-¡Por la cabra de las mil tetas!
¡Por la cola de Dagón y los cuernos de Derceto! —dijo Azédarac
mientras acariciaba el pequeño frasco panzudo lleno de un líquido
escarlata colocado en la mesa frente a él—. Algo hay que hacer con
este pestilente hermano Ambrosio. He descubierto ahora que ha sido enviado
a Ximes por el arzobispo de Averoigne sin ningún otro propósito
que reunir pruebas de mi conexión subterránea con Azazel
y los Antiguos. Ha espiado mis invocaciones en las criptas, ha escuchado
las fórmulas ocultas y ha contemplado la auténtica manifestación
de Lilit, e incluso de Iog—Sotôt y Sodagui, esos demonios que son
más antiguos que el mundo; y esta misma mañana, hace una
hora, ha montado en su asno blanco para el viaje de regreso a Vyones. Hay
dos maneras —o, en un sentido, hay una manera— en las cuales puedo evitar
las molestias e inconvenientes de un juicio por brujería: el contenido
de este frasco debe ser administrado a Ambrosio antes de que llegue al
final de su viaje, o, a falta de esto, yo mismo me veré obligado
a hacer uso de un medicamento semejante.
Jehan Mauvaissoir miró el
frasco y luego a Azédarac. No estaba en absoluto horrorizado, ni
siquiera sorprendido, por los nada episcopales juramentos y afirmaciones
poco antieclesiásticas que acababa de escuchar del obispo de Ximes.
Había conocido al obispo demasiado tiempo y demasiado íntimamente,
y le había prestado demasiados servicios de una naturaleza anticonvencional,
para sorprenderse ante nada. De hecho, había conocido a Azédarac
mucho antes de que el hechicero hubiese soñado con convertirse en
sacerdote, en una fase de su existencia que era del todo insospechada por
las gentes de Ximes; y Azédarac no se había molestado en
tener muchos secretos con Jehan en ningún momento.
—Comprendo —dijo Jehan—. Puedes
contar conque el contenido del frasco será administrado. El hermano
Ambrosio difícilmente viajará con rapidez sobre aquel asno
blanco que va al paso; y no alcanzará Vyones antes de mañana
al mediodía. Hay tiempo abundante para alcanzarle. Por supuesto,
él me conoce. O, al menos, conoce a Jehan Mauvaissoir... Pero eso
puede remediarse fácilmente.
Azédarac sonrió confiado.
—Dejo el asunto y el frasco en tus
manos, Jehan. Por supuesto, no importa cuál sea el resultado; con
todos los medios satánicos y pre—satánicos a mi disposición,
no estaré en ningún gran peligro por parte de esos fanáticos
mentecatos. Sin embargo, me encuentro muy cómodamente situado aquí
en Ximes, y el destino de un obispo cristiano que vive entre el olor del
incienso y de la piedad, y mantiene mientras tanto un acuerdo privado con
el Adversario, es ciertamente preferible a la vida accidentada de un hechicero
de campo. Preferiría no ser molestado o distraído, o ser
expulsado de mi sinecura, si algo semejante puede evitarse.
—Ojalá que Moloch devore
a ese pequeño mojigato maricón de Ambrosio —continuó—,
debo estar volviéndome viejo y tonto al no haber sospechado de él
antes. Fue la expresión horrorizada y de asco que tenia últimamente
lo que me hizo pensar que había observado a través del agujero
de la cerradura los ritos subterráneos. Entonces, cuando oí
que se marchaba, sabiamente decidí revisar mi biblioteca y descubrí
que el Libro de Eibon, que contiene los hechizos más antiguos y
la sabiduría secreta olvidada por el hombre, de Iog—Sotôt
y Sodagui, había desaparecido. Como tú sabes, había
sustituido su encuadernación original de piel de un aborigen subhumano
por la de cordero de un misal cristiano y había rodeado el volumen
con filas de libros de oración legítimos. Ambrosio se lleva
debajo de su túnica una prueba concluyente de que soy un adicto
de las Artes Negras. Nadie en Averoigne será capaz de leer el alfabeto
inmemorial de Hiperboria; pero las ilustraciones hechas con sangre de dragón
y los dibujos bastarán para condenarme.
Amo y criado se miraron mutuamente
durante un intervalo de silencio significativo. Jehan miró con respeto
la estatura orgullosa, las facciones tristemente marcadas, la tonsura rizada,
la extraña y rojiza cicatriz en forma de media luna sobre la pálida
frente de Azédarac, los brillantes puntos de fuego amarillo naranja
que parecían arder en las profundidades del ébano líquido
y congelado de sus ojos. Azédarac, por su parte, estudió
con confianza las facciones vulpinas y el aire discreto, inexpresivo, de
Jehan, quien podría haber sido —y aún podía serlo,
si fuese necesario— cualquier cosa, desde un emisario a un clérigo.
—Es lamentable —continuó
Azédarac— que cualquier duda sobre mi santidad y probidad devocional
se haya levantado entre la clerecía de Averoigne. Pero supongo que
era inevitable tarde o temprano. Aunque la principal diferencia entre yo
mismo y otros muchos eclesiásticos es que yo sirvo al demonio a
sabiendas y por mi propia voluntad, mientras que ellos hacen lo mismo en
su ceguera sanctimoniosa... Sin embargo, debemos hacer lo que podamos para
retrasar la mala hora del escándalo público y la expulsión
de nuestro bien emplumado nido En la actualidad, sólo Ambrosio puede
probar algo para mi daño; y tú, Jehan, enviarás a
Ambrosio a un reino en que sus chivateos frailunos tendrán escasas
consecuencias. Después de eso, estaré doblemente vigilante.
El próximo emisario de Vyones, te lo aseguro, no encontrará
otra cosa sobre la que informar que santidad y el recitado del Rosario.
