NINGUN LUGAR DONDE IR

Norman Spinrad

 

 

 

How does it feel

To be on your own?

With no direction home.

Like a complete unknown.

Like a rolling stone.

 

Bob Dylan, «Like a Rolling Stone»

 

 

- Sin embargo, yo conseguí una vez meterlo todo en la caja de Pandora - dijo Richardson, tomando otra pulgarada -. ¿Recuerdas la historia de Pandora, Will? En el departamento de bioquímica cualquiera terminaba metiéndolo todo en la caja de Pandora en una u otra ocasión. Creo recordar vagamente que incluso tú también lo conseguiste.

- Eres realmente cómico, Dave - dijo Goldberg, metiendo un tapón de corcho en la redoma de cristal que acababa de llenar en un extremo de la instalación -. Estoy esperando el día en que se te ocurra meterle estricnina en la mercancía. No estaría mal la idea, ¿no crees?

- La verdad, nunca se me había ocurrido pensarlo. Quizá me decida a hacerlo. Dejar que algunos pobres desgraciados se vayan con una sonrisa, satisfacción garantizada. Cristo, Will, aunque les dijésemos exactamente lo que era, llegaríamos a venderla.

- Eso no es divertido, muchacho - dijo Goldberg, tendiéndole la redoma a Richardson, que la depositó cuidadosamente junto con las otras en la caja llena de virutas -. Y no es divertido porque es cierto.

- Hey, no me digas que estás sufriendo otro de tus ataques de moral. No te muevas. Vuelvo inmediatamente con un poco de methalina... esto te volverá a poner la cabeza en su sitio.

- Mi cabeza ya está en su sitio. Ácido canabinólico, nuestra propia invención.

- ¿Ácido canabinólico? ¿Dónde lo has conseguido, en un drugstore? No nos hemos ocupado de él desde hace más de tres años.

Goldberg situó otra redoma vacía en la instalación, debajo de la llave de paso, y abrió ésta.

- Lo he comprado en la calle - dijo -. Los chicos lo están fabricando en sus bañeras ahora. - Agitó la cabeza casi sin darse cuenta -. ¿Recuerdas qué mierda era la síntesis original?

- ¡La ciencia progresa!

- Lástima que no lo pudiéramos patentar - dijo Goldberg, mientras contemplaba el delgado hilillo de líquido verde claro que penetraba en el gollete de la redoma -. Hubiéramos podido retirarnos tan sólo con los royalties.

- Si hubiéramos tenido a la Mafia recolectándolos para nosotros.

- Oh, eso se hubiera podido arreglar.

- Ya, bueno, quizá me ocupe de eso - dijo Richardson, mientras Goldberg le tendía la redoma ya llena -. Pero de todos modos no debemos mostrarnos muy avariciosos al principio. Tan sólo un diez por ciento al inicio de la fabricación. Creo que no debemos ahogar a la empresa privada.

- No, Dave, hablo en serio - dijo Goldberg -. Quizá cometimos un error no intentando patentarlo. Hay gente que patenta sus combis psicodélicas, ¿sabes?

- No gente, muchacho, sino firmas, como la American Marihuana & Psychodelics, Inc. Ellos pueden pagarse sus abogados y sus cohechos. Ellos pueden meterse en el bolsillo al jefe de la Oficina Federal de la Droga. Nosotros no podemos.

Goldberg abrió la llave de paso.

- Bueno, de todos modos, al menos pasarán seis meses o así antes de que la industria de la droga o cualquier otro encuentre la forma de sintetizar esta nueva mierda, y durante ese tiempo espero haber resuelto casi el problema de la degradación en el proceso de extracción del cocanol. Por aquel entonces espero que estemos al menos un año por delante de ellos.

- ¿Sabes lo que pienso, Will? - dijo Richardson, palmeando un lado de la caja medio llena de redomas -. Pienso que cumplimos con una misión sagrada, que estamos al servicio del proceso de la evolución. Cada vez que descubrimos una nueva psicodélica, activamos la evolución de la conciencia humana. Desarrollamos el producto, lo cual nos permite ganarnos nuestro pan durante un cierto tiempo, y entonces la industria saca la misma síntesis y la produce en masa, y nos vemos obligados a descubrir algún nuevo tipo de droga para poder seguir prosperando. Si no fuera por la industria de la droga y las leyes que la regulan, no tendríamos que preocuparnos y nos convertiríamos en unos plutócratas gordos y ricos que se contentarían con proporcionar la misma vieja droga año tras año. De esta forma, le hacemos un bien al mundo; estamos poniendo nuestro granito de arena a la evolución humana.

Goldberg le tendió otra redoma llena.

- Al diablo la evolución humana - dijo -. ¿Qué ha hecho nunca la evolución humana por nosotros?

 

- Como usted sabe, doctor Taller, hemos observado algunos efectos secundarios imprevistos en la eucomorfamina - dijo el general Carlyle, llenando de tabaco su Dunhill favorita. Taller tomó un paquete de Golds, sacó un cigarrillo de marihuana y lo encendió con un mechero que llevaba la insignia de las fuerzas aéreas y no de la Psychodelics Inc. Quizá se trataba de un gesto deliberado, o quizá no.

- Con una psicodélica tan nueva como la eucomorfamina, general - dijo Taller -, ningún efecto secundario puede ser calificado como «imprevisto». Después de todo, incluso el Proyecto Groundhog no es en sí mismo más que una experiencia.

