William F. Temple
Este vez tenía
que ser un pintor. Mi clase de pintor.
Tengo
inclinación a lo universal, pero con una especial preferencia: música,
literatura. poesía, teatro, arquitectura y escultura. Todo son escaleras para
mi espíritu, sendas por las que remontar y pendientes del Parnaso.
Sin embargo,
para mí, la máxima ambición significa sólo esto: una cierta magistral
disposición de los colores, de luz y sombras, que suscita una fulgurante
exaltación.
Tenía que ser
Van Gogh.
En lo que
concernía a otros, existía, por lo común, la duda respecto al exacto Momento a
elegir. Para mí, personalmente, el Momento de Vincent fue cuando pintó «La casa
amarilla», su obra maestra. Para la empresa que me proporciona el trabajo, la
Universidad, Departamento de Historia, Sección E.A. (Estímulo Activo), el
Momento se hallaba en el Borinage, durante el período de mayor desaliento de
Van Gogh. El Sínodo había declarado que era un predicador de lo más
insatisfactorio y lo había expulsado.
Van Gogh no
sabia qué hacer. Por este motivo, lo visité.
Poco después
escribió a su hermano Theo: «Decidí volver a tornar el lápiz y empezar a
dibujar de nuevo. A partir de este momento, todo me pareció diferente».
Yo fui el
hombre de ese «momentos» y esta es mi tarea, puesto que soy un visitador.
Este es un
trabajo de responsabilidad y la tensión de tener que decir lo adecuado en la
ocasión oportuna, puede atacar los nervios de cualquiera. Así, la Universidad,
aunque a veces es incomprensible, pero a menudo no, me permite, de vez en
cuando, un viaje de puro placer, unas pequeñas vacaciones.
En una de estas
ocasiones deseé ver a un pintor. Mi clase de pintor. Decidí visitar de nuevo a
Vincent, ocho después del Borinage... Ocho años de su época, desde luego. Un
día en que la pintura del lienzo «La casa amarilla» está fresca todavía...
En mi
excitación calculé mal y, en vez de aparecer en el parque arbolado, estacioné
la cronocabina en el centro del prado de la plaza Lamartine. Sin embargo, no
había nadie por los alrededores que fuese testigo de mi salida de la nada. Como
siempre, yo iba disfrazado. Esta vez de labriego francés, con la cara y brazos
de color nogal.
No se debe
llamar nunca la atención del populacho.
Allí me
encontraba yo, en la esquina. Y allí estaba la misma casa amarilla, con su
puerta verde. El sol la bañaba. Pero el amarillo era intenso, falto del meloso
empaste cálido del pincel de Vincent. El cielo, arriba, era puro cobalto,
exento también del mágico ingrediente negro que Vincent ponía en su cielo. Se
precisaba ser un maestro para mejorar la Naturaleza.
Más allá, a la
derecha, el fascinante Café de Nuit, polvoriento, destartalado y prosaico a la
plena luz del día y también veíanse los dos puentes del ferrocarril. Y
atravesando precisamente el más próximo ¡un oportuno regalo del Tiempo!, un
lento tren, tiznado y humeante.
Ya más
consciente a, cada precioso matiz, anduve lentamente sobra el pardo césped.
Esta vez no
tenía necesidad de explicar que yo era un Visitador. Nunca resulta fácil
hacerlo y era agradable descansar. Vincent Van Gogh tenía todavía dos años mas,
dos años terribles, de vida y no había nada que yo pudiera realizar en lo que a
el concernía. Su dolencia estaba profundamente arraigada ya en su cerebro.
Mi francés era
mucho mejor que el suyo y éste fue el motivo de que me tomase por un súbdito
galo.
Aunque, desde
luego, por un tipo singular: un labriego que conocía algo de la técnica de la
pintura. Pero Vincent vivía ya en un mundo de fantasía y me convertí para él,
simplemente, en una porte de aquel mundo.
En mi primera
visita, la cosa había sido más difícil. Vincent acababa de ser humillado de un
modo muy grave y temía que yo fuera algún agente de la Comisión Evangelizadora.
También era yo, a la sazón, un excelente lingüista, pero el holandés no
constituía mi punto fuerte. El había enseñando, y predicando, en Inglaterra,
por lo que hablamos en Inglés en aquella ocasión.
Y entonces lo
hice volver a Inglaterra... en la cronocabina.
