LAS ESTATUAS DE LA NOCHE
CLARK ASHTON SMITH
Limitadas por un horizonte lejano, que desde cierto punto se encuentra muy
remoto y parece fundido con la brillantez azul de un cielo metálico, contrastan
el negro esplendor de sus formas marmóreas con el insuperable resplandor del
sol. Construidas en el amanecer de los tiempos, por una raza cuyas tumbas en
forma de torre y ciudades de altas cúpulas constituyen ahora un solo polvo con
el de sus constructores en las lentas evoluciones del desierto, permanecen en
pie para contemplar los terribles amaneceres postreros, que surgen en otros
países, consumiendo los velos de la noche en las desolaciones infinitas. Al
mismo nivel de la luz, sus ceños temibles conservan el orgullo de los reyes
Titánicos. En sus ojos de mirada pétrea, implacables y sin párpados, se refleja
la desesperación de quienes han contemplado el infinito durante demasiado
tiempo.
Mudas como las montañas de cuyo seno metálico surgieran, sus labios
nunca han reconocido la soberanía de los soles que en llamarada triunfante
cabalgan de horizonte a horizonte por la tierra subyugada. Unicamente al
atardecer, cuando el oeste arde como un horno gigantesco, y las lejanas montañas
lanzan chispas doradas a las profundidades de los cielos caldeados —únicamente
al atardecer, cuando el este se hace infinito e indefinido, y las sombras del
desierto se mezclan con la sombra de la noche hasta formar una sola—, entonces,
y sólo entonces, surge de sus gargantas pétreas una música que se eleva hacia el
horizonte cobrizo; es una música fuerte y triste, extraña y de gran sonoridad,
como el canto de las estrellas negras, o la letanía de dioses que invocan
olvido; es una música que enternece al desierto llegando hasta su corazón de
roca, y que retumba en el granito de tumbas olvidadas, hasta que los últimos
ecos de su alegría, cual trompetas del destino, se unen al negro silencio de lo
infinito.