Carlyle encendió su pipa y lanzó una densa bocanada de buen y cancerígeno humo; el general sostenía la creencia de que un buen soldado debía cultivar al menos un vicio menor.

- Por favor, doctor, no juguemos con las palabras - dijo -. La eucomorfamina se supone que ayuda a nuestros hombres de la base lunar de Groundhog a luchar con la claustrofobia; no se supone que favorezca la homosexualidad entre las tropas. Sin embargo, los informes que vengo recibiendo indican que se producen ambas cosas. Las fuerzas aéreas no desean ambas cosas. En consecuencia, y por definición, la eucomorfamina posee un efecto secundario indeseable. Así que nuestro contrato va a tener que ser revisado.

- General, general, las psicodélicas no son uniformes, después de todo. Usted no puede esperar que las cortemos a la medida. Ustedes deseaban una droga que combatiera la claustrofobia sin afectar ni la vigilancia, ni el ciclo del sueño, ni la capacidad de atención ni la iniciativa. ¿Cree usted que es fácil? La cucomorfamina produce la claustrofilia sin otro efecto secundario que una elevación del nivel de energía sexual. Por ello, la considero como uno de los pequeños milagros de la ciencia psicodélica.

- Todo esto está muy bien, Taller, pero seguramente comprenderá usted que nosotros simplemente no podemos tolerar un comportamiento violentamente homosexual entre nuestros hombres de la base lunar.

Taller sonrió, quizá con un poco de suficiencia.

- Pero ustedes tampoco pueden tolerar una tasa demasiado elevada de comportamiento claustrofóbico - dijo -. General Carlyle, tienen ustedes tan sólo cuatro obvias alternativas: continuar utilizando la cucomorfamina y aceptar un cierto nivel de incidentes homosexuales, o retirar la eucomorfamina y aceptar un muy alto nivel de comportamiento claustrofóbico, o cancelar el Proyecto Groundhog, o...

El general empezaba a comprender que había sido objeto de una sofisticado trampa comercial.

- O bien recurrir a otra droga que anule el efecto secundario de la eucomorfamina - dijo -. Me pregunto si su compañía no tendrá precisamente en estudio una droga de estas características.

El doctor Taller le dirigió una sonrisa de ambos-hemos-comprendido-bien-la-cuestión.

- La Psychedelics Inc. está trabajando en un producto supresor de la sexualidad - admitió sin el menor esfuerzo -. Lo cual no es fácil desde el punto de vista psíquico. El problema es que si uno reduce de forma efectiva la energía sexual, tiende a que los centros cerebrales superiores trabajen con menos eficiencia, lo cual puede ser muy bueno en las instituciones penitenciarias, pero es difícilmente aceptable en un caso como el Proyecto Groundhog. El truco consiste en canalizar el exceso de energía hacia otra parte. Hemos decidido que la única alternativa viable era derivarlo hacia estados de fuga mística. Una vez establecido esto, la parte bioquímica del asunto es tan sólo cosa de detalle. En estos momentos estamos en situación de llevar la droga que hemos elaborado, cuyo nombre comercial es nadabrina, a la etapa de producción.

La pipa del general se había apagado. No se preocupó de volver a encenderla. En su lugar, tomó cinco miligramos de lebemil, lo cual parecía más adecuado en aquel momento.

- Esta nadabrina - dijo deliberadamente -, desvía el exceso de sexualidad hacia ¿qué? ¿Estados de fuga? ¿Trances? Lo que menos necesitamos es una droga que convierta a nuestros hombres en unos psicóticos.

- Por supuesto que no. Trescientos microgramos de nadabrina le proporcionan a un hombre una experiencia mística que dura menos de cuatro horas. Por supuesto, durante este lapso de tiempo no va a ser de mucha utilidad, pero su nivel de energía sexual se verá fuertemente rebajado durante casi una semana. Trescientos microgramos para cada hombre sujeto a la eucomorfamina, digamos cada cinco días, proporcionarán un margen adecuado de seguridad.

El general Carlyle encendió de nuevo su pipa y reflexionó. Las cosas parecían adquirir un mejor aspecto.

- Esto suena bien - admitió finalmente -. Pero, ¿y qué hay acerca del contenido de esas experiencias místicas? ¿No habrá nada que se oponga a la dedicación de nuestros soldados a sus deberes?

Taller aplastó la colilla de su cigarrillo de marihuana.

- Yo mismo he tomado nadabrina - dijo -. Ningún problema.

- ¿Cuál fue su efecto?

Taller sonrió de nuevo con fatuidad.

- Esto es lo mejor de la nadabrina - dijo -. No recuerdo nada de su efecto. Uno no retiene ningún recuerdo de lo que le ocurre bajo los efectos de la nadabrina. Se trata de un genuino estado de fuga. Así que puede estar usted seguro de que las experiencias místicas no contienen nada indeseable. O al menos puede estar usted seguro de que la experiencia no disminuye en nada las capacidades militares de los hombres.

- Así que lo que uno no recuerda no puede hacer ningún mal, ¿eh? - murmuró Carlyle, hablando con la pipa en la boca.

- ¿Decía, general?

- Decía que voy a recomendar un ensayo del producto.

