Un Circo había llegado a Auburn.
El apartadero de la estación estaba abarrotado con largas filas
de carros desde las que surgían rugidos exóticos, gruñidos,
maullidos y trompeteos. Elefantes, cebras y dromedarios eran conducidos
a lo largo de las calles principales, y muchos de los monstruos y los artistas
vagabundeaban por la ciudad.
Dos mujeres barbudas pasaron a mi lado,
con el aire grácil y la manera de andar de las mujeres que están
a la moda. Después pasó toda una tropa de enanos, andando
con el aspecto de tristes niños sofisticados.
Entonces, pasó el gigante, quien
medía más de dos metros y medio y tenía una constitución
magnífica, sin el menor signo de la desproporción que frecuentemente
acompaña al gigantismo. Era simplemente un hermoso espécimen
de hombre ordinario, algo mayor del tamaño habitual.
E incluso a primera vista, había
algo en sus facciones que sugería un marinero.
Soy médico, y el hombre provocó
mi curiosidad profesional. Su altura y masa anormales, sin rastro de acromegalia,
era algo que nunca me había encontrado antes.
Debió de notar mi interés,
porque me devolvió la mirada con la especulación en sus ojos;
y entonces, avanzando como un marinero, se acercó hasta mí.
—Digo, señor, ¿podría
una persona echar un trago en esta ciudad de ustedes? —preguntó
precavido.
Tomé rápidamente una decisión.
—Venga conmigo —contesté—; soy
alópata; y puedo darme cuenta, sin que me lo diga, de que usted
está enfermo.
Nos encontrábamos a una manzana
de mi consulta. Orienté al gigante subiendo por las escaleras y
entrando en mi santuario privado. Casi llenaba por completo el lugar, incluso
cuando se sentó siguiendo mi ruego. Saqué una botella de
güisqui y serví una ración generosa en un vaso ante
él. Se lo bebió de un trago con manifiesta aprobación.
Había tenido un aire de suave melancolía cuando me lo había
encontrado; ahora parecía animarse.
—No habrá pensado al mirarme que
yo no fui siempre un lozano gigantón —dijo para sí.
—Tómese otra copa —sugerí.
Después de la segunda copa, continuó
un poco tristemente.
—No señor, Jim Knox no fue siempre
un maldito monstruo de circo.
Entonces, tras ser empujado un poco por
mí, me contó su historia. Knox, un londinense aventurero,
había recorrido la mitad de los mares del mundo como marinero de
cubierta y piloto durante sus años juveniles. Había visitado
muchos lugares extraños, y tenía muchas experiencias raras.
Antes de haber alcanzado la treintena, su carácter atrevido e inquieto
le había llevado a emprender una búsqueda de lo más
fantástico.
Los acontecimientos que precedieron a
su búsqueda resultaron algo raros en sí mismos. Habiendo
naufragado a causa de un tifón imprevisto en el mar de Banda, y
siendo aparentemente el único superviviente, Knox había flotado
a la deriva durante dos días, sobre una plancha que había
arrancado del maltratado buque que se hundía. Entonces, rescatado
por un bote nativo de pescadores, fue conducido a Salawatti.
El Rajah de Salawatti, un viejo malayo
de aspecto simiesco, fue muy amable con Knox. El Rajah era un narrador
de largas historias, y el piloto, un auditorio paciente. En la base de
esta compatibilidad, Knox se convirtió durante un mes o más
en un honrado huésped del palacio del Rajah. Aquí, entre
otras maravillas contadas por su anfitrión, escuchó los rumores
sobre una notable tribu de papúes por primera vez.
Esta tribu única habitaba en una
meseta prácticamente inaccesible en las montañas de Arfak.
Las mujeres medían tres metros y eran blancas como la leche; pero
los hombres, extrañamente, eran de estatura normal y de una coloración
más oscura. Eran amistosos con los escasos viajeros que llegaban
a sus dominios; y cambiarían por cuentas de cristal y espejos los
rubíes, rojos como la sangre, que abundaban en las faldas de sus
montañas.
Como prueba de la última afirmación,
el Rajah le mostró a Knox un gran diamante sin defectos, que estaba
sin cortar, que dijo que procedía de aquella región.
Knox difícilmente estaba dispuesto
a creer la noticia de las mujeres gigantes; pero los rubíes le parecían
bastante menos improbables. Era característico de él que,
sin apenas considerar el peligro, la dificultad o sencillamente lo absurdo
de la idea de semejante aventura, se decidiese inmediatamente a visitar
las montañas de Arfak.
