Cordwainer Smith
Dos
hombres observaron la entrada de Gordon Greene a la oficina. El joven ayudante
no era importante. El general, en cambio, sí lo era.
El
imponente general se sentó donde correspondía, en su escritorio, que estaba
ubicado de frente. La infinita cortesía del general se reflejaba en el hecho de
que las persianas estaban bajas, impidiendo que la luz diera directamente en
los ojos del entrevistado.
En
ese momento el General era Wenzel Wallenstein, el primer hombre en aventurarse
en lo más profundo del espacio. No había alcanzado ninguna estrella, hasta ese
momento nadie lo había logrado, pero él había ido más lejos que cualquier otro.
Wallenstein
era un hombre mayor, aunque no tanto. Tenía algo menos de 90 años en la época
en que la mayoría de los hombres vivía hasta los 150. Lo que hacía que
Wallenstein aparentara más edad era el sufrimiento proveniente del agotamiento
mental, no el proveniente de la ansiedad y la competencia ni el proveniente de
alguna enfermedad.
Era
algo más sutil, una sensibilidad causante de su propio dolor.
Sin
embargo era real.
Wallenstein
era tan estable como podía serlo cualquier otro hombre, y el joven teniente se
sorprendió al descubrir, en su primer encuentro con el comandante en jefe, que
su reacción emocional era un sentimiento de compasión hacia aquel hombre que
comandaba toda la organización.
-
¿Su nombre?
-
Gordon Greene - contestó el teniente.
-
¿Es un seudónimo?
-
Sí, señor.
-
¿Cuál es su nombre verdadero?
-
Giordano Verdi.
-
¿Por qué lo cambió?, Verdi también es un gran nombre.
-
Es difícil de pronunciar señor. Lo cambié por el mejor que pude encontrar.
-
Yo conservé mi nombre - agregó el viejo general -, supongo que es cuestión de
gusto.
El
joven teniente levantó su mano izquierda con la palma hacia afuera, el nuevo
saludo inventado por los psicólogos. El general sabía que este saludo
significaba que debía dejarse de lado por el momento la cortesía militar y que
el oficial subordinado estaba requiriendo permiso para hablar de igual a igual.
Conocía este saludo. Sin embargo, en estas circunstancias, no le inspiraba
confianza.
La
respuesta del general no se hizo esperar. Repitió el gesto, mano izquierda,
palma hacia afuera.
La
sombría, cansada, sabia, agotada vieja cara del general no había cambiado de expresión.
Estaba alerta. Amigable de un modo mecánico, examinaba al teniente. El teniente
estaba seguro de que no existía nada detrás de esos ojos, excepto un sinnúmero
de problemas internos.
El
teniente volvió a hablar, pero esta vez en actitud confidente.
-
General, ¿es esta una entrevista especial? ¿Tiene algo en mente para mí? De ser
así, señor, permítame prevenirlo de que me declararon psicológicamente
inestable. El Departamento de Personal no comete errores, pero debieron
mandarme aquí por error.
El
general sonrió. La sonrisa fue mecánica. Fue un manejo de los músculos, no una
revelación de emoción humana.
-
Teniente, en cuanto hablemos usted sabrá lo que tengo en mente. Vendrá otro
hombre que le dará alguna idea de lo que le deparará la vida. Como sabemos,
usted solicitó ir al espacio profundo, y hasta donde yo sé ha conseguido que lo
enviemos. Ahora la pregunta es: ¿De veras lo desea? ¿Quiere aceptar? ¿Eso era
todo lo que quería aclarar?
-
Sí, señor - contestó el teniente.
-
No tenía por qué solicitar la señal de cortesía. Me podría haber preguntado aún
dentro de los límites del servicio. No seamos tan psicológicos.
De
nuevo, el general le sonrió al teniente en forma inexpresiva.
Wallenstein
hizo un ademán al ayudante, quien se inclinó en señal de atención, y le dijo:
-
Hágalo pasar.
El
ayudante contestó:
-
Sí, señor.
Los
dos hombres esperaron. Entró un extraño teniente con paso firme, vivo y rápido.
Gordon
Greene nunca había visto a alguien como él. El teniente era mayor, casi tan
mayor como el general. Su expresión era jovial y sin arrugas. Los músculos de
sus mejillas y frente revelaban felicidad, relajación y una visión segura de la
vida. El teniente lucía las tres condecoraciones más altas de su rango. No
existían otras más altas, y sin embargo ahí estaba él, un hombre viejo y
todavía teniente.