 

Estaban sentados juntos en un reservado situado en un rincón perdido tras el humo, observándose mutuamente mientras la gente a su alrededor giraba y charlaba en alguna otra realidad, como los muñecos de un carrillón.

- ¿Qué es lo que has tomado? - preguntó él, observando que el cabello de ella lucía negro y liso como el caparazón de un escarabajo, un casco de metal negro que encuadraba gloriosamente su pálido rostro. Huau..

- Peyotadrena - dijo ella, sus labios moviéndose como increíbles pétalos metálicos articulados de flor resplandecientes de joyas -. He aterrizado hace unas tres horas. ¿Y tu viaje?

- Ácido canabinólico - dijo él, la distorsión de su boca transformando su rostro en un esquema de ideogramas apenas descifrables para la percepción de ella, que tan sólo captaba las energías más intensas. Quizá llegarían en cualquier momento.

- Hace meses que no lo he probado - dijo ella -. Apenas recuerdo la sensación de realidad que da. - Su piel relumbraba desde dentro, una translúcida porcelana china cubriendo el amarillo temblor de una vela. Era un objeto magnífico, una creación de hastiados y sofisticados dioses.

- Es agradable - dijo él, sus cejas formando un juego de curvas que, tomadas como parte integrante del conjunto que englobaba el movimiento de sus labios contra sus dientes, señalaban un claro deseo de hacer donación de su energía al vacío que yacía en ella. Deseaba hacerlo -. Llámame conservador si quieres, pero creo que el ácido canabinólico es de lo mejor que hay.

- ¿Y tú piensas hacer un viaje sexual con él? - preguntó ella. Los repliegues y recovecos de sus orejas parecían haber sido tallados con precisión micrométrica en marfil rosáceo.

- Bueno, supongo que sí, en una cierta manera - dijo él, adelantando sus hombros en un claro gesto de ofrecimiento que interceptaba de modo visible la trayectoria de ella en el espacio-tiempo -. Quiero decir que si quieres que hagamos el amor, creo que podré conseguirlo.

El leve vello dorado del rostro de ella era un microscópico campo de trigo resplandeciendo a la suave brisa del verano cuando dijo:

- Esta es la cosa más juiciosa que me han propuesto desde hace horas.

La convergencia de todas las configuraciones de energía de universo hacia la identificación total con las oleadas de su estructura máximamente ideal se concentró en las comisuras de los labios de él cuando empezó de nuevo a hablar.

 

El cardenal McGavin tomó un combi de peyotadrena-mescamil y cinco miligramos de metadrena una hora y media antes de su entrevista con el cardenal Rillo; había decidido intentar dialogar con Roma a un nivel místico antes que político, y aquella decisión particular lo había hecho sentirse más profundamente cristiano. Y el buen Dios sabía que era tremendamente difícil sentirse profundamente cristiano cuando uno dialogaba con un representante del Papa.

El cardenal Rillo llegó puntualmente a las tres, justo en el momento en que el cardenal McGavin alcanzaba su éxtasis místico; la puntualidad de aquel hombre era legendaria. El cardenal McGavin adivinaba algo patético en aquello: la triste condición de un Príncipe de la Iglesia cuyo mayor impacto en las almas de sus creyentes estribaba en su esclavitud a las minuteras de un reloj. Ya que el viejo hombre de aspecto ascético, con sus ojos descoloridos y sus labios finamente dibujados, era tan detestable que el cardenal McGavin sintió piedad hacia su desesperación existencias.

El cardenal Rillo aceptó su acogida con una fría formalidad, y con la misma frialdad aceptó un vaso de vino. El cardenal McGavin sabía que era mejor no ofrecerle un cigarrillo de marihuana; el cardenal Rillo había figurado a la cabeza de la oposición que había ocasionado que el Papa retrasara la inevitable encíclica sobre la marihuana durante largos y ridículos años. El hecho de que el Papa hubiera elegido a un tal emisario en aquel asunto no era buena señal.

El cardenal Rillo sorbió su vino en silencio durante un largo momento, mientras el cardenal McGavin se sentía casi abrumado por el sentimiento de soledad que debía anidar en el alma de aquel hombre, incapaz de romper la solemnidad que aureolaba a su persona como emisario del Vaticano frente a aquel hombre, cardenal como él, con quien estaba compartiendo un vaso de vino. Finalmente, el emisario papal carraspeo - un seco y arcaico manerismo - y atacó directamente al fondo del asunto.

- El Sumo Pontífice me ha dado instrucciones acerca de su preocupación respecto a la adición de psicodélicas en la composición de las hostias consagradas en la Archidiócesis de Nueva York - dijo, dejando muy claro en el tono de su voz que lamentaba que el Santo Padre tan sólo le hubiera encargado transmitir aquella advertencia. Pero el Papa conocía muy bien la realidad de aquella cismática era, y actuaba cautelosamente, sabiendo que la obediencia a Roma estaba basada tan sólo en algo tan poco firme como la nostalgia y un difuso simbolismo. El Papa había sido el último en convencerse de su terrible falibilidad, pero en los últimos años los acontecimientos parecían haber derribado estrepitosamente La Divina Omnisciencia de la Santa Madre Iglesia.

- Comprendo y respeto la inquietud del Santo Padre - dijo el cardenal McGavin -. Oraré para que el cielo resuelva todas sus dudas.

