Torcuato Tasso - Noches




     Noche I

          ¡Ay!... Me abraso. ¿Qué fuego es este que circula por mis venas? Este
     fuego no es el que me inspiró los cantos de Reinaldo y Godofredo. Aquél
     obraba sobre mi imaginación, éste convierte mi pecho en llamas vivas.
          La opresión es grande. Me falta aliento para expresarla, ¡tanto es el
     imperio que ha tomado sobre mí!
          ¡Torcuato! ¿Te engañas acaso? En medio de esta penosa opresión nace
     un oculto deleite que tú no cambiarías por cosa alguna. ¡Ah! ¡es el
     deleite del amor!
          ¡Ay de mí! ¿Qué palabra he pronunciado? ¿Quién explica su sentido?
     Hablé de amor otras veces. Bastante escribí de él en otro tiempo; pero
     sólo tracé una débil imagen del que ahora me consume.
          ¡Herminia!... ¡Clorinda!... Se dice que el sentimiento de las mujeres
     es más vivo que el nuestro. No. Todas las mujeres juntas no pueden sentir
     con tanta fuerza como yo. Canté los amores de Clorinda y de Herminia,
     ¡pero cuán lejos de la verdad! El amor es otra cosa. Es cierto. ¿Quién
     puede negarlo? ¿Quién? El que no conoce el objeto sublime de mi pasión.
          ¡Oh tú, que todavía no me atrevo a nombrar! ¿Cuándo será que sepas el
     inmenso fuego que con tu propia mano has encendido en mi corazón? ¡Si
     estuvieses aquí! ¡Si yo pudiese volar libremente a tu lado y decirte el
     tormento que forma mis delicias!... ¿Podré decírtelo algún día?
          ¡Torcuato! no alientes tan vanas esperanzas.



     Noche II
          Yo la he visto. ¡Ah! sobradamente la he visto. Sus largos y negros
     cabellos; sus hermosos ojos; sus delicados labios que respiran el deleite;
     sus blanquísimos dientes; su cuello ebúrneo...
          ¡Insensato! ¿Son ésas las partes más admirables de su hermosura?
     Aquellos ojos llenos de viveza, aquel mirar plácido y benigno, aquella
     sonrisa celestial...
          Di más bien, Torcuato, aquella voz... ¡Ah! aquella voz resuena
     todavía en mis oídos. ¿Con qué palabras podría expresarla? ¡Qué! ¿hay
     acaso palabras para expresar su divina voz?... Resuena todavía en torno de
     mí. Aún la estoy oyendo, y mi corazón la absorbe toda y se saborea de sus
     encantos.
          ¿Lo has oído, Torcuato? Ella repetía los lamentables acentos de
     Herminia.
          ¡Ah! no; deja para mí un tema tan cruel; o, si acaso quieres hacerlo
     objeto de tus cantos, recuerda que sólo refieres el verdadero dolor de tu
     poeta. Ella lo sabrá...
          Pero ¿cómo? ¿Cuándo podré decirla una sola palabra? ¡Infeliz del que
     vive en el tumulto de la corte! En ella los grandes son bien desgraciados,
     pues que no pueden escuchar los sentimientos de aquellos que les aman.
     Sólo los aduladores y los hipócritas hallan libre acogida.
          Huiré lejos de la corte; el aire contaminado que en ella se respira
     envenena los corazones. Iré a los bosques. La vida sencilla y pastoril de
     los primeros hombres debía ser un fideicomiso para toda su posteridad.
     ¡Pues bien! Lo será para mí. Torcuato: partamos.
          ¡Infeliz! ¿Piensas hallarla en los bosques? ¿Verás en ellos estampada
     una sola de sus pisadas? No; me detengo.
          ¡Oh, tú, única causa de mis desvaríos! ¡A lo menos te fuesen
     conocidos!...



     Noche III
          He paseado las prolongadas calles de los jardines. Cien veces he
     medido con mis ojos la magnitud del soberbio alcázar donde moras. Animado
     por la esperanza, creí al principio que vería a lo menos a una de tus
     doncellas.
     ¡Oh!¿por qué no tienen éstas mi corazón? Mi corazón sólo estaría bien
     dentro de su pecho, ya que deben servirte a ti, primero y último objeto de
     mis desvelos. En vano me ha lisonjeado la esperanza. Inútilmente he
     contemplado aquellas ventanas por largo tiempo; en balde mis ojos han
     querido descubrir señal humana.
          ¿Qué hacían, pues, aquellas doncellas encerradas en sus aposentos?
     ¡Perversas! Te privan del beneficio de respirar el fresco de la mañana...
     Hasta la luz... ¡Ah! no. El aire que tú respiras es mas balsámico, y
     quieren disfrutarlo todo ellas solas. Harto motivo tienen: ¿quién no sería
     avaro de un bien precioso? ¡Ah! Tiempo hace que estoy anhelando una
     pequeña parte de este tesoro. El haberlo poseído un día en abundancia me
     hizo perder la calma del corazón.
          ¡Ah! ¡ojalá mis preces puedan llegar hasta ti! Yo las recomiendo al
     aire, al viento. Sólo el viento, sólo el aire pueden elevarlas hasta la
     altura de tu mansión. Pero no acostumbrada a tales mensajeros, e ignorando
     sus encargos, tú no podrás prestar oído atento a la relación que irán a
     hacerte.
          ¡Torcuato! ¿de qué hablas? ¡Infeliz! Tu delirio es excesivo. Cesa. No
     haces más que dar pábulo a tu dolor. Cantemos a Reinaldo. He aquí lo único
     que te es permitido en este lugar.



     Noche IV
          Mi delirio ha llegado a su colmo. He visto, sí; he visto a Leonor.
     ¡Era acaso ilusión! Y bien; Señora, ¿traéis una palabra de vida? Me
     figuraba que llamándome me dirigía estas palabras:
          «Torcuato; tú eres el primer cantor del Universo; por ti se
     inmortalizará el nombre de nuestro príncipe, y de todos aquellos que tú
     honras con tus versos. ¿Quién dejará de cobrarte afecto, cuando
     distribuyes a tu albedrío la gloria tan apetecida de los hombres? No hay
     fortuna que tú no iguales.»
          Sí; Leonor, Virgilio, nacido en una aldea del Mincio, habiendo ido
     miserable a Roma para reclamar algunos estadios de terreno, llegó a ser el
     amigo de Mecenas y el convidado de Augusto. Sobre todo, Leonor, no estaba
     prohibido a Virgilio el ver a Livia, el hablar con Julia, y recitar sus
     versos a las dos. Nuestro príncipe es digno del corazón de Augusto, y yo
     no soy indigno de la suerte del cantor de Eneas. ¿Qué es lo que estoy
     diciendo? ¿Por qué, infeliz, me fatigo en vano? Leonor apenas ha fijado en
     mí ligeramente los ojos. Juraría que ni aun ha reparado en mi persona.
          ¡Ah! En aquellas elevadas torres en donde habita lo que más aprecia
     mi corazón; en aquellas torres... no hay quien se acuerde de Torcuato.
          ¡Corazones crueles! ¿Qué es lo que al fin merece más aprecio? Vuestro
     poder puede en un momento destruirse; vuestras riquezas dependen de aquel
     que os las ha transmitido; despojaos de cuanto os conceden los hombres
     insensatos, no siempre serán tales, y entonces seréis sólo unos miserables
     esqueletos dignos de compasión.
          El ingenio se eleva sobre todo, y no está sujeto a ninguna vicisitud.
     La violencia, el odio, la fuerza, nada puede dañarle. Yo viviré
     eternamente en la memoria de los hombres; y el tiempo destructor
     aniquilará bien pronto vuestro nombre, si yo no acudo a sostenerlo.
          ¿Habrá, pues, quien me acuse de arrogancia y llame temeraria mi
     pasión?¡Oh, edad vil y corrompida! ¿Debo yo estar ciego a tus leyes?
          No; la vileza nunca tuvo cabida en aquella alma candorosa que impera
     sobre mí. Si algún día llega a oírme, no dudo que me dirá:
          «¡Torcuato! Existe en los corazones humanos un afecto que iguala
     todas las condiciones, y tú eres tan grande que nadie podrá rehusarte su
     amor. Una misma corona cine a los reyes y a los poetas, y de éstos reciben
     los monarcas la palma de la inmortalidad.»
          ¿Y no amaría un alma tan noble y tan virtuosa? Yo... Siempre.



     Noche V
          Cortesano; respóndeme y sé veraz. ¿Sigues tú a nuestro príncipe
     animado tan sólo por la esperanza de arrancar de sus manos alguna
     liberalidad? -Yo le sigo por un sentimiento puro. Alfonso es tal, que
     aunque fuese menos rico y poderoso se haría amar del mismo modo. -¿Es
     decir que tú le amas?
          -Sí. -¿Y qué haces para demostrarle tu amor? -Le presto mis servicios
     siempre que se digna emplearme en alguna cosa.
          Eres prudente; pero no siendo yo cortesano como tú, hago, sin
     embargo, mucho más por él. Le preparo un asiento en el templo eterno de la
     inmortalidad al lado de los más grandes héroes.
          Pero antes te lo preparas a ti mismo.
          Hay en esto una diferencia que se hace notable. Tú sigues al príncipe
     y le sirves; pero esto lo harás principalmente porque esperas con su
     protección hacer tu fortuna; y si yo quisiese, podría excluirte de la que
     me preparo a mí mismo. Él no me paga; porque ni aun esto puede hacer, pues
     todos sus Estados y todas sus riquezas no serían bastantes para
     satisfacerme.
          A mí me parece que pones en muy alto precio esta merced que tú le
     haces. ¿Y es cierto que no esperas de él alguna recompensa?
          ¡Malicioso! Yo no debía haberte llamado. Tú no puedes ser mi juez.
     Mis servicios son voluntarios. Yo no pido dignidades ni riquezas. ¿Qué
     necesidad tengo de ellas? No tengo sino una necesidad; aquella que mi
     doliente corazón me recuerda cada instante; aquella sin la cual siéndome
     desde mucho tiempo la vida una pesada carga, hubiera bien pronto terminado
     mi existencia...
          ¡Tú sola me detienes, dulce tormento de mi alma, y por ti sola me es
     apreciable mi Señor!
          Pero el orgullo de los grandes desprecia esta suerte de homenajes.
     ¡Desgraciado de mí si me declarase!... Un negocio de estado; ¡un
     delito!... ¡Un delito el puro afecto; el sentimiento!
          ¿Creéis vosotros que pueda obtenerse con el oro? ¿O no sentís acaso
     su necesidad?
          ¡Insensatos! Dió la naturaleza a cada uno sentimientos y alma.
     Falaces instituciones alteraron el orden de las cosas, y sólo se distingue
     la energía del alma y del corazón.
          ¡Oh! ¿por qué nació ella en un siglo tan corrompido? ¿Por qué su
     inocente espíritu deberá beber en fuentes tan impuras? Yo pido al Cielo un
     instante propicio para verla, para declararla...
          ¡Ay infeliz! Cuando llegue este instante ya no será ella cual yo me
     la figuro. Las grandezas y los aduladores habrán alterado la inocencia de
     su alma. Ella amará; y ya no será digna de mí.
          ¡Justo cielo! ¿Qué maligno demonio me inspiró tan negra sospecha? Su
     virtud es incorruptible. ¡Así llegará el instante que yo anhelo!