Despidiéndose de su anfitrión,
quien lamentó la pérdida de un buen oyente, continuó
su odisea. Por medios que no especificó en su narración,
se procuró dos sacos de espejos y de cuentas de cristal, y consiguió
alcanzar las costas del noroeste de Nueva Guinea. En Andai, en Arrak, contrató
a un guía que pretendía conocer la situación de las
amazonas gigantes, y partió valientemente hacia el interior en dirección
a las montañas.
El guía, quien era medio malayo
y medio papú, llevaba uno de los sacos de baratijas a la espalda,
y Knox llevaba el otro. Tenía la ilusión de regresar con
los dos sacos cargados de rubíes rojo oscuro.
Era una tierra poco conocida. Algunos
de sus habitantes tenían la reputación de ser cazadores de
cabezas y caníbales; pero Knox los encontró bastante amables.
De alguna manera, mientras continuaban, el guía comenzó a
encontrar una creciente vaguedad en sus conocimientos geográficos.
Cuando hubieron alcanzado las elevaciones medias de la cordillera de Arfak,
Knox se dio cuenta de que el guía sabía poco más que
él mismo sobre la localización de la fabulosa meseta sembrada
de rubíes.
Avanzaban por la jungla, que se estaba
volviendo empinada. Ante ellos, sobre árboles que aún eran
altos y semitropicales, se levantaban las cimas de granito y los desfiladeros
de una alta pared montañosa, detrás de la cual se ponía
el sol de la tarde desapareciendo en el temprano crepúsculo, al
pie de un precipicio aparentemente insuperable.
Knox se despertó en un ardiente
amanecer amarillo, para descubrir que su guía había desaparecido,
llevándose uno de los sacos de chucherías, que, desde el
punto de vista de los salvajes, representaba suficiente capital como para
establecer al tipo de por vida. Knox se encogió de hombros y soltó
unos pocos tacos. El guía no era una gran pérdida; pero no
le gustaba la idea de ver su poder adquisitivo de joyas reducido a la mitad.
Miraba las cumbres sobre él; fila
tras fila, se levantaban en el brillo del amanecer, con cimas que apenas
podían distinguirse de las nubes que había sobre ellas. De
alguna manera, cuanto más miraba, más convencido se quedaba
de que éstas eran las paredes que vigilaban la meseta escondida.
Con su silencio y eterna soledad, su aire de eterna reserva y distanciamiento,
no podían ser otra cosa que los muros del reino de las mujeres titánicas
y de los rubíes rojos como la sangre. Se echó al hombro su
saco y siguió la pared de granito en búsqueda de un lugar
favorable para iniciar la ascensión que estaba decidido a intentar.
La roca vertical era tan lisa como una hoja de metal y no ofrecía
una agarradera ni para un mono araña. Pero, al cabo, encontró
una profunda grieta que formaba el lecho de una catarata seca durante el
verano. Empezó a ascender por la grieta, que no era ninguna hazaña
sin importancia por sí misma; el lecho era una serie de grandes
peldaños, como una escalera gigantesca.
La mitad de las veces colgaba de los dedos
sin tener de dónde agarrarse y se ponía de puntillas y tanteaba
precariamente en busca de una agarradera La ascensión era un asunto
delicado, con la muerte en la punta de las piedras puntiagudas en el fondo
del valle, como el castigo para el menor error de cálculo.
No se atrevía a volver la vista
atrás por la distancia que había recorrido en aquel vertiginoso
abismo. Hacia el mediodía vio ante él la elevación
amenazadora de un enorme picacho, donde la garganta que se estrechaba disminuía
hasta una tenebrosa caverna de estrecha boca.
Trepó por el último escalón
entrando en la cueva, con la esperanza de que condujese, como era probable,
a una entrada superior hecha por un torrente de montaña. A la luz
de cerillas encendidas, escaló la resbaladiza cuesta. La cueva enseguida
se estrechó; y Knox a menudo fue capaz de apoyarse entre las paredes
de la cueva como en el interior de una chimenea.
Después de un largo tanteo para
arriba, descubrió un débil brillo enfrente de él,
como un alfilerazo en la sólida oscuridad. Knox, casi agotado a
causa del esfuerzo se sintió inmensamente aliviado. Pero, de nuevo,
la cueva volvió a estrecharse hasta que no pudo escurrirse más
con el saco a la espalda. Retrocedió una pequeña distancia
y se quitó el saco, que entonces procedió a empujar ante
él en un ángulo de cuarenta y cinco grados. En aquellos tiempos,
Knox era de estatura medía y algo delgado; pero, incluso así,
apenas fue capaz de escurrirse por los últimos diez pies de la cueva.