Los pensamientos del hermano Ambrosio
estaban gravemente perturbados, y en contraste con la tranquila escena
rústica que le rodeaba, mientras cabalgaba a través del bosque
de Averoigne entre Ximes y Vyones. El horror anidaba en su corazón
como un nido de malignas víboras; y el maléfico Libro de
Eibon, ese manual de hechicería primordial, parecía arder
debajo de su túnica como un enorme y caliente amuleto satánico,
apoyado contra su regazo. No por primera vez, se le ocurrió la idea
de que Clemente, el arzobispo, hubiese delegado en otro para investigar
la negra depravación de Azédarac. Residiendo durante un mes
en el hogar del obispo, Ambrosio había aprendido demasiado para
la tranquilidad del espíritu de un piadoso clérigo y había
visto cosas que eran como una mancha secreta de terror y vergüenza
en las páginas blancas de su memoria. Descubrir que un prelado cristiano
podía servir a los poderes de la más completa perdición,
que podía recibir en privado perversiones más antiguas que
Asmodai, era abismalmente intranquilizador para su alma devota; y desde
entonces le había parecido oler la corrupción por todas partes,
y había sentido por todos lados el avance serpentino del oscuro
Adversario.
Mientras cabalgaba a través
de los tristes pinos y los verdosos hayales, deseó también
haber montado sobre algo más rápido que este amable asno,
blanco como la leche, destinado a su uso por el arzobispo. Era seguido
por la sugestión sombría de burlones rostros de gárgolas,
de invisibles pies hendidos, que le seguían detrás de los
árboles que se amontonaban y a lo largo de los umbrosos recodos
del camino. En los oblicuos rayos, en las alargadas redes de sombras traídas
por la tarde agonizante, el bosque parecía esperar, conteniendo
el aliento, el apestoso y furtivo acontecer de cosas innominables. Sin
embargo, Ambrosio no había encontrado a nadie en varias millas;
y no había visto ni animal ni pájaro ni víbora en
el bosque veraniego. Sus pensamientos volvían con insistencia temible
hacia Azédarac, quien le parecía un Anticristo alto, prodigioso,
alzando sus negras vanguardias y su figura gigantesca del barro ardiente
de Abaddon. De nuevo, vio los sótanos debajo de la mansión
del obispo, en los cuales una noche fue testigo de una escena de terror
y asquerosidad infernales. Había contemplado al obispo envuelto
en las coloridas exhalaciones de incensarios malditos, que se mezclaban
en medio del aire con los vapores sulfurosos y bituminosos del abismo;
y a través de los vapores había visto los miembros que se
ondulaban lascivamente, los engañosos rasgos, que se deshacían,
de asquerosas y enormes entidades... Recordándolas, tembló
de nuevo ante la preadamita lujuria de Lilit, de nuevo sintió un
escalofrío ante el horror transgaláctico del demonio Sodagui
y la fealdad ultra—dimensional del ser conocido como Iog—Sotôt por
los hechiceros de Averoigne.
Cuán perniciosamente poderosos
y subversivos, pensó él, eran estos demonios de antigüedad
inmemorial, quienes habían situado a su sirviente Azédarac
en el propio seno de la Iglesia, en una situación de confianza elevada
y sagrada. Durante nueve años, el malvado prelado había mantenido
la posesión de su cargo sin despertar sospechas ni ser puesto en
duda, había envilecido la tiara obispal de Ximes con descreimientos
que eran mucho peores que los de los sarracenos. Entonces, de alguna manera,
a través de un canal anónimo, un rumor había alcanzado
a Clemente, un aviso susurrado que ni siquiera el arzobispo se había
atrevido a decir en voz alta; y Ambrosio, un joven monje benedictino, había
sido enviado para estudiar privadamente la vileza que se extendía,
que amenazaba la integridad de la Iglesia. Sólo en ese momento,
se acordó alguien de lo poco que se sabía con seguridad en
relación a los antecedentes de Azédarac; cuán tenues
eran sus pretensiones a un ascenso eclesiástico, o hasta al simple
sacerdocio; lo oscuros y dudosos que eran los pasos por los cuales había
alcanzado su puesto. Fue entonces cuando se supo que una brujería
formidable había estado operando.
Nerviosamente, Ambrosio se preguntó
si Azédarac ya había descubierto que el Libro de Eibon había
sido retirado de los misales que contaminaba con su presencia, y cuánto
tardaría en conectar la desaparición del volumen con la partida
de su visitante.
En este punto, las meditaciones
de Ambrosio fueron interrumpidas por el duro resonar de herraduras galopantes,
que se aproximaban por detrás. La aparición de un centauro,
procedente de los más antiguos bosques del paganismo, difícilmente
podría haber despertado en él un pánico más
vivo; y miró nerviosamente por encima del hombro al jinete que se
aproximaba. Esta persona, montada sobre un buen caballo negro con arreos
opulentos, era un hombre de barba poblada y evidente importancia, porque
sus alegres ropajes eran propios de un noble o un cortesano. Alcanzó
a Ambrosio y pasó de largo con una educada inclinación de
cabeza, aparentemente absorbido por completo en sus propios asuntos. El
monje se sintió muy aliviado, aunque vagamente preocupado durante
unos instantes, por la sensación de que había visto anteriormente,
en circunstancias que era incapaz de recordar, los ojos estrechos y el
perfil afilado que contrastaban tan extrañamente con la poblada
barba del jinete. Sin embargo, estaba bastante seguro de que nunca había
visto a aquel hombre en Ximes. El jinete desapareció pronto detrás
de un recodo frondoso de la arbórea pista. Ambrosio volvió
al horror piadoso y a la aprehensividad de su anterior soliloquio.
Al continuar, le pareció
que el sol se había puesto con una rapidez lamentable e inoportuna.
Aunque los cielos sobre él estaban limpios de nubes y el aire libre
de vapores, los bosques se hallaban sumergidos en una lobreguez inexplicable
que aumentaba visiblemente por todos lados. Y, en esta tiniebla, los troncos
de los árboles estaban extrañamente distorsionados y las
masas bajas de follaje adquirían formas antinaturales e inquietantes.
Le pareció a Ambrosio que el silencio a su alrededor era una frágil
película a través de la cual el ronco rumor y el murmullo
de voces diabólicas podría abrirse paso en cualquier momento
como la madera podrida sumergida que se alza de nuevo a la superficie de
la corriente de un río de raudo fluir.