     Noche VI
          Los enemigos de mi gloria se han levantado furiosamente contra mí.
     Sus gritos resuenan en el Arno, y se propagan velozmente por toda Italia.
     Yo los destruiré y saldré vencedor en la lucha. Conozco mi causa. Mi
     «Jerusalén» triunfará del tiempo y de la envidia.
          Pero ¡ay de mí! Otra pérdida mucho más grande podría sufrir aún. -Mi
     corazón vale seguramente mucho más que cualquier ingenio y cualquier
     poema. Es tan difícil en estos tiempos hallar otro corazón como el mío,
     cuanto lo era componer un poema digno rival de la «Eneida». ¿Quién aprecia
     un corazón cual se merece? ¿Es posible que aun haya quien se atreva a
     insultarlo? ¡Fatalidad de los tiempos! Se pregunta con arrogancia de qué
     sirve este don, mayormente si no se trata de un príncipe; y si estando
     dotado de un corazón tierno y amoroso pretendes la gracia de una mujer de
     elevada clase, los malignos cortesanos te llaman loco.
          ¡Ah! ¿Qué harás, Torcuato? Seguramente que no te opondrás a tus
     enemigos. Demasiados peligros te circuyen, y tu causa no puede exponerse
     sino dentro de ti mismo. Los hombres son feroces adoradores de las
     divinidades que se han forjado a su capricho.
          Ella es también una divinidad para mí. Pero el culto que yo le
     tributo no es el del vil cortesano.
          ¡Dios de los cielos! Haz de ella una simple aldeana. Los mismos que
     hoy me arruinarían porque la adoro, la despreciarán mañana abiertamente,
     la mirarán con desdén y la dejarán en un absoluto abandono.
          Ella empero nada perderá en mi corazón. Antes bien, adquirirá un
     nuevo precio, porque estando a cubierto de los peligros de la corrupción,
     podrá fortificarse más libremente en su virtud.
          ¡Oh! ¡Cómo brillaría entonces su hermosura entre los inocentes
     atractivos de la simple naturaleza! Bajo sus pies nacerían flores de todas
     estaciones; los límpidos y cristalinos arroyuelos suspenderían su curso y
     llevarían sus aguas en torno de ella, codiciosos de besar sus bellos pies;
     la fresca brisa de la primavera vendría a acariciarla con sus suaves
     perfumes; saludaríanla con sus cantos las avecillas del bosque; correrían
     balando inocentemente hacia ella las ovejas, admiradas de ver tan hermosa
     criatura; la respetarían, la amarían, la adorarían los hombres del lugar;
     repetido su nombre de boca en boca penetraría en las fastidiosas ciudades
     y en la corte: los grandes de ella se olvidarían entonces de aquel
     insensato orgullo, que ahora es su ídolo; ¡y quién sabe si desde lo alto
     de su opulencia y vanidad, el fastuoso magnate, que mira como una nada a
     todo el resto de los hombres, no se desdeñaría entonces de ser amado de
     esta aldeana! Los mentirosos cortesanos aplaudirían prontamente la nueva
     elegida. Dirían... ¡Qué no dirían para lisonjear la pasión del grande, sus
     falaces cortesanos!
          ¡Pero en vano! Esta mujer es mía, toda mía. Jamás conoció los humos
     de la vanidad; jamás pudieron embriagarla. Sólo conoce la rectitud del
     corazón, el candor de los afectos y la pureza de los sentimientos.
     ¿Poseéis acaso vosotros alguna de estas virtudes? Si no las tenéis,
     callad, miserables. Seguramente que no tenéis ninguna, yo lo sé bien, he
     vivido entre vosotros, y os conozco. ¡Ah, demasiado! También os conoce
     ella, que educada entre vosotros, se acuerda con desdén y horror de
     vuestras pérfidas lecciones. Y aunque pudieseis ofrecerle virtudes dignas
     de ella, temblad sin embargo; hallaréis en mí un temible rival. Sí; yo me
     presentaré el primero en la palestra, y os disputaré la victoria. Siempre
     he aborrecido vuestras viles artes. Nunca supe hacer comercio de mi
     corazón. Yo no busco en el amor sino el amor solo. Vosotros hacéis servir
     esta noble pasión para otros fines; y si un afecto violento llega a
     dominaros por un instante, vuestra ambición no tarda en contaminarlo.
          Pero, ¡ay de mí! Ella permanece en el palacio de mi Señor; no se
     desprende de las seductoras grandezas en que nació, y yo no tendré el
     consuelo que deseo. ¡Infeliz!
          Entretanto, ¡oh destino cruel!, la guerra suscitada a mi gloria se
     hace fatal a mi amor. Ella oirá las dudas y los reparos; y quién sabe si
     tal vez se unirá a mis enemigos para burlarse de mí.
          No; ella no tiene un alma vil. Titubeará sin embargo. Arrojemos de
     nosotros esta turba de impertinentes; vindiquemos, ¡oh Torcuato!, nuestra
     gloria; tal vez vindicaremos nuestro amor. Escribamos.



     Noche VII
          No, médico. No es propio de tu arte el curar esta calentura. Te
     engañas, o son falaces sus síntomas. El fuego que arde en mi seno es
     inmenso. No creas que para mitigarlo basten tus bebidas. Aunque bebiese el
     Po entero, no sentiría alivio alguno.
          Tú dices que esta fiebre es causa de los accesos a que se abandona mi
     mente de tiempo en tiempo. ¿Y qué? ¿Parécete acaso que yo deliro? Tú me
     calumnias. Mi razón es tan sólida como puede serlo la de otro hombre. Mi
     alma contempla un objeto... ¡Ah! Tú no sabes qué objeto contempla, y con
     cuánta intensidad...
          Fija los ojos en el sol en un mediodía de julio. Mira con detención
     su brillante disco, y recoge dentro de tus pupilas su inmenso resplandor.
     Titubearás dentro de poco, y los objetos que te rodean desaparecerán
     pronto de tu vista.
          ¡He aquí mi situación! Lleno enteramente del caro objeto por el cual
     vivo, mi corazón no enferma como pretendes. Guarda, pues, para los
     miserables sepultados en el lecho del dolor tu ciencia, si alguna tienes,
     y tus cuidados. Nunca habrás visto otro hombre más sano que yo.
          ¿Y sería posible que un hombre enfermo amase como yo amo? Existo todo
     en ella, no veo más que a ella; no busco, no quiero otra cosa...
          ¡Crueles! Dejadme en mi felicidad. Si yo diese un paso atrás,
     entonces tal vez necesitaría de los socorros de vuestro arte. Pero no,
     serían inútiles: moriría.



     Noche VIII
          Yo no soy indócil. Escucho la razón, y la sigo. Cambiaré el título de
     mi poema; pero éste permanecerá el mismo aun después de tal mudanza. Esta
     mañana he examinado las objeciones que me han dirigido.
          No creas por eso, mujer divina, que el estudio me haya ocupado hasta
     el extremo de olvidarte un solo momento. ¿Qué fuerza podría arrancarte de
     donde ejerces tu imperio con autoridad soberana?
          No; no miento, no exagero. Exageran los amantes vulgares, porque su
     llama es vulgar. Mi afecto todo es divino. ¡Dios de la naturaleza! Tú
     mismo, tu mano potente lo ha grabado en mi alma. Su impresión es
     profundísima, y se ha arraigado en las más recónditas fibras del corazón.
     Perecerá este corazón, pero antes que él no perecerá ciertamente mi
afecto.
          Cuando me detengo en meditar sobre mi obra, siento enardecerse mi
     pecho. Te veo en Sofronia, en Herminia, en Florinda, y perdóname, Armida
     misma me recuerda tu imagen. Armida es falaz, pero fué hermosa y amó, y
     este amor y esta belleza bastan a mi ardiente afecto.
          A veces me pregunto a mí mismo de dónde pude sacar las variadas
     imágenes de tan seductoras mujeres. Y si éstas, digo, son tan hermosas,
     ¿cuál debe ser aquella de la que sólo he trazado débiles rasgos, y una
     sombra? Guarden otros para sí, cualesquiera que sean, las formas que
     delineó mi imaginación. Su celeste modelo me pertenece. Sí; me pertenece.
     ¿Quién puede disputármelo? ¿Hay fuerza para ello en la tierra? No las
     conozco. Yo soy superior a toda fuerza; y si algún día intentase la
     violencia...
          ¿De qué depende el hilo de mi vida? Un golpe... Y puedo aventurarlo a
     cada instante. ¿Crees acaso que me falta valor? Quítame la esperanza; y
     verás...
          La gloria podía hacerme amar la vida. La gloria ejerce un imperio
     poderoso sobre algunas almas elevadas. Yo creo ya haberla alcanzado, y si
     la envidia me disputa hoy sus lauros, mañana habrá ya consumado todas sus
     asechanzas. Yo triunfaré.
          Tú sola entretanto sostienes mi espíritu. La idea de verte, de
     hablarte, de conmoverte, este solo pensamiento constituye mi vida. Jamás
     se borrará de mi corazón, aunque la casualidad o los hombres condenen mi
     amor. ¿Quién puede atentar contra mi alma, y arrancar de ella este
     pensamiento? Cualquier esfuerzo lo avivaría mucho más. Desafío a todos los
     tiranos, y a todas las adversidades.
          Pero si esta osadía tuviese lugar, dime, ¿con qué animo podría
     sostenerla?
          ¡Ay de mí! ¿acaso sabe ella las desgracias que me atormentan? ¿Sabe
     acaso que ella sola llena enteramente mi alma, y que sólo vivo por ella?
     No, ella no lo sabe.
          ¡Oh amor sumo e infeliz! Mi desesperación es en vano. Pueden algunos
     echar en cara su crueldad a la ingrata mujer que les hace sufrir. El pesar
     o remordimiento de ésta les sirve de compensación; y enfurecida su alma,
     se consuela con la venganza del desprecio; último remedio de un afecto
     desgraciado o indomable. Pero yo no quiero semejante compensación; no, no
     me complaceré jamás en tales venganzas.
          Mas la suerte de los amantes vulgares no debe ser la mía. El objeto
     que reina en mi corazón, es más elevado que el que reina comúnmente en el
     de los demás hombres. Todo es nuevo, todo es grande.
          Esta idea me da mayores y nuevas fuerzas.



     Noche IX
          Los poetas acostumbran calumniar a las mujeres. Harto lo prueban sus
     frecuentes invectivas. Aun hacen más; profanan los misterios del amor.
     ¿Sabes tú la causa de todo esto? La bajeza de sus sentimientos.
          Los de Torcuato son más nobles; y no debes recelar, mujer divina, que
     lleguen jamás a envilecerse. Conóceme bien, y ten valor.
          He dejado mi lecho antes de la aurora, con el designio de penetrar
     hasta tu morada. ¿Quién podría detener mis pasos? Habría preguntado por
     Leonor; la habría dicho... lo que puede decir un hombre desesperado.
     ¿Tiene ella un alma tan insensible? ¡Ah, Leonor! Hace mucho tiempo que el
     sueño no ha cerrado mis párpados. Mi corazón palpita siempre. Una
     inquietud, un delirio... ¡Qué cruel situación, Leonor! Yo no puedo ni sé
     expresártela. El fuego que me abrasa se eleva hasta mi cerebro. ¿Ves estos
     ojos inflamados? ¿Ves este anhelo que me consume?
          ¡Ah! ¿Es ella?... Este ruido... Calla, que no se sobresalte, que no
     retroceda si llega a sospechar que este recinto encierra un hombre. No
     ignoro que nadie debe penetrar hasta aquí, pero esta severa ley no me
     comprende, Leonor. ¿Conoces mi pasión? ¿Sabes que no hay fibra en mi pecho
     en que el amor no haya estampado tu adorada imagen? Id; decidla que la
     aguardaré hasta la noche, un año entero, un siglo, con tal que venga, que
     la vea, y la hable.
          Leonor; no quieras imitar a los tiranos: no te hagas reo de un
     sacrilegio. Tiembla si el amor llega a vengarse. Tú malograrías su obra
     más admirable.
          Leonor, ten piedad de mí. Ella entra; mis ojos no la pierden de
     vista. Mi corazón late con violencia. El más leve rumor me conmueve, me
     agita. Me abraso, me hielo. Ella retrocede. No, no es Leonor.
          Un criado inoportuno baja de una escalera excusada que conduce a la
     habitación de la que adoro. ¡Ay, si yo pudiese vestir esa librea! Tú no
     conoces el bien de que disfrutas. ¿Qué hiciste para merecer el vivir a su
     lado? Eres verdaderamente feliz. Tú ves con frecuencia sus celestiales
     facciones, oyes su voz suave; y le prestas los servicios que ella se digna
     pedirte. Cédeme tu lugar.
          El criado atraviesa la sala en silencio, y Leonor no aparece. ¿Hasta
     cuándo he de perderme en vanos deseos? Todos desechan mis suplicas, todos
     se hacen sordos a mis ruegos. Yo deliro; ¿dónde me hallo? ¡Cielos, dónde
     estoy!
          Ven a mi socorro, oh dulce causa de mi dolor. De ti sola depende.
     ¿Con qué derecho podría quejarme de Leonor, si conociese ella que ya no es
     el objeto de mi afecto? Tú que lo posees sola y todo entero, debes
     mostrarte sensible. ¿El esplendor de tu cuna te eximió acaso del
     agradecimiento? ¡Oh, cielos! ¿Es posible que ella haya aprendido la
     inhumana moral del orgullo? No. Pero el orgullo la encadena. ¿Qué importa
     que sus grillos sean de oro? ¿Dejan por esto de ser el instrumento de la
     violencia?
          ¡Gran Dios! Te agradezco el no haberme destinado a tan alta cuna.
     Sería sólo un esclavo: no podría disponer ni aun del corazón. Sí: ni aun
     del corazón.



