Por mucho tiempo he sido el tonto del pueblo,
pero ya no lo seré más, por mucho que continúen llamándome
simplón, y aún cosas peores.
Ahora soy un genio, pero no dejaré
que se enteren.
Nunca.
Si lo descubrieran, se pondrían
en guardia contra mí.
Nadie sospecha de mí, ni sospechará.
Mi desmanejado caminar es el mismo, mi vacía mirada y mi gorjeo
son tan vagos como siempre han sido. A veces, me resulta difícil
recordar que debo mantener el desmanejamiento, el vacío o el gorgojeo
como antes; a veces, me resulta difícil no exagerarlos. Lo importante
es no levantar sospechas.
Todo comenzó aquella mañana
que fui a pescar.
Mientras almorzábamos dije a mamá
que me iba a pescar, y no me puso pegas. Sabe que me gusta pescar. Cuando
pesco no me meto en lios.
- Muy bien, Jim. Algunos pescados son
buenos de verdad.
- Sé de un lugar donde conseguirlos
-le dije-. En la charca del arroyo, justo pasada la casa de Alf Adams.
- Pero no busques pelea con Alf -me advirtió
mamá-. Ya sabes que no le caes bien y...
- Se portó mal conmigo. Me hizo
trabajar más duro de lo que yo podía. Y me estafó
a la hora de pagarme. Y se burla de mí.
No debería haberle dicho
aquello, porque a mamá le duele cuando le digo que alguien se ríe
de mí.
- No te debe importar lo que la
gente haga -me dijo mamá con palabras dulces y amables-. Acuerdate
de lo que dijo el padre Martin el domingo pasado. Dijo...
- Ya sé lo que dijo, pero
no me gusta que se rian de mí. No deberían reirse de mí.
- No -confirmó mamá
con mirada triste-. No deberían.
Continué almorzando, y pensando
que el padre Martin era de los buenos predicando humildad y paciencia.
Si supierais que tipo de hombre..., si supierais como se las cantó
a Jennie Smith, el organista... Es de los mejores para no hablar de nada.
Almorzado, fui al cobertizo a buscar
los aparejos de pesca, y Bounce vino desde el otro lado de la calle para
ayudarme. Después de mamá Bounce es mi mejor amigo. No puede
hablar conmigo, claro, es decir, en realidad, pero tampoco se ríe
nunca de mí.
Hablé con él mientras
cavaba en busca de gusanos y le pedí si quería venir a pescar
conmigo. Pude ver que sí que quería, así que atravesé
la calle y fui a decir a la señora Lawson que Bounce iría
conmigo.
Emprendimos la marcha, yo llevando
la caña y todos los otros cachivaches y Bounce caminando a mi lado,
como si yo fuera alguien digno de ser acompañado.
Pasamos ante el banco, donde Patton,
el banquero, se sentaba tras el gran ventanal de la fachada trabajando
en su escritorio como si fuera el hombre más importante de todo
Mapleton, lo que efectivamente era. Caminé despacio para poder odiarlo
con toda el alma.
Mamá y yo no viviríamos
en aquel viejo caserón donde vivimos si Patton, el banquero, no
nos hubiera embargado la casa tras la muerte de papá.
Pasamos ante la casa de Alf Adams,
que es la primera granja a la salida del pueblo y también lo odié
un poco, pero no tanto como al banquero Patton. Todo lo que había
hecho Alf era hacerme trabajar más duro de lo que yo podía
y, después, estafarme a la hora de pagarme.
Alf era un hombretón farolero
y bastante buen granjero, me parece, al menos lo aparentaba. Poseía
un enorme granero nuevo, y era propio de él no pintarlo de rojo,
como deben pintarse los graneros, sino de blanco con un zócalo rojo.
¿Quién ha visto nunca pintar un granero con un zócalo
rojo?
Justo pasada la casa de Alf, Bounce
y yo salimos del camino y tiramos hacia abajo, atravesamos el prado y nos
dirigimos hacia la gran charca del arroyo.
El Hereford, el toro premiado de
Alf, estaba más allá, al otro lado del prado con el resto
del ganado. Viéndonos, se nos acercó, no para hacernos daño
ni con pose agresiva sino sólo para investigar y prepararse para
montar brega si alguien le plantaba cara. Yo no le temía porque
nos habíamos hecho amigos aquel verano en que había trabajado
para Alf. Solía acariciarlo y rascarle tras las orejas. Alf sostenía
que yo estaba loco y que algún día el toro me mataría.