El
teniente Greene no lo podía entender. No conocía a este hombre. Era común que
un hombre joven fuera teniente, pero no un septuagenario u octogenario; a esa
edad ya eran coroneles, o se habían retirado, o abandonado, o habían vuelto a
la vida civil.
El
espacio era un juego para hombres jóvenes.
El
general se levantó de su asiento en señal de cortesía. El teniente Greene se
asombró. Esto también resultaba extraño. El general no debía violar las normas
de cortesía.
-
Siéntese, señor - dijo el extraño viejo teniente.
El
general se sentó.
-
¿Qué quiere de mí ahora? ¿Quiere hablar una vez más de la rutina Nancy? - dijo
el recién llegado.
-
¿La rutina Nancy? - preguntó el general, molesto.
-
Sí, señor. La misma historia que le conté antes a esos otros jóvenes. Usted la
escuchó, yo la escuché, no tiene sentido fingir.
Dirigiéndose
al otro, el extraño teniente dijo:
-
Mi nombre es Karl Vonderleyen. ¿Escuchó alguna vez hablar de mí?
-
No, señor - contestó el joven teniente.
-
Ya oirá.
-
No lo haga difícil, Karl - dijo el general -. Muchos otros tuvieron problemas
además de usted. Yo fui e hice las mismas cosas que usted y soy general. Me
debe, por lo menos, la cortesía de envidiarme.
-
No lo envidio, general. Usted tiene su vida y yo la mía. Usted sabe lo que
perdió o cree que lo sabe, y yo sé lo que tuve, y estoy seguro de saberlo.
El
viejo teniente no le prestó más atención al comandante en jefe. Se dirigió al
joven y le dijo:
-
Irá al espacio y nosotros representaremos un vaudeville para usted. El general
no encontró ninguna Nancy. No la requirió. No requirió ayuda. El salió hacia
Arriba-y-Afuera durante tres años. Tres años que se asemejan a tres millones de
años, supongo. Fue al infierno y volvió. Obsérvelo, es un éxito. Un maldito
éxito, sentado allí, agotado, cansado y al parecer hasta herido. Míreme. Míreme
con cuidado, teniente. Soy un fracaso. Soy teniente, y el Servicio del Espacio
no hace nada para cambiar mi situación.
El
comandante en jefe no dijo nada, así que Vonderleyen siguió hablando.
-
Supongo que cuando llegue el momento me retirarán como general. No estoy listo
para retirarme ahora. Podría seguir en el Servicio del Espacio o podría hacer
cualquier otra cosa. No hay mucho más que deba hacer en este mundo. Yo logré
todo.
-
¿Lograr qué, señor? - se atrevió a preguntar el teniente Greene.
-
Encontré a Nancy, algo que él no pudo. Tan simple como eso.
El
general intervino en la conversación.
-
No es tan malo, pero tampoco es tan simple, teniente Greene. Parece que algo no
anda bien hoy en el teniente Vonderleyen. Tenemos que contarle una historia y
usted debe decidir. No hay otra manera de hacerlo.
El
general miró incisivamente al teniente Greene.
-
¿Sabe lo que hicimos con su mente?
-
No, señor.
-
¿Oyó hablar del virus Sokta?
-
¿Qué cosa, señor?
-
El virus Sokta. Sokta es una palabra antigua que proviene del Chosen-mal, el
idioma de la Vieja Corea, que era un país occidental ubicado cerca de Japón.
Significa «tal vez», y es lo que introdujimos en su cabeza. Es un cristal
pequeñito, más que microscópico. Está allí. En la nave hay una máquina no muy
grande, porque no podemos ocupar más espacio, que resuena para detonar el
virus. Si usted detona a Sokta, será igual a él. Si no lo hace, será como yo.
Suponiendo que usted viva. Usted puede no vivir y entonces no regresar, en cuyo
caso estamos hablando en forma teórica.
El
joven se animó a preguntar:
-
¿Qué es lo que me hace eso? ¿Por qué hacen eso?
-
No podemos contarle mucho más. Una de las razones es que no tiene demasiado
sentido hacerlo.
-
¿Quiere decir, señor, que usted realmente no puede?
El
general meneó su cabeza con tristeza.
-
No, yo la perdí, y él la encontró, sin embargo esto traspasa los límites de lo
narrable.