Londres. Pleno
invierno de 1948. Un oscuro día gris sobre el oscuro Támesis. Una incesante
llovizna caía de un brumoso cielo. Llegamos por detrás de una cabina
telefónica, cuyo color rojo era la única salpicadura de color visible, a una
calle apartada.
Le indiqué que
doblásemos una esquina y allá en la acera, pacientes bajo la lluvia, había una
hilera de más de mil personas que iban entrando, con lentitud, en la Tate
Gallery. Y, mientras el gran edificio iba tragándose las primeras gentes de la
fila otras personas es unían el final de la cola, manteniéndola en una longitud
continua.
- Así ocurre
cada día - le manifesté -. De esta manera pasó ayer, sucederá mañana, pasado y
el otro. Mil personas a todas horas, cada hora. Las marcas de asistencia a una
exposición de arte han sido superadas por ésta. Esas gentes, hastiadas,
abatidas por una prolongada guerra, anhelan sol y calor. Afluyen en masa para
saciar sus espíritus con el festín de la obra de un gran artista.
- ¿Acaso
Rembrandt? - aventuró Vincent inocentemente, contemplando el tráfico de la
calle con mirada asombrada pero cauta.
El tránsito no
era excesivo aquel día, pero yo ya lo había previsto.
- No. Es por
usted... por Vincent Van Gogh.
Se quedó
pasmado. Incapaz de pronunciar una palabra. Sus ojos azul pálido de exaltado
mirar giraron alocados en sus órbitas. Temí que pudiera acometerlo uno de sus
ataques, pero el temblor de su cuerpo se debía sólo a la excitación que le
había causado aquella evidencia de su increíble éxito.
Nos pusimos en
la fila, para que él pudiese contemplar por sí mismo las fulgurantes flores y
los huertos anegados en el sol de su futuro estilo...
Y ahora, en ese
futuro suyo, en Arlés, en mi segunda visita, me hallaba de nuevo contemplando
alguna de aquellas obras; no colgadas, despreciadas e invendibles.
El espeso
empaste de «La casa amarilla» estaba todavía húmeda como la crema dental; él
acababa de entrarla de la calle. En teoría, yo pudiera haber impreso mi pulgar
en la pintura para la posteridad.
Me extasié ante
este momento histórico.
Me imaginé
aquella casita cuando el mistral aullaba en torno a ella, haciendo entrechocar
las ventanas, batiendo las puertos y crispando los hipersensibles nervios de
Van Gogh.
Contemplé el
amasijo de pintura caída en el suelo y las salpicaduras que decoraban las
paredes. Vincent no tardaría en limpiarlo todo enjalbegando de nuevo los muros,
ya que su héroe, Gauguin, iba a llegar para quedarse algún tiempo en su
compañía.
Pero un día
durante la estancia de Gauguin, el suelo de tilo rojo enrojecería aún más con
la sangre de Vincent, y las salpicaduras de las paredes se tornarían de un tono
carmesí.
Eché una ojeada
a su oreja derecha y volví a experimentar el antiguo terror de Némesis. En
efecto, la cronocabina era como una mosca que zumbara a través de la ruta de un
camión sin frenos.
Acaso el
universo estuviera loco. En este caso, lo más que uno puede hacer es dar ánimos
a la gente para que pueda afrontarlo.
Y si alguien
necesitaba aliento, ese alguien era Vincent. Tomad al azar un instante de su
vida y podréis, razonablemente, considerarlo como el Momento. Por ejemplo, aquí
y ahora, en Arlés. Seguía sin vender un solo cuadro. En toda su vida vendería
uno únicamente y por menos de cuatrocientos francos. ¿Valdría la pena que le
dijese que en París, en 1957, uno de sus cuadros seria vendido por el
equivalente de doscientos cincuenta mil de aquellos mismos francos? ¿Y que, en
aquel período, su producción total iba a ser evaluada en treinta millones de
francos? Vincent necesitaba dinero y alimentos ahora. Con toda probabilidad lo
amargaría el saber que los marchantes de arte (de la misma ignorante casta que
los que le habían menospreciado durante toda su vida) amasarían fortunas a su
costa una vez él muerto.
En
consecuencia, no se lo dije.
De todas formas
en esta ocasión yo no tenía autoridad alguna con la que respaldar tal
afirmación. La primera vez, revelé mi identidad y la demostré. Luego, acabada
mi misión, borré las huellas electrónicamente, basándome en el procedimiento
normal. Este vez, yo era tan sólo Francois, un campesino que sabía valorar el
arte, que deseaba aprender la técnica de un indiscutible maestro.