Dio al saco un último empujón
y aterrizó en la superficie del exterior. Entonces, él se
escurrió por la abertura y cayó agotado a la luz del sol.
Descansaba casi en la fuente del arroyo seco, en un hueco como un plato
al pie de una suave cuesta granítica, más allá de
la cual las nubes eran blancas y claras.
Knox se felicitó a sí mismo
de sus habilidades como alpinista. No tenía la menor duda de haber
alcanzado el umbral del reino de los rubíes y las mujeres gigantes.
Repentinamente, mientras descansaba, aparecieron
varios hombres recortándose contra las nubes en la elevación
frente a él. Ascendiendo como montañeros, se le acercaron
con excitados parloteos y gestos de sorpresa; y él se puso de pie
para esperarles.
Knox debía ofrecer un raro espectáculo.
Su cara y sus ropas estaban cubiertas de suciedad y con las señales
del metal de muchos colores adquiridas a su paso por la caverna. Los hombres
que se acercaban parecían mirarle con una especie de pasmo.
Estaban vestidos con túnicas de
color púrpura rojizo y llevaban sandalias de cuero. No pertenecían
a ninguno de los tipos de las tierras bajas; su piel era de un color marrón
siena, y sus rasgos eran buenos incluso de acuerdo con los patrones europeos.
Todos estaban armados con largas jabalinas, pero parecían amistosos.
Con ojos alarmados y aparentemente algo tímidos, se dirigieron a
Knox en un lenguaje que no tenía ningún parecido con ninguna
lengua melanesia que él hubiera escuchado.
Knox replicó en todos los idiomas
que chapurreaba; pero estaba claro que no podían entenderle. Entonces,
él desató su saco, cogió un puñado con las
dos manos de cuentas de cristal, e intentó transmitirles, mediante
una pantomima, la información de que era un comerciante procedente
de tierras lejanas.
Los hombres asintieron con la cabeza,
indicándole que les siguiese, y volvieron a la cuesta bordeada de
nubes. Knox trotó detrás de ellos, sintiéndose bastante
convencido de que había encontrado a la gente de la narración
del Rajah.
Elevándose por la cuesta, contempló
la perspectiva de una larga meseta llena de bosques, arroyos y tierras
cultivadas. En el suave sol, él y sus guías descendieron
por un sendero entre sauces florecientes y rododendros hasta la meseta.
Allí, se convertía en una bien transitada carretera que corría
por bosques y campos de trigo. Casas de tosca piedra, con techos de madera,
testimonio de una civilización más elevada que la de las
chozas de las postas papúes, empezaron a aparecer a intervalos.
Hombres vestidos de la misma manera que
los guías de Knox estaban trabajando en los campos. Entonces, Knox
se fijó en varias mujeres, juntas en un grupo que no hacia nada.
Ahora se vio obligado a creer toda la historia de la gente escondida, porque
las mujeres ¡tenían tres metros de altura y eran tan bellas
como diosas!
Su complexión no era blanca como
la leche, como en la narración del Rajah, sino tostada y cremosa,
y mucho más clara que la de los hombres. Knox sintió júbilo
cuando volvieron sus calmadas vistas y le contemplaron con el aire de estatuas
majestuosas. Había encontrado la legendaria tierra; y mientras miraba
las piedras y la hierba a los lados del camino, esperando verlas sembradas
a medias con rubíes.
Sin embargo, no había ninguno a
la vista.
Apareció una ciudad rodeando un
lago del color del zafiro. Con casas de un sólo piso, pero bien
construidas, repartidas en calles regulares. Había mucha gente paseando
o de pie; y todas las mujeres eran gigantas leonadas y todos los hombres
eran de estatura media, con complexión siena o ámbar.
Una multitud se agrupó en torno
a Knox, y sus guías fueron interrogados de una manera un tanto perentoria
por las titánicas mujeres, quienes contemplaron al piloto con intenciones
vergonzosas. Se dio cuenta inmediatamente del respeto y obediencia que
los hombres prestaban a estas mujeres, y dedujo la situación superior
de la que disfrutaban. Todas tenían la expresión tranquila
y segura de una emperatriz.
