmente aceptados
simplemente dicen que Ahmad usó su flota de guerra para intimidar a Abdullah y
firmar el tratado, y luego había hecho asesinar al Mwenyi Mkuu en el primer
momento oportuno.



—Muy extraño —convino Klein. Pero él no había venido aquí para oír románticos
cuentos de pociones visionarias y traiciones reales.



Tanteó en busca de alguna forma de llevar la conversación a un nivel más
personal. Los fragmentos de su diálogo imaginario con Sybille flotaban en su
mente. Todo está tranquilo donde estoy, Jorge. Hay una paz que sobrepasa toda
comprensión. Como nadar bajo una lámina de cristal. El camino está en que ya no
te afecta lo innecesario. Las cosas pequeñas se revelan como cosas sin
importancia. Muere y ven con nosotros, y entenderás. Sí. Quizá. Pero ¿pensaba
ella realmente alguna de esas cosas? Él había puesto todas las palabras en su
boca; todo lo que él había imaginado que ella decía era su propia construcción,
inútil como llave hacia la Sybille verdadera. ¿Dónde encontraría él la llave,
entonces?



Ella no le dio oportunidad.



—Regresaré a Zanzíbar dentro de poco —dijo—. Allí hay mucho de lo que quiero
enterarme sobre este incidente, en las viejas leyendas posteriores del país
acerca de los últimos días del Mwenyi Mkuu, quizá variantes de la historia
básica...



—¿Puedo acompañarte?



—¿Tú no tienes tu propia investigación que reanudar, Jorge? —preguntó ella, y no
esperó una respuesta. Caminó enérgicamente hacia la puerta del salón y salió, y
él estuvo solo.





7.

Quiero definir lo que ellos y sus psiquiatras contratados llaman "sistemas
ilusorios". No hay ni que decirlo, las "falsas ilusiones" están siempre
oficialmente definidas. No tenemos que preocuparnos por cuestiones de realidad o
irrealidad: sólo se examinan por conveniencia. Es el sistema lo que importa.
Cómo se organizan los datos a sí mismos dentro de él. Algunos son consistentes,
otros se caen a pedazos.

Thomas PYNCHON, Gravity's Rainbow



Una vez más los muertos, esta vez sólo tres, llegaban en el vuelo matutino de
Dar. Tres eran mejor que cinco, consideró Daud Mahmoud Barwani, pero eran
todavía más que suficiente. No era que ésos otros, dos meses atrás, hubieran
causado algún problema; quedándose solamente un día y moviéndose rápidamente
hacia el continente de nuevo, pero le hacía sentir incómodo el pensar en tales
criaturas en la misma pequeña isla que él mismo.



¿Con todo el mundo para elegir, por qué continúan viniendo a Zanzíbar?



—El avión está aquí —informó el controlador de vuelo.



Trece pasajeros. El funcionario de Sanidad dejó atravesar la puerta a la gente
de vuelo local: primero dos periodistas y cuatro legisladores regresando de la
Conferencia panafricana en Ciudad del CAbo y luego un grupo de cuatro turistas
japoneses, serios hombres retraídos festoneados de cámaras. Y después los
muertos; y Barwani se sorprendió al descubrir que eran los mismos de la otra
vez: el hombre pelirrojo, el hombre de pelo café sin la barba, la mujer morena.
¿Tenían los muertos tanto dinero que podían volar de América a Zanzíbar cada
pocos meses? Barwani había oído el chismorreo de que cada nuevo muerto, cuando
se levantaba de su ataúd, era obsequiado con una cantidad de lingotes de oro
igual a su propio peso, y ahora pensó que empezaba a creer en ello. Nada bueno
vendrá de tener tales seres sueltos por el mundo, se dijo a sí mismo, y
ciertamente nada de tolerarlos en Zanzíbar. Pero él no tenía alternativa.



—Bienvenidos otra vez a la isla de los clavos —dijo untuosamente, y soltó una
sonrisa burocrática, y se preguntó, no por primera vez, lo que sería de Daud
Mahmoud Barwani una vez que sus días en la tierra hubieran tocado a su fin.





—Ahmad el Astuto contra Abhullah Comosellame —dijo Klein—. Eso es todo sobre lo
que ella habló. La historia de Zanzíbar —estaba en el estudio de Jijibhoi. La
noche era cálida y caía una lluvia fuera de temporada, desdibujando el millón
luces brillantes de la Depresión de Los Angeles—. Habría sido, ya sabes, falto
de tacto hacer cualquier pregunta directa. Falto de tacto. No me he sentido tan
falto de tacto desde que tenía catorce años. Estaba indefenso entre ellos, un
extranjero, un crío.



—¿Crees que vieron a través de tu disfraz? —preguntó Jijibhoi .



—No podría decirlo. Parecían juguetear conmigo, hacer deporte conmigo, pero ése
precisamente podría ser su comportamiento normal con cualquier recién llegado.
Nadie me puso en duda. Nadie sugirió que podría ser un impostor. Nadie pareció
preocuparse mucho por mí o lo que hacía allí o qué había pasado para que
estuviera muerto. Sybille y yo estuvimos cara a cara, y quise extender la mano
hacia ella, quise que ella extendiera la mano hacia mí, y no hubo contacto,
ninguno, nada en absoluto; era como si simplemente nos hubiéramos encontrado en
algún cóctel académico y lo único en su mente era la nueva pepita de historia
oculta que ella acababa de desenterrar, de modo que me contó todo acerca de cómo
el Sultán Ahmad fue más listo que Abdullah y cómo Abdullah apuñaló al Sultán
—Klein prendió la mirada de un grupo de libros familiares en los estantes
abarrotados de Jijibhoi -Oliver y Mathew, Historia de Africa Oriental-, libros
que habían viajado a todas partes con Sybille en los años de su matrimonio. Tiró
del Volumen I, diciendo—: Pretendía que las historias convencionales dan una
descripción incompleta e inexacta del incidente y que sólo ahora ella ha
averiguado la historia verdadera. Por todo lo que sé, sencillamente podría estar
jugando conmigo, relatándome un pedazo de historia establecida como si fuera
algo que nadie supo hasta la semana pasada. Déjame ver: Ahmad, Ahmad, Ahmad...