- ¡No he dicho nada acerca de dudas! - restalló el cardenal Rillo, sus labios moviéndose con la sequedad de unas pinzas -. ¿Cómo puede imputarle dudas al Santo Padre?

El cardenal McGavin consiguió dominar un momentáneo arrebato de cólera ante la terquedad de aquel hombre; intentó llevar al alma del cardenal Rillo un poco de paz.

- Rectifico - dijo -. Oraré para que el Santo Padre se vea libre de todas sus inquietudes.

Pero el cardenal Rillo era implacable e inconsolable; su rostro era una membrana de puro control sobre una musculatura de rabia.

- ¡Podría usted liberar más fácilmente al Santo Padre de todas sus inquietudes sencillamente retirando la peyotadrena de sus hostias! - dijo.

- ¿Son esas las palabras del Santo Padre? - preguntó el cardenal McGavin, sabiendo la respuesta.

- Estas son mis palabras, cardenal McGavin - dijo el cardenal Rillo -, y usted haría bien en escucharlas. La salud de su alma inmortal puede estar en juego.

El destello de una repentina iluminación cruzó la mente del cardenal McGavin: Rillo era sincero. Para él, la cuestión de una hostia químicamente enriquecida no era un asunto de política de la Iglesia, y probablemente el Papa también pensaba así; aquel asunto tocaba un área profunda de la convicción religiosa. El cardenal Rillo se sentía impulsado a creerlo así, tanto como cardenal que como católico, y a tratar seriamente el asunto a aquel nivel. Ya que, pese a todo, la comunión adicionada químicamente era un asunto de profunda convicción religiosa para él. El cardenal McGavin y el cardenal Rillo se enfrentaban pues a ambos lados de una profunda sima de existencias desacuerdo teológico.

- Quizá también la salud de la suya, cardenal Rillo - dijo el cardenal McGavin.

- No he venido hasta aquí desde Roma para buscar la dirección espiritual de un hombre que está rozando la herejía, cardenal McGavin. He venido hasta aquí para comunicarle la advertencia del Santo Padre de que es probable que se promulgue una encíclica contra su posición. ¿Necesito recordarle que su desobediencia a una tal encíclica representaría su excomunión?

- ¿Lamentaría usted verdaderamente que me ocurriera algo así? - preguntó el cardenal McGavin, pensando en cuanto de aquello provenía de los propios pensamientos de Rillo, y cuanto de las instrucciones del Papa -. ¿O pensaría simplemente que la Iglesia se había limitado a defenderse por sus propios medios?

- Ambas cosas - dijo el cardenal Rillo, sin vacilar.

- Me gusta esta respuesta - dijo el cardenal McGavin, bebiendo el resto de su vaso de vino. Era una buena respuesta... sincera desde ambos extremos. El cardenal Rillo se preocupaba tanto por la Iglesia como por el alma del arzobispo de Nueva York, y no cabía la menor duda de que para él la Iglesia estaba en primer lugar. Su sinceridad era espiritualmente reconfortante, incluso aunque estuviera equivocado -. Pero entienda, parte del don de la Gracia que se desprende del enriquecimiento químico de la hostia es la certeza de que nadie, ni siquiera el Papa, puede apartarlo a uno de su comunión con Dios. En la comunión psicodélica, uno experimenta directamente el amor de Dios. Está tan sólo a una hostia de distancia; la fe ya no es necesaria.

El cardenal Rillo frunció el ceño.

- Es mi deber informar de esto al Papa - dijo -. Espero que lo comprenda.

- ¿A quién me estoy dirigiendo, cardenal Rillo, a usted o al Papa?

- Está usted hablando con la Iglesia Católica, cardenal McGavin - dijo el cardenal Rillo -Yo soy un emisario del Santo Padre. - El cardenal McGavin sintió por un momento una profunda sensación de culpabilidad: su intolerancia había ocasionado que el cardenal Rillo dejara entrever, bajo los efectos de la rabia, una contraverdad, que su misión papal era mucho más limitada de lo que había dado a entender. El Papa debía estar convencido de que la amenaza de excomunión contra un Príncipe de su Iglesia que creía que su poder de excomunión era algo carente de sentido no tenía la menor fuerza física ni moral.

Pero de nuevo un súbito ramalazo de iluminación interior reveló al cardenal la verdad: a los ojos del cardenal Rillo - a los ojos de una parte importante de las jerarquías de la Iglesia -, la amenaza de excomunión seguía teniendo un significado real. Aceptar su postura con respecto a una comunión incrementada químicamente era aceptar la noción de que la palabra del Papa podía retirarle a un hombre la Gracia Divina. Aceptar la validez y santidad de la comunión psicodélica era negar la validez de la excomunión.

- ¿Sabe, cardenal Rillo? - dijo -. Creo firmemente que si soy excomulgado por el Papa, esto no amenazará mi alma en lo más mínimo.

- ¡Esto no es más que una triste blasfemia!

- Lo siento - dijo sinceramente el cardenal McGavin -. No siento ningún deseo de mostrarme blasfemo. Todo lo que intentaba era explicarle que la excomunión es algo carente de sentido ya que Dios, a través de las ciencias piscodélicas, ha considerado bueno proporcionamos los medios de acceder en parte a una experiencia directa de Su presencia. Creo en lo más profundo de mi corazón que esta es la verdad. Aunque usted crea en lo más profundo de su corazón que no lo es.