Como esperaba,
el solitario Vincent -Privado de toda comunicación sobre el tema, excepto en
sus cartas a Theo- se mostró ávido de desahogarse.
Al cabo, se
instaló en la cama fumando y hablando sin cesar, en tanto que yo ocupaba la
silla de anea que él habría de hacer famosa, embriagado en sus palabras, en la
conversación del héroe, del genio el que me había sido dado el privilegio de
ayudar, mientras él se explicaba a él mismo y me describía su trabajo a mí personalmente
en un caluroso atardecer en Arlés. Muy lejos en el tiempo y en el espacio...
Fue algo
inolvidable. No obstante, tuve la precaución de transcribirlo, gracias a la
cinta magnetofónica, inmediatamente después de mi regreso. Fue, en realidad. un
monólogo de dos horas.
¿Desean conocer
lo que me explicó Vincent Van Gogh? No tienen más que seguir leyendo.
- Mi mente es
puramente la de un artista - dijo -. Tantea su camino a través de una especie
de bruma coloreada. Razona con pobreza; no ve nada preciso y claro en blanco y
negro. Las matemáticas siempre me confundieron. No puedo captar los tecnicismos
científicos. Simplemente aprendo la forma, la tonalidad, las sombras...
¿Cómo pudieron
nombrar Visitador a una persona como yo? Bueno. Estoy restringido al campo de
las artes, del mismo modo en que mi colega Blum se halla limitado al de las
ciencias. A veces envidio su mente aguda y exacta. Su tarea consiste en alentar
a los genios científicos durante las épocas en que la superstición, la
incredulidad o los prejuicios emboten su creatividad.
Por lo menos
puede ofrecer una explicación lógica de cómo pasado, presente y futuro no son
meramente interdependientes, sino un todo inmutable. Y cómo un hombre no nacido
todavía, puede contribuir en algún punto de la corriente humana y añadir su
granito de arena al platillo de la balanza, cuando un desesperado creador está
vacilando entre reanudar la lucha o renunciar para siempre a su empresa.
Cuando mis
particulares bebés de la inmortalidad me piden que explique la aparente
paradoja del tiempo, comienzo a titubear. Y me repliego en mí mismo.
Insistiendo: «Bien, así es, porque aquí estoy. Si queréis mayores pruebas, os
llevaré a través de tiempo hasta mi mundo, que también es el vuestro, pues
vosotros lo habéis conquistado.»
Y desde luego,
una vez que han paladeado la futura forma -a menudo póstuma-, nunca reinciden
en su pregunta. Esta podría echar a perder el sueño. Cuando han visto sus
cuadros o esculturas en el Louvre, oído auditorios que vitorean sus óperas o
piezas teatrales o han contemplado, en las bibliotecas, muchas y manoseadas
ediciones de sus libros, entonces se han sentido renacer.
El hosco
Beethoven, por ejemplo, amargado por el general abandono y angustiado por su
creciente sordera, tras su visita a la sala de conciertos Carnegie Hall se
tornó tan afable y alegre como su propia Sinfonía Pastoral. Era la alegría de
la fe vindicada.
Otra paradoja.
El hombre nunca deja de tener fe. Cree siempre. Aunque un hombre diga que ha
perdido la fe, tiene todavía fe... en su misma creencia de que la ha perdido. A
pesar de todo, esa pérdida de fe puede causar un colapso espiritual. Es como la
trampa remolineante de un torbellino, en la que el alma de un hombre puede
seguir girando inútilmente hasta la muerto.
Expliqué a Ludwig
von Beethoven, que la misión de un Visitador era la de echar un cabo a tales
almas atrapadas, a lo que contestó de su modo característico:
- No soy el
único. Sé de amigos...
- No puedo
ayudar a sus amigos - respondí -. Aun cuando lo intentase, no podría darles lo
que el destino les ha negado. Tienen talento, pero no genio. La experiencia ha
demostrado que el genio se impone y el talento no. No puedo hacer nada por
ellos.
Esto condujo a
una discusión sobre la naturaleza del genio.
La opinión de
Beethoven venía a ser...
Podéis conocer
el punto de vista de Beethoven acerca del genio y no os costará nada, seguid
leyendo.
Analizad los
versos más excelsos de la poesía y hallaréis que son evocaciones del inexorable
paso del tiempo.