     Noche X
          ¡Traidor! Ya que abrigabas contra mí tan cruel veneno, ¿por qué no
     traspasabas antes mi corazón con un puñal, cuando estando solos te
     abrazaba como a un amigo, como a una parte de mí mismo? Entonces no
     habrías sido más que un asesino. ¡Bárbaro! Tú has excedido la esfera del
     poder que hasta aquí se ha concedido a los malvados en la tierra, y la has
     excedido en mi daño.
          No, mujer divina. Mis labios jamás han profanado ni tu nombre, ni mi
     amor. ¿Quién merecería ser el depositario de este secreto?
          La amistad tiene grandes derechos. Sí, para todos menos para el amor.
     Orgulloso yo de una pasión que me coloca en un rango, tan superior a los
     demás mortales, ¿cómo puedes sospechar que hubiese incurrido en la bajeza
     de confiarla a hombre alguno? Miente quien tal dice: es un malvado.
          Él ha hecho traición a la amistad, y palideció al brillar sobre su
     cabeza el acero vengador, cuyos golpes sólo pudo evadir con una nueva
     vileza... herencia infame de su sangre.
          Pero ¿qué importa? Separado del resto de los hombres, arrojado a este
     asilo del último infortunio, juguete de unos cortesanos viles, hecho el
     blanco de la ira de un poderoso, que antes era mi protector... Nada es sin
     embargo todo esto. Ella... ¡aun ella se ha indignado contra mí... contra
     mí! ¡Tú!
          Pues bien, yo te perdono. Mira si soy desgraciado. La calumnia ha
     agotado en mí su veneno, y calló mi labio. Pero el ardor de mi pecho se
     aumenta; y no mintió la calumnia cuando me acusó de haberte amado. Ven,
     ven. Estaré mudo delante de ti. Mis párpados no harán el más mínimo
     movimiento, ni se oirá un latido en mi corazón. ¡Oh, en mi éxtasis moriré
     a tus pies... expiaré en tu presencia mi delito, si alguno tengo!
          Pero ¿cuál es mi delito? Uno solo, Leonor: ¿acusarás a Tasso por
     haberte amado?
          No; sentimientos más nobles abriga sin duda tu corazón. Volverán a
     serenarse aquellos ojos que alimentan mi única esperanza, y si consigo
     estos momentos, en medio de mis crueles miserias, seré el más afortunado
     de los mortales.
          Ella se acerca. Los acelerados latidos de mi corazón me anuncian que
     no está muy lejos el momento de verla.
          ¡Ah! Los dos somos desgraciados, y el cielo nos ha sujetado a grandes
     pruebas. No debes por esto desconfiar, ¡oh tierno objeto de mi inmenso
     amor! Variará nuestra terrible situación. ¿Podría acaso exasperarse más el
     rigor del destino que hoy nos oprime?
          ¡Cielos! Pálida... desgreñada... sus labios en convulsión... sus
     ojos... ¡Oh, qué ojos!... No, yo no puedo sostener su vista.
          Ve: bastante has dicho. Mañana ya no existirá el infeliz que hoy
     ocasiona tus penas. Es justo. ¡Ojalá vuelva entonces la paz a tu corazón,
     y con ella recobren tus funciones sus formas divinas! Ellas solas
     justificarán al desgraciado...



     Noche XI
          Mi esperanza se ha desvanecido enteramente. ¡Crueles! ¡Prohibirme
     hasta la vista del castillo!...
          Pero en medio de mis desgracias me queda un consuelo. Mi pasión se ha
     temido. No era pues yo un objeto de indiferencia a su corazón. Sí: mis
     votos han llegado hasta sus oídos. Ella conoce mi amor y mis transportes,
     y no dudo que excitarán su piedad.
          No deseo otra cosa. Me alejaré de aquellos muros; pero dentro de
     ellos viviré triunfante en su memoria. Ella dirá: ¡infeliz! Y tal vez,
     mientras me abandono a mis devaneos, su afecto simpatiza con el mío.
     Anímate, Torcuato. El amor vence los más grandes obstáculos; ¡y quién sabe
     qué felices combinaciones se nos preparan!
          ¡Insensato! ¡Qué atrevido vuelo ha tomado mi imaginación! ¿Qué
     pretendo? ¿Qué espero? Nada, nada. Ya no la volveré a ver: jamás la
     hablaré. Ella ignora mi sentimiento y mis desgracias. ¿Quién podrá
     decírselas? ¿Quién? ¿Tienes por ventura algún amigo en la corte? Todos son
     esclavos del vil interés; todos ocultan la verdad, y abandonan al que cayó
     en la desgracia. La experiencia me lo ha enseñado mil veces; y no puedo
     engañarme a mí mismo.
          Mi desgracia es demasiado cierta... irreparable. La esperanza me ha
     abandonado. ¿Qué recurso te queda, pues, Torcuato?





     Noche XII
          Mi infortunio es efecto de una intriga de mis enemigos; pero ellos no
     han podido abusar de mi amor. Ellos no lo conocen. ¿Cómo podrían
     conocerlo, cuando yo lo he guardado dentro de mi pecho con tanta
     escrupulosidad? Torcuato, ¿lo has depositado acaso en el corazón de
     alguno? Guárdate de hacerlo. Teme hallar un traidor en cada hombre, y rara
     vez te engañarás. ¿Qué mérito se haría cualquiera que llegase a penetrarlo
     para asesinarme? Sí, para asesinarme, el bárbaro. Paréceme que oigo la voz
     del pálido hipócrita susurrar al oído del príncipe. Los primeros acentos
     bastan para encender su ira. Búscanme luego; preguntan por mí... Estoy
     perdido.
          Y bien, moriré. ¿Quién pereció nunca por más bella causa? Lejos de la
     corte, los hombres sensibles y rectos harán justicia a mi corazón. «Él se
     elevó sobre los poetas de su siglo, dirán, y dió a la moderna Italia un
     monumento del genio, por el que puede rivalizar con la antigua. Estos
     títulos autorizan el amor atrevido que abrigó en su pecho. Su corazón
     debía ser a la par de su talento.» ¡Satélites inicuos! Venid a
     aprisionarme. Yo no resistiré a vuestra violencia. Todas mis fuerzas se
     concentrarán en mi corazón para amar con más intensidad al objeto sagrado
     de mi pensamiento. Las puertas se abren; aquí están los malvados.
          Si a lo menos pudieses ver ¡oh causa inocente de mis desgracias, el
     infame trato que se da al hombre que te adora!



     Noche XIII
          Abandono mi lecho: descorro el cerrojo de la puerta. No quiero perder
     un momento. Esta puerta debe abrirse libremente al instante que ella
     aparezca.
          ¡Oh, Torcuato! ¿Qué la dirás cuando pise esos umbrales? ¿Qué diré yo?
     ¡yo! Me arrojaré a sus pies; y moriré. Sí, morir. En tal situación,
     ¿podría acaso hallar otro alivio? Entonces ya no deberé esperar que mejore
     mi suerte. Moriré. ¡Oh, cuán grata me será la muerte después de un placer
     tan suspirado!
          Le manifestaré mi gratitud. ¡Cuántas veces he pedido al cielo este
     momento feliz! ¡Mujer divina! ¿Acaso las desgracias de tu amante han
     excitado tu piedad? ¿Quién te ha hablado de mi pasión?
          ¿Qué digo? ¿Acaso mi amor no está impreso en todos los objetos que me
     rodean? ¿No está escrito en mi frente, en mis ojos, en todas mis acciones?
     Mis palabras, mis suspiros, hasta mi mismo silencio, aquel silencio mudo
     tan largo, tan profundo, ¿no expresan vivamente los afectos de mi corazón?
     El aire, el aire testigo tanto tiempo de mis sentimientos, de mis votos,
     de mis suspiros; el aire, sí, herido tantas veces por mi voz lamentable,
     ha elevado sus tristes acentos hasta el lugar donde ella habita.
          ¡Ah! Si tardases un instante más, virgen celeste, yo no existiría.
          Sus labios se abren: me dicen... ¡Callad, rumores envidiosos! Dejadme
     gustar el suave sonido de sus palabras.
          ¡Ay de mí! La puerta permanece cerrada. Este cerrojo está inmóvil.
     ¿Quién hizo retroceder a Leonor? ¿Quién impidió su entrada? ¡Infeliz!
     ¡infeliz! ¡Ya no la veo! ya no la veré más... ¡Qué silencio!



     Noche XIV
          Yo moriré; moriré; no puedo dudarlo. Arrojadme donde queráis. ¿Qué me
     importa?
          No, no... Sepultad estos restos miserables en la capilla de la corte.
     Id a vuestro príncipe y decidle: «ésta es la voluntad de Tasso». Escuchará
     mis votos. Son sagrados los votos de la muerte.
          Allí quiero ser sepultado; allí. Ella es piadosa: acudirá como
     acostumbra a la tribuna, desde la cual puede observar sin ser vista todo
     lo que pasa en la iglesia. Entonces descubrirá el lugar donde habré sido
     sepultado, y leerá, «Aquí yace Tasso». Las letras serán mayúsculas. Decid
     al escultor que las haga de tal tamaño, que puedan leerse desde aquella
     elevación.
          ¿Sabes tú quién es el infeliz que reposa aquí? Olvida para siempre
     sus versos, y acuerdate tan sólo de su amor; de aquel amor infausto que le
     arrastró al sepulcro. ¡Tú eras su objeto, tú! Ninguna otra mujer supo
     conmover su corazón. A ti sola te amo, y ¡ay cuánto!... hasta morir.
          Si la piedad te habla, ¡si te inspira alguna súplica de paz!...
     ¡Mira!...
          ¿Qué paz puede tener un miserable, que ni aun probó sus dulzuras en
     la tierra? Dicen que el espíritu lleva consigo los postreros sentimientos
     en los cuales le sorprendió la muerte, y que se fija en ellos para
     siempre... Verte, hablarte de mi pasión, éstos fueron mis últimos
     sentimientos. Mi alma, pues, ya no tendrá otros; y yo que no existiré, no
     podré verte ni hablarte. En vano desearás mi reposo.
          ¡Ah! Yo deliro. ¡Oh! Sí, sí, paz. Tu piedad debe implorarla en mi
     favor; y sólo por tu intercesión puedo conseguirla. La hubiera también
     conocido en mis aciagos días, si solamente me hubieses dirigido una
     benigna mirada.
          ¡Justo cielo! Escucha los votos de su alma: concédeme lo que ella te
     suplica, y entonces quedará premiada mi fidelidad.



     Noche XV
          ¡Oh tú!, a cuya vigilancia estoy confiado como un reo de alto crimen,
     dime, ¿sabes acaso si ella me ama? Yo la amo; y mi amor excede a toda
     fuerza humana.
          Tú lo habrás advertido.
          Cuando me ofreces tus servicios y no obtienes respuesta, entonces yo
     estoy contemplando sus angélicas facciones, y aquellos ojos divinos que la
     naturaleza concedió a ella sola.
          ¿Te sorprenden mis palabras? ¿Te mostrarás tal vez indiferente?
     ¡Miserable! Tú no la has visto jamás: tú no conoces sus prendas, no tienes
     una alma tan sublime que pueda conocerla. No; el cielo sólo hizo dos
     corazones; el de Leonor y el mío. Entrambos fueron hechos para entenderse,
     para amarse.
          Pero, ¿qué digo? Los dos se aman ya, y se poseen enteros.
          No me habléis de otra cosa, ni busquéis en mí otra necesidad. Yo no
     tengo otra sino la de estar seguro de su amor.
          El importuno ha partido; mejor, su presencia empezaba a
     impacientarme. No era digno de penetrar el secreto de mi pasión.
          Alégrate, pues, Torcuato, y desahoga libremente tu corazón. Ya no
     debes recelar que ningún testigo descubra tu afecto. ¡Si a lo menos
     tuvieses aquí un amigo, cuyo corazón sensible a mi penoso estado refiriese
     a Leonor mis desgracias! Pero ¡yo mismo iré a hablarla! ¿Ves? El voraz
     incendio de mi pecho ha extendido su fatal influencia a toda mi máquina.
          En otro tiempo sus latidos no eran tan frecuentes ni mortales. Por ti
     todo esto; sí, por ti; mas estoy contento, y en mi pena cifro toda mi
     felicidad.
          Dime, pues, ahora; ¿desoirás mis súplicas? ¿Despreciarás mi corazón?
     ¿Y podría despreciarse un corazón como el mío?