Examinó el índice. Aparecían listados cinco Ahmads, pero no había entrada para
un Sultán Ahmad ibn Majid el Astuto. Ciertamente era citado un Ahmad ibn Majid,
pero era mencionado sólo en una nota a pie de página y parecía haber sido un
cronista árabe. Klein encontró tres Abdullahs, ninguno de ellos relacionado con
Zanzíbar.



—Algo es incorrecto —murmuró.



—No tiene importancia, querido Jorge —respondió suavemente Jijibhoi.



—La tiene. Espera un minuto —rondó por las listas. Bajo Zanzíbar, Gobernantes,
no encontró a Ahmads, ningún Abdullah; descubrió un Majid ibn Said, pero cuando
comprobó la referencia se encontró con que había reinado en algún momento de la
segunda mitad del XIX. Desesperadamente, Klein volvió páginas, examinando
rápidamente, volviendo atrás, buscando. Finalmente alzó la vista y dijo—: ¡Está
todo equivocado!



—¿La Historia Oxford de África Oriental?



—Los detalles de la historia de Sybille. Mira, ella dijo que este Ahmad el
Astuto subió al trono de Omán en 1811 y se apoderó de Zanzíbar siete años más
tarde. Pero el libro mantiene que un tal Seyyid Said al-Busaidi se convirtió en
Sultán de Omán en 1806 y reinó durante cincuenta años. Fue él, no este
inexistente Ahmad el Astuto, quien apresó Zanzíbar, pero lo hizo en 1828, y el
gobernante al que coaccionó para firmar un tratado con él, el Mwenyi Mkuu, se
llamaba Hasan ibn Ahmad Alawi, y —Klein negó con la cabeza—… Es un reparto
enteramente distinto de personajes. Nada de apuñalamientos, nada de que
asesinatos, las fechas son enteramente diferentes, el asunto entero…



Jijibhoi sonrió tristemente.



—Los muertos hacen a menudo travesuras.



—¿Pero por qué inventaría ella una fantasía completa y la disfrazaría como un
nuevo descubrimiento sensacional? ¡Sybille fue el estudioso más escrupuloso que
jamás conocí! Ella no lo haría nunca.



—Esa fue la Sybille que tú conociste, amigo querido. Sigo instándote a que te
des cuenta de que ésta es otra persona, una persona nueva, dentro de su cuerpo.



—¿Una persona que mentiría acerca de la historia?



—Una persona que bromearía —respondió Jijibhoi.



—Sí —masculló Klein.



Que bromearía. Recuerda que para un muerto el universo entero es dúctil, nada es
real, nada importa una mierda.



Que tomaría el pelo un exmarido estúpido, cargante, fastidiosamente persistente,
que ha aparecido en su Pueblo Frío llevando puesto un disfraz transparente y
fingiendo ser un muerto. Que inventaría no sólo una historia sino incluso sus
primeras figuras, en broma, un juego, un jeu d'esprit. Oh, Dios mío. ¡Oh, Dios
mío, qué cruel es, qué estúpido fui! Fue su forma de decirme que sabía que yo
era un muerto falsificado. ¡Quid pro quo, embuste por embuste!



—¿Qué harás?



—No sé — respondió Klein.



Lo que hizo, en contra de la enérgica advertencia de Jijibhoi y de su juicio
superior, fue obtener más píldoras de Dolorosa y regresar al Pueblo Frío de
Sión. Habría un placer espasmódico, como el de hurgar el hueco de un diente
perdido, en enfrentar a Sybille con la evidencia de su Ahmad ficticio, de su
Abdullah imaginario. No consentiré más juegos entre nosotros, le diría. Dime lo
que necesito saber, Sybille, y luego dejarme ir; pero dime sólo la verdad.
Ensayó su discurso durante todo el camino hasta Utah, puliendo y embelleciendo.
No hubo necesidad de ello, sin embargo, pues esta vez la puerta del Pueblo Frío
de Sión no se abriría para él. Los escáneres escudriñaron su tarjeta falsificada
de Albany y el altavoz dijo:



—Sus credenciales no son válidas.



Todo podría haber terminado ahí. Podría haber regresado a Los Angeles y recoger
los pedazos de su vida. Todo este semestre había estado de licencia sabática,
pero el período estival llegaba y había trabajo por hacer. Regresó a Los
Angeles, pero sólo el tiempo suficiente para rellenar una maleta algo mayor,
encontrar su pasaporte y conducir hasta el aeropuerto. En un dulce atardecer de
mayo un jet BOAC le llevó sobre el Polo a Londres, donde, deteniéndose apenas
para tomar un café y bollos en una tienda del aeropuerto, abordó otro avión que
le trasladó al sudeste hacia África. Más dormido que despierto, vio flotar
suavemente los hitos de ensueño: el Mediterráneo, llegando y yéndose con rapidez
asombrosa, y la alfombra leonada del desierto libio, y el poderoso Nilo,
reducido al grosor de una hebra marrón cuando se mira desde diez millas de
altura. Repentinamente el Kilimanjaro, envuelto en niebla, aprisionado por la
nieve, surgiendo amenazador como una gigantesca ampolla bicéfala a su derecha,
muy abajo, y pensó que podría ver a lo lejos, por su izquierda el resplandor
distante del sol en el Océano Indico. Entonces la gran aguja del morro del avión
comenzó su brusco descenso, y él se encontró, poco después, caminando en el
húmedo aire caliente y la cegadora luz del sol de Dar es Salaam.