- No te fies nunca de un toro -sentenciaba
Alf.
Cuando el toro estuvo lo suficientemente
cerca para saber quienes éramos vio que nadie le amenazaba, así
que regresó al otro lado del prado.
Llegamos a la charca y me puse a
pescar mientras Bounce subía arroyo arriba a explorar. Cogía
pocos peces; no eran demasiado grandes y no picaban a menudo, así
que perdí el interés. Me gusta ir a pescar pero, para no
perder interés, debo pescar algo.
Por esto me puse a soñar
despierto. Comencé preguntándome que si marcabas una cierta
área de terreno, pongamos por caso unos cien palmos cuadrados, y
caminabas con mucha atención por ella, ¿cuántas plantas
distintas encontrarías? Miré un pedazo de tierra que estaba
cerca de donde yo me sentaba, y solo pude ver hierba normal de pasto, algunos
dientes de león, algunas romazas, un par de violetas y ranúnculo
aún sin flor.
De pronto, mientras observaba el
diente de león, me di cuenta que podía ver todo el diente
de león, ¡no solo la parte que se muestra sobre el suelo!
Desconozco cuanto tiempo estuve
mirándolo antes de darme cuenta de ello. Y no estoy seguro que «ver»
sea la palabra exacta. Quizás «saber» sería mejor.
Supe cómo la raíz principal se hundía en el suelo
y cómo crecían las pequeñas raíces pilosas
y supe dónde estaban todas las raíces, cómo extraían
el agua y las substancias químicas del suelo, cómo almacenaban
la comida de reserva en su interior y cómo el diente de león
usaba la luz solar para convertir la comida en una substancia que le sirviera.
Y lo más curiosoo es que hasta entonces de todo esto nada había
sabido.
Observé las otras plantas
y pude verlas todas de la misma manera. Me preguntaba si me había
pasado algo en los ojos y si debería ir por el mundo mirando dentro
de las cosas en lugar de ver las cosas mismas, así que probé
a hacer desaparecer la nueva manera de ver, y ésta desapareció.
A continuación intenté
ver la raíz del diente de león otra vez y la vi tal como
antes la había visto.
Me sentaba allí, preguntándome
por qué nunca había sido capaz de ver de aquella manera y
por qué ahora sí. Y, mientras me lo preguntaba, miré
a la charca y probé a ver dentro, y pude ver, tan claro como el
día. Pude ver hasta el mismísimo fondo con todos sus rincones;
había peces escondidos, enormes, más grandes de los que nunca
había podido pescar en el arroyo.
Vi que el cebo no estaba cerca de
ningún pez, así que lo desplacé hasta situarlo justo
delante del morro de uno de los más grandes. Pero parecía
que el pez no lo veía o, si lo veía, no tenía hambre,
ya que estaba ahí, agitando el agua con sus aletas, y moviendo sus
branquias.
Moví el cebo hasta que éste
le tocó el morro, pero continuó sin hacerle caso.
Así pues hice que el pez
sintiera hambre.
No me preguntéis cómo
lo hice. No os lo sabría decir. De repente supe que podía
hacerlo y cómo. Así que le hice sentir hambre y se abalanzó
sobre el cebo como Bounce saltaría sobre un hueso.
Tiró del corcho hacia abajo
y yo tiré de la caña hacia arriba, y lo izé fuera
del agua. Lo desenganché del anzuelo y lo metí dentro la
red, junto con los otros pequeños que ya había pescado.
Escogí luego otro de los
grandes, le bajé el cebo y le provoqué hambre.
En la siguiente hora y media casi
limpié la charca de peces grandes. Quedaron algunos pequeños
que dejé correr. Tenía la red llena; no podía llevarla
con la mano por qué entonces los peces se arrastrarían por
el suelo. Tuve que echármela a la espalda y sentí los peces
tremendamenete húmedos.
Llamé a Bounce y volvimos
al pueblo.
Todos me detenían, daban un
vistazo a los peces y querían saber de dónde los había
sacado, con qué los había pescado y si quedaba alguno o bien
los había pescado todos. Cuando explicaba que los había cogido
todos estallaban grandes carcajadas.