Con mucho alivio, recordó
que no se encontraba lejos de una posada situada al lado del camino, conocida
como la posada de Bonne Jouissance. Aquí, dado que le faltaba poco
para completar la mitad de su viaje a Vyones, decidió reposar durante
Ja noche.
Un minuto más, y vio las
luces de la posada. Ante su brillo, benigno y dorado, las equívocas
sombras del bosque que le seguían parecieron parar y retirarse cuando
alcanzó el refugio del patio, sintiéndose como alguien que
había escapado por los pelos de un ejército de peligrosos
duendes. Entregando su montura al cuidado del sirviente del establo, Ambrosio
entró en el cuarto principal de la posada. Allí fue recibido
con el respeto debido a su hábito por el forzudo y seboso posadero
y, tras asegurársele que los mejores alojamientos del lugar estaban
a su disposición, se sentó en una de las diversas mesas donde
los otros huéspedes se habían reunido para esperar la cena.
Entre ellos, Ambrosio reconoció
al jinete de poblada barba que le había alcanzado en los bosques
hacía una hora. Estaba sentado solo, un poco separado. Los otros
invitados, una pareja de sederos, un notario y dos soldados, reconocieron
la presencia del monje con toda la debida educación; pero el jinete
se levantó de su mesa y, acercándose hasta Ambrosio, comenzó
inmediatamente a hacerle propuestas que excedían la normal educación.
—¿No cenará conmigo,
señor fraile? —invitó con una voz brusca pero insinuante
que resultaba extrañamente familiar a Ambrosio, y que, sin embargo,
como el perfil lobuno, no podía reconocer en aquel momento.
—Soy el Sieur des Èmaux,
natural de Touraine, a vuestro servicio —el hombre continuó—. Parece
que estamos viajando en la misma dirección y posiblemente
con el mismo destino. El mío es la ciudad catedralicia de Vyones.
¿Y el vuestro?
Aunque estaba vagamente molesto,
e incluso sentía algunas sospechas, Ambrosio se encontró
incapaz de rechazar la invitación. Como respuesta a la última
pregunta, reconoció que él mismo también se encontraba
en camino hacia Vyones. No le gustaba del todo el Sieur des Èmaux,
cuyos ojos rasgados devolvían la luz de las velas de la posada con
un brillo equívoco, y cuyos modales resultaban hasta cierto punto
melosos, por no decir cargantes. Pero no parecía existir razón
ostensible para rechazar una cortesía que era sin duda bienintencionada
y genuina. Acompañó a su anfitrión a su mesa separada.
—Pertenece a la orden benedictina,
he observado —dijo el Sieur des Èmaux mirando al monje con esa extraña
sonrisa mezclada de ironía furtiva—. Es una orden que yo siempre
he admirado grandemente, una muy noble y digna hermandad. ¿No podría
preguntarle su nombre?
Ambrosio proporcionó la información
pedida con una curiosa desgana.
—Bueno, entonces, hermano Ambrosio
—dijo el Sieur des Èmaux—, sugiero que bebamos por la salud y prosperidad
de su orden con el vino rojo de Averoigne mientras esperamos que nos sea
servida la cena. El vino es siempre bienvenido en un viaje largo, y no
es menos beneficioso antes de una buena comida que después.
Ambrosio murmuró un asentimiento
involuntario. No hubiera sido capaz de decir el porqué, pero
la personalidad de aquel hombre le resultaba cada vez más desagradable.
Le parecía detectar un siniestro doble sentido por debajo de la
voz ronroneante, sorprender una intención malvada en aquella mirada
de párpados cargados. Y, mientras tanto, su cerebro era atormentado
por sugerencias de una memoria olvidada. ¿Había visto a su
interlocutor en Ximes? ¿Era el autoproclamado Sieur des Èmaux
un secuaz de Azédarac disfrazado?
El vino fue ahora pedido por su
anfitrión, quien abandonó la mesa para hablar con el posadero
sobre ese asunto, e incluso insistió en hacer una visita a la bodega
para poder seleccionar una cosecha adecuada en persona. Notando la reverencia
prestada a aquel hombre por el público de la taberna, quien se dirigía
a él por su nombre, Ambrosio se sintió tranquilizado hasta
cierto punto. Cuando el posadero, seguido por el Sieur des Èmaux,
regresó con dos jarras de barro llenas de vino, prácticamente
había conseguido olvidar sus vagas dudas y todavía más
vagos temores.
Dos grandes copas fueron colocadas
sobre la mesa, y el Sieur des Èmaux las llenó inmediatamente
con el contenido de una de las jarras. Le pareció a Ambrosio que
la primera de aquéllas jarras ya contenía una pequeña
cantidad de algún fluido sanguinolento, antes de que el vino fuese
vertido en su interior; pero no podría haberlo jurado bajo aquella
tenue luz, y pensó que debería estar equivocado.
—Aquí hay dos cosechas inigualables
—dijo el Sieur des Èmaux, indicando las copas—; ambas son tan excelentes,
que soy incapaz de elegir entre ellas; pero tú, hermano Ambrosio,
quizá seas capaz de decidir sobre sus méritos con un paladar
más fino que el mío —empujó una de las copas llenas
hacia Ambrosio.
—Éste es un vino de La Frênaie
—dijo él—. Bebe, en verdad te transportará de este mundo
en virtud del poderoso fuego que duerme en su interior.
Ambrosio tomó la jarra que
se le ofrecía y se la llevó a los labios. El Sieur de Èmaux
estaba inclinado hacia adelante sobre su propia copa inhalando su bouquet,
y algo en su postura resultaba aterradoramente familiar a Ambrosio. En
un gélido fogonazo de horror, su memoria le dijo que las facciones,
delgadas y afiladas detrás de la barba cuadrada, eran sospechosamente
parecidas a las de Jehan Mauvaissoir, a quien había visto con frecuencia
en el hogar de Azédarac, y quien, como tenía razones para
pensar, estaba implicado en las hechicerías del obispo. Se preguntó
por qué no había reconocido el parecido antes, y qué
brujería había nublado su capacidad de recordar. Incluso
ahora no estaba seguro, pero la simple sospecha le aterrorizaba como si
alguna mortífera serpiente hubiese levantado la cabeza desde el
otro lado de la mesa.
