James Tiptree Jr.
Lorimer ojea la
gran cabina atestada y trata de escuchar las voces. Trata también de ignorar el
retortijón visceral que le anuncia que está por recordar algo desagradable.
Pero es inútil, aquel momento del pasado vuelve a revivir. El, que se precipita
atolondradamente - ¿o lo habían empujado? - en el cuarto de baño desconocido de
Evanston Junior High. La bragueta abierta, el pene en la mano, aún puede ver el
borde gris de la cremallera de los tejanos alrededor de la verga pálida y
desnuda. El silencio. Las siluetas desconcertantes, las caras que se vuelven.
La primera risotada. Muchachas. Había entrado en el baño de damas.
Amargamente
humillado, tantos años después, elude las caras de las mujeres. La cabina se
curva sobre su cabeza y lo rodea de objetos extraños el bastidor para bordar,
el telar de las gemelas, la artesanía de Andy, esa endemoniada enredadera que
se retuerce por todas partes, los pollos. Tan acogedor... Está atrapado.
Irrevocablemente atrapado de por vida en todo lo que no le gusta. Falta de
estructura. Fruslerías personales, intimidades insignificantes. Los
requerimientos que por alguna razón oscura nunca podrá cumplir. Ginny: Nunca me
hablas... Ginny, amor, piensa sin querer. Pero no siente dolor.
Lo asalta la
estruendoso risa de Bud Geirr. Bud está bromeando con algunas de ellas, oculto
por una partición. Pero Dave está a la vista. El mayor Norman Davis en el
extremo opuesto de la cabina, el perfil barbado vuelto hacia una mujer oscura y
menuda que Lorimer no acierta a distinguir. Pero la cabeza de Dave parece
extrañamente diminuta y nítida, en verdad la cabina entera parece irreal. Un
cacareo estalla en el «cielo raso»: la gallina de Bantam en su canasta.
En este momento
Lorimer está seguro de que lo han drogado.
Es curioso pero
la idea no lo enfurece. Se inclina, o más bien se voltea hacia atrás, y se posa
de piernas cruzadas en la gravedad cero, volviendo los ojos hacia la mujer con
la que estaba hablando. Connie. Constantia Morelos. Una mujer alta
con cara de luna en un holgado pijama verde. En realidad nunca le ha interesado
hablar con mujeres. Irónico.
- Supongo que
es posible que no estemos aquí... en cierto modo - dice en voz alta.
No parece muy
claro, pero ella asiente con interés. Está observando mis reacciones, se dice
Lorimer. Las mujeres son envenenadoras natas. ¿Ha dicho también eso en voz
alta? La expresión de ella no cambia. La visión de Lorimer está adquiriendo una
agradable claridad local. La tez de Connie le parece delicada y saludable.
Bronceada y olivácea tras dos años en el espacio. Era granjera, recuerda. Poros
grandes, pero sin ese aspecto reseco que él asocia con las mujeres de esa edad.
- Quizá nunca
habéis usado maquillaje - dice, y ve el desconcierto de ella -. Pintura para la
cara, polvo. Ninguna de vosotras.
- ¡Oh! - la
sonrisa de ella muestra un diente partido -. Sí, creo que Andy ha usado.
- ¿Andy?
- Para el
teatro. Obras históricas, Andy entiende de eso.
- Claro. Obras
históricas.
El cerebro de
Lorimer parece que se expande y que abre paso a la luz. Ahora está
comprendiendo activamente, las miríadas de retazos y fragmentos se enlazan en
diseños. Diseños mortales, percibe. Pero la droga de algún modo lo protege. Un
efecto anfetamínico, pero sin la presión. ¿Tal vez es algo que usan por
sociabilidad? No, además observan.
- Muchachas del
espacio, todavía no me entra en la cabeza - ríe contagiosamente Bud Geirr que
tiene una voz amigable y alegre muy del gusto de la gente; a Lorimer aún le
gusta después de dos años -. Tenéis niños allá en casa, ¿no? ¿Qué opinan ellos
de que estéis flotando aquí con el buen Andy, eh?
Bud reaparece,
el brazo aferrando los hombros de una de las mellizas. La que llaman Judy
París, recuerda Lorimer. Las mellizas son difíciles de distinguir. Ella flota
pasivamente en ángulo con el corpachón de Bud: es una muchacha feúcha de senos
prominentes con un pijama amarillo y ondulante, el pelo negro y desmelenado. La
cabeza roja de Andy se les acerca. Sostiene una gran pelota verde, y parece de
dieciséis años.
- El buen Andy
- Bud menea la cabeza, la sonrisa radiante bajo el bigote grueso y oscuro -.
Cuando yo tenía tu edad no se podía andar flotando con mujeres.
Los labios de
Connie se estremecen ligeramente. En la cabeza de Lorimer las piezas encajan y forman
un diseño. Sé, piensa. ¿Sabéis que sé? Su cabeza es vasta y cristalina,
realmente muy bonito. Más fácil para pensar. Las mujeres... Ninguna
generalización compacta se le forma en la mente, sólo unas pocas caras
parlantes en una matriz de irrelevancia difusa. Humanas, por supuesto.
Necesidad biológica. Sólo que tan, tan... ¿Imprecisas? ¿Vanas? Su hermana Amy,
soprano con tremolo: Claro que las mujeres serían capaces como los hombres si
nos tratarais como iguales. ¡Ya verás! Y luego su segundo matrimonio con ese
idiota. Bueno, ya ha visto.
- Enredaderas -
dice en voz alta, y Connie sonríe, como sonríen todas.
- ¿Qué te
parece? - dice alegremente Bud -. ¿Habías pensado que alguna vez veríamos
muchachas en cero-g, eh Dave? ¡Espléndido! ¡Iuhuuu! - la cabeza barbada de Dave
se vuelve hacia él sin sonreír -. Y el buen Andy acaparándolas a todas... Hace
mal al crecimiento, muchacho - empuja jovialmente a Andy y lo lanza contra la
partición. Bud no puede estar ebrio, piensa Lorimer. No con esa sidra de frutas.
Pero normalmente no se porta como un texano de feria. Una droga.
- Eh, no te
ofendas - le dice Bud al muchacho, seriamente -. De veras. Tienes que perdonar
a un hermano menesteroso. Estas chicas son buena gente. ¿Sabes una cosa? - le
dice a la muchacha -. Lucirías estupenda si te arreglaras un poco. Yo puedo
mostrarte, el viejo Bud es un experto. Espero que no importe lo que he dicho.
En verdad luces realmente estupenda así como estás.
Le estruja los
hombros, estira el brazo y también estruja a Andy. Flotan y se elevan,
abrazados. Judy sonríe con excitación, casi bonita.
- Sirvámonos
más de esa bebida - Bud los empuja a ambos hacia la barra, que para la ocasión
ha sido decorada con arreglos florales y pequeñas margaritas auténticas.
- ¡Feliz Año
Nuevo! ¡Eh, Feliz Año Nuevo para todos!
Las caras se
vuelven, más sonrisas. Sonrisas genuinas, piensa Lorimer, quizá disfrutan de
veras de sus años nuevos. Presiente que tiene una infinitud de tiempo para
examinar cada hecho, las aplicaciones ramificadas en facetas cristalinas. Soy
una cámara de ecos. Es grato observar. Pero ellas también observan. Han
iniciado algo aquí. ¿Se dan cuenta? Tan vulnerables, nosotros tres, con cinco
en esta nave frágil. Ellos no saben. Un espanto desconectado de la acción
acecha detrás de su mente.
- Por Dios que
lo logramos - ríe Bud -. Muchachas del espacio, el mérito es vuestro. Os
felicito, lo juro por Dios. No estaríamos aquí, dondequiera estemos. ¿Sabéis
una cosa? Tal vez decida quedarme en el servicio, después de todo. ¿Crees que
habrá lugar para el buen Buddy en tu programa espacial, muñeca?
- Basta, Bud -
dice serenamente Dave -. No quiero que se emplee de ese modo el nombre del
Creador - la barba espesa y castaña trasunta una gravedad patriarcal. Dave
tiene cuarenta y seis años, una década más que Bud y Lorimer. Veterano de seis
misiones exitosas.
- Mil perdones,
mayor Dave, viejo camarada - Bud se vuelve a la muchacha con una risa cómplice
-. Nuestro locomandante. Un tipo estupendo. ¡Eh, Doc! - llama -. ¿Cómo está tu
posición? ¿Todo al pelo?
- Salud - se
oye responder a Lorimer, y el complejo estrato de sus sentimientos por Bud
emerge como un kraken en el claro de luna de su mente. Los callados
sentimientos inmersos que le despiertan todos ellos, todos los Buds y Daves y
los grandes, indómitos, joviales, capaces, disciplinados, tontos mesomorfos que
han sido parte de su vida. Meso-ectos, se corrige. Los astronautas no son
atletas sin cerebro. Simpatizan con él, ha tenido cuidado con eso. Simpatizaron
lo suficiente para embarcarlo en el Pájaro del Sol, para designarlo científico
oficial de la primera misión circunsolar. Ese doctor Lorimer, el parco, está en
el equipo. Lorimer sabe comportarse, no como esos otros científicos imbéciles.
Hace lo suyo, con ese cuerpo pulcro y menudo y esas frases directas. Y los años
de levantarse para el bowling, el vóleibol, el tenis, el tiro al blanco, el
esquí que le quebró el tobillo, el fútbol que le quebró la clavícula. Cuidado
con el doctor, se las trae. Y los veteranos que le palmean la espalda en señal
de aceptación. El científico mascota. Doc, para ellos. Sólo que ya no es un
científico. La fama creada con su trabajo posdoctoral sobre el plasma, un
acierto afortunado. Pero hace años que no estudia en serio, que no se
actualiza. Demasiados intereses dispersos, demasiado tiempo para explicar
nociones elementales. Casi un gimnasta, piensa. Treinta centímetros y treinta
kilos más, y sería igual que ellos. Uno de ellos. Un alfa. Probablemente ellos
lo palpan por debajo, su rencor beta. ¿Ya no había mucho ánimo para bromas en
el Pájaro del Sol, después de un año de viaje? Un año de Bud y Dave jugando al
gin rummy. Los malditos ejercicios de pedaleo, demasiado pesados para mí. Pero
no es culpa de ellos, formábamos un equipo.
Un pantallazo
de la memoria le muestra los tejanos entreabiertos, los genitales al aire, las
caras burlonas que esperan su salida. Los aullidos, las gotas en la pierna.
Actuar con parquedad, fingir que él también reía. Cabezas huecas, ya verán. No
soy una muchacha.
- ¡Y Feliz Año
Nuevo para todos los que estáis allá abajo! - salmodia la voz ronca de Bud,
parodia del gangoso tono de la NASA -. ¡Eh! ¿Por qué no les enviamos una señal?
Saludos a todos los terráqueos. A todos los lunáticos, mejor dicho. Feliz Año
No-Sé-Cuánto. - moquea con gracia -. Aquí está Santa Claus, Houston. Nunca se
ha visto nada igual. Houston, dondequiera estés - canturrea -. ¡Eh, Houston! ¿Me recibes?
En el silencio
Lorimer advierte que la cara de Dave se transforma en el rostro autoritario del
mayor Norman Davis.
Y sin previo
aviso está de vuelta allí, de vuelta un año atrás en el percudido y estrecho
módulo de comando del Pájaro del Sol, saliendo de detrás del Sol. Es la droga,
piensa acuciado por el recuerdo, es tan real. Basta. Trata de aferrarse a la
realidad, de tantear el problema que crece por debajo.
Pero no puede,
está allí, flotando detrás de Dave y Bud en el asiento triple, y como de
costumbre elude su puesto oficial en el medio, viendo sus reflejos contra la
negrura en la ventana inutilizada de la compuerta. La capa exterior está
fundida, y apenas se distingue un borrón brillante que tiene que ser Spica
flotando a través de la imagen de la cabeza de Dave, que le da al vendaje el
aspecto de una corona.
- Houston,
Houston, Pájaro del Sol - repite Dave -. Pájaro del Sol llamando a Houston, ¿me
recibe? Adelante, Houston.
Los minutos
pasan. Calculan siete de ida, siete de vuelta. Ciento diez millones de
kilómetros, un amplio margen.
- La antena de
la radio está averiada - dice Bud jocoso. Lo dice casi todos los días.
- Es inútil -
la voz de Dave es paciente, también como de costumbre -. Era de esperar.
Todavía hay demasiada interferencia del Sol, ¿no es así, doctor?
- La radiación
residual de la explosión está casi en línea con nosotros - dice Lorimer -. Tal
vez les cueste localizarnos - por milésima vez percibe su débil y absurda
gratificación por ser consultado.
- Caray, no
pasamos Mercurio - Bud menea la cabeza -. ¿Cómo averiguaremos quién ha ganado
el campeonato?
Eso también lo
dice a menudo. Todo un ritual en esta noche eterna. Lorimer observa el
resplandor de Spica bogar junto al reflejo de la pelambre que cubre la cara de
Bud. El mismo tiene patillas ralas y desgreñadas, como un Fu Manchú rubio. En
el rincón de popa de la ventana hay un fulgor estriado que debe venir de los
restos de los acumuladores de energía laterales, calcinados en la explosión
solar que hace un mes los alcanzó y fundió las capas exteriores de las
ventanas. Fue entonces cuando Dave se partió la cabeza contra un panel. Lorimer
chocó contra el medidor de ondas gravitatorias, todavía no confía en las
lecturas. Por suerte el bombardeo de partículas no afectó un sector de la
ventana frontal, todavía tienen unos veinte grados de visión clara delante.
Allí se ve la brillante telaraña de las Pléyades disuelta en una nube de luz.
Doce minutos... Trece. El altavoz suspira y cloquea, callado. Catorce.
Nada.
- Pájaro del
Sol a Houston. Pájaro del Sol a Houston. Adelante, Houston. Cambio - Dave
vuelve a colgar el micrófono -. Démosles veinticuatro minutos.
La espera es
ritual. Mañana Packard responderá, tal vez.
- Es bueno ver
de nuevo la vieja Tierra - observa Bud.
- No usaremos
más combustible en posición - le recuerda Dave -. Confío en las cifras de Doc.
No son mis
cifras, son hechos elementales de mecánica celeste, piensa Lorimer. En octubre
la Tierra puede estar en un solo lugar. Nunca lo dice. No al menos, a un hombre
capaz de volar intuitivamente de cualquier cuerpo a otro una vez que sabe dónde
está. Bud es buen piloto y mejor ingeniero; Dave es el mejor que hay, pero
nunca alardea: «El Señor nos ayuda, Doc, si nos dejamos ayudar».
- El descenso
será endiablado con el radar estropeado - dice ociosamente Bud; lo piensa por
centésima vez. Será endiablado. Dave lo hará. Por eso está ahorrando combustible.
Los minutos
pasan.
- Ya está -
dice Dave, y una voz desconcertante inunda la cabina.
- ¿Judy? - es
alta y clara. Una voz de muchacha.
- Judy, me
alegra tanto recibirte. ¿Qué haces en esta banda?
Bud resopla.
Hay un instante de incertidumbre antes que Dave empuñe el micrófono.
- Pájaro del
Sol, les recibimos. Esta es Misión Pájaro del Sol, que llama a Houston...
Pájaro del Sol Uno llamando a Control de Tierra de Houston. Identifíquese,
¿quién es?
- ¿Recibe
nuestra señal? Cambio.
- Estamos
ligados - dice Bud -. Alguna increíble interferencia.
- ¿Te pasa
algo, Judy? - pregunta la voz de muchacha -. No te oigo, hay ruido en la línea.
Espera un minuto.
- Esta es la
Misión Espacial Pájaro del Sol Uno de los Estados Unidos - repite Dave -.
Misión Pájaro del Sol llamando al Centro Espacial de Houston. Está ocupando
nuestro canal. Identifíquese, repito, identifíquese y diga si puede
retransmitir a Houston. Cambio.
- Al pelo,
Judy. Intenta de nuevo - dice la muchacha.
Lorimer se
desplaza bruscamente hacia el acumulador de densidad de partículas de largo
alcance, un aparato experimental, y activa el motor. El aparato gime y cimbra;
por suerte estaba retraído durante la tormenta solar y se salvó de quedar
soldado.
Sintoniza la
sonda al máximo e inicia una tosca detección manual.
- Está
interceptando tráfico oficial entre una misión espacial y el Control de Houston
- dice Dave, tenso -. Si no puede retransmitir a Houston corte la comunicación,
está cometiendo un delito federal. Repito, ¿puede retransmitir nuestra señal al
Centro Espacial de Houston? Cambio.
- Todavía se
oye muy mal - dice la muchacha -. ¿Qué es Houston? Y además, ¿quién habla? No
tenemos demasiado tiempo... - la voz es dulce pero muy nasal.
- Jesús, ahí la
tienes - dice Bud -. Ahí la tienes.
- Déjame ver -
Dave se vuelve hacia la improvisada pantalla del radar de Lorimer.
- Allí -
Lorimer señala un diminuto pico estable en el borde de la pantalla, en el
sector transcoronal. Bud se inclina también.
- ¡Un intruso!
- Tenemos
compañía.
- ¿Hola, hola?
Ya los tenemos - dice la muchacha -. ¿Por qué se oye tan lejos? ¿Estáis al
pelo? ¿Habéis captado la explosión?
- Un segundo -
advierte Dave -. ¿Cuál es la posición, Doc?
- Más de
trescientos mil kilómetros, aproximadamente. Es posible que se estén alejando
de nosotros para rodear el Sol. ¿Podrían ser cosmonautas, una misión soviética?
- Para ganamos
de mano. No han tenido suerte.
- ¿Con una
muchacha? - objeta Bud.
- Ya lo han
hecho. ¿Estás grabando esto, Bud?
- Afirmativo -
sonríe Bud -. Pero eso no sonaba como una rusa. ¿Quién diablos es Judy?