     Noche XVI

          Abandono las riberas del Po. Vamos, Torcuato; huyamos a otro clima
     menos funesto a nuestro amor. Este cielo no fué para ti sino un lugar de
     desventura. Tal vez no es fábula lo que de él han cantado los poetas.
          Huyamos, pues, de una ciudad falaz, de una corte pérfida, de una
     mujer pérfida... Sí; pérfida es también Leonor. Me prometió... Sí: lo
     entendí bien. Yo estaba allí... ella... aquí... Entrambos nos miramos, yo
     con los ojos de fuego, y ella con la modestia y candor propios de una
     belleza virginal.
          Yo la creí: di fe a mi deseo, no a sus palabras que fueron breves, y
     cuyo sonido apenas pude percibir. Mi corazón recogió todos sus acentos,
     suplió el defecto de mis sentidos.
          ¡Corazón desgraciado! ¿Ves cómo ella te ha hecho traición? ¡Ah! no es
     ella; no: yo mismo me he hecho traición. Yo sólo soy la causa de mis
     infortunios. ¿No debía pensarlo antes? ¿No debía reflexionar que las
     almas, y la fe de los palacios son bien diferentes de las de nuestra
     clase? Aquel aire está envenenado, y ella lo respiró desde su cuna. Yo
     debía saberlo. Fiado en... ¡incauto!
          Pero me vengaré. ¡Se sabrá la traición! Se sabrá aunque pasen diez
     siglos. Ella y sus cortesanos no serán más que un vil polvo; yo viviré y
     anunciaré su perfidia al universo.
          Adiós, inicua morada; yo no debía haberte pisado jamás; yo tengo la
     culpa. Pero voy a enmendarla; voy a dejarte para siempre.
          Tal vez cuando esté lejos se deseará mi presencia. Pero en vano.
     Entonces ya habré arrancado de mis entrañas esta víbora cruel que me
     despedaza. La memoria de mi actual dolor será como la de un naufragio
     padecido en sueños, que después se refiere en el seno de la amistad. Mi
     resolución es irrevocable.
          Abridme la puerta. Debo irme lejos... sí, muy lejos... donde no oiga
     hablar más de ella, donde no tenga un solo recuerdo suyo. Abrid.



     Noche XVII
          He tenido un sueño, ¡qué tremendo! Ojalá nunca llegue a realizarse.
     ¡Votos inútiles!
          Mírala, yerto cadáver tendida en el féretro. ¡Ay de mí! ¿dónde están
     sus ojos, aquellos brillantes ojos que daban vida doquier que se fijasen?
     ¡Ah! cerrados por la atrevida mano de la muerte, ya no volverán a ver la
     luz. Dejad que yo los bañe con mis lágrimas. Quizá ellas podrán... No
     sería la primera vez que el amor ha obrado prodigios.
          ¡Ah! mis ojos no pueden llorar: el dolor ha agotado el manantial de
     mis lágrimas. ¿Qué recurso me queda para llamarla a la vida? ¿A quién
     hablo? En vano intento levantar mi voz: sus acentos apenas se perciben.
     Una mano de hierro oprime mi corazón; una ansiedad mortal me sofoca. ¡Ah!,
     nadie me oye.
          ¡Oh, sagrado objeto de mi ardiente amor! ¡Tú ya no existes! ¡Ay de
     mí! En la flor de tu juventud me has sido arrebatada! Alárgame una mano
     desde el sepulcro. A lo menos sé ahora benigna. Estoy pronto a bajar a él
     para encontrarte.
          La muerte inspira horror a los hombres. Yo la miraré sin temblar, si
     me conduce hasta ti, la única que poseíste mi corazón, ya que sólo por tu
     amor me era apreciada la vida.
          Pero ¡ah! los muertos no oyen; una fuerza sobrehumana me detiene.
          ¡Eterno Dios! Te pido la muerte, te pido aquello a que el inexorable
     destino ha sujetado todas las criaturas. ¿Llegarás hasta el extremo de
     negarme la muerte? ¿Tu providencia habrá ya abandonado a Tasso?...
          Despiértome. Mis cabellos están erizados; mi frente bañada en un frío
     sudor; mis ojos... mi pecho... ¡Ah! ¿es posible que pueda sufrirse tanto
     en sueños?
          Aparta los ojos de mí, tú que estás en mi presencia manifestando en
     silencio tu sorpresa. ¡Ah! Tú no sabes cuánto padece mi corazón; ni el
     colmo de miseria a que ha llegado. Huye de mi vista.
          Pero, no; detente. Sólo yo debo sufrir tan terrible prueba. Me iré,
     preguntaré, hallaré quien me dé nuevas de ella... ¡Oh! si este sueño
     fatal... ¡Ay de mí! Las fuerzas me faltan... no puedo...



     Noche XVIII
          ¡Qué día tan hermoso! ¡Qué sol tan brillante! ¡Qué soberbia se
     presenta hoy Ferrara a mi vista desde esta elevación!
          ¡Torcuato! Tan hermoso fué el día en que viste a aquella por quien tu
     corazón suspira: el sol resplandecía como ahora; la ciudad entera rebosaba
     de alegría. El príncipe recorría sus anchas calles sobre un fogoso corcel
     nacido en remotos climas. El gentío era inmenso, y tú representabas un
     papel distinguido.
          Llegamos a palacio; estaba allí reunida la flor de las bellezas de la
     corte. ¡Cuántas gracias! ¡Cuántos atractivos! Todo era seductor en aquel
     lugar. Distinguí una entre ellas que eclipsaba a todas las demás. Sentí al
     momento inundarse mi alma en una inefable suavidad. Mis ojos no sabían
     apartarse un solo instante de sus encantos.
          ¡Justo cielo! ¿Me engañé acaso? O es cierto que leyó en mi rostro la
     turbación que me causaba su vista. ¿Cómo podía yo ocultar mi sorpresa y su
     triunfo?
          Desde entonces una total revolución se ha operado en mis sentidos.
     ¡Qué inquietudes! ¡Qué combates de mil afectos diferentes! Hoy finalmente
     mi pecho ha recobrado la calma, y puedo recordar con serenidad las penosas
     vicisitudes que han agitado mi espíritu por tanto tiempo. Yo la amo: lo
     experimento, no puedo dudarlo. ¡Y bien! ¿Es delito el amarla? ¿Por qué la
     hizo el cielo tan amable? No; no es delito; no puede serlo.
          Celebremos la memoria de aquel día. Cantemos un himno digno de ella,
     digno de la inmortalidad. Díctelo el corazón; sólo el corazón; sólo el
     corazón puede dictar un himno digno de Leonor.
          ¡Ay de mí! La grandeza del objeto me oprime; mis sentidos
     desfallecen... ¡Qué negra nube! ¡Qué vientos tan procelosos se
     desencadenan! ¡Ay! el cielo se oscurece. Favor... pero ¿de quién lo
     imploraré? Mis lamentos no pueden penetrar hasta ella; y sólo ella podría
     socorrerme.
          ¡Ah! Escucha la voz de tu piedad y mis votos. ¡Mira qué profunda
     herida has abierto en mi seno! ¡Mira qué negra sangre! ¡Ah! mi dolor, mi
     dolor es extremo. Esperaba recibir de ti la felicidad... y soy
     desventurado.



     Noche XIX
          He renunciado a la gloria de los versos. Ariosto, Camoens, Virgilio,
     Homero, son nombres ya indiferentes para mí. Pasó aquel tiempo en que
     aspire al honor de rivalizar con ellos. Al presente mi gloria se cifra en
     vivir por aquella que es mi todo.
          ¡Virgen celestial! ¿Eres tal vez una de aquellas mujeres vulgares?...
     ¡Cuán engañado he vivido hasta ahora! Yo pensaba aumentar tu gloria con la
     mía, mas no tienes necesidad de este socorro. Tú sola haces tu gloria, la
     de cuantos te pertenecen, y harás también la de Tasso.
          Perezca mi «Jerusalén», desgárrenla, si quieren, los pedantes del
     Arno, y los cortesanos de tu padre: no desplegaré los labios. Para ser el
     primero entre los hombres de mi siglo, para ser un objeto de envidia a
     todo el Universo, bástame mi amor.
          Los tiranos lo han conocido. Mira cómo me persiguen; mira cómo
     quisieran destruir mi gloria y mi felicidad. Pero en vano; no lo
     conseguirán. Mi felicidad está colocada en lugar elevado donde sus manos
     sacrílegas no alcanzaron jamás: en tu corazón y en el mío.
          ¿Pero dónde estoy encerrado? ¿Qué hago aquí? Muchos días han
     transcurrido desde que se me concedió la hospitalidad. Hablo, pregunto, y
     nadie me responde.
          Ven tú a libertarme... ¡Oh! ¡te contaré todos mis males! Mis males...
     tú los ignoras. Yo te los diré: los oirás de mi misma boca. Sólo yo puedo
     decírtelos. Sí, vendrá: aguardemos, Torcuato.
          ¡Qué miserable condición es la de una hija de un príncipe! De nada
     puede disponer. Mil cadenas la ciñen; mil ojos están fijos sobre ella. Ni
     un solo suspiro puede salir de su pecho sin ser observado.
          ¡Malignos espías! Tal vez un suspiro de Leonor os ha dado margen para
     sumergirme en el abismo de mis males. Pero ella os sorprenderá, burlará
     vuestra vigilancia.
          Esta noche, sí. Sí, esta noche la aguardo. El amor servirá de
     escolta. Ánimo; apresúrate... Yo te espero y no saldré de aquí sin verte.
     Silencio.



     Noche XX
          ¿Quién pretende sacarme de aquí? No; no me iré. Ningún objeto me
     llama a otra parte: todo, al contrario, me detiene aquí. Si, todo me
     detiene.
          Pero yo mismo lo pedía. ¿Yo? ¿Torcuato, es posible que tu razón se
     haya extraviado hasta tal extremo? Tú conspiras contra tu propia
felicidad.
          Sí, felicidad es ésta. ¿Qué importa que aquella puerta esté cerrada,
     y que las ventanas estén aseguradas con barras de hierro? Únicamente
     Leonor me interesa. Ella difunde en este lugar una luz celestial;
     embalsama el aire que respiro, llena mi alma de un contento inexplicable.
          ¡Oh, digno objeto de todo mi amor!, perdona si pensé alejarme de este
     sitio. Un genio maléfico me pintaba todas las cosas con negros colores,
     confundía mis sentidos y tiranizaba mi razón. Ahora soy dueño de mí; hoy
     me reconozco.
          Mis enemigos creen haber triunfado. ¡Miserables! A mí me habéis dado
     el triunfo vosotros mismos. En Ferrara se dirá por mucho tiempo: «Tasso ya
     no está en la corte, ya no pasea por las cercanías del castillo, según
     acostumbraba con frecuencia; ni por los jardines como solía hacerlo aún
     más a menudo.»
          No; no estoy ya en la corte; me hallo en un lugar mucho mejor... en
     el corazón de aquella que es el adorno más brillante de la corte, y del
     universo.
          Vosotros no pronunciáis el nombre de Torcuato, sin que el corazón de
     ella, sencillo, y dulcemente amoroso, no se sienta al momento palpitar por
     mí. Vuestro mismo silencio, y el haber estado por tanto tiempo oculto a su
     vista, me conceden un lugar aún más digno en su corazón.
          Dejadme, pues, aquí: dejadme hasta que llegue el día en que mi amor
     sea coronado. ¿Llegará este día? Sí; llegará ciertamente.
          Tú, guardia, cierra esa puerta con cien candados. No hablaré; no se
     oirá salir de mi boca una sola queja. Yo estoy aquí contento y satisfecho.
     No temas mi fuga; primero vendrá la muerte a sorprenderme en este sitio.
          Las grandes pruebas manifiestan un amor grande, y quedándome aquí,
     daré la mayor de que el hombre sea capaz. Y si el amor puede merecerse en
     la tierra sufriendo todo el rigor del destino, yo habré merecido así este
     amor que tanto he ansiado: este amor sólo en el cual está cifrada mi
dicha.



     Noche XXI
          ¡En este día! Sí; en este día, la corte estaba en Belriguardo; yo
     también me encontraba allí. Juan Bautista, ¿te acuerdas? Los dos estábamos
     juntos, y tú me hablabas con frecuencia del Aminta. De repente se descubre
     un grupo de mujeres; los cortesanos acuden en tropel, y tú prorrumpes con
     desdén en estos acentos: «¿Se obra tal vez aquí algún milagro?» El lugar
     donde estábamos era bastante elevado, de manera que sin ningún esfuerzo
     podíamos distinguirlo todo. ¡Ah! cuánto me acuerdo de aquella ventana, de
     aquella reja; sí, de aquella reja, que contuvo mis ímpetus; y tú, amigo
     mío, me libraste entonces de una peligrosa caída.
          Por espacio de una hora quedé enajenado; ya no te vi más, ni oí lo
     que decías.
          Aquellos dos ojos que miré fueron otras tantas saetas, que atizaron
     más la llama en mi corazón. ¡Ah! esta llama me consume día y noche. Siento
     su ardor voraz, que ha pasado a ser para mí un tormento de muerte. No, me
     engaño; este ardor es para mí el elemento de la vida: sin él hubiera mil
     veces dejado de existir.
          Pero tú no me escuchas: mis palabras tal vez, y el ardiente afecto
     que me abrasa, son para ti un objeto de risa. ¡Oh! ¡cruel amigo! Marcha,
     escribe algún frío endecasílabo, algún madrigal desaliñado, y después...
          Juan Bautista no está aquí; poco importa. ¿Debo admirarme si él es un
     mal juez de mi amor? Él no tiene mis ojos, y mucho menos mi corazón.
          La naturaleza tiene dos urnas: en la una están los nombres de los
     hombres que deben recibir la existencia, y los de las mujeres en la otra.
     Con una mano saca un nombre de la primera, y con la otra otro de la
     segunda. El destino los escribe a entrambos sobre una misma línea en el
     libro de la vida. No hay fuerza que pueda en adelante desunirlos. De otro
     modo, ¿cómo explicaríamos las increíbles combinaciones que unen a nuestra
     vista dos corazones hechos, según parecía, para estar eternamente
     separados? ¿No los vemos tal vez buscarse mutuamente con impetuosos
     esfuerzos por medio del inmenso tropel? Se ha dicho que reina en las almas
     una secreta simpatía. Todo es verdad; la naturaleza ha arreglado de
     antemano las suertes y los efectos. Ha señalado su lugar a cada uno; y la
     felicidad consiste en ocuparlo.
          La mía está puesta en el amor de aquella que siempre tengo presente,
     que veo siempre, y sin la cual todo es para mí tinieblas, horror. ¡Oh
     criatura admirable! ¿lo sabes? ¿no te lo ha dicho todavía el interior
     presentimiento de tu corazón? Nuestros nombres fueron sacados a un tiempo
     de la urna. Es fuerza amar. En vano te lisonjearás del amor de algún otro.
     El mío te fué destinado; y, además, ya lo posees todo por entero.
          Ella lo sabrá; lo sabrá ciertamente. La naturaleza no puede
     ocultárselo por más tiempo. Torcuato, anima tu corazón. La plenitud de
     alegría podría causarte la muerte: prepárate para aquel instante. Ahora
     voy yo probando lentamente una parte de aquel placer inefable. ¡Oh, cuánta
     dulzura contiene un pequeño sorbo! ¿Qué será después, cuando llegue a
     inundar mi corazón todo entero?
          ¡Cielos! dadme fuerza para que pueda abarcarlo, y entretanto
     concédeme algún tiempo para prepararme.