Pero siempre,
tras de mí,
Aproximarse,
raudo, el carro del tiempo.
O bien:
Mana del aire
el resplandor
Las reinas han
muerto jóvenes y bellas.
El polvo ha
cerrado los ojos de Helena.
Y también:
Ninfas y
pastores, ya no dancéis más.
(Este verso
hacía siempre llorar a Housman).
Shakespeare,
desde luego, fue, de todos modos, el que tuvo mayor sentido del Tiempo y a éste
se refiere de diversas maneras, como «El relojero, el calvo sepulturero... Ese
viejo árbitro común... Un tiovivo... Un huésped de buen tono... El rey de los
hombres... Devorador de la juventud... Un enorme monstruo de ingratitudes...
Envidioso y calumniador Tiempo».
Y nos propone:
Ved los minutos
como corren...
Y nos pregunta:
¿Qué mano puede
detener sus rápidos pies?
¿Quién puede
evitar su deterioro de la belleza?
Y aduce:
Pero ¿por qué
no tienes un medio más poderoso para luchar contra ese sangriento tirano del
tiempo?
Y manifiesta:
El tiempo, que
inspecciona a todo el mundo, debe tener un límite.
Sus sonetos son
un largo desafío al Tiempo devorador. Constantemente repite que, aunque el
Tiempo lo devorará a él, sus poemas se impondrán el Tiempo.
Ni el mármol,
ni los dorados monumentos de los príncipes sobrevivirán a esta poderosa rima.
Esto nos
conduce a un misterio. Tras su retirada a Stratford no intentó publicar ninguna
de sus obras teatrales, que se habrían perdido para siempre a raíz de su muerte
de no haber guardado sus amigos algunos viejos ejemplares.
¿Se había
resignado, por fin, Shakespeare a la inevitable victoria del Tiempo o,
simplemente, le sacaba la lengua con desdén?
Me agradaría
visitarlo en su retiro y resolver este misterio. Algún día lo haré.
Tengo que oír
de nuevo aquella voz hermosa y dulce, recitando sus estrofas con aquel
fascinante acento del condado de Warwick que nunca perdió. Los hombres se extrañan
de que, cosa rara, nunca tachó un verso en sus manuscritos. Claro que no. Era
un actor. Tenía, por ello, la costumbre de recitar sus versos en voz alta
muchas veces, hasta lograr que sonaran debidamente. Luego, el transcribirlos,
era una simple tarea de amanuense y tan natural que como observaron Heminge y
Condell: Su mente y su mano iban al unísono.
Yo habría
pensado que su Momento, para el tratamiento E.A., resultaba demasiado tardío en
su vida, es decir, cuando en su amarga desesperación ante la ingratitud humana,
escribió el cáustico «Timón de Atenas». Pero los jefes del Departamento
sostenían que esta obra pertenecía a alguna época del período de los sonetos,
cuando se hallaba afligido por el caprichoso desaire de la Dama Oscura.
Tal vez tenían
razón. De todos modos, entonces le visité oficialmente.
La misteriosa
Dama Oscura, era sin duda una femme fatal. Como ejemplo tenemos al pobre
Fortesque que, por su causa, se arrojó desde el antiguo Puente de Londres.
Ella era...
Quizá ya sabéis
quién era. También puede ser que, como quienes se han afanado por espacio de
cuatro siglos en descubrir su identidad, estáis asimismo «in albis», como
vulgarmente se dice. Pero no es preciso que permanezcáis en la ignorancia. En
la última página de este folleto encontraréis la clave que os permita abrir la
puerta, no sólo de este misterio, sino además, a otros muchos de esta historia.
Era la noche
del 3 de marzo de 1875, la del estreno de «Carmen» en la Opera Cómica de Paris.
El auditorio se
mostró frío como un témpano de hielo. No supo comprender aquella obra por cuya
razón se aburrió como una ostra. Cayó el telón en medio de un coro de silbidos
y siseos, como si el teatro entero fuera un nido de serpientes.
Según una
noticia muy difundida, repetida por Bruneau, Bizet estuvo vagando por las
calles de Paris hasta el alba del día siguiente, histérico a causa de la
afronte y la desesperación. Posteriormente, Halévy pudo dar testimonio de que
no era tal el caso, ya que, tras la representación, Bizet regresó con él a su alojamiento.
Y eso es verdad; yo lo sé porque me fui tras ellos.