Dave piensa un
segundo, enciende el micrófono.
- Habla el
mayor Norman Davis, al mando de la nave espacial Pájaro del Sol Uno de los
Estados Unidos. Les tenemos en pantalla. Requerimos identificación. Repito,
¿quiénes sois vosotros? Cambio.
- Judy, basta
de bromas - protesta la voz -. Te perderemos en un minuto. ¿No entiendes que
nos tenías preocupadas?
- Pájaro del
Sol a nave no identificada. No habla Judy. Repito, no habla Judy. ¿Quién es
usted? Cambio.
- ¿Qué...? -
dice la muchacha y otra voz la interrumpe.
- Espera un
minuto, Ann - el altavoz chilla, y luego otra mujer dice -: Habla Lorna
Bethune, del Escondita. ¿Qué ocurre aquí?
- Habla el
mayor Davis al mando de la Misión Pájaro del Sol de los Estados Unidos en curso
hacia la Tierra. No reconocemos ninguna nave Escondita. Identifíquense, por favor. Cambio.
- Acabo de
hacerlo - es una voz más vieja con el mismo arrastre nasal -. No hay ninguna
nave espacial Pájaro del Sol y no estáis en curso hacia la Tierra. Si es una
broma no es nada graciosa.
- ¡No es una
broma, señora! - estalla Dave -. Esta es una misión circunsolar norteamericana
y somos astronautas norteamericanos. Su interferencia nos molesta. Fuera.
La mujer
empieza a hablar y un chillido de estática le ahoga la voz. Al poco tiempo se
oyen dos voces. Lorimer cree oír las palabras «Programa Pájaro del Sol» y algo
más. Bud manipula el silenciador. La interferencia muere en un ronroneo.
- ¿Mayor Davis?
- la voz es más débil -. ¿Dijo usted que se dirige a la Tierra?
Dave frunce el
ceño y responde, seco:
- Afirmativo.
- Bien, no
entendemos su órbita. Deben de tener características de vuelo bastante
inusuales. Nuestros datos indican que no llegarán a ninguna parte con el curso
actual. Perderemos la señal en uno o dos minutos más. ¿Podría decir dónde ve
ahora la Tierra? No importa las coordenadas, sólo dígame la constelación.
Dave titubea y
luego alza el micrófono.
- Doc.
- La posición
de la Tierra está en Piscis - dice Lorimer -. Aproximadamente a tres grados de
P. Gamma.
- No - dice la
mujer -. ¿No ve que está en Virgo? ¿No puede mirar afuera?
Lorimer se
vuelve hacia el borrón brillante de la ventana.
- Hemos sufrido
averías...
- Espera - exclama Dave.
- ...en una
ventana durante una perturbación que nos sorprendió en el perihelio.
Naturalmente conocemos la dirección relativa de la Tierra hoy, diecinueve de
octubre.
- ¿Octubre?
Estamos en marzo - dice Bud al sintonizar; todos se inclinan ante el altavoz
desde ángulos diferentes. Lorimer está cabeza abajo, los ruidos gimen y chocan
como rompientes, la nave desconocida está muy cerca del horizonte coronal.
- ...detrás de
ustedes - se oyen más aullidos - ...banda. Traten..., nave... si pueden, su
señal - y no perciben nada más.
Lorimer
retrocede, mira la chispa en la ventana. Tiene que ser Spica. Pero es alargada,
como si hubiera otra fuente de emisión al lado. Imposible. Una excitación le
bulle dentro, las voces de las mujeres le retumban en la cabeza.
- Pasa la cinta
- dice Dave -. A Houston le interesará muchísimo oír esto.
Escuchan de
nuevo a la muchacha que llama a Judy, a la mujer que dice ser Lorna Bethune.
Bud alza un dedo.
- Allí hay una
voz de hombre.
Lorimer presta
atención a las palabras que creyó oír antes. La cinta termina.
- Espera a que
Packard reciba esto - Dave se frota los brazos -. ¿Recuerdas lo que le
endilgaron a Howie? Y que alegaron que ellos lo habían rescatado...
- Parece que
nos quieren en su frecuencia - sonríe Bud -. Deben de pensar que estamos
m-u-u-u-y lejos. Eh, creo que esa otra cápsula aparecerá de nuevo. Seremos una
multitud aquí fuera.
- Si aparece -
dice Dave -. Deja el alerta encendido, Bud. Las baterías se encargarán.
Lorimer observa
la chispa de Spica, o Spica-más-algo, y se pregunta si alguna vez entenderá. La
aceptación casual de una trampa o señuelo en esta increíble soledad. Bueno, si
esos intrusos son del mismo molde, tal vez lo sea.
- Escondita es
un nombre raro para una misión soviética - dice en voz alta -. Creo que
significa «oculta» en español.
- Ajá - dice
Bud -. Eh, yo les conozco el acento. Es australiano. En Hickam salimos con unas
australianas. ¿No será que Woomara está enviando alguna misión combinada?
Dave sacude la
cabeza.
- No tienen
medios.
Lorimer
interviene con tono reflexivo:
- Nos topamos
con algún fenómeno realmente extraño, Dave. Empiezo a desear que realmente
pudiéramos echar una ojeada.
- ¿Has metido
la pata, Doc?
- No. La Tierra
está donde dice, si es octubre. En marzo estará en Virgo.
- Entonces no
hay más que hablar - sonríe Dave, y se levanta del asiento -. ¿Has dormido
cinco meses, Rip Van Winkle? Hay tiempo para una mano antes de la gimnasia.
- Lo que me
gustaría saber es qué facha tiene esa hembra - dice Bud cuando cierra el
receptor -. ¿Le ayudo a ponerse el traje espacial, señoritas Eh, señorita,
métase esto, ¡psst-psst-psst! ¿Vas a escuchar, Doc?
- Exacto -
Lorimer está desplegando los mapas. Los otros pasan a la pequeña sala de
recreación de popa por el túnel, sin hacer más comentarios sobre la presencia
de la nave desconocida. Lorimer está más impresionado de lo que querría
admitir. Fue esa maldita frase.
El tedioso
período de ejercicios llega y pasa. Hora de almorzar: dan a los conteiners un
calor mínimo para preservar las baterías. De nuevo pollo. Bud lo condimenta con
ketchup y rompe el silencio habitual contando una anécdota graciosa sobre una
muchacha australiana, haciendo una laboriosa autocensura para ajustarse a las
tácitas normas de conversación del Pájaro del Sol. Después del almuerzo Dave
vuelve al módulo de comando. Bud y Lorimer continúan con la tarea habitual de
revisar trajes y equipo para salir al espacio a examinar las averías cuando
baje la radiación. Ya están terminando cuando Dave los llama. Lorimer sale del
túnel y oye una estridente voz de muchacha:
- ...viaje al
pelo. ¿Qué dijo Lorna? Aquí Gloria. Cambio.
Enciende el
acumulador y se pone a rastrear. Esta vez no obtiene resultados.
- O están en
línea detrás de nosotros, o en el cuadrante solar - informa al fin -. No puedo
aislarlas.
Poco después
otro hilillo de sonido brota del altavoz.
- Podría ser su
control de tierra - dice Dave -. ¿Cómo está el horizonte, Doc?
- Cinco horas.
Siberia noroeste, Japón, Australia.
- Os decía que
la antena no va bien - Bud alimenta cautelosamente el motor de la antena -.
Despacio, despacio. La estructura está torcida, eso es.
- No la partas
- dice Dave, sabiendo que Bud no lo hará.
El chillido se
extingue, vuelve.
- Eh, esto nos
puede servir - dice Bud -. Podemos sintonizarlas.
Una dura
soprano dice de pronto:
- Tendrían que
estar fuera de vuestra órbita. Intentad en Beta Aries.
- Otra hembra.
Ya tenemos la posición - dice alegremente Bud -. Tenemos la posición, creo que
nuestros problemas han terminado. Ese artefacto estaba torcido ciento cuarenta
y cinco grados. ¡Hurra!
Oyen otra vez a
la primera muchacha.
- ¡Los vemos,
Margo! ¡Pero es tan pequeña...! ¿Cómo vivirán ahí dentro? Tal vez sean
criaturas diminutas.
Cambio.
- Esa es Judy -
ríe Bud -. Dave, es un disparate, hablan todo en inglés. Tiene que ser alguna
misión de la ONU.
Dave se masajea
los codos y hace flexiones de puños mientras piensa. Esperan. Lorimer cavila
sobre esos ciento cuarenta y cinco grados desde Gamma Piscium...
En trece
minutos la voz de la Tierra dice:
- Judy, llama a
las demás, por favor. Vamos a pasar la conversación, creo que todas deberíais
oírla. Dos minutos. Oh, mientras esperamos, Zebra quiere decirle a Connie que
el bebé está bien. Y tenemos una vaca nueva.
- Código - dice Dave.
Pasan la
grabación. Los tres hombres vuelven a escuchar a Dave cuando llama a Houston
entre descargas de ruidos solares. La transmisión se aclara rápidamente y se
interrumpe cuando la mujer dice que otra nave, el Gloria, está detrás de ellos,
más cerca del Sol.
- Hemos
consultado textos de historia - continúa la voz de la Tierra -. Hubo un mayor
Norman Davis en el primer vuelo Pájaro del Sol. Mayor era un título militar.
¿Oísteis lo de «Doc»? Sin duda se referían al doctor Orren Lorimer, el
científico de a bordo. El tercer miembro era el capitán (otro título) Bernhard
Geirr. Los tres, todos varones, por supuesto. Creemos que tenían un motor de
reacción primitivo y no demasiado carburante. Lo cierto es que el primer Pájaro
del Sol se perdió en el espacio. Nunca pudieron volver de detrás del Sol. Fue
en la época en que empezaron los grandes estallidos. Jan piensa que debieron
pasar cerca de alguno. Uno de ellos comentó que tenían averías.
Dave gruñe.
Lorimer trata de reprimir la excitación que le chisporrotea en las entrañas.
- O son quienes
dicen ser, o bien son fantasmas. Pero podrían ser criaturas extrañas que fingen
ser humanos. Jan dice que los desgarrones de esas superllamaradas pueden
afectar la dimensión de tiempo local. ¿Qué habéis observado allí? Me refiero a
los detalles...
Dimensión de
tiempo... Nunca volvieron... La mente de Lorimer se ancla a la realidad de las
dos cabezas barbadas e inmóviles, rehúsa admitir la veracidad de las palabras
que él creyó oír: Antes del año dos mil. La lengua, piensa. La lengua debe de
haber cambiado. Se siente mejor.
- ¿Margo? -
dice una voz profunda de barítono, y en el Pájaro del Sol todos abren los ojos.
- ...como esa
grande, hace cincuenta años - el hombre tiene el mismo acento -. Tuvimos suerte
de veras al estar allí cuando estalló. Lo más interesante es que confirmamos la
turbulencia gravitacional. Periódica, pero no ondulatoria. Es violenta, nos
vapuleó un poco. El espacio sufre tensiones monstruosas allí. Creemos que la
teoría de Francia de que nuestro sistema está atravesando un racimo de
microagujeros negros es atinada. Mientras no nos absorba ninguno...
- ¿Francia? -
masculla Bud, Dave lo mira con aire de especulación.
- Cuesta
imaginar un desplazamiento en el tiempo. Pero aquí están, sean los que fueren,
a más de ochocientos kas de nosotros, rumbo a Aldebarán. Como dijo Lorna, si
tratan de llegar a la Tierra están en aprietos, a menos que tengan energía
gravitatoria de sobra. ¿Intentamos comunicarnos con ellos? Cambio. Ah, me
alegro por la vaca. De nuevo, cambio.
- Agujeros
negros - silba Bud -. Eso es para ti, Doc. ¿Hemos estado en algún agujero
negro?
- No, o no
estaríamos aquí - si es que estamos aquí, añade Lorimer para sí mismo; un
racimo de microagujeros negros... ¿Qué ocurre cuando fragmentos de materia
totalmente consumida se acercan o chocan, digamos, en la fotoesfera de una
estrella? ¿Colapso temporal? Olvídalo. Y en voz alta
dice -: Quizá nos digan algo, Dave.
Dave calla. Los
minutos pasan. Finalmente vuelve la voz de la Tierra. Dice que tratará de
establecer contacto con los intrusos en su frecuencia original. Bud mira de
soslayo a Dave, ajusta el selector.
- Llamada a
Pájaro del Sol Uno - dice la muchacha con su voz nasal -. Central Luna llama al
mayor Norman Davis de Pájaro del Sol Uno. Hemos captado su conversación con
nuestra nave Escondita. Nos intriga saber quiénes sois y cómo habéis llegado allí.
Si de veras es el Pájaro Uno creemos que han debido saltar en el tiempo al
pasar por la llamarada solar - la pronunciación es abierta -. Nuestra nave
Gloria está cerca de vosotros, los tiene en el radar. Pensamos que tienen un
serio problema de curso, pues le dijeron a Lorna que se dirigían a la Tierra y
creen que están en octubre con la Tierra en Piscis. No estamos en octubre, es
el quince de marzo, veintidós horas. Repito, la fecha de la Tierra es quince de
marzo. Tendrían que ver la Tierra muy cerca de Spica en Virgo. Habéis dicho que
la ventana está averiada. ¿No podéis salir a mirar? Pensamos que deberían hacer
una corrección de curso muy seria. ¿Tenéis carburante suficiente? ¿Tenéis
computadora? ¿Aire, agua, alimentos en cantidad? ¿Podemos ayudaros? Escuchamos
en esta frecuencia. Luna a Pájaro Uno, adelante.
En el Pájaro
del Sol nadie se mueve. Lorimer lucha contra las erupciones internas. Nunca
volvieron. Saltar en el tiempo. El quiste de recuerdos que se ha educado para
suprimir se abulta en el prolongado silencio.
- ¿No vas a
responder?
- No seas
estúpido - dice Dave.
- Dave. Ciento
cuarenta y cinco grados es la diferencia entre Gamma Piscium y Spica. Esa
transmisión viene de donde ellos dicen que está la Tierra.
- Te
equivocaste.
- No me
equivoqué. Tiene que ser marzo.
Dave parpadea
como si le fastidiara una mosca.
En quince
minutos la voz de la Luna repite todo lo anterior, y concluye con un «Por
favor, adelante».
- No es una
grabación - Bud desenvuelve una goma de mascar y suma el ruido plástico al
zumbido muelle del giróscopo. Lorimer, con la carne de gallina, observa el
resplandor ambiguo de Spica. ¿Spica-más-Tierra? La incredulidad se adueña de
él, lo acuna en una compleja sensación compuesta de rostros, voces, el siseo
del tocino que se fríe, el rechinar de la silla de ruedas de su padre, la tiza
en una pizarra iluminada por el sol, las piernas desnudas de Ginny en el diván
floreado, Jenny y Penny acercándose peligrosamente a la cortadora de césped.
Las muchachas ya estarán más altas, Jenny tenía casi la estatura de la madre.
Su padre vive con Amy en Denver, decidido a durar hasta que el hijo vuelva a
casa. Cuando vuelva a casa. Es una locura, Dave tiene razón. Es un truco, un
truco endemoniado. La lengua.
Otros quince
minutos. La monótona voz femenina vuelve y repite todo con más énfasis. Dave
arruga el ceño, como si escuchara un pésimo programa deportivo. Lorimer piensa
que bien podría cortar la comunicación y proponer una partida de gin rummy.
Ojalá lo hiciera. La voz anuncia que ahora cambiará de frecuencia.
Bud vuelve a
sintonizar mientras masca con aire sereno.
Esta vez la voz
trastabilla en un par de frases. Suena cansada.
Otra espera.
Una hora. La mente de Lorimer sólo percibe el acoso del punto brillante de
Spica. Bud tararea una tonada de Yellow Ribbons, vuelve a callar.
- Dave - dice
al fin Lorimer -. Nuestra antena está apuntando directamente a Spica. No me
importa si piensas que me equivoqué. Si la Tierra está allá tenemos que cambiar
de rumbo inmediatamente. Mira, puedes verla. Sería una fuente luminosa doble.
Tenemos que cercioramos.
Dave calla. Bud
calla pero ojea furtivamente la ventana, el panel de instrumentos, y de nuevo
la ventana. En la esquina del panel hay una instantánea de su esposa, Patty,
una pelirroja alta, chillona, opulenta. Lorimer tiene ocasionales fantasías con
ella. Voz aniñada, sin embargo. Y tan alta... Algunos hombres bajos prefieren
mujeres altas, a Lorimer le parece indigno. Ginny es una pulgada menor que él.
Sus hijas serán más altas. Y Ginny insistió en iniciar un embarazo antes que él
se fuera, aunque él estuviera fuera del radio de comunicación. Quizás. Quizás
un varón, un niño... Basta, piensa en otra cosa. Bud...
¿Bud ama a Patty?
Quién sabe. El
ama a Ginny. Cientos de millones de kilómetros...
- ¿Judy? - dice
Central Luna o quienquiera fuere -. No responden. ¿Quieres intentar tú? Pero
escucha, hemos estado pensando. Si esta gente realmente viene del pasado esto
ha de ser para ellos bastante traumático. Quizás acaban de caer en la cuenta de
que jamás verán su mundo de nuevo. Myda dice que esos hombres tenían niños y
mujeres con los que convivían, los extrañarán muchísimo... Esto es excitante
para nosotras pero para ellos puede ser terrible. Quizás están demasiado
apabullados para responder. Tal vez están asustados, y piensan que somos
alienígenos o alucinaciones. ¿Entiendes?
- Da, Margo -
dice la otra muchacha cinco segundos más tarde -. Nosotras también lo hemos
pensado así. Al pelo. ¿Pájaro del Sol? Mayor Davis de Pájaro del Sol, ¿me oye?
