Margaret St.Clair
Brian cabalgaba
briosamente cuando, al crepúsculo, llegó al santuario. Había reventado dos
monturas desde el día anterior, y a pesar de su marcha los Hrothy, aullando
como una manada de derviches, estaban muy cerca. Se alzó sobre los estribos y
miró angustiadamente hacia atrás.
Sí, dentro de
cuarenta segundos, aproximadamente, les parientes de Megath estarían a tiro de
ballesta. Si lo atrapaban, lo colgarían por los tobillos y le dispararían unas
aguzadas flechas que le harían agonizar dos o tres días antes de morir. Se
estremeció. La entrada de la capilla estaba a oscuras y no resultaba muy
alentadora, pero estaba casi seguro de que los Hrothy la respetarían por su
carácter sagrado, y el santuario le parecía, por su inexperiencia en tales
cuestiones, una capilla semejante a las que punteaban la superficie del segundo
planeta. Era una suerte que la hubiese encontrado. Saltó del ruano y se hundió
en la oscuridad.
Los Hrothy
atraparon al animal cincuenta segundos después. Era fácil adivinar dónde estaba
Brian. Se contemplaron mutuamente en silencio. El tío de Megath, que había sido
el más ansioso en la persecución, lanzó una corta risotada. Los hombres fueron
desmontando sin hablar.
Los Hrothy
consideraban que Brian, por su violación y subsiguiente abandono de Megath,
acababa de cometer un pecado imperdonable. En realidad, no les importaba tanto
la violación de la joven como el abandono cuando se cansó de ella. A esto se
oponían rotundamente. Iba en contra de sus costumbres. Deseaban que el violador
aceptase para siempre a su víctima. Pero pensaban, por los relatos que habían
leído y por sus experiencias, que si Brian permanecía en el interior de la
capilla doce horas, sus ansias de venganza quedarían satisfechas. Megath quedaría
vengada. Silenciosamente, los hombres de la tribu se sentaron en semicírculo
delante de la capilla.
Brian,
atisbando desde el interior, se sintió a la vez asombrado y aliviado. Había
temido que recogiesen la hierba que crecía a la orilla del fangoso río y
tratasen de ahumar el sagrado recinto. Y todo ese ajetreo, por culpa de una
mujer cuya piel era decididamente purpúrea. Bien, por lo visto, contaban con
que se muriese de hambre. Acarició los tubitos de pastillas alimenticias que
llevaba en el bolsillo y sonrió. También tenía un frasquito. Tendrían que
esperar largo tiempo.
Continuaron en
silencio - los Hrothy eran naturalmente ruidosamente emocionales -, y el
silencio comenzó a molestarle. Los acechó dubitativamente una vez más. Pero al
parecer respetaban la santidad de la capilla. No tenía por qué preocuparse..
Retrocedió unos
pasos hacia el interior. Estaba muy oscuro. El suelo parecía estar hecho de
barro resbaladizo. En realidad, se trataba de un plástico resistente a la
humedad pero Brian no lo sabía. Vaciló y se tendió en el suelo. Estaba agotado.
Quería
mantenerse despierto, en guardia, pero la fatiga lo rindió. Al cabo de diez
minutos estaba profundamente dormido.
Tan pronto como
su respiración regular dio la señal, los rayos sonda comenzaron a actuar sobre
él. Le tomaron el pulso, la. frecuencia respiratoria, la consumición de
oxígeno. Un paño se deslizó bajo su axila y tomó una muestra del sudor para el
análisis. Cuando empezó a roncar, otro paño entró momentáneamente en su boca
abierta. Y cuando estuvo completamente dormido, una diminuta aguja hipodérmica
le extrajo una gota de sangre del lóbulo de la oreja. Sobre la muestra se llevó
a cabo una refinadísima técnica de electroforesis.
La noche se
hallaba muy avanzada cuando las sondas completaron su diagnóstico. En cierto
sentido, Brian las intrigaba. Fisiológicamente, se hallaba muy lejos de lo
acostumbrado. Pero allí yacía, escasamente dentro del limite de variación
permisible. El mecanismo de los rayos sonda estaba ya un poco desgastado.
Después de una pausa casi humana, las instalaciones de acondicionamiento de la
capilla comenzaron a actuar sobre él.
Los Hrothy,
fuera en la noche oscura, aguardaban con un silencio de lobos. No era el
carácter sagrado de la capilla lo que respetaban, sino su competencia como
factoría.