—Bebe, hermano Ambrosio —insistió
el Sieur des Èmaux, vaciando su propia copa—. A tu salud y a la
de todos los buenos benedictinos.
Ambrosio vaciló. Los fríos
ojos hipnóticos de su interlocutor estaban sobre él y era
incapaz de negarse, a pesar de todos sus temores. Temblando ligeramente,
con la sensación de alguna coacción irresistible, y con el
presentimiento de que podía caer muerto por el efecto repentino
de un veneno virulento, vació su copa.
Un instante más, y sintió
que sus peores miedos habían estado justificados. El vino ardió
como las llamas líquidas de Phlegethon en su garganta y en sus labios;
parecía llenar sus venas con caliente mercurio infernal. Entonces,
de repente, un frío insoportable inundó su ser; un gélido
remolino le envolvió con espirales de rugiente aire, la silla se
derritió bajo su peso y cayó a través de interminables
espacios helados. Las paredes de la posada habían volado como vapores
que se disuelven; las luces se apagaron como las estrellas en la niebla
negra de una marisma; y el rostro del Sieur des Èmaux se desvaneció
con ellas en las sombras que se revolvían, como una burbuja en un
remolino nocturno.
III
Con cierta dificultad, Ambrosio
se convenció a sí mismo de que no estaba muerto. Le pareció
haber caído eternamente, a través de una noche gris habitada
por formas siempre cambiantes, con masas borrosas e inestables que parecían
disolverse dentro de otras masas antes de alcanzar un perfil definido.
Por un momento, había nuevamente paredes a su alrededor; y entonces
volvió a caer, de terraza en terraza, por un mundo de árboles
fantasmas. A ratos, pensó que también había rostros
humanos, pero todo era dudoso y evanescente, todo era humo flotante y oleadas
de sombra.
Abruptamente, sin sensación
de tránsito ni impacto, descubrió que ya no caía.
La vaga fantasmagoría en torno a él había vuelto a
ser una escena definida, pero una escena en que no había rastro
de la posada de Bonne Jouissance o del Sieur des Èmaux.
Ambrosio observó, a través
de ojos incrédulos, una situación que resultaba verdaderamente
increíble. Estaba sentado a plena luz del día en un gran
bloque cúbico de granito toscamente pulido. Alrededor de él,
a escasa distancia, más allá del espacio abierto de un prado
con hierba, estaban los altos pinos y frondosos hayales de un bosque antiguo,
cuyas ramas ya habían sido tocadas por el oro de un sol poniente.
Inmediatamente enfrente de él, había varios hombres en pie.
Estos hombres parecían mirar
a Ambrosio con un asombro profundo, casi religioso. Eran barbudos y de
aspecto salvaje, con túnicas blancas de una moda que él nunca
había visto. Su cabello era largo y con nudos, como nidos de negras
serpientes, y sus ojos ardían con un fuego frenético. Cada
uno de ellos portaba en su mano derecha un tosco cuchillo de afilada piedra
pulida. Ambrosio se preguntó si no habría muerto después
de todo y si estos seres eran los extraños demonios de algún
infierno ignoto. Teniendo en cuenta lo que había sucedido, y a la
luz de las creencias del propio Ambrosio, no era una conjetura irracional.
Miró con azoramiento lleno de miedo a los supuestos demonios, y
comenzó a murmurar una oración al Dios que le había
abandonado tan inexplicablemente a sus enemigos espirituales. Entonces
recordó los poderes nigrománticos de Azédarac y concibió
otra premisa: que había sido transportado corporalmente de la posada
de Bonne Jouissance y entregado a manos de estas entidades pre—satánicas
que servían al obispo hechicero. Convencido de su propia solidez
e integridad corporal, y reflexionando que aquélla era difícilmente
la situación que le correspondía a un alma descarnada, y
además que la escena selvática que le rodeaba era difícilmente
característica de las regiones infernales, aceptó esto como
la verdadera explicación. Todavía estaba vivo y sobre la
tierra, aunque las circunstancias de su situación eran más
que misteriosas y estaban llenas de un peligro grave y desconocido.
Los extraños seres habían
mantenido un completo silencio, como si estuviesen demasiado asombrados
para hablar. Escuchando los rezos murmurados de Ambrosio, parecieron recobrarse
de su sorpresa y se volvieron, no sólo capaces de hablar, sino vociferantes.
Ambrosio no podía comprender ninguno de sus chillones vocablos,
en los cuales los sonidos silbados, los guturales y los aspirados se combinaban
a menudo de una manera que resultaba difícil imitarlos para una
lengua humana normal. Sin embargo, entendió varias veces la palabra
taranit repetida, y se preguntó si era ése el nombre de un
demonio especialmente malévolo.
El habla de los extraños
seres empezó a adquirir una especie de tosco ritmo, como la entonación
de un canto primordial. Dos de ellos avanzaron y sujetaron a Ambrosio,
mientras que las voces de sus compañeros se alzaron en una aguda
y malévola letanía.
Apenas consciente de lo que había
sucedido y aún menos de lo que vendría después, Ambrosio
fue arrojado tumbado sobre el bloque de granito y sujetado por uno de sus
captores, mientras el otro levantaba en alto el afilado cuchillo de sílex
que portaba. La hoja estaba en el aire, encima del corazón de Ambrosio,
y el monje se dio cuenta, con repentino temor, de que caería con
terrible velocidad y le atravesaría en un instante.
Entonces, por encima del canto demoniaco,
que se había elevado a un frenesí loco y maligno, escuchó
una voz de mujer dulce y autoritaria. En medio de la confusión incontrolada
de su pánico, las palabras le resultaron extrañas y sin sentido;
pero fueron comprendidas claramente por sus captores, e interpretadas como
una orden que no podían desobedecer. El cuchillo de piedra fue retirado
con desgana, y a Ambrosio se le permitió sentarse sobre la plana
losa.
