Howard Waldrop
Su nombre, de
acuerdo con el certificado de nacimiento, era Edward Smith. La «señora Smith»
lo había abandonado en el hospital, al partir con destino desconocido. Fue
criado en el Hogar Sylacauga, situado en la calle 12 de Birmingham, Alabama.
El niño era
precoz; de otro modo, nadie habría reparado en él. Los psicólogos se inclinaban
a pensar que tanto su padre como su madre habían tenido un cociente intelectual
de genios. Seguramente no había sacado su inteligencia del mostrador de un café
de camioneros. No se sabía que era lo que había impulsado a la «señora Smith» a
abandonar a su hijo recién nacido en la sala de maternidad de un gran hospital
metropolitano.
Baste decir
que, a los veintisiete años, Edward NMI Smith fue nombrado director de
información pública de la Administración de los Servicios de Ciencias del
Espacio. Era el hombre más joven y más brillante que había llegado a ocupar un
puesto tan importante en el gobierno. En esa época estaba infelizmente casado y
era padre de un niño; un hombre muy solo.
Durante el año
en que estuvo al cargo de la dirección, los primeros hombres regresaron de las
estrellas. Habían partido hacia Alfa del Centauro veintiséis años atrás,
acelerando hasta alcanzar velocidades próximas a la de la luz, durante el
tercio intermedio de su travesía. Llegaron en doce años. Una noche, dieciséis
años después de la partida de las primeras naves, un mensaje cayó del claro
cielo.
Siete de las
nueve naves hicieron el viaje. Durante su transcurso, las tripulaciones
permanecieron despiertas, como todas las tripulaciones de las naves espaciales.
Guiaron a la enorme nave a través de la oscuridad, controlando por medio de
monitores a aquellos colonizadores que viajaban congelados, con la esperanza de
hallar un nuevo mundo cuya órbita girara alrededor de la estrella más próxima.
Alfa del
Centauro IV, llamada Nova Terra (por supuesto), había sido descubierta en
primer lugar. Poca gravedad, mucha luz solar, poco oxígeno, mucho nitrógeno. Un
buen mundo.
El mensaje provino
del nuevo transmisor de Nova Terra. La estación de radio había estado emitiendo
durante cuatro años cuando su primer mensaje llegó a la Tierra, y otros cuatro
años transcurrirían hasta que supieran si la Tierra había recibido el mensaje.
Las distancias inmensas, la negrura profunda, las estrellas brillantes.
Mientras tanto,
dos años y medio después de la colonización de Nova Terra, una expedición
emprendió el regreso. Debido al tiempo de demora entre emisión y recepción, el
mensaje que informaba acerca de su partida de Nova Terra fue recibido dieciocho
años y medio después de que las naves abandonaran la Tierra. Alguien llegó
rápidamente a la conclusión de que, en ese momento, ya hacía cuatro años que
las naves estaban en camino, y que llegarían en otros ocho.
El mensaje
decía: «Dos naves regresan a la Tierra. Los métodos desarrollados aquí permiten
a las tripulaciones dormir por turnos. Algunos colonizadores de regreso. Hasta
dentro de doce años.»
Ocho años más
tarde, las naves estaban en órbita alrededor del sol, a unos pocos cientos de
kilómetro por encima de la Tierra. De noche, se veían más brillantes que Venus,
más brillantes que las estaciones espaciales que giraban cerca de ellas; dos
estrellas nuevas en el cenit.
Ed Smith, el
nuevo director de información de la Administración del Servicio de Ciencias del
Espacio, y su equipo, estaban en la Estación Nº 3 para dar la bienvenida a los
primeros hombres y mujeres que regresaban de las estrellas.
- ¡Madre
Iglesia! En cualquier momento a partir de ahora - dijo Newton Thornton, mirando
el reloj de pared.
- Tranquilo,
Newton - dije -. Este es el momento de gloria de la Estación. El primero desde
que partieron las naves estelares, hace casi tres décadas. No puedes
censurarlos porque demoren la descompresión un poco más de lo debido.