Brian se
despertó por fin. Tenía la impresión de que había transcurrido mucho tiempo, y
aunque esto no era cierto cronológicamente, sí lo era fisiológicamente, ya que
le habían sucedidos muchas cosas mientras dormía.
La idea del
tiempo transcurrido le alarmó ¿Qué estuvieron haciendo los Hrothy durante su
sueño? Todavía adormilado, corrió a la puerta de la capilla y miró afuera.
Los Hrothy
estaban sentados igual que antes, en cuclillas y en torno a la penumbra que
formaba un leve cono de luz delante de la capilla, envueltos en sus capas
brillantemente coloreadas. Intentaban esperar hasta que el hambre le hiciese
salir de la capilla. Brian lanzó una burlona risita y volvió al interior del
santuario. Cuando giró sobre sí mismo, su cabeza chocó penosamente y de manera
inesperada contra el dintel de la entrada.
Por un momento,
el dolor físico oscureció el significado de lo sucedido. De sus ojos surgieron
unas lágrimas de dolor y lanzó una maldición. Después, el significado del
incidente se le apareció claro de repente. Acababa de tropezar contra el dintel
de la puerta. Pero la primera vez, el dintel estaba dos o tres palmos, al
menos, más arriba de su cabeza.
Levantó la
mirada. Su negro y lustroso cabello rozaba el techo. ¿Qué diablos...? ¿Qué le
había ocurrido? ¿Había crecido, era más alto que antes?
Por un momento
pensó que padecía una fiebre alucinatoria. En Venus abundaban y la idea del
crecimiento era característica de un par de ellas. Además, tenía sed y sentía
un extraño calor. Contemplóse las manos. Los puños quedaban sólo a unos cuatro
dedos de los codos. A menos que se tratase de una alucinación muy
persistente... No podía ser la fiebre. No se sentía febril, sólo sediento y
acalorado. Bien, había tomado varias vacunas contra todas las epidemias
endémicas de Venus antes de salir de Dyndimene. No cabía duda; había crecido
durante la noche.
La idea, cosa
rara, no le alarmó. Más bien se sentía complacido. Por un momento, pensó en
salir atrevidamente de la capilla y causar un gran estrago entre los Hrothy.
Les enseñaría a molestar a un hombre que medía dos metros y medio... no, más,
casi tres metros de estatura. Pero eran unos veinte y poseían gran cantidad de
flechas. Era preferible no salir.
Además, se
sentía somnoliento y letárgico, sin ganas de pelear. No podía imaginarse qué le
había sucedido, aunque no le importaba. Decidió sentarse en el suelo y tomar un
trago de agua del frasco.
El recipiente
de plata parecía muy pequeño en sus enormes manos. Bebió hasta la última gota
de líquido y luego arrojó el frasco con petulancia. Era agua, sí, pero él no
deseaba agua. Lo que necesitaba era algo más denso.
Cruzó las
piernas y se recostó contra la resbaladiza pared. Cerró los ojos, pensando que
ello le ayudaría a pensar. Pero poco después volvía a estar dormido.
Esta vez se
despertó cuando caía la tarde. Llovía intensamente. Sin moverse de postura,
miró hacia fuera, notando distraídamente que tenía la espalda envarada.
Los Hrothy se
hablan marchado. No se veía ni uno solo boñiga. Probablemente sería una trampa
Debían hallarse
escondidos por el entorno. O tal vez hubieran regresado al poblado en busca de
refuerzos. Brian sonrió. No se dejaba engañar fácilmente. Decidió levantarse.
Trató de
moverse. No pudo. Bien, estaba entumecido por la mala postura. Tenía dormidas
las piernas.
De nuevo le dio
la orden al cuerpo. Tampoco ocurrió nada. Brian se humedeció nerviosamente los
labios. ¿Estaba paralítico? ¿Qué le pasaba? Empezó a estar asustado. Y fue
entonces cuando entró el plunp.
El plunp era el
más raro de los naturales de Venus. Algunos obreros que lo habían estudiado
insistían en que su extraña apariencia escondía una rica y singularmente
variada vida espiritual. Otros etnólogos lo negaban apasionadamente y afirmaban
que sus leyendas de la creación y sus figuras tótem mostraban la vacuidad de su
vida espiritual.
Fuese como
fuese, los plunp no producían buena impresión. Poseían una piel gris y
correosa, largas mandíbulas con feroces colmillos y crueles ojos amarillentos.
