El Hombre y la Técnica

Por Oswald Spengler
"Der Mensch und die Technik"
- München 1931
Ensayos
posteriores a “La Decadencia de Occidente”
Traducción: Manuel García Morente
PRESENTACIÓN
Oswald Spengler, extraordinario filósofo —lamentablemente
desaparecido en la década del ’30—, famoso por su obra “La Decadencia de
Occidente”; escribió los presentes ensayos después de publicada la citada
obra. Estos ensayos son pues posteriores y por lo tanto una ampliación de sus
tesis con nuevas ideas, sobre el hombre, la técnica, la rapacidad humana, la
codicia, el heroísmo, etc.
La magnífica dialéctica de Spengler, de lógica verazmente
visionaria y progresista, se apoya en las realidades históricas con sus flujos
y reflujos de progreso, cultura y ciencia, demostrando cómo el maquinismo y la
técnica — siempre modernas en el desarrollo de la Historia — entran siempre en
contradicción con las organizaciones sociales, familiares y gubernamentales,
cuando las clases sociales y sus gobiernos son incapaces de marchar
correlativamente a la técnica, creyendo que la técnica puede llevarse a cabo
por personas aisladas, en vez de realizarla con bloques nacionales y
continentales.
La voracidad y la mentalidad mediocre de las clases que
entregan los gobiernos a los economistas y políticos liberales, se suicida
lentamente.
Índice
Prólogo
I. La Técnica como Táctica
II. Herbívoros y Animales de Rapiña
III. El Advenimiento del Hombre. La
Mano y la Herramienta
IV. El Segundo Grado: Hablar y
Emprender
V. El Final: Ascenso y Término de la
Cultura Maquinista
Notas
En las siguientes páginas expongo un pequeño número de
pensamientos, que extraigo de una obra mayor, en la que trabajo desde hace
años. Ha sido mi propósito tomar el punto de vista que en la Decadencia de
Occidente apliqué exclusivamente al grupo de las culturas superiores y
probarlo sobre el supuesto histórico de dichas culturas, o sea la historia del
hombre desde su origen. En aquella obra hice la experiencia de que la mayor
parte de los lectores no se hallan en situación de mantener la visión aplicada
a toda la masa de los pensamientos; y por ello se pierden en las esferas
particulares, que les son más familiares, viendo lo demás de soslayo o
quedando incluso absolutamente ciegos para ello, por lo cual obtienen una
falsa imagen, tanto de lo que yo decía como de aquello sobre lo cual lo decía.
Estoy, desde luego, convencido de que para comprender el destino del hombre
hace falta considerar comparativamente todas las esferas de su actuación al
mismo tiempo y no cometer el error de partir exclusivamente de la política, de
la religión o del arte, para iluminar aspectos particulares de su existencia,
en la creencia de haber descubierto con ello todo.
Sin embargo, me aventuro a ofrecer aquí un pequeño
número de problemas que en sí mismos están conexionados, y, por tanto son
apropiados para dar una impresión provisional del gran misterio del destino
humano.
El manejo y los
medios. — Lucha y arma. — Evolución y cumplimiento. — La
transitoriedad, como forma de lo real.
1
El problema de la técnica y de su relación con la cultura
y la Historia no se plantea hasta el siglo XIX. El siglo XVIII, con el
escepticismo fundamental, con la duda, que equivale a la desesperación, había
planteado la cuestión del sentido y valor de la cultura, cuestión que condujo
a problemas ulteriores siempre más desmenuzados, y con ello creo las bases que
permitieron al siglo XX ver la historia universal como problema.
Por entonces, en la época de Robinson y de Rousseau, de
los parques ingleses y de la poesía pastoril, considerábase al hombre
“primitivo” como una especie de corderito pacífico y virtuoso, echado a perder
más tarde por la cultura. Pasábase completamente por alto la técnica; y, en
todo caso, ante las consideraciones morales, considerábasela como indigna de
la atención.
Pero la técnica maquinista de la Europa occidental creció
en proporciones gigantescas desde Napoleón; y con sus ciudades fabriles, sus
ferrocarriles y sus barcos de vapor obligó, finalmente, a plantear en serio el
problema. ¿Qué significa la técnica? ¿Qué sentido tiene en la historia, qué
valor en la vida del hombre, qué rango moral o metafísico? Diéronse muchas
respuestas a estas preguntas. Todas ellas pueden reducirse en el fondo a dos.
Por una parte, los idealistas y los ideólogos, los
epígonos del clasicismo humanista de la época de Goethe, despreciaban las
cosas técnicas y las cuestiones económicas en general, considerándolas como
extrañas y ajenas a la cultura. Goethe, con su gran sentido de todo lo real,
había intentado en la segunda parte del Fausto penetrar en las más hondas
profundidades de ese nuevo mundo de los hechos. Pero ya con Guillermo de
Humboldt comienza la concepción filológica de la historia, una concepción
ajena a la realidad y según la cual medíase, al fin y al cabo, el rango de una
época histórica por el número de cuadros y de libros que en ella se hayan
producido. Un soberano no poseía significación de importancia más que si se
conducía como un Mecenas. No importaba lo que por lo demás, fuese. El Estado
era una constante perturbación para la verdadera cultura, que se fraguaba en
las aulas, en los gabinetes de los científicos y en los talleres de los
artistas. La guerra era una barbarie inverosímil de épocas pretéritas, y la
economía algo prosaica y tonta, sobre lo cual resbalaba la atención, aun
cuando a diario se hacía uso de ella. Nombrar a un gran comerciante o a un
ingeniero junto a los poetas y a los pensadores, era punto menos que delito de
lesa majestad cometido para con la cultura “verdadera”. Léanse en este sentido
las Consideraciones sobre historia universal, de Jacobo Burckhardt.
Pero este era también el punto de vista de la mayoría de los filósofos de
cátedra y aun de muchos historiadores, hasta llegar a los literatos y estetas
de las actuales grandes urbes, que consideran la elaboración de una novela
como más importante que la construcción de un motor de aviación.
De otra parte estaba el materialismo de origen
esencialmente inglés, la gran moda de los semicultos en la segunda mitad del
siglo pasado, de los folletones liberales y de las asambleas populares
radicales, de los marxistas y de los escritores ético-sociales que se tenían
por pensadores y poetas.
Si a los primeros les faltaba el sentido de la realidad,
a éstos, en cambio, les faltaba en grado superlativo el sentido de la
profundidad. Su ideal era exclusivamente lo útil. Todo lo que fuese útil para
la “humanidad” pertenecía a la cultura, era cultura. Lo de más era lujo,
superstición o barbarie.
Útil, empero, era lo que sirve a la “felicidad del mayor
número”. Y esta felicidad consistía en no hacer nada. Tal es, en último
término, la doctrina de Bentham, Mill y Spencer. El fin de la Humanidad
consistía en aliviar al individuo de la mayor cantidad posible de trabajo,
cargándolo a la máquina. Libertad de “la miseria, de la esclavitud
asalariada”, e igualdad en diversiones, bienandanza y “deleite artístico”.
Anúnciase el panem et circenses de las urbes mundiales en las épocas de
decadencia. Los filisteos de la cultura se entusiasmaban a cada botón que
ponía en marcha un dispositivo y que, al parecer, ahorraba trabajo humano. En
lugar de la auténtica religión de épocas pasadas, aparece el superficial
entusiasmo “por las conquistas de la Humanidad”, considerando como tales
exclusivamente los progresos de la técnica, destinados a ahorrar trabajo y a
divertir a los hombres. Pero del alma, ni una palabra.
Este no es el gusto de los grandes descubridores mismos,
con pocas excepciones; ni tampoco el de los que conocen bien los problemas
técnicos; sino el de los espectadores, que no pueden inventar nada y, en todo
caso, no comprendían nada de eso, pero rastreaban algo que podía redundar en
su beneficio. Y con la falta de imaginación que caracteriza al materialismo de
todas las civilizaciones, bosquéjase una imagen del futuro, la bienaventuranza
eterna sobre la tierra, un fin último y un estado duradero, bajo el supuesto
de las tendencias técnicas del año 80, aproximadamente, y en peligrosa
contradicción con el concepto de progreso, que excluye todo “estar”: libros
como La antigua y la nueva fe, de Strauss; Retrospección desde el
año 2000, de Bellamy, y La mujer y el socialismo, de Bebel. No más
guerras; no más diferencias de razas, pueblos, Estados, religiones; no más
criminales y aventureros; no más conflictos por la superioridad de unos y el
diferente modo de ser de otros; no más odios, no más venganzas. Un infinito
bienestar por todos los siglos de los siglos. Semejantes trivialidades nos
producen hoy, al presenciar las fases finales de ese optimismo vulgar, la idea
nauseabunda de un profundo tedio vital, ese taedium vitae de la Roma
imperial, que se expande al solo leer tales idilios sobre el alma y que en
realidad, si se realizase, aunque fue se sólo en parte, conduciría al
asesinato y al suicidio en masa.
Ambos puntos de vista están hoy anticuados. El siglo XX
ha llegado a madurez y puede penetrar, al fin, en el último sentido de los
hechos, en cuya totalidad consiste la historia real del Universo. Ya no se
trata de interpretar, según el gusto privado de algunos individuos y de masas
enteras las cosas y los acontecimientos en referencia a una tendencia
racionalista, a deseos y esperanzas propios. En lugar de decir: “así debe
ser”, o “así debiera ser”, aparece el inquebrantable: así es y así será. Un
escepticismo orgulloso viene a sustituir los sentimentalismos del pasado
siglo. Hemos aprendido que la Historia es algo que no tiene para nada en
cuenta nuestras esperanzas.
El tacto fisiognómico, como he denominado (1) la
facultad que nos permite penetrar en el sentido de todo acontecer; la mirada
de Goethe, la mirada de los que conocen a los hombres y conocen la vida, y
conocen la Historia y contemplan los tiempos, es la que descubre en lo
particular su significación profunda.
2
Para comprender la esencia de la técnica no debe partirse
de la técnica maquinista y menos aún de la idea engañosa de que la
construcción de máquinas y herramientas sea el fin de la técnica.
En realidad, la técnica es antiquísima. No es tampoco una
particularidad histórica, sino algo enormemente universal. Trasciende del
hombre y penetra en la vida de los animales, de todos los animales. Al tipo de
vida que representa el animal, a diferencia del que representa la planta,
corresponde la libre movilidad en el espacio, el relativo arbitrio e
independencia respecto a todo el resto de la naturaleza y, por tanto, la
necesidad de afirmarse frente a ésta, de dar a la existencia propia una
especie de sentido, de contenido y superioridad. Sólo partiendo del alma puede
descubrirse la significación de la técnica.
Pues la libre movilidad de los animales no es más que
lucha (2), y la táctica de la vida, su superioridad o inferioridad con
respecto al “otro”, ya sea la naturaleza viviente o la naturaleza inerte,
decide sobre la historia de esa vida, decide si el destino de esa vida es
padecer la historia de los demás o ser historia para los demás. La técnica es
la táctica de la vida entera. Es la forma íntima del manejarse en la lucha,
que es idéntica a la vida misma.
Este es el otro error que debe evitarse aquí: la técnica
no debe comprenderse partiendo de la herramienta. No se trata de la
fabricación de cosas, sino del manejo de ellas; no se trata de las armas, sino
de la lucha. Y así como en la guerra moderna la táctica, esto es, la técnica
de la dirección militar es lo decisivo, y las técnicas del inventar, del
fabricar, del aplicar armas, sólo pueden considerarse como elementos del
manejo general, así también ocurre en todo y por todo. Existen innumerables
técnicas sin herramienta alguna: la técnica del león, que acecha una gacela, y
la técnica diplomática. La técnica de la administración consiste en mantener
en forma al Estado para las luchas de la historia política. Existen manejos
químicos y técnicos de los gases. En toda lucha por un problema hay una
técnica lógica. Hay una técnica de la pincelada, de la equitación, de la
dirección de un globo dirigible. No se trata aquí de cosas, sino siempre de
una actividad que tiene un fin. Esto, precisamente, es lo que con harta
frecuencia pasa por alto la investigación prehistórica, que piensa
demasiadamente en los objetos de los museos y harto poco en los innumerables
manejos que debieron existir, pero que no han dejado la menor huella.
Cada máquina sirve sólo a un manejo y ha de entenderse,
precisamente, partiendo del pensamiento de ese manejo. Todos los me dios de
comunicación se han desarrollado partiendo del pensamiento del caminar en
carro, del remar, del surcar las aguas a la vela, del volar; mas no han
partido de la representación del coche o del buque. El método mismo es un
arma. Y por eso la técnica no es una “parte” de la economía, como tampoco la
economía constituye, junto a la guerra y a la política una “parte” de la vida
existente por sí misma. Todos esos son aspectos de la vida única activa,
luchadora, llena de alma. Sin duda existe un camino que, de la guerra
primordial entre los animales primitivos, conduce a la actuación de los
modernos inventores e ingenieros, e igualmente del arma primordial, la celada,
conduce a la construcción de las máquinas, con la cual se desenvuelve la
guerra actual contra la naturaleza y con la cual la naturaleza cae en la
celada del hombre.
A esto se llama progreso. Progreso fue la gran voz del
siglo pasado. Veíase la Historia como una gran carretera sobre la cual “la
Humanidad” marchaba valientemente, siempre adelante. Es decir, en el fondo,
sólo los pueblos blancos; esto es, sólo los habitantes de las grandes urbes;
esto es, sólo los “cultos”.
Pero ¿adónde? ¿Por cuánto tiempo? Y luego ¿qué?
Era algo ridícula esa marcha hacia el infinito, hacia un
término sobre el cual nadie pensaba en serio, que nadie intentaba
representarse claramente, que nadie se atrevía a representarse; pues un fin es
siempre un término. Nadie hace nada sin tener el pensamiento fijo en el
momento en que habrá alcanzado lo que quiere. No se hace guerra alguna, no se
navega por el mar, ni siquiera se da un paseo, sin pensar en su duración y en
su conclusión. Todo hombre verdaderamente creador conoce y teme el vacío que
subsigue a la terminación de una obra.
La evolución implica cumplimiento — toda evolución
tiene un comienzo, todo cumplimiento es un final — la juventud implica
la vejez, el nacimiento implica el perecimiento, la vida implica la muerte. El
animal, con su pensamiento vinculado al presente, no conoce, no sospecha la
muerte como algo futuro y amenazador. Sólo conoce las angustias de la muerte
en el momento mismo de ser muerto. Pero el hombre, cuyo pensamiento se ha
libertado de esas cadenas del ahora y del aquí y que dispara sus meditaciones
hacia el ayer y el mañana hacia el “antaño” del pretérito y del futuro, conoce
la muerte de antemano; y de la profundidad de su esencia y de su concepción
cósmica depende el que sea superado o no por el temor del final. Según una
leyenda griega antigua, que ya en la Ilíada se supone conocida, fue
Aquiles colocado por su madre ante el dilema de elegir una larga vida o una
vida breve, pero llena de hazañas y de gloria. Y Aquiles eligió esta última.