En ciertos
aspectos, ésta fue la más singular de todas mis misiones. Aunque condenada al
fracaso, estaba escrito que había de intentarlo.
Lo esencial de
la vida consiste en que todos tenemos que intentar las cosas.
Lo que nunca
comprenderé es cómo el aliento dado «después» de que un trabajo está creado,
puede ayudar a su creación. Blum me dice que debo dejar de pensar en el tiempo
uni-dimensionalmente, como una línea ininterrumpida. Deberé representármelo
tri-dimensionalmente; como un cubo, pongamos por caso.
La mente
consciente del hombre se mueve de un punto a otro sobre las superficies del
cubo. Pero su mente subconsciente se mueve bajo esas superficies, con
relampagueante rapidez, surcando el interior del cubo. Puede alcanzar puntos de
tiempo en cualquier parte del cubo, mucho antes de que lo haga la atención
consciente.
No es que éste
sea ningún descubrimiento nuevo, puesto que ya a finales del siglo XIX y
comienzo, del XX, los experimentadores confirmaron, con claridad meridiana, el
fenómeno de la precognición.
De todos modos,
subsiste el hecho de que el subconsciente se percata del Momento del Estímulo
Activo y es esta sería la causa de que en ese momento permanezca en el futuro o
pasado consciente, pues su creación es del subconsciente de donde procede.
Bizet estaba
solo en su habitación cuando lo visité de madrugada. Todavía vestido de
etiqueta, se hallaba sentado a la mesa con una botella de champaña y una copa a
medio llenar. Había bebido poco y aún estaba completamente sereno.
Su rostro
permanecía impasible... y, recordándolo, todavía me obsesiona. Acababa de
recibir un brevísimo golpe moral. Pero su autodominio era casi sobrehumano. Lo
respeté como hombre más que a cualquier otro que haya conocido en el pasado o
en el presente. He pintado su retrato de memoria. Representa simplemente a un
hombro de hermoso cabello y barba, que aparece pensativo... y gentil. (Esta es
una definición poco satisfactoria, pero es la única algo aproximada a lo que
observé.)
En mi imagen,
me fue imposible captar la verdadera esencia de Georges Bizet. Debo intentarlo
de nuevo.
Me presenté y
lo manifesté la razón de mi presencia. Pareció creerme sin más explicaciones,
casi como si hubiera estado esperándome.
Le dije:
- En 1880,
Tchaikowsky profetizará públicamente, que en el plazo de una década, «Carmen»
se convertirá en la ópera más popular del mundo. Y me alegra asegurarle que su
predicción será exacta.
Sonrió y
sirviéndome una copa de champaña me dijo.
- Bebamos
entonces a la salud de Tchaikowsky.
- No - repuse
yo, alzando mi copa -. A la salud de Bizet.
- Gracias. Es
usted el único que brinda por mí este noche. En estos momentos, todos los
críticos están afanados en destrozar mi ópera «Carmen» con las puntas de sus
plumas.
- ¡Críticos! En
las pocas ocasiones en que sus opiniones coinciden por unanimidad, las razones
que exponen son totalmente diferentes. Ignórelos. Usted escribió «Carmen» para
el público; no para ellos.
Bizet tomó un
sorbo de su copa.
- Así es, en
efecto. Y el público la ha rechazado.
- Venga conmigo
- dije mientras me ponía en pie -. Vamos a ir al teatro de la ópera. Nos
trasladaremos al año 1905, a la noche de la 1000 representación de «Carmen»
Naturalmente,
esperamos que estos breves extractos del famoso «Diario de Jon Everard»,
estimularán su interés hacia toda esta maravillosa historia. Podéis pedir
Podéis pedir ejemplares de los dos magníficos volúmenes encuadernados en lujosa
tela. Para ello, sólo tenéis que llenar el boletín al pie de página. NO
REMITÁIS DINERO hasta que hayáis examinado esta formidable adquisición para
toda la vida, a vuestro gusto y en vuestro propio domicilio.
Huid de las
largas veladas invernales, en luminosos viajes a través del tiempo, con Jon
Everard, para encontrarse, frente a frente, con muchos de los más grandes
hombres que jamás existieron.
Cuando acabó de
leer el brillante folleto, Jon Everard frunció los labios y lo puso sobre su
escritorio.
Miró al
visitante, el cual esperaba con impaciencia un tanto nerviosa, su comentario.
