James Tiptree Jr.
En un rincón
del salón de pasajeros el niño había logrado activar una pantalla de video.
- ¡Rovy! Te han
dicho que no juegues con la pantalla durante el Salto. Ya sabes que allí no hay
nada, son sólo lucecitas, querido... Ahora, vuelve a jugar.
Mientras la
joven matrona-de-clan lo conducía de vuelta a los capullos algo ocurrió. Fue un
sacudón muy leve, apenas lo suficiente para llamar la atención de los pasajeros
somnolientos. Inmediatamente habló una voz serena, acompañada por el murmullo
de la traducción múltiple.
- Habla el
capitán. La discontinuidad momentánea que acabamos de experimentar es
totalmente normal en esta modalidad del paraespacio. Tendremos una o dos más
antes de llegar al complejo de Orión, donde estaremos en un par de unidades de
tiempo de a bordo.
Ese episodio
menudo estimuló la charla.
- Realmente
compadezco a los jóvenes de hoy - la enorme criatura con ropas de mercader
tamborileó en su pantalla de Noticias Galácticas, infló confortablemente las bolsas
auditivas -. Ya pasaron los buenos tiempos. Diantre, cuando salí por primera
vez, todo esto era una región fronteriza. Hacía falta valor para ir más allá de
la Cruz del Norte. Uno redactaba el testamento antes del viaje. Aún recuerdo el
primer Salto Transgaláctico.
- ¡Qué rápido
ha cambiado todo! - se admiró su locuaz pequeño, que añadió, audaz -: Los
jóvenes son tan apáticos. Aceptan todas estas maravillas como naturales, la
idea del heroísmo les hace gracia.
- ¡Héroes! -
refunfuñó el mercader -. ¡No ellos! - paseó una mirada desafiante por la lujosa
cabina, lo que provocó gestos de asentimiento; de golpe un capullo giró para
enfrentarlo y descubrir a un terráqueo con el uniforme gris de los Caminantes.
- El heroísmo
es esencialmente un concepto espacial - dio suavemente el Caminante -. Los
héroes se acaban al mismo tiempo que el espacio libre por explorar - se volvió
como arrepentido de haber hablado, como un hombre que trata de sobrellevar una
aflicción personal.
- Oh, ¿y qué
opináis de ser Orfiano? - preguntó un brillante y joven reproductor -. ¡Eso sí
que es heroísmo! Atravesó solo el Brazo en una pequeña cápsula - rió, coqueto.
- No es para
tanto - murmuró una cultivada voz de Galfad; el lutroide que había estado
usando el puesto de referencias se quitó los cables de recepción y le sonrió al
reproductor con aire distante -. Tales proezas son apenas un canto de cisne,
las sobras de la cosecha, si queréis. ¿Acaso Orfiano se lanzó a lo desconocido?
De ningún modo. Simplemente ponía a prueba su capacidad personal. Jugaba al
héroe. No - la voz del lutroide adquirió la claridad de un Cronista experto -.
La fase primitiva ha concluido. La verdadera frontera ahora está dentro: el
espacio interior - se ajustó la forrajera académica.
El mercader
había vuelto a su pantalla.
- Pues aquí hay
una bonita oferta - gruñó -. Un anillo solar en venta, en el sector Eridani.
Hace tiempo que ese sector necesita desarrollo, y las posibilidades son buenas.
¡Si alguno de esos jóvenes iracundos se decidiera a inflar las branquias y
hacer algo... - golpeó al vástago en el hocico y le arrancó un maullido
lastimero.
- Pero eso se
parece demasiado al trabajo - agregó su interlocutor con un ánimo conciliador.
El Caminante
había estado observando con callada hosquedad. Se inclinó hacia el lutroide.
- Habla usted
del espacio interior. ¿Se refiere a las investigaciones psíquicas?
¿Exploraciones puramente subjetivas?
- De ninguna
manera - dijo satisfecho el lutroide -. Los cultos psíquicos me parecen mero
sensacionalismo. Me refiero a la realidad, a esa realidad más simple y profunda
que yace más allá del alcance de las metodologías triviales de la ciencia, la
realidad que sólo podemos abordar mediante lo que se llama experiencia estética
o religiosa, la inmanencia divina, si prefiere...
- El arte o la
religión no lo llevarían a Orión - objetó - un perro espacial gris del capullo
contiguo -. Si no fuera por la ciencia no estaría usted brincando parsecs en
una nave aleph.