Érase — y se es — harto mezquino y cobarde para soportar
el hecho de la transitoriedad que caracteriza a todo ser vivo. El hombre
envuelve ese hecho en un rosado optimismo progresista, en el cual nadie
realmente cree, y, ocultándolo en literatura, se arrastra tras de ideales para
no ver nada. Pero la transitoriedad, el nacer y el perecer, es la forma de
todo lo real, desde las estrellas, cuyo destino es para nosotros incalculable,
hasta el hormiguero fugaz de este planeta. La vida del individuo — animal,
planta u hombre— es tan efímera como la de los pueblos y culturas. Toda
creación sucumbe a la descomposición; todo pensamiento, toda invención, toda
hazaña han de sumergirse en el olvido. Por doquiera vislumbramos cursos
históricos de gran estilo, que han desaparecido. Por doquiera encontramos
delante de nuestros ojos ruinas de obras que fueron y de culturas que han
perecido. Al descomedimiento de Prometeo, que acomete al cielo para someter
las potencias divinas al hombre, sucede la caída. ¿Qué nos importa la
palabrería y farragosa alusión a las “eternas conquistas de la Humanidad”?
La historia universal tiene un aspecto completamente
diferente del que nuestro tiempo ensueña. La historia del hombre, comparada
con la historia del mundo vegetal y animal en este planeta — y no hablemos de
la vida de los mundos estelares —, es breve; es un ascenso y un descenso de
pocos milenios, algo que no tiene la menor importancia en el destino de la
tierra. Pero para nosotros, que hemos nacido en ella, posee una grandeza y un
poderío trágicos. Y nosotros, los hombres del siglo XX, descendemos la cuesta
y lo vemos.
Nuestra facultad de percibir la Historia, nuestra
capacidad de escribir la Historia, es una señal que delata que el camino se
dirige hacia el abismo. Sólo en las cumbres de las grandes culturas, en el
momento en que éstas verifican el tránsito a la civilización, sólo entonces
aparece por un instante esa facultad de penetrante conocimiento.
En sí y por sí es insignificante el destino que, entre
los enjambres de estrellas “eternas”, pueda tener este exiguo planeta que en
alguna parte del espacio infinito describe por breve tiempo sus trayectorias.
Y más insignificante aún es, lo que en su superficie se mueve durante unos
momentos. Pero cada uno de nosotros, que en sí y por sí es una nada, está
lanzado en ese hormiguero por un instante indeciblemente breve, por la
duración de una vida. Por eso es para nosotros importante, sobre toda
ponderación, ese mundo en pequeño, esa “historia universal”. Y, además, el
destino de cada individuo consiste en que su nacimiento le ha sumergido no
sólo en esa historia universal, sino en un determinado siglo, en un
determinado país, en un determinado pueblo, en una religión determinada, en
una clase determinada. No podemos elegir entre ser hijo de un aldeano egipcio,
3000 años antes de Jesucristo, o de un rey persa, o de un vagabundo actual. A
este destino — o azar — hay que someterse. Este destino nos condena a
determinadas posiciones, concepciones y producciones. No existe el “hombre en
sí” — palabrería de filósofos —, sino sólo los hombres de una época, de un
lugar, de una raza, de una índole personal, que se imponen en lucha con un
mundo dado, o sucumben, mientras el universo prosigue en torno su curso, como
deidad erguida en magnífica indiferencia. Esa lucha es la vida; y lo es, en el
sentido de Nietzsche, como una lucha que brota de la voluntad de poderío;
lucha cruel, sin tregua; lucha sin cuartel ni merced.
El hombre, animal de rapiña.
— Ser botín y hacer botín. — El movimiento como fuga o ataque. — El ojo
del animal rapaz y su mundo. — Invariable técnica específica del animal.
— La técnica inventiva del hombre.
3
El hombre es un animal de rapiña. Finos
pensadores, como Montaigne y Nietzsche, lo han sabido de siempre. La sabiduría
de la vida, conservada en las viejas leyendas y en los refranes de todos los
pueblos aldeanos y nómadas; la sonriente penetración de los grandes
conocedores de hombres — políticos, generales, comerciantes, jueces — desde
las alturas de una vida rica; la desesperación de los fracasados reformadores,
y las reprimendas de los irritados sacerdotes, siempre se han guardado mucho
de ocultarlo o de negarlo. Sólo la gravedad solemne de los filósofos
idealistas y demás teólogos no ha tenido el valor de proclamar lo que en
silencio todo el mundo sabe muy bien. Los ideales son cobardías. Y, sin
embargo, de sus propias obras podría sacarse una preciosa colección de
sentencias que, de vez en cuando, han subido a sus labios acerca de la bestia
humana.
Pero este conocimiento hay que tomarlo definitivamente en
serio. El escepticismo, la última actitud filosófica y la única posible en
esta nuestra época, y aun la única digna, no permite que prosiga la inútil
palabrería. Sin embargo, y justamente por ello, he de oponerme a las opiniones
que se han desarrollado sobre la base de la ciencia natural, cultivada en el
siglo pasado. La consideración y ordenación anatómica del mundo animal está
dominada completamente por puntos de vista materialistas, de conformidad con
el origen de donde procede. Si la imagen del cuerpo, tal como se ofrece a la
vista del hombre y sólo de éste y además despedazado, prepara do químicamente,
maltratado por los experimentos, condujo a un sistema que Linneo fundó y que
la escuela de Darwin profundizó con la paleontología, sistema de
individualidades inmóviles, ópticas, hay también a su lado otro orden
completamente distinto y falto de todo sistema, un orden de los modos de vida,
que se descubre tan sólo a la convivencia ignorante, a la afinidad íntimamente
sentida del yo y del tú, tal como la conoce cualquier aldeano y también
cualquier poeta y artista. Gusto de meditar sobre la fisiognómica
(3) de los modos en que se manifiesta la vida animal, sobre las
especies de las almas animales, y abandono a los zoólogos la
sistemática de la estructura corporal. Y entonces aparece un orden
completamente distinto en los rasgos de la vida, no del cuerpo.
La planta vive; aunque sólo en sentido limitado, es un
ser viviente (4). En realidad, más que vivir puede decirse que en ella
y en torno a ella está la vida. “Ella” respira, “ella” se alimenta, “ella” se
multiplica; y, sin embargo, no es propiamente más que el escenario de
esos procesos, que constituyen una unidad con los procesos de la naturaleza
circundante, con el día y la noche, con los rayos del sol y la fermentación
del suelo; de suerte que la planta misma no puede ni querer ni elegir. Todo
acontece con ella y en ella. Ella no busca ni su lugar propio, ni su alimento,
ni las demás plantas con quienes engendra su sucesión. No se mueve, sino que
son el viento, el calor, la luz, quienes la mueven.
Sobre esta especie de vida álzase, empero, la vida
movediza de los animales. Pero en dos grados. Hay una especie, que se
extiende por todos los géneros anatómicos, desde el animal primordial
monocelular hasta los palmípedos y los ungulados, y cuya vida está atenida al
mundo vegetal inmóvil, que constituye el alimento con que se mantiene.
Las plantas no huyen y no pueden defenderse.
Pero sobre ésta se alza todavía otra especie de vida la
de los animales que viven de otros animales y cuya vida consiste en matar.
Aquí la víctima misma es movediza y luchadora y rica en toda clase de
astucias. También este modo de vida se extiende por todos los géneros del
sistema. Cada gota de agua es un campo de batalla. Y nosotros, que de continuo
tenemos ante los ojos la lucha, en el campo, hasta el punto de olvidar su
carácter evidente e incluso su misma existencia, vemos hoy con horror las
formas fantásticas de las profundidades marinas, entre las cuales se propaga
también esa vida que mata y muere.
El animal de rapiña es la forma suprema de la vida
movediza. Significa el máximum de libertad con respecto a otros y para sí
misma, el máximum de responsabilidad propia, de soledad, el extremo de la
necesidad de afirmarse luchando, venciendo y aniquilando. Al tipo
humano confiérele un alto rango el ser un animal de rapiña.
El herbívoro es, por su destino, un animal que nace para
ser víctima y presa. En vano intenta substraerse a esa fatalidad mediante la
huida sin lucha. El animal de rapiña hace botín y presa. Aquella vida
es, en su íntima esencia, defensiva. Esta, en cambio, es ofensiva, dura,
cruel, destructora. Ya la táctica del movimiento introduce diferencias entre
esas dos vidas: en la una, la costumbre de huir, la rápida carrera, las
revueltas, el hurtar el cuerpo, el ocultarse en madrigueras; en la otra, el
movimiento rectilíneo del ataque, el salto del león, el disparo del
águila. Existe un acecho y una astucia en el estilo del fuerte y otro en el
estilo del débil. Prudentes en el sentido humano, esto es, con prudencia
activa, sólo son los animales de rapiña. Los herbívoros, comparados con
ellos, son tontos; y no sólo las palomas “cándidas” y el elefante, sino
incluso las especies más nobles de los ungulados: el toro, el caballo, el
ciervo, que sólo en el furor ciego y durante la excitación sexual son capaces
de luchar, dejándose, por lo demás, fácilmente domeñar y conducir por un niño.
A la diferencia entre los movimientos añádese, más
poderosa todavía, la diferencia en los órganos sensoriales. Y con los
sentidos, diferánciase también el modo de tener un “mundo”. En sí y por sí,
todo ser vive en la naturaleza dentro de un contorno, ya sea que lo advierta,
ya sea que ese contorno se haga visible y notable o no. La misteriosa índole —
por ninguna reflexión humana explicable — de las relaciones entre el animal y
su contorno, mediante los sentidos palpadores, ordenadores e intelectivos, es
la que convierte el contorno en un mundo circundante para cada
ser en particular (5). Los herbívoros superiores son dominados por el
oído y, sobre todo, por el olfato. Los rapaces superiores, en cambio,
dominan por la mirada. El olfato es el sentido propio de la defensa. Por
la nariz rastrea el animal el origen y la distancia del peligro, dando así a
los movimientos de huida una dirección conveniente: la dirección que se
aleja del peligro
El ojo del animal rapaz, en cambio, propone un fin,
una meta. Ya el hecho de que los dos ojos de los grandes animales
rapaces puedan fijarse en un punto mismo de los alrededores, permíteles
fascinar la presa. En la mirada enemiga está ya para la víctima el destino
ineluctable, el salto del momento inmediato. La fijación de los ojos dirigidos
hacia adelante y paralelamente es, empero, idéntica al nacimiento del mundo,
en el sentido en que el hombre tiene un mundo, es decir, en el sentido de
imagen o mundo desplegado ante la mirada, como mundo no sólo de
color y de luz, sino, sobre todo, de lejanas perspectivas, de
espacio y de movimientos en el espacio y de objetos situados
en determinados lugares. En esta manera de mirar, que es exclusiva de los
animales rapaces más nobles — los herbívoros, como, por ejemplo, los
ungulados, tienen los ojos orientados lateralmente y cada uno de ellos
proporciona una impresión distinta y carente de perspectiva — reside ya
la idea del dominio. La imagen del mundo es el mundo circundante
dominado por los ojos. Los ojos del animal rapaz de terminan las cosas en
su situación y distancia. Conocen el horizonte. Miden en ese campo de
batalla los objetos y condiciones del ataque. Olfatear y acechar — el
venado y el buitre — están uno con otro en la misma relación que el ser
esclavo y el ser señor. Un sentimiento infinito de poderío palpita en esa
mirada larga y tranquila; un sentimiento de libertad que brota de la
superioridad y descansa en el mayor poder, en la certidumbre de no
ser nunca botín ni presa de nadie. El mundo es la presa; y de este
hecho, en último término, ha nacido toda la cultura humana.
Y, finalmente, este hecho de la superioridad nativa se ha
profundizado hacia afuera, en el mundo luminoso, con sus infinitas lejanías, y
hacia adentro, en la índole anímica de los animales fuertes. El alma,
ese algo enigmático que sentimos al oír esta palabra y cuya esencia no es
accesible a ninguna ciencia; esa chispa divina en ese cuerpo viviente que
tiene que dominar o que sucumbir en el mundo divinamente cruel, divinamente
despreocupado; eso que nosotros, hombres, sentimos como alma en nosotros y en
los demás, es el contrapolo del mundo luminoso que nos rodea, en el
cual el pensamiento y la vislumbre de los hombres rastrean gustosos un alma
cósmica. El alma está sellada con tanta mayor energía cuanto más solitario
es el ser, cuanto más resueltamente constituye un mundo para sí, mundo opuesto
a todo el mundo en torno. ¿Qué es lo contrario, lo contrapuesto al alma de un
león? El alma de una vaca. Los herbívoros substituyen el alma individual
fuerte por el gran número, por el rebaño, por el común sentir y hacer en masa.
Pero cuanto menos se necesita de los demás tanto más poderoso se es. El animal
de rapiña es enemigo de todo el mundo. No tolera en su distrito a ninguno de
sus iguales — aquí están las raíces del concepto regio de la propiedad
—. La propiedad es el recinto en que se ejerce un poder ilimitado un poder
conquistado, defendido contra los iguales y victoriosamente mantenido. No es
el derecho a un mero haber, sino a un soberano disponer.
Si se entiende bien todo esto, existe una ética del
animal rapaz y una ética del herbívoro. Nadie puede mover ni cambiar esto. Es
la forma íntima, el sentido, la táctica de toda la vida. Es un hecho
simple. Se puede aniquilar la vida, pero no cambiar su modo. Un animal de
rapiña, cuando está domesticado y preso —cualquier jardín zoológico nos ofrece
ejemplos de ello —, queda tullido en su alma, padece una dolencia cósmica,
háyase interiormente aniquilado. Hay animales de rapiña que voluntariamente
mueren de hambre, cuando han sido presos. Los herbívoros no pierden nada al
convertirse en animales domésticos.