- Creo más bien que lo que cree usted a través de su comunión psicodélica pertenece antes a los dominios de Satán, cardenal McGavin. El mal es infinitamente sutil; ¿por qué no podría esconderse bajo la apariencia del supremo bien? Hay buenas razones para que el Demonio sea conocido como el Príncipe de las Mentiras. Creo que está usted sirviendo a Satán aunque crea sinceramente que está sirviendo a Dios. ¿Tiene usted alguna forma de saber que estoy equivocado?

- ¿Tiene usted alguna forma de saber que yo no estoy en lo cierto? - dijo el cardenal McGavin -. Si lo estoy, está usted intentando frenar la voluntad de Dios, con lo que se aparta cada vez más de Su Gracia.

- Ambos no podemos estar en lo cierto... - dijo el cardenal Rillo.

Y la llamarada de una terrible y tenebrosa intuición mística ardió en el alma del cardenal McGavin llenándola de terror, un abrumadora iluminación de las relaciones entre la Iglesia y Dios: ambos no podían estar en lo cierto, pero no había ninguna razón para creer que ambos no estaban equivocados. Además de Dios y Satán, existía también el vacío.

 

El doctor Braden dirigió a Johnny una sonrisa reconfortante y le tendió un caramelo con sabor a mango, extraído de su reserva de caramelos del cajón inferior izquierda de su escritorio. Johnny tomó el caramelo, quitó rápidamente el papel, se lo metió en la boca, se echó hacia atrás en su asiento y empezó a chupar ávidamente, sin preocuparse de nada más. Aquella era una buena señal: un niño pequeño capaz de reaccionar apropiadamente a un tratamiento debía concentrarse completa y decididamente al elemento más interesante de lo que le rodeaba, mostrarse ávido de sabores no habituales. Durante los cuatro primeros años de su vida, los sentidos de un niño debían ser acordados de tal forma que absorbieran la gama más extensa posible de estímulos sensuales.

Braden dirigió su atención a la madre del niño, que permanecía sentada nerviosamente en el borde de su silla, fumando un cigarrillo de marihuana.

- Vamos, vamos, señora Lindstrom, no hay de qué preocuparse - dijo -. Johnny ha reaccionado muy normalmente a la prescripción. Su campo de atención es normalmente corto para un niño de su edad; su gama de sensaciones excede ligeramente del óptimo de la norma; su sueño es regular y convenientemente profundo. Y, como usted pedía, se le ha conferido un constante sentimiento de amor universal.

- Pero entonces, ¿por qué el médico de la escuela me ha pedido que cambie su prescripción básica, doctor Braden? Me ha dicho que la prescripción de Johnny le estaba creando un esquema de personalidad erróneo para un niño en edad escolar.

El doctor Braden parecía bastante contrariado, aunque por supuesto no se lo dejó entrever en ningún momento a la nerviosa joven madre. Sabía la clase de fracasados que ocupaban generalmente los cargos de médico escolar; algún viejo imbécil que sabía menos de pediatría psicodélica que de cirugía cerebral. Gente que no sabía hacer otra cosa que alarmar innecesariamente a las madres.

- Estoy... esto... seguro de que debe haber interpretado usted mal lo que le ha dicho el médico de la escuela, señora Lindstrom - dijo el doctor Braden -. Al menos esto es lo que espero, ya que de otro modo ese hombre está en un error. Entienda, la moderna pediatría psicodélica reconoce que el niño necesita concentrar su conciencia en diferentes áreas en los distintos niveles de su evolución, a fin de que se convierta en un adulto saludable y óptimo. Un niño de la edad de Johnny se encuentra en un nivel de transición. Para prepararle para la escuela, lo único que se necesita es modificar su prescripción de modo que incremento su campo de atención, bajar una pizca su intensidad sensorial, y aumentar su interés en las abstracciones. Así se convertirá en un perfecto estudiante, señora Lindstrom.

El doctor Braden dirigió a la joven madre un fruncimiento de cejas moderadamente recriminador.

- Usted sabe que tenía que haberme traído a Johnny para un chequeo antes de que empezara la escuela.

La señora Lindstrom aspiró su cigarrillo de marihuana, mientras Johnny seguía chupando su caramelo.

- Bueno... La verdad es que tenía un poco de miedo, doctor Braden - admitió -. Sé que parece tonto, pero temía que, si usted cambiaba su prescripción para que se adaptara a la clase, le suprimiera el paxum. No me gustaba la idea... Creo que es mucho más importante para Johnny que continúe experimentando un amor universal que ver incrementado su campo de atención o cualquier otra cosa así. No le va a suprimir el paxum, ¿verdad?

- Al contrario, señora Lindstrom - dijo el doctor Braden -. Voy a incrementar ligeramente su dosis y añadirle diez miligramos de orodalamina diarios. De este modo se someterá a la necesaria autoridad de sus profesores con un sentimiento de confianza y de amor, en vez de con un sentimiento de temor.

Por primera vez desde que se había iniciado la visita, la señora Lindstrom sonrió.

- Entonces, todo va realmente bien, ¿verdad? - irradiaba felicidad por todos los poros.