Demasiado pronto, demasiado pronto. Sintió que no estaba listo para seguir hasta
Zanzíbar. Un día o dos de descanso, tal vez: eligió un hotel de Dar al azar, el
Agip, por el sonido extraño de su nombre, y cogió un taxi. El hotel se veía
lustroso y limpio, una cosa estilizada en el reluciente estilo de los 60, mucho
más barato que el Kilimanjaro, donde había permanecido brevemente en el viaje
anterior, y localizado en un agradable barrio frondoso de la ciudad, cerca del
océano. Paseó por los alrededores durante un breve tiempo, descubrió que estaba
totalmente exhausto, regresó a su cuarto para una siesta que se alargó por
espacio de casi cinco horas y, despertando atontado, se dio una ducha y se
vistió para comer. El comedor del hotel estaba lleno de musculosos hombres
rubios de rostro encendido, sin chaqueta y vistiendo camisas blancas de cuello
abierto, todos ellos le recordaron perturbadoramente a Kent Zacharias; pero
estos eran calientes, británicos por sus acentos; ingenieros, supuso, a juzgar
por sus conversaciones. Estaban construyendo una presa y una central eléctrica
en alguna parte de la costa, le pareció, o quizá una central eléctrica sin
presa; bebían una gran cantidad de ginebra y hablaban con vigorosos gritos
atronadores. Había también muchos hombres de negocios japoneses, cómo no, de
aspecto acicalado y comedido con trajes azul profundo y corbatas estrechas, y en
la mesa al lado de Klein había cinco hombres atezados de pelo rizado hablando en
rápido hebreo: israelíes, seguramente. Los únicos africanos a la vista eran
camareros y bármanes. Klein pidió ostras Mombasa, bistec, y una garrafa de vino
tinto, y encontró la comida inesperadamente buena, aunque dejó la mayor parte de
ella en su plato. Era última hora de la tarde en Tanzania, pero para él eran las
diez en punto de la mañana, y su organismo estaba desorientado. Se desplomó en
la cama, meditó vagamente sobre la presencia probable de Sybille a solamente
unos minutos de vuelo, en Zanzíbar, y cayó en un sueño pesado del cual despertó,
lo que le pareció muchas horas más tarde, para descubrir que aún faltaba un buen
rato para el amanecer.



Vagabundeó a lo largo de la mañana visitando el viejo barrio nativo, caluroso y
polvoriento, con calles sin pavimentar y filas de chozas de latón, y al mediodía
regresó a su hotel para darse una ducha y almorzar. De nuevo la misma
distribución nacional en el restaurante —británicos, japoneses, israelíes—
aunque las caras parecían diferentes. Iba por su segunda cerveza cuando entró
Anthony Gracchus. El cazador blanco, ancho de hombros, pálido, de barba
densamente poblada, ataviado con pantalones cortos y camisa caquis, casi parecía
haberse salido del cubo de película que Jijibhoi le había enseñado tiempo atrás.
Klein se encogió instintivamente, volviéndose hacia la ventana, pero demasiado
tarde: Gracchus le había visto. Toda charla se fue interrumpiendo en el
restaurante a medida que el hombre muerto caminaba a grandes pasos hacia la mesa
de Klein, tiraba de una silla no solicitada, y se sentaba; entonces, como si un
proyector de película hubiera sido detenido y ahora avanzara de nuevo, los
ingenieros británicos reanudaron su griterío, aunque ahora sonaban algo tensos.



—¡Qué pequeño es el mundo! —dijo Gracchus—. Abarrotado, por lo menos. En camino
hacia Zanzíbar, ¿no es eso, Klein?



—En un día o así. ¿Sabía usted que estaba aquí?



—Claro que no —los duros ojos de Gracchus centellearon astutamente—. Esto ha
sido una pura coincidencia. Ella ya está allí.



—¿Ella?



—Ella, Zacharias y Mortimer. He oído que se encontró con ellos en Sión.



—Brevemente —respondió Klein—. Vi a Sybille. Brevemente.



—Insatisfactoriamente. Hasta el punto de que usted la ha seguido hasta aquí de
nuevo. Déjelo, hombre. Déjelo.



—No puedo.



—¡No puede! —Gracchus frunció el entrecejo—. Una respuesta de neurótico, no
puedo. Lo que quiere decir usted es no quiero. Un hombre adulto puede hacer
cualquier cosa que quiera siempre que no sea una imposibilidad física. Olvídela.
Usted está únicamente molestándola, por este camino, interfiriendo con su
trabajo, estorbándola —Gracchus sonrió—. Con su vida. Ella lleva muerta casi
tres años, ¿no comprende? Olvídela. El mundo está lleno de mujeres distintas.
Usted es todavía joven, tiene dinero, no es feo, tiene una reputación
profesional…



—¿Es eso lo que lo que le han mandado decirme?



—No fui enviado aquí para decirle nada, amigo. Sólo estoy tratando de salvarle
de usted mismo. No vaya a Zanzíbar. Vuélvase casa y empiece su vida otra vez.



—Cuando la vi en Sión, ella me trató con desprecio —respondió Klein—. Se
divirtió a mi costa. Quiero preguntarla por qué hizo eso.



—Porque usted es un caliente y ella es un muerto. Para ella usted es un payaso.
Para todos nosotros es usted un payaso. No es nada personal, Klein. Simplemente
hay un abismo en nuestras posiciones, un abismo demasiado ancho para que usted
lo cruce. Usted fue a Sión drogado como un hombre del Tesoro, ¿no es así? ¿La
cara pálida, los ojos abultados? No engañó a nadie. Por supuesto, no la engañó a
ella: el juego que jugó con usted fue su forma de decirle eso. ¿No sabe usted
eso?