No llevaban ropa, ni siquiera una hoja de parra. Y olían como ranas. Éste
penetró en el santuario Y se detuvo delante de Brian. Esbozó un gesto con una
mano; tanto podía tratarse de un saludo solemne, o bien simplemente de un
«hola» familiar. Contempló calculadoramente a Brian e inclinó la cabeza. Abrió
la especie de coco que llevaba colgando de un largo sarmiento en torno a su
cuello.
Brian estaba
interesado. No podía hacer nada y la llegada del plunp tenía que significar
algo. Contempló a aquel ser con extremada repulsión (los plunp no son bellos),
mientras sacaba un pellizco de ungüento amarillento del coco y se lo pasaba por
todo el cuerpo. Después, comenzó a girar lentamente delante de Brian, con sus
retorcidos brazos, de piel untuosa, extendidos adelante.
Casi tan pronto
como el ungüento amarillo tocó la piel del plunp, Brian se sintió extrañamente
excitado. Era como la intensidad de un impulso sexual, pero no había nada
sexual en su mando imperioso y frío. Era como si todas las miríadas de su
cuerpo tuviesen sed, sed individual, una rara sed del ungüento amarillo y la
humedad de la piel del plunp.
El agua del
frasco de Brian no era bastante densa para satisfacer su sed. Aquella humedad,
sí.
Experimentó
como un aura, una proyección de sí mismo. No era un caso de voluntad
consciente; incluso cuando realizó el contacto inmaterial con el plunp, se
resintió de ello. Era sed, sí, pero le parecía que al deshidratar al plunp
estaba realizando un servicio íntimo, sometiéndose a una odiosa familiaridad
con un ser que le repugnaba odiosamente. Un íntimo contacto, por muy impalpable
que fuese, con un plunp... ¡Se odió a sí mismo! Pero no podía hacer nada por
impedirlo. (El paralelismo entre este impulso y lo que él le había infligido a
Megath se le escapó. Y aunque lo hubiese observado, no le habría edificado. No
era un hombre que se edificase fácilmente.)
El plunp
continuó girando lentamente volviéndose primero a un lado y luego al otro,
hacia la intoxicante sequedad que Brian sentía emanar de su persona. Brian
llegó a pensar que su actitud era la de un devoto hacia un dios, un dios muy
servicial. Sus ojos amarillentos estaban cerrados; su untuosa piel parecía
estar más arrugada y resbaladiza a cada momento, a medida que la deshidratación
de los tejidos iba en aumento. Su afilado rostro tenía una expresión de
repulsiva dicha. De haber podido moverse, Brian habría vomitado.
Era odioso. Un
odioso servicio ejecutado por un ser odioso. Y resultaba autodestructivo, pese
a la necesidad de humedad de Brian. Era como si Brian, en su nuevo cuerpo, no
estuviese a gusto. En su contacto con el plunp, era como una planta que, a
falta de azufre en el suelo, se ve forzada a absorber selenio. Era como si
estuviera envenenándose a sí mismo.
En esta
suposición, Brian estaba acertado. La capilla no era una capilla. Anteriormente
había sido una factoría. Fue originalmente destinada por los biólogos del
cuarto planeta a ayudar a los colonos del segundo planeta a reajustarse al
avasallador y húmedo ambiente de Venus.
Existen dos
formas de batallar con la humedad. Una es ser impermeable, como lo son las
plumas de los patos. Los marcianos probaron este sistema y no les gustó. Se
sentían desfallecer en el húmedo calor de sus cuerpos impermeables. Por lo
tanto, adoptaron segundo sistema, que es gozar del agua, vivir en el agua corno
las ranas. Esta solución significaba una adaptación fisiológica mucho mayor,
pero los marcianos quedaron mucho más satisfechos.
Una vez
adaptados, continuaron absorbiendo agua a través de sus poros, agua que
extraían del húmedo ambiente, usándola en su metabolismo y exhalando de nuevo
aire seco. Había cierto grado de selección en el proceso. Podían elegir entre
varios objetos para la extracción del agua, los marcianos vivían felices con
este sistema, aunque en la estación de sequía padecían cruelmente, - lo mismo
que cuando regresaban a Marte a pasar sus vacaciones - Pero Brian, no era
marciano, y las sondas estaban estropeadas y desequilibradas por el mucho
tiempo transcurrido desde que los últimos marcianos abandonaron Venus. Por esto
con él era diferente. Para el plunp, él era un dios deliciosamente
higroscópico. Para sí mismo, era un hombre maldito.