Su salvadora estaba de pie en el
borde del prado, bajo la amplia sombra de un antiguo pino. Avanzó,
y los individuos de túnica blanca retrocedieron ante ella con evidente
respeto. Era muy alta, con una conducta resuelta y un porte regio. Llevaba
un vestido azul oscuro, hecho con una tela brillante, como el azul lleno
de estrellas de las oscuras noches de verano. Su pelo estaba recogido en
una trenza castaña con brillos dorados, tan pesada como los resplandecientes
anillos de una serpiente oriental. Sus ojos eran de un extraño ámbar;
sus labios, un toque bermellón con la frialdad umbría de
los bosques, y su piel era de una claridad alabastrada. Ambrosio vio que
era hermosa; pero le inspiraba la misma reverencia que podría haber
sentido ante una reina, junto a algo del miedo y aturdimiento que un joven
y virtuoso monje sentiría en la peligrosa presencia de algún
tentador súcubo.
—Ven conmigo —dijo a Ambrosio, en
una lengua que sus estudios monacales le permitieron reconocer como una
variante anticuada del francés de Averoigne, un idioma que se suponía
que ningún hombre había hablado desde hacía muchos
siglos. Obedientemente, y muy maravillado, se levanto y la siguió,
sin ningún impedimento por parte de sus coléricos y renuentes
captores. La mujer le condujo a lo largo de un estrecho sendero que culebreaba
sinuoso a través del profundo bosque. En breves momentos, el prado,
el bloque de granito y el puñado de hombres vestidos de blanco se
perdieron de vista tras el denso follaje.
—¿Quién eres tú?
—preguntó la dama, volviéndose hacia Ambrosio—. Pareces uno
de esos misioneros locos que, hoy en día, están empezando
a entrar en Averoigne. Creo que la gente les dice cristianos. Los druidas
han sacrificado tantos a Taranit, que me asombro ante tu temeridad de venir
aquí.
Ambrosio encontró difícil
de comprender el arcaico fraseado; y el sentido de sus palabras era tan
completamente extraño y sorprendente, que estaba seguro de haberla
comprendido mal.
—Soy el hermano Ambrosio —replicó,
expresándose lenta y torpemente en aquel dialecto, largo tiempo
en desuso—. Por supuesto que soy un cristiano; pero confieso que no consigo
comprenderte. He oído hablar de los druidas paganos; pero seguramente
fueron expulsados de Averoigne hace muchos siglos.
La mujer se quedó mirando
a Ambrosio con clara pena y asombro; sus ojos castaño amarillentos
eran claros y brillantes como un vino añejo.
—Pobrecillo —dijo ella—. Me temo
que tus temibles experiencias han servido para alterarte. Fue afortunado
que llegase en ese momento y que decidiese intervenir. Rara vez me entrometo
con los druidas y sus sacrificios, pero te vi sentado sobre su altar hace
un rato y me quedé impresionada por tu juventud y galanura.
Ambrosio se sentía, cada
vez más, como si hubiese sido víctima de una hechicería
muy rara; pero, incluso entonces, se encontraba lejos de sospechar el verdadero
alcance de esa hechicería. Se dio cuenta, entre divertido y consternado,
de que le debía la vida a aquella extraña y hermosa mujer
que estaba a su lado, y comenzó a farfullar su gratitud.
—No hace falta que me des las gracias
—dijo la dama con una dulce sonrisa—. Yo soy Moriamis la hechicera, y los
druidas temen mi magia, que es más eficaz y excelente que la suya,
aunque la uso sólo en beneficio de los hombres, nunca para su ruina
o perdición.
El monje se entristeció al
saber que su hermosa liberadora era una hechicera, aunque sus poderes fuesen
declaradamente benignos. El conocimiento aumentó su alarma; pero
consideró que seria atinado ocultar sus emociones a este respecto.
—En verdad, te estoy agradecido
—protestó él—. Y ahora, si puedes decirme cual es el camino
a la posada de Bonne Jouissance, que abandoné no hace mucho, estaría
todavía más en deuda contigo.
Moriamis juntó sus livianas
cejas.
—Nunca he oído hablar de
la posada de Bonne Jouissance. No existe tal lugar en esta región.
—Pero este es el bosque de Averoigne,
¿no es así? —preguntó el asombrado Ambrosio. Y seguramente
no nos encontramos lejos de la carretera que va desde Ximes hasta Vyones.
—Tampoco he oído hablar de
Ximes o de Vyones —dijo Moriamis—. Verdaderamente, esta tierra es conocida
como Averoigne y este bosque es el gran bosque de Averoigne, que los hombres
han llamado así desde años inmemoriales. Pero no hay ciudades
como las que tú mencionas, hermano Ambrosio. Me temo que aún
desvarías un poco.
Ambrosio era consciente de una confusión
enloquecedora.
—He sido engañado de la manera
más condenable —dijo, a medias, para sí mismo—. Es todo obra
de ese abominable hechicero Azédarac, estoy seguro.
La mujer le miró fijamente
como si la hubiese picado una abeja salvaje. Había algo ansioso
y duro en la mirada escrutadora que volvió hacia Ambrosio.
—¿Azédarac? —le preguntó—.
¿Qué sabes tú de Azédarac? Una vez conocí
a alguien con ese nombre; y me pregunto si podría ser la misma persona.
¿Es alto y un poco entrecano, con ojos calientes y oscuros, y un
aire colérico y medio enfadado y una cicatriz con forma de media
luna en la frente?
Muy confuso y más preocupado
que nunca, Ambrosio admitió la veracidad de la descripción.
Dándose cuenta de que, de una manera desconocida, se había
tropezado con los antecedentes secretos del hechicero, le confió
la historia de sus aventuras a Moriamis, con la esperanza de que ella pudiese
reciprocar con información adicional acerca de Azédarac.
La mujer le escuchó con la
actitud de alguien que está interesado pero no sorprendido.
—Ahora comprendo —comentó
cuando él hubo terminado—. A continuación, aclararé
todo lo que te confunde y preocupa. También creo conocer a este
Jehan Mauvaissoir; él ha sido largo tiempo el sirviente de Azédarac,
aunque su nombre fue Melchire en otros días. Estos dos siempre han
sido los lacayos del mal, y han servido a los Antiguos en maneras ya olvidadas,
o nunca conocidas, por los druidas.