—Lo sé, sí.



—¿Qué más quiere usted, entonces? ¿Más humillación?



Klein meneó la cabeza cansadamente y clavó los ojos en el mantel. Pasado un
momento levantó la vista, y sus ojos encontraron los de Gracchus, y se asombró
al darse cuenta de que confiaba en el cazador, que por primera vez en sus
relaciones con los muertos sentía que se estaba encontrando con sinceridad.
Respondió en voz baja:



—Estuvimos muy unidos, Sybille y yo, y entonces ella murió, y ahora no soy nada
para ella. No he podido aceptar eso. La necesito todavía. Quiero compartir mi
vida con ella, incluso ahora.



—Pero no puede hacerlo.



—Ya lo sé. Pero eso no me ayuda a dejar de hacer lo que estoy haciendo.



—Sólo hay una cosa que pueda compartir con ella —respondió Gracchus—. Es su
muerte. Ella no se rebajará a su nivel: usted debe ascender a suyo.



—No sea absurdo.



—¿Quién es absurdo, usted o yo? Escuche, Klein. Creo que es usted un imbécil,
creo que es una criatura débil, pero no me desagrada usted, no le culpo por su
estupidez. Así que le ayudaré, si usted me lo permite —metió la mano en un
bolsillo de su camisa y extrajo un tubo diminuto de metal con un dispositivo de
seguridad en un extremo—. ¿Sabe qué es esto? Es un dardo de autodefensa, del
tipo que llevan todas las mujeres en Nueva York. Muchos muertos los llevan,
también, porque nunca sabemos cuándo comenzará la reacción, cuando la chusma se
volverá contra nosotros. Sólo que no usamos las drogas anestésicas en nosotros
mismos. Oiga, podemos entrar andando en cualquier taberna del barrio nativo y
puede tener una riña decente en cinco minutos, y en la confusión le meteré uno
de estos dardos, y le tendremos en el Hospital General de Dar quince minutos
después, embutido en una unidad de congelación, y por unos pocos miles de
dólares le podemos enviar a ser descongelado en California, y para la noche del
viernes sufrirá usted reavivación en, digamos… el Pueblo Frío de San Diego. Y
cuando salga de eso, usted y Sybille estarán en el mismo lado del abismo, ¿ve?
Si usted está destinado a regresar junto con ella alguna vez, ésa es la única
forma. Por ahí tiene una oportunidad. Por este camino no tiene ninguna.



—Es impensable —respondió Klein.



—Inaceptable, tal vez. Pero no impensable. Nada es impensable una vez que
alguien ha pensado en ello. Considérelo. ¿Me lo promete? Considere la idea antes
de subir a ese avión para Zanzíbar. Me quedaré aquí esta noche y mañana, y luego
salgo para Arusha donde debo encontrarme con algunos muertos llegados para una
cacería, y cuando quiera antes de ese momento lo haré por usted si da la orden.
Considere la idea. ¿Podrá pensar en ello? Prométame que lo pensará.



—Pensaré en ello.



—Bien. Bien. Gracias. Ahora vamos a almorzar y cambiemos de tema. ¿Le gusta a
usted comer aquí?



—Me intriga una cosa. ¿Por qué tiene este lugar una clientela exclusivamente no
africana? ¿Se atreven a discriminar a los negros en una república negra?



Gracchus soltó una carcajada.



—Son los negros los que quienes tienen prejuicios, amigo. Éste se considera un
hotel de segunda clase. Todos los negros están en el Kilimanjaro o el Nyerere.
No obstante, no es un lugar tan malo. Le recomiendo los platos de pescado, si no
los ha probado usted, y hay un aceptable vino blanco de Israel que...





8.



¡Oh Señor, pensé en el dolor de ahogarse!

¡Qué ruido terrible las aguas en mis oídos!

¡Qué horribles visiones de muerte en mis ojos!

Yo creí ver un millar naufragios temibles;

Un millar de hombres de los que los peces comían;

Cuñas de oro, grandes anclas, cúmulos de perlas,

Piedras inapreciables, joyas incalculables,

Todo esparcido en el fondo del mar.

Algunas yaciendo en las calaveras de hombres muertos,

Y en los agujeros

Donde una vez habitaron ojos, avanzaban,

Como si los ojos fueran despreciables, gemas refulgentes

que enamoraban el fondo fangoso de lo profundo

y se burlaban de los huesos muertos que yacían esparcidos alrededor.



Shakespeare, Ricardo III





—El vino israelí —aseveraba Mick Dongan—. Bien, lo probaré alguna vez,
especialmente si hay alguna pequeña ironía nítida unida a él. Veréis, allí
estábamos en Egipto, en Egipto, en ese fabuloso banquete en las colinas en
Luxor, y nuestro anfitrión era un príncipe saudí, ni más ni menos, en traje
tradicional completo hasta las gafas de sol, y cuando saca al cordero asado
sonríe diabólicamente y dice, por supuesto que podríamos beber un Mouton
Rothschild, pero sólo he conseguido tener una pequeña reserva de vinos israelíes
selectos en mi bodega, y puesto que creo que usted es, como yo mismo, un
connoisseur de las pequeñas inconveniencias, he pedido a mi despensero que abra
una botella o dos de... Klein ¿ves a esa chica que acaba de entrar?