El plunp se
marchó por fin, con la piel colgándole en grandes pliegues. Se tambaleó
ligeramente al trasponer el umbral, como si estuviese bebido, Brian le vio
marchar por entre la cortina de lluvia. Dejó el coco en la capilla.
No podía
moverse; ni siquiera agitarse. Tenía la espalda completamente envarada. No
sabía cómo lograba respirara pero estaba seguro de una cosa: no volvería a
extraer agua de ningún otro plunp.
Si volvía a
estar sediento tendría que impedirlo de algún modo. ¿Pero cómo? No lo sabía,
pero aquella ignorancia no afectó su decisión. Inmóvil, mientras contemplaba la
lluvia en medio de la creciente oscuridad, sintió surgir en su interior un hálito
de esperanza. Era imposible lo que le estaba ocurriendo. No podía ser verdad.
No podía durar eternamente. Más pronto o más tarde, alguien lo encontraría. Un
recolector de plantas, un agente del Gobierno... Alguien. Todo lo que tenía que
hacer era continuar vivo hasta entonces.
Al día
siguiente seguía lloviendo copiosamente. Brian recordó haber oído decir que en
aquella parte de Venus la lluvia podía, durante la estación lluviosa, pasar de
setenta centímetros en veinticuatro horas.
A mediodía del
día siguiente volvió el plunp. Brian había podido saciar su ardiente sed
gracias a la humedad del aire, y ahora tenía sus planes. Cuando el plunp,
untado con la crema amarillenta, giró delante de Brian, éste se retiró dentro
de sí mismo. Era como mostrarse sordo al estruendo del trueno, como negarse a
ver una cegadora luz. No sabía cómo lo lograba, pero lo hacía.
El plunp se
detuvo. Se contemplaron mutuamente sin pronunciar palabra y luego él empezó a
mover sus retorcidas manos. Brian sintió la caricia del triunfo en su interior;
había vencido a la odiosa criatura. Y se sintió aún más victorioso cuando,
después de otro silencio, el plunp desapareció.
Pero al cabo de
un momento llegaron varios, transportando un cofre de madera de agudas
esquinas. (Los plunp no poseían suficiente habilidad como para fabricar tales
objetos, por lo que traficaban para obtenerlos de los Hrothys, más
civilizados.) Lo abrieron. En el interior se veía una pasta gelatinosa, rojiza,
untuosa. Los plunp ya poseían suficiente experiencia de los dioses
recalcitrantes.
El plunp cuya
piel era más gris, colocó un poco de pasta en la punta de un palo.
Cautelosamente, alargó el mismo hacia Brian. Lo movió atrás y adelante, a
través del pecho del joven y debajo de su nariz.
El resultado,
para Brian, fue catastrófico. Le pareció que se volvía todo su ser de dentro
afuera. Con odiosa, forzada rapidez, empezó a deshidratar al plunp de la piel
grisácea. Era como caer interminablemente por un precipicio vertical, y
sentirse mareado al mismo tiempo.
Los plunp se
marcharon por fin, al oscurecer. Desaparecieron, con unos pasos de baile y
ejecutando gestos histriónicos para saludar a Brian.
Éste los vio
marchar, inmóvil. Ni siquiera podía temblar. La humedad aceptada de ellos a la
fuerza, le había hecho engordar un tercio; asimismo, sentía una inmensa furia y
un lamentable desamparo. Esta vez había sido diez... no, cien veces peor que la
primera. Después de esto aceptaría la degradación con docilidad. Cualquiera
cosa era mejor que verse obligado a ello.
Estuvo sentado
toda la noche en un trance de horror.
En ocasiones,
no estaba seguro de quién, era. Sólo sabía que estaba sospechando algo que él
mismo no habría resistido. Alguien había aprendido un pavoroso secreto respecto
a Brian. Con la mente ofuscada esperó la llegada del nuevo día.
Llovía menos y
sólo compareció un plunp. El dios que era Brian pensó:
«Si sólo viene
uno podré resistirlo. Ayer fue mucho peor».
Pero el día
siguiente vinieron cinco, y después, dos, y más tarde, tres... y prosiguieron
acudiendo cada día, cada vez más, a medida que avanzaba la estación y la lluvia
se espesaba. Día tras día los Hrothys debían hallarse más que satisfechos.