Justo acababa de girar hacia la
calle mayor de camino a casa cuando Patton, el banquero, salió de
la barbería. Desprendía un buen olor, olor de los productos
contenidos en aquellos frascos que Jake, el barbero, ponía a sus
clientes.
Viéndome con los peces, se
plantó ante mí. Me miró y miró a los peces,
y se frotó las manos. Entonces dijo, como si estuviera hablando
a un chiquilluelo:
- Vaya, Jimmy, ¿de dónde
has sacado todo este pescado?
Sonó como si más bien
no tuviera derecho y como si seguramente hubiera hecho servir algún
truco ilegal para conseguirlos.
- De la charca junto la casa de
Alf -le contesté.
De repente, aún sin intentarlo,
lo ví de la misma manera que había visto el diente de león:
el estómago, los intestinos, algo que debía ser el hígado
y, encima, rodeado por una esponjosa masa rosada, una cosa que latía.
Sabía que aquello debía ser el corazón.
Me imagino que es la primera vez
que alguien ha odiado realmente las entrañas de otro.
Alargué mis manos; bien,
mis manos no, ya que una sostenía la caña de pescar y la
otra estaba ocupada con el pescado, pero era casi exactamente la misma
sensación que si hubiera estirado los brazos y con las manos le
hubiera agarrado el corazón y lo hubiera apretado bien fuerte.
Croó, seguidamente suspiró
y se dobló, como si se le hubiera fundido todo el almidón
de su interior. Tuve que saltar a un lado para que, al desplomarse, no
me cayera encima.
Cuando se desplomó sobre
el suelo ya no se movió más.
Jake salió corriendo de la
barbería.
- ¿Qué le ha pasado?
-me pidió.
- Ha caído al suelo.
Jack lo miró.
- Un infarto. Es fácil de
ver. Voy a buscar al médico.
Enfiló calle arriba hacia
la casa del doctor Mason, mientras otra gente se apresuraba a venir desde
todos los rincones de la calle.
Allí estaba Ben, de la lechería,
y Mike, del bar, y un par de granjeros que se encontraban en la tienda
de comestibles.
Salí de allí y me
fui a casa. Mamá se puso muy contenta con el pescado.
- Quedarán buenísimos
-dijo contemplándolos-. ¿Cómo te las has arreglado
para pescar tantos, Jim?
- Picaban mucho -contesté.
- ¡Ea!, apresúrate
a lavarlos. Deberíamos comernos alguno ahora. Llevaré algunos
al padre Martin, y los otros los salaré y guardaré en la
despensa; es un lugar fresco y no se estropearán. Se conservarán
bastantes días.
Justo entonces, la señora
Lawson atravesó corriendo la calle y explicó a mamá
lo de Patton, el banquero.
- Hablaba con Jim cuando le pasó
-le dijo.
Mamá me preguntó:
- ¿Por qué no me lo
has explicado, Jim?
- No me has dejado -respondí-.
Te estaba enseñando los pescados.
Las dos continuaron hablando del
banquero Patton y yo me fui al cobertizo a limpiar el pescado. Bounce se
sentó a mi lado y miraba como lo hacía; y juro que se sentía
tan feliz con aquellos pescados como yo mismo; exactamente como si me hubiera
echado un mano al pescarlos.
No quiero que penséis que
estoy haciéndoos creer que Bounce hablaba de verdad, porque no es
cierto. Pero era auténticamente como si se hubiera expresado con
palabras exactas.
- Ha sido un buen día, Bounce
-le dije, y Bounce respondió que él también lo pensaba.
Me hizo recordar cómo corría arriba y abajo por el arroyo,
cómo perseguía las ranas y el buen olor que desprendía
el suelo cuando clavando la nariz lo olfateaba.
La gente siempre se burla de mí,
me escarnece y me hace enfadar porque soy el tonto del pueblo, pero hay
ocasiones en que el simple está por encima de ellos. Habrían
enloquecido si un perro les hubiera hablado y, por contra, yo creo que
no tiene nada de extraño. Sólo pienso que es mucho más
bonito ahora que Bounce puede hablar; ahora que ya no debo adivinar lo
que quiere decirme. Nunca he pensado ni remotamente que fuera extraño,
porque siempre había creído que Bounce podía hablar,
que sólo era necesario que pretendiera hacerlo, siendo como era
un perro listo.