Es enero de 1981, primera hora de la tarde, una llovizna fina en el aire. Klein
almuerza con seis colegas del Departamento de Historia en Los Jardines Colgantes
sobre el Westwood Plaza. El hotel es un ziggurat enorme sobre pilares; Los
Jardines Colgantes es un restaurante en el tejado, a noventa pisos de altura, de
decoración neo-babilónica freaky, todo él toros alados y dragones resollantes
sobre los azulejos azules y amarillos, camareros con largas barbas rizadas y
cimitarras en sus caderas; estrafalario club nocturno, afectada guarida de la
facultad durante el día. Klein mira hacia su izquierda. Sí, una mujer hermosa,
mediada la veintena, serenamente bella, de aspecto serio, tomando asiento por sí
misma, poniendo en el suelo una pila de libros y unos casetes sobre la mesa ante
ella. Klein no liga con chicas desconocidas: una cuestión de principios éticos,
y también un asunto de timidez innata. Dongan le toma el pelo.



—Dale un repaso, ¿quieres? Juraría que es tu tipo. Sus ojos tienen el color
perfecto para ti, ¿no? —Klein ha estado quejándose, últimamente, de que hay
demasiadas chicas de ojos azules en Southern California. Por alguna razón, los
ojos azules le resultan perturbadores; incluso amenazadores. Sus ojos son
castaños. Así son también los de ella: oscuros, cálidos, brillantes. Él cree
haberla visto alguna que otra vez en la biblioteca. Quizá hasta han
intercambiado miradas fugaces. Dongan dice—: Vamos. Venga, Jorge, adelante.



Klein le mira furiosamente. No irá. ¿Cómo puede entrometerse en la intimidad de
esta mujer? Imponerse ante ella sería casi como una violación. Dongan sonríe con
complacencia; su burlona risa insípida es un aguijón cruel. Klein se niega a dar
una espantada. Pero entonces, mientras él vacila, la chica sonríe también, una
sonrisa tímida y fugaz, tan rápidamente esfumada que él no está del todo seguro
de que haya ocurrido; pero sí está lo suficientemente seguro, y se encuentra a
sí mismo levantándose, cruzando el suelo de alabastro, revoloteando torpemente
sobre ella, buscando algunas palabras inspiradas con las cuales establecer
contacto, y las palabras no llegan. Pero a pesar de eso contactan por un
procedimiento ya pasado de moda, mirada frente a mirada, y él queda aturdido por
la intensidad de lo que pasa entre ellos en ese primer momento inexplicable.



—¿Está usted esperando a alguien? —musita él, atontado.



—No —la sonrisa otra vez, mucho menos vacilante—. ¿Le gustaría acompañarme?



Ella es una graduada, descubre rápidamente. Recién obtenido sus master,
comenzando ahora su doctorado: el comercio de esclavos en África Oriental en el
XIX, con hincapié específico en Zanzíbar.



—Qué romántico —responde él— ¡Zanzíbar! ¿Ha estado allí?



—Nunca. Espero ir algún día. ¿Y usted?



—Nunca. Pero siempre me interesó, desde que coleccionaba sellos de crío. Era el
último país en mi álbum.



—No en el mío —responde ella—: era Zululand —resulta que ella le conoce de
nombre. Incluso había estado pensando en matricularse en su curso sobre El
nazismo y su Descendencia—. ¿Es usted sudamericano?



—Nacido allí. Educado aquí. Mis abuelos escaparon a Buenos Aires en el 37.



—¿Por qué Argentina? Creía que había sido un refugio de nazis.



—Lo fue. Sin embargo, también se llenó de refugiados de idioma alemán. Todos sus
amigos fueron hacia allá. Pero era demasiado inestable. Mis padres salieron en
el 55, poco antes de una de las revoluciones importantes, y vinieron a
California. ¿Y qué hay de usted?



—Soy de familia británica. Nací en Seattle. Mi padre pertenecía al servicio
consular. Él...



Aparece un camarero. Piden sándwiches sin mayor interés. El almuerzo parece muy
poco importante ahora. El contacto todavía se mantiene. Él ve el Nostromo de
Conrad en su pila de libros; ella está hacia la mitad, y él justamente acaba de
terminarlo, y la coincidencia les divierte. Conrad es uno de sus favoritos,
expresa ella. Suyo, también. ¿Qué hay de Faulkner? Sí, y Mann, y Virginia Woolf,
y comparten incluso cierto apego por Hermann Broch, y una aversión por Hesse.
Qué extraño. ¿Óperas? Freischutz, Hollander, Fidelio, sí.



—Tenemos gustos muy teutones —comenta ella.



—Tenemos gustos muy similares —añade él. De repente se encuentra a sí mismo
sosteniendo la mano de Sybille.



—Increíblemente parecidos —responde ella.



Mick Dongan les mira lascivamente desde la parte distante de la sala; Klein le
dispensa un ceño terrible. Dongan guiña el ojo.



—Vámonos de aquí —dice Klein, justo cuando ella comienza a decir lo mismo.



Hablan durante la mitad de noche y hacen el amor hasta el amanecer.



Él dice solemnemente durante el desayuno:



—Debes saber que decidí hace mucho tiempo no casarme nunca y, desde luego, no
tener nunca un hijo.



—Lo mismo hice yo —responde ella—. Cuando tenía quince años.



Estaban casados cuatro meses más tarde. Mick Dongan fue su padrino de boda.





Gracchus dijo, cuando dejaron el restaurante:



—¿Pensará en lo que le he dicho? ¿Querrá hacerlo?



—Lo haré —dijo Klein—. Se lo prometo.



Fue a su cuarto, empacó su maleta, pagó la cuenta del hotel, y tomó un taxi
hacia el aeropuerto, llegando con abundancia de tiempo para el vuelo de la tarde
para Zanzíbar. El mismo hombrecito taciturno estaba de servicio como funcionario
de Sanidad cuando aterrizó, Barwani.



—Señor, ha regresado —dijo Barwani—. Pensé que podría hacerlo. La otra gente
lleva aquí varios días ya.



—¿La otra gente?



—Cuando usted estuvo aquí la última vez, señor, me ofreció amablemente un
anticipo para poder estar informado cuando cierta persona llegara a la isla —los
ojos de Barwani brillaron—. Esa persona, con dos de sus compañeros de antes,
está aquí ahora.