Habla Judy Paris de la nave Gloria, estamos a sólo un millón de kas de
vosotros, les tenemos en pantalla - la voz suena joven y excitada -. Central
Luna ha intentado comunicarse con vosotros. Creemos que estáis en apuros y
queremos ayudaros. Por favor no os asustéis, somos gente como vosotros. Creemos
que no estáis siguiendo el curso correcto hacia la Tierra. ¿Tenéis problemas?
¿Podemos ayudaros? ¿Podréis recibir algún otro tipo de señal, si vuestra radio
está apagada? ¿Sabéis Morse Antiguo? Pronto saldréis de nuestra pantalla,
estamos de veras preocupadas. Por favor, responded de algún modo si es posible.
Adelante, Pájaro del sol.
Dave sigue
impasible. Bud lo mira de soslayo a él, a la ventana, observa el altavoz de
manera estólida. A Lorimer se le ha agotado el asombro, sólo quiere responder a
las voces. Podría emitir una señal tosca heterodinizando el haz de sondeo. Pero
después... con ambos contra él, ¿qué...
La voz de la
muchacha intenta de nuevo, con determinación.
- Margo, es
inútil - dice al fin -. ¿Estarán muertos? Creo que son criaturas extrañas.
¿Acaso no?,
piensa Lorimer. La estación lunar responde con una voz diferente, más vieja.
- Judy, habla
Myda. He pensado otra cosa. Esta gente tenía un código de autoridad muy rígido.
Recordarás tus estudios de historia..., daban órdenes para todo. Acuérdate cómo
el mayor Davis repitió que estaba al mando. Es lo que se llama una estructura
de dominación-sumisión; uno de ellos impartía órdenes y los otros obedecían, no
sabemos por qué. Tal vez tenían miedo. Lo cierto es que si el dominante sufre
un shock o tiene pánico, los otros quizá no pueden responder... A menos que el
tal Davis lo consienta.
Jesucristo.
Jesucristo en colores, piensa Lorimer; la expresión de su padre para lo
inexpresable. Dave y Bud siguen impávidos.
- Qué extraño -
dice la voz de Judy -. ¿Pero será que no saben que están siguiendo un curso
erróneo? ¿El dominante habrá podido obligar a los otros a volar fuera del
sistema? ¿En serio?
Ha ocurrido,
piensa Lorimer. Ha ocurrido. Tengo que parar esto. Tengo que actuar pronto,
antes que nos pierdan. Visiones desesperadas de él desafiando a Dave y Bud, que
le amenazan. Primero la persuasión.
Justo cuando
abre la boca ve que Bud se mueve ligeramente, y con infinita gratitud le oye
decir:
- Dave, ¿qué
tal si nos cercioramos? Un buen eructo no nos hará daño.
Dave vuelve la
cabeza apenas.
- ¿O salgo a
mirar, como dijo la muchacha? - concluye amable la voz de Bud.
- De acuerdo -
dice Dave tras una pausa prolongada -. Cambio de posición - mueve pesadamente
el brazo, teclea meticulosamente los valores del vector que pondrá a Spica en
línea con la ventana funcional.
Por qué cuernos
no se me habrá ocurrido seguir el procedimiento familiar de verificación, se
pregunta Lorimer por milésima vez. No respondas... Y también Por milésima vez
se siente oscuramente conmovido por la entereza de esa gente. Los auténticos,
los alfa. El vínculo entre ellos. El temor que él había sentido al principio
por los atletas ridículos del equipo de fútbol de la escuela.
- Fuego, Dave.
Siempre que todo esté en orden...
Dave quita el
seguro del encendido, pone la computadora en hora real. El casco se estremece.
En la cabina todo flota hacia un costado mientras el punto brillante de Spica
nada hacia el flanco opuesto y aparece en la ventana frontal cuando estallan
los retropopulsores. Cuando la estrella trepa al vidrio claro, Lorimer puede
ver con nitidez a su compañera. La luz doble se fija allí. Un buen trabajo. Le
alcanza el telescopio a Bud.
- La de la
izquierda.
Bud mira.
- Allí está, en
efecto. ¡Eh, Dave! ¡Mira eso!
Pone el
telescopio en la mano de Dave. Y Dave lo levanta lentamente y mira. Lorimer
puede oír cómo respira.
De golpe Dave
empuña el micrófono.
- ¡Houston! -
dice ásperamente -. Pájaro de Sol a Houston. Pájaro del Sol
llama a Houston. ¡Adelante, Houston!
En el silencio
el altavoz chilla «¡Han encendido los motores...! ¡Espera, están llamando!», y
calla.
En la cabina
del Pájaro del Sol nadie habla. Lorimer mira las estrellas gemelas adelante,
realidades imposibles que le dan vueltas a su alrededor mientras los minutos se
coagulan. La cara reflejada de Bud mira hacia abajo, ya sin sonreír. La barba
de Dave se mueve silenciosa. Está orando, comprende Lorimer; Dave es el único
de espíritu religioso de la tripulación. En las comidas de los domingos
pronuncia una oración digna y concisa. De pronto Lorimer siente una extrema
piedad por Dave: está tan profundamente ligado a su fama, sus cuatro hijos...
Siempre está pensando educarles, llevarlos a cazar, pescar, acampar. Y su
esposa, Doris, tan increíblemente activa y dulce, viajando con ellos, haciendo
cosas para la comunidad... La recuerda que llevaba a Penny y Jenny a la
escuela, cuando Ginny enfermó. Buena gente, la vértebra... No es posible,
piensa. La voz de Packard surgirá en un minuto más, ahora la antena está bien
orientada. Van seis minutos. Todo esto pasará. Antes del año dos mil...
Olvídalo, la lengua habría cambiado. Piensa en Doris. Ella tiene ese fulgor...
alimenta a sus cinco hombres. Las mujeres con hijos varones son diferentes.
Pero Ginny, pero su querida mujer, su esposa, sus hijas... ¿Abuelas, ahora?
¿Muertas, polvo? Deja de pensar en eso. Dave sigue orando. ¿Quién sabrá lo que
pasa dentro de esas cabezas? El grito de Dave... Doce minutos, ya tendrían que
responder. El segundero se habrá atascado, no, se mueve. Trece. Es una locura,
un sueño. Trece y... Catorce. El altavoz que sisea y cloquea. Quince minutos.
Un sueño... ¿O esas mujeres esperarán para que veamos? Dieciséis...
A los veinte
Dave mueve la mano, la detiene. Los segundos transcurren, el espacio cruje.
Treinta minutos.
- Llamando al
mayor Davis de Pájaro del Sol - es la mujer madura, una voz gentil -. Habla
Central Luna. Ahora somos el equipo de servicios y comunicaciones para vuelos
espaciales. Lamentamos informarles que ya no hay centro espacial en Houston. La
ciudad de Houston fue abandonada cuando la base se trasladó a White Sands hace
más de dos siglos.
Una luz fría y
polvorienta envuelve el cerebro de Lorimer y lo aísla. Así se quedará un largo
rato.
La mujer vuelve
a explicarles todo, y les ofrece ayuda. Pregunta si están lesionados. Un
discurso digno y bonito. Dave todavía está inmóvil, mirando la Tierra. Bud le
pone el micrófono en la mano.
- Diles, Dave.
Dave lo mira,
aspira profundamente, aprieta el botón.
- Pájaro del
Sol a Control Luna - dice con toda normalidad (es «Central» Luna, piensa
Lorimer) -. Recibido. Funciones vitales, negativo, no tenernos problemas.
Recibida sugerencia de cambio de curso, procedemos a reprogramar. Apreciamos
oferta de colaboración. Sugerimos transmitan datos de posición para que podamos
corregir rumbo. Ah, economizaremos transmisión hasta ver el estado de nuestros
acumuladores. Pájaro del Sol fuera.
Y así había
empezado.
La mente de
Lorimer flota hacia Lorimer flotando en el Gloria, casi un año, o trescientos
años, después. Observando y siendo observado por ellas. Todavía se siente
animado, satisfecho; el temor subterráneo no ha aflorado más. Pero hay tanto
silencio. Le parece no haber oído voces por mucho tiempo. ¿O no fue tanto? Tal
vez la droga influye en su percepción temporal, tal vez ha sido apenas un par
de minutos.
- Estaba
recordando - le dice a Connie con el deseo de que ella hable.
Ella asiente.
- Tienes tanto
que recordar. Oh, lo siento... No debí decirlo - los ojos irradian simpatía.
- No tiene
importancia - ahora todo es como un sueño, su mundo perdido y éste que sólo
ahora empieza a vislumbrar -. Debemos pareceres bestias muy extrañas.
- Estamos
tratando de entender - dice ella -. Así es la historia, aprendes los hechos
pero no sientes de veras cómo era la gente, cómo los vivía. Esperamos que nos
digáis.
La droga,
piensa Lorimer, eso es lo que están intentando. Decirles... ¿Qué? ¿Podría un
dinosaurio contar cómo era? Una serie de imágenes le fluye por la mente,
dominada por pantallazos del estacionamiento norte de Operaciones y el teléfono
de cocina amarillo de Ginny y esa enredadera enfermante... Mujeres y
enredaderas...
Una risotada lo
distrae. Viene de la cámara que llaman el gimnasio; Bud y el resto deben de
estar jugando a la pelota. Una idea brillante, en serio, piensa él: usar la
fuerza muscular, ejercicios constantes. Por eso están en tan buena forma. El
gimnasio es una rueda para ardillas, pero ampliada. Cuando uno trepa o pedalea
pared arriba, ésta gira y hace funcionar un engranaje que entre otras cosas
hace rotar el tambor-dormitorio. Un auténtico Woolagong... Bud y Dave
normalmente hacen los turnos juntos, e impulsan el gimnasio giratorio como
grandes simios pálidos. Lorimer prefiere el ritmo parsimonioso de las mujeres,
y el ciclo de aquí le viene de perlas. Generalmente hace turno con Connie, que
no habla mucho, y una de las Judys, que sí habla.
Pero en este
momento nadie habla. Con remota inquietud, Lorimer observa el gran cilindro de
la cabina, ve a Dave y a Lady Blue frente al ventanal delantero. Judy Dákar
está detrás, callada por una vez. Deben de estar mirando la Tierra. Desde hace
varias semanas es un hermoso disco en expansión. La barba de Dave se mueve,
está rezando otra vez. Se le ha convertido en hábito, pero no un hábito
ostentoso sino con una sinceridad tan obvia que Lorimer, un ateo recalcitrante,
no puede menos que simpatizar.
Las Judys han
preguntado a Dave qué susurra, por supuesto. Cuando Dave entendió que no tenían
noción de la oración y jamás habían visto una Biblia cristiana se hizo un
pesado silencio.
- Así que
habéis perdido la fe - dijo él, finalmente.
- Tenemos fe -
protestó Judy.
- ¿Puedo
preguntar en qué?
- En nosotras
mismas, naturalmente - dijo ella.
- Jovencita, si
fueras mi hija te calentaría las nalgas - dijo Dave, y no bromeaba. No se
volvió a tocar el tema.
Pero se recobró
muy bien después del espantoso shock inicial, piensa Lorimer. Un dios personal,
un modelo paterno, el hombre necesita eso. A Dave le da fuerzas y nosotros nos
apoyamos en él. Quizá los líderes tienen que creer. Dave se ha portado
magníficamente. Animoso, impávido, paciente al medir las posibilidades y
atinado al tomar decisiones sobre las inevitables discrepancias en las lecturas
de posición, de una manera imposible para Lorimer. Endiablado...
El recuerdo le
invade de nuevo. Está otra vez en el Pájaro del Sol, los ojos arenosos,
escuchando la cháchara de las mujeres, las calmadas respuestas de Dave. Dios,
cómo hablaban. Pero sus datos de computadora son correctos. Lorimer sufre,
además, por una manía de Dave: su rechazo a transmitirles la aceleración y
cantidad de combustible exactas. Sigue reservándose un margen, y hace que
Lorimer lo compute.
Pero los
márgenes no ayudan. Pronto se hace evidente que están en un gran aprieto. La
Tierra pasará muy lejos de ellos en la próxima órbita, no tienen la aceleración
para alcanzarla antes de cruzar su trayectoria. Pueden maniobrar de tal modo
que la velocidad disminuya y se crucen con la Tierra en la próxima vuelta, pero
eso les llevaría un año extra y para entonces no tendrían más provisiones. La
sórdida pregunta de si tienen las suficientes para que resista un hombre solo
se desliza en la mente de Lorimer. La descarta; ésa es para Dave.
Hay una última
posibilidad: Venus se acercará a la trayectoria de la nave en tres meses más, y
quizá puedan ganar velocidad aprovechando la atracción del planeta. Y se ponen
a trabajar en eso.
Entretanto la
Tierra se sigue alejando, y también el Gloria, cada vez más cerca del Sol. A
veces lo reciben en medio de la interferencia solar y luego lo vuelven a
perder. Ya conocen a la tripulación: el hombre es Andy Kay, la mujer madura es
Lady Blue Parks; parece que están a cargo de la navegación. Después están
Connie Morelos y las dos mellizas: Judy Paris y Judy Dákar, a cargo de las
comunicaciones. Las voces de la Luna son femeninas también. Margo y Azella. Los
hombres las oyen hablar con el Escondita, que se dirige a la cara oculta del
Sol. Dave insiste en monitorizar y grabar todo lo que reciben. En general son
repeticiones de sus comunicaciones con Central Luna y Gloria mezcladas con una
variedad de mensajes muy personales. Cuando se multiplican las referencias a
vacas, pollos y otros animales domésticos Dave renuncia de mala gana a su idea
de código. Bud cuenta un total de cinco voces masculinas.
- Buen negocio
- dice -. Cuando nos fuimos, eran más las chicas que conducían coches. O sea
que el espacio es seguro ahora, las hembras mandan. Que ellas se rompan el culo
aquí - ríe -. Cuando bajemos este pájaro, las estrellas podrán olvidarse del
buen Buddy, sí señor. Una bonita playa y bistecs, cerveza y todas esas muñecas.
Eh, seremos historia viva, podríamos cobrar entrada...
Dave adopta la
expresión que indica que se ha tocado un tema inapropiado. Para fastidio de
Lorimer, Dave desalienta toda especulación sobre lo que les espera en esta
Tierra futura. Restringe las transmisiones al problema inmediato. Cuando
Lorimer trata de persuadirlo de que al menos mencione su intriga por la falta
de alteraciones idiomáticas, Dave simplemente responde: «Más tarde». Lorimer
echa humo. Inconcebible. Estar tres siglos en el futuro y no poder aprender
nada.
Vislumbran unos
pocos hechos a partir de la charla de las mujeres. Hubo diez misiones Pájaro
del Sol después de ésta, nueve exitosas y una desaparecida. Y el Gloria y la
nave hermana realizan un vuelo largamente planeado hacia los dos planetas
interiores.
- Siempre vamos
en pareja - dice Judy -. Pero esos planetas no sirven para nada. Aun así, valía
la pena verlos.
- Por todos los
santos, Dave. Pregúntales cuántos planetas han visitado - suplica Lorimer.
- Más tarde.
Pero durante la
quinta comida, Central Luna de pronto les ofrece algo.
- En Tierra
están preparando una historia para ustedes, Pájaro del Sol - dice la voz de Margo
-. Sabemos que no quieren gastar energía con preguntas, así es que hemos
pensado enviarles por nuestra cuenta los aspectos principales - ríe -. Es más
difícil de lo que creíamos, aquí nadie se especializa en historia.
Lorimer
cabecea. El mismo se ha estado preguntando qué le podría decir a un hombre de
1690 que quisiera saber qué le pasó a Cromwell - ¿era la época de Cromwell? - y
que nunca hubiera oído hablar de la electricidad, los átomos o los Estados
Unidos.
- Veamos,
probablemente lo más importante es que no hay tanta gente como en la época de
ustedes. Somos apenas más de dos millones. Hubo una epidemia mundial poco
después que ustedes partieron. No mataba a la gente pero reducía la población.
Es decir, que no nacían niños en casi todo el mundo. Esterilidad. El país
llamado Australia fue el menos afectado - Bud levanta un dedo -. Y el norte de
Canadá no lo pasó tan mal. De modo que los sobrevivientes se reunieron en el
sur de los estados norteamericanos, donde podían cultivar alimentos y contaban
con las mejores comunicaciones y fábricas. Nadie vive en el resto del mundo,
pero a veces viajamos por ahí. Ah, tenemos cinco actividades principales.
¿Industria era la palabra? Alimentación, o sea granjas y pesca. Comunicaciones
y transporte, y espacio. Eso es todo... Y las fábricas necesarias. Creo que
vivimos mucho más simplemente que ustedes. Vemos las cosas de ustedes por todas
partes, con mucha gratitud. Oh, les interesará saber que usamos dirigibles como
en aquella época, tenemos seis grandes. Y nuestra quinta ocupación: los bebés.
¿Les ayuda en algo? Estoy usando un manual infantil que tenemos aquí.
Los hombres han
escuchado este discurso paralizados. Lorimer deja enfriar en la mano una bolsa
de alimentos. Bud se pone a mascar de nuevo y se atraganto.
- ¿Dos millones
de personas y vuelo espacial? - tose -. Es increíble.
Dave mira el
altavoz, reflexivo.
- Hay muchas
cosas que no nos dicen.
- Tengo que
preguntarles - dice Bud -. ¿De acuerdo?
Dave asiente.
- Con
prudencia.
- Gracias por
la lección, Luna - dice Bud -. La apreciamos de veras. Pero nos cuesta imaginar
cómo se mantiene un programa espacial con sólo un par de millones de personas.
¿Podrían informarnos un poco más sobre eso?
Durante la
pausa Lorimer trata de evaluar las cifras tambaleantes. De ocho billones a dos
millones... Europa, Asia, África, Sudamérica, la misma Norteamérica, borradas.