- Una selección
deficiente - dijo -. Lo siento, Mr. Bernstein. No son, en verdad. los mejores
de mis pasajes. El equilibrio es pobre. Y ese cursi oropel que tiene por objeto
atraer al posible cliente, es francamente deplorable.
Bernstein pareció
abatido y con la cabeza gacha respondió:
- Desde luego.
Algunos de mis escritores de propaganda tienden a la falta de gusto, Mr.
Everard. Pero su misión es procurar vender el libro al mayor público posible.
Tienen que andar con la vista puesta hacia abajo... Y, al parecer, en esta
ocasión no anduvieron con mucho tacto, ¿no es así? Estoy echándolo todo a
perder. Creí que sería una buena idea lanzar este folleto. En una sola ojeada
soy capaz de demostrarle que usted podría convertirse en el diarista más famoso
y popular que ha existido desde Pepys. Tal vez debiera haberle traído una de
las ediciones en piel.
- No. Está bien
- interrumpió Everard -. Usted lo hizo bien. Dispense mi modo quisquilloso de
censurar. Últimamente he tenido una excesiva excitación nerviosa.
- Sí, ya lo sé.
Creo que yo soy su mayor admirador, Mr. Everard. Conozco su diario casi de
memoria. Por el tono, puedo decirle que hacia este período tenía usted una gran
depresión nerviosa, aún cuando no lo registrara con tantos palabras.
- Se notaba,
¿eh?
- A mí me
pareció que usted estaba obstinado en medirse con todos estos grandes hombres
en su propio perjuicio. Estaba perdiendo el sentido de su propia valía. Por
ello elegí ese período para demostrarle que, probablemente y de manera por completo
inconsciente, estaba usted escribiendo una obra maestra. Ninguno de sus
sucesores ha logrado realizar una cosa semejante. Yo sé que, en lo que a mí
concierne, no podré jamás alcanzarle, aun cuando también yo lleve un diario.
Estoy poco preparado todavía en esta tarea. Con franqueza: esperaba obtener
algunas confidencias suyas, tal como lo hizo usted con Van Gogh.
Jon Everard asintió.
- ¿Es esta
visita una de sus elecciones de vacación?
- Sí. La
primera. La Universidad desconfiaba de que necesitara usted del estímulo y
rehusó sancionar un viaje oficial. Ya sabe lo que cuestan estas cosas. Siempre
hay discusiones sobre los gastos.
- Entonces, no
debo aumentar su cuenta insistiendo en que vaya a inmiscuirse en su mundo. De
todos modos, parece ser el mismo y viejo mundo. Gracias por su visita, Mr.
Bernstein.
Bernstein
comprendió, con desconsuelo, que se le estaba despidiendo. Vaciló...
Everard adivinó
sus pensamientos y lo dirigió una amable sonrisa.
- Me gustaría
poder ayudarle, pero nada de cuanto pudiera decirle le sería de utilidad. Esta
es una tarea muy personal, en la que el adentrarse en ella, el abordar a cada
personaje, ha de ser diferente, según la propia naturaleza de cada uno. La
experiencia es la única maestra. Así que, concéntrese en la evolución del
primer Bernstein, mejor que en la del segundo Everard. Esto acrecentará su
confianza en sí mismo. Le diré una cosa: en ninguno de mis viajes he sido
recibido con frialdad... ¿Qué marca su cronómetro?
Bernstein se
sobresaltó primero: luego examinó la esfera.
- Veintiún
minutos, treinta y cinco segundos.
- Bórrelo y
después haga una vuelta de veinticinco en el borrador - aconsejó Everard.
Bernstein
rebuscó en el bolsillo de su chaqueta y luego se sonrojó.
-
Verdaderamente debo ser tonto. He olvidado traerlo. Estaba tan ansioso por
conocerle que salí a toda prisa... Ahora habré de volver para recogerlo.
- ¿Y añadir
otros quince mil a la cuenta?
- Cerca de los
cuarenta mil, en estos tiempos... Quiero decir en mi tiempo - dijo con tono
melancólico Bernstein -. Los administradores se van a enojar conmigo por haber
hecho una majadería como ésta, sobre todo en un viaje de favor. Sin embargo, de
cualquiera de las maneras, jamás lamentaré el haberlo efectuado.
- No necesitan
enterarse - sonrió Everard -. Puede emplear usted mi borrador.
