La Cruzada Del Necio
Clifford D. Simak


 

Por mucho tiempo he sido el tonto del pueblo, pero ya no lo seré más, por mucho que continúen llamándome simplón, y aún cosas peores.
Ahora soy un genio, pero no dejaré que se enteren.
Nunca.
Si lo descubrieran, se pondrían en guardia contra mí.
Nadie sospecha de mí, ni sospechará. Mi desmanejado caminar es el mismo, mi vacía mirada y mi gorjeo son tan vagos como siempre han sido. A veces, me resulta difícil recordar que debo mantener el desmanejamiento, el vacío o el gorgojeo como antes; a veces, me resulta difícil no exagerarlos. Lo importante es no levantar sospechas.
Todo comenzó aquella mañana que fui a pescar.
Mientras almorzábamos dije a mamá que me iba a pescar, y no me puso pegas. Sabe que me gusta pescar. Cuando pesco no me meto en lios.
- Muy bien, Jim. Algunos pescados son buenos de verdad.
- Sé de un lugar donde conseguirlos -le dije-. En la charca del arroyo, justo pasada la casa de Alf Adams.
- Pero no busques pelea con Alf -me advirtió mamá-. Ya sabes que no le caes bien y...
- Se portó mal conmigo. Me hizo trabajar más duro de lo que yo podía. Y me estafó a la hora de pagarme. Y se burla de mí.
 No debería haberle dicho aquello, porque a mamá le duele cuando le digo que alguien se ríe de mí.
 - No te debe importar lo que la gente haga -me dijo mamá con palabras dulces y amables-. Acuerdate de lo que dijo el padre Martin el domingo pasado. Dijo...
 - Ya sé lo que dijo, pero no me gusta que se rian de mí. No deberían reirse de mí.
 - No -confirmó mamá con mirada triste-. No deberían.
 Continué almorzando, y pensando que el padre Martin era de los buenos predicando humildad y paciencia. Si supierais que tipo de hombre..., si supierais como se las cantó a Jennie Smith, el organista... Es de los mejores para no hablar de nada.
 Almorzado, fui al cobertizo a buscar los aparejos de pesca, y Bounce vino desde el otro lado de la calle para ayudarme. Después de mamá Bounce es mi mejor amigo. No puede hablar conmigo, claro, es decir, en realidad, pero tampoco se ríe nunca de mí.
 Hablé con él mientras cavaba en busca de gusanos y le pedí si quería venir a pescar conmigo. Pude ver que sí que quería, así que atravesé la calle y fui a decir a la señora Lawson que Bounce iría conmigo.
 Emprendimos la marcha, yo llevando la caña y todos los otros cachivaches y Bounce caminando a mi lado, como si yo fuera alguien digno de ser acompañado.
 Pasamos ante el banco, donde Patton, el banquero, se sentaba tras el gran ventanal de la fachada trabajando en su escritorio como si fuera el hombre más importante de todo Mapleton, lo que efectivamente era. Caminé despacio para poder odiarlo con toda el alma.
 Mamá y yo no viviríamos en aquel viejo caserón donde vivimos si Patton, el banquero, no nos hubiera embargado la casa tras la muerte de papá.
 Pasamos ante la casa de Alf Adams, que es la primera granja a la salida del pueblo y también lo odié un poco, pero no tanto como al banquero Patton. Todo lo que había hecho Alf era hacerme trabajar más duro de lo que yo podía y, después, estafarme a la hora de pagarme.
 Alf era un hombretón farolero y bastante buen granjero, me parece, al menos lo aparentaba. Poseía un enorme granero nuevo, y era propio de él no pintarlo de rojo, como deben pintarse los graneros, sino de blanco con un zócalo rojo. ¿Quién ha visto nunca pintar un granero con un zócalo rojo?
 Justo pasada la casa de Alf, Bounce y yo salimos del camino y tiramos hacia abajo, atravesamos el prado y nos dirigimos hacia la gran charca del arroyo.