Klein colocó cuidadosamente un billete de veinte chelines en el escritorio del
oficial de Sanidad.



—¿En qué hotel?



Los labios de Barwani no se abrieron. Evidentemente veinte chelines no cubrían
sus expectativas. Pero Klein no sacó otro billete, y después de un momento
Barwani respondió:



—Como la otra vez. El parlamento de Zanzíbar. ¿Y usted, señor?



—Como la otra vez —respondió Klein—. Me quedaré en el Shirazi.



Sybille estaba en el jardín del hotel, repasando las notas de investigación del
día, cuando llegó la llamada telefónica de Barwani.



—No dejes que se vuelen mis papeles —le dijo a Zacharias, y entró. Cuando
regresó, pareciendo molesta, Zacharias preguntó:



—¿Hay problemas?



—Sí —suspiró ella—. Jorge. Está en camino a su hotel ahora.



—Qué pesado —murmuró Mortimer—. Creí que Gracchus podría hacerle entrar en
razón.



—Evidentemente no —respondió Sybille—. ¿Qué vamos a hacer?



—¿Qué te gustaría hacer? —preguntó Zacharias.



Ella sacudió la cabeza.



—No podemos permitir que esto siga así, ¿no crees?



El aire de la noche era húmedo y fragante. Las lluvias largas habían llegado y
se habían ido, y la isla entera estaba bajo la mano de la enloquecida fertilidad
de la nueva estación: en el exterior de la ventana de la habitación del hotel de
Klein algún enorme tallo trepador extendía monstruosas flores atrompetadas,
amarillas, y alrededor de los terrenos del hotel absolutamente todo estaba en
flor, todo era un frenesí de húmedas frondas jóvenes. La sensibilidad de Klein
reverberaba con esa sensación de vigorosa novedad universal; anduvo de arriba
abajo por el cuarto, lleno de energía, tratando de idear algún plan realizable.
¿Ir inmediatamente a ver a Sybille? ¿Forzar su entrada, si era necesario, con
gritos y alboroto, y exigir saber por qué ella le había contado ese cuento
fantástico de sultanes imaginarios? No. No. No habría más enfrentamientos, no
más lamentaciones; ahora que estaba aquí, ahora que estaba próximo a ella, la
buscaría serenamente, la hablaría calmadamente, invocaría los recuerdos de su
viejo amor; la hablaría de Rilke y Woolf y Broch, de tardes en Puerto Vallarta y
noches en Santa Fe, de música oída y caricias compartidas. No intentaría revivir
su matrimonio, pues eso era imposible, sino simplemente el recuerdo del lazo que
una vez había existido; obtendría de ella algún reconocimiento de que había
estado ahí y entonces, sobria y calmadamente, él conjuraría ese lazo; él y ella
juntos maniobrarían para rescatarlo hablando a media voz del cambio que había
caído sobre sus vidas; hasta, después de tres horas, o cuatro o cinco, conseguir
por sí mismo, con ayuda de ella, aceptar lo inaceptable. Eso era todo. Él no
pediría nada, no mendigaría nada, sólo que ella le ayudara durante una tarde
para liberar su alma de esta vana obsesión destructiva. Incluso un muerto,
incluso un caprichoso, antojadizo, volátil, arbitrario, disoluto muerto, a buen
seguro entendería la conveniencia de eso, y le concedería libremente su
colaboración. Seguramente. Y luego a casa, a por un nuevo comienzo, demasiado
tiempo pospuesto.



Se preparó a salir.



Hubo un golpe suave en la puerta.



—¿Señor? ¿Señor? Tiene visitas abajo.



—¿Quién? —preguntó Klein, aunque sabía la respuesta.



—Una señora y dos caballeros —contestó el botones—. El taxi los ha traído desde
el parlamento de Zanzíbar. Le están esperando en el bar.



—Diles que bajaré en un momento.



Se dirigió a la jarra con hielo sobre el tocador, bebió un vaso de agua fría de
forma irreflexiva, mecánicamente; se sirvió un segundo vaso, apurándolo también.
Esta visita era inesperada. ¿Y por qué había traído ella todo su séquito? Tuvo
que luchar para recobrar esa perspectiva, esa sensación de propósito comprendido
que creía haber logrado antes del aviso. Finalmente abandonó la habitación.



Iban impecablemente vestidos en esta noche húmeda. Zacharias con una casaca de
color tostado y unos pantalones verde pálido, Mortimer con un caftán blanco
ceñido ribeteado con un intrincado brocado, Sybille con una sencilla túnica de
color lavanda. Sus caras pálidas no aparecían deterioradas por la traspiración;
parecían perfectamente serenos, modelos de compostura. Nadie se sentaba cerca de
ellos en el salón. Mientras Klein entraba, se levantaron para saludarle, pero
sus sonrisas surgieron siniestras, no había nada de cordialidad en ellas. Klein
se aferró tensamente a su pretendida calma. Dijo quedamente:



—Qué amables al venir. ¿Puedo pedirles algo de beber?



—Ya tenemos —Zacharias señaló con el dedo—. Deje que seamos sus anfitriones.
¿Qué va a tomar?



—Pimm Number Six —respondió Klein. Trató de corresponder a sus sonrisas
heladas—. Llevas una túnica preciosa, Sybille. Se os ve tan engalanados a todos
que me siento avergonzado.



—Tú nunca fuiste famoso por tu gusto en el vestir —respondió ella.



Zacharias regresó del mostrador con la bebida de Klein. La cogió y brindó
seriamente con ellos.



Después de que un breve silencio Klein dijo:



—¿Crees que podría hablar contigo en privado, Sybille?



—No hay nada que debamos decirnos el uno al otro que no pueda decirse delante de
Kent y Laurence.