Esta es la diferencia entre el destino de los
herbívoros y el destino de los animales de rapiña. Aquel destino no
hace más que amenazar; éste confiere y distribuye en abundancia. Aquél
deprime, empequeñece y acobarda; éste encumbra por el poder y la victoria, por
el orgullo y el odio. Aquél se sufre; éste se es. La lucha de la
naturaleza interna contra la naturaleza externa, ya no es sentida como una
miseria —como mísero destino imaginaban Schopenhauer y Darwin la lucha por
la vida—, sino como gran sentido de la vida, un sentido que la
ennoblece; así pensaba Nietzsche: amor fati. Y el hombre pertenece
a esta especie.
4
El hombre no es un simple; no es “por naturaleza bueno”;
no es tonto; no es un semimono con tendencias técnicas, como lo ha descrito
Haeckel y lo ha pintado Gabriel Max (6). Sobre esta caricatura se
proyecta, además, la sombra plebeya de Rousseau. Por el contrario, la táctica
de su vida es la de un animal de rapiña, magnífico, valiente, astuto, cruel.
Vive atacando, matando y aniquilando. Quiere ser señor desde que existe.
¿Es, pues, la “técnica” realmente más antigua que el
hombre? No, no lo es. Existe una enorme diferencia entre el hombre y los demás
animales todos. La técnica de los animales es técnica de la especie. No
es ni inventiva, ni aprendible, ni susceptible de desarrollo. El tipo abeja,
desde que existe, ha construido siempre sus panales exactamente lo mismo que
hoy y los construirá igual hasta que se extinga. Los panales son en la abeja
lo mismo que la forma de sus alas y el color de su cuerpo. Sólo el punto de
vista anatómico de los zoólogos permite distinguir entre la estructura
corporal y el modo de vida. Pero si se parte de la forma interna de la vida,
en vez de la del cuerpo, entonces esa táctica de la vida y la distribución del
cuerpo son una y la misma cosa, y ambas son expresión de una misma
realidad orgánica. La “especie” es una forma no de lo quieto y visible, sino
de la movilidad; no de lo que es así o de otro modo, sino del hacer así o de
otro modo. La forma del cuerpo es forma del cuerpo activo.
Las abejas, las termites, los castores, edifican
construcciones admirables. Las hormigas conocen la agricultura, la
construcción de, carreteras, la esclavitud y la guerra. La cría de la
descendencia, las fortificaciones, las migraciones ordenadamente planeadas,
son cosas muy extendidas en la naturaleza. Todo lo que el hombre puede hacer,
hácenlo también otras formas animales. Son tendencias que dormitan en forma de
posibilidades, dentro de la vida movediza. El hombre no lleva nada a
cabo que no sea accesible a la vida en conjunto.
Y, sin embargo, nada de eso tiene en el fondo que ver con
la técnica humana. La técnica de la especie es invariable. Esto es lo
que significa la palabra “instinto”. El “pensamiento” animal está adherido al
ahora y aquí inmediatos; no conoce ni el pasado ni el futuro. Por eso no
conoce tampoco la experiencia ni la preocupación. No es verdad que las hembras
de los animales “se preocupen” de sus hijos. La preocupación es un sentimiento
que presupone un saber en lejanía acerca de lo que ha de suceder; del mismo
modo que el arrepentimiento es un saber acerca de lo que sucedió. Un animal no
puede ni odiar ni desesperar. El cuidado de la cría es, como todo lo demás, un
impulso oscuro e incógnito en muchos tipos de vida. Pertenece a la especie
y no al individuo. La técnica de la especie no es solamente invariable,
sino también impersonal.
La técnica humana, y sólo ella, es, empero,
independiente de la vida de la especie humana. Es el único caso, en toda la
historia de la vida, en que el ser individual escapa a la coacción de la
especie. Hay que meditar mucho para comprender lo enorme de este hecho. La
técnica en la vida del hombre es consciente, voluntaria, variable, personal,
inventiva. Se aprende y se mejora. El hombre es el creador de su
táctica vital. Esta es su grandeza y su fatalidad. Y la forma interior de esa
vida creadora llamémosla cultura, poseer cultura, crear cultura,
padecer por la cultura. Las creaciones del hombre son expresión de esa
existencia, en forma personal.
La mano como órgano del tacto
y de la acción. — Distinción entre la fabricación de las armas y el uso de
ellas. — Liberación con respecto a la coacción de la especie. —
“Pensamiento de los ojos” y “pensamiento de la mano”. — Medio y fin. — El
hombre como creador. — El acto singular. — Naturaleza y “arte”. — La
técnica humana es artificial. — El hombre contra la naturaleza. — La
tragedia del hombre.
5
¿Desde cuándo existe ese tipo del animal de rapiña
inventivo? Esta pregunta equivale a esta otra: ¿Desde cuándo existe el hombre?
¿Qué es el hombre? ¿Cómo ha venido a ser hombre?
La contestación es: el hombre se ha hecho hombre por la
mano. La mano es un arma sin igual en el mundo de la vida movediza.
Compáresela con la pata, el pico, los cuernos, los dientes y las aletas
natatorias de otros animales. Por una parte, concéntrase en la mano el sentido
del tacto, hasta tal punto que casi puede considerarse la mano como órgano
táctil, junto a los órganos de la visión y de la audición. No solamente
distingue lo caliente y lo frío, lo sólido y lo líquido, lo duro y lo blando,
sino también, y sobre todo, el peso, la figura y el lugar de las resistencias,
en suma, las cosas en el espacio. Pero, además, por encima de esto,
compéndiase en la mano la actividad de la vida tan completamente, que
toda la actitud y la marcha del cuerpo — simultáneamente — se ha configurado
con relación a la mano. No hay nada en el mundo que pueda compararse con ese
miembro palpador y activo. Al ojo del animal rapaz que domina “teóricamente”
el mundo, añádese la mano humana, que lo domina prácticamente.
Debió de originarse súbitamente, en comparación
con el ritmo de las corrientes cósmicas. Debió nacer de pronto, como un rayo,
un terremoto, como todo lo que en el acontecer del Universo es decisivo y hace
época en el más alto sentido de la palabra. También en esto debemos
desprendernos de las concepciones, que mantuvo el siglo pasado y que se hayan
comprendidas en el concepto de “evolución” desde las investigaciones
geológicas de Lyell. Las variaciones lentas y flemáticas corresponden al modo
de ser inglés, pero no a la naturaleza. Para sostenerlas acudióse a la
consideración de millones de años, puesto que en los períodos de tiempo
mensurables nada semejante se encontraba. Pero no podríamos distinguir las
capas geológicas, si no hubiesen sido separadas unas de otras por
catástrofes de índole y origen desconocidos; y no podríamos conocer
especie alguna de animales fósiles si éstos no hubieran aparecido de
pronto, manteniéndose invariables hasta su extinción. Nada
sabemos de los “antepasados” del hombre, a pesar de las indagaciones múltiples
y de las comparaciones anatómicas. Desde que se conocen esqueletos humanos es
el hombre lo mismo que hoy. En cualquier reunión popular pueden verse
ejemplares del hombre de Neandertal. Es también completamente imposible que la
mano, la marcha erguida, la posición de la cabeza, etc., se hayan desenvuelto
sucesivamente unas de otras. Todo esto apareció junto y súbitamente (7).
La historia del Universo avanza de catástrofe en catástrofe, podamos o no
concebirlas y fundamentarlas. A esto llamamos hoy, desde H. de Vries (8)
mutación. Es ésta un cambio interior, que súbitamente hace presa en todos
los ejemplares de una especie, sin causa, naturalmente, como todo lo que
sucede en la realidad. Es el ritmo misterioso de lo real.
Pero no sólo la mano, la marcha y la actitud del hombre
debieron surgir a la vez, sino también — y esto es lo que nadie ha observado
hasta hoy — la mano y la herramienta. La mano inerme no tiene valor por
sí sola. La mano exige el arma, para ser ella misma arma. Así como la
herramienta se ha formado por la figura de la mano, así inversamente la
mano se ha hecho sobre la figura de la herramienta. Es absurdo pretender
separarlas en el tiempo. Es imposible que la mano ya formada haya actuado ni
aun por poco tiempo sin herramienta. Los más antiguos restos humanos y las más
antiguas herramientas tienen la misma edad.
Pero lo que sí se ha dividido, no temporal, sino
lógicamente es el manejo técnico, tanto en la producción de
armas como en su uso. Así como existe una técnica de fabricar violines y otra
técnica de tocar el violín, así también hay una técnica de construir buques y
otra técnica de navegar, la preparación del arco y la habilidad de dispararlo.
Ningún otro animal de rapiña elige las armas. Pero el hombre las elige
y no sólo las elige, sino que las prepara según su reflexión personal.
De esta suerte adquirió una tremenda superioridad en la lucha contra sus
semejantes, es decir, contra los demás animales, contra la naturaleza entera.
Esto significa la liberación con respecto a la
coacción de la especie; y esto es algo único en la historia de la vida
sobre este planeta. Así es como advino el hombre. El hombre ha hecho su
vida activa independiente en alto grado de las condiciones de su cuerpo. El
instinto genérico persiste con fuerza plena, pero de él se ha separado un
pensamiento y una acción pensante del individuo, libertado de la fascinación
de la especie. Esta libertad es libertad de elección. Cada cual prepara sus
propias armas, según su habilidad propia y su propia reflexión. Los múltiples
hallazgos de instrumentos fallidos y abandonados testimonian hoy aún el
esfuerzo de ese primitivo “hacer pensante”.
Si, a pesar de todo esto, los ejemplares son tan
semejantes que por ello — con muy dudosa justificación — se diferencian
“culturas” como la acheulense y la solutrense (9) y se establecen según
ellas comparaciones temporales, a través de las cinco partes del mundo —
seguramente sin justificación —, ello es debido a que esa liberación respecto
de la coacción impuesta por la especie actúa por de pronto tan solo como una
gran posibilidad, y, al principio, háyase muy lejos de ser
individualismo ya realizado. Nadie quiere dárselas de original. Tampoco nadie
piensa en imitar a los demás. Cada cual piensa y trabaja para sí mismo, pero
la vida de la especie es tan poderosa, que el resultado es, a pesar de todo,
semejante en todas partes, como en el fondo acontece todavía hoy.
Así, pues, al pensar de los ojos, a la visión
aguda e intelectiva de los grandes animales rapaces, añádese el pensar de
la mano. Del primero desenvuélvese desde entonces el pensamiento
teorético, contemplativo, intuitivo, la “meditación”, la “sabiduría”. Del
segundo nace el pensamiento práctico, activo, la astucia, la “inteligencia”
propiamente dicha. El ojo inquiere la causa y el efecto; la mano trabaja según
los principios del medio y del fin. Que algo sea adecuado o inadecuado a un
fin — juicio de valor de los activos — no tiene nada que ver con la
verdad y la falsedad, que es valoración de los contemplativos. El fin
es un hecho; la conexión de causa y efecto es una verdad (10).
Así surgieron los muy distintos modos de pensar, propios del hombre de la
verdad — sacerdote, científico, filósofo — y del hombre de los hechos —
político, general o comerciante. Desde entonces, y aún hoy, la mano cerrada en
puño es la expresión imperativa e indicativa de una voluntad. De aquí las
inferencias que se sacan de los rasgos de la escritura y de las formas de la
mano. De aquí también las metáforas que hablan de la mano dura del
conquistador, de la mano feliz o la buena mano del hombre de negocios. De aquí
los caracteres anímicos de la mano del criminal y de la mano del artista.
Con la mano, el arma y el pensamiento personal, el hombre
ha llegado a ser creador. Todo lo que hacen los animales permanece reducido a
la actividad de la especie y no enriquece su vida. Pero el hombre, animal
creador, ha esparcido por el mundo una riqueza de pensamiento y de acción
creadores, que justifica el hecho de que el hombre llame “historia universal”
a su breve historia y considere su ambiente como la “Humanidad”, teniendo el
resto de la naturaleza por fondo objeto y medio.
La actividad de la mano pensante recibe el nombre
de acto. Actividad existe en la vida de los animales; pero actos no los
hay más que en la existencia del hombre. Nada es tan característico de esta
diferencia como la producción del fuego. Se ve — causa y efecto — cómo
se prende el fuego. También muchos animales lo ven. Pero sólo el hombre piensa
— fin y medio — un manejo para producirlo. Ningún otro acto produce tanto como
éste la impresión de creación. Es el acto de Prometeo. Uno de los fenómenos
más desazonadores, más poderosos, más misteriosos de la naturaleza — el rayo,
el incendio del monte, el volcán — es evocado a la vida por el hombre mismo,
contra la naturaleza. ¡Cuánto debió impresionar al alma la primera
mirada en la llama encendida por el hombre mismo!
6
Bajo la impresión poderosa del acto singular,
libre y consciente, que se destaca sobre la “actividad de la especie”,
actividad uniforme, instintiva, colectiva, hase configurado el alma humana
propiamente tal; alma solitaria, incluso en comparación con las demás almas de
los animales rapaces; alma cargada con la visión melancólica del que conoce
su propio destino; alma sumergida en el incoercible sentimiento de poderío,
reconcentrado en el puño habituado al acto; alma enemiga de todo; alma que
mata, que odia, que está resuelta a vencer o a morir. Esta alma es más
profunda, más doliente que la de cualquier otro animal. Háyase en
irreconciliable oposición al mundo entero, de la que la separa su propio
carácter creador. Es el alma de un rebelde.
El hombre primitivo prepara su guarida, solitario como un
ave de rapiña. Si acaso algunas “familias” se reúnen en una tropa, ello
acontece en la forma más libre y suelta. Todavía no puede hablarse de tribus y
aún menos de pueblos. La horda es una unión accidental de unos cuantos
varones, que por una vez no luchan entre sí y reúnen sus mujeres y sus hijos;
pero sin sentimiento de comunidad, en perfecta libertad, sin constituir un
“nosotros”, como hace el rebaño, que se compone de simples ejemplares
específicos.
El alma de este fuerte solitario es totalmente guerrera,
desconfiada, celosa de la propia fuerza y del botín propio. Conoce el
sentimiento no sólo del “yo”, sino también de “lo mío”. Conoce la embriaguez
del deleite, cuando el cuchillo corta la carne en el cuerpo enemigo, cuando el
olor de la sangre y el jadeo penetran en los sentidos triunfantes. Todo
“varón” verdadero, aun en los estadios posteriores de las culturas, percibe en
su alma a veces el dormido rescoldo de esa alma primitiva. Aquí no hay el
menor rastro de esa mísera comprobación: que algo es “útil”, que algo “ahorra
trabajo”. Y mucho menos siente el hombre primitivo ese desdentado sentimiento
de la compasión, de la reconciliación, del anhelo hacia la paz. En cambio,
siente hondamente el orgullo de ser temido, admirado, odiado por su fuerza y
su ventura; siente el afán de venganza en todo, ya sean seres vivos o cosas,
que menoscaban ese orgullo, aun sólo por existir.