 El Hereford, el toro premiado de Alf, estaba más allá, al otro lado del prado con el resto del ganado. Viéndonos, se nos acercó, no para hacernos daño ni con pose agresiva sino sólo para investigar y prepararse para montar brega si alguien le plantaba cara. Yo no le temía porque nos habíamos hecho amigos aquel verano en que había trabajado para Alf. Solía acariciarlo y rascarle tras las orejas. Alf sostenía que yo estaba loco y que algún día el toro me mataría.
 - No te fies nunca de un toro -sentenciaba Alf.
 Cuando el toro estuvo lo suficientemente cerca para saber quienes éramos vio que nadie le amenazaba, así que regresó al otro lado del prado.
 Llegamos a la charca y me puse a pescar mientras Bounce subía arroyo arriba a explorar. Cogía pocos peces; no eran demasiado grandes y no picaban a menudo, así que perdí el interés. Me gusta ir a pescar pero, para no perder interés, debo pescar algo.
 Por esto me puse a soñar despierto. Comencé preguntándome que si marcabas una cierta área de terreno, pongamos por caso unos cien palmos cuadrados, y caminabas con mucha atención por ella, ¿cuántas plantas distintas encontrarías? Miré un pedazo de tierra que estaba cerca de donde yo me sentaba, y solo pude ver hierba normal de pasto, algunos dientes de león, algunas romazas, un par de violetas y ranúnculo aún sin flor.
 De pronto, mientras observaba el diente de león, me di cuenta que podía ver todo el diente de león, ¡no solo la parte que se muestra sobre el suelo!
 Desconozco cuanto tiempo estuve mirándolo antes de darme cuenta de ello. Y no estoy seguro que «ver» sea la palabra exacta. Quizás «saber» sería mejor. Supe cómo la raíz principal se hundía en el suelo y cómo crecían las pequeñas raíces pilosas y supe dónde estaban todas las raíces, cómo extraían el agua y las substancias químicas del suelo, cómo almacenaban la comida de reserva en su interior y cómo el diente de león usaba la luz solar para convertir la comida en una substancia que le sirviera. Y lo más curiosoo es que hasta entonces de todo esto nada había sabido.
 Observé las otras plantas y pude verlas todas de la misma manera. Me preguntaba si me había pasado algo en los ojos y si debería ir por el mundo mirando dentro de las cosas en lugar de ver las cosas mismas, así que probé a hacer desaparecer la nueva manera de ver, y ésta desapareció.
 A continuación intenté ver la raíz del diente de león otra vez y la vi tal como antes la había visto.
 Me sentaba allí, preguntándome por qué nunca había sido capaz de ver de aquella manera y por qué ahora sí. Y, mientras me lo preguntaba, miré a la charca y probé a ver dentro, y pude ver, tan claro como el día. Pude ver hasta el mismísimo fondo con todos sus rincones; había peces escondidos, enormes, más grandes de los que nunca había podido pescar en el arroyo.
 Vi que el cebo no estaba cerca de ningún pez, así que lo desplacé hasta situarlo justo delante del morro de uno de los más grandes. Pero parecía que el pez no lo veía o, si lo veía, no tenía hambre, ya que estaba ahí, agitando el agua con sus aletas, y moviendo sus branquias.
 Moví el cebo hasta que éste le tocó el morro, pero continuó sin hacerle caso.
 Así pues hice que el pez sintiera hambre.
 No me preguntéis cómo lo hice. No os lo sabría decir. De repente supe que podía hacerlo y cómo. Así que le hice sentir hambre y se abalanzó sobre el cebo como Bounce saltaría sobre un hueso.
 Tiró del corcho hacia abajo y yo tiré de la caña hacia arriba, y lo izé fuera del agua. Lo desenganché del anzuelo y lo metí dentro la red, junto con los otros pequeños que ya había pescado.
 Escogí luego otro de los grandes, le bajé el cebo y le provoqué hambre.
 En la siguiente hora y media casi limpié la charca de peces grandes. Quedaron algunos pequeños que dejé correr. Tenía la red llena; no podía llevarla con la mano por qué entonces los peces se arrastrarían por el suelo. Tuve que echármela a la espalda y sentí los peces tremendamenete húmedos.
 Llamé a Bounce y volvimos al pueblo.
 