—En verdad, espero que puedas explicarme
lo que ha sucedido. Es una cosa temible y extraña y antinatural,
beber un trago de vino en una taberna al caer la noche y encontrarse a
continuación en el corazón del bosque a la luz del mediodía,
entre demonios como esos de los que me rescataste.
—Sí —replicó Moriamis—,
es todavía mas extraño de lo que tú imaginas. Dime,
hermano Ambrosio, ¿en qué año fue en el que tu entraste
en la posada de Bonne Jouissance?
—¿Que...? En el año
del señor de 1175, por supuesto. ¿En que otro año
podría haber sido?
—Los druidas emplean una cronología
distinta —replicó Moriamis—, y su calendario no significaría
nada para ti. Pero, de acuerdo con el que los misioneros cristianos están
introduciendo ahora en Averoigne, el año actual es el 475 A. D.
Has sido enviado a no menos de setecientos años en lo que la gente
de tu época consideraría el pasado. El altar druídico
en que te encontré tumbado esta posiblemente colocado en el futuro
emplazamiento de la posada de Bonne Jouissance.
Ambrosio estaba más que estupefacto.
Su mente era incapaz de captar el significado completo de las palabras
de Moriamis.
—Pero ¿cómo pueden
ser tales cosas? —gritó él—. ¿Cómo puede un
hombre volver atrás en el tiempo, entre años y personas que
son polvo hace largo tiempo?
—Ése, quizá, es un
misterio que le corresponde a Azédarac resolver. Sin embargo, el
pasado y el futuro coexisten con lo que llamamos el presente, y son simplemente
dos segmentos del círculo del tiempo. Los vemos y les damos nombre
de acuerdo con nuestra posición en el círculo.
Ambrosio sintió que había
ido a parar entre nigromancias de la clase más impía, y que
era víctima de brujerías ignoradas por los catálogos
cristianos.
Guardando silencio al ser consciente
de que todo comentario, toda protesta o incluso la oración resultarían
inadecuados ante esta situación, vio que una torre de piedra con
pequeñas ventanas en forma de rombo resultaba ahora visible sobre
las copas de los pinos a lo largo del camino que él y Moriamis recorrían.
—Éste es mi hogar —dijo Moriamis,
al avanzar entre los árboles que clareaban hasta los pies de una
pequeña loma sobre la que estaba situada la torre—. Hermano Ambrosio,
debes ser mi huésped.
Ambrosio fue incapaz de rechazar
la ofrecida hospitalidad, a pesar de su sensación de que Moriamis
era difícilmente la anfitriona más adecuada para un monje
casto y temeroso de Dios. Sin embargo, los escrúpulos piadosos que
ella le inspiraba no dejaban de estar mezclados con fascinación.
Y además, como un niño perdido, se agarraba a su única
protección disponible en una tierra de temibles peligros y sorprendentes
misterios.
El interior de la torre era limpio,
ordenado y acogedor, aunque el mobiliario pertenecía a una clase
más rústica que aquel al que Ambrosio estaba acostumbrado,
y los tapices de vivo colorido estaban toscamente tejidos.
Una sirvienta, tan alta como la
propia Moriamis pero más morena, le trajo un enorme cuenco de leche
y pan de trigo, y el monje fue ahora capaz de calmar el hambre que habría
quedado sin satisfacer en la posada de Bonne Jouissance.
Mientras se sentaba ante su sencilla
ración, se dio cuenta de que el Libro de Eibon todavía le
pesaba en la pechera de su túnica. Sacó el volumen y se lo
entregó delicadamente a Moriamis. Los ojos de ella se desorbitaron,
pero no hizo comentario alguno hasta que él hubo terminado su comida.
Entonces, ella dijo:
—Este volumen es verdaderamente
propiedad de Azédarac, quien fue anteriormente vecino mío.
Conocí al canalla bastante bien... De hecho, le conocí demasiado
bien —el pecho de ella tembló, a causa de una oscura emoción,
mientras hizo una pausa—. Él era el más sabio y el más
poderoso de los hechiceros y, al mismo tiempo, el más discreto;
porque nadie conoce el momento ni la manera de su llegada a Averoigne,
o la forma en que se había procurado el inmemorial Libro de Eibon,
cuyos escritos rúnicos están más allá de la
sabiduría de los otros brujos. Era el maestro de todos los encantamientos,
el amo de todos los demonios, y asimismo el mezclador de poderosas pócimas.
Entre estas, había ciertos filtros, mezclados por medio de potentes
hechizos y poseedores de una virtud única, que enviarían
a quien los bebiese adelante o atrás en el tiempo. Uno de ellos,
yo creo, te fue administrado por Melchire, o Jehan Mauvaissoir; y el propio
Azédarac, junto a su sirviente, hicieron uso de otro, quizá
no por primera vez, cuando avanzaron de esta época actual de los
druidas hasta esa época de autoridad cristiana a la que perteneces.
Había un frasquito rojo como la sangre para el pasado, y otro verde
para el futuro. ¡Mira! Tengo uno de cada clase aunque Azédarac
ignoraba que yo conociese su existencia.
Ella abrió un pequeño
cofre, que contenía varios hechizos y medicamentos, las hierbas
secadas por el sol y las esencias mezcladas bajo la luna que una hechicera
emplearía. De entre ellas, sacó dos frascos, uno de los cuales
contenía un líquido de color sanguinolento, y el otro un
fluido de brillantez esmeralda.
—Los robé un día,
impulsada por mi curiosidad femenina, de su almacén escondido de
filtros, elixires y fórmulas magistrales —continuó Moriamis—.
Podría haber seguido al sinvergüenza cuando desapareció
en el futuro, si hubiese querido; pero estoy bastante satisfecha con mi
propia época, y además no soy la clase de mujer que persigue
a un amante agotado y reacio...
—Entonces —dijo Ambrosio, más
asombrado que nunca, pero esperanzado—, si bebiese el contenido del frasco
verde, volvería a mi propia época.
—Precisamente. Y estoy segura, por
lo que me has dicho, de que tu regreso sería una fuente de muchas
molestias para Azédarac. Es propio del sujeto haberse establecido
en una jugosa prelatura. Siempre fue el amo de las circunstancias, con
el ojo puesto en su propia comodidad y confort. Poco le iba a gustar. Estoy
segura, si llegases a alcanzar al arzobispo... Yo no soy vengativa por
naturaleza..., pero, por otra parte...