El doctor Braden le devolvió su sonrisa, sintiéndose bañado por un flujo de vibraciones favorables. Aquella era la cúspide de sus experiencias en pediatría: recibir la genuina gratitud de una madre inquieta a la que había liberado de sus preocupaciones. Esta era la función de un doctor. Ella tenía confianza en él. Ella no dudaría en poner la conciencia de su hijo en sus manos, sabiendo que esas manos no flaquearían ni lo abandonarían. Se sentía orgulloso y agradecido por ser un pediatra psicodélico. Esta era la cúspide de felicidad que podía alcanzar un hombre.

- Sí, señora Lindstrom - dijo tranquilizadoramente. Todo irá realmente bien.

En la silla del rincón, Johnny Lindstrom seguía chupando su caramelo, el rostro transfigurado por un éxtasis infantil.

 

Había momentos en los que Bill Watney sentía algo así como una náusea espiritual en relación con la psicodelia, y luego experimentaba desasosiegos cada vez con mayor frecuencia. Se sintió feliz de hallar a Spiegelman solo en el salón de los proyectistas; si alguien podía aligerar un poco su cabeza, este era Lennie.

- No sé qué hacer - dijo, engullendo quince miligramos de lebemil junto con un trago de bourbon -. Estoy pensando realmente en abandonar todo este asunto.

Leonard Spiegelman encendió un Gold con su mechero de oro de catorce kilates - uno usaba tan solo lo mejor de lo mejor en aquel negocio -, sonrió a través de la mesa de café en dirección a Watney, y dijo cordialmente:

- Estás perdiendo la cabeza, Bill.

Watney se sentó inclinándose hacia adelante en su silla, estudiando a Spiegelman, el mejor artista de Psychedelics Inc., y envidiando a aquel hombre mayor que él, no tan solo a causa de su talento, sino también por su actitud con respecto a su trabajo. Lennie Spiegelman no estaba tan solo seguro de que estaba haciendo lo correcto, sino que disfrutaba con cada minuto de ello. A Watney le hubiera gustado ser como Spiegelman. Spiegelman era feliz; irradiaba la satisfecha aura del hombre que realmente ha conseguido todo lo que deseaba.

Spiegelman abrió sus brazos en un gesto que parecía hacer del conjunto de la sala de proyectistas su propiedad personal.

- Somos los artistas más mimados del mundo - dijo -. Cada año creamos dos o tres drogas comercializables, y vivimos como reyes. Y estamos practicando la suprema forma de arte del mundo: creamos realidades. ¡Somos los más afortunados de todos! ¿Por qué alguien con tu talento desearía abandonar el proyectismo psicodélico?

A Watney le costaba expresarle en palabras, lo cual era ridículo para un proyectista psicodélico, cuyo trabajo era precisamente describir las nuevas posibilidades de la conciencia humana con la suficiente precisión como para que los bioquímicos pudieran desarrollar psicodélicas que transformaran sus especulaciones en formas de realidad. Era humillante hallarse hueco de palabras ante Lennie Spiegelman, un hombre al que envidiaba tanto como admiraba.

- Estoy atravesando un mal momento - dijo finalmente -. Y esto se refleja en cada forma de conciencia que intento obtener, y cada vez estoy más persuadido de que debo sentirme disgustado y avergonzado de lo que estoy haciendo.

Oh, oh, pensó Lennie Spiegelman, el chico está entrando en su primera depresión de proyectista. Está atrapado en el síndrome de ningún-camino-a-casa, y cree que esto es el fin del mundo.

- Sé lo que te está pasando, Bill - dijo -. Es algo que nos ocurre a todos nosotros en un momento u otro. Tienes la sensación de que proyectar psicodelias es una ocupación solipsista, ¿no? Crees que es inmoral inventar nuevos estilos de conciencia para los demás, que estás jugando a ser Dios, que alterar constantemente la conciencia de la gente en una forma que solamente nosotros podemos comprender plenamente es algo que no tenemos ningún derecho a hacer, ¿no?

Watney sintió admiración hacia Spiegelman, y al mismo tiempo una cierta esperanza.

- ¿Cómo puedes comprender todo esto, Lennie - dijo -, y seguir proyectando psicodelias de esa manera?

- Porque este es un buen trabajo y vale la pena hacerlo - dijo Spiegelman -. Mira, muchacho, nosotros somos artistas... artistas comerciales. Proyectamos psicodelias, formas de realidad; no decimos a nadie lo que tiene que pensar. Si a la gente le gusta las realidades que proyectamos para ella, compra nuestras drogas; y si no le gusta, no las compra. La gente no compra la comida que tiene mal gusto, ni la música que desgarra sus tímpanos, ni las drogas que la sumergen en malas realidades. Alguien debe concebir las formas de conciencia para la raza humana; si no lo hacemos artistas como nosotros, entonces serán los malos políticos y los ansiosos de poder los que lo harán.

- Pero qué nos distingue como mejores que ellos? ¿Porqué nosotros tenemos derecho a jugar con la conciencia de la raza humana y ellos no?

El muchacho es realmente obtuso, pensó Spiegelman. Pero sonrió, recordando que él había realizado el mismo estúpido viaje cuando tenía la edad de Watney.