 Todos me detenían, daban un vistazo a los peces y querían saber de dónde los había sacado, con qué los había pescado y si quedaba alguno o bien los había pescado todos. Cuando explicaba que los había cogido todos estallaban grandes carcajadas.
 Justo acababa de girar hacia la calle mayor de camino a casa cuando Patton, el banquero, salió de la barbería. Desprendía un buen olor, olor de los productos contenidos en aquellos frascos que Jake, el barbero, ponía a sus clientes.
 Viéndome con los peces, se plantó ante mí. Me miró y miró a los peces, y se frotó las manos. Entonces dijo, como si estuviera hablando a un chiquilluelo:
 - Vaya, Jimmy, ¿de dónde has sacado todo este pescado?
 Sonó como si más bien no tuviera derecho y como si seguramente hubiera hecho servir algún truco ilegal para conseguirlos.
 - De la charca junto la casa de Alf -le contesté.
 De repente, aún sin intentarlo, lo ví de la misma manera que había visto el diente de león: el estómago, los intestinos, algo que debía ser el hígado y, encima, rodeado por una esponjosa masa rosada, una cosa que latía. Sabía que aquello debía ser el corazón.
 Me imagino que es la primera vez que alguien ha odiado realmente las entrañas de otro.
 Alargué mis manos; bien, mis manos no, ya que una sostenía la caña de pescar y la otra estaba ocupada con el pescado, pero era casi exactamente la misma sensación que si hubiera estirado los brazos y con las manos le hubiera agarrado el corazón y lo hubiera apretado bien fuerte.
 Croó, seguidamente suspiró y se dobló, como si se le hubiera fundido todo el almidón de su interior. Tuve que saltar a un lado para que, al desplomarse, no me cayera encima.
 Cuando se desplomó sobre el suelo ya no se movió más.
 Jake salió corriendo de la barbería.
 - ¿Qué le ha pasado? -me pidió.
 - Ha caído al suelo.
 Jack lo miró.
 - Un infarto. Es fácil de ver. Voy a buscar al médico.
 Enfiló calle arriba hacia la casa del doctor Mason, mientras otra gente se apresuraba a venir desde todos los rincones de la calle.
 Allí estaba Ben, de la lechería, y Mike, del bar, y un par de granjeros que se encontraban en la tienda de comestibles.
 Salí de allí y me fui a casa. Mamá se puso muy contenta con el pescado.
 - Quedarán buenísimos -dijo contemplándolos-. ¿Cómo te las has arreglado para pescar tantos, Jim?
 - Picaban mucho -contesté.
 - ¡Ea!, apresúrate a lavarlos. Deberíamos comernos alguno ahora. Llevaré algunos al padre Martin, y los otros los salaré y guardaré en la despensa; es un lugar fresco y no se estropearán. Se conservarán bastantes días.
 Justo entonces, la señora Lawson atravesó corriendo la calle y explicó a mamá lo de Patton, el banquero.
 - Hablaba con Jim cuando le pasó -le dijo.
 Mamá me preguntó:
 - ¿Por qué no me lo has explicado, Jim?
 - No me has dejado -respondí-. Te estaba enseñando los pescados.
 Las dos continuaron hablando del banquero Patton y yo me fui al cobertizo a limpiar el pescado. Bounce se sentó a mi lado y miraba como lo hacía; y juro que se sentía tan feliz con aquellos pescados como yo mismo; exactamente como si me hubiera echado un mano al pescarlos.
 No quiero que penséis que estoy haciéndoos creer que Bounce hablaba de verdad, porque no es cierto. Pero era auténticamente como si se hubiera expresado con palabras exactas.
 - Ha sido un buen día, Bounce -le dije, y Bounce respondió que él también lo pensaba. Me hizo recordar cómo corría arriba y abajo por el arroyo, cómo perseguía las ranas y el buen olor que desprendía el suelo cuando clavando la nariz lo olfateaba.
 La gente siempre se burla de mí, me escarnece y me hace enfadar porque soy el tonto del pueblo, pero hay ocasiones en que el simple está por encima de ellos. Habrían enloquecido si un perro les hubiera hablado y, por contra, yo creo que no tiene nada de extraño. Sólo pienso que es mucho más bonito ahora que Bounce puede hablar; ahora que ya no debo adivinar lo que quiere decirme. Nunca he pensado ni remotamente que fuera extraño, porque siempre había creído que Bounce podía hablar, que sólo era necesario que pretendiera hacerlo, siendo como era un perro listo.