Mientras
mi primo me contaba la historia, muchos años después, a esta altura de la
narración le pregunté:
-
Bueno, Gordon, si te dijeron que no puedes hablar de eso, ¿cómo puedes hacerlo
ahora?
-
Ebrio, hombre, ebrio - dijo mi primo -. ¿Cuánto tiempo te piensas que me llevó
llegar a este momento? Nunca lo volveré a contar. Eres mi primo, aunque de
todas formas no tiene importancia que lo sepas. Además, le prometí a Nancy que
no se lo diría a nadie.
-
¿Quién es Nancy? - le pregunté.
-
Nancy lo es todo, es la historia en sí misma. Eso era lo que ellos trataban de
decirme en la oficina, aunque no lo sabían. Uno de ellos la había encontrado,
el otro no.
-
¿Nancy es real?
En
ese momento me contó el resto de la historia. La entrevista fue áspera pero
clara, estricta, sencilla, directa. Las alternativas, simples. Estaba bien
claro que Wallenstein quería que Greene regresara vivo. La política actual del
comando espacial era que era preferible traer al hombre como un fracaso vivo
que dejarlo como un héroe muerto. Los pilotos no eran fáciles de encontrar. Aún
más, el ánimo sería peor si se les decía a los hombres que intervenían en
operaciones suicidas.
Todo
era psicológico, y después de que Greene salió de la oficina estaba más
confundido que antes.
Ellos
siguieron contándole, aunque de diferente manera - el general feliz, el
teniente no - que todo esto era serio. El viejo general sombrío estaba alegre,
el feliz teniente siguió siendo compasivo.
Greene
se preguntaba por qué sentía tanta compasión hacia el comandante general y se
sentía despreocupado ante el viejo teniente fracasado. Sus sentimientos debían
ser al revés.
Mil
quinientos millones de millas después, o cuatro meses más tarde, hablando en
tiempo normal, o cuatro vidas después para el tiempo que él había sufrido,
Greene descubrió de qué estaban hablando. Era una vieja enseñanza de la
psicología. Los hombres morían si se los dejaba completamente solos. Las naves
se diseñaban para proteger a los hombres de la soledad. Había dos hombres por
nave. Cada nave estaba provista de muchas cintas, de algunos animales
innecesarios. En ese caso se había incluido en la nave una pareja de hámsters.
Por supuesto que habían sido esterilizados para evitar el problema de tener que
alimentar a las crías, pero aún así constituían una pequeña familia, una
representación en miniatura de la felicidad de la vida en la Tierra.
La
Tierra estaba muy lejos.
El
copiloto había muerto.
Todo
lo que había amenazado a Greene se volvió real de repente.
Se
dio cuenta de qué era de lo que habían estado hablando.
Los
hámster eran su única esperanza. Acercaba su cara a la jaula y conversaba con
ellos. Trataba de compartir su vida con la de ellos como si se tratara de seres
humanos, como si él fuera parte del mundo de los vivos y no estuviera allí con
un estridente silencio más allá de la delgada pared de metal. No había nada por
hacer, excepto corretear como un animal encerrado en una maquinaria que nunca
comprendería.
El
tiempo borró sus perspectivas. Sabía que estaba loco, pero entrenándose podía
sobrevivir con esa locura parcial. Incluso se dio cuenta de que la
inestabilidad de su personalidad, que le había hecho pensar que no serviría
para el Servicio Espacial, probablemente contribuyó a la confianza que lo hizo
unirse al servicio.
No
dejaba de pensar en Nancy y en el virus Sokta.
¿Qué
era lo que habían dicho?
Ellos
le habían contado que podría despertar a Nancy, quienquiera fuera Nancy. Nancy
no era un apodo. De una manera u otra el virus no descansaba. Sólo necesitaba
girar su cabeza hasta cierto punto, presionar el botón de resonancia en la
pared y su misión fallaría, pero sería feliz y volvería sano y salvo a casa.
No
podía entender qué lo llevaba a tomar esa decisión. Parecía que habían pasado
tres mil millones de años desde que había dictado su último mensaje al Servicio
del Espacio. No sabía qué sucedería. Obviamente el viejo teniente, Vonderleyen
o como se llamara, seguía vivo. Igual de obvio era el hecho de que el general
también seguía vivo. El general pudo superarlo. El teniente no.