- Ya lo sé,
señor Smith - dijo -, pero maldición, bien que se están tomando su tiempo.
- Bien, los
tendremos todo lo que queramos - dije.
Las puertas se
abrieron y salieron, el director de la estación caminando a grandes trancos a
la cabeza, como un león rey de la manada.
Su mano
complacida se extendió casi automáticamente.
- Este es el
señor Smith, damas y caballeros, el director de información de los Servicios
del Espacio. Señor Smith, la tripulación y los colonizadores de Nova Terra.
Hice un pequeño
saludo impaciente. Varios miembros de la tripulación me devolvieron el saludo,
rígida y formalmente. Dos de las mujeres hicieron una reverencia.
Todos
sonreímos.
El comandante
Gunderson aspiraba el humo de su cigarro como si fuese aire.
- Le
sorprenderá saber - dijo - que el tabaco no crece en las áreas de Nova Terra
que hemos colonizado. La mayor parte del suelo es demasiado ácido. Por
supuesto, eso era hace... ¿cuánto?... doce años. Ahora puede haber más tabaco
que en Carolina del Norte. - Aspiró más humo de su cigarro.
- Así lo espero
- dijo Newton -. Carolina ya no tiene tabaco.
- ¿Qué?
- Virginia, las
Carolinas, Georgia, perdieron más de las tres cuartas partes de las cosechas,
hace once años. Una nueva plaga de hongos. Se expande con rapidez. Las esporas
se extienden en una capa tan gruesa, sobre el suelo, que la tierra no podrá ser
usada durante años. Todo el tabaco que tenemos ahora se planta en Arizona,
Nuevo México y en algunas partes de las llanuras californianas... que, en parte,
aún eran desérticas cuando ustedes partieron - dijo Newton.
- Maldito sea -
dijo Gunderson. La fatiga ensombreció su rostro -. Nos llevará un tiempo
adaptarnos...
Miró con fijeza
la brasa de su cigarro.
- Partí como
colonizador. Veintiséis años atrás. Eso es mucho tiempo. Decidí que, aún con mi
entrenamiento en el Servicio, sería mejor para mí viajar dormido. Por si alguna
vez querían regresar y las tripulaciones se negaran a hacer otro viaje de doce
años. - Se frotó el cabello cano.
- Los
tripulantes... envejecieron. Yo no. Pensé que sería como ellos durante el viaje
de regreso. Eso fue antes de que desarrolláramos los rápidos métodos
criogénicos, que permiten que la tripulación duerma por turnos. Sólo he estado
despierto durante siete meses, desde que partirnos de Nova Terra.
«Sabía que
habría gente que querría regresar. No es una aventura estar allá afuera. Es un
trabajo duro.»
Apagó la
colilla con mucho cuidado.
- Diablos, he
envejecido sólo tres años y siete meses desde que partí de la Tierra, veintiséis
años atrás. Por supuesto, ya era viejo cuando partí.
Thornton se
rió.
El Comandante
Gunderson se puso serio.
- Hay gente que
sólo envejeció tres años - dijo -. Algunos de los colonizadores partieron
dormidos. Han regresado dormidos. Estuvieron despiertos sólo tres años. Lo que
encontraron allí no les gustó más que lo que dejaron al partir.
Suspiró y se
reclinó en su silla.
- Creo que fue
por eso por lo que partí dormido, en lugar de partir como miembro de la
tripulación. Sabía que habría gente como ésa, que necesitaría regresar más que
había necesitado partir. Creo que fue por eso.
Después de que
el Comandante se fue, Newton Thornton me miró.
- ¿Cómo lo
harán para lograrlo? - preguntó.
- Como todo el
mundo - dije, recordando -. Se las arreglan de uno u otro modo.
Los
interrogatorios se demoraban. Los informes ocupaban un cuarto pequeño.