—A pesar de ello.



—Prefiero que no, Jorge.



—Como gustes.



Klein miró con atención directamente en sus ojos y no vio nada allí, nada, y se
acobardó. Todo lo que había tenido la intención de expresar escapó de su mente.
Sólo fragmentos revueltos bailaban allí: Rilke, Broch, Puerto Vallarta. Tragó de
golpe el contenido de su copa.



Zacharias dijo:



—Tenemos un problema que discutir, Klein.



—Continúe.



—El problema es usted. Usted está causando una gran angustia a Sybille. Ésta es
la segunda vez que la ha seguido hasta Zanzíbar, literalmente hasta el fin del
mundo, Klein, y aparte de eso ha hecho varios intentos por entrar con engaños en
un santuario cerrado en Utah, y esto interfiere con la libertad de Sybille,
Klein: es una interferencia imposible, intolerable.



—Los muertos somos muertos —aseveró Mortimer—. Somos comprensivos con la hondura
de sus sentimientos por su difunta esposa, pero esta persecución compulsiva suya
debe terminar.



—Lo hará —respondió Klein, clavando los ojos en un punto en el muro estucado a
medio camino entre Zacharias y Sybille—. Sólo quiero una hora o dos de
conversación a solas con mi... con Sybille, y después le doy mi palabra de que
no habrá más…



—Tal y como usted prometió a Anthony Gracchus no venir a Zanzíbar —interrumpió
Mortimer.



—Yo sólo quería…



—Tenemos nuestros derechos —respondió Zacharias—. Hemos pasado a través de
infierno, literalmente a través del infierno, para llegar donde estamos. Usted
ha violado nuestro derecho a ser dejados en paz. Usted nos incomoda. Usted nos
aburre. Usted nos molesta. Odiamos ser molestados.



Miró hacia Sybille. Ella asintió con la cabeza. La mano de Zacharias desapareció
en el bolsillo del pecho de su chaqueta. Mortimer agarró la muñeca de Klein con
asombrosa rapidez y movió de un tirón su brazo hacia adelante. Un pequeño tubo
de metal refulgió en el puño enorme de Zacharias. Klein había visto un tubo
semejante en la mano de Anthony Gracchus hacía sólo un día.



—No —jadeó Klein— ¡No creo… No!



Zacharias hundió rápidamente la fría boquilla del tubo en el antebrazo de Klein.



—La unidad congeladora está llegando —dijo Mortimer—. Estará aquí en cinco
minutos o menos.



—¿Qué pasa si llega tarde? —preguntó Sybille con inquietud—. ¿Qué ocurriría si
algo irreversible le sucede a su cerebro antes de que llegue?



—No está completamente muerto aún —la recordó Zacharias—. Hay tiempo. Hay tiempo
de sobra. Hablé con el doctor yo mismo, un chino brillante, con perfecto dominio
del inglés. Fue sumamente comprensivo. Le congelarán en un plazo de un par de
minutos tras la muerte. Reservaremos pasaje de carga a bordo del avión de la
mañana para Dar. Estará en los Estados Unidos dentro de veinticuatro horas, te
lo aseguro. San Diego será avisado ¡Todo saldrá bien, Sybille!



Jorge Klein yacía caído al otro lado de la mesa. La barra se había vaciado en el
mismo momento en que había gritado y trastabillado hacia adelante: la media
docena de clientes se habían escabullido, no muy deseosos de estropear sus
vacaciones compartiendo una tarde con la presencia de la muerte, y los mozos de
restaurante y los camareros, los ojos desorbitados, aterrados, habían escapado
al vestíbulo. Un ataque al corazón, había anunciado Zacharias, algún tipo de
ataque súbito, tal vez una apoplejía, ¿dónde está el teléfono? Nadie había visto
el tubo diminuto haciendo su trabajo.



Sybille tembló.



—Si algo sale mal…



—Ya oigo la sirena —dijo Zacharias.

Desde su escritorio en el aeropuerto, Daud Mahmoud Barwani observó el voluminoso
ataúd refrigerado siendo cargado a bordo del avión matutino para Dar por mozos
gruñidores. ¿Y luego, y luego, y luego? Enviarían al muerto hasta el otro lado
del mundo, hasta América, e infundirían vida nueva en él, y andaría otra vez
entre los hombres. Barwani meneó la cabeza. ¡Esta gente! El hombre que estaba
vivo está ahora muerto, y estos muertos, ¿quién sabe qué son? ¿Quién sabe?
¿Quién pudo haber anticipado que llegaría el día en que los muertos regresarían
de la tumba? No yo. ¿Y quién puede prever en lo que nos convertiremos todos
nosotros, dentro de cien años? No yo. No yo. Dentro de cien años yo estaré
descansando, pensó Barwani.





9.



Morimos con los moribundos: los vemos partir, y nos vamos con ellos. Nacemos con
los muertos: los vemos regresar, y nos traen con ellos.

T. S. Eliot, Little Gidding



En el día de su despertar no vio a nadie salvo a los asistentes de la casa de
reavivado, quienes le bañaron y le alimentaron y le ayudaron a caminar
lentamente alrededor de su habitación. No le dijeron nada, ni él a ellos; las
palabras parecían irrelevantes. Se sintió extraño en su piel, demasiado
cómodamente contenido, como si toda su vida hubiera llevado puestas ropas mal
ajustadas y ahora hubiera encontrado por primera vez un sastre competente. Las
imágenes que sus ojos le traían eran cortantes, extrañamente claras, y
débilmente aureoladas por los colores del prisma, un efecto que desapareció
imperceptiblemente a lo largo del día. El segundo día fue visitado por el padre
Guía de San Diego, en absoluto el patriarca formidable que él había imaginado,
sino más bien un ejecutivo frío, eficiente, rondando la cincuentena, que le
saludó cordialmente y le informó con brevedad de las disciplinas y las rutinas
que debería dominar antes de poder salir del Pueblo Frío.