Y esta alma avanza, cada vez más enajenada, frente
a la naturaleza entera. Las almas de todos los animales rapaces son
naturales; sólo el puño del hombre armado con el arma elegida, meditada y
artificialmente preparada, no es natural. Aquí comienza el “arte”, como
concepto contrapuesto al de naturaleza.
Todo manejo técnico del hombre es un arte, y siempre ha
sido llamado así; el arte de tirar el arco y de cabalgar, como el arte de la
guerra, las artes de la edificación, del gobierno, del sacrificio y de la
profecía, de la pintura y de la versificación, de la experimentación
científica. Artificial, antinatural es toda labor humana, desde la producción
del fuego hasta las creaciones que en las culturas superiores consideramos
como propiamente artísticas. El hombre arrebata a la naturaleza el
privilegio de la creación. La “voluntad libre” es ya un acto de rebeldía y
nada más. El hombre creador se ha desprendido de los vínculos de la
naturaleza; y a cada nueva creación aléjase más y cada vez más hostil a la
naturaleza. Esta es su “historia universal”, la historia de una disensión
fatal, que, incoercible, progresa entre el mundo humano y el Universo; es la
historia de un rebelde que, desprendido del claustro materno, alza la mano
contra su propia madre.
La tragedia del hombre comienza; pues la
naturaleza es más fuerte. El hombre sigue dependiendo de ella,
que, a pesar de todo, comprende en su seno al hombre, a la criatura. Todas las
grandes culturas son otras tantas derrotas. Razas enteras, interiormente
deshechas, quebrantadas, permanecen condenadas a la infecundidad, a la ruina
espiritual, víctimas abandonadas en la arena. La lucha contra la naturaleza es
una lucha sin esperanza; y, sin embargo, el hombre la lleva hasta el final.
El acto entre varios. — ¿Desde
cuándo se habla en palabras? — Finalidad del hablar, la empresa entre
varios. — Finalidad de la empresa: exaltación de la potencia humana. —
Separación del pensamiento y de la mano: labor de jefatura y labor de
ejecución. — Cabezas y manos: diferencia de rango entre las aptitudes. —
Organización.— Existencia organizada: Estado, pueblo, política, economía.
— La técnica y el número de los hombres. — Personalidad y masa.
7
No sabemos cuánto tiempo duró la época de la mano armada;
es decir, no sabemos desde cuándo hay hombres. El número de años no tiene gran
importancia, aun cuando hoy se admite un número demasiado elevado. No se trata
de millones, ni siquiera de varios miles de siglos. De todos modos debe haber
transcurrido un considerable número de milenios.
Pero ahora se verifica un segundo cambio que hace época,
y que, con la misma rapidez y subitaneidad y con el mismo poder, que el
primero, transforma a fondo el destino del hombre. Es otra auténtica mutación,
en el sentido anteriormente explicado. La investigación prehistórica lo ha
advertido hace ya mucho tiempo. De hecho, los objetos que vemos en nuestros
museos presentan de pronto un aspecto completamente distinto. Aparecen las
vasijas de barro, los rastros de “agricultura” y “ganadería”, como con harta
despreocupación y excesivo modernismo se han llamado; aparecen también la
construcción de cabañas, las tumbas y los indicios de tráfico. Anúnciase un
nuevo mundo del pensar y del proceder técnico. Desde el punto de vista de los
museos — harto superficial y atenido al mero ordenamiento de los hallazgos —
se han distinguido una edad de piedra anterior y otra posterior, el
paleolítico y el neolítico. Pero esta división, que procede del siglo pasado,
produce desde hace tiempo desazones; y hace varios decenios que se intenta
substituirla por otra. Pero ciertas expresiones como mesolítico, miolítico,
mixoneolítico, demuestran que el pensamiento de los prehistoriadores sigue
adherido a una mera ordenación de los objetos; y por eso no se abre
paso resueltamente. Lo que se transforma no son, empero, los utensilios, sino
el hombre. Digámoslo una vez más: sólo partiendo del alma puede
descubrirse la historia del hombre.
Esta mutación puede fijarse con una aproximación bastante
grande, situándola hacia el milenio quinto antes de Jesucristo (11). A
lo sumo dos milenios después comienzan ya las culturas elevadas en Egipto y
Mesopotamia. Como se ve, el ritmo de la Historia adopta trágicos compases.
Antes, los milenios casi no tenían importancia; ahora, cada siglo resulta
importantísimo. La piedra en su carrera se acerca en saltos violentos al
precipicio.
Pero ¿qué ha sucedido? Si se penetra más hondamente en
ese nuevo mundo de formas, que asumen ahora los actos humanos, se advierten en
seguida complicadas y confusas relaciones. Todas esas técnicas se suponen unas
a otras. La cría de animales domesticados exige plantaciones para piensos; la
cosecha y la siembre de vegetales nutritivos exige a su vez la existencia de
animales de tiro y de carga; éstos, por su parte, presuponen la construcción
de cercados; cualquier tipo de edificación exige la preparación y el
transporte de materiales de construcción, y el tráfico requiere vías de
comunicación, animales de carga y barcos.
¿Qué es, en todo esto, lo que revoluciona el alma?
Mi respuesta es: el acto verificado entre varios, conforme a un plan.
Hasta entonces cada hombre vivía su propia vida, construía sus propias armas,
practicaba sólo su propia táctica en la lucha diaria. Nadie necesitaba del
prójimo. Pero todo esto cambia súbitamente. Estos nuevos procedimientos ocupan
largos períodos de tiempo; en ciertas circunstancias, años enteros — piénsese
en el camino que va desde el derribo de los árboles hasta la partida en la
nave con ellos construida — e igualmente amplios espacios. Divídense en series
de actos particulares, exactamente ordenados, y en grupos de actividades,
realizadas paralelamente. Estos procedimientos de conjunto suponen, empero,
como me dio indispensable, el idioma verbal.
El habla en frases y palabras no puede ser ni anterior ni
posterior; tiene que haberse producido entonces, rápidamente, como todo lo
decisivo, y en estrecha conexión con la nueva índole del proceder humano. Esto
se puede probar.
¿Qué es “hablar”? (12) Sin duda es un
procedimiento para comunicarse; es una actividad que continua y sucesivamente
se ejerce por numerosos hombres. “El idioma” es tan solo una abstracción de
esto; es la forma interna — gramatical — del hablar, incluyendo las formas
verbales. Esta forma tiene que estar extendida y poseer una cierta duración,
para que las comunicaciones tengan realmente lugar. Ya he demostrado en otra
parte (13) que, al habla en frases, precedieron formas más sencillas de
comunicación — signos visuales, señales, gestos, gritos de advertencia y
amenaza —, todos los cuales siguen existiendo, para apoyar el habla en frases,
y aún se conservan hoy en la melodía de la dicción, en el acento, en el juego
de gestos, en los movimientos de la mano. La escritura actual las mantiene
bajo la forma de la puntuación.
Sin embargo, el habla fluyente es algo
completamente nuevo por su contenido. Desde Hamann y Herder se ha planteado
una y otra vez la cuestión de su origen. Y si todas las soluciones ofrecidas
hasta el día de hoy nos parecen poco satisfactorias, ello obedece a que la
cuestión está mal entendida. Pues el origen del lenguaje en palabras no puede
buscarse en la actividad misma del hablar. Así pensaban los románticos,
quienes, ajenos como siempre a la realidad, querían derivar el idioma de la
“poesía primordial de la Humanidad”; y aun era para ellos el idioma la poesía
primordial del hombre, era mito, lírica, y al mismo tiempo oración; la prosa,
en cambio, significaba un rebajamiento posterior, un acomodo al uso común de
cada día. Pero si esto fuese cierto, la forma íntima del idioma, la gramática,
la estructura lógica de las frases, debería tener un aspecto harto distinto.
Justamente los idiomas primitivos, como el de los manchús y el de las tribus
turcas, revelan con toda claridad la tendencia a fijar distinciones
claras, rigurosas, inequívocas (14).
Pero esto nos lleva al error fundamental, que cometen los
racionalistas enemigos de todo romanticismo. Estos admiten siempre la opinión
de que la frase expresa un juicio o un pensamiento. Se sientan
delante de su mesa de escritorio, llena de libros, y meditan sobre su propio
modo de pensar y de escribir. Y entonces les parece que el “pensamiento”
constituye el fin del idioma. Y como suelen meditar en la soledad,
olvidan que, además del hablar, existe el oír, que además de la
pregunta hay la respuesta y que además del yo está el tú. Cuando
hablan de “lenguaje”, piensan en el discurso, en la conferencia, en el tratado
científico o filosófico. Su opinión sobre el origen del lenguaje es
monológica, y, por tanto, falsa.
El problema, rectamente planteado, no es el de cómo,
sino el de cuándo aparece el len guaje en palabras. Y entonces pronto
se aclara todo. El fin del lenguaje en oraciones, fin generalmente mal
entendido u olvidado, resulta claro, si se tiene en cuenta el tiempo desde el
cual se habla así, es decir, se habla de corrido. Y este fin
manifiéstase claramente en la forma de organizar la oración. El lenguaje no se
produce monológica, sino dialógicamente. Las series de oraciones no se
siguen en forma de discurso sino como diálogo entre varios hombres. Su
finalidad no es una comprensión basada en la meditación, sino un mutuo
acuerdo, por medio de pregunta y respuesta. ¿Cuáles son, pues, las formas
primitivas del lenguaje? No el juicio, no el enunciado, sino el mandato, la
expresión de la obediencia, la disposición, la pregunta, la afirmación, la
negación. Son frases que siempre se dirigen a otro y que, al principio, eran
seguramente brevísimas: haz esto, listo, si, ya. Las palabras, consideradas
como designación de conceptos (15) se derivan de la finalidad de
las oraciones, de suerte que desde un principio el vocabulario de una tribu
cazadora es completamente distinto del de una aldea de pastores o del de una
población costera marítima. Primitivamente el habla constituía una actividad
difícil y sólo se hablaba sin duda lo más necesario (16). Todavía hoy
el aldeano es silencioso, si se compara con el urbano, que por su habituación
al idioma, no puede cerrar la boca y, de puro aburrimiento, charla y conversa,
cuando no tiene nada que hacer, ya tenga o no algo que decir.
La finalidad primitiva del lenguaje es la ejecución de
un acto, según propósito, tiempo, lugar y medios. La concepción clara e
inequívoca del acto es lo primero; y la dificultad de hacerse comprender, de
imponer a los demás la propia voluntad, produce la técnica de la gramática, la
técnica de la formación de oraciones y cláusulas, la técnica del correcto
mandato, de la interrogación, de la respuesta, de la formación de las palabras
generales, sobre la base de los fines y propósitos prácticos, no de los
teóricos. La meditación teorética no tiene participación alguna en el
origen del lenguaje oracional. Todo lenguaje es de naturaleza práctica; su
base es el “pensar de la mano”.
8
La acción hecha entre muchos se llama empresa. El
hablar y el emprender se suponen mutuamente, del mismo modo como
anteriormente la mano y la herramienta. El hablar entre muchos
ha desarrollado su forma interna gramatical en la ejecución de empresas; y la
costumbre de acometer empresas se ha disciplinado por el método del pensar
vinculado al lenguaje. Pues hablar significa comunicarse con otros el
pensamiento. Si hablar es un hacer, es sin duda un hacer espiritual con
medios sensibles. Pronto deja de necesitar la inmediata relación con el
acto corporal. Pues esto es lo nuevo, lo que ahora, desde el milenio quinto
antes de Jesucristo, hace época: el pensar, el espíritu, el entendimiento, o
como quiera llamarse a eso que, merced al lenguaje, se ha emancipado de la
vinculación a la mano activa, aparece como una fuerza por sí misma,
frente al alma y a la vida. La reflexión puramente espiritual, el
“cálculo’, que de pronto surge aquí decidiendo y cambiando todo, consiste en
esto: que la acción común, como unidad, produce el efecto que produciría un
gigante al hacer algo. O, como Mefistófeles dice irónicamente a Fausto:
Si puedo tener seis jacas,
¿no son sus fuerzas las mías?
Me lanzo sobre ellas y soy todo un hombre,
como si tuviese veinticuatro piernas.
El hombre, animal de rapiña, quiere exaltar
conscientemente su superioridad, allende los límites de su fuerza corporal. A
su voluntad de mayor poderío sacrifica un rasgo importante de su propia
vida. El pensar, el calcular un mayor efecto es lo primero. Para
lograrlo entiéndense varios y dispónense a sacrificar un poco de su personal
libertad. Por dentro permanece el hombre independiente. Pero en la Historia no
se pueden dar pasos atrás. El tiempo, y, por consiguiente, la vida no son
reversibles. Una vez que el hombre se habituó a la acción entre varios y a los
éxitos de ella, fue cada vez más complicándose en esos vínculos fatales. El
pensamiento de empresa se apodera cada vez más de la vida anímica. El
hombre se convierte en esclavo de su pensamiento.
El paso del uso personal de las herramientas a la empresa
entre varios caracteriza una artificialidad creciente y enorme en el
procedimiento. La labor con materiales artificiales, la cerámica, el
tejido y el trenzado, no significa todavía gran cosa, aun cuando está mucho
más impregnada de espíritu y es mucho más creadora que todo lo
anterior. Pero sobre numerosos procedimientos, de los que nada podemos ya
saber, sobresalen algunos de poderosa fuerza mental que han dejado huellas
tras de sí. Sobre todo, los que han nacido del pensamiento constructivo.
Conocemos minas de pedernal, muy anteriores a todo conocimiento de los
metales, en Bélgica, Inglaterra, Austria, Sicilia, Portugal; minas que
seguramente se retrotraen hasta esa época; minas con pozos y galerías, con
ventiladores y desmontes, y en las cuales se trabajaba con cuerno de ciervo
(17). En la época “neolítica primera” existen relaciones de tráfico entre
Portugal y el noroeste de España y de Bretaña, a lo largo de la costa
meridional de Francia; también las hay entre la Bretaña e Irlanda; y estas
relaciones suponen una navegación de barcos capaces de sostener la mar, pero
cuya índole y especie nos es desconocida. Hay en España edificios megalíticos
de piedra labrada, que tienen tamaños colosales, con cubiertas que pesan más
de cien mil kilogramos y que hubieron de ser traídas de muy lejos y colocadas
en su sitio con técnica, que nos es desconocida. ¿Compréndense bien lo que
para semejantes empresas se necesitaba de reflexión, deliberación, inspección,
mando, preparación de meses y años para obtener y trasladar el material, para
distribuir en tiempos y espacios las tareas, para bosquejar el plano, para
asumir y dirigir la ejecución? ¡Cuán larga meditación previa no exige la
empresa de navegación en alta mar, comparada con la producción de un cuchillo
de pedernal! Sólo el “arco compuesto” que aparece en las figuras pintadas
sobre las rocas, en España, requiere para su preparación, con variadas
porciones de tendones, cuernos y determinadas maderas, una labor complicada de
cinco a siete días. Y la “invención del carro”, como decimos ingenuamente,
¡cuánto pensamiento, cuánta ordenación y actividad no supone, cuánta
meditación, que desde la finalidad, el camino y el modo del “acarreo”,
elección y preparación de la carretera, en la cual casi nadie suele
pensar, la captura o domesticación de animales de tiro, se extiende hasta las
consideraciones acerca del tamaño e índole de la carga, el afianzamiento de la
misma y la dirección y el cuidado del viaje!