     Noche XXII
          La campana señala la oración matutina de San Benito. Yo no he dormido
     un instante todavía. ¡Oh! Cuánto tiempo que no cierro estos ojos. ¿Pero
     por qué debo cerrarlos? Vendrá; sí, harto vendrá el día en que los
     cerraré... ¡y para siempre! ¡Ah! si debe llegar este día; ¡cielos! no me
     odies hasta el extremo de no dejarme ver, a lo menos una vez, aquella por
     sola la cual me sería sensible cerrarlos hoy para toda una eternidad.
          Yo creo que el sonido de esta campana penetrará hasta sus oídos. ¡Ah!
     si este sonido la despierta, ¡pueda a lo menos acordarse de su Tasso!
     Pueda decir: «En este instante él vela; piensa en mí; habla de mí.
     ¡Desgraciado! ¡Quién sabe de qué angustias se halla oprimido su corazón;
     quién sabe qué negros pensamientos le atormentan! Torcuato, ánimo. Ya no
     eres desgraciado como algunos creen: tú vives en mi corazón, como yo
     espero vivir en el tuyo. Compadezco tu dolor, y el injusto trato que se te
     da. Pero cambiará tu estado, nuestra desgracia cambiará. Si hoy estamos
     separados, vendrá un día en que estemos unidos. Si hoy no te es lícito
     proferir mi nombre, vendrá un día...»
          ¡Ah! prosigue, mujer admirable. ¿Crees qué este día deba llegar?
     Dime, ¿lo crees sinceramente? Pero ¿cuándo? ¿Puedes acelerarlo tú? ¿Pueden
     acelerarlo mis votos? Yo canso al cielo con mis súplicas; proseguiré
     haciéndolo. Añade tú las tuyas; y con los votos ardientes de dos almas
     enamoradas, el cielo se moverá a piedad; no lo dudes. Pero aun cuando el
     cielo se haga sordo a mis votos; que los hombres sean injustos, bárbaros,
     crueles... sabe que desafío a los hombres y a la adversidad; y que ya no
     quiero malograr el tiempo haciendo plegarias. ¿Para qué me han de servir?
     Mi amor es puro como el objeto que me lo inspira; y quedará satisfecho si
     tú lo recibes benignamente. Me lo has declarado; estoy cierto que
     correspondes a mi afecto; no pido más.
          Los rayos del sol ya empiezan a brillar sobre la muralla opuesta. ¡Oh
     lumbrera de la noche, tan cara a mi corazón, concluye tu fatigado curso!
     Descansa, yo solo no reposaré por largo tiempo. Pero en medio de la
     inquietud que me atormenta, me conforta un secreto placer, el placer de la
     esperanza. Tiemblan aquellos que la fortuna colocó en lugar elevado,
     aquellos cuya alma ebria de toda satisfacción nada tiene ya que desear.
     ¿Qué otra cosa les queda, que verse precipitados en el estado opuesto?
          La condición del infeliz es muy diferente: cualquiera mudanza que
     sobrevenga le aproxima a su felicidad. Torcuato, ten valor; tú eres
     infeliz.



     Noche XXIII
          ¡Ay de mí! ¡Qué vacío encuentro hoy en mi entendimiento! ¡Qué
     esterilidad de ideas! Mi sentimiento está agotado.
          Torcuato, ¿estás todavía en este mundo? Me llevo las manos a la
     cabeza... y está en su lugar: aquí tengo los ojos... ¿Pero es posible?
     ¡Nada veo, nada percibo!... ¡Nada, nada!
          Levantémonos. Y bien, ésta es mi mesa: la toco... Éste es mi lecho...
     ¡Oh lecho! ¡Oh testigo fatal de los afanes de un hombre el más infeliz!
     Sí, sobre ti extiendo mi cuerpo, no para reposar, no para conciliar el
     sueño tan dulce a los fatigados miembros, sino para abandonarme en toda
     posición que adopte al cruel dolor que me oprime.
          Yo vivo; sí, vivo. Mi dolor lo atestigua aun más que esta mesa, que
     estas sillas, y que este mismo lecho. ¿Qué dije? ¿De qué hablaba poco ha?
     Ya no me acuerdo... ¿a qué me habéis reducido? Yo no era así; no, no era
     así. Sábelo el cielo, y también lo sé: ¿para qué pues, invocarlo?
          ¡Ah! Pero el cielo sabe que yo no merecía quedar reducido a tan
     mísero estado. Pues ¿por qué no me venga ya que lo sabe? El cielo es
     justo: y la venganza de un inocente ultrajado forma parte de la justicia.
     Me vengará: estoy cierto.
          ¿Y qué hará el cielo por ti, Torcuato? Largo tiempo ha que lo
     invocas, ¡pero en vano! ¡No blasfemes, desventurado! El cielo es tu más
     fiel amigo, el único que te queda.
          ¡Ah! ¡He tenido un sinnúmero de amigos!... ¿Amigos?... pero falsos.
     El verdadero amigo no abandona al desgraciado: sabe partir con él las
     penas, así como hacerle partícipe de sus felicidades. Desde que caí en el
     infortunio, no he visto uno solo. Temen acarrearse mis desastres. ¡Viles!
     ¡Desagradarían al duque! Id a adularle. Decidle que es justo; que es
     laudable cuanto ordena; que Tasso... Todos los hombres se han conjurado en
     mi daño. ¿Pero el cielo me escucha acaso?... Lo ignoro.
          ¡Ah! ¡Si mi entendimiento me sirviese como otras veces, si tuviese
     clara y despejada mi mente como la tuve en otro tiempo!... Pero una gran
     oscuridad me rodea... ¡Unas tinieblas!... ¿Dónde estoy? He oído decir que
     los moribundos pierden por grados el uso de sus sentidos. ¿Me hallaré ya
     acaso en tal estado?... ¡Qué frío!... ¡Qué aspereza en estas manos! La
     pluma rehusa servirme..., hagamos un esfuerzo. Si no consigo mis
     pensamientos en este papel, se perderá bien pronto su memoria...
          No puedo más. Tomemos reposo. ¡Ah, Torcuato, qué reposo es el que te
     aguarda! El último... El reposo de los infelices... la muerte.



     Noche XXIV
          He dormido. He recobrado mis perdidas fuerzas.
          ¡Mañana saldré de aquí!... Mañana seré dueño de ir a Sorrento, a
     Roma, donde yo quiera. A Florencia, no... No temas. ¡Cielos! ¿Será
     verdad?... Ella va... vuela a los brazos de un esposo, ¡ay! ¡y éste no es
     Torcuato!
          He pensado... Lo haré así... sí, la escribiré:
     «Amor te hizo mía. Lo eres y lo serás mientras yo viva. Ya no te acuso de
     traición... ni de perfidia. Antes al contrario, te compadezco, víctima
     infeliz de la ambición, que como tirana domina en todos los corazones de
     tu familia y sobre tu suerte. Se te prepara un enlace y una fortuna bien
     diferente de la que había proyectado mi cariño. Conmigo hubieras sido
     libre, con cualquier otro serás siempre esclava, y madre de una prole
     también esclava. Desengáñate. ¿Viste jamás en casa de tu padre reinar la
     libertad? No. Una corte... riquezas... ¡Desventurada hija! No están
     reservadas para ti semejantes cosas. Para vivir ¿tienes tú acaso necesidad
     de habitaciones espaciosas, grandes salones, llenos todos de viles
     aduladores, de parásitos golosos, y sanguinarios espadachines? ¿Tienes tú
     para vivir necesidad de espléndidas comidas para que se sacien los demás?
     Indícame una, una sola de las magnificencias que se ven en casa de tu
     padre, que sea necesaria a la paz del alma, y a la libre demostración de
     la ternura. La hija de vuestro jardinero, la hija de un padre miserable
     nada posee de todo esto, y sin embargo esta más alegre y más contenta que
     tú. Te han hecho traición, sí, traición. Tu padre y tu esposo son unos
     pérfidos, se han conjurado ambos para inmolarte. Embriagados de la vil
     grandeza que nace del poder supremo, contratan ambos con tu sangre la
     opresión de media Italia. Ve: entrégate a los brazos de un esposo que ayer
     hubiera llevado a su lecho cualquiera otra mujer que le hubiese prometido
     igual fortuna. Ve a los brazos de un hombre a quien ayer hubiera rehusado
     tu padre tomar por yerno, si otro más poderoso te hubiera solicitado. ¡Tú
     no probarás, pues, las dulzuras del amor! ¡Ah! Las dulzuras del amor no se
     encuentran sino en la clase media, lejos del temor, del remordimiento;
     donde el corazón elige; donde el sentimiento guía; donde...»
          Yo no puedo sufrir un asesinato semejante. ¡Ah! Dejaré un nuevo
     ejemplo para la historia. ¿Pero donde está este rival; dónde está himeneo?
     Nada hay. A Dios gracias; yo he delirado hasta aquí.
          Rasguemos este papel. Que no quede señal alguna de mis dudas. No; no,
     consérvese. Un día lo leerá Leonor, y verá hasta qué punto me afligía por
     ella.