Y
ahora, el teniente Greene, a mil quinientos millones de millas en el espacio
exterior, debía tomar una decisión. Su decisión fue fallar.
Pero
deseaba, como cuestión de disciplina, hablar a favor del hombre que estaba
fallando, y dictó un mensaje simple que concluía con una apelación de justicia.
Estaría en la grabadora de la nave al llegar a la Tierra.
-
«...y así, caballeros, decidí activar el botón. No sé lo que significa Nancy, o
lo que el virus Sokta hará además de hacerme fallar. Por esta razón estoy muy
avergonzado. Lamento que la debilidad humana me lleve a esto. Pero ella, y
ustedes, caballeros, lo han permitido. No soy yo quien está fallando, sino el
Servicio del Espacio por autorizarme a fallar. Caballeros, olviden la amargura
con la que les digo adiós ahora, pero debo decirlo.»
Paró
de dictar, parpadeó, miró por última vez a los hámster - ¿qué sería de ellos
después de que el virus Sokta comenzara a trabajar? - y presionó el botón y se
reclinó.
No
pasó nada. Presionó el botón nuevamente.
La
nave se inundó de un olor extraño que no podía identificar, no sabía qué era.
De
repente le pareció que era pasto recién cortado, con un suave dejo de geranios
y hasta rosas tal vez. Era un aroma igual al de la granja a la que había ido un
verano, años atrás. Era el aroma de su madre parada en el porche, llamándolo a
comer, y el de él mismo, el aroma que le basta a un hombre para reconocer a la
mujer que hay en su propia madre, que le basta a un niño para contestar feliz a
una voz familiar.
-
Si esto es todo lo que el virus significa - se dijo -, no tengo por qué dejar
todo, puedo seguir trabajando con eficacia. Mil quinientos millones de millas
de distancia, acompañado por dos hámster, durante años de soledad. Algunas
alucinaciones no me harán daño.
La
puerta se abrió.
No
podía abrirse, sin embargo se abrió.
En
este momento conoció el miedo más terrible que alguna persona haya sentido
alguna vez. Repitió «Estoy loco, estoy loco» y miró hacia la puerta abierta.
Entró una muchacha.
-
Hola - dijo - ¿me conoces?
-
No, señorita, no, ¿quién es usted?
La
muchacha no contestó, sólo le sonrió.
Ella
tenía una pollera azul de sarga con anchas rayas verticales, una linda
cinturita, un cinturón del mismo material de la pollera y una blusa sencilla.
No le resultaba extraña y tampoco parecía una criatura del espacio.
Era
alguien que conocía y muy bien. Tal vez alguien amado, sólo que no la podía
ubicar, no en ese momento y en ese lugar.
Ella
seguía mirándolo.
De
repente se dio cuenta. Por supuesto, era Nancy. No la mujer de la que ellos
hablaron, sino su Nancy, la Nancy que había conocido desde siempre y nunca
había visto.
Trató
de recomponerse y le dijo:
-
¿Cómo es que te conozco si no te conozco? Eres Nancy, te conozco de toda la
vida y siempre quise casarme contigo. Eres la mujer de la que siempre estuve
enamorado y nunca te había visto. Es ridículo, Nancy, muy ridículo. No lo
entiendo, ¿y tú?
Nancy
se acercó y le acarició la frente con su mano. La pequeña mano era real y su
presencia querida y muy grata.
-
No es fácil de entender, toma su tiempo - dijo -. No soy real para nadie, sólo
para ti. Y aún así soy más real para ti que cualquier otra cosa. Esto es lo que
hace el virus Sokta. Soy yo, soy tú.
La
miró sorprendido.
Debía
sentirse desdichado, pero no, estaba feliz por tenerla allí.
-
¿Qué quieres decir? ¿El virus Sokta te hizo? ¿Estoy loco? ¿Es una alucinación?
Nancy
meneó su cabeza y sus lindos rulos bailaron.
-
No, no lo es. Soy la muchacha que siempre quisiste. Soy la ilusión que siempre
quisiste, pero yo soy tú porque estoy en lo más profundo de tu ser. Soy todo lo
que tu mente jamás encontró. Todo lo que podrías tener miedo de desenterrar.
Estoy aquí y voy a quedarme. Todo el tiempo que estemos en la nave con la
resonancia, nos llevaremos bien.