 Así, Bounce y yo nos sentábamos allí y charlábamos mientras yo limpiaba el pescado. Cuando salí del cobertizo la señora Lawson ya había regresado a su casa y mamá estaba en la cocina calentando la paella para freir los pescados.
 - Jim, tú... -dudó un momento y después continuó-. Jim, tú no has tenido nada que ver con lo que le ha sucedido al banquero Patton, ¿no? No le has empujado ni le has dado ningún golpe ni nada, ¿no?
 - No le he tocado ni un pelo -contesté. Cosa que era cierta; yo no le había tocado.
 Por la tarde salí a cuidar el huerto. De tanto en tanto, mamá sale a trabajar, y con ello, gana algún dinerillo, pero no saldríamos adelante si no fuera por el huerto. Yo solía trabajar fuera ocasionalmente, pero desde la pelea con Alf porque no me quiso pagar, mamá no me dejaba trabajar para nadie. Dice que si me encargo del huerto y pesco un poco ya ayudo suficiente.
 Trabajando en el huerto descubrí una utilidad diferente a mi nueva manera de ver. Había gusanos en las coles y yo podía ver a todos y a cada uno de ellos; los maté, estrujándolos, igual como apreté al banquero Patton. Descubrí una especie de masa neblinosa en las tomateras y supuse que era algún tipo de virus porque era muy pequeño y, al principio, difícilmente podía distinguirlo. Así que lo amplié y pude verlo claramente; lo hice desaparecer.
 Es divertido trabajar en el huerto cuando puedes mirar dentro de la tierra y ver como crecen las chirivías y los rábanos, poder matar las orugas que encuentras, y saber cómo se encuentra el suelo, y si todo está en orden.
 Hubo pescado a la hora de comer, y volvió a haberlo a la hora de cenar y, habiendo cenado, me fui a dar una vuelta.
 Sin darme cuenta pasé cerca de la casa del banquero Patton y, justo enfrente de ella, noté el duelo en su interior.
 Me quedé plantado en la acera y dejé que el duelo penetrara en mí. Supongo que delante de cada casa del pueblo hubiera sentido fácilmente cualquier cosa que sucediera en su interior, pero no sabía que pudiera hacerlo ni lo había probado. Sólo porque el duelo en la casa del banquero Patton era tan profundo y tan grave, lo noté.
 La hija mayor del banquero estaba en la habitación del primer piso; podía percibir cómo lloraba. La otra hija se sentaba junto su madre en la sala de estar; no lloraban pero parecían perdidas y solitarias. Había más gente en la casa, pero no estaban tristes. Algunos vecinos, con toda probabilidad, que hacían compañía a la familia.
 Sentí pena por las tres y quise ayudarlas. No es que yo hubiera hecho algo malo al matar al banquero, pero me sabía mal por aquellas mujeres, porque, al fin y al cabo, no era culpa de ellas que Patton fuera el tipo de persona que fue; así que me quedé allí desando poder ayudarlas.
 De repente noté que quizás podría y, primeramente, lo intenté con la hija que estaba arriba en su dormitorio. Me acerqué hasta ella y le susurré pensamientos felices. Al principio no era fácil, pero pronto fue como si lo hubiera hecho toda la vida y no me costó nada el contentarla. Después hice felices a las otras dos y continué mi camino; con lo que había hecho por aquella familia me sentí mejor.
 Escuché las casas al ir pasando por delante. La mayoría eran felices o, al menos, estaban contentos, aunque encontré un par que estaban tristes. Automáticamente alargué mi mente y les devolví la felicidad. No es que sintiera que debiera hacer algo bueno por ninguna persona en particular. A decir verdad, no recuerdo las casa a las que di felicidad. Pensaba sencillamente que si era capaz de realizar algo así, debería hacerlo. No estaría bien que alguien que tuviera ese poder rehusara utilizarlo.
  Mamá estaba sentada esperándome cuando llegué a casa. Parecía un poco preocupada, igual que cuando desaparezco y no sabe dónde estoy.
 Subí a mi habitación, me metí en la cama y yací despierto largo rato, preguntándome cómo habría sucedido que pudiera hacer aquel montón de cosas y cómo, de pronto, era capaz de hacerlo hoy cuando nunca había sido capaz. Pero, finalmente, me dormí.
 