     Noche XXV
          ¡Cielos! ¡Cielos!... ¡Ah! ya no hay esperanzas para mí. Vencieron los
     traidores. Deteneos. Es en vano: la llama lo ha devorado todo.
          Mira aún algunas hojas en el aire transportadas por el viento a
     través del denso humo.
          ¡Veinte años de fatiga! ¡Un millón de años de gloria!... Todo se ha
     perdido en muy pocos instantes.
          ¿Todo? No, no tendrán esta vanagloria mis enemigos. Conseguirán sí su
     infamia... infamia eterna... ¡Zoilos insensatos! Cuanto más obstinada sea
     vuestra vil persecución, tanto mayor será mi gloria. Vosotros, sí,
     pereceréis. No pasarán dos generaciones sin que vuestros nombres sean
     entregados al olvido.
          Pero no: subsisten esos viles nombres; repítense por toda edad, por
     todo siglo, siendo siempre general y merecidamente detestados.
          Yo he medido mis fuerzas con los ingenios de mi tiempo, y mi valor no
     ha decaído. La firmeza con que he sostenido mi empeño, es una prueba en
     favor mío... Ariosto...
          Grande fué Ariosto. ¡Ferrarenses!, cuando las ciudades de Italia se
     disputen orgullosas la gloria de haber sido cuna de grandes hombres,
     vosotros dejad aparte la larga lista de los vuestros; nombrad solamente al
     cantor del «Furioso». A estas palabras todas enmudecerán.
          Pero Ariosto, semejante a su héroe, se extravió por los campos del
     capricho. Mezcló lo bajo y lo sublime, las extravagancias y los rasgos de
     valor: cual nuevo Dédalo, creó un laberinto, debiendo tal vez
     posteriormente su gloria, al haber sabido salir de él.
          Esclavo de una corte corrompida, trató sólo de complacer a un magnate
     orgulloso, que le pagó con ingratitud. De esta suerte profanó la mejor
     obra de las musas; dejando a las generaciones que le siguieron, el
     sentimiento de que hubiese empleado tan mal su ingenio.
          Un solo rival puede en este siglo disputarme la palma. ¡Ah! dime,
     ¿eres también desventurado como yo, oh cantor virtuoso de la más alta
     empresa que hayan ideado tus compatricios? El eco de la fama ha llegado
     hasta nosotros. ¡Mísero! aunque no tanto ciertamente como yo. Los nietos
     de Manuel perderán el imperio de la India; la soberbia Lisboa no verá
     cubrir sus playas con los tesoros del Asia y del África; pero la primera
     gloria de sus inmensas conquistas conservará aún todo su brillo en los
     inmortales versos de Camoens. Las últimas generaciones admirarán en «Los
     Lusíadas» el increíble valor de un puñado de hombres, que domando
     infinitas naciones, luchando con terribles y desconocidos peligros,
     llevaron a la extremidad del universo sus virtudes, y la religión de sus
     abuelos.
          También una grande empresa, la mayor que los pueblos de Europa han
     ejecutado, elegí yo por argumento de mi poema. Mi «Jerusalén» será para
     todas las naciones cristianas, lo que fué para las griegas la «Ilíada»,
     para los romanos la «Eneida», y lo que ha sido «Los Lusíadas» para los
     portugueses.
          Un sagrado entusiasmo inspiraba por todas partes a los pueblos y a
     los reyes, el deseo de arrebatar del poder de manos infieles los lugares
     consagrados por la religión. Desde entonces cambió la política de Europa.
     En su horizonte apareció la aurora de las artes; y los errores del
     fanatismo dieron nacimiento a una feliz renovación de usos, leyes y
     costumbres.
          Los historiadores señalarán esta época como la más celebre en los
     fastos de las naciones modernas. Ella es la que fué para los antiguos el
     Paso de los griegos a Troya. Yo he hecho más; la he eternizado con mis
     versos.
          ¡Ah! ¿Se preguntará cuál fué el destino del poeta?... Camoens, ambos
     somos desventurados. ¡Y quién lo fué en todos tiempos, sino el que no
     mereció serlo! La injusticia, no obstante, sólo reina un momento, después
     desaparece, y con ella sus fautores y sus ministros.
          ¡Ah! ¡así desapareciesen las sombras fatales que obscurecen la mente
     de mi señor, y que han excitado su cólera contra mí! Si escuchando la voz
     de la razón considerase la pureza de mis afectos...
          Mas ¿de qué hablo? ¿Acaso la ambición de los grandes de la tierra
     cede alguna vez al imperio de la razón?
          Salidos de humildes principios, sostenidos por el mal tiempo, por la
     debilidad de los otros, por su propia osadía, y extendiendo su poder entre
     las discordias civiles, ora siendo el sostén de su patria, ora su azote,
     han llegado algunos tiranos al grado de elevación en que Italia les mira.
          Son, pues, los tiempos los que establecen la diferencia entre la
     suerte de los hombres. Cuando los tiranos no poseían más que un arruinado
     castillo al pie de los Euganeos, si uno de mis antepasados hubiese elegido
     una esposa de su familia, hubiera sido reputado por un hombre ilustre, y
     digno de su parentesco; y tal vez hubieran buscado su alianza como una
     adquisición lucrativa. Al presente, por haber aspirado yo a semejante
     enlace, soy el objeto de la persecución de uno de sus nietos. ¡Qué
mudanza!
          Y bien; me contentaré en mi desgraciado amor; y a lo menos dejaré de
     él vestigios indelebles a la posteridad.
          Con doble título entonces será apreciada mi memoria: pero la de mi
     perseguidor, ¡oh cuán detestada!



     Noche XXVI
          ¡Ah! ¡de qué mala calidad es este pan! Se encrudece en mi estómago, y
     se convierte en veneno. No; no me traigas más. Ya conozco la mano pérfida
     que me lo envía. ¿Puede acaso la perfidia dar otra cosa que veneno?
          Se me da este pan para que mi infeliz existencia consumida cada día
     por el dolor, cobre también cada día fuerzas para soportarlo. ¡Crueles!
     éste es un nuevo género de barbarie. Hacerme morir todos los días...
          Dos caminos tengo abiertos para eludir este sacrílego designio. O
     rehusaré recibir este pan, substrayendo así la víctima al furor de los
     tiranos; o fomentaré en mi corazón la dulce esperanza de volver a ver
     algún día aquella por quien sufro tanto; y absorto en tan lisonjera idea,
     inutilizaré los atentados de mis enemigos... ¿Cuál de estos dos caminos
     tomarás, Torcuato? Debes elegir precisamente uno. Entrambos exigen un sumo
     valor y resolución.
          ¿Escogerás el primero? Pero ¡ah! Torcuato, he aquí tu último
     instante... Mas aquélla, cuya imagen tienes siempre presente; aquélla,
     cuyo nombre pronuncias con tanto placer; aquélla, que es objeto de tus
     sufrimientos; aquélla... ¿ya no la verás más?... ¿Olvidarás para siempre
     su amor?... ¿Quedarás muerto para ella?...
          No, no. Aunque infeliz, perseguido... despedazado por cuanto tiene de
     más cruel y acerbo el rencor, viviré, viviré; para recordarla siempre,
     para nombrarla, y tener ante mis ojos su imagen divina. Ella es mi vida...
     ella es mi todo... ¿Cómo renunciar a su amor? No; no, no muero.
          Prolonguemos, pues, esta miserable vida; alimentémonos cada día del
     dolor; con el sufrimiento de hoy, preparémonos para sufrir mañana y pasado
     mañana, y el otro y siempre, hasta que llegue el deseado instante en que
     la fortuna varíe mi situación.
          ¡Ah! la empresa es muy ardua... muy ardua. Pero hay en ella un
     consuelo. Esos crueles quisieran verme muerto, y no lo conseguirán.
     Viviré, sí; aunque sea en los brazos del dolor, para desafiar su rabia,
     para probarles que son inútiles sus esfuerzos, y que el alma de Torcuato
     es superior a todo su poder.
          ¡Cuántos intereses logro combinar con esta sola resolución!... Me
     vengo, y amo.
          Mi constancia concederá más y más al furor de estos pérfidos: un
     bálsamo celeste lloverá sobre mi corazón; bálsamo de increíble virtud, que
     restableciendo mis fuerzas, me dejará al salir de este estado, mejor
     dispuesto para adorar a mi amada... aquella mujer divina, tan acreedora a
     los sufrimientos que me causa su amor. Prefiero, pues, vivir.



     Noche XXVII
          La gloria me llama al Capitolio. Voy a ser coronado el primer poeta
     de mi siglo. Vamos. No tengo ya enemigos. Ya no habrá más obstáculos a mi
     amor. Podré hablar de él con entera libertad, y cuanto desea este corazón
     lleno de su ardor.
          El duque ya no se desdeñará entonces de oír mis sentimientos: sus
     cortesanos tampoco me harán un delito de mi pasión. Callarán al fin: y su
     envidia, hasta ahora tan fatal para mí, se convertirá en veneno para ellos
     mismos, y será la señal de mi triunfo.
          ¡Ánimo, Torcuato! Sufre con valor el presente infortunio, que no
     tardará en llegar tu redención, tu victoria y tu felicidad.
          ¿Qué obstáculo se ha opuesto hasta ahora a mi dicha? El ser un simple
     particular... Las hijas de los príncipes deben aspirar a nupcias reales.
     De este modo el orgullo clasifica la raza de los hombres.
          Pero bien; sea así. Yo no soy un hombre oscuro, ni un mero
     particular. Ciñe mis sienes una corona, fruto toda ella de mis afanes.
     Ninguna parte ha tenido en su adquisición la casualidad. ¿En qué clase me
     colocaréis? ¿A quién me compararéis? También seré soberbio y orgulloso, si
     es esto lo que se requiere.
          ¡Oh, beldad divina! Tú eres la única que puedes servir de premio a mi
     elevación! No, no tendrás que avergonzarte de mi amor. La historia contará
     entonces dos mujeres inmortalizadas por sus amantes. ¿Quién no envidia la
     suerte de Laura? Tú serás la segunda por razón del tiempo; pero la primera
     seguramente por haber gozado completa felicidad.
          Sí; unida conmigo serás feliz. Esposa de un príncipe, ¡ah, cuántos
     cuidados deberás temer!
          La envidia de sus ambiciosos rivales, las conjuraciones y las
     guerras, pueden fácilmente arrancarte el esposo, y robar a tus tiernos
     hijos su herencia. Sforza y Bentivoglio no son nombres antiguos en los
     fastos de los príncipes desgraciados. Tu prima... En tu misma casa tienes
     el ejemplo. ¿Con qué fiestas y esperanzas no partió para Bolonia? Ella ha
     visto ya a su suegro morir prisionero en Milán; andar desterrado su
     marido; y estar prohibido a sus hijos acercarse a larga distancia de la
     ciudad, que debía ser su patrimonio.
          Las grandezas de los príncipes sólo tienen un período. Y tú, esposa
     de Torcuato, gozarás apaciblemente de mi gloria, y la verás transmitida a
     tus nietos. Ni a ti, ni a ellos podrá nadie robarla; porque tampoco puede
     nadie robármela a mí.
          Ella lo ha oído. Apresurémonos. La época del placer está ya cerca.



     Noche XXVIII
          No he visto ninguno de mis amigos desde que estoy encerrado en este
     lugar. ¡Ingratos! ¡No venir a visitarme! ¡Qué amistad es la vuestra! La
     amistad de los hombres.
          ¡No precipites tu juicio, Torcuato! Tal vez habrán querido venir.
     ¿Quién sabe cuántas veces lo habrán intentado? ¿Pero se les habrá
     permitido?
          ¡Oh, amigos míos, si supieseis la mísera situación en que se halla
     vuestro Tasso! Lo pasó mal... muy mal. Noche y día son una misma cosa para
     mí. La noche no ve cerrados mis ojos. El día camina para mí con tanta
     lentitud, y con una luz tan pálida, que en vez de alegrarme como sucede a
     todos los demás mortales, aumenta mi tristeza, me llena de un negro humor,
     y colma mi desventura...
          ¡Oh, qué horrendos fantasmas se levantan en mi imaginación para
     aterrarme! Procuro ahuyentarlos; pero vuelven a asaltarme con más
     obstinación; y yo sucumbo a mis nuevos esfuerzos. La esperanza misma, este
     dulce consuelo de los desgraciados, es un azote para mí. ¿Cómo puedo
     dejarme seducir de sus lisonjas? ¿Qué fundamentos tengo para creer que
     encontraré al fin justicia entre esos hombres que me persiguen, o piedad
     al menos en aquella que es la causa de todos mis males?
          ¡Oh, caros amigos! ¡Oh vosotros, que tantas ofertas me hicisteis en
     los pasados tiempos! Vosotros, cuyos consejos he seguido tantas veces,
     prestadme ahora este favor. No conocéis, no, su alto precio. Id a
     encontrarla. Vosotros la veréis si deseáis servirme; porque no sois tan
     vigilados vosotros como lo es Tasso.
          Jamás ninguna mujer inspiró tanta confianza. Veréis en su rostro
     esculpida la misma bondad. El metal de su voz os animará para hablarla, a
     fin de que sean escuchados mis ruegos... Decidla: «Señora, ¿dónde está
     vuestro Tasso?»
          Bajará la vista al oír este nombre. Observadla bien. Mudará su rostro
     el color. Sus ojos tal vez se humedecerán... Habladla entonces con
     firmeza; decidla:
          «Torcuato está encerrado en un lugar, espectáculo de la miseria. Pero
     no creáis, señora, que haya perdido el juicio. Esto es una calumnia.
     Piensa continuamente en vos; no pide otra cosa, no suspira más que por
     vos. Vos sois su todo...
          »Tal vez en medio de sus duras penas está contento, porque padece por
     vos. Y tal vez, señora, se abandona a su desgracia, y desmaya, porque no
     recibe un solo rayo de consoladora esperanza. ¿Qué será de nuestro amigo?
     Quisiéramos verle libre; pero él no quiere libertad si ha de carecer de
     vuestra vista. Sólo vuestra imagen tiene ocupado su entendimiento, y
     arrebatado su corazón. Dice que su amor os fué grato, y el acento con que
     lo pronuncia, perdonad, señora, no manifiesta locura en su entendimiento,
     ni menos arrogancia en su espíritu. Acaso se lisonjeó sobradamente; debéis
     tomar una resolución.»
          No; callad, callad. Este discurso no es como yo lo quería. No sabréis
     hablar cual corresponde a su elevado corazón, y al amor mío. ¡Débiles
     amigos! Idos: gozad de vuestra libertad y de vuestra fortuna. Dejadme en
     mi miseria: más grande soy yo seguramente en medio de ella, que vosotros
     en vuestra prosperidad. Marchaos.