No había más bebés. Esterilidad mundial. ¿Por qué? La peste negra, las
hombrunas del Asia... En esos casos la población era diezmada, pero esto es
muchísimo peor. No, todo es lo mismo: incomprensible. Un mundo vacío, sembrado
de ruinas.
- ¿Pájaro del
Sol? - dice Margo -. Sí, debí haber pensado que ustedes querrían saber lo del
espacio. Bien, sólo tenemos los cuatro cruceros espaciales y un edificio.
Ustedes ya conocen dos. Luego están Indira y Pech, que ahora van rumbo a Marte.
Quizá la cúpula de Marte estaba desde esa época. Ustedes tenían al menos las
estaciones-satélite, ¿verdad? Y la vieja cúpula lunar, desde luego... Ahora
recuerdo, fue durante la epidemia. Trataron de fundar colonias para criar
niños, pero la epidemia llegó también allí. Se luchó duro. Les debemos mucho a
ustedes, de veras. A los hombres, quiero decir. La historia lo registra todo,
cómo elaboraron un programa mínimo y viable, y entrenaron a todos y los
salvaron de los chiflados. Fue una verdadera proeza. Oh, aquí está consignado
el nombre de uno de ustedes, Lorimer. Nos complace contribuir a que todo siga
en marcha, y creciendo, amamos los viajes. El hombre es un vagabundo, es uno de
nuestros lemas.
- ¿Oís lo que
yo oigo? - pregunta Bud con cómicos parpadeos.
Dave sigue
mirando fijo el altavoz.
- Ni una
palabra sobre el gobierno - dice lentamente -. Ni una palabra sobre las
condiciones económicas. Estamos hablando con un hato de mequetrefes.
- ¿Les
pregunto?
- Espera un
minuto... Sí, pregunta cómo se llaman el jefe de estado y el director del
programa espacial. Eh... No, es todo.
- ¿Presidente?
- repite Margo cuando Bud le interroga -. ¿Como reinas y reyes, quieren decir?
Un momento, aquí está Myda. Ella habló con la Tierra acerca de ustedes.
La mujer madura
que ocasionalmente oyen dice:
- ¿Pájaro del
Sol? Da, entendemos que ustedes tenían una actividad muy compleja, los
gobiernos. Con tan poca gente nosotros no poseemos ese tipo de estructura formal.
La gente de las diferentes actividades mantiene reuniones periódicas y nuestras
comunicaciones son buenas, todo el mundo se mantiene informado. La gente de
cada actividad se encarga de realizarla mientras está en ese puesto. Son
rotativos, ¿entienden? Casi siempre períodos de cinco años. Por ejemplo, Margo
estuvo en los dirigibles y yo estuve en varias fábricas y granjas, y por
supuesto en educación, como todo el mundo. Creo que en eso somos muy diferentes
de ustedes. Y desde luego todo el mundo trabaja. Y las coses son básicamente
mucho más estables, me parece. Los cambios son lentos. ¿Es satisfactoria la
respuesta? Desde luego pueden consultar con Registro, allí están al tanto de
todo. Pero no podemos... bueno, conducirlos a nuestro líder, si a eso se
refieren - ríe, un sonido alegre y genuino -. Debo aclarar que esa es una de
nuestras viejas bromas - y prosigue seriamente -. Es una suerte que hayamos
podido entendemos tan bien. Hacemos un gran esfuerzo para impedir que la lengua
se altere. Sería trágico perder contacto con el pasado.
Dave toma el
micrófono.
- Gracias,
Luna. Nos han dado algo en qué pensar. Pájaro de Sol, fuera.
- ¿Qué habrá de
cierto en todo eso, Doc? - Bud se frota la cabeza rizada -. Nos están vendiendo
una historia de ciencia-ficción.
- La verdadera
historia la sabremos después - dice Dave -. Primero tenemos que llegar allí.
- Ese punto es
bastante dudoso.
Al final de la
sesión es más dudoso aún. Ninguna trayectoria de Venus es favorable. Lorimer
vuelve a computar todos los datos. Los mismos resultados.
- Creo que no
hay ninguna solución, Dave - dice al fin -. Los parámetros son demasiado
adversos. No hay nada más que hacer.
Dave se masajea
los nudillos, pensativo. Luego cabecea.
- De acuerdo.
Seguiremos la secuencia óptima rumbo a la Tierra.
- Diles que
saluden si nos ven pasar - dice Bud.
Guardan
silencio. Contemplan la perspectiva de una muerte segura de aquí a dieciocho
meses. Lorimer duda si podrá hacer otra pregunta, la peor. Está seguro de la
respuesta de Dave. ¿Qué decidirá él mismo? ¿Tendrá agallas?
- Hola, Pájaro
del Sol - irrumpe la voz de Gloria -. Escuchen, hemos hecho cálculos. Pensamos
que si usan todo el combustible disponible podrían acercarse a nuestra órbita
lo suficiente para que nos desviemos y los recojamos. Así se aprovecharían de
la gravedad solar. Tenemos bastante maniobrabilidad pero menos aceleración que
ustedes. Tienen trajes y especies de propulsores, ¿verdad? Es decir, ¿podrían
volar unos pocos kas?
Los tres
hombres se miran. Lorimer supone que él no era el único en especular sobre eso.
- Buena idea,
Gloria - dice Dave -. Veamos qué dice Luna.
- ¿Por qué? -
pregunta Judy -. Es cosa nuestra, no arriesgaríamos la nave. Sólo perderíamos
otro vistazo a Venus, qué importa... Tenemos agua y comida suficiente y si el
aire se enrarece un poco, sabremos soportarlo.
- Eh, las
chicas tienen razón - dice Bud.
Esperan.
- También lo
hemos considerado, Judy - dice la voz de Luna -. No estamos seguras de que
entiendas el riesgo. Eh, Pájaro del Sol, perdónenme. Judy, si logras
rescatarlos tendrás que pasar casi un año en la nave con tres varones de una
cultura muy diferente. Myda dice que tendrías que acordarte de la historia y es
un riesgo, pese a lo que opine Connie. Pájaro del Sol, lamento ser tan ruda.
Cambio.
Bud sonríe de
oreja a oreja, los demás también.
- Cavernícolas
- bromea -. Todas las niñas vuelven preñadas.
- Margo, son
seres humanos - protesta Judy -. No es sólo opinión de Connie, todas estamos de
acuerdo. Andy y Lady Blue dicen que sería muy interesante. Es decir, si
funciona. No podemos dejarlos ir sin intentarlo.
- Nosotros
pensamos lo mismo, desde luego - responde Luna -. Pero hay otro problema.
Podrían acarrear enfermedades. Pájaro del Sol, sé que habéis estado aislados
catorce meses, pero Murti dice que la gente de esa época era inmune a
organismos que hoy no existen. Tal vez algunos de los nuestros podrían
dañarlos, también. Todos podrían contraer una enfermedad mortal y la nave se
perdería.
- Lo hemos
pensado, Margo - dice Judy con impaciencia -. Mira, si se establece contacto
con ellos, alguien tiene que hacer la prueba, ¿verdad? Nosotras somos ideales.
Cuando lleguemos a casa lo sabréis. ¿Y cómo podríamos enfermarnos tan rápido
como para no alcanzar a poner al Gloria en una órbita estable donde nos recogeríais
más tarde?
Esperan.
- Eh, ¿y qué de
esa epidemia? - Bud se palmea la cabeza exageradamente -. No sé si me interesa
la carrera de marica liberado.
- Cállate la
boca - dice Dave.
- Chiflados -
dice otra voz de Luna - Pájaro del Sol, habla Murti, la encargada de sanidad.
Creo que lo más temible es el complejo gripe-meningitis, que tiene mutaciones
rápidas. ¿El doctor Lorimer tiene alguna sugerencia?
- Afirmativo,
lo pondré en contacto - dice Dave -. Pero en cuanto a su primera observación,
señora, quiero informarle que en el momento del lanzamiento la incidencia de
violaciones en las fuerzas espaciales de Estados Unidos era cero punto cero.
Garantizo la conducta de mi dotación siempre que vosotros podáis controlar la
vuestra. Aquí está el doctor Lorimer.
Pero Lorimer,
desde luego, no puede decirles nada útil. Comentan las vacunas contra la polio
que ellos han recibido, que afortunadamente usaban virus muertos, y varias
enfermedades infantiles que, al parecer, todavía tienen vigencia. El no
menciona la epidemia.
- Luna, lo
intentaremos - declara Judy -. Jamás nos lo perdonaríamos. Ahora determinemos
el curso antes que se alejen más.
De allí en más
no hay descanso en el Pájaro del Sol con la organización, la computación y los
cálculos sobre los datos de posibles intersecciones de trayectorias. Confirman
que la aceleración del Gloria, en efecto, es baja, aunque la nave es muy
maniobrable. El Pájaro del Sol tendrá que hacer casi todo el trayecto hasta la
cita por su cuenta, siempre que puedan contrarrestar el impulso hacia afuera.
La tensión se
rompe una vez durante la larga sesión, cuando Luna llama a Gloria para advertir
a Connie que se asegure de que la dotación femenina vista ropas apropiadas en
todo momento si los hombres suben a bordo.
- Nada de
trajes ceñidos, Connie, son demasiado provocativos - es la mujer madura, Myda.
Bud ríe -. Las ropas de dormir, quizás. Y cuando los hombres se quiten los
trajes, sólo Andy debería ayudarlos. Las demás que se alejen. Lo mismo para
todas las funciones corporales y el descanso. Esto es muy importante, Connie;
deberás tenerlo presente en todo el viaje de regreso. Hay muchos tabúes
complejos. Te mandaré una cinta de instrucciones por el blíper. ¿Funciona
vuestro receptor?
- Da, lo usamos
para el informe de Francia sobre los agujeros negros.
- Bueno. Dile a
Judy que esté alerta. Ahora escucha, Connie. Escucha atentamente. Dile a Andy
que tiene que leerlo todo. Repito, él tiene que leer cada palabra.
¿Comprendido?
- Ajá, al pelo
- responde Connie -. Entiendo, Myda. Lo hará.
- Creo que nos
vamos a perder la diversión, amigos - se lamenta Bud -. Mamá Myda nos ha dejado
sin postre.
Hasta Dave ríe.
Pero más tarde, cuando el chiflido modulado que es un texto entero gorgotea por
el altavoz, frunce de nuevo el ceño.
- Ahí va el
mensaje.
Se consignan
los últimos factores. El programa revisado gira y Luna les confirma.
- Tenemos una
posibilidad, Dave - informa Lorimer -. No es muy amplia pero al menos hay dos
opciones viables. Siempre que los propulsores principales estén intactos.
- Saldremos de
la nave para cerciorarnos.
Esa tarea es
agotadora. Descubren una distorsión en la caja deflectora de los motores
laterales y pasan cuatro horas sudando para rectificarla. Es apenas la tercera
vez que Lorimer sale al espacio abierto, pero se cansa demasiado pronto para
alcanzar a fascinarse.
- Ya no podemos
hacer más - jadea al fin Dave -. Tendremos que compensar psíquicamente.
- Tú puedes
hacerlo, Dave - dice Bud -. Eh, tengo que cambiar las radios de los trajes,
recuérdenmelo.
Psíquicamente...
Lorimer emerge a su identidad real, apresada en la enorme y bulliciosa cabina
del Gloria, frente al rostro vivo de Connie. Horas ha de haber pasado así...
¿Cuánto hará que sueña?
- Unos dos
minutos - sonríe Connie.
- Estaba
pensando en la primera vez que te ví.
- Oh, sí. Nunca
lo olvidaremos... Nunca.
El tampoco...
De nuevo se despeña en sus recuerdos. Las horas interminables después del
primer desvío, que impulsó al Pájaro tan bruscamente que todos tuvieron que
tomar unas píldoras para las náuseas. Y la voz entrecortada de Judy, que seguía
la operación:
- Oh, muy
bien... Cuatrocientos mil, magnífico, Pájaro del Sol. Casi tres, sin duda
llegarán a cien...
Dave el
magnífico ha triunfado.
La sonda de
Lorimer es inútil durante el desvío. Tienen que esperar a estabilizarse para la
aceleración final, antes de poder ver la extraña señal que florece y se borra
en la pantalla. Confían en estar convergiendo hacia un punto de intersección
teórico...
- Allá vamos.
La detonación
final transforma el desvío en un sacudón brutal mientras las estrellas giran
tras el vidrio. Las píldoras no sirven de nada y el combustible que alimenta
los propulsores de posición se atasca. Todos están vomitando antes de poder
bombear a mano el resto del carburante y frenar el impulso.
- Es todo,
Gloria. Venid a buscarnos. Enciende las luces, Bud. A preparar los trajes.
Combaten la
náusea mientras se someten a la laboriosa rutina en la cabina maloliente. De
pronto la voz de Judy canturrea:
- ¡Lo vemos,
Pájaro del Sol! ¡Vemos la luz! ¿Nos ve a nosotros?
- No hay tiempo
- dice Dave.
Pero es Bud,
quien a medio vestir, señala entusiasmado la ventana:
- Eh,
muchachos. Ahí...
Lorimer
observa, cree distinguir una chispa tenue entre las estrellas arremolinadas
antes de inclinarse a vomitar.
- Padre, te damos
gracias - murmura Dave -. Bueno, de prisa, Doc. El equipo.
El esfuerzo de
salir con las unidades de propulsión y un par de redes de carga de la nave que
rueda en el espacio anula todo lo demás. Lorimer sólo tiene tiempo de mirar
cuando ya flotan enlazados y estabilizados junto al propulsor manual de Dave.
El sol les
encandila a la izquierda. Pocos metros más abajo el Pájaro del Sol rueda vacío,
absurdamente pequeño. Adelante, infinitamente lejos, avanza un punto demasiado
desdibujado y amarillo para ser una estrella: el Gloria, en su tangente de
aproximación.
- ¿Puede
acercarse, Pájaro del Sol? - les dice Judy en los cascos -. No queremos frenar
más por las llamas del escape... Estamos avanzando recto, a cincuenta kas por
hora, estimativo.
- Comprendido.
Dame tu propulsor, Doc.
- Adiós, Pájaro
- dice Bud -. A toda marcha, Dave.
Lorimer
encuentra puerilmente cómodo esto de ser remolcado por el abismo sujeto a dos
expertos. Tiene plena confianza en Dave, jamás considera la posibilidad de que
yerren el rumbo y se pierdan en el espacio. ¿Lo desprecia Dave? Quién sabe.
¿Ese silencio obstinado será en parte desprecio por quienes sólo pueden
manipular símbolos y no tienen dominio sobre la materia...? Se concentra en
dominar el estómago.
Es un viaje
largo y oscuro. El Pájaro se reduce a una luz titilante que acelera poco a poco
en una espiral que finalmente lo hundirá en el Sol con tantos datos valiosos
que hace trescientos años son obsoletos. También con el paquete de fotos y
cartas que Lorimer se pusiera dos veces en el traje, y otras tantas se sacara.
De vez en cuando entrevé el Gloria, un borrón que se agiganta hasta ser una
maraña incomprensible de medialunas luminosas.
- Caray, es
grande - dice Bud -. Con razón no pueden acelerar, es cosa de una base volante.
Se haría trizas.
- Es un crucero
espacial. ¿Tienes las redes bien sujetas, Doc?
La voz de Judy
irrumpe de golpe en los cascos:
- ¡Les veo las
luces! ¿Pueden verme? ¿Les queda combustible para frenar?
- Afirmativo a
ambas, Gloria - dice Dave.
En ese momento
Lorimer se vuelve lentamente hacia adelante y ve - verá para siempre - la
extraña nave contra el campo estelar, y en el flanco oscuro las luces diminutas
que son mujeres en las estrellas, esperándoles. Tres..., no. Cuatro. Hay una
luz más lejos, que se mueve. Si eso es una cuerda debe tener más de un
kilómetro de longitud.
- ¡Hola, soy
Judy Dákar! - la voz está cerca -. ¡Oh, madre! ¡Sois enormes! ¿Estáis bien? ¿El
aire?
- Ningún
problema.
En realidad
hieden y están empapados. Demasiada adrenalina. Dave enciende de nuevo los
propulsores y de pronto ella se dilata y les sale al encuentro, una araña
plateada que cuelga del hilo. El traje parece elegante y flexible; brilla como
un espejo, y el equipo es muy pequeño, maravillas del futuro, piensa Lorimer.
Párrafo uno.
- ¡Lo habéis
logrado! Sujetaos de la cuerda. ¡Frenad!
- Habría que
decir algunas palabras históricas - murmura Bud -. Si nos deja.
- Hola Judy -
dice Dave, sereno -. Gracias por venir.
- ¡Contacto! -
aúlla Judy -. ¡Adelante, Andy! Frenad, frenad... ¡Allá atrás está el escape!
Y los aferran
con fuerza, los desvían en arco hacia la nave. Dave agota el resto del
combustible. La cuerda se distiende.
- Sin
tironearla - grita Judy -. Oh, lo siento. Cuidado, está floja - ella está
aferrada a ellos como un gibón, Lorimer puede verle los ojos, la boca excitada.
Increíble.
- Enséñame,
preciosa - dice la voz de barítono de Andy.
Lorimer se
vuelve y lo ve a lo lejos, en el extremo de una pesada amarra, arrastrándoles
suavemente. Bud ofrece su ayuda, pero la rechazan.
- Dejaos
llevar, por favor - dice una voz de matrona. Es obvio que Andy no hace esto por
primera vez. Son recogidos lentamente, como peces del espacio. Lorimer descubre
que ya no alcanza a distinguir el brillo del Pájaro del Sol. Cuando él gira sobre
sí mismo, Gloria se ha transformado en un desordenado racimo de bulbos y
varillas alrededor de un gran cilindro central. Puede ver cápsulas y equipos
misceláneas acumulados encima de la nave. No como en la ciencia-ficción.
Andy enrolla la
cuerda en un ovillo flotante. Otra figura revolotea a su lado. Ambos son muy
bajos, observa Lorimer cuando se aproximan.