 

 La situación no es la ideal, claro, pero es mucho mejor de lo que qualquier razón me podría hacer esperar. Probablemente, un huesped como éste, hecho para adecuarse a nuestros propósitos, no lo hallaría en ningún otro extraño planeta.
 Me ha aceptado sin reconocerme, no ha intentado negarse ni rechazarme. Su inteligencia es de un orden que lo ha capacitado, rápida y eficazmente, para servirse de mis habilidades más fáciles de manipular, y esto me ha ayudado en mis observaciones. Es bastante móvil y se relaciona libremente con su especie, lo que constituye una innegable ventaja.
 Me considero afortunado, ciertamente, por haber hallado tan pronto tras mi llegada un huesped tan satisfactorio.
 
 

 Habiéndome levantado y almorzado, salí y me encontré con Bounce, que me esperaba. Me dijo que quería ir a cazar conejos y yo estuve de acuerdo en acompañarlo. Me dijo que, como ahora podíamos hablar, deberíamos formar equipo. Podría permanecer sobre un tocón o un montón de piedras, o incluso encaramado a un árbol, para poder examinar el terreno y ver el conejo; entonces lo llamaría, a él, a Bounce, y le diría por qué camino iba y así podría interceptarlo.
 Fuimos camino arriba hacia la casa de Alf, pero giramos por el prado y nos dirigimos, a través de un campo segado, hacia la colina al otro lado del arroyo.
 Cuando ya estábamos fuera del camino me giré para enviarle un buen puñado de odio y, mientras me estaba allí, odiándolo, tuve un pensamiento. No sabía si podría realizarlo, pero me pareció una buena idea, así que lo probé.
 Desplacé mi vista hasta el granero de Alf, lo atravesé, y fui hasta el centro del heno, todo él rodeado de fardos de paja. Pero siempre, entendedme, estando fuera de allí, en el prado, con Bounce, de camino a cazar conejos.
 Me gustaría explicar lo que hice a continuación y cómo lo hice, pero lo que me preocupa principalmente es cómo es que sé suficiente para hacerlo, suficiente sobre reacciones químicas y cosas de ésas quiero decir. Hice algo con la paja y algo con el oxígeno y encendí un fuego allí, en medio del granero. Cuando vi que ardía bien, salí y me metí nuevamente dentro de mí, y con Bounce atravesé el arroyo y enfilé la colina.
 Iba mirando hacia atrás por encima del mi hombro, preguntándome si el fuego se habría apagado, pero pronto apareció un hilillo de humo del granero, en medio de los tablones del la techumbre.
 Llegamos entonces al campo segado; yo me senté sobre una roca para disfrutar del espectáculo. El fuego ya producía una buena llamarada antes incluso de que estallara hacia fuera; ya nada podía hacerse para salvar el granero. El fuego se alzó con un bramido, y creó la columna de humo más bonita que nunca habréis visto.
 
 