Knox fue conducido a un edificio cerca
del lago. Era mayor y más pretencioso que el resto. El amplio interior
estaba tapizado con tejidos de toscos dibujos y amueblado con camas y sillas
de ébano. El efecto general era de un rudo sibaritismo palaciego,
muy aumentado por la inusual altura de los techos.
En una especie de sala de audiencias,
había una mujer sentada sobre una ancha plataforma. Otras varias
estaban de pie a su alrededor como una especie de guardia personal. Ella
no llevaba corona ni joyas, y su vestido en nada difería de las
faldas cortas vestidas por las mujeres. Pero Knox supo que estaba en presencia
de una reina. La mujer era mas hermosa que las demás, con largo
pelo castaño ondulado y finas facciones ovaladas. La mirada que
lanzo a Knox estaba llena de una mezcla de ternura femenina y de severidad.
El piloto asumió los modales más
galantes, que debieron quedar un tanto anulados por la cara y la ropa llenas
de suciedad. Se inclinó ante la giganta; y ella se dirigió
a Knox con unas breves palabras en las que éste notó una
cordial bienvenida. Entonces, él abrió su saco y seleccionó
un espejo y un collar de cuentas azules, que ofreció a la reina.
Ella aceptó los regalos con gravedad, sin demostrar placer ni sorpresa.
Después de despedir a los hombres
que habían traído a Knox a su presencia, la reina se volvió
y se dirigió a sus ayudantes femeninos.
Avanzaron y dieron a entender a Knox que
tenía que acompañarlas. Le condujeron a un patio abierto,
conteniendo un enorme baño alimentado por las aguas del lago azul.
Aquí, a pesar de sus protestas y de sus forcejeos, le desnudaron
como si hubiese sido un niño pequeño. Entonces le tiraron
al agua y le frotaron fuertemente con trozos de fibra vegetal rígida.
Una de ellas le trajo una túnica marrón y unas sandalias,
en lugar de sus anteriores prendas.
Aunque estaba algo incómodo y avergonzado
ante el sumario tratamiento recibido, Knox no pudo evitar sentirse como
un hombre diferente después de cambiarse. Y, cuando las mujeres
le trajeron un desayuno de taro, pastel de mijo y pichón asado,
servido sobre enormes platos, empezó a perdonarlas por avergonzarle.
Dos de sus hermosas ayudantes permanecieron
junto a él durante su comida; y después le dieron una lección
en su idioma señalando los distintos objetos y dándoles nombre.
Knox adquirió pronto el conocimiento de dichas nomenclaturas domésticas.
La propia reina apareció más
tarde y procedió a tomar parte en su instrucción. El nombre
de ella era Mabousa, según aprendió él. Knox era un
discípulo aventajado; y la lección del día fue claramente
satisfactoria para todos los interesados. Knox se dio cuenta, más
claramente que antes, de que la reina era una mujer hermosa; pero le hubiera
gustado que no fuese tan grande ni que impusiese tanto. Se sentía
muy juvenil al lado de ella. La reina, por su parte, parecía considerar
a Knox con una seriedad que distaba bastante de ser favorable. Él
se dio cuenta de que ella le estaba dedicando muchos de sus pensamientos
y de su consideración.
Knox casi se olvidó de los rubíes
que había venido a buscar; y, cuando se acordó de ellos,
decidió esperar a haber aprendido más del idioma antes de
plantear el tema.
Se le asignó un cuarto en el palacio;
y dedujo que podía quedarse indefinidamente como invitado de Mabousa.
Comía en la misma mesa que la reina y su media docena de ayudantes.
Parecía como si fuese el único hombre en el edificio. Las
sillas estaban todas diseñadas para gigantas, con una excepción,
que parecía una de las sillas altas en las que un niño se
sienta a la mesa junto a sus mayores. Knox ocupaba esta silla.
Pasaron muchos días, y aprendió
lo necesario del idioma para todos los propósitos prácticos.
Era una vida tranquila y lejos de ser desagradable. Pronto se familiarizó
con las condiciones generales de vida en el país gobernado por Mabousa,
que se llamaba Ondoar. Estaba bastante aislado del mundo exterior, porque
se hallaba rodeado por todas partes de montañas que sólo
podían escalarse por el punto que tan fortuitamente Knox había
descubierto. Pocos extranjeros habían conseguido entrar. La gente
era próspera y feliz, llevando una existencia pastoral bajo el benigno,
pero absoluto, matriarcado de Mabousa. Las mujeres gobernaban a sus maridos
debido a su pura y simple superioridad física; pero parecía
haber tanta amistad doméstica como en los hogares en que dominaba
la situación inversa.