- Aferrad el
cable - les dice Andy. Por un momento deben esforzarse para combatir la
inercia.
- Bienvenidos
al Gloria, mayor Davis, capitán Geirr, doctor Lorimer. Soy
Lady Blue Parks. Pienso que querréis subir cuanto antes. Si tenéis fuerzas para trepar,
adelante. Entraremos todo esto después.
- Gracias -
dice Dave.
Suben
manoseando los eslabones de la amarra principal, áspera y firme al tacto. Judy
se acerca para echarles una ojeada, sonriendo de oreja a oreja y arrastrando la
cuerda. Una figura más alta espera junto a la cámara de presión abierta.
- Hola, soy
Connie. Creo que podemos recibir dos por vez. ¿Quiere entrar, mayor Davis?
Es como una
emergencia en un avión, piensa Lorimer mientras Dave la sigue adentro. Esto de
recibir instrucciones de muchachas menudas y extraordinariamente corteses...
- Azafatas
espaciales - lo codea Bud -. ¿Qué te parece? - tiene la cara hinchada de sudor.
Lorimer le dice
que entre él a continuación, pues su propio traje lleva menos peso.
Bud entra con
Andy. La mujer llamada Lady Blue espera junto a Lorimer mientras Judy trajina
en el casco para asegurar las redes de carga. Parece que no calza suelas
magnéticas. Tal vez ya no se usan metales ferrosos en el espacio. Cuando Judy
empieza a tirar de la cuerda principal con un sencillo cabrestante manual, Lady
Blue echa un vistazo crítico al artefacto.
- Yo los
fabricaba - le dice a Lorimer; por lo que él puede ver, las facciones son
apretadas, los ojos oscuros y lustrosos. Algún ascendiente negro, parece.
- Tengo que ir
a limpiar la antena de popa - dice Judy.
- Más tarde -
dice Lady Blue; ambas le sonríen a Lorimer. Luego la escotilla se abre y entran
él y Lady Blue. Cuando las trancas se asientan estalla un creciente chillido de
aire y el traje de Lorimer se desploma.
- ¿Puedo
ayudarte? - ella se ha abierto el visor, la voz es matizada y vivaz. Lorimer
aferra las agarraderas con avidez, con los guantes torpes, y se deja quitar el
casco. La primera bocanada le sorprende, le cuesta un poco identificar el gas
como aire fresco. Luego se abre la escotilla interna, que irradia una luz
verdosa. Ellas lo hace pasar y salen por un túnel corto. Más adelante se oyen
voces, a la vuelta de un recodo. Logra aferrarse de algo y se detiene, el
corazón le tiembla en el pecho.
Cuando doble
ese recodo el mundo que conoce estará muerto. Desaparecido, cerrado, borrado
para siempre con el Pájaro del Sol. Estará irrevocablemente en el futuro. Un
hombre del pasado, un viajero del tiempo. En el futuro...
Dobla el
recodo.
El futuro es un
cilindro vasto y brillante, con toda la superficie interna festoneada con
objetos que no identifica; frondas de verde. Frente a él flota un extraño
cuadro: Bud y Dave, sin los cascos, enormes en sus abultados equipos espaciales
blancos. A pocos metros cuelgan dos siluetas con las cabezas descubiertas y
trajes brillosos, y dos muchachas morenas con pijamas rosados y ondeantes.
Todos observan
fijo a los dos hombres, los ojos y las bocas abiertas en idénticas expresiones
de complacido asombro. La cara que sin duda es de Andy sonríe boquiabierta como
un chico en el zoológico. Es un chico sorprendentemente joven, pese a la voz
profunda, distingue Lorimer. Rubio, enjuto, musculoso y compacto. Lorimer
comprueba que apenas puede tolerar la presencia de la mujer de rosa, no sabe si
decir que es increíblemente hermosa o fea. La mujer más alta tiene una cara
lustrosa y vulgar.
Arriba estalla
un sonido extraordinario que finalmente reconoce como un cacareo. Lady Blue
pasa a su lado.
- Bueno, Andy,
Connie; basta de mirar y ayudadles, quitadles los trajes. Judy, Luna debe estar
tan ansiosa de oír esto como nosotras.
El cuadro
despierta a la vida. Después Lorimer recuerda principalmente los ojos, ojos
curiosos y brillantes que le recorren las botas, ojos sonrientes que le
examinan la mochila, y siempre esa risa ligera y fácil. Dejan solo a Andy para
que les ayude a desnudarse, entre parpadeos ante una indumentaria que a Lorimer
todavía le resulta incómoda. Andy parece muy suelto de cuerpo en el traje a
medio abrir. Lorimer forcejea con los cierres y piensa ¡un muchacho! Un
muchacho y cuatro mujeres en órbita solar, conduciendo estos enormes cascajos
hacia Marte. ¿Tendrá que sentirse humillado? Sólo se siente agradecido cuando
acepta una bata corta y un bulbo de té que alguien - ¿Connie? - le ofrece.
Judy entra con
las redes. Los hombres siguen a Andy por otro pasadizo, Bud y Dave aferrando
las batas cortas. Andy se detiene frente a la escotilla.
- Este
invernáculo, es vuestro, será vuestro toilet. Tres es mucho, pero tendréis
mucho sol.
El interior es
una jungla brillante y exuberante, con agua que gotea y hojas que susurran. Se
oye un aleteo: una langosta.
- Haced girar
esa manivela - Andy señala un asiento sobre una enorme tubería -. El pistón
aplasta la grava y los desechos para transformarlos en un compuesto que cae en
la corteza del suelo. Esa algarroba consume muchísimo hidrógeno y facilita la
oxidación. Bombeamos Anhídrido carbónico y extraemos el oxígeno. Un verdadero
Woolagong.
Lorimer hace
una observación crítica mientras Bud prueba el mecanismo.
- ¿Qué es un
Woolagong? - pregunta Lorimer, perplejo.
- Oh, una de
nuestras inventoras. Algunos de sus productos son extraños. Cuando tenemos algún
aparato que funciona lo llamamos un Woolagong - sonríe -. Los pollos comen las
semillas, y las langostas y las iguanas, ¿veis?, comen las hojas. Cuando un
invernáculo pasa al lado oscuro iniciamos la cosecha. Con tanta luz creo que
podríamos mantener una cabra, ¿no os parece? En vuestra nave no llevabais
ningún animal o planta, ¿verdad?
- No - dice
Lorimer -. Ni siquiera una iguana.
- Nos habían
prometido un pony Shetland para Navidad - dice Bud haciendo crujir la grava.
Andy, desconcertado, comparte las risas.
Lorimer está
aturdido. No es sólo fatiga. Ese año en el Pájaro de Sol ha atrofiado su
capacidad para aceptar las novedades. Atontado, usa el Woolagong y salen
dirigidos a la gran sala de control del Gloria, donde Dave pronuncia un breve y
pulcro discurso para Central Luna, que le envía una grácil respuesta.
- Ahora debemos
concluir la alteración del curso - dice Lady Blue. La impresión de Lorimer era
acertada, es una mujer menuda de tez clara en su madurez, con algún ascendiente
negro. Connie también tiene un aire exótico. Las demás tienen rasgos europeos.
- Os traeré
algo de comer - sonríe Connie con calidez -. Tal vez queréis descansar. Os
hemos reservado esos cubículos - la pronunciación es abierta, como todas las
demás.
Cuando
abandonan la sala de control Lorimer percibe la expresión reservada de Dave y
sabe que debe estar sufriendo la realidad de ser pasajero de una nave
desconocida. No está al mando, no decide el curso, no recibe las
comunicaciones.
Es la última
observación coherente de Lorimer eso y el gusto de la comida, extraña y
sabrosa. Y luego los conducen a proa a través de lo que ahora conoce como el
gimnasio, al hueco del tambor-dormitorio. Hay seis compuertas irisadas que
parecen puertas gateras. Empuja la que tiene asignada y se encuentra frente a
un colchón amplio. Hay anaqueles y un escritorio empotrados en la pared.
- Para tus
excreciones - el brazo de Connie asoma por la compuerta y señala unas bolsas.
Si tienes problemas, asoma la cabeza y llama. Ahí está el agua.
Lorimer simplemente
flota hacia el colchón, demasiado exhausto para responder. Su trayecto termina
en un pesado aterrizaje y un nuevo motivo de asombro: el tambor empieza a girar
suave y calladamente. Se hunde agradecido en el acolchado, más «pesado» a cada
minuto que transcurre. Un décimo de gravedad, tal vez más, piensa. Todavía
sigue acelerando. Y cae en el sueño más profundo que ha conocido en ese año
prolongado y fatigoso.
Sólo al día
siguiente entiende que Connie y otras dos han estado corriendo en la cámara de
gimnasia, la han hecho girar hora tras hora sin pausa ni esfuerzo mientras
charlaban.
Cómo parlotean,
piensa otra vez cuando emerge al presente. Burbujas irritantes le afloran en la
memoria, las voces de Ginny, Jenny y Penny en el teléfono de la cocina, y antes
la voz de su madre y su hermana Amy. Interminable. ¿De qué hablan y hablan y
hablan?
- Caramba, de
todo - dice la voz real de Connie a su lado -. Es natural compartir.
- Natural... -
como hormigas, piensa. Se frotan las antenas cada vez que se encuentran.
¿Adónde fuiste? ¿Qué has hecho? Se frotan y frotan. ¿Cómo te sientes? Oh,
siento esto, siento lo otro, bla bla fro fro fro. La coordinación total de la
colmena. Las mujeres no tienen dignidad. Lo dicen todo, ignoran toda estrategia
verbal, el peligro oscuro de nombrar. No pueden contenerse.
- Hormigas,
abejas - ríe Connie, y muestra así el diente roto -. Nos ves realmente como
esos insectos, ¿verdad? ¿Es porque son hembras?
- ¿Hablé en voz
alta? Perdón - pestañea para ahuyentar las ensoñaciones.
- Oh, no te
disculpes. Es tan triste oír hablar así de tu hermana y tu madre y tus hijos y
tu..., tu esposa. Han de haber sido personas maravillosas. Pensamos que sois
muy valientes.
Pero sólo pensó
en Ginny y en todas ellas un instante. ¿Estuvo desvariando? ¿Qué le está
haciendo esa droga?
- ¿Qué nos
estáis haciendo? - pregunta, alarmado de veras, casi enfadado.
- No te
preocupes, en serio - ella le toca la mano, cálida y tímidamente -. Todas lo
usamos cuando necesitamos sondear algo. Generalmente es agradable. Es un
compuesto de levonoramina; quita las inhibiciones, no te aturde como el
alcohol. Pronto estaremos en casa, verás. Tenemos la responsabilidad de
comprender, y sois muy parcos - lo mira lánguidamente -. No te sientes mal,
¿verdad? Tenemos el antídoto.
- No... No
somos parcos - dice, o trata de decir; la alarma se le ha escurrido en alguna
parte, la explicación de ella parece bastante razonable -. Hablamos... cuando -
tantea buscando una palabra que exprese la prudencia, la contención adulta.
¿Objetividad, tal vez? - Hablamos cuando tenemos algo que decir - recuerda al
azar a un animador llamado Forrest, famoso por sus chistes verdes -. De lo
contrario todo se derrumbaría - le dice -. Volarías derecho fuera del sistema -
no es eso lo que quise decir. Pásalo por alto.
Las voces de
Dave y Bud vibran repentinamente en extremos opuestos de la cabina, y le
reavivan ese presentimiento ominoso. No nos conocen, piensa. Tendrían que
cuidarse, detener esto. Pero siente demasiada serenidad, quiere pensar en su
propia y nueva comprensión, el diseño que se le revela por fin.
- Me siento
lúcido - atina a decir -. Quiero pensar.
Ella parece
complacida.
- Lo llamamos
efecto de ataraxia. Es hermoso cuando lo alcanzas.
Ataraxia, calma
filosófica. Sí. Pero hay monstruos en el abismo, piensa él, o dice. El lado
nocturno. El lado nocturno de Orren Lorimer, una identidad fogosamente oscura y
compleja que espera, encadenada. Son tan vulnerables... No saben que podemos
tomarlas. Brotan imágenes: una Judy con los brazos abiertos en los peldaños del
gimnasio, sin el pijama rosa, abierta a él. Una secuencia relámpago de ellos
tres adueñándose de la nave, las mujeres maniatadas, impotentes, chillando,
víctimas de violaciones y abusos. El equipo... Consigue la estación satélite,
toma una cápsula y vuelve a la Tierra. Rehenes. Hazles cualquier cosa, no
tienen defensa... ¿Bud ha dicho eso realmente? Pero Bud no sabe, recuerda
Lorimer. Dave sabe que están ocultando algo, pero piensa que es socialismo o
pecado. Cuando se enteren...
- ¿Cómo lo ha
descubierto él? Sólo escuchando, en verdad, todos estos meses. Escucha las
charlas mucho más que los demás. «Confraternizar», lo llama Dave... Al
principio todos escuchaban, por supuesto. Escuchaban y miraban y reaccionaban
irremediablemente ante los cuerpos femeninos, las redondeces tiernas bajo las
ropas delgadas e incitantes, las bocas y ojos magnéticos, el olor, el tacto
eléctrico.
Observando cómo
se tocan entre ellas, cómo tocaban a Andy, riendo y desapareciendo calladamente
en cuchetas compartidas. ¿Qué ocurre? ¿Yo no puedo? Mi necesidad, mi
necesidad...
El poder de
ellas, el rencor tenaz... Bud murmuraba y gruñía significativamente pese a las
advertencias de Dave. Y siguió fastidiando a Andy hasta que Dave prohibió todo
tipo de preguntas. Pero el mismo Dave estaba notoriamente tenso y leía
muchísimo su Biblia. Lorimer descubrió que su cuerpo las husmeaba como un
sabueso hambriento, ansiando que los cubículos fueran como parecían ser: sin
trabas.
Comprendieron
que las instrucciones de Myda debieron ser muy estrictas. La atmósfera ha sido
implacablemente aséptica, la discreción impenetrable. Andy ignoró cortésmente
todos los sondeos. Ninguna palabra o acto les ha revelado qué ocurre, si es que
ocurre algo, en efecto. Lorimer no pudo evitar acordarse del fin de semana que
pasó en el campamento de scouts de Jenny. Un largo entrenamiento los rescató al
fin, y se resignaron a completar la misión a bordo de un súper Pájaro del Sol,
extrañamente atendidos por un pelotón de varias girl-scouts y un boy-scout.
En otros
sentidos la recepción no pudo ser más amable. Les han dado el curso de la nave
y un cuarto de recreación en un depósito limpio. Visitan la sala de control a
su antojo. Lady Blue y Andy les proporcionan datos y manuales, y les muestran
cada circuito y artefacto del Gloria, dentro y fuera. Central Luna ha
despachado una serie de textos científicos y los datos sobre sus satélites y
las naves más pequeñas que circulan regularmente entre las colonias de Marte y
la Luna.
Dave y Bud se
han zambullido en una orgía de tecnicismos. El Gloria, como sospechaban, es
impulsado por una planta de fisión que consume una serie de minerales lunares.
La propulsión iónica es apenas más avanzada que en los modelos experimentales
de su propia época. Hasta el momento, parece que las maravillas del futuro
consisten principalmente en modificaciones ingeniosas.
- Es primitivo.
- le dice Bud -. Lo que han hecho es sacrificar elementos para que sea simple y
fácil de mantener. Créelo, pueden impulsar el combustible a mano. ¡Y los repuestos,
hermano! Tienen redundancia redundante.
Pero el interés
técnico de Lorimer se disipa pronto. Lo que realmente quiere es estar un tiempo
a solas. Hace un vago intento de investigar las novedades de su especialidad,
aparentemente escasas, y descubre que no puede concentrarse. Qué demonios, se
dice. Hace trescientos años que dejé de ser un físico. Es un alivio estar fuera
de la celda del Pájaro del Sol. Ha recobrado el hábito de flotar solitario por
los pasadizos de la nave, y de emplear el excelente telescopio de 400
milímetros, y de fijarse en la extraña vida de la tripulación.
Cuando descubre
que a Lady Blue le gusta el ajedrez, se aviene a una rutina de dos partidas por
semana. La personalidad de ella le intriga. Es reservada y tiene una aureola de
autoridad. Pero corrige inmediatamente a Bud cuando él la llama «capitana».
- Aquí nadie
manda sobre vuestros sentidos. Soy sólo la mayor - y Bud retorna el «señora».
Ella juega de
manera sólida, atenta a las posiciones, algo más errática que un hombre pero
con trampas elegantes de vez en cuando. Lorimer descubre con asombro que existe
una sola apertura nueva, un interesante gambito de dama llamado Dagmar. ¿En
tres siglos una sola apertura nueva? Lo menciona a los otros cuando vuelven a
ayudar a Andy y Judy Paris a cargar un conversar.
- No han
progresado mucho en ningún sentido - dice Dave -. Casi todos los aparatos
nuevos datan de la epidemia, Andy... No lo tomes a mal. Pareciera que el
programa se ha estancado. Hace ochenta años que planean este proyecto Titán.
- Llegaremos -
sonríe Andy.
- Vamos, Dave -
dice Bud -. Judy y yo os comprometemos para la próxima cena con pollo. Todavía
estamos a tiempo de formar un equipo de bridge aquí. ¡Diantres, si puedo oler
ese pollo! Los que pierden comen la iguana.
La comida es
tan buena... Lorimer se sorprende de vagabundear por la cocina y ayudar a
quienquiera que esté cocinando. Prueba las varias semillas y raíces mientras
las oye hablar. Hasta le gusta la iguana. Empieza a engordar, como todos. Dave
ordena turnos dobles de ejercicios.
- ¿Quieres
llevarnos corriendo a casa, Dave? - refunfuña Bud.