Así, Bounce y yo nos sentábamos
allí y charlábamos mientras yo limpiaba el pescado. Cuando
salí del cobertizo la señora Lawson ya había regresado
a su casa y mamá estaba en la cocina calentando la paella para freir
los pescados.
- Jim, tú... -dudó
un momento y después continuó-. Jim, tú no has tenido
nada que ver con lo que le ha sucedido al banquero Patton, ¿no?
No le has empujado ni le has dado ningún golpe ni nada, ¿no?
- No le he tocado ni un pelo -contesté.
Cosa que era cierta; yo no le había tocado.
Por la tarde salí a cuidar
el huerto. De tanto en tanto, mamá sale a trabajar, y con ello,
gana algún dinerillo, pero no saldríamos adelante si no fuera
por el huerto. Yo solía trabajar fuera ocasionalmente, pero desde
la pelea con Alf porque no me quiso pagar, mamá no me dejaba trabajar
para nadie. Dice que si me encargo del huerto y pesco un poco ya ayudo
suficiente.
Trabajando en el huerto descubrí
una utilidad diferente a mi nueva manera de ver. Había gusanos en
las coles y yo podía ver a todos y a cada uno de ellos; los maté,
estrujándolos, igual como apreté al banquero Patton. Descubrí
una especie de masa neblinosa en las tomateras y supuse que era algún
tipo de virus porque era muy pequeño y, al principio, difícilmente
podía distinguirlo. Así que lo amplié y pude verlo
claramente; lo hice desaparecer.
Es divertido trabajar en el huerto
cuando puedes mirar dentro de la tierra y ver como crecen las chirivías
y los rábanos, poder matar las orugas que encuentras, y saber cómo
se encuentra el suelo, y si todo está en orden.
Hubo pescado a la hora de comer,
y volvió a haberlo a la hora de cenar y, habiendo cenado, me fui
a dar una vuelta.
Sin darme cuenta pasé cerca
de la casa del banquero Patton y, justo enfrente de ella, noté el
duelo en su interior.
Me quedé plantado en la acera
y dejé que el duelo penetrara en mí. Supongo que delante
de cada casa del pueblo hubiera sentido fácilmente cualquier cosa
que sucediera en su interior, pero no sabía que pudiera hacerlo
ni lo había probado. Sólo porque el duelo en la casa del
banquero Patton era tan profundo y tan grave, lo noté.
La hija mayor del banquero estaba
en la habitación del primer piso; podía percibir cómo
lloraba. La otra hija se sentaba junto su madre en la sala de estar; no
lloraban pero parecían perdidas y solitarias. Había más
gente en la casa, pero no estaban tristes. Algunos vecinos, con toda probabilidad,
que hacían compañía a la familia.
Sentí pena por las tres y
quise ayudarlas. No es que yo hubiera hecho algo malo al matar al banquero,
pero me sabía mal por aquellas mujeres, porque, al fin y al cabo,
no era culpa de ellas que Patton fuera el tipo de persona que fue; así
que me quedé allí desando poder ayudarlas.
De repente noté que quizás
podría y, primeramente, lo intenté con la hija que estaba
arriba en su dormitorio. Me acerqué hasta ella y le susurré
pensamientos felices. Al principio no era fácil, pero pronto fue
como si lo hubiera hecho toda la vida y no me costó nada el contentarla.
Después hice felices a las otras dos y continué mi camino;
con lo que había hecho por aquella familia me sentí mejor.
Escuché las casas al ir pasando
por delante. La mayoría eran felices o, al menos, estaban contentos,
aunque encontré un par que estaban tristes. Automáticamente
alargué mi mente y les devolví la felicidad. No es que sintiera
que debiera hacer algo bueno por ninguna persona en particular. A decir
verdad, no recuerdo las casa a las que di felicidad. Pensaba sencillamente
que si era capaz de realizar algo así, debería hacerlo. No
estaría bien que alguien que tuviera ese poder rehusara utilizarlo.
Mamá estaba sentada esperándome
cuando llegué a casa. Parecía un poco preocupada, igual que
cuando desaparezco y no sabe dónde estoy.
Subí a mi habitación,
me metí en la cama y yací despierto largo rato, preguntándome
cómo habría sucedido que pudiera hacer aquel montón
de cosas y cómo, de pronto, era capaz de hacerlo hoy cuando nunca
había sido capaz. Pero, finalmente, me dormí.