Knox se hizo muchas preguntas sobre la
superior estatura física de las mujeres, que le pareció que
era una extraña situación de la naturaleza. De alguna manera,
no se atrevió a hacer preguntas; y nadie se ofreció a contarle
ningún secreto.
Mantuvo un ojo abierto para los rubíes,
y se quedó confundido ante la escasez de estas gemas. Algunos rubíes
de calidad inferior, además de pequeños zafiros y esmeraldas,
eran llevados por algunos de los hombres como pendientes, aunque ninguna
de las mujeres era aficionada a estos ornamentos. Knox se preguntó
si tendrían una gran cantidad de rubíes almacenada en alguna
parte. Él había ido allí para negociar en busca del
rojo corindón y había cargado con un saco del medio requerido
de intercambio subiendo por una imposible ascensión de montaña;
así que era reacio a abandonar la idea.
Un día se decidió a tratar
el tema con Mabousa. Por alguna razón, él nunca supo por
qué, le resultaba difícil hablar de estos temas a la digna
giganta. Pero los negocios eran los negocios.
Estaba tanteando en busca de las palabras
adecuadas, cuando se dio cuenta repentinamente de que Mabousa también
tenía algo en mente, se había quedado más silenciosa
de lo normal, y la manera en que no dejaba de mirarle resultaba desconcertante
e incluso embarazosa. Se preguntó qué era lo que pasaba;
y además empezó a preguntarse si esta gente no serían
caníbales. Tan ávida y ansiosa era la mirada de ella.
Antes de que pudiese hablar de rubíes,
y de lo dispuesto que estaba a cambiarlos por cuentas de cristal, Mabousa
le dejó pasmado pidiéndole en matrimonio a las claras. Como
mínimo, podría decirse que Knox no estaba preparado. Pero
parecía de mala educación, además de un mala política,
negarse. Nunca antes de entonces se le había declarado una reina
que además fuese una giganta, y pensó que apenas resultaría
la etiqueta correcta rechazar un corazón y una mano de semejantes
capacidades. Además, como esposo de Mabousa, estaría en una
posición más ventajosa para negociar por rubíes. Y
Mabousa era innegablemente atractiva, aunque estuviese construida a gran
escala. Después de algunos titubeos, aceptó la proposición
y fue literalmente levantado de los pies, cuando la dama le atrajo a los
gigantescos encantos de su seno.
La boda resultó ser un asunto de
lo más simple; un simple asunto de un acuerdo verbal en presencia
de varios testigos femeninos. Knox se quedó asombrado con la calma
y la rapidez con la que asumía los lazos del sagrado matrimonio.
Aprendió un montón de cosas
de su matrimonio con Mabousa. Descubrió, durante el banquete nupcial,
que la silla alta que había estado ocupando durante las comidas
estaba reservada normalmente para el consorte de la reina. Más tarde,
descubrió el secreto del tamaño y estatura de las mujeres.
Todos los bebés, niños y niñas, eran de tamaño
ordinario al nacer; pero las niñas eran alimentadas por sus madres
con una cierta raíz que hacía que aumentasen en estatura
y tamaño más allá de los límites naturales.
La raíz era cosechada en las más
elevadas laderas de las montañas. Sus virtudes peculiares eran debidas
principalmente a una peculiar manera de prepararla que había sido
un secreto cuidadosamente guardado durante generaciones y pasado de madre
a hija. Su uso había sido conocido durante varias generaciones.
Había habido una época en la que los hombres eran el género
dominante; pero el descubrimiento accidental de la raíz por una
esposa maltratada conocida como Ampoi había conducido a un rápido
vuelco de la situación. En consecuencia, la memoria de Ampoi era
tan venerada por las hembras como la de una salvadora.
Knox también adquirió mucha
otra información de cuestiones tanto sociales como domésticas.
Pero nunca se dijo nada respecto a los rubíes. Se vio obligado a
sacar la conclusión de que la abundancia de joyas en Ondoar había
sido una pura fábula; una adición puramente decorativa a
la historia de las amazonas gigantes.
Su matrimonio le condujo a otras desilusiones.
Como consorte de la reina, había tenido la esperanza de desempeñar
algún papel en el gobierno de Ondoar y había estado esperando
tener algunas prerrogativas reales. Pero pronto descubrió que no
era más que el acompañante masculino de Mabousa, sin derechos
legales, sin otros privilegios que aquellos que ella, llevada de su afecto
de esposa, tuviese a bien concederle. Era amante y cariñosa, pero
también terca, por no decir mandona; y descubrió que no podía
hacer nada ni ir a ninguna parte sin obtener antes su permiso.