Pero Lorimer
disfruta cuando pedalea o corre a lo largo de los peldaños mientras las mujeres
charlan y escuchan cintas grabadas. Música familiar: identifica una extraña
gama de Haendel, Brahms y Sibelius a Strauss y baladas e intrincadas formas
ligeras de jazz-rock. Sin letras. Pero abundantes textos informativos
indudablemente seleccionados para él.
En la historia
sintética que le habían prometido descubre más acerca de la epidemia. Parece
haber sido un cuasivirus volátil escapado de laboratorios militares
francoárabes, posiblemente potenciado por la contaminación ambiental.
- Al parecer
sólo dañó las células reproductivas - les dice a Dave y Bud -. La mortandad
efectiva fue mínima, pero la esterilidad, casi universal. Se cree que produjo
una sustitución molecular en el código genético de los gametos, parece que los
hombres fueron los más afectados. Mencionan una mengua posterior de nacimientos
de varones, lo cual sugiere que el afectado fue el cromosoma Y, eso sería
selectivamente letal para los fetos masculinos.
- ¿Sigue siendo
peligroso, Doc? - pregunta Dave -. ¿Qué nos pasará al llegar a casa?
- Lo ignoran.
La tasa de nacimientos es normal ahora, alrededor de un dos por ciento, y en
incremento. Pero la población actual puede ser resistente. Nunca lograron una
vacuna.
- Hay una sola
manera de confirmarlo - dice gravemente Bud -. Me ofrezco como voluntario.
Dave le dirige
una mirada reprobatorio. Es increíble cómo sigue al mando, piensa Lorimer. Nada
de sumisión, por todos los santos. Un equipo.
La historia
también menciona los disturbios y combates que devastaron el mundo cuando la
humanidad descubrió que estaba estéril. Ciudades bombardeadas e incendiadas,
matanzas, pánico, violaciones y secuestros de mujeres en masa, ejércitos
merodeadores de hombres biológicamente desesperados, cultos sangrientos. Los
chiflados. Pero todo está contado con tanta concisión, hace tanto tiempo...
Listas de nombres respetables. «Siempre debemos agradecer a los valientes que
defendieron los laboratorios médicos de Denver...» Y luego el drama de reunir
las reservas de helio para los dirigibles.
En tres siglos
todo es polvo, piensa. ¿Qué se yo de la Guerra de los Treinta Años, tres siglos
anterior mí? que devastó Europa durante dos generaciones. Ni siquiera nombres.
La descripción de la estructura política y económica es aún más sintética.
Parece que casi no tuvieran gobierno, como dijo Myda.
- Es una forma
laxa de sistema de crédito social mantenida por consenso. Una especie de
período permanente de fronteras - le explica a Dave -. Progresan sin prisa.
Desde luego, no necesitan ejército ni aeronáutica. Ni siquiera estoy seguro de
que usen una moneda o reconozcan la propiedad privada de la tierra. Reparé en
una referencia favorable a las primeras comunas chinas - añade al ver cómo Dave
aprieta los labios -. Pero no están sujetos a una comunidad. Viajan. Cuando
pregunté a Lady Blue sobre el sistema policial y legal me dijo que esperara
hasta hablar con historiadores auténticos. El Registro parece ser sólo eso, no
un organismo policial.
- Aquí hay gato
encerrado, Lorimer - dice sobriamente Dave -. Sé cauteloso. No nos revelarán la
verdad.
- ¿Habéis
notado que nunca hablan de sus maridos? - ríe Bud -. Pregunté a un par de ellas
qué hacían sus maridos y juro que tuvieron que pensarlo. Y todas tienen hijos.
Creedme, allá todos se divierten en grande, aunque el buen Andy actúe como si
no supiera para qué la tiene.
- No quiero que
nadie fisgonee en sus vidas personales y familiares mientras estemos en esta
nave, Geirr. Nadie. Es una orden.
- Quizá no
tienen familias. ¿Habéis oído hablar alguna vez de matrimonio? Cualquier chica
no haría mas que pensar en eso. Acuérdate de mis palabras, aquí ha habido más
de un cambio.
- Las
costumbres sociales tienen que haber cambiado hasta cierto punto - dice Lorimer
-. Ante todo, es obvio que son más las mujeres que trabajan fuera del hogar.
Pero tienen lazos familiares. Por ejemplo, Lady Blue tiene una hermana en una
fábrica de aluminio y otra en sanidad. La madre de Andy está en Marte y la
hermana trabaja en el Registro. Connie tiene un hermano o hermanos en la flota
pesquera cerca de Biloxi, y su hermana vendrá a reemplazarla aquí en el viaje
siguiente, ahora se dedicará a los fermentos.
- Esa es la
cima del témpano.
- Dudo que el
resto del témpano sea muy siniestro, Dave.
Pero en cierto
punto esa laxitud empieza a molestar también a Lorimer. Faltan tantas cosas...
Matrimonio, amoríos, problemas con los niños, riñas por celos, jerarquías,
posesiones, estrecheces económicas, enfermedades, hasta funerales. Todas las
fruslerías cotidianas que obsesionaban a Ginnie y sus amigas parecen suprimida
de la charla de estas mujeres. Suprimidas... ¿Será posible que Dave tenga
razón, que les estén ocultando deliberadamente un aspecto importante,
significativo?
- Todavía me
sorprende que la lengua no haya cambiado más - le dice un día a Connie mientras
trajinan en el gimnasio.
- Oh, cuidamos
mucho ese aspecto - ella trepa para acercársele, sin usar las manos - Sería una
pérdida espantosa si no pudiéramos entender los libros. A todos los niños se
los educa con las mismas cintas originales, ¿ves? Oh, hay palabras que se ponen
de moda un tiempo, pero nuestras comunicadoras tienen que aprender los viejos
textos de memoria. Eso nos mantiene unidas.
Judy París
gruñe desde el pedicilco.
- Vosotros,
queridos niños nunca conoceréis la opresión que hemos sufrido - declama a modo
de parodia.
- Judy habla
demasiado - dice Connie.
- Todas lo
hacemos, es un hecho - ambas ríen.
- ¿Así que
todavía leéis lo que se consideraba nuestros grandes libros, nuestras
narraciones y poemas? - pregunta Lorimer -. ¿A quién leéis? ¿H. G. Wells? ¿Shakespeare? ¿A Dickens, Balzac, Kipling, Brian? -
es un tanteo; Brian era un best-seller que le gustaba a Ginny. ¿Cuándo había él
leído por última vez a Shakespeare o los otros?
- Oh, las
novelas históricas - dice Judy -. Es interesante, supongo. Grises. No son muy
realistas. Sin duda lo eran para vosotros - añade generosamente.
Y se ponen a
discutir si las gallinas que están incubando reciben demasiada luz, mientras
Lorimer se pregunta cómo lo que él supone las verdades eternas de la naturaleza
humana pudieron desaparecer de la realidad de un mundo. El amor, el conflicto,
el heroísmo, la tragedia... ¿Todo eso es poco realista? Bueno, las dotaciones
de vuelo nunca leen demasiado. Sin embargo, las mujeres leen más... Algo ha
cambiado, puede palparlo. Algo tan básico como para afectar la naturaleza
humana. Un desarrollo físico, tal vez. ¿Una mutación? ¿Qué será lo que
realmente hay bajo esas ropas flotantes?
Son las Judys
quienes le revelan una parte.
Está haciendo
ejercicios, a solas con las dos. Escucha cómo cuchichean sobre un personaje
legendario llamado Dagmar.
- ¿La Dagmar
que inventó la apertura de ajedrez? - pregunta.
- Sí. Hace de
todo, cuando es buena es magnífica.
- ¿Es que era
mala, a veces?
Una de ellas
ríe.
- El problema
Dagmar, se podría decir. Tiene una tendencia a organizarlo todo. Está bien
cuando funciona, pero a veces se le escapa de las manos, ella piensa que es
reina o algo así. Después hay que rectificar sus errores.
Todo en
presente... Pero Lady Blue le ha contado que el gambito Dagmar tiene más de un
siglo.
Longevidad,
piensa. Por Dios, eso es lo que ocultan. Digamos que han duplicado o triplicado
la duración de la vida, eso por cierto que alteraría la psicología humana,
afectaría la visión de todas las cosas. ¿Madurez demorada, tal vez? Estábamos
trabajando en el rejuvenecimiento por células endocrinas cuando me fui. ¿Qué
edad tienen estas muchachas, por ejemplo?
Cuando va a
formular una pregunta, Judy Dákar dice:
- Yo estaba en
el Instituto cuando se descontroló. Pero es buena, después la quise.
Lorimer piensa
que aludía a un sanatorio, luego comprende que se refiere a una maternidad
comunal.
- ¿Es la misma
Dagmar? - pregunta -. Debe de ser muy vieja...
- Oh, no. Su
hermana.
- ¿Una hermana
con cien arios de diferencia?
- Quiero decir
su hija. Su... su nieta - y se pone a pedalear aceleradamente.
- Judys - dice
la gemela a sus espaldas.
Otra hermana.
Parece que todas tienen un número extraordinario de hermanas, reflexiona
Lorimer. Oye que Judy París le dice a su melliza:
- Creo que
recuerdo a Dagmar en el Instituto. Empezó a hacer uniformes para todas.
Variedad de colores y números.
- Imposible, no
habías nacido - replica Judy Dákar.
Se hace un
silencio.
Lorimer se
vuelve para mirarlas. Dos rostros alegres y ruborizados le ojean cautelosos,
cabecean del mismo modo para apartarse el pelo de la cara. Idénticas... Pero la
Dákar, que está en el pediciclo, ¿no es un poco más madura, no tiene la cara
más curtida?
- Creí que érais gemelas.
- Ah, las Judys
hablan demasiado - dicen a coro, y sonríen culposamente.
- No sois
hermanas - les dice él -. Sois lo que llamábamos clones.
Otro silencio.
- Bueno, sí -
dice Judy Dákar -. Nosotras lo llamamos hermanas. ¡Oh, madre! Se suponía que no
debíamos decírtelo. Myda dijo que te afectaría muchísimo. Era ilegal en tus
tiempos, ¿verdad?
- Sí.
Considerábamos inmoral y antiético experimentar con la vida humana. Pero,
personalmente, no me afecta.
- Oh, perfecto,
magnífico - dicen a coro -. Creemos que tú eres diferente - exclama Judy Paris
-. Eres más hu... Eres más parecido a nosotras. Por favor, no se lo digas a los
otros. Oh, no lo harás, ¿verdad? Por favor...
- Es por
accidente que hay dos de nosotras aquí - dice Judy Dákar -. Myda nos advirtió.
¿No puedes esperar un poco? - dos pares de ojos oscuros e idénticos le
suplican.
- Muy bien -
dice él con lentitud -. No les diré a mis amigos por el momento. Pero si
mantengo el secreto tenéis que responder algunas preguntas. Por ejemplo,
¿cuántas personas son creadas de esa manera artificial?
Empieza a notar
que sí le afecta en lo personal. Dave tiene razón, demonios. Están ocultando
cosas. ¿Se trata de «un mundo feliz» poblado por esclavos subhumanos y
gobernado por cerebros maestros? Obreros sin estómago o sin sexo, zombies
decerebrados, cabezas humanas conectadas a máquinas, experimentos monstruosos
se le cruzan por la mente. De nuevo ha sido un ingenuo. Estas mujeres de
aspecto normal podrían estar enfilando hacia un mundo aborrecible.
- ¿Cuántas?
- Hay solamente
once mil de nosotras - dice Judy Dákar. Las dos Judys se miran, y así le
confirman algo con toda transparencia. No están educadas para el engaño, piensa
Lorimer. ¿Es bueno eso? Y lo distrae una exclamación de Judy Paris:
- Lo que no
entendemos es por qué lo considerabais malo.
Lorimer trata
de explicarles, de hacerles entender el horror de la manipulación de la
identidad humana, de la creación de vida anormal. La amenaza de la
individualidad, el poder temible que se pondría en manos de un dictador.
- ¿Dictador? -
repite una de ellas, sin entender.
El las mira a
la cara y sólo puede decir:
- Hacer cosas a
la gente sin su consentimiento. Creo que es triste.
- Pero eso es
justamente lo que pensamos de vosotros - exclama la Judy más joven -. ¿Cómo
sabéis quiénes sois, o quién es nadie? Totalmente solos, sin hermanas con las
que compartir nada. No sabéis lo que podéis hacer ni lo que podría ser
interesante emprender. ¡Pobres criaturas
solitarias...! Caray, obligados a andar a los tumbos y morir, ¡todo para nada!
Le tiembla la
voz. Lorimer, estupefacto, nota que ambas tienen los ojos turbios.
- Mejor
pongamos esto en movimiento - dice la otra Judy.
Retoman el
ritmo y Lorimer logra sonsacarles la verdad por fragmentos. No son embriones de
probeta, le dicen indignadas. Madres, como en cualquier especie. Madres jóvenes
de la mejor clase. Un núcleo celular somático es insertado en un huevo femenino
sin núcleo y reimplantado en el vientre. Ambas dieron a luz dos «hermanas» en
la adolescencia y las criaron antes de irse. Los institutos siempre tienen
muchas madres.
Se ríen de su
concepto de longevidad. Hasta ahora no han alcanzado más que unas normas de
vida saludable.
- Llegaríamos a
los noventa sin problemas - le aseguran -. Judy Aguila llegó a los ciento ocho,
es nuestro récord. Pero al final chocheaba bastante.
- El clonaje en
sí mismo es viejo, data de la epidemia. Fue parte de los primeros esfuerzos por
salvar la raza cuando se interrumpieron los nacimientos, y han continuado desde
entonces.
- Es tan
perfecto... Cada cual tiene un libro, es realmente una biblioteca - le dicen -.
Todos los mensajes, registrados. El Libro de Judy Shapiro: eso somos nosotras.
Dákar y París son nuestros nombres personales, ahora están de moda las ciudades
- ríen a la vez que tratan de no hablar al mismo tiempo sobre cómo cada Judy
añade a su memoria individual sus aventuras y problemas y hallazgos al genotipo
que todas comparten.
- Si cometes un
error es útil para las otras. Desde luego, tratas de no cometerlo... O al
menos, de no cometer uno nuevo.
- Algunas de
las viejas no son tan realistas - interviene su alter ego -. Las cosas eran
harto diferentes, quizás. Hemos hecho síntesis de las partes que nos gustan
más. Y de cosas prácticas. Por ejemplo, las Judys tienen que cuidarse del
cáncer de piel.
- Pero tenemos
que leerlo todo de nuevo cada diez arios - dice la Judy llamada Dákar -. Es
inspirador. Con el tiempo entiendes a algunas que antes no entendías.
Divertido,
Lorimer trata de imaginar cómo sería oír las voces de trescientos años de Orren
Lorimers. Lorimers matemáticos o fontaneros o artistas o vagabundos o quizá
criminales. Y muchísimos dobles vivientes. Lorimers viejos y Lorimers niños. Y
las mujeres e hijos de otros Lorimers. ¿Le parecería divertido o exasperante?
No lo sabe.
- ¿Habéis hecho
vuestras memorias ya?
- Oh, somos
demasiado jóvenes. Sólo notas, por si hubiera algún accidente.
- ¿Estaremos
nosotros en las notas?
- ¡Imagínate! -
ríen alegremente, después se calman -. ¿De veras no dirás nada? - pregunta Judy
Paris -. Tenemos que decirle a Lady Blue lo que hemos hecho. Uuf. ¿Pero de
veras no les contarás a tus amigos?
No les había
contado, piensa ahora, al regresar a su yo viviente. Connie, a su lado, bebe
sidra de un bulbo. Y descubre que él también tiene una bebida en la mano. Pero
no ha contado nada.
- Las Judys son
charlatanas - Connie menea la cabeza, sonriente. Lorimer comprende que debe de
haber dicho todo en voz alta.
- No importa -
le dice -. Lo habría descubierto pronto de todos modos. Había demasiadas
claves... Las Woolagongs inventan, las Mydas se preocupan, las Jans son los
cerebros, los Billy Dees trabajan duro. Recogí seis historias diferentes sobre
plantas hidroeléctricas construidas o remodeladas o dirigidas por una tal Lala
Sing. Todo vuestro modo de vida. Esto me interesa más de lo que corresponde a
un físico respetable - dice con amargura -. Sois... todas clones, ¿verdad? Cada
una de vosotras. ¿Qué hacen las Connies?
- Sabes mucho,
de veras - ella lo mira como una madre cuyo hijo acaba de hacer algo
perturbador y brillante -. ¡Oh, bueno! Las Connies labramos como locas,
cultivamos cosas. Casi todos nuestros nombres son de plantas. A propósito, yo
soy Verónica. Y por supuesto, los institutos son nuestra debilidad. La manía de
la crianza. Tendemos a interesamos por todos los más débiles o pequeños - fija
los ojos cálidos en Lorimer, que se retrae involuntariamente -. Pero podemos
controlarlo - ríe de buena gana -. No todas somos así. Hubo también Connies
ingenieras, y tenemos dos jóvenes hermanas enamoradas de la metalurgia. Es
fascinante lo que puede lograr el genotipo si te esfuerzas. La Constantia
Morelos original fue química, pesaba cuarenta kilos y en su vida pisó una
granja - Connie se mira los brazos musculosos -. La mataron los chiflados,
peleó con armas. Es tan difícil de comprender... Y tuve una hermana Timothy que
fabricó dinamita y cavó dos canales, y ni siquiera era una Andy.
- Una Andy -
dice él, como un eco. - Oh, cielos.
- También me lo
imaginaba. Tratamientos tempranos con andrógenos.
Ella asiente,
titubeando.
- Sí.
Necesitamos fuerza muscular para ciertas tareas. Unas pocas. Las Kays son muy
fuertes, de todos modos. ¡Uh! - de pronto se estira la espalda, se retuerce
como si tuviera un calambre -. Oh, me alegra que lo sepas. Ha sido una tensión
muy fuerte. Ni siquiera podíamos cantar.