—Es difícil comprender cómo
alguien puede cansarse de ti —dijo Ambrosio galantemente, al empezar a
comprender la situación.
Moriamis sonrío.
—Eso estuvo bien dicho. Y tú
eres en verdad un joven encantador, a pesar de esa túnica de aspecto
patético. Estoy contenta de haberte rescatado de los druidas, quienes
te habrían arrancado el corazón y se lo habrían ofrecido
a su demonio, Taranit.
—¿Y ahora me enviarás
de vuelta?
Moriamis frunció un poco
el ceño y luego adoptó su aspecto más seductor.
—¿Tienes tanta prisa en abandonar
a tu anfitriona? Ahora que estás viviendo en un siglo diferente
al tuyo, un día, una semana o un mes no representarán diferencia
alguna en la fecha de tu regreso. También he conservado las fórmulas
de Azédarac; y sé cómo regular la poción si
fuese necesario. El periodo habitual de viaje en el tiempo es de setecientos
años; pero el filtro puede ser reforzado o debilitado un poco.
El sol se había puesto detrás
de los pinos, y un suave crepúsculo comenzaba a invadir la torre.
La sirvienta había abandonado el cuarto. Moriamis se acercó
y se sentó junto a Ambrosio en el rústico banco que este
ocupaba. Todavía sonriente, fijó sus ojos de ámbar
en él, con una lánguida llama brillando en su interior...
Una llama que parecía hacerse más fuerte conforme el crepúsculo
se hacía mas profundo. Sin hablar, ella comenzó lentamente
a deshacer la trenza que sujetaba su tupida cabellera, de la cual emanaba
un perfume tan sutil y delicioso como el de las flores del viñedo.
Ambrosio se sentía avergonzado ante esta deliciosa proximidad.
—No estoy seguro, después
de todo, de que me quede. ¿Que pensaría el arzobispo?
—Mi querido niño, el arzobispo
no nacerá por lo menos en seiscientos cincuenta años. Y todavía
falta más para que tú nazcas. Y, cuando vuelvas, cualquier
cosa que hayas hecho durante tu estancia aquí conmigo habrá
sucedido no menos de siete siglos antes..., lo que debería ser tiempo
suficiente para obtener la remisión de cualquier pecado sin importar
la frecuencia con que se haya repetido.
Como un hombre que ha caído
en las redes de un extraño sueño, y descubre que el sueño
no es del todo desagradable, Ambrosio cedió ante este razonamiento,
femenino e irrefutable. Apenas tenía idea de lo que sucedería
después; pero, bajo las extraordinarias circunstancias puntualizadas
por Moriamis, los rigores de la disciplina monástica bien podían
relajarse hasta cualquier extremo concebible, sin que eso representase
la perdición espiritual o una seria ruptura de los votos.
Un mes más tarde, Moriamis
y Ambrosio estaban de pie junto al altar druida. Estaba bien avanzada la
tarde; una luna ligeramente gibosa se había puesto sobre el claro
desierto y cubría las copas de los árboles con una trama
de plata. El cálido aliento de la noche de verano era tan delicado
como el suspiro de una mujer dormida.
—¿Tienes de verdad que irte,
después de todo? —dijo Moriamis, con una voz que expresaba ruego
y arrepentimiento.
—Es mi deber. Debo regresar a Clemente
con el Libro de Eibon y las otras pruebas que he reunido contra Azédarac
—las palabras sonaban un poco irreales a Ambrosio mientras las pronunciaba,
y se esforzó mucho, pero en vano, para convencerse de la congruencia
y validez de sus argumentos. Lo idílico de su estancia con Moriamis,
a quien era extrañamente incapaz de vincular al pecado con verdadera
convicción, había conferido a todo lo que le había
precedido un aire de triste insubstancialidad. Libre de toda responsabilidad
o control, en medio del puro olvido de los sueños, había
vivido la vida de un pagano feliz; y ahora debía regresar a la lóbrega
vida de un monje medieval impulsado por un oscuro sentido del deber.
—No intentaré retenerte —suspiró
Moriamis—, pero te echaré de menos y te recordaré como un
amante digno y un agradable compañero de juegos. Aquí esta
el filtro.
La esencia verde estaba fría
y casi sin color a la luz de la luna, mientras Moriamis la vertía
en una pequeña copa y se la entregaba a Ambrosio.
—¿Estás segura de
su precisa eficacia? —inquirió el monje—. ¿Estás segura
de que volveré a la posada de Bonne Jouissance, en un tiempo no
muy tardío de mi partida de allí?
—Sí —dijo Moriamis—, porque
la poción es infalible. Pero espera, también he traído
el otro frasco..., el frasco del pasado. Llévatelo contigo... porque,
¡quien sabe!, puedes desear volver en algún momento a visitarme
de nuevo.
Ambrosio tomó el frasco rojo
y lo colocó en su túnica, junto al antiguo manual de magia
hiperbórea. Entonces, después de una adecuada despedida de
Moriamis, vació con repentina resolución el contenido de
la copa.
El claro a la luz de la luna, el
altar gris y Moriamis, todo desapareció en un remolino de llamas
y sombra. Le pareció a Ambrosio que estaba flotando sin fin a través
de golfos fantasmagóricos, a través del movimiento sin fin
y el derretirse de cosas inestables, el formarse momentáneo y el
desvanecerse de mundos irresolubles.
Al final, se encontró de
nuevo sentado en la posada de Bonne Jouissance, en lo que supuso que era
la misma mesa ante la cual se había sentado con el Sieur des Èmaux.
Era pleno día y el cuarto estaba lleno de gente, entre la cual buscó
en vano el rostro rubicundo del posadero, o de los sirvientes y el resto
de los huéspedes que había visto previamente. Todos le resultaban
desconocidos; y el mobiliario estaba extrañamente gastado y más
sucio de como lo recordaba.
Notando la presencia de Ambrosio,
la gente empezó a mirarle con franca curiosidad y asombro. Un hombre
alto, con ojos doloridos y mandíbula cuadrada, avanzó apresuradamente
con aire medio servil pero lleno de impertinencia inquisitiva.