Otro mundo de creaciones arranca de la idea de la
crianza. Se trata de la educación de animales y plantas, mediante
la cual el hombre mismo se hace representante de la naturaleza creadora, para
imitarla, modificarla, mejorarla y violentarla. Desde que — entonces — el
hombre siembra plantas, en vez de aprovisionarse de ellas, las ha transforma
do seguramente con plena conciencia de sus fines. En todo caso, los hallazgos
vegetales en las estaciones prehistóricas pertenecen a especies, que no se
conocen en estado salvaje. Y los más antiguos hallazgos de huesos, que de
muestran alguna forma de ganadería, ostentan ya consecuencia de la
domesticación, que sin duda alguna fue en parte querida y
conseguida por amaestramiento (18). El concepto de botín se amplifica:
no sólo la pieza cobrada es botín y propiedad, sino también el rebaño salvaje
que pasta en libertad (19), ya esté o no cercado (20). Pertenece
a alguien, a una tribu o a una tropa de cazadores, y éstos defienden su
derecho de explotación. Reducir las reses a prisión con el fin de domarlas o
domesticarlas, fin que presupone la siembra de pasto, constituye una de las
varias maneras de posesión.
Ya antes he mostrado que el origen de la mano armada tuvo
por consecuencia la distinción lógica de dos procedimientos: la
producción y el manejo del arma. Del mismo modo la empresa dirigida por el
lenguaje da de sí la distinción entre las actividades del pensamiento y
las de la mano. En toda empresa cabe distinguir entre el pensamiento y
la ejecución, y a partir de este momento la actividad del pensamiento práctico
es la primera y más importante. Hay un trabajo de dirección y un
trabajo de ejecución: y para todos los tiempos venideros constituye ésta
la forma técnica fundamental de toda la vida humana (21). Ya se trate
de una caza de reses mayores o de la construcción de un templo, ya de una
empresa guerrera o agrícola, ya de fundar un establecimiento comercial o un
Estado, ya de emprender un viaje de caravana, una sublevación o incluso de
cometer un crimen, siempre habrá de haber ante todo una cabeza emprendedora e
inventora, que tenga la idea, que dirija la ejecución, que mande, que
distribuya las tareas, en suma, jefe nativo de los que no son jefes.
Pero en la época de la empresa dirigida por el lenguaje,
no solamente hay dos clases de técnica, que de siglo en siglo se distinguen
más rigurosamente, sino también dos clases de hombres, que se
diferencian por sus aptitudes para una de ellas. En toda empresa existe
una técnica de la dirección y otra de la ejecución; pero no menos
evidentemente hay por naturaleza hombres nacidos para el mando y otros
hombres nacidos para la obediencia, sujetos y objetos de la práctica política
o económica. Esta es la forma fundamental de la vida humana que desde
aquella transformación ha ido haciéndose cada vez más variada de aspecto. Y
esa forma fundamental sólo con la vida misma podría eliminarse.
Podrá concederse que es antinatural y artificial. Pero
esto precisamente es la “cultura”. Podrá ser fatal y ha habido tiempos
en que realmente lo ha sido, porque los hombres se han imaginado poderla
eliminar artificialmente; pero no deja de ser por ello un hecho
inconmovible. Gobernar, decidir, dirigir, mandar, es un arte, una
técnica difícil, que, como cualquier otra, supone una aptitud nativa. Sólo los
niños creen que el rey se acuesta con la corona; y los infrahombres de las
grandes urbes, marxistas y literatos, creen algo semejante de los grandes
directores económicos. La empresa es una labor, que es la que hace
posible el trabajo manual. E igualmente la invención, el descubrimiento, el
cálculo y la realización de nuevos procedimientos constituyen una actividad
creadora de algunas cabezas bien dotadas y tiene por consecuencia
necesaria la actividad ejecutiva de los no creadores. Aquí está en su punto la
diferencia, algo pasada de moda, entre el genio y el talento. Genio es —
literalmente (22) — la fuerza creadora, el fuego sagrado en la vida
individual, la chispa que se enciende misteriosa mente en el torrente de las
generaciones y luego se apaga y súbitamente ilumina toda una época. Talento es
una facultad para problemas particulares ya existentes y que se puede
desarrollar por tradición, ejercicio, adiestramiento, para producir efectos
más sólidos. El talento supone el genio, para poderse aplicar; no a la
inversa.
Existe al fin una diferencia natural de rango
entre los hombres que han nacido para mandar y los hombres que han nacido para
servir, entre los dirigentes y los dirigidos de la vida. Esa diferencia
de rango existe absolutamente; y en las épocas y en los pueblos sanos es
reconocida involuntariamente por todo el mundo como un hecho, aun
cuando en los siglos de decadencia la mayoría se esfuerce por negarla o no
verla. Pero justamente ese continuo hablar de la “igualdad natural entre
todos”, demuestra un esfuerzo que se encamina a probar la no existencia de esa
diferenciación.
9
La empresa dirigida por el lenguaje está, pues,
condicionada por un tremendo menos cabo en la libertad, en la vieja libertad
del animal rapaz. Y lo está tanto para los dirigentes como para los
dirigidos. Ambos se tornan en espíritu, en alma, en cuerpo y en vida,
miembros de una unidad mayor. A esto llamamos organización. Es la
concentración de la vida activa en formas fijas; es el hallarse en forma para
empresas de cualquier índole. La acción entre varios produce el tránsito
decisivo de la existencia orgánica a la existencia organizada,
de la vida en grupos naturales a la vida en grupos artificiales,
de la horda al pueblo, a la tribu, a la clase y al Estado.
Las luchas entre los animales rapaces, individualmente
considerados, se han convertido en la guerra, esto es, en una empresa
de una tribu contra otra tribu, con sus jefes y sus mesnadas, con sus marchas,
sus ataques y sus batallas organizadas. La aniquilación del vencido tiene por
consecuencia la ley, que se impone al derrotado. El derecho humano
siempre un derecho del más fuerte, derecho que el más débil ha de
seguir (23), y este derecho, pensado como permanente entre tribus, es
la paz. Semejante paz existe también dentro de la tribu, con
objeto de mantener sus fuerzas disponibles para empresas al exterior: el
Estado es el orden interior de un pueblo para los fines exteriores. El
Estado es, como forma, como posibilidad, lo que la historia de un
pueblo es como realidad (24). Pero la historia es historia
guerrera, entonces lo más simplemente el efímero sucedáneo de la guerra,
mediante la lucha con armas espirituales. Y el conjunto de los hombres en un
pueblo es originariamente equivalente a su ejército. El carácter del
animal rapaz y libre se ha trasladado, con sus rasgos esenciales, desde el
individuo al pueblo organizado, que es el animal con un alma y muchas manos
(25). La técnica del gobernante, del guerrero y del diplomático tienen
la misma raíz y, en todos los tiempos, una afinidad interna muy profunda.
Hay pueblos cuya fuerte raza ha conservado el carácter
del animal rapaz. Hay pueblos señoriales, conquistadores, pueblos de
bandidaje, enamorados de la lucha contra los hombres, otros la lucha
económica contra la naturaleza, para luego despojarlos y someterlos.
Con la navegación nace al mismo tiempo la piratería; con la vida nómada, el
bandidaje en las grandes vías comerciales; con la agricultura, la
esclavización de los labradores por una nobleza guerrera.
Pues la organización para las empresas tiene por
consecuencia también la diferenciación del aspecto político y del
aspecto económico de la vida, la orientación hacia el poder o
hacia el botín. No sólo hay una articulación dentro de los
pueblos, según las actividades — guerreros y obreros, cabecillas y aldeanos —,
sino también una organización de tribus enteras para— una única
actividad económica. Hubo de haber ya entonces tribus cazadoras, ganaderas,
agricultoras; aldeas dedicadas a la minería, a la cerámica, a la pesca;
organizaciones políticas de marinos y traficantes. Y por encima de éstas hay
también pueblos conquistadores sin trabajo económico. Cuanto más dura es la
lucha por el poder y por el botín tanto más estrechos y severos son los
vínculos que sujetan al individuo por medio del derecho y la violencia.
En las tribus de esta índole primitiva, la vida
individual significa poco y aun nada. Debemos representarnos claramente — las
“sagas” islandesas nos dan una visión de ello— que en cada viaje por mar sólo
una parte de las naves llega a puerto, que en toda gran construcción perece
una porción notable de trabajadores, que tribus enteras fallecen de hambre en
tiempos de extremada sequía. Lo único que interesa es que queden los
individuos suficientes para representar el alma del conjunto. El
número vuelve rápidamente a aumentar. No se siente como aniquilamiento la
desaparición de alguno o de muchos, sino sólo la extinción de la
organización, es decir, del “nosotros”.
En esta creciente dependencia mutua reside la muda y
profunda venganza de la naturaleza sobre el ser que supo arrebatarle el
privilegio de la creación. Ese pequeño creador contra natura, ese
revolucionario en el mundo de la vida, conviértese en el esclavo de su propia
creación. La cultura, el conjunto de las formas artificiales, personales,
propias de la vida, desarróllase en jaula de estrechas rejas para aquella alma
indomable. El animal de rapiña, que convirtió a los otros seres en animales
domésticos, para explotarlos en su propio provecho, hace aprisionado a sí
mismo. La casa del hombre es el símbolo magno de este hecho.
Y su creciente número, en el cual el individuo se pierde,
falto de importancia. Pues una de las consecuencias más fecundas del espíritu
de empresa en el hombre, es que la población se multiplica. Donde antes vivía
una horda de pocos centenares de cabezas, asiéntase ahora un pueblo de
diez mil almas (26). Hoy apenas si hay ya espacios sin habitantes. Los
pueblos son fronterizos unos de otros, y el mero hecho de la frontera —
límite del propio poder — estimula los viejos instintos del odio,
ataque y aniquilamiento. Todo límite, sea el que fuere, incluso de índole
espiritual, es enemigo mortal de la voluntad de poderío.
No es verdad que la técnica humana ahorre trabajo. A la
esencia misma de la técnica humana, variable y personal, pertenece, en
oposición a la técnica específica de los animales, el que cada invención
contenga la posibilidad y necesidad de nuevas invenciones, de que cada
deseo cumplido despierte mil otros deseos y cada triunfo logrado sobre la
naturaleza estimule a nuevos y mayores éxitos. El alma de este animal rapaz es
insaciable, su voluntad no puede nunca satisfacerse; tal es la maldición que
pesa sobre este tipo de vida, pero también la grandeza de su destino. La paz,
la felicidad, el goce, son desconocidos justamente para los ejemplares
superiores. Ningún inventor ha previsto nunca exactamente el efecto
práctico de su acción. Cuanto más fecundo es el trabajo de dirección,
tanto más extensa se hace la necesidad de brazos ejecutores. Por eso los
presos de tribus enemigas empiezan ya a no ser sacrificados, sino explotados
en su fuerza corporal. Tal es el origen de la esclavitud humana, que
debe ser exactamente tan antigua como la esclavitud de los animales
domésticos.
Esos pueblos y tribus aumentan, por decir lo así,
hacia abajo. No es el número de “cabezas” el que aumenta, sino el de
manos. El grupo de las naturalezas nacidas para dirigir sigue siendo
pequeño. Es la manada de los animales rapaces, propiamente dichos, el
puñado de los aptos, que dispone en algún modo sobre el rebaño creciente
de los demás.
Pero incluso esta dominación de los pocos se halla muy
alejada de la antigua libertad. Esto se expresa en las palabras de Federico el
Grande: “Yo soy el primer servidor de mi Estado”. De aquí la profunda y
desesperada tendencia del hombre excepcional a permanecer interiormente libre.
Aquí y sólo aquí comienza el individualismo como contradicción a la
psicología de la masa. Es la última rebelión del alma rapaz contra la
cárcel de la cultura; es el último intento de substraerse a la nivelación
anímica y espiritual que se realiza y se representa en el hecho del gran
número. Así se explican los géneros de vida que llevan el conquistador, el
aventurero, el solitario e incluso cierto tipo de criminales y de bohemios. Se
quiere eludir la acción del gran número aspirante y se elude poniéndose por
encima de la masa o huyendo de ella o despreciándola. La idea de la
personalidad que comienza a despuntar obscuramente, es una protesta contra el
hombre de la masa. La tensión entre ambos crece hasta un término trágico.
El odio, que es propiamente el sentimiento racial del
animal rapaz, presupone que al enemigo se le estima. Hay en él un cierto
reconocimiento de la igualdad de rango anímico. Pero a los seres que están por
debajo se les desprecia. Y los seres que están debajo son envidiosos. Todos
los cuentos, todos los mitos divinos, todas las leyendas heroicas están llenos
de tales motivos. El águila no odia más que a sus iguales. No envidia a nadie
y desprecia a muchos, a todos. El desprecio mira desde la altura. La envidia
atisba de abajo arriba. Estos son los sentimientos universales históricos de
la Humanidad organizada en Estados y en clases. Sus ejemplares pacíficos
chocan impotentes con los alambres de la jaula que los encierra a todos
juntos. Nada puede librar de este hecho y de sus consecuencias. Así fue y así
será, o nada en el mundo podrá ser. Tiene sentido el atender a este hecho o el
menospreciarlo. Pero es imposible cambiarlo. El destino del hombre está en
curso y tiene que cumplirse.
Vikingos del espíritu. —
Experimento, hipótesis de trabajo, “perptuum mobile”. — Sentido de la
máquina: las fuerzas inorgánicas de la naturaleza obligadas a trabajar. —
Industria, riqueza y poderío. — Carbón y número de hombres. — Mecanización
del Universo. — Síntomas de decadencia: disminución de las naturalezas
directoras. — Sublevación de las manos. — Pérdida del monopolio de la
técnica. — El Universo matizado. — Final.