La situación no es la ideal,
claro, pero es mucho mejor de lo que qualquier razón me podría
hacer esperar. Probablemente, un huesped como éste, hecho para adecuarse
a nuestros propósitos, no lo hallaría en ningún otro
extraño planeta.
Me ha aceptado sin reconocerme,
no ha intentado negarse ni rechazarme. Su inteligencia es de un orden que
lo ha capacitado, rápida y eficazmente, para servirse de mis habilidades
más fáciles de manipular, y esto me ha ayudado en mis observaciones.
Es bastante móvil y se relaciona libremente con su especie, lo que
constituye una innegable ventaja.
Me considero afortunado, ciertamente,
por haber hallado tan pronto tras mi llegada un huesped tan satisfactorio.
Habiéndome levantado y almorzado,
salí y me encontré con Bounce, que me esperaba. Me dijo que
quería ir a cazar conejos y yo estuve de acuerdo en acompañarlo.
Me dijo que, como ahora podíamos hablar, deberíamos formar
equipo. Podría permanecer sobre un tocón o un montón
de piedras, o incluso encaramado a un árbol, para poder examinar
el terreno y ver el conejo; entonces lo llamaría, a él, a
Bounce, y le diría por qué camino iba y así podría
interceptarlo.
Fuimos camino arriba hacia la casa
de Alf, pero giramos por el prado y nos dirigimos, a través de un
campo segado, hacia la colina al otro lado del arroyo.
Cuando ya estábamos fuera
del camino me giré para enviarle un buen puñado de odio y,
mientras me estaba allí, odiándolo, tuve un pensamiento.
No sabía si podría realizarlo, pero me pareció una
buena idea, así que lo probé.
Desplacé mi vista hasta el
granero de Alf, lo atravesé, y fui hasta el centro del heno, todo
él rodeado de fardos de paja. Pero siempre, entendedme, estando
fuera de allí, en el prado, con Bounce, de camino a cazar conejos.
Me gustaría explicar lo que
hice a continuación y cómo lo hice, pero lo que me preocupa
principalmente es cómo es que sé suficiente para hacerlo,
suficiente sobre reacciones químicas y cosas de ésas quiero
decir. Hice algo con la paja y algo con el oxígeno y encendí
un fuego allí, en medio del granero. Cuando vi que ardía
bien, salí y me metí nuevamente dentro de mí, y con
Bounce atravesé el arroyo y enfilé la colina.
Iba mirando hacia atrás por
encima del mi hombro, preguntándome si el fuego se habría
apagado, pero pronto apareció un hilillo de humo del granero, en
medio de los tablones del la techumbre.
Llegamos entonces al campo segado;
yo me senté sobre una roca para disfrutar del espectáculo.
El fuego ya producía una buena llamarada antes incluso de que estallara
hacia fuera; ya nada podía hacerse para salvar el granero. El fuego
se alzó con un bramido, y creó la columna de humo más
bonita que nunca habréis visto.
De regreso a casa, me detuve en la
tienda de comestibles. Allí estaba Alf; parecía demasiado
feliz para haber perdido el granero tan recientemente.
Pero no pasó demasiado hasta
comprender por qué estaba tan contento.
- Lo tenía asegurado -dijo
a Bert Jones, el tendero-, de punta a punta. De todas formas era un granero
demasiado grande, bastante mayor de lo que necesitaba. Cuando lo construí,
me parecía que tendría más faena con la leche de la
que he tenido y que necesitaría más espacio.
Bert sonrió.
- Un fuego muy oportuno, ¿no
es así, Alf?
- El mejor que nunca me ha pasado.
Podré construir otro granero y aún me sobrará pasta.
Estaba muy enfadado por haberla
fastidiado, pero se me ocurrió otra manera de hacérselas
pagar.
Habiendo comido, fui camino arriba
otra vez y entré en el prado de Alf, y busqué al toro. Se
puso contento al verme, aunque escarbó el suelo con las pezuñas
y bramó un poco, sólo para impresionar.
Todo el camino me había preguntado
si podría hablar con el toro de la misma manera que hablaba con
Bounce; tenía miedo de no poder hacerlo, porqué, a la fuerza,
Bounce debía ser más listo que un toro.