Nacimientos y muertes, posibilidades de cultivo, deficiencias minerales; todo
lo que sirve para decirle a uno qué clase de planeta es, para que uno pueda
decidir cómo transformarlo en lo que uno quiere que sea. Aún teníamos que
entrevistar a doce de los colonizadores que habían regresado, y al Capitán
Welkins. Welkins había partido como miembro de la tripulación y había regresado
igual. Despierto todo el tiempo. Los psicólogos lo entrevistaban primero.
Nosotros hablaríamos con él más tarde. Los colonizadores y los tripulantes
estaban ansiosos por descender al planeta del que habían partido veintiséis
años atrás. Nosotros íbamos lo más rápido posible para conseguir la información
que necesitábamos. Y estábamos tan cansados como ellos. A todos nos vendría
bien un descanso.
A veces,
durante aquella segunda semana, llamaba a mi esposa y a mi hijo.
Yo: Hola,
Angie.
AN: ¿Eres tú, Ed?
YO: Sí. ¿Cómo
estás? ¿Cómo está Billy?
AN: Oh, estamos
bien. Muy bien.
Yo: Dile que no
sé cuándo estaré de regreso. Pero no me demoraré demasiado. Una semana, a lo
sumo.
AN: Te echa de
menos. Todo el día pregunta por tí.
Yo: Bien, creo
que yo os encuentro a faltar a los dos.
AN: ¿Seguro?
Yo: Diablos, ya
sabes lo que quiero decir.
AN: Bien,
espero que vuelvas pronto.
Yo: Maldición,
Angie. Lo que necesito es un descanso. Estoy rendido. Tengo mucho trabajo aquí.
AN: Entonces
tal vez puedas llevar a Billy a las montañas dentro de unas semanas.
Yo: No quiero
llevar a Billy a ninguna parte. Lo único que quiero es descansar.
AN: Perdóname.
Yo: Mira,
Angie. Dile a Billy que lo veré pronto.
AN: ¿Y yo?
Yo: ¿Y tú qué?
AN: ¿Es que ni
siquiera puedes tratar de ser amable de vez en cuando?
Yo: Hace mucho
que dejé de hacerlo. Te veré pronto.
AN: ¿Estás
seguro de que no desperdiciarás tu valioso tiempo si me ves?
Colgué.
Maldición. Maldición.
Su nombre era
Jo Ellen Singletary. Era una de las personas de las que había hablado el
comandante Gunderson. Era muy bonita. A veces, mientras hablaba, se le formaban
pequeñas arrugas alrededor de la boca. Minúsculas arrugas. Aparentaba veinte o
veinticinco años.
Yo tenía listos
sus informes parciales. Nunca los miraba hasta que no tenía que escribir los
informes completos. Trabajaba con el biograma que Newton hacía de cada persona.
Aún no me había entrevistado con Welkins. Los psicólogos se estaban demorando.
- Usted es uno
de los casos especiales - dije.
- ¿Especiales?
Oh, usted quiere decir que soy una de los que volvieron.
- Sí, de los
que volvieron.
- Entonces
supongo que soy especial - dijo ella.
- ¿Qué la hizo
decidirse a regresar? - le pregunté.
- No... no me
gustaba la vida allá. - Cambió de posición en la silla. Newton había ido a
buscarnos algunos bocadillos. Ella paseó la mirada por el cuarto.
- Entonces
volví. Quiero empezar otra vez aquí, en la Tierra.
- Advertirá
que, las cosas han cambiado, en estos veintiséis años - dije.
Por toda
respuesta, sus ojos empezaron a humedecerse. No me gustan las mujeres cuando
lloran. Empecé a levantarme; luego me arrepentí.
- Lamento
haberla alterado - dije -. Sólo era una pregunta.
- No. No, no
era. - Su rostro se puso tenso -. Usted quiso decir que la vida aquí no será
más fácil ahora que cuando me fui. ¿No es así?
Miré los
papeles que estaban encima de mi escritorio.
- No. Ha sido
una semana muy dura. Lamento haberla alterado. No tengo excusa.