10
La “cultura” de la mano armada tenía un aliento largo y
ha hecho presa en toda la especie humana. Las “culturas del lenguaje y de la
empresa” — pues son varias, que se pueden distinguir claramente —, esas
culturas de la incipiente contraposición anímica entre personalidad y masa,
del “espíritu” cada vez más afanoso de señorío y de la vida por éste
violentada, comprenden sólo una parte del mundo humano, y están hoy, al cabo
de pocos milenios, hace tiempo ya extintas y destrozadas. Lo que llamamos
“pueblos naturales” y “primitivos” no son sino restos del material viviente,
ruinas de formas antaño animadas, escorias de las cuales ha desaparecido el
ardor del devenir y del perecer.
Sobre ese suelo proliferan desde 3000 años antes de J.C.,
acá y allá, las culturas superiores (27), las culturas en el
sentido estricto y máximo, culturas que ocupan cada una un breve espacio de
superficie terrestre y duran cada una apenas un milenio. Es éste el tiempo de
las últimas catástrofes. Cada decenio significa ya algo; cada año tiene casi
su “rostro”. Esta es historia universal en el sentido más propio, más lleno de
pretensiones. Este grupo de apasionados cursos vitales ha inventado el Estado
como su símbolo y su “mundo”, frente a la aldea del período anterior; ha
establecido la ciudad de piedra como albergue de una vida, que se ha
convertido en artificial, que se ha separado de la madre tierra, que se ha
tornado completamente antinatural. Es la ciudad del pensamiento des arraigado,
la ciudad que atrae y consume los torrentes de la vida procedentes del campo
(28).
En la ciudad nace la sociedad (29) con su
orden jerárquico de clases — nobleza, sacerdocio, burguesía—, frente al
“aldeanismo grosero”, como gradación artificial de la vida (la
natural es la división en fuertes y débiles, listos y tontos) y como sede
de una evolución cultural perespiritualizada. Aquí domina el “lujo” y “la
riqueza”. Estos son conceptos que, quienes no los poseen, malentienden
envidiosamente. Pero el lujo no es más que la cultura en la forma más llena de
pretensiones. Piénsese en la Atenas de Pendes, en la Bagdad de Harum-al-Raschid
y en el “rococó”. Esta cultura de las ciudades es, en todo y por todo, lujo;
lo es en todas sus capas y actividades y tanto más exuberante y maduro cuanto
más avanzados son los tiempos; es cultura totalmente artificial, ya se trate
de las artes diplomáticas, de la dirección dada a la vida, del adorno, de la
producción escrita, del pensamiento o de la vida económica. Sin riqueza
económica concentrada en pocas manos, es imposible también la “riqueza” de las
artes plásticas, del espíritu, de los hábitos distinguidos, y no hablemos del
lujo en las concepciones del Universo, en el pensamiento teorético,
substituido al pensamiento práctico. El empobrecimiento económico arrastra
inmediatamente tras de sí el espiritual y el artístico.
Y en este sentido, los procedimientos técnicos que se
desarrollan en el grupo de estas culturas son también lujo espiritual, frutos
tardíos, dulces y frágiles, de una creciente artificialidad y
espiritualización. Comienzan con la construcción de las pirámides funerarias
egipcias y de las torres de los templos sumerios en Babilonia. Estas
construcciones surgen en el tercer milenio antes de J. C., allá en el Sur, y
significan simplemente la victoria sobre las masas pesadas, y, pasando
por las empresas de las culturas china, india, antigua, árabe y mexicana,
llegan a las de la cultura fáustica, en el segundo milenio después de Cristo,
allá en el Norte, representando la victoria del pensamiento puramente técnico
sobre difíciles problemas.
Pues estas culturas crecen independientes unas de
otras y en una sucesión que va de Sur a Norte. La cultura fáustica europea
occidental acaso no sea la última, pero es, sin duda alguna, la
más poderosa, la más apasionada, la más trágica de todas, por su contradicción
interior entre una espiritualización, que lo comprende todo, y una profunda
disensión del alma. Es posible que todavía sobrevenga un epígono sin brillo,
acaso en algún punto situado en la llanura entre el Vístula y el Amur y en el
próximo milenio. Pero aquí la lucha entre la naturaleza y el hombre, que con
su existencia histórica se revuelve contra la naturaleza, ha sido llevada
prácticamente a su término.
La comarca del Norte ha forjado el tipo humano en razas
duras, fortalecidas por la inclemencia de las condiciones vitales, por el
frío, por la constante penuria; y las ha provisto de un espíritu
extraordinariamente acerado, animado con el ardor frío de una pasión indomable
por la lucha, la audacia y la presión hacia adelante, lo que yo he llamado el
pathos de la tercera dimensión (30). Estos hombres son una vez
más auténticos animales de rapiña, cuyas almas fuertes persiguen lo imposible,
se atreven a quebrantar la supremacía del pensamiento, de la vida,
artificialmente organizada, sobre la sangre, y convertirla en un servicio,
y elevar el destino de la libre personalidad al rango de sentido del
mundo. Tiene una voluntad de poderío, que menosprecia todas las limitaciones
del tiempo y del espacio, que se propone como objetivo propio lo ilimitado, lo
infinito, somete los continentes, envuelve al fin la tierra entera en las
formas de su tráfico y de sus comunicaciones y la transforma mediante
el poder de su energía práctica y la inmensidad de su superioridad técnica.
Al principio de toda cultura superior fórmanse las dos
clases primordiales, la nobleza y el sacerdocio, como iniciaciones de la
“sociedad”, sobre la vida aldeana del campo llano. Encarnan ideas que se
excluyen una a otra. El noble, guerrero, aventurero, vive en el mundo de los
hechos. El sacerdote, sabio, filósofo, vive en su mundo de verdades.
El uno sufre o es un destino. El otro piensa en causalidades.
Aquél quiere poner el espíritu al servicio de su vida fuerte. Este quiere
poner su vida al servicio del espíritu. Esta contraposición no ha asumido
jamás forma más irreconciliable que en la cultura fáustica, en la cual la
orgullosa sangre de los animales rapaces se subleva por última vez contra la
tiranía del pensamiento puro. Desde la lucha entre las ideas del imperio y del
pontificado, en los siglos XII y XIII, hasta la lucha entre las potencias de
una tradición racial, distinguida — monarquía, nobleza, ejército —, y las
teorías de un racionalismo, liberalismo y socialismo plebeyo — de la
revolución francesa a la revolución alemana —, siempre, una y otra vez, se ha
buscado la decisión.
11
Esta diferencia subsiste en toda su grandeza entre los
vikingos de la sangre y los vikingos del espíritu, en el ascenso de
la cultura fáustica. Aquéllos, en insaciable afán de lejanía infinitas, parten
del Norte y en 706 llegan a España; en 859, al interior de Rusia; en 861, a
Islandia, y en el mismo tiempo a Marruecos, desde donde alcanzan la Provenza y
las proximidades de Roma; en 865, por Kiev (Kaenugard), llegan al mar Negro y
a Bizancio; en 880, al mar Caspio; en 909, a Persia. Hacia 900 ocupan la
Normandía e Islandia; hacia 980, Groenlandia; hacia el año 1000 descubren
Norteamérica. En 1029 parten de Normandía y llegan a la baja Italia y a
Sicilia; en 1034 parten de Bizancio y van a Grecia y al Asia Menor. En 1066
salen de la Normandía y conquistan Inglaterra (31).
Con la misma audacia y la misma hambre de poder y de
botín espirituales, los frailes nórdicos de los siglos XIII y XIV
penetran en el mundo de los problemas técnico-físicos. Aquí no hay nada de esa
curiosidad ociosa y extraña a la acción, que caracteriza a los sabios chinos,
indos, antiguos y árabes. Aquí no hay especulaciones con el propósito de
obtener una simple “teoría”, una imagen de aquello que no se puede conocer.
Sin duda toda teoría científico-natural es un mito, que el
entendimiento bosqueja sobre los poderes de la naturaleza, y toda teoría
depende completamente de la religión correspondiente (32). Pero aquí y
sólo aquí la teoría es desde un principio hipótesis de trabajo (33).
Una hipótesis de trabajo no necesita ser “justa”; ha de ser tan sólo
prácticamente utilizable. No se propone descubrir los enigmas del Universo que
nos rodea, sino hacerlos servir a determinados fines. De aquí se deriva
la exigencia del método matemático, que fue planteada por los ingleses
Grosseteste (nacido en 1175) y Roger Bacon (nacido hacia 1210), y por los
alemanes Alberto Magno (nacido en 1193) y Witelo (nacido en 1220). De aquí
también se deriva el experimento, la scientia experimentalis de
Bacon, la inquisición de la naturaleza con aparatos de tortura, con palancas y
tornillos (34). Experimentum enim solum certificat, como escribe
Alberto Magno. Es la astucia guerrera de los animales rapaces del espíritu.
Creían que lo que querían era “conocer a Dios”; pero lo que en realidad
querían era aislar, hacer utilizables y palpables las fuerzas de la
naturaleza inorgánica, la energía invisible en todo lo que acontece. La
física faústica y sólo ésta es dinámica, frente a la estática de los
griegos y a la alquimia de los árabes (35). No se trata de materia,
sino de fuerza. La masa misma es una función de la energía. Grosseteste
desarrolla una teoría del espacio como función de la luz, y Pedro Peregrino
establece una teoría del magnetismo. En un manuscrito de 1322 se indica ya la
teoría copernicana del movimiento de la tierra alrededor del sol, y cincuenta
años después Nicolás de Oresme, en De coelo et mundo, fundamenta esta
teoría con más claridad y profundidad que el mismo Copérnico, y en De
differentia qualitatum anticipa las leyes de la caída, de Galileo, y la
geometría de las coordenadas de Descartes. Considérase a Dios, no ya como el
Señor, que desde su trono gobierna el Universo, sino como una fuerza infinita,
pensada casi de modo impersonal, fuerza que está presente en todas partes en
el mundo. Extraño servicio divino era esa investigación experimental de las
fuerzas ocultas por piadosos frailes. Y, como decía un viejo místico alemán:
“Al servir a Dios, Dios te sirve a ti”.
Cansada estaba la Humanidad de contentarse con el
servicio de las plantas, los animales y los esclavos, de arrebatar a la
naturaleza sus tesoros — los metales, las piedras, las maderas, las materias
textiles, el agua en canales y pozo —, de vencer sus resistencias por medio de
la navegación, las carreteras, los puentes, los túneles y los diques. La
naturaleza no había de seguir siendo saqueada en sus materias, sino que
había de ponerse en tensión, con todas sus fuerzas, sometiéndose al yugo
y realizando trabajo de esclava, para multiplicar el poder del hombre. Este
enorme pensamiento es tan antiguo como la cultura faústica misma, aunque es
ajeno a todas demás culturas. Ya en el siglo X encontramos construcciones
técnicas de índole completamente nueva. Ya Roger Bacon y Alberto Magno
meditaban sobre máquinas de vapor, barcos de vapor y aparatos voladores. Y
muchos en la celda del claustro cavilaban sobre la idea del Perpetuum
mobile (36).
Esta idea ya no nos abandona jamás. Hubiese sido la
definitiva Victoria sobre Dios o la naturaleza — Deus sive natura —: un
mundo pequeño, creado por sí mismo, y que, como el grande, se mueve por
propia fuerza y obedece al dedo del hombre. Construir un mundo, ser Dios,
tal fue el ensueño de los inventores fáusticos; de ese ensueño salieron todos
los bosquejos de máquinas, que se acercaban lo más posible al fin inaccesible
del perpetuum mobile. El concepto de botín, en que piensa el animal
rapaz, fue llevado hasta su extremo límite. No esto y aquello, como el fuego
que Prometeo robó, sino el Universo mismo es, con el secreto de su fuerza,
considerado como la presa y botín en la construcción de esta cultura. Y los
que no estaban poseídos por esa voluntad de omnipotencia, superior a la
naturaleza, habían de sentirla como algo diabólico; y, en efecto, siempre se
ha sentido la máquina como invención del diablo, y se la ha temido. Con Roger
Bacon comienza la larga serie de los que fueron considerados como mágicos y
heréticos.
Pero la historia de la técnica europea occidental sigue
adelante. Hacia 1500, con Vasco de Gama y Colón, comienza otra serie de
expediciones vikingas. Créanse o conquístanse nuevos imperios en las Indias
occidentales y orientales; y un torrente de hombres, con sangre nórdica
(37), se vierte hacia América, en donde antaño los navegantes de Islandia
desembarcaron en vano. Y al mismo tiempo los viajes de los vikingos del
espíritu se amplifican en proporciones poderosas. Se inventan la pólvora y la
imprenta. Desde Copérnico y Galileo vienen a la luz innumerables
procedimientos técnicos, cuyo sentido es siempre el aislar la fuerza
inorgánica del mundo en torno y hacerla rendir trabajo en substitución de los
animales y los hombres.
Con las ciudades crecientes la técnica se hace burguesa.
El sucesor de aquellos frailes góticos es el sabio inventor profano,
sacerdote sapiente de la máquina. Con el racionalismo, finalmente, la
“creencia en la técnica” se convierte casi en religión materialista: la
técnica es eterna e imperecedera, como Dios Padre; salva a la Humanidad, como
el Hijo; nos ilumina, como el Espíritu Santo, Y su adorador es el filisteo
moderno del progreso, desde La Mettrie hasta Lenin.
En realidad, la pasión del inventor no tiene nada
que ver con sus consecuencias. Ella es su personal tema de vida, su
personal ventura y desventura. El inventor quiere gozar para sí del
triunfo sobre difíciles problemas, de la riqueza y fama que el éxito le
proporciona. Que su invención sea útil o fatal, creadora o destructora, esto
no le atañe para nada, aun suponiendo que haya algún hombre capaz de saberlo
de antemano. Pero nadie puede prever los efectos de una “conquista técnica de
la Humanidad”, prescindiendo de que “la Humanidad no ha inventado nunca nada”.
Descubrimientos químicos como la síntesis del añil, y probablemente, dentro de
poco tiempo, la del caucho artificial, destruyen las condiciones de vida en
que se desarrollan países enteros. El transporte de la energía eléctrica y el
alumbramiento de fuerzas hidráulicas han desvalorado las antiguas regiones
carboníferas de Europa, con toda su población. Pero semejantes
reflexiones ¿han llevado nunca a algún inventor a destruir su obra? El que lo
crea, conoce mal la naturaleza rapaz del animal humano. Todas las grandes
invenciones ‘y empresas proceden del deleite que el hombre fuerte paladea en
la victoria. Son expresión de la personalidad y no del pensamiento
utilitario de las masas, que se limitan a presenciar y han de aceptar
las con secuencias tales como son.