Tenía razón, por supuesto.
Costó quien sabe cuánto hacerle entender nada.
Cometí el error de rascarle
tras las orejas mientras trataba de hablarle y casi se me duerme. Solo
podía entender que la rascada le sentaba la mar de bien. Así
que le alcé la mano y le clavé patadas en las costillas para
despertarlo, para que pusiera atención. Puso un poco más
de atención e incluso respondió un tanto, pero no demasiado.
Los toros son tremendamente cortos de miras.
Pero estuve prácticamente
seguro que había conseguido transmitirle mi idea, porque comenzó
a comportarse como una bestia enfurecida; creo que cargué demasiado
las tintas. Lo dirigí hacia la valla de delante suyo y salté
por encima de ella sin rozarla. Él se detuvo delante y allí
quedó, bufando y enfadándose como una fiera; me marché
de allí tan aprisa como pude.
Me fui a casa muy contento de mí
mismo por haber imaginado una idea tan ingeniosa como aquella. No me sorprendería,
ni poco ni mucho, si aquella tarde oía que Alf había sido
muerto por su toro.
No es una manera agradable de morir,
claro está, pero Alf se lo había buscado, por la manera como
me había estafado la paga del verano.
Yo estaba sentado en el bar del
pueblo cuando alguien trajo la noticia. Todos hablaron de ello. Unos decían
que Alf siempre había proclamado que los toros no eran de fiar,
y otro decía que yo era el único que nunca había tenido
tratos con aquel toro singular, y que Alf siempre temía que yo fuera
porqué tenía miedo de que el toro me matara.
Me vieron allí sentado y
me preguntaron sobre el tema; yo me hice el loco, y todos se burlaron de
mí, pero no me hicieron caso. ¡Imaginad qué sorpresa
tendrían si alguna vez se llegaran a enterar de la verdad!
Nunca se enterarían, por
descontado.
Soy demasiado listo para ello.
Cuando me fui hacia casa, cogí
un lápiz y una libreta y comencé a escribir el nombre de
todos mis enemigos: todos los que se habían reído de mí,
todos los que me la habían jugado o habían hablado mal de
mí.
Era largita, la lista. Casi incluía
a todos los del pueblo.
Me quedé sentado y pensé;
y decidí que quizás no debía matarlos a todos. No
es que no pudiera, que podría, ¡ya lo creo que sí!,
y en un santiamén. Pero pensando en Alf y en el banquero Patton,
pude ver que matar a la gente que odiaba no producía una satisfacción
demasiado larga. Y podía ver tan claro como el agua que si mataba
a mucha gente, podría quedarme muy solo.
Repasé la lista de nombres
que había hecho, di a dos el beneficio de la duda y borré
su nombre. Leí los que quedaban y tuve que admitir que cada uno
de ellos era malo. Decidí que, si no los mataba, debería
hacerles alguna de gorda, porque no podía permitir que continuaran
haciendo el mal.
Lo pensé durante mucho rato
y recordé una de las cosas que había oído decir al
padre Martin, aunque, como he dicho anteriormente, era uno de los buenos
por sus prédicas. Decidí que debía dejar de lado mi
odio y devolver bien por mal.
Estoy perplejo y turbado, aunque,
quizás, es la reacción normal cuando uno se ata a un ser
extraplanetario. Esta especie es traidora y no posee principios y, por
tanto, resulta incalculablemente importante para el estudio.
Continuamente me asombra la facilidad
con la que mi huesped adquiere el uso de mis talentos, continuamente estoy
consternado por el empleo que hace de ellos. Estoy más que perplejo
por su convicción de ser menos inteligente que sus iguales; sus
acciones durante su relación conmigo lo desmienten. Me pregunto
si no será una característica racial, una especie de culto
favorable a la inferioridad, que tal vez hace que sea maleducado pensar
de otra manera sobre uno mismo.
Pero comienzo a sospechar que me
ha percibido de alguna manera, sin saberlo, y quizás está
empleando su extraña convicción como una maniobra para echarme
de su mente. En tales circunstancias, no sería ético permanecer
en su interior, pero ha demostrado ser un punto perfecto de observación
que no estoy dispuesto a abandonar.
El hecho es que no sé qué
hacer. Podría, por supuesto, tomar el control de su mente y aprender
así la verdad de ésta y de otras cuestiones que me sorprenden.