Mi
primo comenzó a llorar. Tomó una botella de vino y sirvió una copa llena de
Dago Rojo. Lloró por un rato. Apoyando su cabeza en la mesa, me miró y dijo:
-
Pasó mucho, mucho tiempo, y aún recuerdo cómo me hablaba. Y ahora veo por qué
dicen que no se puede hablar de ello. Un hombre tiene que estar muy borracho
para contar su propia vida, sobre la hermosa vida que tuvo, y permitir que se
haya acabado, ¿no es cierto?
-
Sí, así es - dije para darle ánimo.
Nancy
transformó la nave, cambió de lugar los hámster, varió la decoración, revisó
los archivos. El trabajo se realizó mejor que antes.
El
hogar que ella había preparado para ellos era diferente. Tenía aroma a comidas,
olor a viento, y hasta algunas veces él sentía llover aunque la lluvia más
cercana se hallaba a 2.400 millones de kilómetros y no existía nada más que el
irritante silencio frío del metal frío en el exterior de la nave.
Vivieron
juntos. No les llevó mucho tiempo llevarse bien.
El
era Giordano Verdi y tenía limitaciones.
Llegó
el momento de estar muy unidos, más que amantes. El dijo:
-
No puedo tenerte, querida. No es la forma en que podemos hacerlo, aunque
estemos en el espacio, aunque no seas real. Eres lo suficientemente real para
mí. ¿Te casarías conmigo por medio del libro de plegarias?
Sus
ojos brillaron y una centelleante sonrisa se dibujó en sus incomparables labios.
-
Por supuesto - contestó ella.
Lo
abrazó. El acarició los huesos de sus hombros, sintió sus costillas, sintió los
mechones de su pelo acariciando sus mejillas. Eso era real. Era más real que la
vida misma aunque un tonto le había dicho que era un virus, que Nancy no
existía. Si esto no era Nancy, ¿qué era?
La
apartó y, lleno de amor y alegría, leyó el libro de plegarias. Le pidió que
respondiera.
-
Supongo que soy el capitán y nos hemos casado.
El
matrimonio anduvo bien. La nave recorrió una órbita igual a la de un cometa.
Fue muy lejos, tan lejos que el sol se convirtió en un punto lejano. La
interferencia del sistema solar no causó efectos en los instrumentos.
Nancy
un día le dijo:
-
Supongo que ahora sabes por qué eres un fracaso.
-
No - respondió él.
Lo
miró con seriedad.
-
Pienso con tu mente. Vivo en tu cuerpo. Si mueres en esta nave, yo muero
también. Viviré el tiempo que vivas. ¿No es curioso?
-
Curioso - dijo él, y un nuevo viejo dolor se apoderó de su corazón.
-
Puedo decirte algo que conozco con la parte de tu mente que uso. Sé que sin ti
existo. Supongo que reconozco tu entrenamiento técnico y lo percibo de alguna
manera; aunque no siento su falta. Tuve la educación que pensaste que tendría y
que querías que tuviera. Pero ¿te das cuenta de lo que está pasando? Estamos
trabajando con nuestra mente casi a la mitad de su poder en lugar de un décimo
de poder. Toda tu imaginación se utiliza para crearme. Todos tus pensamientos
están en mí. Los quiero como quiero que me ames pero no hay lugar para pensar
en alguna emergencia, y no queda nada para el Servicio del Espacio. Estás
haciendo lo mínimo. Eso es todo. ¿Lo valgo?
-
Por supuesto que sí, querida. Eres todo lo que un hombre puede pedir de su
enamorada y de su amor, de una esposa y de una verdadera compañera.
-
Pero, ¿no te das cuenta? Estoy sacando lo mejor de ti. Cuando la nave regrese a
casa ya no existiré.
De
un modo extraño él se dio cuenta de que la droga estaba funcionando. Pudo ver
lo que le estaba sucediendo y miró a su bienamada Nancy con su cabellera
brillante y notó que su cabello no necesitaba peinarse. Miró sus ropas y
comprendió que ella usaba ropas para las cuales no había espacio en la nave. Y
ella se cambiaba de ropa de un modo delicioso, alegre, atractivo, día tras día.
Comía cosas que sabía no podían estar en la nave. Nada lo inquietaba. Ahora ni
siquiera podía preocuparlo el pensar que perdería a Nancy. Cualquier otro
pensamiento podía haberlo borrado de su subconsciente y podía haberse entregado
a la idea de que no era una alucinación después de todo.