Y estas consecuencias son enormes. El pequeño enjambre de
espíritus nativamente directores, de empresarios e inventores, constriñe la
naturaleza a realizar un trabajo, que se mide por millones y millares de
caballos vapor y ante el cual nada significa ya la cantidad de energía
corporal humana. No se conocen hoy mejor que antes los enigmas de la
naturaleza; pero se conoce la hipótesis de trabajo, que no es “verdadera”,
sino sólo adecuada a fines y con cuyo auxilio se obliga a la naturaleza a
obedecer al mando humano, a la más leve presión de un botón o de una
palanca. El tempo de las invenciones crece hasta límites fantásticos;
y, sin embargo, debe repetirse, una y otra vez, que no ahorra absolutamente
ningún trabajo humano. El número de los brazos necesarios aumenta con el
número de las máquinas, porque el lujo técnico supera toda otra índole de lujo
(38) y porque la vida artificial se hace cada día más artificial.
Desde la invención de la máquina, la más astuta de todas
las armas contra la naturaleza, que en general son posibles, los empresarios e
inventores han aplicado a su construcción esencialmente el número de
brazos que necesitan. El trabajo de la máquina es realizado por la
fuerza inorgánica, la tensión del vapor o del gas, de la electricidad y del
calor, que se obtienen del carbón, del petróleo y del agua. Pero esto ha
tenido por efecto el aumentar peligrosamente la tensión anímica entre
directores y dirigidos. Ya no se comprenden unos a otros. Las empresas
primitivas de los milenios anteriores a Jesucristo exigían la colaboración
inteligente de todos los que sabían y sentían aquello de que se trataba.
Había entonces una especie de camaradería como hoy en la caza y en el deporte.
Pero ya durante la construcción de los grandes edificios en Egipto y Babilonia
no debió de ser éste el caso. El trabajador aislado no comprendía ni el
término ni la finalidad de todo el procedimiento; ni tampoco le importaban,
siéndole indiferentes y acaso odiosos. El “trabajo” era una maldición,
como nos lo refiere la narración del paraíso al principio de la Biblia. Pero
ahora, desde el siglo XVIII, innumerables “manos” trabajan en cosas de cuya
función efectiva en la vida, incluso en la vida propia, nada saben ya y en
cuyos éxitos no participan lo más mínimo interiormente. Dilátase en el mundo
actual una soledad desértica del alma, una desconsoladora nivelación, sin
altos ni bajos, que despierta encono contra la vida de los dotados, de
los que han nacido creadores. No se quiere ya ver, no se quiere ya
comprender que el trabajo director es el trabajo más duro y que de él,
de su logro, depende la propia vida. Se siente sólo que ese trabajo
hace feliz, que llena y enriquece el alma, y por eso mismo se le odia.
12
En realidad, empero, ni las cabezas ni las manos pueden
alterar en nada el destino de la técnica maquinista, que se ha desarrollado
por necesidad interna, por necesidad del alma, y que ahora marcha hacia su
plenificación, hacia su término. Nos hallamos hoy en la cúspide, allí donde
comienza el quinto acto. Las últimas decisiones sobrevienen. La tragedia
acaba.
Toda gran cultura es una tragedia. La historia del hombre
en conjunto es trágica. Pero el delirio y la caída del hombre fáustico
es más grande que todo cuanto Esquilo y Shakespeare han contemplado jamás. La
creación se subleva contra el creador. Así como antaño el microcosmos-hombre
se sublevó contra la naturaleza así ahora el microcosmos-máquina se subleva
contra el hombre nórdico. El señor del mundo tórnase esclavo de la máquina. La
máquina le constriñe, nos constriñe a todos sin excepción, sepámoslo y
querámoslo o no, en la dirección de su trayectoria. El victorioso despeñado es
pisoteado a muerte bajo el golpe de los caballos.
A principios del siglo XX, el “Universo” en este pequeño
planeta ofrece el espectáculo de un grupo de naciones con sangre nórdica,
dirigidas por ingleses, alemanes, franceses y yanquis, que domina la
situación. Su poderío político se basa en su riqueza y su riqueza
consiste en la fuerza de su industria. Ésta, a su vez, está
condicionada por la existencia de carbón. La situación de las regiones
carboníferas descubiertas asegura, sobre todo a los pueblos germánicos, casi
el monopolio y conduce a un aumento de población, que es único en toda la
Historia. Sobre las espaldas del carbón y en los centros de las vías del
tráfico, que del carbón irradian, reúnense una masa humana de enormes
proporciones, masa que se ha disciplinado en la técnica maquinista y
trabaja para ella y vive de ella. Los demás pueblos, ya en
figura de colonias, ya como Estados en apariencia independientes, mantiénense
en un papel que consiste en producir materias primas y en consumir productos
manufacturados. Esta distribución de los papeles queda asegurada por los
ejércitos y las escuadras, cuyo entretenimiento supone la riqueza de los
países industriales y que, a consecuencia de su educación técnica, se han
convertido también en verdaderas máquinas, que trabajan a una señal del dedo.
Una vez más muéstrase aquí la profunda semejanza y aun casi identidad entre la
política, la guerra y la economía. El grado de poder militar depende
del rango de la industria. Los países de pobre industria son pobres
en general; no pueden, pues, mantener un ejército ni costear una guerra;
son, por tanto, políticamente impotentes, y en ellos los trabajadores, tanto
los que dirigen como los que son dirigidos, constituyen objetos para la
política económica de sus adversarios.
Frente a las masas de manos ejecutoras, que son lo
único que la desfavorable “mirada del pequeño” percibe, resulta ya
desconocido y desestimado el creciente valor de la labor directora, que
ejecutan unas pocas cabezas creadoras: los empresarios, los organizadores, los
inventores, los ingenieros (39). Ello acontece menos en América, nación
práctica, y, en cambio, más en Alemania, país de “poetas y pensadores”. La
absurda frase “todas las ruedas se paran si tu fuerte brazo quiere” envuelve
en niebla los cerebros de los parlanchines y de los escritores. Parar la rueda
puede hacerlo cualquier insecto, que cae en el mecanismo. Pero inventar esas
ruedas y darles ocupación, para que aquel “brazo fuerte” pueda alimentarse,
esto sólo pueden hacerlo unos pocos, nacidos para ello.
Esos incomprendidos y odiados, ese puñado de fuertes
personalidades, tienen una psicología muy distinta. Conocen todavía el
sentimiento de triunfo, que anima al animal rapaz cuando tiene entre sus
garras la palpitante presa; el sentimiento de Colón, cuando vio aparecer la
tierra en el horizonte; el sentimiento de Moltke, en Sedán, cuando por la
tarde, desde la altura de Frénois, observaba cómo el cerco de su artillería se
cerraba en Illy, rematando la victoria. Estos momentos, estas cumbres de lo
que un hombre puede vivir son los momentos en que un gran navío, ante
los ojos de su constructor, resbala sobre el astillero y entra en el agua; el
instante en que una máquina, recién inventada, comienza a trabajar a la
perfección y en que el primer zeppelín se levanta sobre el suelo. Pero el
trágico destino de este tiempo quiere que el pensamiento humano desencadenado
no pueda ya aprehender sus propias consecuencias. La técnica se ha convertido
en un misterio, como la alta matemática de que hace uso, como la teoría física
que, en su pensamiento taladrante, atraviesa las abstracciones del fenómeno y
penetra hasta las formas fundamentales puras del conocer humano, sin notarlo
claramente (40). La mecanización del mundo ha entrado en un
estadio de peligrosísima tensión. La imagen de la tierra, con sus plantas,
animales y hombres, se ha modificado. Dentro de pocos decenios habrán
desaparecido las grandes selvas, convertidas en papel de periódicos, y se
producirán cambios de clima que amenazan la agricultura de poblaciones
enteras. Innumerables especies animales se extinguen casi por completo, como
el búfalo, y razas humanas desaparecen, como los indios norteamericanos y los
naturales de Australia.
Todo lo orgánico sucumbe a la creciente organización. Un
mundo artificial atraviesa y envenena el mundo natural. La civilización se ha
convertido ella misma en una máquina, que todo lo hace o quiere hacerlo
maquinísticamente. Hoy se piensa en caballos de vapor. Ya no se ven y
contemplan las cascadas sin convertirlas mentalmente en energía eléctrica. No
se ve un prado lleno de rebaños pastando sin pensar en el aprovechamiento de
su carne. No se tropieza con un bello oficio antiguo de una población todavía
alimentada de savia primordial, sin sentir el deseo de substituirlo por una
técnica moderna. Con sentido o sin él, el pensamiento técnico quiere
realización. El lujo de la máquina es la consecuencia de una
constricción mental. La máquina es, en último término, un símbolo, como su
ideal oculto, el perpetuum mobile, es una necesidad espiritual y
anímica, pero no vital.
Ya comienza a contradecir en muchos puntos a la práctica
científica. La descomposición se anuncia por doquiera. La máquina anula su fin
por su número y su refinamiento. El automóvil en las grandes ciudades ha
anulado por su masa el efecto que quería conseguir; y se llega a los sitios
más de prisa a pie. En Argentina, Java y otros lugares revélase el sencillo
arado, tirado por animales en las propiedades pequeñas, como superior
económicamente a los grandes motores y desplaza de nuevo a éstos. En muchas
regiones de los trópicos, el aldeano de color, con sus labores primitivas se
convierte en peligroso competidor de la explotación moderna y técnica en las
grandes plantaciones de los blancos. Y el trabajador blanco de la industria en
la vieja Europa y en Norteamérica, comienza a ver problemático su trabajo.
Es locura hablar — como estuvo de moda en el siglo XIX —
del agotamiento que amenaza sobrevenir en las minas de carbón dentro de pocos
siglos, acarreando graves consecuencias. Era esta tesis una idea materialista.
Prescindiendo de que hoy ya el petróleo y la fuerza hidráulica van penetrando
en extensiones considerables, como reservas inorgánicas de fuerza, es claro
que el pensamiento técnico descubriría muy pronto otras fuerzas distintas.
Pero aquí no se trata de semejantes espacios de tiempo. La técnica americana y
europeo-occidental acabará antes. Una circunstancia mezquina, como la
falta de materia, no podría en modo alguno detener esa evolución poderosa.
Mientras el pensamiento, que en ella actúa, permanezca en la altura,
sabrá siempre crear los medios necesarios para sus fines.
Pero ¿cuánto tiempo seguirá estando en la altura? Sólo
para mantener en el mismo nivel la provisión actual de métodos y dispositivos
técnicos son necesarias, digamos, por ejemplo, cien mil cabezas
sobresalientes: organizadores, inventores, ingenieros. Tienen que ser talentos
fuertes e incluso creadores, transidos de entusiasmo por su causa y formados
durante años, con acerado celo y grandes gastos. En realidad, hace cincuenta
años que la mayor parte de los fuertes talentos juveniles, en los pueblos
blancos, sienten una inclinación predominante hacia esa vocación. Ya los niños
jugaban con juguetes técnicos. En las capas urbanas y en las familias de las
ciudades, cuyos hijos son los que en este punto han de tenerse en
consideración, el bienestar, la tradición de vocaciones espirituales y de
cultura refinada constituían los supuestos normales para la formación de este
producto maduro y tardío del pensamiento técnico.
Pero hace ya decenios que, con claridad creciente, está
cambiando todo esto en los países de gran industria y antigua técnica. El
pensamiento fáustico comienza a hartarse de la técnica. El cansancio se
propaga, una especie de pacifismo en la lucha contra la naturaleza. Siéntese
el atractivo de formas vitales más sencillas, más próximas a la naturaleza.
Los jóvenes se dedican al deporte en vez de dedicarse a los ensayos técnicos.
Cunde el odio a las grandes ciudades; se aspira a sacudir el yugo de las
actividades sin alma, a eludir la esclavitud de la máquina, a disipar la clara
y fría atmósfera de la organización técnica. Justamente los talentos más
fuertes y creadores se desvían de los problemas prácticos y de las ciencias
prácticas y se dedican a la pura especulación. Empiezan a resucitar el
ocultismo y el espiritismo, las filosofías indias, las cavilaciones
metafísicas de matiz cristiano o pagano, todas cosas que eran despreciadas en
la época del darwinismo. Este es el talante de Roma en la época de Augusto.
Por hálitos de vida, huyen los hombres de la civilización y buscan refugio en
continentes más primitivos, en vagabundajes, en el suicidio. Comienza la
fuga de los directores nativos ante la máquina. Dentro de poco sólo habrá
disponibles talentos de segundo orden, epígonos de una gran época. Todo gran
empresario comprueba la disminución de las calidades espirituales en la
descendencia. Ahora bien; la grandiosa evolución técnica del siglo XIX fue
posible, exclusivamente, en virtud del nivel espiritual creciente. No sólo la
disminución, sino simplemente la detención, es peligrosa y señala hacia un
término, por muchas que sean las manos bien preparadas que se apresten al
trabajo.
Y en esto, ¿qué acontece también? La tensión entre el
trabajo de los directores y el de los ejecutores ha alcanzado el grado de una
catástrofe. La importancia de los primeros y el valor económico de toda
auténtica personalidad en el trabajo directivo se han hecho tan grande,
que ya no es visible ni comprensible para la mayor parte de los que se hayan
abajo. En la otra labor, en la labor de las manos, el individuo no tiene la
menor importancia. Sólo el número tiene aún valor. El conocimiento de esta
situación inmodificable, conocimiento excitado por oradores y escritores
egoístas, explotado financieramente y envenenado, es tan desconsolador, que
una rebelión contra el papel conferido a la mayor parte de los hombres por
la máquina y no por sus poseedores, es al fin harto humano. En
innumerables formas, desde el atentado hasta el suicidio, pasando por la
huelga, iníciase la sublevación de las manos contra su destino, contra
la máquina, contra la vida organizada y, al fin, contra todo y contra todos.
La organización del trabajo, tal como reside desde milenios en el concepto de
la acción entre muchos y que tiene por fundamento la distinción entre
directores y dirigidos, entre cabezas y manos, está siendo deshecha desde
abajo. Pero la “masa” no es más que una negación; la masa niega el
concepto de la organización; la masa no es algo que por sí mismo sea capaz de
vida. Un ejército sin oficiales no es más que un montón de hombres superfluos
y extraviados (41). Un detritus de chatarra y de tejas no es un
edificio. Esta sublevación en toda la tierra amenaza anular la posibilidad
de un trabajo técnico económico. Los directores pueden huir; pero los
dirigidos, ya inútiles, están perdidos. Su número significa su muerte.