- Porque nosotros somos artistas, y ellos no - dijo -. Nosotros no intentamos controlar a la gente. Nuestra satisfacción proviene de construir algo hermoso a partir de la nada. Todo lo que deseamos es enriquecer la vida de la gente. Creamos nuevas formas de conciencia que consideramos que son realidades más acabadas, pero no intentamos hacérselas tragar a la gente. Nosotros simplemente exponemos nuestras obras al público... para quienes quieran comprarlas. Existe en nosotros una compulsión que hace que practiquemos nuestro arte. Lo correcto y lo erróneo son conceptos arbitrarios que varían con las formas de conciencia, así que ¿cómo demonios puedes hablar de lo correcto y lo erróneo en el proyectismo psicodélico? La única forma que tienes de juzgar es a través de un criterio estético: ¿estás produciendo un arte bueno o un arte malo?

- Sí, pero ¿acaso esto no varía también con las formas de conciencia? ¿Quién puede juzgar en un sentido absoluto que lo que estás haciendo es artísticamente bueno o no?

- Jesucristo, Bill, yo puedo juzgarlo, ¿no? - dijo Spiegelman -. Sé cuando un conjunto de especulaciones psicodélicas es una auténtica obra de arte. Si me gusta o no.

Finalmente Watney se dio cuenta de que aquello precisamente era lo que le remordía. Un proyectista psicodélico alteraba su propia realidad con todo un espectro de drogas, y entonces proyectaba otras psicodelias a fin de alterar las realidades de los demás. ¿Pero dónde estaba el punto de sujección para ellos?

- ¿Pero no te das cuenta, Lennie? - dijo -. No sabemos lo que estamos haciendo realmente. Estamos conduciendo a la raza humana a un viaje evolutivo, pero no sabemos adónde vamos. Estamos volando ciegamente.

Spiegelman echó una densa bocanada de humo de su cigarrillo de marihuana. El muchacho estaba empezando a cansarle: era demasiado terco. Watney no soportaba las dudas... la certeza era lo único que existía.

- A ti te gustaría oírme decir que hay una forma de saber cuándo una proyección es correcta o errónea de forma inmutable dentro de un marco evolucionista, ¿no? - dijo -. Bien, lo siento, Bill, no hay nada más que nosotros y el vacío, y aquello que esculpimos en él. Nosotros somos nuestras propias reacciones; nuestras realidades son nuestras propias obras de arte. Estamos completamente solos.

Watney estaba atravesando uno de sus trances de terror, y se daba cuenta de que las palabras de Spiegelman describían exactamente su contenido.

- ¡Pero esto es exactamente lo que me está remordiendo - dijo -. ¿Dónde infiernos está nuestra realidad básica?

- No existe ninguna realidad básica. Creía que este concepto se enseñaba ya en las escuelas de párvulos en nuestros días.

- ¿Pero qué hay del estado básico? ¿Qué forma tenía nuestra realidad antes de la llegada del arte psicodélico? ¿Cómo eran las formas de conciencia que evolucionaron de forma natural a través de millones de años? ¡Maldita sea, esa era la realidad básica, y la hemos perdido!

- ¡Un infierno era! - exclamó Spiegelman -. Nuestra conciencia prepsicodélica evolucionó al azar, sin ninguna intervención de la mente. ¿Acaso esto hacía esa realidad superior a cualquier otra? ¿Sólo porque era la original? Quizá estemos volando a ciegas, pero la evolución natural era peor... ¡era un proceso idiota sin un miligramo de conciencia tras él!

- ¡Maldita sea, debes tener razón en todo lo que estás diciendo, Lennie! - gritó Watney, angustiado -. ¿Pero por qué no puedo convencerme de ello? Me gustaría ser capaz de creer en todo lo que crees tú, pero no puedo.

- Por supuesto que puedes, Bill - dijo Spiegelman. Recordó de una forma abstracta haber sentido como Watney hacía ya muchos años, pero no había ninguna realidad existencial tras ello. ¿Qué mejor podía desear un hombre que todo un universo modelable a su antojo? ¿Quién no preferiría una forma de conciencia creada por un artista antes que otra que no era más que el resultado de un conjunto estúpido de accidentes evolutivos?

Está diciendo todo esto con tanta convicción, pensó Watney. Cristo, ¡cómo deseo que esté en lo cierto! ¡Como me gustaría enfrentarme a toda esa incertidumbre, a todo ese vacío, con el valor de Lennie Spiegelman! Hacía quince años que Spiegelman estaba en el oficio; quizá finalmente lo había comprendido todo.

- Me gustaría poder creer en ello - dijo Watney.

Spiegelman sonrió, recordando el solemne imbécil que había sido él mismo diez años antes.

- Hace diez años, yo me sentía exactamente igual a como tú te sientes ahora - dijo -. Pero supe centrar mis ideas, y ahora estoy aquí, gordo y feliz, y encantado con lo que estoy haciendo.

- ¿Cómo, Lennie? Por el amor de Cristo, ¿cómo?

- Cincuenta microgramos de methalina, cuarenta miligramos de lebemil, y veinte miligramos de peyotadrena al día - dijo Spiegelman -. Esto hizo de mí un hombre nuevo, y lo mismo hará contigo, muchacho.

 

- ¿Cómo te sientes, hombre? - dijo Kip, quitándose el cigarrillo de marihuana de la comisura de su boca y escrutando los ojos de Jonesy. Jonesy tenía un aspecto realmente extraño... pálido, tenso, quizás un poco fuera de sí. Kip estaba empezando a alegrarse de que Jonesy no le hubiera dicho nada de empezar el viaje con él.