     Noche XXIX
          Ya nace el sol. Los vecinos artesanos se entregan al trabajo; y el
     laborioso aldeano ya les ha precedido de algunas horas. ¡Ah! Por mucho
     sudor que bañe vuestra frente, no sois desgraciados. La noche os anuncia
     el término de vuestras tareas, y el principio del reposo.
          ¡Yo sí que soy infeliz! También en otro tiempo me levantaba solícito
     al par que vosotros, y a veces muchas horas antes. Inflamado del numen
     poético, apreciable pero fatal presente que me hizo el cielo al nacer,
     componía versos plácidamente. Versos que harán mi gloria mientras viva, y
     serán en todo tiempo la de Italia. Nunca me fatigaba tan dulce ocupación:
     no se hallará en mis versos señal alguna de cansancio. Si interrumpía mi
     trabajo, era para limar y embellecer más lo que el súbito entusiasmo me
     había inspirado. Llegaba el mediodía. ¡Cuántas veces se pasó sin
     advertirlo, y enajenado por mi dulce éxtasis, proseguía mi tarea hasta
     bien entrada la noche!
          Entonces, en medio de mis caros amigos, repetía en alta voz el sonoro
     canto que había creado en el silencio de la soledad; y el día más bello
     para mí era aquel en que había compuesto mejores versos.
          ¡Oh, qué mudanza! En los meses que estoy encerrado aquí, no he visto
     siquiera brillar un rayo semejante al de aquellos días: no tengo ya fuerza
     para el canto, ni deseos de adquirirla. Una muda escualidez, un frío
     silencio me circunda. Mis sentidos están obtusos; mi alma fría;
     adormecida...
          ¡Adormecida! Ojalá lo estuviese en realidad. Yo la diría: has
     recorrido un largo espacio; tú sola hiciste más que millares de hombres
     juntos favorecidos también de las musas. Descansa ahora. Llegará ya el
     tiempo de entregarte al reposo.
          Pero, ¡ay de mí! Esta alma se halla sumida en un estado muy
     diferente. Infeliz juguete de una dulce pero desgraciada pasión, fluctúa
     incierta en un mar borrascoso, que hincha la perfidia y la agita siempre
     más y más, sin que aparezca un solo rayo precursor de la calma.
     Amontonadas unas sobre otras, las olas se entrechocan, levantan a las
     nubes su espuma, ¡y en medio de un silbido amenazador me arrastran!...
     ¡Cielo!, tu sabes adónde, yo no; pues que turbado por el mugido proceloso,
     perdido en la noche horrenda de la tempestad, no descubro ni playa ni
     escollos: y la muerte que siempre amenaza, parece que, satisfecha de
     haberme arrastrado, se complace aún en alejarse de mí.
          ¡Ah! ¿Hasta cuándo ha de durar esta borrasca? Hay, empero, en el
     cielo una estrella de admirable esplendor: y si un escaso rayo de su luz
     consigue paso al través de las densas nubes, iluminaría no sólo el camino
     de mi salvación, sino el universo entero: tomarán las cosas un grato y
     nuevo aspecto, sucederá una duradera calma, y días... días de vida y de
     placer.
          ¡Oh estrella, que con tanto fervor invoco! ¡Oh única esperanza, y
     solo bien de este afligido corazón! Yo te conozco: yo sé que has salido ya
     de tu oriente, que te has elevado mucho sobre el horizonte, y fija en el
     lugar que te estaba destinado, resplandeces desde allí, y encierras en tu
     seno mi fortuna. Sin duda que son pasajeras las nubes que te ocultan a mi
     vista. Tus rayos, con el tiempo, lucirán con nuevo brillo. Yo tornaré a la
     vida y al placer.
          ¿Quién entonces más dichoso que yo? Poco tiempo atrás te vi, y tengo
     bien presente la felicidad que llovió sobre mi alma. Entonces tu hermosura
     infundía nueva fuerza a mi corazón y a mi entendimiento. ¡Cuán grande es
     el éxtasis en que nos arrebata un objeto amado! El tierno afecto que nace
     después es producido necesariamente.
          Y al presente estoy separado de ti, y tan sólo porque te amo. Siento
     toda la crueldad de esta separación tan bárbaramente ordenada por un
     tirano poder. Esta opresión aumentará la alegría que tendré al verte,
     cuando, abierta la puerta de esta infame morada, pueda postrarme a tus
     pies, como lo anhela mi deseoso corazón. Mi súbito entusiasmo, y el
     deliquio en que caeré, te darán un pleno testimonio de la dureza de mis
     presentes penas, y del amor... ¡Oh, sí, del amor puro y vehemente del que
     no ha habido ni habrá otro igual en la tierra!
          Torcuato, llegará, sí: llegará el momento en que desaparezca la noche
     que te rodea, cediendo a la luz de aquella benigna estrella. Tornarás a
     ver los días hermosos y serenos que gozaste anteriormente.
          Más hermosos y más serenos los volveré a ver; y adquiriendo de nuevo
     el antiguo numen, entonaré cantos dignos de mi celestial amante, dignos de
     mi amor.
          ¡Oh sol! Acelera tu curso, y ve presuroso a encontrar el momento que
     aguardo. ¿Sabes tú con qué impaciente ardor lo espero?
          ¡Yo hablo al sol! ¡Mísero!...
          ¡Ay de mí! La naturaleza está sorda a mis invocaciones.




     Noche XXX

          He salvado el honor, he trabajado para mi gloria. El infortunio no me
     ha eximido de su rigor: ¿tengo yo acaso la culpa? Mis enemigos tampoco han
     podido perdonarme los dones que me concedió la naturaleza. ¡Ay de aquel a
     quien se da tan funesto perdón!
          Los disturbios del país... Las vicisitudes de un príncipe
     desgraciado... ¡Ah! Padre mío; todos hemos tenido la fortuna enemiga.
          Separado de ti desde mis tiernos años... restituido a tu lado por un
     breve instante... ¡y condenado después a estar siempre lejos de ti!...
     Deja en un mar tempestuoso una navecilla sin piloto que la dirija.
     Presentando ora un costado, ora el opuesto, a los embravecidos vientos,
     resistirá por algún tiempo los ímpetus de la tormenta; expuesta a
     estrellarse contra un escollo, ¿cómo podrá jamás llegar a un puerto seguro?
          He aquí; esta navecilla es tu hijo. ¡Oh!, lejos de mí un solo lamento.
          Tú no has podido ignorar mi piedad. Tú, desde la eterna luz en que
     vives, la ves ahora en toda su extensión. ¡Oh, padre mío! Tu Torcuato es
     infeliz; pero no culpable.
          Amé con demasiado ardor... Pero no encendí yo en mi corazón esta
     infausta llama. La creó una fuerza más poderosa que yo. Me fué preciso
     obedecerla.
          Levántate, celestial mujer. A ti te corresponde mi defensa: a ti que
     no te ofendiste de mi pasión.
          ¿Y sabe alguno hasta qué punto debí alimentarla? He aquí el inmenso
     cuadro en que se ven descritos los desvaríos de los hombres. Los míos
     están también marcados aquí. Y bien: ¿qué dedo señalará la línea fuera de
     la cual no era permitido extenderme?
          Sagrado es el alto y noble objeto de mi amor. ¿Lo habré profanado yo?
     ¡Padre! ¡Padre!, pronuncia tú con tus santos labios...
          ¡Ah! llegará el día en que reuniéndome a ti en la mansión celeste, do
     vives inmortal, oiré la sentencia. Espero, invoco este día. ¡Oh! Si algo
     pueden tus votos en favor de un hijo desgraciado, anticípalo. Yo soy una
     parte de tu ser: ¿y qué será de mí, si dejado atrás en el incierto y fatal
     camino en que me hallo ahora extraviado, tardas en socorrerme? Mira mi
     horrible situación. Mira los inmensos males que se han agolpado sobre tu
     Torcuato. No te hablo del corazón. ¡Mísero! ¡De cuántas saetas es el
     blanco! De mi entendimiento te hablo. ¿Y qué le queda ya al hombre, si se
     le despoja del entendimiento?
          He aquí una impostura. Ha sido urdida por un tirano. Pero ya la sabe
     toda Italia. Y, desgraciadamente, estoy en un lugar reservado para
     aquellos que ignoran hasta lo que pasa dentro de sí mismos.
          ¡Infames! ¡Con tal vil pretexto cubrís la negra trama! ¡Ah! Si el
     cielo vela sobre los justos, ¿por qué retarda la venganza que pido? Y si
     parte del cuidado del cielo consiste en substraerme a los indignos
     tratamientos que sufro, ¿por qué, ¡oh Dios omnipotente!, no me arrebatáis
     a vuestras celestes moradas?...
          Tasso, espera. La esperanza templará tus angustias.



     Noche XXXI
          ¡Torcuato! ¿dónde estás? -¿Dónde?... -Antes estaba yo en la corte...
     Deseoso de adquirir fama; ambición de ser apreciado, anhelo de alternar
     con los grandes, y obtener favor... ¡Favor de los grandes!...
          Sí; toda Italia exaltaba a los Estenses. Aquí -decían- reina, aunque
     en reducido imperio, un Augusto, no contaminado con la infamia de las
     proscripciones. Su palacio es la reunión y asilo de los grandes talentos
     del siglo. Él los obsequia, los favorece, y los colma de honores. Vamos
     allá. Seamos el Virgilio de tal Augusto.
          Llegué, pues, a la corte. ¡Oh, cuán sujeto está el hombre a ser
     seducido! Magnificencia, profusión, lealtad... ¿Qué no me pareció ver
     allí? Encontré muchos talentos, dos solamente de los cuales hubieran
     bastado para ilustrar a su siglo. Hallé aún conservada la memoria de otros
     muchos... También quedarán engañadas las futuras generaciones, y dirán que
     nuestro siglo fué tan bello como el de Pericles.
          Ignoro la historia de la corte de Pericles. Pero estoy cierto no
     haber leído jamás que ningún filósofo, orador o poeta atraído a Atenas
     para celebrar las virtudes de aquel príncipe, haya sido por él mismo
     mandado a la cárcel. ¿Y no es cárcel, infeliz, esta en que tú te hallas?
     Sal de ella, si tanto puedes.
          ¡Ah! Cárcel es, sí -¿Por qué?... -¿Intenté acaso alguna traición?
     ¿Urdí conspiraciones? ¿Yo? Nada he imaginado siquiera de todo esto.
          De su familia vi yo... una... una... joven, la más hermosa... Es
     verdad. ¡Ah! Porque la vi. ¿Es delito el verla? Todos los demás cortesanos
     la miraron igualmente que yo.
          Osé amarla. ¿El amarla es un delito? ¿Y no merece ella ser amada?
     ¡Ah! Para esto la hizo el cielo tan bella... ¡Cortesanos! ¿no la habéis
     amado también vosotros? No, no; yo solo la amé, yo solo. Éste es mi
delito.
          Detenedme, aherrojadme, martirizadme, dadme la muerte. Yo porfiaré en
     este delito: la amé... y la amo. Pereceré; pero la amaré hasta el postrer
     aliento. Si se me quiere abreviar la vida, para que cese de adorarla, se
     intensificará la llama de mi amor; y en su corta duración absorberá y
     contendrá el sentimiento de largos años. Se convertirá en fuego; y
     excitaré un voraz incendio en mis entrañas. Se verán salir llamas de mi
     pecho, elevarse en torno, llenar este aposento, y todo el espacio. Quedaré
     reducido a cenizas; y los que vendrán a contemplarlas, leerán en ellas mi
     inmenso amor, las mirarán con un temor sagrado, y nunca en el transcurso
     de los siglos se apoderará de ellas el hielo sepulcral.
          ¡Pero qué! Acabarás tú, Torcuato. ¿Acabará tu amor? ¡Qué negro
     pensamiento! El amor tiende a la eternidad. Para un corazón ya prevenido,
     ¿qué es la idea de la muerte? Más terrible es la idea de que pueda tener
     fin su amor...
          El mío seguramente no lo tendrá. Hay en mí una parte, que vencerá al
     tiempo destructor. Libre del frágil despojo que la circunda, volará al
     inmenso campo de la eternidad, en donde igual constantemente a sí misma, e
     inmóvil en su sentimiento, no conocerá ni medida, ni gradación en los
     tiempos. Un solo pensamiento constituirá su vida; un puro pensamiento sin
     interrupción, ni mezcla de otro alguno, perenne, continuo: único el
     pensamiento de la excelsa mujer que idolatro. Este pensamiento será mi
     puro amor: mi vida entonces será sólo un sentimiento, u otra cosa mejor
     que constituya vida, alegría y beatitud: si lo constituye todo, mi todo
     será siempre.
          ¡Agravad, pues, mis penas, crueles! Quitadme el aire que respiro,
     barbaros, ya que me habéis privado de la vista que hacía mi felicidad. No
     hacéis con esto más que anticipar el momento de mi bienestar. Ya estoy
     contemplando su grandeza.
          ¡Oh tú, alto objeto de mis deseos! ¡Pueda al menos verte una vez
     antes de volver a contemplarte en el lugar donde se halla el arquetipo de
     toda terrena belleza! En todo instante estás presente a mi imaginación: tu
     divina figura, tus facciones celestiales, tu rostro sobrehumano, tus
     adornos, tus gracias, tus caricias, todo lo estoy viendo, aunque estés
     lejos de mí: pero el verte siquiera una vez sería para mí una delicia
     suma. Me quedarían entonces esculpidas en el corazón, en el más profundo
     seno de mi corazón, tus elegantes formas, tus dulces maneras... y aquellas
     palabras que respiran celestial naturaleza, las cuales, desde la primera
     vez que te vi, causaron en mi alma una impresión tan viva, un temblor tan
     dulce, que aun duran ahora sus palpitaciones; aun siento yo su golpeteo.
     ¡Ay, y no la tornaré a ver... ya no la veré más!...
          ¡Corte engañadora! ¡He aquí lo que fuí a buscar a Ferrara! ¿Quién me
     sugirió el execrable pensamiento?...
          ¡Oh! vosotros que habéis recibido de la naturaleza un tierno corazón,
     huid de esta tierra; sí, de esta tierra: es enemiga de los hombres y del
     amor.