 De regreso a casa, me detuve en la tienda de comestibles. Allí estaba Alf; parecía demasiado feliz para haber perdido el granero tan recientemente.
 Pero no pasó demasiado hasta comprender por qué estaba tan contento.
 - Lo tenía asegurado -dijo a Bert Jones, el tendero-, de punta a punta. De todas formas era un granero demasiado grande, bastante mayor de lo que necesitaba. Cuando lo construí, me parecía que tendría más faena con la leche de la que he tenido y que necesitaría más espacio.
 Bert sonrió.
 - Un fuego muy oportuno, ¿no es así, Alf?
 - El mejor que nunca me ha pasado. Podré construir otro granero y aún me sobrará pasta.
 Estaba muy enfadado por haberla fastidiado, pero se me ocurrió otra manera de hacérselas pagar.
 Habiendo comido, fui camino arriba otra vez y entré en el prado de Alf, y busqué al toro. Se puso contento al verme, aunque escarbó el suelo con las pezuñas y bramó un poco, sólo para impresionar.
 Todo el camino me había preguntado si podría hablar con el toro de la misma manera que hablaba con Bounce; tenía miedo de no poder hacerlo, porqué, a la fuerza, Bounce debía ser más listo que un toro.
 Tenía razón, por supuesto. Costó quien sabe cuánto hacerle entender nada.
 Cometí el error de rascarle tras las orejas mientras trataba de hablarle y casi se me duerme. Solo podía entender que la rascada le sentaba la mar de bien. Así que le alcé la mano y le clavé patadas en las costillas para despertarlo, para que pusiera atención. Puso un poco más de atención e incluso respondió un tanto, pero no demasiado. Los toros son tremendamente cortos de miras.
 Pero estuve prácticamente seguro que había conseguido transmitirle mi idea, porque comenzó a comportarse como una bestia enfurecida; creo que cargué demasiado las tintas. Lo dirigí hacia la valla de delante suyo y salté por encima de ella sin rozarla. Él se detuvo delante y allí quedó, bufando y enfadándose como una fiera; me marché de allí tan aprisa como pude.
 Me fui a casa muy contento de mí mismo por haber imaginado una idea tan ingeniosa como aquella. No me sorprendería, ni poco ni mucho, si aquella tarde oía que Alf había sido muerto por su toro.
 No es una manera agradable de morir, claro está, pero Alf se lo había buscado, por la manera como me había estafado la paga del verano.
 Yo estaba sentado en el bar del pueblo cuando alguien trajo la noticia. Todos hablaron de ello. Unos decían que Alf siempre había proclamado que los toros no eran de fiar, y otro decía que yo era el único que nunca había tenido tratos con aquel toro singular, y que Alf siempre temía que yo fuera porqué tenía miedo de que el toro me matara.
 Me vieron allí sentado y me preguntaron sobre el tema; yo me hice el loco, y todos se burlaron de mí, pero no me hicieron caso. ¡Imaginad qué sorpresa tendrían si alguna vez se llegaran a enterar de la verdad!
 Nunca se enterarían, por descontado.
 Soy demasiado listo para ello.
  Cuando me fui hacia casa, cogí un lápiz y una libreta y comencé a escribir el nombre de todos mis enemigos: todos los que se habían reído de mí, todos los que me la habían jugado o habían hablado mal de mí.
 Era largita, la lista. Casi incluía a todos los del pueblo.
 Me quedé sentado y pensé; y decidí que quizás no debía matarlos a todos. No es que no pudiera, que podría, ¡ya lo creo que sí!, y en un santiamén. Pero pensando en Alf y en el banquero Patton, pude ver que matar a la gente que odiaba no producía una satisfacción demasiado larga. Y podía ver tan claro como el agua que si mataba a mucha gente, podría quedarme muy solo.
 Repasé la lista de nombres que había hecho, di a dos el beneficio de la duda y borré su nombre. Leí los que quedaban y tuve que admitir que cada uno de ellos era malo. Decidí que, si no los mataba, debería hacerles alguna de gorda, porque no podía permitir que continuaran haciendo el mal.
 Lo pensé durante mucho rato y recordé una de las cosas que había oído decir al padre Martin, aunque, como he dicho anteriormente, era uno de los buenos por sus prédicas. Decidí que debía dejar de lado mi odio y devolver bien por mal.
 
 

 Estoy perplejo y turbado, aunque, quizás, es la reacción normal cuando uno se ata a un ser extraplanetario. Esta especie es traidora y no posee principios y, por tanto, resulta incalculablemente importante para el estudio.
 Continuamente me asombra la facilidad con la que mi huesped adquiere el uso de mis talentos, continuamente estoy consternado por el empleo que hace de ellos. Estoy más que perplejo por su convicción de ser menos inteligente que sus iguales; sus acciones durante su relación conmigo lo desmienten. Me pregunto si no será una característica racial, una especie de culto favorable a la inferioridad, que tal vez hace que sea maleducado pensar de otra manera sobre uno mismo.
 Pero comienzo a sospechar que me ha percibido de alguna manera, sin saberlo, y quizás está empleando su extraña convicción como una maniobra para echarme de su mente. En tales circunstancias, no sería ético permanecer en su interior, pero ha demostrado ser un punto perfecto de observación que no estoy dispuesto a abandonar.
 El hecho es que no sé qué hacer. Podría, por supuesto, tomar el control de su mente y aprender así la verdad de ésta y de otras cuestiones que me sorprenden. Pero me temo que, al hacerlo, destruiría su eficacia como agente libre y disminuiría así su valor observacional. He decidido esperar antes de tomar una medida tan drástica
 