- ¿Por qué no?
- Myda estaba
segura de que cometeríamos errores, con todas las palabras que teníamos que
cambiar. Cantamos mucho - tararea suavemente un par de tonadas.
- ¿Qué clase de
canciones cantáis?
- Oh, de todas
clases. Canciones de aventuras, de trabajo, de cuna, de viajes, canciones
tristes, canciones serias, canciones en broma... De todo.
- ¿Y canciones
de amor? - aventura Lorimer -. ¿Todavía... eh, aman?
- Desde luego,
¿cómo podría no amar la gente? - pero lo mira con aire dubitativo -. Las
historias de amor de vuestra época son...no sé, tan raras; tristes, crueles, no
parece amor... Oh, sí. Tenemos canciones de amor que son famosas. Algunas son
un poco tristes, también. Como la de Tamil y Alomene , predestinadas a
atraerse. Las Connies también están un poco predestinadas - sonríe
embarazosamente -. Nos encanta estar con Ingrid Anders. Es más bien unilateral.
Espero que haya una Ingrid en mi próxima misión. Es tan atractiva... Es como un
pequeño diamante.
Las conjeturas
le estallan alrededor chisporrotean preguntas. Pero Lorimer quiere completar
ese otro diseño más oscuro que las trasciende.
- Once mil
genotipos, dos millones de personas: eso arroja un promedio de doscientas de
cada una de vosotras en la actualidad - ella asiente -. Supongo que habrá
variaciones. ¿Hay más de algunas?
- Sí, algunos
tipos no son tan viables. Pero no hemos perdido ninguno desde los primeros
tiempos. Se trató de preservar todos los genes posibles, hay gentes de todas
las razas y muchas de subrazas menores. Por ejemplo, yo soy el tipo caribe.
Desde luego que nunca lograremos saber lo que se ha perdido. Pero once mil es
mucho, realmente. Todas tratamos de conocemos unas a otras, es tarea de una
vida.
Un escalofrío
penetra la ataraxia de Lorimer. Once mil, punto. Esa es la verdadera población
de la Tierra ahora. Piensa en doscientas mujeres altas de tez olivácea con
nombres de plantas, excitadas por doscientas menudas y brillantes Ingrids;
doscientas Judys charlatanas, doscientas ceñudas Lady Blues, doscientas Margos
y Mydas y el resto. Se estremece. Los herederos, los felices portaféretros de
la raza humana.
- Así termina
la evolución - dice, sombrío.
- No, ¿por qué?
Simplemente va más despacio. Todo lo hacemos con más lentitud que vosotros,
creo. Nos gusta experimentar las cosas plenamente. Tenemos tiempo - se estira
de nuevo, sonriente -. Tenemos todo el tiempo del mundo.
- Pero no
tenéis nuevos genotipos. Es el fin.
- Oh, ahora sí.
El siglo pasado descubrieron la forma de combinar núcleos haploides. Podemos
hacer que una célula-huevo despojada funcione como polen - dice con orgullo -.
Es decir, esperma. Es engorroso, a veces no sale muy bien. Pero ahora estamos
descubriendo que ambas X son viables. Tenemos más de cien tipos nuevos en
camino. Claro que es duro para ellas, sin hermanas. Las donantes tratan de
ayudar.
Más de cien,
piensa él. Bueno. Quizá... ¿Pero qué significa que «ambas X son viables» Debe
de aludir a la epidemia. Pero él había pensado que afectaba primordialmente a
los hombres. Su mente se pone a trabajar con afán en este nuevo enigma, e
ignora un sonido que desde alguna parte trata de penetrar en su calma.
- Fue un gene o
genes del cromosoma X el que resultó afectado - conjetura en voz alta -. No el
Y. El rasgo letal tenía que ser recesivo, ¿verdad? Así que no habría
nacimientos durante un tiempo, hasta que ciertos hombres se recobraran o
estuvieran aislados el tiempo suficiente para producir gametos con cromosomas X
intactos. Pero las mujeres llevan su reserva de huevos femeninos, nunca podrían
regenerarse por vía de la reproducción. Cuando copulaban con los varones
recobrados sólo podían dar a luz hijas mujeres, pues las mujeres llevan dos X y
el gene defectuoso de la madre sería compensado por un X normal del padre. Pero
el varón es XY, recibe sólo el cromosoma defectuoso de la madre. Así se
manifiesta el defecto letal, el feto masculino moría... Un planeta de muchachas
y de hombres en extinción. Los pocos tipos viables perecieron.
- Entiendes de
veras - dice ella, admirada.
El sonido se
vuelve insistente. El rehúsa oírlo, esto es significativo.
- De modo que
estaremos perfectamente bien en la Tierra. Ningún problema. Teóricamente
podemos casamos de nuevo y tener familias, al menos hijas...
- Sí - dice
ella -. Teóricamente.
El sonido de
pronto le traspasa las defensas, se transforma en la estentóreo voz de Bud
Geirr entonando una canción. Ahora suena borracho como una cuba. Parece que
proviene del huerto principal, el que usan para cultivar y no para purificar el
ambiente. Lorimer siente que el espanto renace, se cierne sobre él. Dave
debería vigilarlo. Pero parece que también él ha desaparecido.
Y entonces recuerda
que vio a Dave con Lady Blue, que iban a Control.
- «Oh el sol
arde brillante sobre la bonita Ala Ro-o-oja» - canturrea Bud.
Lorimer decide
apenado que hay que hacer algo. Se mueve. Es un esfuerzo.
- No te
preocupes - dice Connie -. Andy está con ellos.
- No sabéis, no
sabéis lo que habéis empezado - se dirige con esfuerzo al pasaje que da al
huerto.
- «...cuando
yacía durmie-eeendo, un vaquero se fue acerca-aaando...» - risotada general en
el pasadizo. Lorimer se abre paso en el resplandor verde. Más allá de la cerca
radial de legumbres ve a Bud, que se acerca a Judy Paris con exagerado sigilo.
Andy flota cerca de las jaulas de las iguanas, riendo.
Bud aferra un
tobillo de Judy y la detiene con un gesto histriónico, haciendo flamear el
pijama amarillo. Ella ríe cabeza abajo, sin hacer nada para zafarse.
- Esto no me
gusta - susurra Lorimer.
- Por favor, no
interfieras - Connie le ha tomado el brazo y ambos están anclados al anaquel de
herramientas. La alarma de Lorimer parece haberse dispersado. Observará, dejará
que vuelva la serenidad. Los otros no han reparado en ellos.
- Oh, había una
vez una mucama india - canta Bud, más moderado - que nunca tenía miedo de que
algún vaquero se la metiera, ehem, ehem - ríe y tose ostentoso -. Eh, Andy,
oigo que te llaman.
- ¿Qué? - dice
Judy -. Yo no oigo nada.
- Te llaman,
muchacho. Por allá.
- ¿Quién? -
pregunta Andy, y presta atención.
- Por allá, en
nombre de Cristo - suelta a Judy y se acerca a Andy impulsándose con el pie -.
Oye, eres un gran muchacho. ¿No ves que Judy y yo tenemos que conversar algo en
privado? - hace girar suavemente a Andy y lo empuja hacia la cerca -. Es
víspera de Año Nuevo, tonto.
Andy se aleja
pasivamente atravesando la cerca de enredaderas, saluda con la mano a Lorimer y
Connie. Bud regresa con Judy.
- Feliz Año
Nuevo, gatita - sonríe.
- Feliz Año
Nuevo. ¿Hacíais algo especial en Año Nuevo? - pregunta ella con curiosidad.
- Qué hacíamos
en Año Nuevo... En víspera de Año Nuevo sí que hacíamos algo - ríe Bud, y la
toma de los hombros -. ¿No quieres que te muestre algunas de nuestras
primitivas costumbres terráqueas, eh?
Ella asiente,
los ojos abiertos.
- Bueno,
primero nos deseábamos felicidades, así - la atrae hacia él y le besa
ligeramente la mejilla -. Cristo, qué hembra imbécil - dice con otro tono de
voz -. Notas que has estado lejos mucho tiempo cuando cualquier cosa te viene
bien. Ah, qué tetas magníficas... - le mete la mano en la blusa.
Lorimer
comprende que el hombre está desprevenido. No sabe que está drogado, piensa en
voz alta. Debo de haber hecho lo mismo. Oh Dios... Se refugia tras sus lentes
de cristal, un espectador a la sombra protectora de la eternidad.
- Y después nos
besuqueábamos un poco - la voz es de nuevo amable; Bud estrecha a la muchacha,
le acaricia la espalda -. Un buen trasero - comenta para sí, y le apoya los
labios en la boca; ella no se resiste.
Lorimer observa
cómo Bud la abraza con más fuerza, le manosea las nalgas, hurga bajo las ropas.
Protegido tras sus lentes, siente que también él se excita. Judy agita los
brazos azarosamente.
Bud se separa
para respirar, una mano en la cremallera. - Deja de mirarme - rezonga -. Una
palabra más y descubrirás para qué tienes esa bocaza. Oh, muchacho, un mástil.
Como acero... Perra, es tu día de suerte - ahora le desnuda los senos, senos
grandes... Los acaricia -. Dos condenados arios en el culo de la nada - murmura
-, ven aquí, ¿quieres? No puedo aguantar, míralo... Bonitas tetitas... - y
vuelve a besarla de prisa y le sonríe -. ¿Bien? - pregunta con su voz tierna, y
le hunde la boca en los pezones a la vez que busca los muslos con la mano. Ella
se estremece y suelta un murmullo sofocado.
Las arterias de
Lorimer martillan de placer y espantó.
- Creo que hay
que parar esto - se obliga a decir con falsedad, con la esperanza de no tener
que decir más. A través de la tensión pulsátil oye un susurro de Connie, algo
así como «No te preocupes, Judy es muy atlética». El terror lo apuñala, ellas
no saben. Pero no puede evitarlo.
- Coño, ¿estás
congelada? - gruñe Bud -. Eres tonta...
La cara de Judy
asoma fugazmente por entre el pelo flotante, y una parte remota de la mente de
Lorimer advierte que se le nota divertida e incómoda. Su ser sigue atenta el
espectáculo de Bud, experto en el control del cuerpo de ella en medio del aire,
que le baja los pantalones amarillos. Oh Dios, el oscuro vello púbico, los
muslos blancos y gruesos. Una mujer perfectamente normal, ninguna mutación. Oh
Dios... Pero de pronto una sombra móvil se interpone: es Andy, otra vez. Flota
encima de ellos con algo en la mano.
- ¿Estás al
pelo, Jude? - pregunta el muchacho.
Bud enrojece de furia.
- ¡Lárgate,
idiota!
- Oh, no
molestaré.
- Cielo santo -
Bud se lanza hacia arriba y aferra el brazo de Andy mientras sostiene a Judy
con las piernas -. Esto es cosa de hombres, muchacho. ¿Tengo que explicarte
todo? - mueve el brazo -. ¡Fuera!
Con un
movimiento rápido atrae a Andy y le abofetea la cara, después lo arroja contra
la enredadera.
Bud ladra una
risotada, se inclina sobre Judy. Lorimer puede verle el pene erecto que asoma
por la bragueta. Quiere advertirle, ponerle al tanto del peligro, pero sólo
puede dejarse llevar por el placer caliente que ahora lo desborda, derrite el
caparazón de cristal. Vamos, más. Ve con avidez cómo Bud le besuquea de nuevo
los pechos y luego le hace girar bruscamente el cuerpo. Aferra ambas muñecas en
un puño y le engancha las piernas con las suyas, las nalgas desnudas de la
muchacha se destacan como lunas enormes.
- C-c-u-u-l-o -
gruñe Bud -. Ya verás, putita... - atrae las caderas hacia él.
Judy grita,
empieza una fútil lucha. El caparazón de Lorimer hierve y estalla. En medio del
torbellino los fantasmas de afuera tratan de penetrar. Y algo se está moviendo,
un fantasma real. Consternado, ve que es Andy otra vez, que flota hacia los
cuerpos unidos empujando una cosa zumbante. Oh, no... Una cámara. Qué idiotas.
- ¡Lárgate! -
trata de decirle al muchacho.
Pero Bud vuelve
la cabeza, lo ha visto,
- Pequeño
aguafiestas - estira el brazo y aferra la camisa de Andy mientras mantiene
asida a Judy con las piernas - Ya me hartaste - descarga un puñetazo en la boca
de Andy, la cámara se aleja girando. Pero esta vez Bud no lo suelta, sigue
golpeando al muchacho y todos ruedan en el aire, enmarañados.
- ¡Basta! - se
oye gritar a Lorimer, que se zambulle a través de la cerca -. ¡Bud, detente!
Estás golpeando a una mujer.
La cara feroz
se vuelve hacia él, los ojos entornados.
- Piérdete de
vista, Doc. Consíguete tu propia chica.
- Andy es
mujer, Bud. Estás golpeando a una muchacha. No es un hombre.
- ¿Eh? - Bud
examina la cara ensangrentada de Andy, le sacude la pechera de la camisa -.
¿Dónde están las tetas?
- No las tiene,
pero es mujer. Su verdadero nombre es Kay. Todas son mujeres. Suéltala, Bud.
Bud mira fijo
al andrógino, las piernas todavía apretando a Judy, el pene que tantea el aire.
Andy levanta las manos en forma vagamente combativo.
- ¿Una
lesbiana? - dice lentamente Bud -. ¿Una maldita marimacho? Esto tengo que
verlo.
Gesticula al
azar y manotea por sorpresa la entrepierna de Andy.
- ¡No tiene testículos!
- ruge -. ¡No tiene testículos! - se revuelca en el aire con convulsiones de
risa, suelta a Andy y libera a Judy -. ¡Ah, no! - se interrumpe para aferrar a
Judy del cabello y sigue con sus chillidos -: ¡Una marimacho! - se empuña la
verga endurecida y la menea ante Andy -. Sufre, marimacho - luego levanta la
cabeza de Judy, que ha observado todo sin resistencia -. Mírala bien, muchacha.
¿Ves lo que te ha traído el buen Bud? Esto es todo lo que quieres, confiésalo.
¿Cuánto hace que no ves un hombre de veras, cara de piedra?
Una risa
maniática burbujea en las vísceras de Lorimer, la comicidad supera el miedo.
- Nunca ha
visto un hombre en su vida, ni ella ni las demás. Imbécil, ¿todavía no te das
cuenta? No hay más hombres. Murieron todos hace trescientos años.
La risa de Bud
muere lentamente, mientras él se vuelve hacia Lorimer.
- ¿Qué has
dicho, Doc?
- Los hombres
desaparecieron. La epidemia los extinguió. En la Tierra sólo quedan mujeres.
- ¿Quieres
decir que allá hay dos millones de mujeres y ningún hombre? - se le afloja la
mandíbula -. ¿Sólo marimachos como Andy...? Espera un minuto. ¿De dónde sacan
los niños?
- Los generan
artificialmente. Son todas muchachas.
- Dios... - la
mano de Bud aferra el pene fláccido, lo cosquilleo distraídamente y le devuelve
la rigidez -. Dos millones de hembras calientes allá abajo, esperando al buen
Buddy. Dios, el último hombre en la Tierra. Tú no cuentas, Doc. Y el buen Dave
está lleno de ideas raras.
Empieza a
masturbarse y aún mantiene a Judy aferrada del cabello. El movimiento los hace
retroceder un poco. Lorimer ve que Andy-Kay ha encendido de nuevo la cámara.
Hay una gran mancha de sangre con forma de estrella en la cara aniñada,
probablemente del labio cortado. El mismo se siente apresado en el aire espeso.
Vaciado, falto de lucidez.
- Dos millones
de hembras - repite Bud -. Nadie en casa, sólo muchachas por todas partes.
Puedo hacer lo que se me antoje, en cualquier momento. Basta de tonterías - se
masturba más rápido -. Cubrirán kilómetros a la redonda para suplicarme...
forcejeando entre ellas. Todas para mí, el rey Buddy... Desayunaré fresas y
mujeres. Tetas calientes con mantequilla, hombre. Diantres, tendré un par de
muchachitas que estén todo el día lamiéndome crema batida de la verga... ¡Eh,
organizaré concursos! Buddy ahora tendrá sólo lo mejor. No a ti, vaquillona -
sacude la cabeza de Judy -. Hembritas jóvenes, agujeritos estrechos. Las yeguas
viejas se calentarán mientras las miro - frunce ligeramente el ceño y se
acaricia.
En un rincón
clínico de la mente de Lorimer se aloja la suposición de que la droga está
demorando la eyaculación, y piensa que la concentración de Bud en sí mismo
debería darle alivio. Pero en cambio, incomprensiblemente, le aterra.
- Seré un rey,
un dios - murmura Bud -. Me harán estatuas, mi verga de un kilómetro de altura,
por todas partes... Las pelotas sagradas de Su Majestad. Las adorarán... Buddy
Geirr, la última verga de la Tierra... Hombre, si el viejo George pudiera
verlo... Cuando los chicos se enteren, se morirán de envidia, ¡iuhuuu! - frunce
aún más el ceño -. No puede ser que todos hayan desaparecido - los ojos
extraviados encuentran a Lorimer -. Eh, Doc. En alguna parte ha de quedar algún
hombre, ¿verdad? Dos, o tres, al menos.
- No - Lorimer
menea la cabeza con esfuerzo -. Están todos muertos, todos.
- Mierda - Bud
se vuelve para mirarlos -. Tiene que quedar alguno, dime que sí - tironea de la
cabeza de Judy -. Dilo, borrega.
- No, es verdad
- dice ella.
- No hay
hombres - repite Andy/Kay.
- Me estáis
mintiendo - gruñe Bud, y se acaricia más de prisa, sacude la pelvis -. Tiene
que haber algún hombre, claro que los hay... Se ocultan en las colinas, eso es.