Fue a su
cronocabina que, estacionada en la esquina, más parecía una cabina telefónica,
pues presentaba adrede este aspecto para evitar el llamar la atención o
despertar la curiosidad. Jon Everard era el primer Visitador oficial y, por
entonces, sus informes se hallaban en la Lista Restringida.
Abrió la puerta
de la cabina y dio una palmada a una funda de cuero sujeta en la parte
interior.
- De todos
modos aquí hay un repuesto. Tenga siempre su borrador guardado en su cronocabina.
De esta forma, no lo podrá abandonar en cualquier descuido.
- Gracias. Así
lo haré, Mr. Everard.
Everard sacó de
su funda la especie de pistola que era el borrador. La esfera de su extremo
despidió un destello al captar la luz. Everard giró un botón de rosca para
poder fijar la manecilla.
- Veinticinco
minutos - dijo, tendiendo a continuación el instrumento a Bernstein.
- Bien -
asintió éste, una vez lo hubo comprobado,
Everard regresó
a su escritorio y tomó asiento de nuevo en su cómoda butaca.
- Debe ser un
alivio para usted el poder evitar esta vez la explicación - dijo -. Yo la considero siempre una dura
prueba. En ocasiones están tan asustados, que cualquiera diría que fuera uno a
matarlos. Asegúrese de reemplazar ese borrador en mi cronocabina... No se lo
meta en el bolsillo, llevándoselo con usted. Bien, ya estoy relajado. Dispare
en cuanto esté preparado.
Cerró los ojos
como con un fin deliberado.
Bernstein
pensó:
«No desea verme
por más tiempo. Acaso él no haya soportado nunca una fría acogida, pero yo he
tenido recibimientos mucho más calurosos que éste. Ni siquiera un apretón de
manos como despedida. Y eso que le dije que era mi ídolo... Pero no le ha
importado nada... Es, en verdad, bastante honesto. Pero yo había supuesto que
tendríamos una amplia conversación sobre el particular, aunque hubiera tenido
que permanecer aquí todo el día. Pero... ¡veinticinco minutos!»
Se colocó
detrás de la butaca de Everard, apretó la punta del cañón del borrador contra
su nuca y, con el pulgar, apretó el gatillo en forma de botón.
La potencia
energética de un borrador constituye un bloque en el área prefrontal del
cerebro, eliminando las huellas impresas en las neuronas, registradas
conscientemente en cada período de encajamiento. El subconsciente conserva los
recuerdos adecuados, los cuales, sin embargo, no pueden nunca resurgir a la
conciencia, teniendo en cuenta que los puentes están destruidos.
No hubo
reacción visible por parte de Everard, pero era lo acostumbrado. El
embotamiento mental persiste, por lo común, tres o cuatro minutos después del
golpe psíquico. Un artista, pongamos por caso, despertaría en el diván de su
estudio e imaginaría haberse quedado dormido. Lo mismo daba que hubiese sido
privado de unas horas de trabajo por el sueño natural, que por el originado por
el borrador. Su vida en el sueño habría sido enriquecida de todas formas y su
labor, su obra, sería el sueño hecho realidad, encarnado.
Bernstein se
metió en el bolsillo el folleto y echó una ojeada a través de la ventana, hacia
el mar bañado por el sol. Mentalmente, se había imaginado paseando a lo largo
de la playa en compañía de su antiguo héroe, discutiendo sobre la vida y sobre
qué es lo que hace a un hombre superior a otros y hablando hasta el momento en
que aquellas aguas occidentales quedaran teñidas de sangrienta tonalidad por el
ocaso del sol. Pero esta puesta de sol estaba aún lejana y ya tenla que
abandonar a Everard y su mundo, para volverlos a encontrar tan sólo en las
páginas impresas de un libro.
Suspiró,
mientras dirigía una última mirada de despedida el rostro sereno e inmóvil.
Luego avanzó hacia un rincón, que se hallaba junto a la elevada estantería
llena de libros y... desapareció. Fue como al hubiera atravesado una puerta
invisible y penetrado en otra dimensión. En realidad, esto era lo que había
sucedido. Una invisible proyección de su cronocabina estaba situada allí.
Reapareció
cinco segundos más tarde, abochornado y en extremo disgustado. Se precipitó a
la bien visible cronocabina de Everard, metiendo en su funda el borrador.
«Esto es una
majadería sentimental, pues destruyendo mi concentración puedo malograr ahora
este tarea», se increpó a sí mismo.