A veces le regañaba, a menudo le
corregía sobre algún detalle de la etiqueta ondoariana, o
de la conducta general en la vida, de una manera dulce pero estricta; y
nunca se le ocurría a ella que él pudiese estar dispuesto
a discutir ninguna de las órdenes. Él, sin embargo, estaba
cada vez más irritado por su tiranía femenina. Su orgullo
masculino, su viril espíritu de británico, se reveló.
Si la dama hubiese sido del tamaño adecuado, según sus propias
palabras, “la habría atizado un poco”. Pero, bajo las circunstancias,
cualquier intento de castigarla recurriendo a la fuerza bruta apenas parecía
aconsejable.
Aparte de esto, llegó a cogerla
cariño a su manera. Había muchas cosas de ella que a él
le gustaban; y sentía que ella podía ser una esposa ejemplar,
si solamente hubiese un modo de controlar su deplorable tendencia a darle
órdenes.
Pasó el tiempo, como, por otra
parte, tiene por costumbre. Mabousa parecía estar bastante satisfecha
con su marido. Pero Knox daba muchas vueltas sobre la falsa posición
en la que él pensaba que ella le había colocado, y el insulto
diario a su hombría. Deseaba que hubiese alguna manera de remediar
la situación, de afirmar sus derechos naturales y de poner
a Mabousa en su lugar.
Un día se acordó de la raíz
con la que eran alimentadas las mujeres de Ondoar, ¿Por qué
no podría él hacerse con algo de la raíz y crecer
tanto como Mabousa, si no más? Entonces, él sería
capaz de manejarla con el estilo adecuado. Cuanto más pensó
sobre esto, más le pareció que era la solución ideal
para sus dificultades maritales.
El principal problema era obtener la raíz.
Él le hizo preguntas a algunos de los hombres de una manera discreta,
pero ninguno de ellos podía decirle nada al respecto. Las mujeres
nunca permitían a los hombres que las acompañasen cuando
iban a cosechar la sustancia; y el proceso de prepararla y consumirla era
llevado a cabo en cavernas profundas. Varios hombres se habían atrevido
a robar la comida en anos pasados; dos de ellos, en verdad, habían
crecido a una estatura gigantesca gracias a lo que habían robado.
Pero todos habían sido castigados por las mujeres con el exilio
de por vida de Ondoar.
Todo esto resultaba bastante desalentador.
Además, sirvió para que aumentase el desprecio que Knox sentía
hacia los hombres de Ondoar, a quienes veía como una pandilla de
afeminados y pusilánimes. Sin embargo, no abandonó su plan.
Pero, después de muchas delíberaciones y cábalas,
no se encontró más cerca de la solución de lo que
lo estaba antes.
Quizá se abría resignado,
como han hecho hombres mejores, a una vida de inevitable calzonazos. Pero,
al cabo, el nacimiento de una niña, hija de Mabousa y él
mismo, le dio una oportunidad de encontrar lo que buscaba.
El bebé era como cualquier otro
bebé niña, y Knox no estaba menos orgulloso de ella, no menos
imbuido, con los habituales sentimientos paternales, que otros padres lo
han estado. No se le ocurrió, hasta que el bebé fue lo bastante
mayor como para ser destetado y alimentado con comidas especiales, que
él tendría ahora en su propia casa una oportunidad de primera
para apropiarse algo de su comida para su uso personal.
La simple y confiada Mabousa era por completo
ignorante de designios tan ilegales. La obediencia masculina a la ley femenina
del país estaba tan completamente dada por supuesto, que ella incluso
le mostró la extraña comida y alimentó al bebé
en su presencia. Ni tampoco ocultó de él la gran jarra de
barro en la que almacenaba su provisión de reserva.
La jarra estaba en la cocina de palacio,
entre otras llenas con elementos más ordinarios de la dieta. Un
día, cuando Mabousa se había ido al campo ocupada por algún
asunto político, y las doncellas estaban todas ocupadas con cuestiones
que no eran culinarias, Knox se coló en la cocina, y se llevó
una pequeña bolsa de la sustancia, que escondió entonces
en su propio cuarto. En su miedo a ser descubierto, sintió más
emoción de la que había sentido cuando, durante los días
de su infancia, se había dedicado a robar manzanas a los vendedores
callejeros de Londres por detrás de sus puestos.