La caza, la vida salvaje... Buenos salvajes, lo sabía.
- ¿Por qué
tiene que haber hombres? - le pregunta Judy mientras la sacuden a un lado y
otro.
- Por qué,
hembra estúpida - no la mira, se excita furioso -. Porque de lo contrario nada
cuenta, imbécil. Ese es el porqué... Hay algunos hombres, unos buenos
vaqueros... Buddy es un viejo vaquero...
- ¿Ahora
expulsará esperma? - susurra Connie.
- Es muy
probable - dice Lorimer, o intenta decirlo; el espectáculo es de un interés
meramente clínico, piensa. Nada que temer. Una de las manos de Judy sostiene
algo: una pequeña bolsa de plástico. Se lleva la otra mano al cabello pero Bud
la sacude, debe de ser doloroso.
- Ahhh, ahh -
jadea Bud, lastimero -, así, así... - de pronto se acerca la cabeza de Judy a
la entrepierna; Lorimer observa la expresión perpleja de la muchacha -. Tienes
una boca, perra. ¡Úsala! ¡Tómala, carajo! ¡Tómala, ah... una pequeña ostra sale
despedida flojamente. El brazo de Judy la persigue con la bolsa mientras ruedan
en el aire.
- ¡Geirr!
Desconcertado
por el bramido, Lorimer se vuelve y ve a Dave - el mayor Norman Davis - que
observa desde la entrada. Tiene los brazos extendidos para contener a Lady Blue
y la otra Judy.
- ¡Geirr! Dije
que no se cometerían indignidades en esta nave, y lo dije en serio. ¡Aléjese de
esa mujer!
Bud mueve las
piernas vagamente, como si no hubiera oído, mientras Judy nada entre ellas para
embolsar las últimas gotas.
- Usted, ¿qué
demonios hace?
En el silencio
Lorimer se oye decir:
- Parece que
toma una muestra de esperma...
- ¿Lorimer? ¿No
te queda una pizca de cordura en esa mente pervertida? Conduce a Geirr a su
cuarto.
Bud se yergue
lentamente, rueda.
- Ah, el
reverendo Leroy - dice, sin expresión.
- Estás ebrio
Geirr. Vé a tu cuarto.
- Tengo
noticias para ti, Dave - le dice Bud con la misma voz chata -. Apuesto a que no
sabes que somos los últimos hombres de la Tierra. Dos millones de hembras nos
esperan.
- Lo sé - dice
Dave, furioso -. Eres un borracho perdido. Lorimer, llévate a ese hombre de
aquí.
Pero Lorimer no
siente la pulsación de ningún nervio. La voz furiosa de Dave ha conjurado el
terror, ha creado una extraña éstasis esperanzada que los envuelve a todos.
- Ya no tengo
que aguantarte más - dice Bud con movimientos de cabeza, murmurando no, no, no,
mientras se acerca a Lorimer -. Nada más importa. Todos han muerto. ¿Para qué,
amigos? - arruga la frente -. El viejo Dave, él es hombre. Le dejaré algunas.
Las más frígidas... Pobre viejo Doc, eres un bicho raro pero es mejor que nada,
también te dejaré algunas... Tendremos lugares, rebaños enteros, ya lo verás...
Eh, podemos correr carreras, tiene que haber un millón de coches allá. Podemos
ir de cacería. Y luego encontraríamos a los salvajes.
Andy, o Kay,
flota hacia él. Se seca la sangre.
- ¡Ah no, no te
acerques! - gruñe Bud, y se lanza hacia ella. Cuando estira el brazo Judy le
golpea los tríceps.
Bud suelta un
aullido entrecortado, agita las extremidades, y luego flota sin fuerzas, la
cara repentinamente serena. Lorimer ve que respira. Está soltando su propio
aliento, observando cómo extienden su enorme cuerpo con cuidado. Judy recoge
los pantalones de la enredadera y lo remolcan a través de la cerca. Ella lleva
la cámara y la bolsa con la muestra.
- ¿Pongo esto
en el congelador, verdad? - le dice a Connie cuando pasan. Lorimer tiene que
desviar los ojos.
Connie asiente.
- Kay, ¿cómo
está tu cara?
- ¡Lo sentí! -
responde con entusiasmo Andy/Kay, y frunce los labios -. Sentí la furia física,
quise golpearlo. ¡Iuhuuu!
- Meted a ese
hombre en mi habitación - ordena Dave cuando pasan se ha movido hacia la luz,
por encima de los plantíos de lechuga. Lady Blue y Judy Dákar están de nuevo
junto a la pared y observan. Lorimer recuerda lo que quería preguntar.
- Dave, ¿lo
sabes, de veras? ¿Has descubierto que son todas mujeres?
Dave lo
escruta, pensativo. Erguido, flota con el sol en la barba y el pelo castaños.
Rasgos viriles auténticos. Lorimer recuerda a su propio padre, una figura
pálida y menuda como él mismo. Se siente mejor.
- Siempre supe
que trataban de engañarnos, Lorimer. Ahora que esta mujer ha admitido los
hechos entiendo toda la magnitud de la tragedia - es su profunda voz dominical.
Las mujeres le miran con interés -. Son criaturas perdidas. Han olvidado a
Aquel que las creara. Durante generaciones han vivido en las tinieblas.
- Sin embargo,
parece que se las arreglan bastante bien - se oye decir Lorimer, aunque le suena
bastante idiota.
- Las mujeres
son incapaces de gobernar nada, Lorimer. Deberías saberlo. Mira lo que han
hecho aquí, es patético. Ni el menor progreso. Pobres almas - Dave suspira con
gravedad -. No es culpa de ellas, lo reconozco. Nadie las ha guiado en
trescientos arios. Como un pollo con la cabeza cortada.
Lorimer
reconoce su propio pensamiento: una masa protoplasmática de dos millones de
células, sin estructura, charlatana y trivial.
- La cabeza de
la mujer es el hombre - dice Dave con vehemencia -. Corintios I, 11:3. Ninguna
disciplina - tiende el brazo y levanta un crucifijo mientras boga hacia la
cerca vegetal -. Burlas. Abominaciones - toca las plantas y se vuelve,
enmarcado por la fronda verde -. Lorimer, hemos sido enviados aquí. El plan de Dios
es éste, Yo fui enviado aquí. No tú, tú eres tan inútil como ellas. Mi segundo
nombre es Paul - añade en tono coloquial. El sol relumbra en la cruz; en la
cara altiva, un semblante fuerte, puro, apostólico. Pese a ciertas reservas
intelectuales, Lorimer siente despertar un nervio olvidado -. Oh Padre, dame
fuerzas - ruega Dave con serenidad, los ojos cerrados -. Nos has rescatado del
vacío para traer Tu luz a este mundo sufriente. Conduciré a Tus hijas errantes
fuera de las tinieblas. Seré un padre severo pero misericordioso para con
ellas, en Tu nombre. Ayúdame a enseñar a Tus hijas Tu ley sagrada e infúndeles
el temor a Tu justa ira. Que las mujeres aprendan en el silencio y la sumisión,
Timoteo 2:7. Engendrarán varones que las gobernarán y glorificarán Tu nombre.
El podría
lograrlo, piensa Lorimer. Un hombre como éste podría poner la vida en marcha de
nuevo. Tal vez hay algún misterio, un plan. Yo ya me daba por vencido. No tengo
agallas... Oye que las mujeres cuchichean.
- Esta cinta
está terminando - es Judy Dákar -. ¿No es suficiente? Sólo está repitiendo.
- Espera -
murmura Lady Blue.
- Y engendró un
niño que gobernará las naciones con vara de hierro, Apocalipsis 12:5 - dice
Dave, más alto; ahora tiene los ojos abiertos, fijos en la cruz -. Pues de tal
manera amó Dios al mundo que envió a su hijo unigénito.
Lady Blue
asiente. Judy se acerca a Dave. Lorimer entiende, y la protesta le tiembla en a
garganta. No pueden hacerle eso a Dave, tratarlo como un animal, santo cielo...
¡Es un hombre!
- ¡Dave! ¡Aléjate,
no dejes que se te acerque! - grita.
- ¿Puedo mirar,
mayor? Es hermoso, ¿qué es? - dice Judy, acercándose con la mano tendida hacia
el crucifijo.
- ¡Tiene una
hipodérmico, cuidado!
Pero Dave ya ha
girado sobre sí mismo.
- ¡No seas
sacrílega, mujer!
Le arroja la
cruz como un arma, tan amenazadoramente que ella se retrae en el aire y muestra
la aguja que le destella en la mano.
- ¡Serpiente! -
Dave le patea el hombro y se impulsa hacia arriba -. Blasfema. Bueno, a partir
de ahora - barbota en su voz ordinaria - impondremos un poco de orden aquí.
Hacia esa pared, todos.
Atónito,
Lorimer ve que Dave tiene en la otra mano un arma, una pistola pequeña y gris
que debe haber traído desde Houston. La esperanza y la ataraxia desaparecen, es
devuelto a la decadente realidad.
- Mayor Davis -
está diciendo Lady Blue; ella y las demás se le acercan, directo hacia el arma.
¿Sabrán qué es?
- ¡Alto! - les
grita Lorimer -. Obedecedle, por Dios. Es un arma balística, puede mataros.
Dispara cápsulas de metal - empieza a acercarse a Dave a lo largo de las
enredaderas.
- Atrás - Dave
gesticula con la pistola -. Tomo el mando de esta nave en nombre de los Estados
Unidos de América, con Dios por testigo.
- Dave, guarda
esa pistola. No querrás dispararle a la gente...
Dave lo ve y lo
encañona.
- Te advierto,
Lorimer. Métete aquí con ellas. Al menos Geirr es un hombre, cuando está sobrio
- se vuelve a las mujeres que todavía revolotean perplejas alrededor y
comprende -. Muy bien. Primera lección: observen esto.
Apunta cuidadosamente
a las jaulas de las iguanas y dispara. Hay una detonación sibilante. Un lagarto
estalla en sangre, los gritos cunden. Un godeo estridente y mecánico sofoca
todos los ruidos.
- ¡Una
filtración!
Dos cuerpos se
lanzan hacia el extremo opuesto, todos se mueven. En la confusión Lorimer ve
que Dave regresa serenamente a la salida, el arma empuñada. El cruza el anaquel
de las herramientas con frenesí para cerrarle el paso. Un cilindro de aerosol
se suelta cuando lo aferra, y lo deja pataleando en el aire. El godeo de la
alarma muere.
- Se quedarán
aquí hasta que yo decida enviar por ustedes - anuncia Dave; ha llegado a la
salida, está empujando la maciza compuerta. Sellará el sector, comprende
Lorimer.
- ¡No, Dave!
escucha, nos matarás a todos - las alarmas internas de Lorimer lo estremecen,
ahora sabe para qué ha sido todo ese juego endemoniado y está muerto de miedo
-. ¡Dave, escúchame!
- ¡Silencio!
El arma gira
hacia él. La puerta se mueve, pero Lorimer logra asentar un pie.
- ¡Cuidado! ¡Es
una bomba! - con todas sus fuerzas arroja el cilindro a la cabeza de Dave y se
lanza detrás - ¡Apártate! - y flota impotente en movimientos lentos, oye un
nuevo estampido del arma, y aullidos de voces. Dave le debe de haber errado,
acertar en esas condiciones no es tan fácil... Y luego se está arqueando hacia
abajo, aferrado a una cabellera. Un golpe recio le da en el vientre, una patada
de Dave, pero él logra pasarle el brazo por debajo de la barba, mientras el
hombre arremete como un toro y lo zarandea.
- ¡El arma! -
grita; gente que lo atropella, golpes. Justo cuando la mano se le afloja y
suelta a Dave, otra mano le serpea al lado y aferra el hombro de Dave, y
entonces ambos se estrellan contra la compuerta en un nudo. El cuerpo de Dave
repentinamente está tieso.
Lorimer se
suelta, ve la cara retorcida de Dave, que se. vuelve lentamente hacia él.
- Judas...
Los ojos se le
cierran. Todo ha terminado.
Lorimer mira
alrededor. Lady Blue empuña el arma, está mirando el cañón.
- Baja eso -
jadea él, agitado. Ella sigue examinándola.
- ¡Eh, gracias!
- Andy/Kay le sonríe torciendo la cara, frotándose la mandíbula. Todas sonríen,
le hablan cálidamente, se palpan los cuerpos, las ropas rasgadas. Judy Dákar
tiene una magulladura en el ojo, Connie sostiene de la cola una iguana destrozada.
Al lado, Dave
flota. Su respiración es convulsiva, la cara ciega apunta al Sol. Judas...
Lorimer siente que el último escudo se le resquebraja dentro, y la desolación
lo inunda. En la cubierta yace mi capitán.
Andy-que-no-es-hombre
se acerca y cierra con destreza la chaqueta de Dave, la aferra y lo remolca
hacia afuera. Judy Dákar los detiene un instante para ceñir la cadena del
crucifijo en la mano de Dave. Alguien ríe casi cordialmente cuando pasan al
lado.
Por un instante
Lorimer está de vuelta en aquella sala de baño de Evanston. Pero han
desaparecido... Todas las muchachitas godeantes, desaparecidas para siempre con
los muchachones que esperaban fuera para burlarse de él. Bud tiene razón,
piensa. Nada más importa. La pena y la furia le marean. Ahora sabe qué era lo
que temía: no la vulnerabilidad de ellas, la suya.
- Eran buenos
hombres - dice amargamente -. No son malos. No sabéis lo que significa la
maldad. La culpa fue vuestra, por incitarlos. Los habéis obligado a hacer
locuras. ¿Fue interesante? ¿Aprendisteis mucho? - le tiembla la voz -. Todos
tenemos fantasías agresivas. A ellos nunca los habían vencido. Nunca. Hasta que
los drogasteis.
Lo miran en
silencio.
- Pero nadie
las cumple - dice al fin Connie -. Las fantasías, quiero decir.
- Eran buenos
hombres - repite Lorimer, elegíaco; sabe que está hablando por todos; por el
Padre de Dave, por la virilidad de Bud, Por sí mismo, por Cro-Magnon, quizás
también por los dinosaurios -. Yo soy un hombre. SI, por Dios, estoy furioso.
Tengo derecho. Os hemos dado todo esto, lo hemos construido todo. Os hemos
legado vuestra preciosa civilización y vuestros conocimientos y comodidades y
medicinas y sueños. Todo. Os hemos protegido, nos deslomamos para defendemos a
vosotras y a vuestros hijos. Ha sido difícil; una pelea, una pelea durísima.
Somos violentos. Teníamos que serlo, ¿no entendéis? ¿No podéis entenderlo, en
nombre de Cristo?
Otro silencio.
- Lo estamos
intentando - suspira Lady Blue -. Lo estamos intentando, doctor Lorimer. Por
supuesto que disfrutamos de esos inventos y apreciamos el papel de ustedes en
la evolución. Pero debe entender el problema. En mi opinión, el principal
peligro del que había que proteger a la gente eran otros machos de la especie,
¿verdad? Acabamos de presenciar una demostración extraordinaria. Ustedes han
revivido la historia ante nuestros ojos - los ojos pardos y rugosos le sonríen;
una matrona menuda, color té, que empuña un artefacto obsoleto -. Pero la pelea
terminó hace tiempo. Terminó con los hombres, supongo. No podemos dejar
personas así, sueltas en la Tierra. Simplemente no contamos con medios para
gente con semejantes problemas emocionales.
- Además, creo
que no seríais muy felices - añade con honestidad Judy Dákar.
- Podríamos
utilizarlos para el clonaje - dice Connie -. Sé de gente que se ofrecería como
voluntaria para la maternidad. Las jóvenes servirían. Podríamos intentarlo.
- Ya hemos
pasado por todo eso - Judy Paris bebe del depósito de agua; se limpia y escupe
en los almácigos, mira a Lorimer con preocupación -. Ahora tendríamos que
encargarnos de esa filtración, mañana podremos hablar. Y mañana, y mañana - le
sonríe, mientras se frota la entrepierna, distraída -. Estoy segura de que
mucha gente querrá conoceros.
- Dejadnos en
una isla - dice fatigosamente Lorimer -. En tres islas - esa expresión, conoce
esa expresión de preocupada compasión; la madre y la hermana habían puesto la
misma cara aquella vez que apareció el gatito en el patio, enfermo. Lo habían
consolado y alimentado, y después lo llevaron tiernamente al veterinario para
que lo gaseara.
Una aguda y
compleja añoranza de las mujeres que conoció se adueña de él. Mujeres para las
que los hombres no eran irrelevantes. Ginny... Dios santo. Su hermana Amy.
Pobre Amy, era buena con él cuando eran niños. La boca se le tuerce.
- Vuestro
problema es el siguiente - dice -: si vais a correr el riesgo de concedernos
igualdad de derechos, ¿qué podremos dar nosotros, a cambio?
- Precisamente
- responde Lady Blue. Todas le sonríen aliviadas, sin comprender que él no
siente alivio.
- Creo que
tomaré ahora ese antídoto - dice Lorimer.
Connie se le
acerca flotando, es una mujer corpulenta, cordial, absolutamente extraña.
- Pensé que
querrías el tuyo en un bulbo - sonríe amablemente.
- Gracias -
Lorimer toma el bulbo pequeño y rosado -. Sólo una pregunta - dice vuelto hacia
Lady Blue, que examina los agujeros de bala -, ¿cómo os denomináis? ¿Mundo de
Mujeres? ¿Liberación? ¿Amazonia?
- Bueno,
simplemente nos llamamos seres humanos - los ojos centellean ausentes, y
vuelven a las marcas de bala -. Humanidad, género humano. La raza humana - se
encoge de hombros.
El líquido sabe
fresco al bajar, algo como la paz o la libertad, piensa Lorimer. O la muerte.
FIN
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Sadrac 2000