—¿Qué es lo que desea?
— preguntó.
—¿Es ésta la posada
de Bonne Jouissance?
El posadero se le quedó
mirando fijamente.
—No, ésta es la posada de
Haute Espérance, de la cual he sido el tabernero durante estos últimos
treinta años. ¿No podía haber leído el cartel?
Fue llamada la posada de Bonne Jouissance en tiempos de mi padre, pero
el nombre fue cambiado después de su muerte.
A Ambrosio le invadió el
terror.
—¡Pero si la posada tenía
un nombre diferente y era llevada por un hombre diferente cuando la visité,
no hace mucho! —gritó asombrado—. El posadero era un hombre gordo
y alegre que no se te parecía en lo más mínimo.
—Eso se corresponde con la descripción
de mi padre —dijo el tabernero mirando a Ambrosio de arriba a abajo con
más sospechas que nunca—. Lleva muerto estos treinta años
de los que hablo, y seguramente tu no habías ni nacido en el momento
de su muerte.
Ambrosio empezó a darse cuenta
de lo que había sucedido. La poción esmeralda, por algún
error o exceso de potencia, ¡le había conducido mucho más
allá de su propio tiempo en el futuro!
—Debo continuar mi viaje a Vyones
—dijo con una voz asombrada sin comprender del todo las consecuencias de
su situación—. Tengo un mensaje para el arzobispo Clemente... y
no puedo retrasarme más en entregarlo.
—¡Pero si Clemente lleva muerto
más tiempo todavía que mi padre! —exclamó el posadero—.
¿De dónde has salido, que ignoras esto? —resultaba evidente,
por sus modales, que había empezado a dudar de la cordura de Ambrosio.
Otros, espiando la extraña discusión, empezaban a amontonarse
alrededor y asaeteaban al monje con preguntas jocosas y, a veces, obscenas.
—¿Y qué hay de Azédarac,
el obispo de Ximes? ¿Está él también muerto?
—preguntó Ambrosio, desesperadamente.
—Te refieres, sin duda, a San Azédarac.
Vivió más que Clemente, pero, sin embargo, lleva muerto y
canonizado debidamente treinta y dos años. Algunos dicen que no
murió, sino que fue transportado al cielo en vida, y que su cuerpo
nunca fue enterrado en el gran mausoleo preparado para él en Ximes.
Pero esto es sin duda una simple leyenda.
Ambrosio fue dominado por una tristeza
indescriptible y por la confusión. Mientras tanto, la multitud a
su alrededor había aumentado, y. a pesar de sus hábitos,
estaba siendo objeto de comentarios groseros y burlas.
—¡El buen hermano ha perdido
el seso! —gritaban algunos.
—¡Los vinos de Averoigne son
demasiado fuertes para él! —gritaban otros.
—¿En qué año
estamos? —exigió, en su desesperación, Ambrosio.
—En el año de nuestro Señor
de 1230 —replicó el tabernero, rompiendo a reír burlonamente—.
¿Y en qué año creías que estábamos?
—Fue en el año 1175 cuando
visité por última vez la posada de Bonne Jouissance —admitió
Ambrosio. Su afirmación fue recibida con gritos y burlas.
—Vaya, joven señor, en esa
fecha no habías sido ni concebido —dijo el tabernero. Entonces,
recordando algo, adquirió un tono más reflexivo—. Cuando
yo era un niño, mi padre me habló de un monje joven, más
o menos de tu edad, que llegó a la posada de Bonne Jouissance una
tarde de verano del 1175 y que desapareció inexplicablemente después
de tomar un trago de vino tinto. Creo que su nombre era Ambrosio. Quizá
tú eres ese Ambrosio y acabas de regresar de una visita a ninguna
parte —hizo un gesto burlón, y el nuevo chiste corrió de
boca en boca de los habituales de la taberna.
Ambrosio estaba intentando medir
la gravedad de su problema. Su misión era ahora inútil a
causa de la muerte o desaparición de Azédarac; y no quedaba
nadie en Averoigne que le reconociese o creyese su historia. Notó
con desesperación que era un extraño en ese tiempo y entre
gentes desconocidas. Repentinamente, recordó el frasco rojo que
le había sido entregado por Moriamis al despedirse. La poción,
como el filtro verde, podría resultar incierta en su efecto; pero
estaba dominado por un deseo que le consumía por escapar de la extraña
vergüenza y el asombro de su actual situación. Además,
deseaba a Moriamis como un niño perdido añora a su madre,
y también el encanto de su visita al pasado pesaba sobre él
como un hechizo irresistible. Ignorando las caras burlonas y las voces
a su alrededor, sacó el frasco de su pechera, lo abrió y
se tragó su contenido...
Estaba de vuelta en el prado del
bosque, junto al altar gigantesco. Moriamis se hallaba de nuevo junto a
él, hermosa y cálida y en carne y hueso, mientras la luna
se ponía sobre las copas de los pinos. Parecía que
apenas había transcurrido un momento desde que se despidió
de su querida hechicera.
—Pensé que quizá volvieses
—dijo Moriamis—, y decidí esperar un ratito.
Ambrosio le hablo de la singular
desgracia que le había acontecido en su viaje en el tiempo.
Moriamis inclinó la cabeza
gravemente.
—El filtro verde era más
poderoso de lo que había supuesto —comentó—. Es afortunado,
sin embargo, que el filtro rojo fuese igualmente fuerte, y pudiese devolverte
a mí a través de todos esos años añadidos.
Tendrás que quedarte conmigo ahora, porque sólo poseía
aquellos dos frascos. Espero que no lo lamentes.
Ambrosio comenzó a demostrar,
de una manera algo inadecuada para un monje, que la esperanza de ella estaba
completamente justificada.
Ni entonces, ni en ningún
otro momento, le dijo Moriamis que ella misma había reforzado ligeramente,
y por igual, los dos filtros por medio de la fórmula privada que
ella también le había robado a Azédarac.
The Holiness
Of Azedarac, V—1931
(Weird
Tales, XI—33. Lost Worlds, X—44)