La sustancia parecía una variedad
fina de sagú, y tenía un olor aromático y un sabor
a especias. Knox tomó un poco inmediatamente, y no lo ingirió
entero por miedo de que las consecuencias fuesen visibles.
Había contemplado el increíble
crecimiento del bebé, que había alcanzado las proporciones
de una niña normal de seis años en una quincena bajo la influencia
del milagroso nutriente; y no deseaba que su robo fuese descubierto, y
sus posteriores consumos impedidos, en la primera etapa de su propio desarrollo
hacia el gigantismo.
Consideró que alguna especie de
aislamiento resultaría aconsejable hasta que hubiese alcanzado la
masa y estatura que le asegurarían una posición de amo en
su propio hogar. De alguna manera, debía apartarse de toda supervisión
femenina durante el periodo de su crecimiento.
Esto, para alguien completamente sujeto
al gobierno de las faldas, con todas sus idas y venidas minuciosamente
reguladas, no era un problema menor. Pero de nuevo la fortuna le sonrió
a Knox; porque había llegado la temporada de caza a Ondoar; una
época en la que muchos de los maridos tenían el permiso de
sus mujeres para emplear días o semanas cazando cierta especie de
ágiles ciervos alpinos conocidos como los oklah.
Quizá Mabousa se asombró
un poco ante el repentino interés demostrado por Knox en la caza
del oklah, y su igualmente repentina devoción a la práctica
con las jabalinas utilizadas por los cazadores. Pero ella no vio razón
para negarle su permiso para hacer el viaje deseado; simplemente indicando
que debería hacerlo en compañía de otros maridos obedientes,
y que debía tener mucho cuidado con los despeñaderos y con
los precipicios.
La compañía de otros maridos
no era del todo conforme al plan de Knox; pero sabía que no valía
la pena discutir ese punto. Había conseguido realizar varias visitas
más a la despensa de palacio, y había robado suficiente cantidad
de la comida prohibida como para convertirse en un robusto titán
domesticador de esposas. De alguna manera, durante ese viaje a las montañas,
a pesar de los humildes maridos cumplidores de la ley con los que estaba
condenado a ir, encontraría la oportunidad para consumir lo que
había robado. Regresaría como un gigante conquistador, un
rugiente y fanfarrón Goliat; y todo el mundo, aunque especialmente
Mabousa, le miraría desde abajo.
Knox escondió la comida, ocultándola
en una bolsa de pan de mijo, entre sus provisiones privadas. También
llevaba algo de ella en los bolsillos. y se tomaba un par de puñados
siempre que los otros hombres no estaban mirando. Y de noche, cuando todos
estaban durmiendo tan tranquilos, se iba a escondidas a la bolsa y se tomaba
la sustancia aromática a puñados.
Los resultados fueron verdaderamente fenomenales,
porque Knox podía verse a sí mismo hincharse después
de la primera comida completa. Se ensanchaba y crecía, pulgada a
pulgada, ante el manifiesto asombro de sus compañeros, ninguno de
los cuales en principio fue lo bastante imaginativo como para suponerse
la verdadera razón. Les vio mirándole con pasmo especulativo
y curiosidad, como la gente civilizada mostraría ante un hombre
salvaje de Borneo. Evidentemente, consideraban su crecimiento como una
especie de anormalidad biológica, o quizá como parte del
extraño comportamiento que podría esperarse de un extranjero
de antecedentes dudosos.
Los cazadores estaban ahora en las montañas
más elevadas, en el extremo más al norte de Ondoar. Aquí,
entre estupendos picachos y precipicios, ellos persiguieron a los elusivos
oklah; y Knox comenzó a alcanzar una longitud en sus miembros que
le permitía saltar por precipicios por los que los demás
no podrían seguirle.
Al cabo, uno o dos debieron volverse suspicaces,
se dedicaron a vigilar a Knox, y una noche le sorprendieron en el acto
de devorar la comida sagrada. Intentaron advertirle, con una especie de
horror sagrado en su expresión, que estaba haciendo una cosa terrible
y prohibida, y que estaba buscándose las más terribles consecuencias.
Knox, quien estaba empezando a sentirse,
además de tener el aspecto, como un verdadero gigante, les dijo
que se ocupasen de sus propios asuntos. Lo que es más, continuó
expresando su opinión, sincera y sin cortapisas, sobre los débiles,
decadentes y afeminados varones de Ondoar. Después de lo cual, le
dejaron solo, pero murmuraron entre ellos y miraron cada uno de sus movimientos
con vistazos aprehensivos. Knox les despreció tan completamente,
que no le dio una especial importancia a la desaparición furtiva
de dos de los miembros del grupo; en aquel momento, apenas se dio cuenta
de que se habían marchado.