Brian odiaba a
sus adoradores de ojos vidriosos con un odio que al principio era asesino y que
después se tornó furor interno. De poder moverse, habría hecho cualquier cosa
menos deshidratar a los plunps; tal vez se habría matado. Acariciaba
interiormente todos los detalles de su autodestrucción. No estaba bien decidido
si terminaría con su vida mediante el cuchillo, el fuego o un veneno corrosivo.
Deseaba el medio que más le doliese.
Desde un punto
de vista, su ingeniosa preocupación con los detalles de su muerte era una
bendición. Ello le impedía padecer la aprensión o la ansiedad de su creciente
degeneración física. Su masoquismo era genuino; cada nueva evidencia de fallo -
visión torpe, mala audición, hinchazón permanente - lo recibía con deleite.
Incluso podía recibir alborozado el servicio de deshidratación que los plunp
requerían de él, puesto que era ésta la causa primordial de su degeneración.
Esto, sin embargo, apenas se le ocurrió. La violencia a su ego era demasiado
grande.
Pasó el tiempo.
Llovió a raudales. A veces, veinte plunps se hallaban en la capilla, girando
como embriagados, inexpresivos sus rostros. Después, a medida que los días se
fueron alargando, la lluvia comenzó a amainar. Hubo un día claro, luego otro y
después dos seguidos. Llegaba el seco verano.
Los adoradores
comenzaron a frecuentar menos la capilla, y cuando venían, no estaban mucho
tiempo. La gradual sequía de los tejidos de sus cuerpos por el calor del verano
no los intoxicaba; les tornaba soñolientos. Ya no estaban interesados en los
dioses, en la higroscopia ni en el ungüento amarillo. En realidad, empezaban a
sestear.
Brian, al
principio no se atrevía a creerlo. Pero cuando transcurrió una semana sin que
se presentase un solo plunp para ser deshidratado, se sintió invadido por el
mayor de los alivios. No habría más demandas. Los días eran ya más largos y
brillantes. No habría más plunps.
Después, a
medida que el aire se tornaba más seco, Brian descubrió que empezaba a
encogerse.
No se alarmó,
pero sí se sintió intrigado. Permaneció inmóvil en su rincón, con las piernas
cruzadas bajo el cuerpo, pero cada día era más pequeño, más ligero, más seco,
que el día anterior. Traspasó el punto de la estatura normal que tenía antes de
que el mecanismo de la capilla lo cambiase, y siguió encogiéndose. Su piel
comenzó a colgarle como a jirones.
Y seguía
encogiendo. No estaba alarmado..Su preocupación era una emoción vaga solamente.
Y a medida que transcurría el tiempo, en sus ideas se producían grandes lagunas
llenas de voluptuosa negrura.
Lentamente
comprendió que aquellas tinieblas mentales, aquella incesante y bienvenida
aniquilación de su mentalidad, significaba la muerte. ¿La muerte? No las
destrucciones agonizantes que había estado planeando, sino algo mucho mejor. Y
se gozó en esta idea. Pero... (aún sentía cierta curiosidad)... ¿por qué?
Bien, supuso,
los dioses no viven eternamente, y él se había esforzado hasta la extenuación
al deshidratar a los plunps. Se había agotado por completo con esta operación,
y la estación de sequía le estaba exterminando. Al año siguiente, los plunps -
por primera vez en su agonía comenzó a reír -, al año siguiente los plunps
tendrían que buscar otro dios.
Al fin se sentó
en su rincón, del tamaño de un muñeco. Ya no oía, veía ni sentía. Su mente se
había detenido. Estaba reducido casi a la nada; sus brazos y piernas eran más
pequeños que huevos de zurcir. Ya no existía Brian.
De haberle
quedado una chispa de ego para efectuar una declaración, habría jurado que
estaba muerto.
Pero los plunps
no corrían peligro inmediato de perder a su dios. Cuando llegara la estación de
las lluvias, Brian despertaría de nuevo. Y una vez más se vería obligado a
reemprender su forzado servicio hacia ellos.
Como adorado,
como dios, a Brian le quedaba aún muchos años de acción higroscópica en favor
de los plunps. Pero ahora era verano. Sincronizando con el ciclo de sus
adoradores, el dios de los plunps también sesteaba.
FIN
Edición
electrónica de Sadrac
Buenos Aires,
Abril de 2001