—¿Qué mes es?



Preguntó Klein, y el padre Guía le dijo que era junio, el diecisiete de junio de
1993. Había dormido cuatro semanas.



Ahora es la mañana del tercer día después de su despertar, y tiene a invitados:
Sybille, Nerita, Zacharias, Mortimer, Gracchus. Se colocan en su cuarto y
permanecen formando un arco al pie de su cama; resplandecen al fulgor de la luz
que atraviesa las estrechas ventanas. Como semidioses, como ángeles, brillando
intensamente con un deslumbrante resplandor interior, y ahora él está en su
compañía. Le abrazan formalmente. Gracchus primero, luego Nerita, después
Mortimer. Zacharias avanza a continuación hacia su cabecera: Zacharias, que le
envió en brazos de la muerte, y sonríe a Klein y Klein devuelve la sonrisa, y se
abrazan. Entonces es el turno de Sybille: ella desliza su mano entre las de él,
él la atrae, sus labios pasan rozando su mejilla, la toca, su brazo rodea sus
hombros.



—Hola —susurra ella.



—Hola —responde él.



Le preguntan cómo siente, cómo de rápido regresan sus fuerzas, si ha estado ya
fuera de la cama, cuánto tardará en comenzar su secado. El estilo de su
conversación es el estilo sesgado, elíptico, propio de los muertos, pero no
totalmente el beodo recortado y críptico, la clase de conversación que
normalmente usarían entre ellos; le están favoreciendo, conduciéndole poquito a
poco al interior de sus costumbres. Al cabo de cinco minutos cree que está
obteniendo la habilidad necesaria.

Dice, usando su taquigrafía verbal:



—He debido ser gran carga para vosotros.



—Lo fuiste, lo fuiste —asiente Zacharias—. Pero todo eso ha terminado.



—Te perdonamos —dice Mortimer.



—Te damos la bienvenida —afirma Sybille.



Hablan de sus planes para los meses siguientes. Sybille casi ha terminado su
trabajo en Zanzíbar; se retirará al Pueblo Frío de Sión durante los meses de
verano para escribir su tesis. Mortimer y Nerita van a México para recorrer los
antiguos templos y pirámides. Zacharias va a Ohio, hacia sus queridos túmulos.
En otoño se reagruparán en Sión y planearán la diversión del invierno: una
excursión a Egipto, tal vez, o a Perú, a las cumbres del Machu Picchu. Las
ruinas, los emplazamientos arqueológicos, les fascinan; en los lugares donde la
muerte ha sido más activa, su alegría es más intensa. Están excitados,
emocionados, charlatanes, hablando virtualmente por los codos, ahora. Luego
iremos a Zimbabwe, a Palenque, a Angkor, a Knossos, a Uxmal, a Nínive, a
Mohenjodaro. Y mientras siguen sin parar, hablando con manos y ojos y sonrisas,
e incluso palabras —incluso palabras, torrentes de palabras—, se desdibujan y se
vuelven irreales para él; son meros títeres danzantes dando tumbos sobre un
escenario mal pintado, son insectos que zumban, avispas o abejas o mosquitos,
con toda su conversación sobre viajes y festivales, sobre Boghazkby y Babilonia,
sobre Megiddo y Massada; y deja de oírlos, deja de sintonizarlos, miente allí
sonriendo, los ojos vidriosos, la mente a la deriva. Le desconcierta el hecho de
tener tan poco interés en ellos. Pero entonces entiende de pronto que es una
señal de su liberación. Está liberándose de las viejas cadenas. ¿Se unirá a su
grupo? ¿Por qué debería hacerlo? Quizá viajará con ellos, quizá no, a medida que
el capricho se apropie de él. Más probablemente no. Casi seguramente no. Él no
necesita su compañía. Él tiene sus intereses. Él ya no seguirá a Sybille por
todas partes. Él no necesita, él no quiere, él no pretenderá. ¿Por qué debería
convertirse en uno de ellos, desarraigado, un peregrino amoral, un fantasma
hecho carne? ¿Por qué debería abrazar los valores y las costumbres de esta gente
que le ha dado muerte tan desapasionadamente como podría aplastar un insecto,
sólo porque él los había aburrido, porque los había molestado? Él no los odia
por lo que le hicieron, no siente un resentimiento que pueda identificar,
simplemente elige separarse a sí mismo de ellos. Dejarlos flotar de ruina en
ruina, dejarlos perseguir la muerte de continente en continente: él seguirá su
propio camino. Ahora que ha cruzado la interfaz se encuentra con que Sybille ya
no tiene importancia para él. Oh, señor, las cosas cambian.



—Nos iremos ahora —dice suavemente Sybille.



Él asiente. No responde otra cosa.



—Te veremos después de tu secado —le dice Zacharias, y le toca ligeramente con
sus nudillos, un gesto de despedida usado sólo por los muertos.



—Te veo —dice Mortimer.



—Te veo —dice Gracchus.



—Pronto —dice Nerita.



Nunca, responde Klein, expresándolo sin palabras, pero ellos le entenderán.
Nunca. Nunca. Nunca. Nunca veré a ninguno de vosotros, nunca te veré a ti,
Sybille. Las sílabas resuenan a través de su cerebro, y la palabra nunca, nunca,
nunca comienza a rodar sobre él como el oleaje de la ruptura, limpiándole,
purificándole, curándole. Es libre. Está solo.



—Hasta luego —se despide Sybille desde el vestíbulo.



—Hasta luego —responde él.



Pasaron años antes de que la viese de nuevo. Pero consumieron los últimos días
del 99 juntos, disparando a los dodos bajo la sombra del poderoso Kilimanjaro.