 

 Almorzé deprisa, porque estaba ansioso por comenzar. Mamá me preguntó a dónde iba y le respondí que a dar una vuelta.
 Ya fuera, primeramente fui a la rectoría y me senté en la valla que la separa de la iglesia. Pronto, el padre Martin salió y se puso a andar de un lado a otro por lo que el llamaba su jardín, fingiendo que estaba ensimismado con pensamientos sagrados, aunque yo sospechaba que era un acto para impresionar a las señoras mayores que pudieran observarlo.
 Alargué mi mente con toda facilidad y la encadené con la suya, tan limpiamente que parecía que fuera yo, no él, quien caminaba arriba y abajo. Era una sensación rara, os lo digo, porque ciertamente sabía que yo me sentaba allí, tras la valla.
 No estaba pensando en absoluto en cosas sagradas. Daba vueltas a los argumentos que utilizaría para conseguir que el comité eclesiástico le concediera un aumento de sueldo. Juraba contra algunos miembros del comité por ser tan avaros y, en esto, le dí la razón, porque en verdad eran tacaños.
 Suavemente, como si me escurriera dentro de sus pensamientos, le hice pensar en Jennie Smith, la organista, y en lo que hacían juntos, y le hice avergonzarse.
 Probó a echarme, a pesar de que él no sabía que era yo; pensaba que era su propia mente la que evocaba aquella cuestión. Pero no dejaría que expulsara aquel pensamiento. Me apoyé sobre él con todas mis fuerzas.
 Le hice pensar en cómo la gente de iglesia confían en él y se fijan en él para su guía espiritual y le hice acordarse de cuando era joven, recién salido del seminario, cuando contemplaba su vida como una gran cruzada. Le hice pensar cómo había traicionado todas las cosas en las que había creido, y lo llevé tan abajo que casi rompió a llorar. Después le hice reconocer que el arrepentimiento era lo único que podría absolverlo. Una vez lo hubiera hecho, podría recomenzar su vida y ser un honor para sí mismo y para su iglesia.
 Me fui de allí, imaginando que había hecho una buena tarea, pero sabiendo que de tanto en tanto tendría que echarle, de nuevo, una mirada.
 Fui a la tienda y me senté por ahí mirando como Bert Jones barría. Mientra me hablaba, me colé en su mente y le hice recordar todas las veces en que había pagado por debajo de los precios de mercado los huevos que los grajeros le vendían, le recordé su costumbre de introducir artículos de más en las facturas que enviaba a sus clientes al por mayor y cómo defraudaba los impuestos de las ventas. Lo asusté completamente con lo de los impuestos, y lo trabajé hasta que decidió arreglar las cuentas con todos aquellos a los que había estafado.
 No di el asunto por cerrado; sabía que yo podría insistir siempre que quisiera, y que, en poco tiempo, haría de Bert un hombre cabal.
 En la barbería observaba cómo Jake cortaba los cabellos. No tenía interés en el hombre que Jake arreglaba (vivía a siete u ocho quilómetros); creí que, de momento, sería mejor limitar mi tarea a la gente del pueblo.
 Antes de marcharme, dejé a Jake preocupado por las apuestas que había estado haciendo en la trastienda del bar y casi conseguí determinarlo a confesarse ante su esposa.
 Me dirigí al bar. Mike se sentaba tras la barra con el sombrero puesto; leía los resultados del béisbol en el periódico de la mañana. Cogí un periódico atrasado e hice ver que lo leía también. Mike se rió y me preguntó cuándo había aprendido a leer, así que cargué las tintas.
 Cuando salí, apenas había cruzado la puerta, bajó al subterráneo y vació todo el licor adulterado por el desagüe, y no pasó mucho tiempo hasta que le hice clausurar la trastienda.
 En la quesería no tuve ninguna oportunidad para trabajarme a Ben. Los grajeros traían la leche y él estaba demasiado atareado como para dejarme entrar en su mente. Aun así me las arreglé para hacerle pensar qué pasaría si Jake lo atrapaba con su mujer, la de Jake, quiero decir. Además, sabía que cuando pudiera cogerlo a solas, podría realizar un trabajo estupendo, porque vi que se asustaba pronto.
 Así iba la cosa.
 Era una tarea pesada y, a veces, notaba que era un poco excesiva. Pero entonces me sentaba y me recordaba a mí mismo que era mi deber el continuarla, que aquel poder me había sido concedido por alguna razón y que era mi responsabilidad el utilizarlo para algo que mereciera la pena. Y, además, no lo utilizaba en beneficio propio, con fines egoistas, sino para beneficio de la otra gente.
 Pienso que no olvidé a nadie del pueblo.
 