- Sé que ha
tenido una semana muy dura - dijo ella, con la vista clavada en mí. Comenzó a
llorar otra vez -. Tampoco yo tengo excusa para llorar.
Ahora ella
comenzó a llorar realmente.
Dejé la pluma,
caminé alrededor del escritorio y me quedé a su lado como un tonto, mientras
ella lloraba. Su pelo olía a almizcle. Usaba un nuevo perfume que debía haber
comprado en la estación. Angie tenía el mismo, en casa.
Fue entonces
que me di cuenta de la magnitud de lo que ella debía enfrentar. Regresaba a la
Tierra con sólo tres años más de los que tenía cuando partió. Volvía a un mundo
enteramente distinto. Lo que había visto a través de las ventanas de la
estación no era la imagen familiar de la Tierra, sino otro planeta azul donde,
por azar, se hablaba la misma lengua. El shock cultural la esperaba con sus
fauces listas para atraparla. El shock tecnológico acechaba a la vuelta de cada
esquina, en cada nuevo sonido. Y ella aún no había bajado a la Tierra.
Puse una mano
en su cabeza.
- Puedo llamar
a uno de los médicos para que le dé algo - le dije.
Sacudió la
cabeza negativamente. Se recostó sobre mi mano.
- Tengo tanto
miedo - dijo.
- Lo sé. Lo sé
- dije.
Mentí.
Uno nunca se
propone que pasen esas cosas.
Pasan,
simplemente, a medida que se deteriora el matrimonio, y es algo tan sencillo
que uno no lo advierte durante días, horas, hasta que uno no ve lo que ha
pasado. Y entonces ya no hay nada que hacer, porque la situación lo tiene asido
por el cuello y por el corazón.
No hay repique
de campanas, ni cantos de pájaros. Sé que no debí haberla ayudado tanto como lo
hice durante los días que siguieron. Pero también sé que no me podría haber
sucedido con ninguna otra persona, en ninguna otra parte.
Las entrevistas
habían terminado, incluso la de Welkins. Seguiríamos en contacto con Welkins.
Algunos de los miembros de la tripulación y todos los colonizadores que habían
regresado querían dejar los Servicios del Espacio. Era un embrollo legal
regulado por las cortes. Si un hombre había prestado servicio durante treinta
años, obtenía su pensión de retiro, más el incremento de la pensión debido a
las misiones arriesgadas, aún cuando hubiera pasado doce o más de esos treinta
años en un profundo sueño criogénico.
Yo podía dejar
esos problemas para los abogados. Se hacían las bromas de siempre acerca de
dormir en horas de servicio y de ser promovido durante el sueño, y acerca de
todas esas cosas de las que yo podía prescindir.
No fueron
solamente las últimas dos semanas y media las que me agotaron. Yo estaba
realmente agotado. Agotado de trabajar. Agotado de vivir tal como había vivido
durante los últimos cinco años. Ya había llegado hasta donde quería llegar en
el Servicio. Podían tratar de promoverme a algún cargo administrativo en los
laboratorios, pero yo no quería. Mi vida había sido escribir, trabajar con las
palabras. No quería un empleo en el que las únicas palabras que usaría serían
las del Informe Anual a la Nación. No quería salir, sino que, simplemente, no
quería ascender.
Jo Ellen, el
agotamiento, la soledad, el trabajo: todo me llegó al mismo tiempo.
No podía dejar
que ella se alejara, que se perdiera en la multitud, con sólo una carta cada
tres semanas.
Ella había
estado en contaduría para buscar su paga de retiro. Con esa última firma de la
nómina de salarios, nuestra relación dejaba de ser oficial. El sol brillaba en
el azul cielo matinal por encima del edificio de los Servicios del Espacio. No
había cohetes reluciendo bajo el sol. No había naves zumbando por encima de
nuestras cabezas. Todos los lanzamientos se llevaban acabo fuera, salvo los de
las naves que partían desde Florida.