Esto
era demasiado. Acarició su cabello.
-
Sé que estoy loco, querida, sé que no existes.
-
Pero existo. Soy tú. Soy parte de Gordon Greene con tanta seguridad como que me
casé contigo. No moriré hasta que tú mueras, porque cuando llegues a casa,
querido, me retiraré a lo más profundo de tu mente, pero viviré allí tanto
tiempo como tú vivas. No me puedes perder, no puedo dejarte y no puedes
olvidarme. Nadie me conocerá excepto por lo que digan tus labios. Por esto es
tan raro.
-
Ahí es donde sé que estoy equivocado - insistió Gordon tozudamente -. Te amo y
sé que eres un fantasma, que te irás, sé que estamos llegando a un final pero
no me preocupa. Seré feliz estando a tu lado. No necesito beber. No tomaría
ninguna droga. Aún así la felicidad está aquí.
Continuaron
con las tareas domésticas. Revisaron gráficos, guardaron las cintas, grabaron
algunas tonterías en la grabación permanente de la nave. Luego asaron
malvaviscos delante de un gran fuego. El fuego era, en realidad, un hogar que
no existía. Las llamas no podían arder pero ardían. No había malvaviscos en la
nave, sin embargo ellos los asaron y se divirtieron haciéndolo.
Así
continuaron sus vidas, llenas de magia, pero esta magia no poseía espinas o
durezas, no poseía enojos, o desesperanza ni desesperación.
Eran
una pareja muy feliz.
Los
hámster así lo sentían, permanecían limpios y rechonchos, comían de buena gana.
Se sobrepusieron a la náusea espacial. Lo espiaban. Permitió que uno de ellos,
el de nariz marrón, correteara por la habitación. Dijo:
-
Eres un personaje real del ejército. Pobrecito. Naciste para el espacio y estás
sirviendo aquí.
Sólo
una vez más Nancy retomó la cuestión del futuro.
-
Sabes que no podemos tener niños. La droga Sokta no lo permite. Tú puedes tenerlos
pero será gracioso que te cases, permaneciendo yo siempre en el trasfondo.
Porque ahí estaré.
Regresaron
a la Tierra.
Al
salir de la nave, un coronel médico severo y tedioso lo miró y dijo:
-
Creemos que sucedió.
-
¿Qué cosa, señor? - dijo el teniente Greene obeso y radiante.
-
Encontró a Nancy.
-
Sí, señor. La traje conmigo.
-
Vaya a buscarla - dijo el coronel.
Greene
volvió al cohete. No había señales de Nancy.
Volvió
sorprendido, aunque no molesto.
-
Coronel, no la veo, pero estoy seguro de que está por ahí.
El
coronel le brindó una sonrisa singular, compasiva y fatigada.
-
Ella siempre estará merodeando, teniente. Ha realizado el trabajo mínimo. No
creo que debamos desanimar a personas como usted. Se dará cuenta de que quedará
fijo en su grado actual. Será condecorado, Misión Cumplida. La misión fue un
éxito, fue más lejos que otros. Vonderleyen dice que lo conoce. Está
esperándolo por allí. Tendremos que hospitalizarlo para asegurarnos de que no
sufrirá un shock.
-
En el hospital - dijo mi primo - no hubo ningún shock.
No
extrañó a Nancy. ¿Como podía extrañarla si no se había ido? Ella siempre estaba
a la vuelta de la esquina, atrás de la puerta, unos minutos adelantada. Durante
el desayuno sabía que la vería en el almuerzo. En el almuerzo, sabía que ella
vendría a la tarde. Al atardecer, sabía que cenaría con ella.
Sabía
que estaba loco.
Sabía
muy bien que no existía ninguna Nancy y que nunca la había habido. Pensaba que
debía odiar al virus Sokta por haberle hecho esto, pero en cambio lo aliviaba.
El
efecto de Nancy fue una inmolación a la esperanza perpetua, la promesa de algo
que nunca se perdería, y una promesa de algo que no puede perderse es mejor que
una realidad que puede ser perdida.
Eso
era todo lo que había. Le pidieron que testificara en contra del virus Sokta.
-
¿Yo? ¿Traicionar a Nancy? No sean ridículos.
-
Usted no la tiene - dijo alguien.
-
Eso es lo que usted cree - contestó mi primo, el teniente Greene.
FIN
Escaneado
por Sadrac 2000