El tercer síntoma, y el más grave, de la descomposición
incipiente reside en lo que pudiéramos llamar la traición a la técnica.
Trátase de cosas que todo el mundo conoce, pero que nunca se ven en la
conexión que les permite manifestar su sentido fatal. La enorme superioridad
de la Europa occidental y de Norteamérica en la segunda mitad del siglo
pasado, por lo que se refiere a la fuerza de toda índole, económica, política,
militar, financiera, descansa en un indiscutido monopolio de la industria. Las
grandes industrias se han desarrollado en relación con los yacimientos
carboníferos en esos países nórdicos. El resto del mundo era región de
consumo, y la política colonial ha actuado en el sentido de descubrir nuevas
regiones de consumo y de materias primas, pero no nuevas regiones de
producción. Carbón había también en otras partes; pero sólo el ingeniero
“blanco” hubiera podido descubrirlo. Nos hallábamos en la posesión única no
sólo de las materias, sino también de los métodos y de los cerebros
capaces de darles aplicación. Tal es el fundamento del tipo lujoso de vida que
lleva el trabajador blanco, el cual, en comparación con el hombre de color
(42), tiene ingresos principescos. Esta circunstancia ha sido omitida por
el marxismo para su gran daño. Hoy se venga lanzando en el curso de la
evolución el problema de la falta de trabajo. El salario del trabajador
blanco, que hoy es un peligro para su vida, descansa, por lo que a su
altura se refiere, exclusivamente en el monopolio que los directores de la
industria habían establecido alrededor de él (43).
Pero a fines del siglo la ciega voluntad de poderío
empieza a cometer errores decisivos. En vez de mantener secreto el saber
técnico, el mayor tesoro que los pueblos “blancos” poseían, fue ofrecido a
todo el mundo orgullosamente, en todas las escuelas superiores, de palabra y
por escrito, y se aceptaba con orgullosa satisfacción la admiración de los
indios y los japoneses. Iníciase la conocida “dispersión de la industria”,
incluso a consecuencia de la reflexión de que conviene aproximar la producción
a los consumidores para obtener mayores provechos. En lugar de exportar
exclusivamente productos, comiénzanse a exportar secretos, procedimientos,
métodos, ingenieros y organizadores. Incluso hay inventores que emigran. El
socialismo, que quería someterlos a su yugo, los despide. Todos los
“hombres de color” penetraron en el secreto de nuestra fuerza, lo
comprendieron y lo aprovecharon. Los japoneses llegaron a ser, en treinta
años, técnicos y peritos de primer orden, y en la guerra contra Rusia
demostraron una superioridad técnica militar, de la que sus maestros mismos
pudieron aprender. En todas partes, en el Asia oriental, en la India, en
América del Sur, en África del Sur, se han formado regiones industriales o
están formándose; y como pagan salarios inferiores, hacen a la vieja industria
una competencia mortal. Los insubstituibles privilegios de los pueblos blancos
han sido dilapidados, gastados y traicionados. Los adversarios han alcanzado a
sus modelos y acaso los superen con la mezcla de las razas de color y con la
archimadura inteligencia de civilizaciones antiquísimas. Allí donde hay
carbón, petróleo y fuerzas hidráulicas puede forjarse una nueva arma contra el
corazón de la cultura fáustica. Aquí comienza la venganza del mundo explotado
contra sus señores. Con las innumerables manos de los hombres de color, que
trabajan tan hábilmente como los blancos y con muchas menos pretensiones,
conmuévese la base de la organización económica de los blancos. El lujo
habitual del obrero blanco, comparativamente con el kuli, conviértese en
destino fatal. El propio trabajo de los blancos resulta innecesario. Las
poderosas masas acampadas sobre el carbón septentrional los dispositivos de la
industria, el capital invertido, ciudades y comarcas enteras, amenazan
sucumbir a la competencia. El centro de gravedad de la producción desplázase
incoerciblemente, desde que la guerra mundial ha puesto fin al respeto de los
hombres de color ante el blanco. Este es el verdadero motivo de la falta de
trabajo en los viejos países de Europa y América, falta de trabajo que no
constituye una crisis, sino el comienzo de una catástrofe.
Pero para los hombres de color — los Rusos quedan
incluidos en este concepto — la técnica fáustica no es ya una necesidad
interior. Sólo el hombre fáustico piensa, siente y vive en sus formas. Para
este es esa técnica espiritualmente necesaria; no sus consecuencias
económicas, sino sus victorias. Navigare necesse est, vivere non est
necesse. Para los “hombres de color” la técnica no es más que un arma en
la lucha contra la civilización fáustica, un arma semejante a una rama de
árbol que se tira cuando ha cumplido a su fin. Esta técnica maquinista acaba
con el hombre fáustico y llegará un día en que se derrumbe y se olvidarán
los ferrocarriles y los barcos de vapor, como antaño las vías romanas y la
muralla de China, y nuestras ciudades gigantescas con sus rascacielos, lo
mismo que los palacios de la vieja Memphis y de Babilonia. La historia de esa
técnica se aproxima rápidamente a su término inevitable. Está carcomida por
dentro, como todas las grandes formas de cualquier cultura. Pero no sabemos
cuándo y de qué modo acabará.
En vista de este destino, sólo hay una concepción del
Universo que sea digna de nosotros: la ya citada de Aquiles cuando dice que
mejor es una vida breve, llena de hazañas y de gloria, que una vida larga sin
contenido. El peligro se ha hecho tan grande para cada individuo, cada clase,
cada pueblo, que es deplorable el pretender engañarse. El tiempo no puede
detenerse; no hay prudentes retornos, no hay cautelosas renuncias. Sólo los
soñadores creen en posibles salidas. El optimismo es cobardía.
Hemos nacido en este tiempo y debemos recorrer
violentamente el camino hasta el final. No hay otro. Es nuestro deber
permanecer sin esperanza, sin salvación en el puesto ya perdido. Permanecer
como aquel soldado romano, cuyo esqueleto se ha encontrado delante de una
puerta en Pompeya, y que murió porque al estallar la erupción del Vesubio
olvidáronse de licenciarlo. Eso es grandeza; eso es tener raza. Ese honroso
final es lo único que no se le puede quitar al hombre.
(1) Decadencia de Occidente. Tomo I, Capítulo II.
(2) Decadencia de Occidente. Tomo III, Capítulo I.
(3) Decadencia de Occidente. Tomo I, Capítulo II,
números 4 y 5.
(4) Decadencia de Occidente. Tomo III, páginas 11
y siguientes.
(5) Von Uxküll, Concepción biológica del universo.
(6) Sólo la manía sistemática y clasificativa de los
anatómicos, que no son más que anatómicos, ha puesto al hombre en la
proximidad del mono; y aun esto está resultando ya hoy prematuro y
superficial. Véase Klaatsch, que fue darwinista: Der Werdegang der
Menschheit (El advenimiento de la humanidad), 1920, páginas 29 y
siguientes. Justamente en el “sistema”colócase el hombre al margen y fuera de
todo orden, siendo sumamente primitivo en muchos rasgos de su estructura
corporal, y en otros, en cambio, una excepción. Pero a nosotros, que
consideramos su vida, esto no nos interesa. El hombre, en su destino,
es decir, por su alma, es un animal de rapiña.
(7) ¡Harto se habla de evolución! Los darwinistas dicen
que la posesión de semejantes armas privilegiadas ha favorecido y conservado
la especie en la lucha por la vida. Pero es lo cierto que sólo el arma ya
completamente formada sería una ventaja. El arma en trance de evolución — y se
nos dice que esta evolución ha debido durar milenios — hubiera sido una carga
inútil, que más hubiese perjudicado que beneficiado la especie. Y ¿cómo
representarse el comienzo de tal evolución? Esta caza de las causas y los
efectos, que en último término son formas del pensar humano y no del suceder
universal, resulta bastante necia, si se cree que con ella se va a penetrar en
los arcanos del universo.
(8) La teoría de la mutación, 1901-1903.
(9) N.del E. Acheulense: Cultura del Paleolítico Inferior
correspondiente al período de la tercera glaciación (200.000 - 125.000 A.C.;
es decir, entre el interglaciar Mindel-Riss y la glaciación Würm)‚ localizada
en Saint-Achaeul (Somme‚ Francia). Durante este período está en auge la talla
del sílex bifacial‚ una técnica de trabajo más depurada que el período
anterior Chelense o Abevillense.
Solutrense: Cultura del Paleolítico Superior (20.000 –
15.000 A.C. Paleolítico Superior Medio). Esta cultura solutrense, sea su
origen europeo o norteafricano, fue esencialmente lítica, tanto que incluso se
ha dudado que tuviera un arte rupestre representativo. Es en este ciclo cuando
la talla del utillaje de sílex alcanza la máxima perfección y así, aunque no
se han descubierto pinturas parietales, sí se han encontrado numerosas
laminillas grabadas o pintadas
(10) Decadencia de Occidente. Tomo 1, Capítulo II,
número 16. Tomo III, Capítulo III, número 6.
(11) Sobre la base de las investigaciones de De Beer
acerca de la cerámica sueca de cintas, véase el Real Lexihon der
Vorgeschichte (Tomo II, “Cronología diluvial”).
(12) Sobre lo que sigue, véase Decadencia de Occidente.
Tomo III, Capítulo II, “Pueblos, razas, idiomas”.
(13) Ibídem.
(14) Hasta el punto de que, en algunos idiomas, la
“oración” es una palabra única y monstruosa, en la cual, por medio de prefijos
y sufijos clasificativos, colocados en orden regular, se expresa todo lo que
se quiere decir.
(15) El concepto es la ordenación de cosas, situaciones y
actividades en clases de generalidad práctica. El criador de caballos
no dice nunca “caballo”, sino bayo, o jaca torda; el cazador dice “jabalí”,
verraco, venado, etc.
(16) Seguramente no se aprendía a hablar hasta que se era
muy mayor, como hoy los niños no aprenden a escribir hasta que ya son
grandecitos.
(17) Real Lexikon der Vorgeschichte (Diccionario
de Prehistoria). Tomo 1 (Bergbo: minería).
(18) Hilzheimer, Naturliche Rassengeschichte der
Haussaugetiere, 1926 (Historia natural de las razas de mamíferos
domésticos).
(19) Como hoy las reses de nuestros montes.
(20) Todavía en el siglo XIX las tribus de indios
perseguían los grandes rebaños de búfalos, como aún hoy los gauchos argentinos
los rebaños de vacuno, que son propiedad privada. El nomadismo ha nacido en
gran parte así de la sedentariedad.
(21) Decadencia de Occidente, Tomo IV, Capitulo V,
números 2 y 4.
(22) Viene de la palabra latina Genius, que
significa la fuerza fecundante del varón.
(23) Decadencia de Occidente. Tomo III, Capítulo
1, número 15; Tomo IV, Capítulo IV, número 6.
(24) Ibídem.
(25) Y con una sola cabeza, no con muchas.
(26) Y hoy se apretujan millones.
(27) Decadencia de Occidente. Tomo I, Capitulo II,
número 6.
(28) Decadencia de Occidente. Tomo III, capítulo
II: “El alma de la ciudad”
(29) Decadencia de Occidente. Tomo IV, Capítulo IV,
números 1 y 4.
(30) Decadencia de Occidente. Tomo I, Capítulo III,
número 2; Tomo II, capítulo y, número 3.
(31) K. Th. Strasser, Wikingos y normandos (1928)
(32) Sobre lo que sigue, véase Decadencia de Occidente.
Tomo II, Capítulo VI.
(33) Ibídem. Tomo III, Capitulo III, número 19.
(34) Ibídem. Tomo IV, Capitulo V, número 6.
(35) Ibídem. Tomo II, Capítulo VI, número 12.
(36) Decadencia de Occidente. Tomo IV, Capítulo V:
“La máquina. — Epístola De Magnete, de Pedro Peregrino, en 1269”.
(37) Pues los que emigraron de España, Portugal y Francia
fueron seguramente, en su mayor parte, descendientes de los conquistadores de
la época de las invasiones bárbaras. Lo que restaba era la masa humana, que
había perdurado a través de celtas, romanos y sarracenos.
(38) Compárese la vida de los trabajadores hacia 1700 y
hacia 1900 y el tipo de vida de los trabajadores urbanos con el de los
aldeanos.
(39) Decadencia de Occidente. Tomo IV, Capítulo V,
número 7.
(40) Decadencia de Occidente. Tomo II, Capítulo VI,
números 14 y 15.
(41) El Gobierno soviético, desde hace quince años, no
hace otra cosa que intentar, con nuevos nombres, restablecer las
organizaciones políticas, militares y económicas, que ha destruido.
(42) Comprendo entre los “hombres de color” a los
habitantes de Rusia y de una parte de la Europa meridional y oriental.
(43) Demuéstralo ya la contraposición entre el salario de
un gañán en el campo y los ingresos de un obrero metalúrgico.
EDITORIAL VER, Buenos
Aires
Copyright by Editorial Ver
BUENOS AIRES 1963
SE TERMINÓ DE IMPRIMIR
EL 22 DE JULIO DE 1963,
EN LOS TALLERES GRÁFICOS
YUNQUE S.R.L., CALLE Pozos 968,
BUENOS AIRES
EL HOMBRE Y LA TÉCNICA
La traducción de estos ensayos fue realizada por el
gran traductor del alemán —Ortega y Gasset lo dijo siempre— y Académico,
señor García Morente.
La Editorial Ver, se dedicará a editar, obras de este
tipo y cultura, puesto que nuestra idea, es realizar una Editorial de
pocas ediciones pero sí, libros de valor y prestigio, para profesores,
escritores, literatos, bibliotecarios y personas de cultura exigente. Todo
libro será entonces una garantía, bajo el sello de Editorial Ver.
En las librerías y a su librero pídales las obras de
Editorial Ver. Saldrá una obra cada cuatro meses, y así tendrá una
heterogénea colección, pero siempre armónicamente; puesto que nuestras
obras son elegidas cuidadosamente y son obras de necesidad cultural y de
prestigio cimentado en los ámbitos del mundo de la ciencia, de las artes y
de las aulas universitarias.
Treinta y dos años de editores, nos da la suficiente
experiencia, para realizar esta editorial, que llenará las necesidades de
las exigentes demandas culturales de un selecto público lector, muy
inteligente y cabalmente conocedor.
Y la experiencia nos enseña que, como decía Gracián:
“Lo bueno, si es breve, dos veces bueno”.
EDITORIAL VER
|