- Quizá
brincamos demasiado - sonrió el lutroide -. Quizá nuestra capacidad técnica nos
hace brincar, como usted dice, sobre...
- ¿Y las
guerras del Brazo? - gritó el joven reproductor -. Oh, la ciencia es horrible.
Lloro cada vez que pienso en esa pobre gente - los grandes ojos humearon y la
criatura se abrazó el cuerpo de manera sugestiva.
- Bien, no se
puede culpar a la ciencia por lo que hacen con ella unos sabuesos con poder -
masculló el perro espacial volviendo el capullo hacia el reproductor.
- Correcto -
dijo otra voz, y el grupo se dispersó.
Los ojos
soñadores del Caminante seguían fijos en el lutroide.
- Si usted está
tan seguro de esa realidad más profunda de ese espacio interior - dijo
serenamente -, ¿por qué casi no tiene uñas en la mano izquierda?
La mano
izquierda del lutroide se arqueó y luego se estiró lentamente para revelar las
uñas carcomidas. No carecía de disciplina.
- Reconozco el
derecho de la orden a que usted pertenece, a hacer comentarios personales
impertinentes - dijo con rigidez; luego suspiró Y sonrió -. Ah, desde luego.
Admito que soy inmune al angst universal, la falta de nervio. El acechante
temor al estancamiento y la decadencia, ahora que la vida ha llegado a los
límites de la galaxia. Pero considero esto un desafío a la trascendencia que
todos debemos lograr, y lograremos, mediante nuestros recursos interiores.
Descubriremos nuestra frontera verdadera - cabeceó -. La vida nunca ha sorteado
el desafío último.
- La vida nunca
se ha topado con el desafío último - replicó el Caminante, sombrío -. Siempre
que una raza, sociedad, planeta o sistema o federación o enjambre se hubo
expandido hasta sus límites espaciales, luego empezó a decaer. Primero la
paralización, luego una creciente entropía, degradación estructural,
desorganización, muerte. En todos los casos, el proceso sólo fue detenido mediante
la irrupción interna de nuevos pueblos. Tosco y simple espacio exterior.
¿Espacio interior? Considere a los veganos...
- ¡Exacto! -
interrumpió el lutroide -. Eso lo refuta a usted. Los veganos estaban
alcanzando los más fructíferos conceptos de realidad transfísica, conceptos que
ciertamente debemos reconsiderar. Si la invasión mirmidia no hubiera causado
tanta destrucción...
- Generalmente
se ignora que cuando los mirmidios aterrizaron - dijo el Caminante en voz baja
-, los veganos estaban devorando sus propias larvas y utilizaban los tejidos de
sueño sagrados como adorno. Muy pocos podían cantar, siquiera.
- ¡No!
- Por el
Camino.
Las membranas
nictitantes del lutroide le enturbiaron los ojos. Al cabo de un momento dijo
formalmente:
- Lleva usted
consigo la dádiva de la desesperación.
El Caminante
susurraba como para sí mismo.
- ¿Quién vendrá
a abrir nuestros cielos? Por primera vez la vida toda está cerrada en un
espacio finito. ¿Quién puede rescatar una galaxia? Las Nubes son yermos y las
zonas más allá no pueden ser cruzadas siquiera por la materia, mucho menos por
la vida. Por primera vez hemos alcanzado el límite de veras.
- Pero los
jóvenes - dijo el lutroide con serena angustia. - Los jóvenes lo perciben.
Procuran inventar pseudofronteras, huidas subjetivas. Tal vez ese espacio
interior pueda fascinarles un tiempo. Pero la desesperación cundirá. A la vida
no se la engaña. Hemos llegado al fin de la infinitud, al fin de la esperanza.
El lutroide
miró los ojos entornados del Caminante, alzando involuntariamente la
sobrepelliz académica como un escudo.
- ¿Cree que no
hay nada? ¿Ninguna salida?
- Sólo nos
aguarda la prolongada e irreversible decadencia. Por primera vez sabemos que no
hay nada más allá de nosotros mismos.
Al cabo de un
momento el lutroide agachó la cabeza y los dos seres se dejaron amortajar por
el silencio. La Galaxia se deslizaba fuera, invisible, vastísima, centelleante:
una prisión finita. Sin salida.
En el corredor
algo se movió a sus espaldas.
El niño Rovy se
deslizaba sigilosamente hacia las pantallas que daban al no-espacio, los ojos
intensos y brillantes.
FIN
Escaneado por Sadrac 2000