Una leve
sonrisa se dibujó fugazmente en los labios de Everard, para desaparecer apenas
esbozada.
Bernstein otra
vez en su cronocabina se fue también. Everard, que lo esperaba así, oyó el cómo
el suave zumbido aumentaba en intensidad hasta culminar, de modo brusco, con un
restallido semejante al de una cuerda de violín que se rompe.
Abrió los ojos.
En ellos, empero, no se reflejaba ni el agrado ni el recreo. Pasó la mano por
sus cabellos y, acodado en la mesa, permaneció cavilando.
Había hecho
trampa también con el Borrador. Su batería estaba descargada. Antes tuvo la
idea de renovarla en su próximo viaje. Sin embargo, no se acordó hasta el
momento en que Bernstein quiso utilizarlo.
¿Por qué, pues,
fingió desvergonzadamente estar inconsciente? ¿Por qué no se había excusado
simplemente, reemplazando la batería?
¿Era el
orgullo, el encubridor de que el gran Jon Everard, el afamado perfeccionista.
pudiera incurrir en errores tan elementales como cualquier novato de la clase
de Bernstein?
¿Era
consideración... a fin de librar al joven de las dificultades subsiguientes?
¿Era
oportunismo... para hacer uso de su presciencia?
¿Era egotismo...
con el objeto de poder regocijarse sobre tu venidera elevación al Olimpo de la
fama?
No, no se
trataba de ninguna de estas razones. Todas resultaban absurdas. El se hubiese
sentido mucho más satisfecho y feliz sin el recuerdo de los veinticinco minutos
pasados. Deseaba la fama. Sí, y la alcanzaría... sería suya... Pero por una
razón bien distinta, equivocada. La ambición de toda su vida era la de llegar a
ser un gran pintor. Su alma entera estaba volcada en la pintura.
Bernstein no
había hecho mención alguna de Everard como pintor. Tampoco decía nade el
folleto. Por este motivo, su obra no produjo impresión. Había fracasado. Estaba
condenado el fracaso.
Y él carecía de
la energía moral de Georges Bizet.
Mientras
cavilaba, empezó a comprender, poco a poco, el porqué de haber resuelto
permanecer consciente. La visita de Bernstein sólo habla logrado imbuirle una
sensación de malogramiento e insuficiencia. De haber funcionado el Borrador,
hubiese dejado su mente inconsciente lleno de desaliento, lo contrario a lo que
Bernstein pretendió conseguir. Y jamás hubiese sabido el porqué de sentirse de
aquella manera.
El instinto de
conservación lo había inducido a fingirse dormido.
La conciencia
de el mismo le demostraba que no estaba encadenado a la servidumbre de la
subconciencia. Aún poseía la facultad de elegir. Tenía que intentar alcanzar un
valor semejante a Bizet y aceptar la situación tan filosóficamente como lo
hiciera el francés.
Y esa
conciencia de el mismo le daba a entender que existía una gran diferencia: nada
había fallado en su interior.
Tenla que
ajustarse, amoldarse simplemente. Debía saber cambiar el pincel por la pluma y
convertirse en otra clase de artista.
Tomando su
pluma, abrió su Diario. Todavía no estaba concluido el relato de su encuentro con
Georges Bizet.
Entonces
escribió: El quid de la vida consiste en que todos hemos de intentar el éxito.
Hizo una pausa
recordando las palabras. Aquel folleto, a fin de cuentos, lo estaba ayudando.
Sin embargo... estaba marcado por el destino también. El futuro sustenta al
pesado el tiempo que el pasado sustenta el futuro. Causa y efecto eran como los
dos lados equilibrados de un arco gótico. Resultaba una tontería pretender que
uno iba primero».
Aún disfrutaba
de la facultad de elección. Pero, no obstante, no tenía dónde elegir, puesto
que el destino de su futuro mismo ya lo había trazado.
El tiempo es
algo así como un edificio de una sola pieza; algo semejante a una vasta
catedral, arquitectónicamente perfecta. Arco tras arco, numerosos arcos
intercalados, encajados, trabados, entrelazados...
«Pronto - se
dijo - he de ir a visitar a un arquitecto.» Por ejemplo a Christopher Wren,
cuando los comisionados para la reconstrucción de Londres, tras el gran
incendio, estaban realizando todo lo que les era posible para desbaratar los
planes del trazado final de la catedral de San Pablo...
FIN
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