Pero me temo que, al hacerlo, destruiría su eficacia como agente
libre y disminuiría así su valor observacional. He decidido
esperar antes de tomar una medida tan drástica
Almorzé deprisa, porque estaba
ansioso por comenzar. Mamá me preguntó a dónde iba
y le respondí que a dar una vuelta.
Ya fuera, primeramente fui a la
rectoría y me senté en la valla que la separa de la iglesia.
Pronto, el padre Martin salió y se puso a andar de un lado a otro
por lo que el llamaba su jardín, fingiendo que estaba ensimismado
con pensamientos sagrados, aunque yo sospechaba que era un acto para impresionar
a las señoras mayores que pudieran observarlo.
Alargué mi mente con toda
facilidad y la encadené con la suya, tan limpiamente que parecía
que fuera yo, no él, quien caminaba arriba y abajo. Era una sensación
rara, os lo digo, porque ciertamente sabía que yo me sentaba allí,
tras la valla.
No estaba pensando en absoluto en
cosas sagradas. Daba vueltas a los argumentos que utilizaría para
conseguir que el comité eclesiástico le concediera un aumento
de sueldo. Juraba contra algunos miembros del comité por ser tan
avaros y, en esto, le dí la razón, porque en verdad eran
tacaños.
Suavemente, como si me escurriera
dentro de sus pensamientos, le hice pensar en Jennie Smith, la organista,
y en lo que hacían juntos, y le hice avergonzarse.
Probó a echarme, a pesar
de que él no sabía que era yo; pensaba que era su propia
mente la que evocaba aquella cuestión. Pero no dejaría que
expulsara aquel pensamiento. Me apoyé sobre él con todas
mis fuerzas.
Le hice pensar en cómo la
gente de iglesia confían en él y se fijan en él para
su guía espiritual y le hice acordarse de cuando era joven, recién
salido del seminario, cuando contemplaba su vida como una gran cruzada.
Le hice pensar cómo había traicionado todas las cosas en
las que había creido, y lo llevé tan abajo que casi rompió
a llorar. Después le hice reconocer que el arrepentimiento era lo
único que podría absolverlo. Una vez lo hubiera hecho, podría
recomenzar su vida y ser un honor para sí mismo y para su iglesia.
Me fui de allí, imaginando
que había hecho una buena tarea, pero sabiendo que de tanto en tanto
tendría que echarle, de nuevo, una mirada.
Fui a la tienda y me senté
por ahí mirando como Bert Jones barría. Mientra me hablaba,
me colé en su mente y le hice recordar todas las veces en que había
pagado por debajo de los precios de mercado los huevos que los grajeros
le vendían, le recordé su costumbre de introducir artículos
de más en las facturas que enviaba a sus clientes al por mayor y
cómo defraudaba los impuestos de las ventas. Lo asusté completamente
con lo de los impuestos, y lo trabajé hasta que decidió arreglar
las cuentas con todos aquellos a los que había estafado.
No di el asunto por cerrado; sabía
que yo podría insistir siempre que quisiera, y que, en poco tiempo,
haría de Bert un hombre cabal.
En la barbería observaba
cómo Jake cortaba los cabellos. No tenía interés en
el hombre que Jake arreglaba (vivía a siete u ocho quilómetros);
creí que, de momento, sería mejor limitar mi tarea a la gente
del pueblo.
Antes de marcharme, dejé
a Jake preocupado por las apuestas que había estado haciendo en
la trastienda del bar y casi conseguí determinarlo a confesarse
ante su esposa.
Me dirigí al bar. Mike se
sentaba tras la barra con el sombrero puesto; leía los resultados
del béisbol en el periódico de la mañana. Cogí
un periódico atrasado e hice ver que lo leía también.
Mike se rió y me preguntó cuándo había aprendido
a leer, así que cargué las tintas.
Cuando salí, apenas había
cruzado la puerta, bajó al subterráneo y vació todo
el licor adulterado por el desagüe, y no pasó mucho tiempo
hasta que le hice clausurar la trastienda.
En la quesería no tuve ninguna
oportunidad para trabajarme a Ben. Los grajeros traían la leche
y él estaba demasiado atareado como para dejarme entrar en su mente.