Después de una quincena de ascensión
alpina, los cazadores habían cobrado su cuota correspondiente de
los cuernilargos oklah con sus patas de cabra; y Knox había consumido
toda su provisión de comida prohibida y había crecido hasta
unas proporciones que estaba seguro de que le permitirían convertirse
en el amo de su mandona compañera y demostrarle la natural inferioridad
del sexo femenino. Era el momento de volver: los compañeros de Knox
ni siquiera habrían soñado con exceder el limite impuesto
por las mujeres, quienes les habían indicado que deberían
retornar al cabo de una quincena; y Knox estaba ansioso por demostrar su
recién adquirida superioridad de masa y músculo.
Mientras bajaban por la montaña
y atravesaban los campos cultivados, Knox se dio cuenta de que los otros
hombres se estaban rezagando cada vez más, con una especie de timidez
recelosa. Avanzó frente a ellos, llevando tres oklahs adultos colgados
del hombro, como un hombre inferior habría llevado igual numero
de conejos.
Los campos y los caminos estaban desiertos,
y ninguna de las mujeres titánicas resultaba visible por ninguna
parte. Knox se preguntó un poco sobre el significado de esto: pero.
considerándose a sí mismo el amo de la situación general,
no esforzó su mente en exceso con conjeturas curiosas.
Sin embargo, mientras se acercaban a la
ciudad, la soledad y el silencio se volvieron un poco ominosos. Los compañeros
de caza de Knox eran evidentemente víctimas de un gran y creciente
terror. Pero Knox no consideró que tuviese que rebajar su dignidad
ni siquiera para tener que preguntar la razón.
Entraron por las calles, que también
se hallaban extrañamente vacías. No había señal
de vida que no fuesen los rostros, pálidos y asustados, que miraban
desde ventanas o puertas abiertas furtivamente.
Por último, llegaron a la vista
del palacio. Ahora, el misterio estaba explicado, porque, aparentemente,
¡todas las mujeres de Ondoar se habían reunido en la plaza
cuadrada delante del edificio! Estaban agrupadas en una formación
masiva y aparentemente sólida, como un ejercito de amazonas gigantes:
y su completa inmovilidad era mas temible que cualquier tumulto y griterío
de los campos de batalla. Knox sintió un involuntario temor, aunque
irresistible, ante los músculos que se hinchaban en sus poderosos
brazos, la solemne respiración de los gigantescos pechos, y la terrible
y austera mirada con la que le contemplaron al unísono.
De repente, se dio cuenta de que estaba
completamente solo... Los otros hombres habían desaparecido como
sombras, como si ni siquiera se atreviesen a quedarse y a contemplar su
destino.
Notó un impulso de huir casi imposible
de denegar; pero su valor británico le impidió rendirse a
el. Paso a paso, se obligó a avanzar contra el ejército de
mujeres.
Le esperaron en un silencio pétreo,
tan inmóviles como cariátides. Vio a Mabousa en la primera
fila, rodeada por sus doncellas. Ella le miró con unos ojos en los
que él no pudo leer nada que no fuese un reproche inexpresable.
Ella no le hablo; y, de alguna manera,. Las palabras ligeras con las que
él había planeado saludarla se le congelaron en los labios.
De una vez, con un paso adelante en grupo,
concertado y temible, las mujeres rodearon a Knox. Perdió de vista
a Mabousa en la sólida muralla de titanes. Grandes y rudas manos
le agarraban, le arrancaban la lanza de entre las manos y los oklahs de
los hombros. Luchó como le corresponde a un valiente inglés.
Pero un hombre solo, aunque hubiera comido el alimento de las gigantas,
no podía hacer nada contra la tribu entera de hembras de tres metros.
Manteniendo un silencio que resultaba
mas formidable que cualquier grito, le transportaron por la ciudad y a
lo largo de la carretera por la que había entrado en Ondoar, y,
subiendo por el sendero de montaña hasta los rampantes exteriores
de esa tierra. Allí, desde el elevado precipicio sobre la catarata
por la que había ascendido, le bajaron con una grúa de sogas
fuertes hasta el lecho del torrente seco doscientos pies más abajo,
y le abandonaron para que se abriese camino descendiendo por la peligrosa
ladera de la montaña y hasta el mundo que sólo le aceptaría
como un monstruo de feria.