Ella estaba
vestida con un conjunto nuevo de pantalón y chaqueta. Estaba bella, su cabello
color bronce relucía bajo la luz. El hormigón del paseo había empezado a
irradiar olas de calor.
- Bien - dijo
ella.
- Sí. Aquí
termina todo - dije.
Ella me miró.
Yo la miré. Visiones de fatalidad y polvo de estrellas.
- No lo creo -
murmuró. Ante Dios y ante todo el mundo.
De la mano,
cruzando el paseo.
El PACV que
habíamos alquilado se detuvo cuando paré los motores.
Las estrellas,
una de ellas la estrella a la que ella había ido y de la que había regresado,
resplandecían encima nuestro.
Angie y Billy y
los pensamientos de Angie y Billy a miles de kilómetros de distancia. Las ranas
de Florida de fondo. Una muchacha de las estrellas a mi lado. Cerveza de
Milwaukee en el refrigerador.
Escuchamos las
ranas.
- No hay
ninguna - dijo ella.
- ¿Qué?
- Ranas.
- ¿Qué?
- No hay ranas
allá. En Nova Terra. No hay ranas.
- Oh.
Después, tras
un silencio.
- ¿Qué dirá tu
mujer? ¿Tienes hijos?
- Uno - dije -.
Un varón. Cinco años. Se llama...
- No quiero
saberlo - dijo ella -. No quiero.
- Está bien. No
te preocupes.
- Ya lo estoy.
Tú lo estás.
- Jesús - dije
-. Jesús.
Me besó.
- ¿Lo merezco?
No puede ser.
- Sí - dije.
Una señora
vecina llamó al hotel cinco días más tarde. Estaba trastornada. Angie se había
enterado de todo y lloraba todo el día. La vecina dijo que lo menos que yo
podía hacer era tener la decencia de llamarla. Las copias fotostáticas de los
informes de los colonizadores habían llegado a la casa. Lo menos que podía
hacer era decirle qué era lo que quería hacer con ellos. Y así seguía y seguía
y seguía.
Le pedí que le
dijera a Angie que estaría allí al día siguiente.
A la mañana
siguiente Jo Ellen hizo mi valija. Lloraba, y trataba de no hacerlo.
No le había
dicho nada. Me desperté y observé cómo terminaba de poner mis últimas ropas en
la maleta.
- Tienes el
baño preparado. Tu traje está colgado junto a la bañera. Te reservé pasaje en
el vuelo de las once y cuarenta. Sólo tendrás que apurarte un poco.
- ¿Cómo te
enteraste? - le pregunté.
- No lo sé.
Esto no es nuevo para mí. Es una de las razones por las que partí la primera
vez. Nada mejoró allí.
- Volveré
dentro de unos días.
- Lo sé - dijo
ella, llorando.
Me afeité, tomé
un baño y me acicalé. Cuando salí del baño, ella ya no estaba. No había dejado
ninguna nota. El tiempo calmo, el vuelo sin novedad.
- ¿No trajiste
a Jo Ellen? - me preguntó en cuanto traspuse la puerta.
Esta
endemoniada situación duró hasta que me fui. No hubo arreglo, ni esperanzas, ni
valió la pena discutir o rogar. Había llevado a Billy a la casa de su madre. Ya
había conseguido un abogado. No quería nada más que librarse de mí y quedarse
con Billy. Le dije que se quedara con todo. Que dejara los informes donde
estaban. Yo haría que la agencia viniera a retirarlos. Y adiós.
Malos modos.
Odio. Todo eso.
Hay sólo unos
pocos lugares a donde uno puede correr cuando el mundo ha cambiado
completamente. La hallé en uno de ellos.
Me acerqué muy
silenciosamente y me senté junto a ella, que tomaba sol. Unos minutos después
ella volvió la cabeza hacia donde yo me había sentado.
- Hola - le
dije.
Ella se
incorporó de un salto, luego volvió a apoyar la cabeza sobre la arena.