Aun así me las arreglé para hacerle pensar qué pasaría
si Jake lo atrapaba con su mujer, la de Jake, quiero decir. Además,
sabía que cuando pudiera cogerlo a solas, podría realizar
un trabajo estupendo, porque vi que se asustaba pronto.
Así iba la cosa.
Era una tarea pesada y, a veces,
notaba que era un poco excesiva. Pero entonces me sentaba y me recordaba
a mí mismo que era mi deber el continuarla, que aquel poder me había
sido concedido por alguna razón y que era mi responsabilidad el
utilizarlo para algo que mereciera la pena. Y, además, no lo utilizaba
en beneficio propio, con fines egoistas, sino para beneficio de la otra
gente.
Pienso que no olvidé a nadie
del pueblo.
¿Recordáis como nos
preguntábamos si no existirían defectos imprevistos en nuestro
plan? Lo repasamos con la máxima atención y no pudimos encontrar
ninguno, pero todos temimos que pudiera aparecer alguno al llevarlo a la
práctica. Ahora puedo informar que existe uno. Es éste:
La obserbación impersonal
y minuciosa es imposible ya que, tan pronto como uno se introduce en un
huesped, sus habilidades quedan a disposición de éste y esto
se convierte, en el acto, en un factor que altera las normas.
Como resultado conseguiré
una imagen distorsionada de la cultura de este planeta. Poco dispuesto
antes a intervenir, ahora estoy convencido de que debo prepararme para
tomar el control de la situación.
Bert, ahora que se había vuelto
honrado, era el hombre más feliz que nunca hayáis visto.
No le preocupa ni perder todos los clientes que se enfadaron cuando les
contó por qué les devolvía dinero. No sé donde
a ido a parar Ben; desapareció justo después que Jake cogiera
la escopeta. Pero todo el mundo está de acuerdo en que Ben exageró
cuando fue a ver a Jake y le explicó que le dolía lo que
había pasado. La mujer de Jake también se ha marchado, y
dicen que ha seguido a Ben.
Si debo deciros la verdad, estoy
muy satisfecho del rumbo que han tomado los acontecimientos. Todo el mundo
es honrado, nadie toma el pelo a los demás y no bebe ni juega lo
más mínimo. Seguramente Mapleton es el pueblo más
virtuosos de todos los Estados Unidos.
Pienso que quizás las cosa
han tomado este cariz porque empecé a dominar mis malos pensamientos
y, en lugar de matar a todos los que odiaba, los he convertido en buenos.
Estoy un tanto sorprendido cuando
salgo a pasear por las calles de noche, porque no cazo tantos pensamientos
felices como antes, De hecho, hay veces que estoy atareado casi toda la
noche poniéndolos alegres. Podríais pensar que la gente honrada
es feliz. Me imagino que es porque, ahora que son buenos en lugar de malos,
no están tan dados a los placeres frívolos, sino que están
más interesados con los valores sólidos y dignos de la vida.
Me siento un tanto preocupado por
mí mismo. Todo el bien que he hecho, quizás lo he hecho por
motivos egoistas. Lo he hecho, en parte, para compensar la muerte de Alf
y del banquero Patton. Y no lo he hecho para la gente en general, sino
para la gente que conozco. Esto no me parece correcto. ¿Por qué
solo debería beneficiarse la gente que conozco?
¡Socorro! ¿Podéis
oirme? ¡Estoy atrapado! Ni puedo controlar a mi huesped ni puedo
escapar de él. ¡No dejéis bajo ninguna circunstancia
que nadie más utilice otro miembro de esta raza como huesped!
¡Socorro!
¿Me escucháis?
¡Socorro!
He estado sentado toda la noche,
pensando y pensando, y ahora ya tengo las ideas claras.
Haber llegado a esta decisión
hace que me sienta importante y, a la vez, humilde. Sé que he sido
elegido como instrumento del bien y no debo dejar que nadie me detenga.
Sé que mi pueblo sólo ha sido un campo de pruebas, un lugar
para aprender lo que realmente puedo hacer. Sabiento todo esto, ahora estoy
determinado a utilizar este poder hasta sus límites para el bien
de la humanidad.
Mamá ha estado ahorrando
algún dinero durante bastante tiempo para poder tener unos funerales
decentes.
Es todo lo que tiene.
Pero tengo suficiente para llegar
a la ONU.