     Noche XXXII
          No camina para todos los mortales con iguales pasos el tiempo
     regulador de los días. Encuentra el cortesano breves y fugitivas todas las
     horas. Escucha sus quejas. Quisiera gustar a sorbos y lentamente las
     delicias de su fortuna; y mientras tanto tiembla receloso de que llegue el
     instante fatal, en que la fortuna girando con velocidad su rueda, le
     precipite cruelmente del encumbrado lugar en que le colocó.
          Pero para mí el tiempo procede con suma lentitud en su carrera.
     Largos son los días, largas son las horas, y ¡ah! ¡cuán lejos está todavía
     el momento de mi libertad!
          ¡Libertad! ¡Cielos, aun es necesario que la inocencia pronuncie esta
     palabra en el país de la tiranía! Yo he hecho voto... Un mismo objeto
     tienen todos mis anhelos; y aquel momento no llega. ¿Qué haré, pues, en
     esta situación? Morir... morir.
          ¡Qué negras sombras me rodean! ¡Qué fantasmas tan horrendos tengo a
     la vista! La muerte está aquí. Éstos son sus precursores. ¡Torcuato!,
     tiéndete en el suelo. Esta posición es conveniente a tu dolor. Estas manos
     deben descansar sobre el pecho. No, no; al lado izquierdo. Aquí, donde
     palpita el corazón. La cabeza también inclinada hacia aquella parte. Pero
     que mire a la puerta, para que todo mi cuerpo se ofrezca desde luego a la
     vista de los que entren.
          Me represento ya aquel instante en que vendrán a verme... Vendrán,
     sí, al saber que he muerto.
          ¡Cielos! No permitáis sea uno de aquellos muertos faltos de expresión
     en su helado rostro. No, no seré de aquéllos.
          Mi fisonomía, aunque desfigurada y cárdena, ofrecerá, sin duda, la
     imagen del más vivo dolor. Dirán, los muertos no se quejan; ¡pero observa
     cómo éste tiene arrugadas las cejas, hundidos los ojos, y temblorosos los
     labios! ¡Repara en su actitud!
          ¿Ignoráis por ventura vosotros el cruel martirio que ha consumido a
     esta alma? ¿No sabéis que amó con un ardor superior a las fuerzas humanas;
     que amó cual aman las inteligencias libres de los caducos restos del
     cuerpo, y que esta mortal cubierta no sirvió más que para irritar su mismo
     amor; el cual, contrariado por los hombres, y por el mismo cielo, se
     reconcentró en su corazón, produciéndole el cruel dolor que ha causado su
     muerte?
          Se llevan mi cadáver. Entonces se mostrará tener piedad de mí. ¿Qué
     fúnebre pompa? ¡Cuántas hachas encendidas! ¡Qué acompañamiento! Toda
     Ferrara acude, diciendo: «Vamos a ver a Tasso.»
          Se recordará entonces que fuí gentilhombre, favorecido en la corte
     del duque, que merecí el mayor aprecio en ésta y otras muchas ciudades de
     Italia; que fuí reputado feliz por mi talento; que aumenté el esplendor de
     las letras; que ilustré mi siglo.
          Se dirá después que jamás causé daño alguno a nadie; que hice bien a
     muchos; que si alguna vez estuve poseído de la cólera recobré luego la
     calma; que los delirios de mi imaginación fueron inocentes...
          Callad, que no tengo necesidad de vuestros inútiles elogios. No
     hacéis uno siquiera digno de mí. Y qué, ¿no habláis de la perversidad de
     mis enemigos? ¿No habláis del asesinato cruel, que me ha conducido al
     sepulcro?
          ¡Bajos aduladores! Hasta con los muertos sois injustos.
          Aprisa; sepultadme en la profunda huesa donde han de consumirse mis
     miembros. Sacadme de una vez de esta atmósfera envenenada. En aquellas
     tinieblas nada más oiré, nada veré. Si no tengo paz, a lo menos no
     recibiré insulto alguno.
          ¡Oh, Torcuato! Llegaste por fin a tu eterna morada. ¿Para qué
     viviste, infeliz?
     Una voz me despierta. ¡Ah! Todavía no estoy muerto. Oigo una voz... pero
     qué lánguida, y qué mal articulada. Elévate, benigna voz, esfuerza tu
     grato sonido. La voz amiga se aproxima. ¡Gran Dios! Haz que no me engañe.
     ¿Si habré tocado al colmo de la miseria para verme de repente en el seno
     de la felicidad?
          ¡Qué oigo! Mis ojos no distinguen el objeto que hay delante de mí. Lo
     distingue mi corazón... ¡Oh, eres tú!... ¡tú!... me falta el aliento.
     Alárgame la mano. ¡Oh!, cuán dulce es la muerte en este instante.



     Noche XXXIII
          Ve a dar testimonio de ello al mundo entero. Tú quedaste deslumbrado
     por el inmenso resplandor, que de improviso disipó las tinieblas de tu
     aposento en la pasada noche. ¿Viste?..., ¡ah!, ¡tal vez, miserable! Tus
     ojos vulgares, y tus toscos sentidos no te han permitido participar del
     divino espectáculo. Lo tengo bien presente yo, que lo contemplé todo, y
     formé parte de él.
          ¡El genio tutelar de Tasso -dije entonces- se ha avergonzado al fin
     del abandono en que me hallo!
          Un brazo sobrehumano me arranca del lecho, sordo e inútil testigo de
     mis suspiros, y de mi llanto. Todo cambia a mi alrededor. Las paredes de
     este aposento se deshacen como blanda cera. Me circunda una luz, cien
     veces más espléndida que la del sol de julio; tan benigna y suave al mismo
     tiempo, que hiriendo dulcemente mis sentidos los llena y embriaga de un
     deleite inefable.
          Ven. Yo me hallo sentado sobre un carro de fuego. Ferrara, tan
     orgullosa de su vasta extensión y de sus torres, apenas se percibe con la
     vista. El soberbio Po, que osa luchar con el mar, el Po aparece por un
     momento como una angosta cinta blanca, y luego se pierde entre las
     cerúleas sombras. El carro, mientras tanto, se eleva rápidamente entre las
     nubes, y yo me encuentro ya en los inmensos espacios del aire, elemento
     solo de los superiores espíritus.
          Vamos adonde nos aguarda mejor destino. Tasso, Tasso, debía asomar al
     fin el día de tu triunfo. Está ya cerca, sí; el cielo es quien me prepara
     suerte tan fausta, deseada desde tanto tiempo, y bien sabes tú si la tenía
     merecida.
          Ella dirige la vista hacia mí: toda el alma tiene en sus inflamados
     ojos... ¡toda el alma! ¡Oh, con qué fuego tan vivo me abrasas, mientras me
     estrechan tus brazos, divina mujer! En la tierra donde ardió tanto mi
     corazón, no sentí, no sentí jamás una llama tan intensa, ni tan deliciosa.
     Paz, paz. Elevémonos ahora: con el aura de las regiones celestiales
     quedará purificado tu amante de cuanto queda en él todavía de terreno.
          El arco de los bellos colores del iris está cerca. Los blancos
     caballos que conducen el carro baten sus alas con más velocidad hacia este
     arco. Un torrente de luz se desprende repentinamente de su centro, y
     rasgada la nube se presenta un nuevo prodigio en su abierto seno.
          He aquí, he aquí el término de la larga carrera. Mira el delicioso
     país que nos está destinado, donde reinan puros afectos y no negras
     desconfianzas; donde no perturba la envidia ni persigue el orgullo. Mira
     la amenidad de sus llanuras y esas tranquilas moradas inaccesibles a la
     tiranía. Aquí, entre el balsámico olor de los mirtos consagrados al amor,
     nuestra pasión se alimentará de sí misma; en sí mismo quedará saciado el
     amor nuestro... Una amiga multitud se dirige hacia nosotros...
     Descendamos. ¡Oh felicidad! Todo lo pasado se borra en mi pensamiento. Ya
     no queda en el corazón vestigio alguno de dolor. ¡Oh! mía, mía para
     siempre, nunca me serás ya disputada; abrázame. ¿Es un dios quien me hace
     este presente, o eres tú? Tú eres el dios mío.
          ¡Ah!.., muere, muere, y ocúltate a tu propia vergüenza. ¿Qué más te
     queda? ¿O qué mas has menester?... ¡Oh!, mucho tiempo ha que esta fatal
     necesidad me atormenta, y no tengo fuerza... no... no tengo fuerza... ni
     aun valor para morir.
          ¿Acaso estoy soñando?¿Y cómo creeré que es sueño lo que han visto
     estos ojos..., lo que con estas manos?...
          Había yo puesto pie en tierra; y alargaba entonces la mano a mi bien,
     levantado ya en actitud de descender. Tan presente tengo todo esto, que
     sería una locura ponerlo en duda.
          ¡Ah!, al descender debía haberla asido del brazo: no me la hubieran
     arrebatado otra vez por los aires aquellos malditos caballos. Yo tengo la
     culpa.
          ¡Pero tú!... ¡Oh tormento execrable y grato! ¿Cómo es que creado para
     conservar la naturaleza, y dar vida a los corazones, te conviertes tan a
     menudo en veneno, y te haces peor que la muerte? Nadie habla ya más de
     amor. Desterradlo de la tierra; no es éste su lugar. Al infierno...,
     aquélla debe ser su atmósfera.
          Pero tú, que yo poseía al fin... ¿Dónde estás? ¿A quién has sido
     concedida?... ¿Te veré nunca más?...
          Habladme de ella... sólo y siempre de ella... No de otra cosa puede
     ocuparse este desventurado corazón, ni querría ocuparse si ser pudiera.
          ¡Ay! Todo se oscurece. Retiembla el suelo. Yo no puedo tenerme. ¡He
     aquí el término de mis infortunios!...



     Noche XXXIV
          ¡Yo libre! No, no deliro. La puerta está abierta. Claras son las
     palabras que aquél me ha dirigido. Soy libre.
          ¡Oh, justo cielo! ¿Qué es lo que he hecho? ¿En qué me he ocupado
     hasta aquí? De nada me acuerdo. Fué un sueño..., ¡qué largo sueño! ¡Ah, es
     posible, Torcuato! A tal punto de miseria habías llegado... Preparémonos
     para marchar...
          Pero, ¿qué papeles son éstos?... Los depositarios de mis delirios. Id
     hechos mil pedazos juguete de los vientos, ¡oh testimonios infelices de mi
     debilidad! ¡Que ni siquiera quede de vosotros memoria, ni de mi
     vergüenza!...
          Mas, no; conservaos. Nunca fue mengua amar a un noble objeto; y estas
     expansiones inocentes a que se abandonó el alma mía, deben ser sagradas
     para todos. Conservaos, pues.
          He leído rápidamente estos escritos. ¡Qué enfermedad tan terrible es
     el amor! No quisiera padecerla más.
          Es inútil, empero, el disimularlo. Esta enfermedad tan tremenda tiene
     sobrados atractivos con que seducir al corazón. Estos mismos papeles en
     donde sólo brillan algunas leves chispas del ciego ardor de que acabo de
     salvarme; estos mismos papeles despiertan en mí cierta dulce conmoción...
     ¡Ah! ¡Los que conocéis el amor sabréis tener piedad de mí!
          Pero hay un gran número de hombres, que acostumbrados a la severidad,
     oirán con enfado que Tasso haya estado por algún tiempo muerto a la razón.
     Ocultemos estos escritos a tales hombres. Sacarán de ellos un argumento
     sobrado funesto para mí [...](1)
          Pero verán algún día la luz pública. Yo ya no seré del número de los
     vivientes. Entonces serán leídos con ansia, y tal vez con un sentimiento
     de piedad. Mas, sobre todo, deseo que sean leídos con provecho. Grande
     lección habré dado con estos delirios.