- No creí que
volvieras, Ed. El último no volvió.
- No importa -
dije -. Yo sí.
Ella siguió
mirando la arena, fijamente, un rato.
Garrapateé algo
sobre la resplandeciente arena de la playa.
- Dime - le
dije - ¿Cómo es la vida allí?
Ella se rió y
lloró y me atrajo hacia ella.
Las olas se
movían y susurraban en la playa. Subía la marea.
Tres días más
tarde reparamos por primera vez en el detective privado. Era un hombrecito
gordo que había estado en dos de los lugares a los que nosotros habíamos ido.
Jo Ellen lo vio primero.
Con el resurgir
de la Madre Iglesia, hay algunas nuevas leyes arcaicas en los libros. Algunas
exigen seis meses y un día de ausencia del hogar antes de declarar la
deserción. O uno tiene que firmar una declaración de crueldad mental que lo
hace aparecer como un verdadero canalla. Sin embargo, hay otro modo de obtener
el divorcio en unas pocas semanas.
Traté de matar
a ese bastardo antes de que él y su compañero dispararan el flash aquella
noche. Aún había gente que se ganaba la vida consiguiendo pruebas para los
divorcios. No sé qué pasará cuando el hombre sea lo suficientemente lúcido como
para disolver un matrimonio en el momento en que dos personas dejen de llevarse
bien.
La lámpara que
arrojé se estrelló contra el dintel, al lado del fotógrafo. El grandote, el
forzudo, se adelantó hacia mí mientras yo saltaba de la cama. Lo pateé tan
fuerte como pude. Atrapó mi pie y me hizo caer sobre mi trasero. Me golpeé la
cabeza contra la cama. El dolor me traspasó. Quedé ahí tendido, con la cabeza
zumbándome.
- Si te vuelves
a levantar, te haré daño - dijo el grandote. El gordito sacó otra instantánea,
y le hizo señas al grandote para que saliera.
Jo Ellen lloraba
mientras me ayudaba a levantarme. El gordo se fue. Yo también lloraba. Por lo
menos todo terminaría pronto.
Cuando se me
despejó la cabeza, empecé a redactar mi renuncia.
Pensamos que
todo habría terminado. Sin embargo, Angie no me dejaba ir. Aquella noche me
llamó por teléfono. Quería verme. Quería que volviéramos a intentarlo. Piensa
en Billy.
- ¿Después de
que tus matones hicieron lo que hicieron?
- Lo siento,
cariño. No sabía que lo harían de esa manera. Sabes que necesitaba tener esas
fotos.
- Seguro.
- Cariño,
regresa conmigo. Olvidaré. Lo olvidaré todo si tú quieres. Romperé esas
fotografías. Haremos cuenta de que esto no sucedió jamás. Por favor, cariño,
por favor.
- Dale tus
fotografías al juez. Y también a los periódicos, si quieres. De todos modos
habrá escándalo, así que no importa si es un gran escándalo. Hazlo enseguida.
- No quiero
herirte, cariño. Preferiría... No quiero hacerlo.
- Eres una
perra. Angie.
- No digas eso.
No lo digas.
- Fuera de mi
vida. - Colgué el teléfono.
Había presentado
mi renuncia la mañana anterior. Estábamos en la cama.
Miré el
estómago de Jo Ellen. Minúsculas marcas alargadas subían por su abdomen
formando una fina red. Es curioso que uno no repare en ciertas cosas durante
algún tiempo.
Ella no era
casada. Miré las marcas. No dije nada. Me acarició el cabello.
- ¿Qué vamos a
hacer? - preguntó -. Nos seguirán a todas partes.
- No a todas
partes. - Me decidí en ese mismo instante.
- ¿A dónde no?
- Allí, fuera -
dije.
- Oh, Ed, no. No podría hacerlo. Creo que no podría.
- No hay ningún
problema, dijiste. Sólo dormir y despertarse en otro lugar.