 

 ¿Recordáis como nos preguntábamos si no existirían defectos imprevistos en nuestro plan? Lo repasamos con la máxima atención y no pudimos encontrar ninguno, pero todos temimos que pudiera aparecer alguno al llevarlo a la práctica. Ahora puedo informar que existe uno. Es éste:
 La obserbación impersonal y minuciosa es imposible ya que, tan pronto como uno se introduce en un huesped, sus habilidades quedan a disposición de éste y esto se convierte, en el acto, en un factor que altera las normas.
 Como resultado conseguiré una imagen distorsionada de la cultura de este planeta. Poco dispuesto antes a intervenir, ahora estoy convencido de que debo prepararme para tomar el control de la situación.
 
 

 Bert, ahora que se había vuelto honrado, era el hombre más feliz que nunca hayáis visto. No le preocupa ni perder todos los clientes que se enfadaron cuando les contó por qué les devolvía dinero. No sé donde a ido a parar Ben; desapareció justo después que Jake cogiera la escopeta. Pero todo el mundo está de acuerdo en que Ben exageró cuando fue a ver a Jake y le explicó que le dolía lo que había pasado. La mujer de Jake también se ha marchado, y dicen que ha seguido a Ben.
 Si debo deciros la verdad, estoy muy satisfecho del rumbo que han tomado los acontecimientos. Todo el mundo es honrado, nadie toma el pelo a los demás y no bebe ni juega lo más mínimo. Seguramente Mapleton es el pueblo más virtuosos de todos los Estados Unidos.
 Pienso que quizás las cosa han tomado este cariz porque empecé a dominar mis malos pensamientos y, en lugar de matar a todos los que odiaba, los he convertido en buenos.
 Estoy un tanto sorprendido cuando salgo a pasear por las calles de noche, porque no cazo tantos pensamientos felices como antes, De hecho, hay veces que estoy atareado casi toda la noche poniéndolos alegres. Podríais pensar que la gente honrada es feliz. Me imagino que es porque, ahora que son buenos en lugar de malos, no están tan dados a los placeres frívolos, sino que están más interesados con los valores sólidos y dignos de la vida.
 Me siento un tanto preocupado por mí mismo. Todo el bien que he hecho, quizás lo he hecho por motivos egoistas. Lo he hecho, en parte, para compensar la muerte de Alf y del banquero Patton. Y no lo he hecho para la gente en general, sino para la gente que conozco. Esto no me parece correcto. ¿Por qué solo debería beneficiarse la gente que conozco?
 
 

 ¡Socorro! ¿Podéis oirme? ¡Estoy atrapado! Ni puedo controlar a mi huesped ni puedo escapar de él. ¡No dejéis bajo ninguna circunstancia que nadie más utilice otro miembro de esta raza como huesped!
 ¡Socorro!
 ¿Me escucháis?
 ¡Socorro!
 
 

 He estado sentado toda la noche, pensando y pensando, y ahora ya tengo las ideas claras.
 Haber llegado a esta decisión hace que me sienta importante y, a la vez, humilde. Sé que he sido elegido como instrumento del bien y no debo dejar que nadie me detenga. Sé que mi pueblo sólo ha sido un campo de pruebas, un lugar para aprender lo que realmente puedo hacer. Sabiento todo esto, ahora estoy determinado a utilizar este poder hasta sus límites para el bien de la humanidad.
 Mamá ha estado ahorrando algún dinero durante bastante tiempo para poder tener unos funerales decentes.
 Es todo lo que tiene.
 Pero tengo suficiente para llegar a la ONU.