- Oh, huau - graznó Jonesy -. Me siento extraño. Me siento realmente extraño, y no es nada agradable...

El sol estaba alto en el cielo azul sin una nube, una dorada fuente de radiante energía que henchía a Kip. La madera y la corteza del árbol a cuyo pie estaban sentados era una realidad orgánica que conectaba la piel de su espalda con las entrañas de la tierra en un ininterrumpido circuito de electricidad protoplasmática. El era una flor de aquel planeta, profundamente enraizada en el rico suelo, bañándose en el néctar cósmico de la luz solar.

Pero tras los ojos de Jonesy había una especie de horrible vórtice gris. Jonesy se veía realmente mal. Jonesy estaba definitivamente flotando en los bordes de un insondable abismo.

- No me siento en absoluto bien - dijo Jonesy -. Hombre, tú sabes, el suelo está cubierto con toda clase de cosas duras y muertas, y la hierba está repleta de insectos descerebrados, y el sol calienta demasiado, hombre. Creo que estoy ardiendo.

- Tómatelo con calma, no te asustes. Estás en pleno viaje, eso es todo. - Kip habló desde un punto de visto aparentemente superior. Simplemente no comprendía, no comprendía lo malo que debía ser aquel viaje, como debía sentirse uno con la cabeza desollada y desnuda en un lugar como aquél. Era como verse separado de todo el flujo de energía del universo... una construcción hecha con una materia frágil, un simple magma protoplasmático, aislado en un vacío energético, sin ninguna otra relación que con el más profundo vacío.

- Tú no comprendes, Kip - dijo Jonesy -. Esto es la realidad, la realidad real, y, hombre, es horrible, tan sólo una horrible máquina hecha con montones de otras máquinas; tú eres una máquina, yo soy una máquina... todo no es más que un inmenso mecanismo de relojería. No somos más que materia muerta accionada por una maquinaria, mantenida en vida gracias a procesos eléctricos y químicos.

La dorada luz del sol penetraba en la piel de Kip y transformaba el núcleo de su ser en un fénix estelar en miniatura. El viento, a través de la hierba, acariciaba amorosamente las plantas de sus pies. ¿Qué demonios era todo aquello de las máquinas? ¿Qué tonterías estaba diciendo Jonesy? Hombre, ¿quién elegiría meterse en una realidad tan mustia como aquélla?

- Estás haciendo un mal viaje, Jonesy - dijo -. Tómatelo con calma. No estás viendo el universo tal como es en realidad, todo esto no significa nada. Toda esa realidad está tan sólo en tu mente. No tiene la menor importancia.

- ¡Esto es, esto es exactamente! No tiene la menor importancia, no es nada. Como el cero. Como la nada. Como el vacío. Nada está allí donde realmente debería estar.

¿Cómo podía explicárselo... que la realidad no era más que un gran vacío sin nada que se perdía hasta el infinito en el espacio y en el tiempo? La perfecta nada con sus pequeñas contaminaciones de materia muerta aquí y allá. Un poco de esa materia había sufrido por azar una compleja serie de casuales accidentes que le habían permitido contaminar aquella muerte universal con algunos rastros de elementos de vida, magma protoplasmático, maquinaria bioquímica. Una parte de aquella maquinaria había complicado las cosas generando pensamientos, conciencia. Y aquello era todo lo que había ocurrido u ocurriría nunca a lo largo del espacio y el tiempo. Mecanismos de relojería corriendo rápidamente hacia el frío y negro vacío. Todo lo que había sido materia muerta terminaría convirtiéndose de nuevo en materia muerta más pronto o más tarde.

- Así es la realidad - dijo Jonesy -. Antes la gente se había acostumbrado a vivir con ella todo el tiempo. Así es, y nada de lo que hagamos la podrá cambiar.

- Yo puedo cambiarla - dijo Kip, sacando su caja de píldoras de su bolsillo -. Sólo tienes que decírmelo. Dime cuando estés harto de este viaje, y te sacaré de él. Lebemil, peyotadrena, mescamil, sólo tienes que decirme lo que quieres.

- No lo comprendes, hombre; esto es real. Este es el viaje que he emprendido. Llevo doce horas sin tomar nada, ¿recuerdas? Este es el estado natural, esta es la realidad en sí misma, y, hombre, es horrible. Es algo espantoso. Cristo, ¿por qué me habré metido en esto? No quiero ver el universo así como es. ¿Quién lo quiere?

Kip empezaba a sentirse alarmado... Jonesy estaba disociándose realmente. ¿Por qué diablos había elegido un día tan maravilloso para iniciar aquél estúpido no-viaje?

- Entonces toma al menos algo - dijo, ofreciendo a Jonesy la caja de píldoras.

Con mano temblorosa, Jonesy agarró una cápsula de peyotadrena y una tableta de quince miligramos de lebemil y se los tragó ávidamente en seco.

¿Cómo infiernos podía vivir la gente antes de los psicodélicos? - exclamó -. ¿Cómo infiernos podían soportarlo?

- ¿Quién sabe? - dijo Kip, cerrando los ojos y encarándose directamente al sol, dejando que su conciencia se difundiera en el universo de dorada y anaranjada luz aprisionada por sus párpados -. Quizá tuvieran alguna manera de no pensar en ello.

 

 

FIN

 

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