- No. No es
eso. ¿Y si pasa algo? ¿Y si alguno de los dos... no... no se despierta? ¿O los
dos? ¿O si la nave no llega? Dos de las nuestras no llegaron - dijo.
- No podemos
quedarnos aquí. No quiero. Demasiados recuerdos y todos malos. Salvo tú -. Besé
sus húmedos párpados.
- ¿Cuándo? -
preguntó ella.
- El mes
próximo. Las doce naves. Podríamos olvidarlo todo, todo lo que pasó. Tus
problemas, mis problemas.
- Sí - dijo
ella -. Sí.
FUNCIONARIO DEL
ESPACIO RENUNCIA.
ESPOSA DEL
DIRECTOR DEL ESPACIO PIDE DIVORCIO.
HISTORIA DE
AMOR DESDE LAS ESTRELLAS.
Todo estaba muy
tranquilo en la sección de Criogenia. Los periódicos se habían olvidado de
nosotros; estábamos a salvo hasta que partieran las naves. Yo aún tenía algunos
amigos en el Servicio.
Cuarto de
Preparación Nº 3. Los técnicos de batas blancas nos dejaron solos.
- No te pasará
nada - dije -. Ya lo has hecho dos veces. Te dormirás inmediatamente. A mí,
tendrán que encadenarme.
- No - dijo mi
dulce Jo -. Tú también te dormirás enseguida. La próxima cosa que sabrás es que
estás en un planeta nuevo, volviendo a empezar.
Ella lloraba.
Ella era bella. Ella era mía.
- Ve tú
primero. Te amo. Te veré después - dije. La besé. Le había dado una rosa, y
ella la tenía como si fuera una mariposa, y lloraba sobre ella.
- Te amo - dijo
ella. Me besó. Un técnico se la llevó. Ella era la luz y el aire, y yo la
amaba.
Esperé la
aguja.
Había alguien
en el cuarto. Miré.
Angie había
cambiado en un mes. Parecía dos veces mas vieja. Tenía el rostro demacrado, los
ojos rojos. Tenía una expresión salvaje en el rostro, un animal oculto bajo la
piel. Tuve miedo.
No había nadie
con ella.
- ¿No trajiste
a los periodistas? - pregunté -. No puedes dejarme ir, ¿no es cierto? ¿Vas a
controlarme, para asegurarte de que sigo con esto?
- No - dijo -.
Quería que leyeras esto. Me lo acaban de dar los detectives. Sólo quería que
supieras lo que estás haciendo. No podía dejar que siguieras adelante.
- ¿Crees que
puedes detenemos?
- No. Yo no. Tú
solo te detendrás.
Se volvió y se
fue. Yo no podía creerlo. Sin ruegos, sin amenazas. Abrí el sobre.
La primera
página era un mensaje del director de la agencia de detectives. La siguiente
información, etc. Había rastros de lágrimas sobre la página.
La segunda
página era el informe sobre Jo Ellen, una de las copias que habían quedado en
casa. La leí. Luego volví la página.
Angie, no
podías dejarme ir, ¿no es cierto?
¿Puedes
perdonarme, Jo Ellen? Te amo tanto.
Angie no podía
dejarme ir. Tenía que fisgar. Tenía que hacerlo. Seguir los rastros hasta
llegar a veintisiete años atrás.
La vida de
Angie. Mi vida. Tu vida.
Fría, fría la
aguja entrando en la vena. Caliente la droga. Rápido el sueño.
Angie no pensó
que yo podría seguir adelante con todo.
Pesados mis
párpados, oscura la noche en mi cerebro. Dormir como una piedra.
Jo Ellen, te
amo, sin importarme nada. Los años transcurrirán en la rápida oscuridad. Tal
vez haya un planeta verde allá.
Un planeta
verde y fresco. El sitio perfecto para que un muchacho lleve a su madre a pasar
la luna de miel.
Afortunadamente,
no será otra Tierra. Porque la Tierra, en verdad, confunde a alguna gente.
FIN
Escaneado por
Sadrac 2000